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sábado, 12 de agosto de 2017

La fe es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien para tener fuerza para mirar a lo alto, vivir nuestro compromiso de amor y arrancarnos de nuestros apegos y debilidades

La fe es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien para tener  fuerza para mirar a lo alto, vivir nuestro compromiso de amor y arrancarnos de nuestros apegos y debilidades

Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17; Mateo 17, 14-20
‘¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?’ Se sentían impotentes. Habían traído hasta Jesús a un niño que estaba enfermo; en la ausencia de Jesús el padre les había pedido a los discípulos que lo echaran; ya Jesús cuando un día los había enviado a anunciar el Reino les había dado poder para curar y echar demonios; ahora no habían podido. Se sentían impotentes.
Como nos sentimos nosotros en tantas ocasiones. Queremos pero no podemos, no somos capaces. Será en momentos de nuestra propia lucha personal de superación; quisiéramos superarnos, vencer aquellas situaciones que son como tentaciones para nosotros, pero no somos capaces porque volvemos una y otra vez, como suele decirse, a las andadas.
Será en momentos en que queremos hacer cosas buenas, ayudar a los demás, pero nos sentimos incapaces, se nos atraviesan tantas cosas en el corazón que debilitan nuestra voluntad; nos fijamos quizá primero en las debilidades del otro que no nos gustan que se nos quitan las ganas quizá de ayudarle.
Será en los momentos de compromiso en nuestro trabajo social, en nuestro querer hacer que nuestra sociedad sea mejor, pero nos cuesta avanzar porque no siempre la gente colabora, porque son tantas las cosas que habría que enderezar que ya no sabemos como hacerlo.
Será en el camino de nuestra vida espiritual, en nuestra santidad personal, en nuestra lucha contra el pecado, pero son tantos los apegos, son tantas las cosas que nos arrastran por este mundo tan materialista y sensual, serán esas rutinas y malas costumbres que hay en nuestra vida y que nos cuesta cambiar, que nos sentimos tan débiles que hasta sentimos la tentación de tirar la toalla, porque nos parece que esa vida espiritual no es para nosotros. Tentaciones de una forma o de otra que nos van apareciendo en la vida.
Nos hace falta un motor que nos de fuerza en ese camino de la vida para seguir caminando, para seguir superándonos, para seguir queriendo hacer cosas buenas, para mantenernos en ese compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. ¿Dónde encontraremos esa fuerza?
Cuando los discípulos le comentan a Jesús que por qué ellos no pudieron curar a aquel muchacho, les dijo solamente una cosa, la falta de fe. La fe mueve montañas. Como nos dice Jesús hoy, como un granito de mostaza. Parece algo pequeño e insignificante, pero es el arranque de nuestra fe, la fortaleza de nuestra vida. Nosotros creemos, decimos, pero nuestra fe es débil. Parece en ocasiones que no estuviéramos convencidos porque dudamos de nuestra fe.
Es cierto que es una planta muy delicada que hay que saber cuidar mucho y bien. Y la fe se fortalece con la fe, sí, creyendo cada vez más en Jesús y sintiéndonos de verdad unidos a El, queriendo escuchar su Palabra y poniendo toda nuestra fe en esa Palabra que llega a nuestro corazón. Será entonces nuestra oración, nuestra unión con el Señor para sentirle, escucharle y vivirle desde lo más hondo de nuestro corazón. Y nos sentiremos fuertes, y creeremos en aquello que estamos haciendo, y superaremos todos los obstáculos que vamos encontrando, y nos arrancaremos de todas esas rémoras y todos esos apegos que no  nos dejan avanzar, y levantaremos nuestros ojos a lo alto para darle un verdadero sentido espiritual a nuestra vida.
Que crezca de verdad la fe en nuestro corazón y nuestra vida estará llena de fuerza y de plenitud.

viernes, 11 de agosto de 2017

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
Hay cosas, palabras, hechos que nos resultan muchas veces paradójicos; nos cuesta entenderlos, porque puede parecer que se contradicen en si mismas. Y algunas veces el mensaje del evangelio choca con nuestra manera de pensar o de ver las cosas; en nuestras lógicas humanas nos parece que las cosas han de transcurrir por un camino, pero viene Jesús y nos dice algo que nos deja desconcertados, porque es una nueva visión, un nuevo sentido a aquello que nos parecía que teníamos muy claro. Y os digo una cosa, si en verdad queremos seguir el camino de Jesús, dejémonos sorprender.
Hoy Jesús nos habla de cruz y eso nos puede parecer una ignominia; en la cruz morían los peores malhechores, esa muerte no se deseaba a nadie. Hablarnos de cruz nos hace pensar en sufrimiento y en muerte. Pero la paradoja está que cuando Jesús nos habla de cruz nos está hablando de vida, nos está hablando de amor.
¿Es necesario buscar la cruz y la muerte como si fuera un destino fatídico y algo sádico a lo que hemos de someternos? Pero  no es así como tenemos que hacernos la pregunta. La pregunta sería si somos capaces de amar, de darnos, de entregarnos por ese amor hasta las últimas consecuencias. Amamos y queremos vivir; amamos y queremos trasmitir vida; amamos y queremos la vida para aquel a quien amamos; amamos y por quien amamos somos capaces de todo en nombre de ese amor.
Y cuando amamos de verdad – no solo con bonitas palabras como si todo fuera un sentimentalismo y un romanticismo – somos capaces hasta de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor. ¿No es eso lo que hace el enamorado de verdad? Tendrá momentos de romanticismo, de bonitas palabras, de poesía y música por así decirlo, de emociones y sentimientos, pero no nos quedamos ahí, ese amor va mucho más allá porque se convierte en vida y en sentido de vida. No importa ya que haya momentos en que haya que sufrir por ese amor, en que nos neguemos muchas cosas para nosotros porque queremos darlo todo por quien amamos.
Es lo que nos está queriendo decir Jesús hoy. Tomar la cruz, tomar el camino de la cruz es tomar el camino del amor y de la vida; ese camino de amor y de vida que nos lleva a la mayor plenitud, a la mayor felicidad. Porque en la verdadera felicidad no nos buscamos a nosotros mismos; la verdadera felicidad no la vivimos en solitario, la verdadera felicidad la viviremos siempre con quien amamos; vivir la verdadera felicidad siempre nos llevará a los otros, porque de lo contrario no seriamos verdaderamente felices.
Claro que eso no siempre será fácil, porque tendremos que aceptar muchas limitaciones en nosotros o limitaciones que veamos en la persona amada; pero es que estamos emprendiendo un camino de superación, de crecimiento y eso siempre cuesta. En la superación y en el crecimiento se está abriendo ante nosotros nuevos caminos, nuevas posibilidades, nuevos horizontes en los que buscamos siempre la plenitud.
Para alcanzar esa plenitud tendremos que desprendernos quizá de muchas cosas que como rémoras nos pueden impedir avanzar. Será controlar violencias y orgullos que aparecen en el corazón, será controlar malos sentimientos que puede florecer en cualquier momento por nuestros celos o desconfianzas, será comenzar a mirar con mirada nueva porque quitemos las oscuridades de las envidias o los resentimientos, y así tantas cosas. Camino de cruz, de purificación, pero que es camino de vida que hacemos por amor.
¿Paradojas, como decíamos al principio? No, es descubrir el verdadero camino que nos conduce a la vida en plenitud y que verdaderamente nos hará felices viviendo esa felicidad siempre con los demás.

jueves, 10 de agosto de 2017

Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

 Cuando Lorenzo presenta a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia está gritándonos a los hombres de nuestro tiempo que hemos de manifestarnos auténticos en el amor y la misericordia

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26
Hoy celebramos la fiesta de san Lorenzo, mártir y es una lástima que los cristianos nos quedemos muchas veces en lo superficial y menos importante de lo que es hacer memoria y celebrar a un santo. ¿Qué sabemos la mayoría de la gente de san Lorenzo? Porque contemplamos su imagen con una parrilla junto a su figura recordamos la forma de su martirio y por aquello de que estamos en verano con tiempos calurosos, nos quedamos simplemente en el hecho de su martirio quemado en una parrilla, pero poco más conocemos de él.
Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma, aunque el procedía de España; al diácono, servidor, le estaba encomendada la misión de administrar los bienes de la Iglesia a favor de los pobres. Había sido martirizado el Papa Sixto y ahora el emperador quería apoderarse de lo que decían que eran las riquezas de la Iglesia. Eran tiempos duros de persecución. Y el emperador le pide a Lorenzo que entregue las riquezas de la Iglesia. Y allá se presenta Lorenzo ante el emperador con los pobres de las calles de Roma, a los que atendía en sus necesidades, diciéndole que esa eran las riquezas de la Iglesia. Podemos imaginar fácilmente la reacción del emperador y de ahí el martirio de Lorenzo.
Las riquezas de la Iglesia son los pobres a los que atiende en su misericordia. No lo olvidemos. Así fue entonces, así ha sido y así tiene que ser siempre. Ahí está nuestra verdadera riqueza, nuestra gloria. El servicio a los más necesitados. Algunas veces nos cuesta entenderlo. Muchas veces caemos en el pecado de la confusión, de la apariencia y vanidad y hasta de la avaricia queriéndonos rodear de riquezas materiales. En nombre quizá de la promoción de la cultura, lo que está muy bien también, quizá en la historia hemos caído en ese pecado de rodearnos de demasiados signos de riqueza y de poder.
La lección de Lorenzo sigue siendo actual hoy y es un grito que tenemos que escuchar en lo más hondo de nosotros mismos y en lo más profundo de la Iglesia. Esos signos de poder mundano no son los que nos dan credibilidad sino el amor, la atención a las necesidades de los pobres, la caridad y la justicia para con aquellos que sufren y es donde de verdad hemos de manifestar nuestra grandeza.
Sigue costándonos despojarnos de esos oropeles mundanos que siempre han sido una tentación para todos, y también para la Iglesia. Fue la tentación de Santiago y Juan cuando pedían primeros puestos  en el reino futuro de Jesús, y era también la tentación de Pedro cuando preguntaba qué les iba a tocar a ellos que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús.
Será necesario que nos interroguemos con toda sinceridad qué estamos haciendo del evangelio de Jesús cuando actuamos con demasiados criterios mundanos. Porque el mundo dice, porque la gente dice, porque las leyes del mundo reclaman, olvidamos el evangelio del amor y de la misericordia.
Será a través de un amor verdadero, auténtico sin engañosas apariencias, será a través de una misericordia que exprese con todos los pecadores, sea cual sea su pecado, la ternura y el amor de Dios que sigue confiando y contando con nosotros, como verdaderamente nos haremos creíbles, porque seremos auténticos en la vivencia del evangelio. Todavía en muchas ocasiones hacemos cosas para contentar al mundo, y no terminamos de expresar lo que es el amor, la misericordia y la ternura de Dios. Y eso todavía nos cuesta entenderlo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Cuando entramos en diálogo no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado comprendiendo sus razones o sus motivaciones mas profundas

Núm. 13, 2-3. 26-14, 1. 26-30. 34.35; Sal. 105; Mt. 15, 21-28
Cuántas veces nos sentimos incómodos cuando tenemos a nuestro lado a alguien que no hace sino contarnos sus penas, sus agobios o sus problemas. Quizá de entrada queremos sentirnos buenos y lo escuchamos, pero cuando vemos que sus explicaciones se multiplican, que nos repite una y otra vez lo mal que está o los problemas que tiene, que quizá nosotros nos sentimos inútiles porque no sabemos qué hacer o cómo ayudarle, la situación se nos vuelve incómoda y ya quizás no pensamos sino como vamos quitarnos de encima a aquel que nos repite una y otra vez sus penas.
No está posiblemente en nuestras manos el darle una solución definitiva a su situación, pero ya no sabemos que palabras decirle o cómo darle algo de esperanza. Nos lo quisiéramos quitar de encima y comenzamos a poner barreras.
Así vamos a veces por la vida queriendo hacernos oídos sordos porque si conocemos la situación de tantas que pasan dificultades eso nos va a producir una inquietud interior que pudiera quizás amargarnos el día. Pensamos en posibles grandes soluciones y quizá todo lo que necesita esa persona es que la escuchen y estén a su lado. Nos queremos desentender para no complicarnos la vida y pensamos que así seriamos más felices, pero nos queda quizá un poso amargo en nuestro interior porque sabemos que no estamos dando la respuesta que tendríamos que dar. Y quizá las respuestas que nos piden son más sencillas de lo que imaginamos.
Jesús se había salido de lo que seria propiamente tierra judía. Andaba por tierras de Fenicia, en las cercanías de Tiro y Sidón. Y una mujer de aquella tierra, a la que quizá le habían llegado  noticias de aquel profeta de Galilea tiene una hija enferma para la que no encuentra solución a su mal y acude a Jesús. Sabe bien quien es Jesús o al menos piensa en él como la solución taumaturguita para la enfermedad de su hija y va detrás de Jesús gritando y pidiendo compasión.
Parece que Jesús no quisiera escuchar. Aquella mujer no es judía. Sin embargo grita tras Jesús. Serán los discípulos los que ahora insistan e intercedan. Quizá por quitársela de encima porque ya es una lata aquellos gritos continuados detrás de Jesús. ‘Atiendela que viene detrás gritando’ y esto no hay quien lo aguante, parece que le dicen a Jesús.
Y comienza el diálogo entre Jesús y aquella mujer aunque de principio pareciera que las palabras son duras. Era el lenguaje distante y cortante que empleaban habitualmente los judíos en sus relaciones con los paganos. Pero aparece la humildad de aquella mujer, aparecen las mas preciadas flores de su corazón con un fe intensa en Jesús. Las palabras que nos trasmite el evangelista son escuetas, como es normal en los diálogos del evangelio, pero podemos pensar en una comunicación más extensa entre aquella mujer y Jesús para que aflorara así la fe de aquella mujer que Jesús terminará alabando. ‘Mujer, qué grande es tu fe’.
Cuantas veces un dialogo sincero y humilde hace aflorar lo mejor que hay en nuestro corazón. Quizá nuestras diferencias nos hacen estar distantes, pero esos muros se pueden caer cuando hay sinceridad en el corazón y sabemos entrar en autentica comunicación con el que está al otro lado al que ya no tendríamos que mirar enfrente.
Cuando entramos en diálogo ya no nos ponemos los unos frente a los otros, sino que comenzamos a ponernos a su lado. Y ponernos a su lado es comprender sus razones, sus motivos, el por qué de lo que dice o de lo que hace, lo que motiva de verdad su vida o sus peticiones. Es una nueva comunicación. 

martes, 8 de agosto de 2017

Aunque en la vida tengamos muchas veces el viento en contra la presencia de Jesús que no nos abandona y no olvidemos que hemos que ser signos de esperanza para los demás

Aunque en la vida tengamos muchas veces el viento en contra la presencia de Jesús que no nos abandona y no olvidemos que hemos que ser signos de esperanza para los demás

Num. 12, 1-13; Sal. 50; Mt. 14, 22-36
La vida en muchas ocasiones nos zarandea. No faltan dificultades y problemas. En ocasiones nos vemos como aturdidos y nos parece que estamos solos y sin que nadie nos eche una mano. O quizá nosotros nos encerramos y no sabemos acudir a quien pueda ayudarnos. Es duro sentirse así en soledad, provocada quizás porque nadie esta a mi lado o buscada por nosotros mismos cuando no sabemos acudir a quien nos eche una mano o al menos podamos sentir la fuerza de su presencia.
Tendríamos que decir que no tenemos por qué sentirnos solos, por qué agobiarnos; siempre podemos encontrar esa persona amiga, esa persona buena que nos ofrece su mano para ayudarnos a caminar, que nos ofrezca su hombro sobre el que llorar quizá nuestras penas, nos ofrezca su oído y su corazón para escuchar nuestras angustias, nos ofrezca una sonrisa que nos levante el ánimo y nos dé fuerza para seguir caminando con entusiasmo a pesar de las tormentas.
Claro que quiero pensar en como somos nosotros en nuestra relación con los demás, si somos capaces de tener esos ojos abiertos, ese corazón atento, esa mirada luminosa que nos haga descubrir quien a nuestro lado necesita nuestro aliento. De lo que nosotros pasamos tendríamos que aprender para actuar de una mejor manera con los demás, porque demasiado nos desentendemos de lo que puedan ser los problemas de los que caminan cerca de nosotros y pasemos a su lado sin enterarnos de lo que pasa. Igual que nosotros podemos encontrar una luz en los otros también podemos ser ese faro de esperanza y de nueva ilusión para los demás.
Hoy en el evangelio contemplamos a los discípulos que están atravesando el lago; aquel lago que tantas veces habían atravesado y que sobre todo los que eran pescadores conocían tan bien. Pero ahora se encuentran en dificultades; por mas que querían no terminaban de avanza, tenían el viento en contra. Y se sentían solos. Jesús se había quedado allá junto a la llanura donde había sido la tarde anterior la multiplicación de los panes y a ellos los había enviado a embarcarse mientras El se quedaba despidiendo a la gente. Aunque sabemos que no solo se había quedado para eso, se había retirado al monte para pasar la noche en oración.
¿Tendría un significado aquella ausencia de Jesús? Tendrían que aprender la lección, porque la travesía se les hacia difícil. Algún día tendrían que caminar por la vida sin Jesús. Claro que El les prometería la presencia de su Espíritu para que siempre lo sintieran a su lado. Pero ellos, como nosotros, podemos olvidarlo.
Ahora andaban asustados porque les parecía que veían un fantasma caminando sobre las aguas. En la ceguera que se les estaba metiendo en el alma no eran capaces de distinguir que era Jesús a pesar de que les decía que no temieran que era El quien estaba a su lado en aquellos momentos. Pedro pide pruebas, quiere caminar también sobre el agua, pero duda y ante la menor brisa que parecía que se le ponía en contra comienza a hundirse en el agua. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces; tenemos fe pero exigimos pruebas; tenemos fe pero dudamos y nos agobiados ante la menor cosa que nos parece que tenemos en contra.
Pero Jesús está ahí. Toma de la mano a Pedro, aunque les reprocha su falta de fe. Nos toma de la mano a nosotros también, aunque no sepamos verlo. De muchas maneras y no como fantasmas llega Jesús a nuestra vida. No es necesario buscar cosas extraordinarias y fantasmales, porque llega a nosotros también en esa mano amiga que tantas veces nos levanta.
Reconozcamos nuestra debilidad, nuestros temores, nuestras dudas, y seamos capaces de pedir ayuda. Como Pedro, ‘¡Salvame, Señor!’. Pero miremos a Jesús que se retiro al monte a orar. También no está diciendo algo. Queremos caminar demasiado en la vida tan solos que hasta nos olvidamos de Dios o lo relegamos a un segundo lugar. Pensemos en el lugar que le damos a la oración en nuestra vida. Cuántas cosas nos hace pensar y reflexionar ese episodio del evangelio. Tengamos la certeza de que por muchos que sean los vendavales de la vida, Jesús siempre está ahí, no nos faltará su presencia y su gracia.

lunes, 7 de agosto de 2017

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21
Pero ¿es que nadie hace nada? Es un comentario que es fácil oír cuando vemos que hay problemas, pero estamos esperando que sean otros los que pongan mano para resolverlos. Muchas no es que seamos insensibles, porque somos capaces de ver el problema o la necesidad, pero lo que no damos el paso para implicarnos, dejamos que sean otros los que le den solución, nos quedamos en el comentario. Así vamos por la vida, rehuyendo el compromiso, esperando siempre que comiencen los demás. Estamos prontos para hablar, para denunciar, para quejarnos, para criticar lo que los otros hacen o no hacen, y nos quedamos en palabras, en muchos casos con posturas bien negativas.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer…’ le dicen los discípulos a Jesús. Se habían venido alejándose de todos porque Jesús quería estar a solas con ellos, pero al llegar se encontraron una multitud que les esperaba. Y Jesús se puso a enseñarles. Se pasó el tiempo, se hacia tarde y aquellas gentes estaban lejos de sus poblados. Los discípulos ven el problema, pero no saben como afrontarlo, por eso le dicen a Jesús que mejor es despedirlos para que se vayan a sus casas.
Pero la respuesta de Jesús fue bien distinta. ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’, les dice Jesús aunque ellos siguen encontrando dificultades. ¿Donde van a comprar pan para toda esa gente?
Jesús quiere que se impliquen; Jesús quiere que nos impliquemos; no solo es necesario que abramos los ojos para ver los problemas, lo cual ya es un paso importante en la vida, sino que además busquemos solución; busquemos quizá ayuda, colaboración, pero entre todos podemos encontrar caminos para avanzar en la vida; no podemos ir de negativos viendo solo las dificultades, sino que hemos de saber abrir nuestro espíritu para ver otras realidades, ver caminos que se nos pueden ir abriendo delante de nosotros, si sabemos contar con los demás.
Es lo que sucede en aquel momento. Alguien tiene por allí cinco panes y dos peces, aunque parezca que es nada para toda aquella multitud. Se producirá el milagro, todos podrán comer hasta hartarse y hasta sobrará pan que Jesús querrá que los recojan para que no se desperdicie.
Cuando en la vida sabemos contar con los pequeños granos que los demás puedan aportar cuantas cosas podemos hacer. Tenemos que saber valorarlo todo, saber valorar a todas las personas para saber contar siempre con los demás. No podemos ir de sobrados, pensando que nosotros solos son los que valemos. Cada uno tiene sus valores, sus cualidades, sus granitos de arena que aportar, sus cosas buenas, la generosidad de su corazón y así podemos avanzar de verdad y solucionar tantas cosas de nuestro mundo.
Pero hay un último detalle en el que quiero fijarme. Jesús no quiere que se desperdicie nada. ¿Así hacemos en la vida en este mundo tan derrochador en que vivimos? Pensamos materialmente en tantas cosas que desechamos en el consumismo en que vivimos, y en que lo que nos parece que no vale por su insignificancia o porque ahora no lo necesitemos, lo descartamos, pero no nos quedemos solo en lo material porque fácilmente pueden ser actitudes que nos aparezcan en nuestras relaciones con los demás. A cuantos descartamos en la vida, porque nos puede parecer que no valen. Creo que todo esto tendría que hacernos pensar mucho. Y hoy hablamos tanto de un mundo sostenible y no sé cuantas cosas más, pero que se nos puede quedar todo en bonitas palabras para la galería.

domingo, 6 de agosto de 2017

En la transfiguración de Jesús en el Tabor hay una fuerte llamada para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos distintos bien abiertos y atentos

En la transfiguración de Jesús en el Tabor hay una fuerte llamada para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos distintos bien abiertos y atentos

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Vemos las cosas que suceden a nuestro alrededor, vemos las personas que están a nuestro lado, vemos acontecimientos o sucesos pero no siempre terminamos de ver, terminamos de comprender, de conocer, de enterarnos de verdad lo que sucede. La costumbre quizá de lo que vemos todos los días hace que nos quedemos en la mirada de siempre y no seamos capaces de ir más allá para un conocimiento más profundo de las personas, para hacer una lectura exacta de cuanto sucede, para llegar a comprender el por qué de las cosas, las finalidades ultimas o los objetivos o metas que realmente tienen.
Hará falta quizá un parada en un momento determinado, que suceda algo especial quizá que nos llame la atención, o que un día prestemos más atención a cuanto sucede para comprender el sentido de las cosas, de los acontecimientos o el ser de las personas. Hará falta quizás que escuchemos una palabra que nos llame la atención y nos haga mirar con una mirada distinta, o que nosotros tengamos la suficiente calma y serenidad para ponernos a pensar y a preguntarnos por el sentido de todo.
Hoy el evangelio no ofrece un momento de la vida de Jesús que les cambió la mirada a los discípulos, aunque de manera especial a aquellos tres escogidos que Jesús se llevó a la montaña. Habían visto a Jesús muchas veces que se retiraba para orar o contemplarían su oración en el templo o en la sinagoga; quizá también le habrían acompañado en tantas ocasiones como en la vida religiosa de un israelita les ofrecía el día para sus oraciones personales o comunitarias.
Pero ahora había sido todo distinto. Aunque se caían de sueño como tantas veces les sucediera – como también nos sucede a nosotros en tantas ocasiones – cuando se retiraban a la paz y al silencio de la oración, ahora habían contemplado algo distinto. Jesús les parecía distinto tanto que se despertaron de su sopor para atender con más detalle. El rostro de Jesús resplandecía, resplandecían de blancura también sus vestidos, se veían nimbados por una gloria que los envolvía, y aparecieron también otros personajes símbolos de la historia y de la fe de Israel. Eran la ley y los profetas los que normalmente guiaban la oración de todo judío piadoso, y ahora aparecían Moisés y Elías junto a Jesús.
Aquello eran la gloria, allí si merecía la pena estar, querían quedarse allí para siempre, estaban descubriendo el misterio de Jesús. ‘Hagamos tres tiendas…’ una para Moisés, otra para Elías, otra para Jesús, y hasta se olvidaban de ellos mismos. Ahora era Pedro el que intentaba hablar desde la emoción de lo que estaba contemplando que era una visión totalmente nueva de Jesús. El había hecho hermosa confesión de fe en Jesús y por El estaba dispuesto a dar la vida, pero lo que ahora estaban contemplando le llevaba a una fe distinta sobre Jesús. Era la gloria del Señor.
Y la gloria del Señor los envolvió como aquella nube que envolvió la montaña. Pero en aquella contemplación tenían que aprender también a escuchar. Se oyó una voz que venia del cielo, ‘Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco, escuchadle’. No podían soportar nada mas y cayeron de bruces.
La luz y la oscuridad se mezclaban, porque ahora ya no vieron nada de todo aquello que habían visto y contemplado, sino que estaba Jesús solo. Pero habían visto la gloria de Dios en Jesús, sabían que tenían que escucharle, seguirle, vivir su vida. Habrían de bajar de la montaña pero aquella experiencia tenia que bastar para que se sintieran transformados, aunque quedaran muchas preguntas por dentro. Después de la resurrección lo comprenderían todo. Por eso Jesús les dice que de eso no hablen hasta que haya resucitado de entre los muertos. Ahora bajarían de la montaña de la gloria para volver al llano de la vida. ¿Tendrían ya para siempre una mirada distinta?
Nosotros hoy tendríamos que estar pasando por una experiencia similar. Como decíamos antes miramos tantas veces y no conocemos, ni aprendemos, ni comprendemos. Así vamos por la vida aunque nos llamemos y proclamemos creyentes y cristianos. Pero quizá no se nos han abierto los ojos, seguimos mirando pero no vemos. Seguimos diciendo que tenemos fe en Jesús pero no terminamos de comprender hasta donde tiene que llevarnos esa fe.
Seguimos quizá envueltos en rutinas o en la manera de ver de siempre que no llegamos a descubrir de verdad el rostro de Jesús que llega a nosotros de tantas maneras. ¿Tendremos que hacer una parada en la vida? ¿Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús como aquellos discípulos? ¿Tendremos que saber estar atentos y con una mirada para como el señor llega a nuestra vida y se nos manifiesta?
Tenemos que aprender a mirar con esa mirada nueva, a contemplar con unos ojos distintos, a escuchar con una atención distinta lo que Dios nos dice, nos señala, nos está indicando continuamente. Sabemos – al menos teóricamente – donde podemos encontrar a Jesús pero no lo vemos. Tenemos que ir al encuentro de la vida, al encuentro con los demás con una mirada distinta, una mirada de autentica fe para ir viendo al Señor que llega a nosotros en los que sufren, en los que son marginados, en los pobres, en los emigrantes que llegan a las puertas de nuestras ciudades, en los que nadie quiere porque son despreciados por todos. Escuchemos con atención las palabras que Jesús tantas veces nos ha repetido. Nos sabemos muy bien lo que Jesús nos dice del juicio final pero seguimos sin ver, sin creer, sin amar, sin encontrarnos con Jesús de verdad en esos hermanos que nos van saliendo al paso en el camino de la vida.
Hoy es el día de la transfiguración del Señor, pero no busquemos esos resplandores ni rostros brillantes sino miremos donde Jesús hoy se nos transfigura, para que transfiguremos a esos hermanos con que nos encontramos porque seamos capaces de poner tanto amor que también sus vidas puedan cambiar, para sus sufrimientos tengamos un consuelo y un alivio o para necesidad ese compartir que en justicia necesitan y tantas veces le negamos.
En la transfiguración de Jesús en el Tabor que hoy celebramos hay una intensa llamada a nuestra vida para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos bien abiertos y atentos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Al celebrar la fiesta de la Virgen de las Nieves nos llenemos de la ternura de del corazón de María para hacer que nuestro mundo tenga un nuevo olor y sabor


Al celebrar la fiesta de la Virgen de las Nieves nos llenemos de la ternura de del corazón de María para hacer que nuestro mundo tenga un nuevo olor y sabor

Hoy 5 de agosto se celebra en muchos lugares con especial devoción una fiesta de la Virgen, la Virgen de las Nieves o la Virgen Blanca. En nuestras islas se celebra en diversos lugares, pero quiero destacar como la Virgen de las Nieves es la patrona de la Isla de la Palma donde hoy se celebra con particular devoción, acudiendo los palmeros desde todos los rincones de la Isla hasta el Santuario de las Nieves.
El origen de esta advocación está en la Basílica Papal de Santa María la Mayor en Roma. La tradición nos habla de cómo la Virgen en sueños le pidió al Papa Liberio la construcción de un templo en su honor en la ciudad de Roma; en la mañana siguiente, cinco de un tórrido agosto de Roma, apareció el Monte Esquilino – una de las siete colinas romanas – cubierto de nieve, viendo en ello la señal del lugar donde la Virgen quería que se edificase su templo. Fue el primer templo del orbe católico dedicado a la Virgen que en el Concilio de Efeso fue proclamada la Madre de Dios. De ahí el nombre o advocación con la que invocamos a la Virgen en muchos lugares y que hoy estamos celebrando.
Celebrar una fiesta de la Virgen siempre es algo entrañable para un cristiano; estamos celebrando la fiesta de la madre, de la Madre de Jesús que es la Madre de Dios, como esta misma celebración y advocación de hoy nos lo recuerda, y la fiesta de nuestra madre. Así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Ahí tienes a tu hijo, le dijo señalándole a Juan, señalándonos a nosotros representados por Juan el que siempre fue fiel en su amor a Jesús, allí al pie de la cruz. Desde entonces Juan la tomó consigo. Desde entonces la Iglesia siempre ha tenido a María a su lado, como la invoca como Madre, la imita como fiel discípula de Jesús, quiere parecerse a ella la llena de la gracia, la llena de Dios.
Con ternura nos acercamos a María, como cualquier hijo que se precie se acerca a su madre. Necesitamos siempre esa ternura en nuestro corazón y la presencia de María nos lo recuerda y nos lo hace revivir. Es la ternura de Dios que nos la hace sentir con su presencia, es la ternura con que debemos envolver nuestra vida para romper esas aristas que tantas veces como costras se nos pegan a nosotros con las que hacemos daño a los que están a nuestro lado. Hace falta poner ternura en la vida, delicadeza, sencillez, humildad, amabilidad, cariño, buen trato, amor en una palabra. ¿Y a quien no le afloran esos brotes de ternura cuando está al lado de la Madre, cuando estamos al lado de María?
Es lo que hoy quiero pedirle a María, que nunca se endurezca mi corazón, que arranque de mi toda violencia, que sea capaz de controlar mis gestos y mis palabras, que nunca aparezca en mi corazón el frío del desamor y la insolidaridad, que tampoco viva en la tibieza de la indiferencia y la lejanía del que nunca se preocupa de los problemas de los demás, que encienda con fuerza mi corazón en el fuego del amor y sea capaz de derretirme en ternura hacia los demás.
Que de María aprenda a poner amor en la vida, el espíritu de servicio y la atención a los demás. Amó con todo su corazón y se lleno de Dios; amó hasta olvidarse de si misma y se puso al servicio de Isabel; amó a todos con la ternura de una madre y estaba atenta y vigilante a lo que pudiera faltar a los que la rodeaban como hizo en las bodas de Caná; amó a aquellos hijos que su Hijo le confió en la cruz y con ellos estaba orante para que como ella todos se llenaran del espíritu en Pentecostés.
Que con la ternura de María vayamos haciendo cada día un mundo mejor, un mundo con un nuevo olor y con un nuevo sabor, el olor y el sabor del amor y la ternura. Es así como iremos construyendo cada día el Reino de Dios.

viernes, 4 de agosto de 2017

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
En una ocasión escuché a alguien hacer un comentario un poco fuerte sobre un pueblo, al que no quiero mencionar porque por encima de todo respeto y valoro mucho, del que decía que para los que llegaran de otro lugar, fueran quienes fueran, los acogían con toda generosidad, pero que entre ellos se mataban como perros.
Un poco, o un mucho, fuerte puede ser la expresión, pero quiere expresar como muchas veces valoramos mucho más lo que nos pueda venir del exterior que lo que tengamos en la propia casa, en el propio pueblo. Vemos que alguien destaca por algún motivo y desde esas envidias pueblerinas y celos que muchas veces se nos meten por dentro no lo valoramos, tratamos quizás hasta de desprestigiarlo, o comenzamos a sacar de aquí y de allá, que si es de esta o cual otra familia, que donde se cree él que ha aprendido para que venga a darnos lecciones a nosotros y cosas por el estilo.
Qué lastima que no sepamos valorar bien lo que tenemos y siempre andemos haciéndonos odiosas y destructivas comparaciones. En lugar de construir con los valores que tenemos lo que hacemos es cortar el árbol por la base para que no nos dé sombra. Es triste pero muchas veces nos sucede así. Somos tan mezquinos.
¿No fue algo así lo que le sucedió a Jesús en su propio pueblo? Es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Cuando san Lucas en su evangelio nos narra un hecho paralelo nos habla primero de los elogios y orgullos que aparecieron cuando escucharon a Jesús pero que pronto se convirtieron en desprecios y odios que le llevarían incluso a intentar arrojarlo desde el monte al precipicio.
Son las preguntas que se hacen los de Nazaret en lo que hoy escuchamos en el evangelio. ‘¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es María su madre, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?’ Y comenta el evangelista que no querían creer en El. Y terminará diciéndonos que allí no pudo hacer ningún milagro.
Por una parte con este evangelio que estamos reflexionando tenemos que hacer crecer nuestra fe en Jesús dejando que su Palabra llegue claramente a nosotros. Que no interpongamos nunca nuestros prejuicios, las barreras de nuestra manera de pensar, nuestros filtros interesados para aceptar solo aquello que nos parece bien. Con sinceridad tenemos que poner siempre en su presencia, ante su Palabra para dejar que su gracia llegue a nosotros y nos transforme.
Pero también creo que el mensaje de la Palabra de Dios hoy ha de llevarnos a algo más, a nuestra aceptación respetuosa y con corazón abierto y generoso de los demás, de cuantos nos rodean. Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de ellos. Cuanto nos cuesta a veces, como reflexionábamos antes, la aceptación del otro, de cuantos prejuicios llenamos nuestra mente, cuantas barreras nos interponemos. Sepamos valorar a los demás con nuestra acogida humilde y generosa.
Además la valoración que hacemos de los otros a ellos también los enriquecen, porque los estimulan, se sienten alentados en lo bueno que hacen y eso les hará estar en mejor disposición para caminar junto a los demás. Cuantas veces un desaire nuestro ha hecho mucho daño a aquel a quien se lo hemos inflingido porque no se ha sentido valorado, se ha sentido quizás despreciado, y puede llevarle a muchas reacciones negativas para su vida. Nuestra acogida a los demás no solo nos enriquece por lo que recibimos de ellos, sino que también estimula a lo bueno a los que nos rodean. Valoremos a los que están a nuestro lado.

jueves, 3 de agosto de 2017

Cuánto se va guardando en nuestro corazón de lo que vamos recibiendo en la vida, de nuestras reflexiones personales, de lo que nos han aportado los demás y lo que aprendimos de tantos maestros en el sentir cristiano

Cuánto se va guardando en nuestro corazón de lo que vamos recibiendo en la vida, de nuestras reflexiones personales, de lo que nos han aportado los demás y lo que aprendimos de tantos maestros en el sentir cristiano

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
Recuerdo un viejo profesor que haciéndonos reflexionar sobre todo lo que teníamos que estudiar y aprender nos explicaba al final que es lo que él consideraba que era la sabiduría de la persona. Y nos hablaba de un caudal inmenso de agua revuelta que bajaba impetuosa, por ejemplo, por un río o por cualquier otra conducción, pero que al llegar al recipiente que iba a contenerla poco a poco con el paso de los días aquella agua se iba asentando, se iba decantando quedándose en el fondo una serie de materiales que venían en aquella agua revuelta mientras en la superficie el agua se volvía cristalina y limpia.
Todo lo que queda de aquel río revuelto después que llegase el sosiego viene a ser la sabiduría que queda en nosotros después de todas las cosas que hayamos ido aprendiendo en la vida. No todas quizá las recordaremos con detalle, pero van dejando en nosotros un poso de sabiduría del que vamos echando mano según lo vayamos necesitando en la vida. Algunos serán capaces de citar aquellas cosas o aquellas personas que tuvieron una influencia en su vida, pero otras las hemos asimilado de tal manera que ya las sentimos como nuestras y van a ser expresión de lo que sentimos, de lo que somos, de todo lo que hemos recibido y de lo que ahora somos capaces de aportar a los demás.
Hoy Jesús en el final de esta serie de parábolas que se nos han ido ofreciendo en este capitulo del evangelio de san Mateo nos habla del escriba sabio que va sacando del arcón lo viejo o lo nuevo según convenga en cada momento. Esa sabiduría de la vida para saber discernir en cada momento lo que hemos de hacer, lo que hemos de decir, lo que aportamos a los demás, aquello con lo que nosotros contribuimos a una vida mejor y a un mundo mejor.
Aunque esto que hemos venido diciendo tiene una referencia amplia a todo lo que es nuestra vida en sus diferentes aspectos, lo aplicamos a ese sentir y a ese vivir nuestra vida según el sentido de Cristo. Cuántas cosas se van guardando en nuestro corazón, como nos dice el evangelio de María que todo lo conservaba en el corazón, en todo lo que vamos recibiendo en la vida, lo que han sido nuestros estudios y lecturas, o lo que han sido nuestras reflexiones personales, en aquello que nos hayan aportado los demás de lo que es el testimonio de su vida y aquello que aprendimos de tantos maestros en la fe y en el sentir cristiano a través de tantos cauces. Un caudal inmenso que hemos de dejar reposar para que aflore lo que más enriquece nuestra vida.
De cuantas cosas podemos echar mano en cada momento en esa sabiduría del Espíritu. Es ese madurar en la fe y en la vida cristiana; es ese deseo que ha de haber en nosotros de querer profundizar mas y mas en el evangelio de Jesús; es ese dejarnos guiar por la acción del Espíritu que se nos manifiesta en la Iglesia, que se hace presente en el testimonio de la comunidad cristiana, a la que nosotros también vamos aportando nuestro ser y nuestro saber, el testimonio de nuestra vida y la riqueza espiritual que llevamos dentro de nosotros.


miércoles, 2 de agosto de 2017

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Según sea aquello que nos proponemos conseguir serán los medios que pongamos para alcanzarlo. Hemos de tener claro lo que queremos en la vida, saber a donde queremos ir, que es lo que queremos que sea nuestro sentido, la meta de nuestra vida, el mundo que queremos construir. Según eso que nos propongamos y en la medida en que lo tengamos claro serán los valores que adorne, mejor empapen y sean fundamento de nuestra vida.
Esta claro que no todos queremos lo mismo, que tenemos una concepción de la vida distinta o al menos con matices que nos diferencian unos de otros; son las maneras distintas de pensar, la ideología o filosofía que marca nuestra vida, el sentido que le hayamos querido dar, que hemos aprendido o recibido, o que hemos madurado en la interiorización de cuanto nos sucede.
Entramos en dialogo los unos con los otros, buscamos puntos de encuentro y de entendimiento, aprendemos unos de otros, queremos mejorar recogiendo también lo mejor que veamos en los demás; no siempre es fácil ese dialogo, porque tenemos la tentación de imponernos, y algunas veces nos puede faltar el respeto hacia los otros y su manera de pensar. No es que hagamos una mezcolanza, como un sincretismo donde todo nos parezca igual olvidando quizás nuestros principios, sino que siempre hay algo que podemos aprender de los demás.
Por eso es tan importante descubrir cuales son esos valores que nos ayuden a construir nuestra vida y con los que contribuimos también a la construcción de nuestro mundo. No siempre es fácil, repito, también porque recibimos muchas influencias que no son siempre tan positivas. Esa es la sabiduría de nuestra vida, que hemos de descubrir, por lo que seremos capaces de luchar, que será la base de nuestra realización personal y de esa felicidad que todos ansiamos alcanzar. Son los verdaderos cimientos del edificio de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de dos imágenes o comparaciones, parábolas, que nos ayudan a profundizar en todo esto que estamos reflexionando. Nos habla de un tesoro escondido en el campo y que alguien encuentra y que dándose cuenta de todo su valor es capaz de despojarse de todo por obtener dicho tesoro. Lo mismo nos habla del hombre que se dedica al comercio de las joyas y que un día encuentra una de tanto valor que él la considera las mas grande e importante; será capaz de desprenderse de todas las otras joyas para poder conseguir aquella de tanto valor que ha encontrado.
¿Nos estará hablando Jesús de esos valores por los que hemos de luchar por conseguir y que van a ser fundamento de las cosas importantes que tenemos que realizar en nuestra vida? Ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que nos trasmite Jesús y que han de fundamentar nuestra vida, no como un adorno externo y pasajero sino como algo que de hondura nuestra vida. Es esa búsqueda y esa reflexión e interiorización que hemos de hacernos de cuanto nos sucede para buscar lo que de verdad vale para nuestra vida, para nuestro caminar.
Decimos que el cristiano ha de tener honda espiritualidad, porque nos llenamos de los valores del Espíritu que darán verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Es donde encontramos esa fuerza que necesitamos y son los materiales de la construcción de nuestro ser. Nuestro apoyo lo tenemos en el Señor y de El recibimos la fortaleza de su Espíritu que transforma nuestra vida para encontrar lo que verdaderamente es importante.

martes, 1 de agosto de 2017

Cuando hagamos silencio en el corazón, cuando lleguemos a gustar de la presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos

Cuando hagamos silencio en el corazón, cuando lleguemos a gustar de la presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
Qué a gusto nos sentimos o qué gozo interior nos envuelve cuando alguien se detiene a nuestro lado para hablarnos y para explicarnos con sencillez aquellas cosas que quizás no entendíamos. Es como la huella que queda en el alma del niño a quien su padre le va explicando con detalle las cosas de la vida en la medida en que va creciendo y siente como que ya le tratan ya como a mayor en cuanto le van descubriendo esos misterios de la vida que por otra parte no entendería. Importante es esa actitud positiva que hemos de tener en la vida también en nuestro trato con los demás para saber tener esos detalles de comprensión y entendimiento.
Es la actitud pedagógica y paciente que contemplamos hoy en Jesús. Ha hablado en parábolas a la gente, pero cuando llega a casa o bien porque los propios discípulos le preguntan o por esa actitud amorosa y comprensiva de Jesús, se detiene a hablar con los discípulos más cercanos para irles explicando el sentido de las parábolas y para hacerles comprender con toda hondura el misterio del Reino de Dios que les anuncia. Es por demás lo que va creando esos lazos de amor que unían a los discípulos con Jesús.
Aparte de entrar ahora en la consideración de la explicación de la parábola del trigo y de la cizaña que ya repetidamente hemos meditado en estos días me gustaría que aprendiéramos a gustar también en lo más hondo de nosotros mismos esa cercanía de Jesús, como la que tenía con los discípulos. Quizá de alguna manera sentimos como una sana envidia de aquellos discípulos que tenían la suerte de esa cercanía e intimidad con Jesús. De alguna forma nosotros también tendríamos que desearlo, también podríamos entrar en esa sintonía de intimidad con Jesús.
¿Qué tendríamos que hacer? ¿Cómo entrar en esa sintonía de intimidad con Jesús? Nuestro camino es la oración, pero una oración en la que sepamos hacer ese silencio interior para gustar de la presencia de Dios en nosotros. No vamos simplemente a pedir, a presentarle nuestro listado de deseos y peticiones, aunque también tengamos momentos para hacerlo.
Oración que es gustar de ese silencio de la presencia de Dios, un silencio que es un grito de amor que vamos a sentir en nuestro corazón. Sentir que el Señor nos ama y planta también su tienda en nuestro corazón. Ya nos lo dice Jesús que si lo amamos, si entramos en esa sintonía de amor, el Padre y El vendrán y habitarán en nosotros, habitarán en nuestro corazón. Es un llenarnos de Dios, porque comenzamos vaciándonos de nosotros mismos y de nuestros intereses tantas veces mezquinos y pobres.
Cuando hagamos ese silencio, cuando lleguemos a gustar de esa presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos. Sentiremos la fuerza de su Espíritu que nos revela a Dios, que nos abre el corazón de Dios, que nos hace escuchar y gozar de los misterios de Dios, que nos va manifestando lo que es su designio de amor para con nosotros. Y entenderemos su Palabra, recibiéremos su mensaje de amor, nos hará descubrir esos caminos de Dios en nosotros, nos impulsara a una nueva vida.

lunes, 31 de julio de 2017

Calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos para hacer un mundo mejor

Calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos para hacer un mundo mejor

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

Soñamos con cosas grandes. Es bueno, hay que decir, tener grandes metas en la vida, aspiraciones a algo bueno y mejor porque eso nos ayuda a superarnos, a querer mejorar, a no dormirnos, como solemos decir, en los laureles, en las pequeñas cosas que cada día podamos ir consiguiendo. Pero si hemos de darnos cuenta que esas cosas grandes están construidas de pequeñas cosas que nos pudieran parecer insignificantes pero que son parte importante y muchas fundamental para eso grande que queremos conseguir. No comenzamos por las cosas grandes aunque las tengamos como meta en nuestra cabeza, sino en esas pequeñas cosas que van a ser base y fundamento.
Podemos tener la tentación de no valorar esas cosas pequeñas que hay en nuestra vida o que también tendremos que ir construyendo en nosotros. Nos puede parecer quizá sin importancia el que sepamos decir si o no a pequeñas cosas, o tener dominio de nosotros mismos en cosas que nos pudiera parecer que a nada ni a nadie afectan, pero son las que van construyendo nuestro carácter, enseñándonos a fortalecer nuestra voluntad, y las que nos darán esa constancia que necesitamos en la vida para poder saber llegar lejos.
Nos gustaría quizás ser personas importantes e influyentes en la vida que al final nos recordaran por esas cosas grandes que hemos hecho. Pero también tenemos que saber ser ese pequeño grano de sal, por muy insignificante que nos pudiera parecer, pero que será el que le dará verdadero saber a lo que hacemos.
Hoy nos habla Jesús del pequeño grano de mostaza que nos puede parecer tan pequeño que nos haga pensar qué es lo que puede salir de esa insignificante semilla. Pero ya vemos que se va a convertir en un arbusto, que si no es un árbol grande, sin embargo sobresale sobre las otras hortalizas, y hasta puede dar nido en sus ramas a los pajarillos.
O nos habla también Jesús de la levadura que se echa en la masa. No son grandes cantidades de levadura lo que se va a mezclar con la masa de harina, sino ese puñado pequeño pero justo pero que será el que va a hacer fermentar bien la masa que nos de un sabroso pan o un rico dulce para nuestro paladar. Puñado pequeño que se mezcla y se diluye en la masa de manera que no aparecerá ni se distinguirá, pero sin embargo tiene su gran función al hacerla fermentar.
Nos viene a decir que Jesús que eso es el Reino de Dios en medio de nuestro mundo; nos viene a decir que eso tenemos que ser nosotros impregnados y empapados de evangelio en medio de nuestro mundo para darle un nuevo sabor y un nuevo sentido. Tenemos que aprender a ser levadura. No seremos los que nos manifestemos con grandes obras, pero si podemos transformar desde dentro nuestro mundo. Es ese sitio que nosotros los cristianos tenemos que ocupar en medio de nuestra sociedad sin dejarnos corromper por los males de este mundo, sino siendo esa levadura o ese puñado de sal que va a liberar al mundo de tanta corrupción y va a darle un nuevo sentido y sabor.
Pensemos cómo calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos, en la familia, con los vecinos, en el lugar de trabajo, donde vivimos nuestra vida social, o en aquellos lugares que ocupemos con una responsabilidad donde tenemos que dar nuestra impronta, dejar el buen olor de nuestro quehacer viviendo los valores del evangelio. Esas cosas pequeñas son las verdaderas cosas grandes que tenemos que realizar para transformar nuestro mundo.

domingo, 30 de julio de 2017

Que quienes nos vean, descubran en nosotros esa alegría de la fe, la alegría de habernos encontrado con ese tesoro de la fe

Que quienes nos vean, descubran en nosotros esa alegría de la fe, la alegría de habernos encontrado con ese tesoro de la fe

Reyes 3, 5. 7-121; Sal 118; Rom. 8, 28-30; Mateo 13, 44-52
¿Quién no quiere encontrarse un tesoro? Son sueños que tenemos en nuestra vida. Ojalá tengamos suerte, nos decimos y compramos lotería o cualquier otro juego de azar de tantos que están a nuestro alcance y donde vamos a jugar a ver si nos cae el gordo, como solemos decir. La vida muchas veces nos la jugamos como una suerte y ponemos más empeño en ello que en el esfuerzo personal, la lucha de cada día por avanzar y crecer en la vida que bien sabemos que no son esos bienes materiales o económicos. ¿Qué es lo que realmente tendríamos que buscar?
Jesús nos propone hoy dos parábolas que son casi como una sola porque la temática es repetida, hablándonos de la suerte de quien encuentra un tesoro escondido o una perla preciosa por la que está dispuesto a pagarlo todo por conseguirlo. Partiendo de esas ambiciones humanas del tener o del poseer y si es posible con el mínimo esfuerzo, nos quiere hacer pensar Jesús para que seamos capaces de descubrir cual ha de ser el verdadero tesoro de nuestra vida. Casi como en contraposición termina Jesús esta serie de parábolas que nos ofrece este capitulo del evangelio de Mateo hablándonos del que tiene la sabiduría de sacar del arco lo viejo o lo nuevo según más convenga. Es el escriba sabio, nos viene a decir Jesús.
¿Cuáles son los tesoros que en verdad ansiamos en la vida? tendríamos que partir de ahí, de lo que es la realidad, el piso que pisamos, para llegar a descubrir bien lo que Jesús nos quiere decir. Cuantas cosas ansiamos y deseamos en la vida; por cuantas cosas nos sacrificamos y somos capaces de gastarlo todo, hasta de gastar nuestra propia vida; cuantas cosas nos cautivan y hasta nos hacen esclavos allá en lo más hondo de nosotros mismos por esas ambiciones que pueden convertirse en luchas y hasta violencias que nos puedan llevar a enfrentarnos con los demás.
Sí, ahí están nuestros sueños y nuestras ambiciones materiales que se centran en un tener o en poseer cosas con una avaricia hasta peligrosa; serán ambiciones por lo económico o por el poder, por la influencia o hasta la manipulación que pueda hacer de lo demás, por alcanzar una situación o un brillo vanidoso con lo que nos queremos dar importancia teniendo la ilusión de que manejamos todos los hilos de poder de este mundo.
Y todo eso, ¿a dónde nos conduce? ¿Encontraremos una satisfacción honda que nos de paz y plenitud en nosotros mismos o estaremos siempre con el miedo de que venga otro y nos haga bajar de ese pedestal? Luchas, enfrentamientos, envidias, recelos, desconfianzas, suspicacia, malicia que se nos va metiendo en el corazón.
¿Qué nos querrá decir, entonces, Jesús con estas parábolas? Las compara con el Reino de los cielos; nos está queriendo decir cuales son las actitudes, la manera de obrar de quienes queremos vivir el sentido del Reino. No es lo caduco lo que tenemos que buscar. Como ya se nos dice como pauta en la primera lectura que se nos ofrece en la liturgia de hoy, Salomón no buscó ni larga vida, ni riquezas ni grandezas humanas, sino sabiduría, tener discernimiento para en cada momento saber encontrar lo que fuera más justo.
Es una sabiduría encontrar el sentido del Reino; es una sabiduría la que nos está ofreciendo Jesús con su Palabra; es una sabiduría ese nuevo sentido de ser y de actuar que nos va proponiendo con los valores del Reino; es una sabiduría esa mirada nueva con que hemos de acercarnos a los demás para ver unos hermanos, para ver unas personas siempre dignas de todo amor, unas personas con las que voy a colaborar trabajando juntos para hacer ese mundo nuevo; es una sabiduría nueva y profunda el sentido del evangelio que Jesús nos anuncia. Es el tesoro que hemos de descubrir y que encontrándolo va a ser el sentido de todo nuestro vivir.
Quién no quiere encontrarse un tesoro me preguntaba al principio de esta reflexión. Que sepamos buscar ese verdadero tesoro que Jesús nos ofrece y que es El mismo. Sintamos la dicha de la fe que tenemos en Jesús. Demos gracias porque podemos creer, tener fe en Jesús y sentir que Jesús llena nuestra vida. Aprendamos a valorarlo. Sepamos trasmitirlo a los demás. Que quienes nos ven, descubran en nosotros esa alegría de la fe, esa alegría de habernos encontrado con esta sabiduría de la fe. No digo más.


sábado, 29 de julio de 2017

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27
‘Si hubieras estado aquí…’ una queja que puede surgir espontánea quizá provocada por la misma amistad y confianza que se tiene. Es el reproche en principio de cariño, aunque algunas veces pueda destilar amargura a quien queríamos que estuviera con nosotros en aquellos momentos, pero no pudo estar, no llego a tiempo, tenia quizá otras cosas que consideraba mas importantes en las que ocuparse, o surgió un descuido, un olvido y a pesar de la buena voluntad en aquel momento no estaba.
¿Podían haber sido las cosas distintas? ¿Se habrían solucionado algunos problemas? ¿Necesitábamos quizá la presencia del amigo con la palabra oportuna, con el gesto y el detalle de la cercanía pero que no pudimos tener? Algunas veces quizá muy ocupados en nuestras cosas no sabemos estar en el momento propicio que tanto nos necesitaban. Vendrán las disculpas, la comprensión quizá del que se vio solo, o pudiera quedar por dentro un pozo de negrura y hasta quizás de desconfianza.
¿Era algo así el sentido de las palabras primero de Marta y luego de María de Betania? Le habían mandado aviso a Jesús, ‘Lázaro, tu amigo, al que amas, está enfermo’. Jesús estaba más allá del Jordán en aquellos días en que se había retirado un poco de la circulación porque ya comenzaban a tramar fuertemente contra El. Jesús recibió la noticia y se quedo unos días más. Cuando llego a Betania Lázaro llevaba cuatro días enterrado, luego hacia más tiempo que había muerto, porque mediaría también el tiempo del duelo y los funerales. Pero Jesús cuando les dijo a los discípulos que regresaba a Judea, aunque ya les anuncio su muerte, les había dicho también que prefería que fuera así para que se manifestara la gloria de Dios.
‘Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’. Era un reproche, una queja, pero también una manifestación de fe y de confianza en Jesús que no se acababa. Ahí hemos escuchado en el evangelio ese diálogo que anuncia vida. ‘Tu hermano resucitará’, y Marta piensa en la resurrección del ultimo día. Pero sigue teniendo confianza en Jesús y el poder de su Palabra. ‘Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’.
Es lo que tenemos que destacar de Marta, su fe y su confianza en el poder de Jesús. Terminará confesándolo con toda solemnidad tras las palabras consoladoras y al mismo tiempo la petición de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.
Nos vale esto en nuestra reflexión cuando hoy estamos celebrando la fiesta de santa Marta. La mujer hacendosa y prudente, la mujer siempre dispuesta al servicio y responsable de sus obligaciones. No daba había para preparar todo cuando llegaba Jesús pero en todo quería servirle. Las puertas de aquel hogar de Betania siempre están abiertas. Es la mujer de la acogida generosa.
Pero es la mujer creyente, la mujer de una fe recia, la mujer fuerte por encima de las dificultades y los contratiempos de la vida. Ahí la contemplamos con toda entereza en medio del duelo, con lágrimas que se le derraman del alma, pero siempre prontos para acoger, para recibir, para abrir puertas; abre también las puertas de su alma, abre las puertas de la fe, abre su corazón a Dios y a su Palabra. Es la fortaleza de la fe y es la profundidad del amor.

viernes, 28 de julio de 2017

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
Sin entrar en pesimismos sino viendo las cosas lo más realmente posible nos damos cuenta que la vida es bien compleja; no son cosas, por ejemplo, que se sucedan automáticamente como si fuera solo un destino ya marcado, sino que en el devenir de la vida y en el desarrollo de la vida misma vamos recibiendo influencias de un lado o de otro que obstaculizan nuestro quehacer, o que positivamente nos abren nuevos caminos o nos van ofreciendo otras oportunidades que dependerán de nuestra voluntad y empeño y de la interrelación que tenemos unos y otros.
Nos proponemos algo, parece que lo tenemos todo muy claro y planificado, pero van surgiendo circunstancias, influencias de las acciones de los otros, dificultades que no esperábamos que nos pueden poner muy difícil aquello que habíamos deseado y planificado; estará nuestro empreño en no dejarnos influir, por otro lado podemos descubrir nuevas facetas para el desarrollo de lo deseado y así se van entretejiendo muchas cosas. Será una construcción muchas veces difícil pero al final podremos ver el resultado de algo bellamente conseguido tras el esfuerzo por realizarlo.
Es la parábola del sembrador que nos ha propuesto Jesús y que venimos reflexionando en estos días y hoy Jesús nos da su explicación. La semilla era buena y sin embargo no toda logro germinar de la misma manera y hacer crecer una planta que diera generoso fruto. Muchas circunstancias rodearon aquella siembra. La dureza del suelo pisoteado del camino, los pajarillos que aprovecharon para alimentarse de aquellos granos que no lograron enterrarse en tierra, los abrojos y los zarzales entre los que creció aquella nueva planta que se vio ahogado entre tanta maleza, la sequedad de un terreno lleno de pedruscos y sin tierra donde hundir sus raíces, o aquella tierra buena y debidamente preparado que sin embargo no dio igual fruto en todas sus partes.
Así es como se ve zarandeado nuestro corazón en los avatares de la vida que nos hace tener distintas reacciones ante lo que nos va sucediendo aunque en principio puedan ser cosas buenas las que llegan a nosotros. Por muchas circunstancias de la vida nos endurecemos en muchas ocasiones y nos hacemos impenetrables para eso bueno que llega a nosotros y que enriquecería nuestra vida; viene luego nuestra debilidad, nuestras inconstancia, las cosas que nos distraen u otros apegos que podamos tener en nuestro corazón que nos hacen dudar, que nos impiden realizar las cosas con entera libertad; será quizá la frialdad espiritual en que vivimos una vida superficial no sabiendo bien donde hundimos nuestras raíces ni cuales son los verdaderos apoyos de nuestra vida.
Tenemos un hermoso proyecto ante nosotros, todo el proyecto de Dios para nuestra vida mirando la vida con ojos de creyente; tenemos que tener claro a donde vamos, cual es el objetivo final de nuestra vida, nuestra meta definitiva; hemos de caminar con fortaleza de animo arrancando de nosotros todas aquellas cosas que nos puedan distraer de nuestro camino o que pueden ser algo que nos debilite; hemos de saber hundir de verdad nuestras raíces en Dios porque El es el verdadero fundamente de nuestra existencia y su espíritu es nuestra verdadera fortaleza.
Tenemos esperanza, podemos caminar, podemos alcanzar nuestros objetivos, podemos llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos. El agricultor que ha trabajado con ahínco la tierra podrá al final recoger sus frutos. Así será nuestra vida si no perdemos el norte ni nos acobardamos por las dificultades.