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sábado, 14 de noviembre de 2009

Oramos siempre sin desanimarnos

Sab. 18, 14-16; 19, 6-9
Sal.104
Lc. 18.1-8


‘Jesús para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola…’ Ya la conocemos y la hemos escuchado. Es la insistencia de la viuda a pesar de la resistencia de aquel juez inocuo que al final para quitarse de encima a la viuda que le importunaba con su petición accede y le hace justicia.
Pero se pregunta Jesús que si así actuamos los hombres, ¿cómo no va Dios a escuchar la súplica que con insistencia le hacemos? Ahí tenemos la primera deducción y enseñanza que podemos sacar de esta parábola. Dios siempre nos escucha.
Pero creo que el texto da para más reflexiones. Jesús quiere que no nos desanimemos en nuestra oración, que seamos insistentes y constantes. Es cierto, primero que nada, que nuestra oración no es sólo pedirle cosas a Dios en nuestras necesidades. Si la reducimos a eso es pobre nuestra oración. Aunque también tenemos que hacerlo y con confianza absoluta en el Señor que nos escucha.
La oración es encuentro vivo con el Señor, diálogo de amor con aquel de quien nos sabemos amados y a quien nosotros queremos también amar. Es importante este punto, fundamental. Es el diálogo del hijo con el Padre, de la criatura con su Creador, del que ha sido redimido con su Redentor. Por eso, como decíamos, diálogo de amor. El nos ama, y nosotros queremos corresponder a ese amor, entramos en diálogo de amor con Dios. Y ahí tenemos ya la motivación más honda para no desanimarnos en nuestra oración.
Jesús quiere que no nos desanimemos sino que seamos constantes en nuestra oración. Siempre ponemos nuestra total confianza en Dios. No nos desanimamos aunque nos parezca que Dios no nos escucha. El Padre siempre escucha a su hijo amado, pero siempre un padre dará a su hijo lo que más le conviene. Así Dios con nosotros. Hay veces que somos egoístas e interesados en nuestra oración. Sólo pensamos en nosotros mismos y que Dios nos satisfaga nuestros caprichos. Por eso hemos de ver bien lo que vamos a presentarle a Dios en nuestra oración. Lo mejor, que invoquemos al Espíritu para que El ore en nuestro interior, nos inspire y nos ponga los mejores deseos. Es que sólo con el Espíritu podemos decir ‘Jesús es Señor’ e invocar a Dios como Padre.
Orar sin desanimarnos. Porque ya no sólo pedimos lo material para nuestra vida, por nuestras necesidades materiales. Pero quizá nos desanime la situación que vemos en nuestro mundo con hambre, con miseria, con tantas injusticias, con tanta falta de unidad y de paz, con tantas divisiones y enfrentamientos. Por eso tenemos que orar.
Todo eso nos abruma. Nos hace dirigir quizá una queja a Dios. ¿Por qué todo eso? ¿Por qué tanta miseria e injusticia? ¿Por qué tanto odio y tanta violencia? ¿Por qué sufren tantos inocentes?
Oramos sin desfallecer y oramos por todos esos problemas que afectan a nuestro mundo. Y oramos por esas personas que los sufren, pero oramos también por los que causan tantos males para que el Señor mueva sus corazones y cambien. Y oramos para que el Señor nos dé un corazón bueno y solidario. Oramos poniendo en la lista de nuestra mente o nuestro corazón a todas esas personas que pasan a nuestro lado, que a nuestro lado sufren y lloran. Y oramos por las personas buenas que hacen el bien, y trabajan por los demás, y luchan por la justicia, y quieren mejorar y cambiar nuestro mundo.
Oramos sin desfallecer porque son tantas las cosas de las que queremos hablar a Dios que nuestra oración se hace interminable. Oramos sin desfallecer aunque nos desanimen nuestros pecados y nuestras infidelidades. Oramos sin desfallecer porque Dios nos está siempre esperando para llenar nuestro corazón con su amor.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El cielo proclama la gloria de Dios

Sab. 13, 1-9
Sal. 18
Lc. 17, 26-37


‘El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos… sin que hablen, sin que pronuncien… a toda la tierra alcanza su pregón…’
Así hemos rezado y meditado en el salmo 18 proclamando la gloria del Señor de la que nos hablan todas las criaturas. Como nos enseña san Pablo en la carta a los Romanos ‘desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras…’ La creación nos está hablando del Creador. Las criaturas nos están gritando quien es Dios. El hombre debe elevarse al conocimiento del Dios Creador por la contemplación de las realidades visibles.
De esto nos ha hablado el libro de la Sabiduría en el texto proclamado hoy. Aunque lo hace como una lamentación porque ‘eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es partiendo de loas cosas buenas que están a la vista y no reconocieron su Artífice…
Nos hace falta abrir los ojos de la fe. Tener ojos capaces de admirarse ante las maravillas del mundo creado y preguntarnos por la grandeza, el poder, la sabiduría de quien tales cosas creó. ¿Quién no se queda extasiado ante los colores del cielo en un amanecer o en un atardecer? ¿Quién no se maravilla ante la belleza de un paisaje, la profundidad de las montañas, o la inmensidad de un cielo estrellado en la noche? ¿Por qué no nos preguntamos, entonces, quién está detrás de ese belleza, de esa inmensidad o de esa grandiosidad? No podemos menos que pensar en el poder infinito del Creador.
En nuestra confusión porque contemplamos la belleza y la grandeza de las cosas creadas, nos quedamos como obnubilados y cegados para no ver a Dios, sino convertirlas en Dios. Es lo que sucedía en el mundo pagano que así se creaban multitud de dioses cuando veían la belleza, la grandeza o el poder de las criaturas o las fuerzas de la naturaleza.
Pero se pregunta el autor sagrado, el sabio del Antiguo Testamento ‘si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Señor, pues los creó el autor de la belleza. Y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien lo hizo. Pues por la belleza y la magnitud de las criaturas , se percibe por analogía al que le dio el ser’.
‘Andan extraviados buscando a Dios y queriéndolo encontrar; en efecto, dan vueltas a sus obras , las exploran y su apariencia los subyuga, porque es bueno lo que ven…’
Busquemos a Dios y no nos confundamos. Admirémonos ante las maravillas de la creación pero para reconocer al Creador. Pero cuidemos también de no hacernos o crearnos dioses convirtiendo en ídolos las cosas creadas. Sigue estando en nosotros también ese peligro de la idolatría creándonos ídolos en nuestra propia belleza, saber o poder, en la riqueza o en los afanes placenteros que rodean nuestra vida. No nos creemos ídolos que nos esclavizan.
Adoremos sólo al Dios que nos da la verdadera grandeza y libertad cuando nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha elevado a la dignidad de hijos y nos ha inundado con su amor para que nosotros le amemos a El y amemos a los demás de la misma manera.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El Reino de Dios está dentro de vosotros

Sab. 7, 22-8, 1
Sal. 118
Lc. 17, 20-25


‘Unos fariseos le preguntaban a Jesús cuando iba a llegar el Reino de Dios’. ¿Será una pregunta que sólo se hacían en aquel tiempo o será una pregunta que de una forma u otra nos hagamos también hoy?
Tenemos inquietud dentro de nosotros por el Reino de Dios. Nos gustaría, por ejemplo, que la Iglesia fuera mejor considerada en nuestra sociedad, se escuchara más atentamente la voz de sus pastores sin tergiversaciones o malas interpretaciones; que la religión resplandeciera más en la vida de los hombres. Añoramos momentos de cierto triunfalismo – quizá vivido de alguna forma en épocas pasadas – con la gente en masa acudiendo a actos religiosos o manifestaciones de fe; que todo el mundo fuera creyente o que todos se convirtieran a la fe cristiana.
No está mal que tengamos esa inquietud interior porque además el espíritu misionero tiene que ser fuego ardiente en nuestro interior. ¿Veremos cosas así? ¿Será así cómo se manifieste el Reino de Dios? Jesús nos da respuesta: ‘El Reino de Dios no vendrá espectacularmente ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’.
¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Qué significan esas palabras? Por ejemplo, de entrada decir que no busquemos esas situaciones apoteósicas ni soñemos con esos triunfalismos constantinianos. La semilla del Reino de Dios se siembra interiormente en nuestro corazón, y es ahí en la transformación de nuestro corazón donde se tiene que manifestar.
Desde el corazón tenemos que aceptar que el Señor es nuestro único Dios, el que tiene que ocupar de verdad el centro de nuestra vida. Ha de ser el primer descubrimiento y el primer empeño. Y eso es lo que nos va a transformar por dentro. Cuando lo hagamos así es cuando en verdad van a germinar, florecer y fructificar esas semillas del Reino de Dios sembradas en nosotros. Y como una mancha contagiosa – la buena mancha del amor y de la justicia – se irá extendiendo e irá contagiando de un buen hacer el mundo que nos rodea.
Transformados nosotros por el Reino de Dios, ayudaremos a que los demás se transformen igualmente y así iremos transformando nuestro mundo. Así haremos que día a día más y más nuestro mundo se impregne del Reino de Dios. No podrás realizarlo en los demás si antes no se ha realizado en ti.
‘Si os dicen que está aquí o está allí, no os vayáis detrás’, nos sigue diciendo Jesús. Algunos quieren fundamentar su fe en apariciones o en milagros portentosos y los veremos corriendo de acá para allá buscando esas espectacularidades. Ha sido siempre así y así sigue sucediendo hoy. El verdadero seguimiento de Jesús no necesita de esas cosas y no se pueden convertir, entonces, es una necesidad insustituible para creer.
El Espíritu del Señor actúa en nuestro corazón y será el que nos mueve a reconocer la presencia de Dios, la presencia de Jesús en aquellas señales o signos que nos ha dejado de su presencia, en la Palabra, en los Sacramentos o en el amor de los hermanos, especialmente los más pobres. Ese es el milagro que tenemos que descubrir y admirar, que cada día o a cada instante se realiza o lo tenemos delante de nuestros ojos.
Corremos tras aquel milagro que nos cuentan, que si hubo una aparición aquí o allá, y sin embargo tenemos el milagro de la Eucaristía delante de nuestros ojos y no lo reconocemos ni lo valoramos lo suficiente.
Un día vendrá el Señor con gran poder y gloria, pero seremos capaces de verlo entonces si ahora somos capaces de ver y reconocer ese milagro de su presencia en nuestro corazón, en los sacramentos o en los hermanos. ‘El reino de Dios está dentro de vosotros’.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La actitud de acción de gracias es también actitud de humildad

Sab. 6, 2-12
Sal. 81
Lc. 17, 11-19


¡Qué insistentes y hasta exigentes somos en nuestras súplicas por las necesidades que tenemos, qué prontos para olvidar los favores recibidos y cuánto nos cuesta a veces manifestar nuestro reconocimiento y gratitud!
Se suele decir que es de corazón noble el ser agradecido y desde siempre nos enseñaron a dar las gracias a quien haya mostrado algún tipo de benevolencia con nosotros. Sin embargo ya sabemos lo que a veces nos pasa.
Hoy en el evangelio hay una queja de Jesús. ‘¿No han quedado limpios los diez?’ Eran los leprosos que habían salido al borde del camino al encuentro de Jesús y, aunque de lejos para cumplir las prescripciones de la ley mosaica sobre los leprosos, habían gritado y suplicado: ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’.
Jesús los había curado y los había mandado presentarse a los sacerdotes que eran los que podían permitirles reintegrarse a su familia y a la comunidad. ‘Mientras iban de camino quedaron limpios’. Solo ‘uno de ellos, al ver que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús’. Es cuando surge la pregunta de Jesús: ‘Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero – era un samaritano - para dar gloria a Dios? Levántate, vete, tu fe te ha salvado’.
¿Volveremos siempre sobre nuestros pasos para dar gloria a Dios? Es algo que con toda sinceridad tenemos que preguntarnos, plantearnos. ¡Son tantas las cosas que recibimos de Dios! Tendríamos que estar en todo momento dándole gracias.
Nos cuesta. La actitud de acción de gracias es también una actitud de humildad. Quizá por eso nos cueste. Reconocer nuestra pobreza y si hay algo ha enriquecido nuestra vida se lo debemos a Dios. Somos pobres y limitados y eso nos cuesta a veces reconocerlo. Nosotros que nos creemos que valemos tanto y tenemos tantas cosas. Lo que hay y se realiza en nuestra vida es siempre un don de Dios. Pero nos creemos tan grandes y poderosos - ¿pensamos quizá que tenemos el poder sobre todo? – que queremos manipularlo todo a nuestro antojo y para nuestra gloria personal.
Nos creemos que el reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida va a mermar nuestra grandeza y dignidad, cuando sucede todo lo contrario. La mayor grandeza y dignidad que tenemos como personas nos la ha dado El cuando nos ha creado a su imagen y semejanza y por la obra salvadora de su Hijo nos ha hecho a nosotros hijos, nos ha dado la dignidad de hijos de Dios. Es esa acción de Dios en nuestra vida lo que nos hace más grandes y es lo que enriquece en verdad nuestra existencia.
Quizá tendríamos que saber hacer un listado de todo cuanto recibimos de Dios. Creo que nos ayudaría mucho espiritualmente, porque nos haría dirigir más y mejor nuestro corazón a Dios. Nos haría buscar seriamente actitudes nuevas y nuevas acciones con lo que manifestaríamos ese reconocimiento y gratitud al Señor. Ese ser agradecidos desde lo hondo de nuestro corazón nos haría en verdad mejorar nuestra vida.
Que no escuchemos nunca el reproche del Señor.

martes, 10 de noviembre de 2009

La vida de los justos está en manos de Dios

Sap. 2, 23-3, 9
Sal. 33
Lc. 17, 7-10


‘La vida de los justos está en manos de Dios… ellos están en paz… esperaban seguros la inmortalidad… Dios los puso a prueba y los hallo dignos de sí… el día de la cuenta brillarán como chispas en un cañaveral…’
Hermosa reflexión del libro de la Sabiduría, uno de los llamados libros sapienciales del Antiguo Testamento. Son reflexiones muy cercanas, incluso en el tiempo, a la época de Jesús, aunque aún pertenecen al Antiguo Testamento. sin embargo notamos que un cierto sabor a la sabiduría evangélica, porque incluso tienen su resonancia en las bienaventuranzas.
‘La vida de los justos está en manos de Dios y ellos están en paz…’ No podía ser menos. Quien se confía totalmente en Dios se siente seguro y nada le hará temer. ‘El Señor es mi pastor, nada temo’. La confianza en Dios no nos aleja de la muerte, ni de dificultades y problemas que los seguiremos teniendo.
Alguno podrá pensar, como creo en Dios, ya todo me va a salir bien, voy a tener suerte en la vida y no tendré problemas. Creer en Dios y porque en Dios pones tu confianza y esperanza significará que vas a enfrentarte a los problemas y dificultades de distinta manera, no que no los vas a tener. Te sentirás fortalecido en el Señor. No perderás la paz y el equilibrio frente a las cosas que pudieran agobiarte. Desde el Señor y nuestra fe en El me sentiré como con otros recursos y fortaleza para enfrentar las situaciones.
Nos sentiremos probados, habrá momentos difíciles sin saber qué salida tomar, pero no nos faltará la fuerza y la luz del Espíritu que nos dará su Sabiduría divina. Esos momentos los veré como una prueba de la que saldré más fortalecido y purificado. ‘Lo probó como oro en el crisol’. Es a fuego donde se purifica el oro para quitar todas las escorias que lleva adheridas el metal precioso. Sólo cuando se purifique al fuego es cuando brillará en todo su esplendor.
Muchas escorias en nuestra vida, muchas cosas inservibles e inútiles de las que nos tenemos que purificar. No hemos de rehuir el fuego de la prueba, que puede ser una enfermedad, un problema que nos parece insoluble, un mal momento que nos hace sufrir y que llega a nosotros como una crisis en muchos sentidos. Pero todo esto tiene que hacernos ver la verdad de la vida, lo que es verdaderamente importante.
La prueba nunca nos debe separar del Señor, sino que en El tenemos que apoyarnos más fuertemente. Y se verá purificada nuestra fe y más madura. Y arrancaremos apegos del corazón que nos hará sentirnos más libres, esas cosas que como cachivaches vamos metiendo en nuestra vida y que como una rémora no nos dejan avanzar.
En el Señor ponemos nuestra confianza. La vida eterna de dicha sin fin junto a Dios es nuestra esperanza. Así resplandecerá un amor más auténtico y más puro.
‘Los que en El confían conocerán la verdad y los fieles permanecerán con El en el amor, porque sus elegidos encontrarán amor y misericordia’.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Iglesia en marcha y comunidad que se construye en comunión

DEDICACION BASILICA SAN JUAN DE LETRÁN
Ez. 47, 1-2.8-9.12
Sal. 45
Jn. 2, 13-22


El día 9 de noviembre litúrgicamente se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Es la Catedral de Roma, la sede del Obispo de Roma y en consecuencia del Papa, Pastor de la Iglesia universal.
La fiesta nos quiere recordar y celebrar la Dedicación, la consagración de este templo, que se le llama el templo madre de toda la cristiandad. Y es al mismo tiempo una celebración profundamente eclesial, no sólo por este aspecto de la consagración de este templo, Iglesia, sino fundamentalmente porque quiere ser un signo de la comunión de todas las Iglesias con la Sede del Papa. Es la comunión necesaria de toda la Iglesia de Jesús, de todos los seguidores de Jesús.
En el marco de esta celebración la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios el texto que hace referencia a la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. ‘El celo de tu casa me devora’, recuerda el evangelista las palabras proféticas para aplicárselas a Jesús en este gesto de querer purificar el templo de Jerusalén de aquel mercado en que se había convertido.
La clave de la comprensión de este texto está en la respuesta de Jesús a los requerimientos de los judíos pidiendo explicación de con qué autoridad hacía aquello. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les responde Jesús. No lo entienden, hablan del tiempo que habían tardado en su reconstrucción en los tiempos de Herodes, que incluso aún no había concluido, pero el evangelista nos dice que ‘él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y dieron fe a la Palabra de Jesús y a la Escritura’. Una clara referencia en principio a su resurrección.
Pero en el marco de esta celebración se nos quiere decir algo más. Hablar de ese cuerpo y de ese templo, es hablar del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, que somos todos nosotros los que creemos en Jesús. Y aquí queremos centrar nuestra reflexión.
La imagen del templo edificio que se construye nos evoca no sólo la materialidad de un edificio material que se construye, sino que nos está hablando de ese templo que somos nosotros y que es la Iglesia.
Como dice uno de los prefacios de la Dedicación de una Iglesia, ‘esta casa visible… donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros…’ Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios. Las mismas palabras lo indican; Iglesia es la convocatoria a un encuentro, los convocados a un encuentro que se encuentran unidos y reunidos; comunidad, ya la misma palabra la indica, los que viven en comunión; pueblo de Dios y familia que siempre implica que muchas se encuentran reunidos y en unidad.
Peregrinos que caminamos unidos; peregrinos hacia la Jerusalén del cielo, somos imagen y anticipo de esa Jerusalén celestial; peregrinos y constructores de esa Iglesia, de ese templo, de esa comunión que necesitamos tener los unos con los otros. ¡Cómo tenemos que cuidar la comunión entre nosotros! No puede faltar si en verdad nos sentimos Iglesia, nos sentimos familia y pueblo de Dios. Una tarea constante que tenemos que realizar. Un empeño y un compromiso, constructores de comunión. De cuántas maneras lo podemos expresar, lo tenemos que expresar en el día a día. Nunca destructores ni demoledores, siempre contribuyendo a la unidad, a la concordia, a la comunión.
Somos Iglesia en marcha, comunidad que se construye, familia que crece, cuerpo que se mantiene unido. Si nos faltara estaríamos destruyendo por la base nuestra fe, nuestro ser cristiano y no habría un auténtico seguimiento de Jesús. Que ese sea nuestro empeño.

domingo, 8 de noviembre de 2009

¿Una medida para nuestro amor?


2Rey. 17, 10-16;

Sal. 145;

Heb. 9, 24-28;

Mc. 12, 38-44

¿Cuál es la medida de nuestro amor? Se me ocurre esta pregunta después de escuchar y meditar los textos que nos ofrece en este domingo la Palabra del Señor. Dos hermosos testimonios y ejemplos escuchamos sobre todo en la primera lectura y en el evangelio. En ambos casos unas viudas capaces de dar todo lo que tienen. ¿Cuál era la medida de su amor?
El libro de los Reyes nos habla de la viuda de Sarepta a la que el profeta le pide en principio un poco de agua y luego un trozo de pan. ‘Por favor, tráeme un poco de agua… tráeme también un trozo de pan…’ La respuesta de aquella mujer manifiesta su pobreza: ‘No tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza… voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos…’
Pero el profeta le hace poner su confianza en Dios. ‘Anda, no temas, prepáralo como has dicho….así dice el Señor Dios de Israel: la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra…’ La mujer con la confianza puesta en Dios ‘hizo como le había dicho Elías y comieron él, ella y su hijo… ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó…’ La confianza en Dios hizo el milagro. Y el milagro fue la generosidad de aquella mujer capaz de desprenderse de lo poco que le quedaba porque se fiaba de la palabra del Señor por el profeta.
En el evangelio es otra la situación, pero se trata de la mujer viuda que fue capaz de desprenderse también de todo lo que tenía para vivir para poner su limosna en el cepillo del templo. ‘Jesús estaba sentado enfrente del arca de las ofrendas en el templo…’ Observa Jesús lo que sucede. ‘Muchos ricos echaban en cantidad; pero se acercó una viuda pobre y echó dos reales’. Ya conocemos el comentario y la alabanza de Jesús: ‘Esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Por eso la pregunta que me hacía desde el principio. ¿Cuál es la medida de nuestro amor? Porque nos podemos ver gratamente sorprendidos y hasta emocionados por la actitud de estas dos viudas pobres de las que nos ha hablado la Palabra de Dios, pero ¿hasta dónde estamos dispuestos a imitarlas? ¿Hasta donde llega nuestro desprendimiento?
Me preguntaba por la medida de nuestro amor, pero es que muchas veces andamos midiendo lo que hacemos por los demás, lo que damos o hasta donde nos damos nosotros, pero con una medida de tacañería. Siempre nos parece que es suficiente o que es mucho lo que hacemos o damos. Nos parece que si damos de lo nuestro luego nos va a faltar. Siempre andamos haciéndonos nuestros cálculos.
No podemos olvidar que el hombre encuentra la vida cuando ama y se da con generosidad. Porque de eso se trata, de darse. Aun con nuestros egoísmos pasamos por dar cosas. Quizá hasta decimos que somos generosos y damos de aquello que nos sobra. pero ahí falta una actitud interior que de verdad nos enriquezca; una actitud interior de amor real, que nos lleve al desprendimiento, que nos lleve a la generosidad, que nos lleve a la donación de sí mismo. Que no son sólo cosas lo que hemos de dar. Pero ¿qué es lo importante, dar o darse?
No podemos vivir de fachadas. Recuerdo que en un viaje en una ciudad nos enseñaban una casa con una fachada muy hermosa y muy llena de arte; pero el guía nos decía que allí no vivía nadie, no se podía vivir porque la profundidad que tenía la vivienda era tan poca que la hacía inhabitable. Era sólo fachada. Cuidado que así seamos nosotros algunas veces.
Cuando Jesús está observando a los que echaban dinero en el cepillo del templo, antes nos había prevenido de aquellos que sólo vivían de lo exterior. ‘Cuidado con los letrados: les gusta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos… esos recibirán la sentencia más rigurosa’. Sólo fachada y apariencia pero con el corazón vacío. Falsedad e hipocresía.
Es el amor el que va a dar verdadera profundidad a nuestra vida. Para que no seamos sólo fachada. Porque es con un amor generoso y sin medida cómo tenemos que aprender a hacer las cosas. No por cumplimiento, ni para quedar bien; no para que vean lo generoso que soy y pueda recibir alabanzas por ello. Ya nos dice Jesús ‘que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’.
Cuando lo hacemos con amor verdadero seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, porque sólo pensamos en darnos y el bien que podamos hacer al otro. Porque amar es eso, darnos y entregarnos, sin buscar alabanzas ni recompensas. La única satisfacción es el amor mismo que nos hace llenarnos así de Dios.
El que ama y se da con generosidad es el que encuentra la verdadera vida, la vida de Dios. Y la persona que vive en Dios es la que ama y la que es capaz de desprenderse de todo. Como lo hizo Jesús, que se desprendió de su vida y dio hasta la última gota de su sangre por nosotros.
Por eso a la pregunta que nos hacíamos al principio a mi se me ocurre responder. La medida de nuestro amor tiene que ser Dios, el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta en Jesús. Que así sea siempre nuestro amor.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Fidelidad en las cosas pequeñas

Rom. 16, 3-9.16. 22-27
Sal. 144
Lc. 16, 9-15


Como una prolongación del mensaje de la parábola del administrador injusto nos deja Jesús una serie de sentencias de rico contenido.
Nos viene a decir que hemos de santificarnos en esas cosas de cada día que traemos entre manos, ya sean tan pequeñas e insignificantes que nos parezcan sin importancia como en las cosas materiales como el dinero o las riquezas que tenemos que administrar. Es ahí en ese lugar concreto y con esas cosas concretas donde nos quiere Dios y ya hemos de saber utilizarlas de modo que no nos impidan que Dios sea el único Señor de nuestra vida, como de saber utilizarlas con honradez y responsabilidad de modo que sean un camino seguro de nuestra santificación.
Fijémonos en cosas concretas que nos señala Jesús. ‘El que es de fiar en lo menudo… el que es honrado en lo menudo… también en lo importante es de fiar… es honrado’. No podemos decir yo no me fijo en esas menudencias, esas cosas sin importancia, me reservo para cosas grandes. Es un error. ¿Quién te ha dicho que se te van a confiar cosas grandes? Además las menudencias, pueden ser un buen entrenamiento y un aprendizaje para las cosas grandes. Pero es que además está en juego la fidelidad. Y la fidelidad hemos de tenerla también en las cosas pequeñas.
Como había hablado del administrador injusto que no había sabido ser responsable, sino más bien corrupto en la administración de los bienes que se le habían confiado, nos habla ahora de la necesaria responsabilidad y fidelidad también en esas materialidades de la vida como puede ser el dinero. ‘Si no fuisrtes de fiar en el vil dinero, ¿quién os va a confiar lo que vale de veras?’ No lo olvidemos, somos unos simples administradores, pero que hemos de saber ser fieles hasta en lo más pequeño.
Pero además vendrá a decirnos que nunca el dinero o la riqueza pueden ocupar el lugar de Dios. ‘Ningun siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo’. Y tajantemente nos dice: ‘No podéis servir a Dios y al dinero’.
¡Cómo se adueña de nuestra vida si no estamos lo suficientemente vigilantes, el dinero y la riqueza! ¡Qué fácilmente nos hacemos avaros y egoístas con la ambición de la posesión de las riquezas! Fácilmente se convierten en dioses de nuestra vida. De ahí la sentencia de Jesús.
Por allá estaban ‘los fariseos, amigos del dinero y se burlaban de él’. Quienes tienen apegos en el corazón les cuesta mucho entender que las cosas puedan ser de otra manera. Además, en consecuencia, lo que les decía Jesús les resbalaba por su endurecida conciencia. ‘Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro’, les desenmascara Jesús. Terminará diciéndoles: ‘La arrogancia de los hombres, Dios la detesta’. Dios que se revela y se manifiesta no a los arrogantes, que se creen sabios y entendidos, sino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Astucia, sagacidad, esfuerzo, sacrificio…

Rom. 15, 14-21
Sal. 97
Lc. 16, 1-8


Una parábola que siempre desconcierta. Y nos desconcierta porque nos habla de un administrador injusto, o sea, de alguien que no está actuando correctamente y si mal había administrado antes que su amo le pidiera cuentas, después se vale de su cargo para hacer sus apaños corruptos que le beneficiarían a posteriori.
¿Qué nos quería decir Jesús? ¿por qué nos propone esta parábola tan desconcertante a primera vista? Porque ciertamente la parábola casi termina con una felicitación del amo por la astucia con que actuó. ¿Nos justifica eso las malas mañas? Seguro que no. Por eso hemos de buscar el verdadero sentido de la parábola y no quedarnos en apariencias.
Pero Jesús sí nos hace pensar con su sentencia final. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. El que obra el mal se vale de lo que sea para conseguir sus fines. Pone su empeño, su ingenio, todo lo que sea por conseguirlo.
Y nosotros ¿qué hacemos? ¿en verdad nos esforzamos por mostrarnos siempre como hijos de la luz? Tenemos de nuestra parte la verdad de Dios, a Jesucristo y su evangelio; sabemos cuál es el camino de rectitud, de amor, de justicia por el que tenemos que caminar; se nos ofrece la vida eterna, la gloria del cielo como premio, ¿nos afanamos por conquistarla? ¿Qué camino preferimos o escogemos? ¿El camino del amor, de la justicia, de la verdad, la santidad, o buscamos otras cosas donde simplemente nos dejemos arrastrar por la pasión, envolver por nuestro egoísmo, seducir por la pereza y el engaño?
Lo que nos cuesta esfuerzo lo dejamos de lado para otro momento. Lo que nos exige superación, ya en otro momento comenzaremos. Esa lucha con la tentación y contra el pecado, vamos a ver qué es lo que podemos hacer porque es difícil, decimos.
Algunas veces por evitar el esfuerzo o el sacrificio vivimos una vida ramplona donde no crecemos espiritualmente, sino que más bien tenemos la tendencia de ir hacia atrás, hacia el pecado.
Esa sagacidad y astucia – dos palabras que aparecen en la parábola y en el evangelio – tendrán que significar ese esfuerzo, ese sacrificio, esos deseos de crecimiento y superación. Aunque nos cueste.
El deportista que quiere alcanzar una meta y un triunfo en su competición deportiva, tiene que sudar la camiseta, se suele decir. Será el entrenamiento previo y duro, y será toda la tensión y el esfuerzo en el momento de realizar la prueba. Es lo que necesitamos en nuestra vida cristiana, en el camino de nuestra fe y seguimiento de Jesús. Por eso El nos hablará en otras partes del evangelio de ser capaces de cargar la cruz.

Jesús se acerca a todos y todos se acercan a Jesús

Rom. 14, 7-12
Sal. 26
Lc. 15, 1-10


Jesús se acerca a todos y todos se acercan a Jesús. No hace ninguna discriminación. ‘Su gozo es estar con los hijos de los hombres’, como dice la Escritura.
Lo vemos a la orilla del lago con los pescadores o caminando los caminos de Palestina. Le veremos en la casa de la suegra de Pedro, yendo a la casa de Jairo, comiendo a la mesa de un fariseo, u hospedándose en la casa del publicano Zaqueo.
Todos le buscan y quieren escucharle. Todos quieren tocarle o que El ponga su mano sobre ellos. La mujer pecadora se atreverá a introducirse en casa de Simón, el fariseo, y poner a sus pies para lavárselos con sus lágrimas y ungirlo con caros perfumes, o Mateo hará un banquete con sus amigos los publicanos para invitar también a Jesús. Los niños llegan hasta El porque sus madres los traen para que los bendiga o aquellos hombres se atreverán a romper la terraza para bajar hasta los pies de Jesús al paralítico.
Es Dios con nosotros que camina en medio nuestro y siente como suyas nuestras preocupaciones y anhelos, nuestras debilidades y flaquezas, y para todos tiene un corazón acogedor y misericordioso para impulsarnos a que vayamos hasta El porque en El vamos a encontrar nuestro descanso y nuestra paz. Muchos textos y páginas del evangelio podríamos recorrer y recordar en este sentido.
Como sucede siempre surgirá la envidia o el puritanismo de algunos que se creen más puros o más merecedores que nadie y a quienes no les gustará esa actitud abierta y misericordiosa de Jesús para con todos y en especial para los pecadores. Nos lo dice hoy el evangelio.
‘Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No será sólo en esta ocasión donde contemplemos esa actitud discriminatoria y despreciativa de los fariseos y los letrados.
No importa que ellos se pongan a murmurar así, porque esto dará ocasión y motivo para que Jesús nos deje hermosas y bellas parábolas y el rico mensaje del amor y la salvación que Dios ofrece para todos.
Nos hablará hoy del ‘pastor que tiene cien ovejas y se le pierde una, o de la mujer que pierde la moneda preciosa’, para indicarnos cómo Dios nos busca hasta que nos dejemos encontrar por su amor, pero también para hablarnos de ‘la alegría del cielo por un solo pecador que se convierta’.
Es un gozo el mensaje que nos deja Jesús. Nos manifiesta una vez más el rostro misericordioso de Dios que tanto nos ama y que nos busca y espera nuestro regreso. Nos busca hasta encontrarnos y nos lleva sobre sus hombres para curar nuestras heridas. Nos busca para lavarnos de nuestras manchas y miserias y para vestirnos del traje nuevo de fiesta, de la gracia y de la vida nueva, como nos dirá más adelante en la otra parábola que todos conocemos como la del hijo pródigo o que podemos llamar también del padre misericordioso.
Dios sigue buscándonos y ofreciéndonos su amor. Su Palabra sigue llamándonos y nos invita una y otra vez para que vayamos hasta El para vestirnos de su gracia. Sigue llamándonos y ofreciéndonos el traje de fiesta de la gracia en los sacramentos donde podemos experimentar una y otra vez ese gozo del reencuentro y del perdón, esa alegría honda del perdón recibido, esa fiesta del banquete del Reino de Dios, cuando en la Eucaristía se nos da y se nos ofrece como comida, como alimento de gracia donde le comemos a El mismo que así se quiere hacer vida para nosotros.
No nos olvidemos y nos cansemos de darle gracias a Dios por tanto amor, por el perdón que nos ofrece, por la vida nueva que nos da. Que nosotros también por nuestra misericordia y amor para con todo hermano manifestemos ese rostro de amor de Dios.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Tendremos que conocer la meta antes de emprender el camino

Rom. 13, 8-10
Sal. 111
Lc. 14, 25-33


‘¿Quién de vosotros si quiere construir una torre no se sienta primera a calcular los gastos a ver si puede terminarla?’ El evangelio dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Siguen a Jesús, pero ¿por qué le siguen? ¿hasta donde están dispuestos a llegar? Y a la hora de plantear el interrogante no sólo les habla de construir la torre sino también del rey que va a hacer la guerra.
¿Qué nos quiere decir Jesús? Creo que nos quiere hacer pensar. Tendríamos que conocer la meta antes de emprender el camino. Tendremos que conocer los planes antes de iniciar una obra. Tendremos que conocer las exigencias antes de hacer una opción de vida. Tendremos que conocer cuál es el sentido de Cristo antes de decir que nos llamamos cristiano.
La cosa es seria. Si queremos seguir a Jesús necesariamente tenemos que querer conocerle, buscarle a fondo, como aquellos primeros discípulos que preguntaban ‘Maestro, ¿dónde vives?’ y es que nos encontramos con muchas carencias en el conocimiento de Cristo y su evangelio, lo que es su plan de vida y salvación. ‘¿Dónde vives?’ es algo más que saber un lugar. Alegremente nos llamamos cristianos sin haber profundizado lo suficiente en lo que es el meollo de nuestra fe.
Nos decimos cristianos y nos contentamos con vivir como todos, sin diferenciarnos mucho de los que no tienen fe o tienen otros planteamientos distintos en la vida y distantes de lo que son los principios cristianos o lo que nos dice el evangelio. Muchas veces por ignorancia, vamos a decir.
Hemos de tener claro que cuando hacemos una opción por Jesús, o sea, nos decidimos a ser cristianos de verdad, porque queremos seguirle y ser sus discípulos, hemos de saber bien qué camino emprendemos, cuál es el sentido que quiero darle a la vida, cuál el planteamiento que me hago en mi relación con Dios, conmigo mismo, con los demás o con la sociedad y el mundo en el que vivo. Eso nos exigirá ese conocimiento de Jesús, de su evangelio, de lo que es la doctrina cristiana, o sea, en qué consiste la fe que tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos habla en el evangelio de renuncias, de tomar la cruz para seguirle, de qué es lo que tengo que poner en primer lugar en mi vida. Precisamente por esto último, por cuál es la cosa que va a tener lugar preferencial en mi vida, es por lo que Jesús nos habla de esa renuncia y de esa cruz, de ese valor relativo que tengo que darle a las cosas materiales, etc…
Quitar esos apegos del corazón suele ser algo doloroso. Ir a la contra de lo que es el sentido del mundo para poner a Dios y su amor en el primer lugar y en el centro de mi vida, es algo que nos tiene que costar. Decir no a cosas que nos pueden encantar puede ser algo costoso y difícil en ocasiones. Muchas son las cosas, e incluso las personas y uno mismo que tengo que posponer para en verdad llamarme su discípulo.
Vivir en un estilo de amor generoso hasta el límite de lo infinito algunas veces nos puede costar porque bien sabemos que se nos mete el egoísmo, el orgullo y tanta pasión por medio que nos hace tambalearnos.
Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío… quien no renuncia todos sus bienes…’, que le atrapan y le esclavizan, ‘no puede ser discípulo mío’.
‘A nadie debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley’,
que nos decía san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Amar es cumplir la ley entera’. Es lo que nos pide Jesús.

martes, 3 de noviembre de 2009

Unas pautas para la comunión y la unidad entre hermanos

Rom. 12, 5-16
Sal. 130
Lc. 14, 15-24


¡Qué maravillosa y admirable es la unidad que existe entre todos los que creemos en Jesús y nos unimos a El por la gracia y los sacramentos! San Pablo nos lo expresa con la imagen del cuerpo en la que todos los miembros están unidos formando una unidad y están todos en función los unos de los otros. En varios lugares de sus cartas nos presenta la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. Es lo que hoy hemos escuchado en esta carta a los Romanos.
‘Nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros’. Y nos habla a continuación que aquellos dones o carismas que hayamos recibido no están en función solo de nosotros mismos, sino en función de todo el cuerpo. En el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia cada uno de sus miembros, o sea nosotros los que creemos en Cristo y en virtud de esa fe nos unimos a Cristo y formamos ese cuerpo, esa unidad, con lo que somos, con los dones recibidos estamos llamados a enriquecer la unidad de la Iglesia.
Nos hablará de la predicación, del servicio, de la administración, del ejercicio de la caridad, de la presidencia en el amor todo para el bien de los demás, para el bien de la comunidad. No somos para nosotros mismos sino para los demás.
Pero todo esto no lo podemos hacer o realizar como si fuera una imposición, o un mero cumplimiento, porque el corazón estaría bien lejos de lo que hacemos. Todo tiene que estar impulsado por el amor.
El apóstol nos da unas pautas. Nos habla de autenticidad –‘que vuestra caridad no sea una farsa’, viene a decir – nuestro amor tiene que nacer desde lo más hondo del corazón; habla de bondad para con todos, de atención, cuidado e intensidad en lo que hacemos – ‘como buenos hermanos sed cariñosos unos con otros’ -; nos habla de la alegría y de la esperanza – ‘que la esperanza os tenga alegres’ nos dice - , de la hospitalidad y de la acogida a todos –‘contribuid a las necesidades del pueblo de Dios, practicad la hospitalidad’ -.
Nos habla de capacidad de comprensión, aguante y perdón – ‘bendecir a los que os persiguen, bendecir, sí, no maldigáis’ – nunca podremos desear mal al otro sino que todo tendrán que ser deseos de bendición; de cercanía y solidaridad – ‘con los que ríen, estad alegres, con los que lloran, llorad’ -; de sencillez y humildad y en consecuencia lejos la arrogancia y las ambiciones desmedidas – ‘tened igualdad de trato unos con otros, no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde’ – porque entre hermanos no caben suspicacias ni envidias.
Y todo con espíritu de fe y alimentado con la oración – ‘servid constantemente al Señor… sed asiduos en la oración’ – porque sólo con la fuerza del Señor podremos lograrlo.
¡Qué texto más hermoso! ¡Qué distinta seria nuestra vida, nuestras relaciones mutuas, nuestra convivencia si nos dejáramos conducir por estas pautas! ¡Qué distinto a la prepotencia con que nos relacionamos, las vanidades que mueven nuestras relaciones y deseos!
Todo es cuestión de dejarse conducir por el espíritu del amor. Es el distintivo del cristiano, aunque a veces parece que lo olvidamos. Porque nos amamos tenemos que saber estar al servicio de los otros. Porque nos amamos aquello que tengo yo, ya no es solo mío sino que también es de mi hermano, está al servicio del hermano. Porque nos amamos y haya esa hermosa comunión, esa hermosa unidad entre nosotros todo lo que somos y valemos hará crecer precisamente más y más esa comunión y esa riqueza mutua.

lunes, 2 de noviembre de 2009

A los que han muerto admítelos a contemplar la luz de tu rostro

Lam 3, 17-26
Sal. 24
Mc. 15, 33-39; 16, 1-6


Si ayer celebrábamos la gran fiesta de la Iglesia, de Todos los Santos, y contemplábamos a quienes en la Jerusalén del cielo eternamente alaban a Dios con el Cántico del Cordero, el cántico de los vencedores que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero, y al mismo tiempo queríamos echar una mirada a los que peregrinos aún en esta tierra quieren vivir en fidelidad y santidad, hoy queremos recordar, contemplar y sentirnos en una comunión solidaria con aquellos que habiendo salido ya de este mundo se purifican para poder entrar en el Banquete de las Bodas eternas.
Es la conmemoración de todos los fieles difuntos que hacemos en este día. Un día en el que, aún enfrentándonos a la cruda y dolorosa realidad de la muerte, sin embargo no queremos vivir desde la amargura sino desde la esperanza.
Es cruda y dura le realidad de la muerte a la que todos tenemos que enfrentarnos. Ya sea en la desaparición de nuestros seres queridos, familiares, amigos, conocidos, personas cercanas a nosotros, ya sea en esa realidad de la muerte que estamos viendo todos los días a nuestro alrededor, muchas veces muy dolorosa como consecuencia de la violencia de la vida manifestada en tantas cosas, ya sea la realidad de nuestra propia muerte a la que un día tenemos que enfrentarnos y que nos lo recuerda la propia debilidad de nuestro cuerpo, las enfermedades o también los achaques como consecuencia de la longeva edad.
Pero ante el hecho de la muerte nosotros no sufrimos como los hombres sin esperanza, como nos lo recuerda san Pablo en ese texto de la carta a los Tesalonicenses que tantas veces habremos escuchado y meditado. Nuestra esperanza está en el Dios de la vida. Nuestra esperanza está en Jesucristo, muerto y resucitado.
Sí, Jesús, el Hijo del Dios vivo que se hizo hombre como nosotros asumiendo nuestra naturaleza humana en toda su condición; asumiendo también el hecho de la muerte. Lo contemplamos muerto en la Cruz, pero lo contemplamos vivo y resucitado. Va delante de nosotros asumiendo nuestra realidad humana porque quiere conducirnos a la vida, y a una vida sin fin.
Cristo resucitó y quiere así llevarnos a nosotros a la vida. ‘Sé que mi Redentor vive’, decía el santo Job. Y, desde la experiencia dura de dolor que experimenta en su vida - muerte de sus hijos, pérdida de sus posesiones, enfermedad que envuelve su vida, desprecio de amigos y conocidos -, porque mi Salvador vive, sabe que él también vivirá. Podemos sentirnos abrumados por el dolor o la muerte que nos aterra, como veíamos en el autor de las Lamentaciones - ‘Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza…’ decía el autor sagrado -, para enseguida sin embargo reacciona y pone toda su confianza en ‘la misericordia del Señor que no termina y en la compasión que no acaba’. Así nos confiamos en el Señor.
En la liturgia lo expresamos de muchas maneras. Cuando pedimos por los difuntos en la plegaria eucarística decimos ‘a cuantos murieron recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas’.
Llegaremos al Reino eterno de Dios. Es nuestra esperanza y eso pedimos para el que ha muerto. Pero decimos más, vamos a gozar de la plenitud eterna de la gloria de Dios. ¿No hay ansias de plenitud en nuestro corazón? Pues esa es nuestra certeza y esperanza. Pero aún más, podremos contemplar cara a cara a Dios. ¿Todos no deseamos ver a Dios, conocerle tal cual es? Lo podremos contemplar, pero la dicha está además en que seremos para siempre semejantes a El. Así nos unimos a Dios.
¿Queremos más razones para la esperanza? ¿Queremos más motivos para que el recuerdo de nuestros difuntos no sea para el llanto y la amargura? Por supuesto que sentimos la pena y el desgarro de la separación, pero nuestros lloros, ¿no serán muchas veces una falta de fe y de esperanza?
Iremos a gozar de la visión de Dios ¿por qué tenemos miedo? Tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos estén gozando de esa visión de Dios y para eso rezamos por ellos, ¿por qué tantas lágrimas y tanta amargura? Recemos, pidamos por ellos, con esperanza, con confianza en la Palabra del Señor. ‘A todos los que han muerto en tu misericordia admítelos a contemplar la luz de tu rostro… concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz’.
Es por eso por lo que podemos dar gracias a Dios, como hacemos en uno de los prefacios ‘porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección… quiso entregar su vida para todos tuviéramos vida eterna’.
Todo esto tiene que motivarnos a que no tengamos miedo a nuestra propia muerte. En el temor del Señor, sí, nos prepararemos tratando de vivir en la santidad a la que estamos llamados, apartando de nosotros el pecado pero, acogiéndonos a la misericordia infinita de Dios, nos ponemos en sus manos amorosas de Padre.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La fiesta de Todos los Santos es la fiesta de toda la Iglesia


Apoc. 7, 2-4. 9-14;

Sal. 232;

1Jn. 3, 1-13;

Mt. 5, 1-12


Una fiesta importante para los cristianos la que hoy celebramos. Una fiesta, podemos decir, de toda la Iglesia o, si queremos, una fiesta en que celebramos a toda la Iglesia. Me explico. Decimos que celebramos hoy a todos los Santos. ‘Nos has otorgado celebrar en una misma fiesta a todos los santos’, decimos en la oración litúrgica. Pues bien, por eso mismo, es la fiesta de toda la Iglesia.
Nuestra mirada se dirige quizá en primer lugar a la ‘Jerusalén celeste, a la asamblea festiva de todos los santos que ya en la gloria del cielo eternamente alaba al Señor’. La Iglesia triunfante, decimos. Esa multitud incontable de la que nos ha hablado el Apocalipsis que cantan el cántico eterno de la gloria de Dios.
Pero, como sabemos, muy unida a esta fiesta está la conmemoración que el día 2 de noviembre hacemos de aquellos que han muerto y que purificándose en el purgatorio esperan llegar también a la gloria del cielo. Nosotros nos sentimos también unidos a ellos y por ellos oramos para que pronto puedan ya participar de la Jerusalén celestial. Dicha conmemoración, como ya reflexionaremos en otro momento, es también para la Iglesia una fiesta y celebración de esperanza.
Pero hoy también contemplamos y celebramos a la Iglesia que peregrina aún en la tierra, los santos que en medio de nosotros están caminando como nosotros peregrinos hacia esa patria del cielo; peregrinos todos nosotros que hemos de ser santos porque para eso fuimos consagrados en el Bautismo; nosotros que queremos ser santos y a pesar de nuestra debilidad y tropiezos queremos vivir en fidelidad al espíritu de las Bienaventuranzas que Cristo nos deja y enseña como verdadero camino de santidad.
Cuando nos miramos a nosotros mismos tan pecadores nos pueden parecer utópicas estas palabras que ahora nos están sirviendo de reflexión. Pero tenemos que ser utópicos y soñadores que con ilusión y esperanza queramos recorrer ese camino. Nos hace falta mirar hacia lo alto, aspirar a alcanzar los más altos niveles de santidad porque no es propio de un cristiano que se toma en serio su condición quedarse en la mediocridad, en simplemente irnos arrastrando sin más, porque sería además la manera de que nunca lleguemos a alcanzar esas altas cotas de la santidad.
Digo altas cotas, pero eso no significa que sean inalcanzables, porque además si nos fijamos bien en el evangelio Jesús no nos pide habitualmente heroicidades sino la fidelidad de las cosas pequeñas y sencillas que se hacen grandes por el amor. Es el camino de las Bienaventuranzas que hoy nos propone.
Sin seguir adelante, dejadme deciros una cosa; las bienaventuranzas que Jesús nos propone son su autorretrato. Miramos el espíritu de las Bienaventuranzas y como al trasluz a quien estamos viendo a Jesús. En ellas está retratada su vida, sus actitudes, su entrega, su amor. Y a ese Cristo lo vemos caminando a nuestro lado, en medio de nosotros, en tantos que calladamente y con sencillez viven, quieren vivir el espíritu de las Bienaventuranzas.
Jesús nos está diciendo que es el camino verdadero que nos lleva a la dicha, a la felicidad. Nos cuesta a veces entenderlo. Depende de verdad en lo que nosotros hayamos puesto como ideal o meta de felicidad. Cuando queremos impregnarnos del espíritu del evangelio quizá choquemos con la manera de pensar del mundo.
Algunos no conciben que se pueda ser feliz si no tienen de todo como si la abundancia de las cosas o la posesión de las riquezas sea lo único que les diera la felicidad llenando así su vida de mil cachivaches sustitutivos de lo que les falta en lo más hondo; piensan en pasárselo bien en la vida despreocupándose de todo y de todos; sólo se preocupan de sí mismos no permitiendo que nada ni nadie interfiera en su vida con problemas o sufrimientos, porque eso les podía mermar su aparente felicidad; que nada ni nadie los haga sufrir; lo importante es ganar o estar en el pedestal de la fama del poder o de la gloria a costa de lo que sea; los problemas del mundo o de los demás, que cada uno se las arregle; sólo piensan en disfrutar y pasárselo bien.
Claro que a quienes así piensan les puede sonar raro o inútil lo que Jesús nos propone, porque ellos no se van a complicar la vida. Pero ¿se es feliz así de verdad? ¿tendrán una felicidad duradera y que a la larga les haga sentirse bien por dentro? ¿no será todo vanidad y vacío interior?
Nosotros queremos mirar el sentido de lo que Jesús nos propone en el evangelio y de manera especial en las Bienaventuranzas. Y, como decíamos antes, esa mirada no es otra que mirar a Jesús, mirar lo que Jesús hacía y lo que era en verdad su vida. Y queremos tener una mirada sincera, auténtica porque también nosotros sentimos la tentación de lo que describíamos antes en el espíritu del mundo; nos sentimos muchas veces atraídos por esos cantos de sirena. Y hasta podemos tener la tentación algunas veces de poner en duda las palabras de Jesús.
Pobres y sin apegos, sintiendo hondamente la inquietud por los demás, por su bien, por su dicha y felicidad, aunque eso algunas veces nos haga sufrir; alejando de nosotros la malicia del corazón; haciendo nuestras las preocupaciones de los demás y queriendo poner nuestro granito de arena de cada día para que todos vivamos en paz; no temiendo el sufrir la incomprensión o el sarcasmo de los otros porque nosotros hayamos optado por una vida así; poniendo toda nuestra confianza en Dios, porque sabemos que es Padre, pero aprendiendo también a confiar en el hombre – cuánto necesitamos esa confianza de los unos en los otros – podíamos decir que son como traducción a hechos concretos lo que formula Jesús en la Bienaventuranzas; si lo hacemos así estaremos dando pasos y pasos muy certeros y seguros por el camino que nos conduce a la felicidad más plena, que nos conduce a una dicha sin fin.
No se nos piden cosas extraordinarias sino que lo extraordinario está en esa fidelidad a esas pequeñas cosas con las que sabemos que en verdad estamos construyendo el Reino de Dios. Y queriendo vivir todo eso hay muchos a nuestro lado que muchas veces nos pasan desapercibidos, pero que ahí están calladamente construyendo el Reino de Dios. Son esos santos que hoy también celebramos, porque como decíamos también tenemos que echar una mirada y celebrar a los santos de nuestro alrededor.
Que los santos que ya están en el cielo y que lo único que hicieron mientras peregrinaron por esta tierra fue el vivir el espíritu de las Bienaventuranzas de Jesús, sean para nosotros poderosos intercesores en el cielo para alcanzarnos del Señor esa gracia que tanto necesitamos y nos ayude a vivir ese camino de santidad, ese camino verdadero de dicha y felicidad.
Por último decir que celebrar esta fiesta de todos los Santos no la podemos entender sin nuestra fe en la resurrección y en la vida eterna. Sin esta fe y esperanza todo lo otro podría carecer de sentido. Porque es en esa vida eterna, en ese cielo al que aspiramos donde podremos vivir esa felicidad total, en plenitud y por toda la eternidad con Dios. Por eso pediremos en esta liturgia que ‘pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos’. Cuando comemos a Cristo en la Eucaristía se nos está dando en prenda la vida futura.

sábado, 31 de octubre de 2009

Vanidades, apariencias, oropeles, primeros puestos… ¿qué nos dice Jesús?

Rom. 11, 1-2.11-12.25-29
Sal. 93
Lc. 14, 1.7-11


En la vida andamos muy llenos de vanidades y apariencias. El enemigo malo nos tienta y nos quiere seducir atacándonos precisamente por esos caminos de orgullo y vanidad. Prestigios, reconocimiento, sueños de grandeza ocultan quizá la realidad pobre que llevamos por dentro.
Aunque no tengamos, aparentamos tener; rodeamos la vida de brillos de oropeles ocultando quizá la pobreza de nuestro ser. Cuando no tenemos esa riqueza interior del ser en sí mismo, nos cubrimos de oropeles, de falsos brillos de oro que nada son y que pronto pasan y se desvanecen.
Cuando se nos quiere hacer pensar para que nos demos cuenta de lo que verdaderamente es importante en la vida, se nos dice que es más importante el ser que el tener. Lo que somos en nosotros mismos vale muchísimo más que todo lo que podamos poseer en lo exterior. Pero en nuestros sueños ambiciosos gastamos toda nuestra vida en tener y cuando no podemos tener en apariencias, pero no empleamos el más mínimo esfuerzo en cultivar nuestro ser interior.
Me ha dado pie a estos pensamientos lo que contemplamos hoy en el evangelio y lo que Jesús quiere enseñarnos. Lo habían invitado a comer ‘en la casa de un fariseo principal’ y observa cómo el resto de invitados poco menos que se da de codazos para ocupar los puestos de honor en la mesa del banquete.
Ya sabemos que el que lo había invitado era un fariseo muy importante y, como es de suponer, el resto de invitados tenían que amigos de este hombre y de su partido. Por otra parte, deduciendo de otros momento del evangelio, sabemos también cuál era el estilo de aquella gente; les gustaba las reverencias y reconocimientos, se ponían en pie en las sinagogas para rezar delante de todo el mundo y todos los vieran, poco menos que tocaban campanillas en las esquinas cuando iban a dar limosna para que todos supieran lo buenos y generosos que era, eran de los que buscaban primeros puestos y asientos de honor en cualquier reunión.
Jesús aprovecha la ocasión para darnos la lección; parte de la vida para dejarnos su mensaje. ‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal…’ les dice Jesús. ‘Vete a sentarte en el último puesto…’ ¡Qué vergüenza si te hacen ceder el puesto que has escogido porque hay otro más importante que tú! Si ocupas el último lugar puede venir el que te invitó y llevarte a un puesto mejor…
Y sentencia Jesús: ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Es el estilo de Jesús que tiene que ser el estilo del cristiano. Lo podemos contemplar en muchos textos y lugares del evangelio. ‘Venid y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’, nos dice Jesús.
San Pablo nos habla de que siendo de categoría divina se despojó de su rango, se anonadó, se hizo como uno de tantos, se sometió a muerte de cruz… Y en la cena pascual lo vemos postrarse delante de los discípulos para lavarles los pies. ‘Me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, así tenéis que lavaros los unos a los otros…’ Cuando los discípulos se pelean por los primeros puestos les dice que hay que hacerse los últimos, los servidores y esclavos de todos.
No nos valen las apariencias ni las vanidades. Nuestro estilo es el de la sencillez, la humildad, el servicio. Esa es nuestra verdadera grandeza si queremos seguir a Jesús, si queremos vivir a Jesús, como tiene que ser nuestro ideal.

viernes, 30 de octubre de 2009

La auténtica celebración del día del Señor

Rom. 9, 1-5
Sal. 147
Lc. 14, 1-6


Con diferencia de pocos versículos - realmente en el capítulo anterior – nos encontramos con otro caso de una curación en sábado y ante lo cual Jesús hace razonar con semejantes palabras.
En el capítulo anterior – lo escuchamos el lunes – se nos habló de la mujer encorvada y el milagro tiene lugar en la sinagoga con la reacción airada del jefe de la sinagoga: ‘Tenéis seis días para trabajar: venid esos días a que os curen y no el sábado’.
Ahora no es en la sinagoga sino ‘en casa de uno de los principales fariseos’ donde habían invitado a Jesús a comer. También es sábado. Ahora es un hombre con una hidropesía. ‘Le estaban espiando’, dice el evangelista. Ya se imaginaban lo que Jesús iba a hacer, por eso estaban al acecho. Jesús se les adelanta. Les pregunta. ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’
Si se consideraba un trabajo, la ley judía prohibía todo trabajo el sábado porque era el día dedicado al culto al Señor. Sin embargo, también podíamos preguntarnos si venían a que Jesús los curara cual si se tratara de un médico, o buscaban en Jesús un poder superior, sobrenatural, de acción de Dios. Si esto es así, ¿cómo poner límites al campo? ¿Cómo impedir a Dios actuar con su salvación?
Son razonamientos que se podían hacer. Ellos se quedan callados. Simplemente ‘Jesús tocando al enfermo, lo curó y lo despidió’. Pero Jesús quería hablarnos de algo más, porque nos quiere hablar de su amor, rostro del amor y la misericordia del Padre. Pero les pone un ejemplo sencillo del hijo o del buey que se cae al pozo. ¿Lo dejaremos morir allí o lo sacaremos, aunque sea sábado? No tienen respuesta.
¿Está reñida la compasión y la misericordia con el culto dedicado al Señor? Porque eso podría parecer al no poder curar en sábado. El mensaje de Jesús es otro. Lo que Jesús está haciendo es revelándonos su corazón amoroso, el rostro amoroso de Dios.
Y si queremos dedicar un día a lo sagrado, al culto al Señor, como así era el sábado para los judíos y el domingo para nosotros los cristianos, ¿el verdadero culto al Señor no pasa por la misericordia, la compasión y el amor al hermano que sufre? ‘Misericordia quiero y no sacrificios’ dice la Escritura. Es de lo que tendríamos que llenar los cristianos el día de descanso dedicado al Señor.
Queremos descansar el domingo y el fin de semana, queremos estar con la familia y con los amigos. Es muy hermoso. Pero algo más tendríamos que saber hacer. Además del culto al Señor que es celebrar la Eucaristía, que tiene que ser el verdadero centro del día del Señor, no deberían faltar entre los cristianos las obras de misericordia. Visitar a los enfermos, acompañar a los que se sienten solos, compartir generosamente con los más necesitados… ¡cuántas cosas podríamos hacer!
Un punto a tener en cuenta.

jueves, 29 de octubre de 2009

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?

Rom. 8, 31-39
Sal. 108
Lc. 13, 31-35


‘Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?... ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?...’ Dos preguntas que se hace un enamorado de Cristo y que ha experimentado de manera muy profunda el amor de Dios en su vida.
‘El que no perdonó a su propio Hijo sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con El?’ Y a continuación manifiesta la certeza grande que tiene de lo que es el amor de Dios que no lo condena sino que lo justifica y lo salva. Cristo Jesús murió por nosotros, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros.
Esto es algo que Pablo ha experimentado en su vida. Como reconocerá en otros momentos de sus cartas era él un pecador y Cristo vino a su encuentro y en su búsqueda. Se sabe perdonado y amado por Dios. Por eso dirá a continuación que nada podrá apartarlo de ese amor de Dios, de ese amor de Cristo.
Tiene que hacernos pensar. ¿Actuaremos siempre nosotros así y en todo? ¿podríamos decir nosotros lo mismo que san Pablo? Reconocemos que somos débiles y pecadores. ‘El espíritu está pronto pero la carne es débil’, que nos dice Jesús para insistirnos en que oremos y estemos vigilantes. Pero, ya sabemos, qué pronto nos viene la tentación y caemos.
La tentación es el pecado, pero tentación para nosotros son también muchas situaciones donde manifestamos nuestra debilidad, nuestra inseguridad, nuestra poca vigilancia. En los momentos fáciles más o menos marchamos, por decirlo de alguna manera, pero hay momentos de dolor y sufrimiento, de pruebas o dificultades, momentos en que las cosas no marchan sobre ruedas, sino que surgen los problemas, momentos de incomprensiones o de críticas que no nos gustan o nos molestan, ¿cómo reaccionamos? ¿nos mantendremos firmes en nuestra fe, en el camino emprendido, en la lucha por nuestros ideales, o flaqueamos, nos llenamos de dudas y hasta nos rebelamos?
Es ahí donde hay que sacar a flote y hacer brillar nuestra fe, lo que tiene que ser la autenticidad de nuestra vida cristiana. Lo que nos dice san Pablo hoy. ‘Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’.
Pidámosle a Dios que nos dé esa certeza y esa seguridad en su amor. Para ello tendríamos que recordar esas hermosas experiencias que tenemos de sentirnos amados por Dios. No las podemos echar en el olvido. Nos ayudará mucho en nuestra lucha contra la tentación y el pecado.
Pidámosle a Dios que nos dé la fortaleza de su Espíritu. Como don y regalo lo hemos recibido de manera especial en el sacramento de la Confirmación y su gracia está ahí para hacernos fuertes, para hacernos testigos valerosos. Reavivemos el don del Espíritu en nosotros.
Pidámosle que nos dé clarividencia y sabiduría para discernir lo bueno y lo malo y para seguir siempre por el camino recto aunque nos cueste.
Que se manifieste la salvación de Dios en mi vida.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La fiesta de los apóstoles enriquece nuestra comunión eclesial


- San Simón y San Judas -


Ef. 7, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19


Celebramos hoy la fiesta de los Apóstoles san Simón y san Judas. Juntos aparecen siempre en las listas del Colegio Apostólico que nos ofrecen los evangelistas sinópticos y también en los Hechos de los Apóstoles. Hemos tenido la oportunidad de escuchar cómo Jesús después de pasar la noche en oración escogió a Doce y los nombró Apóstoles.
Poco sabemos de estos apóstoles porque el Evangelio es bien parco acerca de ellos. Simón, apodado el Celotes o el Cananeo, como dice san Marcos, perteneció antes de formar parte del grupo de los discípulos de aquellos partidos extremistas, celosos de la identidad judía y de su independencia del poder romano. De ahí que se le apode como el Celotes.
Judas, que no el Iscariote, es llamado el hijo de Santiago y también con el sobrenombre de Tadeo. Aparece en el evangelio de san Juan preguntando a Jesús en la última cena ‘¿qué ha sucedido para que te manifiestes a nosotros y no al mundo?’ Una pregunta interesante, porque vemos cómo Jesús al grupo de los Doce les manifiesta más la intimidad de su persona y a ellos les explica cosas que a la gente en general no le explica.
No responde Jesús directamente a la pregunta pero sí hay una respuesta bien hermosa. ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Y terminará Jesús anunciando el envío del Espíritu Santo ‘que os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho’.
Como muchas veces hemos reflexionado la fiesta de los Apóstoles tiene mucha importancia en el devenir de la Iglesia. Como nos dirá Pablo en la carta a los Efesios ‘sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios… estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular…’
Formamos ese entramado del edificio de la Iglesia, donde cada uno ocupa su lugar y tiene su función; precisamente por esa comunión de fe que recibimos de los apóstoles llegamos a estar profundamente unidos a Cristo que es la piedra angular, el verdadero fundamento.
Esto tiene sus consecuencias para nosotros. Esto nos exige comunión en una misma fe y una comunión especial en el amor entre los unos y los otros. No vamos viviendo nuestra fe por libre, cada uno por su lado. Tenemos que estar ensamblados en ese edificio que es la Iglesia, que somos todos los que creemos en Jesús. Comunión eclesial que es comunión apostólica, con el sucesor de Pedro pero también con toda la Iglesia con sus obispos verdaderos sucesores de los apóstoles.
Comunión es amor, es cercanía, es caminar juntos, es poner cada uno su granito de arena que nunca nos puede parecer pequeño ni innecesario, sino siempre fundamental para crear esa unidad y esa comunión. Es importante lo que cada uno es y lo que cada uno hace. Lo que puedo y tengo que hacer ya nadie lo hará por mí. Lo que yo deje de hacer será pobreza para la comunidad y para la Iglesia. De ahí la seriedad del compromiso de nuestra fe y lo importante de nuestra comunión.
Que la celebración de la fiesta de estos dos apóstoles enriquezca nuestra comunión y la haga crecer. Que escuchemos y guardemos en lo hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que se nos dice, para que amados de Dios nos sintamos amados por el Padre e inhabitados por su presencia misteriosa y maravillosa.

martes, 27 de octubre de 2009

Unas pequeñas semillas de mostaza y unos granos de levadura

Rom. 6, 18-25
Sal. 125
Lc. 13, 18-21


‘¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿a qué lo compararé?’ Y nos habla Jesús de la mostaza y nos habla de la levadura. Algo pequeño e insignificante que se hace planta grande o que colocada en pequeñas proporciones en medio de la masa la hace fermentar y la transforma.
El Reino de Dios, pequeño e insignificante en los comienzos de la predicación del Evangelio pero que se ha extendido a todas partes y a través de todos los tiempos dando un sentido nuevo al mundo y a la sociedad. Unos discípulos reclutados en principio entre pescadores o discípulos de Juan. Un grupo de doce apóstoles que en los momentos difíciles de la pasión se dispersaron. Un pequeño grupo que no llegaba a un centenar de discípulos que a partir de Pentecostés comienza a crecer y con el paso de los siglos vemos extendida su semilla por el mundo entero. Es la fuerza del Reino de Dios que crece y se extiende por todas partes.
Creo que no podemos perder de vista hoy el sentido de las parábolas que siguen siendo muy válidas en todo tiempo y para nuestro tiempo. Por el Evangelio, el Reino de Dios tiene que seguir siendo el dinamizador y transformador de la sociedad en que vivimos, como transformador desde lo más hondo del corazón del hombre.
Nos pueden parecer tiempos difíciles los que vivimos. Creo que todos los tiempos a través de la historia han tenido sus propias dificultades. Nos puede parece que se haya diluido en nuestra sociedad hoy el mensaje cristiano y del evangelio. Muchas nos pueden parecer las sombras que nos rodean cuando vemos una pérdida de fe en tantos y la aparente desaparición de valores evangélicos y cristianos.
Pero siguen habiendo semillas del Reino de Dios en medio de los hombres. La fe sigue iluminando muchos corazones, y muchos valores nacidos del corazón del evangelio, paz, justicia, verdad, amor… quedan como rescoldos que reavivar en muchos en nuestra sociedad. Serán semillas pequeñas como las de la mostaza, o unos pequeños granos como los de la levadura. Pero tienen el poder de la gracia, tienen la fuerza de Dios. Han de seguir siendo dinamizadores y transformadores de nuestra sociedad.
Por eso mismo digo que el sentido de estas parábolas nos siguen siendo válidos y hemos de saber apoyarnos en ellos para darle fuerza y sentido a nuestra labor y tarea cristiana. Meditar estas parábolas además nos tiene que llenar de esperanza, porque eso quiere despertar el Señor en nuestro corazón para que aprendamos además a confiar en El.
Podremos parecer pocos, un resto, pero tenemos que ser ese puñado de levadura que haga fermentar con los valores del Evangelio nuestra sociedad. No hemos de acobardarnos ni tener miedo a la tarea. Tenemos que creer en la Palabra de Jesús. Y creer que es posible y que se hace realidad en nosotros y en nuestra vida.
Necesitamos orar mucho en la presencia del Señor para sentir la fuerza de su Espíritu que impulsa a la Iglesia a su tarea evangelizadora. Hemos de orar mucho para, en la presencia del Señor, descubrir los caminos que El nos inspira. Es su obra y no nos deja solos; nos asiste con la fuerza y la inspiración del Espíritu.
De ninguna manera podemos decir que ‘no hay nada que hacer’, como hacen muchos derrotistas. Ese no puede ser el sentimiento de un cristiano. Esa pequeña semilla puede darnos una planta grande. Ese pequeño puñado de levadura puede en verdad transformar nuestro corazón primero y transformar nuestro mundo. Repito, confiemos en la Palabra de Jesús.

lunes, 26 de octubre de 2009

Demos gracias a Dios que nos da su Espíritu que nos hace hijos

Rom. 8, 12-17
Sal. 67
Lc. 13, 10-17


‘Y toda la gente se alegraba por los milagros que hacía’, termina diciendo el texto del evangelio. Jesús había curado a una mujer encorvada y había mantenido sus más y sus menos con el jefe de la sinagoga que les decía a la gente ‘seis días tenéis para trabajar: venid esos días a que os curen, y no los sábados…’ Y Jesús le había razonado que el día del Señor, el día para santificar al Señor tenía que ser un día también para hacer lo bueno, para hacer el bien a los demás, que era la mayor gloria de Dios. Esos rigorismos de cumplimientos rituales no tienen sentido cuando se trata del amor.
Por eso ‘la gente se alegraba por los milagros que hacía’. Sólo veían sus milagros y aún no habían contemplado todo lo que Jesús iba a hacer por nosotros, entregando su vida por amor nuestro. No veremos milagros a la manera de la gente de aquella época pero sí tenemos nosotros muchas más razones para alegrarnos con el Señor y darle gracias. Por su amor, por entrega por nosotros muriendo en la cruz nos ganó nueva vida, nos hizo hijos de Dios.
Es de lo que nos habla hoy san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’, nos dice. Nos recuerda aquello que se nos dice en el principio del evangelio de Juan: ‘A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, sino de Dios’.
Creemos en Jesús y por la fuerza de su Espíritu nos hacemos hijos de Dios. ‘Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba!, Padre’. Como nos decía san Juan en su carta: ‘Mirad qué amor nos ha tenido para llamarnos hijos de Dios: pues ¡lo somos!’
Cristo nos ha liberado, nos ha comprado con su sangre para pertenecer a El. Pero ser de Cristo no nos hace esclavos, sino libres; siendo de Cristo no cabe en nosotros el temor, sino el amor; siendo posesión de Cristo en Cristo nos hacemos hijos también nosotros porque nos da la fuerza de su Espíritu.
Somos hijos de Dios. Cuánto tenemos que pensarlo una y otra vez y no nos podemos cansar nunca de darle gracias a Dios. Es la primera conclusión que tendríamos que sacar de esta reflexión que en torno a la Palabra hoy nos hacemos. Darle gracias a Dios que ha querido hacernos sus hijos; darle gracias a Dios porque hemos sido redimidos por la sangre de Cristo; darle gracias a Dios porque nos ha liberado de la esclavitud y de la muerte. Es lo primero que tenemos que hacer.
Luego, por supuesto, tenemos que sacar más conclusiones para nuestra vida, para nuestra relación con Dios y para nuestra relación con los demás. Los que son esclavos de la muerte y del pecado viven en el temor. Nosotros hemos sido liberados, fuera de nosotros todo temor, en nosotros tiene que brillar la alegría y el amor. El amor que a Dios hemos de tener sobre todas las cosas. El se lo merece. Es nuestro Dios, pero también nuestro salvador. Pero un amor que tenemos que reflejar en nuestro trato con los demás. Ya los otros para nosotros serán siempre unos hermanos, porque todos somos hijos de Dios. Y decir que somos hermanos entrañará por supuesto ese amor que hemos de tenernos los unos a los otros.
Demos gracias a Dios por tanto amor que nos hace sus hijos.