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sábado, 28 de enero de 2012


¿Dónde está la firmeza de nuestra fe?

2Samuel, 12, 1-7.10-17;
 Sal. 50;
 Mc. 4, 15-40
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ Es la imprecación de Jesús a los discípulos que iban acobardados en la barca en medio de la tormenta. Este texto nos está reflejando la debilidad de los discípulos, perfecta imagen también de nuestra debilidad, al tiempo que se nos manifiesta el poder de Jesús y la gloria del Señor.
‘Vamos a la otra orilla’, les había dicho Jesús. Ellos eran experimentados pescadores de aquel lago que tantas veces habrían atravesado, probablemente también muchas veces en medio de tormentas. Dada la situación geográfica del lago, la depresión terrestre y las altas montañas en sus alrededores los expertos dicen que eran habituales. Ahora mientras atravesaban a la otra orilla se presenta el huracán con fuertes vientos y altas olas. La barca parece que casi se hundía mientras ‘Jesús estaba dormido sobre un almohadón’.
La fe de los discípulos se pone a prueba. Cuando surgen las dificultades en la vida enseguida surgen los gritos de socorro pidiendo ayuda a Dios. Y en medio de las dificultades y los problemas que duro se nos hace el caminar y qué negras se ven las cosas. ¡Que nos hundimos! ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ ¿Por qué no vienes en nuestra ayuda? Pero el Señor está ahí, como estaba aquella mañana dormido sobre el almohadón. ‘¿Aún no tenéis fe?’ nos dice también el Señor como entonces.
Refleja, como decíamos, la debilidad de los apóstoles, la debilidad de su fe. Creían, querían seguirle, con El iban a todas partes, pero en ocasiones como ahora surgen las dificultades. Y parece que la fe se pone en duda, se debilita y no se ven las cosas tan claras. ¿Jesús no había curado a tantos enfermos? ¿No había expulsado el espíritu malo de aquellos poseídos? ¿No había levantado a la suegra de Pedro de la cama y curado a todos aquellos que habían acudido a su puerta o encontrado por los caminos? ¿Por qué ahora parece dormir?
Son las dudas que surgen también en tantas ocasiones en nuestro interior. Queremos creer pero a veces las cosas parece que vienen del revés y todo son dificultades. Tormentas que nos aparecen en la vida que nos hacen dudar, tener miedo. Como decíamos refleja también este texto nuestras debilidades, la flojedad de nuestra fe, las dudas que nos aparecen continuamente.
Será una enfermedad que nos aparece en nuestra vida, la muerte de un ser querido, un problema al que no encontramos solución, un contratiempo que nos desestabilizada y hace que muchas cosas cambien en nuestra vida, dificultades y dudas que nos van apareciendo en la vida. ¿Dónde está la firmeza de nuestra fe? ¿Dónde está la confianza que habíamos puesto en el Señor? ¿Dónde quedan aquellos momentos de fervor que parece que se acabaron para siempre?
Pero allí está el Señor. ‘Y se pone en pié e increpa al viento, y el viento cesó y vino mucha calma’, nos dice el evangelista de manera que ‘se quedaron espantados y se decían unos a otros, ‘pero, ¿quién es este? Hasta el viento y las aguas le obedecen’. Allí se manifiesta la gloria del Señor, porque quien está allí es el Señor todopoderoso. Como se manifiesta la gloria y el poder del Señor tantas veces en la vida cuando sabemos confiar, cuando sabemos poner toda nuestra fe en El. Para nosotros es también la gloria del Señor que se nos manifiesta.
También nosotros queremos manifestar nuestra fe en el Señor y poner toda nuestra confianza en El. No queremos que los nubarrones de la duda enturbien nuestra vida y nos hagan perder la fe. Queremos confiarnos totalmente. Por eso al mismo tiempo que le decimos que creemos en El, porque a veces en los momentos difíciles nos cuesta creer, le decimos que nos aumente la fe, que nos conceda el don de la fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe. 

viernes, 27 de enero de 2012


El Reino de Dios, una simiente de gracia que Dios echa en la tierra de nuestra vida

2Samuel, 11, 1-17; Sal. 50; Mc. 4, 26-34
‘El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra…’ Así comienza la parábola. Vuelve Jesús a ponernos la comparación de la semilla echada en tierra. Hace pocos días escuchamos la parábola del sembrador en que se nos hablaba de la importancia de la tierra que había de acoger esa semilla. Buena tierra, o tierra endurecida, tierra llena de abrojos o zarzales, tierra preparada y cultivada o tierra incapaz de recibir la semilla. Así podían ser los frutos.
Pero hoy nos habla sencillamente de la semilla arrojada a la tierra, que germinará y crecerá, que llegará a florecer y a dar fruto. La importancia quiere ponerla Jesús hoy en la fuerza que en sí mismo tiene la semilla. Algo que puede parecer pequeño e insignificante – nos habla también del grano insignificante de la mostaza – pero que germinará para la vida.
Como terminará diciéndonos el evangelista ‘con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se los exponía en parábolas pero a los discípulos se lo explicaba todo en privado’. Lo importante es cómo Jesús quiere enriquecer nuestra vida con su Palabra, que es siempre Palabra de vida y de salvación.
Es el sentido de las parábolas de hoy. Tenemos que creer en la fuerza de la gracia. La gracia divina que enriquece nuestra vida, que nos llena de vida, que nos trae la salvación. No son nuestros merecimientos, no es una carrera de obstáculos que nosotros hemos de correr buscando merecimientos o premios, sino que es el regalo de Dios, el regalo de su amor que viene a ofrecernos vida y vida eterna.
De nuestra parte la acogida, la respuesta que reconocer la gratuidad del amor de Dios y de su gracia. Acogemos la gracia divina y nos dejamos hacer por ella, nos dejamos conducir, nos dejamos transformar. Y como la semilla que germina y hacer brotar la planta nueva, así surge con la gracia de Dios esa vida divina en nuestro interior, que nos levanta, que nos purifica, que nos llena de salvación, que nos hace partícipes de la vida de Dios para hacernos hijos.
Cuánta maravilla en el amor que Dios nos tiene. Cuánta grandeza a la que nos ha llamado. Cuánto regalo de gracia que continuamente derrama sobre nosotros. Son las maravillas de Dios, son las maravillas del amor de Dios.
Como decíamos antes, tenemos que creer en la fuerza de la gracia de Dios, que mueve nuestros corazones; la fuerza de la gracia de Dios que va transformando nuestro mundo; la fuerza de la gracia de Dios que nos va impulsando continuamente a lo bueno; la fuerza de la gracia de Dios que abre nuestro corazón pero nos abre los ojos del alma para mirar con mirada nueva y con mirada limpia a los demás; la fuerza de la gracia de Dios que nos va llevando a ese compromiso por lo bueno y por justo para hacer nuestro mundo mejor.
Hemos de reconocer que muchas veces la sentimos en nuestro corazón pero o nos dejamos confundir y no discernimos bien aquello bueno a lo que nos mueve, o nos cerramos a esa gracia haciéndonos oídos sordos a cuanto bueno va inspirando en nuestro corazón o a esa fuerza que quiere ayudarnos a vencer el mal y la tentación. Algunas veces nos atrevemos a decir que no tenemos fuerzas, que nos sentimos débiles, pero es ceguera que se nos mete en el alma para no ver esa gracia de Dios que nunca nos fallará. ‘Mi gracia te basta’, nos dice tantas veces el Señor cuando nos vemos tentados por el mal, pero al final no hacemos caso a ese impulso de la gracia y nos dejamos arrastrar por el pecado.
El Señor ha sembrado y sigue sembrando esa buena simiente en el campo de nuestra vida y de nuestro corazón. Acojamos esa gracia para que lleguemos a dar frutos de vida eterna.

jueves, 26 de enero de 2012


Iluminados por Cristo y comprometidos a llevar también la luz a los demás

2Samuel, 7, 18-19.24-29; Sal. 131; Mc. 4, 21-25
Igual que sería un contrasentido y contradictorio el tener una luz que no ilumine, lo mismo tendríamos que decir de un cristiano o de una Iglesia que no fuera luz para el mundo.
¿Para qué queremos la luz si no ilumina? ¿Para qué queremos una lámpara que no podemos encender mientras permanecemos a oscuras? Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? La luz la ponemos bien alta en el lugar más oportuno para que pueda iluminar bien.
Este texto breve de Jesús que hoy se nos ha proclamado hemos de escucharlo conjuntamente con otros textos paralelos de los evangelios. Y ya sabemos cómo Jesús nos dirá que hemos de ser luz, y con nuestras buenas obras hemos de iluminar a los demás para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo.
El cristiano tiene que ser un iluminado, un hombre de luz, un trasmisor de la luz a los demás. Era una forma también de llamar a los bautizados, no en vano en el Bautismo se nos entrega una luz tomada del Cirio Pascual que se nos dice que hemos de mantener siempre encendida para salir al encuentro del Señor.
Creer en Jesús, pues, es llenarnos de su luz. Pero creer en Jesús nos compromete a llevar también esa luz a los demás. No la podemos ocultar. Si el Evangelio que hemos recibido se ha convertido en luz para nosotros porque en él hemos encontrado el sentido y el valor más hermoso para nuestra vida, no podemos quedárnoslo para nosotros solos sino que tenemos que saberlo compartir con los demás. No ponemos la luz debajo del celemín ni debajo de la cama, sino bien alta para que ilumine a todos.
Es una tarea hermosa que hemos de realizar. Una tarea en la que hemos de sentirnos comprometidos de verdad. Tarea del cristiano, tarea de la iglesia en la que todos nos sentimos comprometidos.
Sin embargo, tomando conciencia de ese compromiso serio de nuestra vida, al mismo tiempo nos hace también hacernos muchas preguntas. ¿Por qué parece que ya no interesa el evangelio a nuestro mundo? ¿Por qué si decimos que somos tantos cristianos no servimos sin embargo de revulsivo para el mundo que nos rodea para que todos se sientan igualmente transformados e iluminados por esa luz? ¿Qué estaremos haciendo los cristianos con esa luz que ha puesto Cristo en nuestras manos? ¿La estaremos ocultando? ¿Quizá la valoramos poco y por eso mismo ni nos ilumina a nosotros ni ilumina al mundo que nos rodea?
Creo que es algo que la misma Iglesia, y todos los cristianos tendríamos que plantearnos seriamente. Jesús nos ha enviado por el mundo a llevar su luz, pero no vemos que el mundo se termina de iluminar con la luz de Cristo. Cuántas veces decimos que cada vez somos menos, que la gente va perdiendo sentido de religiosidad, que los valores cristianos del evangelio se van perdiendo en nuestro mundo.
Tendríamos que despertarnos y asumir ese compromiso de nuestra fe. Porque quizá en la medida que nosotros iluminamos poco a nuestro mundo eso pueda estar manifestando que nosotros estamos poco iluminados, que nosotros también hemos perdido ese arrojo y ese entusiasmo por nuestra fe y por nuestro seguimiento de Cristo. Tenemos que buscar la manera de crecer en esa luz en nuestra vida; por eso tenemos que intensificar nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de Dios, nuestro entusiasmo por nuestra fe para que podamos contagiar a los demás.
Somos luz, estamos iluminados por Cristo, pero esa luz nos compromete; tenemos que iluminar también a los demás.

miércoles, 25 de enero de 2012


Dios te ha elegido para que oyeras su voz y seas testigo ante los hombres

Hechos, 22, 3-16;
 Sal. 116;
 Mc. 16, 15-18
‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído…’ Así le dice Ananías a Saulo cuando viene a su encuentro en Damasco.
‘Te ha elegido…’ Dios le salió al encuentro en el camino de Damasco, como hemos escuchado. Allí iba Saulo con cartas de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén para lleva presos a todos los que seguían el camino del Señor para que los condenaran. Pero Cristo le salió al encuentro. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues…’ Es el diálogo del encuentro.
El Señor lo había elegido, aunque era un perseguidor de los cristianos. Lo eligió para su oyera su voz y se convirtiera en su testigo. Pero era un vaso de elección, instrumento elegido para anunciar el nombre del Señor. Y se iba a convertir en testigo, en apóstol de Jesús para llevar su nombre por todas partes.
Hoy estamos celebrando la conversión de san Pablo. La llamada del Señor que viene al encuentro del hombre, pero la respuesta que el hombre libremente da al Señor. Saulo, que más tarde cambiaría su nombre por Pablo, que había combatido fuertemente la fe en el Señor Jesús, tras su encuentro con El en el camino de Damasco se dejará conducir, dejará que la luz llegue a su vida y le ilumine y le transforme para convertirse al Señor. El perseguidor se convertirá en testigo y en apóstol. El que rechazaba el  nombre de Jesús será el evangelizador que recorrerá el mundo anunciando ese nombre de salvación.
Ya a través del año vamos escuchando sus cartas como Palabra del Señor que nos manifiestan la amplitud y la profundidad del conocimiento de Cristo que adquirió Pablo en su vivencia de Jesús para así tan hermosa  profundamente trasmitirnos el mensaje de la salvación. Cuando leemos los Hechos de los Apóstoles, sobre todo en el tiempo pascual, vamos escuchando de sus caminos y sus viajes en medio de no pocas dificultades, y en muchas ocasiones incluso de persecuciones para anunciar el  nombre de Jesús. No es momento ahora de recordar todos esos viajes y tan intensa actividad.
Queremos en la Eucaristía de este día dar gracias y bendecir al Señor  por tan hermoso testimonio y tan profundo mensaje que nos ha dejado el apóstol. Pero al mismo tiempo queremos aprender de él, de su coraje y ardor, de su ímpetu y de su generosidad para nosotros darnos también así por los demás y por el evangelio como hizo san Pablo.
Al celebrar hoy su conversión, como hemos dicho en la oración litúrgica, que ‘como él seamos testigos de tu verdad ante el mundo’. Que nos conceda el Señor ese ardor y coraje en nuestro corazón, esa valentía para ser también testigos de Jesús, testigos de nuestra fe, testigos del amor cristiano en medio de los que nos rodean. ‘Que nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol san Pablo a la propagación del Evangelio’.
El Señor a nosotros también nos sale al encuentro para despertarnos a la fe, para convertir nuestro corazón al Señor. También nos podemos sentir unos elegidos del Señor, porque esa es la predilección del amor de Dios sobre nosotros cuando nos ha llamado a la fe y al bautismo, y somos elegidos para dar fruto, los frutos de las buenas obras, los frutos del amor, los frutos de nuestro testimonio cristiano en medio del mundo. Podíamos recordar aquellas palabras de Jesús que también hemos recordado hoy en la liturgia: ‘Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ También nosotros escuchamos su voz.
Sintamos esa elección del Señor que nos regala su amor y convirtamos nuestro corazón a Dios para que nos convirtamos en testigos del Evangelio en medio de nuestro mundo.

martes, 24 de enero de 2012


Queremos ser la familia de Jesús


2Samuel, 6, 12-15.17-19;
 Sal. 23;
 Mc. 3, 31-35
Queremos ser también nosotros la familia de Jesús. Es la petición y el deseo espontáneo que surge en nuestro interior al escuchar el evangelio de Jesús.
‘Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron a llamar’. No es como el texto que escuchamos hace día en que algunos parientes vienen y quieren llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales. En esta ocasión es distinto. Allí está María, la madre de Jesús, y algunos parientes. Creo que todos entendemos y tenemos claro que cuando en el evangelio se hace referencia a los hermanos de Jesús, en el lenguaje semita propio del Oriente, todo pariente era considera como si fuera un hermano.
Pocas son las referencias que en los evangelio se hacen de María y de la familia de Jesús, salvo lo referente a la infancia de Jesús y en algún otro momento puntual, como es este caso. Pero vemos ahora la reacción de Jesús. Nos pudiera parecer en principio un tanto cortante, como si Jesús no tuviera interés por la familia, pero pensemos que el evangelista no quiere hacernos una historia con todos los detalles de la vida de Jesús, sino que lo que nos va narrando siempre lo que quiere manifestarnos es ese mensaje de salvación que siempre en Jesús vamos a encontrar.
Cuando le anuncia la presencia de María y los demás parientes Jesús se pregunta: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?... estos son mi madre y mis hermanos: El que cumple la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Podemos recordar aquel otro momento que tantas veces hemos comentado en que una mujer anónimo prorrumpe en alabanzas a María, la Madre de Jesús, la mujer que le llevó en su seno y le amamantó. Responde Jesús en el mismo sentido. ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Decíamos al principio de nuestra reflexión y comentario que nosotros queremos ser la familia de Jesús. Es cierto que Jesús nos ha dado por Madre a María y sentiremos siempre su cercanía y amor maternal. Y como buenos hijos de María siempre escucharemos su invitación a hacer lo que Jesús nos diga, como hizo con los sirvientes en las bodas de Caná de Galilea. ‘Haced lo que El os diga’.
Pero queremos ser la familia de Jesús porque en verdad nosotros plantemos la Palabra del Señor en nuestro corazón y vayamos reflejando con toda nuestra vida, con nuestra manera de actuar y de pensar, con nuestros actos y con nuestras actitudes, que en verdad buscamos siempre la voluntad del Señor y la queremos cumplir. Así seremos en verdad la familia de Jesús. Así en verdad estaremos comportándonos como verdaderos hijos de Dios que hacen siempre la voluntad del Padre.
Eso le pedimos cada día cuando rezamos el padrenuestro. Eso hemos de hacerlo con toda intensidad esforzándonos de verdad por descubrir en todo momento lo que es la voluntad del Señor. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Y aprendemos de Jesús cuyo alimento era hacer siempre lo que era la voluntad del Padre.
A veces nos cuesta discernir en todo momento lo que es la voluntad de Dios. Andamos como distraídos en la vida o nos dejamos arrastrar por nuestras apetencias, nos sentimos confundidos con tantas cosas que nos atraen por aquí o por allá y no escuchamos lo que verdaderamente es importante. Tenemos que aprender abrir nuestro corazón a Dios; tenemos que aprender a hacer verdadera oración donde sepamos escuchar a Dios allá en lo hondo de nuestro corazón; hemos de poner mucho empeño en escuchar la Palabra de Dios que cada día se nos proclama o que tenemos oportunidad por nosotros mismos de leer en la Biblia. Así como descubramos lo que es la voluntad de Dios y comencemos a poner toda nuestra vida ante Dios para realizar siempre su  voluntad.
 Cuánto tenemos que aprender de María. Que queramos en verdad ser la familia de Jesús. 

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.

domingo, 22 de enero de 2012


Se ha cumplido el plazo… el momento es apremiante…

Jonás, 3, 1-5.10;
 Sal. 24;
 1Cor. 7, 29-31;
 Mc. 1, 14-20
Hay cosas, que nos dicen, que se cumplen en un plazo determinado y cuando se va acercando ese momento hemos de prepararnos para ello; ya sea, por ejemplo, un pago que tengamos que hacer, hipotecas, créditos… ya sea una palabra dada de algo que nos comprometidos a hacer, ya sea un acontecimiento anunciado que tiene una fecha muy concreta y para la que hemos de tener todas las cosas bien dispuestas. Cuando se nos cumpla el plazo no nos queda más remedio que pagar lo acordado, cumplir con lo comprometido o disponernos a lo que está por suceder. Así en muchas cosas en la vida.
Hoy la Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de plazos cumplidos, de momentos apremiantes o de cosas que han de suceder en un tiempo ya previamente determinado. Y para ello hemos de estar bien dispuestos.
Comencemos por la primera lectura. El profeta Jonás fue enviado a la ciudad de Nínive a invitar a la conversión. ‘Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predica el mensaje que te digo… y comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: ¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!’ Se les dio un plazo para la conversión. ‘Dentro de cuarenta días…’ Un plazo para la conversión, para el cambio de vida o la destrucción de la ciudad.
En el Evangelio se nos relata que cuando comienza Jesús a predicar por Galilea la Buena Noticia del Reino después de que habían arrestado a Juan, nos habla ya de un plazo cumplido. ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca del Reino de Dios; convertios y creed en el Evangelio’. Ha llegado ya el momento, se ha cumplido el plazo, viene a decirnos Jesús.
Desde el mismo momento que Adán desobedeció y pecó Dios anuncia un evangelio de salvación. Se le suele llamar protoevangelio a esa página del Génesis. Toda la historia de la salvación en la historia del pueblo de Israel es desde entonces una repetición de ese anuncio de salvación. Los profetas habían ido preparando al pueblo de Dios para que se mantuviera en esa esperanza. Dios enviaría un Salvador. El Bautista lo anunciaba como ya inminente porque decía ‘en medio de vosotros está el que no conocéis’ e invitaba a la conversión porque llegaba ya el Reino de Dios.
Es significativo que el evangelista comience diciéndonos que ‘cuando arrestaron a Juan Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’.  Efectivamente ya el Bautista cumplió su misión y comienza un tiempo nuevo. Ya no es el tiempo del anuncio y la preparación. Ahora llega Jesús y comienza a hacerse presente el Reino de Dios.
Jesús nos dice ahora que ‘se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’. Hay que creer en esa Buena Noticia. Hay que disponerse ya a acoger el Reinado de Dios. Desde que entró el pecado en el mundo el reino de la muerte lo cubría todo con sus sombras. Pero llegaba la luz, y estaba ya allí en medio. Se ha cumplido el plazo de que la luz brille en medio de las tinieblas y amanezca la salvación. Podríamos recordar también esa página hermosa del comienzo del evangelio de Juan que nos habla de la luz que viene a disipar las tinieblas aunque se resisten.
Allí está la Buena Nueva, allí está el Evangelio, allí está Jesús con su salvación. Con Jesús comienza el Reinado de Dios porque la muerte y el pecado iban a ser vencidos. ‘Llega la victoria de nuestro Dios’. Hay que convertirse, y convertirse es creer en esa Buena Noticia. Dios en verdad será nuestro único Rey.
Estamos prácticamente comenzando a leer el evangelio de Marcos y éste es el primer anuncio que escuchamos. Pero, como siempre decimos, la Palabra de Dios no la podemos escuchar simplemente como un hecho pasado, sino que es la Palabra que Dios hoy nos dirige a nosotros. No es Palabra de un ayer, sino de un hoy. Hoy la escuchamos, hoy llega a nosotros. Podríamos recordar aquello de Jesús en la Sinagoga de Nazaret que nos narra san Lucas también en el comienzo de la actividad pública de Jesús. Cuando lee el sábado en la Sinagoga aquel pasaje de Isaías recordamos que el comentario de Jesús fue decir: ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. 
Hoy se cumple el plazo para nosotros; hoy llega la Palabra del Señor a nuestra vida; hoy nos llega la Buena Noticia de que el Reino de Dios llega a nosotros, se hace presente en nuestra vida. Y hemos de sentir, como nos decía san Pablo en su carta, ‘el momento es apremiante’. Así tenemos que tomarnos en serio la Palabra de Dios que se  nos anuncia. Hemos de dar una respuesta. Una respuesta de fe y de conversión. Creemos en el Señor que llega a nuestra vida; nos convertimos a El, porque ya queremos alejarnos para siempre del reino de la muerte para entrar en el reino de la vida, en el Reino de Dios.
Queremos ya ponernos en camino para seguir de todas todas a Jesús. Con prontitud. Con generosidad y radicalidad. Arrancándonos de nuestras redes de muerte. Para caminar a su luz. Para que El sea en verdad para siempre el centro de nuestra vida, el único Señor de nuestra vida. Tenemos que creer desde lo más hondo del corazón esa palabra de salvación que pronuncia para nosotros, ese anuncio de vida que nos hace. Y si le creemos, cambiaremos nuestra vida, dejaremos atrás muchas redes, muchas cosas que nos han atado hasta ahora para seguir para siempre su único camino, caminar a su paso, vivir su vida.
El Evangelio nos dice que Jesús ‘pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores…’ Allí están en sus tareas. Quien había anunciado que se cumplía el plazo y llegaba el Reino de Dios ahora invita a seguirle, a estar con El, a vivir ese momento nuevo del Reino de Dios. ‘Venid conmigo, sois pescadores de estos mares, de estos lagos, pero yo os haré pescadores de otros mares, os haré pescadores de hombres…’
Y Simón Pedro y Andrés creen en la Buena Noticia; lo mismo luego Santiago y Juan que estaban también con sus redes y con su barca, con su padre y con los jornaleros también creen, y cambian, y lo dejan todo. ‘Y se marcharon con El’. Es la señal de la conversión. Creen y cambian de vida. Conversión no es sólo penitencia; es mucho más, es el cambio radical, es el comenzar a vivir algo distinto. Creen en el anuncio que está haciendo Jesús y quieren vivir en su Reino, en el Reino de Dios. Es la Buena Noticia, el Evangelio en el que comienzan a creer y quieren vivir. Por eso, se van con El.
Es la llamada y la invitación que hoy nosotros escuchamos. ‘Se ha cumplido el plazo… el momento es apremiante…’ La luz tiene que comenzar a iluminar y de nosotros depende. El Señor nos la está poniendo en nuestras manos. El mundo necesita esa luz en medio de tantas sombras y oscuridades que nos envuelven y nosotros tenemos la luz en nuestras manos.
El Señor nos invita a ir con El, como a aquellos primeros discípulos. Y esa llamada no es de ayer ni de mañana, sino que es ahora cuando el Señor nos llama y nos invita a creer en la Buena Noticia para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Qué pasa con nuestra fe? ¿Se nos habrá adormecido? ¿La habremos ocultado? ‘El momento es apremiante’. ¡Cuánto tenemos que hacer! ¡Cuánto podemos hacer!
‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, sembradores de luz, mensajeros de esperanza, constructores de un mundo de amor.

sábado, 21 de enero de 2012


Jesús signo de contradicción nos enseña a vivir nuestra pascua

2Samuel, 1, 1-4.11-12.19.23-27; Sal. 79; Mc. 3, 20-21
Apenas son dos versículos el texto del evangelio de hoy. Podría parecernos excesivamente corto y que nos dice pocas cosas. Sin embargo creo que puede ayudarnos y servirnos de luz en muchas situaciones de nuestra vida.
Se contrapone por una parte la afluencia de gente que viene a ver a Jesús y se les meten en casa de manera que ‘no los dejaban ni comer’, con la postura de algunos parientes de Jesús que ‘vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’.
Nos está reflejando este texto lo que hemos venido escuchando estos días en que Jesús se manifiesta como ‘signo de contradicción’, tal como había anunciado el anciano Simeón cuando la presentación de Jesús en el templo. ‘Será bandera discutida, signo de contradicción… motivo para que muchos caigan o se levanten’.
Mucha gente quiere seguir a Jesús vienen a escucharle, como nos decía el evangelista el otro día ‘se le echaban encima para tocarlo’, mientras los fariseos muestran su oposición y ‘traman con los herodianos el modo de acabar con El’. Será lo que seguiremos escuchando a lo largo del evangelio.
Pero ¿por qué nos ha de extrañar todo esto? Cuando Jesús proclame las bienaventuranzas en el Sermón del Monte, no hará otra cosa que proponernos lo que ya está viviendo El, lo que es su propia vida. Decimos que el Sermón del Monte es como la Carta Magna del cristianismo porque ahí nos refleja Jesús lo que es el ideal de lo que nosotros hemos de vivir cuando queremos vivir el Reino de Dios. Pero nuestro ideal es Cristo, nuestro vivir ha de ser el vivir a Cristo. Por eso lo que El nos está proponiendo, diciendo, enseñando no es sino su propia vida.
En una de las bienaventuranzas nos dirá que seremos felices, dichosos, de nosotros es la recompensa del Reino de los cielos si somos perseguidos, o calumniados de cualquier modo por su causa. Pero es lo que El vivió, lo que fue su vida. lo estamos contemplando hoy en el evangelio. A Cristo quieren quitarlo de en medio, no entenderán lo que dice, hace o enseña y dirán que está loco, pero esa es la vida de Jesús, esa es la gran novedad del Evangelio, esa es la transformación grande que hemos de hacer en nuestra vida.
Y no tememos, pues, ser incomprendidos porque incomprendido fue El; y no tememos que pasemos por la persecusión porque El pasó por la cruz. Esas incomprensiones que nosotros habremos de vivir en la vida cuando intentamos ser fieles, vivir en fidelidad total al evangelio y a los valores del Reino son parte de la pascua; de la pascua que vivió Jesús y de la pascua que hemos de vivir nosotros; y la pascua es pasión y muerte, pero que siempre nos llevarán a la resurrección.
Contemplando a Jesús que camina delante de nosotros nos sentimos estimulados en nuestra fidelidad. Con Jesús a nuestro lado no tememos lo que pueda haber de pasión y de muerte porque así nos unimos a El y en El tenemos toda la fuerza, toda la gracia que necesitamos para hacer nuestro camino.
¿No fue eso lo que vivieron los mártires que llegaron a morir, a dar su vida por el nombre de Jesús? estos días hemos tenido y tendremos ocasión de contemplar y celebrar a diversos mártires que derramaron valientemente su sangre por Jesús y el evangelio: san Sebastián, santa Inés, san Vicente diácono, y así tantos y tantos que a lo largo de los siglos se convirtieron en testigos hasta dar su vida. Tenemos que ser testigos y no hemos de temer lo que nos pueda costar ese testimonio. Con nosotros está el Espíritu de Jesús que es nuestra fortaleza.

viernes, 20 de enero de 2012


Llamó a los que quiso y se fueron con El…

1Samuel, 24, 3-21; Sal. 56; Mc. 3, 13-19
‘Llamó a los que quiso y se fueron con El… a doce los hizo sus compañeros…’ Las gentes escuchaban a Jesús y veían sus obras y se iban con El. Querían escucharle, estar con El, le traían a los enfermos para que los curara, pero a algunos los llamaba de manera especial.
Había llamado a los pescadores que estaban allá junto al lago en sus tareas y con sus redes y los habían invitado a seguirle para hacerlos pescadores de hombres – lo vamos a escuchar de nuevo el domingo -. Pero ahora nos dice el evangelista Marcos que subió a la montaña. En los lugares paralelos de los otros evangelistas se nos dice que había pasado la noche en oración. Y ahora hay una llamada especial. Quiere hacer el grupo de los doce. Los va a llamar apóstoles. El Colegio Apostólico. Quiere que estén con El y serán sus compañeros. Para ellos tiene una misión especial: ‘enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios’. Y el evangelista nos da el listado de los Doce.
Quiere que estén con El y serán sus compañeros. Así los veremos a lo largo del evangelio. Siempre al lado de Jesús, caminando con El, escuchándole a El que de manera especial a ellos le explica, a ellos les enseña todo lo referente al Reino de Dios. Veremos como se los lleva a lugares apartados para estar con ellos, cómo les instruye de manera especial cuando van de camino, les responde a sus preguntas cuando llegan a casa, tiene especiales exigencias para ellos para que entiendan bien todo el sentido del Reino de Dios. Muchas páginas del evangelio vemos en ese sentido.
Un número significativo como las doce tribus de Israel. Un grupo que quiere conjuntar muy bien porque a ellos de manera especial les va a explicar con mayor detalle. Van a ser los doce apóstoles enviados, que eso viene a significar la palabra apóstol, y que van a ser fundamento de la nueva comunidad que en Cristo se va a constituir.
Van a recibir la misma misión de Jesús, el anuncio del Reino. Los llamó para enviarlos a predicar. Y el envío se hará dándoles el mismo poder de Jesús, ‘expulsar demonios’, porque con el anuncio del evangelio se ha de vencer el mal, se ha de hacer un mundo nuevo, se ha de constituir de verdad el Reino de Dios. Es lo que Cristo realizó y consumó de manera plena con su muerte redentora en la Cruz y lo que confía a sus apóstoles que han de ir haciendo por el mundo. Es la misión de los Apóstoles que es la misión de la Iglesia, que  no es otra que la misma misión de Jesús.
Será a los que al final, antes de la Ascensión, enviará por todo el mundo con la misión de anunciar la Buena Nueva, el Evangelio a todos los hombres. Serán los que aguardarán en el Cenáculo el cumplimiento de la promesa de Jesús y recibirán el Espíritu Santo como comienzo de la Iglesia. Con Pedro como cabeza de aquel Colegio Apostólico van a ser el fundamento de la Iglesia y se van a repartir por el mundo anunciando el Evangelio, bautizando a los que crean y constituyendo la Iglesia. En torno a ellos y a sus sucesores se van a constituir las comunidades que van a nacer del anuncio del Evangelio. Los Obispos serán los sucesores de los Apóstoles en cada Iglesia local.
Démosle gracias al Señor por la elección de los apóstoles, los doce elegidos entonces y los que a lo largo de los siglos ha ido llamando el Señor con esa su misma misión. Una característica de la Iglesia es ser apostólica, porque en los apóstoles fundamentamos nuestra fe en Cristo porque ellos son los primeros testigos de la resurrección de Jesús que nos han trasmitido el mensaje del Evangelio.
Damos gracias y pedimos al Señor por los constituidos apóstoles hoy en su Iglesia; y pensamos en el Papa, y pensamos en los Obispos, verdaderos sucesores de los Apóstoles, pero pensamos también en todos los que participan de esa misión apostólica en la Iglesia. Que no falte nunca la asistencia del Espíritu Santo que es el que guía a la Iglesia y sostiene a sus pastores. Que con la luz, la fuerza y la gracia del Espíritu Santo se pueda conducir al pueblo de Dios, al Rebaño de Cristo por los caminos que conducen a la vida eterna.
Que la Iglesia no deje de anunciar el Evangelio de Jesús pero que su predicación vaya acompañada por las obras de la justicia y del amor. La Iglesia como los apóstoles está enviada a predicar la Buena Nueva de Jesús y con el poder de expulsar el mal; obra que la Iglesia realiza en tantas obras de amor, en tantas obras que son signos de ese amor salvador de Cristo que renueva al hombre.

jueves, 19 de enero de 2012


Lo siguió una muchedumbre de Galilea

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal. 55; Mc. 3, 7-12
Estos días hemos comentado que el comienzo de la predicación de Jesús producía diversas reacciones en las gentes que lo escuchaban: perplejidad ante la novedad del anuncio que Jesús hacía, sorpresa, preguntas e interrogantes en el corazón, rechazo y desconfianza por parte de algunos, alegría y esperanza porque comenzaban a vislumbrar el cumplimiento de las promesas mesiánicas.
Ayer mismo escuchábamos cómo ‘en cuanto salieron de la sinagoga, lo fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él’. No terminaban de comprender el sentido del Reino de Dios tal como Jesús lo anunciaba. Pero en contrapartida hoy escuchamos que ‘Jesús se retiró con los discípulos a la otra orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea’. A continuación el evangelista nos dirá que venían de todas partes, de todos los rincones de Palestina y nos hace una relación de todos esos lugares de donde venían. Era grande el entusiasmo de las gentes por Jesús de manera que ‘encargó a sus discípulos le tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío’.
Acuden a Jesús porque quieren estar con El y escucharle; le traen enfermos e impedidos de toda enfermedad para que Jesús los cure. Los signos de salvación se multiplican. Confiesan su fe en Jesús incluso los espíritus inmundos. ‘Se postraban ante El gritando: Tú eres el Hijo de Dios. Pero El les prohibía terminantemente que lo diesen a conocer’.
Cuando escuchamos textos del evangelio como éste, aunque en él no haya una predicación especial y concreta de Jesús, sino que solo contemplamos a la gente cómo quiere seguir a Jesús, nos sentimos nosotros impulsados y con deseos de estar también con Jesús, y seguirle, y manifestarle nuestra fe y nuestro amor. Así con sencillez y con mucho amor hemos de ir hasta Jesús. Tenemos la oportunidad cada día de escuchar su Palabra, en cualquier momento acercarnos a los evangelios para conocerlo más, y hemos de saber aprovechar esa gracia del Señor.
Ahí tenemos el alimento de nuestra vida cristiana. Así con fe nos acercamos a El con ese deseo de crecer cada día más en nuestra fe y nuestro amor. Con fe acudimos a Dios con lo que es nuestra vida, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros problemas porque sabemos que en Jesús encontraremos esa luz que necesitamos, esa fuerza y esa gracia que nos ayuda y nos fortalece, esa esperanza que nos impulsa a trabajar para ser cada día mejores, pero también para hacer que nuestro mundo sea mejor.
Jesús es nuestra esperanza, nuestra luz, nuestro camino, nuestra salvación. Sus pasos queremos seguir en todo  momento, nuestro corazón lo abrimos a su gracia y a su Palabra, de El venimos a alimentarnos en su Palabra y en su Eucaristía porque así ha querido El ser nuestro alimento, nuestro Pan de vida.
Muchas veces también la Palabra de Jesús nos desconcertará porque nos hará interrogarnos esppor dentro para que le demos auténtico sentido a aquello que vamos haciendo, o para que renovemos de verdad nuestra vida en la novedad del Evangelio. Pidámosle que nos aclare su Palabra allá en lo hondo del corazón, igual que los discípulos en ocasiones le pedían que les aclarara el sentido de las parábolas.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que allá en nuestro interior nos lo irá aclarando todo. Rumiemos esa Palabra del Señor que escuchamos y plantémosla de verdad en la tierra de nuestro corazón, arrancando de nosotros las malas hierbas de nuestros vicios y pecados para que pueda dar fruto de verdad en nuestra vida. 

miércoles, 18 de enero de 2012


Yo voy a ti en el nombre del Señor de los ejércitos

1Samuel, 17, 32-33.37.40-51; Sal. 143; Mc. 3, 1-6
El libro de Samuel nos narra el episodio por todos conocido de la victoria del joven David sobre el filisteo Goliat. Entra este texto en esos episodios que tratan de magnificar al que iba a ser gran rey de lo judíos vencedor luego en muchas batallas contra los filisteos y todos los enemigos de Israel hasta su instauración en la ciudad de Jerusalén por él también conquistada.  Muchos son los relatos épicos de sus batallas y victorias así como los cánticos con que el pueblo le alababa.
Más allá de todo eso podemos descubrir en este texto también hermosa lección para la lucha de nuestra vida. El joven David aun no entrenado lo suficiente para entablar batalla con el gigante filisteo sin embargo logrará vencerle. No ha podido ceñirse la armadura que el rey le había ofrecido para la lucha por su falta de entrenamiento y sólo se enfrentará con una honda y unas piedrecillas en su morral.
Pero no serán solamente su astucia y destreza en el manejo de la honda los bagajes con los que se enfrente al enemigo, sino que lo hará en el nombre del Señor. ‘Tú vienes a mí, armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos… todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel’, le dice. En ese mismo sentido le había dicho al rey Saúl cuando se ofreció para enfrentarse al filisteo: ‘El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de las manos de ese filisteo’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje y lección. Es como una parábola para nosotros. Caminamos entre luchas y tentaciones por los caminos de la vida. No nos es siempre fácil sobreponernos a las dificultades y problemas que vamos encontrando, porque nos sentimos muchas veces débiles y pequeños. Frente a la tentación que nos acecha continuamente queriendo arrastrarnos al mal y al pecado no sabemos en ocasiones como vencerla porque son cosas que nos parecen superiores a nuestras fuerzas.
Gigante es el enemigo y nosotros nos sentimos débiles y pequeños. No son solo nuestras fuerzas y ardides humanos los que van a ayudarnos a vencer la tentación. Hemos de aprender a contar con el Señor, con su gracia y con su fuerza, que si confiamos plenamente en el Señor nunca nos faltará. ‘Yo voy a ti en nombre del Señor…’ decía el joven David frente al enemigo.
Hemos de ser muy conscientes de que en nuestra lucha contra el pecado, en nuestros deseos de superación, en el camino de maduración que vamos haciendo de nuestra vida cristiana no vamos solos, y no lo hacemos sólo con nuestras fuerzas. Por eso es tan importante la oración en la vida del creyente. Oración para unirnos a Dios y descubrir lo que es su voluntad. Oración para alabar y bendecir al Señor que se hace presente continuamente en nuestra  vida. Oración para invocarle y pedir su fuerza y su gracia para nuestra lucha, para nuestro camino de santidad. Si abandonamos la oración entonces sí que nos sentiremos débiles e incapaces. Y nos pasa tantas veces que oramos con desgana, o abandonamos la oración.
‘Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación’, rezamos cada día con el padrenuestro. Hemos de ser conscientes de que vamos a superar y vencer la tentación en el nombre y con la fuerza del Señor. Esa oración ha de salir sincera e intensa de nuestro corazón. En esa oración fundamentamos y fortalecemos nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.   

martes, 17 de enero de 2012


Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado

1Samuel, 16, 1-13; Sal. 88; Mc. 2, 23-28
‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’ Lo hemos recitado en el salmo en clara referencia a lo escuchado en la primera lectura del primer libro de Samuel.
Hemos venido escuchando en la primera lectura estos días este primer libro de Samuel, un libro del Antiguo Testamento que nos relata momentos muy importantes en la historia del pueblo de Israel y de la historia de la salvación. Nos ha hablado del nacimiento en medio de hechos extraordinarios de Samuel como siempre sucede con los grandes personajes de la Biblia; de la vocación de Samuel, o la llamada del Señor al niño Samuel que escuchamos también en la primera lectura del domingo con la hermosa enseñanza de cómo hemos de abrir nuestro corazón para escuchar al Señor que nos habla.
Pero Samuel, juez en la historia de Israel y podíamos decir también profeta, tuvo unas intervenciones importantes en la historia del nacimiento de la monarquía en el pueblo de Israel. Ante la petición del pueblo primero fue elegido Saúl, pero por su infidelidad y pecado es reprobado por el Señor y hoy hechos escuchado la elección y unción de David como rey.
La elección de David, el más pequeño de los hijos de Jesé va a tener repercusiones muy grandes en la historia de Israel, pues el Señor le promete un reino que durará para siempre, con resonancias de claro sentido mesiánico, porque siendo de la tribu y familia de Judá en él se van cumpliendo los anuncios proféticos que ya Jacob hiciera a favor de su hijo Judá. Ya conocemos, por otra parte, las palabras del ángel a María en Nazaret que le anuncia que ‘el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin’.
Ya hemos escuchado el relato del texto sagrado. Samuel no se ha de dejar engañar por las apariencias en la elección del que va a ser el ungido del Señor. ‘No mires su apariencia y su gran estatura, pues yo lo  he descartado, le dice el Señor cuando Samuel vio a Eliab y pensaba que era el elegido del Señor. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’. Hermoso mensaje para que aprendamos nosotros a no dejarnos engañar por las apariencias en nuestros juicios sobre las personas. Cuántos prejuicios se nos forman cuando solo nos dejamos guiar por las apariencias; hemos de aprender a mirar más hondo para ver de verdad el corazón del hombre.
Finalmente será elegido el más pequeño, David, que estaba en el campo guardando los rebaños. Un pastor es elegido para ser pastor de su pueblo Israel lo que igualmente tiene sus resonancias mesiánicas en referencia a Jesús verdadero Pastor y guardián de nuestras vidas. Siendo el elegido Samuel lo unge con aceite, como un signo de su consagración. Dios lo ha elegido y lo ha consagrado para ser el pastor de su pueblo Isarael.
Aparece el signo de la unción que se irá repitiendo en la Biblia para ungir a los sacerdotes y a los reyes, y que se convertirá para nosotros en un signo sagrado y sacramental con el que ya somos ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes, pero que tendrá también su expresión en distintos sacramentos, como la Confirmación, ungidos por el Espíritu para ser testigos y apóstoles, o del Orden Sacerdotal para consagrar a aquellos ministros que en el  nombre del Señor presidirán a la comunidad y nos alcanzarán la gracia del Señor en su ministerio.
Otra unción tenemos en el Sacramento de los enfermos, pero no ya como consagración, no es el crisma el que se utiliza, sino como signo y señal de la presencia y fuerza del Señor junto al hombre que sufre la enfermedad para así sentirse fortalecido en el Señor.
‘Lo he ungido con óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso’. Que sintamos nosotros esta mano poderosa del Señor en nuestra vida con su gracia recordando que desde nuestro Bautismo somos con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

lunes, 16 de enero de 2012


A vino  nuevo, nueva vida, nuevas actitudes y nuevos sentimientos

1Samuel, 15, 16-23; Sal. 49; Mc. 2, 18-22
‘A vino nuevo, odres nuevos’, termina diciéndonos hoy Jesús en el evangelio. La Buena Nueva que va anunciando Jesús va despertando las inquietudes de las gentes que lo escuchan aunque algunos muy apegados a sus tradiciones les costará aceptar el mensaje de Jesús. Perplejidad, sorpresa, inquietud, alegría son sentimientos encontrados que van apareciendo en sus corazones.
Surgen las dudas y las preguntas por los ayunos y los sacrificios que eran norma de conducta habitual en algunos sectores. Que si ayunan los discípulos de Juan y no ayunan los discípulos de Jesús; que los fariseos y sus discípulos son muy rigurosos en estas prácticas piadosas y luego parece que Jesús a eso no le da tanta importancia. Allí vienen con las preguntas y los desconciertos.
‘Los discípulos de Juan y los de los fariseos ayuna, ¿por qué los tuyos no?’. Jesús les habla del novio y de la boda, de la fiesta de los amigos del novio que participan con él en el banquete de bodas. Ya hablará en otros momentos del banquete de bodas para hablarnos del sentido y del estilo del Reino de Dios que anuncia.
Y es ahora cuando Jesús les dice que con El todo va a ser distinto, y que seguirle a El significa un nuevo sentir, un nuevo sentido y valor de todas las cosas. Con Jesús, estando con Jesús no puede haber tristezas y todo es nuevo y está lleno de alegría. Y habla de remiendos y de rotos, y habla de paños nuevos porque no valen los remiendos; y habla de los odres nuevos, porque el vino nuevo rompe los odres viejos y creer en Jesús y vivir a Jesús es como un vino nuevo que exige una vida nueva.
Lo importante es el cambio del corazón. Es lo que pide la novedad del evangelio y es por eso por lo que desde el principio nos habla de conversión. Y convertir es dar la vuelta, es cambiar totalmente para vivir lo nuevo de la gracia, lo nuevo de la salvación que Jesús viene a ofrecernos.
Es el arrancar de raíz las viejas actitudes del pecado; es el vestirnos del hombre nuevo de la gracia; es el sentirnos transformados totalmente por el amor de Dios para vivir siempre en su amor y amar con su mismo amor; es el sentir que así como el Señor nos perdona para alejar de nosotros toda sombra de pecado y de muerte, con un amor nosotros hemos de vivir para saber perdonar, para saber ser comprensivos y compasivos con los hermanos que están a nuestro lado, y para creer en ese hombre nuevo que se siente renovado por la gracia.
Cuando nos sentimos inundados de la misericordia del Señor nos sentimos renovados para ser un hombre nuevo, pero aprendemos cómo también nosotros tenemos que ser misericordiosos con el hermano que haya errado en su vida, haya pecado por muy grandes que sean sus pecados o nos haya ofendido a nosotros. Dios sigue creyendo en el hombre, en la persona a pesar de que sea pecador y nos da el margen de confianza de su gracia que nos perdona y nos ayuda a renovar nuestra vida; que de la misma manera nosotros tenemos que saber actuar con misericordia con los demás.
Es este un aspecto que nos cuesta comprender y aceptar sobre todo cuando se trata de nuestra relación con los otros. Bien nos gusta que el Señor nos perdona a nosotros nuestros males y pecados, pero cuánto nos cuesta perdonar nosotros con la misma generosidad a los demás.
A vino nuevo, odres nuevos. A vida nueva que el Señor nos ofrece, nuevas actitudes, nuevas posturas hacia los demás siempre nacidas desde el amor. cuánto tenemos que cambiar y transformar en nuestro corazón.

domingo, 15 de enero de 2012


Maestro, ¿dónde vives? Queremos conocerte y estar contigo

1Samuel, 3, 3-10.19;
 Sal. 39;
 1Cor. 6, 13-15.17-20;
 Jn. 1, 35-42
En alguna ocasión nos habrá sucedido algo así. Hemos conocido a alguien, quizá ocasionalmente o por algún otro motivo, con quien charlamos con confianza y nos sentimos a gusto y al final algo así como que le preguntamos donde vive porque quizá deseamos volver a encontrarnos y ahondar en nuestra amistad. Conocer donde vive, conocer su casa es algo más que situar un lugar geográfico, es como entrar en la intimidad de la persona. También nos sucede que cuando tenemos experiencias gratas así enseguida las comunicamos a los que están cercanos a nosotros porque nos parece que eso no nos lo podemos guardar dentro.
Algo así, aunque tal como nos lo cuenta el evangelio no sea en ese mismo orden de tiempo, es lo que le sucedió a aquellos dos discípulos de Juan que cuando el Bautista señala a Jesús que pasaba ante ellos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se van tras El y le preguntan donde viven. En el fondo era manifestar ese deseo de estar con El para conocerle más hondamente como así sucedería. ‘Venid y lo veréis’, fue la respuesta y la invitación de Jesús.
Ya escuchamos, y lo hemos meditado muchas veces, que ese encuentro fue algo vital para aquellos dos discípulos que ya inmediatamente no sólo ellos quisieran estar con Jesús sino que comunicarán esa buena noticia con entusiasmo a los demás. ‘Hemos encontrado al Mesías… a aquel de quien escribió Moisés y los profetas’. Fue una experiencia muy fuerte la que vivieron en aquel encuentro personal con Jesús. Experiencias y encuentros que marcan una vida para siempre.
‘Venid y lo veréis’, nos dice también a nosotros Jesús. El estar aquí escuchando su Palabra y disponiéndonos a celebrar la Eucaristía es ya un comienzo a dar respuesta a esa invitación de Jesús. Así tendríamos nosotros que sentirnos a gusto con Jesús. Con ese mismo entusiasmo tendríamos que desear estar siempre con El. También nosotros hemos de decir ‘Maestro, ¿dónde vives?’, queremos conocerte, queremos estar contigo.
Jesús viene a nuestro encuentro, nos va saliendo al paso en nuestra vida, en tantas circunstancias distintas, en tantos momentos, como a aquellos primeros discípulos y nos invita a ir con El; también nos llama como al pequeño Samuel, ya sea en las sombras de la noche, en medio de la barahúnda de los aconteceres de la vida, o allá en el silencio de nuestro corazón. A aquellos primeros discípulos fue primero el Bautista quien les ayudó a conocer la voz de Jesús o señalarle el camino para ir hasta El, o ellos mismos fueron luego mediaciones para los demás para que también se acercaran a Jesús.
El pequeño Samuel no conocía la voz del Señor, ‘pues aun no le había sido revelada la Palabra del Señor’, y así en principio estaba lleno de confusiones, pero sin embargo supo ir con presteza hasta el sacerdote Elí, pensando que era quien le llamaba. El sacerdote le ayudará a discernir la voz de Dios, y si con prontitud había acudido a él diciendo, ‘vengo porque me has llamado’, luego aprenderá a decir ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’.
Es la actitud humilde y confiada que hemos de tener ante el Señor que llega a nuestra vida. Nuestra respuesta debería ser pronta y valiente, generosa, como apreciamos hoy en los llamados en la Palabra del Señor que se nos  ha proclamado. Una respuesta decidida, con arrojo, sin temores. Algunas veces nos parece temer ante lo que el Señor nos pida, o quiera de nosotros. Y es cierto que su llamada nos compromete. Pero, como decíamos al principio, sentimos el gozo de estar con El y seguirle, de querer conocer su vida, conocerle a El más y más. Y cuando es así no caben temores ni miedos.
La llamada e invitación del Señor es algo muy personal a cada uno, que cada uno ha de sentir en un tú a tú en su corazón. Por eso no temamos dejarnos sorprender por el Señor. Ya sabemos que los encuentros vivos con el Señor dejan huella en nosotros, no nos dejan insensibles, pero el Señor respeta siempre la libertad de nuestra respuesta. Alegrémonos de esa inquietud que pueda surgir dentro de nosotros y que haya verdadera apertura de nuestro corazón, disponibilidad para el Señor.
La prontitud de Samuel que corrió hasta el sacerdote siempre en actitud de servicio, la en cierto modo curiosidad y buenos deseos de aquellos primeros discípulos que se van preguntando donde vive, la generosidad de los amigos que se quieren y que saben ofrecer y comunicar lo mejor al amigo, la humildad para dejarnos conducir por quienes pueden ayudarnos a mejor encontrarle, la inquietud por ofrecerle al Señor la mejor respuesta en el día a día de nuestra vida, el entusiasmo también para dar a conocer a los demás lo que nosotros vamos encontrando y que es un gozo para nuestra vida… son las señales de nuestra disponibilidad y de la buena respuesta que queremos ir dando.
Lo que nos está pidiendo el Señor es seguirle. Ser el discípulo que sigue al Maestro en el día a día de nuestra vida. No es necesario que hablemos en este momento de nuestra reflexión de vocaciones específicas de seguimiento a Jesús en una vocación determinada de servicio dentro de la Iglesia como pueda ser la vocación al sacerdocio, a la vida religiosa o a la vida misionera, o en una misión concreta en medio de nuestra sociedad y nuestro mundo.
Podríamos hablar de ello también, pero pensemos primero que nada en ese nuestro ser cristiano, en ese vivir nuestra fe y nuestro amor y todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, en lo que es esa respuesta de santidad que hemos de vivir en cada momento, ahí donde estamos y donde vivimos, en las responsabilidades de cada día. Es lo primero a lo que el Señor nos invita y nos llama. Es la primera respuesta que nosotros hemos de dar. Y ese será el primer y gran testimonio que hemos de dar en medio de nuestro mundo.
Pienso que un buen compromiso por nuestra parte, como respuesta a la Palabra de Dios que estamos escuchando, en este comienzo del tiempo Ordinario que nos media hasta la Cuaresma después de las celebraciones que hemos vivido de la Navidad y de la Epifanía, podría ir en el sentido de avivar esos deseos en nuestro corazón, de querer conocer más y más a Jesús como se nos va manifestando en el evangelio. Que sea nuestra petición, nuestro deseo, esa pregunta de aquellos dos primeros discípulos a Jesús: ‘Maestro, ¿dónde vives?’ Queremos conocerte y estar contigo, queremos llegar a vivir más y más tu vida cada día.