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sábado, 7 de agosto de 2010

¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?

Hab. 1. 12-2, 4;
Sal. 9;
Lc. 17, 14-19


‘Señor, ten compasión de mi hijo… se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo’. Acude aquel padre angustiado a Jesús, que baja del Tabor después de la Transfiguración. En la ausencia de Jesús había pedido a los discípulos que lo curara, pero no fueron capaces.
Hay una queja podríamos decir dolorosa de Jesús por la falta de fe. Se quejaría un día de la poca respuesta de Cafarnaún, lloraría sobre la ciudad de Jerusalén porque no le habían querido recibir ni aceptar, se queja cuando una y otra vez le piden signos y señales, se queja ahora dolorido por la falta de fe. ‘¡Gente sin fe y perversa! ¿hasta cuándo os tendré que soportar?’ Jesús, sin embargo, realiza el milagro.
Los discípulos se acercarán a preguntarle ‘¿Y por qué nosotros no pudimos echarlo?... por vuestra poca fe’, les responde Jesús. ‘Os aseguro que si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y os obedecería’. No es que necesitemos mover montañas, pero sí que necesitamos la fe y una fe firma y segura. No es que vayamos haciendo milagros por todas partes, pero sí necesitamos la fe como el alimento y el sentido profundo de nuestra vida.
En el día a día de nuestra vida que distintos seríamos con una fe firme e inquebrantable. Decimos, sí, que tenemos fe, que creemos, pero algunas veces en las actitudes y comportamientos pudiéramos aparentar que no tenemos fe, porque no son las actitudes y comportamientos de un creyente, de un cristiano, de un seguidor de Jesús.
Con nuestra fe ponemos toda nuestra confianza en Dios, pero esa fe nos hace actuar de una forma distinta en los diferentes momentos de nuestra vida. Esa fe nos recordará la presencia de Dios, que es recordarnos también lo que es la voluntad de Dios, que es tener presente en nuestra vida los mandamientos, los criterios morales por los que ha de regirse nuestra conducta.
Pero ya sabemos lo que sucede muchas veces la fe que decimos que tenemos va por un lado, pero nuestra vida va por otros derroteros. ¿Cómo se podría unir fe e injusticia? ¿Cómo se podría unir fe en Dios Amor y desamor, egoísmo y hasta odio hacia los demás? ¿Cómo se puede unir fe en el Dios de la vida y por otra parte no defender la vida del inocente permitiendo, por ejemplo, el aborto y todo tipo de violencias? ¿Cómo se puede unir fe en Dios y todo tipo de desórdenes morales y éticos? ¿Cómo podemos unir fe e insensibilidad ante el sufrimiento de los demás? Muchas preguntas tendríamos que hacernos en este sentido. ¿Se tendrá que quejar Jesús también de nuestra poca fe y de que la hemos alejado de nuestra vida?
La fe no será una atadura que coarte nuestra libertad y nuestra vida, pero sí nos dará la razón y el sentido de todo lo que hacemos, llevándonos a la más hermosa plenitud. La fe tiene que envolver toda nuestra vida igual que Dios con su inmensidad lo llena todo porque en El vivimos, somos y existimos. Estamos inmersos en Dios más que en el aire que respiramos, porque Dios en su inmensidad lo llena todo y, en consecuencia, la fe nos envuelve por dentro y por fuera toda nuestra vida.
Tenemos que cuidar nuestra fe. Tenemos que fortalecer nuestra fe. Tenemos que profundizar en nuestra fe para conocerla, para saber bien en lo que creemos, pero para saber también esa nueva vida a la que nos lleva nuestra fe.

viernes, 6 de agosto de 2010

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde
oración

Quiero subir contigo, Señor, esta tarde
a la montaña del Tabor de la oración..
Te llevaste contigo
a Pedro, a Santiago y a Juan,
tus discípulos predilectos.
¿Me admitirás con ellos, Señor?
Tú querías que ellos tuvieran
la experiencia luminosa de tu gloria.

Pero sé que quieres seguir
manifestándote a nosotros, Señor.
No somos dignos
ni merecedores de tanta bondad
y muchas veces no somos capaces
de saborearlo debidamente
porque estamos tan llenos
de miseria y de pecado.

Pero el fuego de tu luz nos purifica
y sabemos, estamos seguros,
que quieres tenernos contigo
participando también de tu luz,
llenándonos de tu gloria.

La subida puede ser larga y penosa
Toda ascensión exige desprenderse,
muchas cosas se nos apegan,
muchos fantasmas nos distraen
pero merece la pena llegar a lo alto
para el encuentro contigo
y con tu gloria.

Pedro se atrevió a levantar la voz
para manifestar su dicha
quería quedarse allí para siempre.
Qué bien se está aquí,
hagamos tres tiendas,
pedía y soñaba en su entusiasmo.

Nos sentimos dichosos, sí,
de estar en tu presencia,
de gozar de tu presencia
en el Tabor de nuestra oración.

Que yo, Señor, aprenda a descubrirte;
que aprenda a conocerte
y a llenar mi corazón
de la dicha inefable
de tu amor permanente.

Ayúdame, Señor,
a hacer silencio en el corazón
para escucharte,
para escuchar la voz del Padre
que te señala como su Hijo,
amado y predilecto,
como la Palabra salida de su boca
que tenemos que escuchar.

Tantos son los ruidos que nos distraen,
que no nos permiten oír
claramente tu voz.
Nos distraemos con las apetencias
que se nos apegan a nuestro corazón
y hacen ruido en nuestra vida;
nos distraemos
con tantas voces engañosas
que nos vienen del mundo
para atraernos por sus caminos;
nos distraemos de escuchar tu voz
cuando solamente
nos escuchamos a nosotros mismos
y nos hacemos insensibles
a la verdad única que puede salvarnos.

Nos prometiste tu Espíritu
que será el que nos mueva el corazón
hacia lo verdadero
pero el que nos hará orar de verdad
porque sólo con El
podemos llamar a Dios Padre
y proclamar tu nombre
con toda autenticidad,
proclamar el santo nombre de Jesús,
proclamar que Jesús es el Señor.

Queremos quedarnos en silencio,
contemplándote
y escuchándote,
sintiéndote
en lo más hondo de nosotros mismos.
Aquí estás en la Eucaristía
con la misma gloria del Tabor.

Ilumínanos, Señor, con tu luz.
Llénanos de tu gloria.
Que me sienta inundado de tu presencia.
Que sienta el gozo del Señor en el corazón.

Aquí me quedo en silencio,
háblame en lo más hondo del corazón,
quiero escucharte, Señor.

Qué hermoso es estar aquí…


2Ped. 1, 16-19;
Sal. 96;
Lc. 9, 28-36

‘Maestro, qué hermoso es estar aquí…’ exclamó Pedro cuando aún no había terminado de manifestarse del todo la gloria del Señor.
Se habían dejado conducir por Jesús para subir a aquella montaña alta. ¿Les apetecía subir? A ellos como a nosotros a veces no nos apetece ese esfuerzo. Pero se habían dejado llevar. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar’.
A Pedro, a Santiago y a Juan en algunas ocasiones importantes también Jesús se los había llevado consigo. Quería que estuvieran con El en esos momentos. En la resurrección de la hija de Jairo fueron los tres que entraron con Jesús a la casa; más tarde sería en Getsemaní cuando se los llevaría hasta lo más hondo del huerto donde en la agonía de su oración iba a comenzar la pasión; ahora, en el Tabor ellos eran los elegidos para subir con Jesús para orar.
Quizá este momento preparaba los otros, para que comprendieran el significado de la resurrección de la hija de Jairo, o para que estuvieran preparados para Getsemaní y todo lo que seguiría. ‘Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos…’ Jesús se transfiguraba delante de ellos; Moisés y Elías que aparecieron también hablaban con Jesús ‘de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Se manifestaba la gloria del Señor, que era como un anticipo de la gloria de la resurrección; una preparación ahora para pasar por Getsemaní y la cruz, sabiendo que todo culminará en la resurrección.
Habían entrado ellos en la oración con Jesús y por eso podían contemplar su gloria, aunque se caían de sueño. No sé por qué siempre nos da sueño cuando queremos entrar en oración. Pero Pedro está bien despierto ante tanta gloria que se manifiesta. ‘Qué bien se está aquí, qué hermoso es estar aquí’, y quería quedarse allí para siempre; ya iba a comenzar a construir tres tiendas. ¿Somos capaces nosotros de disfrutar así de nuestra oración, de nuestro encuentro vivo con el Señor que también quiere manifestársenos, hacernos partícipes de su gloria? Tenemos que aprender a orar. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor a la oración y abrir los ojos de nuestro corazón para sentir su presencia, para sentirnos de verdad en su presencia, en la presencia de la gloria del Señor.
Pero aún no había terminado todo. ‘Todavía estaba Pedro hablando cuando una nube los cubrió’. La gloria del Señor los envolvió. Se escuchó la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle’. Vamos a la oración, nos gozamos en la presencia del Señor, pero hemos de saber hacer silencio para escucharle. No necesitamos decirle muchas palabras, sino escuchar la Palabra viva y verdadera que El quiere decirnos. Y la podemos sentir en el corazón. Y nos podemos sentir transformados por Ella. Y desde la Palabra sentiremos renovada nuestra vida con una nueva vida, la Vida que de la Palabra recibimos, la Vida que Dios nos dice, que Dios nos da. ‘La Palabra era vida, en la Palabra estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres’, que decía el principio del evangelio de Juan.
Vayamos a la oración a dejarnos envolver por Dios. Sólo así podremos escucharle. Y sólo así nos sentiremos transformados por esa vida. Sólo así seremos verdaderamente iluminados para proseguir el camino.
Había que bajar de la montaña, porque la vida sigue en la llanura de las cosas de cada día, aunque nos parezcan rutinarias. Pero si salimos llenos de Dios de nuestra oración no serán cosas rutinarias sino llenas de nueva vida. Las veremos con nuevos ojos. Las amaremos con nuevo amor. Las construiremos con una nueva fuerza y con un nuevo estilo que es el estilo del amor que sólo en la oración podremos aprender de verdad.
Vengamos a la oración. Vengamos al Tabor. El Señor nos espera, ahora en la Eucaristía que estamos celebrando; luego a través del día en tantos momentos que podemos venir a visitarlo al Sagrario donde siempre está El esperándonos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Te saludamos María, Madre de Dios, Madre y Reina de las Nieves


Gál. 4, 4-7;
Sal. 112;
Lc. 2, 1-7

Aunque en la devoción popular hoy celebramos la fiesta de la Virgen de las Nieves, litúrgicamente lo que estamos celebrando es la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor, que es una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma. Su origen está por una parte en un hecho milagroso acaecido en el siglo cuarto y de ahí la advocación de nuestra Señora de las Nieves que celebramos en este día; una nevada caída en Roma en el monte Esquilino señaló el lugar donde había de edificarse el primer templo de Roma en honor de María, la Madre de Dios.
Por otra parte, posteriormente, a partir de mediados del siglo quinto. con la celebración del Concilio de Éfeso que vino a proclamar a María como Madre de Dios, el papa Gregorio III dedicó solemnemente este templo a la Maternidad divina de María, como había sido proclamado en el Concilio mencionado. Una bellísima Basílica dedicada a la Virgen en el mismo centro de Roma, y en cuyo interior se venera también por los romanos a María, como Salud del pueblo romano.
Es como decíamos el día de la Virgen de las Nieves como se celebra solemnemente en la Isla de La Palma como a su patrona, pero que se celebra igualmente en otros muchos rincones y pueblos de nuestras islas, por hacer mención al lugar donde estamos, pero también en todo el mundo. Santa María de la Blanca, la celebran en Vitoria en el país vasco, nuestra Señora de Africa o nuestra Señora de los Remedios en otros lugares también en este día, por citar algunas advocaciones.
Nosotros queremos celebrar esta fiesta de Maria desde lo más hondo de nosotros mismos con el gran amor que le tenemos a la Virgen. Como siempre con ella nos regocijamos y a Dios damos gracias porque nos ha dado a María, espejo de santidad en el que hemos de mirarnos siempre para así sentirnos estimulados continuamente en ese crecimiento de nuestra fe y nuestro amor, que es el crecimiento de esa santidad que tiene que florecer en nuestra vida.
Dios quiso tenerla junto a sí y la escogió como Madre para encarnarse y hacerse hombre, como nos decía el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Por María nos vino Cristo; por María nos vino la gracia y el don de que pudiéramos ser hijos en el Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de Maria, para rescatarnos, para liberarnos de los lazos del mal y de la muerte, pero para elevarnos a ser hijos por la fuerza del Espíritu que nos concede. Cómo no darle gracias a Dios por María.
Y saludamos a María, queriendo ofrecerle todo nuestro amor, queriendo cantar los mejores cánticos y alabanzas en su honor, queriendo sentirla siempre a nuestro lado para que nos siga acompañando en nuestro caminar. Es la Madre que está junto a nosotros; es la madre que nos señala siempre el camino para que vayamos a Jesús; es la madre que nos protege y nos alcanza la gracia de Dios para que vivamos en todo momento santamente. Virgen de las Nieves, la invocamos en este día, que así blanca como la nieve resplandezca también nuestra alma, nuestro corazón, nuestro espíritu porque nunca dejemos meter la negrura del pecado en nuestra vida. Que María nos proteja, nos ayude, nos alcanza de Dios la gracia que necesitamos.
Cómo no saludarla y cantarla con las mejores palabras y muestras de nuestro amor. ‘Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo, nuestro Señor’, le canta la liturgia hoy. Queremos hacerlo tambiérn tomando prestadas algunas palabras de las pronunciadas por San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Efeso cuando se proclamó la Maternidad divina de María.


‘Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito el que viene en el nombre del Señor. Te saludamos a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada; a ti por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles… por quien la criatura, caída en pecado, es elevada al cielo… por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión…’


Te saludamos, María, la Madre de Dios, que también eres nuestra madre.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Súplica esperanzada, intercesión y confianza


Jer. 31, 1-7;
Sal. Jer. 31;
Mt. 15, 21-28

Una súplica esperanzada desde la necesidad más profunda, una intercesión a favor de los demás, una fe y una confianza absoluta de que Dios siempre escuchará nuestras oraciones humildes. Así casi podría resumir el mensaje del texto del evangelio hoy escuchado.
Jesús está fuera de los límites de la Palestina judía. Con quienes se va a encontrar será con creyentes no judíos, pero a quienes habrá llegado la noticia de Jesús. El ha venido a buscar a las ovejas descarriadas de Israel, porque su misión como la historia salvífica de Dios se ha ido realizando en un lugar y en un pueblo concreto, llamado el pueblo elegido. Será una señal de que la salvación es para todos los hombres la presencia de Jesús en los territorios de Tiro y Sidón y el acontecimiento que nos narra el evangelio. Nadie será excluido de la salvación que Jesús nos ofrece aunque en principio este texto nos pudiera dar otra impresión.
‘Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. No es judía pero tiene conciencia de a quien se está dirigiendo. Lo llama Hijo de David. Es la angustia de una madre con una hija poseída por el mal. Es la súplica de una madre con el corazón roto por la enfermedad de su hija, pero que tiene mucha esperanza y tendrá también constancia en su oración. Insiste una y otra vez. Una súplica esperanzada.
Por medio estará la intercesión de los discípulos, en este caso por verse libres de la insistencia de aquella mujer. ‘Atiéndela, que viene detrás de nosotros’. Con entrañas de compasión y misericordia tenemos que mirar cuanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y sentirnos comprometidos en aliviar tanto dolor. Con entrañas de compasión y misericordia el creyente también levanta su corazón a Dios para pedir por los demás. Nunca podemos ser egoístas en nuestra oración. Tienen que caber en nuestro corazón los sufrimientos de los hermanos, para que los pongamos en nuestra súplica en la presencia de Dios.
La Iglesia siempre será intercesora con los brazos levantados en alto como Moisés allá en la cima de la montaña para interceder por nuestro mundo, por nuestros hermanos, por los que sufren, por la conversión de los pecadores. ¿Os habéis fijado que siempre que la virgen se nos manifiesta y nos insiste en nuestra oración al Señor nos dice que hemos de pedir por la conversión de nuestro mundo?
Finalmente esta la confianza absoluta y la fe de aquella mujer de que sería atendida en su petición. El lenguaje duro que aparece era la forma usual de la época de los judíos referirse a los extranjeros y a los paganos. Pero la humildad de aquella mujer es grande; una humildad que le ayuda a seguir confiando. ‘También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos’. Confía que también habrá salvación para ella. Merecerá la alabanza de Jesús. ‘Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas’. Nos recuerda la alabanza de Jesús a la fe del centurión romano. ‘En Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Ahora es también una mujer pagana la que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.
¿Será así nuestra fe y nuestra esperanza? ¿Es así de confiada nuestra oración al Señor? ¿Seremos capaces de hacer que en nuestro corazón quepan los dolores y los sufrimientos de los demás para presentarlos también en nuestra oración al Señor? Mucho tenemos que aprender.

martes, 3 de agosto de 2010

Es de noche… que la presencia de Jesús nos despierte la fe


Jer. 30, 1-2.12-15.18-22;
Sal. 101;
Mt. 14, 22-36

Se hacía tarde. Así escuchamos a los discípulos apremiar a Jesús para que despidiera a la gente y fueran a comprar comida a los poblados cercanos porque atardecía. Ahora ya es de noche. Pero esta noche será bien significativa para despertar aún más la fe de los discípulos, para ayudarnos a nosotros a no dudar, a mantenernos firmes en nuestra fe por muchas que sean las oscuridades.
En la misma barca en la que habían llegado ‘Jesús apremió a sus discípulos para que subieran y se le adelantaran a la orilla mientras él despedía a la gente’. En la oscuridad de la noche vamos a contemplar por una parte a los discípulos bregando en la barca, lejos ya de la orilla, pero sacudida por las olas, porque el viento era contrario.
La oscuridad parece que nos hace las cosas más difíciles. En la oscuridad hasta nos parece ver fantasmas. Nos pasa tantas veces. Nos llenamos de dudas. No vemos clara la salida de los problemas. Nos sentimos solos. Cuánto nos cuesta avanzar en tantas ocasiones en la vida. Perdemos incluso la perspectiva de nuestro camino y erramos de un lado para otro.
Pero mientras los discípulos luchaban por cruzar el lago en medio de la noche con tantas cosas en contra, ‘Jesús, después de despedir a la gente, subió al monte a solos para orar. Llegada la noche, estaba allí solo’. También era de noche pero para Jesús no había oscuridades. Fue el momento de su oración al Padre. Lo vemos tantas veces en el evangelio retirarse a solas para orar. Creo que con una situación que vivimos muchas veces como la de los discípulos atravesando el mar o el lago de la vida con oscuridades y dificultades, tendríamos que pedirle también, ‘enséñanos a orar’.
Podrán ser muchas las noches, pero Jesús viene a nuestro encuentro. No lo sabemos descubrir muchas veces. Como los discípulos asustados que les parecía ver un fantasma. Nosotros a veces es que ni lo vislumbramos. Pero El está ahí, porque nunca nos abandona. ‘¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!’, les dijo Jesús y nos dice Jesús.
Algunas veces tímidamente, como Pedro que quería cerciorarse de que era Jesús y por eso le pidió que él también pudiera ir a su encuentro andando sobre el agua, le pedimos que nos ayude, gritamos pidiendo socorro, nos parece que nos hundimos. Su mano siempre está tendida hacia nosotros para que nos agarremos a El.
Pedro caminaba también sobre el agua en dirección a Jesús pero aun seguía dudando si era posible que cuando volviera de nuevo la ola fuerte podría mantenerse en pie. Como nosotros que le decimos al Señor que nos ayude pero dudamos; tememos que cuando vuelva de nuevo la dificultad o la tentación no sepamos tener fuerzas para superarla, para vencerla; nos falta la absoluta confianza de saber que El está ahí a nuestro lado por muchas que sean las oscuridades. Pedro se hundía tan pronto sintió de nuevo la fuerza del viento. Nos hundimos por nuestra falta de fe. ‘Señor, sálvame… en seguida extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’
Pidamos al Señor que se afiance nuestra fe. Que nos sintamos seguros en su compañía porque El está siempre junto a nosotros. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, decían todos los de la barca. Realmente eres mi Salvador, mi Señor, mi vida, mi compañía, mi luz, mi todo. No temamos las oscuridades. Jesús está con nosotros. vayamos al encuentro con Jesús. El nos está siempre esperando. ¿Sabremos venir hasta el sagrario para hablarle, para escucharle, para sentir su fuerza y su presencia?

lunes, 2 de agosto de 2010

Una multitud nos rodea a la que nos dice Jesús que le demos de comer

Jer. 28, 1-7;
Sal. 118;
Mt. 14, 13-21

No podemos dejar de reconocer lo que es un milagro en sí como un hecho maravilloso y extraordinario en el que se manifiesta el poder y la gloria del Señor y nos está hablando también del amor que Dios nos tiene que así saltando incluso las leyes naturales nos quiere manifestar su amor. Pero son también muy significativos estos hechos de todo lo que Jesús quiere ofrecernos.
Cuando contemplamos el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que nos narra el evangelio de hoy es la primera lectura que hacemos. Una muchedumbre que sigue a Jesús por todas partes; que cuando incluso Jesús se va a lugares apartados con los discípulos más cercanos allí se los encuentra con deseos de escucharle, llevándole sus agobios y sufrimientos. ‘Al desembarcar y ver el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos…’
Se hace tarde; están en descampado y allí no tienen qué comer; serán los discípulos los que manifestarán la preocupación. ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Podríamos decir que aquí se nos está manifestando ya lo significativo del milagro. Son los discípulos los que ya se van empapando del espíritu de Jesús y sienten esa preocupación por los demás. El que estaban palpando en Jesús en todo lo que hacía, los estaba impregnando a ellos para actuar también con un amor semejante. Será el distintivo de sus seguidores, vivir un amor como el de Jesús, amar como Jesús nos ama.
‘No se hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer’. Es que además Jesús quiere implicarles. ¿Qué hagan también ellos un milagro? Un día les dará poder de hacer milagros, pero ya sí pueden ir realizando el milagro del amor. Es el compartir. Allí comienzan por ofrecer lo que tienen. ‘No tenemos más que cinco panes y dos peces’. Pero allí están a la disposición de Jesús. Quiere contar Cristo con nuestra colaboración.
Seguimos viendo lo significativo del milagro, porque es multitud hambrienta, o esa multitud que busca y que tiene deseos de algo mejor, o esa multitud que sufre la seguimos teniendo a nuestro alrededor. Sigue habiendo hambrientos, como siguen existiendo personas con problemas, como los hay también con inquietudes hondas en su corazón pero que muchas veces se sienten desorientados sin saber que camino tomar.
Cristo quiere contar con nuestra colaboración. Son a los que nosotros hemos de ofrecer nuestros panes y nuestros peces. Son a los que Jesús nos dice a nosotros hoy también que les demos de comer, que respondamos a sus inquietudes, o que seamos bálsamo para sus sufrimientos. No tienen por qué irse a otra partes, nos dice Jesús, ‘dadle vosotros de comer’. Los que creemos en Jesús no podemos cruzarnos de brazos ante los sufrimientos de nuestros hermanos.
Tenemos una luz que ilumina nuestras vidas y desde esa luz hay respuestas que nosotros podemos dar. Si cada uno de nosotros pusiera sus pocos panes y peces de lo que es nuestra fe, de lo que es nuestro amor, de lo que llevamos por dentro, a favor de los demás podríamos hacer que nuestro mundo sea mejor; realizaríamos el mismo milagro de Jesús porque para eso El nos ha dado la fuerza de su Espíritu.
Así se seguirá manifestando la gloria y el poder del Señor; así irá llegando a través de nuestra vida el amor de Dios a todos los hombres.

domingo, 1 de agosto de 2010

¿Vanidad y vacío o responsabilidad y trascendencia?


Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23;
Sal. 89;
Col. 3, 1-5.9-11;
Lc. 12, 13-21

Si nos colocamos en un punto de mira alto podemos ver claramente la perspectiva de todo lo que nos rodea; subimos a una montaña alta y desde allí podemos contemplar el paisaje en su conjunto y nos daremos cuenta mejor de la situación en conjunto del lugar que contemplamos. Si estamos en un momento trascendental de la existencia y miramos la vida con suficiente perspectiva y serenidad, nos daremos cuenta de lo que realmente ha merecido la pena o no de lo que hemos hecho o vivido. Si queremos vivir la vida no desde la superficialidad del que simplemente se deja llevar por ella sino con sentido de responsabilidad hemos de ponernos en ese punto de mira alto con unos buenos criterios de perspectiva para saber darle a las cosas su justo valor.
En la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio ese momento podría ser cuando ‘Dios le dice: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?’ Se había afanado en sus trabajos para obtener grandes ganancias y ahora sólo quería disfrutar, pero quizá le había faltado la perspectiva verdadera para su vida, pero que ahora será demasiado tarde. Pero es una parábola que Jesús nos propone para que aprendamos la lección.
Hemos de detenernos en la vida, subirnos a ese punto de mira de buena perspectiva y no será demasiado tarde si descubrimos el mensaje que nos dé verdadero valor a la vida.
Vivimos en medio de las realidades temporales que van conformando nuestra vida en nuestros trabajos, en nuestras responsabilidades, en nuestros deseos de ser felices también; queremos disfrutar de la vida y de lo que tenemos, lo que en sí mismo no podemos decir que sea malo. Tenemos una familia de la que no nos podemos sentir ajenos de ninguna manera porque es parte importante de nuestra vida y en consecuencia de nuestras responsabilidades. Hay unas responsabilidades también en relación a esa sociedad en la que vivimos que entre todos hemos de construir mejor cada día. Y tenemos que usar de unos medios materiales y económicos también porque los necesitamos en nuestras mutuas relaciones y en la atención a nuestras necesidades.
Pero, ¿cuál es la perspectiva desde la que hemos de mirar toda esa realidad de nuestra vida y que nos hará que nos esforcemos por lo verdaderamente importante?
Creo que nos damos cuenta que no podemos quedarnos en la materialidad de las cosas y del momento presente. Tenemos que buscar lo que le dé verdadera profundidad, sentido y trascendencia a lo que vivimos y hacemos. De lo contrario todo podría convertírsenos en vanidad y vacío. Lo que nos decía el sabio del Eclesiastés. Agobios y más agobios en la vida y algunas veces podríamos pensar que no tienen salida ni fin. O no conseguimos todo a lo que aspiramos o nos vienen contratiempos y problemas que pueden destruir todo eso que hemos intentando construir.
Vanidad cuando todo lo hacemos pensando sólo en nosotros mismos, sólo por nuestro disfrute terreno, o con la vaciedad de cuando vivimos un puro materialismo. Tantos que contemplamos derrotados y destrozados, vacíos y desorientados cuando viven la vida en un sinsentido, en materialismo paralizante y en un pura sensualidad del momento presente que al final termina esclavizándonos de nuestros sentidos y nuestros deseos.
‘Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato…’ pedíamos en el salmo. ¿Qué es nuestra vida? ¿Cuántos son nuestros días o nuestros años? ‘Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó… como hierba que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca…’ Nuestra vida no se consume con los días que aquí vivimos y todo es lo que ahora podamos sufrir o disfrutar. Hay algo que da una trascendencia a nuestra vida y que sólo en el Señor podemos encontrar. ‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos’, seguimos diciendo con el salmo.
Vivamos con responsabilidad la vida no encerrados en nosotros mismos o en el disfrute egoísta de nuestras cosas. No podemos, por otra parte, vivir ajenos a aislados de los demás. Tenemos una responsabilidad con la sociedad en la que vivimos, empezando por la familia de la que formamos parte, o aquel lugar concreto donde convivimos con los demás y hacemos nuestra vida.
¿Con que vamos a contribuir? No es sólo lo material lo que podemos ofrecer, hay algo más que podemos ofrecer de la riqueza que es nuestra propia vida. Todos hemos de contribuir a esa armonía, a esa paz, a esa buena convivencia, a ese sentido nuevo de fraternidad con aquellos que nos rodean, poniendo el granito de arena de nuestros valores y cualidades. No vamos a construir graneros para nosotros solos sino que hemos de abrirnos a los demás, pensar en los otros que formamos todos este mismo mundo como una gran familia.
Vivimos en medio del mundo y hacemos uso de las realidades de nuestro mundo, pero como cristianos nosotros tenemos otro sentido que darle a todo eso, tenemos otros valores que nacen de nuestra fe en Jesús y su evangelio al que hemos convertido nuestro corazón.
La Palabra nos invita a no engañarnos a nosotros mismos y a renovarnos de verdad cuando nos hemos decidido a seguir a Jesús. ‘Despojaos del hombre viejo con sus obras… dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros… y revestíos del hombre nuevo…’ nos dice san Pablo. Y nos habla de las idolatrías que pudiera haber en nuestra vida, impurezas y malas pasiones, codicias y avaricias. Lo que nos decía Jesús en el evangelio. ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’.
Una perspectiva nueva que nos hace mirar las cosas en su justo valor y sentido, una perspectiva que nos hace sentir la trascendencia que tiene nuestra vida. La plenitud sólo podremos tenerla en el Señor y la plenitud que el nos ofrece es vida eterna, es felicidad eterna. ¿Para qué andar agobiados entonces por las cosas terrenas y materiales? Que no sea vacío y vanidad nuestra vida, sino que sepamos llenarla de lo verdaderamente importante.

sábado, 31 de julio de 2010

Unas cadenas que nos llevan a la muerte

Jer. 26, 11-16.24;
Sal. 68;
Mt. 14, 1-12

Cuando nos dejamos seducir por el mal y lo dejamos introducir en nuestra vida desde el desorden de unas pasiones descontroladas o desde un egoísmo u orgullo que nos encierra en nosotros mismos, pronto hará que nos sintamos encadenados a ese mal; ¿en qué sentido digo encadenados? no sólo en el sentido de que nos veamos esclavizados de ese mal sino también en el sentido de una cadena en la que un eslabón nos va llevando a otro eslabón y un pecado nos va introduciendo en otro pecado hasta convertirse en una cadena si no sin fin, sí sin que podamos romper fácilmente esa espiral de pecado.
Es lo que contemplamos en este episodio del martirio del Bautista, pero más que nada en la cadena sin fin de maldad del rey Herodes. Sus pasiones descontroladas se hacían vivir de una forma ilícita; el Bautista, como profeta y hombre de Dios, le denunciaba aquella forma de vivir, pero eso le costó la cárcel, ‘pues había mandado prender a Juan y lo había metido en cárcel encadenado’; segundo eslabón. ‘Quería mandarlo matar, pero temía a la gente’, es otro paso más en esa espiral en cuyas redes iba cayendo más y más.
La ocasión vendrá finalmente con la fiesta desenfrenada de su cumpleaños, las promesas bajo juramentos vanos a la hija de Herodías que había bailado en su honor, y finalmente la decapitación de Juan ante la petición de aquella malvada mujer que quería quitar de en medio a quien era un toque fuerte en la conciencia. ‘Dame ahora en una bandeja la cabeza de Juan Bautista’, fue la petición. Vendrían los temores y respetos humanos, como tantas veces que también nosotros nos sentimos cogidos por los respetos humanos y nos dejamos arrastrar por lo malo, y vendría finalmente la muerte del Bautista.
Creo que esta reflexión que nos hacemos contemplando el proceder de Herodes puede ser un buen toque de atención para nosotros. Cuántas veces comenzamos en nuestra debilidad por darle poca importancia a alguna cosa pero de la que luego nos sentiremos cogidos y nos irá llevando también de un mal a otro, de un pecado a otro pecado, sin que tengamos muchas veces la valentía de reconocer lo malo que hacemos para arrepentirnos y romper esa espiral de pecado en la que metemos nuestra vida.
Que el Señor nos dé luz y abra nuestros ojos para no caer en la seducción del mal y del pecado. Que tengamos una conciencia recta para saber discernir lo bueno de lo malo y caminemos siempre por la senda recta, por la senda del bien. ‘Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí’, como pedíamos en el salmo responsorial. ‘Yo soy un pobre malherido, Dios mío, que tu salvación me alcance…’
Hoy el Bautista nos ofrece el testimonio de su palabra valiente de denuncia del mal y del pecado, pero el testimonio final de su muerte, de su martirio. Que abramos nuestro corazón a Dios, como él supo hacerlo para dejarse transformar por la Palabra de Dios que anunciaba. La austeridad con que vivía en el desierto es también para nosotros un hermoso testimonio que nos ayude a discernir lo que verdaderamente es importante y así aprendamos también a negarnos a nosotros mismos para tomar el camino de Cristo. Además ese camino de negación y sacrificio será para nosotros una escuela buena y un buen entrenamiento para saber decir no al pecado que de tantas maneras quiere meterse en nuestra vida. No caigamos en las cadenas que nos llevan a la muerte.

viernes, 30 de julio de 2010

Necesarias actitudes de fe, humildad y acogida ante la Palabra

Jer. 26, 1-9;
Sal. 68;
Mt. 13, 54-58

Siempre es bueno que nos preguntemos y revisemos sobre las actitudes con que venimos a escuchar la Palabra de Dios y la fe que tengamos para aceptarla. Porque nos puede suceder que lo que deseemos sean palabras que nos halaguen o palabras elocuentes y bellas, palabras que satisfagan nuestra vanidad y por contra rehuyamos aquello que nos haga pensar o señale cosas que tendrían una exigencia distinta para nuestra vida. También podríamos tener prejuicios frente a quien nos anuncia la Palabra de Dios y eso haga que nos cueste también el aceptarla por una falta de verdadera humildad delante de Dios que quiere llegar a nosotros.
Sucedía con los profetas como hemos venido escuchando y hoy mismo con el profeta Jeremías, sucedió con Jesús mismo como vemos hoy en su propio pueblo de Nazaret, y nos sigue sucediendo muchas veces hoy.
Una vez más hemos visto que el profeta recibe una Palabra de Dios que tiene que anunciar y no será aceptado. ‘Vino esta palabra del Señor a Jeremías…’ El profeta simplemente trasmite el mensaje que el Señor le dice. ‘Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras. Y cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: eres reo de muerte…’ La invitación a la conversión que les hacía el profeta de parte de Dios no les agradaba porque les hacía reconocer su pecado y su impiedad que merecían el castigo del Señor. ‘El pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Sucede con Jesús en la sinagoga de Nazaret. Hemos escuchado muchas veces el relato paralelo en san Lucas. Y aunque la gente se admira de sus milagros y de su sabiduría - ‘¿de dónde saca este esa sabiduría y esos milagros?’ - no terminan de creer en Jesús. Primero orgullo porque allí se había criado, pero luego desconfianza, porque en fin de cuentas era uno de ellos.
¿Por qué esa desconfianza? ¿Quizá esperaban cosas más espectaculares? ¿Quizá deseaban escuchar un personaje venido de otros sitios? Jesús allí se había criado, era el hijo del carpintero, y allí estaban sus parientes. ‘¿De donde saca todo esto? Y desconfiaban de El… y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe’. Así les recordaría el clásico dicho ‘sólo en su tierra y en su patria desprecian a un profeta’.
Como nos planteábamos al principio creo que la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado lo que quiere hacernos es esa revisión de nuestras actitudes, nuestra fe, nuestra humildad ante la Palabra que nos llega, nuestra aceptación. Es una Palabra viva y que nos llena de vida. Puede manifestársenos en cosas muy sencillas, en pensamientos muy elementales quizá, pero siempre tiene la fuerza del Espíritu, la fuerza de la Palabra de Dios, que viene a nosotros como semilla que quiere germinar vida en nosotros, pero que dependerá de la tierra que seamos o de cómo la hayamos preparado. Recordemos las parábolas de la pasada semana.
Siempre hay un mensaje de vida, de salvación, de gracia para nosotros. Pero sepamos detenernos con humildad y con mucha fe ante esa Palabra que escuchamos y encontraremos ese mensaje del Señor para nosotros. Por eso es importante ese silencio de interiorización. No podemos escucharla a la carrera y pronto a otra cosa, sino que como lluvia mansa hemos de dejar que caiga lenta y pausadamente sobre nosotros para que vaya penetrando en nuestra vida y empapándonos de la gracia del Señor. Que no rechacemos nunca lo que el Señor quiere decirnos.

jueves, 29 de julio de 2010

Que del ramillete de nuestra fe y nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor


1Jn. 4, 7-16;
Sal. 33;
Jn. 11, 19-27

¡Dichoso hogar de Betania! Un hogar lleno de Dios, un hogar donde resplandecían, y de qué manera, las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza, el amor. Qué modelo más hermoso para nuestros hogares; cuánto podemos aprender para el ejercicio de todas las virtudes cristianas.
Estamos celebrando a Santa Marta, y hemos de fijarnos en ella de manera especial, la mayor de los tres hermanos, de aquella dichosa familia que tantas veces acogió a Jesús y a los discípulos en su hogar de Betania. Normalmente al fijarnos en ella la tenemos como modelo de servicio y de acogida, y cuando hoy estamos celebrándola en este hogar, pareciera que esas son de manera especial las virtudes en que hemos de fijarnos y en las que es modelo muy especifico de nuestros hogares.
Pero quisiéramos fijarnos en ese ramillete especial de las virtudes teologales del que se van desprendiendo luego como pétalos olorosos que nos dejan su perfume todas las demás virtudes que enriquecen nuestra vida cristiana. Podemos afirmar rotundamente cómo habitaba Dios en aquel hogar piadoso de personas profundamente creyentes y llenas de esperanza en las que resplandecía fuertemente el amor, fuente y origen de tantas otras virtudes y valores que allí vemos hermosamente encarnadas.
El evangelio que hemos escuchado nos lo manifiesta. Y es que la virtud de la fe empapa la vida del creyente para envolver todas sus actitudes y todas sus acciones de ese aroma de la fe que nos penetra profundamente para hacerse una misma cosa con nosotros, ya sea en los momentos fáciles de la vida como en los momentos difíciles.
Porque ser creyente no es sólo una afirmación que podamos hacer salida solamente de la cabeza o de nuestros razonamientos y en un momento determinado, sino que tiene que convertirse en la raíz profunda que nos hace afirmarnos, enraizarnos, totalmente en Dios cualesquiera que sea la circunstancia que vivamos. La fe da sentido y valor a lo que hacemos y a lo que vivimos; la fe no es un adorno que sobreponemos en un momento determinado sobre nuestra vida sino que tiene que motivar todo lo que hacemos, pensamos, decimos; en la fe encuentran su razón de ser todas las opciones que tengamos que hacer o el sentido que le damos a todo nuestro actuar.
Por eso decimos cómo habitaba Dios en aquel hogar, en aquellos corazones; y decimos que Dios habitaba en aquel hogar no solamente cuando recibían a Jesús con su acogida, que también por supuesto y de qué manera, o cuando proclamaban su fe en El, sino que era lo que les motivaba en todo lo que hacían y vivían desde su profunda vida de creyentes.
Decíamos que el evangelio de hoy nos lo manifiesta, aunque no nos quedamos sólo en los pocos versículos proclamados. Tendríamos que fijarnos en todo su entorno o contexto. Cuando Lázaro está enfermo, le mandan a decir a Jesús que el que ama, su amigo Lázaro, está enfermo. Y aunque Jesús no se haga presente en el momento – El les dirá a los discípulos mientras finalmente vienen, que aquella enfermedad y muerte no es mortal sino para que se manifiesta la gloria de Dios – aquellas mujeres siguen creyendo y manteniendo la esperanza en la vida sin fin.
Surgirá la oración quejumbrosa, porque Jesús no había llegado a tiempo según su parecer- ‘si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano…’ -, pero será también la oración llena de confianza: ‘sabemos que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’; pero, aún en ese momento difícil, - ¿cómo no iba a ser difícil si había muerto el que era el sustento de la familia? - se manifiesta, sin embargo, con toda firmeza la esperanza: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’.
Jesús insistirá y pedirá una manifestación más explícita de su fe. ‘Yo soy la resurrección y la vida y el que cree en mí aunque haya muerto vivirá. ¿crees tú eso?’ Y la respuesta de Marta será contundente: ‘Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo’. ¡Qué hermosa confesión de fe y cuánto va a significar en sus vidas! Todo se va a transformar porque Dios les regalaba su amor con la vuelta a la vida de su hermano Lázaro.
San Juan en sus cartas afirmará: ‘Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en Dios y él en Dios’. Sí, Dios habitaba en aquel generoso y profundamente creyente corazón. Dios no podía menos que habitar en aquel hogar. Estaban confesando su fe en Jesús con expresiones semejantes a las que Pedro un día hiciera. Allí había unas personas profundamente creyentes y llenas de esperanza. Cómo no iba a resplandecer el amor en aquellos corazones. ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor’. Y ese amor de Dios se ha manifestado en Jesús, que ha venido y que ha venido como nuestro salvador. Y ese amor reinaba en el corazón de Marta y en el corazón de aquel hogar. ¿Cómo no iba Dios a habitar entre ellos? ¿Cómo no se iban a manifestar las maravillas del Señor?
Con un corazón así, con una fe tan grande y una esperanza tan arraigada, no nos extraña la actitud acogedora y hospitalaria que era norma de su vida, y que nos refleja en otros momentos del evangelio y que recientemente hemos escuchado. ‘Jesús entró en una aldea, nos había contado Lucas, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa’. Ya sabemos cómo se afanaba hasta la extenuación por atender y acoger al Maestro que había llegado a su casa. No quería que nada faltara porque el amor se inventa mil detalles para significarse y hacerse presente en las actitudes pero también en las acciones que realizamos para acoger al otro. Son esos pétalos olorosos y perfumados que se manifiestan en nuestros gestos humildes pero llenos de cariño, en esa escucha, en esa atención, en esa generosidad nacida desde lo más hondo de corazón. ¡Cuánto tendríamos que aprender!
Perfumemos nuestra vida con esos detalles de amor hacia los otros para que les hagamos la vida agradable a aquellos con los que convivimos. Desterremos de nosotros esos olores repelentes del egoísmo o de la envidia, de nuestros orgullos o de los resentimientos y rencores. Si supiéramos perfumar nuestra vida con el amor seríamos más felices y haríamos más felices a los demás. Aprendamos de Marta a abrir nuestro corazón a Dios que llega a nosotros.
Aprendamos esa virtud de la hospitalidad y dejemos que Jesús sea el huésped de nuestro corazón. Le acogemos y le recibimos en nuestra vida cuando por nuestra fe le confesamos también como el Hijo de Dios y el Salvador que tenía que venir al mundo.
Le acogemos y le recibimos disponiendo nuestro corazón para la oración, una oración humilde y confiada como la de Marta, una oración que se bebe sus Palabra como hiciera María, la hermana de Marta.
Le acogemos y le recibimos en los Sacramentos que llega a nosotros con su gracia que nos salva, nos perdona, nos llena de vida, nos alimenta, nos une profundamente a El. Pero sabemos también cómo tenemos que acogerle y recibirle en el hermano, en todo aquel que se acerca a nosotros o está a nuestro lado; y cómo tenemos que saber hacerlo en el hermano que sufre, que necesita de nuestro amor, de nuestra atención, de nuestra escucha, de nuestro consuelo. Ya sabemos lo que nos dice Jesús en el evangelio que todo lo que le hagamos al otro a El se lo estamos haciendo.
Aprendamos de Marta a mantenernos firmes en nuestra fe y nuestra esperanza también en los momentos difíciles y de dolor. No nos faltarán en la vida sufrimientos y amarguras en los achaques de nuestros cuerpos débiles o en los problemas que nos pueden ir apareciendo, porque nos aparece la enfermedad o porque en algún momento podemos sufrir desaires de los demás que pudieran hacernos sufrir. Pero si hemos sabido hundir las raíces de nuestra vida en la fe en el Señor, si hemos sabido llenarnos de esperanza y amor, de una forma distinta nos iremos enfrentado a todas esas cosas y la luz de Dios nunca abandonará nuestras vidas.
Que nuestro corazón esté siempre abierto para el Señor y en El pongamos toda nuestra esperanza y nuestra confianza. Aunque algunas veces las lágrimas puedan empañar nuestros ojos y nos cueste ver su presencia, su amor no nos faltará y su gracia estará siempre con nosotros. Como contemplamos hoy en santa Marta, que así llenemos nuestra vida de Dios, que así confesemos nuestra fe en Jesús como el Hijo de Dios que es nuestro Salvador y Dios permanecerá en nosotros y nosotros en El. Que del ramillete de nuestra fe y de nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor.

miércoles, 28 de julio de 2010

El tesoro de la fe por el que hemos de ser capaces de darlo todo

Jer. 15, 10.16-21;
Sal. 58;
Mt. 13, 44-46

En las cosas de la vida somos muy interesados y para conseguir aquello que anhelamos no nos importan los esfuerzos que haya que hacer o los sacrificios por los que tengamos que pasar. Y cuando digo en las cosas de la vida me refiero en primer lugar a las cosas materiales, las riquezas o placeres de este mundo y todas esas cosas que soñamos poseer porque en ellas quizá ponemos nuestra felicidad. El que aspirar a tener una buena cosa o un buen coche, un lugar importante o influyente en la vida o unas cosas de las que presumir, y así no sé cuantas cosas más en nuestra vanidad podemos desear.
Pero en las cosas de la Vida, y ahora pongo VIDA con mayúsculas, como pueden ser unos principios morales por los que regir nuestro caminar, una fe que nos ilumine, un Dios en quien creer y a quien amar, un sentido hondo a nuestra existencia, ¿seremos capaces igualmente de esforzarnos y hacer los sacrificios que sea con tal de vivir de esa manera? Pareciera que en las cosas de Dios somos mas remisos y tacaños, ponemos límites a los esfuerzos o deseos de superación, rehuimos lo que signifique un sacrificio o un negarnos a nosotros mismos. Pienso en lo tacaños que somos para Dios tantas veces a la hora de dedicar nuestro tiempo a las cosas de Dios o a las vivencias religiosas.
Cómo encontramos siempre mil disculpas para la misa del domingo; cómo nos cansamos tan fácilmente en nuestras celebraciones que siempre nos parecen largas, mientras en otras cosas se nos van las horas y nunca miramos el reloj. El otro día contemplaba a unas personas a las que había visto danzando en una fiesta sin manifestar ningún cansancio a pesar de ciertas deficiencias físicas que padecían, pero cuando llegaba la hora de la Misa se la pasaban sentadas porque era cansado estar de pie los momentos que hay que estarlo en la celebración. Es una anécdota, si queréis, pero que manifiesta quizá muchas actitudes que puede haber en el interior.
¿Será en verdad para nosotros la fe ese tesoro escondido y encontrado o esa perla preciosa de la que nos habla Jesús hoy en las parábolas? ‘El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo… se parece también a un comerciante en perlas finas que al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra…’ Nuestra fe en Jesús es ese tesoro, esa perla fina, por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo.
Tenemos que saber buscar ese tesoro. Tenemos que saber encontrarlo. Cristo viene a nosotros como lo más grande y hermoso que nos pueda suceder. Tenemos que despertar nuestra fe que muchas veces parece aletargada y dormida. Tenemos que descubrir de verdad toda la riqueza del Evangelio. A pesar de que cada día lo estemos escuchando y tanto hayamos oído hablar de Jesús y del Reino de Dios, algunas veces no le damos toda la importancia que tendríamos que darle. Y la fe pudiera convertirse en un adorno de nuestra vida que utilicemos según nos convenga.
Pero ese tesoro de nuestra fe es único, y por vivir esa fe tendríamos que ser capaces de darlo todo. Dios es lo más hermoso que nos puede suceder en la vida, nuestro encuentro con El, la escucha de su Palabra, su presencia en nuestra vida, allá en lo más hondo de nosotros. Valoremos nuestra fe; valoremos nuestro ser cristiano; valoremos todo lo que nos enseña Jesús; valoremos la salvación y el amor que Jesús nos ofrece. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

martes, 27 de julio de 2010

Quien lo encuentra vive para siempre

Jer. 14, 17-22;
Sal. 78;
Mt. 13, 36-43

‘La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien lo encuentra vive para siempre’. Es la antífona del Aleluya del Evangelio que hemos proclamado.
Estos últimos días hemos venido escuchando las parábolas con que Jesús nos habla del Reino de Dios y que san Mateo reúne en el capítulo trece, aunque en las diferentes fiestas que hemos tenido en ocasiones ha sido otro el evangelio proclamado. Hoy los discípulos cuando llegan a casa le piden que les explique la parábola del trigo y de la cizaña y hemos escuchado la explicación que les de Jesús.
El sembrador es Cristo y El siembra la buena semilla de la Palabra de Dios. Pero el maligno anda por medio y siembra la mala semilla. Es la realidad de nuestro mundo en el que convive el bien y el mal, quienes siembran la buena semilla en su corazón, pero también los que llenos de maldad se dejan seducir por esa mala semilla, por la cizaña del mal.
Quien lo encuentra vive para siempre, decía la antífona antes citada. Es lo que deseamos, lo que buscamos con ansia y no queremos perdernos en esa búsqueda. Recibimos muchas influencias desde el exterior, pero también el mal se nos puede meter en el corazón, porque como nos dice Jesús en otra ocasión es de ahí de donde salen los malos deseos. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, buscando la verdad de Jesús y su salvación; queriendo sentir en todo momento su fuerza y su vida. Porque queremos vivir para siempre, porque queremos tenerle a El siempre con nosotros.
Cada día, cada mañana o cada tarde, venimos a su encuentro y queremos alimentarnos de El. Queremos escucharle, porque queremos seguirle y vivirle. Queremos ser sus discípulos para seguir su camino aunque nos cueste y veamos muchas sombras alrededor. Pero no queremos apartarnos de su luz. No queremos dejar que nos inunden las tinieblas del mal que siempre están al acecho. Y además queremos ser luz para los demás, porque queremos llevarles a Cristo, porque queremos llevarlos a Cristo.
Cómo tenemos que saber aprovechar esta hermosa oportunidad que tenemos cada día. Con cuánta atención queremos escuchar su palabra. Queremos ser como nos dice Jesús hoy en el evangelio, ‘los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Que demos frutos, que demos buenos frutos de esa semilla que ha sido sembrada en nuestro corazón, que resplandezcamos por nuestro amor, que brillen nuestras buenas obras, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Nuestros frutos, los frutos de las buenas obras que hagamos tienen que ser luz para los demás para que ellos también vengan a Jesús.
Sin embargo, somos conscientes de que muchas veces nos llenamos de tinieblas porque somos pecadores. Como nos decía el profeta ‘reconocemos nuestra impiedad… porque pecamos contra ti. Pero no nos rechaces, por tu nombre… recuerda tu alianza… líbranos por el honor de tu nombre…’ como decíamos también en el salmo; recuerda, Señor, el amor que nos tienes, hemos de pedirle para que tenga misericordia de nosotros. Con cuánta confianza termina el profeta ‘¿no eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza porque tú lo hiciste todo?’ En El ponemos toda nuestra esperanza.

Como Cristóbal seamos portadores de Cristo y de su luz


Como Cristóbal seamos portadores de Cristo y de su luz


Porque hoy se celebra en la ciudad de san Cristóbal de La Laguna el aniversario de la fundación de la ciudad por los castellanos una vez concluida la conquista de la isla, es por lo que hoy en la ciudad celebramos esta fiesta de san Cristóbal, que litúrgicamente se hubiera de haber celebrado el pasado día 10 de julio. El nombre de la ciudad va unida a san Cristóbal y en la ciudad lo celebramos con solemnidad, siendo además que es el titular de nuestra Diócesis cuyo nombre es Diócesis de san Cristóbal de La Laguna.
La vida y martirio de san Cristóbal a mediados del siglo tercero de nuestra era cristiana está muy rodeado de historias que parecen leyendas. Vamos a fijarnos más bien en su iconografía y en su nombre, porque de ahí podemos deducir muchas cosas para nuestra vida de seguimiento de Jesús.
Cristóbal o Cristóforo significa ‘portador de Cristo’. Hace referencia ello a una de esas historias que se cuentan de su vida. Y así se nos representa en la iconografía sagrada. Hombre fuerte y robusto que había dedicado su vida a las milicias terrestres por la providencia divina se encuentra con alguien que le ayuda a caminar hacia la luz de Cristo. En esa búsqueda viviendo en austeridad y penitencia se dedicó a trasportar sobre sus robustos hombros a quienes habían de vadear un río caudaloso y peligroso para el que no había un fácil paso.
Es así cómo llevando sobre los hombros a un niño que quería atravesar el río, la carga se hace mas pesada, las aguas del río se vuelven más peligrosas y sólo con la ayuda del niño que transportaba pudo terminar a salvo su recorrido. Aquel Niño era Jesús que así se le manifestaba y que le movería a abrazar plenamente la fe cristiana recibiendo el bautismo. De ahí su nombre que cambió de Relicto que era su antiguo nombre a Cristóbal, portador de Cristo. A partir de entonces se convertiría en celoso predicador del nombre de Jesús hasta llegar a dar su vida en el martirio en una de las persecuciones de los antiguos emperadores romanos.
‘De cuatro maneras —dice un escritor tan leído como es Tihamer Toth— llevó Cristóbal a Cristo: sobre sus hombros; en los labios, por la confesión y predicación de su nombre; en el corazón, por el amor; y en todo el cuerpo, por el martirio’.
Creo que podemos deducir un buen mensaje para nuestra vida. Que nosotros seamos también Cristóbal, o sea, que nosotros seamos también portadores de Cristo, cuando sepamos acoger en el amor a los hermanos, cuando sepamos compartir, ayudar, amar en una palabra a todo hermano que está a nuestro lado o nos sale al paso de nuestra vida. Cuántas oportunidades tenemos en el servicio de amor que podemos prestar cada día.
Pero que lo llevemos también en nuestros labios porque anunciemos el nombre de Cristo como única luz y como única salvación. A nuestro mundo convulso con tantas cosas que ponen en crisis nuestra vida, nuestros principios y nuestros valores, anunciemos al que es la única verdad de nuestra vida. Sólo en Jesús encontramos la verdadera sabiduría; sólo en Jesús encontramos la auténtica salvación; sólo Jesús es el verdadero camino que nos lleva a la más auténtica felicidad: sólo Jesús es la Vida que va a llevarnos a la plenitud, va a llenarnos de plenitud.
Algunas veces parece que andamos acobardados en la vida, como si no nos sintiéramos seguros de nuestra fe y de lo que es el auténtico sentido de nuestra vida que encontramos en Jesús. Pidamos ese Espíritu de fortaleza, de valentía, de sabiduría para dar en todo momento ese valiente testimonio de nuestra fe que tenemos que dar ante los ojos del mundo que podrá rechazarnos, pero que sabemos bien que necesita una luz; y nosotros podemos ofrecerle esa luz, porque nosotros podemos ofrecerle a Cristo.

lunes, 26 de julio de 2010

Queridos abuelos, gracias por cuanto de vosotros podemos aprender


Eclesiástico, 44, 1.10-15;
Sal. 131;
Mt. 13, 16-17


‘Alabemos a Joaquín y a Ana en su hija: en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’
. Estamos celebrando hoy en una misma fiesta a los padres de la Virgen María. No los conocemos por los evangelios, porque cuando se nos dan las genealogías de Jesús lo normal es que siguiera la línea del varón y por eso la ascendencia que se nos da es la de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, como se nos dice en una de ellas.
La liturgia recoge refiriéndolo a Joaquín y Ana, lo que se dice de aquellos ancianos venerables que ‘aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’, Simeón y Ana que estaban en el templo todo el tiempo sirviendo a Dios y esperando ver un día al Salvador, como recordamos de otro pasaje del evangelio.
No entramos en nuestra reflexión en tradiciones referidas a los padres de María, sobre todo lo que nos relatan algunas evangelios apócrifos, sino que simplemente queremos festejarlos y celebrar al Señor recordando cómo los saludaba san Juan Damasceno: ‘Joaquín y Ana ¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó’.
Siendo los padres de María es normal que los miremos como los abuelos de Jesús. Es por ello por lo que este día se convierte en día de los abuelos, que nosotros además en nuestros centros, hogar de ancianos y casa de acogida de mayores, queremos celebrar también con especial fervor y entusiasmo.
La liturgia de este día nos ofrece un hermoso texto en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, que podemos decir que es un cántico a la ancianidad. ‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados…’ comenzaba el texto. ¿Cuál es el más hermoso recuerdo que podemos tener siempre de nuestros antepasados? Cuanto de bueno de ellos recibimos.
Algunas veces en el materialismo con que vivimos la vida parece como si lo único que nos preocupara es dejar unos bienes materiales o unas riquezas a los que siguen tras nosotros. Quizá cuando somos ya mayores nos ponemos a pensar qué es lo que realmente le habremos dejado a nuestros descendientes.
Que nos recuerden por lo bueno que le hayamos enseñado; que nos recuerden por la rectitud de nuestras vidas; que nos recuerden por esa palabra buena con la que en todo momento podemos aconsejarlos; que nos recuerden por nuestra paciencia y nuestro cariño, aunque no siempre seamos correspondidos, que nos recuerden por esa sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con el paso de los años que quizá nos haya llevado también a profundizar en nuestra fe y en nuestras vivencias religiosas haciéndolas cada vez más auténticas.
Es la mejor herencia que podemos dejar, es por lo que realmente tendríamos que preocuparnos. Como decía el libro del Eclesiástico ‘su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará; sepultados sus cuerpos en paz, vive su fama por generaciones; el pueblo cuanta su sabiduría, la asamblea pregona su alabanza’.
Claro, es cierto, que quienes vamos tras vosotros tendríamos que saber hacer un reconocimiento de cuanta riqueza humana y espiritual nos dejáis con el ejemplo de vuestras vidas. Es cierto que el mejor homenaje que podemos haceros es aprender tanta lección que nos ofrecéis con vuestra vida, pero también corresponder con nuestro cariño, nuestra escucha, nuestra atención y preocuparnos seriamente para que los últimos años de vuestra vida, después de tantos trabajos y luchas los podáis vivir en paz, siendo bien atendidos y asistidos sin que os falte lo necesario para una vida digna.
En nuestros hogares eso queremos ofreceros. Todos los que formamos esta familia es lo que queremos hacer con todo cariño por vosotros. Dad gracias al Señor que os ha dado esta posibilidad y este regalo de que tengáis aquí quien os quiera y quien os atienda para no sentiros nunca en soledad. Que san Joaquín y santa Ana, venerables ancianos y abuelos del Señor os protejan y os llenen de las bendiciones de Dios y a nosotros nos den la fuerza necesaria para poder atenderos y serviros con el mayor de los cariños. Gracias por cuanto de vosotros podemos aprender.

domingo, 25 de julio de 2010

Beber el cáliz del Señor con alegría en el camino del servicio y de la entrega


Hechos, 4, 33.5, 12.27-33. 12, 2;
Sal. 66;
2Cor. 4, 7-15;
Mt. 20, 20-28


Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor en la fiesta de Santiago Apóstol que hoy estamos celebrando. Muchos son los motivos para la alegría en nuestra celebración y en la vivencia de nuestra fe.
Ya por ser la fiesta de un apóstol la Iglesia se regocija porque celebramos a uno de aquellos doce que el Señor llamó junto a El y los envió con esa misión especial del anunciar el Reino de Dios por todo el mundo; pero cuánto más nosotros nos alegramos en la fiesta del Apóstol Santiago porque mantenemos la tradición de que en nuestras tierras hispanas el fuera el apóstol que viniera a anunciaros el evangelio y porque aquí en el solar de nuestra tierra tenemos la secular tradición de su tumba convertida a través de los siglos en un punto importante de peregrinación de cristianos venidos de todas partes.
Este año con un gozo especial al ser año del jubileo jacobeo al coincidir la festividad del apóstol en un domingo. El camino de santiago que arranca de todos los puntos de Europa converge hoy en el campo de las estrellas, en Compostela junto a la tumba del Apóstol. Camino que nos lleva a Santiago, cuántos peregrinos hacen su recorrido, pero es camino que lleva al encuentro consigo mismo, pero más aún a un encuentro vivo con el Señor, que ese es su más hondo sentido y valor. Cuánto nos puede enseñar el hacer camino y cuántas reflexiones podríamos hacernos en torno a esa imagen del camino.
Santiago, testigo predilecto como lo llama la liturgia, fue el primero entre los apóstoles en beber el cáliz del Señor como se nos repite una y otra vez en nuestra celebración, como especial referencia a su martirio, del que nos ha hablado el texto de los Hechos de los Apóstoles, pero referencia también a lo escuchado en el evangelio. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’, que les pregunta Jesús.
Bien sabemos que fue de los primeros llamados por Jesús allá en la orilla del lago mientras estaba en la barca repasando las redes con su hermano Juan y con su padre y los jornaleros; pero al escuchar la voz del Maestro atrás quedaría todo para seguirle de forma generosa y desinteresada, aunque pronto pudieran aparecer los deseos de primeros puestos en el Reino en la petición de la madre, quizá por aquello de que eran los parientes de Jesús.
‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, pide la madre que como toda madre sueña siempre con lo que le parece mejor para sus hijos. Pero la pregunta de Jesús no va dirigida a la madre sino a aquellos que pudieran estar pensando en lugares importantes en su reino. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está pronta - ‘Podemos’ -, pero la promesa de Jesús es solamente que ese cáliz si habrán de beberlo. ‘Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toda a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre’.
¿Quiénes serán los afortunados que tendrán esa reserva garantizada? ¿Qué significará beber el cáliz que Jesús ha de beber? Lo que sigue a continuación, motivado quizá por los recelos de los otros diez, en las palabras de Jesús, podemos encontrar la pista que de respuesta a esas preguntas.
Beber el cáliz es seguir los mismos pasos de Jesús; es ponerse en camino para seguir a Jesús y hacer que nuestra vida se identifique totalmente con la de El; beber el cáliz es compartir la experiencia de la vida y de la muerte de Jesús; es ser capaces de negarse a sí mismos para tomar la cruz de cada día, esa cruz que nos puede aparecer en el sufrimiento y en el dolor, en los mismos contratiempos que nos da la vida o en esas incomprensiones que podamos sufrir por parte de los demás; es renunciar a los honores y a las grandezas porque solamente los que saben hacerse los últimos, podrán ser importantes en el reino de los cielos; es ponernos en esa misma actitud de servicio que Jesús; pasa por el camino del desprendimiento y del olvido de sí mismo para vivir una entrega como la de Jesús; pasa por ser capaz de llegar hasta el final haciendo la ofrenda más hermosa que se pueda hacer en el nombre del amor, siendo capaces de dar la vida también por Cristo en el martirio que vivió el apóstol.
Nos lo dice Jesús con la explicación que les da a partir de los recelos y desconfianzas que surgen y nos lo explicará también el apóstol en lo que hemos escuchado en la carta a los Corintios. ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Con eso no hacemos sino imitar a Jesús, seguir sus pasos, vivir sus mismas actitudes, copiar en nosotros su amor. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’.
En este sentido san Pablo nos hablará de la humildad y pequeñez de nuestra vida, porque lo importante no es lo que nosotros seamos o hagamos sino lo que hace el Señor. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ nos dice. Es la grandeza del apóstol que se siente un instrumento en las manos de Dios. Un instrumento que pasa muchas veces por caminos de incomprensión y de oposición pero que se siente seguro en el Señor. Nunca tememos hacernos los últimos, sino que, todo lo contrario, lo hacemos con alegría y hasta con entusiasmo. Como ‘los apóstoles que daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor en medio del pueblo’, que nos decía la primera lectura.
Será el camino del martirio – nos habla la primera lectura del martirio de Santiago que fue mandado a pasar a cuchillo por Herodes – pero como es una entrega de amor será siempre vivido con alegría y con esperanza porque así se manifiesta mejor el nombre de Jesús a todos los pueblos. ‘Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, nos dice el apóstol, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal…’ Es el testimonio que estamos invitados a dar cuando celebramos esta fiesta del Apóstol.
Que con la guía y el patrocinio del Apóstol Santiago se conserve la fe en nuestro corazón y en nuestro pueblo y se dilate por toda la tierra, le pedimos al apóstol hoy siguiendo el rastro de la liturgia. Que de la misma manera que la sangre derramada del apóstol Santiago consagró los trabajos de los primeros apóstoles, así se sienta hoy fortalecida la Iglesia manteniéndonos en total fidelidad a Cristo.
Que no temamos beber el cáliz del Señor porque emprendamos sin ningún temor ese camino de servicio vivido en alegría y esperanza, porque, además hemos de reconocer, que un servicio que no se presta con alegría no será nunca un servicio completo; por eso aunque tengamos que tomar la cruz para seguir al Señor lo vamos a hacer siempre con esa alegría y ese gozo hondo que encontramos en la gracia que nunca nos falta. Nos es necesaria, nos hace falta esa alegría a los cristianos en el testimonio que damos de nuestra fe.

sábado, 24 de julio de 2010

Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos

Jer. 7, 1-11;
Sal. 83;
Mt. 13, 24-30

‘¡Qué deseables con tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Es el responsorio del salmo que hoy hemos recitado. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Es una referencia sólo al templo del Cielo lleno de la inmensidad de la presencia de Dios? ¿Podríamos estarnos refiriendo también a los templos que aquí en la tierra se convierten para nosotros en signos de la presencia de Dios en medio nuestro y donde también en nuestra liturgia cantamos la gloria del Señor, alabamos a Dios?
Una y otra cosa, me atrevo a decir. Es un deseo de Dios. Un deseo de sentirnos en la presencia de Dios, inundados por su gloria, henchidos de su presencia, rebosantes de la alegría de sentirnos en su gloria. La plenitud de esa presencia de Dios, ya sin velos que nos lo oculten, la tendremos en el cielo, donde gocemos en toda plenitud de la gloria de Dios. Es la meta por la que suspiramos, que esperamos alcanzar un día.
Pero, aquí en la tierra, ¿no podemos disfrutar de esa presencia y gloria del Señor? En nuestra fe sabemos que Dios está en todas partes, nada se oculta a su presencia. Pero será sólo con los ojos de nuestra fe con los que podremos vislumbrar y gustar de esa presencia de Dios y siempre aquí en la tierra de manera imperfecta. Ojalá fuera tan grande nuestra fe que nunca dejemos de pensar que estamos en su presencia y que todo lo que hagamos siempre ha de ser para la gloria del Señor.
Sin embargo hay más signos de esa presencia de Dios en medio de nosotros como son nuestros templos y la liturgia que en ellos celebramos con los que anticipadamente de alguna forma queremos participar de la liturgia celestial, nos unimos desde aquí en la tierra a esa liturgia celestial.
Los templos esos lugares que hemos consagrado al Señor para su culto y para que en ellos gustemos de esa presencia especial del Señor. No son nuestros templos un lugar cualquiera como cualquier salón de nuestra casa o cualquier otro edificio que en lo civil hayamos construido. Nuestras templos han sido bendecidos, dedicados o consagrados al culto del Señor y por ello se convierten para nosotros en esos lugares donde podemos gozar de una presencia especial del Señor. Hoy queremos tanto desacralizar todo, que desgraciadamente algunas veces olvidamos ese sentido sagrado que tienen nuestros templos que para eso han sido bendecidos o consagrados.
Y no digamos nada cuando celebramos nuestra liturgia. Con su solemnidad y con su sobriedad y sencillez al mismo tiempo, porque utilizamos elementos y signos humanos porque es lo que tenemos para poder expresar lo que llevamos en el corazón, cuando estamos viviendo una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otro sacramento, ahí estamos pregustando esa gloria del cielo.
Nos unimos a los ángeles y a los santos, nos unimos a todos los coros celestiales, queremos cantar la alabanza y la gloria del Señor. Fijémonos cómo lo vamos expresando en la liturgia con nuestras palabras, nuestros signos y gestos, nuestros ritos, nuestros cantos. Todo nos habla de la gloria de Dios. Todo lo queremos hacer para cantar la gloria del Señor. Todo lo queremos hacer en alabanza y bendición a Dios.
‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo… dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre… vale más un día en tus atrios… prefiero el umbral de la casa de Dios…’ así hemos ido diciendo hoy en el salmo.
Pero nos queda una cosa que reflexionar, uniéndolo a lo que hemos escuchado hoy al profeta. Ese culto que queremos dar a Dios en el templo del Señor tiene que ser con un corazón limpio y puro; no podemos mezclar nuestras malas conductas, nuestros crímenes e injusticias con el culto que le queramos dar a Dios, porque no sería agradable al Señor y no nos lo aceptaría. Es a lo que nos ha invitado el profeta Jeremías hoy y merecería un más amplio comentario. Pero tratemos nosotros de purificar nuestro corazón cuando nos acercamos al Señor para darle culto para que en verdad podamos sentirnos en su presencia y disfrutar de la gloria del Señor.

viernes, 23 de julio de 2010

Que sea Cristo quien vive en mí

Gál. 2, 19-20;
Sal. 13;
Jn. 15, 1-8

Los santos son para nosotros espejos en los que hemos de mirarnos para ayudarnos a descubrir las altas metas a las que estamos llamados por ser cristianos seguidores de Jesús. Tenemos el peligro de vivir como embotados en medio del ajetreo de la vida de cada día y muy preocupados por esas realidades humanas y terrenas en medio de las cuales estamos perder ese norte, olvidarnos de esas metas y simplemente dejarnos arrastrar por la vida sin esos ideales que en verdad nos tendrían que hacer grandes.
Cuando contemplamos la vida de los santos tendríamos que sentirnos elevados, impulsados a darle ese sentido profundo a nuestra vida, a poner esos ideales y esas metas en nuestro corazón, a sentir el deseo de vivir esa santidad que ellos en su vida nos reflejan que no es otra que la santidad de Dios que todos estamos llamados a vivir.
Nos tendríamos que preguntar con toda seriedad si lo que hemos escuchado hoy en la carta de san Pablo a los Gálatas en verdad es deseo, meta e ideal de nuestra vida. ‘Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’. Es cierto que no es fácil. Lo que nos suene a pasión y a cruz nos cuesta aceptarlo en nuestra vida. Asemejarnos así a Jesús es una tarea fuerte, aunque sabemos que no imposible, porque para Dios nada hay imposible y si queremos emprender esa tarea sabemos que Dios está con nosotros.
Precisamente santa Brígida a quien hoy estamos celebrando destaca por esa espiritualidad en torno a la pasión y a la cruz de Cristo. Un biógrafo de la santa decía que ‘no podía pensar en la pasión sin derramar lágrimas y experimentaba una dulzura tal al contemplar las llagas del Salvador, que se sentía a veces abrasada por completo de amor’. Bien nos vendría a nosotros esa más asidua contemplación de la pasión del Señor para mejor sentirnos movidos al amor y a una vida santa meditando todo lo que es la entrega de Jesús por nosotros.
Eso tendría que llevarnos a vivir su vida, a hacer que nuestra vida no sea sino la suya, que sea Cristo quien vive en mí, como decía san Pablo. Pero eso tendría que nacer de esos deseos de estar unidos a Cristo totalmente. Es lo que nos ha dicho el evangelio. Como los sarmientos unidos a la vida para poder tener vida, porque sin Cristo nada podemos hacer, nada podemos ser.
¿Cómo nos unimos a Cristo? Podríamos decir viviendo nuestra espiritualidad bautismal. Desde el Bautismo ya estamos injertados en Cristo para vivir su vida. Pero eso tenemos que hacerlo, vivirlo en el día a día. Ahí tenemos, pues, los sacramentos. Con qué profundidad tendríamos que vivir nuestra Eucaristía de cada día. En ella nos alimentamos de Cristo, que se nos da en el Palabra que se nos proclama, la Palabra que Cristo cada día quiere decirnos; y nos alimentamos en su Cuerpo y Sangre que comulgamos. Con qué devoción, fe, amor tenemos que vivir la Eucaristía. Qué oportunidad más hermosa tenemos. Qué regalo del Señor.
Y por supuesto, nuestra oración personal. Ese vivir en la presencia de Dios, escucharle allá en lo más hondo del corazón, entrar en ese hermoso diálogo de amor con El. Quienes no se tratan no podrán llegar a conocerse profundamente. Y eso nos pasa muchas veces en nuestra relación con el Señor. Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano. Con qué fe y con que amor hemos de saber venir al encuentro con el Señor. No nos puede faltar. Tiene que ser algo que sepamos vivir con toda intensidad. Cuántas cosas podríamos y tendríamos que decir. Que nazca ese deseo profundo en nuestro corazón y lleguemos a ese convencimiento serio y sincero que sin ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración no podremos llegar a vivir plenamente su vida.

jueves, 22 de julio de 2010

¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?


2Cor. 5, 14-17;
Sal. 62;
Jn. 20, 1-2.11-18

‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja’. Así le pregunta a María Magdalena el hermoso himno de la secuencia de pascua cuyo versículo hoy ha entresacado la liturgia en la aclamación del aleluya del Evangelio.
Celebramos a santa María Magdalena. Allí junto a la cruz estaba con María, la madre de Jesús y otras mujeres, sería la última quizá en abandonar el lugar de la sepultura porque ‘las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, lo iban observando todo de cerca y se fijaron en el sepulcro y en el modo en que habían colocado el cadáver; después volvieron y prepararon aromas y ungüento’, para la mañana del primer día de la semana y ‘el sábado descansaban, según el precepto’.
Ahora había sido la primera, como nos narra Juan, en acercarse ‘al sepulcro al amanecer cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro’. Grande era su dolor como grande había sido su amor. Había llorado sus pecados y el Señor había expulsado siete demonios de ella, como nos narra el evangelio de Marcos. Había seguido a Jesús desde Galilea y había sido testigo de su muerte en la cruz porque tuvo la valentía de acercarse hasta el calvario y hasta el pie de la cruz. Ahora iba a ser la primer testigo y misionera de la resurrección.
Hemos escuchado el relato en el evangelio. ‘¿Por qué lloras?’ Lloraba de amor y lloraba porque no sabía ni qué habían hecho con el cuerpo de su Señor. ‘Si tú te lo has llevado, dímelo donde lo has puesto y yo lo recogeré’. Sus lágrimas cegaban sus ojos y no fue capaz de reconocerlo. ¿Era el encargado del huerto? Basta una palabra para que sus oscuridades se disipen. ‘¡María!’ La llamaba por su nombre. Qué bien conocía su voz. ‘¡Maestro!’
El Señor que la llamaba por su nombre. El Señor que nos llama también tantas veces por nuestro nombre. ¿Reconoceremos su voz? ¿Cuánto es el amor que le tenemos? ¿No nos ha perdonado El también tantas veces y nos ha arrancado de las garras del mal? ¿Por qué nos cuesta reconocer su voz? Es cierto que nuestros ojos están turbios, si no por las lágrimas del arrepentimiento y del dolor como Magdalena, muchas veces porque los hemos cegados prefiriendo las tinieblas a la luz. ¿No necesitaremos que crezca más y más nuestro amor reconociendo cuánto ha hecho por nosotros?
Que seamos capaces de ver la luz de Cristo resucitado. Que se despierte nuestra fe, que explosione nuestro corazón de amor, como María Magdalena. Es el mensaje, es la lección que hoy debemos de tomar de María Magdalena, para que sigamos al Señor con toda valentía; para que como Magdalena nos convirtamos también en sus testigos y en sus misioneros. ‘Ve y dile a mis hermanos…’, le encarga Jesús que trasmita el mensaje, la noticia. ‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto’.
Pedimos hoy con la liturgia que con la intercesión de María Magdalena que tuvo la misión de anunciar a los discípulos la alegría pascual, así también nosotros tengamos la dicha de anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el Reino de los cielos. No necesitamos ir ya nosotros al sepulcro porque sabemos que está vacío. Desde María Magdalena, la primer testigo y misionera, junto con los apóstoles y toda la fe de la Iglesia tenemos la certeza de que Cristo está resucitado. Allá en lo hondo de nuestro corazón también nosotros lo sentimos vivo. Y también nosotros tenemos que ser testigos y misioneros. Que resplandezca nuestra vida de testigos para que al resplandor de esa luz muchos lleguen también hasta Jesús.

miércoles, 21 de julio de 2010

Recibí esta palabra del Señor… el ardor y el coraje del profeta

Jer. 1,1.4-10;
Sal. 70;
Mt. 13, 1-9

‘Recibí esta palabra del Señor’, lo vamos a oír repetir muchas veces, casi como estribillo, en toda la profecía de Jeremías. Nos quiere decir algo importante. El profeta no lo es por sí mismo, sino que se siente arrebatado por la Palabra del Señor, palabra que no puede callar que tendrá que proclamar en todo momento.
El profeta incluso se resiste porque se siente débil, como un niño indefenso que no sabe hablar. Pero ha recibido esa palabra del Señor y no puede callarla. La tarea no es fácil, incluso lo llamarán en algún momento profeta de calamidades y desgracias, pero el profeta tiene que mirar con la visión de Dios y desde ahí hacer una lectura de la historia, de los acontecimientos, de lo que está sucediendo en medio del pueblo. Aunque no guste a los que le escuchan pronunciará esa palabra, aunque lo persigan y lo lleven hasta la muerte tendrá que anunciar esa palabra recibida.
Para eso lo llamó el Señor, para eso lo escogió incluso desde el seno de su madre. Lo vemos en la vocación de todos los profetas y lo vemos hoy claramente en la vocación de Jeremías. ‘Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno de tu madre, te consagré, te nombre profeta…’ Y aunque se sienta débil y no sepa hablar tendrá que pronunciar esa palabra del Señor que ha recibido. Pero no estará sólo. ‘No digas soy un muchacho, que adonde yo te envíe allí irás, y lo que yo te mande, lo dirás; no tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte…’ Como diríamos en el salmo ‘en el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno, tú me sostenías; mi boca contará tu auxilio y todo el día tu salvación’.
Es la misión del predicador de todo tiempo; es la misión del que tiene que anunciar hoy la Palabra de Dios. Y no es tarea fácil. Pero así tenemos que sentirnos cogidos por el Señor, por esa Palabra de Dios que nosotros los primeros tenemos que recibir para poder luego trasmitir.
Hacen falta profetas hoy. Profetas que sepamos leer también la historia con esos ojos de Dios para poder trasmitir con ardor y valentía esa Palabra que recibimos de Dios. Repito, no es tarea fácil y no siempre sabemos hacerlo; quizá porque no nos dejamos arrebatar lo suficiente por esa Palabra de Dios que tiene que ardernos en el corazón, quemarnos en nuestras entrañas como lo sentían los profetas. No es tarea fácil porque tampoco encontramos un mundo que quiera acoger esa Palabra, más bien, nos encontraremos oposición, como siempre la encontraron los profetas.
Por eso, aunque mi misión ahora es trasmitiros esa Palabra del Señor, sin embargo me atrevo a pediros vuestra oración, la oración del pueblo cristiano, del pueblo creyente para que así podamos sentir nosotros en nuestra vida esa fuerza del Espíritu del Señor y nos dejemos guiar por El para anunciaros la auténtica Palabra de la verdad, la auténtica Palabra de Dios. La necesitamos porque necesitamos la fortaleza del Señor.
Decíamos antes que se necesitan profetas hoy en medio de nuestro mundo, en nuestra Iglesia. Pues pedidlo al Señor en vuestra oración. Que quienes tenemos la misión del anuncio de la Palabra de Dios, de sembrar esa semilla en el nombre de Jesús, como nos dice hoy el evangelio con la parábola del sembrador, seamos lo suficientemente santos para que podamos hacerlo y hacerlo con el fruto que quiere el Señor. Que tengamos esa valentía y ese coraje de los profetas porque así nos sintamos cogidos por la Palabra y llenos del Espíritu. Rezad al Señor por nosotros, por la Iglesia, para que la Iglesia sea esa Iglesia profética en medio del mundo.