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domingo, 30 de marzo de 2014


Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


1Sam.16, 1.6-7.10-13; Sal.  22; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41

El ciego de nacimiento no sabía lo que era la luz, hasta que se encontró un día con el Sol. Empezó a ver y empezó a creer. Es el acontecimiento que nos narra hoy el evangelio con hermoso significado. 

En la ceguera todo es oscuridad. No se conoce la luz, no se sabe lo que es la luz.  Todo permanece en tinieblas. Descubrir la luz tiene que ser algo maravilloso; se distinguen los colores, lo que percibíamos por los otros sentidos ahora se vuelve realidad ante nuestros ojos, podemos contemplar una sonrisa que solo podíamos intuir, descubrir lo que se puede ver tras unos ojos luminosos, las cosas pueden tener otro sentido. Es triste esa oscuridad en la ceguera de los ojos, pero hay otras oscuridades más terribles. Tenemos muchas tinieblas, muchas clases de tinieblas que quieren ahogar la luz.

‘La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron’, había dicho Juan en el principio de su evangelio. Pero la luz un día ha de brillar. ‘Levántate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’, escuchábamos que citaba san Pablo en la carta a los Efesios. Cristo es nuestra luz; la luz que viene a arrancarnos de las tinieblas. El episodio del Evangelio de hoy viene a hacernos ese anuncio y a traernos la esperanza de la luz que en Cristo vamos a encontrar.

Cristo viene al encuentro del hombre para traernos su luz. El evangelio nos dice que ‘al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento’. El episodio se sitúa en Jerusalén. El paso de Jesús será siempre un paso salvador. El paso de Jesús es pascua de luz para todo hombre. El paso de Jesús nos enseña también a mirar y ver. Es Jesús el que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro aunque digamos que nosotros lo buscamos y hacemos no sé cuantas cosas.

Allí estaba aquel hombre, ciego de nacimiento, en el que Jesús se quiere fijar de manera especial. Cuántos se tropezarían con él en su deambular por las calles de Jerusalén. Seguramente allí estaba tendiendo su mano pidiendo limosna - era lo habitual - y moviendo a compasión desde su ceguera.

Pero Jesús se detiene. La pregunta surge en los discípulos aflorando lo que quizá era una forma de pensar de muchos - también en nosotros aparece esa forma de pensar - imaginando culpabilidades y castigos por pecados, como se miraba la enfermedad o los males que pudieran suceder a las personas. Afloran cegueras en la manera de pensar que también nos afectan a nosotros porque quizá también cuando nos aparece el sufrimiento en la vida también estamos pensando en qué pecado hemos hecho para merecer tal castigo. Pero Jesús viene a darnos otro sentido. Jesús quiere abrirnos los ojos a través de esos acontecimientos para que aprendamos a descubrir las obras de Dios y las obras de Dios son siempre de amor para traernos paz a los corazones.

Allí está un hombre que sufre, un pobre que pide limosna, que se encuentra envuelto en las tinieblas de la ceguera y de su pobreza. Cuántas veces pasamos al lado de tantos sufrimientos y seguimos nuestro camino sin detenernos y quizá seamos nosotros los ciegos y los pobres; Jesús ahora nos está ayudando a salir de nuestras cegueras y oscuridades para que aprendamos a mirar de manera distinta y para que pongamos nuestra parte en que se descubran las obras de Dios.

Jesús realiza el signo que nos puede parecer incomprensible. Sobre aquellos ojos ciegos Jesús va a poner barro. Parece que en lugar de abrir los ojos lo que hace es mancharlos más con el barro. ¿Será para que sintiera la necesidad de lavarse? ¿Necesitaremos reconocer la oscuridad que hay en nuestros ojos, o mejor, la suciedad que hay en nuestra vida? Jesús le envía a lavarse a la piscina de Siloé.

Tiene su significado, porque el significado de tal nombre es ‘el enviado’. Era la piscina del Mesías. O mejor, la piscina es Cristo; más aún, Cristo es esa agua que no solo calma nuestra sed, como veíamos el domingo pasado en el episodio de la samaritana, sino que además nos purifica, da una nueva luz a nuestra vida. Y el hombre se encontró con la luz, aunque todavía no supiera bien quién era esa luz, como vemos por todo lo que sucederá a continuación.

Aquel hombre está ya lleno de luz, pero seguirán apareciendo oscuridades y cegueras. No todos quieren aceptar que aquel hombre ha recuperado la luz de sus ojos, se ha encontrado con la luz. Comienza, por así decirlo, la lucha entre la luz y las tinieblas, o las tinieblas queriendo rechazar la luz.

Será la gente desconcertada a la que le cuesta reconocer que el ciego de nacimiento ha recobrado la luz de sus ojos; serán los fariseos con su fanatismo que no querrán reconocer la obra de Dios que se ha realizado en aquel hombre; será la cobardía de los padres que temen reconocer el milagro que Jesús ha obrado en su hijo, por temor a ser expulsados de la sinagoga; será la desconfianza y las descalificaciones que se quieren hacer de Jesús para que la gente no crea en El.

Muchas cegueras que nos pueden aparecer también tantas veces en nuestra vida con nuestras dudas, nuestras cobardías, nuestros desconciertos, nuestras desconfianzas y hasta envidias hacia los que hacen cosas buenas; son las sombras de dudas que queremos sembrar en la vida de los demás porque nos cuesta aceptarlos; son las críticas y murmuraciones, juicios inmisericordes y condenas con las que dañamos a los demás y nuestro corazón se llena de negruras. ¿No necesitaremos ir también nosotros a lavarnos a Siloé? Necesitamos, hemos de reconocerlo, ir al encuentro de Jesús para que nos llene de su luz, para que arranque para siempre esas negruras y tinieblas que dejamos meter de muchas maneras en nuestro corazón.

Mientras, hemos seguido contemplando el proceso de aquel ciego de nacimiento que encontró la luz. En principio era ‘ese hombre que se llama Jesús que hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase…’ No sabía más de Jesús. Pero la luz que brillaba en su corazón fue acercándole al misterio de Dios para reconocer que tenía que ser un profeta, que era un hombre de Dios y finalmente llegar a confesar su fe en Jesús.

No le fue fácil el recorrido de la fe. Las tinieblas luchaban contra la luz y tuvo dificultades y hasta al final se vio perseguido por el testimonio que estaba dando. ‘Lo llenaron de improperios…’ a causa de su testimonio. Finalmente ‘lo expulsaron de la sinagoga’, pero  él seguía dando testimonio. Era un testigo; lo que había visto, no lo podía callar; se había encontrado con la luz. ¿No nos hace pensar todo esto en nosotros? ¿Llegamos hasta el final dando testimonio de nuestra fe en Jesús?

‘Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿Y quién es, Señor, para que crea en El?... Lo estas viendo: el que está hablando contigo, ése es… Creo, Señor. Y se postró ante El’. Es la confesión de fe. No sabía qué era la luz, donde estaba la luz, pero se encontró con el Sol y empezó a ver y a creer.

Jesús viene hoy también a nuestro encuentro. Es el paso de Dios por nuestra vida que nos arranca de cegueras y oscuridades. Cuando llegue la noche de Pascua nos veremos envueltos totalmente por su luz. Son los signos que van a resplandecer en esa noche llena de luz. Para ese momento vamos haciendo ahora nuestro camino cuaresmal.

Queremos ver a Jesús; que aprendamos a distinguir su presencia sin confusiones ni dudas. Queremos ver como Jesús para que nuestros ojos se iluminen y nuestra mirada esté siempre llena de bondad y de misericordia como era la mirada de Jesús; ya no ha de ser una mirada a nuestra manera sino a la manera de Dios, a la manera de Jesús. Queremos ver a Jesús para aprender a ser luz como Jesús; El nos ha llamado a ser luz del mundo, y ahora somos luz en el Señor y como hijos de la luz hemos de aprender a caminar, como nos enseñaba san Pablo. Nuestras palabras, nuestras obras, nuestra vida tienen que ser siempre transparencia de Jesús, tienen que estar siempre llenas de luz.




sábado, 29 de marzo de 2014

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Justificados porque nos llenamos de la presencia y santidad de Dios, inundados de Dios

Os. 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Os digo que éste, el publicano, bajó a su casa justificado, y aquel no, el fariseo’, nos dice Jesús como conclusión de la parábola que acaba de poner. Y nos deja una sentencia. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El mensaje de Jesús está claro. Son las actitudes nuevas y los nuevos comportamientos que han de tener y vivir los que le siguen, los que quieren constituir el Reino de Dios. No podemos acercarnos de cualquiera manera a Dios; además, las actitudes que tengamos con los que nos rodean marcarán nuestra forma de acercarnos a Dios y en consecuencia nuestra manera de actuar cuando nos llamamos discípulos de Jesús.
¿Con qué actitud hemos de acercarnos a Dios? ¿cuál es nuestra postura y comportamiento? ¿qué es lo que vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? La Parábola que nos propone Jesús nos da pautas de comportamiento, nos enseña que es lo verdaderamente importante que hemos de buscar en nuestro acercamiento a Dios a  través de la oración.
Es cierto que vamos al encuentro con el Señor en la oración y vamos con todo lo que son nuestras necesidades y problemas; mucho quizá queremos pedirle por nosotros y también por los que queremos, aquellos que están cerca de nosotros y nos importan algo. Pero ¿sólo hemos de acercarnos a Dios como quien va con la lista de la compra, llevando la lista de nuestros problemas y necesidades? El nos enseña a pedir, pero nos enseña algo más. En muchos lugares del evangelio se nos va señalando cómo ha de ser nuestra oración y con la confianza y con la humildad que ante El hemos de presentarnos.
Pero ¿hemos pensado que nuestra oración puede ser un gozarnos en la presencia de aquel que sabemos que nos ama y a quien también nosotros queremos amar sobre todas las cosas, como ayer  escuchábamos en el evangelio también? Gozarnos de la presencia de Dios; gozarnos en el amor de Dios, como dos personas que se aman y se sienten dichosos y felices solo con estar juntos el uno al lado del otro. ¿No sería esa una forma hermosa de hacer oración?
Hoy nos dice Jesús que el publicano, que se sentía pecador, bajó a su casa justificado y el otro no. ¿Qué querrá decirnos el Señor? Quizá utilizamos ese termino teológico de la justificación sin saberle dar un hondo sentido. Justificado es el que se llena de justicia, podemos decir, de gracia; justificado es el que se llena de la presencia y de la santidad de Dios, está inundado de Dios. Tendríamos que aprender a hacerlo. Es un regalo del amor de Dios. El regalo que El nos hace de su presencia, aunque nosotros no la merezcamos. Por eso quien se siente pecador es el que podrá saborear esa justicia y esa santidad de Dios.
El publicano se sentía pecador, necesitado de esa gracia de Dios que le llenara de santidad, porque reconocía que no era santo y solo en la misericordia de Dios podría alcanzarlo. No eran sus méritos, porque veía y sentía la miseria de su vida pecadora. ‘No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo’, pero humilde pedía ‘Señor, ten compasión de este pecador’. El sí iba a saborear lo que era la misericordia de Dios, la gracia de Dios, el sentirse lleno de Dios.
Quien se había llenado de sí mismo y trataba de justificarse y presentar de antemano los méritos de las cosas buenas que había hecho, nada nuevo podría sentir en su corazón; no podría saborear en su corazón lo que es el perdón, porque él creía no necesitarlo; solamente alardeaba lleno de orgullo de aquellas cosas que hacía pero como se sentía pagado en sí mismo, ya no parecía necesitar nada de Dios, y no sería capaz de saborear esa presencia del Dios misericordioso en nuestra vida.
Los pobres y humildes de corazón serán los que verán a Dios; los que sienten necesidad de misericordia, pero al mismo tiempo son capaces de ofrecer misericordia a los demás, porque siempre estarán ofreciendo amor, serán los que alcanzaran la misericordia de Dios.
¿Qué vamos a buscar cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración? ¿Tendremos verdaderos deseos de Dios, verdadera hambre y sed de Dios?

viernes, 28 de marzo de 2014

¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios



¿Nos dirá también Jesús a nosotros que no estamos lejos del Reino de Dios? Examinemos nuestro amor a Dios

Os. 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘No estás lejos del Reino de los cielos’, le dijo Jesús a aquel escriba que le había venido con preguntas. Vemos repetidamente en el evangelio que vienen con preguntas a Jesús. ‘¿Qué es lo que tengo que hacer para heredar la vida?’ preguntaba un día un joven con ilusión por ser bueno. Otras veces las preguntas vienen con mala intención queriendo poner a prueba al Maestro; otras con buena voluntad con deseos de buscar lo que es lo fundamental que hay que hacer; algunas veces las preguntas son capciones queriendo ver la respuesta del Maestro para hacerse luego sus conclusiones.
Hoy el diálogo que se entabla entre Jesús y aquel escriba es aleccionador, profundo y enriquecedor. Jesús responde con las palabras de la propia Escritura tanto del Deuteronomio como del Levítico. Y como es corroborado por el escriba que ratifica que él cree también de verdad que lo importante es ese amor a Dios sobre todas las cosas, es por lo que Jesús concluirá diciéndole que no está lejos del Reino de Dios.
Nos hacemos preguntas también nosotros muchas veces con mucha sinceridad en el corazón para discernir si lo que estamos haciendo está bien. Buscamos también lo que es lo fundamental de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Aunque algunas veces nos creemos algunas confusiones dentro de nuestro corazón. Nos pensamos que somos buenos y que con no hacer daño a los demás ya lo tenemos todo hecho. Es cierto que es importante el  no hacer daño a los demás, pero la respuesta se quedaría corta.
Algunas dicen, como yo sea bueno con los demás y no haga daño a nadie, y ayude cuando pueda, ya me es suficiente y no necesito nada más; y cuando dicen que no necesitan nada más están queriendo decir que no necesitan ni rezar, ni venir a la Iglesia, ni ningún acto religioso. Eso, es cierto, es ser un hombre bueno, una persona buena; pero cuando hablamos de un cristiano tenemos que pensar en algo más, tenemos que fijarnos en Jesús y escuchar clara y sinceramente lo que El nos dice en el Evangelio.
Hoy nos está diciendo que tenemos que poner de verdad en el centro de nuestra vida a Dios. Hemos de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, con todo  nuestro ser. Es el Señor y el único Dios de nuestra vida, a quien le debemos amor, pero no un amor cualquiera, no un amor mezquino, sino un amor total. Como consecuencia surgirá el amor que hemos de tener al prójimo; como fundamento y base de ese amor que le tenemos a Dios, estará el amor al prójimo. Porque no podrá haber uno sin el otro.
Por eso a la respuesta del escriba Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. ¿No significa el Reino de Dios reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor y a El le debemos todo nuestro amor? Y cuando sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida, estaremos siempre dispuestos a hacer en todo su voluntad para manifestar ese amor; y ya sabemos que la voluntad del Señor es que nos amemos los unos a los otros, como El nos ha amado. Fue el mandamiento que nos dejó Jesús.
Bien nos viene reflexionar en todo esto aunque lo tengamos bien sabido. Hemos de reconocer que muchas veces cuando hacemos el examen de nuestra conciencia y repasamos los mandamientos de la ley de Dios, quizá por este primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas pasamos muy rápidamente porque damos por sentado que amamos a Dios.
Pero creo que tendríamos que detenernos en él para ver si en verdad es así sobre todas las cosas como amamos al Señor y en qué estamos manifestando que le tenemos ese amor. Podríamos encontrarnos con la sorpresa de que no es tan intenso nuestro amor a Dios porque muchas veces andamos con raquitismos y mezquindades y a la hora de acercarnos a  Dios para darle culto hay otras cosas a las que le damos más importancia y nos retraemos y todo nuestro amor no es para el Señor.
Que podamos escuchar en nuestro corazón esa palabra de Jesús que nos dice que no estamos lejos del Reino de Dios.

jueves, 27 de marzo de 2014

No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor



No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor

Jer. 7, 23-28; Sal. 94; Lc. 11, 14-23
‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’. Un deseo, una súplica, una llamada… a escuchar la voz del Señor, a no encerrarnos en nosotros mismos, a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, a estar vigilantes y atentos para mantenernos en los caminos de la fidelidad.
Estas palabras que hemos hecho nuestras en el salmo como una oración y una súplica al Señor hacen clara referencia a lo que fue el camino del pueblo de Dios por el desierto rumbo a la tierra prometida, como vamos recorriendo nosotros ahora este camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua. Momentos difíciles para aquel pueblo en su peregrinar en que muchas veces se vieron tentados a la infidelidad y a no confiar en el Señor. ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto: cuando vuestros padres pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’.
Con el salmo hemos orado respondiendo a la Palabra de Dios que se nos va proclamando; la primera lectura nos refleja la amargura del profeta Jeremías como hombre de Dios frente a la actitud que mantenía el pueblo ante las llamadas que el Señor le iba haciendo. ‘Escuchad mi voz… yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, caminad por el camino que os mando… pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente… endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres’.
Pero, ¿no fue esa la oposición que se encontró Jesús? Es lo que nos narra el evangelio de hoy. A pesar de ver la acción de Dios, Jesús había curado a un mudo expulsado al maligno, sin embargo de forma blasfema le atribuyen ese poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios y siguen pidiendo signos y milagros. Se repite una y otra vez; y una y otra vez hemos de escuchar la llamada: ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón’.
Es lo que repetidamente nos va sucediendo a nosotros que tantas veces y de tantas maneras nos sentimos tentados. Nos creemos buenos, creemos que tenemos superadas las tentaciones, pero somos tentados de nuevo por el espíritu maligno, muchas veces con más fuertes tentaciones. Es a lo que nos quiere prevenir Jesús con sus palabras en el evangelio. Es la vigilancia atenta que hemos de mantener en nuestra vida, porque siempre el espíritu del mal estará enredando para apartarnos del camino bueno y de fidelidad.
Ahí está la tentación, pero está también nuestra debilidad. Pero sabemos también cómo podemos fortalecernos en la gracia del Señor. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, que decimos tantas veces cuando rezamos el padrenuestro. Pero que lo digamos con autenticidad, con verdad, siendo conscientes de esa tentación que nos acecha y cómo tenemos que evitar ponernos en la ocasión del pecado. Nos metemos en la boca del lobo, como se suele decir, tantas veces que no evitamos la ocasión del pecado. 
Penitencia que hemos de hacer por nuestros pecados, porque siempre hemos de sentirnos con toda sinceridad pecadores; sacrificios que le vamos ofreciendo al Señor, como ofrenda de amor; pero, negándonos a nosotros mismos incluso en cosas que son buenas - por eso es sacrificio -, nos sirve como un entrenamiento para  aprender a negarnos también cuando viene la tentación de verdad. Nos cuesta decir ‘no’; nos dejamos llevar por la pendiente de lo fácil y de no negarnos a nosotros mismos, y cuando viene el momento fuerte no sabemos resistir, no nos sentimos con fuerza para decir ‘no’ a esa tentación y fácilmente sucumbimos.
Y, por supuesto, no nos puede faltar la oración; una oración intensa, una oración en la que nos llenemos de la presencia de Dios para aprender a saborear su gracia y su vida divina en nosotros. Una oración en la que abriendo nuestro corazón a Dios El nos irá iluminando con su Palabra para aprender lo que es su voluntad y como se manifiesta esa voluntad del Señor en las cosas de cada día. Una oración que nos enseñe a discernir bien lo que vamos haciendo en cada momento, para que todo sea siempre para la gloria del Señor.
No endurezcamos nuestro corazón, sino escuchemos la voz del Señor.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad



La ley del Señor vivida en el amor es nuestra sabiduría y nuestro camino de santidad

Deut. 4, 1.5-9; Sal. 147; Mt. 5, 17-19
Por una parte hemos escuchado  en el Deuteronomio que Moisés le dice al pueblo: ‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir: así viviréis, entraréis y tomaréis posesión que el Señor os va a dar…’ Y por otra parte hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio ‘no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud…’
Moisés le decía al pueblo que aquellos mandatos son su sabiduría y su prudencia. Era una manera de hacer comprender al pueblo lo importante que era cumplir con la ley del Señor. A todos nos pasa, no nos gusta que nos pongan normas y nos señalen lo que tenemos que hacer; siempre surge una rebeldía en nuestro corazón y nos puede parecer que una norma o un mandamiento coartaría nuestra libertad, porque nos gusta hacer lo que a nosotros nos parece.
Por eso Moisés trata de explicarles que en la ley del Señor encuentran su sabiduría, porque en la ley del Señor encuentran el verdadero sentido de sus vidas. Son como los cauces por donde han de circular los caminos de nuestra vida que no solo nos harían más felices a nosotros sino que también contribuiríamos a la felicidad de los demás. ‘Ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia’, les dice. 
Pero antes que todo eso les da un motivo más grande que es la cercanía de Dios.  No es un Dios lejano, sino un Dios que se hace presente en nuestra vida, camina a nuestro lado. Los otros pueblos al escuchar lo que son los mandatos del Señor dirán: ‘Cierto que son un pueblo sabio y prudente esta gran nación; porque ¿Cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos? ¿cuál de las naciones grandes tiene unos mandatos y decretos tan justos…?’ Y les insiste que no olviden nunca todas las maravillas que el Señor ha hecho con su pueblo porque así recordarán el amor que Dios siempre les ha tenido y eso les motivará a querer cumplir siempre su voluntad.
Bien nos viene a nosotros recordar también todo esto, estas palabras de Moisés. Que sepamos descubrir toda la sabiduría que contiene la Palabra del Señor y lo importante que son para nosotros los mandamientos del Señor. No lo podemos olvidar, y no podemos olvidar los mandamientos del Señor. Es un peligro que tenemos. Hemos de tener siempre muy presente, no olvidarlos de ninguna manera, lo diez mandamientos.
Ojalá los tuviéramos siempre delante de nuestros ojos, muy presentes en nuestra vida, para que dejemos conducir nuestra vida siempre por lo que es la voluntad del Señor. Fijémonos en lo que decimos en el padrenuestro, ‘hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’; cumplir siempre la voluntad del Señor en todo. ¿Cómo vamos a cumplirla si ni siquiera nos sabemos de memoria los mandamientos?
Y Jesús nos dice que no ha venido a abolir los mandamientos del Señor. Ha venido a darles plenitud, como plenitud quiere para toda nuestra vida. Y nos dice que el que se salte aunque solo fuera uno de los que pueden parecer más pequeños e insignificantes, no es digno del Reino de los cielos. ¿Cuál es el camino de esa plenitud de la que nos habla Jesús? No es otro que el camino del amor, porque eso fue su vida y quiere que sea nuestra vida.
No cumplimos los mandamientos a regañadientes y porque no nos queda más remedio; eso sería una pobreza grande en nuestra vida. Recordemos que en los mandamientos tenemos nuestra sabiduría y nuestra prudencia como nos decía Moisés. Lo hacemos desde el amor. no vamos temiendo castigos y condenas, sino vamos buscando cómo mejor expresar nuestro amor a Dios, que lo haremos en el amor que le tengamos a los demás.
Recordemos aquellos versos tan hermosos que quizá aprendimos de niños y qué valor tienen para motivarnos al amor y al cumplimiento de la ley del Señor. ‘No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Que así nos sintamos nosotros movidos a cumplir siempre la ley del Señor.

martes, 25 de marzo de 2014

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria



La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria

Is. 7,10-14; Sal.39; Hb. 10, 5-10; Lc. 1 ,26-38
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria’, es la aclamación que la liturgia nos invita a hacer antes  del Evangelio. Es precisamente el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María del que nos habla el Evangelio. Es el Misterio de la Encarnación de Dios que hoy estamos celebrando.
No nos hemos detenido lo suficiente ante este misterio de Dios que hoy estamos celebrando. No es cualquier cosa. No es simplemente que Dios venga a visitarnos como se visita a un familiar o a un amigo, que vamos, lo visitamos y luego nos vamos. Dios viene a visitarnos, como repetidamente se nos dice en la Escritura y en la liturgia, pero viene a quedarse: ‘acampó entre nosotros’. Así lo escuchamos en los cánticos de Zacarías y del anciano Simeón - ‘bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto…’ -, pero esa visita de Dios será un estar Dios para siempre con nosotros, porque ya para siempre, desde que se encarnó en el seno de la Virgen será para siempre Emmanuel.
Lo hemos escuchado en el profeta en la primera lectura - ‘la virgen concebirá y dará a luz un hijo al que se le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’ - pero es el cumplimiento de las antiguas promesas al pueblo de Israel, como reconoceremos en el prefacio, pero es al mismo tiempo la esperanza de todos los pueblos que en todas las expresiones religiosas siempre han manifestado ese deseo de vivir a Dios, o de estar en Dios.
Bellamente y con altura teológica nos lo ha presentado así el evangelio de Juan en lo que llamamos su prólogo o su primer capítulo. Es la luz que viene a iluminarnos, es la verdad que nos viene a dar plenitud, es la vida que nos va a llenar de Dios plenamente, es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que planta su tienda entre nosotros para ser para siempre nuestra salvación. ‘Y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad’.
No nos cansemos de considerar esta maravilla del misterio de Dios, de contemplar la gloria de Dios que así se nos manifiesta. Tendríamos que rumiarlo una y otra vez en nuestra cabeza y en nuestro corazón contemplando la hermosa escena de Nazaret. Allí se estaba realizando ese misterio de Dios; allí se estaba derramando el amor de Dios pero en una medida infinita como es siempre el amor que Dios nos tiene y nos entrega a su Hijo único para que realice esa ofrenda de amor de su vida que nos dará la salvación para siempre.
Es el grito que escuchamos en la entrada del Hijo de Dios en el mundo, nuestra carne humana, al hacerse carne como nosotros. Grito de obediencia que va precedido o acompañado por el susurro de amor que salía del corazón de María cuando recibe la embajada angélica. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos narraba la carta a los Hebreos que fue la exclamación y la aclamación de Cristo al entrar en el mundo. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, escuchamos a María como un eco de la ofrenda de amor de Cristo. Cuánto nos enseña esta actitud de María, este ‘sí’ de María.
Demos gracias a Dios por el misterio que se nos revela. El amor de Dios supera todas las expectativas que pudiera tener el hombre. Nos desborda en su inmensidad y nos sentimos envueltos en ese amor que será ya para siempre nuestro amor. Si uno se parara lo suficiente a considerar este misterio del amor de Dios que es su Encarnación se quedaría como ensimismado sin saber qué decir o qué hacer ante tanta maravilla. Decimos ‘sí’ con nuestra fe; nos lo repetimos una y otra vez en nuestro interior y brota generosa y como espontánea la ofrenda que nosotros queremos hacer también de nuestro amor.
‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’, repetimos embelesados porque parece que ya no sabemos decir otra cosa. No son unos holocaustos cualesquiera los que le vamos a ofrecer al Señor; no es la sangre de los animales ni el sacrificio de las cosas, sino que va a ser nuestra voluntad, nuestro yo, nuestra vida, todo nuestro amor. ‘Todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo - su sacrificio en la cruz - hecho de una vez  para siempre’. El sacrificio de Cristo nos va enseñar ya para siempre cuál es el verdadero sacrificio que es agradable al Señor.
Y es lo que queremos repetir; cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, celebramos el misterio pascual,  hacemos presente ese sacrificio y esa ofrenda de Cristo, pero donde también nosotros queremos ponernos, donde también ya nosotros queremos hacer nuestra ofrenda de amor. Es la maravilla de lo que es cada Eucaristía que celebramos y de lo que va a ser la celebración del misterio pascual en la ya cercana Pascua, y para la que nos vamos preparando. Es lo que ahora de forma intensa también queremos vivir cuando estamos hoy contemplando y celebrando el Misterio de la Encarnación de Dios.
Adoremos el Misterio de Dios, el Misterio de su Encarnación poniendo todo nuestro yo, toda nuestra vida postrada delante del Señor para hacer siempre su voluntad.

lunes, 24 de marzo de 2014

¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican



¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
La cuaresma es este camino de cuarenta días que la Iglesia nos propone, a la manera del itinerario que hacían los catecúmenos para prepararse para el Bautismo, para prepararnos a vivir con todo sentido y profundidad el misterio pascual que nos disponemos a celebrar. Cuando las cosas son importantes para nuestra vida nos preparamos para ellas, porque queremos aprovecharlas con toda intensidad, saborearlas con profundidad aprovechando todo lo que nos pueda enriquecer como personas y, en este caso, como cristianos.
Por eso la liturgia de la Iglesia es muy rica en sus oraciones y signos, pero sobre todo en la riqueza de la Palabra de Dios que nos propone cada día. A la luz de la Palabra de Dios vamos haciendo este camino; por eso es tan importante cómo la proclamamos y cómo la escuchamos no queriendo desaprovechar ni lo más mínimo de la gracia que se nos ofrece. Se me ocurre una imagen cuando comemos una comida especial y muy sabrosa tratamos de saborearla, no nos la tragamos así de cualquier manera, sino que a cada bocado la paladeamos y saboreamos para disfrutar de ella. Con qué atención hemos de escucharla y la queremos meditar en nuestro corazón al tiempo que vamos confrontando nuestra vida para ir purificándonos día a día y enriqueciéndonos de gracia que nos haga cada vez más santos.
Con sabiduría la Iglesia nos va ofreciendo el que a la luz de la Palabra vayamos revisando y enriqueciendo más y más nuestra fe, purificándola también de imperfecciones en la manera de vivirla, haciendo que resplandezca de la manera más pura en todo aquello que hacemos y vivimos y ayudándonos a que en verdad se empape toda nuestra existencia de esa fe que profesamos.
¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Es la respuesta que damos a todo el amor que el Señor nos tiene. Y sentimos su presencia y su gracia que nos ayuda y nos fortalece en el camino de nuestra fe, para que mantengamos siempre nuestra total fidelidad. Pero no siempre sabemos vivir nuestra fe. En ocasiones pareciera que somos interesados en nuestra relación con Dios y si no estamos viendo cosas extraordinarias parece que se nos enfría nuestra fe. Hay quien no fundamenta su fe sino en los milagros; si no hay milagros ya no creen.
El texto del evangelio que hemos escuchado hoy está en el marco de la visita que Jesús hace a Nazaret, su pueblo, cuando va el sábado a la sinagoga, hace la lectura y el comentario. Cuando  hemos escuchado el texto completo en su primera parte hemos visto la admiración llena de orgullo que siente la gente de Nazaret por Jesús, porque es uno de ellos. Pero pronto quieren aprovechar esa circunstancia y están queriendo ver qué cosas extraordinarias va a hacer Jesús allí en su pueblo. Han oído hablar de los milagros que Jesús hacía en Cafarnaún y ahora quieren que algo así suceda entre ellos. Pero, ¿es verdadera fe la que han puesto en Jesús?
Ya sabemos lo que Jesús nos manifestará a lo largo del Evangelio. Los milagros no lo son todo y para llegar a ello hará falta una fe grande. Aquí Jesús se extrañará de su falta de fe y en texto paralelo de otros evangelista narrándonos esta visita a Nazaret dirá que ‘no hizo milagros allí por su falta de fe’, a pesar de todos los orgullos y alabanzas, porque era de allí, el hijo del carpintero. Recordemos cómo en otras ocasiones pedirá la fe a quienes acuden a él, o alabará la fe del centurión romano, de la mujer cananea o de la mujer de las hemorragias. En esos casos era grande la fe pero era grande también la humildad con que acudían a Jesús.
Ahora les recuerda a sus convecinos que, no porque esté en su pueblo, va a hacer esos milagros para sustentar orgullos patrios; les recuerda lo del leproso Naamán - que hemos escuchado en la primera lectura - con el profeta Eliseo, o lo de Elías con la viuda de Sarepta de Sidón, ambos paganos y no judíos. La humildad al final de Naamán hizo que se abriera al misterio de Dios y Dios obrara maravillas en él curándole de la lepra. Ya hemos escuchado cual fue la reacción de la gente de Nazaret.
Todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra fe. Con humildad tenemos que ir ante Dios y es cuando Dios obrará maravillas en nosotros. Pero esas maravillas que Dios realiza en nosotros no tienen que ser milagros de cosas extraordinarias, sino que ha de ser el milagro de que sepamos sentir la presencia de Dios en nuestro corazón y nos haga tener actitudes nuevas en nosotros y en nuestra relación con los demás.
Quizá desde nuestra necesidad, desde nuestros sufrimientos y limitaciones sentimos el deseo de que el Señor obre el milagro de curarnos de todos esos males que afectan a nuestro cuerpo. Pero ¿no sería un milagro grande que Dios obrara en nosotros si con la fuerza de su gracia cambiamos nuestras actitudes y nuestras posturas hacia los otros comportándonos con más sinceridad y humildad, queriéndonos más, siendo capaces de aceptarnos tal como somos, respetarnos más y perdonarnos siempre y en todo?
¿Qué es lo que tendríamos que pedirle al Señor? Hay una tremenda lepra que dejamos meter en nuestra vida, peor que la lepra del cuerpo, cuando dejamos que nuestro corazón se llene de resentimientos, cuando dejamos que se introduzca la mala  semilla de la envidia en la tierra de nuestra vida, cuando nos hacemos violentos e intratables, cuando nos encerramos en nuestros orgullos y egoísmos. Que el Señor nos cure de esas lepras. Dejemos que la Palabra del Señor llegue a nuestra vida y con su gracia nos sintamos purificados. Es una buena preparación para la Pascua.

domingo, 23 de marzo de 2014

Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesus



Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesús

Ex. 17, 3-7; Sal. 94; Rom. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42
Es duro y costoso el camino hacia la libertad; es duro y costoso alcanzar una vida en plenitud cuando tantas sombras de muerte nos atan y cuando tantas limitaciones, no tanto físicas sino en el alma, nos impiden caminar como desearíamos hacia la vida.
Lo podemos llamar sed de libertad que nos reseca la garganta de la vida y nos produce amargor en el corazón cuando no sabemos encontrar el agua que nos sacie plenamente. Tenemos sed porque buscamos la felicidad y no sabemos encontrar la fuente que nos dé la felicidad verdadera. Tenemos sed porque nos vemos envueltos en pasiones que nos ciegan o tenemos sed porque andamos demasiado a ras de tierra recortando las alas de nuestra alma que nos harían volar hacia mundos nuevos llenos de trascendencia. Mucha es la sed que tenemos en el corazón porque en el fondo hay un ansia de plenitud y de espiritualidad, pero el materialismo de la vida nos ciega pensando que vamos a alcanzar la felicidad en cosas efímeras que se disiparán como humo que se lleva el viento. Pero toda esa sed que llevamos dentro nos hace entrar en crisis, hacernos preguntas, dejarnos desasosegados y con dudas en el alma.
Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que escuchamos en este tercer domingo de Cuaresma nos habla de sedientos y de fuentes de agua, invitándonos a buscar la fuente de agua viva que nos sacie de verdad y llene de plenitud. Los hechos concretos que se nos narran, tanto el pueblo sediento mientras camina por el desierto rumbo a la tierra prometida, como el encuentro de la samaritana y Jesús en el pozo de Jacob, son imagen de toda esa sed que llevamos en el alma y que nos hablan donde está la verdadera fuente de agua viva que no podremos encontrar sino en Jesús.
‘El pueblo, torturado por la sed, murmuraba contra Moisés. ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?’ Es la presentación que se nos hace en la primera lectura de aquel pueblo sediento que camina por el desierto. Una imagen de gran significado, hemos de reconocer, porque la sed de aquel pueblo produce una crisis profunda en su propia fe y en el sentido de su peregrinar. ‘¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?’ se preguntan.
Por su parte, en el evangelio es Jesús el que pide de beber a la samaritana que ha venido al pozo a sacar agua. ‘Dame de beber’, le dice Jesús. Pero será Jesús el que terminará por ofrecer un agua viva a la mujer que ha venido al pozo por agua. El diálogo que se provoca es profundo y muy rico.
La mujer con su cántaro viene al pozo a buscar agua; Jesús no tiene con qué sacar agua de aquel pozo y sin embargo ofrece un agua viva a aquella mujer de manera que ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed’. Es necesario conocer el don de Dios; es necesario reconocer quien es Jesús; es necesario abrir nuestra sed verdadera, la sed profunda que podamos tener en el corazón, ante Jesús para poder entender del agua que El nos quiere ofrecer.
La mujer le pedirá: ‘Dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla’. La mujer está comenzando a reconocer la sed que lleva en su corazón. Que no solo es la rutina de ir todos los días al pozo para buscar el agua. Es otra la sed que ha atormentado a aquella mujer a lo largo de su vida. Ha sido un ir de acá para allá buscando donde saciar sus ansias de felicidad pero no la ha terminado de encontrar. ‘Tienes razón,  no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido’, le dice Jesús.
Es también la búsqueda espiritual que ha habido en el corazón de aquella mujer en la que aún queda la esperanza de que cuando llegue el Mesías todas sus dudas se disiparán para saber cómo y donde hay que adorar a Dios. ‘Veo que eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que dar culto está en Jerusalén’. Afloran las dudas de orden religioso y espiritual. Sigue aflorando la sed de aquella mujer que ya se está olvidando del agua de aquel pozo, porque comienza a vislumbrar donde hay un manantial ‘de agua que salta hasta la vida eterna’.
¿Cuál es nuestra sed? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos inquieta? ¿O quizá estamos tan aturdidos que nos cegamos para ni siquiera darnos cuenta de que tenemos sed? Creo que sería muy conveniente que tomáramos conciencia de cuál es nuestra sed, o cuáles son los deseos más profundos que hay en nuestro corazón. ¿A qué aspiramos que llene de verdad nuestra persona, nuestro yo, nuestro espíritu? Porque todo esto que estamos contemplando en la Escritura tiene que ser para nosotros una imagen de lo que es nuestra realidad pero también de lo que tendríamos que buscar.
Jesús llamará en otra parte del evangelio dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia prometiéndoles que serán saciados. Hambre y sed de justicia, de un mundo mejor; hambre y sed de inconformismo porque no estamos contentos en lo que somos o en lo que tenemos frente a rutinas y cansancios; hambre y sed de una mayor fraternidad entre todos los hombres, de más paz frente a tantas violencias y egoísmos; hambre y sed de amor para que haya una mayor solidaridad; hambre y sed de plenitud y de trascendencia;  hambre y sed de Dios, en fin de cuentas. ¿Será esa nuestra hambre y nuestra sed?
Mucha gente a nuestro alrededor tiene sed porque muchas pueden ser las carencias que tienen en su vida, los sufrimientos o limitaciones que puedan padecer incluso en su cuerpo, pero no queremos quedarnos en las carencias materiales o lo físico, aunque sabemos que tenemos la obligación en justicia de poner remedio a ese mundo injusto en el que vivimos y curar tanto sufrimiento; muchos tienen sed de que rescatemos los valores verdaderos que nos dignifican y nos pueden hacer verdaderamente grandes; muchos tienen sed de algo espiritual que llene sus vidas y les haga mirar con una mirada más amplia, pero no tendríamos que dejar que fueran a beber en fuentes venenosas que los engañan con falsas o raquíticas espiritualidades  y tenemos que anunciarles con valentía a Jesús en quien está, quien es la fuente de la verdadera vida.
Hay una cosa que deberíamos tener clara. Hemos de buscar esa fuente de agua viva que sacie nuestra fe y sabemos que la tenemos en Jesús y por eso hasta Jesús tenemos que ir para llenarnos de su vida y de su luz. Pero esa agua viva que encontramos no nos la podemos quedar para nosotros. Tenemos que anunciarla, compartirla, llevar a los demás esa agua viva del Evangelio o llevar a los demás a un encuentro vivo y profundo con Cristo para que sacien plenamente su sed.
Recordemos el pasaje del evangelio, donde vemos que aquella mujer samaritana, se  dejará su cántaro junto al brocal del pozo - ¿para qué le iba a servir ya si había encontrado el agua que le calmaba para siempre la sed? - y se fue a anunciar a sus convecinos cuanto le había sucedido,  con quién se había encontrado, invitándoles a ir hasta el encuentro con Jesús. Todos terminarán confesando su fe en Jesús y no solo porque aquella mujer les había contado lo que a ella le había sucedido, sino porque todos habían experimentado que Jesús era el que calmaba totalmente aquella sed que llevaban en el corazón. ‘Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que El es de verdad el Salvador del mundo’.
¿Seremos capaces nosotros también de ir a anunciar a los demás lo que hemos encontrado en Jesús? ¿Seremos capaces de compartir esa agua viva del Evangelio y de la gracia con cuantos están a nuestro lado?

sábado, 22 de marzo de 2014

Los esquemas de Dios solo se miden desde el amor y por amor



Los esquemas de Dios solo se miden desde el amor y por amor

Miq. 7, 14-15.18-20; Sal. 102; Lc. 15, 1-3. 11-32
Dios rompe todos los moldes; los esquemas y lógicas que nos parecen a nosotros los mejores no valen para Dios. Su ser es el amor y al amor verdadero no le podemos poner barreras.
Es por lo que los fariseos y los maestros de la ley no entienden a Jesús. Ellos tenían sus esquemas, su manera de entender las cosas, la religión, lo que les parecía a ellos lo mejor para el pueblo, quizá para tenerlo bajo su yugo; por eso  no terminan de entender a Jesús. Les parece un hombre bueno, un hombre religioso, pero les desconcierta su manera de actuar, aunque su actuar está en congruencia total con lo que enseña. Pero para ellos siendo un hombre de Dios como les parece que pueda ser dada las cosas que hace, no les cabe en la cabeza ahora que se siente a comer con publicanos y pecadores. ¡Vaya escándalo! ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’.
Pero la Buena Noticia que está anunciando Jesús de un Reino nuevo no tiene sino el sentido del amor verdadero. Y así se manifestará Jesús. Así será también lo que nos enseñe. Y ese será el sentido del vivir de sus discípulos.
Y para que lo entendamos todo muy Jesús se nos explica con parábolas. Hoy nos ha hablado de un padre que tiene dos hijos; buenos chicos, podríamos decir, pero los jóvenes tienen sus sueños y sus  deseos de libertad a su manera, aunque son bien diferentes el uno del otro. El mayor parece más cumplidor porque estará para siempre en la casa,  pero habría que estudiarle el corazón. El menor tiene la cabeza en otro lado y quiere marcharse. Ya hemos escuchado el relato de la parábola. Ruega, pide y poco menos que exige al padre la parte de la herencia que un día le habría de corresponder y cuando lo consigue se marcha. Ya vemos por donde va a correr el dinero y su vida y donde acabará. Cuánto se parece a nosotros y a lo que sigue sucediendo en todos los tiempos con nuestras ansias de libertad a nuestra manera que parece que nos vamos a comer el mundo.
Un día recapacitará, pero será cuando se vea hundido del todo y sin salidas. El que un día no quería quedarse en casa de su padre porque aquello le parecía una esclavitud y él ansiaba libertad, ahora añora la casa del padre, pero no sabe cómo puede volver. No conoce a su padre, a pesar de haber pasado mucho tiempo antes cerca de él, pero quizá estaba muy lejos y no había captado las señales del amor. Pero el amor estaba esperando. No se consideraba digno y quería regresar aunque solo fuera por un plato de comida, pero siente miedo en su corazón.
El padre le esperaba sin reproches ni malos gestos. El padre le esperaba con los brazos abiertos y dispuesto a hacer fiesta en su regreso. El padre le esperaba aunque grande había sido la ofensa que el hijo le había inflingido, pero el amor siempre quiere hacer recuperar la dignidad perdida. Es su hijo; tiene que vestir como los hijos; tiene que llevar en su dedo el anillo de los hijos. Así es el amor del padre, así es el amor de Dios.
Porque el padre es el verdadero protagonista; no nos creamos nosotros protagonistas porque volvemos, sino que el protagonista es Dios que nos recibe porque nos ama. Qué grande es el amor y la misericordia de Dios. No pregunta ni reprocha, solo acoge y ama con un amor eterno. Tenemos que aprender a conocer a Dios de verdad y todo lo que es su amor, para que no nos pase como a aquellos hijos; uno porque no se atrevía a volver a la casa de padre porque no se consideraba digno, el otro porque no termina de aprender la lección del padre y siempre está reprochando y rezongando, sin querer aceptar al hermano.
Cargamos todas las tintas negras en el hijo que se marchó pero no nos damos cuenta que quizá nos parecemos al otro hijo porque no queremos aceptar al hermano; ni siquiera lo llamo hermano. Cuántos reproches nos hacemos unos a otros cuando tendríamos que comportarnos como buenos hermanos sabiendo que todos tenemos debilidades y de una forma o de otra todos descarriamos alguna vez. Así andamos por la vida queriendo dar facha de buenos cuando en nuestro interior, si con toda sinceridad lo miramos, nos damos cuentas de cuantas negruras guardamos en relación a los demás. Como aquel hijo que parecía bueno, pero que se quedaba en el formalismo de haberse quedado en casa.
¡Qué distintos son los esquemas de Dios donde el amor no lo podemos encerrar en ningún molde!

viernes, 21 de marzo de 2014

Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene



Una historia que es nuestra historia, pero que es la historia del amor que Dios nos tiene

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, fuimos repitiendo en el salmo. Bien nos viene recordarlo para reanimar nuestra fe y nuestra esperanza; bien nos viene recordarlo, reconociendo cuánto nos ama el Señor para saber ser agradecidos y cantar su alabanza, pero también para que eso  nos mueva a hacer de nuestra vida una acción de gracias continua al Señor.
Lo que el salmista nos iba recordando hace referencia a la historia de José en Egipto. Aunque hayamos celebrado hace poco la fiesta de san José, sabemos que no se refiere a san José, sino al hijo de Jacob del que nos habla la primera lectura. El José que por envidia de sus hermanos fue vendido como esclavo y llevado a Egipto, con el paso de los años se convertiría en un gobernador de Egipto y sería la salvación de sus hermanos y su familia cuando pasaban hambre en la tierra de Canaán.
Iremos recordando diversos retazos de la historia del pueblo de Israel en las lecturas que vayamos haciendo en la cuaresma, como es esta historia de José que hoy hemos escuchado. La marcha de los hijos de Jacob a Egipto donde se establecerían fue el inicio de la constitución del pueblo de Dios. Cuando sufren el acoso y la persecución de los faraones siglos más tarde surgirá Moisés, como caudillo de Israel a quien Dios confiará el que los saque de Egipto para llevarles a la tierra que le había prometido a Abraham. Es bueno ir recordando estas cosas que nos manifiestan el amor de Dios por su pueblo y donde se va forjando toda la historia de la salvación.
Una historia hecha de fidelidades y de infidelidades, pero donde siempre el amor del Señor permanecerá fiel por su pueblo al que ama, cuida y protege. De eso nos hablará la parábola del Evangelio; un reflejo de lo que fue la historia de Israel y que cuando los sumos sacerdotes y fariseos la escucharon entendieron que Jesús hablaba de ellos.
Un pensamiento que nos conviene a nosotros tener también muy presente, para darnos cuenta de que cuando Dios pronuncia su Palabra es una Palabra muy concreta que va por nosotros, que quiere iluminar nuestra vida y mostrándonos su amor ayudarnos a caminar nosotros por caminos de fidelidad. Algunas veces no nos gusta sentirnos aludidos por la Palabra que se nos proclama y hasta que podamos sentirnos ofendidos, pero con humildad y agradecimiento tendríamos que saber escucharla.
‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ La imagen de la viña para hablarnos del pueblo de Dios es una imagen que ya aparece en el antiguo testamento en los profetas, en el canto de amor de mi amigo por su viña. Es lo que ahora quiere reflejarnos Jesús con lo que con la parábola está haciéndonos un resumen de lo que fue la historia del pueblo de Israel. Fidelidades e infidelidades, profetas que anuncian la Palabra de Dios y rechazo tantas veces por parte de aquel pueblo que se aleja de los caminos de Dios, nos quedan bien reflejados en la parábola.
Es la historia del pueblo de Dios del Antiguo Testamento pero hemos de reconocer que también es nuestra historia, la historia personal de cada uno de nosotros como la misma historia de la Iglesia y de la humanidad. ¿Quién puede decir que no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Reconocemos las maravillas que hace el Señor, como hemos comenzado diciendo en esta reflexión, pero nos miramos a nosotros tan amados de Dios, como el amor que aquel propietario tenía por su viña, pero que no siempre damos los frutos que nos pide el Señor y tantas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace continuamente.
Oportunidad para reflexionar, para dar gracias por el amor que el Señor nos tiene que nos rodea con su gracia, pero también para revisarnos y ver qué respuesta tenemos que dar. Es a lo que quiere ayudarnos la Iglesia a través de su liturgia en este camino de Cuaresma que estamos haciendo. En la parábola contemplamos al hijo que es arrojado fuera de la viña y lo mataron, nosotros contemplamos al Hijo, a Jesús, que se entregó por nosotros para ser nuestra salvación. Acojamos su palabra y dejémonos interpelar por ella.

jueves, 20 de marzo de 2014

El pecado de omisión una pendiente resbaladiza que nos hace insensibles y como cardos para los demás



El pecado de omisión una pendiente resbaladiza que nos hace insensibles y como cardos para los demás

Jer. 17, 5-10; Sal. 1; Lc. 16, 19-31
Esta parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, como suele llamarse, nos puede sugerir muchas cosas para nuestra reflexión. Podemos pensar en ese abismo inmenso e infranqueable entre los ricos y los pobres que cada día se agranda más y más, pero también nos puede hacer pensar en la trascendencia de nuestra vida y el valor de lo que ahora hagamos de cara a una vida futura, a un más allá, como solemos decir;  pero nos puede hablar del reconocimiento de nuestra condición pecadora y el deseo de que nuestros seres amados no vivan en situación pecaminosa semejante a la nuestra;  nos puede hacer pensar en la escucha que de la Palabra de Dios hemos de hacer sin estar pensando en apariciones milagrosas para movernos a la conversión. Muchos son los temas sugeridos y cada uno allá en su corazón puede sentir que el Señor le habla de cosas muy concretas en su vida.
Yo quisiera comenzar por fijarme en lo que nos describe al principio de la parábola. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’, por una parte; y por otra contemplamos a ‘un mendigo llamado Lázaro que estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’. Lo único que parece más compasivo y que pone como un tinte de color distinto son ‘los perros que se acercaban a lamerle las llagas’.
Pudiéramos decir, aunque nos pudiera parecer un pensamiento superficial, que aquel rico realmente no estaba haciendo nada en contra del mendigo que estaba a su puerta; ni lo insultaba ni lo trataba mal, pero no hacia nada. Ese es precisamente su pecado, que no hacía nada. Ya es injusta la situación que se nos describe, pero el tema está que no hacía nada; el pecado de omisión, tendríamos que decir. Podría compartir la comida de su mesa y ahí está por supuesto su egoismo e insolidaridad, pero es que lo ignoraba, no hacia nada, parecía no enterarse de quien estaba a su puerta porque estaba muy ensimismado en su cosas, sus fiestas y sus placeres.
Ya nos decía el profeta Jeremías en la primera lectura ‘maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor; será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita’. Es el que se encierra en si mismo y no será capaz de tener una mirada a su alrededor para ver lo que sucede. El que tiene ese corazón de rico, porque piensa que como él satisfaga sus necesidades o sus caprichos ya piensa que todo está resuelto y nadie puede sufrir en su entorno. Como un cardo espinoso al que nadie podrá arrimarse, porque solo su presencia hace daño, aunque parezca que ande sobrado lo que hay en su corazón es aridez y su vida es como la tierra salobre en la que no se puede habitar. Encerrado en si mismo será insensible para cuanto pueda suceder a su alrededor, no hará daño directamente pero su insensibilidad le lleva a no hacer nada positivo por los demás.
¿No será ese el gran pecado que sigue estando presente hoy en nuestro mundo y hasta quizá en nosotros mismos? El pecado de omisión que es precisamente no hacer nada cuando podrías hacer tanto de bueno. Vivimos la vida alegremente pensando en nosotros mismos sin mirar cuanto sufrimiento puede haber a nuestro alrededor y que podríamos remedias. Es tan tremendo y peligroso el pecado de omisión que hasta lo olvidamos cuando hacemos nuestro examen de conciencia. Es cierto que cuando en nuestra oración recitamos la confesión de nuestros pecados allí lo mencionamos, pero se queda tan desapercibido que nunca pensamos si estaremos o no cayendo en ese pecado.
Creo que es algo que tendríamos que tener en cuenta mucho más. ¿No decimos en el ‘yo confieso’ que ‘he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión’? Quizá nos fijamos en nuestras palabras o en nuestros pensamientos, confesamos las obras malas que hayamos realizado, pero ¿y los pecados de omisión? ¿aquello bueno que podías haber hecho y dejaste de hacer? Denota una falta de delicadeza espiritual muy importante y por otra parte llegamos a ese pecado de omisión quizá desde nuestro egoismo, nuestra avaricia, nuestro orgullo, lo que se puede convertir en una pendiente muy peligrosa para nuestra vida espiritual.
Tengamos en cuenta todas las cosas que nos sugiere la parábola que hemos escuchado, pero en esa revisión y renovación que día a día queremos ir haciendo en este camino cuaresmal hoy podríamos fijarnos y revisarnos de este aspecto, de nuestros pecados de omisión. Llenaríamos de mucho más amor nuestra vida.