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sábado, 18 de julio de 2015

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Hay personas que viven una vida oscura y silenciosa que nos pudiera parecer imperceptible o quizá infructuosa. Pero muchas veces las cosas realizadas en silencio, aunque vivimos en un mundo de prontas eficacias porque todo lo queremos de inmediato, sin embargo a la larga pueden ser mucho más fructuosas y enriquecedoras no solo para la persona en si misma sino también para los demás. En silencio y oculta está la semilla plantada bajo tierra, pero es allí donde germina y de donde nacerá una planta nueva prometedora de grandes frutos.
Escuchando el evangelio en ocasiones le hemos oído decir a Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha frente a aquel mundo de apariencias y vanidades que se habían creado los fariseos. Es cierto que también nos dirá que vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero nos habla muchas veces del Reino de Dios como la semilla, muchas veces pequeña e insignificante que es sembrada para que llegue un día a dar fruto.
En el evangelio de hoy se nos habla de cómo los fariseos comenzaron a atentar contra El buscando la forma de cómo acabar con El. Y Jesús se retira y cuando curaba a la gente les decía que nadie se enterase. Como diría en otro momento aun no había llegado su hora. Pero estas circunstancias que está viviendo Jesús le hace recordar al evangelista lo anunciado por el profeta acerca del siervo de Yahvé. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
El siervo de Yahvé que como cordero será llevado al matadero; el siervo de Yahvé que calladamente seguirá haciendo su obra, ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles’, pero ahí está su Palabra silenciosa que será como un grito en la conciencia de los hombres, que será como el grano de trigo que ha de morir para que dé vida. De ello nos hablará Jesús y esa es su vida, su entrega, su amor hasta el final. Y en lo que parecía un fracaso hay una victoria y un triunfo porque nos llega la salvación.
Será esa vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos. Muchas veces quizá tengamos que pasar por momentos así, según las circunstancias de la vida, pero hemos de aprender a ser esa semilla enterrada para que dé fruto. Tenemos que quizá morir, desaparecer, pero la luz siempre brillará, la vida permanecerá, la ofrenda de amor que hagamos de nuestra vida será valiosa, porque así nos estamos uniendo profundamente al Señor en su propia ofrenda de la Cruz. Y sabemos que tras la cruz hay vida y resurrección.

viernes, 17 de julio de 2015

Pongámonos en el pellejo del pecador arrepentido para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado

Pongámonos en el pellejo del pecador arrepentido para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
‘Si comprendierais lo que significa "quiero misericordia y no sacrificio", no condenaríais a los que no tienen culpa’. ¡Qué actualidad tienen estas palabras de Jesús! Pareciera que nos lo está diciendo de una forma muy directa y concreta pensando en los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pensando, sí también, en las instituciones de nuestro tiempo.
Qué fácil nos es condenar y qué difícil comprender, tener misericordia y perdonar. Claro que hemos de entender que las palabras de Jesús no fueron solo dichas para los hombres de su generación respondiendo a las situaciones concretas que entonces se vivían. Son para nosotros palabras del Señor que nos dice hoy respondiendo también a situaciones que vivimos los hombres de todos los tiempos, también para nosotros hoy.
Misericordia, y porque no tenemos misericordia juzgamos y condenamos; porque no tenemos misericordia nos hacemos leguleyos y estamos queriendo aplicar la ley a rajatabla - y sin misericordia - en todo momento y ante cualquiera; porque no tenemos misericordia hemos quitado la capacidad de comprensión en nuestro corazón y no somos capaces de mirarnos a nosotros mismo que tenemos la viga en nuestro ojos para fijarnos solo en la pajuela que pueda tener el ojo ajeno; nos hacemos justicieros, y decimos que en nombre de la justicia tenemos que defender a quienes son maltratados, pero no somos capaces de tener ojos compasivos y misericordiosos para el pecador que es cierto que cometió la injusticia pero que necesita una mano que lo ayude a levantarse y a rehacer su vida.
¿Es que las personas porque sean pecadoras ya no pueden cambiar nunca y siempre la vamos a mirar con el sambenito de su pecado? Yo miro el evangelio y no creo que esa sea la actitud de Jesús con los pecadores, porque a la magdalena y la mujer pecadora que le perdonó sus muchos pecados no la tuvo apartada para siempre echándole en cara siempre sus pecados; a Zaqueo al que hizo bajar de la higuera, una vez que cambió su vida desde la misericordia del Señor ya no lo tuvo para siempre como un pecador; porque a la mujer adultera una vez que le perdonó sus pecados la levantó para que volviera a su vida y fuera tratada ya para siempre como una mujer perdonada.
Pero nosotros en nuestros juicios, nuestras instituciones en sus leyes, parece que al pecador siempre lo van a considerar como un leproso apartado de todos y discriminado para siempre. Y queremos ser unos puros y buenos, y queremos una iglesia pura, que algunas veces parece que hacemos puritana, pero nos hace falta que llenemos nuestro corazón, nuestras actitudes y posturas, nuestras normas de vida y nuestras costumbres de misericordia, de compasión, de amor, porque ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre celestial es compasivo y misericordioso.
¿Nos habremos puesto alguna vez en el pellejo del pecador que se ha arrepentido pero para quien no se tiene misericordia y se le tiene para siempre discriminado?

jueves, 16 de julio de 2015

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad

El escapulario de la Virgen siempre con nosotros y colocado muy cerca del corazón, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón para vestirnos de su santidad


‘Haced lo que El os diga’, nos está diciendo María continuamente cuando en nuestra devoción acudimos a ella. Recordamos que esas palabras fueron las que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná. Pero son las que en nuestra devoción hemos de escuchar de labios de la Virgen. Todo en la devoción que le tengamos a nuestra Madre siempre ha de llevarnos a Jesús.
Hoy estamos celebrando a la Virgen del Carmen, o Virgen del Monte Carmelo como es su titularidad litúrgica más propia. Devoción a la Virgen que nació en el Monte Carmelo de tantas resonancias bíblicas. Allí se había refugiado el profeta Elías en su lucha contra los falsos profetas de los baales. Allí en la época de las Cruzadas para liberar la Tierra Santa del dominio de los árabes se encontraron y se refugiaron en una vida llena de ascetismo muchos de aquellos que hasta aquellos lugares habían ido como guerreros pero que al contacto con la tierra de Jesús se sintieron motivados a no alejarse nunca de aquella tierra santa.
Pronto la imagen de la Virgen entronizada en aquel monte fue venerada no solo por aquellos ermitaños, en cierto modo origen de la Orden del Carmelo, sino que se fue extendiendo por todas partes. Es la Virgen la que milagrosamente se manifiesta a quienes se habían congregado en torno a esa Imagen bendita y entrega el escapulario que iba a ser vestido y distintivo de la orden del Carmelo y que luego vestirían también los devotos de la Virgen del Monte Carmelo.
Llevar, pues, el escapulario de la Virgen es como vestirnos de María. Pero no ha de ser un objeto piadoso que llevemos solo externamente, sino que ha de significar cómo nuestra vida ha de estar toda impregnada de las virtudes de María Santísima. Muchas cosas se han escrito y se dicen de que quien lleve siempre el escapulario del Carmen tiene asegurada su salvación. Pero no lo miremos cómo algo mágico que simplemente se produzca sin más que por llevar el escapulario; lo convertiríamos en un amuleto.
El escapulario de la Virgen siempre con nosotros, y además colocado muy cerca del corazón, nos recuerda a María, nos hace llevar a María cerca de nuestro corazón y eso nos ha de recordar entonces la vida buena, la vida santa que hemos de tener los que amamos a María y queremos vestirnos de ella. María nos alcanza la gracia del Señor que nos fortalece, y nosotros ponemos en ese recuerdo permanente de María junto a nosotros ese esfuerzo por luchar por ser cada día mejores, por apartarnos de los malos caminos, de ser fuertes en toda tentación y peligro. Así María nos ayuda, nos previene, nos fortalece con la gracia del Señor.
Que sea autentica la devoción que le tengamos a la Virgen. Que no se nos quede en unos ‘vivas’ y unas fiestas que decimos que hacemos en su honor, sino que vistámonos de María, copiemos en nosotros su vida santa y así tenemos asegurada con la gracia del Señor esa salvación.
Como decimos en la oración de este día, que los que veneramos a la Virgen en su advocación del monte Carmelo con su intercesión podamos llegar a Cristo, monte de nuestra salvación.


miércoles, 15 de julio de 2015

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Tenemos que descalzarnos de nuestras sandalias para aprender a ir humildes al Señor con un corazón despojado de nuestro yo

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27
‘Aquí estoy’ fue la respuesta de Moisés a la voz de Dios que le llamaba. Temeroso y lleno de curiosidad se había acercado a la zarza ardiendo que no terminaba de consumirse. Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza’. Dios se le manifiesta y le llama. ‘No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.
Acercarnos a Dios con disponibilidad. ‘Aquí estoy’. Pero acercarnos a Dios con humildad. ‘Quítate las sandalias…’ Tenemos que despojarnos. Y no son precisamente las sandalias; será nuestro yo, nuestro orgullo, nuestro saber, nuestra autosuficiencia. Cuantas veces queremos acercarnos a Dios pero no queremos despojarnos de nuestro yo o nuestras ideas. Y decimos luego que Dios no nos escucha, no se nos revela. Es que vamos con nuestras ideas preconcebidas, con nuestro pensamiento, con la imagen que nosotros nos hemos hecho de Dios. Tenemos que descalzarnos.
Descalzarnos que es abajarnos, ponernos en actitud humilde de búsqueda, de escucha, de disponibilidad generosa. Si nos hacemos pequeños Dios se nos revelará, se nos manifestará, nos hará conocer su designio salvador. Como sucedió con Moisés. ‘Ahora marcha, yo te envío…’ Y tendrá que volver a Egipto de donde había salido de mala manera, y tendrá que ir hasta el faraón con el que pocas ganas tendrá de encontrarse. Sabe que va a tener dificultades. Se disculpa diciendo que no sabe hablar. Pero Dios lo envía. Dios estará con él. Dios pondrá a su lado medios, Aarón su hermano que hablará porque tiene facilidad de palabra, el poder de Dios en aquel bastón que pone en su mano, la fortaleza de su Espíritu que sentirá por dentro. ‘Yo estoy contigo’, le dice Dios.
¿Aprenderemos nosotros a ir a la búsqueda y al encuentro con el Señor? Tenemos que aprender a descalzarnos de nuestras sandalias. Tenemos que aprender a ir con humildad al Señor, con el corazón bien despojado de nuestro yo, con los oídos de nuestro corazón bien abiertos para escuchar a Dios, con disponibilidad en nuestra vida para lo que el Señor quiera descubrirnos, con generosidad de espíritu para emprender los caminos que se abren ante nosotros aunque no los entendamos o nos parezca que nos puede costar recorrerlos.
En el evangelio Jesús dará gracia al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos. Es como tenemos que hacernos nosotros. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Mientras nos creamos los entendidos no llegaremos a descubrir los designios de Dios para nuestra vida. Tenemos que descalzarnos de muchas cosas. Si lo hacemos podremos escuchar también al Señor que nos dice: ‘Yo estoy contigo’.


martes, 14 de julio de 2015

No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida


No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida

Éxodo 2,1-15; Sal 68; Mateo 11,20-24
Nos cuesta ver las señales de Dios en nuestra vida. Nos hacemos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales y las llamadas Dios. Luego nos quejamos de que Dios no nos escucha ni atiende a lo que le pedimos, pero es que algunas veces parece que lo que queremos es que Dios obedezca nuestras ordenes, nuestras peticiones nos pudiera parecer que son ordenes que le damos a Dios para que El haga lo que nosotros queremos.
Queremos ver las señales pero a nuestro gusto, pero tenemos que abrir bien los ojos de nuestra fe para descubrir lo que son los designios de Dios en cada momento. Quizá nosotros queremos que nuestra vida marche en un sentido, pero Dios nos está pidiendo otras cosas. Muchas veces nos sucede así y no terminamos de descubrir cómo se manifiesta ese amor de Dios en nuestra vida. Siempre hemos de tener la seguridad de que Dios nos ama, somos los amados de Dios.
En nuestros apuros y necesidades acudimos al Señor para que nos atienda en aquello que necesitamos, el Señor nos escucha y su respuesta, aunque nos parezca que no nos concede aquello que le pedimos, va quizá a abrirnos caminos nuevos en nuestra vida. Nos hace falta constancia en nuestra oración, pero también espíritu de humildad para en silencio abrirnos a Dios, aun en medio de lo incomprensible, y terminar de descubrir lo que es el designio de Dios para nuestra vida. La respuesta pudiera tardarnos, pero hemos de tener esperanza y confianza en el designio amoroso de Dios para nuestra vida.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a las ciudades de Betsaida y Corozaín, pueblos allí cercanos al lago de Tiberíades donde Jesús estaba realizando su labor y que podían haber sido testigos de muchos milagros, de muchos signos que Jesús realizaba y escuchado sus palabras, su predicación, pero que no terminaban de dar señales de conversión. Y lo mismo se queja de Cafarnaún que se había convertido como en el centro desde el que Jesús luego partía hacia las otras aldeas, los otros lugares.
Cuantas cosas buenas se realizan en nuestro entorno, cuántas señales nos está poniendo Dios de su presencia. Hemos de aprender a descubrir eso bueno que hay en los demás, hemos de aprender a leer los acontecimientos que suceden en nuestro entorno para sacar la lección, para descubrir lo que Dios nos va pidiendo, nos va diciendo y que todo eso nos valga para mejorar nuestra vida, para unas nuevas actitudes, para una nueva manera de actuar. Quizá Dios nos está pidiendo que intervengamos en esos asuntos, en esos acontecimientos, que pongamos también nuestro esfuerzo, nuestro granito de arena para ir haciendo que nuestro mundo sea mejor.
No nos hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor.

lunes, 13 de julio de 2015

Dios es el único Señor de nuestra vida y nada tiene que apartarnos de ese amor de Dios viviendo en su Reino

Dios es el único Señor de nuestra vida y nada tiene que apartarnos de ese amor de Dios viviendo en su Reino

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1
El evangelio no lo podemos leer ni considerar en sus partes por separado como si unos pasajes no estuvieran en relación con los otros o nos pudieran decir cosas contrarias a las que se nos dicen en otro lugar. Hemos de mirarlo siempre en su conjunto, porque en fin de cuentas es el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura en nuestro mundo.
Las palabras que hoy escuchamos pudieran en una primera lectura parecernos fuertes y exigentes, pero si consideramos que lo que Jesús nos anuncia es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo lo podremos entender en toda su profundidad. Creer en la Buena Noticia del Reino de Dios que llega es la primera invitación de Jesús. Si aceptamos el Reino de Dios o lo que es lo mismo que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida, todo lo que quisiéramos poner en su lugar estaría alejándonos del Reino de Dios. Nada ni nadie puede ocupar en nuestra vida el lugar de Dios, sabiendo por otra parte que cuando reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra existencia todas esas realidades de nuestra vida las vamos a vivir con una plenitud mejor.
Cuando hoy Jesús nos dice que quien prefiere a su padre o a su madre, a su hijo o a su hija antes que Dios no es digno de El, no significa que no tengamos que amar a nuestro padre o nuestra madre, nuestro hijo o nuestra hija, sino que Dios está por encima de todo y desde ese amor de Dios es como vamos a amar a nuestro padre o madre, o hijo o hija. Claro que si alguno de ellos se opone a ese amor que le tenemos a Dios por encima de todas las cosas, es cuando tenemos que hacer la opción.
No es fácil muchas veces ese camino del Reino de Dios. Tendrá sus exigencias para nuestra manera de vivir o de ver las cosas, por eso no hemos de temer la cruz del sacrificio y de la renuncia; por eso no hemos de temer dar la vida por la causa del Reino de Dios porque es como vamos realmente a alcanzarla en plenitud.
Eso hará que muchas veces podamos encontrarnos turbados en nuestro corazón; surge la duda, la incertidumbre, nos puede faltar esa paz y esa serenidad interior. Por eso nos dice Jesús que viene a traernos guerra; es esa lucha interior que hemos de mantener en ese camino de fidelidad que queremos vivir; será quizá esos encontronazos que podamos tener con los que están cercanos a nosotros cuando se oponen a que sigamos nuestro camino de fidelidad al Reino de Dios que queremos vivir. Es de lo que nos habla Jesús hoy.
Pero nos dirá también que lo mínimo que podamos hacer no se quedará sin recompensa. No es que busquemos recompensas terrenas o humanas, sino que alcanzaremos ese premio de la paz que el Señor nos dará en su plenitud. Y lo mismo a aquellos que nos acojan y acepten en ese camino de fidelidad que queremos vivir.
‘El que pierda su vida por mi y por el Reino de Dios, la encontrará’. Es la plenitud de vida a la que aspiramos y que solo vamos a encontrar en los caminos del Señor, en los caminos del evangelio.

domingo, 12 de julio de 2015

Elegidos y enviados solo con sandalias en nuestros pies y un bastón en nuestra mano pero con el corazón ardiente de amor para ser profetas en medio de nuestro mundo

Elegidos y enviados solo con sandalias en nuestros pies y un bastón en nuestra mano pero con el corazón ardiente de amor para ser profetas en medio de nuestro mundo

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13
‘Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá, come allí tu pan y profetiza allí’, le dice el sacerdote del santuario de Dios a Amós. ‘No soy profeta ni hijo de profetas - no soy profeta de profesión - solo soy un pastor y cultivador de higos’. Pero el Señor le había llamado. Allí tenía que profetizar denunciando aquel mundo de corrupción en que vivía el reino de Israel, donde los ricos banqueteaban y se acostaban en camas de marfil mientras los pobres no tienen nada que comer. Y el profeta habla claro; molestan sus palabras y el sacerdote de Betel le llama visionario y que se marche a su tierra.
Pastores y cultivadores de higos quizá necesitamos también que nos digan palabras proféticas; no los profesionales de las visiones, sino quienes tengan en verdad la visión de Dios en su corazón y sean capaces de decirnos palabras valientes de denuncia para recordarnos lo que de verdad Dios quiere de nosotros. Nos pueden resultar duras e incomodas, como le resultaban las palabras de Amós al sacerdote del santuario de Dios. También podemos sentir la tentación de llamar visionarios a los que nos hablen claros y querremos hacerlos callar porque nos molesten sus palabras.
Pero hay una cosa que no hemos de olvidar. Esta Palabra que en este domingo se nos proclama en el nombre del Señor nos está recordando a los que seguimos a Jesús que hemos de ser esos profetas, que escuchemos en nuestro corazón esa Palabra de Dios pero que la proclamemos con valentía en medio del mundo en el que vivimos. No son solo los que podríamos llamar los profesionales de las cosas de Dios los que tienen que anunciar esta palabra valiente al mundo. Desde nuestra unión con Cristo en el Bautismo cada uno de los cristianos - y no hace falta que sean solo los consagrados, los sacerdotes o los religiosos - hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Hoy en el evangelio, es cierto, escuchamos la llamada especial que Jesús hizo a Doce de entre sus discípulos para que sean los apóstoles enviados en su nombre a hacer el anuncio del Reino. Pero creo que hemos de saber entender que esa llamada y ese envío de Jesús nos afectan a todos los que creemos en su nombre. A todos nos pone en camino Jesús.
Somos los enviados en nombre de Jesús con unas sandalias en nuestros pies y con un bastón en la mano. No nos pide Jesús que llevemos nada más sino el mensaje. Un mensaje que no es nuestro ni que vamos a hacer en nuestro nombre o con nuestro poder. Por eso nos pone así en camino, con un par de sandalias y un bastón en la mano. Somos los enviados que itinerantes hemos de ir a nuestro mundo; no podemos pararnos ni detenernos de ninguna manera ni en otra cosa hemos de apoyarnos sino es en el nombre de Jesús.
Enviados a los pobres y a los que sufren, a los que están atormentados en su espíritu y a los que nada tienen, a los que están atenazados con el dolor de tantas cosas que queman el alma pero que hacen también sufrir el cuerpo y a los que andan extraviados como ovejas sin pastor; por eso no podemos quedarnos encerrados en nosotros ni en los nuestros sino que siempre hemos de estar en camino de búsqueda de todo el que sufre; no podemos ir haciendo ostentación de nuestras cosas ni nuestros poderes sino con la pobreza de unas sandalias y de un bastón porque quien en verdad hará llegar la salvación a todos es el Señor y para su gloria nosotros nos sentimos sus instrumentos.
La tarea es inmensa porque el anuncio de ese mundo nuevo ha de hacerse a todos para que todos se puedan sentir invitados a volver sus corazones a Dios; pero además a cuantos están atenazados por el maligno nosotros hemos de llevarles la liberación de quien venía a traer la libertad a todos los oprimidos y para eso derramó su sangre en la cruz para poner paz en todos los corazones y derribar los muros de odio que nos separaban; a cuantos llevan la cruz del sufrimiento sobre sus cuerpos o su espíritu nosotros hemos de ungirlos con el óleo de la alegría que nos trae la salud y la salvación. ¡Cuánto tenemos que hacer y de lo que no podemos escaquearnos!
Nuestra tarea tiene que convertirse en gesto profético que grite ante el mundo que nos rodea que no podemos permitir que el mal, la injusticia, la mentira, el odio y todos esos males sigan imperando en nuestro mundo, sino que todos hemos de comprometernos a hacer un mundo nuevo y mejor. Nosotros lo llamamos Reino de Dios, porque queremos que Dios sea en verdad el centro de todos los corazones y de toda la historia porque es el que nos trae la verdadera libertad y nos enseña los verdaderos caminos que nos pueden llevar a ese mundo mejor.
Cultivadores de higos o pastores como aquel profeta del antiguo testamento o pescadores como la mayoría de los apóstoles escogidos por Jesús, cada uno desde nuestro lugar, desde nuestra profesión, desde nuestros trabajos y las responsabilidades que desempeñemos en la vida en medio de nuestra sociedad, porque somos creyentes en Jesús, porque somos sus seguidores y elegidos hemos de ser esos profetas en medio de nuestro mundo. Y claro que no será una tarea que hagamos solos o por nuestra cuenta, porque hemos sido enviados de dos en dos con todas sus consecuencias.
Hace falta cristianos valientes en nuestra sociedad, en todos los ámbitos en que desarrollemos nuestra vida, que proféticamente anunciemos con nuestra vida y nuestro compromiso esa palabra buena que en nombre de Jesús podemos decir para la salvación de nuestro mundo, para hacer que nuestro mundo sea en verdad mejor y vaya desapareciendo tanto mal y tanto sufrimiento que nos causamos los unos a los otros. Podrán querer hacernos callar y llamarnos visionarios, pero hemos de tener muy claro que somos profetas porque el Señor así nos ha elegido y nos ha enviado. Con fidelidad hemos de realizar nuestra misión.
Es el compromiso al que el Señor nos llama y nos envía con unas sandalias en nuestros pies, un bastón en nuestra mano, pero con el fuego del amor en el corazón.

sábado, 11 de julio de 2015

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29
‘Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo... Necesitamos hombres como Benito de Nursia, quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecassino, la ciudad sobre el monte que, con tantas ruinas, reunió las fuerzas de las que se formó un mundo nuevo. De este modo Benito, como Abraham, llegó a ser padre de muchos pueblos’.
Así escribía Benedicto XVI, cuando aun no era Papa, sobre san Benito de Nursia de quien tomaría su nombre para su pontificado, a quien hoy estamos celebrando. Creo que es el gran mensaje que recibimos de este santo en su fiesta. Como siempre son las figuras de los santos para los cristianos, un estímulo para nuestra vida con su testimonio. No nos podemos quedar simplemente en hacer una fiesta cuando celebramos un santo. No nos podemos quedar en el recuerdo quizá de unos milagros que en su vida realizaron y que ahora pedimos con su intercesión ante nuestros problemas.
La vida de los santos para nosotros los cristianos tiene que ser mucho más. Son ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que nosotros en consecuencia hemos de dar ante el mundo. Su vida retira y ascetica, su espíritu de oración al mismo tiempo que su compromiso en el trabajo son para nosotros, repito, un estimulo y un ejemplo de cómo nosotros quizá en el medio del mundo, allí donde hemos de realizar nuestra vida, hemos de aprender a santificarnos en nuestro trabajo.
Siguiendo las palabras de Jesús que invitaba a los discipulos a dejarlo todo para seguirlo él optó por una vida retirada en el silencio y la oración. ‘Vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego vente conmigo y sígueme’, le pedía Jesús al joven del Evangelio.Y un día los apostoles lo dejaron todo - redes y barcas - para seguir a Jesús. Y Jesús promete la vida eterna para quienes lo dejen todo y le sigan.
Es lo que contemplamos en San Benito a quien consideramos el padre del monaquismo en el occidente, como fundador de la orden benedictina con aquellos que junto a él se retiraron en Montecasino. Pero el lema de su vida y para sus monasterios fue el de oración y trabajo, ‘ora et labora’.
Aunque quizá no vivamos una vida retirada del mundo, sino que vivimos en medio del mundo también ha de ser un lema para nuestra vida. Con nuestro trabajo, con el cumplimiento de nuesstras responsabilidades hemos de santificarnos, pero lo haremos desde la fuerza de la oración, de nuestra unión con el Señor. Por eso no puede estar al margen de nuestra vida de cada día nuestra oración,  nuestro encuentro con el Señor, sino que ha de ser el centro de nuestra vida desde donde encontramos la fuerza y la gracia para vivir nuestra santidad.
Nuestra vida santa en medio del mundo con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos ha de ser también ese testimonio que ofrezcamos hoy y con el que hagamos también creible ese evangelio que tratamos de vivir. En san Benito encontramos ejemplo, estimulo y también su intercesion para alcanzarnos la gracia del Señor.

viernes, 10 de julio de 2015

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino


Jesús había escogido a doce de entre sus discípulos para constituirlos apóstoles. Iban a ser como el primer núcleo de la comunidad de los que seguían a Jesús, pero a ellos ya les confía la misión que luego sería para todos los discípulos. Ir por el mundo anunciando la Buena Nueva del Evangelio. Lo hemos venido escuchando estos días. Hemos de llevar la buena noticia de la paz que es llevar la buena noticia del Reino de Dios. 
Lo hemos reflexionado. Pero Jesús ya les da a entender que no siempre iban a ser bien recibidos. Escuchábamos ayer las palabras de Jesús. ‘Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies’. No siempre esa paz será bien recibida, sino más bien rechazada como también podían ser rechazados quienes llevasen ese mensaje.
Es a lo que nos previene hoy Jesús en el evangelio en continuación de aquellas recomendaciones que Jesús les hacía. ‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. Y anuncia Jesús persecuciones de todo tipo. Pero les dice, nos dice: así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’. Tenemos ocasión de dar testimonio de Jesús. No serán solo nuestras palabras sino que será el testimonio de nuestra vida, de nuestra fidelidad hasta el final.
Pero fijémonos que nos hace unas recomendaciones muy especiales. ‘Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Sagaces, nos dice, atentos, vigilantes, para distinguir lo bueno de lo malo, para no dejarnos engañar ni seducir por falsas palabras o promesas. El mundo que nos rodea nos puede confundir. Nos presentan tantas cosas como buenas, nos dicen eso no tiene importancia, eso es una cosa pequeña y que no tiene valor. Hoy todo se nos quiere presentar igual de bueno, todo les parece igual, pero hemos de saber distinguir; nos dicen que seamos tolerantes pero no nos podemos dejar confundir y solo tenemos que buscar lo que es verdaderamente bueno. Sagaces, vigilantes, que no nos confundan, todo tiene su valor y su importancia.
No nos podemos dejar engañar por ese mundo que nos rodea tan materialista, tan sensual, provocativo, que insensibiliza su corazón, que solo piensa en si mismo y en su propia felicidad, que va excluyendo y separando a los que considera que menos valen, que minusvalora a los que parecen débiles, que discrimina a los que no son de los suyos, donde parece que el mundo es solo para los que se presentan fuertes en sus violencias, en sus engaños, en sus orgullos o en sus falsos poderes. Sagaces, vigilantes nos dice Jesús que hemos de ser para no dejarnos engañar, para hacer el anuncio verdadero del Reino de Dios.
Pero nos dice también ‘sencillos como palomas’, humildes, dejando a un lado apetencias mundanas; no temiendo presentarnos débiles porque sabemos que nuestra fuerza está en el Señor; no es con nuestros orgullos o poderes humanos, materiales, avaros por las riquezas materiales,  violentos como tenemos que presentarnos o como queramos imponernos. Ese no es el camino del evangelio. Ya les dirá Jesús a los discipulos que entre ellos no puede ser, no se puede actuar a la manera de los poderosos de este mundo, sino que la grandeza está en el servir, en el ser capaz de hacerse el último y el servidor de todos.
Será la forma en que haremos creible nuestro mensaje. Es la manera como tenemos que actuar los discipulos de Jesús. Es el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer.

jueves, 9 de julio de 2015

Con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús tenemos que ser siempre mensajeros y constructores de la paz

Con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús tenemos que ser siempre mensajeros y constructores de la paz

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15
‘ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca…Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis… Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella...’ Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Reino. Jesús nos envía a anunciar el Reino. ¿Cuál es el mensaje? ¿Cuál es el anuncio? Lo primero que han de trasmitir es la paz.
Es algo que se repite siempre en la historia de la salvación. Podríamos recordar muchos hechos, pero como más cercano, el ángel a María en Nazaret. Cuando se manifiesta el Señor a través de su ángel lo primero que siempre quiere trasmitir es paz. ‘No temas… no temáis…’ lo escuchamos repetir muchas veces. Y recordemos también que es el saludo pascual de Cristo resucitado. Cuando están reunidos en el Cenáculo sus primeras palabras son un saludo de paz. ‘La paz con vosotros’.  Hoy nos dice: ‘Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz’
¿Cómo no vamos a llevar la paz si llevamos el anuncio, la Buena Nueva de Jesús? Las buenas noticias siempre producen regocijo y paz en el alma. Tenemos que ser mensajeros de paz, pero también constructores de la paz.
Con el anuncio de la Buena Noticia hemos de dar señales de un mundo nuevo. Recordemos cómo nos envía a curar y a desterrar el mal del corazón del hombre. Son las señales que hemos de dar. Y cuando nos sentimos liberados interiormente del mal, porque alcanzamos el perdón, porque comenzamos una vida nueva, porque desaparecen todas las barreras y obstáculos que nos dividen o nos impiden acercarnos los unos a los otros, cuánta paz sentimos en nuestro corazón, cuánta paz vamos sembrando en el mundo. Daremos las señales del Reino de Dios.
Lástima que en nombre de religión y de Dios tantas veces hayamos hecho la guerra; qué incomprensible que quienes queremos estar llenos de Dios porque ponemos toda nuestra fe en El sin embargo ni tengamos paz en el corazón, ni logremos la paz con los que nos rodean ni seamos sembradores de paz. Algo nos falla. El mal, es cierto, nos esclaviza por dentro, nos ciega o nos encierra en nosotros mismos. Y cuando andamos así dominados por el mal no podemos tener paz, no podemos disfrutar de esa paz ni trasmitirla a los demás. ‘Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz’, tenemos que pedir una y otra vez.
Seamos en verdad constructores de paz; sintamos paz en nuestro corazón y contagiemos de esa paz a los que nos rodean. Es el más hermoso mensaje que podemos trasmitir. Lo contrario no tendría sentido. Es la contribución que en el nombre de Jesús hacemos para construir un mundo mejor. ¿Será ese de verdad el mensaje que la Iglesia trasmite hoy a nuestro mundo? ¿Será ese nuestro mensaje y compromiso?


miércoles, 8 de julio de 2015

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

La misión de los discípulos de Jesús es la misión de la Iglesia de todos los tiempos, es nuestra misión: Hacer el anuncio de la Buena Noticia

Génesis 41,55-57;42,5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
‘Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y a continuación el evangelista nos da el nombre de los doce a los que ha llamado y constituido apóstoles. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Es la misión de los discípulos de Jesús; es la misión de la Iglesia de todos los tiempos; es nuestra misión. Hacer el anuncio de la Buena Noticia; y la Buena Noticia es que llega el Reino de Dios; y en ese Reino de Dios no hay lugar para el mal. Por eso Jesús les da autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Pero quizá nos quedamos en las palabras y no es algo que llevamos a la vida, al anuncio que hemos de hacer con nuestras obras.
Hablamos quizá de espíritus inmundos y pensamos en diablos que están lejos de nuestra realidad; hablamos de curar dolencias y enfermedades y nos quedamos en solo las enfermedades de nuestro cuerpo. Pero creo que tendríamos que ahondar mucho más en ello para que de verdad hagamos algo muy práctico y real. Y entonces tenemos pensar en ese mal que se nos mete en el corazón cuando lo encerramos en nuestros egoísmos y orgullos, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras violencias y por las vanidades de la vida, en esos resentimientos y rencores que no terminamos de curar, en esas ambiciones que nos ciegan y nos hacen correr detrás del poder llamese dinero o influencia, llámese dominio y manipulación de los que nos rodean o imposiciones que hacemos sobre los demás.
Son las cosas que tenemos que curar; son los espíritus malos que tenemos que expulsar; es la transformación que tenemos que ir haciendo de nuestro mundo para que en verdad pueda ser ese Reino de Dios.
Como he leído en un comentario a este texto del evangelio: ‘Hay que abrir los corazones al mensaje de Jesús, al Dios Padre que quiere cambiar las condiciones de este mundo: borrar la enfermedad, las dolencias, los corazones impuros… demostrar como Jesús que el Reino ha venido para asentarse entre los pecadores, los pobres, los marginados, los que están abiertos a la palabra de Dios y esperan y confían en su gran misericordia’.
Creo que este evangelio nos tiene que interpelar profundamente para preguntarnos seriamente si vivimos ese Reino de Dios en nosotros y cómo estamos haciendo presente ese Reino de Dios en nuestro mundo. Porque aquel mandato de Jesús que escuchamos en el Evangelio son palabras de Jesús que tenemos que seguir escuchando hoy. Somos nosotros los que ahora, en este momento concreto, en este mundo concreto, con nuestras nuevas actitudes empapadas del sentido del Evangelio, los que tenemos que hacer ese anuncio del Reino de Dios.
¿Lo estaremos haciendo de verdad? Los que nos ven, ¿notarán en nosotros que creemos en Jesús y en el Reino que Jesús nos proclama y que lo vivimos? Porque nos llamamos cristianos y nos creemos buenos pero quizá no mostramos, por ejemplo, ninguna preocupación por los que a nuestro lado se sienten solos. En muchas cosas concretas tendría que notarse ese Reino de Dios en nosotros.

martes, 7 de julio de 2015

Arranquemos de nuestro corazón la malicia, la desconfianza y el orgullo que nos hacen desconfiar de los demás

Arranquemos de nuestro corazón la malicia, la desconfianza y el orgullo que nos hacen desconfiar de los demás

Génesis 32, 22-3; Sal 16; Mateo 9,32-38
¿Por qué tendremos que andar en la vida con sospechas y desconfianzas en nuestra relación con los que nos rodean? ¿Por qué siempre tenemos esa malicia en nuestro corazón para desconfiar de las intenciones o los intereses de los demás pensando o sospechando de intenciones ocultas en lo que hacen los otros, incluso en lo bueno?
Con lo bueno y lo bello que sería si fuéramos capaces de quitar esas malicias y desconfianzas para aceptarnos y respetarnos y para saber apreciar lo bueno que siempre hay en los demás. No llegamos a ser felices de verdad en nuestras relaciones con los demás por esa malicia que dejamos meter en el corazón. Una malicia que muchas veces la provoca el orgullo que nos invade con el que nos creemos que somos nosotros los únicos que sabemos hacer las cosas o los únicos que las hacemos siempre bien.
Aprendamos a descubrir lo bueno de los demás. Valoremos lo bueno que hay también en los otros. Aceptemos su buena voluntad, aunque también puedan equivocarse, que nosotros también nos equivocamos. Siempre hay algo bueno en los otros, que si lo valoráramos más ayudaríamos también a que los otros se superen de la misma manera que nosotros también nos sentiremos impulsados a superarnos y crecer humana y espiritualmente.
Me ha venido esta reflexión que a todos nos puede ayudar el contemplar el evangelio de este día. Como nos dice el evangelista ‘presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Echó al demonio, y el mudo habló’. La primera reacción de la gente es sentir admiración por lo que Jesús ha realizado. ‘Nunca se ha visto en Israel cosa igual’, reconocemos aquella buena gente en la que no hay ninguna malicia y abre su corazón a la acción de Jesús.
Pero por allí estaban los fariseos que comenzaron a comentar y a sembrar la desconfianza: ‘Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’. Un absurdo como tratará Jesús de demostrarles en otra ocasión, porque así parecería que el demonio estuviera luchando contra sí mismo. Como decíamos antes aparece la malicia y el orgullo para no aceptar la obra de Jesús.
Creo que seria la gran lección que hoy tendríamos que aprender de este encuentro y reflexión con la Palabra de Dios. En la vida no nos podemos dejar conducir por la malicia y la desconfianza. A la larga será nuestro corazón el que se vaya corroyendo por dentro y llenándonos de amargura, porque la envidia a quienes más nos hace daño es a los que la dejamos meter en nuestro corazón. La malicia, el orgullo, la envidia nos quitan la paz del corazón, y si no hay paz en nosotros no podremos en verdad ser felices.
En lo bueno que vemos en los demás lo que tendríamos que saber encontrar es un estímulo para nosotros superarnos, para nosotros intentar hacer bien las cosas, para mejorar nuestra vida, para crecer humana y espiritualmente. Así podremos ir alcanzando verdaderas cotas de felicidad en una respetuosa convivencia y colaboración caminando juntos y buscando siempre lo mejor que podamos ofrecer a cuantos nos rodean para hacer un mundo mejor.

lunes, 6 de julio de 2015

Quienes nos ven tendrían que lo que decía Jacob: Realmente el Señor está aquí… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo

Quienes nos ven tendrían que lo que decía Jacob: Realmente el Señor está aquí… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo

Génesis 28, 12- 22; Sal 90; Mateo 9,18-26
‘Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y, sobrecogido, añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo’. Jacob había tenido un sueño en el que a través de diversos signos - la escalera que escalaba hasta el cielo - había sentido la presencia y la gloria del Señor. Ahora quiere que aquel lugar sea para siempre un signo de la presencia de Dios, un lugar santo, un lugar sagrado, levantando allí una piedra como estela y derramando aceite sobre ella como signo de consagración.
Los hombres de todos los tiempos en todas las religiones han tenido sus lugares sagrados asociando dicho lugar a la presencia de Dios. Nosotros los cristianos tenemos también esos lugares sagrados, desde aquellos sitios en los que estuvo la presencia de Jesús en su encarnación en la tierra y en su muerte y resurrección, como en tantos templos que levantamos para el culto del Señor en medio de nuestras comunidades y que se convierten así en medio del mundo en un signo de la presencia de Dios en medio de nosotros.
Quienes hemos tenido la gracia de poder visitar la tierra santa que pisó Jesús nos gusta y nos llena de emoción estar en aquellos lugares que nos recuerdan la presencia de Jesús y su acción salvadora en medio de nosotros; así con devoción acudimos a Belén lugar de su nacimiento, o nos acercamos al calvario lugar de su muerte, sepultura y resurrección; visitamos Nazaret o el Jordán, acudimos al cenáculo o recorremos la calle de la amargura, bajamos a Getsemaní o subimos el monte de los Olivos recordando su entrada en Jerusalén o su Ascensión a los cielos. Todo lo vivimos con emoción como una gracia del Señor porque aquellos lugares se nos convierten en signos de ese paso salvador de Dios en medio de nosotros.
Igual que en nuestros pueblos tenemos nuestros templos que solemos llamar Iglesias por ser el lugar donde se reúne la comunidad, la Iglesia, para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la salvación con los sacramentos, tenemos también otros lugares de especial significado de esa presencia sagrada de Dios en nuestros santuarios ya sean dedicados a la Virgen o al Señor o nos recuerden también a aquellos que nos precedieron y con su vida santa se convierten también para nosotros en signos de esa presencia de Dios en medio del mundo.
Veneramos esos lugares, sentimos una presencia especial del Señor en ellos, se convierten para nosotros en medio del mundo en signos de esa presencia de gracia de Dios. Nuestros templos no pueden quedarse en unos monumentos artísticos o históricos, por muchos que sea el arte o la historia que se encierren en ellos, sino que tienen que ser siempre esos signos que nos recuerden esa presencia de Dios. Por eso son para nosotros lugares especiales para la celebración del culto.
Pero no olvidemos una cosa. ¿Quién es el verdadero templo de Dios? Recordemos que Jesús nos hablaba de destruir y reconstruir este templo, refiriéndose a su cuerpo, porque Cristo es el verdadero templo de Dios en medio de nosotros. Pero sí, hay una cosa que no podemos olvidar, que nosotros también somos esos templos del Espíritu, esa morada de Dios. Así hemos sido purificados y consagrados en nuestro bautismo. Así Dios quiere habitar en nosotros, porque ya nos dice Jesús que si escuchamos su palabra y cumplimos su mandamiento El y el Padre vendrán a nosotros y harán morada en nosotros.
También de nosotros se ha de decir aquello que decía Jacob: ‘Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía… no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo’. Eso hemos de ser nosotros. Eso hemos de vivir y sentirnos también sobrecogidos por esa grandeza que el Señor nos ha concedido y que nos obligará a vivir más santamente. Lo hemos de tener muy en cuenta como exigencia para la santidad de nuestra vida, pero también porque así nosotros hemos de convertirnos para los demás en signos de esa presencia y esa gracia del Señor.
Quienes nos ven tendrían que ver en nosotros esa presencia de Dios en medio del mundo. Tremenda grandeza y tremenda responsabilidad.

domingo, 5 de julio de 2015

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Nos asombramos ante las maravillas de Dios y nos dejamos transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor.12, 7-10; Mc. 1-6
Los paisanos de Jesús en Nazaret estaban asombrados pero no convencidos. Hasta ellos habían ido llegando noticias de que Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero, el pariente de Santiago y José, y Judas y Simón, cuando había venido del Jordán iba recorriendo desde Cafarnaún las aldeas de Galilea e iba enseñando algo nuevo: que llegaba el Reino de Dios y había que creer esa buena noticia; al mismo tiempo les contaban cómo hacía milagros porque curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios.
Ahora había vuelto por su pueblo y el sábado se adelantó en la sinagoga a hacer la lectura y dirigir la oración con su enseñanza. Estaban asombrados. ¿Dónde había aprendido lo que ahora enseñaba? No tenían conocimiento de que hubiera asistido a las escuelas de los rabinos ni en Jerusalén ni en ningún sitio, porque la juventud la había pasado allí entre ellos en el mismo oficio que José. ‘¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?’ Aunque allí aún no había realizado ninguno.
Estaban asombrados, pero no convencidos. No terminaban de creer ni de confiar. ‘No desprecian a un profeta más que entre sus parientes y en su casa’, les había dicho. Bien sabemos que es así, porque a los más cercanos es a los que más les cuesta creer, porque creen conocerlo desde siempre y se preguntan de donde saca todas esas cosas que ahora enseña. Más tarde también los fariseos y los maestros de la ley vendrán preguntando algo así como que en qué escuela rabínica ha aprendido Jesús todas esas cosas para hablar con esa autoridad. Porque todos reconocerán que habla con autoridad, que nadie ha hablado como El; y le harán preguntas para ponerlo a prueba para ver si enseña algo contrario a la ley o a sus tradiciones.
El evangelista Marcos no nos explicita lo que fue la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret mientras en el texto paralelo de san Lucas nos habla de la lectura del profeta Isaías que anunciaba al que venía lleno del Espíritu para anunciar la Buena Nueva y proclamar el año de gracia del Señor. Marcos quisiera quizá insistir más en el asombro, pero al mismo tiempo en la falta de fe. Por eso dirá que ‘no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe’.
¿Pensaban quizá más en el Jesús taumatúrgico que en el propio mensaje que Jesús pudiera ofrecerles de la llegada del Reino de Dios? Es lo que nos puede suceder muchas veces en muchas expresiones de nuestra religiosidad. Buscar el milagro, buscar la cosa asombrosa, pero no escuchar el mensaje y hacernos participes de la salvación. Pensemos en lo que buscamos muchas veces en nuestras visitas a los santuarios de mayor devoción. La salvación que buscamos se nos puede quedar en la búsqueda del remedio para nuestros males, para nuestras necesidades materiales o nuestras enfermedades, pero no llegamos a ahondar lo suficiente para sentir cómo el Señor con su salvación llega a nosotros para transformar nuestros corazones.
Es esa transformación del corazón lo que tendríamos que buscar para vivir esos valores nuevos que Jesús nos ofrece en la Buena Noticia del Evangelio. Que arranquemos de nosotros esas actitudes negativas, esas posturas de comodidad o de rutina, esos planteamientos egoístas y materialistas que nos hacemos en la vida que nos encierran en nosotros mismos y en nuestros intereses, esos resentimientos y envidias que nos amargan el corazón y con los que amargamos y hacemos sufrir también a cuantos están a nuestro lado, esas violencias que aparecen muchas  veces en nuestras reacciones con las que podemos hacer daño a los demás.
Ese es el verdadero milagro que Jesús quiere hacer en nuestra vida transformando nuestro corazón. Es la Buena Noticia que Jesús viene a traernos, de que es posible que seamos ese hombre nuevo que El quiere de nosotros y que es posible hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la garantía de su gracia, de su presencia, de su Espíritu que estará siempre con nosotros.
Que se despierte la verdadera fe en nuestros corazones. Que en verdad queramos escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos, no quedándonos solamente en el asombro, sino que demos pasos en esa transformación del corazón. Sí, nos sentimos asombrados ante sus maravillas, ante su Sabiduría infinita de la que queremos beber, cantamos nuestra alabanza al Dios bueno que tanto nos ama, pero al mismo tiempo nos dejamos conducir por su gracia, por la fuerza de su Espíritu, porque además todo eso que recibimos del Señor hemos de comunicarlo, trasmitirlo a los demás, contagiándolos de esa fe y de esos deseos de un mundo mejor.
Nos asombramos ante las maravillas de Dios, ante la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en Jesús y nos queremos dejar transformar por su Espíritu para hacer nacer un hombre nuevo y un mundo nuevo.


sábado, 4 de julio de 2015

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Hemos de ser el hombre nuevo de la gracia que se deja conducir por el Espíritu que todo lo renueva

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Mateo 9, 14-17
Cuántos propósitos nos hacemos casi cada día. Es cierto que queremos ser mejores, corregirnos de ciertas cosas que nos damos cuenta que no son tan buenas, desearíamos tener siempre buenas actitudes hacia los demás, pero quizá nos damos cuenta que muchas veces las cosas se nos quedan en buenos deseos y no avanzamos como nos gustaría. Esto que nos sucede en la vida de cada día en su aspecto más humano y si queremos decir más terreno, nos sucede en nuestra vida espiritual y en todo lo que compromete nuestra vida cristiana.
Quizá nos suceda que vamos poniendo parches o remiendos en nuestra vida pero nos hemos planteado seriamente la radicalidad de lo que significa ser cristiano, ser discípulo de Jesús, vivir el Reino de Dios plenamente en nuestra vida. Es cierto que las batallas no las ganamos todas de una vez y de alguna forma hemos de ir como planificando ese camino de superación, de ascesis que hemos de ir haciendo en nuestra vida, pero hemos de tener claras las metas hacia las que aspiramos, hemos de tener claro lo que entraña querer vivir el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone que a la larga es vivir nuestra vida cristiana.
Nos hemos de dar cuenta de que esas cosas que iremos haciendo en ese camino de superación y de purificación interior no son metas en si mismas, sino que todo eso ha de ayudarnos a alcanzar esa meta final de vivir el Reino de Dios en toda su plenitud, que ahora en este vida lo iremos siempre viviendo imperfectamente a causa de nuestras flaquezas y debilidades, pero que tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud en Dios.
Los discípulos de Juan y los fariseos vienen a plantearle a Jesús ‘cositas’ podemos decir cuando le preguntan si sus discípulos ayunan o no ayunan; para ellos lo de ayunar se había convertido en algo así como un reglamente que hay que cumplir y parecía que la meta estaba en ello. Jesús quiere que le demos otro sentido a las cosas que hagamos incluso en ese sentido penitencial. No es el ayuno o la penitencia la que nos salva, porque quien nos salva es Jesús que es el único Salvador. Pero ese ayuno o esa penitencia serán unos peldaños que nos tienen que ayudar a ir subiendo en esa purificación interior, en ese camino de superación para alcanzar a vivir las actitudes profundas del Reino de Dios.
No son remiendos los que hemos de poniendo en nuestra vida con las cosas que hagamos, sino que hemos de buscar ser ese hombre nuevo del que nos habla san Pablo, o esos odres nuevos de los que nos habla hoy Jesús en el evangelio. No es vestirnos por fuera como si todo se quedara en apariencia, sino que ha de ser el cambio interior, profundo que nos haga ser hombres nuevos.
Por eso nos dice hoy que a vino nuevo, odres nuevos. Es el vino nuevo del Reino de Dios que nos ha de hacer en verdad ese hombre nuevo de la gracia. Y digo hombre nuevo de la gracia, porque no es solo cuestión de voluntarismo por nuestra parte, sino que es cuestión de gracia, de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que es quien lo transforma todo.

viernes, 3 de julio de 2015

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Ansia de conocimiento y sabiduría que nos lleva a querer experimentar en nosotros la presencia viva de Cristo resucitado

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29
El hombre quiere saber, todos queremos saber, conocer, tener las cosas claras. Es el deseo de sabiduría que todo ser humano lleva como inscrito en su corazón. Algunas veces quizás nos contentamos con superficialidades, pero se ve la madurez de la persona en esas ansias de conocimiento y saber que le hace preguntarse cada día con mayor profundidad por la razón de ser de las cosas y de la vida.
En ese deseo de conocer y saber queremos experimentar las cosas y no nos contentamos con cualquier cosa. Aquello que experimentamos por nosotros mismos parece que nos da mayor certeza y seguridad, pero también es humano el confiarse en el conocimiento que los otros desde su experiencia y su propio conocimiento nos puedan trasmitir.
Yo diría que es la inquietud que hay en el corazón de Tomás, en el texto del evangelio que hoy escuchamos, cuando estamos celebrando su fiesta. Es cierto que Jesús le dice que no sea incrédulo sino creyente, porque en fin de cuentas lo que le está señalando es que debía de haberse confiado de sus compañeros los apóstoles. ‘Hemos visto al Señor’, le dijeron. Pero yo diría que es la inquietud que hay en él de querer experimentar por si mismo. Por eso habla de querer meter sus dedos en el agujero de los clavos y la mano en la herida de la lanza en el costado. Pero Jesús nos está señalando con las palabras que le dice a Tomas que tras de él vendrán muchos que van a creer por la experiencia que vivieron los apóstoles y nos han trasmitido. ‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’
Es así nuestra fe. Nos fiamos de lo que nos trasmitieron los apóstoles, porque una característica de la Iglesia es precisamente ser apostólica, porque nos basamos y creemos en la fe de los apóstoles. Pero eso no quita para que haya esa inquietud en nuestro interior, ese crecimiento interior de nuestra vida de fe hasta que lleguemos a experimentar también en nosotros esa presencia viva de Cristo resucitado.
Por ahí ha de ir nuestra inquietud. No quedarnos en un fe ciega,  aunque nos apoyemos y fundamentemos en la fe apostólica que nos ha trasmitido la Iglesia a través de los siglos, sino que hagamos tan viva nuestra fe que lleguemos de verdad a experimentar esa presencia de Cristo en nosotros. Ha de ser esa apertura constante de nuestro espíritu a Dios para sentirle, para vivirle, para hacerle vida nuestra. Ha de ser también esa profundización que cada día más hemos de hacer de nuestra fe, para llegar a conocer hondamente todo ese misterio de Dios que se nos revela, para llegar a descubrir toda la riqueza del Evangelio que se nos trasmite, para dejarnos inundar por esa fuerza del Espíritu que nos hará comprender cada vez más y mejor toda la Escritura Santa que nos trasmite la revelación de Dios.
Aquel ansia de conocimiento y de sabiduría que, como decíamos, es parte de nuestra condición humana, en este caso se tiene que convertir en ansia del conocimiento de Dios para llenarnos de esa sabiduría divina que nos hará comprender por una parte todo ese misterio de Dios, pero que al mismo tiempo nos hace descubrir el verdadero misterio y sentido del hombre, de la persona, de mi mismo llevándome a una mayor plenitud.
Pero nosotros también tenemos que ser unos eslabones dentro de esa cadena de la Iglesia a través de los tiempos para trasmitir también esa fe a los demás; como la recibimos nosotros de nuestros padres y de la Iglesia así hemos de ser trasmisores de esa fe, de esa vivencia interior de Dios a cuantos están a nuestro lado. El evangelio que recibimos nos convierte en evangelizadores y es algo que no podemos rehuir ni de lo que nos podamos escaquear. En la medida en que es más autentica y viva esa fe en nosotros será vivencia que trasmitamos a los demás. Nos hace a nosotros testigos. 
Que lleguemos a confesar de palabra y obra que Jesús es el Señor. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, como reconoció Tomás