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martes, 11 de febrero de 2014

FE Y CARIDAD: TAMBIEN NOSOTROS DEBEMOS DAR LA VIDA POR LOS HERMANOS



Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos»

XXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2014

En este día 11 de febrero hacemos memoria de la Virgen en su Advocación de Lourdes, recordando las apariciones de la Virgen en aquel pequeño pueblo del sur de Francia, bordeando los Pirineos a una jovencita, Bernardita de Soubirous a mediados del siglo XIX.
Pronto en torno a aquel lugar donde la Virgen le pidió a Bernardita que levantara una Iglesia en su honor se ha formado un Santuario, lugar de peregrinaciones de gentes todo el mundo que acuden hasta la Virgen pidiendo su gracia y protección maternal. Es un lugar donde diariamente vemos desfilar miles y miles de peregrinos y enfermos que quieren llegar hasta la gruta de las apariciones para así sentir esa protección de María.
Muchos son los que acuden allí con sus dolores y limitaciones fisicas pidiendo la curación y muchos son los que de allí vuelven sanados en su cuerpo, cuando la gracia de Dios así lo quiere, pero reconfortados en su espíritu desde un encuentro vivo con el Señor con la mediación de María.  Esos son los verdaderos milagros que allí, si hacemos una mirada de fe y pudieramos conocer lo que pasa en el alma de cada uno, podríamos contemplar.
Es por eso que, cuando el Papa Juan Pablo II quiso instituir esta Jornada Mundial de los Enfermos - ya hacía años que en España veníamos celebrando el Día del Enfermo - fue esta fecha del día de las apariciones de la Virgen en Lourdes el que fue escogido para esta celebración. Es lo que hoy nosotros también queremos celebrar.
Con este motivo el Papa Francisco ha dirigido un hermoso mensaje a toda la Iglesia, pero de una manera especial al mundo del dolor de cuantos sufren por sus enfermedades y limitaciones y también a cuantos los atienden o los cuidan. ‘Me dirijo particularmente a las personas enfermas y a todos los que les prestan asistencia y cuidado’, nos dice en su mensaje. Y nos dice ‘la Iglesia reconoce en vosotros, los enfermos, una presencia especial de Cristo que sufre’. Es muy hermoso el lema que se nos propone para esta Jornada: ‘Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16)’
Y continúa diciendonos: ‘En efecto, junto, o mejor aún, dentro de nuestro sufrimiento está el de Jesús, que lleva a nuestro lado el peso y revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios fue crucificado, destruyó la soledad del sufrimiento e iluminó su oscuridad. De este modo, estamos frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda adversidad en su compañía, unidos a él’.
Estamos frente al misterio del amor de Dios. En ese amor de Dios es donde vamos a encontrar ese sentido, pero también esa fortaleza que necesitamos para vivir nuestra vida. En ese amor podemos y tenemos que saber hacer una ofrenda de nuestra vida al Señor. cuando somos capaces de dar, de ofrecer nuestra vida, incluso en medio del dolor, adquiere un nuevo sentido, tendremos un nuevo animo para vivir nuestra situación de dolor y de sufrimiento.
Y eso en todo dolor y en todo sufrimiento, no solo nuestros dolores físicos o enfermedades corporales, sino que hemos de aprender a hacerlo, a vivirlo en esos otros sufrimientos que en la vida nos vamos encontrando en nuestros problemas, en nuestras limitaciones, y en todo lo que significa un encuentro con los demás, que muchas veces se nos puede volver doloroso. Pero si sabemos vivir la vida, en cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos, con amor, todo puede llevarnos a un camino de dicha y felicidad mas profunda, aquella dicha y felicidad que Jesús nos promete en las Bienaventuranzas.
Como  nos dice el lema de la Jornada recordándonos el evangelio «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» y es lo que queremos hacer con la ofrenda de nuestro amor. Cuánto podemos hacer también los enfermos, los que se sienten impedidos, los que tienen su cuerpo lleno de sufrimientos o limitaciones, no solo por la enfermedad sino también por la edad.
El mensaje del Papa, aunque breve, nos da para muchas y profundas reflexiones, más largas que las que nos podamos hacer en el breve tiempo de una homilia. Ya tendremos oportunidad de seguir profundizando más en ello.
El Papa en su mensaje nos hace volver nuestra mirada a María, la que supo vivir su vida desde el amor y siempre con amor para  darse, para entregarse, para decir sí a Dios, para estar siempre dispuesta al servicio a los demás, para ella también hacer una ofrenda de amor, junto a la cruz de Jesús. Merece la pena detenernos un poco en las palabras del Papa que simplemente os ofrezco textualmente.
‘Para crecer en la ternura, en la caridad respetuosa y delicada, nosotros tenemos un modelo cristiano a quien dirigir con seguridad nuestra mirada. Es la Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y a las necesidades y dificultades de sus hijos. María, animada por la divina misericordia, que en ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel; intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza a los pies de la cruz de Jesús. Ella sabe muy bien cómo se sigue este camino y por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Podemos recurrir confiados a ella con filial devoción, seguros de que nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del crucificado resucitado: permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena’.
Que ‘la intercesión de María ayude a las personas enfermas a vivir su propio sufrimiento en comunión con Jesucristo, y sostenga a los que los cuidan’. Que María nos alcanzce esa gracia del Señor.

lunes, 11 de febrero de 2013


Con nuestro dolor unidos a Jesús buscamos la salvación

Mc. 6. 53-56
En el evangelio hemos contemplado cómo eran traídos a la presencia de Jesús, allá por donde pasara, numerosos enfermos para que Jesús imponiéndoles las manos los curara, o al menos le dejaran tocar la orla de su manto. La gente quiere acercarse a Jesús con sus dolores y sufrimientos, salen al encuentro con Jesús con todas las miserias de su vida.  En Jesús tenían la certeza de encontrar vida y salud. La curación de los enfermos eran señales de que el Reino de Dios que llegaba a ellos encontrando en Jesús su salvación.
Cuando Jesús envíe a sus discípulos por el mundo haciendo el anuncio del Reino esas serán las señales también que se han de dar de la llegada del Reino de Dios. Por eso como hemos escuchado más de una vez les da poder sobre los espíritus inmundos y les manda ungir a los enfermos para curarlos. Como hemos dicho más de una vez no era un acto mágico lo que se buscaba, sino que lo importante es ese encuentro vivo y personal con Cristo.
En esta fecha del once de febrero estamos celebrando también a la Virgen María en su advocación de nuestra Señora de Lourdes, recordando aquel lugar allá entre los Pirineos donde en el siglo XIX se sintió de manera especial la presencia de la Virgen en sus apariciones a Bernardita de Sobirous. Un lugar que se ha convertido en punto de peregrinación con gentes venidas de todas partes del mundo para postrándose a los pies de María vivir momentos de conversión y de encuentro con el Señor. Ese era el mensaje que la Virgen le trasmitía a Bernardita para que rezara por los pecadores y por la conversión del mundo.
Quienes hayamos visitado en alguna ocasión aquel lugar o haya visto sus imágenes desde los medios de comunicación u otros medios impresos, no pueden alejar de la retina de su memoria la imágenes de las filas interminables de enfermos de todo tipo que acuden a aquel lugar para pedir la protección y la intercesión de María y obtener la gracia de la curación ya sea de sus miembros doloridos o impedidos o ya sea la curación del corazón en su conversión al Señor.
Es por eso por lo que el Beato Juan Pablo II, queriendo expresar y llevar a la celebración lo que es la preocupación que la Iglesia ha de sentir por todo este mundo del dolor, instituyó la Jornada mundial del Enfermo en esta fecha de las apariciones de la Virgen de Lourdes. Es lo que hoy también estamos celebrando.
Como nos decía el Papa al instituir esta Jornada ha de ser ‘un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos  para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó la salvación de la humanidad’.
Los enfermos y todos los que sufren, pues, hemos de saber descubrir el valor que nuestro dolor puede tener cuando nos unimos a Cristo, cuando somos capaces de hacer la ofrenda de nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento unidos al sacrificio de Jesús en la cruz, y descubrir también cuanto bien podemos hacer a la Iglesia y al mundo desde nuestro sufrimiento. Cuando terminaba el concilio Vaticano II se dirigía un mensaje a los enfermos y se les decía ‘no estáis ni abandonados, ni sois inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y trasparente imagen’.
Es lo que todos hemos de saber descubrir en los hermanos que sufren, ‘la viva y trasparente imagen de Cristo’, y es entonces la manera cómo hemos de acercarnos a ese mundo del dolor con respeto y con amor, con espíritu de servicio y con generosidad de corazón para ayudar, consolar, mitigar esos sufrimientos. Como le dijo Jesús a aquel letrado que le preguntaba quién era su prójimo, cuando Jesús le propone la parábola del Buen Samaritano, al final le dirá, ‘anda y haz tú lo mismo’.
Como nos dice el Papa Benedicto XVI en el mensaje de la Jornada de este año ‘la parábola evangélica del Buen Samaritano… nos enseña el amor profundo de Dios por todo ser humano, especialmente cuando experimenta la enfermedad y el dolor… pero además nos señala cuál es la actitud que todo discípulo de Jesús ha de tener hacia los demás, especialmente a los que están necesitados de atención… extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con El en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos…’
Y nos dirá el Papa que El Año de la fe que estamos viviendo constituye una ocasión propicia para intensificar la diaconía de la caridad en nuestras comunidades eclesiales, para ser cada uno buen samaritano del otro, del que está a nuestro lado’. 
Terminará su mensaje hablándonos de la Virgen y su lugar en el sufrimiento de Jesús en la cruz y en el sufrimiento de sus hijos. ‘En el evangelio destaca la figura de la Bienaventurada Virgen María, que siguió al Hijo sufriente hasta el supremo sacrifico en el Gólgota. No perdió nunca la esperanza en la victoria de Dios sobre el mal, el dolor y la muerte, y supo acoger con el mismo abrazo de fe y amor al Hijo de Dios nacido en la gruta de Belén y muerto en la cruz. Su firme confianza en la potencia divina se vio iluminada por la resurrección de Cristo, que ofrece esperanza a quien se encuentra en el sufrimiento y renueva la certeza de la cercanía y el consuelo del Señor’.
Que María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, a quien hoy invocamos con Virgen de Lourdes, nos ayude a comprender este hermoso mensaje y con la gracia que nos trae del Señor ilumine nuestra vida tan llena de dolores y sufrimientos para que los sepamos vivir con verdadero sentido cristiano, no desde la resignación sino desde la esperanza, sabiendo hacer esa ofrenda de nuestra vida al Señor.

domingo, 13 de mayo de 2012


Una cascada de amor que brota del amor del Padre y por Jesús nos introduce en una dinámica de amor

Hechos, 10, 25-26.34-35.44-48; Sal. 97; 1Jn. 4, 7-10; Jn. 15, 9-17
Como se suele decir no se comienza a construir la casa por el tejado. Una expresión que empleamos cuando queremos hacer una cosa pero no lo ponemos los debidos fundamentos o cuando queremos llegar al final sin haber realizado antes todos los presupuestos previos que nos ayuden bien a sacar todas las consencuencias.
Cuando se trata de nuestra vida cristiana tenemos que ir bien fundamentados para poder alcanzar a vivir con profundidad esa nuestra identidad cristiana. Cuando decimos que lo fundamental que hemos de expresar en nuestra vida cristiana es el amor para poder llegar a vivir un amor auténticamente cristiano con todas sus consecuencias tenemos que aprender bien antes, haber experimentado bien en nuestra vida todo lo que es el verdadero amor que Dios nos tiene. Porque no es amar sin más y a cualquier medida, haciendo yo mis distinciones o poniendo mis límites a mi antojo. El amor cristiano tiene una medida que es el amor que Dios nos tiene.
Fijémonos bien en lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Todos sacamos la consecuencia desde una primera lectura que el mandamiento que Jesús nos ha dejado es el de amar. Pero, ¿cómo ha de ser ese amor? ¿cuál es la medida de ese amor? Fijémonos en las palabras de Jesús: ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Fijémonos: ‘como yo os he amado’, nos dice.
Pero para llegar Jesús a decirnos esas palabras fijémonos en lo que nos dice antes. Claro que no es sólo cuestión de fijarnos en lo que nos dice, sino en lo que hace, en cómo nos ama. Pero ya que estamos comentando sus palabras que se nos han proclamado hoy en el evangelio, fijémonos en todo lo anterior. En una imagen con la que lo he querido expresar en otro momento, es como una cascada de amor que parte del amor del Padre a su Hijo y del amor que el Hijo de tiene al Padre, pero que luego se desparrama sobre nosotros introduciéndonos en la dinámica de su mismo amor.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Parte del amor del Padre a su Hijo, del amor infinito que dimana de las mismas entrañas de Dios envolviendo todo el misterio de la Trinidad. Si llegamos a ese misterio de unión y comunión entre las tres divinas personas es por el amor. Y Jesús quiere introducirnos a nosotros en esa dinámica de amor; como es el amor de Dios, como es el amor de Jesús, así tiene que ser también nuestro amor. ‘Permaneced en mi amor’, que nos dice. ‘Lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. Nos está diciendo cómo permanece en el amor del Padre.
Ahí está el fundamento, la razón de ser de todo lo que es nuestra vida cristiana, lo que ha de ser nuestro amor cristiano. Son los cimientos para no comenzar nuestra vida cristiana por el tejado, como decíamos al principio. En ese mismo sentido nos ha dicho san Juan en su carta que ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo único… en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió a su Hijo único al mundo, para que vivamos por medio de El’.
Es por eso por lo que nos dirá Jesús que la medida del amor no es la que nosotros pongamos, sino la que nos pone El. Amar como El nos ama, con ese amor divino. No es fácil. Nos exige mucho. Quizá prefiramos poner las medidas nosotros porque como nos cuesta tanto aceptarnos mutuamente, como tenemos los ojos tan velados que muchas veces no vemos sino sombras, y claro no ponemos a tope nuestro amor a la manera del amor de Dios. Pero es necesario que aprendamos a amar con un amor como el de Jesús. Es el camino de la verdadera vida, del auténtico y verdadero amor, es el camino que nos llevará a conocer a Dios.
Por eso nos dirá san Juan que ‘quien no ama permanece en la muerte’. Nos dirá que ‘conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos’. Y hoy nos dice que ‘el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios’. Muchas veces hemos dicho que queremos conocer a Dios. Mira por donde podemos llegar a conocerle. Es el camino del amor, es el camino de Jesús. Cuando contemplamos a Jesús y contemplamos su amor, lo hemos dicho muchas veces, estamos contemplando a Dios, estamos conociendo a Dios, porque como nos dice hoy ‘Dios es amor’.
¿Seremos capaces de vivir un amor así? Nos dice que ‘nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Es lo que hizo Jesús por nosotros. Nos llama amigos; nos dice que nos revela todo esto para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea completa. Y es que cuando amamos y amamos de verdad al final seremos felices con una felicidad que nadie nos podrá quitar.
¿Cómo podremos alcanzar a vivir un amor así? No es sólo tarea nuestra. Es obra del Espíritu. Es el Espíritu de Sabiduría y el Espíritu del amor. El Espíritu que nos da la sabiduria de aprender a saborear el amor que Dios nos tiene y cuando le cogemos el gusto a ese amor ya no querremos amar sino con un amor así. Y es el Espíritu del amor que inunda nuestra vida, que llena y hace arder nuestro corazón, que nos hace ser así partícipes del amor de Dios para amar con ese mismo amor a los demás.
Y será el Espíritu de fortaleza que nos da su gracia, su fuerza para ser capaces de vivir en ese amor. Fue el Espíritu que guió a Jesús para pasar por el mundo haciendo el bien y el Espíritu que El nos regala, como el más hermoso regalo de Pascua para que aprendamos a amar y perdonar, a compatir con generosidad y a saber aceptarnos mutuamente.
Podríamos seguirnos haciendo más consideraciones que nos impulsen a romper todas esas barreras que ponemos tantas veces entre nosotros que nos impiden querernos de verdad. Pidamos que el Señor nos ilumine y nos de su fuerza.
Decir finalmente que estamos en este domingo celebrando la pascua del enfermo y que hemos de tener muy presente en nuestra celebración. Este año con el lema ‘el poder curativo de la fe’. Y es que desde la fe, contemplando y viviendo el amor de Jesús nuestro sufrimiento tiene un valor y un sentido y se convierte en fuente también de santificación.
En el mensaje de los obispos de la correspondiente comisión episcopal, por ejemplo, se nos dice: ‘'Vivir la enfermedad y la muerte no es fácil humanamente. Vivir la fe en ellas, tampoco. Por eso, hablar del poder saludable y terapéutico de la fe, desde la experiencia de la enfermedad con todo su realismo, es recordar que son muchas las personas que, en la enfermedad y en la cercanía de la muerte, encuentran en su relación confiada con Dios, en la oración, en los sacramentos y en la pertenencia a la comunidad cristiana, alivio, consuelo, paz, sosiego, nuevas fuerzas y nuevas razones para seguir adelante.
Cuando la fe se vive de verdad, sana, cura, salva y se convierte en fuente de salud. Pues la fe ayuda a afrontar la enfermedad con realismo, infunde aliento, coraje y paciencia en la lucha por la curación, o para asumirla con paz con todas sus consecuencias. Desde la fe se encuentra el ánimo para emprender la importante tarea de ir recomponiendo la vida y descubrir las nuevas posibilidades de ser útil, de iluminar y llenar de sentido la existencia.
Apoyados en la fe recuperamos la comunicación con los demás, la confianza en el Padre y una nueva capacidad de seguir amando a Dios y a los hermanos aun en medio del dolor. Esta experiencia de fe que comunica serenidad, paz y esperanza, que consuela en la angustia y fortalece en la inseguridad, ayuda a sobreponerse ante la situación irremediable y a asumirla con entereza, poniendo confiadamente la vida en las manos amorosas del Padre y a confiarle nuestro futuro’.
Que María, la mujer creyente y solidaria, que, por la vía de la adhesión inquebrantable a Dios, caminó hacia una privilegiada plenitud, nos acompañe en el camino de la fe y nos ayude a vivir y permanecer en el amor de Dios.

domingo, 12 de febrero de 2012


Rompamos las barreras que aíslan y marginan como hizo Jesús con el leproso

Lev. 13, 1-2.44-46;
 Sal. 31;
 1Cor. 10, 31-11,1;
 Mc. 1, 40-45
Si uno se ve aceptado por alguien que le acoge y le recibe cuando en la vida se ha sentido como maldito y condenado a la soledad y al ostracismo porque se ha visto marginado por su situación, por lo que ha sido su vida o por las circunstancias que sea, seguro que para él será como momento de gloria y de felicidad que no cambiaría por todo el oro del mundo.
Pienso que algo así le sucedió a aquel leproso cuando Jesús lo acoge y lo recibe e incluso le toca con su mano, que, aunque venía pidiendo la salud para su enfermedad de lepra, este gesto de Jesús sería para él mucho más grande que la propia curación. Bien sabemos cómo un leproso estaba condenado a vivir alejado de la comunidad y de su familia; hemos escuchado en la primera lectura la ley del Levítico que les dio Moisés y que quería impedir la propagación de la enfermedad por el contagio, aparte del concepto que solía tenerse de mirar la enfermedad como un castigo por el pecado; de ninguna manera un leproso podía acercarse a nadie sano; incluso eran apedreados para que se alejarán por miedo al contagio, muy natural en cierto modo, aunque hoy no lo comprendamos, en las condiciones higiénicas de la época y las medicinas con que contaban.
‘Si quieres, puedes limpiarme’, fue la petición del leproso que se atreve a acercarse a Jesús con el riesgo incluso de que fuera rechazado. Y hemos visto el gesto de Jesús. ‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio’. No sólo no lo rechazó, sino que saltando todas las convecciones sociales se atrevió a tocarlo directamente con su mano.
‘Si quieres, puedes limpiarme’, fue el grito y la súplica de aquel leproso. Pero, ¿no será también el grito y la súplica que salga de nuestro corazón? ¿No será, acaso, el grito y la súplica que tantos puedan estar haciendo cuando desde su dolor y soledad, desde sus sufrimientos y tantas penas en su corazón gritan pidiendo ayuda a Dios o a sus semejantes?
¿Por qué decimos que puede ser el grito y la súplica que brote de nuestro corazón? ¿Acaso estamos nosotros leprosos?, nos preguntamos quizá. Para comenzar podríamos pensar en nuestra condición pecadora desde la que acudimos al Señor para que nos limpie, para que nos conceda su gracia y su perdón. No es, por supuesto, que nosotros pensemos en el sufrimiento y la enfermedad como un castigo de nuestros pecados. Hemos de tener una visión distinta. Pero sí podemos considerar esta imagen del leproso como un signo de la fealdad del pecado en nuestra vida y que con la gracia del Señor nos lavaremos y purificaremos, alcanzaremos el perdón del Señor.
Pero podemos pensar algo más. Recogiendo la imagen de la soledad, de la marginación y del aislamiento que veíamos en la situación de los leprosos en la época de Jesús podemos pensar en las actitudes que pudiera haber en nosotros y fueran causa de sufrimiento para los que nos rodean. Cuántos vacíos nos creamos muchas veces en nuestras relaciones con los demás y cuántos vacíos les hacemos a los demás. Cuánto nos cuesta comprendernos y aceptarnos; algo que nos lleva muchas veces a marcar a las personas haciendo distinciones y separaciones con las que de alguna manera marginamos a los otros.
Porque aquella persona es así o de la otra manera; porque un día cometió un error en la vida que ya siempre se lo tendremos presente; porque no nos cae bien o nos es antipático; porque es amigo de éste o de aquel otro y eso  no me convence; porque piensa de esta manera y yo tengo otra manera de pensar… cuántas cosas que nos aíslan o con las que aislamos a los demás de nuestra vida. Cuántas barreras vamos poniendo en nuestras relaciones prohibiendo el paso a algunos a los que no dejamos que lleguen hasta nosotros. Prohibido el paso, prohibido detenerse aquí, prohibido… cuantas limitaciones… como esos carteles que vemos en caminos o en propiedades.
¿No tendremos que decirle al Señor ‘si quieres, puedes limpiarme’? Que nos limpie el Señor de esas actitudes aislantes que hemos puesto en nuestro corazón y en nuestro comportamiento. Que nos haga salir de nosotros mismos y seamos capaces de abrir el corazón a todo hombre, a toda persona que es mi hermano. ¿No es nuestro distintivo el amor? Si amamos de verdad no caben esas limitaciones en nuestra vida, se tienen que caer las barreras.
Pero decíamos también que es el grito y la súplica que tantos desde su dolor y su soledad, desde su sufrimiento y sus penas pueden estarnos haciendo. Vivimos en un mundo en el que se multiplican los medios de comunicación y proliferan las redes sociales en internet a través de las que nos podemos comunicar instantáneamente con personas en cualquier rincón del planeta. Pero me atrevo a decir que vivimos en un mundo donde desgraciadamente se multiplican las soledades y la incomunicación de muchas maneras. Quien vaya con cierta sensibilidad por la vida y atento a estas necesidades de comunicación de los demás se encontrará con mucha gente que está ansiosa de comunicación y de compartir. Son muchas las angustias que de este tipo podemos encontrar muchas veces en personas que están muy cercanas a nosotros o con las que nos cruzamos cada día en la vida y a los que no prestamos la debida atención.
Si quieres… puedes escucharme, nos pueden decir tantos. Si quieres… detente a mi lado y escúchame. Si quieres… y nos tienen la mano y quizá no les prestamos atención porque vamos a prisa o vamos con nuestras cosas. Mucho podríamos hablar en este sentido de todo lo que tendríamos que hacer.
En este domingo en que se unen en cierto modo dos jornadas - la Jornada Mundial del Enfermo del once de febrero y la Campaña contra el Hambre en el mundo de Manos Unidas - que celebramos en la comunidad cristiana, también este grito del leproso puede ser el grito de los enfermos y de los hambrientos de nuestro mundo. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, nos gritan ambas campañas.
Jornada, por una parte, del Enfermo que viene a sensibilizar a la comunidad cristiana con este mundo de dolor y sufrimiento donde tenemos que hacer llegar el amor y la presencia de Jesús a través del amor de la comunidad cristiana que los atiende y se preocupa de ellos y a los que quiere hacer también el anuncio del evangelio de Jesús. Cuántos enfermos desde su lecho de dolor nos están diciendo también ‘si quieres…’ puedes acompañarme, ayudarme, estar a mi lado, servirme de paño de lágrimas, curarme… ¡Qué hermosa la labor que nos voluntarios y visitadores de enfermos de la pastoral de la salud realizan en nuestras parroquias y centros hospitalarios asistenciales!
Y Campaña de Manos Unidas contra el Hambre en el mundo que nos quiere hacer abrir los ojos para que contemplemos y nos sensibilicemos con ese mundo de injusticia en el que vivimos donde tantos millones de hombres y mujeres pasan hambre y mueren de hambre. Campaña este año bajo el lema ‘la salud, derecho de todos, actúa’, que quiere concienciarnos sobre las principales enfermedades – enfermedades contagiosas que acaban con la vida de millones de personas: SIDA, malaria, tuberculosis y otras enfermedades infecciosas - que azotan a muchos pueblos y que podrían ser evitadas y para lo que se nos pide un compromiso denunciando tanta enfermedad, tanta miseria y tanto sufrimiento. 
‘Si quieres, puedes limpiarme…’ 

sábado, 11 de febrero de 2012


María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos


Celebramos una vez una fiesta de la Virgen María. Como siempre nos gozamos al celebrar una fiesta de la Madre, de la Madre de Dios que es también nuestra madre. Le queremos ofrecer nuestro amor y queremos sentir su protección maternal que nos alcanza la gracia del Señor en el camino de nuestra fe, en el camino de nuestra vida cristiana.
Esta fiesta de la Virgen que hoy celebramos gira en torno a aquel lugar, Lourdes, donde quiso ella hacerse presente de manera especial para llamarnos una vez más a la conversión, a seguir el camino de Jesús. Allí quiso ella manifestarse a aquella jovencita para invitarla a rezar la conversión de los pecadores, por la conversión del mundo. Allí quiso que se construyera una capilla en su honor, para que por su medio los hombres llegaran hasta Dios, siguiendo el camino de María encontraran el camino de Dios.
Allí ella, la Inmaculada Concepción, quiso manifestarse como madre misericordiosa, refugio de pecadores y salud de los enfermos regalando por su intercesión las gracias del Señor que curara sus almas pero curara también sus cuerpos doloridos por el sufrimiento y la enfermedad. La figura blanca de María con su manto azul, como se nos representa en su bendita imagen, nos cautiva y nos atrae hablándonos de pureza y de santidad, de salud y de salvación. Todo para que al final siguiéramos el camino de Jesús, su Hijo.
Siempre María nos conduce hasta Jesús. Como a los sirvientes de las bodas de Caná a nosotros nos dice también: ‘Haced lo que El os diga’. Y María nos conduce hacia los caminos de la santidad, a los caminos del amor. Ella nos manifiesta lo que es su amor de Madre, pero sobre todo en ella siempre veremos reflejado lo que es el amor de Dios. Es el icono más hermoso del amor de Dios.
Todos hemos oído hablar, muchos lo habremos vivido también en primera persona, de las multitudinarias peregrinaciones que como ríos caudalosos confluyen en Lourdes para ir a visitar a la madre y hacerle la más hermosa ofrenda de amor. Allí acuden fieles de todos los lugares del mundo – en la experiencia vivida en mis visitas a aquel santo lugar me impresiona el sentido de catolicidad que allí se respira – y son multitudes de enfermos también los que acuden hasta la gruta de Lourdes para postrarse ante la bendita imagen de la Virgen. Es emocionante ver la fe, la devoción, el recogimiento, las súplicas llenas de esperanza, los ojos llenos de lágrimas no solo por el sufrimiento sino también por la emoción de encontrarse en aquel lugar de María.
Por esa relación entre los enfermos y la devoción a la Virgen de Lourdes es por lo que el Papa Beato Juan Pablo II decidió que la Jornada Mundial del Enfermo se celebrarse en este día 11 de febrero, día de las apariciones de la Virgen de Lourdes. Una ocasión para que la comunidad cristiana, la Iglesia toda, tenga en cuenta de manera especial a todo este mundo del dolor que son los enfermos.
Como nos dice Benedicto XVI al final del mensaje de esta Jornada A María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos, dirigimos nuestra mirada confiada y nuestra oración; su materna compasión, vivida junto al Hijo  agonizante en la Cruz, acompañe y sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de curación de las heridas del cuerpo y del espíritu’.
Que María, sí nos acompañe para aprender de ella en esa cercanía que el cristiano ha de tener a la persona que sufre, a la persona enferma. ‘En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos’.
‘Deseo animar a los enfermos y a los que sufren a encontrar siempre un áncora segura en la fe, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, por la oración personal y por los Sacramentos’, nos dice el Papa en su mensaje.
Que todos por otra parte seamos capaces de ver en los que sufren y en los enfermos ‘el rostro sufriente de Cristo’, y que los que sufren las consecuencias del dolor y la enfermedad como Cristos sufrientes sepan ofrecer su vida como un holocausto de amor al Señor por la propia salvación y por la salvación de nuestro mundo. Es hermosa esa ofrenda de amor de nuestro dolor, que se convertirá en gracia del Señor que nos ayudará a vivir con un sentido nuestra vida aunque esté crucificada en la cruz del dolor, porque sabemos que tras la cruz siempre hay vida y hay resurrección.

viernes, 11 de febrero de 2011

Los enfermos mensajeros de una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección


Gén. 3, 1-8;

Sal. 31;

Mc. 7, 31-37

En este día 11 de febrero que tenemos la memoria litúrgica de nuestra Señora la Virgen de Lourdes la Iglesia hace ya muchos años, celebramos la XIX Jornada, nos invita a celebrar la Jornada Mundial del Enfermo. Fue una feliz idea de Juan Pablo II el celebrar esta Jornada en esta fiesta de la Virgen, que por otra parte ya hacía muchos años que en España celebrábamos el Día del Enfermo; todos conocemos, muchos habremos visitado su Santuario en los Pirineos Franceses, cómo muchos enfermos, miles de enfermos peregrinan de todos los lugares hasta este lugar bendecido con la presencia de la Virgen, desde que se apareciera a Bernardita de Soubirous.

Por una parte, pues, esta memoria de la Virgen y, por otra parte y unida a ella, esta Jornada del Enfermo. Muchas son las consideraciones que nos podemos hacer. Ponernos bajo el manto protector de María, refugio de los pecadores, consuelo de los enfermos, madre de la salud y de la gracia para que de su mano siempre acudamos hasta Jesús en quien encontramos salud y salvación, gracia y perdón, amor y vida que rebosa para ayudarnos a caminar por caminos de santidad que con los caminos del seguimiento de Jesús. Cuando acudimos a María eso y mucho más siempre esperamos alcanzar de su amor de Madre, que siempre nos conducirá hasta Jesús.

Y esta Jornada del Enfermo que celebramos en este día ‘se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento, como nos dice el Papa en su mensaje, y, sobre todo, para sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad civil con respecto a los hermanos y hermanas enfermos’. Por eso nos llega a decir el Papa que ‘la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana’.

Muchas cosas podríamos subrayar del mensaje del Papa. Así dice a los enfermos y personas que sufren, nos dice, que ‘es precisamente a través de las llagas de Cristo cómo nosotros podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad… a la prepotencia del mal opuso la omnipotencia de su Amor. Así nos indicó que el camino de la paz y de la alegría es el Amor…’ Nos invita a ser ‘mensajeros de una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección’.

Es hermoso que en medio de nuestros dolores y sufrimientos podamos tener esa esperanza y vivir esa alegría. Podremos hacerlo cuando sentimos a Cristo a nuestro lado, el que se hizo hombre para padecer por nosotros pero para padecer también con nosotros. ‘En cada sufrimiento humano, nos dice, ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y la paciencia, en cada sufrimiento se difunde la consolación del amor partícipe de Dios para hacer que brille la estrella de la esperanza’.

En el evangelio que hoy hemos escuchado contemplamos cómo llevan a Jesús a un sordomudo para que lo sane. Podíamos decir que en ese gesto de llevarlo aparte podemos ver esa relación personal que se establece entre aquel enfermo y Jesús. Así Jesús quiere llegar, podíamos decir, personalmente a nuestra vida, entra en una relación personal con nosotros, y encontrándonos con Jesús encontramos vida. Encontrar vida puede ser encontrar la salud perdida, puede significar un sufrimiento mitigado, pero puede ser también un sentido nuevo para nuestro vivir esa situación del dolor y de la enfermedad. Y ahí estará la verdadera salud, la salvación que Jesús quiere ofrecernos.

Es el sentido nuevo que en Cristo, en la fe que ponemos en El y en su amor, encontramos para nuestra vida en cada una de esas situaciones concretas que vivamos. Qué importante ese encuentro con el Señor que desde la fe podemos vivir. Cuánta salud y salvación podemos en El encontrar.

Quiero terminar esta reflexión con palabras del Papa en su mensaje: ‘Al final de este Mensaje… deseo expresar mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas que vivís diariamente en unión con Cristo crucificado y resucitado, para que os dé la paz y la curación del corazón. Que junto con él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Al pie de la cruz se realiza para ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre es traspasado (cf. Lc 2, 35). Desde el abismo de su dolor, participación en el del Hijo, María fue capaz de acoger la nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la cruz, Jesús le presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: «He ahí a tu Hijo» (cf. Jn 19, 26-27). La compasión maternal hacia el Hijo se convierte en compasión maternal hacia cada uno de nosotros en nuestros sufrimientos diarios’.

domingo, 9 de mayo de 2010

Vendremos y haremos morada en él


Hechos, 15, 1-2.22-29;
Sal. 66;
Apoc. 21, 10-14.22-23;
Jn. 14, 23-29



‘Concédenos continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado…’ No podemos perder ni la intensidad ni la alegría. Seguimos viviendo la Pascua y la liturgia con la que expresamos nuestra celebración nos invita y nos ayuda a ello. Cristo resucitado sigue llenando nuestra vida, sigue impulsándonos con la fuerza de su Espíritu. Así tiene que ser siempre, pero los ciclos de la liturgia nos ayudan a que no nos durmamos ni caigamos en la rutina.
Se nos sigue manifestando la gloria del Señor resucitado. Son hermosos los textos del Apocalipsis que se nos ofrecen en este ciclo litúrgico. Nos ayudan a vislumbrar esa gloria del Señor en el cielo, pero también la gloria del Señor que se hace presente en nosotros, en nuestra vida, en nuestra iglesia.
Vuelve a hablarnos hoy de la ‘nueva Jerusalén, la ciudad santa, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’, con sus resplandores, con sus puertas santas, con los nombres de los apóstoles del Cordero. Todo manifiesta la gloria de Dios. Todo está lleno de la gloria de Dios. No hay ningún santuario especial en medio de ella porque ‘el santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero’. Todo es resplandor de Luz porque ‘la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero’. ‘Yo soy la luz del mundo… era El la luz que viene a iluminar nuestro mundo’.
La gloria de Dios en el cielo, pero la gloria de Dios que se hace presente entre nosotros, hemos dicho. Es una imagen de la Iglesia, llena de la gloria del Señor. Es una imagen de la Iglesia en la que habita de manera especial el Espíritu de Dios y la gloria del Señor. La Iglesia, verdadero templo del Señor y verdadera morada de Dios entre los hombres, y no me estoy refiriendo el templo edificio material, creo que todos entendemos; ya nos decía que no había ningún santuario especial porque el Santuario era el Señor Todopoderoso. La Iglesia santa en la que Cristo nos ha dejado la fuente de la gracia que son los sacramentos, verdadero alimento de nuestra vida y verdadera presencia del Señor en medio nuestro.
Pero creo que nos está queriendo decir algo más. Unamos esto que hemos dicho de esa morada de Dios en medio nuestro con lo que nos ha dicho Jesús en el Evangelio y nos daremos cuenta que nos está hablando de nosotros que también podemos ser y somos esa morada de Dios. Algo grandioso y maravilloso. ‘El que me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere hacer también morada en nosotros. Plantó su tienda entre nosotros cuando se encarna y se hace hombre, pero no como algo, por así decirlo, por fuera de nosotros, sino en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida.
Ya podemos recordar que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser esa morada de Dios y esos templos del Espíritu Santo. Aquí lo tenemos cómo podemos serlo en verdad. ‘El que me ama, guardará mi Palabra…’ Guardar la Palabra de Jesús; empecemos por aceptar y creer en esa Palabra; Palabra que estaba en Dios y que era Dios, como nos dice el Evangelio de san Juan al principio; Palabra que es vida y que es luz; Palabra entonces que nos ilumina, nos guía, nos conduce a la verdad – ‘yo soy la verdad y la vida’, nos dirá Jesús en el evangelio -.
Es la Palabra que nos llena de paz, nos da fuerza y seguridad; cuando nos dejamos conducir por esa Palabra de verdad, sabemos bien a donde vamos y tenemos la seguridad y la certeza de la fuerza para realizar el camino. Palabra que es camino, pero que nos sale al encuentro en los caminos de nuestra vida para ir a nuestro lado, para enseñarnos todo, para abrirnos el entendimiento y podamos conocer los misterios de Dios.
Es Palabra que nos levanta y nos pone en pie para que nos sintamos libres de ataduras y de esclavitudes llevándonos a los caminos de la verdadera libertad; que nos arranca de nuestras postraciones e invalideces cuando nos hacemos cobardes, cuando entramos en rutinas, cuando nos dejamos llevar por tibiezas y frialdades – ‘toma tu camilla, levántate y anda’, nos dice tantas veces -.
Es Palabra que nos salva porque es Cristo mismo que se ha entregado por nosotros para que tengamos vida y salvación. Nos anuncia y nos trae el perdón de Dios, nos habla de su misericordia y su compasión y nos enseña cómo tenemos que ser hombres nuevos.
Si le amamos guardamos su Palabra y estaremos entonces experimentando lo que es el amor de Dios, cómo se nos manifiesta en Cristo. ‘Mi Padre le amará y vendremos a El y haremos morada en El’. Somos llenos e inundados de Dios. Dios querrá habitar para siempre en nuestro corazón. Qué maravilla podernos sentirnos así llenos también de la gloria del Dios. Qué belleza en nuestra vida, Dios habitando en nosotros. Es como para volverse locos en pensar en tanta grandiosidad. Qué exigencia de santidad en nosotros en consecuencia. Claro que si guardamos la Palabra de Jesús y le amamos de verdad es que no podemos ser otra cosa que santos.
Nos llena de gozo el escuchar todo esto y el sentirnos amados de Dios de esa manera. Pero cuando miramos la realidad de nuestra vida tan débil y tan pecadora, quizá podemos dudar, aunque no tendríamos por qué temer si mantenemos firme y ardiente nuestra fe en El. Nos dice dos cosas Jesús hoy para que alejemos de nosotros esos posibles temores. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’
¿Por qué? Podíamos preguntarnos. Porque nos ha asegurado la presencia de su Espíritu. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. No nos deja solos. Nos deja la presencia de su Espíritu. Sólo, pues, nos queda a nosotros decir Si, creer en El, amarle, guardar su Palabra. Todo esto nos da para meditar mucho, para dar gracias y alabar al Señor.
Como estamos celebrando en este domingo la Pascua del enfermo quiero traer a colación unas palabras que el Papa Benedicto XVI el pasado domingo en Turín les decía a unos enfermos y ancianos en un centro de acogida. "Viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y Resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo manifiesta que el sufrimiento, el mal, la Muerte no tienen la Última Palabra. Porque de la muerte y del sufrimiento, la vida puede resurgir … Esta casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo', concluyó. Lo decía en referencia concreta a aquel lugar que visitaba, pero que podemos aplicar perfectamente nosotros a este lugar donde estamos acogidos (Hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o Casa de Acogida Madre del Redentor)
Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, ha hecho suyo el sufrimiento de la humanidad. Redimiendo al hombre ha dado sentido al dolor y a la muerte y le ha permitido asociarse a su Pasión; por ello el hombre encuentra el bálsamo a su sufrimiento y crece en él la esperanza del triunfo definitivo’. Así nos han dicho los obispos en su mensaje para esta jornada de la Pascua del Enfermo en la que además se conmemora los veinticinco años del Día del Enfermo a nivel nacional.