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domingo, 29 de marzo de 2015

Solo desde el amor podremos comprender el misterio de la cruz que también hemos de vivir en nuestra carne

Solo desde el amor podremos comprender el misterio de la cruz que también hemos de vivir en nuestra carne

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47
‘Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios… se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo… actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz…’
Es el misterio que contemplamos; es el misterio que celebramos. Subió a Jerusalén porque había llegado la hora de la entrega, la hora del amor. Entra en la ciudad santa, como en este domingo de ramos lo contemplamos, pero, aunque suenen cantos de victoria en los hosannas del pueblo sencillo, no es el Mesías guerrero y triunfador como ellos esperaban. Su cabalgadura no es el caballo brioso de los vencedores, sino el humilde borrico que había anunciado el profeta Zacarías.
Sabemos nosotros muy bien lo que significaba aquella entrada en Jerusalén; lo había anunciado una y otra vez, aunque a sus discípulos más cercanos les costaba comprender; por eso cuando vaya sucediendo todo lo anunciado ellos serán los primeros escandalizados que se duerman, que huyan, que renieguen, que se escondan y se encierren, o que tengan miedo a seguirle hasta lo alto del calvario.
Ahora se va a revelar de verdad misterio de Jesús. Será en la pasión y en la cruz donde hemos de comprenderlo y conocerle, aunque como siempre la cruz puede ser escándalo o puede ser obstáculo. Cuanto nos cuesta entender la cruz. Pero es que no nos podemos quedar en la cruz, sino mirar más allá, porque tenemos que mirar y contemplar el amor y la vida. Sólo desde el amor, y un amor como el que nos enseñó Jesús no solo con sus palabras sino con su propia vida, es como podremos comprender el misterio de la cruz que, repito, es misterio de amor y de vida.
Será así cómo nosotros subamos también con Jesús a Jerusalén a la Pascua; siendo capaces de poner amor en nuestra vida aprendemos a despojarnos, a olvidarnos de nosotros mismos, a no pensar en grandezas ni en reconocimientos humanos, a no temer todo aquello que se nos anunciaba con el profeta. ‘El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba’. Desprecios, burlas, cuchicheos por detrás, pérdida de reconocimientos humanos… tenemos que aprender a ser la semilla sembrada en tierra, oculta en la tierra donde se pudre para germinar y engendrar nueva vida.
No nos vamos a esconder, no vamos a tener miedo, no vamos a rehuir la parte de pasión que nos corresponda; que no  nos falte la fe, que no nos falte la gracia del Señor. Aunque algunas veces gritemos ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ sabemos que con nosotros está el Señor.
Es el dolor y el sufrimiento de la pasión; de la pasión de Jesús y de nuestra pasión, porque ahí tenemos que ponernos nosotros también; es una unión mística y espiritual con Jesús pero que se traduce muchas veces en realidades muy concretas que pueden ser dolorosas en nuestra vida; pero es algo que no podemos, o no debemos rehuir, porque ya nos anunció que el que quiera ser su discípulo ha de saber tomar la cruz, ha de saber negarse a sí mismo.
 Esto no son palabras bonitas y muy espirituales que digamos en un momento determinado y desde un fervor especial, sino que tenemos que darnos cuenta de esa realidad concreta que vivimos - cada uno mire sus propios sufrimientos y angustias, como mire también los sufrimientos y angustias de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado - donde tenemos que unirnos de verdad a la pasión de Jesús. Y todo eso tenemos que aprender a hacerlo como lo hizo Jesús; solo desde el amor tiene sentido; solo el amor es el que nos hará sentir la fuerza del Señor que nos acompaña.
Ya nos lo decía el profeta: ‘Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado’. En ese camino de Pascua si en verdad queremos hacerlo al paso de Jesús, sabemos que no quedaremos nunca confundidos porque Jesús está a nuestro lado.
Pero además es un camino que, aunque a veces nos parezca oscuro o doloroso, lo tenemos que hacer con la esperanza de la vida; como fue la pascua de Jesús. No se quedó en el calvario, no se quedó colgado de la cruz, no se quedó encerrado en el sepulcro, al tercer día resucitó glorioso del sepulcro; por eso cuando hablamos de pascua hablamos de pasión y muerte pero también de resurrección; hablamos de amor y de entrega hasta el final, pero hablamos de vida, de vida eterna que el Señor nos da a los que creemos en El y seguimos su camino. ‘Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el Nombre sobre todo nombre… ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’.
Contemplemos así hoy, con este espíritu y con estos sentimientos, la pasión y muerte del Señor que se nos relata en el evangelio de este día. Hagamos ese camino de la pasión y de la cruz junto a Jesús, o sintiendo a Jesús a nuestro lado en nuestra propia pasión. Que esta sea nuestra ofrenda de amor por nosotros, por nuestro mundo. Que la salvación que Jesús nos ofrece nos transformen la vida; seamos ese grano de trigo enterrado para dar vida al mundo. Así viviremos con todo sentido este año la Pascua del Señor.

sábado, 28 de marzo de 2015

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Subamos con Jesús a celebrar la Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Salmo Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, es la pregunta que se hacen los fariseos y los príncipes de los sacerdotes ante todo lo que había venido sucediendo. Muchos habían ido a casa de Marta y María tras la resurrección de Lázaro y creían en Jesús; otros acudieron a los fariseos y a los sumos sacerdotes para contarles todo lo que había pasado. ‘¿Qué hacemos?’ se preguntan.
Ya escuchamos lo que proclama el sumo sacerdote, que como nos dice el evangelista habla proféticamente. ‘Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’. La sentencia, en cierto modo, estaba dictada.
‘¿Qué hacemos?’, nos preguntaremos nosotros también. Estamos en las vísperas de la semana de pasión que culminará con la celebración del Triduo Pascual. ¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué es lo que vamos a vivir? Mejor, ¿cómo lo vamos  a vivir?
Creo que este sábado es un momento muy importante para prepararnos. No podemos entrar de cualquiera manera en esta semana. No vamos a ser meros espectadores, sino que la pasión y la pascua tiene que ser algo que vivamos con intensidad. No nos quedamos en el recuerdo. Nosotros decimos que hacemos memorial, como lo expresamos en la liturgia cada vez que celebramos la Eucaristía, porque la pascua, la pasión del Señor tiene que ser algo que esté muy presente en nuestra vida.
Cuando ya se acercaban los días de la pascua, nos dice el evangelista que la gente se preguntaba si Jesús iba también a subir a Jerusalén. Ya escuchábamos en el evangelio que se había retirado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, porque aun no había llegado su hora. Por eso somos nosotros los que nos preguntamos si vamos a subir a la Pascua, si vamos de verdad a meternos de lleno en la celebración del misterio pascual de Cristo. No lo miramos desde fuera.
Contemplamos y celebramos la entrega de Jesús, pero que tiene que ser también el camino de nuestra entrega. También tenemos que hacer nuestra ofrenda. También tenemos que sentir esa gracia de la salvación en nuestra vida. Por eso  nos abrimos a la Palabra de Dios y seguiremos cada día impregnándonos de ella, sembrándola de verdad en nuestro corazón. La gracia del Señor llegue a nuestra vida en la celebración de los sacramentos.
Que el Misterio pascual de Cristo nos transforme. Subamos con Cristo hasta la Pascua. No temamos porque caminamos hacia la vida y aunque nos cueste vamos de la mano del Señor.

viernes, 27 de marzo de 2015

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Desde nuestros problemas y sufrimientos nos unimos a la Pascua del Señor, haciendo de nuestra vida pascua y ofrenda al Señor.

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42
‘Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón… a ti encomendé mi causa…’ Es la confianza del profeta; es la confianza de quien se pone en manos del Señor.
No siempre es fácil y es ahí donde se manifiesta la grandeza y la fortaleza de la fe. El profeta está hablando desde su propia experiencia. Su misión como profeta no ha sido fácil, porque además han sido momentos muy difíciles para el pueblo. Allí ha estado siempre valiente y profética su palabra, pero no le han hecho caso, más bien se ha convertido en el hazmerreír de la gente.
Jeremías abre su corazón a Dios, que lo ha elegido para cumplir una misión verdaderamente difícil: anunciar la destrucción del pueblo; y con toda sencillez se lamenta ante Él. Sus predicciones y oráculos, observa el profeta, no sólo no mueven a los oyentes a penitencia y a reflexión, sino que producen el efecto contrario: se ríen y se mofan de él y, por si fuera poco, le maltratan. Pero él aún sigue confiando en Dios. ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
La profecía que es la misma vida del profeta hace referencia a Jesús. Unos le aceptan y se admiran de sus palabras escuchándolas con gusto, mientras otros se le resisten, se opone, no quieren creer en El, maquinarán contra El hasta llevarle a la muerte. Estamos en la última semana de la cuaresma y ya todo va teniendo tintes de pasión. Ya todo va siendo anuncio de lo que fue la pascua de Jesús, de su pasión y muerte que vamos a celebrar de manera intensa en la semana de la pasión. Pero en Jesús contemplaremos también siempre su voluntad decidida de ponerse en las manos de Dios. ‘Hágase tu voluntad… en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’, le escucharemos decir.
Pero lo que vamos escuchando en la Palabra en estos días tenemos que plantarlo en nuestro corazón, verlo hecho realidad en nuestra vida. Por una parte desde lo que nos cuesta hacer un anuncio valiente de Jesús con nuestra vida, porque no siempre será aceptado por el mundo que nos rodea, o desde lo que puede ser la realidad de nuestra vida con sus sufrimientos, con sus problemas, con nuestros temores o con las angustias que pueden aparecer también en nuestro espíritu. Desde ahí nos tenemos que unir a la Pascua del Señor, vivir su pascua en nuestra pascua, hacer de nuestra vida pascua porque sepamos hacer ofrenda al Señor.
Y aunque haya pasión, sacrificio, sufrimiento o angustia en nuestra vida, también tenemos que saber ponernos en las manos del Señor porque, como decía el profeta ‘El Señor está conmigo como fuerte soldado… a ti encomendé mi causa…’
Que lo que hemos rezado en el salmo sea de verdad oración de confianza en nuestra vida: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.  Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo, me alcanzaban los lazos de la muerte. En el peligro invoqué al Señor, grité a mi Dios. Desde su templo él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus oídos’.

jueves, 26 de marzo de 2015

Que el Espíritu nos ayude a plantar la vida que dura para siempre en nuestro corazón guardando de verdad la Palabra de Jesús

Que el Espíritu nos ayude a plantar la vida que dura para siempre en nuestro corazón guardando de verdad la Palabra de Jesús


Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59
‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. Se produjo una fuerte reacción por parte de los judíos ante estas palabras de Jesús. Les costaba entender y creer lo que Jesús les estaba diciendo; terminan llamándolo loco y endemoniado y en algún momento le dirán incluso que blasfema.
Es cierto, tenemos que reconocer, que algunas veces también nos cuesta entender y creer en las palabras que Jesús nos dice, o nos trasmite el texto sagrado. También en ocasiones nos hacemos nuestras interpretaciones, muchas veces incluso interesadas. También nos puede suceder que las aceptemos con una fe ciega, pero sin darle demasiada repercusión quizá luego en nuestra vida personal.
Es también lo que nos ha narrado la primera lectura. Abrahán es muy mayor, su mujer no ha podido darle hijos; el hijo que tiene es el de la esclava, pero no tiene una descendencia directa del matrimonio por lo que estamos diciendo. Y Dios le promete que tendrá una descendencia numerosa. ¿Es fácil creerlo? ‘Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti...’ El mismo Abrahán se está riendo dentro de si ante esta promesa de Dios e incluso Sara hará algún comentario jocoso sobre el hecho de que a su edad va a poder concebir y tener hijos.
En razonamientos humanos era algo difícil de explicar. Pero ahí está la fe bien probada de Abrahán que se fía de la Palabra del Señor y de su promesa. Ya sabemos que las pruebas a su fe continuarán más adelante cuando incluso se le pida el sacrificio de su hijo, el hijo de la promesa.
No nos extrañe que algunas veces también nosotros tengamos nuestras dudas; forma parte de nuestra condición humana. Pero es precisamente ahí, en todo momento de la vida pero sobre todo cuando nos aparezcan los momentos difíciles y todo nos parezca un callejón oscuro y sin salida, donde tenemos que afirmar nuestra fe, creer en la Palabra de Jesús, en la Palabra que Dios nos quiere trasmitir.
¿Tendremos que hacer un sacrificio muy costoso allá dentro de nuestro corazón, como Abrahán al que le pedía Dios el sacrificio de su hijo? Seamos capaces de ponernos en las manos de Dios, fiarnos de Dios que hace maravillas y siempre estará a nuestro lado. No será quizá como a nosotros nos gustaría, pero hemos de saber descubrir esa presencia de Dios tal como El quiera manifestarsenos y en lo que El quiere manifestarnos.
Guardemos de verdad la Palabra de Jesús, aceptémosla y planteémosla en nuestro corazón que, como nos dice hoy, el nos dará el ‘no morir para siempre’. Su Palabra siempre es una Palabra de vida, de salvación, de gracia, de regalo de Dios. Que el Espíritu Santo nos ayuda a plantar esa vida en nuestro corazón guardando de verdad la Palabra de Jesús.

miércoles, 25 de marzo de 2015

La Encarnación es el momento del Sí, de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios


La Encarnación es el momento del Sí, de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38
¿Habremos caído en la cuenta los cristianos de la importancia y trascendencia de este día que hoy celebramos? Aunque en la liturgia de la Iglesia se celebra con la categoría de solemnidad, que es la máxima, sin embargo para la mayoría del pueblo cristiano pasa totalmente desapercibida. Celebramos, por ejemplo con grandes solemnidades y fiestas el día del Nacimiento del Señor, la Navidad, pero tendríamos que reconocer que la presencia de Dios que se hace hombre no se realizó aquel día, sino hoy, nueve meses antes, porque es el momento de la Encarnación, del comienzo de la presencia del Emmanuel, del Dios con nosotros, como había anunciado el profeta, en el seno de María.
Leía el comentario que hacia alguien al cuadro de la Anunciación de Fra Angélico en el que se ve al ángel de la anunciación con una actitud reverente de adoración ante María después del anuncio celestial. Se preguntaba el comentarista por qué y ante quien esa actitud reverente y nos decía que más que ante María era ante el Misterio de Dios que ya María llevaba en sus entrañas. María solamente era el sagrario de Dios, porque ya Dios desde el mismo instante del Sí de María estaba habitando en su seno, se había encarnado en su seno.
Hermosa consideración que nos hacemos en este día de la Anunciación o si queremos de la Encarnación de Dios en el seno de María. Dios encarnado que comienza a habitar ya entre nosotros. Nuestra actitud de fe y de adoración ante el misterio de la presencia de Dios.
Aparte de ello creo que podríamos sacar una lección más para nuestra vida. Al contemplar y meditar este evangelio entre otras muchas cosas admiramos la disponibilidad y la generosidad del corazón de María que se pone totalmente en las manos de Dios. ¿Se le está manifestando lo que es la voluntad de Dios y cómo Dios quiere contar con ella para ese misterio de salvación para nosotros? Y María dice Sí, ‘aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra’, como le responde al ángel.
Pero hay otro detrás de todo eso. No es solo el sí de María sino que está el del Hijo de Dios a la voluntad del Padre. Como nos ha dicho la carta a los Hebreos ‘cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Como diría más tarde en el evangelio ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’. Ahora nos dice: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y en Getsemaní dirá, como meditaremos próximamente en la semana de pasión: ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, para terminar diciendo en la cruz ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es el momento del , de buscar y hacer lo que es la voluntad de Dios. Algunas veces no entendemos, nos cuesta, se nos hace difícil y duro, pero en las manos del Señor hemos de saber ponernos, para hacer esa ofrenda de nuestra vida. No son sacrificios, ofrendas de cosas, holocaustos ni víctimas expiatorias, es el que ha de nacer desde lo más hondo del corazón, es la ofrenda de nuestra vida. Cuando hacemos una ofrenda arrancamos algo de nosotros mismos, de nuestro yo, para entregarlo al Señor. ¿A qué tendremos que renunciar? ¿Qué nos pide el Señor? Ese arrancar nos dolerá, nos costará, pero sobre todo hemos de buscar lo que es la voluntad del Señor y que todo, toda mi vida sea siempre para la gloria del Señor.
¿Qué nos estará pidiendo el Señor en el día de su Encarnación?

martes, 24 de marzo de 2015

Reconozcamos que Jesús es el Señor pasando por la pascua de su pasión que nos lleva a la vida y salvación

Reconozcamos que Jesús es el Señor pasando por la pascua de su pasión que nos lleva a la vida y salvación

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
‘Ellos le decían: ¿Quién eres tú?’ No terminaban de conocer a Jesús, de descubrir quién era realmente Jesús. Andaban confusos. El misterio de Dios que se manifestaba en Jesús no terminaban de desentrañarlo. Jesús les decía: ‘Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros’, lo que les hacia entrar en mayores confusiones. Por eso se preguntaban ‘¿Quién eres tú?’ ¿Andaremos nosotros confusos también haciéndonos la misma pregunta? Nos puede suceder.
‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados’, les decía Jesús. Si nos falta esa fe en Jesús no encontraremos la salvación. Habían visto sus obras; habían sido testigos de sus signos y milagros; habían escuchado sus parábolas y todo lo que les decía del Reino de Dios; les había invitado una y otra vez a la conversión. Pero no reconocían a Jesús como su Salvador, como el Hijo de Dios. Aún seguían pidiendo signos y cosas maravillosas.
‘Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada…’ Sería la gran señal, el gran signo que tendría que llevarnos a reconocer a Jesús. Lo mismo que Moisés había levantado la señal allá en medio del desierto, aquella serpiente de bronce. Pero ahora quien había de ser levantado en alto sería Jesús. Allí desde lo alto de la cruz nos atraería hacia El, porque entonces sí descubriremos donde está nuestra salvación.
Ya la Pascua es inmediata; el camino de la cuaresma que hemos venido haciendo casi toca a su fin y vamos a celebrar a quien ha sido levantado en lo alto, pero  no solo porque lo contemplemos en la cruz - se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz, que dirá el apóstol más tarde - sino porque vamos a ver su nombre levantado sobre todo nombre, y todos vamos a proclamar que Jesús es el Señor.
‘¿Quién eres tú?’ Es el Señor; es nuestra Salvación; es el Hijo del Hombre del que había hablado el profeta pero es verdaderamente el Hijo de Dios. Cuando lo reconozcamos encontraremos la salvación; cuando lo reconozcamos nos encontremos con la luz y con la vida.
Algunas veces nos cuesta porque para llegar a ese reconocimiento hay que pasar por la cruz; es pascua, ese paso de Dios a través del sufrimiento, del dolor, de la pasión, de la cruz algunas veces nos cuesta verlo. Ese sufrimiento, ese dolor, esa pasión y cruz que vamos a encontrar tantas veces en nuestra vida y que se nos hace doloroso el reconocerlo. Pero ‘el que me envió está conmigo’, decía Jesús. Es lo que nosotros también hemos de saber reconocer, que Dios está con nosotros esa parte de la pascua que puede ser dolorosa en el sufrimiento, en la pasión, en la muerte. Pensemos en nuestros problemas, en nuestros sufrimientos, en los contratiempos con que nos vamos encontrando en la vida, en las cosas a las que tenemos que renunciar.
Pero sabemos que estando con nosotros el Señor tendremos vida, todo es gracia, no nos sentiremos abandonados, llega a nuestra vida la salvación. Seamos capaces de reconocerlo y vivirlo.

lunes, 23 de marzo de 2015

Quien tiene un corazón lleno de amor como el de Jesús aprende a mirar con ojos compasivos a los demás

Quien tiene un corazón lleno de amor como el de Jesús aprende a mirar con ojos compasivos a los demás

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11
Sólo quien es capaz de mirarse asimismo con sinceridad para descubrir la miseria que también hay en su corazón será capaz de mirar con ojos compasivos y llenos de misericordia a los que le rodean para siempre perdonar y nunca condenar. El orgullo cierra el corazón y lo hace incapaz de amar. Porque Jesús tenía el corazón lleno de amor pudo mirar con ojos compasivos a la pecadora que estaba a sus pies. El amor levanta, crea nueva vida, llenando de paz los corazones.
Es lo que no sabían comprender aquellos ‘escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio’ delante de Jesús. ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?’ Claro que ellos en su malicia estaban buscando pretextos para poder acusar a Jesús de que actuaba contra la ley de Moisés.
Su autosuficiencia, su orgullo, su considerarse mejores que los demás y cumplidores hasta el extremo en todo les cerraba el corazón. No son capaces de mirarse a si mismos con sinceridad. Es lo que Jesús quiere hacerles comprender. ‘El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’, les dice. El silencio de Jesús les hará reaccionar.  No serán capaces de poner amor en su corazón, pero se irán escabullendo uno a uno, como dice el evangelista.
Aprendamos a poner amor en el corazón. Aprendamos a tener una mirada limpia y llena de amor. El amor nos hará sinceros con nosotros mismos al tiempo que nos hará mirar con ojos nuevos y distintos a los demás. Como lo hizo Jesús. ‘Yo tampoco te condeno’. Es una mujer pecadora, pero allí está el amor que levanta, que nos da nueva vida, que nos llena de paz, que nos trae el perdón. Así nos acercamos a Jesús para que nos levante de nuestra postración y nuestro pecado; así vamos a Jesús porque sabemos que siempre tendrá una mirada de amor para nosotros; acudimos a Jesús con confianza porque sabemos que siempre tiene la mano tendida para levantarnos y hacernos sentir su paz.
‘El Señor es compasivo y misericordioso’. Pero tenemos que parecernos a Jesús; tenemos que aprender a llenar de amor nuestro corazón. Para que comencemos nosotros a tener una nueva vida; para que comprendamos todo lo que es el amor que el Señor nos tiene que también nos perdona y nos levanta; para que aprendamos a ser generosos en nuestro amor con los demás.
Arranquemos todo atisbo de orgullo y autosuficiencia de nuestro corazón. Que nunca miremos con ojos turbios a los demás despreciándolos porque hayan tenido tropiezos en la vida, que nosotros también los tenemos. Aprendamos a mirarnos a nosotros mismos con sinceridad. Que nuestro corazón está siempre lleno de mansedumbre, de ternura, de amor como el corazón de Cristo.

domingo, 22 de marzo de 2015

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Súplicas, lágrimas, oraciones para hacer una ofrenda de amor como la de Jesús

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33
La ocasión había partido de aquellos griegos que habían venido a la fiesta de Pascua, habían oído hablar de Jesús y ahora querían conocerlo. ‘Estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús’.
La respuesta de Jesús fue muy importante, trascendental, podríamos decir: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre’. Muchas veces había dicho, como en Caná de Galilea cuando lo de las bodas, que no había llegado su hora. Ahora anuncia solemnemente ‘ha llegado la hora’; y es la hora de la glorificación del Hijo del Hombre.
¿Qué quería decir Jesús? Podríamos pensar que hablando de glorificación podía haber sido su momento cuando la transfiguración en el Tabor. Pero es ahora cuando habla de glorificación, y habla del grano de trigo que se entierra para dar fruto, y hablará de perder la vida para ganarla, y finalmente dirá cuando sea levantado en alto atraerá a todos hacia El. Ya anteriormente el evangelista Juan nos había dicho que ‘igual que Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado en alto el Hijo del Hombre para que todo el que crea en El tenga vida eterna’.
Hoy nos dice el evangelista, porque lo entiende a posteriori, que ‘esto lo decía dando a entender la muerte de que iba morir’. Luego Jesús al hablarnos de su glorificación nos está hablando de su entrega, de su muerte, pero que es El quien se entrega libremente, porque aquel que se rebajó hasta someterse a muerte, como nos dirá más tarde san Pablo, Dios lo glorificará, levantará su nombre sobre todo nombre, y al nombre de Jesús toda rodilla se dobla y toda lengua proclama que Jesús es el Señor.
En nuestros miramientos y razonamientos humanos hablamos muchas veces de la muerte injusta de Jesús, cargando las tintas en la injusticia de los hombres, sobre todo de aquellos que lo condenaron a muerte; pero la mirada de Dios es distinta, la razón de la muerte de Jesús es otra y para nosotros su muerte se convierte en justicia y salvación, porque El se entregó, el quiso ser esa semilla de trigo enterrada y que tiene que morir para dar vida, para dar fruto.
Hay en este pasaje del evangelio una resonancia de lo que sería más tarde la oración de Getsemani. ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Nos recuerda la agonía y la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos: ‘Que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Ahora la escuchamos decir: ‘Padre, glorifica tu nombre’, mientras se oye una voz desde el cielo ‘lo he glorificado y volveré a glorificarlo’.
Nos ha hablado la carta a los Hebreos hoy también cómo ‘Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado’. Oraciones y súplicas que nos están indicando el terror ante la muerte y el sufrimiento que todo ser humano puede sentir. Pero como terminará diciéndonos ‘El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’. Sufrimiento, obediencia, ofrenda, salvación eterna, todo el sentido de la muerte de Jesús; por eso levantado en alto todos nos sentiremos atraídos a ir hacia El.
Pero no nos quedamos en contemplar la ofrenda de Jesús, sino que al mismo tiempo estamos escuchando lo que nos pide. ‘El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este, mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará’. Nos está diciendo lo que El hizo, pero va delante de nosotros para que sigamos el mismo camino; y ese camino no es otro que el de una ofrenda de nuestra vida como lo fue la suya.
¿Seremos capaces de una ofrenda así? ¿Seremos capaces de ser ese grano de trigo enterrado que tiene que morir para dar vida? ¿Sentiremos también quizá nosotros esa angustia y ese miedo ante la entrega, ante el sufrimiento y la muerte si fuera necesario, ante ese negarnos a nosotros mismos siendo capaces de perder lo que tenemos o lo que somos para poder ser vida, para poder alcanzar la vida?
Súplicas, lágrimas, oraciones, sufrimientos por los que tenemos que quizá pasar para hacer esa ofrenda de amor como la de Jesús. Tendremos que aprender sufriendo quizá a ser hijos, a obedecer. Miremos bien nuestra vida y encontrémosle sentido y valor a muchas cosas que nos pueden resultar dolorosas y difíciles. Puede ser duro, como lo fue Getsemaní para Jesús, pero y si Jesús nos lo pide, ¿qué vamos a hacer? ¿qué seremos capaces de hacer? ‘Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?’
‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’  nos dice Jesús. 

sábado, 21 de marzo de 2015

Como el cordero llevado al matadero nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor.

Como el cordero llevado al matadero nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor.

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
‘Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban…’ Así expresaba el profeta la situación difícil por la que pasaba, donde no era comprendido, era acosado porque quienes no querían escuchar sus proféticas palabras, y por las persecuciones que sufría.
Pero todo es imagen del verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, imagen y anuncio de lo que le sucedía a Jesús, como hoy mismo escuchamos en el evangelio. Mientras la gente sencilla con ese sentido de Dios que tienen los limpios de corazón vislumbraban en Jesús un gran profeta o acaso incluso que pudiera ser el Mesías, otros sin embargo lo rechazan e incluso ‘algunos querían prenderlo’.
Cuando regresan los guardias que han ido a prenderlo enviados por los sumos sacerdotes y los principales del pueblo vienen con las manos vacías porque ‘jamás ha hablado nadie como ese hombre’, lo que les ocasionará recibir también improperios e insultos. Es la fe de los sencillos que no siempre es reconocida ni respetada.
Es lo que le sucederá también a Nicodemo - aquel fariseo que había ido de noche a ver a Jesús reconociendo en El que venía de Dios porque nadie podría hacer las cosas que El hacía si Dios no estuviera con El - que también poco menos que es insultado y desprestigiado por esa defensa que hace de Jesús de que no se puede juzgar a nadie sin haberlo escuchado antes. Para un judío de Judea llamarlo galileo es como un desprecio o llamarlo inculto.
Pero esa expresión de la profecía con la que comenzábamos el comentario también puede ser imagen de lo que a todo seguidor de Jesús le pueda pasar. Muchas veces también en silencio tenemos que seguir dando nuestro testimonio, viviendo nuestra fe y nuestro compromiso cristiano. Como Jesús, como ya hemos comentado en alguna ocasión, también nos convertimos en signos de contradicción en medio del mundo. No todos van a comprender nuestro testimonio, nuestras palabras, nuestra manera de vivir nuestra vida según el sentido de la fe.
Intentos de desprestigio, acosos o incluso pretender hacernos callar nuestro testimonio con algunas de las cosas que nos vamos a encontrar entre los que nos rodean y no nos entienden. Pero nuestro testimonio tienen que ser luminoso siempre y valiente en todo momento. Aquello que nosotros vivimos lo vivimos con alegría y gozo grande en el alma, porque por encima de todo sabemos que siempre nos sentiremos amados del Señor. Muchas veces quizá tendremos que pasar por el sufrimiento en silencio, como el cordero llevado al matadero que decía el profeta, pero sabemos que nuestra vida ha de ser siempre una ofrenda de amor al Señor. Aprendamos por otra parte a valorar y reconocer la fe de los sencillos en tantos que nos rodean
Que no  nos falta nunca la fuerza del Espíritu del Señor y la paz nunca abandone nuestro espíritu. Que nos sintamos fortalecidos en nuestra fe pase lo que pase, porque nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.

viernes, 20 de marzo de 2015

Un camino cuaresmal de revisión para llegar a la luz, para vivir en la luz, para ser luz para los demás

Un camino cuaresmal de revisión para llegar a la luz, para vivir en la luz, para ser luz para los demás

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
La lectura del libro de la Sabiduría resuena como un eco de las imprecaciones que contra Jesús hacían los judíos al pie de la cruz. ‘Declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor…’ nos dice el texto del Antiguo Testamento mientras junto a la cruz le decían ‘si eres el Hijo de Dios baja de la cruz y creeremos en ti…’
La vida del hombre justo y que hace el bien se convierte en un signo para los que le rodean, por eso el que se deja arrastrar por el mal siempre estará a la contra y como la vida del hombre bueno se convierte en una denuncia de sus malas acciones tratará de desprestigiarlo o de eliminarlo. Fue lo que le pasó a Jesús y nos anunció que el discípulo no es menos que su maestro diciéndonos que también sus discípulos encontraríamos oposición y persecuciones.
Pero es bueno que nos hagamos una reflexión sobre nuestra vida a partir de lo que aquí estamos escuchando para analizar, revisar si en verdad nuestra vida, nuestras obras son buenas y reflejan luz en medio del mundo que nos rodea tan lleno de oscuridades y maldades. ‘Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida’ nos decía el texto sagrado. Es lo que nos tiene que hacer reflexionar.
Por supuesto reconocemos que somos débiles y pecadores y no somos lo santos que tendríamos que ser. Ahí tiene que estar por supuesto nuestra voluntad y nuestros deseos de superación, de crecimiento; tenemos que ser capaces de revisar nuestra vida y corregir todo aquello que no sea bueno que haya en nosotros. Nuestro empeño ha de ser caminar siempre por caminos de rectitud para que en verdad podamos dar testimonio de aquello en lo que creemos, de lo que es nuestra fe que tiene que reflejarse en nuestra vida.
Ya tendríamos todos que ser lo suficientemente humanos y comprensivos para no entrar en juicio contra los demás y no podemos condenar a nadie. Esa comprensión ojalá la encontremos también siempre en los demás, aunque sabemos que muchas veces no la vamos a encontrar. Eso nos exige un esfuerzo mayor por nuestra parte para superarnos, para corregirnos, para crecer humana y espiritualmente para que podamos ser una buena luz que alumbre a los demás. Aunque luego encontremos incomprensión, pero que al menos nuestro testimonio sea verdadero y auténtico.
Que el Señor nos ayude, nos ilumine. Este camino cuaresmal que estamos haciendo es una buena oportunidad para esa revisión de nuestra vida, para que lleguemos a la luz, para que vivamos en la luz, para que seamos luz para los demás.

jueves, 19 de marzo de 2015

El hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación que respondió con la obediencia de la fe

El hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación que respondió con la obediencia de la fe

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a
Un hombre justo a quien Dios había escogido para una misión en sus planes de salvación y que aun en medio de sombras y oscuridades respondió con la obediencia de la fe. Es san José, es esposo de María, de la cual había de nacer Jesús porque El sería el Salvador de los hombres.
El evangelio es escueto a la hora de hablarnos de José, porque realmente la Buena Noticia que es el Evangelio es Jesús. Pero Dios tuvo en cuenta a José. Por obra del Espíritu Santo el Hijo de Dios se iba a encarnar en el seno de María. Pero Dios quiso que fuera dentro de un hogar, en el calor de una familia. Es el lugar que ocupa José, de manera que aunque nosotros sabemos que la concepción de Jesús fue por obra del Espíritu Santo, Jesús había de ser conocido y reconocido como el hijo del carpintero; esa fue la misión que Dios le confiaba a José, en la que quiso contar con él.
Era el hombre bueno y justo en cuyo corazón, aun atormentado por las dudas, no cabía la maldad. Porque era el hombre creyente y lleno de esperanza que se dejaba conducir por Dios. En aquellos acontecimientos que iban a ir desarrollándose en su vida, siempre buscaría descubrir lo que era el plan de Dios. Será en medio de sueños o de la forma como queramos imaginar, pero José tiene el corazón abierto a Dios y a su palabra. Y José tuvo también su anunciación como María; el ángel del Señor también se le manifestaría para trasmitirle lo que era la voluntad de Dios y llenar de luz su corazón atormentado por las sombras de la duda.
Siembra una duda en el corazón y veremos cómo se desarrollará la desconfianza y los recelos que nos separan y que nos apartan de los demás. No sucedió así en José, aunque en principio estuviera lleno de dudas, recelos y desconfianzas, no dejó de confiar en Dios y dejarse conducir por sus inspiraciones para hacer siempre lo que era la voluntad del Señor.
Es la obediencia de la fe del corazón de José. Cuando el ángel le descubre que lo que sucede en María es obra de Dios, porque es el Espíritu Santo el que ha cubierto con su sombra a María para que de ella naciera Jesús, José también dice sí, José también dice ‘hágase tu voluntad’, José también es el siervo fiel y prudente que hace lo que le pide su Señor. ‘Cuando José se despertó, hizo lo que le habla mandado el ángel del Señor’.
Cuanto tenemos que aprender de san José: El hombre justo, el hombre de fe, el hombre lleno de esperanza que no dejó que los contratiempos y adversidades le hicieran perder nunca la paz del corazon, el hombre que siempre puso su vida en las manos de Dios para así entrar en el plan de Dios en la obra de nuestra salvación. su corazón estará lleno de dudas por cuanto sucede en María que no entiende, tendrá que dejar Nazaret para venirse a Belén cuando los planes de su vida eran otros, marchará al exilio de Egipto con lo duro que eso puede significar porque hay que salvar la vida de aquel Niño que un día entregará su vida por nuestra salvación, pasará en silencio su vida siempre en la obediencia de la fe o en la humildad de estar en un segundo plano, pero porque se humilló y fue capaz de ser el último y el servidor de todos será grande y la importancia de su vida no solo fue en aquel momento de la historia de la salvación, sino que lo será para siempre como patrono y patriarca de la Iglesia de los que creen en Jesús.
Hemos también de aprender a ocupar nuestro lugar, aunque pase desapercibido, aunque sea en el silencio y el anonimato, aunque duros tengan que ser los sacrificios y negaciones de nosotros mismos que tengamos que hacer, aunque muchas veces nos veamos atormentados por cosas que no entendemos o descubramos que los planes de Dios quizá rompen el ritmo de nuestros propios planes. No olvidemos lo que luego Jesús nos enseñará de negarnos a nosotros mismos, de hacernos los últimos y los servidores de todos, de ser semilla que se entierra y se sacrifica en el seno humilde y callado de la tierra para que pueda dar fruto. Es el camino de la verdadera grandeza que Jesús nos enseña, que contemplamos realizado humilde y calladamente en san José, y que ha de ser también el camino que recorramos en nuestra vida.
San José descubrió la misión para la que Dios le había escogido y respondió con la obediencia de la fe.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Tengamos esperanza porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparado

Tengamos esperanza porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados

Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30
‘Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados’. Es la invitación a la confianza en Dios que escuchamos en palabras del profeta. Terminará diciéndonos algo muy hermoso. ‘Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré’. Así es el amor del Señor.
Cuántas veces decimos que Dios no nos escucha cuando acudimos a El desde nuestras angustias y preocupaciones porque quizá no vemos las cosas tal como se las pedimos. ¿Qué hace una madre cuando un hijo sufre? Está a su lado, sola su presencia llena de paz al que sufre, nos sentimos consolados con su presencia o con sus lágrimas que se unen a las nuestras. Creo que tenemos que aprender a sentir esa presencia amorosa del Señor. Es el padre y madre bueno que nos dará lo mejor, que nos regalará su amor.
¿No nos ha dado a Jesús? Estamos precisamente en este camino de cuaresma preparándonos para celebrar todo el misterio de su amor en la entrega de Jesús por nosotros. ¿Qué nos viene a ofrecer Jesús? Todo lo que es el amor de Dios y si ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza en El tenemos asegurada la vida, la vida eterna. No nos faltará su gracia, porque El siempre está dispuesto a regalarnos ese perdón, esa paz que necesitamos. Así nos ama el Señor.
No nos tenemos que cansar de pedirle fe al Señor; que no nos falte nunca la fe y la esperanza porque en El pongamos toda nuestra confianza; en sus manos ponemos nuestra vida, con nuestras luchas, con nuestros problemas, con nuestros sufrimientos, y todo eso con amor. Hemos de aprender a hacer esa ofrenda de amor de nuestra vida al Señor, aunque algunas veces nos pueda ser dura la vida, o los problemas nos agobien, pero sintamos que estando con Dios, estando Dios con nosotros no nos ha de faltar esa paz que El quiere regalarnos; es la paz de sentirnos amados del Señor y en El nos sentimos seguros. Así nos decía Jesús en el evangelio: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio, porque ha pasado ya de la muerte a la vida’.
No olvidemos nunca lo que hemos rezado en el salmo reconociendo que el Señor es compasivo y misericordioso. ‘El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan…’

martes, 17 de marzo de 2015

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para darnos vida y salvación

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Jesús está allí donde hay dolor y sufrimiento para dar vida y salud. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo’. Y es Jesús el que se adelanta y viene a nuestro encuentro. ‘Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: ¿Quieres quedar sano?’
Jesús llega a nuestra vida ofreciéndonos también su salud, su salvación, su gracia. ‘¿Quieres quedar sano?’, nos pregunta. Nos sentimos postrados en nuestros problemas, en nuestras necesidades, en nuestros sufrimientos. Nos parece sentirnos solos y sin que nadie nos ampare. También algunas veces en nuestro decaimiento nos parece que quizá nadie nos ayuda. Como aquel paralítico de la piscina también decimos, ‘no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’.
Pero hemos de tener una seguridad y una certeza, Jesús viene a nuestro encuentro, Jesús está a nuestro lado, Jesús nos tiende también su mano para levantarnos. ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’. No necesitamos que se mueva el agua de la piscina, porque tenemos a Jesús verdadera agua viva que nos llena de vida.
La primera lectura como en una imagen profética nos  hablaba del agua que manaba del templo y que allá por donde se iba derramando iba llenando todo de vida y de frutos. Es la imagen que nos  habla de Jesús que es el que verdaderamente nos llena de vida, nos salva, nos inunda con su gracia. Por algo le diría a la samaritana que El tenía un agua viva que el que la bebiera no volvería a tener sed.
Es cierto que Jesús nos ha dejado unas mediaciones, signos de su presencia que son los sacramentos. El agua del Bautismo es ese signo que nos llena de la vida de Jesús porque nos hace partícipes del misterio pascual de su redención. En el agua del Bautismo nacemos a una nueva vida; bien nos viene recordarlo en este tiempo de cuaresma; es más, en la cuaresma precisamente nos preparamos para hacer esa renovación de nuestro bautismo, de nuestro compromiso bautismal. Por eso luego en el sacramento de la Penitencia y de la Eucaristía renovamos esa gracia, alimentamos esa vida que hay en nosotros cuando comemos a Cristo, cuando nos llenamos de Cristo.
A nuestro lado Jesús va poniendo también personas, o permite que nos sucedan acontecimientos que nos hablan de su presencia, que nos hacen sentir su presencia de gracia. No nos podemos sentir solos porque siempre habrá alguna forma, algún signo que nos recuerde esa presencia de Cristo. Abramos los ojos de la fe; reavivemos nuestra fe y veremos cómo Cristo llega a nosotros, llega a nuestra vida, y siempre será para gracia, siempre será para salvación. También Jesús nos pregunta: ‘¿Quieres quedar sano?’ y nos dice: ‘Levántate, toma tu camilla y echa a andar’.
Recordemos además cómo también nosotros podemos y tenemos que ser signos de esa presencia de Jesús para los que caminan o que sufren a nuestro lado. 

lunes, 16 de marzo de 2015

‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, hagamos lo mismo

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, hagamos lo mismo

Isaías 65,17-21; Salmo 29; Juan 4,43-54
‘Un profeta no es estimado en su propia patria’, así comienza recordándonos el evangelista esta afirmación de Jesús. Ya proféticamente Simeón había anunciado que aquel Niño iba a ser signo de contradicción en medio de su pueblo. ‘Este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel’, había dicho. Y lo vemos a lo largo del evangelio. Muchos se entusiasmarán por El, mientras los principales entre el pueblo le rechazan. Aunque luego contemplamos también cómo surgen aquí y allá personajes que le aceptan, que le escuchan, que creen en El.
Ya los evangelistas nos resaltarán que serán los sencillos y humildes lo que principalmente le escuchen, pero también contemplaremos diversos episodios en que serán gentiles, no judíos, los que crean en El. Será el centurión romano el que pida con fe por la salud de su criado, será la mujer cananea la que llore y grite detrás de Jesús por su hija poseída por un espíritu inmundo, o será, como hoy hemos escuchado en el evangelio, un funcionario real el que suba hasta Caná pidiendo por su hijo enfermo en Cafarnaún. Son precisamente los que quizá nos dan mejores ejemplos de una fe confiada. Ya recordamos como en esas ocasiones Jesús alaba la fe de esas personas.
Es la fe que nos salva; es la fe que nos hace encontrarnos de verdad con Jesús y con su salvación. Que no nos falte esa fe. Pero creo que tendríamos que hacernos una consideración, porque muchas veces los que parece que estamos más cerca de Jesús no nos mostramos tan seguros y firmes en nuestra fe y confianza en el Señor. ¿Será para nosotros también un signo de contradicción?
Los que estamos como más metidos en la Iglesia, en las celebraciones y hasta en compromisos pastorales tenemos el peligro de hacer un poco como aquellos que en el evangelio se creían seguros de si mismos - no hace mucho en estos días pasados lo hemos escuchado - y nos creemos poseedores de la fe verdadera como si fuera algo nuestro y quizá hasta despreciamos la fe de la gente sencilla. Lejos de nosotros esas actitudes autocomplacientes de considerarnos mejores o con más fe que los demás.
También, por otra parte, nosotros tenemos nuestras dudas y nuestros altibajos en la fe y muchas veces aunque aparentamos mucha seguridad y nos mostramos muy religiosos estamos también pidiendo pruebas y razones una y otra vez y no tenemos la fe de la confianza, de ponernos en las manos del Señor que es donde tenemos que sentirnos seguros y dejarnos conducir por El. Como nos decía Jesús hoy en el evangelio ‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’.
Que no estemos siempre buscando el milagro o la prueba para creer. Que crezca nuestra fe; que aprendamos de la fe de los sencillos. Cuántos ejemplos podemos recibir de tantas personas que nos rodean si fuéramos capaces de mirar con unos ojos limpios y con un corazón libre de maldad la fe de esas personas. Que seamos capaces de poner con mucha humildad pero con mucho amor toda nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, nos dice el evangelio. Hagamos lo mismo.

domingo, 15 de marzo de 2015

Todo es un regalo de amor que nos compromete a vivir igualmente en la misericordia y el amor

Todo es un regalo de amor que nos compromete a vivir igualmente en la misericordia y el amor

2Crónicas 36, 14-16. 19-23; Sal 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21
Todo es un regalo de amor. Claro que no se entiende un regalo de verdad si no es fruto del amor; si fuera desde otro sentido, desde un interés sea cual sea, creo que no lo podríamos llamar regalo. Y además cuando recibimos ese regalo de amor nosotros tenemos que sentirnos movidos a actuar de la misma manera con los demás. Cuando uno recibe un regalo se siente comprometido con ese amor que nos han manifestado y nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.
Ahí tenemos resumido todo el mensaje de hoy, de la Palabra que Dios hoy ha querido dirigirnos. Basta repasar el texto y subrayar las palabras principales. Nos habla de la riqueza de la misericordia, del amor con que nos amó; nos dice que por pura gracia estamos salvados; nos dice que es un don de Dios; nos dice que estamos salvados por la gracia y por la fe. Es lo que nos repite de una forma y otra el apóstol en la carta a los Efesios.
Estamos haciendo mención a la carta a los Efesios, pero igualmente podríamos recordar lo que hemos escuchado en la primera lectura; nos hace un resumen de la infidelidad del pueblo que olvida la ley del Señor, pero por pura gracia aparece la salvación y la liberación para aquel pueblo; ‘en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia’ que dará la libertad al pueblo de Dios para que puedan volver a su tierra y levantar de nuevo el templo del Señor, como era su deseo.
Creo que tendríamos que quedarnos considerando, contemplando desde el corazón todo ese regalo de amor que Dios nos ofrece en Jesús. Porque es lo que nos vuelve a repetir el evangelio; la razón por la que Dios se ha encarnado, ha venido a tomar nuestra carne humana haciéndose hombre como nosotros es su amor. Todo es un proyecto de amor; amor del Dios que nos creó, pero aunque nosotros con nuestro pecado rechazamos ese proyecto de amor, Dios sigue buscándonos, sigue llamándonos, sigue ofreciéndonos su amor.
Contemplaremos a Jesús levantado en alto, como se nos dice hoy en el evangelio - ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’ - pero todo es para la gracia, para ese regalo de amor que nos ofrece el perdón y nos regala la vida eterna. ‘Para que todo el que cree en El tenga vida eterna’. Por eso nos decía san Pablo ‘estáis salvados por su gracia y mediante la fe’; la gracia de Dios nos regala la salvación que nosotros acogemos y aceptamos por la fe.
Hablamos mucho de condena, pero para eso no ha venido Jesús. Siempre en Jesús se está manifestando lo que es la misericordia de Dios. ‘Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. Son verdaderamente consoladoras estas palabras de Jesús; palabras que nos llenan de esperanza porque podemos palpar no el juicio y la condena sino lo que es la misericordia de Dios.
Creo que todos tendríamos que aprender mucho, meditando bien estas palabras del Evangelio. Nos tendrían que llevar a unas actitudes nuevas, a una nueva manera de actuar; somos muy dados al juicio y a la condena, pero somos los hijos de la misericordia porque toda esa gracia de Dios se ha derramado en nosotros por su infinita misericordia y así tendríamos nosotros que mostrarnos con los demás.
Somos la Iglesia de la misericordia que siempre nos está ofreciendo el perdón y el amor del Señor y todos hemos se sentirlo y palparlo en nuestras vidas. Así tiene que manifestarse siempre la Iglesia y si no lo hiciera así no sería fiel al evangelio de Jesús, que siempre es Buena Nueva que anuncia la misericordia de Dios, el año de gracia del Señor, el perdón y la salvación. Es el corazón compasivo y misericordioso con que nosotros también tenemos que acercarnos a los demás cuando nos hemos sentido tan beneficiados del amor de Dios.
Acabamos de escuchar en estos días el anuncio que ha hecho el Papa Francisco para convocar un Año Jubilar de la Misericordia. Una ocasión más para meditar y para vivir esa misericordia de Dios con nosotros que no viene a condenar sino a salvar; de cuántas maneras eso se ha de manifestar en la vida de la Iglesia para que no se quede en bonitas palabras; pero una ocasión propicia para llenar nuestras entrañas de misericordia y compasión, a modelo e imitación de lo que es la misericordia y la compasión del Señor. ‘Sed compasivos, nos dirá, como vuestro Padre es compasivo’.