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jueves, 19 de agosto de 2010

Tengo preparado el banquete… venid a la boda

Ez. 36, 23-28;
Sal. 50;
Mt. 22, 1-14

Tengo preparado el banquete… venid a la boda… id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda…’
En la parábola que nos propone Jesús vemos una clara referencia al rechazo y no aceptación por parte del pueblo judío de la salvación que Dios les ofrecía en Jesucristo. La imagen del banquete preparado al que somos invitados expresa bien lo que es el Reino de Dios que Cristo nos ofrece y que con su vida, sus palabras, los signos que realizaba y finalmente la pascua de su muerte y resurrección viene a instituir entre nosotros.
Los primeros invitados no lo aceptaron y no quieren participar de ese banquete del Reino de los cielos. No llegaban a entender el Reino de Dios que Jesús anunciaba. Esto servirá de ocasión para manifestarnos Jesús que su salvación es para todas las gentes sean del pueblo que sean. ‘El banquete está preparado…’ Cristo nos ha redimido y su sangre se derramó por todos para el perdón de los pecados. Envió el Rey a sus criados a que fueran por todas partes para invitar a todos al banquete de bodas. Todos estamos llamados a participación de esa salvación.
Muchas cosas podemos reflexionar para nuestra propia vida. Somos también los invitados al banquete de bodas del Reino de Dios. ‘Dichosos los invitados a esta cena…’ se nos dice en la Eucaristía. Dos cosas: somos los invitados pero somos también los que hemos de ir a anunciar a los demás en nombre de Jesús que también están invitados a ese banquete de bodas del Reino de Dios
Pero vayamos por partes. Somos los invitados, pero, ¿cómo respondemos? Seamos sinceros con nosotros mismos y ante el Señor. A lo largo de la vida también muchas veces habremos hecho como aquellos que no quisieron escuchar la invitación. Cuántas disculpas nos damos tantas veces para vivir nuestra condición de cristianos de una forma ramplona y fría, sin profundidad espiritual, alejados muchas veces de la iglesia, con una religiosidad muy pobre, contentándonos con pocas cosas; cuántas veces habríamos oído, por ejemplo, la campana de nuestra parroquia que nos llamaba a Misa el domingo, pero siempre teníamos que hacer, siempre lo dejábamos para otro día, siempre nos buscábamos disculpas; cuántas veces escuchamos la llamada de la Palabra y nos hacíamos sordos a lo que el Señor nos decía o nos pedía para no salir de esas situaciones que nosotros sabíamos muy bien que no eran buenas.
Escuchemos esa invitación que el Señor nos hace a través de tantos medios y démosle respuesta. Ahora lo estamos haciendo quizá más por la circunstancia de estar en este centro. Pero no olvidemos una cosa. Para sentarnos a la mesa del Señor hemos de estar vestidos con el traje de fiesta, como vemos en la parábola, con el traje de la gracia del Señor. No podemos acercarnos a la Mesa de la Comunión vestidos con los andrajosos trajes del pecado. Con pecado no podemos comulgar al Señor. Mucho tendríamos que revisarnos.
El profeta nos habla hoy del agua que nos purificará, y del corazón nuevo que hemos de tener. ‘Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias y pecados os he de purificar; y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo’. ¿Cómo es esa agua que nos purifica? Un día recibimos el agua del bautismo para el perdón de nuestros pecados y hacernos nacer a una vida nueva. Pero tantas veces hemos vuelto al pecado. Sólo con el sacramento de la penitencia vamos a recibir ese perdón que necesitamos para nuestros pecados. No lo olvidemos. Necesitamos lavar ese vestido de nuestra vida para vestirnos del traje de fiesta de la gracia.
Y brevemente el otro aspecto al que hacíamos referencia. Somos los invitados pero somos también los enviados para llevar esa invitación del Señor a los demás. Como lo vemos en la parábola que fueron enviados los criados a todas partes. A todos tenemos nosotros que ir también a anunciar esa salvación de Jesús, a invitarlos a que vengan también a ese banquete de bodas del Reino de los cielos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Aquí estoy, Señor, mándame.

Aquí estoy, Señor, mándame.

Vengo a ponerme ante ti, Señor,
con sinceridad de corazón,
con apertura de espíritu.

Tu Palabra es una fuente inagotable
donde siempre encuentro tu gracia
que me ilumina,
me da fuerzas y me corrige,
me enseña a seguir tu camino.
Así eres tú siempre, Señor,
y los que confían en ti
y en ti ponen su esperanza
nunca quedarán defraudados.
No se agota tu gracia
y no nos cansamos de meditar tu Palabra
ni de aprender para nuestra vida.

Tú nos llamas, Señor,
para que trabajemos en tu viña;
no nos quieres ociosos;
nos ha regalado la vida,
nos has adornado de cualidades y valores,
- tenemos que reconocerlo agradecidos –
has puesto el mundo en nuestras manos,
porque quieres que sigamos construyéndolo,
para que en él realicemos tu reino,
para todo sea siempre para tu gloria.
Gracias, Señor, por querer así confiar en nosotros.

Danos tu luz y tu fuerza
para que comprendamos nuestra responsabilidad,
para que no abandonemos nuestros deberes,
para que sepamos en todo momento
que en cualquier hora de la vida
siempre podemos hacer bueno por los demás,
siempre tenemos que luchar
por hacer nuestro mundo mejor;
vivimos en familia
o compartiendo la convivencia con otros
según las distintas circunstancias de nuestra vida,
pero ahí siempre tenemos
un granito de arena que poner,
una cosa buena que hacer,
una alegría que despertar
para hacer más felices a los demás.

Somos una familia, Señor, con toda la humanidad;
pero nos sentimos familia de manera especial
en el seno de nuestra comunidad cristiana, la iglesia.
Ahí tenemos que sentirnos hermanos,
ahí tenemos que contribuir
con lo que somos y podemos,
ahí tenemos que hacer presente de manera especial
ese Reino de Dios que nos anuncias
y en el que nos comprometes;
que no nos falte nunca la fuerza de tu Espíritu.

Pero Tú llamas a algunos con una vocación especial,
al sacerdocio,
a la vida consagrada o la vida religiosa,
a ser misioneros de tu Reino,
a ser apóstoles entre los hermanos.
Muchos los llamados, pocos los escogidos,
la mies es abundante, los obreros son pocos;
muchos tienen miedo a dar el paso hacia adelante,
otros se hacen oídos sordos
para evitar el compromiso,
algunos se sienten débiles e incapaces
para realizar la tarea.
Pero tú eres el que alimentas esa vocación,
tú eres el que llamas
y el que das la gracia,
fortalece esos corazones vacilantes,
anima esos espíritus débiles y cobardes,
suscita en todos la fortaleza de tu gracia.
Haz, Señor, que sean muchos
los trabajadores de tu viña,
porque necesitamos pastores
que nos ayuden y nos guíen,
nos orienten y nos animen,
nos lleven a beber del agua de tu gracia,
nos repartan el pan de tu Palabra
y nos alimenten con tu Eucaristía.

Te pedimos, Señor, por las vocaciones,
que sean numerosas
para que a tu iglesia no falten los sacerdotes,
el testimonio radical de las almas consagradas,
los apóstoles que nos anuncien tu evangelio.
Aquí estoy, Señor, con corazón humilde,
con espíritu abierto,
para descubrir también a lo que me llamas.

Aquí estoy, Señor, mándame.

Salió a contratar jornaleros para la viña

Ez. 34, 1-11;
Sal. 22;
Mt. 20, 1-16


Tengo que reconocer que cuando uno se pone a meditar el evangelio con sinceridad y apertura de espíritu se encuentra con una fuente inagotable de vida y de gracia, que es lo que podemos encontrar siempre en el Señor. 'La Palabra de Dios es viva y eficaz...' que dice la Escritura. Así es Dios para nosotros. Así derrama abundantemente su gracia en nuestra vida. Ni se agota la gracia del Señor, ni nos cansamos nosotros de meditar y aprender lecciones para nuestra vida.
Esto nos sucede en cualquier página del evangelio que meditemos, pero nos sucede en esta parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio. Nos sugiere muchas cosas, que ahora en la brevedad de esta reflexión no podemos agotar.
‘Un propietario al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña…’ Así comienza la parábola que hemos escuchado. Una parábola muy rica en enseñanzas. Contrata jornaleros para su viña. Podemos pensar en la vida que Dios nos ha dado; podemos pensar en el mundo que ha puesto en nuestras manos; podemos pensar en el Reino de Dios que Jesús nos propone y que con El tenemos que construir; podemos pensar en muchas cosas.
En ese mundo que Dios ha creado y ha puesto en las manos del hombre tenemos una responsabilidad y no podemos desentendernos. En los distintos momentos de la vida o en los distintos momentos de la historia cada uno de nosotros ha de sentir esa responsabilidad. ¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ No podemos ser seres pasivos en medio de nuestro mundo que sólo nos contentamos con recibir. Siempre hay algo bueno que podemos hacer por los demás o por nuestro mundo. Porque también ese lugar que ocupamos en la familia, o en el lugar donde estemos conviviendo siempre hay algo que podemos compartir, seamos muy jóvenes o seamos muy mayores.
Como decíamos podemos pensar también ese Reino de Dios al que Cristo nos llama y podemos en consecuencia pensar en esa Iglesia a la que pertenecemos. Esa fe que tenemos y queremos vivir y que se tendrá que manifestar por las obras de nuestro amor podemos decir que es esa viña a la que el Señor nos llama como obreros. La Iglesia, la comunidad cristiana en la que nos sentimos como en una gran familia y como miembros de esa familia también nos sentimos obligados a contribuir. ¿Nos preguntará y recriminará también el Señor a nosotros como a aquellos hombres ociosos sentados en la plaza todo el día sin hacer nada? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’
Seremos mayores o más jóvenes siempre podemos ofrecer mucho de nuestra fe y de nuestro amor al bien de la Iglesia, a la construcción del Reino de Dios en nuestro mundo. Si, porque somos mayores no podemos participar en obras especiales de apostolado, siempre podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida íntegra y en consecuencia de nuestro buen comportamiento, pero podemos ofrecer también nuestra oración y el ofrecimiento de nuestra vida con sus achaques y debilidades. ¡Cuánto podemos hacer!
Por supuesto en ese llamada a aquellos trabajadores en las distintas horas del día para ir a trabajar a la viña podemos ver también un aspecto vocacional. El Señor nos llama a trabajar en su viña y llama con vocaciones específicas. Será al Sacerdocio, será a la vida consagrada, la vida misionera o también en los distintos campos de apostolado que se pueden realizar dentro de la Iglesia. Y aquí sí que todos podemos contribuir mucho al enriquecimiento de esa viña del Señor, orando por las vocaciones, para que sean muchos los llamados en las distintas horas de su vida para trabajar como apóstoles en la viña del Señor.
Pensemos en ese denario que nos ofrece el Señor, denario de vida eterna, denario de gracia y de amor de Dios. Por eso con amor nosotros queremos trabajar en su viña, no porque busquemos hacer meritos o conseguir recompensas. Lo importante es el amor de Dios que recibimos y el amor con que nosotros queremos corresponder. Con Dios no podemos andar con medidas de pagos humanos, porque siempre Dios será mucho más generoso que lo que nosotros podamos pedir o exigir. Mucho tendríamos que reflexionar por este camino.
Que no tenga que decirnos, pues, a nosotros el Señor, ‘¿cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ Mucho podemos y tenemos que hacer en la viña del Señor.

martes, 17 de agosto de 2010

Quiero tener un corazón desprendido y generoso

Quiero tener un corazón desprendido y generoso

Quiero tener un corazón, Señor,
desprendido y generoso como el tuyo,
pero no siempre es fácil
porque son tantos los apegos
que nos atraen y nos atrapan.

Quiero seguirte, Señor, aunque me cueste,
porque lo eres todo para mi,
mi alegría y mi felicidad,
mi dicha y el sentido de mi vida.

Eres mi camino;
eres la verdad de mi vida.

Quiero hacerme como tú
que siendo rico te hiciste pobre,
siendo Dios quisiste hacerte pequeño
como nosotros, te hiciste hombre.

Nos hace falta disponibilidad y generosidad,
para desprendernos
de lo que somos y tenemos;
nos creemos tan importantes,
nos creemos que nos lo sabemos todo,
pero contemplándote a ti
vemos la nada que somos.

Nos cuesta entender
que los últimos serán los primeros
y los primeros los últimos
como tú nos enseñas,
a nosotros que nos gustan los pedestales,
mirar por encima a los demás,
que la gente nos admire
y nos tenga en cuenta,
que halaguen nuestro ego
y nos tengan por importantes.

Dame humildad, Señor,
para ver mi pequeñez;
hacerme pequeño
y hacerme el último
como lo hiciste tú.

Hazme comprender el sentido
de las cosas y de los bienes materiales
que tenemos en nuestras manos.

Hazme comprender el sentido de mi vida;
que sepa reconocer tus dones,
los talentos con que enriqueciste mi vida,
pero no me haga ni egoísta
que no me haga orgulloso.

Esos talentos no son sólo para mi,
sino que con ellos tengo que contribuir
al bien de mis hermanos,
a mejorar no sólo mi vida
sino también la de los que me rodean,
a hacer que nuestro mundo sea mejor,
que todos seamos más felices.

Tu eres mi riqueza y mi recompensa,
el tesoro escondido
que me espera en el cielo,
por el que tengo que saber dejarlo todo,
la vida eterna que es el premio
que me tienes reservado.

Que tenga la generosidad impulsiva de Pedro,
la disponibilidad pronta de Mateo,
el corazón generoso de los discípulos que te seguían,
para dejar las redes que nos envuelven,
los mostradores que nos separan,
las barreras que nos aíslan;
que supere las ambiciones de los primeros puestos,
que aprenda a ser el último
porque mi vida sea siempre servicio.

Dame un corazón generoso y humilde, Señor.
Eres tú el que vas a transformar mi corazón
con la fuerza de tu Espíritu.

Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja

Ez. 28, 1-10;
Sal.: Dt. 32, 26-36;
Mt. 19, 23-30

‘Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja…’ Era como un refrán o una sentencia muy utilizada por los rabinos en Israel para expresar que algo era difícil, poco menos que imposible. Podemos pensar en el ojo de una aguja que se utiliza para coser, por muy grande que sea, o podemos pensar, como se suele interpretar, en las puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de una ciudad junto a la puerta mayor por la que entraran los carruajes o las bestias de carga, pero a las que sería imposible pasar por esa puerta pequeña. Más un camello con la forma de llevar la carga con sus angarillas laterales o por las petas propias del animal.
Jesús lo aplica a los ricos que quieren entrar con todas sus riquezas en el reino de los cielos. ‘Más fácil que un rico entrar en el reino de los cielos’. Es el comentario que sigue a la tristeza del joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo que tenía para seguir a Jesús. Los apegos del corazón hacen bien difícil el seguimiento del camino de Jesús. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’, diría Jesús en otra ocasión.
En la primera lectura hemos escuchado al profeta Ezequiel en un oráculo-profecía contra el rey de Tiro. Esta ciudad era famosa por sus riquezas y por sus sabios, puesto que sus habitantes eran muy dados al comercio. ‘Con tu talento y tu habilidad, te hiciste una fortuna; acumulaste oro y plata en tus tesoros; con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna y tu fortuna te llena de presunción’. Así le dice el profeta y le denuncia que se ha engreído tanto su corazón que se cree dios y no hombre, y se jacta de sus riquezas y de sus sabidurías. ‘Te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa, en el corazón del mar’, les anuncia el profeta. Es que el Señor resiste a los soberbios, o como escuchábamos en el cántico de María ‘derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos’.
La reacción de los discípulos cuando escuchan a Jesús es que ‘entonces, ¿quién puede salvarse?... para los hombres es imposible, no para Dios’, les responde Jesús. costará y será difícil ese desprendimiento, ese vivir desapegado a las riquezas, pero con la ayuda y la gracia del Señor todo es posible. Tendremos que utilizar esos medios materiales y pecuniarios en nuestras relaciones humanas para la adquisición de aquello que necesitamos. Pero no hagamos nunca que el dinero sea nuestro Dios. Que los talentos y habilidades que nos ha dado el Señor sean siempre para lo bueno y para la gloria del Señor.
Los discípulos se preguntan y a ellos que les pasará, porque lo han dejado todo para seguirle. Un día dejaron la barca allá junto al lago los que eran pescadores, o le mostrador donde cobraba los tributos Leví, el publicano, como cada uno de los apóstoles cuando se habían decidido a seguir a Jesús lo habían dejado todo por estar con El..
‘Cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir las tribus de Israel…’ Lo han dejado todo, padre, madre, hermano, casa, tierra y Jesús, el hijo del Hombre que aparecerá con todo poder y gloria, les dirá ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre, pasad a heredar el Reino de mi Padre, preparado para vosotros desde la fundación del mundo… heredarán la vida eterna’.
Que merezcamos nosotros alcanzar también la vida eterna. Que vivamos con ese corazón desprendido y generoso.

lunes, 16 de agosto de 2010

Vende lo que tienes, dalo a los pobres y vente conmigo


San Roque de Montpellier
Ez. 24, 15-24;
Sal: Dt. 32, 18-21;
Mt. 19, 16-22

El camino de nuestra vida cristiana arranca siempre por el cumplimiento fiel de lo que es la voluntad del Señor manifestada en los mandamientos. Es un camino de fidelidad y de amor a Dios en la búsqueda de su voluntad, que nos irá produciendo un crecimiento interior para buscar cada día con más intensidad cómo mejor servir y amar a Dios, cómo poner todo nuestro corazón en El, de manera que nos desprendamos de nosotros mismos para encontrar toda la riqueza de nuestra vida sólo en Dios.
Entre la gente que seguía a Jesús, escuchaba el anuncio del Reino que El iba haciendo realizando con sus palabra y los signos que hacía, surgía también ese deseo, esa ansia de una mayor perfección y santidad, esa búsqueda de cómo mejor alcanzar esa vida eterna que Jesús anunciaba y prometía.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Se acercó una a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Deseos de más, ansia de mayor perfección, búsqueda de cómo alcanzar la vida eterna. Y Jesús responde recordando los mandamientos. ‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’. Y los detalla Jesús. Y allí había un hombre bueno que ya buscaba en su vida lo que era la voluntad de Dios. ‘Todo eso lo he cumplido’.
Es el paso adelante al que Jesús nos invita. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego vente conmigo’. Exigencia de perfección. Exigencia de desprenderse totalmente de uno mismo, que no es sólo desprenderse de unos bienes que ya va incluido. Buscar el tesoro del cielo, no el de la tierra. Desprenderse y compartir. En el evangelio que escuchamos aquel paso no fue capaz de darlo aquel joven. ‘Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico’.
Quizá podemos pensar, ¿para qué nos pone esto el evangelio si no encontramos un buen testimonio de respuesta por parte de aquel joven? No importa. Primero porque Jesús tiene que decirnos cuál es el camino al que El nos invita a seguir. Pero también porque ese contra-testimonio y esas palabras de Jesús han servido a muchos a través de los tiempo para sí dar el paso adelante en ese camino de perfección que lleva a la vida eterna. El santoral está lleno de testimonio de los santos que así lo hicieron. Y seguramente a nuestro lado, quizá no lo apreciemos, pero haya muchas personas que viven ese desprendimiento. Pensemos en quienes se han consagrado a Dios y viven con fidelidad su vocación.
Pero el santo del que hacemos hoy memoria es un buen testimonio. San Roque de Montpellier siguió ese camino del evangelio. No fue sacerdote ni religioso en su sentido más estricto. Sin embargo siguió ese camino de santidad en el desprendimiento generoso y total para darse por los demás. Era rico también como el joven del evangelio. Sus padres vivían en buena posición en Montpellier. Se queda huérfano de padre y madre en su juventud, pero seguramente habría escuchado este evangelio porque hizo al pie de la letra lo que Jesús hoy nos enseña. Se desprendió de todo, lo dio a los pobres y comenzó un camino de peregrinación y servicio hasta su muerte.
Jesús dijo ‘vende lo que tienes… y vente conmigo’. Roque se puso en camino de ese seguimiento de Jesús. Quiere peregrinar a Roma y como un pobre recorre los caminos primero del sur de Francia y luego del norte de Italia, pero va repartiendo su mayor riqueza que es el amor. Allí donde hay un pobre o un enfermo que servir allí está el ofreciendo su amor. Epidemias de peste maligna hacen que sean muchos los que enfermen y mueran y allí esta Roque sirviendo a los enfermos hasta incluso quedar él contagiado de la enfermedad. Retazos de su historia hablan de cómo se refugia en un bosque pensando quizá morir y milagrosamente un perro lo alimenta cada día con un pan que le trae. Es el perro que aparece en su iconografía. Se recupera y sigue prestando sus servicios de amor, intenta volver a Montpellier – los historiadores no se ponen de acuerdo si llegó o no – pero incluso va a sufrir cárcel porque es tenido por un pordiosero. Allí morirá en la más absoluta pobreza, o mejor, allí nacerá a la vida porque alcanzará esa vida eterna que deseaba, puesto que la muerte no es sino el paso a la vida eterna en Dios y con Dios.
Brevemente es su testimonio y su ejemplo de cómo llevar a la vida con toda radicalidad el evangelio de Jesús que hoy hemos escuchado. San Roque nos da ese ejemplo de desprendimiento, de generosidad, de espíritu de servicio; san Roque es el hombre peregrino que quiere seguir a Cristo porque sabe donde está la verdadera patria, la verdadera meta de la vida, que es la vida eterna. Cuánto nos puede enseñar para nuestra vida. Que el Seños nos conceda el don de la generosidad, del desprendimiento para arrancarnos de nuestros egoísmos. Que en verdad sintamos deseos de vida eterna en nuestro corazón.

domingo, 15 de agosto de 2010

La Asunción siembra en nosotros semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 15, 20-27;
Lc. 1, 39-56

Alegrémonos todos en el Señor en esta fiesta de María. No podemos menos que comenzar nuestra reflexión manifestando ese gozo grande que sentimos en el corazón en esta fiesta de la Asunción de María. Celebramos el triunfo de María, su glorificación al ser llevada al cielo en cuerpo y alma una vez concluido el curso de su vida terrena, como proclamamos en el dogma de la Asunción. No podía ser menos para quien era la Madre de Dios, quien había prestado sus entrañas para que en ella se encarnara y de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios.
Se alegran los ángeles. Se alegra toda la creación. Nos sentimos llenos de alegría todos los mortales en esta glorificación de María, la mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada de estrellas que contemplamos en el Apocalipsis, porque es anticipo, es camino de la gloria a la que nosotros estamos también llamados. Nos alegramos los hijos de María porque la contemplamos en la gloria del cielo participando ya plenamente de la resurrección de Cristo, del reinado de Cristo.
Siempre recordamos las palabras del prefacio donde expresamos todos los motivos de dar gracias a Dios en Jesucristo y que marca el ritmo y el sentido pleno de nuestra celebración. Hoy María, la Virgen Madre de Dios, ha sido llevada al cielo, y ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. La celebración de esta fiesta de María pone en nuestra alma semillas del gozo futuro que un día nosotros alcanzaremos.
Hoy somos peregrinos en medio de los caminos de esta vida pensando en la meta de nuestra patria del cielo. El peregrino, al que hay momentos en que se le hace duro el camino, muchas veces se pregunta si merece la pena ese esfuerzo que está realizando, esa lucha por superar las dificultades que encuentra en su camino, pero piensa en la meta que un día alcanzará y se siente estimulado en la esperanza del gozo que un día va a sentir cuando llegue a la meta de su peregrinación.
Todos han escuchado, ya que estamos en el año Jacobeo, que en la cercanía de Compostela hay un monte que llaman el Monte del Gozo, porque allá en el horizonte se vislumbras las torres de la catedral de Santiago, y parece que ya entonces su caminar a pesar de los cansancios se hace más ligero para llegar a la meta de peregrinación. Todos se llenan de gozo grande cuando ya ven cercana la meta de su peregrinación.
Necesitamos en ese camino de peregrinación que vamos haciendo por nuestra vida pensamientos luminosos que pongan alas en nuestros pies; necesitamos ese estímulo de los han que llegado antes que nosotros a la meta para pregustar también nosotros el gozo de la gloria que un día alcanzaremos. Podemos nosotros también llegar a la meta, a la patria del cielo.
María es el Monte del Gozo de nuestra peregrinación que nos alienta y nos hace pregustar el gozo que un día alcanzaremos en la gloria del cielo; María ‘es consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’; esta fiesta de la Asunción de María es para nosotros ese estímulo que necesitamos para nuestro caminar. Figura y primicia de la Iglesia, como la proclamamos en el prefacio.
María, al contemplarla en su Asunción gloriosa, siembra en nuestra alma esas semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos. Ella es la Madre que hoy contemplamos glorificada en el cielo, pero que sabemos que no nos ha dejado sino que sigue caminando a nuestro lado alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor. Por eso Cristo quiso dejárnosla como Madre en ese momento solemne de la Cruz. María es ese espejo de santidad en el que nos miramos y de ella queremos aprender para hacer bien nuestro camino.
En el evangelio que hoy hemos escuchado nos enseña muchas cosas. María nos enseña a ir al encuentro con los demás. No caminamos solos, sino que ese camino tenemos que saber hacerlo con los demás; nunca aislados de ellos. Lo primero que nos dice el evangelio de hoy es que, al tener conocimiento de lo que allá en la montaña sucedía con su prima Isabel, ‘se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’.
Cuánto podemos llevar cuando vamos al encuentro de los otros, cómo cuánto podemos recibir de ellos también. Con la presencia de María en aquel hogar de la montaña Dios se hizo presente de manera especial en medio de ellos. ‘Isabel se llenó de Espíritu Santo’, Juan quedó santificado en el seno de su Madre. Con María llegaba Dios, se hacía presente Dios. Con nuestro amor, en nuestro encuentro con los demás, siempre vamos a llevar a Dios y Dios sabe hacer cosas grandes y maravillosas a través de nosotros aunque nos consideremos o seamos pequeños. Y nosotros también podemos llenarnos de Dios porque en los demás, sea quien sea con quien nos encontremos, Dios también quiere venir a nuestra vida. Descubramos siempre cuánto bueno recibimos de los demás.
Hoy escuchamos cantar a María proclamando las grandezas del Señor. Tiene que ser también nuestro cántico, el cántico de los peregrinos que descubren las maravillas que el Señor va haciendo en nosotros en nuestro camino. Es el cántico de la esperanza porque con ese cántico de María nos sentimos también estimulados para esa lucha porque sabemos que con Dios este mundo en verdad se puede transformar. Esa tarea que se nos ha encomendado de vivir el Reino de Dios y de hacerlo presente en nuestro mundo no es una tarea imposible porque con Dios lo podemos realizar.
‘El hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, que canta María. Nos está diciendo, estamos cantando y proclamando con María que esos parámetros del Reino de Dios se realizan y nos llenamos de esperanza. Es lo que canta María y tiene que ser nuestro cántico. No sólo palabras bonitas sino dejar hacer, dejar realizar esa acción transformadora de Dios. La soberbia dejará paso a la humildad, la violencia a la paz, el odio al amor, la envidia y el resentimiento a la generosidad.
Y es que mientras peregrinamos hacia la gloria definitiva nos sentimos comprometidos en hacer mejor nuestro mundo, en hacernos mejores nosotros y en ayudar también a que los demás cambien su corazón. Son las semillas del Reino de Dios que tenemos que ir sembrando en todo eso bueno que hacemos, en esa justicia por la que luchamos, en esa paz que buscamos y queremos construir, en ese amor que queremos ir poniendo en todos los corazones.
Hoy nosotros miramos a María en esa advocación tan querida para nosotros los canarios. Cuántos llegados de todos los rincones van a postrarse ante la Imagen bendita de Ntra. Sra. de Candelaria. Ella nos trajo la luz a nuestra tierra porque ya ella nos estaba enseñando a mirar a su Hijo Jesús antes incluso que llegaran los primeros evangelizadores. Ella ha seguido allí desde su Santuario pero en el corazón de todos los canarios enseñándonos el camino de la luz verdadera y ayudándonos a mantener esa luz siempre encendida en nuestro corazón.
María, portadora de la luz, la Candelaria, nos está diciendo que vayamos al encuentro con los demás llevando siempre esa luz. Que no se nos apague la fe, que no se difumine por ningún motivo la esperanza, que se encienda siempre muy fuerte la hoguera del amor en nuestra vida. La contemplamos glorificada y nos hace levantar la mirada hacia lo alto, para que pongamos altas metas, nobles ideales en nuestro corazón. Para que con ella nos sintamos elevados en su Asunción porque la gloria que en ella hoy contemplamos también puede ser un día nuestra gloria, la que en el Señor alcancemos en el cielo.

sábado, 14 de agosto de 2010

De los que son como ellos es el Reino de los cielos

Ez. 18, 1-10.13.30-32;
Sal. 50;
Mt. 19, 13-15

‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos’
. ¡Qué ternura Jesús rodeado de los niños!
Era habitual entre las gentes llevar a sus niños a los maestros o doctores de la ley o a los hombres de Dios para que los bendijeran. ¿Cómo no llevárselos a Jesús? Nos imaginamos la escena, aunque el fervor de algunos discípulos quisiera romper su encanto. No querían que molestaran al Maestro que estaba cansado. Pero ya hemos escuchado. ‘Dejadlos, no se lo impidáis…’
Nos recuerda muchas cosas. Aquella bonita costumbre ya perdida de pedir la bendición a un sacerdote cuando se le encontraba por la calle o en cualquier lugar. Pero no sólo era a los sacerdotes; se pedía la bendición a los padrinos; los padres daban la bendición a sus hijos. Todavía en algunos países quedan esas buenas costumbres, como en muchos países de América. Tengo amigos en América que cuando charlamos o bien al principio o al final de la conversación, y no porque sea sacerdote sino por bonita costumbre, siempre dicen, ‘bendición’.
No estaría mal rescatar costumbres así tan hermosas, y evitaríamos palabras malsonantes e injuriosas en nuestras conversaciones; o sería una forma también de hacer presente a Dios entre nosotros, en nuestra conversación o en nuestro encuentro, porque la bendición siempre será del Señor. Le bendecimos a El y El nos bendice a nosotros llenándonos de su paz y de su gracia.
Pero sigamos contemplando la escena del evangelio de hoy. Jesús rodeado de los niños. ‘De los que son como ellos es el Reino de los cielos’, termina afirmando Jesús. En otra ocasión nos dirá que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos. Un día tomó a un niño y lo puso en medio de ellos para decirnos que había que hacerse como un niño. Los discípulos habían estado discutiendo por el camino sobre quien era el más importante.
En los pequeños y en los pobres se hace presente Dios. haciéndonos pequeños nos hacemos sencillos, arrancamos de nosotros toda malicia y toda maldad, tendremos los ojos limpios para mirar con mirada pura lo que nos rodea. ¿Os habéis fijado en los ojos de un niño, en su mirada? Necesitamos tener nosotros esa mirada limpia y fresca porque llenamos nuestros ojos tantas veces de maldad.
‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’, nos dirá en las bienaventuranzas. Quien tiene limpio el corazón tendrá una mirada limpia, pero tendrá también unas actitudes buenas hacia los demás. ‘Oh Dios, crea en nosotros un corazón puro’, hemos pedido en el salmo responsorial.
Y nos dice por otra parte que no le hagamos daño nunca a un niño, porque sus ángeles están contemplando el rostro de Dios. No enturbiemos nunca el corazón de un niño con nuestras maldades. Tengamos nosotros siempre limpio nuestro corazón. Tengamos la alegría pura de un niño inocente que nos hace entender la verdadera alegría. Nos hace falta muchas veces esa sonrisa en nuestros rostros y en nuestro corazón. Nos cuesta tenerla muchas veces por la maldad con la que hemos llenado nuestro corazón.
Aprendamos donde está la verdadera grandeza ante Dios. Hagámonos pequeños porque así descubriremos cómo es el Reino de los cielos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Una riqueza que hay que defender, la estabilidad de las familias

Ez. 16, 59-63;
Sal. Is. 12;
Mt. 19, 3-12

Hoy la liturgia nos ofrece un texto del evangelio que cuesta mucho escuchar en el mundo en el que vivimos. Siempre el tema del matrimonio fue una problemática muy candente. Lo vemos ya en tiempos de Jesús por las preguntas que le plantearon. ‘¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?’
Sigue siendo una problemática seria hoy y, como decíamos, a muchos no les gusta escuchar estas palabras de Jesús. Querrían algo quizá más permisivo. Contemplamos la realidad cada vez más crujiente de rupturas, separaciones, divorcios, matrimonios de todo tipo (incluso ya no se les llama matrimonio sino simplemente pareja) u otro tipo de relaciones a las que se trata incluso de equiparar al matrimonio.
Comprendemos, ¿cómo no?, los terribles dramas humanos por los que pasan muchas personas, pero eso no nos exime de proclamar con Jesús la grandeza y la maravilla del matrimonio y al mismo tiempo elevar nuestra oración por tantas personas que sufren situaciones difíciles.
‘¿No habéis leído, nos dice Jesús, que el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne?’ Por eso concluirá Jesús afirmando categoricamente: 'Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre'. Una realidad hermosa y natural en cuanto que está inserta en nuestra propia naturaleza - Dios nos ha creado hombre y mujer - y que con Cristo ha sido elevada aún más a un orden sobrenatural con la gracia del Sacramento del Matrimonio.
Algo grandioso, importante, trascendental que hay que tomarse muy en serio porque está en juego, podemos decir, el desarrollo y crecimiento de la propia persona, y también para la sociedad en la que vivimos de la que es célula fundamental el matrimonio y la familia.
Es por eso por lo que hay que hablar de esa preparación humana, espiritual y cristiana, que hay que tomarse muy en serio por quienes quieren darle a su vida esa verdadera plenitud en la vivencia del matrimonio y en la fundación o creación de una familia. Es así que los cristianos han de tomárselo, pues, muy en serio para saber descubrir toda esa riqueza humana, espiritual, sobrenatural que se encuentra en el matrimonio cristiano y en la familia cristiana.
Es un camino de amor y de fidelidad que conduce a la plenitud de la persona, y donde hay que evitar tantas superficialidades como ser vive hoy en nuestro mundo y donde hay que cultivar muchos valores que sean el mejor caldo de cultivo para ese amor y fidelidad total que exige el matrimonio indisoluble. Es neceario entender de entrega generosa y de aceptación y repeto mutuo, de espiritu de sacrificio y de capacidad de perdón, de soñar que siempre es posible recomenzar de nuevo y que se pueden olvidar las malas experiencias. Si no es así no llegaremos a entender lo de la fidelidad y lo del amor para siempre. Un camino exigente, es cierto, pero para el que nosotros los cristianos no nos sentimos solos ni sin fuerzas, porque no nos falta la gracia sobrenatural del Sacramento de Matrimonio.
Nos queda ahora orar por los matrimonios y por las familias para que con la gracia del Señor sepan superar tantas dificultades que podrían poner en peligro su estabilidad. Orar para que sepan vivir ese amor entregado y exigente, ese amor fiel y único con la gracia y la fuerza del Señor. Y orar por quienes los que se ven envueltos en dificultades, por los que sufren las consecuencias de las rupturas. Y orar para que nuestra sociedad ponga también todos los medios que cuiden y favorezcan la vida y cuiden y favorezcan a las familias para ayudarles a caminar ese camino de fidelidad y de responsabilidad. Tenemos que exigir de nuestra sociedad también esos medios y esa protección de las familias.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hasta setenta veces siete

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22;
Sal. 112;
Mt. 18, 21-19, 1

Una consecuencia más para una vida que está totalmente informada por la caridad, como decíamos ayer. Hoy nos habla Jesús del perdón por las ofensas o por las injurias que hayamos recibido. Quizá tendríamos que recordar de nuevo lo que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Entre otras cosas ‘el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Todo lo excusa, todo lo perdona, porque siempre el amor está por encima de todo.
Quizá Pedro, después de escuchar a Jesús hablar de las características del amor que nos tiene que llevar a buscar y querer siempre lo bueno para los demás, ayudándoles a superar también las propias limitaciones o fallos que se tengan, se plantea y pregunta, y ¿si me ofenden a mí? ¿hasta donde tiene que llegar mi amor? ¿a perdonarle? Pero, ¿cuántas veces?
‘Señor, si mi hermano me ofende; ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús con ese juego de números del setenta veces siete para en el fondo decirnos que tenemos que perdonar siempre. Y para ello Jesús nos propone una parábola que lo que viene a plantearnos es que si nosotros hemos recibido misericordia, cómo no vamos también nosotros a tener misericordia con los demás. Eso es lo que quiere realmente Jesús enseñarnos.
Creo que es algo en lo que hemos de detenernos a reflexionar hondamente. Considerar lo generoso que es Dios con nosotros que siempre nos está ofreciendo el perdón cuando hemos sido nosotros los que le hemos ofendido. Entregó a su propio Hijo para darnos y manifestarnos su amor y su perdón. Cuánta es la generosidad de Dios. Qué grande es su amor.
Duro y mezquino tiene que ser el corazón del hombre que ha experimentado en sí la misericordia de Dios que le perdona, para no ser capaz él de tener misericordia también con el hermano y perdonar con la misma generosidad. Porque es cuestión de amor, es cuestión de generosidad. Sin embargo la parábola nos está reflejando lo que es la triste realidad que vivimos; no hace otra cosa sino contar lo que habitualmente nosotros hacemos. Cuánto nos cuesta perdonar. Qué fáciles somos para guardar rencor y resentimiento eterno por lo que nos hayan podido hacer. Qué generosidad nos hace falta en el corazón. Quita esa espina de tu corazón que tanto daño te hará.
Uniría al comentario a este texto algo en lo que ya en otra ocasión hemos reflexionado. Y es recordar la recomendación que Jesús nos hace en el sermón del monte cuando nos habla del amor a los enemigos. ‘Habéis oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan. De este modo seréis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos…’ Esta es una buena clave para perdonar; ésta tiene que ser una hermosa práctica para llegar a ser generosos en nuestro perdón para con los demás. Ora por ellos, reza a Dios por aquel que te haya ofendido o te haya hecho mal. Sentirás la fuerza y la gracia del Señor.
Y finalmente recordemos la bienaventuranza. ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. Que merezcamos esa dicha y esa felicidad porque siempre pongamos misericordia en el corazón y seamos capaces de perdonar generosamente siempre al hermano.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Toda la vida del cristiano está informada por el amor

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22;
Sal. 112;
Mt. 18, 15-20

Toda la vida de la Iglesia, toda la vida del cristiano debe estar siempre informada por el amor, por la caridad. Es nuestro distintivo. Es el único mandato que nos dejó Cristo. Es lo que tiene que conformar toda nuestra vida. En nuestras relaciones con los demás. En nuestra forma de relación con Dios.
Amamos y queremos y buscamos siempre el bien. Quien ama no querrá nunca dañar ni humillar al hermano. Quien ama le duele enormemente en el alma el mal que pueda estar haciendo o viviendo el hermano. Por eso buscamos siempre lo bueno, queremos siempre lo bueno para el hermano. Porque eso, somos hermanos. Es una dicha poder sentirnos así. No todos pueden sentirlo; no todos saben apreciarlo. Nosotros podemos desde la fe que tenemos en Jesús, desde todo el regalo de amor que en Jesús Dios nos ha hecho.
Eso entraña una relación humilde y llena de sinceridad. Nunca podemos ser altivos ni creernos superior al otro. Y desde ese amor y con esa humildad nos acercamos al otro que significa también un respeto grande. Como de la misma manera con ese amor y con la misma humildad dejamos que el otro se acerque a nosotros. Nos cuesta hacerlo. En ocasiones no nos es fácil tanto por un lado como por el otro. Cuanta delicadeza nos exige el amor. A todos.
Como nos enseña san Pablo ‘el amor es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no se alegra con la injusticia sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Es hermoso lo que nos dice san Pablo y a tener muy en cuenta en nuestro trato y en nuestra relación con los demás.
Jesús hoy en el evangelio nos habla de la corrección fraterna. Nos corregimos porque nos amamos. Nos dejamos corregir porque sentimos el amor de los demás sobre nosotros que siempre buscan el bien. Corregimos con amor y con humildad. Nos dejamos corregir con amor y con humildad. Nos cuesta hacerlo y nos cuesta aceptarlo. Si todos fuéramos más humildes resplandecería mucho más el amor entre nosotros.
Pero decíamos que el amor debe conformar también nuestra forma de relación con Dios. Es nuestro Padre. Ante El nos sentimos hijos. Como hermanos nos acercamos a El unidos unos y otros. Es lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla del valor de la oración en común. Una garantía de que Dios nos escucha mejor.
‘Os aseguro, nos dice Jesús, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo en mi nombre, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Nos escucha nuestro Padre del cielo. Es que Jesús nos asegura que El estará en medio de nosotros. El estará rogando al Padre también por nosotros.
Hacemos nuestra oración personal, porque necesitamos siempre ese encuentro personal con Dios para escucharle y sentirle en lo hondo de nuestro corazón, para sentirle como está presente en nuestra vida. Pero Jesús nos dice también que nos pongamos de acuerdo para orar juntos cuando queremos pedir algo al Padre. Es el valor de la oración comunitaria. Es la fuerza que tiene nuestra oración comunitaria, cuando la hacemos en comunión con los demás, cuando la hacemos en comunión de Iglesia. Jesús está en medio nuestro.
Son nuestra celebraciones sagradas y litúrgicas, la Misa o cualquiera de los sacramentos. Pero son también esos momentos en que nos unimos para orar juntos. Nos unimos porque queremos sentirnos en comunión los unos con los otros. Nos unimos porque nos sentimos conformados por el amor. Como decíamos toda la vida de la iglesia, toda la vida del cristiano tiene que estar informada por la caridad, por el amor. también nuestra oración. Qué importante que sepamos comprenderlo y sepamos vivirlo.

martes, 10 de agosto de 2010

Encendido en el amor alcanzó la gloria del martirio


San Lorenzo, mártir


2Cor. 9, 6-10;
Sal. 111;
Jn. 12, 24-26

Como nos dice san Agustín en uno de sus sermones, ‘la Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica’. Efectivamente estamos celebrando hoy a san Lorenzo, como decíamos en la oración litúrgica, ‘encendido en tu amor se mantuvo fiel a tu servicio y alcanzó la gloria en el martirio’.
San Lorenzo era diácono del Papa San Sixto II a quien celebramos hace pocos días, y que le precedió en el martirio junto con otros diáconos. Era Diácono, es decir, servidor de la Iglesia y servido en especial de los pobres. En las actas de su martirio se habla de que cuando el juez le pedía que le entregara los bienes de la Iglesia, sabiendo que él era su administrador, lo que hizo Lorenzo fue presentarle a los pobres de Roma a quienes atendía gracias a la generosidad del compartir de los fieles. Esa es la verdadera riqueza de la Iglesia, los pobres y el servicio que a ellos podamos prestarles.
De ello nos ha hablado la primera lectura de la carta a los Corintios. ‘El que da de buena gana lo ama Dios’. Es el amor que sentimos de Dios y el amor con que nosotros le respondemos amando a Cristo de manera especial en nuestros hermanos los pobres y los que sufren.
Y celebramos a san Lorenzo por su martirio. Como decíamos, varios días antes fue decapitado en un cementerio romano el Papa Sixto y otros cuatro diáconos. Lorenzo sufrió fuertes tormentos hasta ser quemado su cuerpo. De ahí los signos de la parrilla que acompañan a su imagen. Como dicen las actas del martirio, Lorenzo exclamaba: ‘Yo adoro a Dios y sólo a El le sirvo. Por esto no temo los tormentos’.
San Cipriano que da cuenta de estos mártires podía apoyarse en el testimonio de ellos para invitar a los cristianos ‘a la lucha espiritual; de tal suerte que cada uno de nosotros no piense tanto en la muerte como en la inmortalidad, y que, consagrados a Dios con todas las energías de su fe y de su entusiasmo, sientan antes la alegría que el miedo a la hora de la confesión de la fe en el martirio, en la que saben que los soldados de Dios no reciben la muerte, sino antes bien, la corona’. Por eso decíamos antes al recordar la oración litúrgica de esta fiesta ‘encendido en tu amor alcanzó la gloria del martirio’.
A nosotros tiene que valernos también el testimonio glorioso de los mártires. Necesitamos sentirnos fortalecidos en nuestra fe en medio de nuestro mundo, donde algunas veces nos cuesta dar nuestro testimonio de cristianos. Qué hermoso cuando vemos a personas que dan testimonio valiente de su fe, que no se avergüenzan de manifestarse creyentes y cristianos convencidos. Estos días leía en la prensa un hermoso comentario de cómo cierto político en un acto público se manifestó abiertamente como creyente y como cristiano. Hacen falta esos testimonios que desgraciadamente no vemos prodigarse mucho en personajes de la vida pública porque parece que todos están siempre como queriendo nadar y guardar la ropa, y hacen sólo lo que ahora llaman lo políticamente correcto.
Pero el mundo nos necesita, el mundo necesita testigos de la fe, testigos de Cristo. Y ese testimonio tenemos que darlo nosotros, aunque nos cueste. Sabemos que con nosotros está el Señor; El nos ha dejado la fuerza de su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza, de valor, de entusiasmo y de alegría por nuestra fe.
Que san Lorenzo interceda por nosotros; que tomemos su ejemplo y sintamos su protección. Que tengamos su valentía. Que sepamos encendernos en el amor de Dios hasta caldear totalmente nuestro espíritu para llevar el fuego de Dios a nuestro mundo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Era la apariencia visible de la gloria del Señor

Ez. 1, 2-5.24-2, 1;
Sal. 148;
Mt. 17, 21-26

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos dicho en el salmo responsorial. Salmo que es un cántico de alabanza y de bendición al Señor. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto…’ Los ángeles y sus ejércitos celestiales, los reyes y todos los pueblos del orbe, los príncipes, los jefes, los jóvenes y los viejos, todos han de alabar, todos hemos de alabar al Señor.
Es la mejor respuesta que podíamos dar a lo escuchado en la primera lectura que terminaba diciendo: ‘era la apariencia visible de la gloria del Señor; al contemplarla, caí rostro en tierra’. El salmo es siempre respuesta hecha oración con la misma palabra de Dios a la Palabra que se nos va proclamando. Nos da una buena pauta siempre de cómo ha de ser nuestra oración desde esa Palabra de Dios proclamada y a la que hemos de dar respuesta con nuestra oración y con nuestra vida toda.
Hoy hemos comenzado a escuchar al profeta Ezequiel que seguiremos escuchando en los próximos días. Es uno de los grandes profetas que además influyó mucho en el judaísmo. Sus escritos son enigmáticos y muy llenos de imágenes y comparaciones algunas veces a la manera de parábolas, pero es de rico simbolismo con un lenguaje muy propio. Algunas veces incluso nos puede costar entender y necesitaremos una ayuda para saber interpretar. Pero creo que siempre ante la Palabra de Dios hemos de ponernos con corazón sincero y muy abierto a lo que el Señor quiera decirnos a través de esas ricas imágenes que, por ejemplo, emplean los profetas.
Ezequiel era de familia sacerdotal del templo de Jerusalén, aunque no pudo ejercer su ministerio sacerdotal en Jerusalén pues fue deportado a Babilonia en la primera de las deportaciones realizadas por el rey Nabucodonosor. Toda su profecía la realizó en la cautividad de Babilonia y su palabra profética ayudaba dando ánimos a mantener la esperanza de la vuelta del destierro y nos daba imágenes de cómo había de ser ese nuevo reino de Israel, ya no fundando tanto en el reino temporal sino algo más espiritual y con verdadero sentido mesiánico.
Hoy, como decíamos, nos hace una descripción de la gloria de Dios. ‘Era la apariencia visible de la gloria de Dios’, nos dice al final de las palabras hoy escuchadas. Y nos hace una descripción llena de imágenes, de figuras, de resplandores de todo tipo para describirnos esa gloria del Señor en el cielo. ‘Apoyó sobre mí la mano del Señor’, dice expresando cómo él está recibiendo esa revelación de Dios y esa misión profética que ha de realizar trasmitiendo todo lo que ve al pueblo para mantenerlo en esa fe y en esa esperanza. Ya seguiremos escuchando en los próximos días más sobre su vocación y cómo ha de anunciar la Palabra que El recibe de Dios.
Contemplando esa gloria del Señor no podemos menos que, como hacíamos en el salmo, cantar toda bendición y alabanza al Señor. Es una palabra que nos alienta también a nosotros en ese camino de cruz que muchas veces hemos de caminar. Precisamente en lo escuchado en el evangelio vemos cómo Jesús una vez más anuncia a los discípulos su cruz y su muerte; los discípulos no lo llegarán a comprender e incluso hoy nos dice que se pusieron tristes. Que la gloria de Dios que contemplamos, esa gloria del Señor que nosotros queremos cantar también en nuestra celebración de la Eucaristía, nos ayude a comprender el misterio de Cristo y a vivirlo. También nosotros cantamos al Dios tres veces santo y proclamamos también que los cielos y la tierra están llenos de su gloria.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una palabra de aliento que nos habla de responsabilidad, disponibilidad, trascendencia


Sab. 18, 6-9;
Sal. 32;
Heb. 11, 1-2.8-19;
Lc. 12, 32-48

‘No temas, pequeño rebaño…’ comienza diciéndonos Jesús hoy. ‘No temas…’ podíamos decir que es una invitación pascual a la esperanza y a la alegría a pesar de tantas incertidumbres y angustias que nos pudieran afectar. Los que creemos en Jesús estamos siempre invitados a la esperanza y con un optimismo nacido de la fe nos enfrentamos a la vida. En varios momentos del evangelio escuchamos esa invitación.
Pero quizá los temores y las angustias del mundo que nos rodea nos afectan y pudieran llevarnos también a nosotros a un desencanto y desesperanza. Sin embargo hemos de escuchar aquel hermoso texto del concilio Vaticano II en el que nos decía que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo’. Pero nosotros tenemos motivos de esperanza desde nuestra fe en Jesús. Por eso nunca nos podrá el temor ni la desesperanza.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura nos ofrece un hermoso testimonio haciéndonos una hermosa lectura del testimonio de los antiguos Patriarcas. ‘Por su fe, son recordados los antiguos… con fe murieron sin haber recibido lo prometido…’ pero no les faltó la esperanza. Es lo que nosotros hemos de aprender.
Como decíamos son muchos los nubarrones que oscurecen la vida en los tiempos que vivimos. Decimos que son momentos de crisis en tantos aspectos de la vida, aunque de entrada nos encandile la crisis económica con toda la secuela de pobreza y de miseria que están viviendo tantos hermanos nuestros.
Pero creo que es algo más amplio y más hondo lo que sucede. Se ha perdido para muchos la esperanza y cuesta para muchos ver la salida o algún rayo de luz al final del túnel. Pero es que ha habido muchos valores que se han perdido en nuestra sociedad cuando nos acostumbramos a una vida fácil y sin sacrificio, donde la austeridad era una palabra maldita que no se quería oír, donde nadie sabía negarse nada en todos los sentidos y sólo sabíamos dejarnos llevar, donde los valores espirituales quedaban oscurecidos u ocultos desde el materialismo o sensualismo en que se vivía.
Y esto nos afecta a todos y a todos puede hacernos daño. Todos podemos caer en esas redes de desesperanza, de materialismo, de ansias de confort y pasarlo bien, dejando a un lado valores importantes para la persona. Y muchas veces vemos en los cristianos señales de esa desesperanza y desilusión, de ese cansancio y de falta de ideales. Nos parece ver negras también las cosas en el seno de la iglesia por tantos problemas en que nos vemos envueltos, por una pérdida de la religiosidad en nuestra sociedad, por la ausencia de la gente de nuestras celebraciones o por la falta de vocaciones, por citar algunas cosas.
La palabra de Jesús en el evangelio ha tenido y sigue teniendo una validez total para el camino del hombre, para el camino de nuestra vida. Palabra de aliento, de ánimo y de esperanza. Palabras que nunca nos pueden llevar a la pasividad, sino todo lo contrario. Palabras que hemos de escuchar con un corazón abierto.
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…’ nos dice Jesús. Como el criado que espera la llegada del amo, como el dueño de casa que tiene que cuidarla y estar vigilante para que no le entre el ladrón, como el administrador que tiene que cumplir su tarea y su responsabilidad. Nos está hablando Jesús de responsabilidad y de fidelidad, de disponibilidad y generosidad, de trascendencia. Son cosas que no podemos olvidar, que hemos de tener muy presentes. Con mucha esperanza y con mucha confianza puesta totalmente en el Señor. ‘Nosotros aguardamos al Señor… es nuestro auxilio y escudo… que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti’ rezábamos en el salmo.
Con esa fe y esa esperanza no cabe, pues, los temores. Seremos un pequeño rebaño, como nos llama hoy Jesús, y un rebaño pequeño y débil porque también nosotros los cristianos sentimos la debilidad en nuestra vida que muchas veces incluso llevado al pecado, pero tenemos la certeza del amor del Señor que no nos deja, no nos falla nunca. Estará siempre a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu que nos sana, nos fortalece, nos llena de la salvación del Señor. ‘Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’, nos decía Jesús.
Por eso llenamos de trascendencia nuestra vida. Y el tesoro que queremos ganar no son ganancias terrenas sino que queremos que sea ‘un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla’. Es ese tesoro en el que queremos poner nuestro corazón.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida. Queremos mantener íntegra y firme nuestra fe y nuestra esperanza. Es el cimiento verdadero de nuestra vida. No nos puede faltar. Igual que Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura, que por fe obedeció y se puso en camino. Por eso nos ponemos en las manos del Señor con una disponibilidad total dispuestos incluso al sacrificio, como Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Nos ponemos en camino, nos sentimos peregrinos, nos dejamos conducir por nuestra fe en el Señor, buscando la verdadera patria pero sin olvidar esta tierra que pisamos, en la que vivimos, con la que nos sentimos comprometidos a hacerla mejor.
Con esa fe nos enfrentamos a esa tarea y responsabilidad que tenemos también ahora en la construcción de nuestro mundo, agobiado por tantas crisis, pero que sabemos que podemos irlo transformando según esos valores del Reino de Dios en el que creemos y por el que luchamos. No nos importa el sacrificio, la entrega de nosotros mismos y el poner lo nuestro a disposición del bien de los demás con generosidad total. Lo que nos decía Jesús en el evangelio para alcanzar el verdadero tesoro. Unos valores que tenemos que recordar y rescatar para nuestro mundo.
Un mundo que tenemos que llenar de esperanza pero esperanza de la verdadera, de la trascendente, que le de auténtica profundidad a lo que hacemos y vivimos. Tenemos los pies en esta tierra pero miramos hacia arriba, más allá de lo que ahora somos y vivimos porque tenemos una esperanza que veremos cumplida en el Señor.

sábado, 7 de agosto de 2010

¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?

Hab. 1. 12-2, 4;
Sal. 9;
Lc. 17, 14-19


‘Señor, ten compasión de mi hijo… se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo’. Acude aquel padre angustiado a Jesús, que baja del Tabor después de la Transfiguración. En la ausencia de Jesús había pedido a los discípulos que lo curara, pero no fueron capaces.
Hay una queja podríamos decir dolorosa de Jesús por la falta de fe. Se quejaría un día de la poca respuesta de Cafarnaún, lloraría sobre la ciudad de Jerusalén porque no le habían querido recibir ni aceptar, se queja cuando una y otra vez le piden signos y señales, se queja ahora dolorido por la falta de fe. ‘¡Gente sin fe y perversa! ¿hasta cuándo os tendré que soportar?’ Jesús, sin embargo, realiza el milagro.
Los discípulos se acercarán a preguntarle ‘¿Y por qué nosotros no pudimos echarlo?... por vuestra poca fe’, les responde Jesús. ‘Os aseguro que si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y os obedecería’. No es que necesitemos mover montañas, pero sí que necesitamos la fe y una fe firma y segura. No es que vayamos haciendo milagros por todas partes, pero sí necesitamos la fe como el alimento y el sentido profundo de nuestra vida.
En el día a día de nuestra vida que distintos seríamos con una fe firme e inquebrantable. Decimos, sí, que tenemos fe, que creemos, pero algunas veces en las actitudes y comportamientos pudiéramos aparentar que no tenemos fe, porque no son las actitudes y comportamientos de un creyente, de un cristiano, de un seguidor de Jesús.
Con nuestra fe ponemos toda nuestra confianza en Dios, pero esa fe nos hace actuar de una forma distinta en los diferentes momentos de nuestra vida. Esa fe nos recordará la presencia de Dios, que es recordarnos también lo que es la voluntad de Dios, que es tener presente en nuestra vida los mandamientos, los criterios morales por los que ha de regirse nuestra conducta.
Pero ya sabemos lo que sucede muchas veces la fe que decimos que tenemos va por un lado, pero nuestra vida va por otros derroteros. ¿Cómo se podría unir fe e injusticia? ¿Cómo se podría unir fe en Dios Amor y desamor, egoísmo y hasta odio hacia los demás? ¿Cómo se puede unir fe en el Dios de la vida y por otra parte no defender la vida del inocente permitiendo, por ejemplo, el aborto y todo tipo de violencias? ¿Cómo se puede unir fe en Dios y todo tipo de desórdenes morales y éticos? ¿Cómo podemos unir fe e insensibilidad ante el sufrimiento de los demás? Muchas preguntas tendríamos que hacernos en este sentido. ¿Se tendrá que quejar Jesús también de nuestra poca fe y de que la hemos alejado de nuestra vida?
La fe no será una atadura que coarte nuestra libertad y nuestra vida, pero sí nos dará la razón y el sentido de todo lo que hacemos, llevándonos a la más hermosa plenitud. La fe tiene que envolver toda nuestra vida igual que Dios con su inmensidad lo llena todo porque en El vivimos, somos y existimos. Estamos inmersos en Dios más que en el aire que respiramos, porque Dios en su inmensidad lo llena todo y, en consecuencia, la fe nos envuelve por dentro y por fuera toda nuestra vida.
Tenemos que cuidar nuestra fe. Tenemos que fortalecer nuestra fe. Tenemos que profundizar en nuestra fe para conocerla, para saber bien en lo que creemos, pero para saber también esa nueva vida a la que nos lleva nuestra fe.

viernes, 6 de agosto de 2010

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde
oración

Quiero subir contigo, Señor, esta tarde
a la montaña del Tabor de la oración..
Te llevaste contigo
a Pedro, a Santiago y a Juan,
tus discípulos predilectos.
¿Me admitirás con ellos, Señor?
Tú querías que ellos tuvieran
la experiencia luminosa de tu gloria.

Pero sé que quieres seguir
manifestándote a nosotros, Señor.
No somos dignos
ni merecedores de tanta bondad
y muchas veces no somos capaces
de saborearlo debidamente
porque estamos tan llenos
de miseria y de pecado.

Pero el fuego de tu luz nos purifica
y sabemos, estamos seguros,
que quieres tenernos contigo
participando también de tu luz,
llenándonos de tu gloria.

La subida puede ser larga y penosa
Toda ascensión exige desprenderse,
muchas cosas se nos apegan,
muchos fantasmas nos distraen
pero merece la pena llegar a lo alto
para el encuentro contigo
y con tu gloria.

Pedro se atrevió a levantar la voz
para manifestar su dicha
quería quedarse allí para siempre.
Qué bien se está aquí,
hagamos tres tiendas,
pedía y soñaba en su entusiasmo.

Nos sentimos dichosos, sí,
de estar en tu presencia,
de gozar de tu presencia
en el Tabor de nuestra oración.

Que yo, Señor, aprenda a descubrirte;
que aprenda a conocerte
y a llenar mi corazón
de la dicha inefable
de tu amor permanente.

Ayúdame, Señor,
a hacer silencio en el corazón
para escucharte,
para escuchar la voz del Padre
que te señala como su Hijo,
amado y predilecto,
como la Palabra salida de su boca
que tenemos que escuchar.

Tantos son los ruidos que nos distraen,
que no nos permiten oír
claramente tu voz.
Nos distraemos con las apetencias
que se nos apegan a nuestro corazón
y hacen ruido en nuestra vida;
nos distraemos
con tantas voces engañosas
que nos vienen del mundo
para atraernos por sus caminos;
nos distraemos de escuchar tu voz
cuando solamente
nos escuchamos a nosotros mismos
y nos hacemos insensibles
a la verdad única que puede salvarnos.

Nos prometiste tu Espíritu
que será el que nos mueva el corazón
hacia lo verdadero
pero el que nos hará orar de verdad
porque sólo con El
podemos llamar a Dios Padre
y proclamar tu nombre
con toda autenticidad,
proclamar el santo nombre de Jesús,
proclamar que Jesús es el Señor.

Queremos quedarnos en silencio,
contemplándote
y escuchándote,
sintiéndote
en lo más hondo de nosotros mismos.
Aquí estás en la Eucaristía
con la misma gloria del Tabor.

Ilumínanos, Señor, con tu luz.
Llénanos de tu gloria.
Que me sienta inundado de tu presencia.
Que sienta el gozo del Señor en el corazón.

Aquí me quedo en silencio,
háblame en lo más hondo del corazón,
quiero escucharte, Señor.

Qué hermoso es estar aquí…


2Ped. 1, 16-19;
Sal. 96;
Lc. 9, 28-36

‘Maestro, qué hermoso es estar aquí…’ exclamó Pedro cuando aún no había terminado de manifestarse del todo la gloria del Señor.
Se habían dejado conducir por Jesús para subir a aquella montaña alta. ¿Les apetecía subir? A ellos como a nosotros a veces no nos apetece ese esfuerzo. Pero se habían dejado llevar. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar’.
A Pedro, a Santiago y a Juan en algunas ocasiones importantes también Jesús se los había llevado consigo. Quería que estuvieran con El en esos momentos. En la resurrección de la hija de Jairo fueron los tres que entraron con Jesús a la casa; más tarde sería en Getsemaní cuando se los llevaría hasta lo más hondo del huerto donde en la agonía de su oración iba a comenzar la pasión; ahora, en el Tabor ellos eran los elegidos para subir con Jesús para orar.
Quizá este momento preparaba los otros, para que comprendieran el significado de la resurrección de la hija de Jairo, o para que estuvieran preparados para Getsemaní y todo lo que seguiría. ‘Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos…’ Jesús se transfiguraba delante de ellos; Moisés y Elías que aparecieron también hablaban con Jesús ‘de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Se manifestaba la gloria del Señor, que era como un anticipo de la gloria de la resurrección; una preparación ahora para pasar por Getsemaní y la cruz, sabiendo que todo culminará en la resurrección.
Habían entrado ellos en la oración con Jesús y por eso podían contemplar su gloria, aunque se caían de sueño. No sé por qué siempre nos da sueño cuando queremos entrar en oración. Pero Pedro está bien despierto ante tanta gloria que se manifiesta. ‘Qué bien se está aquí, qué hermoso es estar aquí’, y quería quedarse allí para siempre; ya iba a comenzar a construir tres tiendas. ¿Somos capaces nosotros de disfrutar así de nuestra oración, de nuestro encuentro vivo con el Señor que también quiere manifestársenos, hacernos partícipes de su gloria? Tenemos que aprender a orar. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor a la oración y abrir los ojos de nuestro corazón para sentir su presencia, para sentirnos de verdad en su presencia, en la presencia de la gloria del Señor.
Pero aún no había terminado todo. ‘Todavía estaba Pedro hablando cuando una nube los cubrió’. La gloria del Señor los envolvió. Se escuchó la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle’. Vamos a la oración, nos gozamos en la presencia del Señor, pero hemos de saber hacer silencio para escucharle. No necesitamos decirle muchas palabras, sino escuchar la Palabra viva y verdadera que El quiere decirnos. Y la podemos sentir en el corazón. Y nos podemos sentir transformados por Ella. Y desde la Palabra sentiremos renovada nuestra vida con una nueva vida, la Vida que de la Palabra recibimos, la Vida que Dios nos dice, que Dios nos da. ‘La Palabra era vida, en la Palabra estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres’, que decía el principio del evangelio de Juan.
Vayamos a la oración a dejarnos envolver por Dios. Sólo así podremos escucharle. Y sólo así nos sentiremos transformados por esa vida. Sólo así seremos verdaderamente iluminados para proseguir el camino.
Había que bajar de la montaña, porque la vida sigue en la llanura de las cosas de cada día, aunque nos parezcan rutinarias. Pero si salimos llenos de Dios de nuestra oración no serán cosas rutinarias sino llenas de nueva vida. Las veremos con nuevos ojos. Las amaremos con nuevo amor. Las construiremos con una nueva fuerza y con un nuevo estilo que es el estilo del amor que sólo en la oración podremos aprender de verdad.
Vengamos a la oración. Vengamos al Tabor. El Señor nos espera, ahora en la Eucaristía que estamos celebrando; luego a través del día en tantos momentos que podemos venir a visitarlo al Sagrario donde siempre está El esperándonos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Te saludamos María, Madre de Dios, Madre y Reina de las Nieves


Gál. 4, 4-7;
Sal. 112;
Lc. 2, 1-7

Aunque en la devoción popular hoy celebramos la fiesta de la Virgen de las Nieves, litúrgicamente lo que estamos celebrando es la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor, que es una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma. Su origen está por una parte en un hecho milagroso acaecido en el siglo cuarto y de ahí la advocación de nuestra Señora de las Nieves que celebramos en este día; una nevada caída en Roma en el monte Esquilino señaló el lugar donde había de edificarse el primer templo de Roma en honor de María, la Madre de Dios.
Por otra parte, posteriormente, a partir de mediados del siglo quinto. con la celebración del Concilio de Éfeso que vino a proclamar a María como Madre de Dios, el papa Gregorio III dedicó solemnemente este templo a la Maternidad divina de María, como había sido proclamado en el Concilio mencionado. Una bellísima Basílica dedicada a la Virgen en el mismo centro de Roma, y en cuyo interior se venera también por los romanos a María, como Salud del pueblo romano.
Es como decíamos el día de la Virgen de las Nieves como se celebra solemnemente en la Isla de La Palma como a su patrona, pero que se celebra igualmente en otros muchos rincones y pueblos de nuestras islas, por hacer mención al lugar donde estamos, pero también en todo el mundo. Santa María de la Blanca, la celebran en Vitoria en el país vasco, nuestra Señora de Africa o nuestra Señora de los Remedios en otros lugares también en este día, por citar algunas advocaciones.
Nosotros queremos celebrar esta fiesta de Maria desde lo más hondo de nosotros mismos con el gran amor que le tenemos a la Virgen. Como siempre con ella nos regocijamos y a Dios damos gracias porque nos ha dado a María, espejo de santidad en el que hemos de mirarnos siempre para así sentirnos estimulados continuamente en ese crecimiento de nuestra fe y nuestro amor, que es el crecimiento de esa santidad que tiene que florecer en nuestra vida.
Dios quiso tenerla junto a sí y la escogió como Madre para encarnarse y hacerse hombre, como nos decía el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Por María nos vino Cristo; por María nos vino la gracia y el don de que pudiéramos ser hijos en el Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de Maria, para rescatarnos, para liberarnos de los lazos del mal y de la muerte, pero para elevarnos a ser hijos por la fuerza del Espíritu que nos concede. Cómo no darle gracias a Dios por María.
Y saludamos a María, queriendo ofrecerle todo nuestro amor, queriendo cantar los mejores cánticos y alabanzas en su honor, queriendo sentirla siempre a nuestro lado para que nos siga acompañando en nuestro caminar. Es la Madre que está junto a nosotros; es la madre que nos señala siempre el camino para que vayamos a Jesús; es la madre que nos protege y nos alcanza la gracia de Dios para que vivamos en todo momento santamente. Virgen de las Nieves, la invocamos en este día, que así blanca como la nieve resplandezca también nuestra alma, nuestro corazón, nuestro espíritu porque nunca dejemos meter la negrura del pecado en nuestra vida. Que María nos proteja, nos ayude, nos alcanza de Dios la gracia que necesitamos.
Cómo no saludarla y cantarla con las mejores palabras y muestras de nuestro amor. ‘Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo, nuestro Señor’, le canta la liturgia hoy. Queremos hacerlo tambiérn tomando prestadas algunas palabras de las pronunciadas por San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Efeso cuando se proclamó la Maternidad divina de María.


‘Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito el que viene en el nombre del Señor. Te saludamos a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada; a ti por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles… por quien la criatura, caída en pecado, es elevada al cielo… por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión…’


Te saludamos, María, la Madre de Dios, que también eres nuestra madre.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Súplica esperanzada, intercesión y confianza


Jer. 31, 1-7;
Sal. Jer. 31;
Mt. 15, 21-28

Una súplica esperanzada desde la necesidad más profunda, una intercesión a favor de los demás, una fe y una confianza absoluta de que Dios siempre escuchará nuestras oraciones humildes. Así casi podría resumir el mensaje del texto del evangelio hoy escuchado.
Jesús está fuera de los límites de la Palestina judía. Con quienes se va a encontrar será con creyentes no judíos, pero a quienes habrá llegado la noticia de Jesús. El ha venido a buscar a las ovejas descarriadas de Israel, porque su misión como la historia salvífica de Dios se ha ido realizando en un lugar y en un pueblo concreto, llamado el pueblo elegido. Será una señal de que la salvación es para todos los hombres la presencia de Jesús en los territorios de Tiro y Sidón y el acontecimiento que nos narra el evangelio. Nadie será excluido de la salvación que Jesús nos ofrece aunque en principio este texto nos pudiera dar otra impresión.
‘Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. No es judía pero tiene conciencia de a quien se está dirigiendo. Lo llama Hijo de David. Es la angustia de una madre con una hija poseída por el mal. Es la súplica de una madre con el corazón roto por la enfermedad de su hija, pero que tiene mucha esperanza y tendrá también constancia en su oración. Insiste una y otra vez. Una súplica esperanzada.
Por medio estará la intercesión de los discípulos, en este caso por verse libres de la insistencia de aquella mujer. ‘Atiéndela, que viene detrás de nosotros’. Con entrañas de compasión y misericordia tenemos que mirar cuanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y sentirnos comprometidos en aliviar tanto dolor. Con entrañas de compasión y misericordia el creyente también levanta su corazón a Dios para pedir por los demás. Nunca podemos ser egoístas en nuestra oración. Tienen que caber en nuestro corazón los sufrimientos de los hermanos, para que los pongamos en nuestra súplica en la presencia de Dios.
La Iglesia siempre será intercesora con los brazos levantados en alto como Moisés allá en la cima de la montaña para interceder por nuestro mundo, por nuestros hermanos, por los que sufren, por la conversión de los pecadores. ¿Os habéis fijado que siempre que la virgen se nos manifiesta y nos insiste en nuestra oración al Señor nos dice que hemos de pedir por la conversión de nuestro mundo?
Finalmente esta la confianza absoluta y la fe de aquella mujer de que sería atendida en su petición. El lenguaje duro que aparece era la forma usual de la época de los judíos referirse a los extranjeros y a los paganos. Pero la humildad de aquella mujer es grande; una humildad que le ayuda a seguir confiando. ‘También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos’. Confía que también habrá salvación para ella. Merecerá la alabanza de Jesús. ‘Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas’. Nos recuerda la alabanza de Jesús a la fe del centurión romano. ‘En Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Ahora es también una mujer pagana la que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.
¿Será así nuestra fe y nuestra esperanza? ¿Es así de confiada nuestra oración al Señor? ¿Seremos capaces de hacer que en nuestro corazón quepan los dolores y los sufrimientos de los demás para presentarlos también en nuestra oración al Señor? Mucho tenemos que aprender.

martes, 3 de agosto de 2010

Es de noche… que la presencia de Jesús nos despierte la fe


Jer. 30, 1-2.12-15.18-22;
Sal. 101;
Mt. 14, 22-36

Se hacía tarde. Así escuchamos a los discípulos apremiar a Jesús para que despidiera a la gente y fueran a comprar comida a los poblados cercanos porque atardecía. Ahora ya es de noche. Pero esta noche será bien significativa para despertar aún más la fe de los discípulos, para ayudarnos a nosotros a no dudar, a mantenernos firmes en nuestra fe por muchas que sean las oscuridades.
En la misma barca en la que habían llegado ‘Jesús apremió a sus discípulos para que subieran y se le adelantaran a la orilla mientras él despedía a la gente’. En la oscuridad de la noche vamos a contemplar por una parte a los discípulos bregando en la barca, lejos ya de la orilla, pero sacudida por las olas, porque el viento era contrario.
La oscuridad parece que nos hace las cosas más difíciles. En la oscuridad hasta nos parece ver fantasmas. Nos pasa tantas veces. Nos llenamos de dudas. No vemos clara la salida de los problemas. Nos sentimos solos. Cuánto nos cuesta avanzar en tantas ocasiones en la vida. Perdemos incluso la perspectiva de nuestro camino y erramos de un lado para otro.
Pero mientras los discípulos luchaban por cruzar el lago en medio de la noche con tantas cosas en contra, ‘Jesús, después de despedir a la gente, subió al monte a solos para orar. Llegada la noche, estaba allí solo’. También era de noche pero para Jesús no había oscuridades. Fue el momento de su oración al Padre. Lo vemos tantas veces en el evangelio retirarse a solas para orar. Creo que con una situación que vivimos muchas veces como la de los discípulos atravesando el mar o el lago de la vida con oscuridades y dificultades, tendríamos que pedirle también, ‘enséñanos a orar’.
Podrán ser muchas las noches, pero Jesús viene a nuestro encuentro. No lo sabemos descubrir muchas veces. Como los discípulos asustados que les parecía ver un fantasma. Nosotros a veces es que ni lo vislumbramos. Pero El está ahí, porque nunca nos abandona. ‘¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!’, les dijo Jesús y nos dice Jesús.
Algunas veces tímidamente, como Pedro que quería cerciorarse de que era Jesús y por eso le pidió que él también pudiera ir a su encuentro andando sobre el agua, le pedimos que nos ayude, gritamos pidiendo socorro, nos parece que nos hundimos. Su mano siempre está tendida hacia nosotros para que nos agarremos a El.
Pedro caminaba también sobre el agua en dirección a Jesús pero aun seguía dudando si era posible que cuando volviera de nuevo la ola fuerte podría mantenerse en pie. Como nosotros que le decimos al Señor que nos ayude pero dudamos; tememos que cuando vuelva de nuevo la dificultad o la tentación no sepamos tener fuerzas para superarla, para vencerla; nos falta la absoluta confianza de saber que El está ahí a nuestro lado por muchas que sean las oscuridades. Pedro se hundía tan pronto sintió de nuevo la fuerza del viento. Nos hundimos por nuestra falta de fe. ‘Señor, sálvame… en seguida extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’
Pidamos al Señor que se afiance nuestra fe. Que nos sintamos seguros en su compañía porque El está siempre junto a nosotros. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, decían todos los de la barca. Realmente eres mi Salvador, mi Señor, mi vida, mi compañía, mi luz, mi todo. No temamos las oscuridades. Jesús está con nosotros. vayamos al encuentro con Jesús. El nos está siempre esperando. ¿Sabremos venir hasta el sagrario para hablarle, para escucharle, para sentir su fuerza y su presencia?

lunes, 2 de agosto de 2010

Una multitud nos rodea a la que nos dice Jesús que le demos de comer

Jer. 28, 1-7;
Sal. 118;
Mt. 14, 13-21

No podemos dejar de reconocer lo que es un milagro en sí como un hecho maravilloso y extraordinario en el que se manifiesta el poder y la gloria del Señor y nos está hablando también del amor que Dios nos tiene que así saltando incluso las leyes naturales nos quiere manifestar su amor. Pero son también muy significativos estos hechos de todo lo que Jesús quiere ofrecernos.
Cuando contemplamos el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que nos narra el evangelio de hoy es la primera lectura que hacemos. Una muchedumbre que sigue a Jesús por todas partes; que cuando incluso Jesús se va a lugares apartados con los discípulos más cercanos allí se los encuentra con deseos de escucharle, llevándole sus agobios y sufrimientos. ‘Al desembarcar y ver el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos…’
Se hace tarde; están en descampado y allí no tienen qué comer; serán los discípulos los que manifestarán la preocupación. ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Podríamos decir que aquí se nos está manifestando ya lo significativo del milagro. Son los discípulos los que ya se van empapando del espíritu de Jesús y sienten esa preocupación por los demás. El que estaban palpando en Jesús en todo lo que hacía, los estaba impregnando a ellos para actuar también con un amor semejante. Será el distintivo de sus seguidores, vivir un amor como el de Jesús, amar como Jesús nos ama.
‘No se hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer’. Es que además Jesús quiere implicarles. ¿Qué hagan también ellos un milagro? Un día les dará poder de hacer milagros, pero ya sí pueden ir realizando el milagro del amor. Es el compartir. Allí comienzan por ofrecer lo que tienen. ‘No tenemos más que cinco panes y dos peces’. Pero allí están a la disposición de Jesús. Quiere contar Cristo con nuestra colaboración.
Seguimos viendo lo significativo del milagro, porque es multitud hambrienta, o esa multitud que busca y que tiene deseos de algo mejor, o esa multitud que sufre la seguimos teniendo a nuestro alrededor. Sigue habiendo hambrientos, como siguen existiendo personas con problemas, como los hay también con inquietudes hondas en su corazón pero que muchas veces se sienten desorientados sin saber que camino tomar.
Cristo quiere contar con nuestra colaboración. Son a los que nosotros hemos de ofrecer nuestros panes y nuestros peces. Son a los que Jesús nos dice a nosotros hoy también que les demos de comer, que respondamos a sus inquietudes, o que seamos bálsamo para sus sufrimientos. No tienen por qué irse a otra partes, nos dice Jesús, ‘dadle vosotros de comer’. Los que creemos en Jesús no podemos cruzarnos de brazos ante los sufrimientos de nuestros hermanos.
Tenemos una luz que ilumina nuestras vidas y desde esa luz hay respuestas que nosotros podemos dar. Si cada uno de nosotros pusiera sus pocos panes y peces de lo que es nuestra fe, de lo que es nuestro amor, de lo que llevamos por dentro, a favor de los demás podríamos hacer que nuestro mundo sea mejor; realizaríamos el mismo milagro de Jesús porque para eso El nos ha dado la fuerza de su Espíritu.
Así se seguirá manifestando la gloria y el poder del Señor; así irá llegando a través de nuestra vida el amor de Dios a todos los hombres.

domingo, 1 de agosto de 2010

¿Vanidad y vacío o responsabilidad y trascendencia?


Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23;
Sal. 89;
Col. 3, 1-5.9-11;
Lc. 12, 13-21

Si nos colocamos en un punto de mira alto podemos ver claramente la perspectiva de todo lo que nos rodea; subimos a una montaña alta y desde allí podemos contemplar el paisaje en su conjunto y nos daremos cuenta mejor de la situación en conjunto del lugar que contemplamos. Si estamos en un momento trascendental de la existencia y miramos la vida con suficiente perspectiva y serenidad, nos daremos cuenta de lo que realmente ha merecido la pena o no de lo que hemos hecho o vivido. Si queremos vivir la vida no desde la superficialidad del que simplemente se deja llevar por ella sino con sentido de responsabilidad hemos de ponernos en ese punto de mira alto con unos buenos criterios de perspectiva para saber darle a las cosas su justo valor.
En la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio ese momento podría ser cuando ‘Dios le dice: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?’ Se había afanado en sus trabajos para obtener grandes ganancias y ahora sólo quería disfrutar, pero quizá le había faltado la perspectiva verdadera para su vida, pero que ahora será demasiado tarde. Pero es una parábola que Jesús nos propone para que aprendamos la lección.
Hemos de detenernos en la vida, subirnos a ese punto de mira de buena perspectiva y no será demasiado tarde si descubrimos el mensaje que nos dé verdadero valor a la vida.
Vivimos en medio de las realidades temporales que van conformando nuestra vida en nuestros trabajos, en nuestras responsabilidades, en nuestros deseos de ser felices también; queremos disfrutar de la vida y de lo que tenemos, lo que en sí mismo no podemos decir que sea malo. Tenemos una familia de la que no nos podemos sentir ajenos de ninguna manera porque es parte importante de nuestra vida y en consecuencia de nuestras responsabilidades. Hay unas responsabilidades también en relación a esa sociedad en la que vivimos que entre todos hemos de construir mejor cada día. Y tenemos que usar de unos medios materiales y económicos también porque los necesitamos en nuestras mutuas relaciones y en la atención a nuestras necesidades.
Pero, ¿cuál es la perspectiva desde la que hemos de mirar toda esa realidad de nuestra vida y que nos hará que nos esforcemos por lo verdaderamente importante?
Creo que nos damos cuenta que no podemos quedarnos en la materialidad de las cosas y del momento presente. Tenemos que buscar lo que le dé verdadera profundidad, sentido y trascendencia a lo que vivimos y hacemos. De lo contrario todo podría convertírsenos en vanidad y vacío. Lo que nos decía el sabio del Eclesiastés. Agobios y más agobios en la vida y algunas veces podríamos pensar que no tienen salida ni fin. O no conseguimos todo a lo que aspiramos o nos vienen contratiempos y problemas que pueden destruir todo eso que hemos intentando construir.
Vanidad cuando todo lo hacemos pensando sólo en nosotros mismos, sólo por nuestro disfrute terreno, o con la vaciedad de cuando vivimos un puro materialismo. Tantos que contemplamos derrotados y destrozados, vacíos y desorientados cuando viven la vida en un sinsentido, en materialismo paralizante y en un pura sensualidad del momento presente que al final termina esclavizándonos de nuestros sentidos y nuestros deseos.
‘Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato…’ pedíamos en el salmo. ¿Qué es nuestra vida? ¿Cuántos son nuestros días o nuestros años? ‘Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó… como hierba que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca…’ Nuestra vida no se consume con los días que aquí vivimos y todo es lo que ahora podamos sufrir o disfrutar. Hay algo que da una trascendencia a nuestra vida y que sólo en el Señor podemos encontrar. ‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos’, seguimos diciendo con el salmo.
Vivamos con responsabilidad la vida no encerrados en nosotros mismos o en el disfrute egoísta de nuestras cosas. No podemos, por otra parte, vivir ajenos a aislados de los demás. Tenemos una responsabilidad con la sociedad en la que vivimos, empezando por la familia de la que formamos parte, o aquel lugar concreto donde convivimos con los demás y hacemos nuestra vida.
¿Con que vamos a contribuir? No es sólo lo material lo que podemos ofrecer, hay algo más que podemos ofrecer de la riqueza que es nuestra propia vida. Todos hemos de contribuir a esa armonía, a esa paz, a esa buena convivencia, a ese sentido nuevo de fraternidad con aquellos que nos rodean, poniendo el granito de arena de nuestros valores y cualidades. No vamos a construir graneros para nosotros solos sino que hemos de abrirnos a los demás, pensar en los otros que formamos todos este mismo mundo como una gran familia.
Vivimos en medio del mundo y hacemos uso de las realidades de nuestro mundo, pero como cristianos nosotros tenemos otro sentido que darle a todo eso, tenemos otros valores que nacen de nuestra fe en Jesús y su evangelio al que hemos convertido nuestro corazón.
La Palabra nos invita a no engañarnos a nosotros mismos y a renovarnos de verdad cuando nos hemos decidido a seguir a Jesús. ‘Despojaos del hombre viejo con sus obras… dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros… y revestíos del hombre nuevo…’ nos dice san Pablo. Y nos habla de las idolatrías que pudiera haber en nuestra vida, impurezas y malas pasiones, codicias y avaricias. Lo que nos decía Jesús en el evangelio. ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’.
Una perspectiva nueva que nos hace mirar las cosas en su justo valor y sentido, una perspectiva que nos hace sentir la trascendencia que tiene nuestra vida. La plenitud sólo podremos tenerla en el Señor y la plenitud que el nos ofrece es vida eterna, es felicidad eterna. ¿Para qué andar agobiados entonces por las cosas terrenas y materiales? Que no sea vacío y vanidad nuestra vida, sino que sepamos llenarla de lo verdaderamente importante.