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sábado, 28 de septiembre de 2019

Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida


Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida

 Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45
Hay ocasiones en que por más que nos lo expliquen parece que se nos cierra la mente; no entendemos, estamos quizá ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestra idea, en nuestra manera de pensar, que aquello que se nos dice nos parece tan nuevo como incomprensible. ¿Qué hacer? ¿Ya se nos pasará esa cerrazón? ¿Cómo abrir la mente a lo nuevo que se nos ofrece? Pero cuidado que a veces no vemos ni nuestra propia cerrazón. Quizá nos fijamos más en los demás, en lo que vemos o nos parece ver en los otros y decimos cómo es que puede cerrar así tan duro de mollera, pero somos nosotros de la misma manera.
En esas andaban los discípulos ante las palabras que Jesús les decía, los anuncios que les estaba haciendo. No terminaban de entender las palabras de Jesús. Aunque ya en otras ocasiones también se los había anunciado. Querían mucho a Jesús, lo habían seguido dejándolo todo, sus vidas se llenaban de esperanza en algo nuevo, podía parecer que todo marchaba sobre ruedas y Jesús viene con estos anuncios, de entrega y de pasión, de cruz y de muerte. Eso no le podía pasar a Jesús, así incluso un día Pedro se lo había llevado aparte y le había dicho que eso no le podía pasar, en otros momentos porfiaría incluso que estaba dispuesto a dar la vida por El. Las esperanzas que habían puesto en El no se podían venir abajo. Por otra parte esta la idea extendida de lo que habría de ser el Mesías y ellos lo vislumbraban como el Mesías.
Vemos la mente cerrada de los discípulos y las dudas que se les metían por dentro, pero hemos de reconocer que no somos nadie para juzgarlos ni condenarlos por eso. Jesús pacientemente seguía enseñándoles para que llegaran a descubrir toda la verdad del misterio de su vida. Su vida era entrega porque era amor. 
Y quien se entrega es capaz de negarse a si mismo de manera que estaría dispuesto a entregar su vida. Era el amor. Y ya nos dirá en otro momento que nadie le arrebata su vida, sino que El la entrega voluntariamente. Para eso ha venido, no para morir, sino para amar, para dar vida, y como el grano de trigo que da vida está dispuesto a morir; el grano de trigo ha de enterrarse para que muera al brotar una nueva vida, una nueva planta, o ha de ser triturado hasta dejar de ser el mismo para convertirse en harina y convertirse en pan que nos alimenta y que nos da vida.
Y ese es el sentido de Jesús, eso es la vida de Jesús. Pero ya sabemos que una entrega de este tipo no es entendida, porque los que nos creemos sabios en este mundo muchas veces no llegaran a entender lo que significa una entrega para dar vida; dan de su vida, de su sabiduría externamente solo con las palabras que nos trasmiten, pero Jesús que es la Palabra con mayúsculas, porque es la Palabra de Dios, nos da algo mas que palabras porque nos da su propia vida. Es su entrega.
¿Tendrá que pasar por el sacrificio de la muerte de la cruz? Es que no hay amor más grande que el que se da hasta morir por aquellos a los que ama. Y eso es lo que hizo Jesús.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Unas preguntas para clarificar cual es el sentido profundo de nuestra fe desde nuestra propia experiencia de pascua


Unas preguntas para clarificar cual es el sentido profundo de nuestra fe desde nuestra propia experiencia de pascua

Ageo 2,1b-10; Sal 42;  Lucas 9,18-22
¿Qué dice la gente? ¿Qué dicen ustedes? ¿Qué es lo que realmente digo yo, pienso yo? Preguntas interesantes. Preguntas a las que hemos de saber dar una buena interpretación pero que sobre todo en la última hemos de saber darle verdadero sentido y profundidad. Para formarnos una opinión, ¿estaremos pendientes de lo que le gente pueda decir?
Realmente reconocemos que nos sentimos influenciados por lo que digan o lo que piensen los demás. No siempre es una influencia positiva. Porque la comidilla de lo que dicen o piensan los demás, sobre todo cuando se hacen de forma negativa pueden influir en nosotros de forma negativa. Cuantas veces en la vida hemos comenzado a sospechar de alguien, a mermarle nuestra confianza desde algo que nos susurraron quizá con no buenas intenciones, y empezamos a desconfiar, a pasar por el filtro de ese comentario que nos hicieron el concepto que teníamos de alguien, o a cambiar la mirada hacia esa persona.  Y es que a veces parecemos tan ingenuos que nos tragamos todo lo que nos digan.
¿Dónde se queda nuestro criterio? ¿Por qué cambiamos nuestra manera de pensar? Nuestra mirada, nuestros criterios, nuestros juicios deberían ser los de una persona madura que no se deja influenciar. Tratar de no poner filtros interesados a nuestras miradas, a nuestros pensamientos, querer ser verdaderamente justos y equilibrados, tener unos criterios bien formados para obrar y para pensar de la mejor manera. A veces no es fácil.
Me ha surgido este comentario y reflexión desde unas preguntas que nos aparecen hoy en el evangelio, aunque parezca que no tienen mucha relación pero es bueno pensar en ese lado humano de la vida, de lo que cada día nos puede pasar, de lo que son nuestras relaciones con los demás. Todo siempre podemos mejorarlo.
Las preguntas las hace Jesús a sus discípulos más cercanos, a aquellos a los que había constituido en apóstoles. Es ver lo que opina la gente de Jesús, pero lo que Jesús va buscando realmente es que los mismos discípulos más cercanos se decanten, se definan, lleguen realmente a tener un conocimiento profundo de Jesús.
Ayer escuchábamos en el evangelio que Herodes recogiendo lo que la gente le contaba de Jesús, y quizás con su conciencia no demasiado tranquila, aunque hay siempre maneras de acallarla y en eso era un buen artista, ahora se siente interrogado por la presencia de Jesús y al final se termina diciendo que quería conocerle. Reflexionábamos entonces sobre cómo la gente busca a Jesús y cómo esa tendría que ser nuestra tarea dejándonos conducir por el Espíritu del Señor para que nuestra fe se abriera al misterio, al Misterio de Dios que se manifestaba en Jesús.
Hoy podríamos decir que el evangelio nos está invitando a dar un paso más, un paso más comprometido. La pregunta ya no es solo a los discípulos, sino la pregunta es a nosotros. Soy yo el que tengo que responder, libre de toda influencia, desde una experiencia viva en el encuentro con Jesús. ¿Qué es lo que realmente yo pienso, qué es lo que opino? ¿Quién es Jesús para mí?
Los discípulos responden primero lo que la gente dice, un profeta, alguien como Juan Bautista como si hubiera vuelto a la vida, para luego dar su propia respuesta de fe. El Mesías de Dios, el Hijo de Dios. Como nos dirá otro evangelista aquello no lo habían conocido por si mismos, sino porque el Padre se lo había revelado en sus corazones. Pero aun tienen que ahondar más en el misterio de Cristo. Por eso Jesús les habla de su pasión, de su muerte en Cruz, de su resurrección. Y aunque aun ahora no terminan de entender estas palabras de Jesús será algo que tienen que ir metiendo  hondamente en su corazón para llegar a comprender y vivir todo el misterio de Jesús.
No podían quedarse con una idea preconcebida de Mesías como quien los liberara de la esclavitud de los romanos, sino que tenían que conocer y comprender el misterio de Cristo a través de su Pascua. Será un trance duro y amargo, que les llevará a muchas dudas y miedos, pero del que han de salir fortalecidos para reconocer que en verdad Jesús es el Señor. Así comenzarán a proclamarlo a partir de la resurrección con la fuerza del Espíritu que comenzará a habitar en sus corazones. La experiencia dura de la Pascua les abrirá de verdad los ojos al misterio de Dios que en Jesús se les manifiesta.
Pero la pregunta queda en el aire. Y nosotros ¿qué pensamos de Jesús? ¿Cuál es nuestra experiencia vital del encuentro con Jesús? ¿Cuál sería en verdad nuestra fe? ¿Habremos pasado también por esa experiencia pascual?

jueves, 26 de septiembre de 2019

Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús


Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9
Ya conocemos las andanzas de Herodes. Hoy nos dice el evangelio que había oído hablar de Jesús y ahora quiere conocerlo. En una ocasión le dirán a Jesús que Herodes andaba averiguando de El, pero no le hace caso, no le da importancia. Reconoce que ha degollado a Juan el Bautista, no sé si por remordimiento, pero al oír hablar de Jesús le entra como un escozor o un miedo de si Jesús es Juan que ha resucitado. Algo hay dentro de él que no le deja mucho en paz. Su forma de vida, pensando solo en fiestas y en banquetes con las mayores orgías, como cuando degolló al Bautista, o su forma de vivir ahora con la mujer de su hermano. Ya le había costado la reprensión de Juan y que de alguna manera motivó que lo metiera en la cárcel a instigación de Heroidas.
Pero ahora, nos dice el evangelista dice que quiere conocer a Jesús. ¿Cuáles serían sus aviesas intenciones? ¿Sentiría inquietud por aquel profeta, según el decir de las gentes, que había aparecido por Galilea, precisamente su territorio? ¿O sería una curiosidad más que se quedara solo en lo exterior sin dejar que la Palabra de Jesús hiciera mella en su interior?
Quería conocer a Jesús. Como nosotros queremos conocer a Jesús. Como tanta gente que siente curiosidad por Jesús, porque es un personaje histórico y queremos tener noticias de él como de cualquier otro persona de la historia que pertenece ya al pasado; conocer a Jesús como quien conoce un movimiento filosófico más, pero que no me va a apartar de mi manera de pensar o mi propio sentido de la vida. Muchos sienten quizá curiosidad por Jesús, pero se quedan quizá en aspectos que no son fundamentales aunque sean cosas que bien podemos destaca de Jesús.
Lo importante ahora es que tengamos claro por qué queremos conocer a Jesús, cuál es la actitud de nuestro corazón y nuestra vida ante Jesús, ante su Palabra, ante su evangelio. Y es que no nos podemos acercar de cualquier manera hasta Jesús, aunque Jesús siempre tendrá una palabra y una luz para quien se acerque con sinceridad. Pero bien sabemos lo importante que es que estemos abiertos al misterio de la fe, al misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Sólo así podremos descubrirle de verdad, conocerle en lo más profundo. No es un personaje más de la historia, no un buen filósofo que nos quiere hacer simplemente un planteamiento de la vida como cualquier otra corriente filosófica.
Es que en Jesús descubrimos el misterio de Dios y solo abiertos a la fe podremos descubrirle. Dejémonos asombrar, no queramos poner límites a ese misterio de fe que se nos quiere manifestar. Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús; dejémonos sí interrogar por dentro pero dejémonos interpelar por su palabra, por su vida, por su amor y abrimos el misterio del hombre, el misterio que anida en nuestro corazón al misterio de Dios y ese encuentro nos llevará por caminos de plenitud de vida.
Y eso, aunque ya nos consideremos muy creyentes – como decimos tantas veces creyentes de toda la vida – tenemos que seguir haciéndolo, seguir buscando, seguir queriendo conocer a Jesús, dejándonos interpelar por El, porque en El vamos a encontrar la Verdad, la Verdad de Dios que nos ayudará a descubrir la verdad del hombre, la verdad de mismo.
Quería conocer a Jesús. Queremos conocer a Jesús.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance


Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb, 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6
‘Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades… Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes…’
Anunciando el evangelio, la Buena Nueva de Jesús, la Buena Nueva de que con Jesús llegaba el Reino de Dios. Lo que Jesús había comenzado anunciando también por los caminos y los pueblos de Galilea. Lo que sigue siendo el anuncio que hemos de seguir haciendo por los caminos del mundo.
Anunciando el evangelio y realizando los signos del Reino de Dios. Decir que llega el Reino de Dios es decir que vamos venciendo el mal, porque solo Dios es nuestro Señor. Y con Dios resplandece la luz, con Dios resplandece el bien y el amor, con Dios se vence todo mal. En el lenguaje del evangelio se curan las enfermedades, ha de desaparecer todo lo que produzca dolor al hombre.
Mucho es el mal que daña el corazón del hombre; la enfermedad es una imagen de ello, pero bien sabemos que no solo es ese mal físico de la falta de salud o de las imposibilidades o discapacidades que tengamos en nuestro cuerpo; hay un mal más profundo que daña el corazón del hombre, el corazón de toda persona y es el que también tenemos que eliminar. Lo llamamos pecado porque todo lo que dañe al hombre rompe nuestra amistad y nuestra armonía con Dios. Dios siempre quiere el bien del hombre y en nuestras manos está el que logremos ese bien venciendo todo lo que sea desamor, venciendo nuestros egoísmos y nuestros odios, venciendo la maldad que se nos mete en el corazón tantas veces y nos hace injustos y malvados, venciendo todo lo que rompe esa armonía de la humanidad y de la creación.
Cuando  hoy en el evangelio escuchamos que Jesús ha elegido el grupo de los doce y los manda con autoridad a expulsar demonios y a curar toda enfermedad anunciando el Reino de Dios, sentimos que esa es también nuestra tarea y nuestro compromiso, la tarea y el compromiso de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Anunciamos la buena nueva de Jesús pero lo hacemos dando señales del Reino de Dios.
Las señales han de aparecer primero que nada en nuestra propia vida porque nos sentimos liberados de todo mal, porque en nosotros no han de aparecer ya de ninguna manera esos signos del mal porque ya nuestra vida resplandece por el amor. Lejos de nosotros el egoísmo y la maldad, lejos de nosotros toda señal de maldad en nuestro corazón y toda hipocresía, lejos de nosotros las vanidades que nos hacen sentirnos orgullosos poniéndonos por encima de los demás, lejos de nosotros la insolidaridad y la mentira, lejos de nosotros la autosuficiencia y la despreocupación por los demás.
Pero ese es el mensaje que llevamos a los demás con nuestro compromiso con nuestra lucha por la justicia, por nuestro trabajo por la paz y por un mundo más solidario, por nuestra cercanía a todos los que sufren sintiendo como nuestros los sufrimientos de los demás, por querer aliviar todo sufrimiento y todo dolor, por nuestra búsqueda del bien y de lo que sea siempre la unidad entre todos tendiendo puentes que nos acerquen los unos a los otros. Estaremos así curando enfermos y expulsado demonios, porque estaremos trabajando así seriamente por hacer un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el Reino de Dios.
Una tarea de la que no nos podemos desentender, con la que tenemos que sentirnos comprometidos, con la que estamos en verdad proclamando nuestra fe, con la que estaremos gritando al mundo que el evangelio de Jesús será siempre el camino seguro de salvación para todos. Es el anuncio del Evangelio que tenemos que realizar por todos los medios que estén a nuestro alcance.

martes, 24 de septiembre de 2019

Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor



Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21
‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Así vinieron a decirle a Jesús. Era mucha la gente que se agolpaba a su alrededor porque todos querían estar cerca de El y todos querían escucharle. No está claro en el evangelio que María siguiera todos los pasos de Jesús en su deambular por los caminos y aldeas de Galilea. Un día Jesús había dejado su pueblo y su casa para establecerse en Cafarnaún. Imagen quizá de lo que El pedía a sus discípulos a los que quisieran seguirle. Más tarde sabremos que está también en Jerusalén cuando ha subido a la Pascua, a su Pascua. Vendría ahora desde la cercana Nazaret, o ya se habría establecido más cerca de Jesús, también en Cafarnaún. Solo el evangelista nos dice que María estaban fuera y querían ver a Jesús.
¿María quiere ver a Jesús y también escucharle? Ella era la que un día había dicho sí para plantar la Palabra de Dios en su corazón. ¿María quería ahora también escuchar a Jesús? ¿Por qué no? Nos atrevemos a considerar que no era como una visita protocolaria de la madre que quiere saber cómo van las cosas de su hijo; claro que las visitas de una madre nunca son protocolarias sino que siempre tienen el sentido hondo del amor del corazón de una madre.
Aunque hoy es al revés muchas veces hacemos las visitas de los hijos protocolarias cuando van a visitar a la madre o al padre que quizá sigue solo en casa o ya no está en la casa sino que habremos buscado un sitio donde hagan por ellos lo que nosotros decimos que en los agobios de la vida no tenemos tiempo de hacer. Y salen así esas visita, sí tenemos que decir, protocolarias de unos minutos de vez en cuando para quedar bien.
Los pasajes del evangelio cuando los escuchamos con verdadera apertura del corazón nos van sugiriendo muchas cosas en nuestro interior, ya que en fin de cuentas es la Palabra de Señor que nos habla y nos habla a nuestra vida concreta. Aunque parezca que nos distraemos de lo que pueda ser lo principal del mensaje, sin embargo siempre hemos de estar atentos a cuantos nos va sugiriendo el Señor allá en lo  hondo del corazón. Es la Palabra que tenemos que escuchar, que plantar hondamente en nosotros para que dé frutos con esa disponibilidad del corazón siempre para lo que nos pida el Señor.
Vayamos de nuevo el relato del texto. No habían podido llegar hasta Jesús y se lo anuncian a Jesús. Y Jesús mirando en su entorno, viendo todos aquellos que allí están también con deseos de escuchar la Palabra del Señor nos señala algo nuevo. ¿Quiénes son su madre y sus hermanos? Allí están, los que quieren escuchar la Palabra, los que quieren llevarla en el corazón, los que no la abandonan sino que harán todo lo necesario para que dé fruto. ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.
No es un rechazo a María y a sus hermanos, a su familia que allí está queriendo verle, queriendo escucharle también, estar con El. Es señalar que como María se convirtió en su madre por esa apertura a Dios, por ese querer escuchar a Dios – allá en el silencio de su casita de Nazaret así la contemplamos cuando llega el ángel a ella de parte de Dios – si nosotros entraremos a formar parte de esa nueva familia si tenemos también esa disposición para escuchar a Dios.
Nace una nueva familia. ‘No es por la carne ni por la sangre’, como diría el evangelio de Juan, sino cuando dejamos que el Espíritu de Dios llegue a nosotros para hacernos hijos de Dios. Y dejar que el Espíritu llegue a nosotros es abrir nuestro corazón para escucharle, para dejarnos conducir por El,  inspirarnos, decimos, o lo que es lo mismo dejarnos inundar por el Espíritu, nos hacemos uno con El y así comenzamos a ser hijos de Dios.
Y es que cuando plantamos así la Palabra de Dios en nuestro corazón nuestra vida tiene que ser distinta. Hay en nosotros la verdadera unidad del amor, la verdadera comunión.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo


No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18
Ya sabemos que hoy cuando se trata de iluminación hay mucha imaginación en quien está encargado de realizarla; se hacen juegos de luces maravillosos tratando de resaltar aquello que consideramos más importante, lo que puede conllevar un mensaje, se utiliza con frecuencia una iluminación indirecta y no siempre quizá vemos la lámpara o foco que produce tal iluminación. Ocultaremos la lámpara quizás pero buscamos la mejor iluminación; ocultar la lámpara no significa taparla para que no dé luz, sino quizá producir mejor iluminación según lo que pretendamos conseguir o resaltar. La luz, por supuesto, es para iluminar, no para producir oscuridad.
Así la vida, hay personas que son muy luminosas porque cuanto le vemos hacer sentimos en nosotros un estímulo interior quizá para imitarle en sus valores y virtudes o para despertar en nosotros cuanto de bueno llevamos en nuestro corazón para tratar también de iluminar ese mundo en el que vivimos, muchas veces tan lleno de oscuridades. 
Ser luminoso en la vida no es pretender ir por delante con nuestros orgullos para que vean lo bueno que somos o las cosas buenas que hacemos para recibir el aplauso. Hacemos lo que hacemos, vivimos nuestros valores y nuestras virtudes con sencillez y quizá así de forma indirecta sin tener que decirlo de palabra estimulamos a los demás.
Esa sencillez y humildad con que vivimos la vida no nos tiene que hacer ocultar aquello bueno que hacemos, no buscamos el aplauso, pero sí queremos siempre poner luz en la vida, despertar lo bueno que cada uno lleva en su corazón para que salga a flote y así entre todos hagamos un mundo más brillante, más luminoso porque entre lo bueno que hacemos todos haremos que todos podamos ser un poco más felices.
No serán necesarios grandes focos que llamen la atención sino esos gestos humildes y sencillos de amor y cercanía que podamos tener con los demás, esa responsabilidad con que vivimos la vida y aquellas cosas que se nos han confiado calladamente sin hacer alardes pero nunca abandonando esa responsabilidad que tenemos. Eso bueno que vivimos, esa responsabilidad con que vivimos la vida, aunque parezca oculto, saldrá a flote, iluminará aunque sea de forma indirecta, como decíamos antes, a los que están a nuestro lado y algún día se darán cuenta de la luz.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio cuando no dice que la luz no se puede poner en un lugar oculto para que no ilumine, no se puede tapar, como dice El, no se puede meter debajo de la cama o de la mesa. Y esto atañe también a todo lo que es la vivencia de nuestra fe. El mundo necesita de esa luz pero desgraciadamente los cristianos no damos toda la luz que tendríamos que dar, es más, muchas veces parece que hay cristianos que quieren ocultar esa luz, como si les diera vergüenza llevar esa luz de la fe en sus vidas.  No hemos sabido ser valientes para manifestar esa luz, para expresar valientemente nuestra fe con nuestro estilo de vida y también cuando sea necesario con nuestras palabras. Es un testimonio valiente que tenemos que saber dar.
Así nuestro mundo ha ido perdiendo su brillo, no se tienen en cuenta ya lo que son nuestros valores cristianos, muchas veces nos encontramos un mundo adverso que rechaza esa fe, quizá porque el testimonio que les hemos dado no ha sido del todo convincente porque no ha habido verdadera congruencia en nuestras vidas. Mucho tenemos que revisarnos los cristianos de cómo damos ese testimonio, si nuestras vidas son verdaderamente luz para los demás, o si acaso alguna vez lo ocultamos o el testimonio es negativo por su incongruencia.
Que brillen nuestras buenas obras para que todos lo hombres puedan dar gloria al Padre del cielo, como nos dice Jesús en otro momento del Evangelio.

domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.


sábado, 21 de septiembre de 2019

También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva



También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13
‘Cuento contigo’, así cuando menos lo esperamos, sin haber pensado en tal posibilidad, llegó alguien a tu vida y te lo dijo. Así la sorpresa quizá en principio casi nos dejó sin respuesta. Alguien quería contar contigo. ¿Un proyecto nuevo? ¿Una tarea o responsabilidad a desempeñar? Unas nuevas posibilidades se abrían en la vida delante de nosotros cuando menos lo esperábamos. Ponían su confianza en nosotros, en nuestras posibilidades.  Y allí estaban esperando nuestra respuesta.
Puede que algo así nos haya sucedido en la vida y nos vimos verdaderamente sorprendidos porque no imaginábamos que alguien pensara en nosotros y quisiera contar con nosotros. Nos sentimos sorprendidos y quizá con miedo a la responsabilidad; ¿valdríamos nosotros para desempeñar tal tarea?, preguntas que se nos agolpaban en nuestro interior, pero quizá en el fondo sentimos alguna satisfacción, alguna alegría de que alguien quisiera contar con nosotros.
Por esa confianza que ponían en nosotros merecía una respuesta positiva aunque sintiéramos al mismo tiempo que grande era la responsabilidad. Con cierto temor y responsabilidad pero con alegría dimos el paso hacia delante. Experiencias así tenemos, seguro, en nuestra historia personal.
Lo escuchamos hoy en el evangelio. Mateo estaba en su garita de cobrador de impuestos en su tarea de cada día que no le era fácil en medio de aquel pueblo  hostil a lo que fuera pagar impuestos a los romanos. Todo transcurría con la normalidad de siempre si algunas trifulcas con los que tenían que pagar se puede llamar normalidad. Pasa un grupo por delante, pero el que parece líder del grupo se detiene y se dirige a él. ‘Sígueme’, le dice. Quiero contar contigo. El sabe que es Jesús, el profeta de Nazaret que por Galilea va recorriendo caminos y aldeas anunciando algo nuevo que llama el Reino de Dios. Ha oído hablar de sus enseñanzas, aunque quizá no le prestara mucha atención porque lo suyo era su negocio, su trabajo de recaudador, ha escuchado también de sus obras maravillosas, de sus milagros y sabe que la gente lo admira, que hay muchos que le siguen y ya tiene un grupo de incondicionales junto a él. Por su condición de publicano no se atreve, porque sabe lo rechazado que es por mucha gente, aunque también ha oído hablar de que Jesús acoge a publicanos y pecadores.
Se siente, es normal, sorprendido. Jesús quiere contar con El, que forme parte del grupo de los que le siguen, aunque ésta no es la normalidad de lo que está acostumbrado. Sus palabras más que una invitación parecen una orden. ‘Sigueme’, aunque su mirada es la del que invita, del que te dice que quiere contar contigo. ¿Qué hacer? ¿Se levantará de su garita y se marchará con El? Muchas cosas podían estar pasando también por su mente y su corazón.
Con decisión se levantó. Con decisión y con alegría, como apreciamos por lo que nos dice el evangelio. Celebró un banquete en su casa en el que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, aunque también estaban sus antiguos amigos. No importa ya lo que pensaran los demás, los comentarios de los fariseos y los escribas. Allí estaba la alegría de su decisión. El camino nuevo que emprendía siguiendo a Jesús. Formaría parte del grupo de los Doce y un día nos transmitiría escrito el evangelio de Jesús, esa Buena Nueva que a El le cautivó para seguirle.
Hoy celebramos a san Mateo, apóstol y evangelista, estimulo para nuestra respuesta y nuestro seguimiento del camino de Jesús. También nosotros nos dice Jesús, ‘cuento contigo’.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo



Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
De camino. Es la vida. No estamos en un estado permanente, aunque muchas veces queremos como anclarnos en lugares, en situaciones, en cosas que convertimos en absolutos de la vida, pero pronto nos damos cuenta cuán efímeros son.
Pensemos, si no, en lo que ha sido nuestra existencia; cuantas cosas nos han sucedido, cuantas situaciones distintas hemos vivido y no es necesario hacer una historia muy larga sino pensemos en lo más inmediato; cuantas cosas van cambiando en nuestro pensamiento, en la manera de enfrentarnos a la vida y a las cosas, cuantos encuentros hoy con unos mañana con otros.
Y no es que vivamos superficialmente – aunque a veces lo hacemos demasiado así – sino que en el progreso de nuestro vivir cambiamos porque maduramos, porque aprendemos a profundizar y nos damos cuenta que hemos de actuar de otra manera. Es un camino que vamos haciendo, y en el que vamos al mismo tiempo aprendiendo. Vamos haciendo camino, aunque algunos físicamente no salgan del mismo lugar geográfico, porque el camino es algo más profundo, dentro de nosotros.
Si hablábamos de los encuentros que vamos teniendo, también podemos pensar en los que van junto a nosotros en ese camino. Primero la familia, nuestros padres, porque ahí nacimos y ahí dimos los primeros pasos, pero en ese encuentro en el crecimiento muchas de esas personas se convierten en compañeros de camino; y pensamos en aquellos con los que nos relacionamos más y tenemos mejor sintonía, los amigos, pero pensamos en tantos que nos rodean, vecinos, compañeros de trabajo, gente de la comunidad o entorno en el que nos movemos. No hacemos camino solos. Para bien o para mal son muchos los que van caminando a nuestro lado, aunque hemos de saber aprovechar las mejores oportunidades y las mejores cosas que nos ofrecen.
Estamos hablando de camino, ese camino humano, ese camino social que vamos realizando, pero pensamos también en el camino de nuestra fe. Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba en camino, unas veces recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea, otras veces en su subida a Jerusalén. Hoy nos habla del grupo de los doce que se había formado junto a El – El los había llamado de manera especial en medio de todo el resto de discípulos que le seguían – y de un grupo de mujeres que lo acompañaban y lo atendían de diversas maneras. Unas con corazón agradecido porque se habían visto liberadas de muchos males por la presencia de Jesús  - María la de Magdala de la que había expulsado siete espíritus malos – y otras que le ayudaban incluso con sus bienes.
Pensemos en ese camino de nuestra fe que nosotros también vamos haciendo. Un camino que personalmente cada uno debe hacer porque tiene que dar sus propios pasos, pero un camino que nunca se hace en solitario. Igual que decíamos que en el camino humano estaban nuestros padres y el seno de la familia en la que nacimos y recibimos los primeros principios de vida, también en este camino de la fe, ésta se nos transmitió a través de nuestros padres y los que más cercanos estaban junto a nosotros en el inicio de nuestra vida.
Pero tenemos que mirar a la Iglesia, a la comunidad de los cristianos en la que estamos insertados desde nuestro bautismo y que vivimos en un lugar concreto como son nuestras comunidades y parroquias. Así tendríamos que sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estímulo y ejemplo.
Y cada uno puede pensar de forma concreta en esas personas que en nuestra parroquia nos han ayudado de una forma o de otra. Un día hay que pararse a pensar en eso para reconocer lo que recibimos de esas personas cercanas a nosotros en nuestra propia comunidad y de la que tanto hemos recibido, catequistas, monitores de algunas acciones, tanta gente comprometida a nuestro lado que casi sin darnos cuenta han sido nuestro estímulo y una gran ayuda para ese camino de nuestro ser cristiano.
Demos gracias a Dios porque en ese camino no hemos estado solos. A través de ellos se nos ha hecho presente el Señor.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor


Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor

1Timoteo 4, 12-16; Sal 110; Lucas 7, 36-50
No nos mezclamos con cualquiera. Aunque digamos lo contrario, que yo si me trato con todo el mundo, pensemos cuáles son nuestras amistades, aquellos con los que nos gusta más estar, los que admitimos habitualmente en nuestra compañía. Nuestros amigos, las personas cercanas a nosotros, aquellos como decimos que nos puedan dar buena sombra; si conocemos que aquella persona es viciosa, evitamos que nos vean con ella porque nos van a comparar con ella y van decir que todos son iguales y que yo soy como ellos; si es una persona que tiene unas ideas, unos pensamientos distintos a nuestra manera de ver las cosas evitamos la diatriba, el encuentro que se puede convertir en encontronazo; y así podíamos decir muchas cosas más.
Y lo hacemos casi de una manera inconsciente, evitando que nos comparen, que digan de nosotros, que vayan a pensar, porque en todo esto cuenta mucho lo que pueda ser la opinión de los demás o la fama que nos ganemos. Decimos que no discriminamos pero ¿cómo se puede llamar a esta forma de actuar, aunque mucho lo disimulemos?
Me lleva a pensar en estas situaciones humanas en nuestra relación con los demás lo que escuchamos hoy en el evangelio. Primero que vemos a Jesús en casa de un fariseo principal que lo había invitado a comer. ¿Es que a Jesús le gustaba codearse con los poderosos o los influyentes en aquella sociedad? Alguien podría pensar también que El es de los que se arriman a las altas esferas de la sociedad, de la misma manera que otros pensarán lo contrario. Bien sabemos que Jesús es signo de contradicción. Pero a todos busca Jesús, la semilla arrojada a la tierra es en toda clase de tierra.
Pero es el otro gesto en el que queremos fijarnos con más atención. Mientras se desarrolla la comida una mujer irrumpe en la sala de los comensales y se pone a los pies de Jesús. Trae un frasco de frasco de perfume con el que unge los pies de Jesús, pero sobre todo son sus lágrimas los que bañan sus pies que cubre de besos mientras los seca con su propio cabello. Y Jesús se deja hacer.
Sorpresa en todos los comensales. Sorpresa y estupor en el fariseo principal que había invitado a Jesús porque esto no estaba previsto; sorpresa y estupor porque aquella mujer es una mujer pecadora, una prostituta. Si supiera quien es esta mujer, él que es un profeta, no le dejaría hacer nada de esto, piensa en sus adentros aquel hombre que no ve cómo salir de aquella situación incómoda. ¿Cómo una mujer pecadora se atreve a entrar en su casa y llegar hasta los pies de Jesús? Ellos que eran tan puritanos jamás la hubieran dejado entrar y menos hacer lo que está haciendo con Jesús.
Jesús conociendo los pensamientos de aquel hombre y el mal momento que está pasando le propone una breve parábola. Dos deudores, uno en gran cantidad, otro en una pequeña minucia, pero ambos son perdonados en su deuda, ¿Quién estará más agradecido? ¿Quién le amará más? la respuesta es lógica, quien eran mayor deudor.
Y Jesús le hace recapacitar, es verdad que aquella mujer es una pecadora, ha pecado mucho, pero también ama mucho. Por eso se ha atrevido a hacer lo que tú no has hecho según las reglas de la hospitalidad, agua para lavarse, perfumes, el beso de la paz para la acogida; aquella mujer lo está realizando. Sabe que será perdonada y pone mucho amor y su vida se verá del todo renovada. Por eso, porque tiene mucho amor sus muchos pecados le son perdonados. No tienen nada que decir, salvo reconocer que quién es Jesús que tiene tal poder de perdonar los pecados.
Jesús rodeado de publicanos y pecadores nos lo presentará el evangelio con frecuencia. Jesús rodeado también de aquellos que teniéndose por justos no serán capaces de reconocer que también son pecadores, también rodean a Jesús, como en este caso. ¿Con quién está Jesús? Con la oveja perdida a la que tiene que buscar; es el médico no para los sanos o los que se creen sanos, sino para los que sienten la enfermedad en su vida. Jesús está con todos, a todos se acerca y deja que todos se acerquen a El. Hoy lo vemos, porque igual come rodeado en este caso de fariseos, que se deja tocar por aquella mujer pecadora. Y es que en Jesús tenemos que decir también, porque tiene mucho amor.
¿Qué nos falta a nosotros? ¿Seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Tendremos amor suficiente en nuestro corazón para acercarnos a todos porque en medio de las mayores oscuridades también tenemos que ser luz? No nos van a manchar ni llenar de impureza pero nuestro mucho amor sí podrá hacer que ellos se encuentren con la luz, la vida, el amor verdadero para que también tengan mucho amor. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.

martes, 17 de septiembre de 2019

Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado


Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
Dos comitivas que se encuentran en las puertas de la ciudad. Una con jolgorio normal de un grupo ajeno a mayores preocupaciones, que hablan, que comparten alegremente como lo hacen los amigos que van de camino, que se sienten a gusto porque van con el Maestro y que de alguna manera se ve cortada en seco al encuentro con la otra comitiva llena de dolor en la que solo se escuchan suspiros y lagrimas, palabras dichas como en un susurro y que respetan el silencio del dolor y la soledad de una madre que va a enterrar a su único hijo.
No median palabras ni explicaciones, no se escucha ningún clamor de súplica como en otras ocasiones otros pedían la curación de su criado enfermo, o que pusiera sus manos sobre su hija que está en las últimas; nadie pide compasión ni suplica nada especial. Como alguien ha dicho la misma madre que llora y nada dice es oración con su presencia dolorosa.
Pero Jesús al contemplar el cortejo, al ver aquella madre desconsolada y sola siente que se le conmueven las entrañas. Será quien se adelante en medio de los dos cortejos para detener a los que iban fuera. Será quien ordene al joven que cadáver yace sobre aquellas parihuelas que se levante y se lo entrega a su madre. La compasión y la misericordia se han adelantado a la confesión de fe. Pedía fe Jesús en otras ocasiones cuando venían a que los curase. La fe oculta y hundida en medio del dolor surgirá de nuevo aunque antes todo pareciera oscuro. Luego todo serán alabanzas y bendiciones porque Dios ha visitado a su pueblo.
Cuando el dolor atenaza el alma todo se vuelve oscuro y parece que no hay palabras que puedan abrir camino para el encuentro de nuevo con la luz. Aunque sintamos deseos de gritar desde la angustia algunas veces se hace silencio dentro de nosotros, un silencio impenetrable y lleno de oscuridad.
¿Qué necesitamos entonces? Quizás dejarse hacer, dejar que alguien llegue y nos toque en lo hondo de nuestras entrañas, pero que nosotros nos dejemos tocar, a pesar de que no veamos resquicios sin embargo dejemos la posibilidad de que llegue la luz por alguna parte. Como aquella mujer, su silencio y su amargura – el evangelio no nos deja palabras suyas – se hicieron oración para conmover las entrañas de Dios, para hacer que Jesús sintiera compasión de ella y la llenara de nuevo de vida y de luz.
Dejarnos mirar por Dios, así como estamos, con nuestro dolor, con nuestros silencios o nuestros gritos quizá desesperados, con el alma rota, con todas las miserias aflorando de golpe en nuestra vida cuando parecemos más hundidos, con nuestras oscuridades que nos impiden ver una salida, con nuestras lagrimas reprimidas pero que se nos escapan envolviéndonos en más dolor. Hemos de tener la certeza de que Dios no mira, que su corazón compasivo y misericordioso se va a acercar a nosotros, que no volverá su rostro para otro lado ni dará un rodeo, sino que vendrá directamente a sanar nuestro corazón. Pero tenemos que dejarnos mirar, dejarnos tocar por esa mirada de Dios que nos levanta, que nos pone de nuevo en camino, que nos va a hacer encontrar la vida.
Pero esta lección tiene una parte también para nuestras actitudes, para que no nos quedemos nunca insensibles ante las lagrimas de los demás, para que no miremos para otro lado como tan fácil nos es hacer en tantas ocasiones, para que no demos el rodeo para evitar el encuentro cuando sabemos que está allí en la acera, a la puerta, al lado de ese camino por el que vamos todos los días tan distraídos.
Nos quedaremos en silencio quizás tantas veces porque no sabemos qué decir, pero no hacen falta palabras; basta solo nuestra presencia, aunque no sepamos qué hacer; solo es necesaria nuestra mirada que se encuentre con los ojos del que allí vemos por los suelos. Lo demás surgirá casi espontáneamente si aun nos queda sensibilidad en el corazón, solo es necesario que nos demos cuenta que entonces somos nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y seremos signos de la misericordia de Dios para esas personas. También nosotros tenemos que dejar actuar a Dios a través nuestro porque así quiere llegar con su misericordia a tantos que encontramos sumidos en el dolor en el camino.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás


La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás

1Timoteo 2,1-8; Sal 27;  Lucas 7,1-10
Nos sorprendemos porque eso no nos lo esperábamos de esas personas. De alguna manera hacemos una cierta discriminación porque por la condición de las personas, por lo que prejuzgamos que sea su manera de pensar o su sentido de la vida, porque en este caso no son personas que nos parezcan religiosas o al menos a nuestra manera, esa reacción, esas respuestas que les vemos dar nos sorprenden. De alguna manera estamos haciendo referencias a aspectos religiosos de la vida, pero nos sucede en otros muchos aspectos. Vamos con desconfianza o con prejuicios en la vida, y de repente no encontramos lo que esperábamos y nos sorprendemos.
Siempre recuerdo una conversación que escuché siendo aún joven a una persona que se daba por muy religiosa de toda la vida, que hablaba haciendo referencia al entusiasmo que mostraban algunos en ese aspecto religioso y cristiano porque habían tenido un encuentro especial en un cursillo o unos ejercicios; y esta persona desconfiaba de esas reacciones de aquellas personas y sacaba a colación su historia pasada o la de las familias de aquellas personas; ‘ya sabemos, decía, quienes de donde vienen y cómo actuaban en otros tiempos…’ No le cabía en la cabeza que aquellas personas pudieran cambiar realizando una conversión de su corazón al Señor. Se sorprendía porque aquellas personas actuaran así, como yo me vi. Sorprendido por la ceguera de quien hacía aquellos comentarios tan llenos de desconfianza cuando además se tenia por una persona muy religiosa y muy cristiana.
Algo así nos sucede con el evangelio que hoy escuchamos. Nos habla de un centurión romano, por tanto un pagano, no de religión judía. Acude a Jesús porque tiene un criado enfermo y al que aprecia mucho. Ha hecho todo lo posible por lograr que sane de su enfermedad y ahora acude a Jesús. Se vale de unos intermediarios que interceden por él ante Jesús y Jesús se dispone a acercarse a la casa del centurión. Pero de nuevo le envía mensajeros diciendo que no es digno de que Jesús entre en su casa. Confía en la palabra de Jesús. Podemos decir que tiene una fe ciega en Jesús a pesar de no ser judío pero algo ha descubierto en su corazón que le hace poner toda su fe en Jesús.
Proclamará Jesús a continuación que nunca ni en todo Israel ha encontrado nadie con tanta fe. Es la sorpresa de Jesús, pero será la sorpresa más bien de los discípulos y de cuantos les rodean por esa alabanza que Jesús hace de la fe de aquel hombre. Nos ha servido de paradigma para nosotros de manera que hasta en la liturgia hemos tomado prestadas sus palabras para expresar nuestra oración y la humildad del corazón cuando nos acercamos a Dios. Para nosotros un buen ejemplo de cómo poner nuestra confianza con humildad en el Señor que nos escucha y que se acerca a nosotros para limpiarnos, para llenarnos de su vida y de su gracia.
Buen ejemplo también para nosotros para esas actitudes que hemos de tener en la vida, para esa apertura del corazón, para descubrir también las maravillas del Señor que se realizan también en aquellos en los que menos pensamos. Desde el saber descubrir que siempre hay algo bueno en el corazón de los otros, sea quien sea, hasta ese descubrir ese actuar de Dios en la vida de todos y que todos pueden dar una respuesta positiva a la gracia del Señor.
Lejos de nosotros desconfianzas que discriminan, miradas torvas que quieren ver segundas intenciones en el actuar de los otros, miradas negativas llenas de prejuicios ante lo que pudiera ser el actuar de los demás. Y es que muchas veces lo negativo sigue pesando en nuestro corazón y por eso nos llenamos de miradas turbias de desconfianza.
Que brille de verdad la fe en nuestra vida y nos haga tener una mirada distinta y un actuar lleno de amor.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.