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sábado, 11 de septiembre de 2010

María, nombre cargado de divinas dulzuras


Ecles. 24, 17-22;
Sal. Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

‘La virgen se llamaba María…’ nos dice el evangelista. El nombre, María. Dulce nombre, santo Nombre. Es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra madre, porque así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Hace pocos días celebramos su nacimiento; hoy queremos recordar y celebrar su nombre – aunque nos adelantemos un día por coincidir con el domingo – porque queremos gozarnos con María, invocar a María, tener muy presente en nuestros labios el nombre de María.
"Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas.
En este sentido podemos recordar lo que nos decía el libro del Eclesiástico que la liturgia quiere aplicar hoy a María: ‘Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa… mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia, mejor que los panales…’
Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado. Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica.
Se suele decir que el nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena.
¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor.
San Efrén dice "que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo," Y San Buenaventura "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcísimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Y San Bernardo: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón." María, cuyo Nombre cantan los cielos y la tierra, ¡bendita seas!... "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.
Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".
Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria.
Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."
Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La medida del amor en el estilo de Jesús

1Cor. 8. 1-7.11-13;
Sal. 138;
Lc. 6, 27-38

La medida del amor, ¿hasta dónde tiene que llegar? Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos… no juzguéis… no condenéis… perdonad… dar y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Nos va enseñando un estilo nuevo. Nos va enseñando una nueva forma de amar. Nos está señalando la amplitud que ha de tener nuestro amor. ‘Como vuestro Padre que es compasivo…’
Cuando amamos de verdad no ponemos límites ni medidas, no somos tacaños sino generosos. Cuando amamos de verdad lo vamos a hacer con todos y de forma generosa. Por eso no tenemos que mirar quien sea amigo o enemigo, quien me haga el bien o quien me haya hecho daño. Cuando amamos de verdad, repito, hay generosidad en el corazón y nuestra respuesta al otro nunca será ni la violencia ni la maldición, siempre será una respuesta de bien, de bendición, de generosidad para ser capaz si fuera necesario de desprenderme de lo que tengo para compartirlo con el otro; en nuestra respuesta de amor no estaremos buscando ni recompensas, ni compensaciones, ni correspondencias que pudieran ser como una paga a mi amor.
Es sublime lo que nos enseña Jesús. Tan sublime que en nuestros razonamientos humanos a veces nos cuesta entenderlo y pueden aparecer sutilmente rabitos de amor propio y hasta de egoísmo en nuestro amor. Somos fáciles para poner medidas, límites, condiciones. ¿Es que tengo que amar a todos? ¿es que tengo que amar también al que ha hecho daño? ¿y al que me cae mal? ¿y también a aquel que no es del grupo de mis amigos? ¿y aquel otro que es un egoísta y nunca ayuda a nadie? Siempre buscamos alguna pega, alguna dificultad.
Como decía el sabio del Antiguo Testamento – lo escuchamos el pasado domingo - nuestros pensamientos algunas veces son mezquinos y falibles. ‘¿Quién rastreará las cosas del cielo, quien conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ Es lo que tenemos que pedir.
‘Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo… amad a los enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo…’
La medida del amor, comenzábamos preguntándonos, ¿hasta dónde tiene que llegar? Aquí tenemos la respuesta. Un amor sublime, generoso, que nos supera y que entonces sólo con la fuerza de la gracia divina podremos tener. Un amor por el que tenemos que ser distintos. Porque además el modelo de nuestro amor es el amor que Dios nos tiene. ‘Compasivos como vuestro Padre que es compasivo… seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos…’
Es que los que creemos en Jesús, los que lo seguimos y somos sus discípulos tenemos un sentido distinto de las cosas, de la vida, del amor. Es precisamente lo que nos hace cristianos, discípulos de Jesús. Será nuestro distintivo. ‘En esto se conocerá que sois discípulos míos’, nos decía Jesús en la última cena cuando nos dejaba el mandamiento del amor.
Que nos conceda el Señor el Espíritu del amor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebramos con gozo el nacimiento de María


Miq. 5, 2-5;
Sal. 12;
Mt. 1, 1-16.18-32

Múltiples expresiones de júbilo y alegría nos recoge la liturgia en los diferentes textos, antífonas, ya sea en la Eucaristía, ya sea en la Liturgia de las Horas, en esta fiesta de la Natividad de María.
Muchas fiestas en honor de María se celebran en nuestros pueblos en diferentes advocaciones que manifiestan la piedad popular y la devoción llena de amor de los hijos para con su madre en el día de su nacimiento. Son los hijos que celebran, llenos de fervor y amor, el cumpleaños de la madre. ¿No lo hacemos así con esa madre que nos dio el ser? ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?
Celebramos, pues, con gozo el nacimiento de María, aurora y esperanza de salvación, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal que el mismo Sol nace de ella’, como se canta en un himno litúrgico, aunque las otras expresiones que hemos ido diciendo se recogen también en la liturgia como ya dijimos.
El nacimiento de María anunció la alegría a todo el mundo; es el principio de la salvación, porque de ella nace Cristo que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna. La maldición cayó sobre el hombre con el pecado allá en el paraíso terrenal, pero se nos anunció una bendición, porque la estirpe de la mujer vencería sobre la muerte y nos llegaría la vida. María nos da a Jesús, el vencedor sobre la muerte que nos da la vida eterna.
Es María, la primera morada de Dios entre los hombres, el primer templo de Dios porque en ella por obra del Espíritu habría de encarnarse el Hijo de Dios, en su seno, como en el más hermoso templo, María lo portaría para hacernos llegar al Emmanuel, al Dios con nosotros. María sí recibió la luz, María sí recibió la vida. En María no habrá tinieblas porque nunca la sombras del mal entenebrecerían su vida porque fue incluso preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Dios miró su humildad y por el anuncio del ángel concibió al Redentor del mundo. María, pequeña, la última, la esclava del Señor como a sí misma quiso llamarse, sin embargo se deja conducir por Dios, se deja conducir por el Espíritu Santo y por ella nos llegó la salvación. Por algo con la liturgia la llamamos aurora y esperanza de salvación.
En esta fiesta del nacimiento de María nos sentimos tentados de no cansarnos nunca de decir cosas hermosas de María. Así la ha cantado siempre la Iglesia, así los santos Padres cantaban las alabanzas de María. Es el fervor y el amor de los hijos que tan maravillosamente se sienten amados por tal madre. Todos tenemos experiencias en nuestro corazón que nos recuerdan ese amor de Madre de María, esa protección maternal que de tantas formas se ha manifestado en nosotros. Como hijos enamorados de la madre no queremos sino decirle piropos, cantarle cantos de amor y de alabanza, y repetirle una y otra vez cuánto la queremos , como lo hacemos también sin cansarnos a nuestra madre de la tierra.
Pero ya sabemos que la mejor alabanza que podemos hacer a la madre es ser dignos hijos de tal madre. Y lo expresamos queriendo parecernos a ella, hacer cuánto ella nos enseña, queriendo copiar en nosotros sus virtudes, su humildad, su amor, en una palabra su santidad.
La vemos hoy pura y resplandeciente de luz – así la llamamos también en este día, Madre de la Luz -; la contemplamos llena de la vida de Dios y con la pureza y la santidad de una vida sin pecado. Que brille en nosotros esa luz, que apartemos igualmente de nosotros el pecado, que vivamos como ella con espíritu humilde, que sepamos como ella abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra y que nos llenemos de su amor, que resplandezca la santidad en nuestra vida.

Tres momentos, oración, elección y cercanía

1Cor. 6, 1-11;
Sal, 149;
Lc. 6, 12-19

Subrayemos varios aspectos de este texto del evangelio. Por una parte nos dice ‘Jesús subió a la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios’. A continuación nos dice: ‘cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce entre ellos y los nombró apóstoles’. Para finalmente decirnos que ‘bajó Jesús del monte y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…’ Tres momentos: oración, elección y cercanía.
Oración, en lo alto del monte, como lo vemos en otras ocasiones. Y oración en el silencio de la noche. Una subida, como un signo que tantas veces hemos reflexionado; pero soledad y silencio. Salida de sí mismo para ir al encuentro con Dios, en lo más hondo de nosotros mismos pero para abrirnos a Dios: en el silencio de los ruidos terrenos que nos pueden distraer; en la soledad de la intimidad que no es soledad sino llenarse de la inmensidad de Dios.
Un segundo momento de elección y misión, precedido de esa oración, de ese sentir en Dios que es lo más correcto, lo que es la voluntad y el camino de Dios. Entre los discípulos son elegidos doce a los que se les confía una misión, ‘los nombró apóstoles’. Jesús elige y los discípulos reciben y acogen una misión.
Y en el tercer momento, decíamos cercanía. Cercanía de quien bajó hasta el llano donde estaban muchos discípulos pero estaba también el pueblo venido de todas partes. Cercanía en aquellos que le buscaban, que habían hecho largos caminos para ir al encuentro con Jesús, para dejarse también encontrar por Jesús. Cercanía de Jesús que a todos acoge, con sus ilusiones y esperanzas, con sus penas y dolores, con su hambre de la Palabra de Dios, pero también con muchas otras necesidades.
¿Serán también los momentos que nosotros hemos de vivir? Necesitamos oración. Necesitamos subir a la montaña, o desprendernos de nosotros mismos para abrirnos a Dios. Necesitamos hacer ese silencio interior que nos permita abrirnos a Dios, escuchar a Dios. Necesitamos de esa soledad, que es ese vaciarnos de tantas cosas para que pueda Dios entrar en nuestro corazón con toda su inmensidad, con todo su amor. Nuestros apegos y nuestro amor propio nos hacen sentirnos tan llenos a veces que no podemos dejarle lugar a Dios en nuestro corazón.
Cuando nos abramos a Dios, podremos llenarnos de El, podremos descubrir su camino, podremos ver claro las sendas que traza delante de nosotros en la vida; podremos descubrir entonces para qué nos llama, para qué nos quiere; nos sentiremos llamados y elegidos, descubriremos nuestra misión, qué es lo que tenemos que hacer. Nos vamos a Dios prevenidos ni precavidos, sino con una libertad interior grande para dejarnos hacer por Dios.
Cuando nos encontremos de verdad con Dios y nos llenemos de El aprenderemos a ir al encuentro con los demás; sabremos cuál es la cercanía que hemos de poner en nuestra vida en relación con los demás; aprendemos a acoger con un corazón abierto a los demás; aprenderemos lo que es un encuentro verdadero. Y escucharemos, y seremos bálsamo de paz y amor para los otros; y llevaremos vida donde hay tanta muerte; y sembraremos esperanza; y comenzaremos a transformar nuestro mundo desde y con el amor.
Hermosa es la lección de Jesús cuando se retiró a la montaña y pasó la noche en oración.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Dedicación de la catedral, valoración de nuestra Iglesia diocesana e invitación a una santidad de vida


1Ped. 2, 4-9;
Sal. 121;
Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy en nuestra diócesis el día de la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral. No es un aniversario cualquiera, puesto que para los que pertenecemos a la Iglesia que peregrina aquí en nuestras islas tiene un especial significado. No es una Iglesia cualquiera de la que celebramos su Dedicación puesto que es la Catedral de nuestra Diócesis.
Tendríamos quizá que recordar qué es, que significado tiene la Catedral. De entrada decir que es la sede del Obispo Diocesano y podríamos decir que es allí donde está la Cátedra del Pastor, del Obispo que con su oficio de Maestro anuncia el mensaje del evangelio para todos sus diocesanos; es así como la cabeza o la Iglesia madre de todas las Iglesias de la comunidad diocesana reunidas en torno a su pastor y a su Obispo.
Si importante es en cada comunidad cristiana el lugar sagrado donde damos culto al Señor, escuchamos su Palabra y celebramos los sacramentos en la reunión de la asamblea de la comunidad cristiana, cuánto más lo ha de ser para toda la Diócesis la catedral.
Así el templo catedral, en este caso, como lugar sagrado, dedicado, consagrado al Señor se convierte para los cristianos en un especial signo visible de la presencia del Señor en medio de nosotros. De ello tiene que hablarnos toda Iglesia o todo templo sagrado dedicado y consagrado al Señor. Pero por esas especiales características que hemos expresado la catedral tiene un significado grande para la vida de la Iglesia Diocesana. Por eso la liturgia en el aniversario de su Dedicación nos invita a celebrar esta fiesta especial. Por eso decíamos no es un aniversario cualquiera porque tampoco es un templo cualquiera para todos y cada uno de los diocesanos.
Pero cuando hablamos de ese templo visible y material, al que llamamos también Iglesia, no nos quedamos en la materialidad del mismo templo, sino que tenemos que ir mucho más allá. Reconocemos que el verdadero templo de Dios para nosotros es el Señor. El Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre tomando un cuerpo humano como el nuestro porque es verdadero hombre al mismo tiempo que verdadero Dios. Pero por eso mismo se convierte para nosotros en ese primer templo de Dios en medio nuestro, la primera señal, el más importante signo visible de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel, Dios con nosotros y por El llega a nosotros toda la gracia de Dios, todo el amor de Dios que nos salva y nos redime y nos llena de la santidad de Dios.
Hoy nos ha hablado san Pedro de que Cristo es la piedra angular, escogida y preciosa. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros también somos piedras vivas que entramos en la construcción de ese templo del Espíritu. Por eso decimos también que nosotros somos también por la acción del Espíritu que nos consagra en verdaderos templos de Dios. Para eso fuimos ungidos en nuestro Bautismo.
Es por eso lo que decimos en el prefacio de esta fiesta. ‘Te has dignado habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templos del Espíritu, resplandecientes por la santidad de vida. Con tu acción constante santifica, Señor, a la Iglesia, esposa de Cristo, simbolizada en edificios visibles, para que así, como madre gozosa por la multitud de sus hijos, pueda ser presentada en la gloria de tu reino’.
Esta celebración, pues, además de una invitación a considerar y valorar todo el hondo significado que tiene la Iglesia catedral para sus diocesanos, es también para nosotros un estímulo y una exigencia, podríamos decir también, para nuestra santidad personal. Si somos templos de Dios con cuánta santidad hemos de vivir nuestra vida. Santidad que no hemos de profanar nunca con el pecado, santidad que hemos de hacer brillas con el resplandor de nuestras virtudes. Santidad que es exigencia también porque por nuestra vida hemos de convertirnos también en signos visibles de esa presencia de Dios en medio del mundo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Hemos de saber a qué subimos a Jerusalén


Sab. 9, 13-18;
Sal. 89;
Filemón, 9-10-12-17;
Lc. 14, 25-33

El evangelio nos dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Entraña esto que iban de camino. En la dinámica del evangelio de Lucas estamos en la subida de Jesús a Jerusalén, una subida con un significado especial, porque era su subida definitiva. Es bien significativo.
Esto da ocasión a Jesús a plantearle a los discípulos si realmente sabían lo que significa subir con El a Jerusalén. Algo así como preguntarles ¿sabéis a qué subimos a Jerusalén? Claro que esto nos vale para preguntarnos a nosotros también ¿sabéis lo que significa seguirme, ser discípulo mío? Algo así también nos está planteando Jesús a nosotros. Y es que el evangelio no es para adormecernos con El sino que siempre nos estará planteando cosas hondas.
Jesús un poco para que comprendan que hay que pararse a reflexionar les propone esos dos ejemplos o parábolas, como queramos llamarlos, del que va a edificar una torre o del rey que va a entablar una batalla. Hoy para todo nos exigen proyectos y proyectos bien detallados, ya sea una construcción que vayamos a realizar o ya sea un plan que queramos realizar en cualquier negocio, cualquier actividad, o cualquier realización social. O si vamos a emprender un viaje queremos saber bien a donde vamos, la ruta, lo que nos va a costar, las dificultades con que nos podamos encontrar y así mil detalles más; no queremos ir a la loco, todo queremos llevarlo bien planificado.
Pero ¿seremos así en esos planteamientos más hondos en los que nos va el sentido de la vida o donde podemos poner en juego nuestra salvación eterna? ¿Nos planteamos con esa misma seriedad lo que significa ese ser cristiano, ese seguimiento de Jesús o simplemente nos dejamos llevar porque aquí somos cristianos de toda la vida? ¿cuál es el proyecto de mi vida y de mi fe?
Siempre decimos, desde aquella respuesta elemental que aprendimos en el catecismo, ser cristiano es ser discípulo de Jesús. Es cierto, pero esto es muy serio. No es cualquier cosa. Podemos tenerlo muy claro, pero siempre tenemos que revisarnos porque como sucede en todo caminante se nos pueden ir pegando los polvos del camino, y aquello que nos parecía muy claro se nos puede ir empañando, como se empaña el cristal de nuestras gafas o el cristal del coche con los humos, los polvos, las lluvias o las ventiscas del camino. Esas suciedades pueden ocultarnos lo que tiene que ser la verdad más fundamental de nuestra vida en el seguimiento de Jesús.
Seguir a Jesús es hacer su camino, reflejar su vida en mi vida, ser capaz también de cargar con su cruz o con la cruz nuestra de cada día, pero haciéndolo a su manera. Que ese proyecto de mi vida coincida totalmente con el proyecto de Jesús. Que sepamos bien, tengamos muy claro y muy asumido en nuestra vida lo que es su vida, esa vida que tenemos que copiar en nosotros.
Decíamos que Jesús les pregunta o les platea a los que van con el de camino subiendo a Jerusalén algo así como si sabían bien lo que significaba aquella subida. Cuando lleguen a Jerusalén, ellos que van encantados con Jesús porque han escuchado sus enseñanzas, han visto sus milagros e incluso van a hacer una fiesta grande en la bajada del monte de los Olivos a la entrada a Jerusalén, allí se van a encontrar que Jesús es discutido y rechazado, que buscarán su muerte por todos los medios; que el amor y la entrega de Jesús le va a llevar a la cruz y a la muerte, y entonces llegará el momento de que los que le siguen tendrán que tomar partido, decidirse. Y ya sabemos lo que sucedió en Jerusalén y como los mismos discípulos andaban divididos, huyeron, o andaban encerrados por miedo a los judíos. El mismo Pedro llegará a negar que conoce a Jesús.
Por eso ahora Jesús les previene, les prepara. Ser su discípulo para seguirle significará que hay que preferirle a El frente a todo y frente a todos. Por eso les dirá: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’.
Es una decisión importante. Jesús tiene que ser el primero; su Reino tiene que ser lo primero; esa Buena Noticia que han escuchado tiene que ser lo que tenga preferencia en la vida. No es que no se pueda amar al padre, la madre, la mujer, el hijo el hermano o la hermana. Pero Jesús, su Reino, el Reino de Dios tiene que estar por encima de todo, tiene que ser lo que dé sentido, profundidad, valor, autenticidad a todo lo demás.
‘Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío’, sigue diciéndoles. ¿Qué significa ese llevar la Cruz? ¿Qué significó la Cruz para Jesús? La Cruz fue entrega, pero fue amor; entraña sufrimiento y sacrificio, pero todo está envuelto en el amor, en el amor sin límites, en el amor hasta el final. Es, entonces, la ofrenda de amor que tenemos que saber hacer de nuestra vida.
Ofrenda de amor en nuestra fidelidad incluso hasta en el dolor. Ofrenda de amor en esa aceptación de nuestra vida con sus cruces, sus sufrimientos, sus sacrificios. Ofrenda de amor en esa entrega que tenemos que vivir en cada momento en la responsabilidad del día a día. Ofrenda de amor en ese testimonio de Jesús, al ponerlo como lo principal, lo preferido de nuestra vida, que vamos haciendo con nuestra palabra, con nuestro ejemplo, con nuestras obras de amor, con las cosas buenas que vamos haciendo cada día.
Esto es cosa que sabemos y que queremos vivir, es cierto. Pero bueno es recordarlo, revisarlo porque, como decíamos, los cristales con los que vemos la vida se nos pueden ir empañando con el polvo, con las suciedades y miserias de la vida. Y es bueno que nos dejemos interpelar por el Evangelio.
Además, podemos recordar lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles’. Somos débiles y tantas veces erramos en nuestro camino. Queremos conocer los designios de Dios, comprender lo que Dios quiere y como decía el sabio del Antiguo Testamento ‘¿quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?’.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine, nos de fuerza para seguir ese camino de Jesús porque sólo con la fuerza del Espíritu podremos comprenderlo y podremos ponernos en camino con El. Queremos en verdad ser sus discípulos, seguir a Jesús, ponernos en camino con El, aunque tengamos que subir a Jerusalén, aunque tengamos que cargar con la cruz porque para nosotros Jesús será siempre el primero, porque lo es todo para nosotros.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Me postro ante ti, Señor,
en profunda adoración;
eres mi Dios y mi Señor;
confieso con la más profunda fe
que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar;
verdaderamente es tu Cuerpo y tu Sangre,
tu alma y tu Divinidad
presente en la Eucaristía;
no es sólo un signo,
como si fuera un recuerdo,
aunque sea signo sacramental,
porque eres presencia verdadera,
estás realmente presente;
eres tú, Señor,
que así quieres darte,
así quieres hacerte presente,
así quieres llegar hasta mi vida.

Creo, Señor,
creo que estás ahí
y me postro ante ti
en adoración profunda.

Quiero hoy, Señor,
dejarme inundar por tu presencia,
llenarme de tu vida,
que tu amor empape totalmente mi alma
para ser siempre para ti,
para que mi vida,
mis obras y mis palabras
sean siempre para tu gloria.
Gracias, Señor,
por tenerte siempre a mi lado,
acompañándome,
escuchándome,
hablándome
en lo más hondo de mi corazón;
gracias, Señor,
por tu presencia permanente en el Sagrario
donde siempre me esperas;
que yo sepa descubrir aquí
y sentir tu presencia,
que yo sepa escucharte,
que aprenda el camino
que me conduce hasta el Sagrario
para aprender a venir hasta ti
con mis penas y mis preocupaciones,
mis súplicas y mis deseos más hondos;
que aprenda el camino del Sagrario
para aprender a gustar de tu presencia,
para sentirme junto a ti
más cerca del cielo.

Tu Palabra nos dice
que cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz de la Eucaristía
anunciamos tu muerte, Señor,
hasta que vuelvas.
Creo, Señor, en tu Palabra
y cuando contemplo
y adoro este misterio admirable
estoy contemplando
todo tu misterio de salvación y redención,
el misterio pascual
de tu muerte y resurrección;
aquí estás en tu pasión y en tu cruz,
en tu muerte redentora
y en tu resurrección de salvación;
es todo un misterio de gracia
en que te nos das
y nos regalas tu vida;
te has ofrecido en la cruz
para ser nuestro Salvador
y para rescatarnos
de la muerte y del pecado;
cada vez que nos acercamos a ti
en el sacramento de la Eucaristía
estamos rememorando
y haciendo presente
tu muerte y tu resurrección.
Gracias, Señor,
por tanto regalo de amor.

En la sinagoga de Cafarnaún,
después de haber dado de comer milagrosamente
a la multitud con los cinco panes y dos peces,
nos dijiste
que nos ibas a dar
un pan venido del cielo,
que el que lo comiera
no volvería a tener más hambre,
quedaría saciado para siempre,
y ese pan eras tú,
era tu propia carne
que nos dabas para que la comiéramos
y tuviéramos vida para siempre;
mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida,
nos dijiste
y el que come mi carne
y bebe mi sangre
tiene vida en mi
y yo lo resucitaré en el último día;
has querido quedarte en la Eucaristía
para ser también nuestro alimento,
nuestro viático para el camino,
la fuerza que nos hace vivir y amar,
luchar y ser mejores cada día;
pero es también
prenda del banquete eterno de los cielos
del que un día quieres hacernos partícipes,
prenda de gloria futura;
te comemos para tener vida,
te comemos para alcanzar la resurrección,
te comemos para unirnos a ti
y ser una sola cosa contigo,
te comemos para que habites en nosotros
y nosotros habitemos en ti.
Gracias, Señor,
por esa vida eterna que nos das.

Nos has dicho, Señor,
que tenemos que amarnos
porque somos hermanos,
y ese ha sido tu mandamiento,
que nos amemos los unos a los otros
como Tú nos has amado;
Tú, Señor, eres comunión de amor,
porque así eres en tu Trinidad
admirable e indivisible:
tres personas distintas
y un solo Dios verdadero;
pero quieres darte a nosotros en la Eucaristía
para que entrando en comunión contigo
aprendamos a entrar
en comunión con los hermanos;
no podemos comulgarte a ti,
entrar en comunión contigo,
si no hemos aprendido
a entrar en comunión con los hermanos;
tu mandamiento
fue el mandamiento del amor,
un mandamiento que nos dejaste
en el mismo momento
que nos dejabas también
tu presencia en la Eucaristía;
no podemos, pues,
separar nuestra unión contigo
de la comunión con los demás;
por eso has querido ser nuestro maestro
pero también nuestro camino,
eres nuestro ejemplo
pero eres también nuestra fuerza;
que amándote más y más a ti
en la Eucaristía
aprendamos a amar más y más
a nuestros hermanos
para que haya comunión verdadera;
que cada vez que me acerque
a la mesa de la comunión
sea consciente
de a quién estoy comulgando,
porque no sólo estoy comulgando
el Cuerpo del Señor,
sino que tengo que comulgar también
con el hermano;
que encuentre siempre en tu Eucaristía
esa fuerza para vivir la comunión total,
para que todos nos amemos cada vez más
y nos sintamos hermanos.
Gracias, Señor,
por tu Eucaristía y por tu amor.

Mejor que humillados humildes desde una ofrenda de amor

1Cor. 4, 6-15;
sal. 144;
Lc. 6, 1-5

Qué bien nos vienen estas palabras de Pablo en su carta a los Corintios para cuando se nos meten los orgullos en nuestro corazón porque nos sintamos humillados o porque las apetencias de grandezas y reconocimientos no se ven realizadas. Cuánto daño nos hacen por dentro esos orgullos y que nos hacen reaccionar de mala manera ante las situaciones adversas por las que tengamos que atravesar en la vida.
Con una actitud humilde se presenta el apóstol sintiéndose el último de todos. Colocado el último como un condenado a muerte, débil y despreciado, insultado y perseguido, como la basura del mundo. Son algunas expresiones que emplea para describir la situación por la que pasa el apóstol en tantas incomprensiones y recelos por parte de muchos. Mucho tuvo que sufrir el apóstol en su tarea evangelizadora y no fue sólo de parte, podíamos decir, de los enemigos del evangelio de Jesús, sino en muchas ocasiones incluso en medio de aquellas comunidades donde evangelizaba por incomprensiones, envidias y muchas cosas. A cosas así está haciendo referencia en este texto que comentamos.
Creo que nos está ofreciendo una hermosa lección. Diríamos que todo eso lo transforma desde el amor y desde la fidelidad a la misión que ha recibido del Señor, de ser su apóstol. Y más que humillado él se siente humilde, porque la humillación que de una forma u otra pretendían inflingirle no permite que le dañe por dentro, no le sirve para mal, sino todo lo contrario, le hace ofrecer su vida con humildad como una ofrenda de amor por la misión que ha recibido.
Por ahí, creo, que puede ir la lección que nos ofrece el apóstol. En la vida muchas veces pasamos por situaciones difíciles en nuestro trato o en nuestra relación con los demás. Habrá quizá quien quiera humillarnos, desde las envidias que tantas veces corroen el corazón del hombre, también desde incomprensiones y desconfianzas o desde otras muchas cosas que nos hacen sufrir, pero no nos vamos a sentir humillados ni doloridos, sino que vamos a ser humildes y vamos a poner ese bálsamo hermoso del amor en nuestra vida y desde esa humildad con amor vamos a saber ofrecernos al Señor.
Será otra entonces nuestra actitud, la forma de actuar y reaccionar. No vamos a dejar que nuestro corazón se llene de dolor, resentimiento o maldad en esa situación por la que quieran hacernos pasar. A Cristo en su pasión y en su camino hacia la cruz pretendían humillarlo, pero en el amor supo ser humilde, supo poner mansedumbre en el corazón y así hizo su ofrenda redentora de amor por nosotros. ‘Venid a mi, nos dice Jesús, todos los que estáis afligidos y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’.
El camino de la humildad vivido desde el amor puede ser un hermoso camino para sentir más cerca a Dios en nuestra vida. No nos puede faltar la fe para ver la presencia amorosa, reconfortante del Señor a nuestro lado, que nunca nos deja solos. Pero ese camino de humildad vivido también en el amor y desde el amor puede ser un testimonio, una luz para que muchos a nuestro lado lleguen a vislumbrar ese amor de Dios y se acerquen a El. Dios se nos manifiesta en la humildad y desde nuestro corazón humilde podemos conocer mejor a Dios.
‘Cerca está el Señor de los que lo invocan’, pedíamos en el salmo, por eso ‘pronuncie mi boca en todo momento,- también en los momentos duros y difíciles - la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre’.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios

1Cor. 4, 1-5;
Sal. 36;
Lc. 5, 33-39

Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios…’ Una referencia a la vida del Apóstol; una referencia a la vida de todo el que tiene que ser apóstol, pastor en medio del pueblo de Dios. Servidores de Cristo. Administradores de los misterios de Dios. Una vida vivida en total fidelidad. ‘Lo que se pide a un administrador es que sea fiel’, continuaba diciéndonos san Pablo.
Una fidelidad que no actúa por miedo a los juicios humanos, que no busca alabanzas ni reconocimientos humanos. Actúa con rectitud y en conciencia. Tiene que ser fiel allá en lo hondo de su conciencia. El único juicio válido es el de Dios. ‘Mi juez es el Señor… El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece’. Pido al Señor que no sea severo sino misericordioso cuando me presente ante El. El Señor es rico en misericordia, a ella me quiero acoger.
Pero tenemos que decir que este texto, aunque con esa clara referencia a los pastores, sin embargo ilumina también la vida de todo cristiano. En nuestras manos está el evangelio que tiene que iluminar la vida de cada uno, pero también con el que tenemos que iluminar la vida de los demás. El Señor ha puesto su evangelio en nuestras manos y hemos de reconocer que todo somos apóstoles y mensajeros del Reino. En consecuencia también con fidelidad y con que rectitud hemos de vivir nuestra vida. Todos.
Lo que nos dice el salmo, que nos ha valido como siempre para nuestra oración de respuesta a la Palabra proclamada, nos da pautas de cómo ha de ser esa rectitud que ha de adornar la vida de todo cristiano con una serie de hermosas virtudes y valores.
‘El Señor es quien salva a los justos’, fuimos repitiendo. Pero se nos decía, lo meditábamos, lo íbamos rumiando en nuestro interior, ‘confía en el Señor y haz el bien… practica la lealtad… la justicia, el derecho…’ la búsqueda del bien y de lo bueno tiene que estar siempre presente en mi vida. Mucho más que un adorno, actitudes profundas que se manifiestan en los actos de nuestra vida, en nuestra relación con los demás, en todo lo que vamos haciendo.
Justicia, derecho que nos llevan al buen trato al otro, sea quien sea, al respeto de la dignidad de todos, a la valoración de toda persona; justicia, derecho que nos llevan a un compartir solidario y tendríamos que decir también en justicia; lo que tenemos no es sólo nuestro sino que todo tiene que redundar en el bien común, a los otros les pertenece también porque son bienes que Dios creó para el hombre, para todo hombre. ¿Cómo en justicia puedo yo estar en la abundancia, mientras el hermano a mi lado está en necesidad?
‘Apártate del mal y haz el bien’, seguía diciéndonos el salmo porque el Señor y sus mandatos son nuestra delicia, nuestra dicha, nuestra gloria. Caminemos por caminos rectos, caminos de amor y de bondad, caminos de justicia y santidad y el Señor será nuestro premio, nuestra dicha. ‘Cada uno recibirá de Dios lo que merece’, que nos decía el apóstol.
Que así sea nuestra vida, y que así nos manifestamos ante los demás. Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Serán caminos que atraerán a los otros hasta el Señor.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Tenemos que liberarnos las redes que nos aprisionan

1Cor. 3, 18-23;
Sal. 23;
Lc. 5, 1-11

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios…’ Allí estaban ansiosos de que Jesús les enseñara, aunque Pedro y sus compañeros pescadores andaban afanados en repasar y lavar las redes después de una noche de faena aunque fuera infructuosa.
Pero cuando hay ansias de Jesús y nos dejamos enseñar, conducir y guiar, Jesús realiza maravillas para manifestarnos la salvación que quiere ofrecernos y para ponernos en camino también de hacer cosas grandes. Es lo que contemplamos en este texto; Jesús enseña a las gentes aunque tenga que subirse a una barca que le sirva como de estrado para que todos puedan escucharle mejor; pero más cosas van a suceder a continuación para manifestar así la gloria del Señor.
La palabra de Jesús es una Palabra de salvación, una palabra que libera y da vida, una palabra que nos levanta y nos pone en camino también de cosas grandes. Tiene fuerza de liberación y salvación. Fijémonos como se realiza en Pedro. Lo va a liberar de sí mismo, de sus desconfianzas y de sus miedos pero también de todo aquello que pudiera atarle a las rutinas de cada día porque además Jesús para Pedro y para aquellos pescadores tiene reservada una especial misión.
Ya sabemos lo que sucedió a continuación porque lo hemos escuchado. Pedro tendrá que interrumpir su faena de limpiar redes porque Jesús le pedirá su barca y que la separe de la orilla para enseñar a la gente; pero Pedro tendrá que remar otra vez mar adentro en el lago porque así se lo pide Jesús aunque él sabe que no hay pesca, porque ‘hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’. Se desprenderá Pedro de sus conocimientos de pescador para dejarse guiar por Jesús y por su palabra echar de nuevo las redes.
Comenzarán a manifestarse las maravillas del Señor, el asombro se apoderará de todos para reconocer las maravillas del Señor; aparecerá la solidaridad y el compañerismo de los otros pescadores que vendrán en su ayuda y al final Pedro, que tuvo que reconocer sus limitaciones e incapacidades, se reconocerá indigno de estar ante Jesús porque se siente hombre pecador. ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.
Pero será el paso para sentirse liberado totalmente para seguir a Jesús. ‘No temas, desde ahora será pescador de hombres’. Se acabaron los miedos, ‘sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron’. Un nuevo camino, una nueva pesca, una nueva misión.
A la luz de este evangelio, mirémonos nosotros. También tenemos nuestros miedos e inseguridades, o el orgullo de lo que somos o sabemos, porque nos creemos quizá que sabemos muchas cosas, nos puede hacer engreídos, pero al final nos sentimos incapaces o el mal que hayamos dejado meter dentro de nosotros nos ha paralizado. Comencemos por reconocerlo como Pedro para poder sentirnos en verdad liberados por Jesús.
Cuánto nos cuesta reconocer esas negruras que pudiera haber en nuestra alma, en nuestro corazón. Es el paso que tenemos que dar y veremos la salvación de Dios en nuestras vidas y podremos ver también para qué nos quiere el Señor. Quizá no le hemos abierto la puerta de nuestro corazón lo suficiente. Es una liberación que tenemos que dejar que el Señor realice en nosotros. Tenemos que sacar las redes que aún pudieran estar aprisionándonos.
María se reconoció pequeña ante Dios, se sentía la humilde esclava del Señor, pero el Señor realizó en ella obras grandes. Y María lo reconoció.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Campo de Dios y Edificio de Dios pero en el que todos somos colaboradores

1Cor. 3, 1-9;
Sal. 32;
Lc. 4, 38-44

‘Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios. Sois también edificio de Dios’. En esta frase final del texto de la carta a los Corintios que hoy se nos ha proclamado emplea el apóstol dos bellas imágenes para describirnos el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. Campo de Dios, edificio de Dios.
Nuestro labrador, nuestro constructor o Arquitecto de ese edificio es Cristo. Somos ese campo o ese edificio. Edificio de Dios construido sobre el cimiento de los Apóstoles, como nos dice también el apóstol y ha hemos meditado muchas veces, sobre todo en la fiesta de los Apóstoles. No podemos pretender ser nosotros por nosotros mismos los constructores o labradores de ese campo. Sin embargo nos dice el Apóstol que somos colaboradores de Dios, porque ahí nos confía también un misión.
Al apóstol Pablo le da ocasión para dejarnos este mensaje ciertos problemas surgidos en la comunidad de Corinto, que podrían también iluminarnos a nosotros en muchas situaciones. El apóstol incluso se pone un poco serio y les dice que son como niños porque hay entre ellos envidias y contiendas, rivalidades y enfrentamientos a causa de cierta división surgida entre ellos por unos que son partidarios de Apolo, que también allí ha contribuido a la predicación del evangelio, y otros partidarios del mismo Pablo. Cosas que sucedieron entonces y siguen sucediendo muchas veces también en el seno de nuestras comunidades. Que si este cura o este obispo es mejor que el otro, que si el párroco que estaba antes, que si aquel sí que trabaja, que si éste es más cercano o más amigo de todos, y no se cuántas cosas más que vemos muchas veces. Esa no tiene que ser nuestra mirada ni nuestra actitud. Escuchemos lo que dice el Apóstol.
‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo, y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Agentes de Dios, que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, fue Dios quien hizo crecer… el que cuenta es el que hace crecer, o sea Dios… nosotros somos colaboradores de Dios’.
Surgen entre nosotros muchas veces también divisiones y rencillas, y sucede también en el seno de la comunidad cristiana, de la Iglesia. Es bien iluminador este texto. Bien sabemos los pastores que nuestra misión es sembrar, anunciar el evangelio, hacer llegar la gracia de Dios a través de los sacramentos. Pero quien en verdad hace crecer la fe y la vida cristiana es Dios que llama al corazón, inspira con la fuerza del Espíritu, da la gracia. Y lo que importa es la vida divina sembrada en nuestro corazón, esa vida divina que nos hace hijos de Dios, nos llena de la santidad de Dios.
Contribuyamos con la santidad de nuestra vida a la fecundidad de ese campo de Dios que somos nosotros. Contribuyamos al crecimiento de ese edificio de Dios, a ese crecimiento de la vida de la Iglesia poniendo cada uno de nosotros los granitos de arena de su vida, de su santidad, de su bien hacer, de sus buenas obras, de esa semilla de la Palabra de Dios que con nuestra vida vamos sembrando cada día entre los que nos rodean. Eso es lo importante. Dios regará todo eso bueno que hagamos con su gracia y es el que por la fuerza del Espíritu hará crecer la santidad de su Iglesia a través de esa santidad que vivamos cada uno de nosotros.
Oremos al Señor para que en el seno de nuestras comunidades cristianas no surjan nunca esas rivalidades sino que siempre todos valoremos el trabajo de nuestros pastores cada uno en su función, en su propio ministerio, en el lugar al que el Señor le ha llamado a trabajar en ese campo de Dios. Pidámosle al Señor que nunca se rompa esa unidad de su Iglesia.

martes, 31 de agosto de 2010

Hemos recibido un Espíritu que viene de Dios

1Cor. 2, 10-16;
Sal. 144;
Lc. 4, 31-37

‘Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos…’
El Espíritu que viene de Dios. Como prometió Jesús ‘yo rogaré al Padre para que os envíe otro Defensor – el Paráclito, el Espíritu de la verdad -, para que esté siempre con vosotros’. Como nos sigue diciendo ‘el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado y os lo explicará todo’.
Podríamos seguir recordando cosas que nos dijo Jesús cuando nos anuncia en la última cena el envío del Espíritu Santo. Es lo que nos viene a decir hoy san Pablo. ‘A nivel humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu’.
Es el Espíritu Santo que despierta nuestra fe y nos fortalece para que nos mantengamos firmes en ella. Muchas veces nos encontramos a gentes que no entienden sobre cuestiones relacionadas con la fe, con la religión, con la Iglesia y a todo quieren hacer sus interpretaciones a su manera. Hablan de la religión, del cristianismo o de la Iglesia haciendo comparación o a imagen de las realidades humanas de nuestro mundo o de la sociedad. Si nos falta la fe, si nos falta esta asistencia del Espíritu es imposible que demos una buena interpretación a tantas cosas que suceden en este ámbito religioso o cristiano. Les puede parecer ‘una locura’, según frase del Apóstol. Como nos dice san Pablo hoy ‘sólo se pueden juzgar con el criterio del Espíritu’.
Aunque un peligro que podemos tener nosotros los creyentes es que olvidemos también ese criterio del Espíritu y veamos todo demasiado a lo humano o a imagen de las cosas de este mundo. No nos tendría que pasar. Por eso qué importante es que mantengamos con toda firmeza nuestra fe; que pidamos al Señor que nos regale ese don de la fe, haciéndonos sentir con fuerza en nuestra vida esa asistencia del Espíritu Santo.
Es más, creo que cuando nos acercamos al Evangelio, a la Biblia tendríamos que saber hacerlo desde ese Espíritu de fe, porque será el que nos haga comprender con mayor hondura el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. No podemos ir con criterios humanos a hacer una interpretación de la Palabra de Dios, sino que en verdad nos dejemos conducir por el Espíritu Santo; invoquemos con fe al Espíritu Santo cuando nos acercamos a la Palabra de Dios para que sea El quien nos ilumine, nos haga comprender todo ese misterio de Dios. Como decía san Pablo ‘lo íntimo de Dios, lo conoce sólo el Epíritu de Dios’. Que no nos falte esa luz, esa iluminación del Espíritu Santo.
Será así cómo podremos comprender mejor el mensaje de Jesús. Es que además sólo por la acción del Espíritu en nuestro corazón podremos llegar a exclamar con toda verdad y con todo sentido ‘Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’. Ese Jesús, el Señor, que hoy contemplamos en el evangelio que hemos escuchado, como salvador desde lo más profundo del mal, arrancando de nosotros el mal, el peor mal que pueda haber en nosotros que es el pecado. Ese milagro de la expulsión de los espíritu inmundos eso viene a significar.
Que venga el Espíritu del Señor a nuestra vida y seamos capaces de reconocer cuantos dones de amor el Señor hace en nosotros.

lunes, 30 de agosto de 2010

El anuncio del evangelio de Jesús transforma nuestra vida y nuestro mundo

1Cor. 2, 1-15;
Sal. 118;
Lc. 4, 16-30

El anuncio del evangelio muchas veces se puede convertir en un fuerte signo de contradicción en medio del mundo en el que vivimos; mientras para unos puede ser un fuerte grito de esperanza porque descubren en ese anuncio esa salvación tan profundamente deseada, para otros sin embargo puede resultar duro y bien contradictorio a lo que son sus intereses o su manera de vivir.
Ya lo fue Cristo en medio de la gentes de su tiempo, ya lo fue Pablo como de alguna manera hoy nos lo manifiesta en lo escuchado en su carta a los Corintios y lo han sido y lo serán todos los apóstoles y evangelizadores que sean fieles a ese anuncio auténtico del evangelio.
En el evangelio hoy escuchado la visita que Jesús hace a su pueblo y el anuncio que hace en la Sinagoga de Nazaret. Ahí vemos ya esos signos contradictorios porque en un principio fue recibido con muchas señales de aprobación y orgullo porque era el hijo del carpintero y entre ellos se había criado, pero pronto todo se trastocará cuando ven que el anuncio que Jesús les hace no es simplemente complacerles en sus orgullos patrios o en esos deseos de milagros que se multipliquen entre ellos. Querrán incluso despeñarlo por un barranco del pueblo.
Es lo que Pablo manifiesta también en su carta a los Corintios que hemos escuchado. No sería fácil hacer aquel anuncio que Pablo les hace de Jesucristo y de éste crucificado, a una sociedad como la griega dada a la sabiduría y a las filosofías o en concreto aquella sociedad de Corinto muy comercial – era un puerto comercial muy importante en el mundo griego – pero también muy influenciada por muchas corrientes de todo tipo que hacía que en aquella sociedad fueran muy grandes la corrupción y las inmoralidades.
En Atenas Pablo había querido acercarse a un lenguaje propio de los filósofos en el anuncio del evangelio y de Jesús resucitado en el Aerópago, y fue rechazado. Ahora es difícil aquí hablar del evangelio pero dice que no va a ellos con sabidurías ni elocuencias humanas sino que ‘nunca se preció de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado… para que vuestra fe no se apoye en sabidurías humanas sino en el poder de Dios’. Pero tras ese anuncio surgirá en medio de aquel mundo tan adverso una hermosa comunidad de seguidores de Jesús.
¿Cómo acogemos nosotros el anuncio del evangelio de Jesús? tenemos que preguntarnos. ¿Será para nosotros en verdad ese faro de luz que despierta nuestra esperanza en la salvación verdadera que Jesús quiere ofrecernos? ¿Buscamos palabras bonitas que se pueden convertir en engañosas o por otra parte el milagro fácil que nos resuelva misteriosamente nuestros agobios?
Busquemos la verdadera salvación que Jesús nos ofrece. Es el que está lleno del Espíritu del Señor, como había anunciado el profeta y que con su vida y su presencia en medio nuestro viene a arrancarnos de las más profundas esclavitudes que podamos tener en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Nos anuncia el año de gracia del Señor, nos anuncia el perdón y la vida. Y es lo que tenemos que buscar en Jesús.
Cuando nos arranca de la esclavitud del pecado es para que ya nunca vivamos alejados del amor. Cuando nos ofrece su perdón quiere en verdad transformarnos por dentro pero para que sintamos también la fuerza de su Espíritu en nosotros para transformar también nuestro mundo. Por eso allí donde está en un creyente en Jesús tiene que notarse que la vida es distinta, que hay más paz, que hay más amor, que nos queremos más, que somos más hermanos, que arrancamos de nuestro corazón orgullos y envidias. En una palabra que hacemos un mundo mejor, un mundo donde todos nos entendamos más, un mundo nuevo y distinto. La fe que tenemos en Jesús a eso nos compromete.

domingo, 29 de agosto de 2010

Humildad y gratuidad, valores importantes


Ecl. 3, 17-18.20.28-29;
Sal. 67;
Heb. 12, 18-19.22-24;
Lcv. 14, 1.7-14

Tengo que comenzar confesando que este evangelio me interpela mucho. Es una tarea pendiente porque no he logrado llevarlo a la práctica de mi vida en esa humildad y gratuidad que hoy nos enseña Jesús.
Cuántos codazos nos vamos dando esa loca carrera de la vida por primeros puestos, por honores y reconocimientos, por rodearnos de gente importante o que nosotros creemos importantes e influyentes, y cómo rehuimos, permítanme la expresión, a aquellos que nos huelen mal. Es que yo soy amigo de… decimos tantas veces; es que conozco a éste o aquel… hay que tener amigos hasta en… - no voy a emplear la expresión que solemos usar, pero me entendéis -.
Como hemos escuchado en el evangelio le da ocasión a Jesús para dejarnos el mensaje ‘cuando entró en casa de uno de los principales para comer, le estaban espiando, pero el notó que los convidados escogían los primeros puestos…’ Y nos enseña Jesús algo que es mucho más que unas normas de urbanidad. ‘Cuando te conviden no te sientes en el puesto principal… vete a sentarte en el último puesto…’
¡Qué hermoso lo que ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento, el libro del Eclesiástico! ‘Hijo mío en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios… que revela sus secretos a los humildes’.
Lo aprendemos en Jesús, de humilde corazón y que siendo Dios se hizo hombre, tomando la condición de esclavo, siendo el último de todos. Y recordemos cómo Jesús da gracias al Padre del cielo porque revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos y las oculta a los que se creen sabios y entendidos. Por otra parte, ¿de quienes estaba rodeado Jesús siempre? De la gente sencilla, de los pobres, de los enfermos y de los que sufrían. Para ellos es su bienaventuranza.
Nos dirá Jesús: ‘Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos va repitiendo continuamente en el evangelio. Nada de luchas por primeros puestos, lugares de honor o rodearme de gentes importantes e influyentes que es nuestra tentación fácil. Le sucedía entonces a los discípulos como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Desterremos de nosotros esos orgullos, porque el orgullo siempre humilla al hombre, humilla al que está a nuestro lado.
De ahí la conclusión que Jesús mismo saca hoy en el evangelio. ‘Cuando des una comida o una cena…’ ¿a quién invitamos? ¿a los que a su vez puedan invitarnos también a nosotros? ‘No invites a tus amigos, a tus hermanos… a los que corresponderán invitándote… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Hay un valor o una virtud que a veces nos cuesta tener en cuenta o valorar, la gratuidad. ¿Qué voy a ganar yo con eso? ¿en qué me voy a beneficiar? Lo habremos escuchado muchas veces. Con qué facilidad actuamos por el interés. La vida esta rodeada o demasiado construida por gestos que manifiestan lo interesado que somos. Que me quieran, que me correspondan a lo que hago, que me tengan en cuenta, que valoren mis cosas… de alguna manera como un deseo siempre de sentirme pagado por lo que hago. No está reñida la autoestima con la humildad, pero autoestima no significa estar buscando recompensas siempre por lo que hago.
Nos falta gratuidad. En lo que damos y también en la actitud que tenemos ante lo que recibimos que tendría que llevarnos al fin a la gratitud. No estamos acostumbrados a lo gratuito, a que nos den también de una forma gratuita y algunas veces como que nos extraña y nos cuesta entenderlo. Recuerdo hace años de capellán en una clínica repartía unas tarjetas de felicitación a los enfermos felicitándoles la navidad, y alguien no me la quería aceptar porque no tenía dinero que darme; no comprendía que era una felicitación, y por tanto gratuita, lo que yo le estaba ofreciendo.
Andamos en la vida, por otra parte, demasiado a la competición en lo que hacemos y en consecuencia nos falta esa generosidad para hacer y hacer lo mejor no para recibir nada a cambio. Y cuando andamos con competiciones creamos rivalidades y enemistades, surgen rupturas y resentimientos, porque podemos sentirnos humillados y heridos. No vamos a hacer el bien para quedar mejor que los otros; vamos a ser generosos porque sí, porque queremos a la persona, la valoramos, la aceptamos, nos respetamos y queremos siempre lo bueno.
Gratuidad frente a la competitividad del que más puede, más sabe o quiere ser siempre el primero y principal; gratuidad frente a esas acciones interesadas donde siempre buscamos una ganancia ya sea en lo material o ya sea en otro tipo de satisfacciones o reconocimientos. Gratuidad porque queremos ser generosos porque amamos y aprendemos de la generosidad del Señor que nos ama siempre aunque no nosotros no le correspondamos.
Y gratuidad también en lo que le ofrecemos a Dios que algunas veces en nuestra relación con Dios andamos también medio interesados. Demasiados mercantilistas somos a veces con Dios, porque andamos con El como a la compra-venta con nuestras ofrendas, nuestras promesas y no sé cuantas cosas. Amemos a Dios es Amor y porque de Dios recibimos tanto amor que no nos cabe en ninguna medida humana. Lo de aquella oración ‘aunque no hubiera cielo yo te amara…’
Que así con ese corazón humilde y generoso aprendamos a ir por la vida en nuestro trato y relación con los demás y así nos presentemos también ante Dios.

sábado, 28 de agosto de 2010

Porque fuiste fiel… pasa al banquete de tu Señor

1Cor. 1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Es cuestión por parte nuestra de responsabilidad y fidelidad hasta en lo más pequeño , porque por parte de Dios siempre habrá una mayor magnanimidad que los méritos que nosotros podamos hacer.
Sigue hablándonos Jesús de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestra vida y para ello nos propone esta parábola que llamamos de los talentos. Es el hombre que se va al extranjero y confía a sus empleados sus bienes, como hemos escuchado. Distintas responsabilidades, o mejor decimos, distintas funciones porque a cada uno les confía diversa cantidad de talentos. Todos han de rendir cuentas a la vuelta de su señor. Cada uno ha de comportarse con la más absoluta responsabilidad aunque sean diversos los talentos que se les haya confiado y de todos espera aquel señor el rendimiento de sus cuentas. Y será exigente con sus empleados, pero será generoso, magnánimo con los que han sabido mantener su responsabilidad y su fidelidad.
Como decíamos, no es sólo cuestión de hacer méritos, sino de fidelidad. Cuando en la vida vamos actuando sólo en la búsqueda de méritos nos faltará generosidad en nuestra responsabilidad porque sólo vamos por el interés y andamos poniendo medidas en aquello que hacemos y ya sabemos que nuestras medidas son siempre raquíticas.
La medida de nuestra responsabilidad generosa ha de ser siempre grande tanto para aquel que tiene grandes o especiales funciones y responsabilidades – porque se le han confiado muchos talentos – como para aquel que puede parecer el último – porque se le han confiado quizá pocos talentos -.
‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira he ganado otros cinco… dos talentos me dejaste; mira he ganado otros dos… Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor…’ Han sabido ser fieles en lo que se les había confiado, ahora la generosidad de su señor con ellos será grande; ‘te daré un cargo importante, pasa al banquete de tu señor…’ Así se manifiesta su gran magnanimidad. Es así el Señor con nosotros. Las medidas del Señor siempre serán más generosas de lo que nosotros podamos imaginar. Aunque lo mismo es exigente con aquel que actuó con miedo y cobardía y solamente enterró el talento entregado para no perderlo. No era eso lo que tenía que hacer.
Miremos nuestra vida y seamos capaces de reconocer cuánto hemos recibido del Señor desde la vida misma a cuántas otras cosas en las que se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida a lo largo de nuestros años. ¿Cómo vamos a presentarnos delante del Señor? Seamos capaces de ver la mano de Dios en el camino de nuestra vida. Y seámosle agradecidos por esos dones que nos ha regalado, por esos valores y cualidades de que nos ha dotado.
Hagamos en verdad fructífera nuestra vida desde esa responsabilidad y generosidad que tiene que llenar nuestro corazón. Cualquiera que sea la situación que ahora vivamos, jóvenes o mayores, con muchas o pocas posibilidades, con lo que es la realidad de nuestra vida no enterremos el talento que Dios ha puesto en nuestras manos. Que un día podamos escuchar de sus labios ‘porque fuiste fiel…’ porque fuiste generoso, porque vivista la vida con responsabilidad, ‘pasa al banquete de tu Señor’, al banquete del Reino de los cielos. Mucho es lo que nos regalará entonces el Señor para que vivamos en la felicidad eterna.

viernes, 27 de agosto de 2010

Cuidemos nuestra luz para poder pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos

1Cor. 1, 17-25;
Sal. 32;
Mt. 25, 1-13

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’. Así había anunciado Jesús en el evangelio. Lo escuchábamos ayer. Propone diversas comparaciones o parábolas. Como el dueño de casa que está vigilante para que el ladrón no abra un boquete y entre a robar. Como el sirviente de casa que espera a que su señor vuelva para abrirle apenas llegue. Como el administrador que tiene que estar responsablemente atendiendo a todos sus deberes y preocupándose de todo y de todos.
Todo habla de vigilancia, de atención, de responsabilidad. Cosas muy necesarias en la vida en cualquiera que sea la ocupación o la responsabilidad que tengamos. Pero actitudes fundamentales ante la venida del Señor que ha puesto la vida y el mundo en nuestras manos.
Hoy nos ha propuesto Jesús una nueva parábola. Parábola en la que Jesús utiliza las costumbres de la época y las circunstancias concretas en que se vivía entonces. A la hora de la boda el novio venía con sus amigos a casa de la novia, pero las amigas de ésta habían de salir al camino a recibirle y además llevar las correspondientes luces que iluminaran las sombras del camino. Esto le vale a Jesús para proponernos la parábola y dejarnos un hermoso mensaje de cada a esa necesaria vigilancia en la vida y la responsabilidad con que hemos de asumirla.
El novio podía tardar más o menos según distancias o problemas que surgieran en el camino, por eso la espera exigía ser lo suficientemente previsor para que no faltara la luz por mucho que fuera la tardanza. Lámparas de aceite que habían de llevar el suficiente de repuesto. podríamos decir, pero este caso en algunas de aquellas doncellas no fue así. Cuando finalmente llega no podrán tener encendida su lámpara y habrán de buscar el aceite necesario. No habían tenido la suficiente previsión. Llega la hora de la boda y ellas no podrán entrar, pues habían tenido que ir a comprar. ‘No sé quienes sois, no os conozco…’
¿Nos podrá suceder a nosotros así? ¿Qué nos querrá decir el Señor? No podemos contentarnos con vivir la vida alegremente pensando que ya tendremos tiempo para hacer los arreglos necesarios para cuando nos llegue la última hora. ‘No sabemos el día ni la hora’ a la que nos va a llamar el Señor. Hemos de estar preparados, en consecuencia. La amargura y desesperación con que algunos se enfrentan con esa hora decisiva de su vida que es la muerte, puede ser una señal de que a lo largo de nuestra vida poco hemos pensado en la trascendencia que habíamos de darle a todo lo que hacíamos o vivíamos.
Cuando lo que voy viviendo lo hago con ese sentido de trascendencia pensando que un día vamos a encontrarnos con el Señor al que tenemos que darle cuenta de nuestra vida, seguro que lo que vamos haciendo lo intentaremos hacer desde la mayor rectitud, siempre con un sentido bueno, y en verdad llenando nuestra vida de obras buenas que nos pudieran merecer ese encuentro con el Señor para la dicha y la felicidad eterna.
Como un signo, y nos vale la imagen de la luz de la que nos habla la parábola hoy, recordemos que en nuestro bautismo se nos dio una lámpara encendida, tomando su luz del cirio Pascual, o sea tomando su luz de Cristo que es la verdadera luz del mundo. Y ya se nos encomendó entonces que habíamos de mantener esa luz encendida y nuestras vestiduras blancas y puras para poder salir al encuentro del Señor. ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿Hemos mantenido encendida la luz de la fe y de la gracia divina en nosotros a lo largo de toda nuestra vida? Si así lo hemos intentado no estaremos con temor y miedo, porque sabemos que con esa luz vamos a pasar a la Luz que no tiene fin, porque vamos a encontrarnos con el Señor para vivir con El para siempre durante toda la eternidad.
Cuidemos nuestra luz. Cuidemos nuestra fe. Cuidemos la gracia de Dios en nuestra alma. Vivamos la responsabilidad de nuestra vida con la mayor rectitud y santidad. Así podremos pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos para disfrutar de Dios por toda la eternidad.

jueves, 26 de agosto de 2010

A la Iglesia de Dios en Corinto…

1Cor. 1, 19;
Sal. 144;
Mt. 24, 42-51

‘Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Así comienza Pablo su carta, que vamos a leer a lo largo de tres semanas. Una carta extensa y con un mensaje grande y hermoso para animar a aquella comunidad, corregir y orientar que a nosotros nos vale también, pues para nosotros es también Palabra de Dios.
Vamos a fijarnos en algunos aspectos de este saludo inicial de la carta que escribe Pablo, como dice, ‘llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios’. Nos deja por así decirlo su tarjeta de presentación y la autoridad con la que escribe a aquella comunidad que él había iniciado con la predicación del evangelio en su segundo viaje.
Comienza, pues, dirigiéndose ‘a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Es la comunidad de los que creen en Jesús que se sienten iglesia, porque se sienten convocados por el Señor. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el significado de la Palabra Iglesia. Pero añade algo más, es la comunidad de ‘los consagrados por Jesucristo, el pueblo santo que El llamó (convocó = iglesia) y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos’.
Subrayemos, los consagrados, el pueblo santo… que invoca el nombre de Jesús. Todo esto tenemos que mirarlo en nosotros, que somos también esa Iglesia de Dios que peregrina en ese lugar concreto donde vivimos, pero que somos consagrados y somos pueblo santo. Consagrados, ungidos con el Espíritu del Señor, porque toda nuestra vida ha de estar dedicada a la gloria de Dios. Como un lugar consagrado, un lugar, es separado, por así decirlo, para dedicarlo sólo a Dios, así nosotros también. En el Bautismo fuimos ungidos, luego consagrados, para la gloria del Señor.
Por eso somos ese pueblo santo. Es a lo que estamos llamados y es la santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida. Nos miramos y nos vemos pecadores y nos decimos cómo es que se nos puede llamar pueblo santo. Pues lo somos desde esa consagración de nuestro Bautismo. Es el pueblo de los santos y esos santos tenemos que serlo nosotros. Cuando Pablo se dirige a las diversas comunidades a las que escribe sus cartas es de esa manera cómo los llama, a los santos de… y menciona el lugar, la iglesia.
Todo esto, pues, tiene muchas consecuencias para nuestra vida. Nos recuerda lo que somos y la exigencia de santidad de santidad que tiene que haber en nuestra vida. Es una invitación a vivir esa vida santa, a superar nuestras debilidades y pecados, a que todo lo que hagamos sea siempre la gloria de Dios, para que en todo momento invoquemos el nombre del Señor.
‘En mi acción de gracias, nos dice Pablo, siempre os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús… El os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro’. Vivamos en consecuencia.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Quiero seguirte y vivir en tu verdad

Quiero seguirte y vivir en tu verdad

Postrado en tu presencia quiero proclamar
desde lo más hondo de mi ser
que Tú eres, Señor, el camino,
y la verdad, y la vida;
yo quiero seguirte
y vivir en tu verdad;
muchas veces nos cuesta seguir tus pasos,
muchas cosas nos confunden
en nuestro interior
que nos llevan por caminos
que no son los de tu verdad,
en nuestra confusión
dejamos introducir en nosotros
sombras de vanidad
que no nos dejan ser nosotros mismos,
encontrar la verdad de nuestra vida
y nos llenamos de ilusiones vanas
que nos hacen vivir
en la apariencia y la mentira.

Quiero encontrarme contigo
de forma profunda
porque así encontraré
lo que es la verdad de mi vida,
la única verdad que eres tú
y que me hacer ver mi propia realidad;
cuando me miro con sinceridad
veo oscuridades y mentiras,
queriendo ocultarnos a nosotros mismos
lo que realmente somos.

Que tu luz me ilumine
para verme como soy
y para ser capaz
de querer arrepentirme de mis errores
para volver a ti que eres la única verdad
y pueda resplandecer en mi
el resplandor de tu santidad;
que el fuego de tu Espíritu me purifique
y que la fuerza de tu gracia
me dé la fortaleza
de aprender a caminar
siempre por caminos de rectitud
y sinceridad;
que no deje meter en mi vida nunca
la vanidad ni la hipocresía,
que sea capaz de reconocer mi pecado,
que sepa mirarme a mi mismo
con sinceridad
para examinar con detalle mis actitudes
y cada una de las cosas que hago,
que sienta deseos de purificación
y de superación
para ser cada día mejor,
para crecer más y más
en tu gracia y en tu vida,
para cada día quitar una más
esas arrugas del alma
de mis defectos y debilidades,
que sepa de ir humilde hasta ti
para alcanzar tu gracia,
esa gracia que me purifica y me sana,
esa gracia que me trae la salvación
y también la fuerza para seguir
por esos caminos de verdad,
por esos caminos de santidad.

Dame, Señor, ansias de plenitud,
esa plenitud que sólo en ti puedo alcanzar;
que emprenda con valentía el camino
que me conduce a la vida,
porque me lleva hasta ti.

Tú eres, Señor, el camino,
y la verdad, y la vida.

Autenticidad, rectitud, responsabilidad… valores a tener en cuenta

2Tes. 3, 6-10.16-18;
Sal. 127;
Mt. 23, 27-32

Alguna vez nos encontramos en el evangelio páginas con palabras duras por parte de Jesús. Jesús resiste a los soberbios y no soporta ni las vanidades ni las apariencias. Ya sabemos bien cómo se nos presenta Jesús, pobre y humilde, el que siendo Dios quiso hacerse hombre, en todo semejante a nosotros, pasando por uno de tantos, como nos dice la Escritura, y haciéndose el último hasta dar su vida por nosotros. Es lo que nos enseña también cuando los discípulos aspiran a grandezas y primeros lugares.
Por eso le escuchamos hablar con dureza contra aquellos que vivían de apariencias, apetecían honores y primeros puestos, llenando su vida de falsedad y de hipocresía. ‘Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que parecéis sepulcros blanqueados…’ Buena apariencia por fuera pero el corazón lleno de maldad y de pecado. Como un sepulcro blanqueado, nos dice Jesús. ¿Qué es lo que hay detrás de esa blancura aparente del exterior? Bien lo sabemos.
Les denuncia que ahora quieran justificarse con algunas cosas que intentan hacer ‘haciendo sepulcros a los profetas y ornamentando lo mausoleos de los justos’ diciendo que ellos no hubieran hecho lo que hicieron sus padres. Pero Jesús les hace ver que la misma maldad sigue en sus corazones. Y es ahí, en el corazón, donde tenemos que cambiar.
Creo que también nosotros hemos de escuchar este mensaje que Jesús quiere darnos. Nos pudiera parecer que esas palabras duras de Jesús no nos las merecemos. Pero creo que sí tenemos que examinarnos por la autenticidad de nuestra vida. También nos podemos sentir tentados por la apariencia y nos tientan también los reconocimientos que los otros puedan hacer de nosotros.
Pero busquemos con humildad la sinceridad, la autenticidad, la verdad de nuestra vida. Y lo mejor que podemos hacer es tratar de purificarnos de todas esas cosas que se nos pueden meter en el corazón. Esa verdad de nuestra vida tiene que partir de la rectitud con que la vivamos. Una vida auténtica, una vida de rectitud desde lo más hondo de nosotros mismos es lo que tenemos que buscar. Nunca hemos de dejar meter en nosotros la vanidad. Caminemos esos caminos que nos conduzcan a obrar siempre rectamente y haciendo el bien, a buscar en todo lo que es la voluntad de Dios. Esa autenticidad de nuestra vida que nos lleve a obrar rectamente es camino de santidad.
Y un breve comentario a lo que nos dice Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses. Quiere hablarnos el apóstol de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida. Lejos de nosotros, entonces, la ociosidad, el abandono de nuestros deberes y obligaciones, la dejación de la responsabilidad del trabajo que tenemos que realizar no sólo como un medio de ganarnos nuestro sustento, sino además como esa contribución que hacemos al bien de nuestro mundo, de nuestra sociedad.
Quizá ya no lo necesitemos porque tengamos garantizado nuestro sustento, dada la edad y las prestaciones sociales que recibamos, pero siempre hay algo bueno que hacer con lo que podemos contribuir al bien de los demás. Además una vida ociosa sin hacer nada pudiera convertirse en el inicio de una vida viciosa.
San Pablo se pone como ejemplo, cuando teniendo él derecho al sustento, porque el obrero merece su salario y su trabajo era para el Señor en la predicación del evangelio, como les dice, él ha trabajado con sus propias manos para no ser carga para nadie, les dice. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’, concluye. Y les recuerda la sentencia que les había dejado ‘el que no trabaja, que no coma’. Una invitación a la responsabilidad.