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martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

sábado, 18 de julio de 2015

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Una vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos si sabemos hacer de ella una ofrenda de amor

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Hay personas que viven una vida oscura y silenciosa que nos pudiera parecer imperceptible o quizá infructuosa. Pero muchas veces las cosas realizadas en silencio, aunque vivimos en un mundo de prontas eficacias porque todo lo queremos de inmediato, sin embargo a la larga pueden ser mucho más fructuosas y enriquecedoras no solo para la persona en si misma sino también para los demás. En silencio y oculta está la semilla plantada bajo tierra, pero es allí donde germina y de donde nacerá una planta nueva prometedora de grandes frutos.
Escuchando el evangelio en ocasiones le hemos oído decir a Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha frente a aquel mundo de apariencias y vanidades que se habían creado los fariseos. Es cierto que también nos dirá que vean los hombres vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero nos habla muchas veces del Reino de Dios como la semilla, muchas veces pequeña e insignificante que es sembrada para que llegue un día a dar fruto.
En el evangelio de hoy se nos habla de cómo los fariseos comenzaron a atentar contra El buscando la forma de cómo acabar con El. Y Jesús se retira y cuando curaba a la gente les decía que nadie se enterase. Como diría en otro momento aun no había llegado su hora. Pero estas circunstancias que está viviendo Jesús le hace recordar al evangelista lo anunciado por el profeta acerca del siervo de Yahvé. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
El siervo de Yahvé que como cordero será llevado al matadero; el siervo de Yahvé que calladamente seguirá haciendo su obra, ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles’, pero ahí está su Palabra silenciosa que será como un grito en la conciencia de los hombres, que será como el grano de trigo que ha de morir para que dé vida. De ello nos hablará Jesús y esa es su vida, su entrega, su amor hasta el final. Y en lo que parecía un fracaso hay una victoria y un triunfo porque nos llega la salvación.
Será esa vida silenciosa, quizá oscura, aparentemente imperceptible, pero que es capaz de dar sus frutos. Muchas veces quizá tengamos que pasar por momentos así, según las circunstancias de la vida, pero hemos de aprender a ser esa semilla enterrada para que dé fruto. Tenemos que quizá morir, desaparecer, pero la luz siempre brillará, la vida permanecerá, la ofrenda de amor que hagamos de nuestra vida será valiosa, porque así nos estamos uniendo profundamente al Señor en su propia ofrenda de la Cruz. Y sabemos que tras la cruz hay vida y resurrección.

jueves, 23 de mayo de 2013


Los sacerdotes, ministros y dispensadores de los misterios de la salvación con una vida santa

Is. 52, 23-53,12; Sal 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Para gloria tuya y salvación del genero humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’. Así lo hemos expresado en la oración litúrgica. Proclamamos a Jesucristo, como sumo y eterno Sacerdote, ‘Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’, como decimos también en el prefacio. Es la fiesta que hoy celebramos.
Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio, pero que al mismo tiempo es la víctima y el altar. ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… y está sentado a la derecha de Dios’, como nos enseña hoy la carta a los Hebreos.
En el evangelio lo hemos contemplado haciendo la ofrenda e instituyendo el sacrificio de la nueva Alianza, la definitiva y eterna. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por nosotros… esta copa es la nueva Alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros’. Pero ya lo veíamos prefigurado en el canto del siervo de Yahvé que hemos escuchado con Isaías. ‘Soportó nuestros sufrimientos… fue traspasado por nuestras rebeliones… nuestro castigo saludable cayó sobre él… cargó sobre él todos nuestros crímenes… por los pecados de mi pueblo lo hirieron… entregó su vida en expiación… contado entre los pecadores, tomó el pecado de todos e intercedió por los pecadores’.
Hermosa descripción de su sacrificio y de su ofrenda. Es el Sacerdote que intercede por nosotros, pero que se ofrece a sí mismo en sacrificio para expiación de nuestros pecados. Ahí está su sangre derramada para sellar la nueva Alianza, definitiva y eterna. Es lo que contemplamos y celebramos hoy. Lo proclamamos en verdad como Sumo y eterno sacerdote.
Pero en el designio salvífico de Dios quiso perpetuar en su Iglesia su único sacerdocio. Por eso cuando hemos sido bautizados, al unirnos y configurarnos con Cristo con El nos hemos hecho sacerdotes, profetas y reyes, siendo todos los cristianos ya partícipes de ese sacerdocio de Cristo - sacerdocio real, lo llamamos con san Pedro en sus cartas -, y pudiendo ofrecer todos esa hostia viva de nuestros cuerpos también como ofrenda agradable al Padre. Recordemos la unción de nuestro bautismo que así a todos nos consagra y nos hace santos. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida.
‘Pero no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Estamos hablando del sacerdocio ministerial, del orden sacerdotal, del sacramento del Orden.
Quiere el Señor que en medio de su pueblo santo estén estos ministros sagrados, como una gracia especial, como un carisma especialísimo dentro del pueblo de Dios que ‘renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimenten con tu palabra y lo fortalecen con tus sacramentos’. He citado textualmente las palabras del prefacio con que daremos gracia al Señor en esta Eucaristía por los sacerdotes que el Señor ha llamado de manera especial y ejercen su ministerio en medio del pueblo de Dios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice Jesús a los apóstoles en la última cena cuando instituye la Eucaristía pero cuando instituye también este nuevo sacerdocio. No es ya el sacerdocio de la Antigua Alianza, sino el sacerdocio de la Nueva Alianza porque es la participación en el sacerdocio y en el ministerio de Cristo. Así tenemos los sacerdotes que configurarnos con Cristo para ser una misma cosa con El cuando vamos a ejercer su mismo sacerdocio a favor del pueblo de Dios. Así tiene que ser santa nuestra vida. Así necesitamos el apoyo de la oración del pueblo de Dios.
Hoy es un día especialmente sacerdotal. Fue el día del Sacerdocio el Jueves Santo cuando Cristo lo instituye, pero quiere la iglesia en este jueves posterior a Pentecostés de nuevo recordar este sacerdocio ministerial por el que participamos en la misión de Cristo para que los fieles oren de manera especial por los sacerdotes. ‘Concede a quienes El eligió para ministros y dispensadores de sus misterios la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’. Así hemos de pedir por los sacerdotes siempre pero hoy de una manera especial cuando estamos celebrando a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. No puede faltar nunca la oración de la comunidad cristiana por sus sacerdotes.

viernes, 29 de marzo de 2013


¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado?

Is. 52, 13-53, 12; Sal. 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19,42
Hace unos días a través de estos medios de comunicación que hoy tenemos le envié a un amigo una fotografía de la imagen de un Cristo crucificado queriendo de alguna manera hacerle llegar con dicha imagen un mensaje propio para estos días. Inmediatamente me respondió: ‘Ver eso me entristece, tío, yo no quisiera estar ahí en su lugar’, a lo que yo le respondí ‘todo lo contrario nos da paz’. ‘Sí, me respondió, pero sufrió mucho’. Y yo simplemente le añadí. ‘Gracias a que El estuvo tenemos la salvación’, y le añadí ‘es el AMOR’. Entonces me respondió ‘mirándolo así me gusta más’.
¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado? Sí, es la pregunta que quizá tengamos que hacernos en esta tarde del viernes santo. ¿Cómo lo miramos? ¿Qué es lo que vemos? Es cierto que contemplar un cuerpo desgarrado cosido al madero de la Cruz no nos es nada agradable a la vista. ‘Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ Es la descripción que con crudeza y realismo nos hacía el profeta.
Cuando levantamos los ojos a lo alto de la cruz, ¿es eso solo lo que contemplamos? Nuestra primera mirada se queda en el cuerpo dolorido de Cristo y como decía mi amigo ‘ver eso nos entristece, yo no quisiera estar en ese lugar’, no quisiéramos tener que encontrarnos frente a frente con ese dolor porque parece que nos hace daño. Pero como le decía, ‘él estuvo allí por nosotros’; en nuestro lugar, podríamos decir también; o podríamos pensar que El está allí en lo alto recogiendo todo el dolor y el sufrimientos de tantos que caminan a nuestro alrededor y a los que quizá nos cuesta mirar.
¿No nos ha pasado quizá más de una vez que vamos por la calle y allí en suelo está alguien tendiéndonos un cacharrito para que le pongamos algo porque no se atreve quizá ni a tender su propia mano y también nosotros volvemos la vista hacia otro lado porque no queremos mirar? Digo esto porque es lo más corriente que nos encontramos cada día en nuestras calles y parques o en las puertas de nuestras iglesias, pero son tantos los que pasan a nuestro lado arrastrando el dolor de su sufrimiento, de su soledad, de sus angustias, de sus penas y desesperanzas y no queremos mirar, o no queremos muchas veces enterarnos.
Mucho es el sufrimiento que hay en nuestro mundo, y pensamos en cuantos mueren de hambre y miseria a lo largo de nuestro mundo, o sufren consecuencias de guerras y violencias, pero también quizá no tan lejos muchas veces quienes padecen una cruel enfermedad sin una medicina que le alivie o una mano amiga que le acompañe en el lecho de su dolor. Son muchas las soledades y sufrimientos, las impotencias de tantos que no ven una luz para seguir caminando con esperanza. No digamos cuantos están sufriendo en estos momentos las consecuencias de la crisis económica que vivimos. La lista se haría interminable y hoy al ponerme a los pies de la cruz de Jesús y mirar a lo alto en ese cuerpo de Cristo atravesado y clavado en la cruz estoy viendo todo ese sufrimiento y ese dolor de todo tipo de tantos a nuestro alrededor. Ojalá, aprenda yo a mirar con una mirada nueva, con la mirada que Jesús desde la cruz me está enseñando a tener.
Y Jesús está ahí en la cruz y gracias a ella nos llega la salvación. Porque ahí en Jesús, ‘el que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, como nos decía el profeta, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por  nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron; maltratado, voluntariamente se humillaba, enmudecía como cordero llevado al matadero, no abría la boca, triturado con el sufrimiento entregó su vida como expiación, expuso su vida a la muerte, fue contado entre los pecadores, tomó nuestro pecado e intercedió por los pecadores’. Es la ofrenda del amor. Es el AMOR.
Sí, contemplemos el amor; mirado desde el amor las cosas se ven de distinta manera; descubramos que detrás y en el fondo de todo ese sufrimiento de Jesús en la cruz está el Amor. Obediente al Padre sube a la cruz, camina hasta el Calvario, entrega su vida por nosotros. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, había dicho en Getsemaní. ‘Aprendió, sufriendo, a obedecer’, que nos decía la carta a los Hebreos, ‘y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Contemplamos en la cruz el amor y la salvación. Pero lo contemplamos como algo palpable y real para nuestra vida y para nuestro mundo. Su entrega no es un sueño. Su entrega nos ha puesto en camino de ser un hombre nuevo para hacer un mundo nuevo. Si nos sentimos nosotros traspasados por ese amor que se destila desde la cruz de Jesús ya nuestra vida tiene que ser distinta, no podemos vivir de la misma manera cerrando los ojos en nuestros miedos o nuestra insolidaridad y necesariamente comenzaremos a hacer ese mundo mejor, ese mundo nuevo.
Ya no podremos pasar por la vida volviendo nuestra vista hacia otro lado porque el amor nos habrá abierto los ojos de un modo nuevo. Se tiene que acabar la dureza de nuestro corazón para llenarnos de verdad de la ternura de Dios, de la compasión y de la misericordia, de un amor efectivo y real que comience a amar de verdad a los hermanos. No será necesario ya que nos tiendan un cacharrito para pedirnos algo porque nosotros por adelantado tenderemos generosamente y con amor nuestra mano sin ningún miedo ni prevención. Sabremos detenernos de verdad junto al hermano para acompañarlo en su soledad, para darle una esperanza en su angustia, para poner una nota de alegría en su tristeza.
Levantemos los ojos a lo alto de la cruz de Cruz pero vayamos con esa mirada directa al hermano con el que nos cruzamos en el camino de la vida. Miremos directamente a Jesús que viene a nuestro encuentro en esta tarde de viernes santo para llenarnos de su gracia, para llenarnos de verdad de su amor.
Todo ese mal y todo ese sufrimiento se va a ver transformado desde la Cruz de Cristo. La violencia se transformará en mansedumbre, la venganza en perdón, el odio en amor, la mezquindad en generosidad, la mentira en verdad. Desde la Cruz de Jesús se han de acabar los miedos y cobardías, la insolidaridad no tiene cabida en nuestro corazón, las tristezas se han de transformar en esperanza. Desde la cruz de Jesús nos sentimos perdonados y redimidos; sentimos una paz nueva en nuestro corazón y tenemos la esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo en nuestra vida y en nuestro mundo. Desde la cruz sabemos bien lo que es la misericordia y el amor, la comprensión y el aliento para comenzar a caminar de nuevo.
Miremos a Jesús, miremos su cuerpo, sus manos, su corazón, su mirada y sentiremos que algo nuevo comienza para nuestra vida desde su amor y su entrega. La cabeza coronada de espinas de Jesús nos redime de nuestros orgullos; las manos abiertas y gastadas de bendecir y de servir  nos redimen de nuestras violencias y codicias; ese rostro ensangrentado de Cristo pero tras el cual se ven esos limpios y penetrantes nos enseñan a abandonar para siempre nuestras falsedades y cegueras; esos pies gastados y cansados de tantos caminos para hacer el bien nos esperan con paciencia y nos redimen de nuestras comodidades; ese cuerpo roto por los azotes y el sufrimiento nos redimen de nuestras crueldades; ese costado abierto de Cristo nos redime de nuestros egoísmos y desamores.
Con Cristo crucificado nos sentimos redimidos para comenzar a vivir una vida nueva que será principio de un mundo mejor. Pongámonos sin miedo a la sombra de la cruz que sabemos cierto que es camino de victoria y de resurrección. 

lunes, 2 de abril de 2012


Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones

Is. 42, 1-7; Sal. 26; Jn. 12, 1-11
‘Mirad a mi siervo a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero. Sobre El he puesto mi espíritu…’ Así comienza el cántico del Siervo de Cavé de Isaías en la primera lectura de este lunes santo.
Estos días desde ayer domingo de ramos en la primera lectura escuchamos diversos fragmentos de los cánticos del siervo de Yahvé de Isaías hasta el viernes santo, salvo el jueves santo que tiene un sentido distinto la liturgia. Son cánticos del profeta que nos describen la misión del Mesías y que algunos de ellos son también como una descripción profética de la pasión, en alguno de ellos con mayor intensidad descriptiva. Nos pueden ayudar mucho en las meditaciones que en torno a la pasión del Señor nos hacemos en estos días. En ello incidía de manera especial el texto que ayer escuchábamos y el que escucharemos sobre todo el viernes santo.
El texto de hoy, sin embargo, nos recuerda más lo leído por Jesús en su presentación en la Sinagoga de Nazaret. Viene en cierto modo a definirnos su misión. Lleno del Espíritu del Señor viene a realizar una alianza nueva con su pueblo y nos describe también las obras que realizaría Jesús como señales del Reino nuevo de Dios que nos anuncia e instaura.
‘Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones’. Es lo que Cristo viene a realizar con nosotros con su sangre derramada en la cruz. Como hemos venido reflexionando estos días viene a reunirnos de todos los pueblos y naciones. Quiere hacernos una sola familia, una sola comunión entre todos nosotros.
Pero viene también a arrancarnos de nuestras tinieblas y oscuridades. Los milagros que Jesús realiza son signos y señales de esa luz que tiene que haber en nuestra vida. Lo hemos escuchado y meditado en muchos textos. Hoy nos dice: ‘Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas’. Nos lo dijo en Nazaret leyendo el texto del profeta y nos lo confirma cuando van los enviados de Juan a preguntarle si El es el que ha de venir o han de esperar a otro. Una de las señales que Jesús les da es que a los ciegos se les devuelve la vista.
Por ahí han de ir los frutos de esta Pascua que nos disponemos a celebrar. Así tiene que ser iluminada nuestra vida y así hemos de sentirnos liberados de toda esclavitud y de todo pecado. Cuántas cosas oscurecen nuestra vida; cuántas cosas nos llenan de esclavitudes; cuántas cosas nos separan unos de otros y crean división en nuestra vida y en nuestra relación con los demás. Son las cosas que tenemos que transformar en nuestra vida con la gracia de Dios.
Dudas, olvidos de Dios, orgullos que nos endiosan, egoísmos que nos aíslan, desconfianzas, resentimientos y envidias que nos alejan de los demás. Son los pecados que se nos van metiendo en el corazón y nos alejan de Dios al tiempo que nos alejan de los demás. Muchas cosas tenemos que ir examinando una y otra vez a la luz de la Palabra del Señor que vamos escuchando y contemplando en estos días. Cristo derrama su sangre porque quiere poner paz entre nosotros. Cristo muere en la cruz para ser nuestra reconciliación. Cristo se entrega por amor en su pasión para llenarnos de nueva vida y hacernos resucitar a la gracia y a la santidad.
El evangelio del lunes santo nos habla de la comida ofrecida a Jesús en Betania, después de lo de la resurrección de Lázaro, donde María derramó el frasco de perfume de nardo sobre los pies de Jesús. Es el texto paralelo que ayer escuchábamos en la pasión de Marcos y entonces ya comentábamos. Sí hemos de decir que el perfume que inunde nuestra vida cuando estamos cerca de Jesús sea el perfume del amor. Porque es que al lado de Cristo de su amor tenemos que sentirnos siempre rebosantes, llenos, inundados para amar con su mismo amor. Sentimos su amor sobre nosotros, pero con ese amor nosotros queremos amar a los demás. Ya decíamos ayer que la predisposición del amor es la mejor que podemos poner en nuestra vida cuando nos disponemos a contemplar la pasión de Cristo y a sentirnos renovados por su gracia.

viernes, 22 de abril de 2011

En la cruz contemplamos al Siervo de Yavé, al Sumo Sacerdote y al Rey y Señor de nuestra vida


En la cruz contemplamos al Siervo de Yavé, al Sumo Sacerdote y al Rey y Señor de nuestra vida

Is. 52, 13-53, 12; Sal. 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42

‘Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo’, nos invitará la liturgia dentro de unos momentos. Cristo crucificado es hoy el centro de nuestra asamblea. En El centramos nuestra celebración. Todo gira hoy en torno a la cruz. Hacia El levantamos nuestra mirada. Hacia su cruz que nos trae la salvación.

‘Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, asi tiene que ser levantado en alto el Hijo del Hombre… cuando sea levantado en lo alto atraeré a todos hacia mí’, nos repite Jesús en otros momentos del evangelio.

Miramos, sí, al que está levantado en lo alto. Contemplamos al Siervo de Yahvé, al Sumo Sacerdotes que intercede por nosotros y al Rey que es en verdad nuestro Señor. El profeta nos lo describe: ‘desfigurado no parecía hombre ni tenía aspecto humano… despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos… despreciado y desestimado. Soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… herido de Dios y humillado’. Así continúa la dura descripción del Siervo de Yavé que nos presenta el profeta.

Siguiendo esa descripción del profeta podemos seguir al mismo tiempo los pasos de la pasión de Jesús. Traicionado y negado, ultrajado y burlado, abofeteado y azotado, coronado de espinas y clavado en una cruz. Así lo contemplamos. No es necesario detenernos en más descripciones. Así hemos escuchado también el relato de la pasión. Getsemaní, los patios del palacio del sumo pontífice, el pretorio, la calle de la amargura y el camino del calvario son pasos de su pasión, de su entrega, de su amor.

En El están todos nuestros sufrimientos; es el rostro de la humanidad doliente. Contemplándolo a El colgado del madero estamos contemplando todo el sufrimiento de la humanidad. Nos presenta su rostro dolorido para que no cerremos nuestros ojos ante los rostros doloridos de tantos que sufren a nuestro alrededor. Para que también mirando esos cuerpos llenos de dolor y de sufrimiento, mirando el dolor de la humanidad miremos a Cristo y así aprendamos cómo no podemos quedarnos insensibles, impasibles ante el dolor de los hermanos.

Hay algo más. Ahí está nuestro pecado. El pecado que le llevó a la cruz. El pecado que en la cruz va a ser perdonado. ‘El Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes… el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación por nuestros crímenes, por nuestras rebeliones y pecados… fue contado entre los pecadores, tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores’, terminaba diciéndonos el profeta. Por eso, aún con su rostro desfigurado nos sentimos atraídos por El, porque sabemos que en El obtenemos la misericordia y el perdón.

Si el profeta nos lo ha presentado como el siervo doliente de Yahvé, la carta a los Hebros nos lo presenta como el Sumo Sacerdote que atravesando el cielo se convierte para nosotros en autor de salvación eterna. ‘Acerquémonos con seguridad al trono de gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente’.

Con seguridad, con certeza firme porque creemos en su palabra, con esperanza grande nos acercamos a El y lo contemplamos en esta tarde para que se mueva nuestro corazón a la conversión y al amor. No podemos cerrar los ojos. En El ponemos nuestra fe. De El tenemos la seguridad de alcanzar la salvación. Es que además en El tenemos al Pontífice, la Víctima y el altar. Obediente en el sufrimiento consumó el Sí que le había dado al Padre en su entrada en el mundo. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer su voluntad’. Por eso podría terminar proclamando ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.

Pero es también nuestro Rey y Señor. No todos los entendieron. Más aún lo malinterpretaron siendo la causa de su condena. ‘Todo el que se declara rey está contra el César’, fue como el broche de oro de la acusación ante Pilato. Este la había preguntado: ‘Tu, ¿eres el rey de los judíos?’ insistía una y otra vez Pilatos vistas las acusaciones. ‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí’, no es como los reinos de aquí. Había anunciado un Reino, el Reino de Dios que había que instaurar, donde de verdad fuera el Rey del hombre y del mundo. Pero no era reino para competir con ejércitos o medios mundanos, sino que era algo más hondo, más profundo que diera un sentido a la vida.

Los soldados oyendo que lo acusaban de rey se aprovechan para la burla. ‘Trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura y acercándose a El le decían: ¡Salve, rey de los judíos! Y le daban bofetadas’ comentará el evangelista. Así lo presenta Pilatos ante el pueblo ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Será el título de la condena que se pondrá en la tablilla encima del madero del tormento: ‘Jesús, el nazareno, el rey de los judíos’.

Nosotros en verdad que hoy queremos proclamarlo nuestro Rey y Señor. Queremos pertenecer a su Reino. Como dirá más tarde Pedro. ‘A ese Jesús a quien vosotros crucificásteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías, resucitándolo de entre los muertos’. Así lo queremos proclamar nosotros cuando lo contemplamos en la cruz. No es una derrota sino una victoria. Es la victoria sobre la muerte y el pecado. Es la victoria que a nosotros nos da vida. Es la victoria que nos redime y nos salva. Es la victoria que nos saca del abismo de la muerte para llevarnos a la vida, la más grande y la más hermosa.

Lo estamos contemplando en esta tarde como Siervo de Yahvé, como Sumo Sacerdote y como Rey cuando lo contemplamos colgado del madero. Y es que por medio de su pasión ha destruido la muerte que como consecuencia del antiguo pecado a todos los hombres alcanza. Queremos hacernos partícipes de esa victoria. Una victoria que nos transforma y nos hace hombres nuevos de la gracia y de la vida eterna. Llevabamos grabada en nosotros la imagen de Adán, el hombre terreno con su pecado, pero en virtud de la muerte de Cristo, en virtud de su redención llevemos ahora grabada la imagen de la gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial.

Así lo hemos rezado y lo hemos pedido hoy en la oración litúrgica. Y es que desde nuestro Bautismo que es participar en su muerte y su resurreción, ese hombre nuevo de la gracia nos convierte por la unción del Espiritu en sacerdotes, profetas y reyes con Cristo. Con Cristo hemos de morir nosotros para con Cristo renacer a vida nueva. Que con la muerte de Cristo que hoy estamos celebrando sepamos morir en nosotros al pecado. Para que cuando llegue el día de la resurrección así nos sintamos renovados, resucitados a vida nueva. Es el gozo y la esperanza que sentimos en la muerte de Cristo. Gozo y esperanza porque nos lleva a la victoria, porque nos lleva a una vida nueva.

A la sombra de la Cruz de Cristo nos ponemos hoy. Para que su gracia nos alcance, nos inunde. Y desde el pie de la cruz, con los brazos extendidos al cielo, como los tiene Jesús clavados al madero queremos elevar nuestra oración a Dios por toda la humanidad, por la Iglesia, por todos para que en verdad llegue el momento en que todos sepamos reconocerlo como Rey y Señor.

Al pie de la cruz queremos confesar con humildad, pero con valentía y amor nuestra fe. ‘Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, el Hijo de Dios’, que nos decía la carta a los Hebreos. Confesar, sí, valientemente nuestra fe. Que no decaiga nuestro testimonio. Que brille clara la luz de nuestra fe ante un mundo a oscuras y lleno de dolor.

Y manifestemos también nuestra fe por las obras de nuestro amor, ese amor con el que sepamos estar al lado de todos los que sufren; ese amor que haga despertar un rayo de esperanza para todos porque para todos hay salvación, porque todos ha muerto Jesús en la cruz. La cruz de Jesús tiene que brillar como un potente faro de luz que nos haga caminar a todos por senderos de amor y de paz, por senderos que nos lleven a Dios.

domingo, 16 de enero de 2011

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


Is. 49, 3.5-6;
Sal. 39;
1Cor. 1, 1-3;
Jn. 1, 29-34


He de confesar que cuando me he dispuesto a preparar la celebración de este domingo segundo del tiempo ordinario, repasando todos los textos de la celebración, no sólo la Palabra proclamada sino también las distintas oraciones que nos ofrece como propias la liturgia de este día, me he fijado de manera especial en una de las oraciones,
Nos recuerda algo muy importante que siempre hemos de tener presente en toda celebración de fe, en toda celebración cristiana. Es el ‘hoy’ de la salvación que celebramos. No hacemos un mero recuerdo como podríamos recordar otros hechos históricos. Es memorial del sacrificio de Cristo, decimos, que es lo mismo que vivir ahora, hacer presente sacramentalmente el sacrificio pascual de nuestra salvación.
Pediremos ‘participar dignamente de estos misterios, pues cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra salvación’. Se realiza aquí y ahora. Aquí y ahora estamos viviendo la salvación en el misterio de Cristo que celebramos. Algo hermoso que no hemos de olvidar. Algo, por supuesto, que podemos vivir por la fe y desde la fe. Muchas consecuencias se tendrían que sacar para la vivencia de nuestras celebraciones y que nos ayudaría tanto en nuestra vida cristiana.
Litúrgicamente entramos en el tiempo ordinario el lunes pasado una vez celebrado el Bautismo de Jesús. Pero por la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado, la Palabra que ‘hoy’ nos ha dicho el Señor, podemos decir sigue siendo Epifanía. Es lo que se nos expresa en el texto del Evangelio que sigue teniendo resonancias del Bautismo de Jesús en las palabras del Bautista.
Se nos está manifestando, se nos está señalando, como lo hace el profeta y como lo hace Juan, quién es Jesús: Siervo, luz de las naciones, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Hijo de Dios. Con estas palabras, progresivamente, se nos va manifestando quién es Jesús y su misión con una hondura grande y que podemos llegar a descubrir porque el Espíritu de Dios nos lo va revelando en el corazón, como le sucedió al Bautista.
‘Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso… desde el vientre me formó siervo suyo’, que nos dice el profeta Isaías. Resuenan de alguna manera las palabras escuchadas en el Jordán: ‘Tú eres mi Hijo, amado, mi predilecto’. El Hijo de Dios que se humilló, se hizo el último, se hizo siervo para su entrega, para su inmolación como el Cordero inmolado en el sacrificio, como el cordero pascual que al comerlo les hacía hacer memoria del paso salvador del Señor que los sacó de Egipto.
Por eso ahora lo señalará Juan como el Cordero de Dios, el que se va a inmolar para quitar el pecado del mundo. Es el Cordero de Dios, pero sobre quien va a bajar el Espíritu en forma de paloma para estar sobre El porque es el Hijo de Dios. ‘Yo lo he visto, dice Juan, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios’. Juan dice, ‘no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’. Pero ha recibido revelación de Dios para que pueda dar testimonio. ‘El que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo… ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo… ése es el Hijo de Dios’.
Nos está haciendo referencia a todo lo sucedido en el Bautismo de Jesús en el Jordán; lo que escuchábamos ya el domingo pasado en el relato de Mateo o de cualquiera de los otros sinópticos. Por eso decíamos aunque litúrgicamente en tiempo ordinario de alguna manera sigue siendo Epifanía, manifestación del Señor, de la gloria del Señor.
También nosotros tenemos que escuchar lo que nos señala el Bautista. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y confesamos así nuestra fe en Jesús, nuestra salvación, nuestra luz y nuestra vida. Por esa fe en Jesús somos nosotros bautizados en ese bautismo nuevo en el Espíritu. Confesamos así nuestra fe en Jesús el Hijo de Dios, como terminará Juan señalándonos. Pero al mismo tiempo estaremos reconociendo todo lo que al ser bautizados en el Espíritu nosotros recibimos al ser también en el Hijo hijos de Dios, con esa gracia y dignidad nueva que Cristo nos regala.
La liturgia recogerá estas palabras del Bautista haciéndolas suyas para que así nosotros en distintos momentos invoquemos también a Jesús. ‘Señor Dios,Cordero de Dios, Hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros… atiende nuestras súplicas’, cantamos y pedimos en el himno del Gloria. ‘Cordero de Dios, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros… danos la paz’, volveremos a repetir como invocación y como súplica en el rito de la Comunión en la Eucaristía.
Y finalmente al presentarnos a Cristo Eucaristía invitándonos a sentarnos y participar de la mesa del Señor se nos vuelve a señalar: ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Ya no es el cordero de la antigua pascua que comían los judíos cada año recordando el paso del Señor que les liberó de la esclavitud de Egipto, sino que será Cristo mismo al que somos invitados a comer para que se produzcan en nosotros los frutos de la nueva Pascua, la de la Alianza nueva y eterna.
La sangre de aquel cordero marcó las puertas de los judíos como señal para su liberación. La Sangre del Cordero de la Nueva Alianza nos lava y nos purifica, nos da vida, nos llena de gracia, nos marca como los hijos del Reino, nos hace miembros del nuevo pueblo que es la Iglesia. Somos los santos y consagrados en la Sangre y en el Espíritu que invocamos el nombre del Señor para cantar siempre su gloria, como nos señalaba Pablo en la carta a los Corintios.
Dichosos nosotros, sí, que podemos comerle, sentarnos a su mesa, la mesa de los hijos. Dichosos nosotros, sí, que al comerle nos sentiremos inundados de su gracia, de su paz, de su amor, de su vida nueva. Dichosos nosotros por esa santidad a la que nos llama cuando nos ha consagrado en el Espíritu al recibir el Bautismo.
Y todo eso lo celebramos y lo vivimos, como decíamos al principio, no como un recuerdo, sino como algo presente ahora y aquí en nuestra celebración y en nuestra vida. Aquí y ahora estamos viviendo ese momento salvador. Aquí y ahora está Cristo, Cordero de Dios, presente en medio nuestro. Aquí y ahora estamos celebrando todo el misterio de nuestra salvación.
¿Nuestra respuesta a todo este misterio de salvación que celebramos? Primero que nada la fe que nos haga reconocer esa presencia salvadora de Cristo en medio nuestro. Pero también, como hemos dicho en el salmo, ‘aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’; la ofrenda de nuestro corazón, de nuestro yo, de nuestra vida toda, de nuestra obediencia de fe, del cumplimiento de su voluntad en todo momento. Vivir como esos consagrados que somos, como esos santos tal como nos llama San Pablo.

martes, 7 de abril de 2009

Mi salario lo tenía mi Dios

Is. 49, 1-6
Sal. 70
Jn. 13, 211-33.36-38

La profecía de Isaías que sigue presentando al Siervo de Yavé nos habla de la misión del propio profeta, mientras nos hace al mismo tiempo el anuncio mesiánico de Jesús como nuestro Salvador, pero nos señala también la misión que Dios nos ha encomendado.
Estaba en el vientre materno y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre…’, hemos escuchado. Es el Señor el que llama. La misión del profeta no la asume por sí mismo sino por esa llamada del Señor. Algo que vemos repetido en los profetas y muchas veces casi con estas mismas palabras.
Recordamos la respuesta del profeta Amós cuando era rechazado por el sacerdote del santuario real de Betel y le mandaba que fuera a profetizar a otro sitio porque no le agradaba lo que le decía el profeta. ‘Yo solamente era pastor de vacas y cultivador de higos pero el Señor me llamó y me encargó que hablara a Israel’.
No siempre le fue fácil el cumplimiento de su misión al profeta y hay momentos en que siente la soledad en el cumplimiento de su misión. ‘En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, pero en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios’.
Por encima de todo desaliento está la confianza en el Señor. El es nuestra fortaleza. Por eso seguirá siendo fiel a su misión. ‘Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajera a Jacob, para que le reuniera a Israel; tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza…’
Pero decíamos que la profecía es anuncio mesiánico que vemos realizado y cumplido en Cristo. Así lo anunció el ángel a María antes de su concepción dándole el nombre de ‘Jesús, porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Es la misión y la obra de Jesús. Es la redención que le estamos contemplando realizar en las celebraciones de estos días. Fue todo su camino en el evangelio y es por lo que ahora le vemos en lo más alto de la cruz.
También dirá, en el mismo sentido del profeta que hemos comentado, ‘Padre que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya… que para esto he venido, para hacer tu voluntad…’ Pero no faltará también el grito desgarrador de la Cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ Pero bien sabemos que terminará poniendo su vida en las manos del Padre. ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’.
Pero decíamos también que es la misión que Dios nos ha encomendado. Todos tenemos una vocación. Todos hemos sido llamados ya desde el seno de nuestra madre, como decía el profeta, a una vocación y a una misión. Y allí donde estamos nos toca también dar nuestro testimonio. Claro que sentimos igualmente la tentación del cansancio y del desánimo, como le sucedía al profeta, como la pasó Jesús en Getsemaní, y muchas veces queremos tirar la toalla para abandonar, porque nos supera muchas veces la misión y nos falta la fuerza. Pero el Señor es nuestra fuerza y nuestro premio, como decía el profeta.