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sábado, 10 de julio de 2010

Los cielos y la tierra se estremecen con la gloria del Señor

Is. 6, 1-8;
Sal. 92;
Mt. 10, 24-33

‘¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos’. Se siente sobrecogido Isaías ante la mística, misteriosa y maravillosa visión que tiene de la gloria de Dios.
Todo manifiesta la gloria del Señor. Todas las criaturas cantan la gloria del Señor con el cántico que luego nosotros en la liturgia queremos repetir uniéndonos también a los coros de los ángeles y los santos. ‘Santo, Santo, Santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de tu gloria’. Los cielos y la tierra se estremecen con la gloria del Señor.
La visión que comienza como una liturgia del templo de Jerusalén se convierte en una liturgia celestial. El Apocalipsis recogerá esas mismas imágenes que cantan la gloria del Señor y su santidad y en nuestra liturgia terrena nosotros repetimos los mismos cánticos queriendo unirnos a esa liturgia celestial.
Se siente sobrecogido porque siente que es pecador e indigno de contemplar la gloria de Dios. El judío sentía que quien viera a Dios moriría. Lo vemos en otros momentos de la Biblia. Pero ahora todo cambia porque el ángel del Señor le va a purificar. ‘Voló hacia mí unos de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado’.
El fuego del Señor le ha purificado y ahora se siente con una nueva disponibilidad. ‘¿A quien mandaré? ¿Quién irá por mi?... Aquí estoy, mándame’. Este texto nos está narrando la vocación del profeta Isaías. Quien antes se sentía sobrecogido, purificado por el fuego de Dios ahora está dispuesto a lo que el Señor le pida; como Moisés cuando se le manifestó el Señor en medio de la zarza ardiente para enviarlo a liberar a su pueblo de Egipto; como los otros profetas que nos narran también su vocación, su sentirse llamados del Señor desde el seno de su madre como dice Jeremías.
Nosotros hoy cuando estamos en esta liturgia celebrando también la gloria del Señor, desde la fe también queremos contemplar y escuchar a Dios, y de la misma manera nos sentimos purificados por el Señor que siempre nos está ofreciendo su gracia y su perdón. Por eso cuando comenzamos nuestra celebración, sintiéndonos en la presencia del Señor nos reconocemos siempre pecadores invocando la misericordia del Señor.
También escuchamos la voz del Señor en su Palabra que nos habla en el corazón y como profetas también nos sentimos enviados por el Señor porque ese mensaje de salvación hemos de saber llevarlo a los demás.
También queremos cantar la gloria del Señor, también queremos bendecir a Dios, también queremos darle gracias por tanto que nos ha amado y tanto que nos revela de sí mismo y de su amor.
Que así con ese gozo, pero también con esa intensidad vivamos siempre nuestra celebración sintiendo y viviendo la gloria del Señor en nosotros.

viernes, 9 de julio de 2010

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia con la fuerza de su Espíritu

Oseas, 14, 2-10;
Sal. 50;
Mt. 10, 16-23

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan con ellos’. Con este pensamiento de estilo sapiencial concluye la profecía de Oseas que hemos venido escuchando esta semana. Tendríamos que pedir que alcancemos esa sabiduría y esa prudencia para caminar siempre por los caminos del Señor.
La llamada e invitación a la conversión y al arrepentimiento es algo que siempre está presente en la Palabra del Señor. Esa es nuestra condición pecadora y al Señor hemos de volvernos con sincero arrepentimiento y deseos de conversión. Así nos sentimos en la presencia del Señor y como más de una vez hemos reflexionado con esos sentimientos y esos deseos comenzamos siempre nuestro encuentro con El, sobre todo cuando iniciamos la Eucaristía.
Es lo que hoy escuchamos desde el comienzo de la profecía: ‘Conviértete al Señor, Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado’. Los pecadores tropiezan siempre en los caminos no caminando los caminos del Señor, como decíamos al inicio de nuestra reflexión. ‘Perdona del todo la iniquidad y recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios’. Así rezamos al Señor.
Así en el salmo también hemos pedido ‘Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava mi delito, limpia mi pecado… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro…’ Que el Señor siga volviendo su rostro sobre nosotros como reflexionábamos ayer, que sobre nosotros sintamos su amor y su complacencia porque el sigue mirándonos como hijos amados.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Y nos habla de cómo volverá la prosperidad y la dicha. Cómo no vamos a sentirnos así cuando tanto es el amor que el Señor nos tiene.
El texto del evangelio que estamos escuchando estos días es el texto paralelo al de san Lucas que escuchamos el pasado domingo, quizá en san Mateo con mayor amplitud. Nos dice hoy que nos envía ‘como ovejas en medio de lobos’, pero nos está motivando para que no temamos y nos mantengamos firmes en nuestra fe, en nuestro testimonio y en el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer en todo momento con nuestras palabras y con nuestra vida.
Nos anuncia la presencia del Espíritu del Señor con nosotros que será nuestra fuerza y nuestra sabiduría frente a todo lo que se nos pueda enfrentar o hacer sufrir. ‘El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros… no os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis…’ Y nos invita a la perseverancia, porque así tenemos asegurada nuestra salvación. ‘El que persevere hasta el final se salvará’. Caminemos los caminos del Señor.

jueves, 8 de julio de 2010

El amor y la ternura de Dios que mantiene un amor fiel sobre nosotros

Oseas, 11, 1-4.8-9;
Sal. 79;
Mt. 10, 7-15

‘Que brille tu rostro, Señor, y nos salve’, hemos repetido en el salmo. Como se dice en alguna bendición ‘que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz’. Recibir la mirada de Dios es recibir su amor, su complacencia sobre nosotros, llenarnos de sus bendiciones. Por eso pedíamos en el salmo ‘mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tu hiciste vigorosa’. ¡Qué hermoso y qué dicha!
Normalmente decimos que en la liturgia el salmo responsorial es como una respuesta hecha oración con los mismos salmos de la Biblia, o sea con la misma Palabra de Dios, que damos a lo que vamos escuchando en la Palabra que se nos proclama. Hoy podemos decir que es cierto que es así, pero también podríamos decir que lo escuchado en el profeta Oseas es como un decirnos de una forma muy concreta cómo el Señor en la historia de la salvación va volviendo su rostro sobre nosotros.
Hemos de reconocer que este texto de Oseas es bellísimo, nos manifiesta una ternura extraordinario de Dios para con nosotros. Muchas veces en los profetas nos parece ver sólo palabras duras de denuncia de nuestros males y nuestras infidelidades. Es cierto que es así, pero también nos encontramos páginas tan bellas como esta que hoy se nos ofrece en la liturgia. Es como para quedarnos repitiéndola, rumiándola, mascullándola una y otra vez para gozarnos en el amor del Señor.
Es toda una historia de amor como es toda la historia de la salvación. Recuerda la liberación de Egipto pero es un seguir viendo esos pasos de amor de Dios para con su pueblo a pesar de sus infidelidades y pecados. ‘Cuando Israel era joven, le amé, desde Egipto llamé a mi hijo…’ A pesar de tanto amor de Dios cuántas veces Israel - ¿No tendríamos que decir nosotros también? – se rebelaba contra el Señor y quería volver por su camino de pecado. Recordemos todo el recorrido por el desierto, pero lo que fue luego la historia – hemos escuchado estos días pasados algunos retazos – del pueblo ya asentado en la tierra prometida y cómo se volvía a los baales y a los ídolos.
‘Le enseñé a andar, le alzaba en brazos, lo curaba’. Es el amor del padre por su hijo que le toma en brazos le da cariño y lo cuida. ‘Con lazos de amor le atraía… se me revuelve el corazón, se me estremecen las entrañas…’ ¡Cuánta ternura de Dios para con su pueblo, para con nosotros!
Qué distinta la reacción de Dios a lo que es nuestra manera de reaccionar. Cuando no somos correspondidos reaccionamos con resentimientos, con amarguras, y algunas veces hasta tratamos de olvidar a aquellas personas a las que amábamos y por los que habíamos hecho quizá tanto en nuestro amor. Por eso nuestras fidelidades humanas son tan débiles y efímeras muchas veces. Rompemos el amor, rompemos la amistad, pasamos del amor a la indiferencia, al rencor y hasta el odio.
Pero no es ese el actuar de Dios que mantiene su fidelidad y su amor a pesar de nuestros desamores, olvidos e infidelidades. ‘No cederé al ardor de mi cólera… que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta’, nos dice el Señor.
Y a tanto amor, ¿cómo correspondemos? Que vuelva el Señor su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, nos llene de su gracia y nos dé la fuerza del amor en nuestro corazón para así corresponder a su amor. Y con amor así amemos también nosotros a los demás.

miércoles, 7 de julio de 2010

Los profetas, celosos de la fidelidad al Dios de la Alianza

Oseas, 10, 1-3.7-8.12;
Sal. 104;
Mt. 10, 1-7

‘Buscad continuamente el rostro de Dios’, dijimos en el salmo. Buscar el rostro de Dios es querer conocerle, querer sentirnos en su presencia, querer descubrir su amor y sentirnos amados e inundados de Dios. Descubrir ese rostro de Dios y mantener al pueblo creyente en fidelidad total al Señor de la Alianza era la tarea ardiente de los profetas.
Estos día hemos venido escuchando al profeta Oseas. Un profeta celoso de la fidelidad al Dios de la Alianza frente a las tentaciones que el pueblo sufre continuamente de abandono para irse tras los ídolos de aquellos pueblos en medio de los cuales habitaba. Es la denuncia que le hemos venido escuchando. ‘Con su plata y su oro se hacían ídolos para hundirse. Un escultor los hizo y no es Dios’, escuchábamos ayer la denuncia del profeta. Como luego replicaba el salmo ‘nuestro Dios está en el cielo… sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas; tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven…’ y así seguía describiéndolos el salmo para invitarnos a confiar en el Señor que es nuestro auxilio y nuestro escudo.
En ese mismo sentido lo hemos escuchado hoy recordando cuanto han recibido del Señor, pero sin embargo su corazón se ha desviado del camino recto dejándose arrastrar por la idolatría. ‘Israel era una viña frondosa y daba fruto: cuanto más eran sus frutos, más aumentó sus altares’. Lo que nos recuerda a otros profetas que hablan de Israel como la viña del Señor pero que no supo dar buenos frutos, sino frutos amargos de infidelidad y de pecado. Nos recuerda también la parábola de Jesús en el evangelio que nos hablará de los viñadores que no dieron los frutos y rendimientos que se esperaba de ellos cuando se les había arrendado la viña.
Aunque nos pueda parecer lejano el mensaje de los profetas que hablaban a las situaciones concretas que vivía el pueblo de Dios en su tiempo, sin embargo siguen siendo para nosotros palabra de Dios, que viene a iluminar nuestras situaciones y que nos invitan también a buscar sinceramente el rostro del Señor como decíamos en el salmo y recordábamos al principio de esta reflexión.
No serán dioses a la manera de los ídolos antiguos los que puedan atraernos a nosotros, pero sí hemos de reconocer que estamos tentados de muchas maneras de manera que nuestra fe se debilite o no mantengamos debidamente esa fidelidad al Señor que tiene que traducirse en santidad en nuestra vida. Es Palabra del Señor que hemos de escuchar en lo hondo del corazón y a la que hemos de dar respuesta. Es importante esa escucha que hagamos de los profetas que también nos pueden ayudar mucho en el camino de nuestra fe.
Y finalmente una palabra del evangelio. Si ayer escuchábamos cómo Jesús nos invitaba a rogar al Dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies, hoy hemos escuchado la elección que Jesús hace de los doce Apóstoles. De entre todos los discípulos que siguen a Jesús escoge Jesús a doce a quienes va a confiar una misión especial, partícipes de su misma misión. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritu inmundos y curar toda enfermedad y dolencia… y los envió: id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’.
Van a constituir lo que llamamos el Colegio Apostólico. Aquellos a los que Jesús confía una misión especial en medio de su Iglesia. Serán columnas y fundamentos de la Iglesia, como hemos venido reflexionando estos últimos días que hemos celebrado fiestas de Apóstoles.
‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así reconoce la Iglesia en su liturgia la función y la misión de los Apóstoles a quienes vemos cómo hoy Jesús elige de manera especial y les da su propia autoridad. Ya sabemos como sucesores de los Apóstoles a quien Cristo ha confiado esa autoridad están los Obispos, y junto a ellos todos los pastores que colaboran con ellos en la acción pastoral y santificadora de la Iglesia.
Respuesta, por nuestra parte, de fe, de comunión con nuestros pastores y de oración, como ya ayer siguiendo las indicaciones de Jesús hacíamos pidiendo trabajadores al Dueño de la mies.

martes, 6 de julio de 2010

Que no nos falte el don de la fe para admirar las maravillas de Dios

Oseas, 8, 4-7.11-13;
Sal. 113;
Mt. 9, 32-38

Comenzaría pidiendo al Señor que no me falte nunca el don de la fe para poder en todo momento saber admirar toda su grandeza y cuántas maravillas realiza continuamente en mi vida y quizá a través de mi, como un humilde instrumento en sus manos, a favor también de los demás. Que sepa admirarme de sus obras, que sepa reconocerlas y ver su presencia. Que no me falta nunca el don de la fe.
Hemos escuchado en el evangelio que la gente sencilla ‘decía admirada: nunca hemos visto en Israel cosa igual’, cuando contemplaban los milagros que Jesús realizaba. En este caso fue el hacer que aquel sordomudo pudiera hablar y pudiera oír. Sin embargo allí estaban los fariseos más ciegos y más sordos para no descubrir, no ver ni oír las maravillas que Jesús realizaba, que no sólo no creen en Jesús sino que además quieren atribuirle las obras que realiza al poder del maligno. ‘Este echa los demonios con el poder de los demonios’.
Cuántos a nuestro alrededor no han descubierto esa maravilla de la fe. Cuántos quieren buscarse mil explicaciones para las cosas que ven cada día y nunca saben descubrir esas huellas que Dios va dejando de su presencia y de su amor en la creación y en tantas cosas que suceden a nuestro lado.
Pedimos el don de la fe para nosotros, pero también tenemos que pedir humildemente al Señor que se derrame ese don de la fe sobre nuestro mundo para que todos puedan llegar a reconocer a Dios y alabarle y darle gracias en todo momento, como nosotros hemos de saber hacer. Ya reflexionábamos hace unos días diciéndonos que si perdemos esa capacidad de maravillarnos ante las cosas de Dios es señal de que nuestra fe se nos puede estar enfriando y eso no nos lo hemos de permitir.
Hoy seguimos contemplando a Jesús que ‘recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, enunciando la buena noticia del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’. El Reino de Dios que se va haciendo presente con Jesús. Los corazones que se van transformando en tantos que con fe le escuchaban. Los milagros que Jesús realizaba como signos de la llegada del Reino de Dios. Jesús que quiere desterrar el mal de nuestro mundo, de nuestro corazón. Jesús que cura de toda enfermedad y de toda dolencia. Jesús que viene dándonos vida.
Y se manifiesta el amor y la compasión de Jesús. ‘Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’. Allí está Jesús el Buen Pastor que busca a las ovejas extenuadas, abandonadas, perdidas, heridas para curarlas y para darles vida.
Pero la mies es abundante y hacen falta muchos obreros para ese trabajo. Por eso nos insiste. ‘Rogad al Señor de la mies que mandes trabajadores a su mies’. Es la oración constante que siempre la Iglesia hace, que tenemos que hacer al Dueño de la mies. Es la oración por las vocaciones que tiene que estar siempre presente en nuestra mente y en nuestro corazón.
Hacen falta pastores, hacen falta sacerdotes santos y entregados, hacen falta personas que se consagren por el Reino de Dios para trabajar en esa mies del Señor tan abundante y tan necesitada de trabajadores. Roguemos continuamente al Señor por las vocaciones al sacerdocio. Que sean muchos los que escuchen esa llamada del Señor y sientan la valentía y la generosidad en su corazón para responder al Señor.
Roguemos por las vocaciones a la vida consagrada, hombres y mujeres que se consagren a Cristo siguiendo con toda radicalidad los consejos evangélicos. Pidamos para que haya muchos misioneros que lleven por el mundo la buena noticia de Jesús.
Pero pidamos para que en nuestras parroquias haya muchas personas generosas y entregadas en el trabajo pastoral tan amplio como se puede realizar en los distintos sectores de la vida de una comunidad. Nos lo está pidiendo hoy Jesús. Que tengamos también nosotros ese corazón compasivo como El y lleno de misericordia.

lunes, 5 de julio de 2010

Una fe admirable y una confianza total que nos sanará y llenará de vida

Oseas, 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26

Los evangelistas Marcos y Lucas cuando nos narran el episodio de la curación de la mujer de las hemorragias y la resurrección de la hija de Jairo son más detallistas en sus descripciones. Mateo, a quien hemos escuchado hoy, es mucho más escueto en el relato. Pero nos es suficiente para subrayar y comentar algunos aspectos que nos pueden enseñar y ayudar mucho.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú y pon la mano sobre ella y vivirá’, le dice Jairo con una fe admirable a Jesús. Una fe que le da entereza en los momentos difíciles que está pasando. Que a un padre se le esté muriendo una hija, de doce años como comentan los otros evangelistas, o que acabe de morir, es un momento doloroso y difícil que a muchos aboca en cierto modo a la desesperación.
Pero la fe que tiene en Jesús le da entereza, confianza total y absoluta en el Señor. En los relatos de los otros evangelistas Jesús le dice ‘como te he dicho, basta que tengas fe’, cuando vienen a anunciarle que ya ha muerto la niña y no merece la pena molestar ya al Maestro. Jesús dirá que no está muerta sino dormida, aunque la gente que se había aglomerado en la casa se reían de El. La muerte, ¿un sueño? Es una expresión que se utiliza en la liturgia que nos ayuda en nuestra fe y esperanza cristiana, porque siempre vivimos en la esperanza de la resurrección con lo que la muerte no se ve como algo definitivo sino como un sueño del que hemos de despertar.
Pero entrelazado con este relato de la muerte y la resurrección de la hija de Jairo, los evangelistas nos intercalan el episodio de la mujer que padecía hemorragias sin encontrar remedio para su mal. Pero ello viene a manifestarnos y enseñarnos lo que es una confianza total y absoluta en el Señor.’Se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría’.
Y así fue. 'Jesús se volvió y al verla le dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado. Y en aquel momento quedó curada la mujer’. Qué grandioso es el amor y la misericordia del Señor. Sólo nos pide que tengamos fe en El. Y nos sanamos y nos salvamos. Y recuperamos la paz y nos llenamos de vida.
Hay cosas en la vida que nos agobian y muchas veces nos hacen perder la paz. Pasamos por momentos difíciles y nos hace falta entereza y serenidad. Nos parece que no la podemos alcanzar. Acudamos con fe al Señor y depositemos en El todos nuestros agobios, problemas, oscuridades que tengamos en la vida. Con la fe puesta en El, esa oscuridad se volverá en luz. Con la fe en El, tendremos esa entereza y serenidad para afrontar las dificultades y problemas que tengamos en la vida. Con la fe en El, mucho pudiera ser lo que nos pese en el corazón, en nuestra conciencia, pero vamos a encontrar la paz como sólo el Señor sabe darla. Con la fe en El, ese camino que nos parece calvario por los sufrimientos que sobre nosotros pesen, concluirá siempre con el resplandor de la vida y la resurrección.
Como Jairo, como aquella mujer con su cuerpo atormentado por la enfermedad y sus males, acudamos con toda confianza al Señor. El nos va a decir también: ‘¡Ánimo, hijo! Tu fe te ha curado. Vete en paz’.

domingo, 4 de julio de 2010

Poneos en camino… decid primero: paz a esta casa


Isaías, 66, 10-14;
Sal. 65;
Gál. 6, 14-18;
Lc. 10, 1-12.17-20

La palabra proclamada comienza haciéndonos una invitación a la alegría y a la fiesta con el profeta Isaías, ‘festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría…’ y termina invitándonos también Jesús en el evangelio ‘estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
Invitación a la alegría porque el Señor va a derramar su paz sobre su pueblo, ‘como un río, como torrentes en crecida’, y sentirán el consuelo del Señor, ‘así os consolaré yo y en Jerusalén seréis consolados’.
Pero ese es también el mensaje que Jesús confía a sus discípulos, la paz en el anuncio del Reino de Dios. ‘Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos a donde pensaba ir El… Poneos en camino… cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa… curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’.
‘Poneos en camino…’,
nos sigue diciendo a nosotros hoy. Y no nos oculta las dificultades, ‘como ovejas en medio de lobos… y si no os reciben bien…’ Ponernos en camino para anunciar el Reino de Dios que está cerca de nosotros. ¿Encontraremos quien nos haga oposición y luche contra nosotros? ¿Será escuchado el mensaje o será rechazado? De una cosa sí estaremos seguros y es que es necesario hacer ese anuncio hoy en el mundo que vivimos.
Cuántas veces hablamos de la crisis, de la mala situación que estamos pasando en todos los sentidos. Creo que tenemos que saber hacer una lectura de fe de todo lo que sucede. Porque en el fondo de todo esa situación de nuestro mundo puede haber una llamada del Señor para nosotros los que creemos en El y un mensaje que tenemos que saber trasmitir. Son cosas que suceden en nuestro mundo y a ello tenemos que saber dar una respuesta desde esa fe que tenemos en Jesús y desde la misión que El nos confía.
Hablamos de la crisis, porque está en boca de todos, y pensamos en la economía como pensamos en la pobreza que va creciendo más y mas a nuestro alrededor, sin olvidar la más grave situación de pobreza, miseria y hambre que viven tantos pueblos de nuestro mundo con tantas desigualdades en unos países y otros y tantos millones de personas que mueren de hambre. Porque no podemos ser tan ciegos que nos quedemos sólo mirando lo que nos pasa a nosotros.
Pero la crisis no está sólo en ese aspecto tan pecuniario y económico; cuánta violencia de la que oímos hablar todos los días y no vamos a hacer listados; cuánta falta de valores y principios que guíen nuestro actuar de una forma ética y con sentido profundo; cuánta indiferencia en lo religioso y cuánta confusión, porque el hambre de lo espiritual algunas veces se trata de saciar sin saber bien dónde; cómo reaparecen viejas supersticiones y creencias bien lejanas de un sentido cristiano de la vida y de una auténtica religiosidad cristiana. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.
Por eso nos dice Jesús que la tarea no es fácil y que además hacen falta muchos obreros para esa mies que puede ser tan abundante y donde tenemos tanto que hacer. Nos pide que ‘roguemos al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies’. Pero ahí nos envía Jesús a llevar su mensaje de paz, el mensaje del Reino de Dios que comienza precisamente por ahí, por ese anuncio de paz, por esa construcción de la paz. Y es un mundo nuevo el que tenemos que hacer, un hombre nuevo, una criatura nueva. No nos podemos cruzar de brazos.
‘Poneos en camino… curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’, nos dice el Señor. ‘Así os consolaré yo…’ nos decía el profeta. Tenemos que anunciar la paz, tenemos que curar y consolar. Cuántas heridas que sanar en el corazón del hombre. Cuántos corazones atormentados, cuánto sufrimiento, cuánto dolor… cuántas personas que necesitan una palabra de aliento, una palabra de consuelo; cuánta esperanza tenemos que suscitar en que es posible un mundo nuevo, un hombre nuevo. Pero es también curar los corazones egoístas y encerrados en sí mismos para despertar solidaridad en todos y afán de justicia para que entre todos sepamos colaborar para hacer eso nuevo que tenemos que construir. Llevamos la misericordia del Señor; anunciamos la Palabra de Dios que es Palabra de vida y de salvación para todo hombre.
Todo eso se tiene que traducir en gestos de amor, de cercanía; en gestos pequeños y humildes pero que despierten la fe y la esperanza. Por eso nos dirá que no nos preocupemos de llevar talegas, alforjas o sandalias. Porque lo importante es esa disponibilidad y esa generosidad de nuestro corazón para realizar la tarea que el Señor nos encomienda. Porque es importante que sepamos buscar lo que verdaderamente es importante, lo que son los verdaderos valores con los que tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor. Para que desterremos el egoísmo, para que dejemos de pensar tanto sólo en nosotros mismos, para que se entierren para siempre los gestos, las palabras, los gritos de violencia. Para que florezca la solidaridad y el amor para que todos nos empeñemos en hacer ese mundo nuevo. Es lo que desde Jesús tenemos que realizar, es el Reino de Dios que tenemos que anunciar.
Como decía el salmo ‘venid a escuchar: os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo’. Es lo que nosotros queremos vivir en el día a día de nuestra vida, si sentimos en nosotros ese consuelo, esa gracia y esa paz de Dios. Es lo que vamos logrando si ponemos esos pequeños granos de arena de cosas buenas cada día. Es el testimonio que entonces tenemos que dar; la experiencia de lo que nosotros vivimos tiene que hablar, porque no son sólo palabras sino el testimonio de nuestra vida lo que necesita escuchar nuestro mundo para que llegue a mirar y a escuchar al Señor.
‘Yo haré derivar hacia ella como un río la paz…’ nos decía el profeta. Y cuando los discípulos volvieron contentos por lo que habían realizado en el nombre de Jesús, les dice: ‘estad contentos porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Despierta también el Señor en nosotros la esperanza y nos invita a la alegría por ese Reino de Dios que anunciamos. ‘Vuestra recompensa será grande en los cielos’, nos dijo cuando las bienaventuranzas.

sábado, 3 de julio de 2010

Preguntas y dudas que necesitan respuestas para fortalecer la fe


Ef. 2, 19-22;
Sal. 116;
Jn. 20, 24-29


‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’, nos decía la carta a los Efesios. Celebramos hoy de nuevo la fiesta de un apóstol. Celebramos hoy a santo Tomás. Pero celebramos a Cristo, porque siempre nuestra celebración es celebrar a Cristo y en Cristo, con Cristo y por Cristo dar gloria por siempre al Padre. Hoy la hacemos recordando, celebrando a este apóstol escogido por Cristo para formar parte del número de los doce, el Colegio Apostólico y convertirse así en cimiento y fundamento de nuestra fe cristiana.
Tres son los momentos en que aparece este apóstol en el evangelio, además de los listados que los sinópticos nos hacen de los doce. Más allá del Jordán donde Jesús recibió la noticia de la enfermedad de Lázaro y desde donde Cristo se decide venir finalmente a Betania. Frente a las dificultades que los demás ponen para venir porque tenían lo que podía pasar porque ya sabían cómo atentaban contra Jesús, Tomás decididamente dirá: ‘Vayamos y muramos con El’.
Otro momento será en la cena pascual cuando no termina de comprender lo que Jesús les dice de su marcha al Padre y del camino que ellos han de hacer, que pregunta ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, a lo que Jesús le contestará ‘Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre, sino por mí’.
Finalmente el texto que todos más conocemos y que es el que nos ofrece hoy la liturgia de sus dudas ante el anuncio de los discípulos de que Jesús ha resucitado y se les ha manifestado allí en el Cenáculo. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en el costado, no lo creo’. Finalmente hará la más hermosa profesión de fe ‘¡Señor mío y Dios mío!’, cuando Cristo se les manifieste de nuevo. ‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, que le replicará Jesús.
Cuando hablamos de Tomás siempre hablamos de su incredulidad y de la búsqueda de pruebas para poder creer en Jesús palpando con sus manos, viendo con sus ojos. Un poco podría parecer que sintiéramos lástima de Tomás porque no había creído, como si nosotros fuéramos mejores o no tuviéramos también muchas veces tantas dudas. Sin embargo san Agustín cuando comenta esta llamada incredulidad de Tomás nos dice que eso lo permitió el Señor para ayudarnos a fortalecernos a nosotros en nuestra fe.
Efectivamente creo que contemplar este hecho del evangelio y celebrar a santo Tomás como hoy lo estamos haciendo tendría que provocar en nosotros el deseo de sentirnos fuertes en nuestra fe. Dudas pueden aparecernos de muchas maneras en nuestra vida pero hemos de saber buscar esa fortaleza de nuestra fe. Tomás preguntaba a Jesús lo que no entendía, o quería encontrar razones o respuestas para llegar a creer firmemente.
Algunas veces parece que nos queremos contentar con la fe del carbonero, como se suele decir, porque creemos porque sí, porque así nos lo enseñaron nuestros padres, nos contentamos con lo que nos enseñaron de pequeños, pero simplemente hemos cerrado los ojos para decir que creemos pero no nos hemos preocupados debidamente para hacer crecer y madurar nuestra fe, para formarnos en nuestra fe. Y esa puede ser una cuestión pendiente muchas veces en nuestra vida.
Cuando oímos hablar de Catequesis solamente pensamos en los niños y pareciera que eso no tiene que ver con nosotros, los mayores. Pero la catequesis que es esa formación, esa maduración de nuestra fe la necesitamos en todas las etapas de nuestra vida. Como niños se nos podían plantear unos interrogantes a los que entonces se nos respondió, pero ahora como jóvenes o mayores se nos siguen planteando interrogantes, o tenemos que responder desde nuestra fe a los planteamientos que nos hace la vida con sus problemas y es ahí entonces donde hemos de tener esa fe madura para dar esa respuesta.
Es, entonces, de lo que tendríamos que preocuparnos, es la catequesis y la formación que en todo momento necesitamos, en esta situación de la vida que ahora vivimos que necesitamos. Eso que se preguntaba Tomás, es que no sabemos el camino, no sabemos a donde vas, que son nuestras dudas y nuestros interrogantes a los que hemos de dar respuesta.
Que podamos llegar a confesar nuestra fe en Jesús desde lo más hondo de nuestra vida, diciendo como Tomás ‘¡Señor mío y Dios mío!’ porque en verdad así lo sintamos que es para nosotros. Que lleguemos en verdad a descubrir que Cristo es el camino, y la verdad y la vida para nosotros de manera que no tengamos ya otra manera de vivir sino vivir a Cristo. Que nos sintamos tan fortalecidos en nuestra fe, tan seguros en lo que creemos que no temamos lo que podamos sufrir por dar ese testimonio de nuestra fe en medio de nuestros hermanos los hombres y si tenemos que llegar a dar la vida, como Tomás, también seamos capaces de decir: ‘Vayamos y muramos con El’. Es ese sólido edificio de nuestra vida en que Cristo es en verdad la piedra angular, pero los apóstoles son para nosotros esos sólidos cimientos sobre los que edificamos nuestra fe y nuestra vida cristiana.

viernes, 2 de julio de 2010

El verdadero camino hacia Dios es la misericordia.


Amós, 8, 4-6.9-12;
Sal. 118;
Mt. 9, 9-13

El relato del evangelio es la vocación de Mateo. Pero aparte de la disponibilidad y generosidad para seguir a Jesús cuando le llama, el evangelio quiere decirnos más cosas. Nos está manifestando cómo es la misericordia del Señor que nos ama y nos busca allí donde estemos. Cómo tiene que ser también la misericordia de la que llenemos nuestro corazón.
Por una parte, como hemos dicho, la vocación de Mateo. Allí estaba ‘sentado al mostrador de los impuestos’. Era su oficio, su trabajo, aunque no fuera bien visto por los judíos, que los consideraban con desprecio a todos los de este oficio como pecadores, designándolos con la palabra de ‘publicanos’. Allí estaba Mateo y Jesús que le vio al pasar que le dice: ‘Sigueme. El se levantó y lo siguió’. Como un día Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que dejaron las barcas y se fueron con Jesús cuando escucharon también esa voz que les llamaba.
‘Y estando a la mesa en casa de Mateo - ¿habría hecho un banquete para celebrar la llamada del Señor y para despedirse de sus amigos porque comenzaba una nueva vida para él? – muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos’. No rehuye Jesús la presencia de los pecadores. A todos busca. Para todos quiere ser signo del amor y la misericordia de Dios.
Pero no todos lo entienden de la misma manera. ‘Los fariseos al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Pero Jesús es el médico que viene a sanar a los enfermos, el buen pastor que busca la oveja perdida aunque sea en lo más hondo de los barrancos, el signo del padre que lleno de amor está siempre esperando la vuelta del hijo perdido para darle su abrazo de padre y vestirle el vestido de los hijos.
‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos’, sentencia Jesús. ¿Os creéis vosotros sanos que no necesitáis del médico? Pero Jesús les sigue diciendo: ‘Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios, que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Si no habéis llenado vuestro corazón de misericordia sois vosotros también los que necesitáis del medico, para vosotros es también la misericordia de Dios para que de ella llenéis el corazón. ¿Os creéis justos? Mira a ver cuál es la medida real del amor de tu corazón.
Nos lo está diciendo el Señor a nosotros también. A nosotros nos busca para mostrarnos su misericordia, para ofrecernos su amor y su perdón que bien lo necesitamos porque somos pecadores. Pero a nosotros también nos está enseñando a que llenemos nuestro corazón de misericordia, de compasión, de amor. En esa misericordia nosotros aprendamos también a respetar a los demás, a valorar a toda persona, a quitar cualquier atisbo de discriminación que pudiera aparecer en nuestro corazón.
Será la misericordia del Señor que manifestemos en nuestra vida con la que conquistaremos el mundo, con lo que despertemos en los demás deseos de Dios. La misericordia es el mejor camino que podemos ofrecer y vivir nosotros para ir hasta Dios. Mostrémonos siempre como personas de misericordia. Que la Iglesia se presente siempre ante el mundo como esa madre de misericordia que nos descubre el amor de Dios que nos ama y nos perdona.

jueves, 1 de julio de 2010

Sobrecogidos alabemos a Dios que nos sana y nos salva en Jesús

Amós, 7, 10-17;
Sal. 18;
Mt. 9, 1-8

‘Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla… ánimo, hijo, tus pecados están perdonados…’
Ya comentábamos ayer que los milagros que Jesús realiza son signos que nos manifiestan la transformación que se realiza en el hombre con la llegada del Reino de Dios. Si ayer lo contemplábamos en la curación de los endemoniados, hoy lo tenemos en la curación de este paralítico que llevan hasta Jesús. Al final Jesús le dirá al paralítico: ‘ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa. Y se puso en pie y se fue a su casa’.
Pero no era sólo el milagro de que estaba paralítico, postrado en una camilla, se pusiera en pie y, cargando con la camilla, por su pie se fuera a su casa. Algo muy hondo se había realizado en aquel hombre. Las primeras palabras que Jesús le dirigió lo manifiestan. Y las gentes vislumbraban lo que pasaba porque mientras unos lo criticaban porque se atribuía poder de Dios y para ellos eso era como una blasfemia, otros ‘sobrecogidos alababan a Dios que a los hombres da tal potestad’.
La transformación realizada era algo muy profunda. Era el perdón de los pecados. Era la salvación que Jesús venía a traernos. Para eso moriría en la cruz donde se manifestaría todo el poder y la gloria de Dios aunque fuera en la humillación de la pasión y de la cruz. Allí era en verdad Dios glorificado al darnos la salvación.
Las postración más grande del hombre, la hondura y la negrura peor de nuestra vida es el pecado que nos lleva a la muerte. El milagro de Jesús es señal de resurrección. El milagro que realiza Jesús es anticipo y anuncio de resurrección. ‘Levántate… ponte en pie’, que le dice al paralítico, ‘sal fuera, sal del sepulcro…’ como le dice a Lázaro, sal de la muerte que hay en ti, que nos quiere decir Jesús a nosotros para arrancarnos del pecado. Resucita a la vida. Cristo nos arranca de la muerte del pecado. Es anticipo y anuncio de la propia resurrección de Jesús con la que quiere también a nosotros resucitarnos, dándonos nueva vida, llenándonos de gracia.
Vayamos a Jesús con nuestra invalidez y nuestra muerte. Pero vayamos llenos de fe, como aquellos hombres – ‘viendo la fe que tenían…’ dice el evangelista -. Dejémonos conducir hasta Jesús como aquel paralítico llevado por aquellos hombres llenos de fe. Ayudemos también a los demás a que lleguen hasta Jesús para que también alcancen la vida, la salud, la salvación. Es misión nuestra conducir a los demás hasta Jesús. ¡Cómo no vamos a hacerles partícipes de esa gracia y de esa gloria de conocerlo y podernos llenar de su gracia!
Sí, tenemos que reconocer las maravillas que el Señor hace en nosotros. Tenemos que sentirnos sobrecogidos también por tanto amor, por tantas cosas buenas que el Señor nos regala. Cuando perdemos la capacidad de admirarnos ante las maravillas de Dios es señal de que nos estamos enfriando en nuestra fe. Tenemos que saber alabarle y darle gracias que así nos levanta, así nos sana y nos salva, así nos perdona y nos da la salvación.
Démosle gracias al Señor porque en la Iglesia podemos vivir su gracia en los sacramentos. Démosle gracias porque en la Iglesia nos ha dejado Jesús el perdón de los pecados y así podemos tener la certeza de su presencia y de alcanzar su salvación. Creo que no damos gracias suficientemente al Señor por el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación.

miércoles, 30 de junio de 2010

Que nuestra ofrenda sea agradable al Señor ofrecida con un corazón puro

Amós, 5, 14-15.21-24;
Sal. 49;
Mt. 8, 28-34

Seguimos escuchando al profeta Amós. ¿Puede ser agradable una ofrenda que presentemos al Señor con nuestras manos y nuestro corazón manchado por las obras malas de la injusticia y de la maldad?
Es la denuncia que hacen los profetas y en este caso Amós que le costará incluso problemas con los dirigentes del pueblo de Israel y los sacerdotes del templo, como mañana escucharemos. ‘Detesto y rehúso vuestras fiestas, no quiero oler vuestras ofrendas… aunque me ofrezcáis holocaustos y dones no me agradarán…’ Recordamos que es una queja de Jesús en el evangelio haciendo alusión también a lo dicho por los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan está vacío, pues las doctrinas que enseñan son preceptos humanos…’
Puede ser esto motivo para una buena reflexión que nos hagamos en la presencia del Señor. ¿Qué es lo que le ofrecemos al Señor? ¿Un corazón puro y limpio o un corazón manchado por la maldad? ¿Rechazará el Seños nuestras ofrendas por presentarnos con un corazón manchado y lleno de pecado? La liturgia nos ofrece signos y ritos litúrgicos que hemos de saber utilizar para esa purificación del corazón cuando venimos a presentarnos delante del Señor con nuestra oración, con nuestra alabanza y acción de gracias y con la ofrenda que queremos presentarle.
Comenzamos, por ejemplo, siempre la celebración reconociéndonos pecadores en un acto penitencial que en ocasiones podemos sustituir por la aspersión del agua que nos recuerda nuestro bautismo. Que lo hagamos con toda verdad, con toda sinceridad para así sentirnos purificados en nuestro corazón al presentarnos ante el Señor. Y otro signo que realiza el sacerdote tras la presentación de las ofrendas es el lavarse las manos. Un gesto simbólico que quiere expresar también esa purificación interior para ir con corazón limpio ante el Señor. Pero no sólo el sacerdote, aunque sea él quien realice el signo ritual, sino que todos así deseemos purificarnos antes de acercarnos al altar del Señor.
Y una palabra también en relación al evangelio. Jesús llega a una región que ya es frontera con Israel, la región de los gerasenos. Se encuentra con unos endemoniados a los que, como hemos escuchado, finalmente Jesús cura y libera de su mal. Decir endemoniado en el evangelio puede tener varios significados; puede, es cierto, hacer referencia a la posesión del maligno, pero también es una forma de expresar el mal que puede padecer la persona, por ejemplo, a causa de la enfermedad; muchas veces puede hacer referencia incluso a ciertas enfermedades de tipo mental, por decirlo de alguna manera. Pero en el fondo lo que se nos quiere expresar como un signo de la llegada del reino de Dios, es cómo Cristo vence al mal, nos arranca del mal con su salvación. Los milagros siempre los vemos como signos de esa acción transformadora de Dios en el hombre con la llegada del Reino de Dios.
Pero hay algo muy significativo y que nos tiene que interrogar por dentro en este episodio que nos narra hoy el evangelio. Primero aquellos endemoniados se resisten a la presencia de Jesús reconociendo que es el Hijo de Dios. ‘¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Sienten como con Jesús llega la victoria sobre el mal. ¿No nos sucederá a veces cuando hemos dejado introducir el pecado en nuestra vida que hacemos resistencia a la gracia de Dios y a la conversión, cambio de vida que tendríamos que realizar? Por otra parte, los habitantes del lugar terminarán pidiendo a Jesús que se marche de su país. ¿Haremos de alguna manera nosotros oposición y rechazo a la gracia y a la salvación que Jesús nos ofrece? Preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad.

martes, 29 de junio de 2010

Pedro y Pablo, fundamentos de nuestra fe cristiana


Hechos, 12, 1-11;
Sal. 33;
2Tim. 4, 6-8.17-18;
Mt. 16, 13-19

Llenos de alegría celebramos la fiesta de los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo que Cristo quiso darnos como fundamento de nuestra fe cristiana, como lo expresábamos en la oración litúrgica de este día. Los dos, por caminos diversos, congregaron a la Iglesia de Cristo, a los dos celebra hoy la Iglesia con una misma veneración.
Popularmente siempre pensamos en este día sólo como el día de san Pedro, pero la liturgia de la Iglesia quiere celebrar en una misma fiesta la solemnidad de estos dos santos, san Pedro y san Pablo. Columnas fundamentales de la Iglesia, de nuestra fe cristiana.
A uno, Pedro, Cristo confió el primado de la Iglesia, como hoy mismo lo hemos escuchado en el evangelio cuando le dice ‘tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré la Iglesia’. El otro, Pablo, fue elegido de manera especial como le dice el Señor a Ananías de Damasco a la hora de la conversión de Pablo: ‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones’. Y ya conocemos la intensidad de su vida apostólica y todo lo que significó en la predicación del evangelio sobre todo a los gentiles.
No vamos a extendernos en esta breve reflexión en hacer amplias reseñas de la vida de ambos, que ya a través del año litúrgico en la proclamación de la Palabra se nos habla ampliamente de ellos. Podríamos resaltar la fe intrépida de ambos, su amor a Cristo tanto en Pedro como en Pablo, que le llevará a uno a querer ser el primero siempre en el seguimiento de Jesús hasta estar dispuesto a dar su vida por Jesús –‘estoy dispuesto a dar mi vida por ti’ le dice en la misma cena pascual -, como al otro a una unión tan profunda con Cristo que le haga decir ‘ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí’.
Siempre que celebramos la fiesta de cualquiera de los apóstoles una cosa que resaltamos es su profundo sentido eclesial, puesto que nuestra fe es apostólica porque se fundamenta en la fe que nos trasmitieron los apóstoles. Con cuánta más razón podemos y tenemos que decirlo en la fiesta de san Pedro y san Pablo, porque, como decíamos al principio y expresa la misma liturgia, ellos son fundamento de nuestra fe cristiana, sobre esa fe trasmitida por ellos se apoya y fundamenta toda la fe de la Iglesia.
Por eso, en este sentido eclesial, en esta fiesta celebramos también el Día del Papa. Una oportunidad para expresar y vivir intensamente nuestra comunión eclesial con toda la Iglesia, con todos los creyentes en Jesús; en la liturgia expresamos y pedimos que alcancemos ‘la gracia de vivir de tal modo en tu Iglesia que, perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma arraigados firmemente en tu amor’. Pero comunión eclesial porque toda la Iglesia, porque todos los creyentes en Jesús nos queremos sentir en comunión profunda con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, que hoy hemos escuchado nos manifiesta cómo el Señor se hace presente en la vida de la Iglesia para preservarla de todo peligro y liberarla de todo mal. Vemos cómo el ángel del Señor liberó de sus cadenas al apóstol Pedro que estaba en la cárcel. ‘Es verdad, reconoce él cuando se ve libre, el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos’.
Pero el texto sagrado nos manifiesta también algo hermoso en esa Iglesia orante mientras el apóstol está en la cárcel. ‘Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente por él’. En ese sentido de comunión eclesial que hemos de vivir y de comunión con el Papa, ahí tiene que estar ese apoyo de la Iglesia, de toda la Iglesia, con su oración a los pastores, al Papa. Es algo que necesita la Iglesia, que necesita el Papa, en este momento, como en cualquier momento de la historia, porque cada momento tiene sus dificultades y sus problemas. Es necesaria esa oración de la Iglesia. Es importante. Es fundamental. Pero no hemos de temer porque el Señor prometió su asistencia, su presencia, la fuerza de su Espíritu. Cuando da a Pedro el poder de las llaves porque ‘sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, continúa diciéndole ‘y el poder del infierno no la derrotará’.
Pablo también en el texto de la carta que hoy hemos escuchado manifiesta algo así. ‘El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje… El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo’. Así nos tenemos que sentir seguros en el Señor. ‘El Señor me libró de todas mis ansias’, decíamos en el salmo, porque ‘el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege’.
Vivamos, pues, esta celebración y esta solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo tan importante en la vida de la Iglesia. Vivámosla con ese sentido eclesial del que hemos hablado. Pero que nos mueva también a crecer en nuestra fe, en nuestro amor, en nuestro seguimiento gozoso y valiente del Señor Jesús como Pedro, como Pablo. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna’, diremos como Pedro y en Jesús ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza. ‘Te seguiré y estoy dispuesto a dar la vida por ti’, tenemos también que decirle no fiándonos de nuestras fuerzas sino sintiéndonos fortalecidos en el Espíritu del Señor.
Y que sea tan grande nuestra unión con Cristo por el amor que le tenemos y porque nos dejamos inundar por su vida que ya no vivamos por nosotros mismos sino por el Señor. ‘Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’, como decía Pablo. Para eso nos da la fuerza de su Espíritu que nos configura con Cristo para llenarnos de la vida divina y hacernos hijos de Dios.

lunes, 28 de junio de 2010

Atención los que olvidáis a Dios

Amós, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22

‘Atención, los que olvidáis a Dios’, repetimos en el salmo. Nos lo repetimos nosotros como un eco en el corazón a lo que nos dice el Señor a través del profeta y del salmista. Es bueno que nos lo repitamos, que nos lo digamos a nosotros mismos, que lo escuchemos hondamente dentro de nosotros.
Vamos a fijarnos de manera especial en el profeta y el salmo, porque el texto del evangelio es el paralelo al escuchado y meditado ayer domingo en san Lucas, de las exigencias que Jesús plantea a los que quieren seguirle como discípulos o son llamados.
Durante esta semana vamos a estar escuchando al profeta Amós, salvo los días en que tengamos alguna solemnidad especial, como sucede mañana con la fiesta de san Pedro y san Pablo. Y la profecía de Amós comienza haciéndonos esa llamada de atención.
Algunas veces se pensaba que los profetas eran para hacer imprecaciones dirigidas directamente a los pueblos impíos o infieles que no conocían al Señor. Pero la profecía que hoy hemos escuchado en Amós comienza dirigiéndose directamente a la casa de Israel. Les molestarían y dolerían las palabras del profeta y, como veremos en los próximos días, tratarán de quitárselo de en medio diciéndole que se vaya a profetizar a otros lugares – ya lo comentaremos -. Pero la misión del profeta es la de ser voz de la conciencia y voz de Dios para el pueblo del Señor para ayudarles a que vayan por buen camino y para denunciar sus infidelidades y pecados. Nos molesta también muchas veces a nosotros el mensaje de la Palabra del Señor que la Iglesia nos anuncia, sobre todo también cuando denuncia nuestra infidelidad y pecado.
Les recuerda el profeta sus pecados, sus malas acciones y sus injusticias, y les echa en cara de manera especial que hayan olvidado las acciones del Señor en su vida y en su historia. Les recuerda la salida de Egipto, la peregrinación por el desierto durante cuarenta años y la posesión de la tierra prometida que el Señor les dio. Por eso, por su infidelidad, por su olvido de la Alianza, su olvido de Dios les anuncia castigos si no hay arrepentimiento y conversión sincera al Señor.
Pero, como tantas veces decimos, es Palabra que el Señor nos dirige a nosotros hoy que también somos pecadores y con tanta facilidad olvidamos cuántos beneficios recibimos del Señor cada día. Cada uno tenemos que recordar nuestra historia personal y hacer una lectura de ella con los ojos de Dios, con los ojos de la fe, para reconocer cuánto hemos recibido del Señor. No olvidemos las acciones del Señor y cómo tantas veces ha sido misericordioso con nosotros. Tenemos el peligro de vivir algunas veces olvidándonos de Dios, dejándolo a un lado y no poniéndolo de verdad en el centro de nuestra vida. Nos puede muchas veces el materialismo del ambiente, la indiferencia religiosa que nos rodea o una agnosticismo práctico viviendo como si Dios no estuviera presente en nuestra vida.
‘Atención los que olvidáis a Dios…’ que nos dice el salmo. ‘¿Por qué recitas mis mandatos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mis enseñanzas y te echas a la espalda mis mandatos?’, nos echa en cara el salmista. Pero terminará diciéndonos ‘el que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
No olvidemos la acciones del Señor. Sepamos en todo momento ofrecer la acción de gracias, dar gracias a Dios con toda nuestra vida por tanto amor.

domingo, 27 de junio de 2010

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, se puso en camino y nos invita a seguirle


1Reyes, 19, 16. 19-21;
Sal 15;
Gál. 5, 1. 13-18;
Lc. 9, 51-62

‘Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Y se puso en camino. Un camino, una subida, una ascensión. Así nos lo va presentando el evangelio de Lucas. Así nos va invitando Jesús a ir con El, a ponernos en camino, a seguirle. Eso es ser su discípulo.
Pero ponernos en camino y seguirle es algo serio. Nos va explicando cómo es ese camino, sus exigencias, sus gozos y sus esperanzas, cuál es la plenitud a la que nos llama. No de cualquier manera nos ponemos en camino. Piensa en quien va a hacer un viaje; piensa en quien va a hacer una peregrinación; piensa en quien, por ejemplo ahora que estamos en el año jacobeo, se dispone a hacer el camino de Santiago. Necesitamos llevar lo esencial, liberarnos de pesos muertos que nos aten o retarden en ese caminar, conocer bien la ruta y la meta a donde vamos.
Jesús nos va explicando en la ocasión de los que se ofrecen generosos a seguirle o a aquellos a los que El llama e invita, cuales son esas exigencias o esas disposiciones necesarias. Es seguir a Jesús porque queremos ser sus discípulos o porque El nos llama a una entrega distinta, más intensa, porque nos quiere tener junto a El en su misma misión. Pero todo aquel que se llame cristiano es un discípulo que está dispuesto a seguir a su maestro.
De entrada vemos que va a haber dificultades, porque envía a algunos por delante y no fueron recibidos, no fueron aceptados. ‘No los recibieron porque iban a Jerusalén’, dice el evangelista de las razones por las que aquellos samaritanos no los recibieron. Una reacción, hacer bajar fuego del cielo para castigarlos, pero Jesús se los lleva a otro lugar. No todos van a comprender el camino, o que nosotros hayamos tomado la decisión de hacer ese camino. Pero no nos debe importar. Hay mucha gente en la sociedad que nos rodea que no termina de entender el evangelio y lo que significa el seguimiento de Jesús y nos llevan la contra o nos hacen la guerra. Aunque sintamos la tentación no nos llenemos nunca de violencia para responder a quienes no terminan de entendernos.
Algunos se ofrecen voluntarios – ‘te seguiré adonde vayas’ - con una bonita disponibilidad pero esa disponibilidad exigirá un vaciamiento de sí, un desprendimiento interior pero también de otros apegos o deseos, aunque cueste. ‘Las zorras tienen madriguera, les dice Jesús, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. No seguimos a Jesús para que las cosas nos sean más fáciles o para obtener unos privilegios o unas seguridades. Ponernos en camino para seguir a Jesús es dejarnos conducir por El, por la fuerza de su Espíritu; es dejarnos hacer por la novedad del Espíritu y eso exige una generosidad y una disponibilidad total.
Jesús invita, pero invita a la vida, a que tengamos vida y a que busquemos la vida, no la muerte. Es el anuncio del Reino que El nos hace y al que nos invita. Es a construir a lo que el Señor nos llama y cuánto de bueno, de vida podemos y tenemos que hacer. Por eso nos dirá que dejemos que los muertos entierren a sus muertos.
Y seguir a Jesús es entrar en un camino de libertad y de amor, como nos dice hoy la carta a los Gálatas. ‘Para vivir en libertad Cristo nos ha liberado…’ Y cuando sentimos que Cristo nos ha liberado qué felices somos, qué dicha sentimos en el alma. Por eso termina diciéndonos el apóstol que nos ha liberado para vivir en el amor. ‘Sed esclavos unos de otros por amor’. Amándonos así seremos felices y haremos felices a los demás.
Y finalmente nos quiere decir que caminemos siguiendo sus huellas siempre. Y para seguir sus huellas no podemos andar en la vida distraídos con muchas cosas, o con añoranzas de cosas que dejamos atrás, o cosas de otros tiempos. ‘El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios’.
Tenemos que arriesgarnos, tenemos que quemar nuestras naves antiguas. Recordamos aquel hecho de la historia en que el valiente capitán y conquistador para que sus leales soldados no tuvieran la tentación cuando viniera lo difícil de volverse atrás quemó las naves. Así había que seguir siempre adelante, hacia la meta. Bueno, en la primera lectura hemos visto que Eliseo cuando el profeta le invita a seguirle, con la yunta de bueyes de su trabajo ofrece un sacrificio y da de comer a toda su gente. Así se desprendía de todo. Así nada le ataba ya para seguir al profeta y cumplir con la misión que ahora se le encomendaba de ser profeta también.
Hay ocasiones en que andamos con miedos a la hora de decidirnos por vivir con radicalidad el seguimiento de Jesús. Nos cuesta ponernos en camino con decisión. Queremos como hacernos algunas reservas por si acaso. Pero en el camino del seguimiento de Jesús no nos valen las mediocridades, las medias tintas, las añoranzas de cosas pasadas. Con El tenemos que darlo todo, darnos totalmente y con generosidad.
Pero cuando nos decidimos de verdad por seguir a Jesús y nos entregamos con valentía a vivir los valores que nos enseña en el evangelio, y vivimos nuestro amor con generosidad, y nos arrancamos de nuestros apegos y egoísmos, al final sentimos la satisfacción más honda, la alegría más completa. Porque en Jesús sentimos que nuestra vida se llena de plenitud, de felicidad de la buena, de la verdadera. Qué felices somos cuando nos damos y hacemos el bien. Decíamos que seguir el camino de Jesús no es para la muerte sino para la vida. Y El nos hace felices de verdad.
Jesús se puso en camino, va delante de nosotros. Pongámonos en camino nosotros también con decisión, con valentía, con generosidad, con mucho amor. ‘Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha… por eso se me alegra el corazón y se gozan mis entrañas…’ Sintamos ese gozo en el Señor.

sábado, 26 de junio de 2010

Muchos vendrán a sentarse a la mesa del reino de los cielos

Lam. 2, 2. 10-14. 18-19;
Sal. 73;
Mt. 5, 8-17

‘Os digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos’, dice Jesús al contemplar la fe del centurión. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Jesús nos está señalando la universalidad del Reino de Dios al que todos los hombres están invitados. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, se nos dirá en otro lugar del Evangelio.
Jesús se hace presente en medio del pueblo judío. Era el pueblo de Dios que mantenía la esperanza de las promesas de la salvación. Allí había de nacer el Mesías. Pero el Mesías salvador era el Deseado de las naciones como en otro lugar de la Escritura se nos manifiesta. A la mesa del Reino de los cielos todos están invitados a sentarse para gustar de los manjares de la salvación.
Esto nos lo está manifestando el evangelio de hoy. Jesús ha anunciado el Reino y se han ido manifestando las señales de la llegada del Reino. Pero aquí hay un hombre, no es judío, es un centurión romano, que ha puesto toda su fe en Jesús. Le mueve acudir a Jesús el criado que está enfermo, pero él sabe que Jesús puede curarlo. ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’, le dice.
Pero acude a Jesús con mucha fe y con mucha humildad. Esto es admirable también. Cuando Jesús le dice que irá él en persona a curarlo aflora esa bella flor de la humildad. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Y le da sus explicaciones y razonamientos, tú tienes el poder, tú tienes la palabra de vida y las palabra creadora, basta que lo digas para que todo te obedezca y todo se realice. Al final Jesús le dirá: ‘Vuelve a casa y que se cumpla lo que has creído’. Es el poder de Dios, es el poder de la fe; la fe nos hace poderosos para obtener de Dios lo mejor que necesitamos.
Cuánto tenemos que aprender. Para que crezca nuestra fe. Para que sepamos expresarnos en nuestra oración. Para que en todo momento mantengamos nuestra confianza total en el Señor. Para que nos llenemos de humildad profunda. Para que nos hagamos portadores de esa salvación divina que nos trae Jesús a los demás.
Cuánto tenemos que aprender. Para que aprendamos a abrir nuestro corazón a los otros y a nadie discriminemos por ningún concepto. Para que aprendamos a valorar todo lo bueno que hay en los demás y aprendamos también a descubrirlo.
Cuánto tenemos que aprender. Para que nos sintamos invitados a la mesa del banquete del Reino de los cielos y allí vayamos con fe y con humildad, pero para que traigamos a todos también a esa mesa para que disfruten de los manjares, de la gracia de la salvación.
‘El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’, recuerda el evangelista las palabras de Isaías. El evangelio sigue manifestándonos todo ese amor de Jesús, señal del Reino de Dios que está entre nosotros, y le vemos hacer otros milagros y curaciones. Jesús sigue tomando nuestras dolencias, nuestras penas, nuestros sufrimientos y quiere sanarnos, liberarnos de todo mal, que todo le demos un sentido y un valor. Que todo eso nos haga crecer en nuestra fe pero nos haga también parecernos cada vez más a Jesús como tiene que ser siempre en un cristiano seguidor de Cristo. Porque hemos de aprender también a cargar con las dolencias y las penas de los demás, porque hemos de aprender a ser buenos samaritanos con nuestro amor y con nuestra generosidad. Porque hemos de mitigar dolores y sufrimientos, porque a todos hemos de invitar a ese banquete del Reino, porque hemos de hacer llegar la salvación de Jesús a todos cuantos estén a nuestro lado.

viernes, 25 de junio de 2010

Las señales nos manifiestan que el Reino de Dios se hace presente

2Reyes, 25, 1-12;
Sal. 136;
Mt. 8, 1-14

‘Al bajar Jesús del monte lo siguió mucha gente’. Hemos venido escuchando el sermón del monte de las bienaventuranzas. Allí Jesús nos ha ido dando y explicando las características del Reino de Dios que ha sido su anuncio constante desde el comienzo de su predicación. Había invitado ‘convertíos porque el Reino de Dios está cerca’. Baja con la gente a la llanura, al camino de la vida de cada día, y ahora nos mostrará las señales de que ese Reino de Dios se está realizando.
‘Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: si quieres puedes limpiarme’. Allí está aquel hombre con su lepra que como todos sabemos no sólo era la enfermedad que envolvía y destrozaba su cuerpo, sino que además lo destrozaba como persona porque le obligaba a estar como en una cuarentena apartado de los demás, vivir al margen de la familia y de la comunidad. Quien estaba enfermo de lepra era inmundo y podía hacer inmundo a los demás. Por eso nadie se podía acercar a él, ni tocarle, ni a él se le permitía que pudiera estar cerca de los demás. ¿Cómo podría sentirse una persona así tratada? El salmo nos habla de la tristeza que tenían los judíos cuando estaban desterrados lejos de su patria, pero que podemos aplicar a los sentimientos de quien se veía despreciado y marginado a causa de su enfermedad.
Es la señal del mal. Y Cristo ha venido a vencer al maligno, arrancarnos de las garras del mal, a liberarnos profundamente para darnos una nueva vida, a hacernos recobrar la dignidad perdida. Es posible una nueva vida. Es posible verse liberado del mal. Aquel hombre le dice a Jesús ‘si quieres…’, tú tienes poder, tú eres el que puede hacerlo. Y Cristo quiere. Quiere liberarlo del mal de la enfermedad, de su lepra, pero quiere liberarnos del mal más profundo. Cristo viene a sanarnos, a salvarnos, a darnos una nueva vida; quiere hacernos recobrar nuestra dignidad.
‘Quiero, queda limpio… y extendió su mano y lo tocó… y enseguida quedó limpio de la lepra… ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era como la garantía, el certificado necesario para poder reincorporarse a la familia, a la sociedad. Cristo no nos quiere apartados de los demás, no nos quiere aislados. Le hace recobrar no sólo la salud sino también y sobre todo su dignidad. Son las señales del Reino. Dios vuelve a ser el único Señor de nuestra vida.
El pecado nos rompe a nosotros también, nos ata y nos esclaviza; nos hace bajar a las peores negruras, podíamos decir. Pero Cristo viene a liberarnos, a levantarnos. Ese gesto de Jesús con el leproso – ‘extendió su mano y lo tocó’ – es bien significativo. Quiere que recobremos nuestra dignidad, esa dignidad grande que en el Bautismo nos había dado, pero que con nuestro pecado habíamos manchado. Nos viste de nuevo el traje de la gracia. En Cristo nos sentimos transformados. El Reinado de Dios vuelve a ser el centro de nuestra vida. El Reino de Dios es posible y se comienza a realizar. Ahí están las señales.
Son las señales que nosotros también tenemos que dar. Nos queremos acercar a Jesús para que se realice esa transformación de nuestra vida, para llenarnos de su gracia, para vivir esa vida nueva que El quiere darnos. Que nos sintamos sanados y salvados por Jesús porque tantas veces con nuestro pecado nos hemos dejado esclavizar por el mal. Que volvamos a esa libertad que El quiere darnos. También nos acercamos a Jesús con humildad, con confianza, con amor, porque sí estamos seguros que en El vamos a encontrar la salvación. En Jesús ni nos veremos despreciados ni apartados a un lado. En Cristo siempre nos veremos valorados y llenos de vida.

jueves, 24 de junio de 2010

Cuánto valor y significado siguen teniendo las palabras y la vida de Juan para el mundo de hoy


Is. 49, 1-6;
Sal. 138;
Hechos, 13, 22-26;
Lc. 1, 57-66.80

El profeta Jeremías había escuchado un oráculo del Señor: ‘Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles…’ Y en ese mismo sentido hemos escuchado al profeta Isaías hoy: ‘Estaba yo en el seno materno, y el Señor me llamó en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada…’
Estamos celebrando hoy el nacimiento de Juan Bautista. Una fiesta que nos llena a todos de alegría como de alegría se llenaron las montañas de Judea en su nacimiento. ‘La noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: ¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él’, nos comenta el evangelista Lucas.
‘Y a tí, niño, te llamarán profeta del Altísimo’, exclamaría Zacarías su padre bendiciendo a Dios. ‘Será grande a los ojos del Señor… porque convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios’, le había anunciado el ángel antes de su nacimiento. ‘Antes de formarte en el vientre te escogí’, que había dicho el profeta. Y la criatura había comenzado a dar saltos en el seno de su madre, como reconocería Isabel en la visita de María. ‘Antes de que salieras del seno materno te consagré’.
Diría él más tarde cuando recibiera allá en el desierto junto al Jordán la embajada llegada de Jerusalén que no era ni el Mesías ni un profeta, porque incluso no era digno de agacharse a atar la correa de la sandalia del que iba a venir. El tenía que menguar para que creciera el que había de venir. Y él no era sino ‘la voz que clama en el desierto’, como había anunciado el profeta y sólo estaba allí para preparar los caminos del Señor. Sin embargo de él diría Jesús que era ‘el mayor de los nacidos de mujer’ y sería el que señalaría a sus discípulos al ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
¡Cuántas cosas podemos reflexionar sobre Juan en la fiesta de su nacimiento y cuánto tenemos que aprender de él, escuchando su voz y siguiendo el testimonio de su vida! Que con la misma fidelidad que iba Juan como Precursor delante del Señor señalando los camino, sigamos nosotros ahora a Jesús cuando hemos escuchado que nos lo señalaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De Juan aprendemos a seguir al Cordero, como aquellos primeros discípulos que escucharon su palabra y su invitación nosotros queremos seguirle porque no sólo es el Cordero que se inmola por nosotros sino también el Pastor que nos guía y nos conduce hasta donde está la vida eterna.
A Juan escuchamos invitándonos a la conversión y a la penitencia, a la responsabilidad de nuestra vida en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones, pero también al compartir generoso porque el que tiene dos túnicas que las reparte con el que no tiene, como les decía a los que venían a preguntarle que habían de hacer para preparar los caminos del Señor.
Cuánto valor siguen teniendo las palabras de Juan y cuánto significado en el mundo concreto donde vivimos. La austeridad de su vida en el desierto nos enseñará también a vaciarnos de nosotros mismos, pero también de tantas cosas superfluas con las que tantas veces llenamos nuestra vida porque pensamos que con ello somos más felices, pero fijándonos en él aprenderemos lo que de verdad es necesario y lo que realmente es importante.
En aguas de penitencia también nosotros hemos de sumergirnos, aunque ya recibiéramos las aguas bautismales que a partir del bautismo de Jesús en el Jordán adquirieron un nuevo sentido, cuando ya nos hicieron hijos de Dios e inundados de vida divina. Pero, aunque ya tendríamos que estar para siempre revestidos y resplandecientes con el vestido nuevo de la gracia, reconocemos que una y otra vez nos hemos dejado mancillar por el pecado, por el egoísmo y por la maldad que quieren llevarnos por caminos de muerte. Necesitamos oír, sí, una y otra vez la voz que nos llama a la conversión, al arrepentimiento y a la penitencia.
Es la voz que nos lleva a la Palabra, es el que nos señala el camino que nos lleva hasta Cristo. Pero por el bautismo el Espíritu a nosotros también nos ha hecho profetas para ser voz con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida que señalemos al mundo cual es el verdadero camino, dónde está la verdad absoluta que llene nuestras vidas, y la vida verdadera por la que merece darlo todo como el más preciado tesoro que encontremos. También nosotros tenemos que señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También nosotros tenemos que ser testigos que señalen el camino hasta Cristo.
Nos alegramos en esta fiesta del nacimiento de Juan y no es para menos. Es el precursor del Salvador. Es quien, como los primeros resplandores de la aurora que nos anuncian la llegada del día, nos anuncia y nos señala el camino del Señor. Hoy celebramos el nacimiento de Juan, pero eso nos está diciendo que en seis meses celebraremos el nacimiento de Cristo. La alegría que nos impulsa a hacer fiesta hoy, es un preanuncio de la gran alegría y de la gran fiesta del nacimiento del Salvador.
Como nos señala el evangelio de Juan, ‘surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Hoy celebramos su nacimiento, nos llenamos de alegría pero queremos escuchar también el testimonio de su vida y el anuncio de su voz. Démosle gracias al Señor.

miércoles, 23 de junio de 2010

Una historia de infidelidades pero una historia de llamadas de amor de Dios

2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3;
Sal. 118;
Mt. 7, 15-20

La historia del pueblo de Israel, lo mismo que la historia de nuestros pueblos y comunidades, igual que nuestra propia historia personal está llena de luces y de sombras, de momento de fidelidad, de fervor y gozo en el Señor y de momentos de muerte y de infidelidades, momentos en los que nos apartamos de los caminos del Señor por nuestros pecados y momentos en los que Dios nos llama poniendo profetas a nuestro lado como sucedía en la historia del pueblo de Dios, o poniendo señales de su presencia que son toques de atención, como alarmas en la vida, y llamadas a través de múltiples cosas o acontecimientos de los que Dios quiere valerse.
Estos días en los libros de los Reyes del Antiguo Testamento que hemos venido escuchando en la primera lectura de nuestras celebración diaria, se nos ha hablado de muchas infidelidades y olvidos de la Alianza del Señor por parte de reyes, sacerdotes y todo el pueblo de Israel. Ayer escuchábamos una intervención especial del Señor y hoy como una gran señal encuentran el libro de la Ley del Señor.
Todo esto servirá para una renovación de la Alianza, pero no sólo de una manera formal, sino que el Rey busca una renovación profunda de las costumbres del pueblo de Dios queriendo que se renueve esa fidelidad a la Alianza de la que no habían tenido que olvidarse. Recuerda el pecado del pueblo. ‘El Señor estará enfurecido contra nosotros, dice, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este Libro, cumpliendo lo prescrito en él’.
Finalmente vemos cómo ‘el pueblo entero suscribió la Alianza… comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la Alianza escritas en aquel libro’.
El Señor se vale de muchas cosas para despertar nuestra conciencia, para hacernos ver su luz, para provocar que nosotros nos dejemos iluminar por su luz y cambiemos nuestra vida para ser cada día mejores y más santos.
El que cada día podamos encontrarnos para celebrar la Eucaristía y escuchar su Palabra sintámoslo como una gracia y una llamada del Señor. Habrá habido momentos en nuestra en que no hayamos tenido esa oportunidad; o nosotros hayamos estado alejados de Dios, de la Iglesia, de los sacramentos o no le hayamos dado importancia a nuestra oración de cada día; habrá habido momentos, incluso, que estando dentro de la Iglesia y hasta participando habitualmente de la Eucaristía, aunque fuera sólo los domingos, quizá no habíamos escuchado tan clara esa voz de Dios en nuestro corazón. Ahora ha surgido la gracia de Dios en nuestra vida y tenemos que saber aprovechar esa riqueza de gracia que el Señor nos concede.
De muchas maneras se hace presente el Señor. Alguien me contaba hace poco una experiencia que estaba viviendo; alguien había aparecido en su vida, sin saber casi cómo, y le había ofrecido su amistad, su capacidad de escucha y la presencia de esa persona cerca de su vida había sido como un rayo de luz que ahora le estaba ayudando a mejor mucho su vida. Alguien llama a eso el destino; nosotros podemos decir mejor la Providencia de Dios que nos busca y que nos cuida y que pone señales en nuestra vida que son gracia del Señor que tenemos que saber aprovechar.
El evangelio hoy nos habla de los frutos buenos que da todo árbol bueno. Son los frutos que Dios nos pide. Con esas gracias que recibimos del Señor estamos siendo llamados a dar buenos frutos. Que por nuestros buenos frutos sea reconocido el árbol bueno de la fe y del amor que tiene que ser nuestra vida.

martes, 22 de junio de 2010

Un camino que nos lleva a la vida en la alegría de la fe

2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36;
Sal. 47;
Mt. 7, 6.12-14

Nos había dicho el Deuteronomio en el Antiguo Testamento: ‘Mira, hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si cumples lo que yo te mando hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos… vivirás y crecerás, el Señor tu Dios te bendecirá… pero su tu corazón se resiste y no obedeces… perecerás sin remedio…’
Hoy nos habla Jesús de puerta estrecha, de camino angosto que lleva a la vida; de puertas y espaciosos caminos que nos llevan a la perdición. Nos está dando una serie de sentencias como principios y valores para nuestro seguimiento de Jesús y para la entrega de nuestra vida cristiana.
Pero quizá alguien podría preguntarse que si eso de seguir a Jesús es una tarea tan dificultosa que casi se haga imposible. ¿Cómo compaginarlo con aquello otro que nos dice que El ha venido para traernos la salvación y que todos los hombres se salven?
Lo que nos plantea Jesús es que su seguimiento tiene sus exigencias. Exigencias porque las metas que nos pone son bien altas, pero no imposibles de alcanzar porque El está a nuestro lado y nos da su gracia y la fuerza de su Espíritu para realizar ese camino. Pero tiene sus exigencias porque nos sentiremos tentados por muchas cosas que quieren distraernos del verdadero camino que hemos de seguir y eso nos exigirá vigilancia, esfuerzo, lucha por nuestra parte para mantenernos en ese camino de fidelidad.
Por ejemplo, previamente nos ha dicho ‘tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’. Eso podría parecernos en principio fácil porque pareciera que no nos está pidiendo gran cosa. Pero no siempre es fácil porque aunque nos gustaría que a nosotros nos trataran siempre bien, sin embargo sabemos cómo se nos mete en el corazón el egoísmo para sólo pensar en nosotros, el orgullo con el que quizá me sienta merecedor de todo, los recelos y desconfianzas que nos hacen a veces estar como poniendo medidas a lo que hacemos o medidas para ver qué es lo que nos hacen los demás a nosotros. superar ese egoísmo, ese orgullo o amor propio, esos recelos y desconfianzas a veces nos cuesta, tenemos que poner nuestro empeño, tratar de dominarnos a nosotros mismos, poner generosidad en nuestro corazón. Frente a nuestras debilidades y cansancios, esfuerzo, lucha, superación, camino que a veces se nos hace angosto y difícil.
Pero quizá podríamos o tendríamos que recordar aquí otras palabras de Jesús en el evangelio. Aquello que nos dice ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre sino por mí…’ Nos señala camino que hemos de seguir, pero al mismo tiempo nos está diciendo que El es el Camino. Es seguir sus pasos, caminar sobre sus huellas, hacernos uno con El para vivir su misma vida, amar con su mismo amor.
Ese camino de seguimiento de Jesús que queremos realizar, con esfuerzo y responsabilidad, sin embargo no lo vemos nunca como un peso o una carga, sino que tratamos de realizarlo con ilusión, con esperanza, con alegría. Es la alegría de la fe, como decía ayer mismo el Papa, ‘la alegría de ser amados personalmente por Dios, que ofreció a Su Hijo por nuestra salvación’. Porque como seguía explicando ‘creer consiste sobre todo en abandonarse a este Dios que nos conoce y ama personalmente, aceptando la Verdad que Él reveló en Jesucristo con la actitud que nos lleva a tener confianza en la gracia’.
Y además cómo no vamos a hacer ese camino de la fe con alegría y esperanza si el mismo Jesús nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso. ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré… y en mi encontraréis vuestro descanso’. Es nuestra fuerza y es nuestro descanso. Es nuestro camino y es nuestra vida. De El nos fiamos, a El queremos seguir, su vida queremos vivir con toda intensidad. Que sepamos encontrar ese camino que nos lleva a Jesús.

lunes, 21 de junio de 2010

Tres coladores por el hemos de pasar cualquier juicio antes de manifestarlo

2Reyes, 17, 5-8.13-15.18;
Sal. 59;
Mt. 7, 1-5
¡Cuánto nos cuesta hacer lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio! ‘No juzguéis y no os juzgarán…’ Porque somos muy fáciles para el juicio y la condena, para manifestar lo que a nosotros nos parece sin saber realmente lo que pasa por el interior de la otra persona. Sólo de Dios es el juicio, porque sólo Dios conoce el corazón del hombre.
Pero nosotros queremos darnos fácilmente de que todo lo sabemos y de que todo lo hacemos bien. Nos es más fácil ver lo que pueda haber en el otro, por muy insignificante que sea sin darnos cuenta de la joroba que llevamos en nosotros. ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ La imagen y la comparación que nos pone Jesús es bien clara y significativa.
Me he encontrado con el siguiente relato de un antiguo filósofo griego que bien podría ayudarnos en este aspecto que estamos comentando.
‘Se cuenta que alguien le dijo una vez a Sócrates, ese gran filósofo de la antigua Grecia:
-"Escucha Sócrates, lo que tengo para contarte...
-Espera un momento..., le dice Sócrates. ¿Hiciste pasar lo que me quieres decir por los tres coladores?.
-¿Tres coladores?
-Si, amigo. ¡Tres coladores! Déjame ver si lo que quieres contar pasa por los tres coladores. El primer colador es la Verdad. ¿Comprobaste si todo lo que me quieres contar es verdad?
-No lo comprobé, pero la gente lo dice y...
-¡Ajá!. Pero seguro que lo comprobaste con el segundo colador, que es la Bondad. Lo que me quieres contar, ya que no está comprobado como verdad, por lo menos ¿es bueno?
-¿Bueno?. No, eso no, al contrario...
-Entonces, vamos a emplear todavía el tercer colador. Ya que lo que me quieres contar no sabes si es verdad y además no es bueno, dime: ¿es absolutamente necesario que me cuentes eso que te pone tan alterado?.
-No, no es justamente necesario.
-Entonces, le dice Sócrates: si lo que me quieres contar no cumple las tres condiciones de ser Verdad, ser Bueno y de ser Necesario ¡Entiérralo y no lo conviertas en un peso ni para vos ni para mí!’
asegurémonos entonces antes de hacer un comentario o un juicio sobre las otras personas de pasar por los tres coladores como dice Sócrates. Eso quiere decir que busquemos siempre lo bueno, la verdad, lo que sea verdaderamente importante. Siempre hay algo bueno en lo que fijarnos; siempre hay algo bueno que alabar y valorar; siempre estamos a tiempo para disculpar y para perdonar.
No enturbiemos nuestro corazón cargando sobre nosotros el peso de lo malo. Como hemos dicho en más de una ocasión llenos nuestros ojos de luz. Que la luz de nuestros ojos no sea nunca oscuridad, como nos ha dicho Jesús no hace mucho. Así seremos capaces de ver siempre lo bueno de los demás que va a brillar sobre cualquier cosa turbia que a nosotros nos pueda parecer vislumbrar. Pero eso dejémoslo al juicio de Dios