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sábado, 21 de agosto de 2021
El momento de silencio puede ser motor que nos eleve y trascienda
Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior
Nuestro
camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos
sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior
Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo
23,1-12
Creo que con una cierta sensibilidad
podemos darnos cuenta fácilmente quien lleva algo en el corazón y quien va
vacío por dentro. Cuando buscamos solamente las apariencias, los halagos, las
alabanzas de los demás denotamos la superficialidad con que vivimos la vida y
que realmente no tenemos nada que ofrecer desde dentro de nosotros mismos. Podemos encontrar mucha gente así. Quieren
vivir al día, a lo que salga, queriendo probar todo para disfrutar de todo, lo
que significa que aun no han encontrado los verdaderos valores que den sentido
a su vida, que le den grandeza a su existencia.
Quizás querrán manifestarse más
cumplidores de los demás y con vanidad van enseñando las cosas que hacen para
encontrar los elogios que alimenten su ego, pero lo que hay es un vacío
interior. Para mantener su llamémosle prestigio hasta se volverán exigentes con
los demás, porque se sienten imbuidos de una autoridad ficticia que no tienen,
porque realmente no tienen nada que ofrecer de su propia vida vacía. Se querrán
mostrar como maestros cuando realmente su vida insulsa no nos da ninguna lección.
De estos nos previene hoy Jesús en el
evangelio. Son palabras fuertes las que escuchamos a Jesús contra los maestros
de la ley y contra los fariseos. Nos dirá Jesús que aprendamos la lección pero
que no los imitemos, porque caeríamos nosotros también esa vida vacía y hasta
sin sentido.
Y nos enseña la actitud que hemos de
tener hacia los demás. Por eso nos dice que no nos dejemos llamar ni padres ni
maestros. La expresión padre no era solo una referencia al progenitor, sino a
esa forma paternalista con que se presentaban los maestros de la ley y los
fariseos, que siempre consideraban a los demás en una escala inferior y se
mostraban como redentores que les enseñaban el verdadero camino. No es esa la
actitud que nosotros hemos de tener, porque en fin de cuentas todos somos discípulos
que tenemos que estar aprendiendo y nuestra manera de actuar es saber caminar
al lado y a la altura de los demás en una actitud humilde y generosa de
servicio.
Por eso nos habla Jesús que tenemos que
saber hacernos los últimos y los servidores de todos. Porque no vamos a
engrandecernos vanidosamente poniéndonos por encima de los demás sino siempre
con la actitud de servicio de quien ofrece lo mejor para los demás. Y aquello
que llevo en el corazón es lo que mejor puedo ofrecer a los otros. Será esa
disponibilidad y esa generosidad las que nos harán ricos de verdad por dentro,
y desde ese amor que llevamos en el corazón es cuando podemos ofrecer lo mejor
a los demás.
Nuestro camino es un camino de humildad y de sencillez, bordado por los gestos sencillos y humildes que nos hacen crecer en riqueza interior; cuanto más generosos seamos en nuestro compartir más riqueza espiritual se acumula en nuestro corazón con la que podemos en verdad enriquecer a los que están a nuestro lado. No será nunca camino de prepotencias ni vanidades, sino siempre de disponibilidad generosa que no nos importa vaciarnos de nosotros mismos con tal de engrandecer a los demás. Es maravilloso el camino que nos señala Jesús en el evangelio. Haciéndonos pequeños nos haremos verdaderamente grandes.
viernes, 20 de agosto de 2021
Jesús nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la persona que es el amor, es su mandamiento principal
Jesús
nos enseña que busquemos lo que va a dar verdadera grandeza y dignidad a la
persona que es el amor, es su mandamiento principal
Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo
22,34-40
Siempre andamos con la pregunta, qué
tenemos que hacer, qué es lo más importante. No sé si es que no somos capaces
de dar prioridades, o de encontrarlas, o que algunas veces andamos como
mareados entre tantas normas y reglamentos, tantas leyes y tantas
prescripciones que terminamos siempre haciéndonos la pregunta.
Hoy es un maestro de la ley el que se
acerca a Jesús para hacer esa pregunta sobre lo fundamental. ‘¿Cuál es el
mandamiento principal de la ley?’ El tendría que saberlo, pues era maestro
en Israel y su misión era precisamente explicar la ley, pero quizá también se
encontrase mareado, como decíamos antes, ante tantas normas y preceptos.
¿Sería del grupo de los fariseos que
disfrutaban imponiendo normas y reglamentos sobre lo que tenían que hacer, o
hasta donde podían llegar con mil minuciosidades que lo que al final lo que hacían
era confundir a todo el mundo? Quizá la influencia de grupos como los de los
fariseos lo que hacían era crear confusión de manera que este doctor de la ley así
se viera confundido en su interior. Eran centenares y centenares de preceptos e
imposiciones que se convertían en una carga pesada. La multiplicidad de normas
y preceptos en lugar de ser un cauce fácil para el cumplimiento de la ley del
Señor se convertía en algo insoportable.
Jesús responde pronto a la petición,
repitiendo textualmente además, lo que estaba escrito en la ley. ‘Amarás al
Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este
mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley
y los Profetas’. Nos deja así un magnífico y breve resumen porque nos habla
del amor a Dios pero también del amor al prójimo.
No se entretiene Jesús aquí en
explicaciones. Las palabras de la ley del Señor están claras. Somos nosotros
ahora los que tenemos que ver cómo expresamos ese amor a Dios y cómo tendrá que
reflejarse en la vida; tendremos que ver nosotros qué es lo que entendemos como
prójimo y hasta donde vamos a llegar en ese amor al prójimo. Tenemos que amar y
amar con toda intensidad; tenemos que amar a Dios como tenemos que amarnos a
nosotros mismos, porque si no somos capaces de amarnos a nosotros mismos ¿cuál
va a ser el amor que le tengamos a los demás? Es la medida que Jesús nos está
poniendo, el cauce de lo que ha de ser nuestro amor.
¿Andaremos nosotros también haciéndonos
la misma pregunta de cuál es lo principal? Reconozcamos que tenemos que hacérnosla,
porque no sé si siempre estaremos buscando para cumplir lo que es lo principal.
Y es que cuando vamos buscando cumplimientos es que vamos buscando cosas que
hacer, como quien acumula méritos, como quien busca cosas satisfactorias, como
quien está buscando unos protocolos porque sabemos que si no nos salimos de
ellos haremos las cosas bien. Pero ¿no nos estaremos quedando en cosas externas
o en superficialidades? Como quien se pone ‘guapito’ exteriormente para
satisfacer su vanidad, mantener la apariencia y la forma mientras interiormente
estamos muy lejos de aquello que queremos representar.
Busquemos lo que va a dar verdadera
grandeza a la persona, que es el amor.
jueves, 19 de agosto de 2021
Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita
Cuidado
nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el
valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita
Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo
22,1-14
¿Por qué no habrá venido a la comida?
Ni siquiera una disculpa, esperando estábamos pero no se hizo presente. Nos
habrá sucedido. Un cumpleaños, una cena especial en un aniversario, algo que
casi entraba ya en la rutina de todos los años. Eran unos amigos a los que
apreciábamos mucho, y disfrutábamos comiendo juntos, pero esta vez no se hizo
presente. Nos sentimos mal, en cierto modo defraudados, pensando si en algún
momento habíamos tenido algún desaire con esa persona, que ahora nos pagaba no haciéndose
presente en aquella comida que siempre celebrábamos juntos y que con tanta ilusión
habíamos preparado. ¿Habrá pasado algo por nuestra parte? Cosas que nos pasan
en la vida.
Algo así es la parábola que Jesús hoy
nos propone en el evangelio y que en principio estaba dirigida a los sumos
sacerdotes y a los ancianos del sanedrín. Hace referencia el evangelista. En
este caso se nos habla de una boda y de muchos invitados que pasan, como se
suele decir, olímpicamente de aquella invitación que les habían hecho; cada uno
se fue a sus cosas. Pero el banquete se celebró de todas formas, porque
salieron a las plazas y a los cruces de los caminos y a todos los que
encontraron los invitaron para que fueran al banquete. La sala se llenó de
comensales.
Una referencia muy clara en la parábola
de Jesús a lo que había sido la propia historia de Israel, a quien Dios se
había manifestado de manera especial y había caminado con ellos en su historia.
Tal es así que la historia del pueblo de Israel la llamamos la historia de la salvación.
Es la historia del amor de Dios por su pueblo que manifiesta así el amor que
nos tiene a todos. Pero no siempre el pueblo de Israel respondió a las muestras
del amor de Dios. Ahora estaba Jesús en medio de ellos y les ofrecía participar
de ese banquete de luz y de vida que era el Reino de Dios y era rechazado.
Seguían con sus intereses y sus rutinas. Pero en la parábola está incluida esa
voluntad salvífica de Dios que ofrece la salvación a todos los pueblos, a todos
los hombres.
Pero es aquí donde tenemos que
detenernos para no quedarnos en el juicio que podamos hacer de la respuesta o
no del pueblo de Israel y en este caso sus dirigentes que rechazaban a Jesús.
Estamos escuchando este pasaje del evangelio como palabra de Dios para nosotros
hoy. Somos nosotros los que nos tenemos que sentir interpelados por esa invitación
del Señor a ese banquete de vida y de luz que es el Reino de Dios que se nos
ofrece. Muchas son las señales de esa llamada que el Señor nos va dejando, pero
que sin embargo nosotros también muchas veces andamos tan distraídos que no
somos capaces de captar esa llamada.
Es la propia proclamación de la Palabra
de Dios que se nos ofrece cada día o cada semana en las celebraciones a las que
asistimos; pero son también tantos signos y tantas llamadas que Dios nos va
poniendo al borde del camino de la vida en aquellas misma cosas que nos suceden
y que no siempre sabemos interpretar. Si antes decíamos que la historia del
pueblo de Israel la llamamos historia de la salvación porque nos manifiesta
cómo Dios se va haciendo presente en esa historia, lo mismo tendríamos que
decir ya sea de nuestra propia historia personal o ya sea de la historia de
nuestro mundo en aquellos acontecimientos que se van sucediendo.
El creyente de verdad ha de tener ojos
de fe para leer esa historia y leer ese
actuar de Dios o esas llamadas que el Señor nos hace. Son los signos de los
tiempos que no solo vemos en grandes acontecimientos, sino en el acontecer
sencillo de cada día, donde podemos encontrar siempre un signo del amor que
Dios nos tiene.
Pero nuestros ojos de fe algunas veces
se vuelven opacos y no sabemos ver; nos encandilamos con tantas cosas que ya no
sabemos descubrir la luz verdadera; es como si nos faltara el traje de fiesta
de aquel que entró al banquete y no lo tenía. ¿Qué buscaba satisfacer
aprovechando aquella comida que se le ofrecía? Algunas veces nos sucede a
nosotros algo así. Son tantos los intereses y los apegos que envuelven nuestra
vida que perdemos la sensibilidad para lo más hermoso. Y hemos perdido la
sensibilidad espiritual, o el sentido de trascendencia, o la esperanza de un
cielo nuevo que Dios nos ofrece y ya ni siquiera pensamos en la vida eterna. Cuidémonos
de cuanto puede volver opaca nuestra vida.
miércoles, 18 de agosto de 2021
Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros
Siempre
hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio
es el campo que tenemos ante nosotros
Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a
¿A dónde voy yo a estas alturas?,
pensamos algunas veces. Bien porque nos
parece que se nos ha pasado la hora, y ya llegamos tarde, bien porque pensamos
qué es lo que podemos nosotros aportar si ya hay tanta gente que está haciendo
cosas. Lo pensamos en referencia a nuestras actividades de la vida social,
nuestra relación con los demás, o los compromisos que podríamos adquirir. Lo
pensamos porque quizás ya nos creemos mayores y que nuestra hora se ha pasado,
y que quizás ya nuestra vida se ha de reducir a ir viviendo sin más pero sin
complicarnos demasiado las cosas. Lo pensamos en todo lo que significa el
progreso de nuestra propia vida, en los deseos de superación que tendríamos que
tener, en las cosas que podríamos mejorar en nosotros mismos o incluso en el
desarrollo de valores que podemos tener ocultos ahí en nosotros y nos da pereza
hacerlos salir a flote.
Muchas son las cosas que podríamos
pensar en este sentido. Mucha puede ser la pasividad con la que vivamos, o
quizá las cansancios que han ido apareciendo en la vida desde frustraciones de
cosas no logradas, de fracasos en algunos momentos y ya pensamos que a dónde
vamos a ir.
Hoy Jesús con su parábola en el
evangelio nos da respuesta. Nunca podremos decir que es demasiado tarde, nunca
podremos pensar que se nos pasó la hora; nunca nos podemos resignar a decir
aquí no hay nada que hacer o yo no puedo aportar nada; nunca cabe la pasividad
en la vida de quedarnos simplemente sentados en la plaza sin salir al encuentro
de algo nuevo que siempre se nos puede ofrecer; nunca podemos pensar que ya es
tarde para comenzar a esta hora; nunca nos podemos dejar envolver por actitudes
pasivas ni por el conservadurismo que ya todo está hecho porque otros lo han
hecho muy bien y yo nada puedo aportar. Siempre hay un momento para comenzar.
Es el hombre que salió a buscar
jornaleros para su vida desde muy de mañana, pero que luego siguió saliendo en
distintas horas del día e incluso cuando parecía que ya todo se iba a acabar, y
siempre encontró a alguien nuevo que enviar a su viña. Para todos tenía su
denario.
Pensamos en la vocación y la llamada
que nos hace el Señor que puede ser a cualquier hora del día de nuestra vida,
pero tenemos que pensar también en ese campo abierto que tenemos ante nosotros
y en el que tenemos tanta semilla que sembrar. Un testimonio, una palabra, un
gesto, una mano tendida hacia el otro lo podemos hacer o lo podemos dar en
cualquier hora de nuestra vida.
Siempre hay en ti una buena semilla que
sembrar, siempre hay la posibilidad de un campo abierto ante tu vida donde
puedes realizar tu labor. No podemos andar con cobardías ni mezquindades, no
nos podemos quedar en conservadurismos ni pasividades, no podemos ir enterrando
talentos sin hacerlo fructificar, no podemos seguir parapetándonos tras
nuestras comodidades que muchas veces son cobardías.
Lo hacemos por la gloria de Dios. Eso
es lo importante. No nos podemos quedar en nuestros cálculos humanos para sacar
nuestros rendimientos. No podemos andar con medidas ni contabilidades de lo que
hemos hecho o dejado de hacer. Nuestro premio es el Señor. En sus manos nos
ponemos con toda confianza porque ya es un gozo grande poder trabajar en la
viña del Señor. Y el Señor sigue confiando en nosotros.
martes, 17 de agosto de 2021
En las cosas del reino de Dios tenemos que comenzar a mirar todo con una nueva óptica para descubrir qué es lo que nos hace verdaderamente grandes
En
las cosas del reino de Dios tenemos que comenzar a mirar todo con una nueva óptica
para descubrir qué es lo que nos hace verdaderamente grandes
Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Hemos de reconocer que es una lucha
interior que todos sostenemos, aunque incluso muchas veces no seamos del todo
conscientes de ella, entre el ser y el tener. Viene a definir nuestra vida,
nuestros valores, los principios por los que nos guiamos, lo que realmente
somos. Muchas veces hemos pasado gran parte de nuestra vida dejándonos
arrastrar por ese afán de tener o de poseer que nos olvidamos del yo más íntimo
y más profundo de la persona. Hemos quizás edificado nuestra vida como un
edificio de cosas y no nos preocupamos tanto de lo que realmente somos. ¿Qué es
lo importante para mí? ¿Dónde en verdad fundamento mi vida?
Desde este discernir con claridad cuál
es lo importante en mi vida, lo que tengo o lo que soy, surge todo lo que hoy
nos dice Jesús en el evangelio. La ocasión había partido de aquel joven que se
había acercado a Jesús con buena voluntad para seguirle, pero cuando Jesús le
quiso aclarar que no son las cosas lo que realmente hace a la persona, y que
entonces a la hora de seguirle no importa lo que tengamos o no tengamos, cuando
Jesús le pide que sea capaz de desprenderse de todo, aquel joven dio media
vuelta y se marchó. Era muy rico.
Por eso afirma categóricamente Jesús lo
difícil que es a los ricos entrar en el Reino de los cielos. No es el tener o
no tener, nos viene a decir Jesús, sino sobre qué estamos fundamentando nuestra
vida, dónde ponemos nuestros apoyos y seguridades, ¿en lo que tenemos? Cuando
tengas como si no tuvieras porque para ti lo importante es lo que eres,
entonces comenzarás a comprender lo que es el camino del Reino de Dios.
Cuantos nos encontramos en los caminos
de la vida que van haciendo alarde de sus títulos, de sus categorías, de las
escrituras de propiedad de sus posesiones. Vanidad y nada más que vanidad. Tú
no eres la casa que tienes ni las joyas que poseas y de las que quieres alardear.
Otras son las joyas que tenemos que buscar en esos valores que cultivamos en
nuestro interior. Lo que tú eres es tu verdadera riqueza, la generosidad que
haya en tu corazón, la rectitud con que vivamos tu vida, el compromiso que
sientes por los demás, la misericordia que eres capaz de poner en tu corazón es
lo que verdaderamente te hace grande.
Como medimos todo desde la óptica de lo
material nos cuesta entender. Nos parece que no es posible vivir de otra
manera. Y terminamos dependiendo de las cosas, de lo que tenemos, y no sabemos
encontrar ni valorar la verdadera grandeza de la persona, los verdaderos
valores. Hasta en el tema de alcanzar la salvación parece que tenemos que ir
acumulando cosas, acumulando méritos; y hasta hacemos alarde de lo religiosos
que somos, de los rosarios que hemos rezado y de las misas que he oído; y lo
digo así, misas oídas, porque muchas veces pueden quedarse en eso y nada más.
Por eso escuchamos a los discípulos
plantearle a Jesús que lo de salvarse es imposible, que si ellos lo han dejado
todo para seguirle, y ya estarán pidiendo lugares de honor, como los dos que
pidieron los primeros puestos. Y nos olvidamos el por qué de las cosas, el por
qué seguimos a Jesús, lo que verdaderamente encontramos que nos llene por dentro
cuando seguimos a Jesús. Porque no vamos buscando seguridades, ni certificados
que nos garanticen nada. Por eso terminará diciéndonos Jesús que tenemos que
ser capaces de hacernos los últimos. Entonces sí lo entenderíamos.
¿Cuál es el verdadero tesoro que
quieres guardar en el cielo?
lunes, 16 de agosto de 2021
Aspiremos a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un momento
Aspiremos
a lo mejor aunque nos cueste mucho superarnos, desterremos tantos miedos que se
nos meten en la vida y no nos quedemos en el entusiasmo de un momento
Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
El entusiasmo a veces nos traiciona.
Cuantas veces habremos visto a alguien tan ilusionado con los proyectos que
tiene, con sus sueños, que parece que se va a tragar el mundo. Está dispuesto a
hacer maravillas, en sus sueños ve las soluciones fáciles para los problemas
que se le puedan presentar, se siente fuerte y entusiasmado y trata de
arrastrarnos a nosotros también con su entusiasmo. Quizás podemos ser más
pesimistas, vamos de cansados por la vida, tenemos el peso de sueños que no
logramos, de fracasos que hemos tenido y nos hieren en lo más hondo, y nos ponemos
quizás a la expectativa de lo que pudiera suceder, de ver cómo le van a salir
las cosas a nuestro amigo con sus sueños.
¿Tendríamos que alentarlo? ¿Tendríamos
que hacerle ver la realidad? ¿Tendríamos que creer en él y que es posible la
realización de todo lo que lleva en su cabeza? Algunas veces no sabemos bien
qué hacer. También nos creemos buenos y más o menos hemos querido ir haciendo
las cosas con cierta madurez y sensatez, pero cuando nos pidieron un paso más
adelante cogimos miedo, no fuimos capaces de lanzarnos, nos quedamos cortos en
la diana a la que tendríamos que haber aspirado conseguir.
Hoy se acerca alguien a Jesús que viene
con entusiasmo atraído quizás por las palabras y los signos que Jesús va
realizando. ‘¿Qué tengo que hacer de bueno para heredar la vida eterna?’
es la pregunta que le plantea a Jesús. Hay buena voluntad, hay buenos deseos.
Quiere alcanzar aquello que Jesús les está proponiendo cuando les anuncia el
Reino de Dios. Tiene además un corazón bueno. Cuando Jesús le dice que cumpla
con los mandamientos, ahí está lo que es la voluntad de Dios, aquel joven dirá
que eso lo ha cumplido desde siempre. Un joven que ha sido bien educado en su
fe y en su religiosidad, un joven con una rectitud admirable en su vida pues el
cumplimiento de los mandamientos ha sido el pan nuestro de cada día.
Es ahora cuando Jesús le lanza a metas
más altas. Ha de pasar por el desprendimiento de todo, un vaciarse totalmente
de si mismo desde su yo hasta todas aquellas cosas que posee que pueden ser apegos
en el corazón. ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el
dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo - y luego ven y
sígueme’. Y es aquí donde se desinfló.
Aquello que posee no es que sean cosas
malas; son los bienes obtenidos fruto de su trabajo, es lo que haya podido
recibir de sus padres, son las cosas que posee para su uso y disfrute en su
vida normal de cada día. No es malo. Pero a un corazón grande como Jesús
vislumbra en aquel joven se le puede pedir dar un salta adelante. Hay inquietud
en su corazón, tiene deseos también de seguir a Jesús, ha vivido una vida de
fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos del Señor, pero aquel joven
está llamado a algo más, a algo grande. Ese tesoro no se puede quedar apegado a
su corazón sino que tiene que ser un tesoro que ha de saber guardar en el
cielo. Para eso ha de desprenderse de todo para compartir todo.
¿Podremos dar ese paso adelante que se
nos pide? Cuantas veces nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior
cuando vemos la posibilidad de hacer algo mejor y distinto. Siendo incluso
buenos y haciendo las cosas bien podemos tener la tentación de acomodarnos, de
caer en la rutina, de no intentar buscar algo nuevo y distinto, de mejorar
incluso aquello que ya tenemos.
Nos sucede en muchos aspectos de la
vida en que preferimos la comodidad de lo que ya estábamos acostumbrados a
hacer, que intentar algo nuevo y que puede ser mejor. Nos sucede
desgraciadamente en el camino de nuestra vida cristiana en que ya no aspiramos
a la perfección sino a hacer las cosas como siempre las hemos hecho.
Y quizá hay unos tesoros escondidos en
nuestro interior que no somos capaces de sacar a flote y ponerlos a producir.
No enterremos los talentos. Aspiremos a lo mejor, a la perfección aunque nos
cueste mucho superarnos en tantas cosas. Desterremos de nosotros tantos miedos
que se nos meten en la vida. No nos quedemos en el entusiasmo de un momento que se puede apagar sino que tengamos
verdaderas ansias de crecimiento.
domingo, 15 de agosto de 2021
En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza
En la
fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y
al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra
esperanza
Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal
44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56
Celebramos hoy una fiesta muy hermosa de la Virgen que se traduce en numerosas advocaciones con las que queremos invocarla en multitud de pueblos y lugares. Comienzo por mi tierra en que hoy la celebramos como patrona de nuestras islas, de todo el archipiélago en su advocación de Nuestra Señora de Candelaria, aunque como fiesta propia de esta advocación la tenemos el dos de febrero.
Sin embargo en nuestras islas y sobre todo en la isla de Tenerife todos los caminos conducen estos días a Candelaria; si no hubiera sido por la pandemia que limita nuestros movimientos y encuentros desde hace días nos hubiéramos encontrado por los caminos de la isla peregrinos que se dirigirían a la Basílica de la Patrona.
No voy a entrar en otras numerosas
advocaciones con que invocamos a la Virgen en este día en tantos lugares y en
tantos pueblos, sino vamos a centrarnos en lo que litúrgicamente celebramos en
este día. Hoy es el día, podríamos decirlo así, del triunfo pascual de María
cuando celebramos su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Es la culminación
de la vida de María y de su plena unión con Jesucristo, su Hijo y nuestro
Salvador. Si Jesús nos dijera un día que quería que donde El estuviera
estuviéramos nosotros también y por eso va al Padre y nos prepara sitio, qué
podríamos decir de lo que Jesús querría para su Madre María.
El final del decurso de su vida terrenal
culmina con esta glorificación de María en que Cristo quiere hacerla a Ella
como primicia partícipe de su misterio de Redención. La había hecho toda pura e
inmaculada en su Concepción porque iba a ser la Madre de Dios en virtud de los
méritos de Jesucristo, como confesamos en los artículos de nuestra fe, como no
la va a hacer partícipe de su resurrección en su glorificación en cuerpo y alma
a los cielos.
Y decimos que ella es como primicia,
porque es el camino al que estamos llamados todos los que creemos en Jesús.
María, siempre lo decimos, es el mejor modelo de lo que es el seguimiento de
Jesús. Así plantó ella en su vida la Palabra de Dios. Era como su lema y como
su meta. Aquellas palabras que pronuncia ante el ángel en Nazaret no fueron
fruto solo del fervor de un momento incluso con todo lo sublime que era aquel
instante de la Encarnación, pero si ella fue capaz de decir ‘hagase en mi según
tu palabra’, es porque ella ya en su vida se había dejado envolver
totalmente por la Palabra de Dios. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de
Dios y la ponen en práctica’, la plantan en su vida diría Jesús, lo que era
como una alabanza a su madre, la que así se había dejado conducir por la
Palabra de Dios.
¿Cómo no iba ella a prorrumpir en ese
cántico de alabanza y acción de gracias a Dios que en ella había hecho obras
grandes, fijándose en la humildad de su esclava? Solo quien vivía una
espiritualidad profunda porque se había dejado traspasar por el Espíritu podía
ser capaz de pronunciar tan hermoso cántico.
Un cántico que además se convierte en
profético porque irá describiendo como todo se transforma y transfigura cuando
nos dejamos inundar por la misericordia del Señor y nos dará las señales de ese
mundo nuevo que va a surgir y que es el Reino de Dios. Un mundo donde son
exaltados los humildes, un mundo que nos ofrecerá un orden nuevo donde los
pobres y los hambrientos serán saciados mientras que aquellos que se
consideraba a sí mismos hartos ahora se sentirán vacíos. Es todo un resumen del
mensaje del evangelio, un resumen de la buena nueva del Reino de Dios que
comienza.
Hoy con esta fiesta de la Asunción de
María sentimos el gozo de los hijos cuando ven la gloria de la Madre, su glorificación
al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos. Es un momento para felicitarnos
con María al tiempo que en ella nos sentimos estimulados en nuestro camino, y
con ella renacen nuestras esperanzas. María viene a ser así como un impulso
para nuestro camino y para nuestra esperanza; con la Asunción de María de
alguna manera nos quedamos como atónitos y estupefactos al contemplarla en su glorificación,
pero nos sentimos impulsados a seguir haciendo el camino donde queremos hacer
presente esas señales del Reino de Dios entre nosotros.
En ocasiones podemos sentir el
cansancio en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por hacer un mundo mejor,
nos sentimos quizás en momentos algo defraudados porque nos parece que el mal
avanza demasiado en medio de nuestro mundo, pero ahí está la presencia de la
madre que nos alienta, que se pone a nuestro lado en el camino, que nos impulsa
a dar un paso más, a poner un nuevo esfuerzo, a poner más ánimo en nuestro
corazón. Es lo que hacen las madres con los hijos que con su presencia les
alientan y les animan.
Así sentimos la presencia de María en
esta fiesta que hoy estamos celebrando. Mitiga nuestras lágrimas ante los
sinsabores de la vida y con su consuelo alivia nuestros corazones tantas veces
de mil maneras atormentados. Es aliento y es esperanza, es fuerza nueva que nos
da un nuevo impulso para caminar. En su imagen bendita de la Candelaria que hoy
los canarios de manera especial contemplamos la sentimos como un faro de luz,
en esa candela que lleva en sus manos, para ir delante de nosotros alumbrándonos
el camino y haciéndonos vislumbrar nuestras metas finales.
sábado, 14 de agosto de 2021
De una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña a ser como los niños para vivir el Reino de Dios
De
una forma muy profética Jesús deja que los niños se acerquen a El y nos enseña
a ser como los niños para vivir el Reino de Dios
Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
¿Quién no ha sentido emoción ante la
ternura de un niño que espontáneamente se te da sin ningún temor ni
desconfianza y viene quizá con su juguete para ofrecértelo y que juegues con
él? Saben los niños a los que quieren y en los que confían, en su pequeñez e
inocencia sin embargo captan el sentido de tu mirada o de tus gestos y saben
que pueden confiarse en ti y al mismo tiempo poco a poco se van robando tu
corazón. No hay malicia ni desconfianza, simplemente abren sus brazos como te
ofrecen su cariño, se cogen confiados de tu mano pero al mismo tiempo saben
tirar de ti para que te pongas a su altura. Y ante su ternura si nosotros vamos
con corazón limpio terminamos por abajarnos para estar a su altura y participar
también de sus gestos espontáneos y ocurrentes. Al final terminaremos riendo
con su misma sonrisa.
¿Será algo de eso lo que nos está
pidiendo Jesús en el evangelio? Ese mundo nuevo que Jesús quiere para nosotros
tiene que estar alejado de toda malicia y desconfianza, y lleno de la
espontaneidad de la sencillez y de la ternura con que aprenderemos a tratarnos.
Nos coge Jesús de la mano como un niño pero quiere llevarnos por su camino,
quiere que nos abajemos de nuestros pedestales, y seamos capaces de ponernos a
la altura de un niño o a la altura de cualquier hermano con el que nos
encontremos en el camino.
Nos enseña Jesús a mirar a los ojos sin
malicia, pero también descorriendo el velo con que queremos quizás ocultar
mucho de lo nuestro, porque en ese mundo nuevo tenemos que aprender a caminar
de forma distinta, pero también a sonreír con la misma inocencia de un niño,
porque en nuestros ojos brilla ya una nueva alegría nacida de la ternura con
que nos tratamos y del amor que vamos sembrando en la vida.
Hoy el evangelio nos trae un texto muy
breve y muy sencillo. Pudiera parecer como una anécdota más de esos hechos
curiosos que podríamos encontrar en el evangelio, pero sin embargo nos trae el
anuncio de que quiere desmontar todo ese mundo falso y de vanidad que nos hemos
ido creando.
Unos niños que juegan en la plaza pero
que espontáneamente unos como saben hacerlo siempre los niños, o llevados de la
mano de sus madres pronto estarán rodeando a Jesús y queriendo recibir sus
bendiciones. El corazón de una madre sabe a donde puede y tiene que llevar a su
hijo porque va a encontrar una buena sombra o una radiante luz que ilumine sus
vidas. Por eso, con esa quizá ingenuidad se acercan a Jesús que quizá descansa
sentado en medio de la plaza, porque quieren que Jesús bendiga a sus hijos.
Por allá andan celosos de cuidar a su
maestro y nada le moleste los discípulos que tratan de apartar a los niños para
que no molesten el descanso de Jesús. Y aquí nos deja Jesús esa frase con un
tono muy profético de ese mundo nuevo que Jesús quiere para los suyos. ‘Dejadlos,
no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino
de los cielos’.
Habla del reino de los cielos,
constante en su predicación y en su evangelio y habla de ser como niños.
Recordemos lo que hemos venido reflexionando y veamos si no es eso lo que
nosotros tenemos que copiar en nuestras vidas y nos daremos cuenta de que ahí
están encerrados todos los valores del Reino que Jesús nos está proclamando.
Cuántas cosas tenemos que desmontar,
cuantas actitudes nuevas hemos de tener, que sentido y estilo nuevo de vida
hemos de vivir. En el Reino de Dios no caben las desconfianzas, como no cabe
tampoco la prepotencia y la vanidad; en el reino de Dios hemos de vivir con un espíritu
sencillo y humilde, porque todos hemos saber sentirnos siempre cercanos los
unos a los otros; en el reino de Dios no cabe que nos guardemos malicias en el
corazón, sino que siempre tenemos que actuar con un corazón abierto y generoso;
en el reino de Dios no caben tristezas ni amarguras, sino que siempre tienen
que brillar nuestros ojos con una alegría salida de un corazón limpio y lleno
de esperanza.
‘De los que son como ellos es el
Reino de los cielos’.
viernes, 13 de agosto de 2021
Que sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas que se aman
Que
sea un amor verdadero liberado de egoísmos y deseos de posesión el que esté en
el cimiento y fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas
que se aman
Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Por las redes sociales circulan muchos
dichos y sentencias que quieren hacer reflexionar y que, aunque muchas veces no
estemos de acuerdo en la totalidad de lo que nos dicen, sin embargo nos ayudan
a pensar y en cierto modo a ser de alguna manera críticos incluso con esas
sentencias que se nos ofrecen; ya sabemos que no todo tenemos que tragárnoslo
porque lo veamos presentado de una forma bonita y llamativa, sino que tenemos
que interiorizar y confrontar aquel pensamiento para sacarle la mejor lección.
Son algunas de las cosas buenas que pueden tener para nosotros cuando nos
ayudan a pensar y a reflexionar para tener nuestro propio criterio.
En uno de esos mensajes se nos presenta
a alguien que hace unas preguntas a un sabio de la antigüedad y entre otras
cosas le pregunta por qué en un momento determinado los amigos se separan y
parece que se rompe la amistad; aquel sabio le responde que si así sucede es
porque allí antes no hubo verdadera amistad.
Hay palabras, conceptos, sentimientos
que no nos podemos tomar a la ligera, sino que hemos de saber reflexionarlos
para encontrarle su verdadero sentido y no nos suceda que nos confundamos y
algunas veces hagamos unas mezcolanzas que al final no sabemos por donde
andamos. La gente desde que se conoce en un primer contacto ya dice que somos
amigos y cuando hablamos de amistad fácilmente derivamos en la confianza que
decimos que nos da la amistad hacia intimidades y confianzas que no tienen que
ver con lo que realmente es una verdadera amistad. Una simple atracción porque
alguien me caiga bien no tenemos que decir ya de entrada que somos amigos íntimos
y nos queremos permitir confianzas y cosas que van más allá del respeto que nos
supone una verdadera amistad.
Decimos la amistad o decimos el amor,
que muchas veces quiere convertirse en posesión y en dominio, con el peligro de
que incluso terminemos intentando anular a la otra persona. La cercanía que nos
da la amistad y la unidad a la que nos lleva el amor nos puede hablar de
comunión, pero no tiene que hablarnos de dominio; el yo de la persona es algo
bien sagrado que compartimos para hacer un nosotros, pero que no anulamos.
Nunca la persona que amamos tiene que ser como una cosa para mi sobre la que yo
tengo dominio absoluto. Eso es amor.
El amor y llegar a vivirlo de verdad es
un camino largo que tenemos que hacer donde tenemos además siempre muchas cosas
que aprender; por eso el amor tiene que madurar y es entonces cuando nos da
seguridad, es cuando podemos llegar a esa entrega total. Son tantos los pasos
que se han de dar, los escalones que se han de subir, las cosas que tenemos que
aprender para llegar a esa maduración que nos dé plenitud de verdad al amor. No
siempre hacemos ese camino, no siempre llegamos a esa madurez, muchas veces nos
quedamos en un amor infantil de posesión, como el niño pequeño que quiere una
cosa y que sea exclusivamente para él y nadie más pueda tenerla incluso en sus
manos. Un proceso humano de maduración que no siempre hemos sabido hacer en la
vida y que nos lleva tantas veces al fracaso.
Hoy en el evangelio los fariseos le
plantean a Jesús el tema del divorcio, planteamientos que seguimos haciéndonos
en todos los tiempos. ‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por
cualquier motivo?... ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y
repudiarla?’
Recuerda Jesús lo que fue la voluntad
de Dios desde el principio, que además quería que la unión del hombre y la
mujer fueran hacerse una misma carne. ¿Para qué nos ha creado Dios? Tendríamos
que responder que para el amor. Es la capacidad más sublime que Dios ha puesto
en el corazón del hombre, llegar a esa donación de sí mismo hacia el otro ser
al que amamos. Es la base de todas las relaciones humanas, que ya sabemos que
rompemos tan fácilmente cuando dejamos meter el egoísmo y el orgullo en
nuestros corazones. Tiene que ser el motivo profundo por el que un hombre y una
mujer llegan a compartir su vida de la forma más profunda, más absoluta y más
sublime. Pero tiene que ser un amor verdadero el que esté en el cimiento de esa
relación, en el fundamento de esa nueva comunión que se crea entre dos personas
que se aman.
Es lo que tenemos que buscar para no
dejarnos arrastrar por nuestras terquedades como decía Jesús para responder al
por qué Moisés les permitió el repudio matrimonial. Es una tarea hermosa, es
una hermosa y bella construcción de la persona, será el bello edificio del
amor, del matrimonio y de la familia, pero que tenemos que saber cuidar. Que
exista siempre ese cimiento del verdadero amor, despojado de orgullos y de egoísmos.
jueves, 12 de agosto de 2021
Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar
Aprendamos
a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la
comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar
Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo
18, 21-19, 1
Cuántos dolores y sufrimientos que se
acumulan, cuántas heridas que llevamos en el corazón que parece que no tienen
cura sino que cada vez se agrandan más produciendo mayor desasosiego y
sufrimiento, cuántas barreras que interponemos o zanjas que cada vez se ahondan
más para que sea imposible el paso… tantos resentimientos, tanta malquerencia y
tantos deseos de mal y de venganza contra los otros, tanta gente que no se
dirige la palabra, tan vecinos mal llevados que por cualquier causa y en
cualquier momento hacen surgir de nuevo el conflicto, tantas familias rotas por
viejos resentimientos que no se olvidan, cuantos orgullos guardados en el
corazón que nos endurecen y al final nos amargan.
Todo por no saber perdonar. Y nos
hacemos de la vida un infierno. Porque aunque decimos que se fastidie pero yo
eso no lo voy a olvidar nunca ni lo voy a perdonar, al final los fastidiados
somos nosotros, porque aunque lo ocultemos o lo disimulemos los que lo estamos
pasando mal somos nosotros porque no nos faltará esa amargura y ese resquemor
en el corazón que tanto daño nos hace. Quizás a lo más decimos yo ya te lo
perdoné una vez, pero volviste a fastidiarme, a hacerme daño, y yo no voy a
estar para aguantar. Y esta es nuestra historia, es la historia de la
humanidad, la historia de cosas pequeñas que surgen entre los más cercanos,
pero que son también los orgullos que nos llevan a enfrentamientos mayores y
hasta guerras.
Es la pregunta que le hace Pedro a
Jesús. El estaba entendiendo lo que Jesús les estaba enseñando de ese nuevo
sentido y estilo de vivir del Reino de Dios donde el amor tenia que estar en el
centro de todo y eso en verdad nos iba a hacer más humanos. Estaba entiendo,
quizás, pero había cosas en su corazón o conocía bien lo que sucedía en su
entorno, todas esas situaciones de resentimientos y de malquerencias porque eso
de perdonar costaba mucho. Por eso la pregunta a Jesús ‘¿cuántas veces tengo
que perdonar? ¿Hasta siete veces?’
Y ya sabemos nosotros también la respuesta de Jesús que no solo nos la deja como una sentencia, sino que además nos pone un ejemplo muy claro de lo que sucede y de lo que no tendría que suceder. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Pero luego le habla de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus seguidores y con sus deudores. Allí había alguien que le debía mucho y al que le exige el pago de su deuda, pero aquel hombre no puede atender a la petición de su señor. Pero aquel rey de corazón generoso le perdona toda su deuda.
Hasta aquí parece todo normal, lo que
viene a continuación entra en una gran contradicción. Aquel que había sido
perdonado de su gran deuda, se encuentro con un compañero que le debe una
pequeña cantidad, pero en lugar de ser generoso como habían sido generosos con
él, le exige hasta meterlo en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debe.
Tanta es la consternación que produce este hecho que sus propios compañeros le
contarán al rey lo que ha sucedido. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque
me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo
tuve compasión de ti?’
Está claro el mensaje de Jesús pero
cuánto nos cuesta no solo entenderlo sino llegar a vivirlo. Ahí está esa
experiencia de la vida como reflexionábamos al principio. ¿No será que no hemos
sido capaces de saborear de verdad el perdón que recibimos? Quizás nos creemos
merecedores de todo y por eso damos por supuesto que tienen que perdonarnos,
pero luego nosotros no actuamos de la misma manera con los demás.
Tenemos que aprender a ser agradecidos
porque constatamos cuanto recibimos sin nosotros merecerlo; y eso nos hará
humildes, y eso pondrá generosidad en nuestro corazón, eso nos hará tener una
mirada distinta, eso nos hará romper todas esas barreras que nos interponemos,
y en lugar de barreras aprenderemos a tender puentes.
Qué felices podemos sentirnos cuando
aprendemos a aceptarnos, a comprender nuestras debilidades porque todos tenemos
debilidades, y cuando somos capaces de poner generosidad en nuestro corazón.
miércoles, 11 de agosto de 2021
Somos una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar
Somos
una comunión de hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus
imperfecciones y limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y
a caminar
Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18,
15-20
Algunas veces nos creemos una raza de perfectos.
Aunque en la sinceridad de nuestro ser más profundo reconocemos lo que son
nuestras limitaciones, pero no es así cómo queremos manifestarnos, cómo
queremos que nos conozcan, y ya nos molesta muchísimo que alguien nos haga ver
nuestros defectos y nuestras limitaciones.
Así como queremos poner como una
máscara para que no se noten nuestros defectos o nuestros fallos, porque muchas
veces no es simplemente una debilidad, sino una maldad que nos surge en nuestro
corazón, con los demás nos volvemos exigentes y nada les perdonamos; con qué
facilidad echamos en cara a los otros sus errores, en qué pedestal de
autosuficiencia nos subimos tantas veces, y cómo no nos importa humillar a los
demás. Son cosas que nos pasan, que están ahí en la realidad de nuestra vida,
que no sabemos superar, y es causa de tantos tropiezos o de tantas heridas que
podemos ir produciendo en los demás.
Y es que nos falta humanidad; humanidad
que tiene que llenar de comprensión nuestro corazón, que nos hace ser sinceros
con nosotros mismos, que nos llevaría a una cercanía para saber caminar junto a
los otros apoyándonos, estimulándonos, evitando heridas o curándolas cuando
aparecen, sintiéndonos de verdad en un mismo camino.
Hemos convertido la vida demasiado en
una competición, pero sin espíritu deportivo; con espíritu deportivo lo veremos
como algo alegre que hemos de vivir para sentirnos todos satisfechos, con
verdadero espíritu deportivo no es tanto el que quede el primero o el último,
sino el gozo de haber hecho ese camino juntos. Pero hemos convertido la vida en
una competición en que si podemos descartamos al otro, lo anulamos de la forma
que sea y para ello no nos importaría sobreabundar sus defectos o sus errores,
para yo quedar en mejor lugar. Es amargo un camino así. No es la alegría que
tendríamos que vivir en la vida.
Lo que nos enseña Jesús en el evangelio es que sepamos caminar juntos, que seamos felices caminando juntos, que seamos capaces de aceptarnos, pero al mismo tiempo ser estímulo para los demás como los demás son estímulo para mí para superarnos juntos, para corregir errores, para limar asperezas, para sanar heridas. Por eso hoy Jesús nos habla de la corrección fraterna; y nos da unas pautas, porque esa corrección no puede ser un hundir a la persona sino darle la mano para que se levante y siga caminando; esa corrección la llamamos fraterna porque así nos sentimos, hermanos, y hermanos que se quieren, y hermanos que quieren lo mejor los unos para los otros, hermanos que nos sabemos sentir en comunión.
Por eso hoy Jesús nos habla también del
perdón; cuando sabemos ofrecer ese perdón, y lo hacemos porque hay amor en
nuestro corazón, ese gesto llega al cielo y desde el cielo recibimos también
ese perdón. Por eso nos dice Jesús que ‘todo lo que atéis en la tierra quedará
atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los
cielos’. Es el fruto del amor, es el fruto de sentirnos hermanos, es el
fruto de saber caminar juntos.
Por esto terminará diciéndonos Jesús
que cuando vivamos un amor así, seremos verdaderamente gratos para Dios. Tan
gratos que por esa comunión que hay entre nosotros podemos tener la seguridad
de que Dios siempre nos escucha, Dios se hace presente entre nosotros de manera
especial. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la
tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde
dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’.
Ya no somos aquella raza de perfectos
que nos volvemos exigentes con todos y de qué manera; somos una comunión de
hermanos que se aman y quieren caminar juntos a pesar de sus imperfecciones y
limitaciones, porque mutuamente nos ayudaremos a superarnos y a caminar.
martes, 10 de agosto de 2021
El martirio del diácono san Lorenzo tendría que hacernos pensar en quienes son en verdad los tesoros de la Iglesia
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El
martirio del diácono san Lorenzo tendría que hacernos pensar en quienes son en
verdad los tesoros de la Iglesia
2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26
Hoy celebramos el martirio de san
Lorenzo. Archidiácono de la Iglesia de Roma, aunque según tradiciones de origen
español, por eso Huesca lo tiene como lugar de su nacimiento y como patrono de
su ciudad, su misión era el servicio diaconal junto al Papa que llevaba consigo
la administración de los bienes de la Iglesia para la atención de los pobres y
de los necesitados.
Recordamos con los Hechos de los
Apóstoles que para eso nació ese ministerio ya en aquella primera comunidad de
Jerusalén; para que los apóstoles se dedicaran más intensamente a la oracion y
a la predicación, la atención de los huérfanos y las viudas de la comunidad con
el compartir de todos los que creían en Jesús se confió, recordamos, a aquellos
siete diáconos escogidos en medio de la comunidad.
En la Iglesia de Roma estaba organizado
igualmente ese ministerio de servicio, el diaconado, aunque todavía nos
encontremos a mediados del siglo III con las carencias que entonces existían y
en medio de las persecuciones que sufrían todos los que creyesen en el nombre
del Señor Jesús. Y es precisamente lo que se destaca de manera especial en el
diácono Lorenzo, su servicio y atención a los pobres. La persecución decretada
por el emperador Valeriano se llevaba a cabo de manera especial con los
dirigentes de la comunidad cristiana. Días antes del martirio de san Lorenzo
había sido el martirio del Papa Sixto con un grupo también de diáconos.
Ahora quieren apoderarse de los tesoros
de la Iglesia – no ha dejado de persistir ese encono contra la Iglesia y sus
tesoros también en nuestros tiempos – y por eso es a Lorenzo al que detiene el
emperador para obligarle a entregarle esos tesoros. Lorenzo reúne a todos
aquellos pobres, huérfanos y viudas que eran atendidos por la comunidad
cristiana para presentárselos al emperador como los tesoros de la Iglesia. Lo
que aquellas aun incipientes comunidades cristianas podían compartir
precisamente era dedicado plenamente a la atención de esos pobres y
necesitados. El emperador se sintió burlado y la condena a Lorenzo fue a morir
en la hoguera. Es el signo que forma parte de la imagen de san Lorenzo, la
parrilla junto con la palma del martirio.
Ser mártir es ser testigo; el mártir
cristiano es testigo de su fe en Jesús pero que se manifiesta en el testimonio
del amor. Normalmente cuando hablamos de los mártires pensamos en aquellos que
fueron testigos hasta dar su vida, hasta morir incluso de una manera cruenta
por la fe que tienen en Jesús, al que no quieren negar.
Es el testimonio supremo de la fe y del
amor, porque es llegar a dar la vida por la fe y por el amor, con la fuerza de
la fe y con la fuerza del amor de Dios que rebosa en sus corazones. Es el grano
de trigo que se entierra para que dé fruto, como nos enseña hoy el evangelio. De
cualquier manera no se puede ser mártir, dar el testimonio de la vida,
convertir la vida en un testigo, si no es con la fuerza de la fe, con la fuerza
del amor de Dios.
Mártir, pues, es el que se da desde el
amor, el que ofrece al mundo el testimonio de su amor, se convierte en testigo
del amor. Dios nos puede conceder ese don del martirio y nos dará fuerza para
soportarlo porque es dar la vida, pero sí tenemos que pensar que un cristiano
siempre tiene que ser un testigo de su fe y de su amor. Si decimos que creemos
en Jesús porque queremos vivir su evangelio nuestra vida tiene que ofrecer un
brillo especial, nuestra vida tiene que ser la vida de un testigo. Nuestra
forma de vivir y de amar nos tiene que hacer distintos, en nosotros tiene que
resplandecer de una manera especial ese amor. ¿No tendríamos que ser como ese
grano de trigo que muere para germinar y dar fruto? Por eso en el sentido más
profundo de la palabra tendíamos que decir que el cristiano siempre es un
mártir, porque siempre ha de ser un testigo.
Una última consideración que podríamos
hacernos a la luz del martirio de san Lorenzo sería preguntarnos donde están
también hoy los tesoros de la Iglesia. ¿Serán igualmente los pobres tal como
los presentaba san Lorenzo? Miremos a Cáritas y a cuantos son atendidos desde
esa institución de nuestras comunidades cristianas, pero tendríamos que mirar
tantas obras de la Iglesia en la atención a los ancianos, en el cuidado de los
enfermos, en la apertura de nuestras comunidades a los discapacitados de todo
tipo, en los comedores sociales que dan comida en nuestros pueblos y ciudades a
tantos que se sienten abandonados, en la preocupación por los sin techo, y así
en tantas y tantas obras que nacer al calor del amor de la comunidad cristiana;
la lista se haría interminable.
¿Serán también para mí mis tesoros
porque los tendré como una prioridad en las preocupaciones de mi vida?
lunes, 9 de agosto de 2021
Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios
Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos pero en nosotros ha de haber una sintonía espiritual para captar la señal, la honda de Dios
Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo
25,1-13
Salimos al camino o bien porque nos
vayamos a poner en camino para ir hacia alguna parte, o porque esperamos a
alguien. Más de una vez lo habremos hecho o habremos visto a alguien a la
puerta de su casa como si estuviera esperando a alguien; alguien nos ha avisado
que llega y quizás en cierto modo impacientes nos asomamos al camino para ver
si atisbamos por donde viene; quizás tengamos que indicar con claridad al que
llega cual es el lugar, o por el respeto que nos merece la persona que llega
mantenemos la puerta abierta y en cierto modo preparamos algo para recibirle.
Había muchos gestos y signos que se realizaban para expresar la acogida que dispensábamos
al que llegaba.
Jesús al proponernos hoy la parábola utiliza la imagen de las bodas, en las que las amigas de la novia habían de salir al camino con lámparas encendidas para iluminar el camino y para hacer la acogida del novio que llegaba con sus amigos para la boda. Y aquí era algo importante la luz; era la carencia de luz, algo normal en aquellos caminos, pero la luz que había de servir también para iluminar la sala del banquete de bodas; y era importante la previsión del aceite suficiente para poder mantener las lámparas encendidas.
La parábola habla de una tardanza; los
caminos podían ser largos y dificultosos y en el camino siempre nos podemos
encontrar contratiempos que nos hagan retrasar la llegada; en el mundo de las
puntualidades en el que vivimos en el presente bien sabemos que también se
producen los retrasos por lo que siempre hemos de estar atentos al momento de
la llegada con los preparativos necesarios.
Es lo que nos sucede en el ritmo
ordinario de la vida, esperamos y algunas veces nos llenamos de impaciencia; se
nos anuncia que algo va a llegar o a suceder y quizás andamos distraídos en
otras cosas y quien llega se nos puede presentar de improviso, porque además
nos puede adelantar su llegada. Me estaba acordando ahora de aquel prior del
convento que sabía de la llegada del Obispo aquel día a visitar el convento,
pero el obispo se presentó antes de la hora prevista y para sorpresa del propio
prior se encontró en ropa de faena regando los jardines del claustro, y nada
estaba aún preparado pasando sus correspondientes apuros.
Cuando Jesús nos está proponiendo esta
parábola está señalándonos la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida
porque Dios llega con sus llamadas a la hora en que menos pensemos. Es el ojo
del creyente atento a ese actuar de Dios en su vida; las cosas se nos van
sucediendo una tras otra y seguimos con normalidad el ritmo de nuestra vida,
pero el verdadero creyente sabe tener una sintonía especial para descubrir esa
presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa Palabra de Dios que nos llega a
través de esos mismos acontecimientos ordinarios que vamos viviendo.
La parábola habla del aceite suficiente
que se ha de tener preparado porque parte de esa imagen de las lámparas de
aceite que se han de tener encendidas. Decimos el aceite y decimos esa sintonía
espiritual para captar las señales de Dios; decimos el aceite y estamos
diciendo esos ojos de fe para saber estar atentos y a la escucha; decimos el
aceite y hablamos de nuestro espíritu de oración para estar a la escucha; decimos
el aceite y estamos hablando de esa capacidad de reflexión para pensar y para
repensar lo que nos sucede; decimos el aceite y estamos diciendo esa vigilancia
y atención para no dejarnos embaucar ni seducir por falsos cantos de sirena en
tantas cosas que nos pueden distraer en la vida; decimos el aceite y decimos
ese cultivo espiritual que hemos de hacer en nosotros mismos para que sepamos
ver más allá de lo material que tantas veces nos ciega.
No importa que tarde o venga fuera de
hora incluso adelantándose a lo que quizás teníamos previsto, porque en
nosotros hay esa sintonía espiritual para captar la señal, para captar esa
honda de Dios.
Hoy estamos celebrando a santa Teresa
Benedicta de la Cruz, Edith Stein como era conocida antes de ser religiosa, que
un día supo escuchar la voz de Dios, aunque estaba fuertemente enfrascada en
sus estudios filosóficos, para entrar por los caminos de la fe y aceptar a Jesucristo
como única sabiduría de su vida. La ciencia y el conocimiento filosófico no fue
un obstáculo para ella encontrarse con Jesús y consagrarle totalmente su vida.
domingo, 8 de agosto de 2021
Comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios para siempre
Comer
a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo que es la vida de Jesús, impregnarnos
de su vida de manera que ya no es nuestra vida sino su vida para vivir en Dios
para siempre
1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2;
Juan 6, 41-51
Esto sí que es vida, lo habremos escuchado, lo habremos dicho quizás;
cuando encontramos algo que nos satisface plenamente, que nos parece que nos da
la mejor felicidad, que trata de saciarnos en nuestros apetitos y deseos,
cuando nos encontramos satisfechos y felices después de lo que hemos vivido, de
la fiesta que hemos celebrado, de la comida que hemos compartido.
Es cierto que tiene ciertas
connotaciones demasiado materiales en referencia aparentemente solo a nuestros
apetitos y deseos, pero creo que de alguna manera no está diciendo algo más. Queremos
vivir, queremos tener la mejor vida, queremos disfrutar de la vida, no queremos
que esa felicidad se acabe, deseamos que una vida así dure para siempre. Y cuando sentimos que eso además se nos da
como un regalo, algo así como que más felices nos sentimos. Tenemos hambre y
sed de muchas cosas que satisfagan nuestro vivir.
Me vienen a la mente dos peticiones a
Jesús que aparecen en distintos momentos en referencia a ese vivir. Dame de
esa agua para que no tenga más que tener que venir al pozo a sacar el agua,
para que no tenga nunca más sed, le dice la samaritana a Jesús cuando El le
dice que es el agua viva y que bebiendo de esa agua no se volverá a tener sed;
comprendemos cómo entendía aquella mujer lo de la sed y del agua, pero
manifiesta unas ansias que todos llevamos dentro. Y ahora en este pasaje del
capitulo 6 de san Juan los judíos le dirán a Jesús que les dé de ese pan; les
ha hablado de un pan que da vida y que quien lo come no tendrá más hambre
jamás, y para verse así satisfechos, y ya sabemos cómo, le piden ese pan. ‘Danos
siempre de ese pan’.
Pero la felicidad que Jesús nos ofrece,
la vida de la que Jesús nos está hablando, ¿se refiere solamente a lo material
de la vida? Aquella felicidad de la que hablábamos cuando decíamos que ‘esto
sí es vida’ ¿se refiere solo a esa vida humana con todas sus connotaciones
materiales? ¿Es solo eso lo que buscamos y deseamos? Poniéndonos a pensar
seriamente nos damos cuenta que vivir es algo más, y buscamos un sentido de la
vida, buscamos una sabiduría del vivir que nos conduzca por otro camino que nos
de una felicidad total. Y es lo que nos está ofreciendo Jesús; por eso nos pide
escuchar su Palabra, por eso nos pide creer en El.
Cuando hoy nos está diciendo que es el
verdadero pan bajado del cielo y el que le come vivirá para siempre, de eso nos
está hablando. Es Jesús ese pan que viene del cielo y nos sacia plenamente; es
Jesús esa Palabra que nos viene de Dios y que nos revela la sabiduría más
excelsa para que podamos llegar a darle un sentido de plenitud a la vida; lo
que nos dice de vivir para siempre que es vivir en plenitud total, en una
felicidad tal que no se ve mermada por ninguna cosa.
Como hoy nos vuelve a repetir, no se
trata de un pan bajado del cielo, como el maná, que Moisés les dio en el
desierto; claro que aquel maná tenía un sentido y un significado más grande y
más intenso que las interpretaciones ordinarias que se hacían de él. No era
solo un alimentar a unos cuerpos hambrientos, lo que Moisés les estaba ofreciendo,
sino que con Moisés vino también la ley de Dios, que era todo un sentido de
vivir. La ley no solo era una reglamentación de la vida y de la vida de aquel
pueblo para saber lo que tenían o no tenían que hacer, sino que era un sentido
de vivir desde la fe que tenían en Dios.
Ahora con Jesús vamos a tener no
simplemente una ley sino toda una sabiduría que dará sentido de plenitud a todo
nuestro vivir. Ya no era un maná que apareciera en las mañanas sobre el
campamento, sino que es la misma sabiduría de Dios que Jesús va a sembrar en
nuestros corazones para que le podamos dar todo el mejor sentido a nuestra
vida. Creer en Jesús no es simplemente aceptar unas reglas o unas normas; creer
en Jesús es comer a Jesús que se hace pan de vida y pan de sabiduría para
nosotros.
Igual que el pan con que nos
alimentamos se hace vida en nosotros porque sentiremos en nuestro cuerpo toda
la energía que nos proporciona ese alimento, Jesús nos dice que El es Pan de
vida para que le comamos; y comer a Jesús significa hacer vida nuestra todo lo
que es la vida de Jesús. ¿La energía de Dios? Comer a Jesús es impregnarnos de
su vida de tal manera que ya no es nuestra vida sino la vida que El derrama y
derrocha en nosotros. Y cuando comemos a Jesús de esa manera todo será nuevo para
nosotros, todo es una vida nueva y distinta, todo será vivir en Dios para
siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este
pan vivirá para siempre’, nos dice.
Claro que le pediremos que nos dé ese
pan para no volver a tener hambre, para tener la vida en plenitud. Y vivir la
vida de Jesús sí que es vida, y de la mejor.


















