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sábado, 10 de agosto de 2019

Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor



Seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos quemando nuestro corazón en el amor

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Todos queremos vivir, amamos el vivir; no nos cabe en la cabeza que perdamos la vida, es un don muy precioso, y aunque en ocasiones se nos vuelva dura luchamos por mantenerla y por mejorarla.
Decimos con facilidad que cada uno tiene que vivir su vida y tenemos la tentación de preocuparnos solo por nosotros mismos queriendo aislarnos de aquellas cosas que nos pudieran perturbar la vida. Claro que al final cuando vivimos solo para nosotros mismos y nos aislamos la cosa no parece tan grata, porque en el fondo de nosotros mismos tendemos hacia los demás, no podemos vivir sin los otros y terminamos buscando un encuentro, una relación, algo que nos comunique con los otros.
Nos damos cuenta de que no podemos vivir sin el otro, sin los otros y nos lleva a buscarlos y comenzaremos a comprender lo que es el amor, lo que es darnos por el otro. Entraremos en una sintonía distinta aunque no siempre lleguemos a ejecutarla de verdad porque pesaran muchas cosas negativas en nosotros. Cuando entramos en la órbita de un amor verdadero ya no nos importa vaciarnos de nosotros mismos por el bien aquellos a los que amamos; somos capaces de perder para que gane aquel a quien amamos.  Y haciéndolo así parece que nos sentimos más felices, más llenos de vida.
Podremos entender entonces las palabras de Jesús que nos habla de perder la vida para ganarla, como  nos enseña hoy en el evangelio. Nos habla del grano de trigo que muere para dar vida y nos habla de que nosotros perdamos la vida para ganarla. Nos hablará Jesús en otras ocasiones de negarnos a nosotros mismos, para que no prevalezca en nosotros nunca el egoísmo, sino que siempre seamos un corazón abierto para los demás y unos brazos que ofrezcan cariño, amor, amistad a cuantos nos rodean. Así seremos felices de verdad, tendremos vida cuando con sinceridad nos damos, cuando humildemente ofrecemos lo que somos que es lo verdaderamente importante.
Hoy estamos celebrando a quien supo dar la vida; celebramos su martirio, pero solo es consecuencia de lo que fue su vida. Era diácono, era servidor, de la Iglesia, de los pobres, de todos los que le rodeaban. Se daba y nada reservaba para si. Cuando le piden que manifieste cuales son sus riquezas muestras a los pobres a los que servia con amor. Eso mereció el martirio, porque eso no era comprendido por quienes solo ansiaban poder y riquezas.
Hoy estamos celebrando a San Lorenzo, mártir, que bien sabemos que se dejó quemar por su fe y por su amor. Cuando pusieron su cuerpo sobre las llamas, ya él había quemado, consumido su corazón en el amor, porque se había dado totalmente por sus pobres desde la fe que tenia en Jesús. Su cuerpo quemado en las llamas, como decíamos, fue solo la consecuencia de su amor.
Qué ejemplo más hermoso para nuestra vida para que comprendamos lo que verdaderamente es vivir dando la vida, dando vida.

viernes, 9 de agosto de 2019

Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora


Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13
Nos sucede en ocasiones. Tenemos que realizar algo en un tiempo determinado, pero nos confiamos y lo vamos dejando para después porque sabemos que podemos hacerlo y nos llega el último momento y vienen los agobios para terminarlo y muchas veces ya no lo realizamos como a nosotros nos hubiera gustado porque se nos fue el tiempo. Hay personas que son especialistas en dejarlo todo para última hora confiándose demasiado y luego viviendo con agobios y prisas. Lo malo es que al final nos tengamos que presentar con las manos vacías o que no lo realicemos con la perfección que se nos pide. Responsabilidad, prontitud, previsión, buena organización de nuestras tareas, seriedad con la que nos tomamos las cosas es algo importante a tener en cuenta y que van a marcar nuestra madurez humana.
Algo que hemos de saber aplicar a las diferentes facetas de la vida, desde las responsabilidades en nuestros trabajos o en la propia familia, como en lo más personal de nosotros mismos que nos ayuda a realizarnos más y mejor como personas y tenemos que decir también en el ámbito de nuestra fe. Es la tarea de la vida con el sentido de trascendencia que hemos de darle a cuanto hacemos, que no solo nos repercute en lo que cada momento vivamos sino que va más allá de nosotros mismos en lo que podemos trascender en los demás por lo bueno que les podamos trasmitir, pero también en el sentido de trascendencia de eternidad que vivimos desde nuestra fe.
Ahí está todo ese camino de superación que hemos de ir realizando siempre en nuestra vida, ese camino de crecimiento en lo humano pero también en lo espiritual para darle cada día una mayor profundidad a nuestro ser. Ahí está ese lucha diaria en la que intentamos ser mejores, corregir nuestros errores, fortalecernos frente a las debilidades que hay en nosotros y también, ¿por qué no?, pedir perdón a Dios por lo que hayamos hecho en contra de su voluntad. Un aspecto que olvidamos, que dejamos de lado o para el último momento tantas veces, pero el final puede ser inesperado y siempre hemos de estar preparados. ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios? ¿Con las manos vacías? ¿Con las manos manchadas por nuestro pecado?
Todas estas cosas – y en muchas más podríamos profundizar – me sugiere y comparto con ustedes en esta semilla de cada día desde la parábola que hoy se nos presenta en el evangelio y que seguramente muchas veces hemos escuchado, rumiado en nuestro interior y también querido llevar a nuestra vida. La parábola de las jóvenes que esperaban la llegada del novio para la boda.
Esperaban con lámparas encendidas en sus manos, según las costumbres de la época en la que no solo se alumbraba así el camino, sino que además aquellas luces habían de servir para iluminar la sala del convite de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas, más cuando el esposo tardo en su llegada, y así algunas se encontraron que sus lámparas se apagaban y ni podían alumbrar el camino ni tampoco iluminar la sala del banquete. Fueron a buscar aceite a última hora y la puerta se cerró sin posibilidad de entrar al banquete de bodas.
Creo que la aplicación de la parábola a la vida es bien sencilla, pero que también nos ayudará a encontrar esa profundidad para nuestra vida. No podemos dejar las cosas al azar ni para última hora. Como decíamos antes en todas las facetas de la vida; como podemos pensar también en todo lo que afecta y atañe a nuestra relación con Dios y a lo que ha de ser nuestra respuesta de vida cristiana. Es el cuidado de nuestra fe y de nuestra vida espiritual; es la profundidad que hemos de saber darle a la vida desde los valores del Evangelio; es el camino de nuestra vida cristiana como respuesta de amor al amor que Dios nos tiene; es el compromiso que desde esa fe vivimos también en el seno de nuestra comunidad cristiana a la que tenemos que enriquecer con nuestra vida, pero que si vamos con las manos vacías poco podemos hacer.
Que no se nos apague nunca esa luz, que no nos falte el aceite para mantenerla encendida, que podamos siempre iluminar a los demás y a nuestro mundo. No lo dejemos al azar ni para la última hora, sino vivámoslo cada día con intensidad.

jueves, 8 de agosto de 2019

Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar



Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo y ser sal de la tierra que no podemos ocultar

Isaías 52, 7-10; Sal 95; Mateo 5, 13-19
¿Nos da vergüenza que vean lo que hacemos? Nos rodea como un cierto rubor o pudor ante el hecho de que los demás conozcan lo que hacemos. Queremos mantener nuestra privacidad, y es cierto que tenemos derecho a ello. Pero no vivimos aislados en el mundo o del mundo sino que el mismo sentido de nuestro existir es la convivencia porque no estamos hecho para la soledad y menos una soledad impuesta; a la luz el día vivimos y contemplamos y compartimos lo que hacemos y lo que los otros hacen. Es cierto además que desde eso que hacemos, cada uno desde su lugar, vamos construyendo nuestro mundo y queremos contribuir entre todos a que sea mejor y podamos tener una convivencia justa y feliz.
Claro que eso no significa que con vanidad vayamos haciendo alarde de lo que hacemos y con lo que contribuimos también al bien de los demás. Cuando vamos actuando en la vida con un corazón recto seremos capaces de ser humildes y sencillos sin orgullos que dañen a los demás o los minusvaloren, pero sí tendremos ojos limpios para contemplar lo bueno que los otros hacen y se convierte a la vez en estímulo para nuestra propia superación y crecimiento personal. Son malas las envidias que nos envenenan y enturbian nuestra vida y también las relaciones con los demás.
No hacemos alarde, pero tampoco ocultamos lo bueno que hacemos porque así de alguna manera nos convertimos en luz los unos para los otros ayudándonos mutuamente a nuestro crecimiento personal. No podemos ocultar la luz, no tenemos que ocultar la luz, no tenemos que avergonzarnos de la luz que llevamos en nuestra vida en nuestras buenas obras y en nuestro buen hacer.
De esto nos está hablando también hoy el evangelio. De la luz y de la sal. Ni podemos dejar que la sal se desvirtúe, ni podemos ocultar la luz. Y esto hemos de aplicarlo en todos los aspectos de la vida. Y esto tiene también una clara referencia a nuestra vida de fe y a nuestra vida cristiana. Con nuestra fe y con nuestras obras de amor que de ella nacen hemos de iluminar nuestro mundo, tenemos que ser sal de la tierra.
Y es lo que quizá los cristianos tendríamos que preguntarnos, si en verdad con nuestra vida, con nuestra fe, con nuestras obras estamos siendo luz para nuestro mundo. Y es que aquello que decíamos al principio de esta reflexión de que nos da vergüenza de que vean lo que nosotros hacemos nos puede estar sucediendo en este ámbito. No nos estamos manifestando como creyentes ante nuestro mundo, muchas ves lo ocultamos como si nos diera vergüenza de que los demás sepan que somos cristianos.
Y nuestra si tenemos que manifestarla con orgullo y con una alegría grande. Damos gracias a Dios por nuestra fe, pero glorificamos a Dios manifestando nuestra fe al mundo que nos rodea, aunque no lo quieran aceptar. Nosotros creemos en verdad que en Jesús está la salvación y esa tiene que ser una luz que ilumine al mundo, para que todos puedan descubrir el verdadero sentido de la fe que nos ayudará precisamente a la transformación de nuestro mundo.
La fe ilumina nuestros rostros llenos de alegría porque en Cristo hemos encontrado el verdadero sentido y valor de nuestra vida. Manifestémoslo con gallardía ante nuestro mundo para que contagiemos esa alegría de la fe.
Así tendríamos también que saber dar a conocer al mundo toda esa historia de santidad que tenemos en la Iglesia; esos santos que vivieron la alegría de su fe, esos santos que con su palabra y con el testimonio de su vida tanto hicieron por mejorar el mundo haciendo que todos fuéramos mejores. En los santos hemos de ver ese ejemplo que a nosotros nos estimule. Hoy estamos celebrando un gran santo en este sentido como fue Santo Domingo de Guzmán.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe


Necesitamos mantenernos firmes y seguros a pesar de las dificultades en un crecimiento humano de nuestra vida pero también en la maduración de nuestra fe

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105;  Mateo 15,21-28
Algunas veces nos crecemos cuando encontramos dificultades o todo se nos pone en contra; es cierto que hay momentos en que en situaciones así nos sentimos derrotados, lo queremos echar todo a rodar, nos desanimamos y al final no seguimos insistiendo. Pero cuando tenemos confianza en que aquello por lo que luchamos merece la pena, estamos seguros que lo podemos conseguir, las dificultades no nos arredran sino que seguimos insistiendo y luchando con una gran fortaleza de espíritu.
Ahí se manifiesta también la grandeza de la persona, aunque quizá nos pueda parecer llena de defectos y debilidades, que es incapaz o que no sabe cómo enfrentarse, pero sin embargo insiste y lucha por conseguir aquello que tanto anhela. Son ejemplos que quizá nos queremos ver o no sabemos valorar, porque quizá provienen de personas a las que nosotros de alguna manera consideramos inferiores o incapaces para esas luchas.
No queremos reconocerlo quizá porque realmente somos nosotros los incapaces para luchar y los que pronto tiramos la toalla desistiendo del esfuerzo que sería necesario. Ya simplemente con el ejemplo que no dan personas así podemos decir que tenemos aprendida una hermosa lección para nuestra inconstancia y nuestra falta de perseverancia.
Pudiera parecer excesiva la introducción fijándonos en aspectos meramente humanos con referencia a nuestra propia personalidad como entrada a la reflexión que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Y es que en este texto de la mujer cananea que va detrás de Jesús pidiendo compasión para ella y para su hija enferma, en este aspecto humano ya es una gran lección para nosotros que tendríamos que aprender.
Hoy se nos resalta en este texto la fe de aquella mujer. Es lo que finalmente Jesús alaba cuando al fin entra en conversación con ella para atender a su petición. Había ido rogando compasión y misericordia, haciendo incluso una confesión de fe en Jesús como Mesías - hijo de David, le llama -, cuando realmente aquella mujer era pagana. Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo, es el grito de aquella mujer.
En el relato hay cosas que nos pueden confundir en las palabras o en la actitud primera de Jesús, pero que de alguna manera reflejan lo que era el trato que los judíos daban a los gentiles, con los que incluso no querían ni mezclarse. Pero en el conjunto del relato descubrimos una apertura del evangelio y de la salvación que es para todos, y no se reduce al pueblo judío, basta con que se tenga fe. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’, le dirá Jesús y la niña quedó curada, liberada del maligno.
Un doble mensaje estamos descubriendo, por una parte de ese aspecto humano de nuestra vida donde tenemos que aprender a crecer y a madurar, donde hemos de ser perseverantes en aquello por lo que luchamos, aunque al mismo tiempo el respeto y la valoración que hemos de saber hacer de toda persona no discriminándola nunca por su condición sea cual sea; pero también en el crecimiento de nuestra fe, por la confianza que hemos de saber poner en Dios que aunque nos parezca en ocasiones en silencio o lejano a nuestras peticiones o a nuestros sufrimientos, siempre nos escucha y con nuestra perseverancia en la fe encontraremos la salvación.

martes, 6 de agosto de 2019

Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús en nuestra oración donde vivamos nuestro Tabor disfrutando de la presencia de Dios en nuestra vida


Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús en nuestra oración donde vivamos nuestro Tabor disfrutando de la presencia de Dios en nuestra vida

2Pedro 1,16-19; Salmo 96; Mateo 17,1-9
‘¡Qué bien se está aquí!’ Alguna vez nos hemos expresado o nos hemos sentido así. Momentos de felicidad y de dicha, un encuentro familiar, una convivencia con los amigos, alguna experiencia muy especial allá en lo más intimo de nosotros mismos… No querríamos que aquel momento se acabara, no queremos perder la magia de lo que allí estamos viviendo, no deseamos que se diluya esa experiencia espiritual. Que aquello continúe y desearíamos que sea para siempre, aunque sabemos bien que tenemos que bajar a la realidad, volver a las cosas de cada día quizás muchas veces llenas de sombras, pero aquella luz no queremos que se apague.
Era lo que estaban viviendo aquellos discípulos allá en lo alto de la montaña y como siempre es Pedro el primero que salta con su palabra. Más tarde quizás pensará que no sabía lo que decía, pero era algo tan bonito que deseaba que no se acabara nunca.
Jesús se había llevado a una montaña alta en medio de las llanuras de Galilea solo a tres de los discípulos, Pedro, Santiago y Juan. Solía Jesús retirarse a solas a orar y lo hacia en descampado, se adentraba entre los árboles del monte, subía a un lugar elevado tan emblemático en la espiritualidad judía. Ahora no había ido solo sino que se había llevado a aquellos tres discípulos escogidos.
Y allí en aquella intimidad se desplegó la maravilla del misterio de Dios que se manifestaba en Jesús ante los ojos de los discípulos asustados y que más bien estaban aturdidos de sueño cuando tocaba ir a orar como tantas veces nos pasa. Pero aquello los había despertado, aquellos resplandores, aquella nube que los envolvía, a aparición de Moisés y Elías hablando con Jesús. ‘¡Qué bien se está aquí!’, y ya querían hacer tres tiendas para que permanecieran para siempre, aunque casi se olvidaban de si mismos. Dios les había permitido inundarse de su presencia divina.
Pero algo más iba a suceder porque al verse envueltos en una nube se escuchó la voz del cielo que señalaba a Jesús como el amado y preferido de Dios a quien habíamos de escuchar. ‘Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto’. Esto ya sobrepasaba todo lo imaginable y entonces sí que se llenaron de temor y cayeron de bruces rostro en tierra. Pero allí está Jesús con su paz. ‘No temáis’. Había que bajar de nuevo a la llanura.
Aquello era una experiencia para tomar fuerzas para el camino que iba a ser duro y necesitaba estar bien fortalecidos. Moisés y Elías habían hablado con Jesús también de su pasión y muerte, algo que Jesús les había anunciado y nunca habían creído, y ahora tendrían que enfrentarse a todo el recorrido de subida a la Pascua. Sería la Pascua de Jesús que tenia que ser también su pascua; ya llevaban por adelantado la experiencia de Dios que habían vivido donde tendrían que encontrar fortaleza y esperanza, pero que iba a ser algo bien costoso para ellos. Por eso Jesús les dice que no hablen de todo aquello hasta después de la resurrección.
Si comenzamos comentando experiencias humanas que hayamos podido vivir donde nos hayamos sentido bien a gusto, ahora tenemos que dar un paso más. Es llegar a rememorar en nuestra vida esas experiencias de Dios que hayamos tenido. Espiritualmente también habremos tenido en algún momento esa vivencia especial donde sentimos a Dios de manera especial en nosotros. Son esos momentos de Tabor que hayamos podido tener, o son esos momentos de Tabor que de alguna manera hemos de buscar.
Tenemos que subir a la montaña también, tenemos que buscar ese momento donde abramos nuestro corazón a Dios y a como El quiera manifestársenos. Yo diría que tenemos que saber cuidar nuestra oración para que no nos adormezcamos como tantas veces nos sucede o que nos caemos de sueño o nos vamos con nuestra imaginación por otros viajes.
Tenemos que saber encontrar ese momento de silencio interior, donde nos metamos allá en lo más hondo para escuchar a Dios, para sentir la presencia de Dios. Con ruidos, con imaginaciones, con cosas que nos llamen la atención desde lo exterior, o con turbulencias en nuestro espíritu no podemos escuchar a Dios.
Tenemos que aprender a hacer ese silencio, a encontrar ese recogimiento, ese saber centrarnos en Dios con toda nuestra fe para escucharle, para sentirle, para vivirle. Así llegaremos a esa experiencia de Dios, a esa vivencia de su presencia, a ese sentir que Dios está con nosotros y camina a nuestro lado, a tener nuestra pascua de Dios en nuestra vida.
Es lo que hoy celebramos y queremos contemplar en esta fiesta de la Transfiguración del Señor.

lunes, 5 de agosto de 2019

Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios



Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios

Lucas, 11,27-28
Hoy quiero tener un recuerdo especial en esta semilla de cada día para la Virgen María. En nuestra tierra, y en especial en la isla de La Palma, se la celebra en este día con la Advocación de Nuestra Señora de las Nieves, allá en su santuario del monte, a donde acuden hoy todos los moradores de la isla para honrar y venerar a su madre y patrona. En muchas otras localidades de nuestras islas se celebra también con esa misma advocación así como son muchas las mujeres canarias que llevan su nombre de Nieves o María de las Nieves.
El origen de esta hermosa advocación está en Roma en el Monte Esquilino, que en un cinco de agosto apareció cubierto de nieve como una señal del cielo para aquellos sueños del Papa de entonces en los que la Virgen le pedía edificar un templo en su nombre. Uno de los primeros templos de la cristiandad levantados en honor de María, a Madre de Dios, como recientemente entonces había sido proclamada por los concilios.
Hoy aquel templo inicial se ha convertido en la magnifica Basílica de san Maria la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores, o basílicas papales que hay en la ciudad de Roma junto a san Juan de Letrán, su Catedral, san Pedro del Vaticano y san Pablo extramuros. Es allí donde acude antes y después de cada viaje pontificio el Papa Francisco para postrarse ante la imagen de Maria, Salus populi romani, que en aquella Basílica se venera. Una Basílica, por demás, que lleva el patronazgo del reino de España desde tiempo inmemorial, de manera que el Jefe del Estado español es canónigo honorario de la misma.
Pero no nos queremos quedar en datos históricos en nuestra mirada a Maria en este día de su fiesta, como decíamos, con la advocación de Virgen de las Nieves. El mismo nombre nos está indicando el camino de pureza y santidad que hemos de seguir para imitar a María. La llena de gracia, como la llamó el ángel de la Anunciación; llena de gracia porque estaba inundada de Dios que la hace resplandecer con las más bellas virtudes. Concebida sin pecado original la proclamamos como Inmaculada Concepción, hablándonos de su alma pura, de su corazón sin pecado, de su vida llena de gracia, del amor de Dios que la envuelve para convertirse en ternura de Dios para nosotros.
Es la madre solicita y atenta que siempre está a nuestro lado para señalarnos y ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva a Jesús. Es la madre que ruega por nosotros para que sintamos la gracia y la fortaleza de Dios para que no caigamos en la tentación del mal, del desamor, de la dureza del corazón; sintiendo la ternura de la Madre a nuestro lado nuestros corazones tienen que derretirse de amor, no valen ya las corazas del egoísmo y de la insensibilidad, no tiene lugar de ninguna manera en nuestra vida la maldad que nos haría injustos y violentos, sino que todo tiene que ya ser siempre en nosotros delicadeza, ternura, amor, cercanía con los que están a nuestro lado.
La Biblia nos habla de cómo resplandecía del rostro de Moisés cuando bajaba del monte de la presencia de Dios; miramos a María y cual nieve resplandeciente con el sol la contemplamos a ella en la que brilla toda gracia porque así está llena de Dios. Cuando decimos llena de toda gracia no es como si estuviera llena de alguna cosa hermosa, queremos referirnos a la presencia de Dios en su vida que eso es gracia, porque siempre el amor de Dios en nosotros es un regalo de Dios, es un don gratuito en que Dios mismo se nos da.
En María resplandece de una manera especial; eso de ella tenemos que aprender, copiar en nosotros metiéndonos en el molde de su vida para así mejor parecernos a ella, para así mejor llenarnos de Dios. Ella fue el molde de Jesús que en su vientre se engendró como hombre.

domingo, 4 de agosto de 2019

Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos



Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Col. 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
No sé si es que la vida nos obliga a vivir así o que imbuidos por una carrera a la que todos nos sometemos nos hemos hecho a una vida sin vivir de verdad.  Todo parece una loca carrera donde no parece que nos detengamos ni para coger aire, cuanto menos para vivir. Sí, nos puede parecer una exageración, pero veamos en la carrera loca en que nos hemos metido en trabajar y trabajar para tener más, decimos para tener mejor vida y nos llenamos de cosas de las que al final vivimos como esclavizados - algunas veces no sabemos ni lo que tenemos perdidos en ese acumular - sin ni siquiera disfrutar de verdad lo que somos y lo que tenemos.
Queremos tener mejor casa, mejor coche, las mejores cosas que puedan salir al mercado, decimos que queremos una mejor vida para nuestros hijos y nuestra familia y no paramos de trabajar y trabajar porque nunca llegamos a tener todo lo que ansiamos. Pero, ¿cuando nos detenemos un poco para vivir, para disfrutar de lo que ya tenemos pero sobre todo de lo que somos, o para simplemente convivir en paz y tranquilidad con nuestra familia?
No tenemos tiempo porque queremos tener más y eso nos exige trabajar y trabajar. Una loca carrera para mejor vivir, decimos, pero luego no vivimos; no nos detenemos ni a pensar, ni a reflexionar, o si lo hacemos es para ver como aumentamos nuestras ganancias. Pero ¿disfrutar del saber? ¿Disfrutar de la cultura? ¿Disfrutar de la convivencia con amigos, con familiares? No tenemos tiempo, como decíamos antes, ni para respirar. ¿Merece vivir así? ¿Realmente estamos viviendo? ¿No nos estaremos convirtiendo en autómatas o en esclavos de esa misma carrera? ‘Vanidad de vanidades…vaciedad sin sentido, todo es vaciedad’ que nos decía el sabio del Antiguo Testamento.
Claro que también soñamos, a ver si tenemos suerte, a ver si nos cae la lotería, un premio importante que nos resuelva todos los problemas. Pero aun así ¿llegaremos a disfrutar del vivir? Que el vivir ya no es solo la ultima orgía, los placeres mas exquisitos, el hacer lo que me de la gana, el ya no tener que hacer nada porque se acabaron las obligaciones. Que vivir tiene que ser algo más hondo en la persona.
Claro que no siempre tenemos clara la escala de valores por las que se ha de regir nuestra vida. Parece como si al final no sabemos ni lo que queremos. Y no me quiero poner pesimista pensando que todos andamos así, pero sí tendría que hacernos reflexionar, eso que nos cuesta tanto, para ver lo que realmente es importante en la vida y si merece entonces todos esos agobios con los que vivimos.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘cuidado, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Esa codicia que tanto nos encandila, esos afanes que nos obnubilan, esos agobios que no nos dejan disfrutar de lo que somos que no ya de lo que tenemos. ¿Buscamos el tener o el ser? ¿Qué es lo que cuidamos y qué es lo primordial en lo que hacemos, en lo que son las cosas por las que luchamos?
Y nos propone Jesús la parábola del hombre rico que obtuvo una gran cosecha de manera que tuvo que aumentar sus bodegas y almacenes para guardar cuanto había cosechado. Y ya pensaba que podía vivir, tumbarse, vivir la buena vida, no tener que trabajar porque ya tenía para muchos años. Pero todo aquello se acabó y no llegó a vivir.
Lo que hemos venido diciendo. No supo vivir cuando simplemente con su trabajo tenia para una vida digna, sino que ansiaba mucho más. Llegó a tenerlo todo y no llegó a vivir. Vanidades de la vida en que vivimos envueltos tantas veces; un vacío que al final sentimos en nosotros mismos, y unas manos vacías con que  nos vamos a encontrar al final de la existencia.
No se trata solo de la actitud injusta e insolidaria de quien solo pensaba en si mismo y cuando tuvo todo hasta de sobra ni siquiera de acordó de los que pasaban necesidad para compartir con ellos. ¿Cuándo nos daremos cuenta que los bienes de la tierra no tenemos que acapararlos para nosotros solos? Ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que lo acaparemos solo para nosotros. Nuestra mirada tiene que ser más amplia y más universal; no nos valen actitudes egoístas e insolidarias que al final terminan siendo injustas porque nos hacemos insensibles a la vida de los demás.
Es descubrir otro sentido del vivir dándonos cuenta de que no vivimos más intensamente la vida porque poseamos muchas cosas. Cuántos padres no disfrutan de la vida de sus hijos solo afanados por el ganar diciendo que es por el bien de sus hijos, pero realmente no conocen a sus hijos, no saben lo que piensan o lo que anhelan, cuando les falta algo tan sencillo como tiempo para sentarse a hablar con ellos. ¿Eso es vivir y disfrutar de la familia y de los hijos?
Muchas cosas se podrían reflexionar en este sentido. Ojalá aprendiéramos a saber vivir dándole valor e importancia a lo que realmente lo tiene porque nos hagamos una buena escala de valores para construir nuestra vida.


sábado, 3 de agosto de 2019

Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias


Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias

Levítico 25,1.8-17; Sal 66;  Mateo 14,1-12
Cuando tenemos mala conciencia por algo que hemos hecho si hay un mínimo de sensibilidad en nosotros nos sentiremos inquietos, algo pesa dentro de nosotros que no nos deja tranquilos y llegamos incluso a ver en lo que luego nos está sucediendo como consecuencias de aquello malo que hicimos y de alguna manera nos arrepentimos y quisiéramos actuar en delante de otra manera.
Claro que también está el que ha insensibilizado su conciencia y trata de olvidar como si nada hubiera pasado, tratando así de acallar esas voces que pudieran surgirnos en nuestro interior. Quien no tiene conciencia seguirá actuando quizá de la misma manera porque hasta vería como natural el que actuáramos así. Diversas maneras que tenemos de afrontar nuestra propia vida y aquellas cosas en las que hemos errado o en con las que hemos hecho mal a los demás.
Herodes ha oído hablar de Jesús, del mensaje que enseña y de las obras maravillosas que hace. Pero se siente incómodo, como se sienten incómodos los que tienen mala conciencia de lo que hacen cuando se encuentran con una persona que actúa rectamente, que enseña lo bueno y que hasta es ejemplo de vida para los demás. Por eso su reacción es pensar si acaso Jesús, el profeta de Nazaret del que le hablan, no sería Juan Bautista al que él había mandado decapitar. 
Quizá en un primer pensamiento tendríamos que plantearnos cómo nosotros reaccionamos ante lo bueno que vemos en los demás si somos conscientes del mal que muchas veces se nos mete en el corazón.
El evangelio ve ocasión en estas reacciones de Herodes para narrarnos lo que había sucedido. La vida de Herodes no era precisamente una vida recta. Conocida es su vida libidinosa y como se dedicaba más que nada a sus fiestas y sus orgías. Sigue siendo la tentación de los poderosos que se aprovechan de su poder para vivir una vida muchas veces licenciosa. Cuántas corruptelas se ocultan tantas veces detrás del poder. En nuestra sociedad comienza a salir a flote tanta corrupción de los que se aprovechan de la forma que sea de su poder y de su influencia. Demasiado envueltos en maldad vivimos en nuestra sociedad y cómo tendríamos que estar alertas.
Nos narra el evangelista que a Herodes le gustaba escuchar a Juan, pero podía más en él al final sus deseos de placer y sus corruptelas. Juan le hablaba claramente y le denunciaba la situación de pecado en la que vivía. Y por las influencias de quien era causa de pecado para él, termina por meter en la cárcel a Juan. Pero Heroidas no parará hasta lograr quitar de en medio a quien era una denuncia para su vida. La ocasión la da una de aquellas fiestas convertidas en orgías en las que se rodeaba Herodes de sus cortesanos y en la que la hija de Herodías bailó para el rey.
Fue el momento de debilidad final cuando nuestro corazón está ensombrecido y nuestra mirada es turbia. Encantado con el baile de Salomé le ofrece lo que le pida aunque sea la mitad de su reino. Es la ocasión de Herodías que convence a su hija para que pida la cabeza de Juan Bautista. Quien está en la pendiente fácilmente rueda cuesta abajo y es lo que sucedió a Herodes, sus juramentos, sus respetos humanos, su prestigio real, toda la maldad acumulada en su corazón le llevan a dar la orden de decapitar al Bautista. Más tarde vendrá la mala conciencia de la que no se sabe cómo salir.
Un toque de atención a nuestra vida, una llamada. Cuidado con las pendientes en las que nos pongamos en la vida, que resbalamos hasta caer. ‘No nos dejes caer en la tentación’, decimos en el padrenuestro, ‘líbranos del mal’, le pedimos al Señor.

viernes, 2 de agosto de 2019

Necesitamos ojos bien abiertos para dejarnos sorprender por la Novedad que Jesús tiene cada día para nosotros


Necesitamos ojos bien abiertos para dejarnos sorprender por la Novedad que Jesús tiene cada día para nosotros

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
Eso sucede también hoy entre nosotros, en nuestros pueblos o en aquellos lugares donde vivimos y convivimos con los demás. Me refiero a lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Cuántas veces ante alguien que sobresale en nuestro entorno nos decimos y hasta comentamos quizás, ese yo ya lo conozco, sé lo que busca, conozco su familia o sus antecedentes y de alguna forma nos prevenimos con nuestros prejuicios. Algunas veces nos aparece una cierta desconfianza o unos miedos porque no sabemos a donde nos puede llevar, si no conseguimos lo que a nosotros nos interesa le damos de lado, si sobresale en algo más que nosotros nos ponemos a la defensiva e intentamos buscar lados débiles. Así somos tantas veces incluso con aquellos que parecen más cercanos a nosotros. Los prejuicios o los intereses egoístas algunas veces impiden una buena convivencia.
Es lo que le sucedía a Jesús cuando iba a su pueblo y se ponía a enseñar en la sinagoga como lo hacia en otros lugares. En un primer momento sorpresa y admiración, pero luego surgían esos sentimientos y apreciaciones tan pueblerinas que impedían un acercamiento verdadero y sincero a Jesús para descubrir de verdad lo que Jesús venia a ofrecerles. Por eso nos dice el evangelista incluso que allí Jesús no hizo milagros ni nada extraordinario. Parecía como si ellos se lo supieran todo sobre Jesús y ponían una barrera para no llegar a sus vidas.
Pero esto tendría que hacernos reflexionar sobre nuestra propia acogida a Jesús y a su Palabra. Porque a veces parece también que todo nos lo sabemos, o ya nos hemos acostumbrado a oír las palabras del Evangelio que no las sentimos como nuevas, como una Buena Noticia para nosotros. Son barreras en nuestra mente que nos impedirán acercarnos a Jesús para recibir su vida y salvación.
Pensemos, si no, en cómo salimos nosotros de la Eucaristía cada semana. Satisfechos quizá porque hemos cumplido, pero sin sentir ninguna novedad en nuestro corazón, sin que se despierten en nosotros sentimientos nuevos, actitudes nuevas, nuevos compromisos. Ya cumplimos y ya está, ahora nos vamos a otra cosa. Pero aquella Palabra que escuchamos no se nos queda ahí plantada en nuestro interior, para seguirla rumiando, para sentir en nosotros una nueva inquietud, para descubrir como se refleja en lo que vamos viviendo o en lo que vamos contemplando en nosotros esa Palabra de Dios. Vamos ya con la prevención de antemano de que ya nos lo sabíamos, que ya ese evangelio lo conocemos, pero no nos detenemos a descubrir eso nuevo que quiere el Señor de nosotros y nos llega a través de esa Palabra. Ojos bien abiertos para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios de cada día.
Creo que con lo que ya hemos reflexionado al principio también tendríamos que ver cuál es la postura que nosotros tomamos ante los demás. Nos conocemos decimos de toda la vida pero al final no llegamos descubrir los valores de cada persona, la riqueza que en cada persona hay, sino que más bien nos dejamos llevar por nuestros prejuicios. Aprendamos a sintonizar con los otros, en sus vidas puede haber una hermosa melodía que a nosotros también nos puede enriquecer y hacer la vida más bella, como nosotros podemos ofrecer de nuestra riqueza espiritual para hacer dichosos a los que caminan a nuestro lado.

jueves, 1 de agosto de 2019

Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno


Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¿Habéis entendido todo esto?’ preguntaba  Jesús después de exponer sus parábolas. Si entendemos tenemos que ser como ese hombre sabio, como continúa diciéndonos, que sabe darle sentido a cada cosa en su momento.
No es fácil. No es fácil porque nos confundimos muchas veces, porque interpretamos mal, porque no sabemos darle importancia y trascendencia a cada cosa que hacemos. Todo tiene su valor, en todo podemos encontrar algo bueno, cuanto nos sucede tendría que hacernos pensar. Pero pararse a pensar con lo deprisa que va la vida nos cuesta, seguimos en el ritmo vertiginoso y perdemos los detalles, y en los detalles hemos de descubrir cuanto bueno podemos hacer y podemos vivir.
Las parábolas que nos propone Jesús para hablarnos del Reino de Dios y para en consecuencia hacernos pensar en el sentido que le damos a la vida, son un estímulo, quieren alentarnos y alertarnos. Alentarnos para que sigamos el camino con ilusión, que no le temamos a la lucha, que mantengamos claras nuestras metas, que descubramos el sentido de Dios en la vida y en lo que hacemos. ¿No nos quiere hablar del Reino de Dios?
Pero, como decíamos, quieren alertarnos también, ponernos en alerta ante los peligros, ante las tentaciones, ante las desviaciones que podamos hacer en los cruces de la vida no escogiendo el correcto, ante las cosas que nos pueden confundir, ante lo que el mundo nos puede presentar como bueno y nos distraiga de nuestra meta, ante las materialidades de la vida, ante la posible pérdida del rumbo y del sentido espiritual y trascendente que tenemos que darle a lo que hacemos y vivimos.
Hoy nos habla de la red echada al mar y en la que recogen toda clase de peces. Al final será la criba, pero todos están en la red. Así nosotros en la vida y en el mundo. Pero no nos contentemos en pensar que unos son los buenos y otros son los malos y que nosotros somos siempre los buenos.
Es que en nosotros puede haber de una cosa y de otra, porque no somos tan perfectos, porque somos débiles, porque cometemos errores y nos desviamos en algunas cosas del rumbo certero, porque aunque queremos ser buenos y fieles hay cosas en las que bajamos la tensión y nos vamos permitiendo cosas que luego pueden ser una pendiente peligrosa de la que no podamos salir.
En nuestro corazón hay bondad y buenos deseos, es cierto, pero muchas veces se nos mete también el orgullo y el amor propio, nos sentimos tentados por la indiferencia y la insolidaridad, se nos ponen turbios los ojos con nuestros recelos y hasta con las envidias que pueden aparecer en nuestro corazón. Y es en lo que tenemos que estar alerta, como decíamos antes.
Por eso, como ya nos decía también en la parábola del trigo y la cizaña Dios espera, espera nuestro cambio, espera que emprendamos ese camino de conversión de nuestra vida. Mientras vamos caminando si nos damos cuenta de nuestras debilidades tenemos que saber encontrar la fortaleza para no sucumbir, pero también para levantarnos si hemos tropezado. No podemos decir es que soy así y no hay quien me cambie; sí, podemos cambiar, podemos mejorar nuestra vida, podemos transformarnos en esos peces buenos, en ese buen fruto, en esa buena semilla que algún día florezca para alegrarnos la vida, pero que también dé buenos frutos.
Nos sentimos alentados por la Palabra de Dios y nos llenamos de esperanza. Como el hombre sabio sepamos discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno y con todo lo que hacemos demos gloria al Señor.

miércoles, 31 de julio de 2019

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

 Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46
Quien recibe un hermoso regalo se llena de alegría y seguro que en su generosidad compartirá su alegría también con los demás; recordemos cómo, por ejemplo, en un cumpleaños cuando recibimos los regalos de los amigos o de los seres queridos, llenos de alegría se los mostramos a todos compartiendo la dicha que sentimos.
Pero también otras cosas que encontramos o recibimos de los demás que nos llenan de satisfacciones hondas, desde lo bueno que nosotros hacemos, pero también cuando nos sentimos impactados por algo que descubrimos, que vemos en los demás y que nos abre los ojos, nos hace mirar las cosas o la vida de forma distinta, no nos lo guardamos para nosotros mismos sino que con esa alegría que llevamos dentro por aquel descubrimiento tratamos de trasmitirlo o contagiarlo a los demás.
Hoy nos habla Jesús, en ese lenguaje tan peculiar que son las parábolas, de una perla o de un tesoro escondido que hemos encontrado. Y nos habla también de alegría. Todos entendemos que esa perla o ese tesoro del que nos está hablando Jesús en sus parábolas significa encontrarse con El mismo, descubrir en verdad lo que significa el Reino de Dios, encontrar esa fe que da sentido nuevo a nuestra vida, abrirnos a ese mundo maravilloso que El nos ofrece con los valores del Evangelio. Y eso sí que tiene que ser una alegría grande para el ser humano.
Encontrarnos de verdad con el Evangelio de Jesús tiene que significar algo muy grande para el hombre, para toda persona. En medio de ese mundo turbio en que vivimos es encontrar una luz; en medio de esos males que nos envuelven es encontrar una esperanza de salvación y de que es posible un mundo distinto del que desterremos todo ese mal, todo ese odio, toda esa violencia, todas esas cosas que nos enturbian la vida y nos hacen vivir con amarguras en el corazón.
Nos hemos acostumbrado a decir que somos creyentes y cristianos de manera que en nuestra rutina – esa rutina en la que caemos cuando  no somos capaces de renovarnos cada día – hemos dejado de saborear lo que significa tener fe. Por eso ya nos da igual una cosa que otra, nos dejamos influenciar por tantas cosas que no llegamos a descubrir y saborear ese sentido nuevo que tiene todo cuando tenemos fe en Jesús y queremos vivir en el espíritu del Evangelio. Y es que no llegamos a vivir la alegría de nuestra fe. Y eso es triste.
El cristiano, el verdadero creyente tiene que ser una persona inquieta; buscamos y queremos saber, pero no para dejarnos llevar por cualquier corriente o pensamiento, sino para ahondar más y más en nuestra fe. Nos falta esa profundidad que nos llene de vida, vivimos demasiado superficialmente nuestra fe y no somos capaces de dejarnos sorprender cada día por lo que nos ofrece el evangelio. Y claro nos vamos tras cualquier atisbo de luz que relampaguee en cualquier parte.
Es triste que quienes hemos sido bautizados y educados en la fe cristiana como católicos – recibimos al menos unas catequesis para acceder a los sacramentos – luego se nos marchen detrás de cualquiera que toque a su puerta ofreciéndole otra fe u otra religión  y luego hasta vengan a decirnos que nuestra fe no sirve de nada, que estamos llenos de errores y no se cuantas cosas más, pero nunca se preocuparon de conocer a fondo su fe, de profundizar en el evangelio, de escuchar con corazón abierto lo que la Iglesia nos ofrece.
No estudiaste tu fe y ahora vienes a decirnos porque no sé quien te lo dijo o te convenció de que tu fe tiene errores, pero ¿conoces realmente lo que es la fe que vivimos en la Iglesia? ¿Llegaste a vivir la alegría de tu fe? ¿Fue para ti ese tesoro escondido que encontraste y por el que fuiste capaz de darlo todo porque allí encontraste el sentido de tu vida?
Busquemos ese tesoro escondido pero que ahí está delante de nosotros y vivamos la alegría de renovar plenamente tu fe cada día.

martes, 30 de julio de 2019

Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo


Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
Mala cosa es que nos consideremos justos e impecables, porque nosotros sí somos buenos y nunca vamos a tropezar en esas cosas; ese orgullo que se nos mete por dentro nos hace creernos mejores y superiores a los demás y no soportamos de ninguna manera los errores que puedan cometer los demás. Los quitaríamos de en medio, así querríamos arrasar el mal que podemos ver en el mundo porque si quitamos de en medio a esos que vemos actuar con injusticia, con hipocresía y con maldad nos parece que somos tan buenos que el mal no va a volver a aparecer. No nos damos cuenta de nuestra propia debilidad que más pronto de lo que pensamos nos hace caer en esas maldades u otras peores de las que vemos en los otros.
Es lo que viene a enseñarnos la parábola que se nos presenta en el evangelio y que conocemos como la del trigo y la cizaña, que Jesús ante la petición de los discípulos hoy nos da su explicación. Se había sembrado buena semilla pero pronto apareció la cizaña que el maligno había sembrado con malicia en aquel campo. ¿Quieres que la arranquemos? Preguntan las discípulos pero el agricultor les dice que lo dejen hasta el final donde se hará la criba para arrojar al fuego las malas semillas y el buen grano guardarlo en el granero.
Como ya comentamos recientemente es la paciencia de quien sabe que podemos cambiar; es la paciencia misericordiosa de Dios con nosotros que siempre estará esperando las buenas señales de nuestra vida, porque ese campo es el mundo y es la vida, esa buena semilla sembrada en el campo con los ciudadanos del Reino. Pero quiere hacernos caer en la realidad de que también los ciudadanos del Reino un día pueden tropezar y convertirse en mala semilla, en cizaña, cuando dejamos que el mal se meta dentro de nosotros. Ya hablábamos al principio de los que se creen justos y sin pecado que desprecian a los demás; no son tan justos porque ya están dejando meter esa cizaña en sus corazones con sus orgullos y sus desprecios.
¿Tendríamos que ser arrancados nosotros desde que entre en nuestro corazón el orgullo y el pecado? Sin embargo la paciencia de Dios es grande y su misericordia es infinita. Dios nos espera. Dios sigue pidiendo la conversión del corazón. Y podemos cambiar si hacemos surgir en nosotros el arrepentimiento y los deseos de conversión. No nos faltará la gracia del Señor que riegue y haga fecunda nuestra vida.
Mirando esa mala semilla que tantas veces vemos brotar en nuestro corazón creo que tendremos humildad suficiente y claridad de pensamiento para darnos cuenta de la realidad de la vida y de la realidad del mundo que nos rodea. Siempre nos vamos a encontrar en contradicción con el mundo y las obras del mundo que reverdecen continuamente; esa contradicción que encontraremos en todas las situaciones de la vida, esa contradicción que muchas veces podemos encontrar en el seno de la Iglesia y en aquellos que con buena voluntad queremos seguir los caminos del Señor. Pero nos aparece la tentación continuamente y esto nos tiene que llevar a comprender esa situación contradictoria que podemos ver en los demás, contemplar en nuestro mundo y hasta en nuestra Iglesia.
No tenemos que escandalizarnos por eso, no pretendemos tampoco arrancar esa maldad de manera violenta, porque siempre quedarían raíces; tenemos que optar por nuestra propia transformación, el propio cambio que realicemos en nuestra vida para con nuestro testimonio llevar a los demás a sembrar esa buena semilla en sus corazones. Pensemos que quizá los creyentes no estamos dando siempre buen testimonio, buen ejemplo y cuanto daño podemos hacer a los demás por esa contradicción de nuestra vida.
Que el Señor nos ayude a cambiar nuestros corazones para que podamos en verdad comenzar a cambiar el mundo.

lunes, 29 de julio de 2019

El testimonio de san Marta nos ayuda a vivir la vida con una madurez probada en el servicio y en el sacrificio con la esperanza cierta de la plenitud


El testimonio de san Marta nos ayuda a vivir la vida con una madurez probada en el servicio y en el sacrificio con la esperanza cierta de la plenitud

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27
La madurez de la vida se manifiesta cuando tenemos que enfrentarnos a momentos difíciles y somos capaces de hacerlo con serenidad, pero también con seguridad, confianza en si mismo y sus propias convicciones. Vivimos habitualmente de forma serena la vida sorteando esas dificultades o problemas que nos van apareciendo cada día; tratamos de vivir con responsabilidad y con alegría y salvo esas pequeñas cosas que cada día hemos de ir superando vivimos con cierta tranquilidad.
Pero hay momentos en que de forma inesperada, nos surgen problemas que quizá nos desestabilizan, que emocionalmente nos afectan en lo más profundo de nosotros, que nos llenan de intranquilidad y angustia, que producen perdidas dolorosas en la vida, que no rompen el corazón y es entonces cuando tenemos que mostrar nuestra madurez; no es que no sintamos dolor o angustia dentro de nosotros, sino que tenemos la serenidad para afrontarlo sin perder totalmente el control de nosotros mismos apoyándonos en aquello que da sentido a nuestra vida y reaccionando con madurez para saber hacer lo que tengamos que hacer en cada momento.
No es fácil, tenemos que tener bien templado nuestro espíritu, es necesario también tener una buena espiritualidad y valernos quizá de la experiencia de lo que hayamos vivido y buscar los mejores caminos. Muchas cosas se podrían decir en este camino de reflexión.
Hoy estamos celebrando a una mujer que se manifiesta madura en su vida y en su fe. Marta de Betania, de lo que hemos oído hablar en el evangelio. Aquel hogar de Betania era un hermoso lugar de acogida, como no hace muchos hemos reflexionado; muchos peregrinos en su camino a Jerusalén después del largo recorrido del valle del Jordán y la costosa subida desde Jericó allí encontrarían agua y descanso en su caminar. Fue también lugar de encuentro para Jesús y allí le veremos en diversas ocasiones con sus discípulos disfrutando de la placidez de aquel hogar y de la acogida de aquellos que iban a ser los amigos de Jesús.
A Marta la veremos siempre afanada en el servicio para tener todo dispuesto para el ejercicio de la hospitalidad, mientras su hermana María la veremos en otra de las funciones de la acogida que era sentarse a los pies de Jesús para escucharle. Cuando llegamos a un hogar y nos sentimos acogido decimos que al final nos sentiremos como en nuestra propia casa. Era lo que aquellos hermanos de Betania ofrecían a Jesús.
Pero surge la enfermedad y la muerte, mientras Jesús se halla lejos más allá del Jordán. Un golpe para aquellos corazones llenos de amor y que tan unidos se sentían la enfermedad de su hermano Lázaro. Es el aviso que serenamente le envían a Jesús aunque sus corazones están angustiados llenos de dolor. ‘Tu amigo, el que amas, está enfermo’. Al recibir la noticia Jesús dirá que no es una enfermedad mortal sino para que se manifieste la gloria de Dios y tardará días en volver a donde lo han llamado.
Al llegar Jesús a Betania Lázaro llevará ya cuatro días en la sepultura. Al llegar la noticia Marta corre al encuentro de Jesús allá casi a la entrada de la aldea. Va con su luto y con su duelo aunque se atreve con la queja a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto…’ Y allí comienza un diálogo de altura, porque aquella mujer sabe bien lo que es su fe. Jesús le habla de vida y de resurrección para quien ha muerto, y ella espera la resurrección del último día, que es lo que la mantiene firme en su esperanza.
No ha perdido la esperanza ni la confianza en Dios. Se siente muy segura, aun en su dolor, en la fe que tiene puesta en el Todopoderoso, y que ahora va a manifestar su gloria en la acción que realiza Jesús. Es la madurez de su vida acostumbrada al servicio y también al sacrificio; es la madurez de su fe que ahora se ve aquilatada en su momento de dolor.
Ojalá fuéramos capaces  nosotros también de vivir esa madurez que crece y se hace fuerte igualmente desde el servicio y el sacrificio, dispuestos siempre a confiar y a mantener la paz en el corazón. Santa Marta, a quien hoy celebramos, es un buen testimonio que se nos ofrece para nuestra vida.



domingo, 28 de julio de 2019

Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús viviendo y gozándonos de la ternura de Dios



Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús viviendo y gozándonos de la ternura de Dios

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
Me atrevo a decir que la buena calidad de una amistad la podemos medir por la intensidad de nuestras mutuas relaciones, nuestros encuentros frecuentes, nuestro diálogo y comunicación. No la distancia física la que nos pueda hablar de esa no calidad de nuestra amistad sino la falta de comunicación y sintonía, porque además cuando queremos encontramos muchos medios para esa comunicación. Si se nos debilita esa comunicación podemos caer en la pendiente del enfriamiento de relaciones y de la muerte de esa amistad.
¿Podríamos decir también, entonces, que la oración es la medida de nuestra fe? Quizá habremos escuchado decir a muchos que son muy creyentes pero que ellos no necesitan rezar. Podríamos permitirnos quizá decirnos o preguntarnos si es lo mismo el rezar que el orar. Claro que tenemos que entender muy bien lo que es la oración. Hablábamos antes de intensidad de nuestras mutuas relaciones, de encuentro frecuente para facilitar y alimentar nuestra amistad, hablábamos de diálogo y comunicación. ¿No sería eso nuestra oración a Dios? Claro está que con aquellos que nos decían que no necesitaban rezar para mantener su fe, si sus rezos no son una verdadera comunicación y diálogo con Dios, podríamos decir que lo entendemos.
La oración no es una cosa que se nos pueda imponer, sino que es verdaderamente una necesidad del espíritu. Creemos en Dios – que por supuesto no hablamos de una fe teórica sino viva – y necesitamos ese encuentro vivo con el Dios en quien creemos, de quien nos sentimos amados y a quien nosotros también hemos de amar.
Hoy nos habla el evangelio de que los discípulos que veían a Jesús orar con frecuencia, un día vienen y le piden que les enseñe a orar. La oración era parte esencial de la espiritualidad del judío creyente; oraban en el templo, oraban en la sinagoga cuando se reunían para escuchar la lectura de la ley y los profetas, pero era algo además que estaba muy presente en la vida de cada día de todo buen judío.
Los salmos que nos trasmite la Biblia son la expresión de esa oración litúrgica, pero también de esa oración en cada situación de la vida, en la pobreza o en la enfermedad, en los momentos de gloria del pueblo de Israel o cuando hacían la ofrenda de la primicias que eran siempre para el Señor, en el nacimiento de un hijo o en las distintas circunstancias de la vida.
Ahora le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y Jesús lo que les trasmite es lo que es la vivencia de su vida. Por eso la primera palabra es esa palabra tierna con la que el niño se dirige a su padre, confía en él, se pone en sus manos. ¡Abba! ¡Padre! Es una ternura como la del niño que se fía de su padre con la que se pone uno en las manos de Dios. Y es que la manera de orar que nos enseña Jesús no la podemos entender y no la podemos hacer vida en nosotros si no vivimos en el Espíritu de Jesús porque nos hemos dejado impregnar por su vida, por su Palabra, por su Espíritu. Sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús’, nos dicen los maestros de oración y espiritualidad. Y es lo que tenemos que intentar hacer.
Son los discípulos los que le piden a Jesús que les enseñe a orar y la manera de orar que Jesús nos enseña es, pues, para aquellos que en verdad buscan el Reino de Dios, aquellos que en verdad quieren seguir a Jesús viviendo su mismo Espíritu, aquellos que quieren parecerse a Jesús cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre y quieren en todo momento buscar y conocer lo que Dios quiere. Podrán orar con la oración que Jesús nos enseña aquellos que tienen un corazón abierto para escuchar la predicación de Jesús. Cuando Jesús nos enseña cómo y qué es lo que hemos de orar, entonces nos está enseñando implícitamente cómo deberíamos ser y vivir, para poder orar de esta manera.
Orando así mostraremos en verdad, como decíamos al principio, la calidad de nuestra fe, porque así crecerá más y más la calidad de nuestra vida cristiana, nuestra propia espiritualidad. Y quien siente esa ternura de Dios que es su amor no puede menos que con esa misma ternura buscar el encontrarse con Dios. Y qué diálogo más hermoso de amor va a surgir de nuestro corazón. No es necesario que ahora nos detengamos a explicar cada una de las partes de ese modelo de oración que nos propone Jesús, porque así viviendo en el Espíritu de Jesús surgirán, no como rutinas repetitivas, sino como deseos y sentimientos hondos del corazón todo aquello que le queremos decir a Dios, como al mismo tiempo sabremos hacer ese silencio dentro de nosotros para escuchar a Dios.
Luego Jesús en el resto del texto del evangelio de hoy nos hablará de la insistencia y constancia de nuestra oración, hablando del que va a pedir un pan al amigo, o del padre que nunca le dará nada malo a su hijo, y de cómo con confianza siempre hemos de orar, de buscar, de llamar, de pedir porque siempre vamos a ser escuchados y la puerta se abrirá, lo que buscamos lo encontramos, lo que pedimos lo recibiremos y hasta cien veces más.
Que nos gocemos de esa ternura de Dios y con la misma ternura llenos de su espíritu acudamos al Abba, al Padre.