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sábado, 19 de febrero de 2011

Una explosión de luz y amor que nos compromete a transfigurarnos

Hebreos, 11, 1-7;
Sal. 144;
Mc. 9, 1-12

Una explosión de luz y de amor. ‘Se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, subió con ellos solos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador…’ Así nos narra el evangelista Marcos la transfiguración del Señor.
Como hemos venido escuchando en estos días, les había anunciado su pascua, su pasión, muerte y resurrección; posteriormente les había dicho que el camino de los que le siguen tiene que pasar también por la cruz, por negarse a si mismo en la entrega de amor. Todo les había parecido difícil de comprender a los discípulos. Ya escuchamos a Pedro que trata de disuadir a Jesús que aquello no puede pasar. Y la misma perplejidad se había quedado en ellos con las exigencias para ser sus discípulos.
Como un rayo de luz se transfigura ahora delante de ellos. Pero les dice que no han de decir nada a nadie de todo aquello ‘hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos’. Y siguen sin comprender. Se está manifestando la gloria de la Divinidad de Jesús que es el Hijo de Dios. En el Antiguo Testamento aquellas teofanías, muchas veces también en la montaña, se habían manifestado en un ambiente de poder y de fuerza. Ahora se manifiesta Dios en Jesús, a través de la humanidad de Jesús como la plenitud del amor y de la luz. Ese resplandor hasta de sus vestidos ‘de un blanco deslumbrador’ que dice el evangelista están adelántandonos la luz de la resurrección.
Se manifiesta el amor de Dios en Jesús. ‘Tanto amó Dios al hombre que nos entregó a su Hijo único…’ que nos dirá el evangelista Juan. ‘Este es mi Hijo amado…’ que nos dice la voz del Padre desde el cielo. En Jesús, amado de Dios, prueba hasta el infinito de lo que es el amor de Dios, nos está llegando su amor. Jesús, rostro del amor misericordioso e infinito de Dios está ahí con todo su resplandor, en toda la gloria de su Divinidad que aunque nuestros ojos corporales vean solo su humanidad en su cuerpo corporal, por la fe podemos descubrir, conocer la Divinidad de Cristo, verdadero Hijo de Dios al mismo tiempo que verdadero hombre. Se nos adelante, volvemos a decir, la luz de la resurrección.
‘Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos. Esto se les quedó grabado y discutían que quería decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Solo después de la resurrección, después de la pascua podían comprender plenamente toda aquella luz cuando contemplasen a Cristo resucitado. Será después de la Pascua cuando reciban el Espíritu Santo prometido cuando llegarán en verdad a reconocer a Jesús como el Señor. Cuando contemplen todo lo que fue su entrega de amor, de amor hasta el final, hasta la muerte, llegarán en verdad a vislumbrar todo ese amor de Dios que se ha manifestado en Jesús.
Dios es luz y hemos de caminar en su luz. Lo hemos reflexionado hace unos días. Y cuando caminamos en la luz de Dios tenemos que hacer caminos de amor. Si no llegamos a esos caminos de amor es que aún no hemos sido iluminados totalmente por la luz de Dios, por la luz de Cristo.
Que esta contemplación que una vez más hacemos de la transfiguración del Señor, explosión de luz y amor que decíamos al principio, nos impulse a crecer en nuestra fe y en nuestro amor. En esa luz y en ese amor tenemos que sentirnos nosotros también transfigurados. ¿No hemos nosotros de imitar a Cristo, copiar a Cristo, transformarnos en Cristo? Que así lo vayamos haciendo cada día creciendo más y más en nuestra fe y en nuestro amor.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un camino de exigencias que es camino de vida y nos conduce a la vida en plenitud


Gén. 11, 1-9;

Sal. 32;

Mc. 8, 34-39

Han hecho los discípulos su apuesta por Jesús cuando han confesado su fe en El por boca de Pedro ‘Tú eres el Mesías’, aunque luego les costara entender lo que les enseñaba de que ‘el Hijo del Hombre había de padecer mucho, condenado y ejecutado para resucitar a los tres días’. Pero ahora Jesús les dice que ese ha de ser su camino si en verdad quieren ser sus discípulos.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga…’ les dice Jesús. Pero es que de lo que se trata es de alcanzar la vida eterna. No es una meta cualquiera la que queremos alcanzar cuando seguimos a Jesús. No pueden ser sólo palabras sino que tiene que ser la totalidad de la vida la que apueste por Jesús.

Cuando en la vida queremos alcanzar algo que nos gusta y apetecemos mucho no tenemos miedo a los esfuerzos y sacrificios que tengamos que hacer por alcanzarlo porque aquello con lo que soñamos nos hace felices. Son los esfuerzos y entrenamientos que hace un deportista para alcanzar la meta y la corona de gloria humana de ser el vencedor. El que quiere terminar una carrera de estudios porque así se sentirá mejor preparado para luego triunfar en la vida. Así podríamos poner muchos otros ejemplos de esfuerzos por conseguir cosas nobles y también de esfuerzos por alcanzar otras cosas que quizás no sean tan buenas, pero que se hacen apetecibles en la vida.

Eso mismo tenemos que pensarnoslo en el camino de nuestra fe, de nuestra vida cristiana y del seguimiento de Jesús. Porque la fe o la vida cristiana no es un barniz externo que le ponemos a la vida, sino que tiene que ser algo hondo que envuelva todo nuestro ser y existir. Como decíamos, aspiramos a alcanzar la vida eterna y ésta sí que es una meta bien alta. Aunque no se trata de la negación por sí misma, eso de negarnos por negarnos, sino que es aspirar a lo alto y a lo grande. Y encerrados en nosotros mismos pocas metas podemos alcanzar. Y el salir de nosotros mismos para mirar la vida y a los otros de una manera distinta en que no sea nuestro yo egoísta el centro de todo, es algo que nos exigirá esfuerzo, ‘tomar la cruz de cada día’, que nos dice Jesús.

Nos dice algo serio que tendría que hacernos pensar mucho. Este pensamiento es el que llevó a muchos hombres y mujeres a plantearse la vida de una forma distinta y aspirar seriamente a la santidad. ‘¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?’. De nada nos valen las vanidades del mundo si al final perdemos lo que es realmente importante. Por eso aprendemos a decirnos no, a caminar siguiendo los pasos de Jesús, pasos que aunque vayan bajo el peso de la cruz, no son negativos sino pasos de vida. Será en ese estilo donde podremos llenar de vida nuestro mundo. Es el estilo del amor y de la entrega que dará un sabor nuevo a todas las cosas.

Este apostar por Jesús y por seguir su camino entraña el que estamos dispuestos a dar la cara por El. ‘Quien se averguence de mí y de mis palabras en esta época descreída y malvada, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus ángeles’. Pareciera que nos está hablando Jesús para nuestra época. No es fácil en esta época descreída, dar la cara por nuestra fe. Pero bien sabemos que la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que tiene que ponerse bien alta para que alumbre. No nos entenderán, nos costará manifestarnos como creyentes y creyentes comprometidos, pero el mundo necesita nuestro testimonio. Tenemos que ser testigos no vergonzantes sino valientes.

Hay lugares en nuestro mundo en que manifestarse como cristianos, dar señales externas de la fe cristiana puede costar incluso la vida. Son cosas que pasan hoy y son los testigos y los mártires de nuestro tiempo. Que tengamos nosotros siempre la valentía de proclamar abiertamente nuestra fe.

jueves, 17 de febrero de 2011

Cristo ayer y Cristo hoy, Cristo siempre será el Señor


Gén. 9, 1-13;

Sal. 101;

Mc. 8, 27-33

Hemos ido contemplando en el relato del evangelio las diferentes reacciones y posturas que la gente toma ante Jesús. Admiración en muchos, acción de gracias a Dios porque sienten que algo nuevo se está realizando con su presencia, esperanza que surge en muchos corazones, aunque bien sabemos que en muchos encuetra oposición como le sucede entre los grupos más influyentes de Israel, fariseos, letrados o escribas, saduceos, etc…

Jesús camina con los discípulos prácticamente fuera del territorio de Israel pues este episodio sucede cerca de Cesarea de Filipo que prácticamente está en las fuentes del Jordán. Son momentos de mayor intimidad y cercanía con el grupo de los discípulos que aprovechará Jesús para irles instruyendo a ellos de manera especial en todo lo tocante al Reino de Dios.

Y es ahí donde surgen las preguntas. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decis que soy?’ Es sintomática la respuesta de lo que piensa la gente porque parece que solo piensan en lo antiguo: Juan Bautista que ya ha muerto a manos de Herodes, Elías el antiguo profeta arrebatado al cielo en un carro de fuego, o alguno de los antiguos profetas. Todos personajes del pasado. Retrotaen a Jesús como a un personaje del pasado y no terminan de ver que ahora y allí está presentando algo nuevo.

Si a muchos de nuestros contemporáneos se le hiciera una pregunta semejante ¿qué piensan de Jesús? quizá para muchos se pueda quedar también en un personaje de la historia, pero de la historia pasada; como un hombre de otro tiempo, que aunque importante y que ha dejado su impronta en la historia es alguien que fue, pero no para todos se le mira como actual.

Cuando celebrábamos el jubileo del año dos mil el himno que cantábamos entonces nos expresaba muy bien lo que tiene que ser Jesús, ayer, hoy y siempre para el hombre. Cristo ayer y Cristo hoy, Cristo siempre será el Señor. Tú eres Dios y eres amor; me has llamado ¡aquí estoy! Cristo, ayer, hoy, siempre es el señor. Que se encarnó y por nosotros padeció sobre una cruz hasta expirar: sin medida su amor nos da... Él se inmoló Cordero santo y Redentor, para concordia universal: sin medida su amor nos da...

Es la respuesta de Pedro: ‘Tú eres el Mesías’ No eres un profeta antiguo, no eres ni Elias ni Juan Bautista, Tú eres el que ahora eres nuestra salvación y nuestra vida. Y esa tiene que seguir siendo nuestra afirmación. Es Jesús, el Señor, que con nosotros aquí está y nos sigue haciéndonos partícipes de su salvación. Miramos a Jesús no como un personaje del pasado. Miramos a Jesús, Dios presente hoy en nosotros y entre nosotros.

¿Qué es lo que hacemos cuando celebramos la Eucaristía? Ya muchas veces lo hemos dicho, no es solo un recuerdo, es memorial porque haciendo memoria se hace presente y se vive aquí y ahora. Ahora Cristo se nos da; ahora a Cristo comemos en la Eucaristía; ahora Cristo nos habla en su Palabra; ahora Cristo nos llena con su gracia y salvación.

Pero Jesús, como decíamos, aprovecha aquellos momentos para instruirlos. Por eso les habla de lo que tiene que padecer el Hijo del Hombre, aunque ellos no lo entendían. Pedro, incluso, trata de quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús. Cuánto nos cuesta entender y aceptar todo el misterio de Jesús. Misterio de Cristo que es Pascua, que es entrega porque es amor, que será muerte pero que será también resurrección. Los caminos de una entrega así no son fáciles de entender cuando por medio está el sacrificio. Les costaba a los discípulos y nos sigue costando a nosotros hoy. Porque entender el misterio de Cristo es vivirlo en nuestra carne, en nuestra vida. Y una entrega que entrañe sacrificio y sufrimiento no es fácil entenderla.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine para que comprendamos todo el misterio de Jesús; para que seamos capaces de confesarle desde lo más hondo de nuestra vida; que sintamos su presencia viva en nosotros hoy; que seamos capaces de seguir su camino de Pascua.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Caminemos en la luz de Cristo y estaremos en comunión los unos con los otros


Gén. 8, 6-13.20-22;

Sal. 115;

Mc. 8, 22-26

Escuchamos hoy el relato que nos hace Marcos con la curación del ciego de Betsaida. Nos da una serie de detalles que nos hablan de esa cercanía de Jesús, de ese encuentro personal, como ya hemos reflexionado en otra ocasión.

Es muy significativa la cantidad de milagros de curaciones de ciegos que nos ofrece el evangelio. Alguien alguna vez comentaba la existencia de muchos ciegos en aquella región dada las características de luz muy brillante en aquellas zonas, también cercanas a lugares desérticos.que hacen reverberar más la luz y dañar en consecuencia a los ojos; también podíamos pensar que las escasas medidas higiénicas en aquellos tiempos no propician unos ojos sanos.

Pero más allá de estas razones causantes de tantas cegueras, el hecho de que sea uno de los signos más realizados por Jesús puede hablarnos de cómo Jesús quiere manifestarnos y hacernos llegar el Reino de Dios que es todo luz para nosotros. Jesús se nos manifiesta como luz del mundo. Cuando Jesús se encontró con el ciego de nacimiento en las calles de jerusalén y los discípulos le preguntan por la causa de su ceguera, si un pecado suyo o de sus padres, les habla Jesús de realizar las obras de la luz y afirma: ‘Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo’.

Ese es el gran mensaje de Jesús en la curación de los ciegos. Jesús es nuestra luz. Creer en Jesús es llenarnos de su luz, que es llenarnos de su vida, llenarnos de su gracia y salvación, llenanos de su amor. Decimos que por nuestro encuentro con Jesús y por nuestra fe en el quedamos iluminados, y quedar iluminados es quedar inundados de una vida nueva, porque es llenarnos de Dios, de la vida de Dios. Recordemos también lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan que nos habla de la luz que viene a iluminar nuestro mundo.

¿Nosotros estamos ciegos?, le preguntaban los fariseos a Jesús después de aquel milagro que mencionabamos del ciego de nacimiento. ‘Si estuviérais ciegos, no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece’. Era una ceguera peor la que tenían aquellos que rechazaban a Jesús, porque rechazaban la luz y la vida que Jesús viene a ofrecernos. También tendremos que preguntar si estamos ciegos y cuál sería la ceguera que pudiera haber en nuestra vida.

Tendríamos, por otra parte, que escuchar aquello que dice san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo’. Tenemos que acudir a Jesús para dejarnos iluminar por su luz, para renacer a su vida nueva, reconociendo nuestra ceguera, reconociendo cuánto hay de muerte en nosotros por nuestro pecado.

‘Dios es luz y no hay en el tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con El, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Pero si caminamos en la luz como El, que está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo nos purifica de todo pecado’. Así nos enseña san Juan en su primera carta. Así tenemos que pedirle al Señor que nos haga caminar en su luz; y como nos está expresando el apóstol que los que caminamos en la luz caminamos en comunión los unos con los otros; tener esa luz de Cristo en nuestra vida es vivir en el amor.

Sintamos las manos de Jesús no sólo sobre nuestros ojos sino sobre nuestra vida para que nos llene de su luz y de su vida y en consecuencia vivamos en el amor.

martes, 15 de febrero de 2011

Ser reflexivo para crecer en el conocimiento de lo que es seguir a Jesús


Gén. 6, 5-8; 7, 1-5.10;

Sal. 28;

Mc. 8, 14-21

El texto que hemos escuchado en el evangelio es uno de esos momentos en que Jesús está sólo con sus discípulos más cercanos y que aprovecha para irles instruyendo, como dice en otros lugares del evangelio, y para hacerles reflexionar aprendiendo a comprender aquello que sucede a su alrededor.

Son necesarios esos momentos de reflexión, de interiorización podíamos llamar, en que rumiamos todo aquello que nos va sucediendo para captar su más hondo sentido, para sacar lecciones para nuestra vida. Algunas veces las cosas no son realmente como las vemos en apariencia, sino que detrás puede haber un trasfondo, una razón que nos las explique. En la vida se nos van sucediendo las cosas y a veces con ese ritmo vertiginoso en que vivimos no nos paramos a reflexionar lo suficiente. Ser reflexivo es un punto muy importante que nos ayuda a crecer y a madurar como personas y tenemos que decir también como cristianos, a poner unos fundamentos sólidos para el quehacer de nuestra vida.

Ahora van los discípulos con Jesús en barca en una de esas tantas travesías a lo ancho del lago de Tiberíades. Los fariseos han ido presentando ya su oposición a Jesús unas veces de forma directa, otras con preguntas capciosas. En los versículos anteriores a este texto les vemos una vez más pidiéndole signos a Jesús para poder creer en El, después de tantos milagros que le han visto hacer.

Y allí en esa travesía en barca surge la frase de Jesús para la reflexión. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’. Se da la circunstancia de que no han sido suficientemente previsores y sólo llevan un pan en la barca. Y ellos interpretan esa frase de Jesús en ese sentido. ‘Lo dice porque no tenemos pan’. Y dice el evangelista que ‘Jesús, dándose cuenta, les dice: ¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender?’ Y les recuerda los milagros que ha hecho multiplicando milagrosamente el pan y la cantidad de canastas de pan que han sobrado al final. ‘¿Y no acabáis de entender?’

¿Qué querrá decirles Jesús? La levadura es lo que hace fermentar la masa y lo que hará que en verdad el pan sea realmente pan. Jesús nos da su levadura, su sabiduría, el sentido del Reino de Dios. No todos los entienden. Es lo que les sucede a los fariseos que les cuesta entender todo el misterio de Jesús. Tienen otra manera de entender las cosas y por eso harán oposición a Jesús. De ahí sus preguntas, sus recelos y todo lo que irá sucediendo. Por eso Jesús les dice a sus discípulos ‘cuidado con la levadura de los fariseos’. Porque además no se pueden estar mezclando las cosas. Y seguir a Jesús entrañará una exigencia de fidelidad y lealtad al evangelio que Jesús nos enseña.

Esto nos vale para nosotros también. Son muchas las cosas que oímos por acá o por allá. No siempre la visión de las cosas o su sentido tal como se nos quiere trasmitir desde la sociedad está en consonancia con el evangelio de Jesús, con el ser cristiano. Pensemos en cuantas influencias recibimos desde la televisión o los medios de comunicación, con cuántos mensajes nos bombardea la sociedad que nos rodea tan lejanos del sentido cristiano de la vida. Y nos podemos ir confundiendo, creyendo que todo es bueno porque lo dicen aquí o allí, tal personaje o en tal medio de comunicación.

Cuánto tenemos que reflexionar y en cuánto tenemos nosotros que fundamentarnos bien en nuestra fe, formarnos debidamente para que no nos confundan. Qué importante para nosotros los cristianos que vayamos creciendo en el conocimiento del evangelio y de todo el mensaje de Jesús cuando en verdad queremos ser sus discípulos, queremos llamarnos cristianos. Que el Espíritu nos ilumine cada día y nos haga crecer en ese conocimiento de Jesús.

lunes, 14 de febrero de 2011

Un estímulo para nuestra tarea y compromiso de nueva evangelización

Hch. 13, 46-49;

Sal. 116;

Lc. 10, 1-9

Celebramos hoy a san Cirilo, monje, y san Metodio, obispo, patronos de Europa. Evangelizadores de extensas regiones de Europa el Papa quiso nombrarlos patronos de Europa, porque además nos son ejemplo y estímulo para nuestra tarea de evangelización hoy.

La tarea realizada por estos apóstoles y misioneros fue ingente. No podemos negar las raices cristianas de Europa nacida de la predicación del evangelio de misioneros y santos como los que hoy recordamos; aunque por ciertos sectores de nuestra sociedad se quiera negar, son muchos los siglos en los que el evangelio de Jesús fue fermento de vida y de unidad para toda Europa, base también de toda una cultura a la que no se le puede regar, repito, esas raíces cristianas.

Hoy que hablamos de una nueva evangelización, dada la descrinización creciente de nuestros pueblos, nos viene bien recordar a estos apóstoles de Europa y de ellos tomar ejemplo, al tiempo que sean intercesores nuestros para alcanzarnos la gracia de Dios en esta tarea.

La Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado por una parte nos presenta la decisión de Pablo y Bernabé de dedicar todos sus esfuerzos en el anuncio del evangelio entre los paganos cuando tantas veces habían sido rechazados por los propios judíos. ‘A vosotros había que anunciaros antes que a nadie la palabra de Dios, pero puesto que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos…’ Se va cumpliendo así la voluntad de salvación universal querida por el Señor, de lo que ya hemos reflexionado recientemente.

El evangelio nos habla del envío de Jesús de los setenta y dos discípulos de dos en dos para anunciar el Reino allí donde había de ir luego Jesús. Una referencia a esto lo tenemos en el primer envío de estos dos misioneros, Cirilo y Metodio, por parte del Obispo de Constantinopla a predicar la fe cristiana. Luego con la muerte de Cirilo en Roma, será Metodio ya consagrado Obispo por el Papa el que continuará su tarea evangelizadora por extensas regiones.

‘La mies es abundante, pero los obreros pocos, nos dice Jesús en el Evangelio. Rogad por tanto al dueño de la mies que envíe obreros a su mies…’ Una invitación que nos hace el propio Jesús a orar al Padre pidiendo que sean muchos los llamados a trabajar en la viña del Señor. Algo que hemos de tener siempre muy presente en nuestras oraciones. Si queremos, como decíamos antes, empeñarnos en esa tarea de reevangelización de nuestro pueblo que ha ido alejándose de la fe cristiana y de la vivencia del Evangelio, necesitamos misioneros, apóstoles, pastores, gente comprometida en la acción pastoral de la Iglesia para realizar esa tarea. Nuestra oración por las vocaciones tiene que estar siempre muy presente en nosotros.

Finalmente quería fijarme en lo que expresábamos en la oración de esta fiesta. Que seamos un pueblo unido en la fe y en el amor. Vivimos una misma fe en Jesús como nuestra verdadera salvación. Necesitamos vivir esa unión y esa comunión de la fe. La unión en una misma fe nos fortalece; la expresión de esa unidad de fe y de amor será, por otra parte, el mejor testimonio que podemos dar para hacer que el mundo crea, como nos dice Jesús en el evangelio cuando pide por la unidad.

Que esa unidad de fe y de amor la expresemos cada día queriéndonos más, orando los unos por los otros, ayudándonos mutuamente a vivir esa fe y ese amor. El estímulo que recibimos de los santos que hoy celebramos tendría que ser para nosotros un aliciente más para esa firmeza de nuestra fe, para esa hondura de nuestro amor, y así seamos nosotros estímulo también para quienes nos rodean.

domingo, 13 de febrero de 2011

En camino hacia la plenitud del mandamiento del Señor


Eclesiastico, 15, 16-21;

Sal. 118;

1Cor. 2, 6-10;

Mt. 5, 17-37

‘Dichoso el que camina en la voluntad del Señor, con vida intachable, guardando los mandamientos del Señor, buscándolo de todo corazón’. Así rezábamos en el salmo. Es nuesra oración. Creo que ese es nuestro deseo, buscar de todo corazón al Señor, caminar buscando siempre su voluntad.

Jesús nos habla hoy de plenitud en el cumplimiento de la ley del Señor. Quienes escuchábamos llenos de esperanza el mensaje de las bienaventuranzas, sentíamos que por eso mismo teníamos que ser luz y sal en medio de nuestro mundo, con el resplandor y el sentido nuevo de nuestra vida. Se puede pensar a veces en revoluciones que todo lo cambien poco menos que queriendo partir en todo de cero.

sSe suele decir que Jesús es un revolucionario. Muchas veces escuchamos ese sentir. Jesús es cierto que viene a hacer un mundo nuevo, el Reino de Dios que el anuncia desde el principio, pero al mismo tiempo que nos enseña actitudes nuevas que todo tienen que transformarlo, sin embargo nos dice que El no ha venido a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No creáis que he venido a abolir la ley los y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.

Era la ley del Señor que en el Sinaí a través de Moisés se les había dado de parte de Dios con el que habían hecho Alianza; aquellos profetas eran los enviados de Dios precisamente para mantener el espíritu de la Alianza y fueran capaces de irla renovando en sus corazones.

¿Vendría Jesús a abolir todo eso? No tendría sentido, porque era la ley del Señor. Pero esos mandamientos del Señor con tantas interpretaciones y añadidos quizá había perdido su hondo sentido o algunos quizá sólo se quedaran en la letra. Jesús viene a dar plenitud. Jesús viene a darle hondo sentido. Jesús quiere que no nos quedemos raquiticamente en la letra sino que vayamos más allá para que en verdad envolvamos toda nuestra vida de ese sentido de Dios.

Por eso nos dice, ‘si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos’. No nos podemos quedar en ritualismos o en literalidades olvidando lo que viene a ser más importante. Jesús irá desgrando a través de todo el sermón del monte todo ese sentido nuevo, toda esa plenitud con que hemos de vivir la voluntad del Señor. No se trata ya solamente de no matar o no cometer adulterio, de no jurar en falso o de cumplir los votos hechos al Señor. Es algo más hondo, más profundo; algo que tendrá que envolver con un sentido nuevo toda la vida, todas las actitudes, todo lo que vayamos haciendo.

‘Se os dijo… pero yo os digo…’ nos irá repitiendo, para que no nos quedemos en raquitismos, en lineas que pongan límites a ver por lo más bajo posible, sino que sepamos mirar hacia arriba para buscar siempre lo más alto, lo más grande, lo mejor, la plenitud.

Son las actitudes nuevas del amor que tendrán que reflejarse en mil detalles pequeños; será la mirada limpia que supera el buscarse a si mismo, para buscar siempre lo que sea vida, donde brillará siempre el respeto y la valoración del otro por encima de cualquier pasión egoísta; será la búsqueda en todo momento de reconciliación y reencuentro y será el evitar el más pequeño detalle que pueda hacer daño bien a nosotros mismos o bien a los demás; será la autenticidad y la verdad de la vida en la que no hay engaño y que no necesita de apoyos como muletas para ser creídos o aceptados porque la verdad y la autenticidad brillarán por sí mismas.

Es una nueva sabiduría la que nos está enseñando Jesús. Una nueva sabiduría que nos enseña a saborear de modo nuevo nuestra relación con Dios, pero una nueva sabiduría que nos llevará a ese saber entenderse para vivir una comunión nueva de amor con los que nos rodean. San Pablo la llama ‘sabiduría que no es de este mundo’, pero que sin embargo está impresa en lo más hondo de nuestros corazones ‘desde antes de los siglos’, pero que quizá habíamos oscurecidos desde nuestros intereses egoístas o pasionales, y que Jesús y su Espíritu han venido a hacer brillar de modo nuevo en nuestra vida. ‘Dios nos lo ha revelado por el Espíritu’, termina diciéndonos san Pablo.

Son hermosos los detalles, incluso de las cosas pequeñas, con los que nos va señalando Jesús esa plenitud que le hemos de dar al cumplimiento de la ley del Señor. Detalles en la paz que hemos de buscar en todo momento, de manera que nos dirá que esa paz nacida del perdón y de la reconciliación tienen que preceder incluso al culto y la ofrenda que queramos presentarle al Señor. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda sobre el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.

No podrán haber palabras hirientes en nuestros labios y si en algun momento surgió algo entre nosotros hemos de procurar arreglarlo antes de que se pueda llegar a mayores cosas como consecuencia de esa espiral de violencia en la que somos tan fáciles en entrar. ‘Si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el tribunal, y si lo llama renegado, merece la condena… con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida…’

Ya sabemos lo que nos pasa en situaciones así; ninguno queremos callar ni quedar por debajo del otro, y a una palabra fuerte surgirá otra más fuerte y asi ya sabemos cómo vamos a terminar. Pero en los hijos del Reino no podrá ser así; los que viven el espíritu de las bienaventuranzas han de tener otro estilo para poder ser merecedores del Reino de los cielos.

Hay algo en cierto modo fuerte que nos dice Jesús hoy. Es la lucha que hemos de hacer contra el pecado y la tentación, contra todo aquello que pudiera ser ocasión o motivo de pecado para nosotros. Tenemos que arrancarlo de nuestra vida. No podemos andar con componendas con la tentación o las cosas que pudieran volverse pecaminosas en nuestra vida.

‘Si tu ojo te hacer caer… si tu mano te hace caer… arráncalo… córtala… que es mejor entrar tuerto o manco en el reino de los cielos que con los dos ojos o los dos brazos’. Es la radicalidad con la que tenemos que luchar contra el pecado. Son las actitudes nuevas que hemos de poner en nuestra vida y los actos buenos en los que han de reflejarse. Son los vicios que tenemos que arrancar y las virtudes en las que hemos de brillar.

No es necesario que sigamos entrando en más detalles en nuestra reflexión. Quizá lo que necesitamos es volver a leer el Evangelio para seguirlo rumiando en nuestro corazón. Una cosa, cuando nos dispongamos a leer y meditar el evangelio hagámoslo con fe; primero que nada hagamos una profesión de fe en que es la Palabra del Señor la que vamos a escuchar, y al mismo tiempo invoquemos al Espíritu Santo para que nos ilumine, para que allá en nuestro interior podamos ir descubriendo todo eso que nos quiere decir el Señor y nos lo ayude a comprender y a aplicar de forma concreta a nuestra vida.

‘Que busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera’, vamos a pedir en las oraciones de la liturgia. Esas fuentes de gracia las tenemos en el Señor, en su Palabra, en los Sacramentos. Acudamos a beber el agua viva que nos da la vida verdadera. Nos sentiremos en verdad renovados en el Señor.

sábado, 12 de febrero de 2011

Una armonía rota por la tentación del maligno y un anuncio de salvación y victoria final


Gén. 3, 9-24;

Sal. 89;

Mc. 8, 1-10

Hemos venido escuchando durante toda esta semana los relatos de la creación que nos trae el Génesis. Finalmente Dios crea al hombre y a la mujer como culminación de todo lo que Dios ha hecho. Todo ha ido hablando de belleza y de armonía por lo que se dice que Dios colocó al hombre y a la mujer que había creado en un jardín, el paraíso terrenal como también lo llamamos. El hombre no creado para la soledad sino para la comunión por eso se habla de la creacion de Adán y de Eva. Una armonía total que Dios quería para todos y así vivía el ser humano en medio de toda aquella bella naturaleza que cultivaba con la fuerza de sus manos, tal como Dios lo había creado a su imagen y semejanza, y rodeado incluso de toda clase de animales.

Pero todo ello se vió truncado por el mal, por la fuerza del maligno que tienta al hombre ofreciéndole otras cosas que venían a romper todo el orden y belleza de la creación que Dios había hecho. La serpiente tienta a Eva ofreciéndole ser como dioses – ‘seréis como dioses’ - y la criatura se deja seducir por la tentación, como siempre que el orgullo y la soberbia se mete por medio en el corazón del hombre que le llevará siempre a rupturas dolorosas consigo mismo y con todo lo que le rodea, que al fin será ruptura con el Creador, ruptura y pecado contra Dios.

La belleza de la inocencia se pierde – ‘se dan cuenta de que están desnudos’ -, comienzan las huídas para no reconocer el vacío que se nos mete por dentro – ‘el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor entre los árboles del jardín’ – y comenzarán también los enfrentamientos, divisiones y acusaciones porque nunca queremos reconocer la parte de nuestra culpa – ‘la mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto y comí… la serpiente me engañó’ -.

Quienes habían sido creados para el encuentro y la comunión – ‘no está bien que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien que le ayude’ – terminarán enfrentados y causándose dolor el uno al otro. Así podríamos seguir considerando todas las consecuencias del pecado porque hasta el trabajo se volverá duro para el hombre como si la naturaleza se le hubiera vuelto adversa.

Pero el amor de Dios por su criatura preferida estará por encima de todo ese mal que se ha introducido en el corazón del hombre. Hay una promesa de salvación. llamamos a esta página del Génesis que hoy hemos escuchado como el Protoevangelio, porque es un primer anuncio, un adelanto de esa Buena Nueva de salvación que Dios ofrece al hombre a pesar de su pecado. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tu la hieras en el talón’. Es el anuncio de la futura liberación, promesa que Dios irá repitiendo a través de toda la historia de la salvación, que el pueblo de Israel guardará en su corazón a pesar de sus muchas infidelidades, y que tendrá plena realización en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre que nos traerá la salvación.

Este texto del Génesis está lleno de imágenes, en ese lenguaje parábolico con el que se nos quiere decir tantas cosas. Esa imagen de la serpiente tentadora que lleva al pecado a Eva que viene a significar esa mal que se nos mete en el corazón del hombre, ese diablo tentador que nos quiere apartar del camino del bien, y que va a ser derrotado por el Mesías Salvador – ‘la estirpe de la mujer te herirá en la cabeza’ – será una imagen repetida que aparece con frecuencia en las imágenes que nos hablan de María Inmaculada a quien vemos pisando la cabeza de la serpiente, o en imágenes también de Jesús en la cruz o junto a la cruz aplastando también la cabeza del dragón maligno.

Pero todo ello nos habla de la victoria final de Jesús en su Pascua contra el mal; nos habla entonces también de esa tentación que nosotros hemos de saber vencer, no ya sólo por nuestras fuerzas, sino con la gracia salvadora de Jesús que siempre nos acompaña. Volvemos a repetir aquellas palabras del evangelio tantas veces recordadas, ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Que no caigamos en las redes del pecado, de la tentación, de la muerte, porque estamos llamados a la vida y a la vida feliz que en Dios podemos alcanzar. Mucho tendríamos que decir en este sentido y mucho tendríamos también que orar al Señor.

viernes, 11 de febrero de 2011

Los enfermos mensajeros de una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección


Gén. 3, 1-8;

Sal. 31;

Mc. 7, 31-37

En este día 11 de febrero que tenemos la memoria litúrgica de nuestra Señora la Virgen de Lourdes la Iglesia hace ya muchos años, celebramos la XIX Jornada, nos invita a celebrar la Jornada Mundial del Enfermo. Fue una feliz idea de Juan Pablo II el celebrar esta Jornada en esta fiesta de la Virgen, que por otra parte ya hacía muchos años que en España celebrábamos el Día del Enfermo; todos conocemos, muchos habremos visitado su Santuario en los Pirineos Franceses, cómo muchos enfermos, miles de enfermos peregrinan de todos los lugares hasta este lugar bendecido con la presencia de la Virgen, desde que se apareciera a Bernardita de Soubirous.

Por una parte, pues, esta memoria de la Virgen y, por otra parte y unida a ella, esta Jornada del Enfermo. Muchas son las consideraciones que nos podemos hacer. Ponernos bajo el manto protector de María, refugio de los pecadores, consuelo de los enfermos, madre de la salud y de la gracia para que de su mano siempre acudamos hasta Jesús en quien encontramos salud y salvación, gracia y perdón, amor y vida que rebosa para ayudarnos a caminar por caminos de santidad que con los caminos del seguimiento de Jesús. Cuando acudimos a María eso y mucho más siempre esperamos alcanzar de su amor de Madre, que siempre nos conducirá hasta Jesús.

Y esta Jornada del Enfermo que celebramos en este día ‘se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento, como nos dice el Papa en su mensaje, y, sobre todo, para sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad civil con respecto a los hermanos y hermanas enfermos’. Por eso nos llega a decir el Papa que ‘la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana’.

Muchas cosas podríamos subrayar del mensaje del Papa. Así dice a los enfermos y personas que sufren, nos dice, que ‘es precisamente a través de las llagas de Cristo cómo nosotros podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad… a la prepotencia del mal opuso la omnipotencia de su Amor. Así nos indicó que el camino de la paz y de la alegría es el Amor…’ Nos invita a ser ‘mensajeros de una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección’.

Es hermoso que en medio de nuestros dolores y sufrimientos podamos tener esa esperanza y vivir esa alegría. Podremos hacerlo cuando sentimos a Cristo a nuestro lado, el que se hizo hombre para padecer por nosotros pero para padecer también con nosotros. ‘En cada sufrimiento humano, nos dice, ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y la paciencia, en cada sufrimiento se difunde la consolación del amor partícipe de Dios para hacer que brille la estrella de la esperanza’.

En el evangelio que hoy hemos escuchado contemplamos cómo llevan a Jesús a un sordomudo para que lo sane. Podíamos decir que en ese gesto de llevarlo aparte podemos ver esa relación personal que se establece entre aquel enfermo y Jesús. Así Jesús quiere llegar, podíamos decir, personalmente a nuestra vida, entra en una relación personal con nosotros, y encontrándonos con Jesús encontramos vida. Encontrar vida puede ser encontrar la salud perdida, puede significar un sufrimiento mitigado, pero puede ser también un sentido nuevo para nuestro vivir esa situación del dolor y de la enfermedad. Y ahí estará la verdadera salud, la salvación que Jesús quiere ofrecernos.

Es el sentido nuevo que en Cristo, en la fe que ponemos en El y en su amor, encontramos para nuestra vida en cada una de esas situaciones concretas que vivamos. Qué importante ese encuentro con el Señor que desde la fe podemos vivir. Cuánta salud y salvación podemos en El encontrar.

Quiero terminar esta reflexión con palabras del Papa en su mensaje: ‘Al final de este Mensaje… deseo expresar mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas que vivís diariamente en unión con Cristo crucificado y resucitado, para que os dé la paz y la curación del corazón. Que junto con él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Al pie de la cruz se realiza para ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre es traspasado (cf. Lc 2, 35). Desde el abismo de su dolor, participación en el del Hijo, María fue capaz de acoger la nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la cruz, Jesús le presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: «He ahí a tu Hijo» (cf. Jn 19, 26-27). La compasión maternal hacia el Hijo se convierte en compasión maternal hacia cada uno de nosotros en nuestros sufrimientos diarios’.

mensaje del papa Benedicto XVI DIA DEL ENFERMO

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XIX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

«Por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2, 24)


Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, en el aniversario de la memoria de Nuestra Señora de Lourdes, que se celebra el 11 de febrero, la Iglesia propone la Jornada mundial del enfermo. Esta circunstancia, como quiso el venerable Juan Pablo II, se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para sensibilizar más a nuestras comunidades y a la sociedad civil con respecto a los hermanos y las hermanas enfermos. Si cada hombre es hermano nuestro, con mayor razón el débil, el que sufre y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado. De hecho, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (Spe salvi, 38). Las iniciativas que se promuevan en cada diócesis con ocasión de esta Jornada deben servir de estímulo para hacer cada vez más eficaz la asistencia a los que sufren, también de cara a la celebración de modo solemne, que tendrá lugar, en 2013, en el santuario mariano de Altötting, en Alemania.
1. Llevo aún en el corazón el momento en que, en el transcurso de la visita pastoral a Turín, pude permanecer en reflexión y oración ante la Sábana Santa, ante ese rostro sufriente, que nos invita a meditar sobre Aquel que llevó sobre sí la pasión del hombre de todo tiempo y de todo lugar, también nuestros sufrimientos, nuestras dificultades y nuestros pecados. ¡Cuántos fieles, a lo largo de la historia, han pasado ante ese lienzo sepulcral, que envolvió el cuerpo de un hombre crucificado, que corresponde en todo a lo que los Evangelios nos transmiten sobre la pasión y muerte de Jesús! Contemplarlo es una invitación a reflexionar sobre lo que escribe san Pedro: «Por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2, 24). El Hijo de Dios sufrió, murió, pero resucitó, y precisamente por esto esas llagas se convierten en el signo de nuestra redención, del perdón y de la reconciliación con el Padre; sin embargo, también se convierten en un banco de prueba para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez que el Señor habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, rechazan, se oponen. Para ellos, como para nosotros, el sufrimiento está siempre lleno de misterio, es difícil de aceptar y de soportar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por los acontecimientos sucedidos aquellos días en Jerusalén, y sólo cuando el Resucitado recorre el camino con ellos se abren a una visión nueva (cf. Lc 24, 13-31). También al apóstol Tomás le cuesta creer en el camino de la pasión redentora: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos; si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré» (Jn 20, 25). Pero frente a Cristo que muestra sus llagas, su respuesta se transforma en una conmovedora profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Lo que antes era un obstáculo insuperable, porque era signo del aparente fracaso de Jesús, se convierte, en el encuentro con el Resucitado, en la prueba de un amor victorioso: «Sólo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe» (Mensaje Urbi et orbi, Pascua de 2007).
2. Queridos enfermos y personas que sufren, es precisamente a través de las llagas de Cristo como nosotros podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad. Al resucitar, el Señor no eliminó el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los venció de raíz. A la prepotencia del mal opuso la omnipotencia de su Amor. Así nos indicó que el camino de la paz y de la alegría es el Amor: «Como yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Cristo, vencedor de la muerte, está vivo en medio de nosotros. Y mientras, con santo Tomás, decimos también nosotros: «¡Señor mío y Dios mío!», sigamos a nuestro Maestro en la disponibilidad a dar la vida por nuestros hermanos (cf. 1 Jn 3, 16), siendo así mensajeros de una alegría que no teme el dolor, la alegría de la Resurrección.
San Bernardo afirma: «Dios no puede padecer, pero puede compadecer». Dios, la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder com-padecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre. Por eso, en cada sufrimiento humano ha entrado Uno que comparte el sufrimiento y la paciencia; en cada sufrimiento se difunde la con-solatio, la consolación del amor partícipe de Dios para hacer que brille la estrella de la esperanza (cf. Spe salvi, 39).
A vosotros, queridos hermanos y hermanas os repito este mensaje, para que seáis testigos de él a través de vuestro sufrimiento, vuestra vida y vuestra fe.
3. Con vistas a la cita de Madrid, el próximo mes de agosto de 2011, para la Jornada mundial de la juventud, quiero dirigir también un pensamiento en particular a los jóvenes, especialmente a aquellos que viven la experiencia de la enfermedad. A menudo la pasión, la cruz de Jesús dan miedo, porque parecen ser la negación de la vida. En realidad, es exactamente al contrario. La cruz es el «sí» de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna. Del corazón traspasado de Jesús brotó esta vida divina. Sólo él es capaz de liberar al mundo del mal y de hacer crecer su reino de justicia, de paz y de amor, al que todos aspiramos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la juventud de 2011, n. 3). Queridos jóvenes, aprended a «ver» y a «encontrar» a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de modo real por nosotros, hasta el punto de hacerse alimento para el camino, pero también sabedlo reconocer y servir en los pobres, en los enfermos, en los hermanos que sufren y atraviesan dificultades, los cuales necesitan vuestra ayuda (cf. ib., 4).
A todos vosotros, jóvenes, enfermos y sanos, os repito la invitación a crear puentes de amor y de solidaridad, para que nadie se sienta solo, sino cerca de Dios y parte de la gran familia de sus hijos (cf. Audiencia general, 15 de noviembre de 2006).
4. Contemplando las llagas de Jesús, nuestra mirada se dirige a su Corazón sacratísimo, en el que se manifiesta en sumo grado el amor de Dios. El Sagrado Corazón es Cristo crucificado, con el costado abierto por la lanza del que brotan sangre y agua (cf. Jn 19, 34), «símbolo de los sacramentos de la Iglesia, para que todos los hombres, atraídos al Corazón del Salvador, beban con alegría de la fuente perenne de la salvación» (Misal Romano, Prefacio de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús). Especialmente vosotros, queridos enfermos, sentid la cercanía de este Corazón lleno de amor y bebed con fe y alegría de esta fuente, rezando: «Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh buen Jesús, escúchame. En tus llagas, escóndeme» (Oración de san Ignacio de Loyola).
5. Al final de este Mensaje para la próxima Jornada mundial del enfermo, deseo expresar mi afecto a todos y a cada uno, sintiéndome partícipe de los sufrimientos y de las esperanzas que vivís diariamente en unión con Cristo crucificado y resucitado, para que os dé la paz y la curación del corazón. Que junto con él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Al pie de la cruz se realiza para ella la profecía de Simeón: su corazón de Madre es traspasado (cf. Lc 2, 35). Desde el abismo de su dolor, participación en el del Hijo, María fue capaz de acoger la nueva misión: ser la Madre de Cristo en sus miembros. En la hora de la cruz, Jesús le presenta a cada uno de sus discípulos diciéndole: «He ahí a tu Hijo» (cf. Jn 19, 26-27). La compasión maternal hacia el Hijo se convierte en compasión maternal hacia cada uno de nosotros en nuestros sufrimientos diarios (cf. Homilía en Lourdes, 15 de septiembre de 2008).
Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada mundial del enfermo, invito también a las autoridades para que inviertan cada vez más energías en estructuras sanitarias que sirvan de ayuda y apoyo a los que sufren, sobre todo a los más pobres y necesitados, y dirigiendo mi pensamiento a todas las diócesis, envío un afectuoso saludo a los obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los seminaristas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos aquellos que se dedican con amor a curar y aliviar las llagas de todos los hermanos o hermanas enfermos, en los hospitales o residencias, en las familias: sabed ver siempre en el rostro de los enfermos el Rostro de los rostros: el de Cristo.
Aseguro a todos mi recuerdo en la oración, mientras imparto a cada uno una especial bendición apostólica.
Vaticano, 21 de noviembre de 2010, fiesta de Cristo Rey del universo.

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

jueves, 10 de febrero de 2011

Evangelio y salvación para todos que hemos de recibir con fe humilde


Gén. 2, 18-25;

Sal. 127;

Mc. 7, 24-30

La historia de la salvación y la revelación de Dios al hombre se fue realizando en la historia de un pueblo concreto, el pueblo elegido del Señor al que le iba confiando sus promesas de salvación y de Alianza eterna de amor. En el seno de ese pueblo elegido, en la plenitud de los tiempos Dios quiere hacerse hombre, se encarna en las entrañas de María y nace en medio de ese pueblo, Dios y hombre verdadero para ser nuestro Salvador y Redentor. Es todo el misterio de Dios que contemplamos en Jesús y que vamos conociendo más y más a través del Evangelio.

Aunque habiéndose hecho hombre en un pueblo concreto y realizándose así todo el misterio de la Redención lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Así se nos va manifestando en las páginas del Evangelio en la vida y en el actuar de Jesús. Enviado por el Padre en un pueblo concreto, luego El enviará a los discípulos por todo el mundo para que el Evangelio sea anunciado a toda la creación y todo el que crea en El pueda salvarse.

En diversos momentos del evangelio, decimos, aparecen esos signos de apertura universal de la salvación que es para todos. Igual curará al siervo del centurión, alabando incluso su fe porque en Israel no ha encontrado en nadie una fe igual, como curará al endemoniado en la región de los gerasenos que supera los límites de Israel. Es lo que hoy también contemplamos.

‘Jesús fue a la región de Tiro’, una región fenicia fuera ya de las fronteras de Palestina. ‘Trata de pasar desapercibido, pero no lo consiguió’. Allí aparece una madre que tiene una hija enferma, ‘poseída por un espíritu impuro’, dice el evangelio. Y ahí vienen las súplicas de esa madre. Súplicas llenas de fe y de humildad; súplicas insistentes y llenas de confianza total. Podrá parecer un rechazo por parte de Jesús con palabras que nos pudieran parecer hirientes, pero que era el lenguaje habitual de los judíos para referirse a los gentiles. Y allí persiste la insistencia de la madre. ‘También los perros debajo de la mesa comen las migajas que tiran los niños’. Y se produce el milagro. ‘Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’.

El evangelio, la actitud confiada, llena de fe de aquella mujer nos da pautas y nos enseña muchas cosas. ¿Cómo tenemos que acudir a Jesús? ¿Cómo ha de ser nuestro seguimiento para ser sus verdaderos discípulos? Aprendamos de aquella mujer cananea. Acudió llena de fe. Tenía la seguridad de que Jesús tenía el poder para liberar del mal a su hija, poder para curarla. Se sentía pobre y humilde delante de Jesús, por eso desde su pobreza suplica una y otra vez.

Es necesario creer en Jesús. Con una fe firme. Con una fe llena de confianza. Con la seguridad de que Jesús en verdad es nuestro salvador. Con humildad reconociendo nuestra indigencia; en nosotros no vamos a tener la salvación, porque la salvación nos viene de Jesús; no hay otro nombre en quien podamos salvanos. Con humildad, porque los corazones engreidos los detesta el Señor; un corazón que está lleno de sí mismo tiene los ojos enturbiados para poder descubrir a Dios, para poder conocer a Jesús; por eso humildemente tenemos que vaciarnos de nosotros mismos, de nuestras autosuficiencias y de nuestro amor propio. Y finalmente tenemos que ser perseverantes; aunque nos cueste ver la luz sabemos, tenemos la certeza de que la luz está en Jesús y nos iluminará con su salvación.

Y otro breve comentario. No nos creamos que la salvación es solo para nosotros, que no identifiquemos el evangelio solo con nuestra cultura o nuestro mundo. De esto podríamos sacar muchas consecuencias. Que la salvación de Jesús es para todos los hombres; a todos hemos de hacer el anuncio del evangelio.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Que nunca salga de nuestro corazón ninguna maldad que enturbie nuestra mirada


Gén. 2, 4-9.15-17;

Sal. 103;

Mc. 7, 14-23

Ayer escuchábamos en el evangelio la queja de los fariseos a Jesús porque sus discípulos comían sin lavarse las manos. Ya el propio evangelista nos explicaba cómo ‘los fariseos no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores’.

Alguien pudiera entender que era simplemente una medida higiénica como podamos hacer nosotros también de lavarnos las manos antes de comer. Pero para los judíos era algo más, era un problema de pureza o impureza legal. Podían haber tocado algo que consideraran impuro, y eso les podía hacer impuros a ellos. Ya sabemos cómo incluso algunos animales los consideran impuros y ni los tienen ni los pueden comer.

Tras la respuesta que ayer escuchábamos que Jesús les daba eso le da ocasión para sentenciar como hoy lo hemos escuchado. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga’. Cuando lleguen a casa los discípulos le pedirán a Jesús que les explique lo que acaba de decir.

Creo que nosotros lo podemos tener claro, aunque luego quizá sigamos con esa maldad dentro de nosotros porque no seamos capaces o no tengamos fuerza para quitarla. ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre’, prosigue diciendo Jesús. ‘Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, los malos deseos, robos, homicidios, adulterior, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Creo que no es necesario mucha explicación. Sabemos cómo nace en el corazón del hombre la maldad y los malos deseos, el egoísmo que nos encierra y la envidia que no sólo nos corroe por dentro sino que también es destructiva con los demás. Cuánto daño nos hacemos a nosotros mismos y cuánto daño hacemos a los demás. Y así podemos pensar en tantas maldades como nos surgen tantas veces, o las que nos vemos tentados. A todos nos cuesta arrancar de nosotros esas maldades, pero es una tarea en la que tenemos que empeñarnos de verdad. Si nos puede valer, fijémonos en el daño que hacen los demás cuando actúan movidos por esas maldades que salen del corazón, para que nosotros no caigamos en esas tentaciones de actuar así.

‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’, nos decía Jesús en las bienaventuranzas. Tenemos que limpiar y purificar nuestro corazón no dejando que se nos meta tanta maldad. Unos ojos limpios, una mirada sin maldad, unos sentimientos buenos, una alegría clara hemo de tener en todo momento. Con actitudes positivas así llenamos nuestra vida de luz pero también iluminamos a los demás y podemos ser todos más felices. Y lo podemos hacer cuando nos llenamos de amor para superar todo egoísmo y vencer tantos orgullos.

Pero es una tarea que no realizamos solos o por nosotros mismos. Es el Señor el que nos purifica de toda esa maldad y nos ofrece su perdón para cuando nos hayamos dejado arrastrar por ella. La misericordia del Señor es grande. Su gracia nos acompaña siempre y nos da fuerza para superar toda tentación.

‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, le pedimos al Señor todos los días cuando rezamos el padrenuestro. Que no sean palabras que decimos y que lleva el viento, sino que con verdadero deseo las digamos en nuestra oración porque así queramos en todo momento llenar nuestro corazón de luz. Que con una mirada limpia porque tengamos puro nuestro corazón de maldad podamos ver a Dios.

martes, 8 de febrero de 2011

Reconocemos la grandeza y sabiduría de Dios que nos ha creado


Gén. 1, 20- 2, 4;

Sal. 8;

Mc. 7, 1-13

‘¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así exclamábamos y repetíamos una y otra vez en el salmo responsorial. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos… ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?’

Hemos venido ayer y hoy escuchando el relato de la creación que nos trae el Génesis. También ayer decíamos en el salmo ‘¡Bendice, alma mía, al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto’. La contemplación de la creación que nos manifiesta la sabiduría y el poder del Señor a eso tiene que llevarnos. A la alabanza y a la bendición. ¡Qué grande es el Señor! Reconocemos la grandeza y el poder del Señor.

Tenemos que captar el hondo mensaje que nos trae el Génesis cuando nos presenta la creación. La Biblia no enseña ciencia, la Biblia nos enseña a conocer a Dios. Es el misterio de Dios el que se nos quiere revelar. No pretende científicamente decirnos cómo fue el inicio del mundo, nos habla conforme a unas tradiciones y conocimientos propios de una época, pero lo que nos quiere enseñar es cómo Dios está detrás de todo eso, porque en Dios está el origen de la vida y de toda la creación.

La Biblia nos enseña la verdad salvífica que nos conduce a la salvación. Con este relato estamos confesando nuestra fe en Dios, Creador y Señor de todas las cosas. ‘Creo en Dios Padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra…’ confesamos en el Credo de nuestra fe.

Podíamos fijarnos en muchas cosas hermosas de este texto bíblico que nos enseña la bondad de todo lo creado. Como una muletilla se nos va repitiendo a lo largo de todo el relato de la creación ‘y vió Dios que era bueno’, culminando a la hora de la creación del hombre, ‘y vió Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno’.

En el texto que hemos escuchado hoy además de completar toda la obra de la creación, nos habla de todos los seres vivientes, culmina con la creación del hombre, al que da una dignidad y grandeza especial. ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó…’ Es la dignidad y grandeza del ser humano, hombre y mujer, al que pone sobre toda la creación. ‘Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…’

Hombre y mujer, absolutamente iguales en su dignidad, llamados a proseguir con su trabajo, con su inteligencia, con su saber, con la voluntad de su esfuerzo a ser, podríamos decir, continuadores de la obra de la creación. Esto que decimos nos podría dar pie en una reflexión más amplia para hablar de la dignidad del trabajo de la persona humana, porque con el trabajo, en el desarrollo de nuestra inteligencia y de todas nuestras fuerzas encontramos nuestra grandeza, de quienes hemos sido creados a imagen del Dios Creador.

Por eso podíamos cantar en el salmo la alabanza al Señor que así nos ha dotado de tal dignidad cuando nos ha creado. ‘¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies’. ¿Cómo no cantar, entonces, la alabanza al Señor?

Cuántas conclusiones para hablarnos de la dignidad de toda persona humana que tenemos que respetar, valor y cuidar; para hablarnos también de la bondad y de la belleza de la creación, de toda la naturaleza que igualmente tenemos que defender y cuidar; para hablarnos finalmente de la dignidad del trabajo y de todo hombre o mujer trabajadores que se dignifican precisamente en ese trabajo y cómo no podríamos convertirlo en una esclavitud ni en una indignidad para el hombre.

lunes, 7 de febrero de 2011

También nosotros acudimos a Jesús con la esperanza de la salvación


Gén. 1, 1-19;

Sal. 103;

Mc. 6, 53-56

Este texto del evangelio que hoy hemos escuchado viene a ser como una síntesis de todo este recorrido que en las primeras páginas del evangelio de Marcos Jesús ha ido haciendo. Predicando y curando de todo tipo de enfermedad ha ido recorriendo pueblos y aldeas de Galilea.

‘Se pusieron a recorrer toda la comarca’, dice el evangelista. Y allá por donde iban lo reconocían, salían a su encuentro. ‘Cuando le gente se enteraba donde estaba Jesús le llevaba los enfermos en camillas’. Todos querían estar cerca de él, incluso tocarle ‘al menos el borde del manto’, como había sucedido con la mujer de las hemorragias que se había curado.

La gente lo buscaba, decimos; pero es Jesús el que viene al encuentro de la gente. La gente le buscaba buscando la salud para sus enfermedades, Jesús venía ofreciéndoles mucho más, porque venía a traer la salvación. Es hermoso ese estar de Jesús en medio de las gentes. Es Dios con nosotros, Enmanuel como había anunciado el profeta. Dios que se acerca, que quiere estar con nosotros Y creían en Jesús.

Lo mismo podemos seguir sintiendo y experimentando nosotros. Dios que viene a nuestro encuentro y nos ofrece de forma muy concreta su salvación, su vida, su amor. Queremos acudir con fe hasta Jesús con lo que es nuestra vida.

Aunque a primera vista nos pudiera parecer otra cosa la gente no acudía a Jesús sólo con sus enfermedades; iban con todo lo que llevaban en su corazón; quizá afloraran más fácilmente unos cuerpos enfermos, unos miembros inválidos o unos ojos ciegos, pero cuando iban hasta Jesús iban con lo que eran sus esperanzas pero también quizá con los fracasos y desilusiones que hubieran podido haber recibido en la vida. Como hemos comentado en más de una ocasión una luz que llenaba de esperanza se encendía no solo ante sus ojos sino en sus corazones.

Así queremos ir nosotros hasta Jesús. Cuántas preocupaciones, cuántas ilusiones, cuántos sueños y deseos no solo para nosotros sino también para los demás, para los nuestros, para ese mundo que queremos mejor. Quizá presentemos primero que nada esos dolores y sufrimientos físicos que podamos padecer, esas limitaciones que vamos encontrando en nuestros miembros enfermos; o nos pueden aparecer también deseos de cosas materiales, porque deseamos lo bueno y algunas veces podemos pensar que eso sea lo primero; pero tenemos inquietud por los nuestros, nuestros seres queridos o las personas que apreciamos y así cuántas cosas más.

Pero en el fondo también tenemos deseos de superarnos, de ser mejores, de tener más amor para los que nos rodean, y son cosas que también pedimos al Señor en nuestro encuentro con él, en nuestra oración. Cuántas esperanzas se nos despiertan también cuando estamos con el Señor, cuando nos ponemos con sinceridad ante El. Como aquellas gentes queremos salir a su encuentro, estar con El y hasta tocarle o dejar que el ponga su mano sobre nosotros como hacía con los enfermos y todos los que se acercaban a El. Y Jesús llega a nuestra vida con su gracia; y nos escucha; y nos regala su salvación. No nos sentiremos nunca defraudados cuando a El acudimos.

Aquí hemos venido a la celebración llenos de fe. Que en esa fe descubramos, sintamos esa presencia salvadora del Señor.

domingo, 6 de febrero de 2011

Construyamos un mundo con sabor y lleno de luz, llevémosle a Jesús



Is. 58, 7-10;

Sal. 111;

1Cor. 2, 1-5;

Mt. 5, 13-16

‘A esto le falta sal, no sabe a nada’, habremos dicho en más de una ocasión. O ‘qué oscuro está este lugar, necesitaria unas luces para poder ver por donde se camina’. Al escucharme estas frases podemos estar pensado en una comida que nos ha salido insípida o podemos pensar en un lugar cualquiera al que le harían falta unas luces para poder caminar sin peligro en la noche. Pero seguro que podríamos estar pensando en algo más, que no sea referirnos a una comida o a unas luces en la calle.

Creo que es en lo que quiere hacernos pensar hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Porque realmente nos está diciendo Jesús que nosotros tenemos que ser esa sal y esa luz. Mal nos podrían disolver en un alimento o ponernos de luminarias en una vía. Pero sí nos dice Jesús: ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’

Después de habernos proclamado el mensaje de las Bienaventuranzas como escuchamos el pasado domingo, hoy nos viene a decir esto Jesús. Y que la sal no se puede desvirtuar, perder su sabor, ni la luz se puede ocultar, sino que tiene que dar sabor y tiene que alumbrar. Gran mensaje y gran exigencia nos está planteando Jesús.

Triste sería que nos dijeran que al mundo le falta sabor porque nosotros no se lo hemos sabido dar. Aunque hemos de reconocer que desgraciadamente nuestro mundo cada vez más en muchos va perdiendo ese sabor de Cristo. Somos conscientes de cómo muchos van perdiendo el sentido de una religiosidad auténtica, pero cómo también se van perdiendo los valores cristianos en nuestra sociedad. Cuántas violencias, cuántos resentimientos, cuánta venganza, cuánto odio, cuánto individualismo… Pero eso ha de hacernos sentir inquietud en nuestro corazón.

Creer en Jesús y ser su discípulo para seguirle significaría que tanto nos hemos impregnado del mensaje del Reino de Dios, del mensaje del Evangelio que tendríamos que ser como quienes tanto se han empapado de una fuerte colonia que vamos dejando el rastro de su olor allá por donde quiera que vamos. Pero que no es sólo olor, aunque ya san Pablo nos dirá también que tenemos que dar ‘el buen olor de Cristo’, sino que nosotros hemos de ser como la sal que se diluye de tal manera en nuestro mundo, en quienes nos rodean, que van a adquirir un nuevo sabor, el sabor y el sentido de Cristo.

Esto claro, tiene sus exigencias para nuestra vida. Porque no vamos a llevar nuestro sabor sino el de Cristo, no vamos a llevar nuestra luz sino la de Cristo. Es así, entonces, como tenemos que empaparnos nosotros de ese sabor de Cristo y de su evangelio. Eso significará cómo tenemos que estar unidos a Cristo, cómo tenemos que dejar conducir por su Espíritu.

Para ser esa sal que lleve el sabor de Cristo allí donde estemos tenemos que cada día más dejarnos transformar por el Espíritu del Señor. Eso entraña ese cultivo de nuestra vida espiritual y cristiana en la escucha de la Palabra, en la oración, en ese crecimiento espiritual. No podemos dejar que esa sal que tenemos que ser se desvirtúe, pierda sabor.

Por eso, siempre espíritu de superación y crecimiento. De ahí que nos revisemos continuamente para no decaer en rutinas y frialdades. Porque si no nos cuidamos espiritualmente también podemos enfriarnos y ya sabemos en que termina una frialdad espiritual. Es necesario estar atentos para vivir intensamente todas esas virtudes y valores cristianos. Y eso tenemos que hacerlo en todas las etapas de nuestra vida, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier situación.

Cuando Jesús nos ha dicho que tenemos que ser luz, ha terminado diciéndonos: ‘alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’. Tenemos que iluminar y serán nuestra buenas obras, las obras de nuestro amor las que harán resplandecer nuestra luz.

De forma muy concreta nos ha hablado el profeta Isaías. ¿Cómo romperá a brillar nuestra luz para hacer desaparecer toda oscuridad? ‘Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, no te cierres a tu propia carne’, nos dice. Más adelante continúa: ‘cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’.

Son las obras del amor las que tienen que resplandecer para hacer desaparecer toda oscuridad. Cuánto negativo tenemos que quitar y purificar de nuestra vida: egoísmo, maldad, malos tratos, violencia, insultos, envidias y resentimientos, orgullos que nos envanecen, desprecios que humillan a los demás, malos gestos que pueden herir a los que nos rodean, injusticia, corrupción, hipocresía, mentira… todo eso son sombras y oscuridades que fácilmente se nos pueden meter en la vida. Tenemos que revisarnos, como decíamos antes, porque algunas veces nos cegamos tanto que no nos queremos dar cuenta de lo negativo que podamos tener.

A la contra, actuando en positivo, tiene que resplandecer nuestra generosidad, nuestra capacidad de desprendernos de lo nuestro para compartir; hemos de tener un corazón puro y limpio para abrirlo generosamente con amor y seamos capaces de ser siempre acogedores con los demás; la compasión y la misericordia han de ser tan fervientes en nosotros para ser siempre comprensivos con los otros, dispuestos siempre a perdonar y a disculpar, a mirar siempre en positivo a los que nos rodean y ser colaboradores generosos en todo lo bueno que hay o se puede hacer a nuestro lado.

Qué mundo tan feliz lograríamos si fuéramos capaces de impregnar de este sabor del amor, este sabor de Cristo a cuantos nos rodean. Ese tendría que ser siempre nuestro compromiso, nuestra tarea. Así estaríamos llevando la luz de Cristo a nuestro mundo. No nos quejaríamos de oscuridades, como decíamos al principio, y todo tendría otro sabor más gustoso porque nos haría felices a todos.

Y eso no es necesario ir muy lejos para realizarlo. Empecemos ahí donde estamos, en la familia, en donde realizamos nuestra convivencia, en el círculo de nuestros amigos o nuestros vecinos, en nuestro lugar de trabajo. Vayamos poniendo esos granitos de sal y de luz, con esa palabra buena, con ese gesto de cariño y amistad, con ese compartir generoso ante cualquier necesidad.

Seremos buena sal, seremos hermosa luz. Nuestro mundo sería mejor. Estaríamos plantando así a Jesús y el Reino de Dios en nuestra sociedad.