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domingo, 28 de junio de 2015
Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida
martes, 3 de febrero de 2015
Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz
Acudamos con fe a Jesús que queremos tocarle la orla de su manto o El nos tienda su mano para levantarnos llenos de vida y de paz
lunes, 7 de julio de 2014
Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida
Caminos de fe y de esperanza que nos llenan de luz para darle valor a nuestra vida
martes, 4 de febrero de 2014
Cercanía de Jesús, encuentro vivo con Jesús y en El por la fe encontraremos siempre vida
lunes, 8 de julio de 2013
Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados
Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados
martes, 5 de febrero de 2013
Aprendamos a decir Sí al misterio de Dios llenando de trascendencia la vida
lunes, 9 de julio de 2012
domingo, 1 de julio de 2012
martes, 31 de enero de 2012
Gestos humanos que son signos de salvación nacidos de una fe profunda
martes, 1 de febrero de 2011
Ven, pon tu mano sobre mí, para que sane y tenga vida

Hebreos, 12, 1-4;
Sal. 21;
Mc. 5, 21-43
Este texto del evangelio está todo él lleno de gestos humanos. Todo el evangelio está cargado de humanidad ya en fin de cuentas Dios ha querido hacerse hombre, acercándose al hombre y haciéndose hombre, para así hacernos llegar su salvación. Así en esa cercanía, de Dios al hombre, y al mismo tiempo acercándose el hombre a Dios vivimos su gracia y su salvación.
Llega Jesús de nuevo a Cafarnaún y se le acerca un hombre, ‘Jairo, el jefe de la sinagoga, y se echó a sus pies’. Tiene una hija enferma y es a Jesús a quien acude. ‘Mi hija está en las últimas; ven, pon tu mano sobre ella, para que se cure y viva’. Primer gesto por parte de Jairo, pero gesto que le pide a Jesús ‘pon tu mano sobre ella’. Y Jesús se va con él. Había fe en aquel hombre, aunque luego Jesús tenga que decirle que se mantenga firme en esa fe. ‘No temas, basta que tengas fe’, le dirá Jesús.
Un nuevo gesto. Una mujer viene y toca el manto de Jesús. ‘Padecía de flujos de sangre desde hacía años… oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría…’ Se acerca a Jesús y siente la necesidad de extender su mano y al menos tocarle el manto. Jesús querrá saber quien le ha tocado, aunque los discípulos le digan ‘ves cómo te apretuja la gente y preguntas ¿quién me ha tocado?’ Es la mujer la que quiere sentir la cercanía de Jesús, pero es toda la gente la que rodea a Jesús mientras va caminando a casa de Jairo, y todos también quieren estar cerca de El.
Pero aquella mujer tocó el manto de Jesús y se ha curado. Como Jesús le dirá cuando por fin la mujer temblorosa se acerque de nuevo a Jesús echándose a sus pies y confesando lo que ha hecho, ‘hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’. Se ha curado, la gracia de Dios se ha derramado sobre ella, en Jesús encontrará la paz para su corazón.
Finalmente llegarán a la casa a pesar de los avisos de que la niña ha muerto, del alboroto y de los lloros de los que se lamentaban a gritos. Jesús está en medio de todos aquellos que sufren. Sigue alentado la fe y la esperaza. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida’. Aunque la gente no lo entiende. En otra ocasión hablará también del sueño haciendo referencia a la muerte, cuando anuncia a sus discípulos la muerte de Lázaro de Betania.
Jesús se abre paso y ‘con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes – otro evangelista nos dirá que son Pedro, Santiago y Juan – entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Contigo hablo, niña, levántate’. El gesto de Jesús de llegar hasta donde estaba la niña y tomarla de la mano. De nuevo vemos la cercanía de Jesús. Les dirá incluso que le den de comer.
Así llega el Señor a nuestra vida, directamente, de una forma personal a cada uno de nosotros. Así tenemos nosotros que disponernos a acoger y recibir al Señor y su salvación. Es nuestra fe personal, aunque es cierto que la vivimos en comunión con los hermanos, en comunidad, en Iglesia. Pero hemos de poner ese aspecto personal de querer encontrarnos con el Señor, de querer escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos su Palabra. Es esa oración que aunque hagamos comunitariamente la tenemos que hacer muy viva y que salga de verdad de nuestro corazón.
Tenemos que sentir directamente sobre nosotros esa mano del Señor, esa gracia de Dios. No es algo abstracto, algo que vivamos como fuera de nosotros mismos, sino algo que tiene que salir de lo más hondo de nosotros. Esa oración litúrgica, por ejemplo, que tiene sus fórmulas y su manera de expresarse, tiene que tener en cada uno de nosotros ese, llamémosle así, toque personal, hacerla personal, hacerla nuestra, y que quizá en la voz del Sacerdote que la pronuncia, tiene que estar el corazón personal de cada uno de nosotros que con esa oración ora al Señor. Que no nos falte la fe.
lunes, 5 de julio de 2010
Una fe admirable y una confianza total que nos sanará y llenará de vida
Los evangelistas Marcos y Lucas cuando nos narran el episodio de la curación de la mujer de las hemorragias y la resurrección de la hija de Jairo son más detallistas en sus descripciones. Mateo, a quien hemos escuchado hoy, es mucho más escueto en el relato. Pero nos es suficiente para subrayar y comentar algunos aspectos que nos pueden enseñar y ayudar mucho.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú y pon la mano sobre ella y vivirá’, le dice Jairo con una fe admirable a Jesús. Una fe que le da entereza en los momentos difíciles que está pasando. Que a un padre se le esté muriendo una hija, de doce años como comentan los otros evangelistas, o que acabe de morir, es un momento doloroso y difícil que a muchos aboca en cierto modo a la desesperación.
Pero la fe que tiene en Jesús le da entereza, confianza total y absoluta en el Señor. En los relatos de los otros evangelistas Jesús le dice ‘como te he dicho, basta que tengas fe’, cuando vienen a anunciarle que ya ha muerto la niña y no merece la pena molestar ya al Maestro. Jesús dirá que no está muerta sino dormida, aunque la gente que se había aglomerado en la casa se reían de El. La muerte, ¿un sueño? Es una expresión que se utiliza en la liturgia que nos ayuda en nuestra fe y esperanza cristiana, porque siempre vivimos en la esperanza de la resurrección con lo que la muerte no se ve como algo definitivo sino como un sueño del que hemos de despertar.
Pero entrelazado con este relato de la muerte y la resurrección de la hija de Jairo, los evangelistas nos intercalan el episodio de la mujer que padecía hemorragias sin encontrar remedio para su mal. Pero ello viene a manifestarnos y enseñarnos lo que es una confianza total y absoluta en el Señor.’Se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría’.
Y así fue. 'Jesús se volvió y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y en aquel momento quedó curada la mujer’. Qué grandioso es el amor y la misericordia del Señor. Sólo nos pide que tengamos fe en El. Y nos sanamos y nos salvamos. Y recuperamos la paz y nos llenamos de vida.
Hay cosas en la vida que nos agobian y muchas veces nos hacen perder la paz. Pasamos por momentos difíciles y nos hace falta entereza y serenidad. Nos parece que no la podemos alcanzar. Acudamos con fe al Señor y depositemos en El todos nuestros agobios, problemas, oscuridades que tengamos en la vida. Con la fe puesta en El, esa oscuridad se volverá en luz. Con la fe en El, tendremos esa entereza y serenidad para afrontar las dificultades y problemas que tengamos en la vida. Con la fe en El, mucho pudiera ser lo que nos pese en el corazón, en nuestra conciencia, pero vamos a encontrar la paz como sólo el Señor sabe darla. Con la fe en El, ese camino que nos parece calvario por los sufrimientos que sobre nosotros pesen, concluirá siempre con el resplandor de la vida y la resurrección.
Como Jairo, como aquella mujer con su cuerpo atormentado por la enfermedad y sus males, acudamos con toda confianza al Señor. El nos va a decir también: ‘¡Ánimo, hijo! Tu fe te ha curado. Vete en paz’.
domingo, 28 de junio de 2009
Jesús nos sale al encuentro para despertar y fortalecer nuestra fe

Sal. 29;
2Cor. 8, 7-9.13-15;
Mc. 5, 21-43
Un padre con el corazón lleno de dolor por una hija enferma que está en las últimas y que encima vienen a decirle que ya no hay nada que hacer; una mujer humanamente desesperada porque no encuentra un remedio para su enfermedad ‘a la que muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y en lo que había gastado toda su fortuna’…
Creo que situaciones así todos conocemos o habremos pasado quizá por trances y angustias de este tipo. Acuden a Jesús, ¿cómo un último remedio? ¿cómo la única y última tabla de salvación que les queda? ¿será así cómo nosotros acudimos a Dios desde nuestras angustias y nuestros problemas? Algunos en situaciones así acuden disimuladamente para que los otros no vean que son religiosos (¡!).
El texto del evangelio hoy nos da un hermoso mensaje que puede contribuir mucho a animar nuestra fe, despertarla, quizá purificarla y madurarla. En los dos casos que se nos presentan hay todo un proceso de crecimiento en esa fe.
Fijémonos en algo que pienso que es muy significativo e importante. Jesús viene a nuestro encuentro, nos sale al encuentro y se deja encontrar por nosotros, o se mete tanto en lo que es lo ordinario de nuestra vida que le tenemos al alcance de nuestra mano.
‘Al arribar de nuevo a la orilla, se le reunió mucha gente alrededor, se quedó junto al lago – allí donde se reunía la gente – y un jefe de la Sinagoga que se llamaba Jairo se acercó a Jesús’ y le planteó el problema que le apenaba. ‘Mi hija está en las últimas, ven pon la mano sobre ella para que se cure y viva’.
La mujer de las hemorragias le tenía tan mano entre la gente que lo apretujaba que pensaba que era suficiente tocarle el manto sin tener que descubrir su enfermedad ni decir nada. ‘Se acercó a Jesús por detrás, le tocó el manto pensando que con solo tocarle el mano, curaría’. Con sus miedos y temores sin embargo ahí está la fe de aquella mujer que tenía la certeza de que podría curar, como tenía también esa misma fe confiada Jairo al pedirle a Jesús que fuera a curar a su hija.
En esa cercanía del Maestro vemos que ‘Jesús se fue con Jairo acompañado de mucha gente…’ De camino se pone a hablar con la mujer de las hemorragias. Jesús camina a nuestro lado y para cada uno de nosotros tiene una palabra de vida y de salvación; nos hace sacar a flote nuestra fe.
‘¿Quién me ha tocado el manto?’ Aquello no se puede quedar en una acción íntima y secreta de aquella mujer. Las obras de Dios tienen que salir a la luz, y los posibles miedos o temores tienen que desaparecer. Jesús despierta y aviva nuestra fe. Cuando vienen a decirle a Jairo que todo está acabado – ‘¿Para que molestar al Maestro?’ – Jesús no deja que se derrumbe. ‘No temas. Basta que tengas fe’.
Tampoco podemos quedarnos en lamentaciones y lloros. ‘Al ver el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, les dice: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerte, está dormida… Se reían de El’. Unos se quedarán en quejas y lamentaciones cuando se encuentran con problemas en la vida y otros habrá que quizá se reirán de nosotros por nuestra fe. Pero con Jesús tenemos que sentirnos seguros. Es nuestra fortaleza y nuestra vida aunque otros no lo comprendan. Con Jesús encontraremos paz, nos llenaremos de vida. Todo va a comenzar de nuevo y será distinto. La mujer se fue curada y en paz. ‘Hija, te fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Jesús tomando de la mano a la niña, la levantó con vida. ‘Contigo hablo, niña, levántate… la tomó de la mano y la niña se puso en pie inmediatamente’. Dejemos que Jesús nos tome de la mano y nos ponga en pie, nos llene de vida. Tenemos que saber dejarnos conducir por Jesús. Siempre querrá llenarnos de vida.
Acudamos a Jesús desde nuestras necesidades, o con las dudas y las sombras que tengamos en la vida. No importa cuál sea nuestra situación, porque Cristo nos sale al encuentro, camina a nuestro lado y su presencia nos reconforta, nos anima, nos despierta a la verdadera fe, a la vida.
Nos despierta a la verdadera fe porque ya no es sólo acudir a El como al taumaturgo que de forma mágica nos va a resolver nuestros problemas, carencias o necesidades. El encuentro con Jesús por la verdadera fe es otra cosa. Algo más hondo que nos transforma por dentro. Algo que ya no sólo vamos a confesar a solas o a escondidas. Tendrá que manifestarse también públicamente. Será algo que vamos a vivir en la comunidad de creyentes.
El hecho que nos detalla el evangelista de que Jesús entrara consigo a Pedro, Santiago y Juan a la hora de dar vida a la hija de Jairo, ¿no pudiera ser expresión de la presencia de la comunidad creyente? Es así cómo tenemos que vivir y proclamar nuestra fe en Jesús. No como un acto que vivimos a solas de forma individual, sino que lo vivimos en el seno de la comunidad eclesial, en comunión de Iglesia.
Despierta, Señor, mi fe. Ayúdame a hacerla crecer y madurar cada día más. Que llegue a entender también que esa fe la viviré más intensamente cuando la proclame y la viva con la comunidad de los hermanos, que es la Iglesia.
martes, 3 de febrero de 2009
Jesus camina con nosotros en el camino de la vida
Sal. 21
Mc. 5, 21-43
¿Será importante o no será importante tener fe? Algunos pueden dudarlo. Otros la reducirán a una tradición, siempre se ha creído. Otros quizá no lo plantean, viven la indiferencia más absoluta, un agnosticismo práctico. Se puede considerar como una necesidad, un deseo, un interrogante, pero de ahí no pasamos. Para otros será algo tan esencial y fundamental que en la fe van a encontrar el sentido más profundo de sus vidas.
Hoy el evangelio nos quiere resaltar lo esencial de la fe en la vida de la persona y no simplemente como remedio o solución a los problemas o necesidades.
Un hombre se acerca a Jesús, Jairo, el jefe de la Sinagoga. Viene desde la necesidad o un problema.‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Creía que Jesús podía hacerlo. Creía que en Jesús podía encontrar remedio a su necesidad o a su dolor al tener a su niña enferma.
‘Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’ Un detalle significativo. Jesús se puso a caminar con Jairo hasta su casa donde estaba su niña en las últimas. Jesús se pone a caminar con nosotros en el camino de la vida, ese camino que hacemos cada día, en el que tenemos mil problemas y necesidades, ese camino que está lleno también de muchas cosas buenas que algunas veces no vemos.
Comenzamos a ver el sentido de la fe. No es un Dios lejano, metido allá en las alturas del cielo simplemente rodeado de sus ángeles. Es el Dios que camina junto a nosotros, apretujado por la gente que nos rodea y que le rodea a El también. ¿No decimos que es Emmanuel, Dios con nosotros? Ahí lo vemos. No es el vecino del piso de arriba, expresión que no hace mucho le escuché decir a una persona de fe, pero que seguía colocando a Dios allá arriba. Con el vecino del piso de arriba podemos contar con él o podemos ignorarlo. Dios está a nuestro lado codeándose con nosotros. Se deja apretujar por nosotros. El nos dejará sentir su presencia, nos dejará que nosotros le toquemos o El nos tocará a nosotros sin que nosotros nos demos cuenta, pero de El estará manando su gracia, su vida, su Espíritu.
En ese camino van a suceder muchas cosas. Va a haber varios encuentros. Primero será la mujer de las hemorragias continuas. No se atreve a hablar con Jesús ni a pedirle nada. Pero tiene una certeza en su corazón, si le tocara aunque solo fuera por detrás algo podría suceder en ella. Y se atreve. Y toca a Jesús. Y Jesús se vuelve: ‘Quien me ha tocado?’ Pero si te apretuja la gente por todas partes porque todos quieren estar a tu lado, aún preguntas ‘¿Quién me ha tocado?’
‘La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había pasado…Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’. Así salimos de la presencia de Jesús. Con paz. Con salud, porque la salvación llega a nuestra vida.
Pero vendrá otro encuentro con los que vienen a anunciar la muerte. Portadores de malas noticias, de negruras y pesimismos. No hay nada que hacer. ‘¿Para qué molestar más al Maestro? Tu hija ha muerto’. Los que llenos de pesimismo dice que ya no hay nada que hacer, porque esto no hay quien lo solucione. Sucede en tantos ámbitos de la vida, en tantas cosas.
¿No te he dicho que tengas fe? ‘No temas, basta que tengas fe’, le dice Jesús al padre suscitando de nuevo la esperanza. Si creemos, siempre hay una esperanza, algo más que se puede hacer; si creemos, siempre hay un rayo de luz; si creemos, no podrá con nosotros el miedo ni el temor; si creemos, no nos podrá ni el pesimismo, ni el cansancio, ni el desaliento. ‘Basta que tengas fe’.
Jesús finalmente llega a la casa de Jairo. Personas que lloran desconsoladas. ¡Cuántos lamentos en la vida! Lamentos por lo que hemos perdido. Lamentos por lo que no podemos alcanzar. Lamentos quizá por los errores cometidos. Lamentos porque dejamos meter la negrura en el alma. Lamentos porque hay muerte en nosotros y no hemos llegado a descubrir la vida…
‘¿Qué estrépito y qué lloros son esos? La niña no está muerta, está dormida… Se reían de El’. Los que todo se lo saben y no son capaces de ver la otra cara, o ver las cosas con otra visión. ¿Cuál es la mirada con la que miramos las cosas, la vida, los acontecimientos? ¿Seremos capaces de descubrir la vida incluso allí donde nos parece que sólo hay muerte?
Con Jesús llegó la vida. ‘Talitha qumí… contigo hablo, niña, levántate’.
‘Se quedaron viendo visiones’, dice el evangelista. ¿Hará falta quedarnos viendo visiones o más bien aprender a tener otra visión de la vida y de las cosas, que es la visión de la fe? Con Jesús caminando a nuestro lado todo es posible. Que se nos despierte la fe.





