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domingo, 19 de junio de 2016

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Zacarías 12, 10–11; Sal 62; Gálatas 3, 26-29; Lucas 9, 18-24
Dos importantes preguntas de Jesús que tanto han hecho reflexionar y que siguen haciéndonos reflexionar. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Preguntas quizá que dejaron en cierto modo sorprendidos a los discípulos cuando Jesús se las hace; con preguntas así muchas veces no sabemos que responder; quizá nos entran dudas, miedos de acertar o no, o también temor por lo que pueda comprometernos la respuesta que demos. Nos las hacemos en nuestro interior, pero quizá no somos valientes para dar el paso y responder expresándonos en alta voz. Nos sucede tal vez en tantas ocasiones. La respuesta es comprometida.
Responden entonces los discípulos recogiendo lo que escuchaban a la gente cuando se admiraban ante los milagros o se sentían sorprendidos con sus palabras. ‘Un gran profeta ha visitado a su pueblo… no hemos visto cosa igual… nadie ha hablado como este hombre’. ¿Un profeta quizá como Elías que era paradigma de todos los profetas? ¿Un hombre de Dios como Juan al que no sabían bien cómo definir? ¿Uno de aquellos antiguos profetas?
Hasta  aquí las respuestas solo querían reflejar lo que escuchaban, lo que palpaban a su alrededor, pero la otra pregunta era más comprometida. Lo llamaban Maestro y en cierto modo lo veían como profeta; intuían que podía ser el Mesías, pero esa respuesta era comprometida por lo que pensaban los principales de los judíos, los sumos sacerdotes, los maestros de la ley, los fariseos… ¿Qué podían responder? ¿Qué se atreverían a responder?
Será Pedro el que se adelante, siempre el primero dejándose llevar por los impulsos de su fe y de su amor a Jesús. ‘El Mesías de Dios’, así escuetamente nos lo cuenta san Lucas. Reconocer que Jesús era el Mesías era decir que sentían que había llegado el momento culminante de la historia de Israel, que había sido siempre esperar el Mesías prometido. Reconocerlo como Mesías podía implicar muchas cosas, porque las gentes se habían forjado una idea de lo que tenía que ser el Mesías. No entramos ahora en muchos detalles que todos conocemos bien.
Y Jesús quiere dejar bien claras las cosas. Mateo añadirá más al decirle Jesús a Pedro cómo ha sido capaz de dar esa respuesta porque el Padre del cielo la ha puesto en su corazón. Ahora Jesús simplemente les prohíbe que eso se lo digan a la gente, que podrían hacer sus interpretaciones desde la idea que tenían de lo que esperaban del Mesías. Pero a ellos Jesús les explica el sentido verdadero. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Ya en otro momento que Jesús hace esos anuncios nos dirá el evangelista que los discípulos no terminaban de entender las palabras de Jesús. Ha de haber una pascua, una pasión, una muerte, una entrega de amor y así se manifestará en verdad como Mesías Salvador. No era cosa solo de palabras bonitas y llenas de entusiasmo. Ha de entenderse lo que es la entrega que Jesús viene a realizar. Y cuando miramos sus pasos hemos de ver cuales han de ser nuestros pasos.
Por eso Jesús añadirá algo más. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’. Negarse a si mismo, cargar con la cruz, ser capaz de dar la vida. Por eso la respuesta a la pregunta de Jesús no pueden ser solo palabras. La respuesta a la pregunta de Jesús, a esa pregunta honda que quizá nos hacemos también tantas veces dentro de nosotros mismos, es una respuesta comprometida.
La respuesta implica seguir los pasos de Jesús para vivir en su misma entrega, en su mismo amor. Y cuando optamos por un amor como el de Jesús tenemos que olvidarnos de nosotros mismos para comenzar a pensar primero en los demás. Estamos tan acostumbrados a pensar siempre primero en nosotros mismos que eso de olvidarnos de nosotros no es cosa fácil. Siempre queremos ganar, no nos gusta perder, y menos perder la vida. Pero Jesús perdió la vida, la entregó; era su amor el que predominaba, por eso lo proclamamos el Señor, por eso nos ha anunciado que resucitará.
El camino de la cruz no es un camino fácil. Pero Jesús ahora no nos está hablado de cruces especiales o extraordinarias, sino la cruz de cada día. Y la cruz de cada día es el amor de cada momento llevado siempre al extremo; es lo que nos está pidiendo Jesús.
Es el amor que ponemos para vivir en plenitud; es el amor que ponemos en el cumplimento de nuestras responsabilidades; es el amor que ponemos en esos sufrimientos que nos pueden aparecer en tantas contradicciones de la vida o en tantos contratiempo que surgen en la convivencia con los demás; es el amor que ponemos cuando queremos vivir unos compromisos, cuando queremos hacer algo por los demás, cuando nos embarcamos en una tarea apostólica, cuando nos comprometemos con nuestra sociedad para hacerla mejor; es el amor que ponemos en superarnos, en crecer espiritualmente, en purificarnos de defectos y debilidades. Todo para caminar al paso de Jesús, con el amor de Jesús, con un amor como el de Jesús.
Ahí está esa doble pregunta que Jesús hace, no solo a los discípulos de aquel tiempo, sino que nos está haciendo a ti y a mí ahora. ¿Sabremos darle una respuesta? ¿Daremos una respuesta desde nuestra vida?

sábado, 18 de junio de 2016

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

2ª Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Mateo 6,24-34

Es una hermosa página del evangelio la que hoy se nos ofrece - espero que la hayas leído antes de leer este pobre comentario -. Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama. Y si nos ama, ¿qué nos va a faltar? Pero no olvidemos que también es una invitación al compromiso por el Reino y su justicia.
Cuando comentamos cómo Jesús nos enseñó a orar decíamos que la única palabra importante era llamar a Dios Padre. Lo seguimos diciendo. Nos sentimos amados. Ponemos nuestra confianza en El y nos abandonamos a sus brazos de amor que El tiende siempre hacia nosotros.
Pero sentirnos amados y confiados en la providencia de Dios no significa que abandonemos lo que es nuestra vida y son nuestras responsabilidades. Lo que es necesario saber hacer es poner cada cosa en su sitio y darle la prioridad a lo que en verdad es fundamental. Hoy nos dirá Jesús ‘buscad primero el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’.
Sobran entonces los agobios. No hay razón para las angustias. Aunque la vida se nos haga dura, aunque esa búsqueda del Reino y su justicia algunas veces se nos llene de sombras y penumbras que nos confundan, aunque el cumplimiento de nuestras responsabilidades y trabajos nos sea costoso y sacrificado, aunque podamos llegar a la situación en que alcanzar aquello que necesitamos para nuestra básica subsistencia se nos haga difícil y duro, no podemos perder la paz en el corazón. Estamos en las manos del Padre.
Y nos habla Jesús de los pájaros del cielo y de los lirios de nuestros campos. ¿No valemos nosotros mucho más que todo eso? Dios nos cuida y nos protege. Dios está a nuestro lado. El es la verdadera Sabiduría en la que encontramos el sentido de todo. El es nuestra fuerza, para eso nos da su Espíritu, en nuestras luchas y trabajos. Decir que Dios es nuestro Padre providente en quien ponemos toda nuestra confianza no es decir que ya todo lo tenemos resuelto, que no tenemos que luchar y desarrollar nuestros valores, cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades.
En Dios tenemos el estimulo y la fuerza para nuestras luchas; Dios está a nuestro lado en esa búsqueda de lo bueno que en todo momento hemos de realizar; El nos mantiene firmes aun en los momentos de mayor debilidad; en El encontramos esa fuerza para seguir adelante aunque los caminos sean oscuros. Con El a nuestro lado nada nos hace temblar.
Buscamos el Reino de Dios y su justicia, nos comprometemos por lo bueno y por lo justo, queremos hacer siempre el bien, queremos sentir que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida y eso nos impulsa a buscar siempre la justicia y la verdad para nuestra vida y para nuestro mundo.

viernes, 17 de junio de 2016

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

En la vida parece que nada pudiéramos hacer sin el dinero. Es cierto que nos es necesario para el intercambio comercial de aquello que necesitamos, pero lo hemos convertido en algo tan esencial que nos da la impresión que ni podríamos mantener una relación con las otras personas sin él, ni podríamos ser en verdad felices.
Bien sabemos que para la relación entre unas personas y otras – y eso es algo fundamental en el ser humano que no es un ser aislado y tan independiente que no necesitáramos esa relación – son cosas más importantes que el dinero las que nos van a facilitar el encuentro entre unos y otros y que serán las que en verdad nos ayuden a realizarnos como personas. No es en lo material y en lo pecuniario en lo que debemos basar nuestras relaciones mutuas.
Es ese encuentro entre las personas, donde vayamos con sinceridad y buena voluntad, donde seamos capaces de ofrecer algo de nosotros mismos que no es lo material sino nuestro respeto, nuestros buenos deseos, nuestra amistad, nuestra cercanía, nuestra disponibilidad para una ayuda como para una escucha en el compartir, nuestro cariño. Es por esos caminos de verdadera amistad y de sinceridad donde nos encontraremos profundamente y donde nos ayudaremos a ser felices, porque seremos más nosotros mismos desde lo más hondo de nuestro ser.
No podemos basar nuestro encuentro en unos intereses puramente materiales donde vamos a buscar como más tenemos o como más grandes, poderosos o importantes nos presentemos ante los demás. Cuando nuestros intereses están solo en lo material tenemos el peligro de dañar nuestras relaciones humanas porque solo buscaríamos satisfacer nuestros deseos y nuestras grandezas. Y ya sabemos que cuando somos interesados así nos volvemos egoístas, y surgen muchas cosas en nuestro interior que dañan la relación con los demás, porque pronto aparecen los orgullos y el amor propio, aparecen las envidias y las desconfianzas, pronto nos sentiremos resentidos o heridos por cualquier cosa que veamos en el otro que no nos gusta o que nos pueda parecer que está haciendo en contra nuestra.
Hoy Jesús en el evangelio nos previene para que busquemos lo que han de ser los verdaderos tesoros de nuestra vida ‘porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’. Por eso nos dice ‘No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben’.
Pensamos, es cierto, en esa avaricia con la que vivimos tantas veces en la vida, pero hemos de pensar en esa riqueza inmensa que es nuestra amistad, esas relaciones humanas entre unos y otros que hemos de saber cultivar y que son un verdadero tesoro para nuestra vida. Que nada se interponga, que los intereses egoístas y materiales no nos destruyan ese tesoro, que lo alimentemos desde una generosidad nacida del corazón, desde una sinceridad en nuestro intercambio humano, desde una apertura de nuestro corazón que nos haga descubrir cuanto nos enriquecemos como personas con la amistad que nos ofrecen los demás.

jueves, 16 de junio de 2016

Sólo una palabra es necesaria para dirigirnos a Dios y decirla con toda la profundidad del amor, Padre

Sólo una palabra es necesaria para dirigirnos a Dios y decirla con toda la profundidad del amor, Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15
Solo una palabra es necesaria. Es más que una palabra. Ponemos en ella toda nuestra vida, todo nuestro amor. En una ocasión le piden a Jesús que les enseñe a orar; hoy esta enseñanza de Jesús está enmarcada en el sermón de la montaña que comenzó presentándonos el ideal y meta de las bienaventuranzas; luego ha ido desgranando Jesús todo su sentido del Reino; finalmente nos ha hablado del amor, de la profundidad que hemos de darle a nuestra vida para no quedarnos en apariencias; ahora nos habla de nuestra relación con Dios.
¿Cómo  hemos de orar? ¿son necesarias muchas palabras? ¿hemos tenido antes que aprender mucha teología para saber dirigirnos a Dios? Jesús nos lo resume en una palabra. Cuando oréis decid ‘Padre’, ‘padre nuestro’. Ahí lo tenemos todo condensado. No estamos dirigiéndonos a Dios tan poderoso, tan inmenso que lo veamos lejano; no estamos dirigiéndonos a Dios al que hemos de tenerlo tanto respeto que nos llenemos de miedo y casi no queramos acercarnos a El; nos estamos dirigiendo a un Dios que en su inmensidad, en su omnipotencia, en su grandeza e infinitud piensa en nosotros, nos conoce uno a uno por nuestro nombre y nos quiere hacer partícipes de su vida; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre, somos  sus hijos.
Ahí está todo; aprendamos a gustar esa palabra en toda la ternura del amor; aprendamos a decir esa Palabra llenándonos de paz, porque sentimos su amor sobre nosotros porque quiere hacerse presente en nuestra vida; saboreemos esa palabra como la Palabra más dulce que podamos decir en la tierra por todo el amor que conlleva y porque además sintiéndonos sus hijos nos estamos llenando de su sabiduría eterna, de ese sabor de su divinidad cuando nos ha hecho partícipes de su vida, porque nos regala su Espíritu.
Cuando le decimos Padre es porque le amamos, queremos amarle con todo nuestro corazón y con toda nuestra vida; cuando le decimos Padre es porque sentimos que es en verdad el único Señor de nuestra vida y nuestro gozo será su gloria, la alegría más profunda de nuestra vida es querer hacer siempre su voluntad; cuando le decimos Padre sabemos que en su providencia infinita El siempre cuida de nosotros y no nos ha de faltar el pan de cada día; cuando le decimos Padre es porque ya hemos aprendido a ser hermanos, a sentirnos hermanos, y nunca más queremos hacer daño a nadie, y pedimos perdón y perdonamos como sabemos que El también siempre nos perdona; cuando le decimos Padre es porque sentimos su fuerza y su protección para vernos libres del mal, para tener la fuerza de apartarnos siempre de todo lo malo que nos pueda tentar.
Decimos Padre y ahí está toda nuestra oración. Decimos Padre y nos sentimos llenos de Dios. Decimos Padre y nos sentimos inundados de su amor, amor con el que queremos amar a los demás. Es nuestra oración. Es la oración que nos enseñó Jesús. Es la oración que de verdad queremos saborear cada día, porque así saboreamos a Dios, su presencia y su gracia en nosotros, allá en lo más hondo del corazón.

miércoles, 15 de junio de 2016

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

1Reyes 2. 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6- 16-18

Hay gente que le gusta mucho la ostentación y la vanagloria, que vean lo que hacen y recibir halagos y alabanzas. Es una realidad y es también una tentación que en el fondo todos sentimos. Como se suele decir a quien no le gusta un dulce, a quien no le gusta una alabanza. También hemos de decir que es bueno que sepamos reconocer y valorar lo que hacen los demás y sin que ellos busquen esa alabanza o reconocimiento nosotros tengamos una actitud positiva hacia ellos para valorar lo que hacen. Es también una forma de gratitud por lo bueno que recibimos de los demás.
Pero el tema que se nos plantea con lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio va por ese camino de los que buscan esa vanagloria. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿qué pretendemos cuando hacemos una obra buena o ayudamos, por ejemplo, a los demás? ¿qué buscamos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones?
Es lo que Jesús quiere decirnos con su sentencia. ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’. Buscamos el bien que hacemos; buscamos lo bueno que podamos hacer por los demás; buscamos, es cierto, el cumplimiento de nuestras propias obligaciones y sentirnos satisfechos y en paz en nuestro interior; buscamos, y andamos entre cristianos, la gloria del Señor que se manifiesta también en la alegría que puedan sentir los demás con lo que reciben de nosotros.
En el evangelio Jesús se centra en tres cosas relacionadas con la religiosidad del judío creyente, que son la oración, la limosna y el ayuno. Quiere denunciar la actitud de los fariseos queriendo prevenirnos para que no caigamos nosotros en esa ostentosidad. Ya nos había prevenido en otra ocasión ‘si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos’. Ahora nos dice que ya sea en nuestra oración, o en la manera de compartir con los demás, o en los sacrificios y ayunos que hagamos, no lo hagamos para que nos vea la gente, sino allá en lo escondido, en el secreto de nuestro corazón, en la discreción con que nos acerquemos a aquel con quien vamos a compartir, y ‘tu Padre que ve en lo escondido, te lo recompensará’.
Busquemos la gloria del Señor, busquemos el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura, como nos dirá en otro lugar. Sí, es cierto, que tenemos que ser luz para el mundo que nos rodea y que tenemos que ser sal que dé el sabor de Cristo; también nos dirá el Señor que vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero es desde la humildad, desde la sencillez, desde el silencio quizá en muchas ocasiones, como iremos siendo esa sal y esa luz.
Será, sí, ese testimonio de lo bueno que hacemos, será ese amor que compartimos, será ese espíritu de servicio y de disponibilidad generosa que tengamos en lo que tenemos que trasmitir ese anuncio del Reino para que todos en verdad puedan dar gloria al Padre del cielo. Seremos luz para nuestro mundo, seremos sal para la tierra no desde la ostentación y vanagloria sino desde la sencillez y la humildad con que amamos y nos damos por los demás.

martes, 14 de junio de 2016

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48
Yo soy bueno porque ayudo a los que me ayudan, escuchamos decir tantas veces o acaso nosotros también lo decimos; a esa persona nadie lo ayuda porque es que ella tampoco ayuda a nadie nunca. Y pensamos que ya somos buenos y lo suficiente ayudamos a los que son buenos con nosotros. ¿Es suficiente?
Entra, es cierto, dentro de una bondad natural, pero el estilo nuevo que Jesús quiere darnos es mucho más que todo eso. Es claro y tajante Jesús en sus palabras. Además nos propone como modelo lo que es el amor que Dios nos tiene. ¿Merecemos nosotros ese amor de Dios? ¿Qué hacemos para merecer que Dios nos ame? Pudiera ser que incluso con nuestras ofrendas y sacrificios andemos también de interesados. Le ofrecemos o le prometemos a Dios tantas cosas para que nos ayude, para que nos saque de aquellas situaciones difíciles, para que se nos resuelvan nuestros problemas.
Hoy nos propone Jesús una meta muy alta. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Alta es la meta de perfección porque nos pide ser perfectos en el amor como lo es Dios. Y eso tiene que traducirse en el estilo de nuestro amor. No nos podemos contentar en amar a los que nos aman, con ser buenos con los que son buenos con nosotros. El ideal y la meta que nos propone Jesús es mucho más amplia, porque tenemos que amar también a los que no nos aman, incluso a los que nos odian, a los que se consideran enemigos nuestros.
Son claras las palabras de Jesús. Conviene recordarlas y repetírnoslas muchas veces. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Es que si no fuera así no haríamos nada de extraordinario. Y extraordinario tiene que ser el amor con que hemos de amar a los demás. Hemos de romper moldes. Los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Jesús y queremos vivir el Reino de Dios no nos podemos contentar con lo que todos hacen. Si hacemos lo mismo que los demás, ¿en qué nos diferenciamos? ¿Dónde estamos expresando lo que nos caracteriza en el amor cristiano?
Por eso nos dice Jesús: ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’
Tenemos que revisar nuestras posturas, nuestras costumbres, nuestras maneras de hacer las cosas. No porque hagamos lo que todos hacen significa que estamos comportándonos con el espíritu y el sentido de Cristo. Y eso es lo que tiene que primar en nuestra vida para en verdad llamarnos seguidores de Jesús. Y esto tiene muchas traducciones en nuestra vida diaria, en nuestra vida de cada día. En la forma como  nos ayudamos y a quien ayudamos, en el espíritu de generosidad que tiene que haber en nuestro corazón, en la disponibilidad de nuestra vida para estar siempre en disposición de servicio sea a quien sea, en arrancar de nosotros esa rebeldía interior que podamos sentir cuando nos desairan, en la amabilidad con que hemos de tratar a todo aquel con quien nos encontremos, y así no sé cuantas cosas más podríamos decir.
No olvidemos la meta que nos propone el Señor. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.

lunes, 13 de junio de 2016

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

¡Qué difícil es romper la espiral de la violencia! Pues nosotros los cristianos tenemos que romperlo. Sí, aunque desgraciadamente sabemos cómo somos y cuánto nos cuesta dominarnos y controlarnos cuando alguien nos hace lo que no nos gusta. Tenemos que ser sinceros y reconocerlo. Aquí tenemos veinte siglos predicándose este evangelio y todavía no terminamos de convencernos y tratamos de seguir haciéndole rebajas, buscando disculpas, queriendo encontrar excepciones, en una palabra que no terminamos de romper esa espiral de la violencia en nuestro mundo.
Tenemos que convencernos que la violencia no arregla las cosas, y la respuesta que demos con violencia a la que nos puedan hacer a nosotros generará más violencia. Es el amor el que dulcifica las amarguras y el que lima las asperezas que nos podamos encontrar en la vida. Es cierto que no siempre estamos en la misma sintonía ni quizá tenemos la misma serenidad en el corazón. Pero hemos de aprender a no perder la paz, a mantener esa serenidad y esa calma frente a los atentados de mal que podamos sufrir.
Es difícil; no nos dice Jesús que eso sea fácil. El lo sufrió en su carne, pero ¿cuál fue su reacción? Lo veremos en la cruz primero que nada perdonando y pidiendo por aquellos que le están crucificando, ‘no saben lo que hacen’, los disculpa; y no estaba pidiendo simplemente por los que tenían el martillo en sus manos para coserlo al madero de la cruz, sino a todos aquellos que con su maldad, sus intrigas y sus orgullos estaban detrás de toda aquella conspiración.
Y aunque grita en su dolor sintiendo la soledad del dolor y de la cruz, sabe ponerse en las manos del Padre, sabe hacer la ofrenda de amor de su vida en aquella muerte violenta que estaba sufriendo para convertirla en redención, en salvación para toda la humanidad.
Sí, en todo esto tendríamos que pensar al vernos envueltos en este mundo de violencias, de resentimientos y de venganzas, de envidias y de malas querencias que cada día podamos sufrir. Miramos a Jesús y aprendemos a responder con amor; miramos a Jesús y llenamos de paz nuestro corazón; miramos a Jesús y aunque sintamos tantas soledades interiores que nos podrían hacer gritar con violencia aprendemos a hacer ofrenda de amor de cuanto sufrimos.
Es lo que tenemos que aprender, es el estilo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es un reino de paz y de amor; paz y amor que expresamos en nuestra comprensión, en la capacidad del perdón hasta llegar a disculpar, en la respuesta de amor que damos, en el silencio de nuestro sufrimiento, en la ofrenda que hacemos en cada momento de lo que es nuestra vida.
Quienes vivimos o queremos vivir el Reino de Dios tenemos que ser siempre instrumentos de paz, constructores de la paz; cuando perdonamos y olvidamos cuánta paz sentimos en nuestro corazón y cuanta paz seremos capaces de trasmitir también a los demás, aunque no nos quieran entender, aunque puedan decir de nosotros lo que sea porque no respondemos del mismo modo a como lo hacen los demás.
Simplemente, rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que llenará de paz nuestro corazón y en consecuencia nuestro mundo.

domingo, 12 de junio de 2016

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

2Samuel 12, 7-10. 13; Sal 31; Gálatas 2, 16. 19-21; Lucas 7, 36 - 8, 3
El corazón lleno de misericordia vence todas las barreras del pecado y de la maldad moviéndonos también a caminos nuevos de compasión y de amor. Podría ser una manera de resumir el cuadro que se nos presente hoy en el evangelio.
Una mujer pecadora que se atreve a llegar hasta Jesús. Aunque pecadora ahora la mueve el amor que le hace saltar también barreras atreviéndose a entrar en la sala del banquete que aquel celoso fariseo había preparado para Jesús. Nada le ha impedido llegar hasta Jesús mostrando ya así lo que puede el amor.
En ese lado oscuro del cuadro, aunque están comenzando a relumbrar los resplandores del amor en aquella mujer, están la intransigencia y el fanatismo, el creernos mejores y superiores y los aires de la discriminación y del desprecio. Está ya en el pensamiento del fariseo que ha invitado a Jesús que se siente incomodo con aquella interferencia, pero que además se está diciendo ‘si supiera lo que es esta mujer, no le dejaría tocar sus pies’, en referencia a lo que aquella mujer hacia a los pies de Jesús. Aunque aparecerán luego también el fanatismo y la intransigencia y hasta la condena contra Jesús porque se atreve a perdonar pecados. ¿Quién es éste, que hasta se atreve a perdonar pecados?’, murmuran entre los amigos del fariseo convidados.
Pero vayamos poniendo como si una plantilla fuera la escena del evangelio sobre nuestra vida y nuestras actitudes. ‘Si éste supiera lo que yo sé…’ habremos dicho en más de una ocasión. Y ahí están esos pensamientos morbosos en ocasiones con deseos de condenar o de desprestigiar, o surgen las insinuaciones para tratar de quitar a alguien la buena voluntad con que está haciendo las cosas porque no merece la pena, porque todo va a seguir igual, porque esos por los que estás sacrificándote no se lo merecen, porque… y ponemos tantas pegas, tantas dificultades, sembramos tantas desconfianzas, condenamos de antemano a los que nos parece que no son de los nuestros o no piensan igual, marcamos con un sambenito para siempre a los que han cometido algún error en la vida, o muchos errores, porque no queremos tener la esperanza de la regeneración.
Pero frente a ese cuadro de sombras resplandece con fuerza la luz del amor; brota y se refleja en el corazón de aquella mujer pecadora que porque tiene esperanza llena su corazón de amor, pero surge con fuerza del corazón misericordioso de Cristo que observa y escucha, escucha y observa incluso lo que pasa en el corazón de los hombres porque para El nada hay oculto, pero que para todos tendrá una palabra nueva de vida para que rebrote de nuevo el amor. Sus gestos y sus palabras serán una invitación al amor y a la compasión expresando siempre la misericordia infinita de Dios que reina en su corazón.
Como damos por supuesto que antes de leer esta reflexión hayamos leído y escuchado el texto del evangelio en nuestro corazón no será necesario ahora entrar en excesivos detalles. Ya hemos escuchado sus palabras con la pequeña parábola que Jesús le ofrece al fariseo que lo había invitado. ¿Quién amará más? Aquel que haya experimentado en su corazón lo que es la inmensa misericordia de Dios a pesar de sus muchas deudas y pecados.
Por ahí hemos de comenzar, reconociendo nuestra miseria y nuestro pecado. Si no somos capaces de hacerlo nunca va a derrocharse en plenitud esa misericordia sobre nosotros, no seremos capaces de experimentar lo que es la dicha de sentirse perdonados. Aquella mujer se está sintiendo pecadora, son muchos sus pecados, pero así de manera infinita está sintiendo en su corazón la paz del perdón y de la misericordia. ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor…’ sentenciará Jesús. ‘Tu fe te ha salvado… Vete en paz, no peques más’, le dirá Jesús.
Es la victoria del amor y de la misericordia. Es el resplandor grande que surge del corazón de Cristo y que ilumina para siempre nuestra vida con su paz. El corazón lleno de amor rompe barreras y ya nunca más tendríamos que sentirnos esclavizados de nuestros fanatismos e intransigencias, nuestros prejuicios y nuestras condenas, de las discriminaciones que queremos hacer sobre los otros pero que es a nosotros a los que nos marcan; ya para siempre tendría que estar abierto nuestro corazón al amor y a la misericordia, a la comprensión y a la aceptación gozosa del hermano que vuelve, aunque se haya marchado de casa, porque siempre será para nosotros un hermano.
Que los resplandores de luz de la misericordia divina llenen nuestra vida para siempre para que aprendamos a reconocer nuestros pecados, poner mucho amor en nuestra vida y llenarnos siempre de la paz que Jesús nos da.

sábado, 11 de junio de 2016

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Hechos  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13

Hoy estamos celebrando la fiesta de san Bernabé asociado en el nombre en la tradición de la Iglesia a los llamados apóstoles. Natural de Chipre lo vemos en Jerusalén desde el inicio de las primeras comunidades cristianas, además con gestos bastante hermosos de lo que significaba para él el seguimiento de Jesús pues se desprendió de todos sus bienes para entregarlo a la comunidad.
Lo vemos enviado a la comunidad de Antioquia desde la comunidad madre de Jerusalén, y allí se convierte en un gran animador de aquella comunidad. Pronto veremos su relación con Pablo – aún es llamado Saulo - al que va a buscar a su retiro de Tarso para incorporarlo a las tareas de la evangelización. En el texto que hoy se nos ofrece vemos como el Espíritu que anima la comunidad cristiana los escoge para enviarlos a una nueva misión evangelizadora; es lo que llamamos el primer viaje de san Pablo que con tanto detalle nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Hemos escuchado en el texto de los Hechos de hoy algo que casi nos podría pasar desapercibido. Fue en aquella comunidad donde a los seguidores de Jesús, a los discípulos se les comenzó a llamar cristianos. ‘Allí, en Antioquía, fue donde por primera vez se dio a los discípulos el nombre de cristianos’. Es bien significativo. Son los discípulos, los que creen en Jesús, pero los que viven la vida de Jesús de manera que son otros cristos, por eso son llamados cristianos.
Hemos de tomarnos muy en serio el nombre de cristiano. Simplemente decimos que somos cristianos porque estamos bautizados. Es verdad que esa tiene que ser la raíz, porque bautizarnos significa incorporarnos a Cristo para vivir su vida. La fuerza del Espíritu nos regala la vida de Dios, es cierto, para hacernos hijos de Dios. Pero siendo sinceros tendríamos que preguntarnos si esa es en verdad nuestra vida. Vivir la vida de Cristo para ser otro con Cristo, para configurarnos con El de manera que nosotros seamos también ‘cristo’ no es cualquier cosa ni se hace o vive de cualquier manera.
Tendríamos que sentirnos en verdad transformados para ya no vivir nuestra vida, a nuestra manera, según nuestros criterios, sino para vivir en otro sentido, en otro vivir que es vivir a Cristo y como Cristo. Por eso decíamos que hemos de tomarnos en serio el nombre de cristiano. No es un adorno que pongamos a nuestra vida, es un nuevo sentido, un nuevo vivir. De aquellos primeros cristianos se decía por parte de los paganos ‘mirad cómo se aman’, ¿se podrá decir eso mismo de nosotros?
Hoy estamos celebrando a quien vivió un desprendimiento total, como ya recordábamos; en ese desprendimiento y generosidad vivió su vida para dejarse conducir por el Espíritu allá donde quería llevarle o en la misión que se le confiaba. Una disponibilidad total es lo que vemos en el apóstol san Bernabé en las misiones que la Iglesia le confiaba.
Llevemos con orgullo el nombre de cristianos, porque en verdad reflejemos en nuestra vida y en nuestras obras la vida y las obras de Cristo. Ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo.

viernes, 10 de junio de 2016

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirian alcanzar el auténtico fruto de la vida

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirían alcanzar el auténtico fruto de la vida

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

Suele ponerse el ejemplo o la imagen de la manzana podrida en el cesto de las manzanas que si no la quitamos a tiempo todas las demás manzanas van a quedar dañadas. Creo que es una imagen que todos entendemos muy bien sobre cómo hemos de evitar contagiarnos del mal pero que también nos hará reflexionar sobre ese mal que quizá tengamos en nosotros mismos en cosas que nos puedan parecer insignificantes, pero que terminarán dañando nuestro corazón.
Muchas veces hay cosas en nosotros a las que no damos demasiada importancia; son esas pequeñas rutinas o costumbres que vamos cogiendo en la vida cuando vamos dejar pasar cosas que sabemos que no son totalmente buenas, pero a las que no damos importancia, pero que cada vez se pueden ir haciendo una rutina mas grande en nosotros que terminen por esclavizarnos en cosas que verdaderamente son bien importantes en la vida.
La persona que quiere caminar con rectitud en la vida cuida lo que hace, lo que piensa y hasta lo que desea; sabemos que hay cosas que no nos podemos permitir y hemos de tener esa atención, esa vigilancia, porque ahora por desgana las dejamos pasar, pero estarán haciendo que no nos cultivemos de verdad en lo que significa el esfuerzo e incluso el sacrificio, y llegaran momentos en que aquello que podía ser insignificante se puede convertir en una exigencia de la que no nos podemos librar. Crecer es superarnos, es ir arrancando de nosotros esas malas hierbas que se pueden convertir en matorral y entonces lo bello que pudiera haber en nuestro corazón ya no brillará, ya no resplandecerá.
Los árboles se podan para quitar las ramas inútiles e inservibles que impidan obtener los mejores frutos; es la tarea del agricultor que quiere ver rendimiento a su trabajo consiguiendo el fruto mejor y más valioso. Así nosotros en la vida. De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio cuando de una forma drástica y radical nos invita a arrancar de nosotros aquello que es malo y que nos pueda hacer daño. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilando nuestro cuerpo, pero sí de ir purificando nuestro espíritu, quitando esas malas costumbres, esas rutinas que decíamos al principio de nuestra reflexión.
Descubramos ese verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo, que merece nuestros sacrificios y nuestras renuncias; es descubrir la verdadera fe; es descubrir el sentido del Reino; es descubrir la belleza del evangelio que si seguimos sus valores vamos a ver verdaderamente enriquecida nuestra vida; es descubrir a Jesús verdadera Sabiduría de nuestra vida y en quien encontramos la vida y la salvación.

jueves, 9 de junio de 2016

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

1Reyes 18, 41-46; Sal 64; Mateo 5, 20-26

‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entrareis en el Reino de los cielos’, les dice Jesús a los que quieren ser sus discípulos. ‘Si no sois mejores…’ Hace referencia Jesús en concreto a los escribas y fariseos porque estos se querían presentar como el paradigma, el no va más de los hombres perfectos, pero ya sabemos lo que había en su interior; es por eso por lo que hace Jesús esta referencia. No vamos a poner comparaciones, sino simplemente quedarnos con la invitación ‘si no sois mejores…’
Cuesta superarnos y crecer; nos pensamos quizá que ya lo tenemos todo conseguido y es imposible ser mejor; por eso mismo no avanzamos en la vida, porque no nos ponemos metas altas que tenemos que superar una y otra vez. ¿Qué más puedo hacer?, quizá nos preguntamos porque ya nos creemos buenos. Aunque seamos buenos siempre hay una meta más alta, siempre es posible una superación, siempre podemos crecer en valores, apreciar algo nuevo para nuestra vida que podemos conseguir.
El tener esos deseos de superación y crecimiento es la mejor forma de luchar contra nuestras rutinas; nos acostumbramos y ya simplemente nos vamos dejando arrastrar, pero el peligro está en que si no queremos subir, la pendiente nos llevará a lo contrario, a que nos arrastremos hacia abajo y perdamos los pasos que hayamos dado. Y eso en todos los aspectos de la vida, en nuestra vida espiritual, pero humanamente también en nuestra vida profesional y hasta en nuestra vida de familia; si no hacemos nuevo el amor cada día, el amor perderá su brillo, porque iremos olvidando los detalles, los pequeños gestos que engrandecen y hacen sublime cada día más la entrega de nuestro amor.
Hoy nos habla Jesús de algo muy concreto como es el quinto mandamiento de la ley de Dios, ‘no matarás’. Jesús quiere que le demos toda la amplitud y profundidad que tiene este mandamiento. Y es que nosotros también decimos en ocasiones, yo no tengo pecado porque yo no mato ni robo. ¿Es suficiente con decir esto? Creo que todo entendemos que matar es algo más que quitar la vida de forma violenta a alguien. Todo lo que atente contra la dignidad de la persona está incluido en este mandamiento.
Jesús nos habla de una forma concreta haciendo referencia al insulto, pero cuantas expresiones y gestos tenemos tantas veces que hieren la dignidad del otro. Es el que digamos palabras injuriosas contra el otro queriendo menoscabar su dignidad, pero nuestros gestos de indiferencia y de desprecio, las actitudes con las que queremos ignorar a los demás, los resentimientos que guardamos en nuestro interior, la malquerencia que sigue hirviendo en nuestro corazón y así tantas cosas con las que nos distanciamos, queremos rebajar al otro y tantas cosas que están expresando nuestra falta de amor.
Luego nos habla de la reconciliación, del reencuentro, de la renovación de nuestra relación, de la humildad para reconocer nuestros fallos con los que hayamos podido herir a los demás. ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano…’ nos dice Jesús para que tu amor sea verdadero, para que la ofrenda que presentes ante Dios sea verdaderamente digna. Nos ha enseñado Jesús a perdonar pero también a pedir perdón porque reconozcamos nuestros errores, nuestros fallos, nuestra debilidad con la que hayamos podido dañar la dignidad del hermano.
Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo hermano. Cada día podemos ser mejores en nuestro amor.

miércoles, 8 de junio de 2016

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

1Reyes 18,20-39; Sal  15;  Mateo 5,17-19
A veces quisiéramos hacer desaparecer todo lo que nos suene a norma o precepto, porque nos parece que eso nos sujeta y nos coarta nuestra libertad, porque cada uno quisiéramos hacer solamente aquello que nos apetece. Olvidamos quizá que en lugar de ver esas normas o preceptos que regulan nuestra vida personal y nuestras relaciones con los demás y con la sociedad son mas que unos imposiciones unos principios fundamentales que lo que buscan por encima de todo es nuestro propio bien y nos ayudan a alcanzar esa plenitud de vida que todos en el fondo deseamos.
Unos principios que nos ayudan a comprender lo que es verdaderamente el bien de la persona, de toda persona, y no mirado solamente desde un punto de vista personal e individual, así comprendemos lo que verdaderamente es recto y es lo deseable para nuestra vida, cuando tantas veces andamos confundidos y dejándonos arrastrar simplemente por el ambiente que nos rodea.
Ya sabemos las tendencias que aparecen en nuestra sociedad – y eso ha sucedido en todos los tiempos no es solo cosa de estos momentos con ciertos movimientos sociales que parece que ven rebrotando – donde parece que se quiere vivir de una forma anárquica sin querer someterse a ninguna normal o ley que regule la convivencia social. Ahora todo lo resolvemos con asambleas donde el que más grita parece que tuviera más razón pero donde tenemos que reconocer que la bondad o malicia de las cosas no está simplemente en lo que una mayoría pueda opinar o votar; esos principios son algo mucho más hondo.
También en nuestro ámbito eclesial algunas veces podemos tener esa tentación y estamos deseando en nombre de una vuelta a los contenidos fundamentales del evangelio un hacer desaparecer normas o preceptos que por una parte regulen la vida de la Iglesia, pero como decíamos antes sean esos principios que nos ayuden a descubrir lo que verdaderamente es fundamental.
Esa tentación vemos que también existía en los tiempos de Jesús. Frente al rigorismo de los fariseos con un cumplimiento riguroso y excesivamente formal de la ley de Moisés queriendo imponer sus criterios a todo el mundo, también había movimientos donde querían que todo cambiase. Es lo que Jesús vemos que quiere corregir; quizá en algunos con la aparición de aquel profeta a quien muchos ya consideraban quizá como el Mesías, pensaban que ahora todo se iba a abolir porque era necesario romper con todo.
Jesús habla claramente. No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley…’ Jesús les habla de plenitud, de perfección, de purificación quizá necesaria, pero de fidelidad a la ley del Señor que es inamovible.
Es lo que realmente tenemos que buscar, esa fidelidad a la ley del Señor, que es camino de vida y de felicidad. Ha comenzado Jesús su discurso allá en el monte, como ya hemos reflexionado, señalándonos un camino de dicha y de felicidad, que es el camino del Reino de Dios que hemos de emprender. Nos hará descubrir el verdadero sentido de Dios y el lugar fundamental – es el Rey y Señor – que ha de ocupar en nuestra vida, pero  nos ayudará también a descubrir el verdadero sentido de nuestra relación con los demás que son nuestros hermanos.

martes, 7 de junio de 2016

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

1Reyes 17,7-16; Sal.  4; Mateo 5,13-16
Cuando descubrimos algo que es importante en la vida no solo nos enriquecemos nosotros de ese bien que hemos encontrado sino que en un sentido verdaderamente humano de nuestro existir eso tratamos de comunicarlo o de compartirlo con los demás. Lo contrario seria una actitud egoísta en la que pretenderíamos hacernos dueños absolutas de ese bien descubierto lo cual le quitaría verdadera humanidad a nuestra relación con los demás.
En el anuncio que Jesús nos va haciendo del Reino de Dios ayer escuchábamos que nos quería dichosos y felices, ayudándonos a encontrar ese sentido y valor de lo que vivimos aunque fuera en la dureza de las dificultades, pobrezas o sufrimientos. Descubrir ese camino de felicidad que Jesús nos propone es encontrar ese tesoro escondido por el que merece la pena sacrificarlo todo pero que además no tendríamos que quedarnos de forma egoísta con él sino que tendríamos que ayudar a los demás a que también encuentren ese hermoso sentido de la vida.
Por eso nos dice hoy Jesús que hemos de ser sal; hemos encontrado el sabor de nuestra existencia porque encontrar ese sentido de vida que nos ayuda a ser felices de verdad nos ayuda a saborear nuestro ser y nuestro vivir; es la sabiduría de Dios que Jesús quiere trasmitirnos. Pero nos dice que tenemos que ser sal, que dar sabor no solo a nuestra vida sino de cuantos nos rodean. No podemos ser sal que no da sabor, porque eso no tendría sentido; la sal que pierde sus cualidades para nada vale e incluso allá donde la tiráramos estaríamos haciendo daño a la vida. Tenemos el buen sabor de Cristo que ese sí que tenemos que trasmitirlo a los demás. ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
En este mismo sentido nos propone otra imagen, la luz. La luz no es para ocultarla; es para iluminarnos pero también para iluminar a los demás. Quien está envuelto de luz no se puede ocultar; se convierte en luz para los demás también. Vosotros sois la luz del mundo, nos dice Jesús. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa’.
Cuando encontramos a Cristo encontramos la luz; pero encontrarse con la luz no es encontrarse con algo que se queda al margen o fuera de nosotros, sino que cuando nos encontramos con la luz nos envolvemos de ella, nos llenamos de luz, y esa luz nos iluminará el camino; pero envueltos de luz, como decíamos, nosotros seremos también luz. El mensaje del evangelio que encontramos no nos lo podemos quedar para nosotros, no lo podemos encerrar ni ocultar, sino que necesariamente hemos de iluminar a los demás con su luz.
¿Cómo se manifiesta que nosotros hemos encontrado esa luz? Es que cuando estamos iluminados por la luz de Cristo ya nuestra vida no es igual, nuestras obras son distintas, nuestro actuar es de otra manera, nuestro vivir es otro. Por eso terminará diciéndonos Jesús hoy cómo tenemos que iluminar con nuestras obras, con nuestra vida. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Nuestra vida siempre tiene que buscar la gloria del Señor. Encontrarnos con ese sabor de Cristo, ese nuevo sentido de nuestro vivir nos tiene que llevar a dar siempre gloria al Señor.

lunes, 6 de junio de 2016

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

1Reyes 17, 1-6; Sal  120; Mateo 5,1-12
¿Dónde encontramos o dónde buscamos la dicha y la felicidad? Eso no es para los pobres, habremos escuchado decir con pesimismo a alguno; para los pobres no nos queda sino sufrimientos, carencias en nuestras necesidades, angustias y desesperanzas. ¿Cómo puedo ser feliz en medio de tantos sufrimientos? ¿Cómo puedo decir que soy dichoso si en mi vida no hay sino penas y necesidades?
Me atrevo a pensar que quienes leen estas reflexiones que como una semilla os ofrezco cada día desde mi pobreza no andan con esos pensamientos llenos de pesimismo y de angustia, pero sí somos conscientes de que hay mucha gente en la vida que parece que ha renunciado a la posibilidad de ser dichoso incluso en medio de sus penas porque les parece que su destino no será nunca la dicha y la felicidad.
¿Cómo se sentirían sorprendidos aquellas gentes de Galilea o los venidos de otras partes cuando escucharon este anuncio de Jesús de la dicha y de la bienaventuranza? Nos lo podemos imaginar; quizá en una primera reacción no se creerían estas palabras de Jesús. ¿Cómo nos puede prometer dicha en nuestra pobreza, en nuestros sufrimientos de todo tipo, en esos deseos que tenemos en nuestro corazón pero que no vemos nunca cumplidos? Pero las palabras de Jesús, por así decirlo, son tajantes y firmes y están dichas con toda claridad. Nos convendría a nosotros leerlas y releerlas muchas veces, hasta que lleguemos a escucharlas en el corazón, porque tenemos el peligro o la tentación de que nos las sepamos de memoria y ya no captemos la hondura de las palabras de Jesús.
Es el anuncio del Reino que Jesús ha venido haciendo desde el principio de su predicación. Y ahora nos dice que ese Reino de Dios es para los pobres y para los sufridos, para los que lloran y los que tienen hambre, para los que son injustamente tratados porque son despreciados por creer en las palabras de Jesús, y para los que viven una vida sin malicia buscando siempre la paz, sin perder nunca la paz por difíciles que sean las circunstancias de la vida, queriendo creer en las personas y en que es posible ese mundo nuevo, y derramando siempre amor y misericordia para con los demás. Es lo que nos quiere decir Jesús. No perdamos la perspectiva del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.
Pero es que si nos fijamos bien en quien primero vemos reflejadas esas bienaventuranzas es en Jesús mismo. Recorramos la vida de Jesús, miremos el estilo y el sentido de su vida, descubramos la inquietud honda de su corazón que busca el Reino de Dios porque quiere la justicia y la verdad para nuestro mundo, contemplemos como tantas veces lo hemos hecho ese corazón lleno de misericordia que se compadece de todos y a todos quiere curar y salvar desde lo más hondo, y no olvidemos que va delante de nosotros cuando es perseguido y calumniado hasta ser condenado a la muerte de cruz. Pero veremos siempre la paz del corazón de Cristo; esa paz que quiere darnos, esa paz que sentiremos honda en nosotros cuando seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás.
Es la dicha y la bienaventuranza que nos promete Jesús cuando en verdad nos damos y nos comprometemos por el Reino de Dios.  

domingo, 5 de junio de 2016

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

1Reyes 17,17-24; Sal. 29; Gálatas 1,11-19; Lucas 7,11-17
Dos gentíos se encuentran a las puertas de la ciudad; un grupo de gente que va con sus duelos y tristezas, con el dolor de la muerte y el sufrimiento de la soledad y del abandono que sale de la ciudad acompañando a una madre viuda que llora la muerte de su único hijo al que llevan a enterrar. Pero en el grupo que se acerca a la ciudad reina la paz y reina la vida, van llenos de esperanza porque han sido testigos de las obras de Jesús y han escuchado las palabras de vida que siembran una nueva esperanza en los corazones.
Es el encuentro de nuestra vida, nuestra vida humana tan llena de dolores y de sufrimientos, nuestra vida en la que se asientan tantas veces la desesperanza y la soledad, nuestra vida tan llena de sombras de muerte que muchas veces nos hace que todo parezca lúgubre y triste, con el que es la Vida que viene a nuestro encuentro con una Buena Nueva que nos habla de un Reino de vida, de paz, de amor que todo lo puede transformar.
Tenemos el peligro de ir tan metidos en nuestras tristezas y desesperanzas que no lleguemos a vislumbrar los rayos nuevos de luz que quieren iluminarnos de una manera nueva, como le sucedió a la Magdalena a la puerta del sepulcro donde habían puesto el cuerpo muerto de Jesús. Como entonces ahora también Jesús nos sale al encuentro con palabras de vida, pero con la vida misma que va a renovar nuestra vida. Es el amor y la compasión que viene a nuestro encuentro, es la misericordia divina que pone su corazón lleno de amor junto a nuestras miserias y tristezas, nuestros duelos y nuestras muertes.
Jesús se conmovió al contemplar el dolor de aquella madre. ‘No llores’, le dijo a la madre. No era solo la muerte del hijo, sino que el corazón de aquella madre estaba roto y muerto en sus nuevas soledades que le impedían quizá ver los rayos fulgurantes de luz que a ella estaban llegando. Las palabras de consuelo de Jesús podían resonar con ese sentido en sus oídos y en su corazón y eran de agradecer, pero ¿cómo no iba a llorar cuando las sombras de la muerte envolvían su vida? Ella necesitaba algo más y Jesús se lo iba a ofrecer. La comitiva se detuvo. La Palabra de Jesús resonó con fuerza: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!’ Y el muchacho se levantó y Jesús se lo entregó a su madre.
Primero que nada escuchando esta Palabra de Jesús hemos de sentir cómo Jesús llega a nuestra vida. También tenemos nuestros sufrimientos, nuestras soledades, quizá angustias en nuestra alma, heridas en el corazón que algunas veces nos cuesta curar, dudas y oscuridades que nos ensombrecen el camino de la vida, desencuentros con los más cercanos a nosotros que nos pudieran llenar de sufrimiento el corazón, lágrimas que de una forma o de otra tantas veces nos aparecen en la vida.
Hoy el evangelio habla de un gentío que acompañaba a aquella mujer, de la misma manera que otros iban con Jesús. Ese gentío que acompañaba nos tendría que hacer ver, recordar, abrirnos los ojos para darnos cuenta de los que están a nuestro lado aunque nos parezca que andamos solos. Si nos encerramos demasiado en nuestro dolor no seremos capaces de reconocerlos ni de escuchar esas palabras de consuelo o descubrir esos gestos de solidaridad que tengan con nosotros. Creo que puede ser un mensaje que también podría dejarnos este pasaje del evangelio; saber ver y saber agradecer a tantos que quizá en silencio nos acompañan porque no saben encontrar la palabra oportuna que decirnos, pero que sin embargo ahí están.
Pero después de sentir como Jesús a nosotros también nos devuelve la vida, la ilusión, la esperanza porque también nos tiende su mano salvadora para levantarnos, quizá tendríamos que descubrir lo que nosotros tendríamos que saber hacer. Hablamos antes no solo de nuestra situación personal sino de esa situación de nuestro mundo tan lleno de sombras de muerte y de tristeza. Por una parte la solidaridad; que se nos conmueva el corazón, que sintamos como se nos revuelven nuestras entrañas y sale a flote toda nuestra ternura.
Ahí al lado de ese mundo que sufre tenemos que estar nosotros, tenemos que ser signos de ese amor de Dios. No podemos cruzarnos de brazos sino tenemos que ponernos en camino, silencioso quizá en algunas ocasiones, pero siempre tiene que gritar nuestra caridad, nuestro amor; gritos en nuestros gestos, en nuestra cercanía, en nuestro compartir, en ese ser capaces también de sensibilizar a los demás, porque esa es una de las negruras de nuestro mundo. No podemos decir que aquí tenemos problemas para cerrar los ojos ante los problemas que quizá nos puedan parecer más lejos. Nuestros gestos o nuestra presencia tienen que ser gritos que despierten a tantos dormidos en su insensibilidad.
También nosotros podemos tender nuestra mano para levantar, para animar, para dar esperanza, para consolar, para ayudar, para transformar. Que el Señor nos dé esa sensibilidad a nuestro corazón.

sábado, 4 de junio de 2016

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

Isaías 61, 9-11; Sal: 1Sam 2; Lucas 2, 41-51
Si ayer la liturgia nos ofrecía el celebrar al Sagrado Corazón de Jesús hoy se nos propone el que recordemos y celebremos el Corazón Inmaculado de María.
Cuando hablamos del Corazón de María pensamos en su pureza y en su amor, en la generosidad de su corazón que ponía alas en su vida en su disponibilidad para el servicio y para estar siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; podemos pensar en su corazón de Madre, la Madre de Jesús, la Madre de Dios pero también en el que cabemos todos nosotros porque también es nuestra Madre desde que Jesús nos la regalara en la Cruz.
Pero, aunque fuera brevemente, yo quiero pensar en su corazón lleno de Dios y convertido de manera especial en morada de Dios y templo del Espíritu Santo. La llena de gracia la llama el ángel en Nazaret; de ella dice que ha encontrado gracia ante de Dios y Dios está con ella, pero terminará diciéndole que el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra para que lo que nazca de ella sea el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y  verdadero hombre, Jesús.
Dios mora en su corazón y ¡de qué manera! Pensó en ella Dios desde toda la eternidad porque iba a ser la mujer que hiciera posible la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas y la dotó de toda gracia y bendición, la llena de gracia como la llama el ángel. Pero ¿qué es estar lleno de gracia sino que Dios more en nosotros? La gracia no es una cosa, la gracia es la presencia de Dios en nuestra vida, es el regalo de Dios que nos llena de su vida. Y ¿cómo no iba a estar morando Dios en aquel corazón que con amor de madre iba a amar al Hijo de Dios encarnado?
Es el corazón que se desborda de amor para Dios y que Dios en su inmensidad lo llena. Como se expresa en alguna antífona de la liturgia el que con su inmensidad divina rebosa toda la creación sin embargo luego quiere morar de manera especial en el corazón de María. Contemplar el corazón de María es contemplarlo como esa morada de Dios, como ese templo del Espíritu. A ello nos invita la liturgia y es lo que se expresa en la oración litúrgica de este día.
Es lo que hoy queremos contemplar cuando contemplamos el corazón inmaculado y puro de María. Pero es también lo que queremos imitar. También en nuestro corazón y en nuestra vida, por la infinita misericordia del Señor, se derrama y se derrocha la gracia de Dios. También nosotros desde nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos por la gracia, por el regalo de Dios, en morada de Dios y en templos del Espíritu.
Aquí es donde tenemos que imitar a María, copiar de ella su santidad y su amor, aprender de ella a dejar inundar nuestro corazón por ese amor de Dios que nos transforma y que pondrá esa disponibilidad y esa generosidad en nuestra vida. Es aprender de María a tener su mirada, esa mirada nueva con ve con ojos nuevos a nuestros hermanos los hombres, esa mirada atenta para descubrir toda ocasión en la que nosotros también podemos derramar amor. Aprendamos del corazón inmaculado y puro, lleno de gracia y de amor de María.

viernes, 3 de junio de 2016

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado…’ Nuestra vida está inundada por el amor de Dios. Es la gran revelación que nos hace Jesús en el evangelio. Es lo que hoy de una manera especial quiere celebrar la Iglesia en esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
Hablar del corazón al tiempo que es hablar de vida es hablar de ternura y de amor; hablamos de la ternura del corazón; hablamos de los sentimientos que guardamos en el corazón; hablamos de querer y de amar con todo el corazón. Es, si queremos decirlo así, una forma metafórica de hablar pero cuando amamos y queremos expresar toda nuestra ternura, parece que ahí en nuestro pecho está saltando y ardiendo de una manera especial nuestro corazón.
Por eso cuando queremos hablar del amor, de la ternura, de la misericordia de Dios nos referimos al corazón de Cristo. La prueba de su amor la fue manifestando continuamente en el evangelio en la manera de acercarse a los pobres y a los que sufren, a los niños y a los enfermos, a los pecadores y a los marginados de la sociedad de su tiempo, a la gente sencilla a la que se revelaba de una manera especial y a los pobres y que de todo carecían; era como un decirles, no tenéis nada en este mundo de pobreza y de sufrimiento, pero nunca os faltará el amor de Dios.
Por eso nos hablará del pastor que no solo cuida a las ovejas están cerca y le siguen sino que va a buscar a la oveja perdida y extraviada; querrá representarnos lo que es el amor de Dios que siempre nos busca y nos espera en aquel padre que espera pacientemente la vuelta del hijo que había escogido caminos de muerte, y al que ofrece con toda la generosidad de su corazón el abrazo del amor y del perdón, el abrazo que nos levanta y que nos llena de paz el corazón. Así podríamos seguir recordando muchas más imágenes que nos ofrece el evangelio.
Hoy queremos celebrar ese amor lleno de ternura que se hace misericordia y compasión para buscarnos y para llenarnos de paz, para ofrecernos el perdón pero para hacer que sintamos para siempre lo que es el amor. Es una celebración de la misericordia para que la experimentemos en nuestra vida, pero para que también nosotros nos llenemos y sintamos inundados por esa misericordia que sepamos ofrecer generosamente a los demás.
Para eso nos regala su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor. ‘Sed compasivos y misericordiosos como vuestro Padre del cielo’, nos había enseñado Jesús. Y El va delante de nosotros enseñándonos lo que es el amor y la misericordia, para que lo experimentemos en nosotros y para que lo vayamos regalando a los demás.
Cuántas oportunidades tenemos en la vida de expresar ese amor y esa ternura con los que nos rodean, cuantos gestos podemos tenemos con los demás, cuantos signos podemos ofrecer en los actos de nuestra vida de lo que es el amor eterno de Dios. 

jueves, 2 de junio de 2016

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

2Timoteo 2,8-15 /Sal. 24 / Marcos 12, 28b-34

Es una pregunta que en el fondo siempre nos hacemos todos. ¿Qué es lo más importante? ¿Qué es lo principal que tengo que hacer para poder decir que soy buen cristiano? Aunque nos sabemos cristianos, por así decirlo, de toda la vida, sin embargo de alguna manera nos hacemos esas preguntas, aunque también nos sepamos las respuestas. Podemos coger el catecismo que aprendimos desde chico, recordar los mandamientos aprendidos, y repasar todo lo que en torno a la religión hayamos estudiado y reflexionado.
Es la pregunta que hoy un letrado viene a hacerle a Jesús. Quizá había escuchado a Jesús – y eso le inspiraba confianza para preguntarle – y aunque era un letrado, o sea, uno que estaba como encargado de enseñar la ley del Señor al pueblo, sin embargo ante lo que va planteando Jesús le surge quizá esa pregunta en su interior. ¿Quería confrontar si en verdad Jesús estaría enseñando algo contrario a lo que era la ley mosaica, la ley del Señor, orgullo del pueblo de Israel? Pudiera ser, porque ya vemos que algunos con malas intenciones vienen en muchas ocasiones para probar a Jesús. Aquí sin embargo parece que hay sinceridad.
Como decíamos, había escuchado a Jesús y quizá veía cómo Jesús se centraba en el anuncio del Reino de Dios. Era el anuncio que Jesús había comenzado a hacer desde su primera predicación y para lo que pedía conversión del corazón. Las parábolas con las que Jesús enseñaba eran una explicación de ese reino de Dios. Era algo nuevo y distinto, se preguntaba quizás.
Jesús le responde textualmente con lo que todo buen judío se sabia de memoria y repetía muchas veces al día, porque así estaba establecido desde el Deuteronomio. El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. A lo que a continuación añadirá como segundo mandamiento pero de igual importancia  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.
Que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba. Que relación tiene con este mandamiento primero y principal que Jesús nos recuerda. No es otra cosa que el reconocimiento de Dios como el centro y eje de nuestra vida. Es el Señor, nuestro Rey, es nuestro Dios, al que tenemos que adorar, pero al que tenemos que amar por encima de todo y con toda nuestra vida. Cuando decimos reino de Dios eso estamos reconociendo, pero reconocer que Dios es nuestro único Señor al que tenemos que amar sobre todas las cosas implica necesariamente el amor que le hemos de tener a los demás.
Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios ya tenemos que comenzar a mirar al prójimo de una manera distinta, porque ya tiene que tener cabida en nuestro corazón, en nuestro amor. Sin eso no habría verdadero Reino de Dios. Es lo que ahora Jesús nos enseña y nos recuerda. Es lo que tiene que ser en verdad el centro de nuestra vida. Es eso primero y principal que hemos de hacer, por lo que nos preguntábamos como decíamos al principio.