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viernes, 20 de julio de 2012

La autoridad de Jesús… el amor será el que de verdadero corazón a nuestra vida

La autoridad de Jesús… el amor será el que de verdadero corazón a nuestra vida
Is. 38, 1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38, 10-16; Mt. 12, 1-8

Varias consideraciones podemos hacernos a partir de este texto del evangelio. Un texto que viene a expresarnos con toda rotundidad que Jesús es el Mesías Salvador, el Señor. Nos manifiesta toda la autoridad de Jesús, que es el Señor. ‘Os digo que aquí hay uno que es más que el templo’.

La controversia surge desde un hecho totalmente natural y espontáneo. Al ir pasando en medio de un sembrado, los apóstoles cogen algunas espigas, las estrujan entre sus manos y comen los granos de trigo. Era sábado. Aquello podía considerarse, para quienes vivían bajo el duro yugo de las normas y preceptos estrictos en sus duras interpretaciones, todo un trabajo, segar, lo que no estaba permitido el sábado porque ya en sus interpretaciones habían llegado a contar los pasos que se podían dar en sábado para no quebrantar la ley.

Recordamos lo que reflexionábamos ayer que el yugo de Jesús ‘es llevadero y su carga ligera’. Pero las interpretaciones que se hacían de la ley mosaica, sobre todo por los estrictos fariseos, la convertían en carga dura. ‘Los fariseos al verlo le dijeron: Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado’.

Pero allí estaba la autoridad de Jesús. Recuerda algunos hechos del Antiguo Testamento que todos aceptaban con total naturalidad, pero Jesús se manifiesta con la autoridad del Maestro y del Hijo de Dios. No había venido para abolir la ley, como había dicho en el Sermón del Monte, sino para darle plenitud. Eso significaba que en verdad tendríamos que poner el acento en lo que verdaderamente es importante. Por eso terminará recordando aquel dicho de la Escritura ‘misericordia quiero y no sacrificios’. Será el amor verdadero el que tiene que dar corazón a nuestra vida.

Esto nos puede llevar, aunque fuera brevemente a alguna otra consideración. Cuando Jesús les recuerda lo de ‘misericordia quiero y no sacrificios’, les dice que si lo entendieran bien ‘no estaríais condenando a los que no tienen culpa’. Nos viene bien este pensamiento porque ya sabemos cómo somos en nuestros comentarios de todo tipo ante lo que hacen los demás y nuestras críticas y condenaciones.

Qué fáciles somos para juzgar. Todo lo queremos pasar por el prisma de nuestro pensamiento y nuestra sospecha y con qué facilidad vemos en los demás la malicia que llevamos en nuestro corazón. Todo se ve según el color del cristal con que se mira, se suele decir en nuestros refranes populares; y qué cierto es. Si tenemos malicia en nuestro corazón, no veremos sino maldad en el actuar de los que nos rodean; si nos acostumbramos a andar con sospechas y desconfianzas pensando que los demás andan con doblez de corazón es porque quizá nosotros somos los que andamos con esa malicia dentro de nosotros que nos lleva a pensar así y a desconfiar de los demás.

Quitemos las intenciones torcidas de nuestro corazón; no andemos con desconfianzas ni sospechas; supongamos siempre la bondad de los demás, porque nosotros no seamos capaces sino de actuar también siempre desde esa bondad; veremos como nuestras relaciones mutuas son mejores, cómo seremos más felices y haremos también más felices a los demás, nos sentiremos más hermanos que nos queremos y nos comprendemos y por eso somos capaces de aceptarnos y también de perdonarnos cuando en algún momento nos podamos hacer algo que no sea tan agradable para los otros; estemos dispuestos a disculpar y perdonar a los otros como nosotros a ser capaces de pedir una disculpa o pedir perdón por lo que podamos hacer mal.

‘Si comprendierais bien lo que significa quiero misericordia y no sacrificios, no condenaríais a los que no tienen culpa’, nos dice el Señor.

jueves, 19 de julio de 2012

Creemos en Jesús, le seguimos y vivimos su vida

Creemos en Jesús, le seguimos y vivimos su vida
Is. 26, 7-9.12.16-19; Sal. 101; Mt. 11m 28-30

¿Qué significa decir que creemos en Jesús? Creer en Jesús es algo más que sentir admiración por El. Creer en Jesús implica el seguirle, pero no como se sigue a cualquier líder o ídolo que en el mundo tengamos - y no empleamos ahora la palabra ídolo en una connotación religiosa - sino que creer en Jesús nos lleva a imitarle y a vivir su vida.

En la vida, en el mundo en que vivimos surgen líderes con sus ideas que la gente quiere seguir, o nos creamos ídolos en un personaje, ya sea un deportista, por ejemplo, o un cantante a quien la gente admira, copia sus gestos, sus maneras de actuar o de vestir, pero bien sabemos cómo esos ídolos pronto se apagan y son sustituidos por otros que en el ritmo de la vida van surgiendo y van llamando así la atención. Recordemos en los años de nuestra vida cuántos personajes de ese tipo han estado de moda y pronto han sido sustituidos por otros. Son estrellas que pronto se apagan pero nosotros queremos seguir a Jesús quien es la Luz verdadera que dura para siempre.

Creer en Jesús y seguirle, como decíamos antes, es mucho más que admiración, la admiración que podamos sentir por esa clase de líderes o ídolos que mencionábamos; no es copiar cosas externas sino que el seguimiento de Jesús es algo que nos coge mucho más por dentro para implicar toda una vida, que cuando en verdad nos hemos encontrado con El ya será para siempre distinta. Recordemos cómo en el evangelio vemos que mucha gente se quedaba admirada por las cosas que Jesús hacía o decía, pero que no dieron un paso más y pronto le dieron la espalda. Es mucho más que admiración lo que hemos de sentir por Jesús para decir que creemos en El.

‘Venid a mí…’ nos dice hoy Jesús en el evangelio. Y nos invita a ir a El desde lo que es nuestra vida con sus ilusiones y también con sus desesperanzas, con sus cansancios y sus sufrimientos, con sus luchas y sus alegrías, porque en El vamos a encontrar lo que nos va a dar respuesta verdadera por dentro de nosotros a todos nuestros interrogantes y preocupaciones. ‘Yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ‘Encontraréis en vuestro descanso’. En El encontramos esa paz que necesitamos, como esa fuerza de vida que nos hará vivir una vida nueva y distinta.

‘Cargad con mi yugo y aprended de mí…’ nos dice y quizá esa palabra yugo si no sabemos entenderla bien nos pueda sonar o fuerte o fuera de lugar. Nos puede sonar a carga pesada y algo que nos quite la libertad, porque nos llene de obligaciones. Esta expresión era muy utilizada en la literatura rabínica en los tiempos de Jesús, para significar esas normas o ese nuevo estilo de vivir de quien seguía a un maestro.

Pero Jesús nos dirá que su ‘yugo es llevadero y su carga ligera’, porque con El adquirirá, por así decirlo, un nuevo sentido. Pesado era el yugo que se imponía a los judíos desde las diferentes escuelas rabínicas con una cantidad de normas y leyes. Con Jesús todo será distinto. ‘La verdad os hará libres’, nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio. Cristo es esa verdad de nuestra vida y el camino que nos lleva a la vida. ‘Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida’, nos dirá Jesús. El yugo de Jesús, que nos invita a cargar, nunca será algo pesado ni insoportable. Es el camino que nos llevará a la verdadera dicha y felicidad. Recordemos las Bienaventuranzas.

‘’Cristo nos ha liberado’, como bien comenta y reflexiona san Pablo en sus cartas. El Espíritu que recibimos de Jesús no es para la esclavitud sino para la libertad, la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Es el Maestro, sí, al que tenemos que seguir, pero el seguimiento de Jesús es para libertad, para la paz, para el amor. Nunca la verdadera libertad, el amor verdadero y la paz serán una carga pesada, sino todo lo contrario nos conducirá a caminos de felicidad, que es lo que realmente Jesús quiere para nosotros.

Por eso Jesús nos hablará de mansedumbre y de humildad cuando nos invita a imitarle, a copiarle en nuestra, a vivir su estilo de vivir. Es el estilo de su evangelio, son los valores que nos enseña a vivir, es el camino que nos lleva a la verdadera dicha y felicidad que encontramos en el Reino de Dios.

Vayamos a Jesús, escuchemos su llamada e invitación, pongamos en El toda nuestra fe y sigámosle con toda nuestra vida.

miércoles, 18 de julio de 2012


¿Quiénes pueden conocer a Dios?
Is. 10, 5-7.13-16; Sal. 93; Mt. 11, 25-27

¿Quiénes pueden conocer a Dios? Aquellos a quienes Dios se les revela. ¿A quienes quiere revelárseles Dios? Es lo que hoy quiere decirnos el evangelio. Jesús es la revelación de Dios, la Palabra de Dios que nos revela a Dios, que nos hace conocer a Dios. La Palabra de Dios eterna en Dios desde toda la eternidad que quiso plantar su tienda entre nosotros. ‘El Verbo, la Palabra de Dios, se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’, que nos dice el evangelio de Juan. Hoy nos dice el Evangelio que ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’. 

Es lo que venimos contemplando en el evangelio. El anuncio que Jesús va haciendo del Reino de Dios en el que hay que creer es venir a revelarnos a Dios. Conocer el Reino de Dios es conocer a Dios; reconocer el Reino de Dios es plantar a Dios en nuestra vida, es llenarnos de Dios; es conocer, vivir a Dios. Maravillas de los misterios de Dios, tenemos que reconocer.

Hemos venido escuchando en nuestra lectura continuada del evangelio de san Mateo cómo Jesús iba haciendo ese anuncio del Reino de Dios. Pero también hemos visto - ayer lo contemplábamos de manera concreta en las recriminaciones que Jesús hacia a Cafarnaún, Betsaida y Corozaín -  la no acogida o rechazo de muchos ante el anuncio de Jesús. ¿Qué pasaba con aquellos fariseos y doctores de la ley que tanto les costaba aceptar a Jesús? Su autosuficiencia y orgullo les hacía ponerse como en frente de Jesús y querían medir todas las palabras y toda la revelación de Jesús desde sus propias medidas e intereses. No llegaban a conocer a Dios. Cuando Jesús se encontraba con alguien en el que había humildad en su corazón, en sus deseos de búsqueda de Dios entonces sí les decía ‘tú estas cerca del Reino de Dios’.

¿Quiénes pueden conocer a Dios? nos preguntábamos al principio. Cuando tenemos lleno el corazón con nuestra autosuficiencia o nuestro orgullo, cuando no hay humildad en el corazón para aceptar el misterio de Dios que nos desborda no podremos llegar a conocer a Dios. Nos llenamos de nuestras sabidurías y no damos cabida a la sabiduría de Dios en nuestro corazón.

Recordemos  que en el sermón del monte nos decía Jesús los pobres eran los podrían alcanzar el Reino de los cielos, los limpios de corazón podrían conocer a Dios, los que en verdad buscan la paz serán llamados hijos de Dios, los mansos y humildes de corazón podrán heredar el Reino de Dios. Dichosos si están esas actitudes en nuestro corazón, dichosos si así somos capaces de abrirnos a Dios, dichosos porque podremos poseer a Dios, conocer a Dios, llenarnos de Dios. Las Bienaventuranzas nos ayudan a reconocer cuales son los caminos que nos llevan a Dios, nos llevan a conocer a Dios.

Hoy escuchamos a Jesús dando gracias a Dios por todos aquellos que pueden llegar a conocerle, todos aquellos a los que Dios se les revela. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Maravillas de los misterios de Dios. Maravillas de la revelación de Dios.

Os digo una cosa, muchas veces en mis caminos sacerdotales de acompañamiento de las personas de fe me he encontrado con personas humildes y sencillas con un gran, digámoslo así, olfato de Dios. Personas humildes y sencillas en las que uno puede apreciar que, si bien en lo humano quizá no posean grandes conocimientos, sin embargo espiritualmente uno puede apreciar cómo están llenas de Dios, cómo experimentan y sienten a Dios en su vida y nos lo trasmiten desde su pequeñez y sencillez. 

Es la actitud de María también que contemplamos en el evangelio, la que se decía a sí mismo la humilde esclava del Señor pero el ángel la saludó como la llena de gracia porque Dios estaba con ella. Ella en su humildad y en su fe será capaz también de reconocerlo para darle gracias a Dios, para bendecir al Señor, como lo vemos en el cántico del Magnificat. Que tengamos ese corazón sencillo y humilde para que sintamos esa revelación de Dios en nuestra vida y así podamos cada día más dar gloria al Señor.

martes, 17 de julio de 2012

Una respuesta de amor que el Señor nos pide

Una respuesta de amor que el Señor nos pide
Is. 7, 1-9; Sal. 47; Mt. 11, 20-24

‘Jesús se puso a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’. Cafarnaún donde había puesto como su centro probablemente viviendo en la casa de Pedro, Betsaida de donde eran naturales Simón Pedro y su hermano Andrés y algún otro de los apóstoles, Corozaín, lugares costeros alrededor del Lago de Tiberíades o Mar de Galilea. Pero no daban los frutos que el Señor pide, la conversión.

Cuando el evangelista nos narra que Jesús se vino a establecer en Cafarnaún dejando Nazaret recuerda palabras del profeta Isaías, porque aquellos momentos fueron momentos de luz para aquellas gentes que les llenaba de esperanzas. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en una región de sombra de muerte una luz les brilló’. Así quiere recoger el evangelista lo que significó el comienzo de la predicación de Jesús anunciando el Reino de Dios.

Pronto veremos que las gentes se llenaban de esperanza al escuchar el mensaje de Jesús y ver los signos que realizaba. Muchos se entusiasmaban por seguirle. Solo un pequeño grupo se mantenía fiel, de entre los que escogió a los doce apóstoles. Aunque muchos se entusiasmaban la constancia en el seguimiento de Jesús no fue buena entonces como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Nos entusiasmamos, prometemos muchas cosas, pero pronto nos enfriamos y terminamos por olvidar. Malo cuando incluso nos ponemos en contra como sucede tantas veces.

Pero era, podíamos decir, la lucha entre las tinieblas y la luz. El evangelio de Juan que es muy expresivo en sus imágenes nos lo recuerda. ‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Jesús les recrimina a los fariseos que están ciegos porque quieren ser ciegos, porque rechazan la luz. Recordamos el episodio del ciego de Jerusalén que Jesús envía a lavarse a Siloé, y como rechazan su testimonio y no quieren ver la luz.

Ahora Jesús, como venimos comentando, recrimina a aquellas ciudades donde tantos milagros había hecho. Como les dice, si hubiera hecho esos milagros en Sodoma o Gomorra, o en Tiro o en Sidón se hubieran convertido y no merecerían castigo, pero los ha hecho allí entre aquellas gentes que no terminan de aceptarle. El día del juicio les será más llevadero a aquellas ciudades que siempre habían sido consideradas malditas y paganas, porque aquí se había prodigado el Señor con su predicación y con su amor en los signos que realizaba y sin embargo no se convertían.

Todo esto tiene que hacernos pensar. Porque no es cuestión simplemente de juzgar o condenar a aquellas ciudades, sino de mirarnos a nosotros mismos. Mirarnos a nosotros mismos para ver cuánto nos ha regalado el Señor y lo mezquinos que somos tantas veces en nuestra respuesta. ¿Amamos todo lo que deberíamos al Señor?

Podríamos pensar en todo lo que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Habría que hacerlo con corazón agradecido al Señor. Si nos detuviéramos un poquito para hacer un recuento de cuántas veces en nuestra vida hemos sentido la presencia y la llamada del Señor quizá hasta nos sorprenderíamos. Pero quizá no sea necesario tanto, sino mirar nuestros últimos tiempos, lo que ahora mismo nosotros vivimos y veamos si en verdad estamos correspondiendo como deberíamos a tanto amor del Señor.

No nos hacemos estas consideraciones para llenarnos de temor, sino para aprender a tener un corazón agradecido. Hacemos este recuento de las maravillas del amor del Señor en nosotros que se manifiesta de tantas maneras para que nos sintamos más motivados para dar esa respuesta de amor que el Señor está esperando de nosotros.

Respondamos con más amor a tanto amor que el Señor nos tiene.

lunes, 16 de julio de 2012

Vestidos de María con el escapulario del Carmen comportémonos como buenos hijos de tal madre


Vestidos de María con el escapulario del Carmen comportémonos como buenos hijos de tal madre

La devoción a la Virgen del Carmen ha estado muy arraigada desde siempre en nuestro pueblo cristiano en la piedad popular; de ahí cuántos llevan el nombre de la Virgen, el que en casi todas nuestras Iglesias siempre haya una imagen bendita de la Virgen del Carmen muchas veces junto al cuadro de Animas, el que de manera especial marineros y navegantes la invoquen con especial devoción como madre protectora y patrona, y que proliferen las estampas de la virgen o su medalla o escapulario haya estado colgada al cuello de muchos pechos de hombres y mujeres en su devoción a la Virgen.

Es la devoción entrañable a la Madre de Dios que es nuestra madre y que, a pesar que haya otras muchas advocaciones con especial patronazgo sobre nuestras parroquias o territorios, - con cuantos nombres y advocaciones, como piropos a María la invocamos - haya proliferado sin embargo y se haya mantenido esta devoción a la Virgen del Carmen o del Monte Carmelo.

Siempre seremos como niños que queremos sentir a nuestro lado a nuestra madre. Los hijos de María queremos sentir la compañía y la protección de la madre y esta advocación nos hace mirarla como un escudo protector que nos ayuda, que nos libra de peligros y tentaciones y nos conduce siempre por los caminos de Jesús que nos lleven a alcanzar la vida eterna.

Es es en el fondo el sentido del escapulario o de la medalla que llevamos con nosotros de la Virgen del Carmen. Si además tenemos en cuenta lo que era en su origen el escapulario que era algo así como un delantal protector que se ponía durante el trabajo para protegerse de la suciedad o de los daños que se pudieran ocasionar en nuestras labores a la ropa ordinaria que llevamos puesta, comprendemos un poco mejor lo que tiene que significar el llevar el escapulario de la Virgen con nosotros.

Queremos sentir su protección frente a todos los peligros y ya no es sólo el vernos libres de peligros materiales o físicos, sino que en nuestro deseo de seguir el camino de Jesús, el camino de nuestra vida cristiana queremos sentir una fortaleza especial, una protección contra todo aquello que pudiera dañar nuestra alma. Con María a nuestro lado nos sentimos como con un escudo que nos protege.

En el escapulario de la Virgen llevado al cuello, no como un amuleto, sino como un signo de la presencia de María junto a nosotros, nos sentimos seguros porque estando la Virgen a nuestro lado nos sentiremos siempre fortalecidos con la gracia del Señor para no irnos por los caminos del mal o del pecado.

Por ahí va la verdadera devoción a la Virgen. Podríamos decir que el vestir el escapulario - tengamos en cuenta que aunque lo hayamos reducido a la más minima expresión, en su origen era un vestido que nos sobreponíamos - es vestirse de María. Queremos imitarla tanto, queremos parecernos tanto a María que la copiamos en nuestra vida en todo para ser semejantes a ella. Vestirnos de María es vestirnos de sus virtudes, es vestirnos de su fe y de su amor. No nos vestimos como algo externo que nos ponemos, sino que cuando nos vestimos de María es porque desde lo más hondo de nosotros queremos parecernos a ella con sus virtudes, con su fe, con amor, con su santidad.

Y vestidos de María sentimos mejor su protección porque parece que sentimos mejor su cercanía. Mirándola a ella nos sentimos impulsados a luchar por ser mejores, por arrancar todo lo malo de nosotros. Con María a nuestro lado nos sentimos estimulados a ese camino de superación, de crecimiento en nuestra santidad. Y tenemos la certeza además que ella nos alcanza del Señor la gracia que necesitamos. Mediadora de la gracia, intercesora nuestra, madre que ruega por nosotros. Así se muestra siempre María a nuestro lado.

Si vamos vestidos de María, no sólo porque llevamos su medalla o su escapulario o incluso su nombre, sino porque queremos ser buenos hijos que nos parezcamos a la Madre, sentiremos en nosotros el ardor del corazón que nos impulsará siempre a la santidad, para ser un buen hijo de María imitándola en todo. Ella siempre será para nosotros una buena madre, que nosotros nos comportemos con ella siempre como unos buenos hijos. Sabiendo que asi lo hacemos estamos seguros de que estaremos siguiendo el camino de Jesús.

domingo, 15 de julio de 2012

Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban, nuestra misión


Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban, nuestra misión

Amós, 7, 12-15; Sal. 84; Ef. 1, 3-14; Mc. 6, 7-13
‘Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Lo hemos escuchado en el evangelio. Jesús llama a los doce y los envía con su misma misión. Ya nos decía de entrada que ‘Jesús recorría las aldeas de alrededor enseñando’. Lo hemos venido escuchando en el evangelio.
Es la misión de Jesús y es la misión de los que seguimos a Jesús. A nosotros nos la confía. Es la misión de la Iglesia de todos los tiempos que se sigue realizando, que hemos de seguir realizando hoy. Porque creemos en Jesús no para buscar un refugio donde escondernos porque las cosas marchen mal en nuestro entorno o en nuestro mundo, y allí nos refugiamos desentendiéndonos de esos problemas, de ese mal que nos envuelve. Como siempre recordamos la fe en Jesús nos compromete.
Como Jesús, como los apóstoles que hoy vemos enviados por Jesús tenemos un anuncio que realizar, el Evngelio, la Buena Nueva del Reino de Dios; pero ese anuncio lo hacemos con nuestras palabras y con nuestros signos; porque hemos de dar señales con nuestra vida de que sí es posible ese Reino de Dios.
Hemos de ser nosotros los primeros que nos dejemos transformar por ese mensaje, por esa gracia del Señor. La invitación primera de Jesús, como la de los apóstoles enviados, es a la conversión, a dejarnos transformar para encontrarnos con Dios, para que en verdad Dios esté en el centro de nuestra vida. Y cuando vivamos ese encuentro vivo con el Señor y nos convirtamos a Dios, cuando convirtamos a Dios en el centro de nuestra vida significará que también muchas otras cosas tendrán que cambiar, transformarse, vivirlas con un nuevo sentido y valor. Nuestra nueva forma de vivir tendrá que ser un signo para quienes nos vean de lo que es el Reino de Dios. ¡A cuánto nos compromete nuestra fe en Jesús!
Dice el evangelio que al tiempo que anunciaban el Reino ‘expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Quizá podríamos preguntarnos cómo vamos a realizar eso hoy. Porque no vamos a buscar al diablillo con ojos de fuego y rabo y un tridente, como las imágenes nos lo han presentado tantas veces y nos ha llenado la imaginación.
¿Cuáles son los demonios de nuestro mundo de hoy, cuáles son los males que lo acechan y que cuando se nos meten en nuestro corazón nos llevan a nosotros también al mal? Podemos pensar en el egoísmo que nos hace pensar tanto en nosotros mismos y nos vuelve insolidarios; podemos pensar en el materialismo de la vida que nos invade y nos hace consumistas o nos impide darle horizontes grandes a la vida; podemos pensar en tantas situaciones de injusticia que llevan al sufrimiento de tantos, que nos lleva a no respetar la dignidad de toda persona, que conduce a la miseria de los más pobres cada vez más pobres por el enriquecimiento egoísta e insolidario de los que se sienten más fuertes; podemos pensar en la violencia de todo tipo que hemos convertido en base de nuestro trato y de nuestras relaciones mutuas; podemos pensar en la falsedad e hipocresía con que vivimos la vida, en el lujo y el despilfarro que nos lleva a vivir desde las apariencias… en la muerte de tantos inocentes desde la violencia de las guerras, en el crimen abominable del aborto o la eutanasia… y así en tantas cosas más.
¿Queremos que nuestro mundo siga siendo así? ¿En el nombre de Jesús que expulsaba los espíritus inmundos, pero que vino a rescatarnos del mal con su redención no tendríamos nosotros que ir también expulsando ese mal de nuestro mundo? Es nuestra tarea. Primero, convirtiéndonos nosotros al Señor para que ese mal no entre en nuestro corazón y nuestras actitudes sean buenas, nuestros valores sean esos nuevos valores del evangelio, y así nos sintamos transformados desde lo más hondo para que nada de eso nos domine. Hemos de ser los primeros curados para que nuestra vida de justicia, de amor, de verdad, de paz sea un signo para cuantos nos rodean. ¡Cuánto tenemos que hacer en nuestra vida y también para transformar nuestro mundo y no sea nunca más el reino del mal sino que sea en verdad el Reino de Dios! El compromiso de nuestra fe. El compromiso por el Reino de Dios.
No siempre será fácil, como le sucedía a los profetas y como le anunciaba Jesús que les pasaría a los apóstoles - lo hemos escuchado esta semana en el texto paralelo de san Mateo - porque nuestra lucha contra el mal se tiene que convertir muchas veces en denuncia de ese mal y de esa injusticia. Y los poderosos no lo van a soportar ni permitir. Recordemos, en lo escuchado hoy en el profeta, que querían expulsarlo de Betel, la Casa de Dios, para que se fuera con sus profecías a otra parte porque sus palabras y los gestos de su vida incomodaban a los poderosos. ‘No soy profeta ni hijo de profeta, respondía, sino pastor y cultivador de higos, pero el Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel’. Así nos puede suceder también a nosotros.
‘Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Tenemos que ser los enfermeros de Dios para nuestro mundo. Como el médico o el enfermero que va aplicando la medicina, el remedio y la cura a los cuerpos enfermos para hacerles recobrar la salud, así nosotros a nuestro mundo enfermo, a tantos corazones tan llenos de sufrimientos y que no solo solo los sufrimientos derivados de una enfermedad física - que también - hemos de llevarles el aceite humilde y generoso de nuestra caridad, de nuestro amor, de nuestro servicio, de nuestra solidaridad, de nuestro consuelo, de nuestra compañía, de nuestra palabra de aliento, de nuestra sonrisa que les dé ánimo, que les levante el espíritu, que les sane el dolor del alma.
¿Se podrá decir que ya no se pueden hacer milagros, que no podemos hacer milagros? Creo que son muchos los milagros que podemos hacer como pequeños granitos de arena en gestos pequeños, humildes, sencillos pero llenos de amor y generosidad con los que podemos mitigar muchos dolores y sufrimientos de nuestros semejantes.
Como consecuencia de aquel espíritu del mal que tanto domina nuestro mundo y a tantos hace sufrir, como decíamos antes, nos encontramos, si somos capaces de abrir un poquito los ojos, mucho sufrimiento a nuestro alrededor, muchas soledades, muchas carencias de afecto, muchos corazones desgarrados, muchas angustias, muchas desesperanzas y desilusiones. Ahí nos envía Jesús con su misma misión, con su fuerza y con su gracia.
Bendito sea el Señor que nos ha confiado esta misión. Como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales… y nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante El por el amor’. Que seamos irreprochables por el amor, que resplandezca así el amor en nuestra vida para que seamos en verdad signo del Reino de Dios para cuantos nos rodean. Que no nos falte la gracia y la fuerza del Señor para esa misión que nos ha confiado de ser testigos de su Reino.

sábado, 14 de julio de 2012

Una experiencia de la gloria de Dios y una vocación

Una experiencia de la gloria de Dios y una vocación

Is. 6, 1-8; Sal. Sal. 92; Mt. 10, 24-33
El texto de Isaías de la primera lectura es, podríamos decir, la descripción de una liturgia celestial en la que se encuadra la vocación del profeta. Una visión que tiene el profeta donde contempla la gloria de Dios que trata de describirnos. Un trono alto y excelso, la orla del manto de la gloria de Dios que llenaba todo el templo, los Ángeles - serafines - que cantaban la gloria del Señor, el retemblar de los quicios de las puertas del templo al fragor del canto celestial, la nube de humo que todo lo envolvía, son imágenes con lenguaje humano que tratan de describir lo que es indescriptible.
El cántico de los ángeles lo ha tomado la Iglesia para en nuestra liturgia también nosotros unidos a todos los coros celestiales cantar la gloria del Señor. Lo llamamos el trisagio porque por tres veces llamamos Santo a Dios, proclamando su santidad y su gloria; no solo utilizamos en la Eucaristía sino también en otras oraciones devocionales, ‘Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria’.
Ante la gloria del Señor que se le manifiesta Isaías se siente anonadado y pecador que no es digno de contemplar tal gloria y siente que por su indignidad va a morir. ‘¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos’. Pero vendrá el ángel del Señor para purificar sus labios. ‘Mira, esto te ha tocado tus labios… está perdonado tu pecado’. Pero si Dios así se le manifiesta y quiere llenarlo de su santidad es porque para Isaías tiene una misión. Por eso decíamos que este texto describe la vocación del profeta. ‘Entonces, escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí? Contesté: Aquí estoy, mándame’.
Tras la hermosa experiencia de Dios Isaías, lleno de Dios, se siente en total disponibilidad para lo que el Señor quiera de él. Podríamos decir que es el calco o la plantilla de toda vocación. Si podemos llegar a tener esa disponibilidad para dejarnos conducir por el Señor, para estar dispuestos al servicio que el Señor nos pida en nuestra vocación, es porque nos sentimos inundados de Dios, nos sentimos cogidos de Dios. Es cierto que el Señor llama de mil maneras y en las más distintas circunstancias, pero siempre habrá un encuentro profundo con el Señor, una especial experiencia de Dios para poder llegar a esa disponibilidad.
No es solamente que yo quiera ser bueno o hacer cosas buenas, sino que es el Señor el que llama. Lo puede contar todo el que haya recibido una especial llamada del Señor en las circunstancias que haya sido, y lo vemos bien reflejado en los evangelios y en la Biblia toda tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Podíamos recorrer las páginas del evangelio para ver la llamada del Señor a los diferentes apóstoles. Tras la gloria del Señor que se manifestó en el Jordán Juan señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y los primeros discípulos se van a estar con Jesús. ‘Maestro ¿donde vives?’ fue la pregunta y se fueron él. Ya al día siguiente estarían anunciando esa buena nueva a los parientes y a los amigos. Será después de la pesca milagrosa cuando Jesús les diga a Pedro y a los otros pescadores que se vayan con El para hacerlos pescadores de hombres. Así podríamos seguirnos fijando en otros textos.
Es sentirnos cautivados por el Señor; a través de un gesto, de una palabra, de un acontecimiento se siente esa llamada del Señor ahí en el corazón. algunas veces costará descubrir bien qué es lo que el Señor quiere, pero si nos dejamos conducir, si hay generosidad en el corazón, si vamos creciendo por dentro espiritualmente iremos poco a poco descubriendo lo que el Señor quiere de nosotros y sentiremos también la gracia del Señor que nunca faltará para dar esa respuesta generosa y decidida.
Oremos al Señor para que cada uno descubra que es lo que el Señor le pide en su vida y en cada momento concreto; sólo desde la oración podremos descubrir lo que es la voluntad del Señor. Pero nuestra oración sea también por aquellos a los que el Señor llama con una vocación especial, al sacerdocio, a la vida consagrada, a las misiones, o a algún oficio pastoral dentro de la Iglesia, para sintiéndose amados, cogidos por el amor del Señor, sean valientes y generosos en su respuesta con una disponibilidad total para el servicio, para la gloria del Señor. Como nos dirá Jesús oremos al dueño de la mies para que mande obreros a su mies, oremos para que los llamados se sientan fortalecidos con la gracia del Señor para dar esa respuesta que nos pide Dios.

viernes, 13 de julio de 2012

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor
Oseas, 14, 2-10; Sal. 50; Mt. 10, 16-23

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos’. Ojalá alcanzáramos esa sabiduría divina y aprendiéramos a caminar caminos de justicia y santidad.

Es la invitación del profeta, la llamada y el ofrecimiento que nos hace hoy el Señor. Mucho hemos tropezado en nuestro camino y no somos justos ni santos. Pero si nos convertimos al Señor, si le damos la vuelta a la vida para volvernos a Dios aprenderemos lo que es esa sabiduría divina. Lo hemos venido reflexionando estos días y es la invitación que hoy escuchamos de parte del Señor. Recordamos cómo la Palabra del Señor nos invitaba a buscarla como el más preciado tesoro, verdadera riqueza de nuestro corazón.

Hemos de comenzar por reconocer nuestros tropiezos y ver que sólo en el Señor es donde verdaderamente hemos de apoyarnos. ‘No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos’. Así hablaba el profeta invitándoles a poner su confianza en el Señor y no confiar solamente en el poder de las alianzas que hicieran con otros pueblos - Asiria como salvación para su situación -, o de sus ejércitos - ‘no montaremos a caballo’ - o de aquello que por sí mismos pudieran hacer. Era un pueblo avocado a la idolatría y tenía la tentación de crearse sus propios dioses- ‘llamar dios a la obra de sus manos’ -.

Es el orgullo que se introduce tantas veces en nuestra vida, nuestra autosuficiencia pensando que sabemos hacerlo todo por nosotros mismos, o nuestra soberbia para creernos mejores que los demás y nadie puede estar por encima de nosotros. actitudes dañinas que se nos meten tantas veces en el corazón, que nos inducen al desprecio en nuestro orgullo de los que están a nuestro lado, o nuestro olvido de Dios apartándonos de sus caminos. Cuántas veces en nuestro orgullo nos creemos tan sabios que pretendemos incluso enmendar los mandamientos del Señor.

Por eso, como decíamos comenzamos por reconocer nuestros errores y tropiezos, pero también por reconocer lo que es la bondad del Señor. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Así es el amor del Señor, así nos ama y no porque nosotros lo merezcamos, sino por su benevolencia.

Bellas imágenes las que nos sigue ofreciendo el profeta para expresarnos cómo cuando estamos con el Señor todo lo bueno vuelve a florecer en nuestra vida. Como un bello jardín, como un huerto bien cuidado y lleno de árboles de ricos frutos, como una rica hacienda que nos llena de riqueza con el producto de nuestro trabajo. Así nuestra vida cuando estamos con el Señor. Nos recuerda la imagen que se repite a lo largo del camino del desierto y que llenaba al pueblo de esperanza, pues el Señor les había prometido una tierra de rica fertilidad, una tierra que manaba leche y miel.

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda?’ era la pregunta que con el profeta nos hacíamos desde el principio de esta reflexión. Que alcancemos, sí, esa sabiduría y esa prudencia para seguir los caminos del Señor. A pesar de todo lo que nos ofrece el Señor y de la experiencia del amor de Dios que todos tenemos y que tantas veces hemos reflexionado y meditado, sin embargo seguimos apegados a nuestro pecado. Que se mueva nuestro corazón, que seamos capaces de volvernos al Señor; que sintamos la fuerza de la gracia que siempre está actuando en nosotros y no la echemos en saco roto.

‘En mi interior me inculcas sabiduría…’ decíamos en el salmo. ‘Crea en mi, Señor, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de la salvación… que mi boca, mi corazón, mi vida proclame siempre tu alabanza’.

jueves, 12 de julio de 2012

Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas

Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas
Oseas, 11, 1-4.8-9; Sal. 79; Mt. 10, 7-15

‘Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas…’ Son palabras del profeta queriendo expresar en esa ternura el amor que Dios nos tiene. Pero he de confesar que meditando este hermoso texto de Oseas, ¿a quién no se le revuelve el corazón y no se le conmueven las entrañas ante tanto amor cómo Dios nos manifiesta?

La ternura de Dios nos llena necesariamente a nosotros de ternura también. De la misma manera tendríamos que sentirnos emocionados ante la ternura de Dios. Para que luego digamos que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios de temor. Es cierto que se manifiesta grandioso en sus obras y muchas veces vemos descrita su presencia entre espectaculares manifestaciones del poder del Señor a través de la fuerza de la naturaleza, entre el fragor de los truenos y el resplandor brillante de los relámpagos en medio de la tormenta.

Pero todas esas manifestaciones no vienen a decirnos otra cosa que ese Dios inmenso y grandioso en su gloria y su poder es un Dios que nos ama y que se preocupa por nosotros queriendo atraernos siempre a su amor. Hoy nos aparece en la descripción del profeta como el padre lleno de amor que cuida de su hijo, lo corrige y lo quiere llevar por buen camino pero lo atrae a su corazón con las manifestaciones más tiernas del amor.

Nos enseña a andar, a dar los primeros pasos por la vida, nos lleva en sus brazos, nos cuida y nos protege con su providencia amorosa, nos hace sentir su presencia en todo momento y nos da seguridad en los momentos difíciles y duros de la vida, nos corrige pero siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón.

La descripción que va haciendo el profeta nos recuerda lo que es toda la historia de la salvación vivida por el pueblo de Dios, recordando su salida de Egipto, el conducirlos con su protección a través del desierto regalándoles una tierra que manaba leche y miel. Es cierto que como tantas veces los hijos hacemos con los padres, hubo muchos momentos de infidelidad y de olvido del amor del Señor, rompiendo la Alianza que Dios había hecho con ellos para que fueran su pueblo y El fuera para siempre su Dios, pero ahí sigue el Señor manifestando su amor a través de los profetas buscándolos y trayéndolos de nuevo a los caminos de la fidelidad a la Alianza.

Todo esto nosotros lo vemos culminado en Jesús, porque en la plenitud más grandiosa del amor que Dios nos tiene nos envió a su Hijo, nos entregó a su Hijo que llegará a morir por nosotros para seguir buscándonos y manifestándonos el amor del Señor siempre compasivo y misericordioso con su pueblo. ‘No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín…’ como el padre que corrige y castiga a su hijo por la maldad que haya hecho pero siempre pondrá por medio la medida del amor para no excederse en el castigo, para ofrecerle siempre el perdón al hijo descarriado.

Miremos cada uno nuestra historia personal y seamos capaces de contemplar la historia del amor del Señor que se manifestado tantas veces en nuestra vida. Cómo nos llama y nos busca el Señor. Nuestra historia personal está llena de pecado pero estamos seguros que irá siempre acompañada por la historia del amor de Dios en nuestra vida. El amor del Señor es más fuerte y más grande que lo que ha sido nuestro desamor. Comencemos a dar una buena respuesta de amor.

Cada uno con sinceridad puede recordar su pecado y su infidelidad, pero ha de recordar agradecido tantas manifestaciones del amor del Señor que siempre nos ha cuidado y nos ha protegido. Seamos capaces de abrir los ojos de la fe para descubrir tanto amor. Seamos agradecidos a ese amor del Señor y dejemos que se nos conmuevan también nuestras entrañas y llenemos de ternura nuestro corazón y nuestra vida para responder así mejor al Señor.

miércoles, 11 de julio de 2012


En búsqueda de una sabiduría interior y una espiritualidad

SAN BENITO DE NURSIA

Proverbios, 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Tenemos el peligro de la superficialidad, de quedarnos en lo externo o en lo inmediato; pero la persona madura, sin embargo, siempre tiene ansias de más; y cuando digo ansias de más no es simplemente el tener más o menos cosas, sino el crecer en el conocimiento, en la reflexión, en la sabiduría de la vida. No es solo acumular conocimientos como de quien va aprendiendo cosas, lugares o personas que pueda ir conociendo, sino que es algo mucho más hondo, porque es querer encontrar un sentido y un valor, aprendiendo a gustar lo que va conociendo y lo que va viviendo para hacerlo y vivirlo con la mayor intensidad.
Nunca una persona que quiere vivir esa hondura y sabiduría de la vida se da por contenta o satisfecha sino que siempre se está preguntando, para ir como ahondando en el por qué de las cosas, en el sentido hondo de la vida. Una persona madura es una persona reflexiva, como un cristiano maduro en su fe es una persona orante. Y no es cuestión de edades o momentos de la vida, aunque la persona reflexiva el paso de los años le irá dando esa mayor sabiduría, esa mayor hondura y plenitud de la cosas. Todo eso le llevará a vivir con mayor paz y sosiego, aunque quizá sienta dentro de sí cada día una mayor inquietud por lo que le rodea, lo que le llevará a un mayor compromiso por luchar porque todos lleguen a poder vivir mejor, más felices y con mayor sabiduría.
Es un camino que el verdadero creyente va haciendo dejándose conducir por la Palabra del Señor y por la luz del Espíritu divino que se va encendiendo en su corazón desde la fe que ha puesto en el Señor. Por eso nos ha dicho hoy el libro de los proverbios ‘hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejo, prestando oído a la sabiduría y prestando atención a la prudencia, si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia… entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’.
Hermoso lo que nos dice este sabio del Antiguo Testamento. Nos invita a buscar esa sabiduría como el más preciado tesoro. Tesoro y sabiduría que encontraremos en el Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. Sabiduría espiritual que enriquece nuestra vida, nos da honda espiritualidad y es fuente de nuestro enriquecimiento espiritual – la verdadera riqueza del hombre que no está en lo material sino en lo que lleva en lo más hondo del corazón, en su espíritu – y que tanto al mismo tiempo puede ayudar a los demás. Y una persona que vive con esta espiritualidad y hondura sabrá ser desprendido porque no son las cosas las que le van a dar verdadera riqueza a su vida.  Por eso tenemos que ser reflexivos y orantes.
Hoy precisamente estamos celebrando a un santo que supo apartarse de todas las glorias del mundo para buscar esa sabiduría del Señor. San Benito que primero retiró al Subiaco y luego a Montecasino para en el silencio escuchar a Dios en su corazón, aprender esa sabiduría de Dios con la que luego pudo ayudar a tantos desde su silencio y su soledad a encontrar también esa sabiduría y ese sentido para su vida. Oración y trabajo era el lema de su vida.
Algunos pueden pensar que una vida que se retira asi a la soledad y al silencio puede ser una vida infructuosa, porque con otras actividades o acciones sociales, pensamos, pueden hacer más por el mundo. Nos equivocamos en esa apreciación. No todos tendrán esa vocación al silencio y al recogimiento, pero si necesitamos de personas que vivan así y sean para nosotros una luz que nos ayude a reflexionar sobre el sentido y el valor de nuestra vida desde el testimonio que nos ofrece ya su vida sacrificada donde han renunciado a todo y también desde sus palabras, sus consejos y sus orientaciones, como fue en concreto la vida de san Benito.
Muchos su juntaron con él para seguir ese estilo de vida, pero muchos, desde papas y reyes a él acudían también en búsqueda de consejo y orientación para sus vidas y trabajos que sólo unas personas de espiritualidad tan intensa como la de san Benito podían ofrecer.
La celebración de la fiesta de este Santo, padre del monacato occidental, de él surgió la familia benedictina en las diferentes ramas que con el paso de los siglos fueron desmembrándose y formando muchas ramas de monjes, y patrono de Europa por la gran influencia que tuvo él en su tiempo y en el paso de los siglos toda la familia benedictina, tendría que ser para nosotros como una llamada a ese crecimiento interior, a buscar esa sabiduría de Dios para nuestra vida, a una maduración de nuestro espíritu llegando a tener una honda espiritualidad en la que encontremos esa luz y esa fuerza para nuestra caminar siguiendo el camino de Jesús.
Lejos de nosotros toda superficialidad espiritual. Dejémonos en verdad conducir por el Espíritu de Dios que nos haga alcanzar esa hondura y esa sabiduría para nuestra vida. Reflexión, oración, maduración y crecimiento espiritual, que necesarios son en nuestra vida.

martes, 10 de julio de 2012


Dispuestos como Jesús al anuncio del Reino dando señales con nuestras obras
Oseas, 8, 4-7.11-13; Sal. 113; Mt. 9, 32-38

Jesús recorría incansablemente todos los rincones de Palestina. Había comenzado invitando a la conversión porque llegaba el Reino de Dios y había que creer de corazón en El. ‘Creed en la Buena Noticia, en el Evangelio’, repetía. Ahora ‘va anunciando el Evangelio del Reino enseñando en las sinagogas’ y en todo lugar en donde tenga oportunidad y manifiesta las señales del Reino de Dios que llega ‘curando todas las enfermedades y dolencias’.

Hoy le contemplamos curando a un mudo ‘y el mudo habló’ produciendo la controversia porque mientras la gente sencilla se admiraba de sus obras, los fariseos lo atribuían al poder del príncipe de los demonios. Pero lo importante era como Jesús iba abriendo los oídos y los corazones para que las gentes escucharan y acogieran la Palabra de Dios. Como siempre la semilla unas veces caerá en buena tierra y otras veces caerá en tierra endurecida o llena de malezas. 

Pero allí se iba manifestando continuamente el amor del Señor. Jesús era la gran señal, el gran signo-sacramento visible del amor de Dios para todos nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo…’ que tantas veces hemos escuchado. Pero allí se iba manifestando la ternura y la compasión del corazón de Cristo. Contemplaba las multitudes ansiosas y hambrientas de esperanza y Jesús sentía compasión por ellos. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. 

Nos va enseñando muchas cosas este sencillo evangelio que estamos comentando. Nos hace preguntarnos por dentro muchas cosas en relación a la acogida que nosotros vamos haciendo del Evangelio del Reino de Dios en nuestra vida. No es sólo que sintamos admiración, sino que seamos esa buena tierra que acoja la semilla de la Palabra de Dios  dejando que se plante en nuestra vida y llegue a dar fruto.

Es sentir también que Jesús va llegando a nuestra vida, tan llena de agobios, sufrimientos, desalientos y desesperanzas, carencias y al mismo tiempo apegos y sentir cómo el Señor quiere irnos liberando de todas esas cosas, transformando nuestro corazón, dándole nueva vida y nueva esperanza. Quiere Jesús abrirnos los oídos para que escuchemos su Palabra pero también nuestros labios para que la anunciemos. Quiere poner esperanza y amor en nuestro corazón no solo para nos sintamos nosotros distintos sino para que también la transmitamos a los demás, para que contagiemos de ese amor a los que están a nuestro lado.

Contemplando el corazón compasivo y misericordioso de Cristo aprendamos a tener nosotros un buen corazón para con los demás y no seamos insensibles ante el sufrimiento o la desesperanza que tienen tantos a nuestro alrededor y comencemos a ser solidarios de verdad porque solo desde el amor redimiremos el mundo, lograremos transformarlo para que sea más humano, para que sea mejor y todos seamos más felices.

Jesús termina hoy en este texto del evangelio invitándonos a mirar con nuevos ojos al mundo que nos rodea y veamos la inmensa mies que necesita trabajadores, que necesita pastores que guíen a esas almas al encuentro con el Señor. ‘Entonces dijo a sus discípulos: la mies es abundante y los trabajadores son pocos. Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Es la oración, sí, que hacemos, que tenemos que hacer por las vocaciones, para que sean muchos los llamados que respondan a esa invitación del Señor y le sigan en esa hermosa tarea del pastoreo del pueblo de Dios. Pero al tiempo que oramos por esas intenciones, se me ocurre pensar en algo más. ¿Qué estaríamos nosotros dispuestos a hacer para contribuir a ese anuncio del evangelio, a esa acción pastoral de la Iglesia? ¿No nos pedirá a nosotros también que echemos una mano, que nosotros también podemos hacer no solo algo sino mucho en esa labor? ¿Qué me pedirá el Señor? ¿Qué respuesta estoy dispuesto a dar?

lunes, 9 de julio de 2012


Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia…
Oseas, 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26

¿Qué buscamos en Jesús? ¿qué nos ofrece Jesús? Son, si queréis decirlo así, preguntas elementales, pero preguntas que hemos de tener muy presente en nuestro encuentro con Jesús. Importante, es cierto, lo que nosotros busquemos, lo que desea de la forma más pura nuestro corazón, pero importante, muy importante que tengamos claro qué nos ofrece Jesús. 

En el recorrido que hemos venido haciendo por el evangelio de san Mateo, que estamos leyendo en la eucaristía de diario en estas últimas semanas, aparte del gran mensaje del sermón del monte, en el actuar de Jesús hemos ido viendo qué es lo que El nos ofrece. Le hemos contemplado realizando milagros, como hoy mismo en el evangelio proclamado, pero son signos y señales de lo que en verdad Jesús quiere darnos. 

No es ya solamente la salud de nuestros miembros imposibilitados o nuestros cuerpos enfermos o limitados, - hemos visto curar al paralítico, liberar del espíritu inmundo al endemoniado, o curar a los leprosos, por citar algunos milagros - sino que siempre Jesús nos ofrece algo más. El viene a liberarnos del mal, y cuando nos libera de nuestras enfermedades o de las discapacidades que pueda haber en nuestros miembros o en nuestro cuerpo está hablándonos del mal más hondo que hay en nuestra vida y que nos quiere ofrecer. Y digo bien, nos quiere ofrecer, porque a nadie obliga sino que El se ofrece, ofrece su salvación a lo que nosotros hemos de responder. 

Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia, purificación interior. Hoy el evangelio habla de muerte y habla de liberarnos de toda impureza y maldad. Hace pocos días, el domingo pasado, escuchamos este mismo relato en el evangelio de Marcos que es más amplio y con mayores detalles. San Mateo es más parco en la descripción de este episodio. Como nos cuenta Mateo la niña ha muerto y Jairo viene a Jesús para rogarle que ponga su mano sobre ella y vuelva a la vida. Volverá a decir lo mismo Jesús de que la niña no está muerta sino dormida. La tomará de la mano y se la devolverá viva a sus padres. 

Por su parte lo que se nos relata de la mujer de las hemorragias es totalmente semejante. Pero podríamos pensar en un aspecto. El derramamiento de sangre, en este caso por una hemorragia, como tocar un cuerpo muerto o lacerado por algunas enfermedades, era para el judío una impureza. Quien se acercara a una persona en estas condiciones luego había de purificarse. Recordemos lo estrictos que eran en este sentido los judíos. Podíamos ver ahí como un signo del pecado del que Jesús quiere liberarnos. Bastará que la mujer toque a Jesús para que quede cura, para que se vea liberada de aquella impureza. 

Jesús viene a liberarnos del mal. Jesús viene a traernos la gracia y el perdón. Recordemos que cuando cura al paralítico lo primero que hace Jesús es perdonarle los pecados. Jesús viene a darnos la vida que ya no es solo la de nuestro cuerpo sino llenarnos de vida eterna. Jesús toma a la niña de Jairo y la llena de vida, la hace volver a la vida, la resucita. Como el acercarse a Jesús con fe y tocarle, aunque fuera solo la orla de su manto, significo para aquella mujer la curación y la liberación de toda impureza. Con Cristo hemos de resucitar nosotros a nueva vida. 

Con fe tenemos que acercarnos a Jesús. Y no temamos por muchos que sean nuestros pecados e infidelidades. El amor de Dios es fiel y es infinito. La profecía de Oseas que escuchamos hoy y en estos días en la primera lectura de eso  nos está hablando. De la fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, con confianza, con fe, con esperanza y poniendo mucho amor nos acercamos a Jesús. 
‘Animo, hija, tu fe te ha curado’, le dijo Jesús a la hemorroisa y nos dice a nosotros también.

domingo, 8 de julio de 2012



Anunciamos con fidelidad a Jesús ante un mundo desconcertado que le cuesta entender

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor. 12, 7-10; Mc. 6, 1-6

En la vida muchas veces nos suceden cosas que nos sorprenden, incluso nos sorprenden gratamente, pero que luego quizá por las expectativas que nos hacemos sobre eso que nos ha sucedido o por lo que nosotros hayamos imaginado que podía pasar nos hemos visto desconcertados o incluso desilusionados.

Algo de eso contemplamos en el hecho que nos relata hoy el evangelio. Al llegar Jesús a su pueblo Nazaret e ir el sábado a la Sinagoga, hacer la lectura y ponerse a explicar la Palabra, quizá también por la fama que habría llegado allí de lo que Jesús venía ya haciendo en Cafarnaún y otras partes, les había producido gran admiración. Pero luego veremos que se sienten desconcertados, no manifestarán gran confianza en lo que hace y dice Jesús, porque en fin de cuentas a El lo conocían de siempre porque allí se había criado y allí estaban sus parientes. Habían sentido en principio admiración y hasta cierto orgullo porque era de los suyos, pero no supieron descubrir el verdadero misterio de Jesús. ‘Los tenía desconcertados’.

Jesús mismo se sentirá desilusionado por la pobre acogida que le están haciendo y su falta de fe. ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra y entre sus parientes y en su casa’, les dirá. ‘Y se extrañó de su falta de fe… y no pudo hacer allí ningun milagro’. Marchará Jesús a otros lugares de alrededor.

Lo que sucedió con Jesús entonces en Nazaret, su pueblo, sería lo que le seguiría sucediendo en su peregrinar por los pueblos de Palestina anunciando el mensaje del Reino. No todos lo aceptaban; aunque muchos lo seguían, se admiraban de sus milagros o las palabras de gracia que salian de sus labios, no todos, sin embargo, descubrían en El al Mesías Salvador que instaurando el Reino de Dios venía a redimirnos y a traernos la salvación. No todos querían o llegaban a entender el sentido de su persona y de su mensaje, el sentido del Reino de Dios que anunciaba, la salvación que ofrecía. Su camino acabaría en la pasión y en la cruz, aunque bien sabemos que todo no se quedó ahí porque le contemplamos resucitado y triunfador.

Era lo que había sucedido con los profetas, sucedió incluso con Juan Bautista, el precursor, ha sucedido en todos los tiempos con los apóstoles enviados en el  nombre del Señor y nos puede suceder a nosotros cuando queremos caminar en caminos de fidelidad total al evangelio.

Recordemos lo que hemos escuchado en la primera lectura, del profeta Ezequiel. ‘Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde… te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’. No fue fácil la misión del profeta, como lo fue la de todos los profetas. 

En ese sentido Pablo nos habla hoy de algo que le está costando mucho superar en su tarea y le pide al Señor que le libere de ello, pero el Señor le ha respondido ‘te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad’. Hermosa la reflexión que nos hace el apóstol. Grandeza del mensaje de Dios que se manifiesta en la debilidad porque la fuerza está en Dios que es el que da el verdadero valor.

¡Cuánto nos cuesta acoger y escuchar a Jesús sobre todo cuando vamos con nuestras propias ideas o expectativas! A Jesús no lo podemos encasillar en nuestros esquemas. Su mensaje no es un mensaje que sea para contentarnos. Y no es ya el mundo ajeno a la Iglesia que nos rodea a quien le gustaría escuchar otra cosa, sino que nosotros mismos tantas veces endurecemos nuestro oído o nuestro corazón ante el mensaje que nos ofrece el evangelio y también quisiéramos hacerle decir a Jesús, o hacerle decir a la Iglesia cosas que nos contenten o halaguen.

Nos encontramos muchos ‘doctores’ (y lo pongo así entre comillas con la expresión que hoy se emplea) en todos los ámbitos de la sociedad - y cómo se aprovechan de los medios de comunicación -, que quieren decirle a la Iglesia lo que tendría que enseñar. Todo el mundo quiere opinar, todos quieren hacer sus interpretaciones y cuando la Iglesia es fiel a su mensaje buscan la manera de descalificarla, de decir que está viviendo en las nubes (por decirlo de una manera suave) y que la Iglesia tendría que adaptarse y bajar el listón de sus exigencias, y cuando no pueden hacerlo de otra manera tratan de desprestigiar a quien lleva el mensaje para enturbiar la misión y la tarea de la Iglesia. ¿Se sentirán desconcertados porque no es el mensaje que les halague o les guste escuchar?

Si lo hiciéramos así, contentando a todo el mundo, dejándonos llevar por lo que le agrada a la gente, ¿estaríamos en verdad anunciando el mensaje de Jesús o nuestro propio mensaje? Tenemos que ser fieles al mensaje de Jesús y ya el Espíritu Santo nos va guiando y fortaleciendo en la misión que hemos de realizar, porque el mensaje de Jesús sigue siendo el mensaje de salvación para el hombre de hoy. No nos tenemos que asustar de lo que podamos encontrarnos en contra. Recordemos lo citado del profeta, pero también lo que el mismo Jesús nos anunció en el evangelio. ‘Pero el poder del infierno no la derrotará’. Nuestra fidelidad al mensaje de Jesús está por encima de los desconciertos del mundo.

Decía el evangelio que Jesús no hizo en Nazaret ningun milagro, salvo curar a algunos enfermos imponiéndoles las manos, por su falta de fe. Es la fe que tenemos que despertar en nuestra vida. Si muchas veces nos dejamos seducir por esas ideas del mundo, de las gentes que nos rodean, en referencia a todo lo que tendría que ser la Iglesia y su mensaje, es porque quizá también se nos ha debilitado nuestra fe. Muchas veces nos pueden faltar esos ojos de fe para descubrir el verdadero sentido de la Iglesia. 

No la podemos mirar como una organización mundana más, como una sociedad civil o cualquier asosiación, como una ONG, como se dice ahora. No es la mirada ni la consideración de un creyente sobre lo que es la Iglesia el verla asi. Es el sacramento universal de salvación que Cristo nos ha dejado para que vivamos en verdadera comunión de fe y de amor y así podamos llevar a vivir nuestra comunión con Cristo. En la Iglesia se nos manifiesta el Misterio de Cristo porque a través de ella nos llegará la Palabra de Dios y los sacramentos de nuestra salvación que en ella celebramos. Es el Cuerpo Místico de Cristo al que nos sentimos unidos como los sarmientos a la vid para que a través de ella nos llegue a nosotros la gracia divina de la salvación.

Por eso decíamos que tenemos que despertar nuestra fe. Necesitamos esa fe viva para que Cristo actúe con su gracia en nosotros. Con esos ojos de fe descubriremos en verdad todo el misterio de Cristo; con esa fe podremos escuchar su Palabra como mensaje de salvación para nuestra vida; con esa fe vivimos nuestra comunión de Iglesia que nos hace entrar en una comunión mas grande y profunda con el Señor; desde esa fe iremos creciendo más y más en el conocimiento de Cristo hasta llegar a unirnos plenamente con El, a configurarnos con El para ser una solo cosa con El viviendo su misma vida.

Si abrimos nuestro corazón a la fe cuántas maravillas realizará Dios en nosotros. Entonces podremos también nosotros, desde nuestra pequeñez y debilidad, hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo que nos rodea, tarea y misión que Cristo nos ha confiado. Y lo hacemos con fidelidad.


sábado, 7 de julio de 2012


No malogremos el vino nuevo que Dios nos ha regalado
Amós, 9, 11-15; Sal. 84; Mt. 9, 14-17

Cada vez me hago la pregunta con más frecuencia y también con más fuerza ¿por qué los cristianos damos con tanta frecuencia aires de tristeza y de luto? Tendríamos que ser las personas más felices del mundo, a pesar de que en muchas ocasiones las cosas no marchen bien, haya muchos problemas a nuestro alrededor o en nosotros mismos, porque en nosotros se supone que hay fe y hay esperanza. Y una persona con fe y esperanza no puede manifestarse nunca llena de amargura. Ponemos nuestra confianza en el Señor. Con nosotros está el Señor.

Me surge este pensamiento con el que inicio esta breve reflexión precisamente a partir del evangelio proclamado hoy. Le vienen a preguntar a Jesús por qué sus discípulos no ayunan si lo hacen los discípulos de Juan y los fariseos. ‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los discípulos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ La forma en que ellos hacían el ayuno estaba llena de aires de luto y de tristeza. Además había que poner cara, llamémosla así, de circunstancias para que todo el mundo notara que estaban haciendo ayuno. Por eso en otro momento nos dirá Jesús que cuando ayunemos nos lavemos la cara y nos echemos perfume para que nadie note ese ayuno sino el Padre del cielo.

‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?’, pregunta Jesús. Unas referencias a las fiestas de la boda que se celebraban con toda alegría. Pues los que creemos en Jesús hemos de tener siempre esa alegría. El ‘novio’ está con nosotros, Jesús está con nosotros. ‘¿Y quién podrá separarnos del amor de Dios?’, que se preguntaba el apóstol Pablo en una de sus cartas. Nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor de Dios.

Tenemos a Jesús con nosotros y nuestra vida tiene que ser distinta, en consecuencia, y siempre con la alegría de la fe y de la esperanza. El nos ha prometido que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Para eso nos da su Espíritu para que podamos apreciar su presencia, sentir su presencia en todo momento, que además en momentos especiales se hace sacramento y es especial presencia del Señor, como lo es en la Eucaristía.

Teniendo a Jesús con nosotros todo ha de ser distinto. De ahí las imágenes que nos propone a continuación. Nos habla de vino nuevo y de odres nuevos. Tenemos el vino nuevo del Reino de Dios; tenemos el vino nuevo de la gracia y de la presencia de Jesús. Nuestro odre, nuestra vida tiene que ser nueva. De ahí que san Pablo nos dirá que somos hombres nuevos, los hombres nuevos de la gracia, los hombres nuevos llenos de la vida divina que nos hace hijos de Dios. ‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, nos dice el Señor… el vino nuevo se echa en odres nuevos’. No malogremos en nosotros el vino nuevo, la vida nueva de la gracia que Dios nos ha regalado.

Por eso como decíamos al principio no caben en nosotros las tristezas y las amarguras porque tenemos al Señor con nosotros. No nos quita eso la lucha que hemos de mantener por superarnos que muchas veces será costosa. Pero no nos falta la gracia del Señor. Es nuestra fe. Es nuestra esperanza. Es la confianza que ponemos en el Señor. 

El cristiano es siempre el hombre de la Pascua. Y quien ha vivido la Pascua del Señor se sentirá renovado y renacido; quien ha vivido la alegría pascual de la resurrección del Señor, sabe que habrá de pasar por la muerte, será purificado en el sufrimiento, pero al final siempre está la luz, está la vida nueva, porque está el Señor. Eso es vivir el misterio pascual en nosotros. Y la alegría con que celebramos la fiesta de la resurrección del Señor no es la fiesta de un día, es la alegría que siempre ha de estar presente en la vida del cristiano. Caminamos hacia la plenitud total que un día en la vida eterna con el Señor podremos alcanzar.

viernes, 6 de julio de 2012


Dios viene a buscar a todo hombre sin ninguna diferencia  ni distinción

Amós, 8, 4-6.9-12; Sal. 118; Mt. 9, 14-17
En las dos partes que componen este episodio del evangelio que nos acaba de relatar Mateo se nos viene a manifestar cómo Jesús viene en nuestra búsqueda, en la búsqueda del hombre, cualquiera que sea la situación que nosotros vivamos.
La actitud de los fariseos y los escribas nos refleja la actitud discriminatoria con que tendemos a ir fácilmente por la vida; nos es muy fácil hacer distinciones y separaciones, porque nos cae bien o no una persona, porque es de esta condición o de la otra, porque ha hecho o no ha hecho no sé qué cosas, y así una lista interminable de diferenciaciones y distinciones que nos llevan a aceptar o no aceptar a los demás.
Pero, como decíamos, es otra cosa la que hace Jesús y lo que nos enseña. Si el meollo de su evangelio es el amor, porque es en eso en lo que quiere que nos distingamos, en lo que resplandezcamos nosotros, el amor no hace distinciones. Y El que ha venido a salvar al hombre, precisamente nos ama aunque nosotros seamos pecadores, Esa es la grandeza y la maravilla de su amor.
Llamará con una vocación especial, y formará del grupo de los Apóstoles a los que va a confiar una misión muy especial y concreta en su Iglesia, a un recaudador de impuestos, un publicano, un pecador como era considerado entre los judíos. Pero también es de destacar la presteza con que Mateo responde a la llamada e invitación del Señor. ‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’,
Era un publicano, ¿un pecador?, al menos así era considerado, pero sin embargo está pronto para responder a la llamada del Señor. Ya dirá Jesús en otro lugar del evangelio que las prostitutas y los publicanos se nos adelantarán en el Reino de los cielos. Jesús va a buscar al hombre; Jesús quiere salvar al hombre. Jesús se lleva consigo, piensen lo que piensen sus contemporáneos, a un publicano para hacerlo del grupo de los Apóstoles.
En la segunda parte del episodio vemos cómo Mateo sienta a su mesa a Jesús y sus discípulos y con ellos estarán los que hasta entonces eran sus compañeros de profesión y sus amigos. Pero esto provocará la reacción de los fariseos. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Es el comentario, la murmuración, la crítica que están haciendo allá por detrás.
El médico viene para los enfermos, no para los que se creen sanos. Es la respuesta de Jesús. Es la actitud de Jesús, es la búsqueda que Jesús está haciendo del hombre para ofrecerle su salvación. Nos ama el Señor no porque nosotros seamos buenos, sino para llenarnos de amor y de su bondad. Ninguno de nosotros puede considerarse tan perfecto como para exigir el amor del Señor, porque todos somos pecadores. Y nos gozamos con el amor del Señor. Y aprendemos del amor del Señor. Y queremos actuar con el amor del Señor. Es la gran lección que no podemos olvidar. Es la nueva forma con que hemos de tratar a los demás, a todos sin distinción. Qué distintas serían nuestras mutuas relaciones si fuéramos actuando así en la vida. Nos sentiríamos todos hermanos de verdad sin importarnos  ninguna otra cosa o condición.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos dice el Señor y nos invita a ir a El para aprender de El que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Pongamos misericordia en el corazón y alcanzaremos misericordia, como nos dice en las bienaventuranzas Jesús. ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. El camino de la mejor ofrenda que podamos presentar al Señor pasa necesariamente por la misericordia y el amor. Podemos ofrecer las cosas más hermosas, pero si no hay misericordia y amor en nuestro corazón no serán gratas al Señor.  

jueves, 5 de julio de 2012


Ponte en pie… tus pecados están perdonados
Amós, 7, 10-17; Sal. 18; Mt. 9, 1-8

‘Al ver esto, la gente se quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal poder’. ¿Por qué estaba la gente sobrecogida? No era ya solamente el milagro que Jesús había realizado de curar al paralítico y hacer que pudiera caminar por sí mismo. ‘Ponte en pie, le había dicho,  coge tu camilla y vete a tu casa’. 

Ya habían visto los milagros de Jesús y hemos contemplado como la gente admirada daba gloria a Dios. Pero no sólo es el milagro, porque había causado mucho asombro lo primero que Jesús había dicho y había hecho. ‘¡Animo, hijo! Tus pecados quedan perdonados’. Habían causado revuelo aquellas palabras de Jesús, aquel atrevimiento de Jesús. Le había dicho que le eran perdonados sus pecados. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? se preguntaban, y por allí escandalizados los letrados y fariseos habían dicho que Jesús blasfemaba. Era algo fuerte lo que estaban diciendo, porque si el juicio seguía adelante podían apedrear a Jesús que era lo que se hacía con los blasfemos.

No terminaban de entender el misterio de Jesús que se iba revelando. Allí se estaba manifestando cuál era en verdad la misión redentora de Jesús, cuál era el verdadero sentido del Mesías prometido y anunciado. Cuando Dios, desde el pecado del paraíso, había prometido la salvación, el triunfo sobre el mal y el pecado, esa era realmente la misión del Mesías. Vendría como Redentor y Salvador. Vendría a traernos la gracia y el perdón. 

Lo que Jesús iba realizando en signos a través de los milagros, lo que anunciaba cuando anunciaba y explicaba lo que era el Reino de Dios que había de constituirse era la reconciliación con Dios; y esa reconciliación con Dios sería posible, no por lo que nosotros hiciéramos, sino por el perdón y el amor que Dios nos ofrecía. Nos volvemos nosotros a Dios, pero es realmente Dios el que viene a nosotros con su amor. Es lo que nos ofrece Jesús. Lo que hasta ahora ha ido realizando en los milagros que hacia era anunciarnos esa renovación total de nuestra vida, levantándonos de la peor de las postraciones en los que podríamos encontrarnos, que es la postración del pecado.

Ahí está Jesús como Salvador y Redentor. Ahí está diciéndonos Jesús cuál es el regalo más grande que nos ofrece Dios. Su perdón, el perdón de los pecados, para que caminemos a la reconciliación con El. No ha de extrañarnos ni hemos de escandalizarnos, como le sucedía a aquellos letrados y fariseos; hemos de asombrarnos y quedarnos sobrecogidos, sí, por la maravilla que nos ofrece, por el perdón que nos regala, por la paz que viene a dar a nuestro corazón, por la alegría grande que se ha de producir en nuestra vida.

Vayamos hasta Jesús con nuestra postración, con la invalidez de la que hemos llenado nuestra vida con el pecado, con la muerte que arruina nuestra vida para que en El encontremos el perdón, la paz, el amor, la gracia, la vida. Humildes nos postramos ante El; nos dejamos conducir hasta El. Aquel hombre postrado en su camilla se dejó hacer, se dejó conducir por aquellos que con fe lo llevaron hasta los pies de Jesús. 

San Lucas cuando nos narra este episodio nos da más detalles, porque habrá que saltar muchas dificultades, 
hasta romper el techo de la casa, para hacer llegar hasta Jesús al paralítico. Saltemos por encima de las dificultades, veamos la gracia de Dios que mueve corazones y mueve también nuestro corazón. Cuántas cosas como impedimentos nos retraen tantas veces impidiéndonos acercarnos al Señor. Superemos esas dificultades, esos obstáculos para que lleguemos hasta el Señor. Dejémonos transformar por su gracia, para que renacidos a la vida con el perdón vayamos por el mundo alabando a Dios que hace tales maravillas, que hace posible que podamos recibir su perdón en el ministerio de la Iglesia. 

Ponte en pié nos dice a nosotros también el Señor. No nos quiere postrados, no nos quiere hundidos, no  nos quiere atados ni esclavizados a nada, nos quiere libres, llenos de gracia, de amor, de alegría, de paz cantando la alabanza del Señor.