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domingo, 28 de junio de 2015

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29; 2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43
Desde la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo nos invita Jesús a hacer un camino o, más bien podemos decir, que es Jesús mismo el que viene a nosotros para acompañarnos en ese camino de nuestra vida para ser luz en esas situaciones concretas que vivimos con su presencia y con su Palabra. Siempre decimos que la vida cristiana es un camino que hacemos, pero que no es ajena a las circunstancias concretas que vivimos en cada momento con sus luchas, sus alegrías, sus sufrimientos, la enfermedad que nos puede ir apareciendo o la misma muerte que un día pondrá fin a esta vida terrena. En cada una de esas situaciones hemos de sentir que Jesús camina a nuestro lado y es nuestra luz y nuestra fuerza.
Se le acerca un hombre, un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo y viene a suplicarle por su niña que está en las últimas. Situaciones de muerte, de oscuridad, como tantas que nos encontramos en la vida. ‘Ven, le suplica, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él’. Había mucha gente, lo apretujaban. Jesús va caminando con Jairo allí donde está la gente, allí donde está la vida de cada día son sus luchas y sus esperanzas, con sus sufrimientos y con sus trabajos.
Como camina con nosotros, allí donde es nuestra vida, también llena de muchas cosas, o quizá vacía de lo más importante; nuestra vida con sus oscuridades, con nuestros deseos y ganas de vivir, también con aquellas cosas que nos hacen sufrir y nos llenan de dudas y nos hacen tambalearnos muchas veces en el camino. Nos agarraríamos a lo que fuera. ¿No nos ha pasado? Buscamos, anhelamos, nos dejamos arrastrar por muchas cosas que pueden ser cantos de sirena, nos llenamos de dudas y nos preguntamos por el sentido de la vida y de lo que somos; unas veces nos creemos importantes y otras veces nos creemos que no valemos nada porque la vida nos puede parecer un sin sentido; en ocasiones nos parece sentirnos solos y se nos cierran los ojos para no ver esa presencia que nos llena de luz.
Una mujer por el camino que se encuentra atormentada en sus sufrimientos a los que no ve ninguna salida - se había gastado toda su fortuna buscando remedios - se acerca a Jesús porque ya es la última esperanza que le queda. Espera el milagro; si es tan poderoso con solo tocarle me quedaría curada, piensa y lo hace. ‘Se acercó por detrás y le tocó el manto’. Y sintió que se transformaba por dentro, pero aún seguían los temores. ‘¿Quién me ha tocado?’ dice Jesús. Y al principio no se atreve a dar el paso al frente. Al final se acercó asustada y temblorosa. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Valora Jesús la fe de aquella mujer. ‘Tu fe te ha curado’. Pero no se ha curado solo su cuerpo. Se acabaron sus temores. Reconoció la maravilla que Dios había hecho en ella. Se llenó de paz. Llegó la salud, pero que no era ya solo la salud de su cuerpo desapareciendo aquellas hemorragias. La salud nueva que tenía la mujer era otra cosa. Se había transformado. Se había llenado de la paz.
Lo necesitamos. En las luchas y los sufrimientos de cada día. No es que se acaben las luchas o los sufrimientos. Es que no perdamos la paz. Es que llenándonos de Dios desde esa fe que tenemos en El, esas luchas o esos sufrimientos tengan otro sentido, otro valor. El cáliz tendremos que pasarlo, aunque pidamos el milagro, pero hemos de aprender a poner nuestras vidas en las manos de Dios y estando Dios con nosotros no nos ha de faltar la paz.  Qué sentido más hermoso hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos, a nuestras enfermedades.
El camino sigue y no nos faltarán sombras. Ahora le anuncian a Jairo que para qué molestar al Maestro porque la niña ha muerto. Todo parece que se derrumba y vuelven a aparecer en la vida toda clase de temores. Nos queda un apoyo que no podemos perder, la fe. ‘No temas, basta que tengas fe’. Es la Palabra de Jesús de la que hemos de fiarnos porque va a ser la única luz que nos va a guiar.
Aunque a nuestro alrededor no lo vean así tan claro y traten de persuadirnos de lo contrario o hasta se burlen de nosotros por nuestra fe. Ante el alboroto que se había formado en la casa - ya habían llegado hasta las plañideras que tenían como función llorar - Jesús les dice que El viene a traer la vida. Que la muerte es otra cosa que lo que nosotros pensamos. Que tendrían que ser otras las sombras que tendrían que preocuparnos y por las que llorar.
‘Se reían de él’, dice el evangelista. Cuántas veces nos sucede así. No entienden de nuestras esperanzas; cuesta entender ese sentido nuevo de la vida que Jesús nos ofrece; nos parece difícil darle verdadera trascendencia a nuestra vida porque nos quedamos solo en lo que podemos palpar con nuestras manos, lo más inmediato. Cuando allí donde todos ven sombras nosotros decimos que hay luz porque hay esperanza, porque hay algo nuevo que se puede hacer, porque tenemos que olvidarnos más de nosotros mismos o de nuestras cosas terrenas para pensar en los demás o para darle ideales altos y grandes a la vida, es algo que no se entiende, nos pueden llamar soñadores o decirnos que estamos locos.
Pero Jesús va caminando a nuestro lado haciéndonos ver esa verdadera luz, ese verdadero sentido; Jesús va a nuestro lado y también no está diciendo, no te quedes postrado, levántate, tienes vida y tienes que llevar vida a los demás. Y Jesús nos toma de la mano, es nuestra fuerza, nos da su Espíritu, nos resucita y nos llena de vida.
Veamos de verdad a Jesús caminando a nuestro lado y todo será luz, todo tendrá un sentido y un valor distinto, no nos faltará la paz, no nos faltará la vida. Qué distinta es la vida; cuánto podemos hacer; cuánto tenemos que hacer. ‘Basta que tengas fe’. Que Jesús alimente nuestra fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe.

martes, 3 de febrero de 2015

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; San Marcos 5, 21 – 43
‘No temas, basta que tengas fe’, le dice Jesús a Jairo, cuando le entran dudas si ya merecerá la pena que Jesús llegue a su casa, porque le anuncian que la niña ya se ha muerto. ‘Basta que tengas fe’. Nos sucede muchas veces.
Todo el episodio que hoy nos narra el evangelista es una invitación a poner toda nuestra fe en Jesús. Con fe aquel jefe de la sinagoga, que conocemos por el nombre de Jairo por el relato paralelo de otro evangelista, ha llegado hasta Jesús pidiéndole: ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’.
Mientras van de camino otra mujer se acerca con fe a Jesús ‘pensando que con solo tocarle el vestido curaría’. Lleva muchos años con hemorragias que no se curan, se ha gastado toda su fortuna acudiendo a los médicos que le den remedios para curarse; ahora ha oído hablar de Jesús y con fe se acerca hasta Jesús para tocarle la orla de su manto. Y se curó. ‘Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Finalmente las palabras de Jesús a Jairo cuando le entran las dudas. ‘Basta que tengas fe’, y llegan a la casa y toma a la niña de la mano y la levanta llena de vida.
Con fe acudimos a Jesús nosotros también. Aunque a veces nos entra la tentación de la duda, quisiéramos tener la fe de aquella mujer para llegar hasta Jesús y al menos tocarle la orla de su manto. Quisiéramos que Jesús llegara hasta nosotros y también nos tendiera su mano, nos cogiera de la mano como a la niña de Jairo para levantarnos llenos de su vida, de su paz, de su salvación. Nos puede parecer en alguna ocasión hasta imposible lo que le pidamos a Jesús en nuestras dudas e inseguridades, pero con el Señor hemos de sentirnos seguros, porque nos sentimos amados.
Nos puede suceder como en este episodio que los que están en nuestro entorno nos hacen dudar. A la mujer casi le era imposible llegar hasta Jesús por la gente que se arremolinaba al lado de Jesús. Pero queremos llegar hasta El, que nada ni nadie nos lo impida. Queremos tocar la orla de su manto, queremos agarrarnos fuerte a Jesús para que nada nos separe de El. Que nada nos perturbe ni nos quite la paz. Aquella mujer porque mantuvo firme su fe en Jesús y se atrevió incluso a tocarle el manto, marchó curada y llena de paz. Es lo que queremos pedirle al Señor.
Por allá llegaron algunos a decirle a Jairo que ya no merecía la pena que Jesús llegara a su casa porque no había nada que hacer. ¿Quién tiene la última palabra? ¿Nosotros con nuestros razonamientos algunas veces mezquinos o Jesús? Fiémonos de Jesús. Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, con su Palabra, con su mano tendida, con su amor y su paz y podremos comenzar a vivir una vida nueva y en paz. Que nos tienda su mano y nos levante. Que crezca así nuestra fe. Que nos llenemos de su nueva vida.

lunes, 7 de julio de 2014

Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida

Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida

Os. 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26
Mientras unos realizaban un camino de fe y de esperanza otros estaban obcecados con las oscuridades de la muerte y las palabras y la presencia de Jesús parecía que no les servían de nada.
Jairo se puso en camino hasta Jesús porque había fe en su corazón y ante la respuesta de Jesús de ir hasta su casa su corazón se llenó también de esperanza; creía y confiaba. Creía y confiaba también aquella mujer que tenía la certeza de que con solo tocar el manto de Jesús podía curarse de su mal con el que se sentía impura y pecadora. Pero tenía la esperanza cierta de que en Jesús encontraría la salud que tanto ansiaba. ‘¡Animo, hija! tu fe te ha curado’, le dice Jesús.
Otros se sentían envueltos en tintes de muerte, de luto y de llanto. ‘Cuando Jesús llegó a la casa de Jairo - Mateo solo dice el personaje, pero bien sabemos por los otros evangelistas que era Jairo - y, al ver los flautistas y el alboroto de la gente por la muerte de la niña y que ya preparaban el duelo, dijo a la gente: ¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida. Y se reían de El’.
No tenían ni esperanza en sus corazones. Todo estaba envuelto por los tintes de la muerte. Cuantas veces nos pasa que nos resistimos a creer y a tener esperanza. En muchos aspectos de la vida nos sucede. Ya sea en los problemas de cada día, de nuestras luchas y trabajos, ya sea por la situación por la que pasa nuestra sociedad con sus crisis de todo tipo, ya sea en nuestra vida personal y espiritual, hay ocasiones en que nos parece verlo todo negro y que no hay salida. Cuando alguien nos habla de que puede haber una luz al final del camino, que las cosas se pueden solucionar, que hemos de tener más confianza, más esperanza, no lo aceptamos; quizá los llamamos ilusos porque decimos que nosotros con nuestras negruras somos los más realistas.
La fe y la esperanza son una hermosa luz que nos ayudan en nuestro caminar. Cuando nos falta luz y todo está oscuro no sabemos distinguir los colores; es como si no existieran; pero si nos entra un rayo de luz, por pequeño que sea, comenzaremos a distinguir bien las cosas que hay en nuestro entorno, para ver y distinguir sus formas, para apreciar sus colores, para gozarnos de la belleza de las cosas que cuando estábamos en la oscuridad no podíamos distinguir. Así la fe en nuestra vida nos hacer ver la vida misma con un nuevo color y con una nueva belleza.
Jesús viene a nuestro encuentro sea cual sea la situación en la que nos encontremos; se deja encontrar por nosotros, como le sucedió a Jairo, como le sucedió a la mujer de las hemorragias, y camina a nuestro lado. Nos puede suceder como a los discípulos de Emaús en la tarde de la resurrección que no se daban cuenta de que quien caminaba con ellos era el Señor, pero hemos de abrir los ojos, porque el Señor nos pone señales para que le descubramos, para que no nos falte la luz, para que nos pongamos a caminar con empeño, con ilusión y con esperanza. No nos dejemos cegar por esas oscuridades que nos aparecen en el camino de la vida sino descubramos la luz que nos viene de Jesús y que viene para todas nuestras situaciones y problemas, sean del tipo que sean.
Pidamos al Señor que no nos falte esa luz de la fe y de la esperanza en nuestra vida. Desde nuestra fe en Jesús vemos las cosas con un nuevo color, con un nuevo sentido. Y hasta aquellas cosas que nos pueden parecer dolorosas adquieren un nuevo sentido y valor. Sabiéndonos fortalecidos por el Señor en esa fe que en El tenemos, como la mujer de las hemorragias del evangelio, tenemos la certeza de que nuestra vida puede cambiar, que nuestro mundo lo podemos hacer mejor.
Tengamos la decisión de acercarnos a Jesús con toda confianza y veremos que nuestra vida se llena de luz porque se ve inundada con su salvación. Como Jairo, como aquella mujer que se acercó a Jesús. Sentiremos su salvación porque Jesús estará siempre de nuestra parte para llenarnos de luz y de vida.

martes, 4 de febrero de 2014



Cercanía de Jesús, encuentro vivo con Jesús y en El por la fe encontraremos siempre vida

2Sam. 18, 9-10.14.24-25.30 - 19, 3; Sal. 85; Mc. 5, 21-43
Cercanía, encuentro personal, sufrimiento, dolor, enfermedad, muerte, vida, fe, confianza absoluta. Son casi como una lluvia de palabras a subrayar o de pensamientos que surgen al escuchar este texto del evangelio y que tanto podrán ayudarnos en nuestra vida. Fijémonos con detalle en el texto que se nos ha proclamado.
‘Jesús llegó de nuevo a la otra orilla y se le reunió mucha gente a su alrededor’. Hasta Jesús se acerca un hombre traspasado por el dolor pero con una confianza total en Jesús; era el jefe de la sinagoga, Jairo, que tenía una hija gravemente enferma. ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva’, le suplica lleno de fe. ‘Y Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba’.
En medio de esa gente una mujer también con sus padecimientos pero con una confianza grande en la salud que podía encontrar en Jesús. ‘Pensaba que con solo tocarle el manto por detrás curaría’. Y así fue. Pero Jesús quiso tener un encuentro personal y directo. ‘¿Quién me ha tocado el manto?’ Por allá están los discípulos que no entienden la pregunta del maestro. ‘Ves como te apretuja la gente y preguntas ¿Quién me ha tocado?’ No eran solo los apretujones de la gente. Había sido algo distinto. ‘Jesús había notado que había salido fuerza de El… y la mujer se acerca asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado’. Ella ya se sentía curada, pero pensaba quizá que todo quedaría en el anonimato. Lo confesó todo, pero recibió la alabanza de Jesús. ‘Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Pero la escena continúa y para cuando llegan a casa del jefe de la sinagoga  la niña ya ha muerto. ‘¿Para qué molestar más al maestro?’ le anuncian a Jairo. Pero allí está  la palabra de Jesús para sostener la fe y la esperanza de aquel hombre. ‘No temas, le dice Jesús, basta que tengas fe’. Seguimos contemplando la cercanía de Jesús atento a las inquietudes y dudas que nos puedan surgir para ayudarnos a mantener siempre viva nuestra fe. Alabó la fe de aquella mujer que con tal confianza se había acercado a El esperando la salud y lo único que le pide ahora a Jairo es que mantenga viva esa fe, aunque pudieran aparecer los nubarrones de la muerte.
‘La niña no está muerta, está dormida’, le dice a los que ya lloran la muerte de la niña. No entienden sus palabras pero Jesús viene para despertarnos a la vida, para despertarnos a la fe que nos hará tener una nueva vida. Se acerca a la niña, acompañado solo de los padres y los tres discípulos a los que ha invitado a acompañarle, y la toma de la  mano. ‘Talitha qumi, le dice, contigo hablo, niña, levántate’. Y la niña se levantó ‘Y se quedaron viendo visiones’, dice el evangelista.
Cercanía de Jesús, encuentro vivo con Jesús y en El encontraremos siempre vida. Muchos serán los sufrimientos o mucha será el mal o la muerte que hemos dejado introducir en nuestra vida, pero si con fe nos acercamos a Jesús nos va a llenar siempre de vida. Nos podemos sentir temerosos o abrumados muchas veces a causa de ese mal y de ese pecado de nuestra vida, pero tiene que estar al mismo tiempo la confianza total en Jesús porque siempre sentiremos el calor de su amor. ‘Tu fe te ha curado’, le dijo a la mujer de las hemorragias; ‘basta que tengas fe’, le dice ahora a Jairo. Tratemos de escuchar sus palabras y sentiremos su amor que despierta nuestra confianza. Nos lo dice también a nosotros. Y nos llenaremos de vida; y llegará la salvación a nuestra vida.
Nos acercamos nosotros a Jesús, vamos como Jairo o como aquella mujer buscando la salud, deseando la salvación, pero es Jesús el que va a detenerse junto a nosotros para hacernos llegar su palabra, para afianzarnos fuertemente en nuestra fe, para tocar nuestra vida con su gracia y transformarnos totalmente llenándonos de vida nueva. Qué viva y qué intensa tiene que ser nuestra oración; con qué fe hemos de acudir a El; con qué seguridad nos sentimos que vamos a ser escuchados.
Demos gracias a Dios por nuestra fe, esa fe que nos salva y nos llena de vida.

lunes, 8 de julio de 2013

Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados

Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados

Gén. 28, 10-22; Sal. 90; Mt. 9, 18-26
‘¡Animo, hija! Tu fe te ha curado’, le dice Jesús a aquella mujer que con fe se ha acercado a Jesús y se ha atrevido a tocar la orla de su manto para curarse.
¿Cómo no iba a sentir una alegría grande en el alma, lo mismo que Jairo cuando su hija vuelve a la vida? Es lo que comentábamos el pasado sábado al hilo de las palabras de Jesús cuando le vienen a preguntar por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían los discípulos de Juan y lo fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto, estar tristes, los amigos del novio, mientras el novio está con ellos celebrando la fiesta de bodas?’
No caben las tristezas en nuestra fe. En el Señor nos sentimos salvados. Quien es salvado de un inminente peligro se llenará de alegría y le querrá manifestar de mil maneras su agradecimiento y su gozo a quien lo haya salvado. Pensemos en quien está a punto de morir ahogado, por ejemplo, quien se despeña por un barranco, pero en el último momento aparece una mano salvadora que lo libra de aquel peligro y muerte segura. Cuántas serán las manifestaciones de alegría.
No nos extraña lo que nos decía el evangelista al final del texto del evangelio que acabamos de escuchar. ‘La noticia se divulgó por toda aquella comarca’. La alegría de la mujer liberada de aquella enfermedad y hemorragias, el gozo grande de aquella familia que había visto ya muerta a su hija, pero que ahora podían sentirla llena de vida junto a ellos tenía que divulgarse, tenía que correr de boca en boca para que todos la conocieran y participaran de esa alegría.
La mujer había acudido llena de fe y ahora Jesús alababa su fe. ‘Tu fe te ha curado’. Aunque temblorosa se había atrevido primero a tocar el manto de Jesús por detrás y luego, al verse descubierta, a reconocerlo. Ella lo sabía, se lo decía su fe, que con solo tocar la orla de su manto llegaría esa gracia salvadora a su vida que la liberaría de la enfermedad y así con esa fe había llegado hasta Jesús.
Aquel personaje, del que Mateo no nos da nombre, aunque por san Lucas sabemos que se llamaba Jairo, había acudido lleno de confianza a Jesús con la certeza de que el más mínimo gesto de Jesús salvaría a su hija. ‘Mi hija está a punto de morir. Pero ven tú, pon la mano en la cabeza y vivirá’, le había pedido lleno de confianza a Jesús. Según el relato del otro evangelista mientras iban de camino les habían venido a decir que no molestaran más al maestro porque la niña había muerto, pero Jesús le había dicho que bastaba con que tuviera fe. Ahora cuando llegan a la casa se encuentran con los lloros de las plañideras y todo el alboroto que se produce en una hora así, pero Jesús los echa afuera porque les dice ‘la niña no está muerta sino dormida’. Algunos se ríen porque no creen en la palabra de Jesús, pero aquel hombre seguía confiando en Jesús y la niña volverá a la vida.
Jesús nos está pidiendo fe a nosotros también. Podemos acudir a El desde nuestros males y nuestras impurezas y pecados, desde nuestras muertes y oscuridades que sabemos que en El encontraremos siempre vida, luz, salvación. La imagen de la mujer con aquellos flujos de sangre, cosa que era para los judíos una impureza de la que había que purificarse, nos está hablando de la mancha de nuestro pecado del que Jesús viene a purificarnos. Jesús habla de la muerte como de un sueño, pero también nos hablará del pecado como de muerte en nuestra vida. Del sueño podemos despertar, pero de la muerte del pecado necesitamos resucitar y eso solo podemos hacer con Cristo cuando nos unimos a El en su misterio pascual, de su muerte y resurrección. Es la salvación que Jesús nos ofrece.

Pidamos con fe a Jesús esa resurrección para nuestra vida. Pidamos esa salvación reconociendo cuanto de muerte hay en nosotros a causa de nuestro pecado. Vayamos a Jesús para llenarnos de su gracia que El nos regala en sus sacramentos con los que nos hacemos participes de su muerte y resurrección, nos llena de la gracia salvadora para nuestra vida. Que no decaiga de ninguna manera nuestra fe en El.

martes, 5 de febrero de 2013


Aprendamos a decir Sí al misterio de Dios llenando de trascendencia la vida

Hebreos, 12, 1-4; Sal. 21; Mc. 5, 21-43
En este relato del doble milagro que realiza Jesús podemos descubrir hermosas enseñanzas que nos hagan crecer en nuestra fe y en nuestra vida cristiana. El carril por donde circula todo el relato del evangelio es la petición de Jairo de que cure a su hija que se está muriendo, pero surge en paralelo o en medio de dicho relato la curación de la mujer de las hemorragias que se atreve a acercarse a Jesús por detrás para obtener la curación de su mal.
En principio podríamos destacar la cercanía de Jesús para estar allí donde nosotros le necesitamos o donde El quiere ofrecernos su gracia y salvación. Allí está en medio de la gente a su regreso desde la otra orilla. ‘Se reunió mucho gente a su alrededor y se quedó junto al lago’. Pero allí está Jesús siempre atento al sufrimiento y necesidades de los demas, por lo que Jairo sabrá que allí puede encontrarlo. ‘Se le acercó un jefe de la sinagoga, llamado Jairo que se echó a sus pies rogándole con insistencia: Mi niña está en las últimas ; ven, pon tu mano sobre ella, para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba’.
Repetimos, Jesús en medio de la gente. Lo apretujaban. Eran muchos los que querían estar cerca de Jesús. Allí donde hay dolor y sufrimiento siempre encontraremos a Jesús. Por eso se acercan a Jesús los enfermos y los que sufren. Jesús se deja apretujar por cuantos se acercan a El. Tienen la seguridad y certeza de que en Jesús encontrarán lo que buscan. Una mujer se acerca por detrás; tiene la seguridad de que con solo tocarle la orla de su manto podrá curarse. Así se acerca a Jesús. así se sentirá curada.
Esa cercanía de Jesús hará deseable ese contacto físico. La mujer toca la orla del manto, pues quizá no se atreve a más. Jesús tomará de la mano a la niña de Jairo para levantarla. Como en tantos otros momentos, tocará con su mano al leproso para que se cure, tocará con sus dedos la lengua y los oídos del sordomudo, pondrá barro en los ojos del ciego, como hará soltar las vendas de Lázaro en su resurrección y así en tantos otros momentos.
Pero no es el milagro mágico;  nos estará mostrando esa cercanía de Jesús que va envuelta en ese ropaje de la delicadeza y del amor, pero que tiene que ir siempre precedida de nuestra fe. Con fe se había acercado Jairo a Jesús y cuando le digan que no moleste al maestro porque la niña ha muerto, Jesús le dirá que no tema porque basta con que tenga fe. Con fe se acercó a aquella mujer a tocar a Jesús y Jesús alabará su fe, la fe que le ha curado y que le hará ir de ahora en adelante en paz y con salud.
Jesús querrá despertar la fe en nuestros corazones, para que alejemos de nosotros toda duda o todo racionalismo que nos pueda alejar del misterio de Dios. Cuando se encuentra con las plañideras que pronto han venido ante la noticia de la muerte de la pequeña, les dirá que no está muerta sino dormida, aunque ellos no quieran comprender y más aún traten a Jesús como un iluso. Cuántas veces nos cegamos en nuestra fe, y solo queremos buscar pruebas o cosas que podamos palpar con nuestras manos. Cuantas veces nos llenamos de dudas para desconfiar del misterio de Dios que se nos manifiesta.
Tenemos que aprender a poner toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abriendo nuestro corazón a Dios y a las obras maravillosas que El quiere realizar en nuestra vida. Tenemos que saber poner a un lado todas esas certezas humanas, para saber decir sí al misterio de Dios y saberle dar trascendencia verdadera a nuestra vida. Al final los que antes dudaban ‘se quedaron viendo visiones’, porque ante la evidencia del misterio de Dios que se acercaba al hombre para salvarlo con su amor ya no cabían dudas ni desconfianzas.
El Señor también nos tiende su mano para que nos agarremos a El y nos levantemos de nuestras oscuridades y nos dejemos iluminar por la fe. Que sintamos también nosotros como aquella mujer del evangelio que a nosotros ha llegado la paz y la salvación.

lunes, 9 de julio de 2012


Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia…
Oseas, 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26

¿Qué buscamos en Jesús? ¿qué nos ofrece Jesús? Son, si queréis decirlo así, preguntas elementales, pero preguntas que hemos de tener muy presente en nuestro encuentro con Jesús. Importante, es cierto, lo que nosotros busquemos, lo que desea de la forma más pura nuestro corazón, pero importante, muy importante que tengamos claro qué nos ofrece Jesús. 

En el recorrido que hemos venido haciendo por el evangelio de san Mateo, que estamos leyendo en la eucaristía de diario en estas últimas semanas, aparte del gran mensaje del sermón del monte, en el actuar de Jesús hemos ido viendo qué es lo que El nos ofrece. Le hemos contemplado realizando milagros, como hoy mismo en el evangelio proclamado, pero son signos y señales de lo que en verdad Jesús quiere darnos. 

No es ya solamente la salud de nuestros miembros imposibilitados o nuestros cuerpos enfermos o limitados, - hemos visto curar al paralítico, liberar del espíritu inmundo al endemoniado, o curar a los leprosos, por citar algunos milagros - sino que siempre Jesús nos ofrece algo más. El viene a liberarnos del mal, y cuando nos libera de nuestras enfermedades o de las discapacidades que pueda haber en nuestros miembros o en nuestro cuerpo está hablándonos del mal más hondo que hay en nuestra vida y que nos quiere ofrecer. Y digo bien, nos quiere ofrecer, porque a nadie obliga sino que El se ofrece, ofrece su salvación a lo que nosotros hemos de responder. 

Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia, purificación interior. Hoy el evangelio habla de muerte y habla de liberarnos de toda impureza y maldad. Hace pocos días, el domingo pasado, escuchamos este mismo relato en el evangelio de Marcos que es más amplio y con mayores detalles. San Mateo es más parco en la descripción de este episodio. Como nos cuenta Mateo la niña ha muerto y Jairo viene a Jesús para rogarle que ponga su mano sobre ella y vuelva a la vida. Volverá a decir lo mismo Jesús de que la niña no está muerta sino dormida. La tomará de la mano y se la devolverá viva a sus padres. 

Por su parte lo que se nos relata de la mujer de las hemorragias es totalmente semejante. Pero podríamos pensar en un aspecto. El derramamiento de sangre, en este caso por una hemorragia, como tocar un cuerpo muerto o lacerado por algunas enfermedades, era para el judío una impureza. Quien se acercara a una persona en estas condiciones luego había de purificarse. Recordemos lo estrictos que eran en este sentido los judíos. Podíamos ver ahí como un signo del pecado del que Jesús quiere liberarnos. Bastará que la mujer toque a Jesús para que quede cura, para que se vea liberada de aquella impureza. 

Jesús viene a liberarnos del mal. Jesús viene a traernos la gracia y el perdón. Recordemos que cuando cura al paralítico lo primero que hace Jesús es perdonarle los pecados. Jesús viene a darnos la vida que ya no es solo la de nuestro cuerpo sino llenarnos de vida eterna. Jesús toma a la niña de Jairo y la llena de vida, la hace volver a la vida, la resucita. Como el acercarse a Jesús con fe y tocarle, aunque fuera solo la orla de su manto, significo para aquella mujer la curación y la liberación de toda impureza. Con Cristo hemos de resucitar nosotros a nueva vida. 

Con fe tenemos que acercarnos a Jesús. Y no temamos por muchos que sean nuestros pecados e infidelidades. El amor de Dios es fiel y es infinito. La profecía de Oseas que escuchamos hoy y en estos días en la primera lectura de eso  nos está hablando. De la fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, con confianza, con fe, con esperanza y poniendo mucho amor nos acercamos a Jesús. 
‘Animo, hija, tu fe te ha curado’, le dijo Jesús a la hemorroisa y nos dice a nosotros también.

domingo, 1 de julio de 2012


Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida
Sab. 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Cor. 8, 7-9.13-15; Mc. 5, 21-43

‘Ven, pon tu mano sobre mi niña que está en las últimas, para que se cure y viva’, suplica Jairo lleno de confianza en Jesús. Y aquella mujer con una fe grande, ‘acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría’. Son dos hechos que se entrecruzan en este relato del evangelio.

Y Jesús se pone en camino con Jairo, acompañado de mucha gente. ‘¿Quién me ha tocado el manto?’ pregunta mirando a su alrededor, cuando la mujer se ha acercado por detrás. Luego dirá a las plañideras que ya están allí con sus lloros y lamentos que la niña no está muerta, sino dormida. Y la tomará de la mano y la levantará, entregándosela a su padre. Con Jesús llega la vida, desaparece la muerte; con Jesús nos llenamos de luz, son vencidas para siempre todas las tinieblas.

Todo un recorrido, un camino de fe el que contemplamos en este relato del evangelio. El camino de fe de Jairo y la mujer de las hemorragias que puede ser también nuestro recorrido y nuestro camino. La fe y la confianza de quienes acuden a Jesús con sus penas y sufrimientos. Jairo suplicando por su hija; la mujer de las hemorragias con la confianza de que sólo tocando el manto de Jesús se curaría. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús cuando la mujer se postra asustada y temblorosa a sus pies al sentirse descubierta. 

Es la fe que Jesús quiere suscitar y que se mantenga firme. Cuando llegan anunciando que la niña ha muerto y parece que ya no merece importunarle más, porque no hay nada que hacer, Jesús le dirá a Jairo ‘no temas, basta que tengas fe’. La oscuridad de la duda, del temor, de lo imposible no puede envolver nuestra vida. Algunas veces, incluso en nuestras dudas, somos plañideras que no hacemos sino llorar porque es tanta nuestra oscuridad que se nos puede cegar el corazón y la fe. Hay que seguir confiando. Tantas veces nos llenamos de dudas, parece que de nada nos sirven nuestras súplicas o nuestras oraciones. Es una tentación por la que pasamos muchas veces. ‘Basta que tengas fe’. O como le dirá Jesús a Pablo según cuenta él en sus cartas ‘mi gracia te basta’. 

Ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento que lo que Dios quiere es la vida, que vivamos, que tengamos vida. ‘Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes…creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser…’ Para eso nos ha enviado a su Hijo, se encarnó y se hizo hombre para alcanzarnos la vida para siempre. Habíamos dejado entrar la muerte en la vida del hombre a causa del pecado, pero El viene a borrar todo pecado y a darnos vida. 

Quiere que tengamos vida y vida para siempre. Tanto es así que se hace pan y alimento nuestro y se nos da en la Eucaristía para que comiéndole tengamos vida eterna. ‘Quien me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre… el que come mi carne y bebe mi sangre, yo lo resucitaré en el último día…’ Recordamos lo anunciado en Cafarnaún. 

Este evangelio que hoy escuchamos y estamos comentando tiene que ser en verdad una Buena Noticia que despierte nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Queremos creer; queremos alejar de nosotros toda duda. Queremos llenarnos de su luz y de su vida. Tiene que ser una Buena Noticia que nos está anunciando vida y salvación para nosotros, que nos está haciendo llegar la vida y la salvación. 

Sentimos también que Jesús camina a nuestro lado, se acerca a nosotros allí donde estamos llenos de enfermedad o de muerte. Y quiere que caminemos seguros en búsqueda de esa vida que el quiere ofrecernos; que no temamos hacer como aquella mujer que se acercó a tocarle el manto, y nos acerquemos nosotros hasta el con todo esa oscuridad que muchas veces llevamos dentro. Y con El todo se va a transformar en nuestro interior, todo se va a llenar de luz y de vida. 

Tantas veces nos ha tomado de la mano para levantarnos; piensa cuantas veces nos ha regalado el sacramento que nos llenaba de alegría otorgándonos su perdón. Si rebuscamos en nuestro interior encontraremos muchísimos momentos de gracia, por los que quizá no siempre supimos darle gracias y reconocerlo. ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’, cantamos en el salmo y muchas veces tenemos que reconocerlo y decirlo.

Tantas situaciones difíciles por las que hemos pasado en la vida y de las que pudimos salir, muchas veces nos parecía que sin saber cómo, pero que si tenemos ojos de fe nos daremos cuenta que allí estaba el Señor ayudándonos y fortaleciéndonos con su gracia. Haz una lectura de tu vida con ojos de fe y serás capaz de reconocer este actuar de la gracia de Dios en ti. Que no nos ceguemos.

Pero es también Buena Noticia que estamos obligados a llevar a los demás. El mundo necesita buenas noticias que llenen los corazones de esperanza y de luz. Y nosotros no podemos cruzarnos de brazos ni encerrarnos en lamentaciones. Podemos tener la tentación de decir que nada se puede hacer en las situaciones difíciles por las que estemos pasando. Oímos hablar continuamente de demasiadas calamidades. Son muchos los sufrimientos que atenazan los corazones de mucha gente a nuestro alrededor. Y estamos obligados a llevar el mensaje de la Buena Noticia a los que nos rodean.

Jesús cuando Jairo le dijo que su niña estaba en las últimas no se contentó con bonitas palabras de consuelo – también las tendría con toda seguridad – sino que le escuchó y se puso a caminar junto a él para llegar hasta donde estaba la niña. Como luego se pondría a hablar con la mujer de las hemorragias o con los que lloraban la muerte de la niña. Detalles de Jesús que hemos de aprender.

Esa disponibilidad y esa acogida es algo que tenemos que aprender a hacer como Jesús poniéndonos al lado de tantos que sufren y seguro que el amor en el corazón nos inspirará muchas cosas que podamos hacer, al menos despertará en nosotros generosidad y solidaridad y en los que nos rodean con su dolor despertará esperanza. 

Cuando aprendamos a ser solidarios de verdad, a escuchar y a ponernos a caminar junto al hermano y cuando comencemos a compartir lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida, nuestro tiempo con el otro estaremos empezando a hacer un mundo nuevo y mejor. Serán pequeñas semillitas las que vayamos sembrando, pero si cada uno pone de su parte esa generosidad del corazón mucho será al final lo que podemos hacer y el mundo comenzará a transformarse. 

Tenemos que trasmitir vida, llevar vida a los demás, como lo hizo Jesús, porque solo desde el amor se realizará la verdadera transformación, primero de nuestras vidas, y luego también de todo nuestro mundo. ‘Talitha qumí’ tenemos que decir también a cuantos nos rodean con su sufrimiento o con las sombras de su vida, y tender la mano de nuestro amor para levantarlos y llevarles vida, la vida que nos ofrece y regala Jesús. Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida.

martes, 31 de enero de 2012


Gestos humanos que son signos de salvación nacidos de una fe profunda

2Samuel, 18, 9-10.14.24-25.30; 19, 3; Sal. 85; Mc. 5, 21-43
Contemplamos por una parte unos gestos muy humanos que se convierten en signos verdaderos y cauces auténticos de salvación y por otra la importancia de la fe en el encuentro vivo y personal con Jesús para hacernos llegar su salvación.
Unos gestos humanos llenos de cercanía y de confianza: la mujer que se acerca a tocar el manto de Jesús, aunque fuera sólo por detrás, la cercanía de Jesús que se pone a caminar junto a Jairo en su dolor y sufrimiento para llegar hasta su casa y la mano tendida de Jesús hacia la niña para levantarla de las sombras de la muerte y entregarla llena de vida a sus padres; junto a ello aparecen detalles como los de Jesús preocupándose de que le den de comer a la niña, el evitar todo alboroto innecesario en aquellas expresiones de duelo, o las palabras de aliento en todo momento, incluso cuando comunican la noticia de la muerte.
Todo, porque Jesús quiere llenarnos de su vida y para eso se acerca a nosotros con toda su humanidad. Caminos de humanidad que nosotros tenemos que aprender a recorrer para saber estar siempre al lado del que sufre y en una actitud generosa de servicio. En la vida necesitamos sentirnos acompañados, tener alguien que camine a nuestro lado cualquiera que sea la situación que vivamos, pero sobre todo en momentos difíciles para sentir ese aliento y calor humano que nos da fuerzas en nuestro duro caminar.
Son muchas las soledades que se pueden sentir y desde las propias experiencias que nosotros tenemos en nuestra propia vida, tendríamos que aprender a saber estar al lado del hermano y acompañarlo en ese duro camino que es la vida para muchos. No serán necesarias quizá muchas palabras sino la palabra de aliento en el momento oportuno. Creo que a todos nos puede enseñar mucho en este sentido el evangelio.
Vemos cómo el gesto de la mujer de las hemorragias se transforma en cauce de salud y salvación para su vida; y de la misma manera el camino de Jesús junto a Jairo concluirá también en resurrección y en vida no solo para la niña que es levantada de la cama, sino para la fe que se despierta fuertemente en aquella familia de Jairo y de todos los presentes que se llenan de admiración ante lo que sucede. ‘Se quedaron viendo visiones’, comenta el evangelista.
Y ese es el otro aspecto que hemos de destacar en este doble episodio que nos narra el evangelio: la fe. ‘Tu fe te ha curado, vete en paz y con salud’, le dirá Jesús a aquella mujer que en su amargura y desesperación por lo que sufre sin embargo llena de una confianza grande se atreve a acercarse a Jesús y tocarle aunque solo fuera el manto por detrás para sentirse curada.
Pero será fe lo que Jesús le pide a Jairo. Con esa fe había acudido a Jesús porque sabía que su presencia bastaría para curar a su niña. ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Ya es eso una manifestación de fe. Pero sucederían cosas que podrían poner a prueba su fe. Cuando vienen a decirle que para qué molestar más al Maestro porque la niña ya ha muerto, esa fe es la que pedirá Jesús a Jairo. ‘No temas, basta que tengas fe’. Una fe que siempre tiene que llevarnos a un encuentro vivo con el Señor.
Acudimos muchas veces a Dios con fe, pero luego nos llenamos de dudas. ¿Me concederá o no me concederá el Señor lo que le pido? El Señor no nos escucha, pensamos a veces. O quizá la misma humildad que tenemos pudiera hacer que no confiemos, porque nos sentimos tan pecadores, que pensamos que el Seño no nos escucha. ‘Basta que tengas fe’, nos dice a nosotros también el Señor. Por eso siempre tenemos que saber acudir al Señor, con la confianza de la que nos hablará Jesús tantas veces en el Evangelio. Dios nos ama, es nuestro Padre, y ¿qué padre si su hijo le pide pan, le va a dar una piedra? Cuánto no nos dará nuestro Padre del cielo.

martes, 1 de febrero de 2011

Ven, pon tu mano sobre mí, para que sane y tenga vida


Hebreos, 12, 1-4;

Sal. 21;

Mc. 5, 21-43

Este texto del evangelio está todo él lleno de gestos humanos. Todo el evangelio está cargado de humanidad ya en fin de cuentas Dios ha querido hacerse hombre, acercándose al hombre y haciéndose hombre, para así hacernos llegar su salvación. Así en esa cercanía, de Dios al hombre, y al mismo tiempo acercándose el hombre a Dios vivimos su gracia y su salvación.

Llega Jesús de nuevo a Cafarnaún y se le acerca un hombre, ‘Jairo, el jefe de la sinagoga, y se echó a sus pies’. Tiene una hija enferma y es a Jesús a quien acude. ‘Mi hija está en las últimas; ven, pon tu mano sobre ella, para que se cure y viva’. Primer gesto por parte de Jairo, pero gesto que le pide a Jesús ‘pon tu mano sobre ella’. Y Jesús se va con él. Había fe en aquel hombre, aunque luego Jesús tenga que decirle que se mantenga firme en esa fe. ‘No temas, basta que tengas fe’, le dirá Jesús.

Un nuevo gesto. Una mujer viene y toca el manto de Jesús. ‘Padecía de flujos de sangre desde hacía años… oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría…’ Se acerca a Jesús y siente la necesidad de extender su mano y al menos tocarle el manto. Jesús querrá saber quien le ha tocado, aunque los discípulos le digan ‘ves cómo te apretuja la gente y preguntas ¿quién me ha tocado?’ Es la mujer la que quiere sentir la cercanía de Jesús, pero es toda la gente la que rodea a Jesús mientras va caminando a casa de Jairo, y todos también quieren estar cerca de El.

Pero aquella mujer tocó el manto de Jesús y se ha curado. Como Jesús le dirá cuando por fin la mujer temblorosa se acerque de nuevo a Jesús echándose a sus pies y confesando lo que ha hecho, ‘hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’. Se ha curado, la gracia de Dios se ha derramado sobre ella, en Jesús encontrará la paz para su corazón.

Finalmente llegarán a la casa a pesar de los avisos de que la niña ha muerto, del alboroto y de los lloros de los que se lamentaban a gritos. Jesús está en medio de todos aquellos que sufren. Sigue alentado la fe y la esperaza. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida’. Aunque la gente no lo entiende. En otra ocasión hablará también del sueño haciendo referencia a la muerte, cuando anuncia a sus discípulos la muerte de Lázaro de Betania.

Jesús se abre paso y ‘con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes – otro evangelista nos dirá que son Pedro, Santiago y Juan – entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Contigo hablo, niña, levántate’. El gesto de Jesús de llegar hasta donde estaba la niña y tomarla de la mano. De nuevo vemos la cercanía de Jesús. Les dirá incluso que le den de comer.

Así llega el Señor a nuestra vida, directamente, de una forma personal a cada uno de nosotros. Así tenemos nosotros que disponernos a acoger y recibir al Señor y su salvación. Es nuestra fe personal, aunque es cierto que la vivimos en comunión con los hermanos, en comunidad, en Iglesia. Pero hemos de poner ese aspecto personal de querer encontrarnos con el Señor, de querer escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra. Es esa oración que aunque hagamos comunitariamente la tenemos que hacer muy viva y que salga de verdad de nuestro corazón.

Tenemos que sentir directamente sobre nosotros esa mano del Señor, esa gracia de Dios. No es algo abstracto, algo que vivamos como fuera de nosotros mismos, sino algo que tiene que salir de lo más hondo de nosotros. Esa oración litúrgica, por ejemplo, que tiene sus fórmulas y su manera de expresarse, tiene que tener en cada uno de nosotros ese, llamémosle así, toque personal, hacerla personal, hacerla nuestra, y que quizá en la voz del Sacerdote que la pronuncia, tiene que estar el corazón personal de cada uno de nosotros que con esa oración ora al Señor. Que no nos falte la fe.

lunes, 5 de julio de 2010

Una fe admirable y una confianza total que nos sanará y llenará de vida

Oseas, 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26

Los evangelistas Marcos y Lucas cuando nos narran el episodio de la curación de la mujer de las hemorragias y la resurrección de la hija de Jairo son más detallistas en sus descripciones. Mateo, a quien hemos escuchado hoy, es mucho más escueto en el relato. Pero nos es suficiente para subrayar y comentar algunos aspectos que nos pueden enseñar y ayudar mucho.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú y pon la mano sobre ella y vivirá’, le dice Jairo con una fe admirable a Jesús. Una fe que le da entereza en los momentos difíciles que está pasando. Que a un padre se le esté muriendo una hija, de doce años como comentan los otros evangelistas, o que acabe de morir, es un momento doloroso y difícil que a muchos aboca en cierto modo a la desesperación.
Pero la fe que tiene en Jesús le da entereza, confianza total y absoluta en el Señor. En los relatos de los otros evangelistas Jesús le dice ‘como te he dicho, basta que tengas fe’, cuando vienen a anunciarle que ya ha muerto la niña y no merece la pena molestar ya al Maestro. Jesús dirá que no está muerta sino dormida, aunque la gente que se había aglomerado en la casa se reían de El. La muerte, ¿un sueño? Es una expresión que se utiliza en la liturgia que nos ayuda en nuestra fe y esperanza cristiana, porque siempre vivimos en la esperanza de la resurrección con lo que la muerte no se ve como algo definitivo sino como un sueño del que hemos de despertar.
Pero entrelazado con este relato de la muerte y la resurrección de la hija de Jairo, los evangelistas nos intercalan el episodio de la mujer que padecía hemorragias sin encontrar remedio para su mal. Pero ello viene a manifestarnos y enseñarnos lo que es una confianza total y absoluta en el Señor.’Se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría’.
Y así fue. 'Jesús se volvió y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y en aquel momento quedó curada la mujer’. Qué grandioso es el amor y la misericordia del Señor. Sólo nos pide que tengamos fe en El. Y nos sanamos y nos salvamos. Y recuperamos la paz y nos llenamos de vida.
Hay cosas en la vida que nos agobian y muchas veces nos hacen perder la paz. Pasamos por momentos difíciles y nos hace falta entereza y serenidad. Nos parece que no la podemos alcanzar. Acudamos con fe al Señor y depositemos en El todos nuestros agobios, problemas, oscuridades que tengamos en la vida. Con la fe puesta en El, esa oscuridad se volverá en luz. Con la fe en El, tendremos esa entereza y serenidad para afrontar las dificultades y problemas que tengamos en la vida. Con la fe en El, mucho pudiera ser lo que nos pese en el corazón, en nuestra conciencia, pero vamos a encontrar la paz como sólo el Señor sabe darla. Con la fe en El, ese camino que nos parece calvario por los sufrimientos que sobre nosotros pesen, concluirá siempre con el resplandor de la vida y la resurrección.
Como Jairo, como aquella mujer con su cuerpo atormentado por la enfermedad y sus males, acudamos con toda confianza al Señor. El nos va a decir también: ‘¡Ánimo, hijo! Tu fe te ha curado. Vete en paz’.

domingo, 28 de junio de 2009

Jesús nos sale al encuentro para despertar y fortalecer nuestra fe


Sap. 1, 13-15; 2, 23-25;
Sal. 29;
2Cor. 8, 7-9.13-15;
Mc. 5, 21-43

Un padre con el corazón lleno de dolor por una hija enferma que está en las últimas y que encima vienen a decirle que ya no hay nada que hacer; una mujer humanamente desesperada porque no encuentra un remedio para su enfermedad ‘a la que muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y en lo que había gastado toda su fortuna’…
Creo que situaciones así todos conocemos o habremos pasado quizá por trances y angustias de este tipo. Acuden a Jesús, ¿cómo un último remedio? ¿cómo la única y última tabla de salvación que les queda? ¿será así cómo nosotros acudimos a Dios desde nuestras angustias y nuestros problemas? Algunos en situaciones así acuden disimuladamente para que los otros no vean que son religiosos (¡!).
El texto del evangelio hoy nos da un hermoso mensaje que puede contribuir mucho a animar nuestra fe, despertarla, quizá purificarla y madurarla. En los dos casos que se nos presentan hay todo un proceso de crecimiento en esa fe.
Fijémonos en algo que pienso que es muy significativo e importante. Jesús viene a nuestro encuentro, nos sale al encuentro y se deja encontrar por nosotros, o se mete tanto en lo que es lo ordinario de nuestra vida que le tenemos al alcance de nuestra mano.
‘Al arribar de nuevo a la orilla, se le reunió mucha gente alrededor, se quedó junto al lago – allí donde se reunía la gente – y un jefe de la Sinagoga que se llamaba Jairo se acercó a Jesús’ y le planteó el problema que le apenaba. ‘Mi hija está en las últimas, ven pon la mano sobre ella para que se cure y viva’.
La mujer de las hemorragias le tenía tan mano entre la gente que lo apretujaba que pensaba que era suficiente tocarle el manto sin tener que descubrir su enfermedad ni decir nada. ‘Se acercó a Jesús por detrás, le tocó el manto pensando que con solo tocarle el mano, curaría’. Con sus miedos y temores sin embargo ahí está la fe de aquella mujer que tenía la certeza de que podría curar, como tenía también esa misma fe confiada Jairo al pedirle a Jesús que fuera a curar a su hija.
En esa cercanía del Maestro vemos que ‘Jesús se fue con Jairo acompañado de mucha gente…’ De camino se pone a hablar con la mujer de las hemorragias. Jesús camina a nuestro lado y para cada uno de nosotros tiene una palabra de vida y de salvación; nos hace sacar a flote nuestra fe.
‘¿Quién me ha tocado el manto?’ Aquello no se puede quedar en una acción íntima y secreta de aquella mujer. Las obras de Dios tienen que salir a la luz, y los posibles miedos o temores tienen que desaparecer. Jesús despierta y aviva nuestra fe. Cuando vienen a decirle a Jairo que todo está acabado – ‘¿Para que molestar al Maestro?’ – Jesús no deja que se derrumbe. ‘No temas. Basta que tengas fe’.
Tampoco podemos quedarnos en lamentaciones y lloros. ‘Al ver el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, les dice: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerte, está dormida… Se reían de El’. Unos se quedarán en quejas y lamentaciones cuando se encuentran con problemas en la vida y otros habrá que quizá se reirán de nosotros por nuestra fe. Pero con Jesús tenemos que sentirnos seguros. Es nuestra fortaleza y nuestra vida aunque otros no lo comprendan. Con Jesús encontraremos paz, nos llenaremos de vida. Todo va a comenzar de nuevo y será distinto. La mujer se fue curada y en paz. ‘Hija, te fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Jesús tomando de la mano a la niña, la levantó con vida. ‘Contigo hablo, niña, levántate… la tomó de la mano y la niña se puso en pie inmediatamente’. Dejemos que Jesús nos tome de la mano y nos ponga en pie, nos llene de vida. Tenemos que saber dejarnos conducir por Jesús. Siempre querrá llenarnos de vida.
Acudamos a Jesús desde nuestras necesidades, o con las dudas y las sombras que tengamos en la vida. No importa cuál sea nuestra situación, porque Cristo nos sale al encuentro, camina a nuestro lado y su presencia nos reconforta, nos anima, nos despierta a la verdadera fe, a la vida.
Nos despierta a la verdadera fe porque ya no es sólo acudir a El como al taumaturgo que de forma mágica nos va a resolver nuestros problemas, carencias o necesidades. El encuentro con Jesús por la verdadera fe es otra cosa. Algo más hondo que nos transforma por dentro. Algo que ya no sólo vamos a confesar a solas o a escondidas. Tendrá que manifestarse también públicamente. Será algo que vamos a vivir en la comunidad de creyentes.
El hecho que nos detalla el evangelista de que Jesús entrara consigo a Pedro, Santiago y Juan a la hora de dar vida a la hija de Jairo, ¿no pudiera ser expresión de la presencia de la comunidad creyente? Es así cómo tenemos que vivir y proclamar nuestra fe en Jesús. No como un acto que vivimos a solas de forma individual, sino que lo vivimos en el seno de la comunidad eclesial, en comunión de Iglesia.
Despierta, Señor, mi fe. Ayúdame a hacerla crecer y madurar cada día más. Que llegue a entender también que esa fe la viviré más intensamente cuando la proclame y la viva con la comunidad de los hermanos, que es la Iglesia.

martes, 3 de febrero de 2009

Jesus camina con nosotros en el camino de la vida

Hebreos, 12, 1-4
Sal. 21
Mc. 5, 21-43

¿Será importante o no será importante tener fe? Algunos pueden dudarlo. Otros la reducirán a una tradición, siempre se ha creído. Otros quizá no lo plantean, viven la indiferencia más absoluta, un agnosticismo práctico. Se puede considerar como una necesidad, un deseo, un interrogante, pero de ahí no pasamos. Para otros será algo tan esencial y fundamental que en la fe van a encontrar el sentido más profundo de sus vidas.
Hoy el evangelio nos quiere resaltar lo esencial de la fe en la vida de la persona y no simplemente como remedio o solución a los problemas o necesidades.
Un hombre se acerca a Jesús, Jairo, el jefe de la Sinagoga. Viene desde la necesidad o un problema.‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Creía que Jesús podía hacerlo. Creía que en Jesús podía encontrar remedio a su necesidad o a su dolor al tener a su niña enferma.
‘Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’ Un detalle significativo. Jesús se puso a caminar con Jairo hasta su casa donde estaba su niña en las últimas. Jesús se pone a caminar con nosotros en el camino de la vida, ese camino que hacemos cada día, en el que tenemos mil problemas y necesidades, ese camino que está lleno también de muchas cosas buenas que algunas veces no vemos.
Comenzamos a ver el sentido de la fe. No es un Dios lejano, metido allá en las alturas del cielo simplemente rodeado de sus ángeles. Es el Dios que camina junto a nosotros, apretujado por la gente que nos rodea y que le rodea a El también. ¿No decimos que es Emmanuel, Dios con nosotros? Ahí lo vemos. No es el vecino del piso de arriba, expresión que no hace mucho le escuché decir a una persona de fe, pero que seguía colocando a Dios allá arriba. Con el vecino del piso de arriba podemos contar con él o podemos ignorarlo. Dios está a nuestro lado codeándose con nosotros. Se deja apretujar por nosotros. El nos dejará sentir su presencia, nos dejará que nosotros le toquemos o El nos tocará a nosotros sin que nosotros nos demos cuenta, pero de El estará manando su gracia, su vida, su Espíritu.
En ese camino van a suceder muchas cosas. Va a haber varios encuentros. Primero será la mujer de las hemorragias continuas. No se atreve a hablar con Jesús ni a pedirle nada. Pero tiene una certeza en su corazón, si le tocara aunque solo fuera por detrás algo podría suceder en ella. Y se atreve. Y toca a Jesús. Y Jesús se vuelve: ‘Quien me ha tocado?’ Pero si te apretuja la gente por todas partes porque todos quieren estar a tu lado, aún preguntas ‘¿Quién me ha tocado?’
La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había pasado…Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’. Así salimos de la presencia de Jesús. Con paz. Con salud, porque la salvación llega a nuestra vida.
Pero vendrá otro encuentro con los que vienen a anunciar la muerte. Portadores de malas noticias, de negruras y pesimismos. No hay nada que hacer. ‘¿Para qué molestar más al Maestro? Tu hija ha muerto’. Los que llenos de pesimismo dice que ya no hay nada que hacer, porque esto no hay quien lo solucione. Sucede en tantos ámbitos de la vida, en tantas cosas.
¿No te he dicho que tengas fe? ‘No temas, basta que tengas fe’, le dice Jesús al padre suscitando de nuevo la esperanza. Si creemos, siempre hay una esperanza, algo más que se puede hacer; si creemos, siempre hay un rayo de luz; si creemos, no podrá con nosotros el miedo ni el temor; si creemos, no nos podrá ni el pesimismo, ni el cansancio, ni el desaliento. ‘Basta que tengas fe’.
Jesús finalmente llega a la casa de Jairo. Personas que lloran desconsoladas. ¡Cuántos lamentos en la vida! Lamentos por lo que hemos perdido. Lamentos por lo que no podemos alcanzar. Lamentos quizá por los errores cometidos. Lamentos porque dejamos meter la negrura en el alma. Lamentos porque hay muerte en nosotros y no hemos llegado a descubrir la vida…
‘¿Qué estrépito y qué lloros son esos? La niña no está muerta, está dormida… Se reían de El’. Los que todo se lo saben y no son capaces de ver la otra cara, o ver las cosas con otra visión. ¿Cuál es la mirada con la que miramos las cosas, la vida, los acontecimientos? ¿Seremos capaces de descubrir la vida incluso allí donde nos parece que sólo hay muerte?
Con Jesús llegó la vida. ‘Talitha qumí… contigo hablo, niña, levántate’.
‘Se quedaron viendo visiones’, dice el evangelista. ¿Hará falta quedarnos viendo visiones o más bien aprender a tener otra visión de la vida y de las cosas, que es la visión de la fe? Con Jesús caminando a nuestro lado todo es posible. Que se nos despierte la fe.