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sábado, 4 de abril de 2020

Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo



Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía Caifás, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal del misterio de Cristo

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57
‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Es la preocupación que tienen los dirigentes judíos ante el caso de Jesús que se les iba de las manos. Ahora llegan noticias de lo sucedido en Betania donde ha resucitado un muerto y las gentes están entusiasmadas por Jesús. Parece que las cosas se les complican para sus intereses.
Momentos difíciles, momentos propicios para el enfrentamiento entre unos y otros, piensan, aunque ellos no son capaces de calibrar, cegados por sus intereses, lo que Jesús ha enseñado a los que le siguen y no el camino de la violencia por el que Jesús quiere transitar. Pero eso ellos no lo ven. Temen  que en una revuelta intervengan los romanos y la opresión sea más fuerte de lo que ahora están viviendo. La reacción puede ser violenta y ellos quisieran adelantarse a lo que pueda suceder. Sus propios intereses también están en juego, su poder y su influencia que tantos beneficios les proporcionan.
Nos movemos por intereses y cuando podemos tener pérdidas en lo conseguido de la forma que sea la reacción puede ser temeraria. Tratamos de quitar de en medio aquello que pudiera perjudicarnos en nuestras aspiraciones. Lo más noble que llevamos dentro parece que desaparece porque tenemos la ambición de las grandezas humanas y eso es una fuerte tentación para nosotros. Los que tienen afanes de poder ocultarán, manipularán, desinforman de la auténtica realidad poniendo las cosas solo desde el lado de sus intereses. Son cosas que seguimos viendo todos los días.
Y de ahí surgen las luchas y enfrentamientos quizás hasta con los más cercanos a nosotros; son los hilos en que se mueve la política en tantas ocasiones, que ya no es buscar el interés y el bien del pueblo, de todos, sino nuestros particulares intereses, la imposición de nuestra manera de pensar, el dar a entender que los que no piensen como ellos no son buenos, no trabajan por el bien común, y así no sé cuantas cosas que vemos en la vida diaria, en la vida social y política. Tenemos que abrir los ojos, que nos quieren cegar en tantas ocasiones.
Mirando el evangelio y dándonos cuenta de las ambiciones de aquellos dirigentes en la época de Jesús nuestro pensamiento llega hasta las situaciones actuales que nosotros podamos vivir y se convierte en una luz que ilumina y que nos quiere hacer despertar.
Vamos de nuevo a la página del evangelio. En esas disquisiciones andaban sin saber qué hacer, viendo como las cosas se les iban de la manos, como decíamos, será el Sumo Sacerdote de aquel año, Caifás, el que venga a darles una pista de solución. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Ahí estaba la solución, había que acabar de una vez por todas con la presencia de Jesús. Palabras dichas desde sus intereses, pero palabras que el evangelista nos viene a decir que se convierten en palabras proféticas sobre el destino de Jesús. ‘Conviene que uno muera por todo el pueblo’. Y nos dice el evangelista que el sacerdote no hablaba solo por si mismo sino desde la condición del cargo que ejercía como Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén.
Era lo que Jesús había anunciado repetidamente a sus discípulos y los discípulos no habían sabido comprender. Le daban vueltas en su cabeza a las palabras de Jesús y hasta Pedro había intentado quitarle de la cabeza a Jesús aquel pensamiento de que habría de sufrir porque sería entregado en manos de los gentiles para que lo mataran. Pero es lo que ahora va a suceder.
Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa en la que vamos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. Adentrémonos en ese misterio. Es cierto que este año con las circunstancias que vive nuestro mundo ni podremos hacer las celebraciones litúrgicas, ni expresar pública y externamente nuestra fe con las procesiones, pero eso no quita para que vivamos desde lo más profundo de nosotros mismos este misterio pascual.
Puede ser que hasta nos convenga, dejar a un lado esos esplendores externos que muchas veces nos pudieran distraer de lo que es el verdadero misterio que celebramos. Lo tendremos que hacer en silencio, en el recogimiento de nuestros hogares, en estos momentos en que tenemos que vivir con una especial austeridad por las circunstancias que vivimos, pero que quizá nos puede ayudar a darle una mayor interioridad.
Conviene que uno muera por el bien de todo el pueblo, decía el sacerdote, conviene que nosotros quizá muramos a muchas cosas externas para centrarnos en lo principal. Porque el misterio pascual de Cristo no podemos dejar de vivirlo. Os invito a que pongamos también alguna señal de que en casa, en el corazón de cada uno de nosotros lo estamos viviendo. A través de las redes se nos sugieren muchas cosas que pongamos en nuestras puertas o en nuestras ventanas y balcones como una señal externa de lo que en el interior estamos viendo. No dejemos de vivir el misterio de Cristo.


viernes, 3 de abril de 2020

Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador


Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42
‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús’. Son momentos tensos los que se viven. Y ya sabemos cuando hay tensión y no tenemos argumentos para mantener nuestras posturas o cuando no sabemos como rebatir al oponente, tiramos piedras, aparece la violencia. Hoy quizá no tiramos piedras en el sentido físico del término, pero hay muchas maneras de tirar piedras incluso sutilmente; desprestigiamos, empleamos los medios que estén a nuestro alcance o que nos inventemos para acallar al oponente, hacemos boicot a lo que hace nuestro contrincante y buscamos la manera de que no pueda triunfar en la vida, destruimos, en una palabra.
Hoy se es muy sibilino en estas cosas, porque al final queremos quedar como los buenos, los que no hemos hecho nada, como se dice, no hemos roto un plato. Pero destruido está nuestro oponente. Demasiado lo vemos en la vida social, en la carrera política incluso en los que son de una misma ideología, porque no se permite que nadie le haga sombra, y los mandamos al gallinero, sea una expresión que también empleamos.
A los dirigentes del pueblo, a los dirigentes de Jerusalén en el entorno del templo y de los puntos de poder que aun les quedaban a los judíos se les iba de las manos el caso de Jesús. El pueblo andaba entusiasmado por Jesús, pero ya buscarían la forma de manipularlo como así hicieron para que aquellos que ahora eran favorables a Jesús terminaran pidiendo su muerte en el patio del pretorio. No les quedaba más remedio que reconocer que lo que Jesús hacía era obra de Dios, pero cómo iban ellos a perder sus influencias y su poder. Habían intentado prenderle en más de una ocasión y se les había escapado de las manos o los que habían enviado con esa orden no se habían sentido capaces, como no hace mucho escuchamos.
A Jesús le vemos hoy apelando a sus obras, que son obras de Dios, que es lo que el Padre del cielo le ha mandado hacer. Pero cuando nos cegamos no somos capaces de ver lo bueno. ¿Qué hacía Jesús sino amar? ¿Qué hacía Jesús sino liberar del mal a todos los que sufrían? ¿Qué hacía y enseñaba Jesús sino hacer que cada uno descubriera su dignidad y grandeza y actuara en consecuencia con la libertad de los hijos de Dios, como recientemente hemos escuchado?
Acusan a Jesús de blasfemo. En la ley judía la blasfemia se castiga apedreando al blasfemo y es lo que quieren hacer ahora con Jesús.  ‘¿Decís vosotros: ¡Blasfemas! porque he dicho: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’.
Aunque también el mundo que nos rodea no sea capaz de reconocerlo, confesamos nuestra fe en Jesús reconociéndolo como Hijo de Dios. No es simplemente un hombre bueno. En Jesús se manifiesta Dios, Jesús es el rostro del amor de Dios, Jesús es el Hijo de Dios. Tenemos que reafirmar bien nuestra fe, no podemos decaer, no podemos dejar arrastrar por lo que oigamos por acá o por allá. También el mundo que nos rodea quiere socavar bajo nuestros pues para hacernos dudar. Y es que cuando lleguemos a dudar de quién es en verdad Jesús, todo se nos vendrá abajo. Y el enemigo lo sabe y en el materialismo, la indiferencia religiosa, el ateismo que envuelve nuestro mundo serán muchas las cosas con las que querrán arrancar la fe nuestro corazón. 
Cuidemos nuestra fe, expresémosla sin miedo ni cobardía, seamos valientes en nuestro testimonio. En medio de las crisis en que se ve envuelto nuestro mundo se necesita que brille con fuerte resplandor nuestra fe. Y la vamos a expresar con actitudes buenas y positivas con las que queremos construir las mejores relaciones entre nosotros y en el mundo.

jueves, 2 de abril de 2020

Las palabras de Jesús son una invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios, que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna


Las palabras de Jesús son una invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios, que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna

 Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59
‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. Quería hablarles Jesús de la vida eterna pero a ellos les costaba entender. Claro que hemos de reconocer que al hombre y mujer de hoy, de este siglo XXI también nos cuesta entender.
Y es que nuestro pensamiento se ve condicionado por muchas cosas, por la misma experiencia de la vida – aunque esa experiencia también podría ser un motivo para trascendernos a más allá de lo que vivimos en el presente -, por el mundo tan materialista que vivimos donde con tanta facilidad olvidamos todo lo espiritual, desde la experiencia que tenemos de la muerte y como dicen tantos nadie ha venido del más allá para decirnos lo que hay. Y claro cuando se nos habla de vida eterna nos cuesta entender.
Tenemos que saber entrar en otra órbita; es otra la mirada que hemos de tener; es algo distinto lo que tenemos que aprender a saborear; tenemos que abrirnos y saber entender también esas ansias más nobles y espirituales que llevamos dentro de nosotros que nos hacen aspirar a más, nos hacen soñar con una plenitud de todo lo bueno y noble que ahora y aquí podamos vivir, que nos hacen aspirar también a que todo eso bueno no se acabe y dure para siempre. Claro que hablar de vida eterna es mucho más que todo eso, aunque todas esas ansias que llevamos dentro de nosotros nos ayuden a entender lo que Cristo nos ofrece.
Lo que Cristo nos ofrece es su vida misma, es vivirle a El. Es una comunión tan íntima y tan profunda que nos hace sentirnos como una misma cosa con El. Es una vivencia intensa de amor y esa vivencia de amor nos hace sentir en la comunión más profunda de la que ya nunca nos queremos separar. El amor humano vivido en esa más profunda e intensa intimidad hace sentir a los que se aman en una profunda comunión de amor que parece que ya nunca nada lo puede separar, lo puede romper. Añadamos a eso la intensidad de un amor divino y sobrenatural que nos traslada a esa vivencia de eternidad porque así nos unimos con Dios.
Será algo místico e indescriptible porque es como un vaciarnos nosotros en Dios al mismo tiempo que Dios nos inunda y nos da la más perfecta plenitud. Es difícil expresarnos porque no encontramos el lenguaje que lo puede describir y definir; por eso los grandes místicos cuando hablaban de su experiencia de Dios se hacían hasta poetas para ofrecernos bellas y ricas imágenes con las que acercarnos a lo que ellos tan intensamente habían vivido. Recordemos por ejemplo que los escritos de los dos grandes místicos españoles, santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, son obra cumbre de la poesía y de la literatura hispana.
Me dio pie a esta reflexión que os he venido ofreciendo las palabras de Jesús en sus diatribas con los judíos en las que malinterpretaban sus palabras y les faltaba auténtica fe para comprender todo el misterio que Jesús les ofrecía. Se quedan ellos en su pensamiento en la vida temporal y terrena, por eso vemos que en sus discusiones hasta la sacan la edad que pudiera tener Jesús. No llegan a comprender todo el misterio de Dios que se revela y se manifiesta en Jesús. No entienden que Jesús nos ofrece su perdón pero nos ofrece su vida, una vida que nos eleva a un plano sobrenatural porque nos hace participar de la vida de Dios.
Hay mucha muerte en nosotros porque llenamos nuestra vida de pecado, el pecado que nos aparta de Dios, que rompe nuestra comunión con El, en el que no queremos vivir en su amor. Todo esto que Jesús nos dice y nos ofrece es esa invitación a vivir en ese amor nuevo, el amor de Dios que cuando inunde de verdad nuestro corazón nos llenará de vida eterna. Ese amor que nos eleva, que sobrenaturaliza cuanto hacemos y vivimos, que nos hace entrar en una dimensión nueva, que nos hace mirar la vida misma y la vida de los que nos rodean de manera distinta.
Que el Señor nos conceda la sabiduría del Espíritu para que comprendamos todo este misterio de amor que nos introduce en la vida eterna. Que arranquemos las sombras de muerte y de pecado que aun quedan en nosotros para que vivamos en su luz, para que vivamos la luz divina de la vida de Dios, la vida eterna.

miércoles, 1 de abril de 2020

Encontremos la verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes y también hará grandes a todos respetando la dignidad de cada persona


Encontremos la verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes y también hará grandes a todos respetando la dignidad de cada persona

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52a-56ª; Juan 8, 31-42
‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’, nos dice Jesús hoy en el evangelio.
Es un ansia profunda del corazón del hombre. Queremos ser libres. ¿Llegaremos a serlo de verdad? ¿Cómo y dónde alcanzamos esa ansiada libertad? Quizás algo fundamental es tener claro en que consiste esa libertad que anhelamos. ¿En qué ponemos la libertad?
Por supuesto que no queremos que haya ningún dominio sobre nosotros; que nada ni nadie nos domine, nos coarte esa libertad que ansiamos. Es que quizá tendríamos que ver también qué sentido o qué concepto tenemos nosotros del  hombre, de la persona; quizá no solo tenemos que vernos a nosotros mismos como si fuéramos los únicos seres de la creación, sino ver también nuestra relación con los demás y hasta con la misma naturaleza. Toda una antropología, todo un sentido de la persona que construye nuestra vida y que la construimos necesariamente en una relación con el otro, está detrás de todo esto.
No será entonces por caminos de sentirnos dominantes sobre todo y sobre todos por donde desarrollaremos esa auténtica libertad que ansiamos. Aunque algunas veces nos confundamos y lleguemos a pensar que tener libertad es dominar a nuestro capricho todo cuanto nos rodea. No se trata tampoco solamente de liberarnos del poder o de la influencia que los otros puedan ejercer sobre nosotros – que también – sino que tendrá que ser algo más profundo que hemos de sentir y de vivir en lo más hondo de nuestra persona.
Porque quizá podemos encontrarnos esa esclavitud dentro de nosotros mismos, en nuestro capricho, en nuestra pasión, en nuestro amor propio, en el orgullo que nos llena de soberbia y que nos destruirá a nosotros pero que querrá destruir también cuanto se encuentre alrededor. ¿Son esos caminos de libertad? Cuantas cosas podemos encontrarnos en nosotros mismos que nos dominan y nos esclavizan. Es complejo todo esto que estamos reflexionando y donde podemos llenarnos de confusiones que hasta podrían mermar nuestra propia dignidad.
Y Jesús hoy nos dice que si le seguimos, si escuchamos su palabra, si en verdad queremos ser sus discípulos que significa seguir sus pasos, tener su mismo plan de vida conoceremos la verdad y esa verdad nos llevará a la verdadera libertad. Alguien podría pensar con estas palabras que ya no sería libre, porque estaría simplemente siguiendo a otro. Es que lo seguimos libremente, es que en Jesús encontramos la verdad de nuestra vida, la verdad que nos hace grandes; es que en Jesús encontraremos la verdadera libertad.
Quien sigue a Jesús vive con un corazón libre; se habrá liberado desde lo más profundo de aquellas cosas, como decíamos antes, que nos dominan y que  nos esclavizan; es que con Jesús nos vemos liberados del pecado. Es su redención, es la más profunda salvación que Jesús nos quiere ofrecer. Con salvación nos vemos libres de todo aquello que nos destruye por dentro, de todo aquello con lo que queremos también destruir a los demás. Es que con Jesús y su salvación habremos llenado de nuestra vida de amor y de humanidad; serán otras las relaciones que tengamos con los demás, será otro el respeto que nos tengamos los unos a los otros porque nos amamos y siempre queremos lo mejor para el otro y lo mejor para nuestro mundo.
Encontremos esa verdad de Jesús y encontraremos la verdadera libertad que es la que nos hace grandes, pero que también hará grandes a los que están a nuestro lado porque a ello estaremos contribuyendo nosotros con nuestro buen hacer.

martes, 31 de marzo de 2020

Lo que nos está sucediendo hoy puede ser el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida y nos lleve de verdad a la pascua


Lo que nos está sucediendo hoy puede ser el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida y nos lleve de verdad a la pascua

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30
Ya quisiéramos que el camino de nuestra vida lo pudiéramos describir como una línea recta que a lo sumo tiene una progresiva ascensión como significativo de ese crecimiento que ha de tener toda vida humana, un camino llano sin dificultades sin oscilaciones que puedan indicar dificultades u obstáculos que haya sido de fácil recorrido. Pero bien sabemos que la realidad no es así, que hay muchas oscilaciones indicativas de altos y bajos que nos aparecen en la vida, con momentos de facilidad y euforia, pero con momentos de decaimiento, pero también de numerosos tropezones.
Miremos lo que hemos recorrido en la vida y veremos que esa ha sido nuestra realidad en todos los sentidos. Ya necesitaríamos en esos momentos difíciles algo que nos haga mirar hacia arriba y nos eleve para encontrar las mejores metas y encontremos también la fuerza para alcanzarlas.
El texto que nos ofrece hoy la liturgia, por ejemplo en la lectura del antiguo testamento, eso mismo trata de describirnos. Se habían visto liberados de la esclavitud de Egipto y su camino era un camino de libertad y hacia la libertad de constituirse como pueblo, pero el camino no era fácil; ante ellos se habrían duras jornadas de desierto, como un día se habían encontrado un mar por medio que tenían que atravesar, o había sido dificultoso el camino a través de las montañas del Sinaí.
Y aparecía entonces la tentación de añorar los tiempos pasados que aunque los vivieron en esclavitud les parecían mejores que lo que ahora vivían porque al menos tenían cebollas y puerros para alimentarse. Por eso escuchamos una y otra vez sus lamentos y contemplamos su rebelión no solo contra Moisés que los dirigía, sino contra el Señor que los había liberado de Egipto. El Señor les corrige y les castiga como a un pueblo rebelde, como hace un padre con sus hijos, para que aprendan a obedecer sus mandatos; hoy se nos habla de la invasión de las serpientes que ponían en peligro sus vidas y el recorrido que iban haciendo. Acuden de nuevo a Moisés para que interceda por ellos y por eso se levanta esa serpiente de bronce en medio del campamento como una señal y que será un signo profético para el pueblo de Dios.
Es el signo que nos quiere mostrar Jesús en el evangelio. Jesús fue siempre signo de contradicción, como proféticamente lo había anunciado el anciano Simeón allá en el templo. Por eso su figura es discutida, lo fue entonces como lo sigue siendo hoy. Estaban los que le reconocían como profeta y acaso también el Mesías, mientras que los dirigentes del pueblo realizaban una dura oposición a la figura de Jesús. Les cuesta creer, no quieren creer. Discuten si puede o no puede ser profeta por ser de Galilea, de donde como dicen ellos no ha salido ningún profeta, como ignoran realmente su lugar de nacimiento, porque no todos le reconocen tampoco como del linaje de David. ‘¿Quién eres tú?’ le preguntan, y les falta una verdadera perspectiva para poder llegar a descubrir el misterio de Jesús. Cuando les falta la fe, les falta la perspectiva principal para poder reconocerle tal cual es.
Y Jesús les da una señal, como la serpiente que fue elevado en lo alto de un madero en medio del desierto y fue signo de salvación para ellos, ahora les habla de que el Hijo del Hombre va a ser elevado en lo alto. No menciona el madero de la cruz, de la que ya les había hablado a los discípulos más cercanos, por eso ahora tampoco llegan a entender lo que quiere decirles Jesús con aquellas palabras. Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
Dice el evangelista que cuando les dijo esto algunos creyeron en él. Nosotros creemos en El, creemos en Jesús, le reconocemos de verdad como nuestra única salvación. Queremos seguirle aunque nuestra vida también esté tan llena de altibajos, de oscilaciones, de momentos de entusiasmo y fervor pero momentos también de decaimiento. La vida se nos hace dura y tantas cosas que suceden en nuestro entorno no terminamos de entenderlas. Nos vemos envueltos también en las oscilaciones de nuestras dudas y de nuestros miedos, como en este momento podemos estar viviendo.
Pero ponemos nuestra fe en Jesús, que es nuestro único salvador. Y esas cosas que nos suceden – como fueron las serpientes allá en el desierto – pueden ser una señal, pueden ser un signo para nosotros que nos haga despertar, que nos haga ver como tenemos que hacer un mundo nuevo, como tenemos que saber sacar a flote también lo mejor de nosotros mismos y comiencen a florecer las flores de la solidaridad, del amor, de la búsqueda de los buenos y mejores valores, la forma de hacer un mundo nuevo y mejor. ¿No podrá ser todo lo que nos sucede el gran signo de nuestra cuaresma que nos haga salir de tantas oscilaciones como tenemos en la vida, que nos lleve de verdad a la pascua?

lunes, 30 de marzo de 2020

Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo


Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11
¿Y si es culpable se va a quedar sin castigo? ¿No será algo así como pensamos y pretendemos ejercer la justicia? Qué difícil tarea la de un juez. Pero también hemos de decir con qué facilidad nos convertimos en jueces. Pero jueces solamente para condenar. Me vais a decir que las leyes están para cumplirlas y no lo niego; que quien quebranta la ley es reo de esa ley y merece que se le aplique la justicia, que esa es la función de los jueces.
Pero difícil es la imparcialidad, fácil es la mano dura para aplicar la ley y para aplicar sentencias. También podemos decir que se juzga según las apariencias exteriores o mejor las pruebas y que es difícil saber lo que sucede en el corazón de las personas.
Un poco nos hacemos lío con todas estas cosas pero una cosa hemos de tener clara y es que dejemos la justicia a quienes tienen que impartirla y no nos convirtamos nosotros así porque si en jueces inmisericordes que muchas veces lo somos. Y los juicios populares que con tanta facilidad nos hacemos son muy peligrosos. Claro que no saquemos conclusiones precipitadas de lo que voy reflexionando y se vaya a decir que no se ha de aplicar la justicia, aunque claro que pueden surgir muchos interrogantes ante todo esto.
Lo que hoy nos presenta el evangelio nos deja aun más descolocados. Aquella mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio; la ley mosaica era dura con este pecado. Y aquí vienen todos aquellos que se creían muy justificados a traerle a esta mujer a Jesús para que haga juicio sobre ella. Ya venía prejuzgada y prácticamente con la sentencia dictada. La ley de Moisés mandaba apedrear a las adulteras. Pero ahora quieren pasarle la papa caliente a Jesús a quien han oído hablar tantas veces de la misericordia y del perdón, hasta setenta veces siete le había dicho un día a Pedro, que acogía a los pecadores y comía con ellos, que tanto se dejaba invitar por Simón el fariseo, como se auto-invitaba El mismo a casa de Zaqueo un reconocido publicano que era despreciado por todos.
¿Qué iba a hacer Jesús? Podrían acusarlo de que iba contra la ley, siendo así que la ley y los profetas eran los pilares fundamentales de todo el pueblo judío, de todo el pueblo escogido de Dios. Todos estaban expectantes cuando parecía que Jesús no les prestaba atención, entretenido jugando con el polvo del suelo. ¿Estaría Jesús tratando de quitar el polvo externo a ver si encontraba algo de sinceridad en el interior?
Ante la insistencia Jesús se levanta para dirigir su mirada a todos los que le rodean expectantes solamente para decir ‘el que esté libre de pecado que tire la primera piedra’. Si habían venido con sus voceríos gritando y exigiendo, haciendo fiesta ya en lo que les parecía que iba a ser un espectáculo cierto, ahora el silencio se apodera de todos. Un silencio que se vuelve incómodo y en el que quizá solo se escuchan las piedras que caen al suelo desde unas manos que ya no se atrevían a levantarse. Y empezando por los más viejos todos se fueron escabullendo. Al final quedó sola la mujer tirada por tierra. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?’ No hacían falta respuestas porque el vacío y el silencio se habían apoderado del lugar. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.
Había aparecido la misericordia y ahora brillaba en todo su esplendor. ¿Se había quedado sin condena la que había merecido el castigo? ¿Acaso necesitaría castigo aquella mujer tras aquella experiencia del encuentro con Jesús para que no reincidiera en su pecado? ‘Vete y no peques más’, y el corazón de aquella mujer se había transformado por el amor y ahora rebosaba de paz en el encuentro con la misericordia.
¿Seguiremos nosotros condenando inmisericordes? Aunque hablemos mucho de la misericordia cuidado no aparezcan algunas veces y en algunas situaciones ese condena inmisericorde también en nosotros que nos decimos iglesia, que nos decimos seguidores de Jesús y de su evangelio. Pudiera haber mucha gente dolida porque no siempre ha encontrado esa misericordia en el seno de la Iglesia.
Cuidado nos contagiemos del espíritu del mundo que no entiende de misericordia y tratemos de emular a nuestro mundo actuando según sus exigencias. Aunque nos cueste mucho entenderlo y llegar a vivirlo tratemos de empaparnos de esa misericordia del cielo, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo.

domingo, 29 de marzo de 2020

En Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud para vivir de manera nueva desterrando de nosotros todas las sombras de la muerte

En Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud para vivir de manera nueva desterrando de nosotros todas las sombras de la muerte

Ezequiel 37, 12-14; Sal 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45
Alguien ha escrito que ‘la resurrección del amigo es parábola y es profecía de futuras victorias sobre todo tipo de muertes: Cristo ha venido para que «tengamos vida y la tengamos en abundancia» (Jn 10,10) y la conservemos para siempre’.
En el camino que vamos haciendo con la liturgia se nos presenta en este último domingo de cuaresma el evangelio de la resurrección de Lázaro antes de abrírsenos el pórtico de la semana en que celebraremos el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. De la misma manera, en el evangelio de san Juan, aparece este relato que va a provocar la reacción de los judíos que quieren quitar de en medio a Jesús y que se pone como anticipo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Por eso con el texto que citábamos decimos que es parábola y es profecía, sin dejar de ser un hecho cierto y real tal como nos lo relata el evangelio de Juan.
Y es que si ante el hecho de la muerte nos sentimos siempre sobrecogidos ante el misterio que para nosotros representa, si al mismo tiempo lo unimos a la vida y a la resurrección no deja de ser mayor misterio que nos abra a unos horizontes insospechados. No nos gusta la muerte y aunque la aceptemos como un destino fatídico en el más suave de los casos ante el que nos resignamos, nos rebelamos ante ella y no queremos morir; si por nosotros fuera y tuviéramos poder para ello buscaríamos lo imposible por no morir. Pareciera que todo se nos trunca y se quedaría como inacabada nuestra existencia y la encontramos como un sin sentido ante las ansias de vivir que todo tenemos.
Y cuando aparece ante nuestros ojos este texto que llamamos de la resurrección de Lázaro aunque realmente fue un revivir porque Lázaro finalmente algún día tendría que morir, sin embargo nos aparece ante nuestros ojos como un horizonte que se abre a algo nuevo y distinto, que luego contemplando la resurrección de Jesús adquiere para nosotros el mejor de los sentidos. Por eso decimos es parábola, pero también es profecía de victoria, porque podemos vencer sobre la muerte, porque la vida es mucho más que una existencia corporal, porque hay otra plenitud de vida que llevamos como semilla en nosotros y que en Jesús se volverá la mejor flor y el más hermoso fruto.
Si seguimos el relato del evangelio son significativas todas las palabras que vamos escuchando en labios de Jesús. Cuando le anuncian más allá del Jordán donde se había retirado hasta el momento en que llegara su hora que Lázaro está enfermo dirá que aquella enfermedad no es de muerte sino que servirá para que se manifiesten las obras de Dios. Algo así como lo que le escuchamos decir a los discípulos cuando se encontraron el ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén manifestando que aquella ceguera no era consecuencia del pecado de nadie, sino para que se manifieste la gloria de Dios.
En el encuentro con las hermanas de Lázaro, primero Marta y luego también María, ante la queja de que si hubiera estado allí Lázaro no habría muerto Jesús les responde que Lázaro vivirá. Y se establece el diálogo de la resurrección del último día que estaba presente en la fe y la esperanza de Marta con la afirmación de Jesús de que quien cree en El vivirá para siempre. Marta habla de una resurrección de futuro y Jesús les dice que allí está El que es la resurrección y la vida. Solo le pide fe. No importa que Lázaro lleve ya cuatro días enterrado. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá y vivirá para siempre’, les dice Jesús.
Y es que en Jesús es donde la vida va a adquirir todo su sentido de plenitud. Y es que creyendo en Jesús comenzamos a vivir de manera nueva. Cuando en verdad le hemos dado nuestro Sí a Jesús de nosotros ha de estar desterrada la muerte para siempre, porque lo que tiene que reinar en nosotros es el amor. Todas aquellas sombras de muerte del desamor y del odio tienen ya que desaparecer para siempre de nosotros. Por eso allí por donde va un creyente en Jesús irá haciendo surgir la vida porque irá haciendo florecer el amor. Es el reino de la verdadera solidaridad y del más profundo amor; es el reino que busca la justicia y la paz verdadera, no la que podamos imponer desde las violencias exteriores, sino la que va a nacer de un corazón lleno de amor y que siempre buscará lo mejor, siempre buscará el bien, siempre trabajará por la justicia, siempre será un sembrador de paz.
Y aquí hay un nuevo detalle que puede ser significativo de cómo vivimos nosotros esa nueva vida. Jesús llamó a Lázaro y le mandó salir fuera y Lázaro salió pero aun con los pies y las manos atados por las vendas. Faltaba algo, había que desatar aquellas vendas para que Lázaro pudiera caminar. ‘Desatadlo y dejadlo andar’, les dice Jesús, nos dice Jesús que nosotros tenemos que ir haciendo. Cuantos nos encontramos que tienen ansias de vivir pero aún tienen muchas ataduras en su vida que les impiden alcanzar la plenitud de su vivir. Ahí está nuestra tarea. Tenemos que desatar tantas ataduras, primero en nosotros si lo queréis pensar así, pero necesariamente siempre en los demás. No nos podemos quedar cruzados de brazos.
No lo olvidemos Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. En una plenitud que va mucho más allá de la vida corporal que tengamos pero que será vida de verdad si la vivimos en toda su plenitud. No olvidemos la dimensión del espíritu. Tenemos que amar nuestra vida, pero que la queremos vivir en esa plenitud que Jesús nos ofrece.

No nos desprendemos de ella, sino que hemos de conservarla y conservarla de la mejor manera. Una vida llena de trascendencia que va más allá del momento presente o del solo yo de nuestra vida, porque siempre hemos de estar abiertos a la vida de los demás, a los que podemos enriquecer con nuestra vida y a los que hemos de ayudar, como decíamos, a desatar de todas las ataduras que nos esclavizan y nos impiden vivir en libertad plena.

sábado, 28 de marzo de 2020

Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús


Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Algunas veces somos demasiado sofisticados, nos complicamos la vida cuando con sencillez podríamos enfrentarnos a lo que nos sucede, lo que vemos alrededor o el juicio que nos podamos hacer de los demás. Buscamos razonamientos por todas partes, le damos vueltas y vueltas en la cabeza a las cosas que están claramente delante de nosotros, buscamos motivaciones raras en lo que la gente hace, nos hacemos interpretaciones complicadas de los acontecimientos de la vida. Nos complica nuestras relaciones con los demás, se nos hace dificultoso nuestro caminar cuando andamos con tanta desconfianza también en los que nos rodean.
No es que no tengamos que buscar razonamientos, que hagamos las cosas sin pensarlo, que le demos superficialidad a la vida, eso de ninguna manera. Pero no nos compliquemos con las que cosas que son tan fáciles. Claro que muchas veces nos complicamos la vida porque somos retorcidos, porque nos llenamos de desconfianzas, porque nos cuesta aceptar a los demás, porque quizá tengamos algunos pensamientos turbios en nosotros que tratamos de ocultar pero que ahí están, y como somos nosotros pensamos que son los demás. Aquello de que vemos según el color del cristal con que miramos, y si hay algo turbio dentro de nosotros veremos turbio cuanto haya a nuestro alrededor, si somos complicados veremos complicado todo cuanto suceda en nuestro entorno.
Había muchos intereses encontrados en torno a Jesús sobre todo en los dirigentes religiosos y sociales que quizá podían ver en peligro su situación y su influencia con el mensaje nuevo que Jesús estaba proponiendo. Por eso serán los que tienen un corazón sencillo a los que más fácil les es entender a Jesús y llenarse de esperanza con su mensaje. Lo vemos  hoy claramente en el evangelio.
La gente sencilla que escuchaba a Jesús suspiraba ya con esperanza porque en Jesús intuían al menos que podía ser el Mesías; incluso veremos que aquellos a los que encargan que sigan de cerca de Jesús y acechen sus palabras y tienen incluso en sus manos el prendimiento de Jesús, cuando llega el momento no pueden hacer nada. Les echaran en cara luego los dirigentes si es que se han dejado embaucar por las palabras de Jesús pero ellos dirán que nadie ha hablado como lo hace Jesús.
Aquel que había ido una noche a hablar con Jesús y que entonces había sido capaz de reconocer que Jesús no podía hacer las cosas que hacia si Dios nos estaba con El, porque había comprendido lo de nacer de nuevo, de cómo el corazón del hombre tiene que cambiar dejando atrás sus orgullos y su autosuficiencia para abrirse a lo nuevo de Dios, ahora venía también a intentar cambiar las posturas de los dirigentes judíos para que actuasen desde la rectitud y la sinceridad probando que escuchasen a Jesús para que pudieran entender mejor su mensaje. Sin embargo nada pudo hacer ante unos corazones cerrados en su ceguera y fanatismo para no querer ver.
El recelo de perder su poder de influencia, el rechazo al mensaje de Jesús que les pedía más autenticidad y menos vanidad en la vida, los intereses que pudieran tener en su vanidad y autosuficiencia les cerraban el corazón y siempre encontrarían desde los pedestales en que se habían subido los medios de manipulación de la gente sencilla a la que en el fondo despreciaban. No sabían interpretar el sentido de la fe que había en el corazón de la gente sencilla y eso les llevaba a rechazar a Jesús. Por algo Jesús clamaría un día dando gracias al Padre que había querido revelar su misterio a los humildes y los sencillos y no a los que se creían sabios y entendidos.
Pero cuando escuchamos este evangelio y tratamos de reflexionar no solo venimos a constatar lo que le sucedía a los judíos en los tiempos de Jesús, sino que vamos a mirarnos nosotros para ver con sinceridad cuales son nuestras actitudes y nuestras posturas cuando nos acercamos al Evangelio. Pidámosle al Señor que nos de esa apertura del corazón, esa sabiduría de los humildes y de los sencillos para conocer el misterio de Dios y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús.


viernes, 27 de marzo de 2020

Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua


Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En los días que nos restan de la cuaresma el evangelio que vamos a ir escuchando nos irá presentando aquella situación de tensión que sobre todo en Jerusalén se vivía en torno a Jesús. Los evangelistas sinópticos nos han ido presentando repetidamente los anuncios que Jesús hacía de cuanto le iba a suceder en su subida a Jerusalén, cosa que tanto los costaba comprender y aceptar por parte de los discípulos sobre del grupo más cercano a Jesús.
El evangelio de Juan, que es el que ahora principalmente iremos siguiendo nos presenta esa tensión entre los judíos – y con esa expresión quiere referirse sobre todo a los dirigentes de Jerusalén, sanedrín, sacerdotes, escribas, fariseos… - y Jesús. Ya repetidamente había ido apareciendo ese descontento de los dirigentes del pueblo contra Jesús y como lo acechaban para ver si podían cogerle en algo o cómo examinaban con lupa – es un decir – cuánto Jesús hacía para encontrar de qué acusarlo. Ahora ya serán diatribas y enfrentamientos directos, pero serán también las palabras firmes y con autoridad de Jesús que nos presenta su misión como enviado del Padre.
Hoy nos dice el evangelista que Jesús se había quedado en Galilea y no había subido con todos a Jerusalén para la fiesta de las Tiendas. Ya nos apunta que en Judea los judíos trataban de matarlo. Pero luego sube a Jerusalén sin dejarse ver mucho en principio por la gente. Pero siempre hay alguien que aun en el barullo de la fiesta reconoce a Jesús. Y ya algunos comienzan a hacer sus comentarios. ¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?’
Grande era la confusión entre la gente sencilla que reconocía en Jesús el poder de Dios. ‘Nadie hace las cosas que El hace si Dios no está con él’ se decían unos otros; ‘nadie ha hablado con la autoridad con El habla’, comentaba la gente sencilla; ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo’, reconocían cuando veían sus signos y milagros. Y no les cabía en la cabeza que los sumos sacerdotes y los principales del pueblo no lo reconocieran. Ahora se preguntan que si está en Jerusalén y está hablando públicamente, cuando incluso ya habían dejado correr la noticia de que lo prenderían, ahora no hicieran nada. ‘¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?
Imagen de las confusiones que nosotros también en muchos momentos podemos sentir. Quizá muchas veces nuestra religiosidad ha estado marcada excesivamente por un tradicionalismo de aquello de decir ‘es que esto se ha hecho siempre así’, y cuando la Iglesia quiere hacernos salir de nuestras rutinas para darle una mayor autenticidad a lo que hacemos, o mejor, a lo que tenemos que vivir, quizá dentro de nosotros también se nos crea como una confusión.
Muchas veces esa confusión nacida de una comodidad con que nos tomamos la vida, donde no queremos esforzarnos, donde nos cuesta aceptar una renovación que nos hace pensar y que nos hace cuestionarnos cosas, donde hablamos fácilmente de unas tradiciones que se pueden quedar en costumbres y rutinas que quizá hemos rodeado de cosas superfluas y que cuando se nos dice que hemos de buscar más autenticidad y una mayor vivencia un poco nos rebelamos por dentro como si nos estuvieran cambiando la religión. Cuántas cosas en este sentido escuchamos en muchos sectores, cuánto quizá nosotros lo pensamos por dentro aunque no nos atrevamos a decirlo, pero en que tampoco damos ningún paso por cambiar y mejorar.
Pensemos, por ejemplo, en este sentido de cuanto boato hemos rodeado la semana santa que fácilmente se nos puede quedar en cosas externas, pero que interiormente no terminamos de vivir el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Por aquello que decimos que lo mejor es para el Señor, pensamos quizá que lo mejor es la ostentación de ricos ropajes y joyas, el adorno de unas flores o el boato de unas procesiones, olvidando que lo mejor es lo que en verdad tiene que salir de un corazón convertido al Señor.
Nos inquietan quizá estos pensamientos y reflexiones, pero con sinceridad tratemos de ver cómo ese evangelio que nos narra la pasión y muerte de Jesús lo trasladamos a nuestra vida para poder llevar de verdad a la renovación pascual de nuestras vidas en la celebración de la resurrección. ¿Llegaremos en verdad a reconocer que Jesús es el Mesías de Dios y nuestro Salvador que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua?


jueves, 26 de marzo de 2020

Busquemos de verdad a Jesús, la vida que nos ofrece, esa plenitud que El quiere dar a nuestra existencia haciendo que el evangelio sea buena noticia para el hombre de hoy


Busquemos de verdad a Jesús, la vida que nos ofrece, esa plenitud que El quiere dar a nuestra existencia haciendo que el evangelio sea buena noticia para el hombre de hoy

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
‘Y no queréis venir a mi para tener vida’. Es como una queja de Jesús. Nos quejamos del amigo que no corresponde a nuestras señales de amistad; se quejan los padres de que sus hijos no tienen en cuenta aquello que le han enseñado con tanto esfuerzo y con tanto cariño; se quejan los educadores de la poca respuesta, de la poca receptividad de los niños o los jóvenes con los que trabajan; se quejan los que están al frente de responsabilidades o quizá se están gastando por los demás, por hacer una sociedad mejor y los rumbos y caminos de la sociedad no se terminan de enderezar.
Nos sentimos defraudados quizá en la Iglesia, quienes tienen responsabilidades en la misma o realizan y se comprometen con distintas acciones pastorales, que la gente va a lo suyo y que los esfuerzos no se ven correspondidos por la generalidad de la gente de la misma Iglesia.
¿Qué nos pasa en nuestra sociedad de hoy? ¿Qué nos pasa en este ámbito de la vida religiosa y de la Iglesia? ¿Qué nos pasa a los cristianos que seguimos viviendo a nuestro aire y no siempre tenemos en cuenta el evangelio? ¿Qué le pasa a la gente en general que pasa de la Iglesia, que pasa de la religión, que pasa incluso de Dios?
la sociedad cambiante que vivimos, la autonomía con que queremos vivir la vida, la cantidad de recursos y de cosas en las que podemos encontrar una satisfacción fácil y sin mayores esfuerzos ni compromisos nos va llenando de individualismo por una parte, nos va haciendo perder valores que pudieran ser sólidos fundamentos de la vida, nos va llenando de materialismo donde parece que las cosas y su posesión son ahora el verdadero ideal de la vida, nos van haciendo perder un sentido espiritual de la existencia y al final nos llenamos de confusión sin saber realmente lo que buscamos o lo que queremos.  ¿Por donde podemos caminar que encontremos seguridades en la vida, que nos den fortaleza interior y que nos puedan ayudar a encontrar el sentido de Dios?
Decimos que tenemos un mejor grado de cultura, tenemos un mundo de conocimientos a nuestro alcance como nunca quizá hemos tenido con todos los medios que están a nuestra mano, encontramos gente que también tiene mejores conocimientos de lo referente a la religión o a la Iglesia, aunque nos encontramos también quienes viven un permanente rechazo a todo lo que les suene a religión, a Dios, a la Iglesia. Y cuanto le cuesta al  hombre y mujer de hoy abrirse por ejemplo a la trascendencia, descubrir lo que son los verdaderos valores cristianos y caminar en búsqueda de ese sentido de Dios que en Jesús podríamos encontrar para nuestra vida.
No me hago esta reflexión con pesimismo, pero si tenemos que ser conscientes como en este ámbito nuestro mundo ha cambiado mucho y aunque nos encontramos manifestaciones religiosas en momentos determinados incluso rayanas en el fanatismo, sin embargo esa religiosidad no cala en lo hondo de la persona que le abra a un sentido nuevo, a un sentido verdaderamente cristiano de la vida y de las cosas. Quizás algunas veces nos preguntamos que hemos hecho mal los cristianos, que ha hecho mal la Iglesia para que el mensaje del evangelio sea olvidado o incluso repudiado por tantos en nuestro mundo.
Estas reflexiones que me hago es como sacar a flote muchos interrogantes que se pueden acumular en el corazón y que nos impulsen a una búsqueda de evangelio, a querer hacer que el evangelio sea en verdad esa buena noticia para nosotros hoy, también para nuestro mundo de hoy.
Comenzábamos nuestra reflexión con aquella queja de Jesús. ‘Y no queréis venir a mi para tener vida’. Busquemos de verdad a Jesús, busquemos esa vida que nos ofrece, busquemos esa plenitud que El quiere dar a nuestra existencia. Que este camino cuaresmal que estamos haciendo nos haga profundizar mas y más en el evangelio para que en verdad nuestra vida se vea renovada, para que así podamos poder también nuestro grano de arena para la renovación de nuestro mundo según los parámetros del evangelio.

miércoles, 25 de marzo de 2020

La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos


La sorpresa del misterio de la Encarnación nos tiene que hacer descubrir el rostro de Dios en los mismos acontecimientos en que hoy nos vemos envueltos

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos perdido la capacidad de asombro, de ser capaces de dejarse sorprender? Malo es acostumbrarse a todo, verlo todo como tan natural, no descubrir que hay cosas maravillosas con las que nos tenemos que dejarnos sorprender. Quizá buscamos cosas extraordinarias y grandiosas y no somos capaces de admirar algo tan pequeño y tan sencillo como una flor. Y es que quien no sabe dejarse sorprender por la belleza de una flor que quizá hasta puede pasar desapercibido en la orilla del camino, no será capaz de admirar las cosas grandes.
Hoy es un día para dejarse sorprender. Aparentemente no hay algo más normal que una mujer quede embarazada y espere un hijo en sus entrañas. Es algo maravilloso el misterio de la vida que así se desarrolla y crece en el seno de una mujer. Pero lo que hoy contemplamos además es que va lleno de misterio de tal manera que nos manifiesta la grandeza y maravilla de Dios y de su amor por nosotros.
Una sencilla muchachita en una pequeña aldea, aunque luego la llamemos ciudad, una pequeña aldea de la que nunca se había hablado ni en ella se había desarrollado ningún acontecimiento importante en la historia del pueblo, que recibe la visita de un ángel que le anuncia que va a ser la Madre de Dios. Sí, es el misterio de la vida engendrada en el seno de aquella mujer, pero que nos descubre la maravilla de Dios que quiere tomar nuestra carne para hacerse hombre y nacer entre nosotros. Cuidado que nos hemos acostumbrado a hablar de Anunciación o de Encarnación y no nos dejemos sorprender por el misterio de Dios que ahí se hace presente.
Ya conocemos el relato que nos hace san Lucas que tantas veces habremos leído y escuchado, tantas veces hemos meditado. Pero dejémonos sorprender por cuanto allí se nos relata. Algo nuevo e inesperado va a suceder y de lo que se trata ahora es descubrir lo que Dios quiere transmitir. Sorprendida María por la visita del ángel, todo en ella es oído abierto para escuchar lo que el ángel tiene que decirle.
Y es que desde los primeros renglones de ese relato ya se nos habla de asombro y de sorpresa. Es el asombro de María, es la sorpresa de María al recibir la visita del ángel. La contemplamos anonada balbuceando sus palabras que tímidamente expresan lo que siente y sorprendida por cuanto en ella va a suceder. Pone sus objeciones y dificultades pero el ángel la va convenciendo porque le hace ver la presencia de Dios, lo que es la voluntad de Dios y ella está siempre para hacer su voluntad.
Escuchando al ángel y dejándose llevar y llenar por el misterio al final le parece fácil o al menos en ella está la disponibilidad de un corazón puro y generoso. Si para Dios nada es imposible y hasta su prima allá en la montaña va a ser madre, ¿qué es lo que puede decir María, qué objeciones más podrá poner? Ella está disponible para Dios y parece que se siente fortalecida en su generosidad con la presencia del ángel.  Aquí está la que está disponible para Dios, aquí está la que es la servidora de Dios, aquí está la humilde esclava del Señor. Que se cumpla, que se realice, que se haga su voluntad, que sea en ella tal como le anuncia la Palabra que viene de Dios en la boca del ángel.
Un nuevo camino lleno de misterio, del misterio inescrutable de Dios, se abre ante María. Sorprendida se encuentra ante todo lo que se le revelado y manifestado. Ha sido el impulso generoso de corazón joven lo que le ha llevado a dar el Sí, pero ahora se encuentra sola ante ese misterio que en ella comienza a realizar y que no va a ser precisamente un camino de rosas. O camino de rosas si en la belleza de sus pétalos, pero también de espinas que siempre acompañarán a la fragancia y belleza de la flor. No hay rosa sin espinas. Y ese va a ser el camino de María.
Ahora en cierto modo parece que sentía arropada por la presencia del ángel, pero cuando todo ese misterio se le ha revelado y cuando ha brotado el sí generoso de su corazón el ángel la dejó, que nos dice el evangelista. No volverá a aparecer la fortaleza de Gabriel para acompañarla en su camino, sino que ha de ser un camino que ha de hacer María manteniéndose en la confianza que tiene en Dios. Ni estará el ángel en el duro camino hasta Belén, ni en el destierro de Egipto, ni en tantos y tantos otros momentos en que la duda y la angustia dolorosa podrán aparecer en el alma de María.
No estará el ángel cuando tenga que buscarle hasta hallarle en el templo, ni cuando Jesús abandone Nazaret para ir a anunciar el Reino de Dios. Soledades de María, pero soledades vividas en un corazón lleno de amor, de fe y de generosidad. Será la soledad de la calle de la amargura, donde no vendrá ningún ángel del cielo para limpiarle su sudor de sangre en el dolor de su corazón, ni al pie de la cruz donde estará sola acompañada por aquel pequeño resto de los que aun creen y esperan en Jesús.
Pero María en todo momento seguirá con los ojos del alma abiertos ante la sorpresa de cuanto Dios le va pidiendo pero con el corazón lleno de fe y de confianza porque nunca decaerá en la generosidad de su amor. La sorpresa de Dios que no era solo para Maria sino que era y es la sorpresa de Dios para nosotros a quienes quiere manifestarse y a quienes nos quiere señalar caminos que también con generosidad nosotros hemos de recorrer.
¿En qué podemos pensar? ¿Qué tenemos que aprender a descubrir? Todo el misterio que hoy celebramos es el misterio del Dios que se encarna y se hace hombre y camina entre nosotros los hombres. Es lo que tenemos que aprender a descubrir en los propios acontecimientos que se van sucediendo en el hoy de nuestra vida que en cierto modo nos sorprenden y hasta nos asustan porque no vislumbramos hasta donde vamos a llegar.
Pero ¿por qué, aunque se nos haga difícil, no vemos el rostro de Dios de todo eso que nos sucede? No es un rostro severo y de castigo, como algunos quizá quieran interpretar, sino que es la mirada de Dios que nos hace mirar a nosotros con mirada nueva y ver como entre todas esas espinas de sufrimiento va surgiendo, va brotando la fragancia de solidaridad, de amor, de cercanía y nueva preocupación de los unos por los otros, de parón en nuestras carreras para descubrir las cosas que son verdaderamente importantes, esas cosas que nos parecían invisibles pero con un corazón nuevo se están haciendo visibles y palpables en tantos hombres y mujeres a nuestro lado.
Intentemos tener una mirada nueva hacia cuanto nos sucede; abramos los oídos y dejémonos sorprender por la voz de Dios que nos habla a través de esos acontecimientos y demos respuesta generosa a su llamada siendo capaces de ponernos en camino aunque nos parezca que vamos solos, pero sabemos muy bien que Dios está con nosotros.

martes, 24 de marzo de 2020

Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado


Que se nos abran los ojos no solo para ver sino para ser en verdad solidarios con los que caminan a nuestro lado

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16
Comienza el texto del evangelio explicándonos la situación. Junto al templo, la lado de la puerta que podríamos llamar de servicio porque era por donde eran introducidos los animales para los sacrificios llamada por eso de las ovejas había una piscina. Algo habitual por las purificaciones que continuamente tenían que hacer los judíos y probablemente también  como consecuencia de ser el lugar por donde eran introducidos los animales en el templo, como hemos dicho. Pero a las aguas de aquella piscina se les tenía como aguas especialmente milagrosas, porque en su movimiento se les atribuía unas facultades curativas. Allá estaban los enfermos esperando el movimiento de aquellas aguas en la espera y la búsqueda de su curación.
Es por allí donde Jesús se acerca y en medio del barullo de las gentes y enfermos que allí se agolpaban descubre a un paralítico que lleva mucho tiempo postrado en su camilla – 38 años – y aún no ha encontrado su curación. A él en especial se dirige Jesús. ‘¿Quieres curarte?’ es la pregunta; pregunta que el enfermo consideraría innecesaria porque para qué estaba él allí, pero estaba allí postrado en su soledad, nadie le ayudaba. Cuando por sus propias y menguadas fuerzas el llegaba a las aguas otros se le habían adelantado.
La soledad de quien sufre la insolidaridad de los demás. Nadie se fijaba en él, nadie se preocupaba de ayudarle, cada uno iba a lo suyo o solo pensando en los suyos. Amarga soledad que seguimos encontrándonos. O quizá no los encontramos porque a nosotros nos falta la solidaridad de saber mirar.
Cuando vamos caminando en medio de las gentes y solo vemos una masa, pero no nos fijamos en sus rostros; pasamos cuántas veces al lado de conocidos pero que en aquel momento desconocemos porque no tuvimos una mirada atenta. Y no nos enteramos, o nos queremos enterar de los sufrimientos de tantos a nuestro lado, de la soledad de aquellos a quienes nadie mira, con quienes nadie se detiene, que están quizá a nuestra puerta casi pero no nos enteramos de lo que pasa tras las puertas de esas personas en las que nunca nos fijamos.  Quizá pasan a nuestro lado y nosotros miramos para otro lado o no levantamos los ojos del suelo.
Creo que es la primera lección que hoy podemos aprender de este texto del evangelio. Pasó Jesús desapercibido pero no pasó desapercibido aquel paralítico para Jesús. No sabría luego el que había sido curado quien le había dicho que tomara su camilla y se fuera a su casa, pero Jesús si se detuvo y escuchó y tendió la mano y llenó de vida a aquel hombre haciéndole recobrar su dignidad. El solo hecho de haberse detenido junto a él ya había sido curación porque aquel  hombre se había sentido valorado cuando alguien se preocupaba por él.
Valoramos y nos fijamos en aquel que destaca, tenemos en cuenta y queremos incluso contar con aquel que se mueve, que habla, que parece que tiene iniciativas, pero descartamos quizás aquel que pasa en silencio a nuestro lado y nos parece que nada podemos esperar de él. Son los criterios de eficacia en que nos movemos, son las apariencias que nos deslumbran, es la manera en que buscamos con quien relacionarnos o con quien contar en la vida. Y no miramos a la persona, y no somos capaces de darnos cuenta de lo que hay en su interior, no detectamos su sufrimiento o sus deseos de ser alguien en la vida.
Aquel hombre que se había sentido solo y abonado junto a las aguas de la piscina, incluso después de haber sido curado sigue siendo minusvalorado por aquellos que se consideraban a si mismos más observantes y cumplidores porque le echan en cara que siendo sábado se atreve a cargar con su camilla. Ni ahora que el hombre ya estaba haciendo por sí mismo al cargar con la camilla de vuelta a su casa es valorado y ayudado sino más bien menospreciado porque estaba haciendo algo contrario a aquella ley que tanto les encorsetaba y que seguía queriendo paralizar la vida.
¿Descubriremos unas actitudes nuevas que tenemos que aprender a tener con los demás? ¿Se nos abrirán los ojos para ver pero sobre todo para hacernos solidarios de verdad con el hermano que camina a nuestro lado? Que el agua viva de Jesús nos sane de nuestras parálisis pero además revitalice nuestra vida y nos abra los ojos y los brazos para ver y cargar solidariamente el sufrimiento de los demás.