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viernes, 23 de agosto de 2019

Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo


Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Me atrevería a decir que es algo que surge como espontáneo, y que me corrijan los sicólogos, pero cuando sentimos un amor grande por alguien, no solo lo valoramos y admiramos en las cualidades y cosas bellas que vemos en ella, sino que de alguna manera queremos como parecernos a esa persona y lo intentamos imitar en sus virtudes. El amor verdadero lleva a esa comunión profunda con el amado que de alguna manera nos quiere hacer uno con el, por eso queremos hacer las cosas como él y amar lo que él ama.
Por eso cuando entramos en la órbita del amor de Dios, consideramos la inmensidad de su amor, al sentirnos así amados por Dios queremos amarle de la misma manera, con ese mismo amor a pesar de nuestra limitación e imperfección. Un amor que nos hace sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida, el centro y sentido de nuestra existencia, queriendo nosotros amarle como El nos ama y su amor es infinito y queriendo también nosotros amar todo lo que Dios ama.
Ese primero y principal mandamiento surge entonces desde el mismo reconocimiento de quien es Dios para mi vida cuando tanto nos ama y tendría que surgir casi como espontánea esa respuesta de amor por nuestra parte, un amor sobre todas las cosas, un amor con toda el alma y con todo el corazón, un amor con todo mi ser y con toda mi vida.
Moisés nos lo quiso dejar reflejado en un mandato por la dureza de nuestro corazón que hace que pronto olvidemos tantas veces el amor que recibimos. Así somos débiles y duros de corazón; así se nos tiene que recordar que Dios nos ama y con un amor semejante en lo que humanamente seamos capaces ya que no somos infinitos hemos de amar nosotros a Dios. Claro que el amor de Dios es infinito y nosotros somos seres limitados e imperfectos, pero en cuanto somos capaces queremos poner toda nuestra vida en el amor que hemos de tenerle a Dios.
Es lo que  hoy hemos escuchado en el evangelio. Viene un letrado queriendo poner a prueba a Jesús. La malicia que llena el corazón de los hombres y que les hace desconfiado de todo y de todos. Jesús se está manifestando con un Maestro en Israel al que todos escuchan, aunque no saben donde ha aprendido esas cosas, como un día dijeran sus convecinos de Nazaret. Pero ahora es un letrado, que parece como si sintiera que Jesús está ocupando su puesto. Hay que ponerlo a prueba. Y qué mejor que plantearle y preguntarle por lo principal, el primero de los mandamientos.
Pero Jesús responde, podíamos decir que al pie de la letra, con lo que está enseñado en la ley de Moisés y que todo buen judío aprende desde su niñez y repetirá muchas veces cada día. Pero Jesús añadirá algo más, que también está en la ley de Moisés, pero que ahora equipara al primer mandamiento.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’.
 Quien ama a Dios ama también lo que Dios ama. Quien ama a Dios necesariamente tendrá que amar también al prójimo, aunque tantas veces nos cueste descubrir bien quien es nuestro prójimo. Por eso no podremos nunca separar el amor al prójimo del amor a Dios. Como decíamos al principio cuando amamos con un amor verdadero queremos parecernos con aquel a quien amamos y que sabemos cuanto nos ama. En esto tenemos que parecernos a Dios en nuestro amor a los demás, a quienes miraremos siempre como hermanos.
¿Por qué nos costará tanto? ¿Será acaso que no es tan grande el amor que le tenemos a Dios? Es fuerte este planteamiento, pero tenemos que revisarnos bien ese amor que decimos le tenemos a Dios viendo cómo es el amor que le tenemos al hermano.

jueves, 22 de agosto de 2019

Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad


Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad

Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14
‘Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir’. Así nos dice Jesús en la parábola que proponía a sus discípulos y cuantos lo escuchaban. Mal se sentiría el rey que había preparado con mimo la boda de su hijo y había invitado a los que consideraba sus amigos, pero que ahora lo dejan en la estacada. Cada uno se fue por su lado, a sus cosas o a sus disculpas, como tantas veces nosotros hacemos en muchas situaciones de la vida. Casi vamos como normal la reacción llena de ira de aquel hombre.
Jesús les está hablando de una forma concreta aunque sea con las imágenes del banquete de bodas del Reino de Dios que El estaba proclamando, pero que puede ser muy bien una referencia a toda la historia de la salvación para el pueblo judío. Ahora no aceptan a Jesús, no quieren escuchar sus palabras o las malinterpretan, no quieren entrar en la órbita del Reino de Dios que les está proclamando como tantas veces también a través de la historia habían rechazado la Palabra que Dios les ofrecía a través de los profetas.
Ellos iban a su bola, como se dice en las jergas de hoy; tenían sus intereses en quienes estaban bien situados en la sociedad de su tiempo, vivían en sus rutinas de las que no querían salir y se conformaban con un culto tantas veces vacío y sin sentido, porque realmente no implicaba sus vidas, y así tantas y tantas cosas. Jesús quería hacerles cambian su manera de ver las cosas, darle otra visión a las realidades de la vida, buscar una profundidad a cuanto hacían para que todo tuviera un sentido y un valor. Jesús les estaba ofreciendo caminos de salvación que habían de pasar por caminos de cambio y de conversión, pero ellos se sentían bien en lo que estaban y no les parecía necesitar de lo nuevo que Jesús les ofrecía. Por eso estaban rechazando el banquete de bodas, estaban rechazando el sentido nuevo del Reino de Dios que Jesús les ofrecía.
Pero aunque Jesús encuentra ese rechazo por parte de algunos, El sigue anunciando el Reino de Dios, y se va por los caminos, por las aldeas, allá en la orilla de la playa del lago o por las montañas, allí donde está la gente sencilla y humilde que son los que en verdad se sienten necesitados y abren su corazón. La invitación que Jesús hace al Reino de Dios es universal, es para todos.
Todos están invitados. Solo es necesaria una cosa. Ponerse el traje de fiesta. ¿Qué significa ese ponerse el traje de fiesta? Es la conversión del corazón; hemos de dejar atrás los harapos de nuestra miseria, de nuestro pecado, de nuestros egoísmos e insolidaridades, de nuestros orgullos y vanidades, para sentir que han de haber unas actitudes nuevas, unos nuevos comportamientos, un nuevo sentido de la vida. No podemos colarnos en ese banquete de cualquier manera sino que hemos de aceptar ese cambio del corazón que Jesús nos está pidiendo siempre, porque quienes viven encerrados en si mismos no podrán sentarse en la mesa de la hermandad, porque realmente no se sienten hermanos.
Nos puede parecer duro en el relato de la parábola ese final en que uno que había querido sentarse a la mesa sin el traje de fiesta fuera arrojado fuera. Pero ya sabemos, quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad. Tendría que hacernos pensar, porque tantas veces seguimos encerrados en nuestros egoísmos y en nuestros orgullos y queremos sentarnos en la mesa de la Eucaristía creando una situación que es insostenible por si misma. Es la necesaria conversión del corazón.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos


Ante el regalo de Dios que nos llama en las distintas horas de la jornada de la vida y nos regala siempre su amor hemos de estar agradecidos

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16
Hay personas que parece que tienen siempre la sospecha y la desconfianza detrás de la oreja; están prontos para juzgar intenciones de la gente viendo cosas ocultas que quizá no haya, pero que seguramente es lo que llevan en su corazón y no soportan la bondad o las cosas buenas que puedan hacer los demás; como decimos están siempre con la sospecha de los intereses que pudiera haber detrás.
Cuesta tener una convivencia pacífica con personas que están siempre con la sospecha y el juicio condenatorio, incluso de aquellas cosas buenas que puedan ver en los otros; no se tiene confianza, comienzan las reservas, se crean distanciamientos y a la larga así no se puede convivir. Parece que están siempre con la vara de medir en la mano y a la larga también los hace inaguantables.
¿Por qué tienes que juzgar si yo quiero ser bueno con todos por igual? Algo así le responde el dueño de la finca de la parábola a aquel que andaba por allá murmurando y protestando. Aquel buen hombre había salido de mañana, pero lo había hecho también luego en distintas horas del día, a la plaza a buscar jornaleros para su viña. No tuvo suficiente con los conseguidos a primera hora y por eso volvió en distintas horas del día siempre encontrando gente desocupada que no había encontrado quien los llamara a trabajar. A todos los envió a trabajar en su finca. Ya a primera hora había ajustado lo que les iba a pagar y como a todos al final les pagó por igual es cuando surgen las murmuraciones y desconfianzas.
Muchas enseñanzas podemos deducir esta parábola para el camino de nuestra vida. Dios cada día nos ofrece una oportunidad con la vida misma a la que le hemos de dar un valor y un sentido con lo que hagamos y con la manera de hacerlo. Ese trabajo en el que realizamos nuestra vida no lo podemos ver como una carga pesada sino como una oportunidad de creación. En lo que hacemos vamos dejando nuestra impronta, nuestro ser; con el trabajo nos realizamos como personas y nos dignificamos; con el trabajo nos abrimos a los demás y al mundo que nos rodea porque además podríamos decir que estamos siendo como una prolongación de la obra de Dios creador que la puesto en nuestras manos para que continuemos realizando esa tarea de creación.
Ante el regalo de Dios tenemos que saber ser agradecidos. Si es regalo es gracia, no es merecido por nuestra parte sino que es don del amor que Dios nos tiene. Tenemos que descubrir esos regalos de Dios en nuestra vida que nos llegan de tantas maneras. Nos creemos tan merecedores que no somos capaces de valorar la gratuidad del amor que Dios nos tiene para que aprendamos también a responder con amor.
Con esa misma generosidad también tenemos que ir repartiendo amor, arrancando de nosotros tantas desconfianzas que como malas cizañas crecen tantas veces en nuestro corazón. Hemos de saber regalar ese fruto bueno de la amistad, de la confianza, del aprecio, de la valoración también siempre de lo bueno que vemos en los demás. Si vamos con un corazón lleno de amor sabremos descubrir también el amor y las cosas buenas de los demás y lejos de nosotros estarán los recelos y las envidias, siempre estaremos con la mano tendida ofreciendo nuestra confianza y nuestra amistad. Qué bella sería la vida si fuéramos capaces de entender y de vivirla así.

martes, 20 de agosto de 2019

Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios




Con tantas cosas que llevamos apegadas a nuestro corazón nunca podremos entender ni vivir lo que es el Reino de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Es una apetencia que todos llevamos en nuestro interior; quizá desde el mismo instinto de supervivencia todos ansiamos tener unos bienes que nos faciliten la vida e incluso desearíamos estar sobrados de bienes para que nunca nos falta nada de lo necesario y podamos atender debidamente a los nuestros respondiendo a nuestras responsabilidades.
Podemos pensar en bienes materiales, lo que llamamos riquezas, pero al mismo tiempo va acompañado de un deseo de prestigio, de incluso poder ocupar una situación en la vida donde podamos manifestar nuestro poder o nuestras influencias; queremos tener esa aureola de influencias y prestigios porque así quizá podamos hacer que aquellas forma que tenemos de plantearnos la vida sea de alguna manera como se construya nuestra sociedad.
Deseos que pueden ser buenos en cuanto desarrollo de nuestras posibilidades y capacidades deseando esa vida mejor para nosotros y para los nuestros. Pero todo lo que significa cotas de poder, ya sea de la posesión de unas riquezas, desde esos lugares de prestigio o influencia que podamos ocupar tienen el peligro de ser un terreno muy resbaladizo, porque esas riquezas que nos pueden valer para vivir una vida digna pueden pronto convertirse en una avaricia por acaparar y por poseer cada vez más, aunque al final ni siquiera disfrutemos del beneficio de esas mismas posesiones.
Pronto nos podemos endiosar, caer por pendientes de vanidad e incluso llenarse nuestro corazón de ambiciones desmedidas y de orgullos que nos puedan llevar a quitar de en medio lo que pudiera obstaculizar esa posesión egoísta de las cosas. Al final terminamos que más que poseer nosotros las cosas, las riquezas nos poseen a nosotros creándonos apegos del corazón que terminar por encerrarlo en el egoísmo.
Terminamos poniéndonos nosotros como centro de todo porque el orgullo nos endiosará y nos creeremos llenos de poder de manera que nada ni nadie pudiera estar por encima de nosotros. Se nos cierran los ojos para ver mas allá de nosotros mismos, para descubrir un verdadero sentido de vida y para darle una autentica trascendencia a nuestra vida. No vemos más allá de lo que poseemos, endiosamos nuestro yo o terminamos convirtiendo en dioses de nuestra vida esas cosas que poseemos.
Fue el impacto que produjo en el corazón de los discípulos la escena que ayer contemplábamos. Un joven que parece venir con ansias de vida pero que ante el planteamiento que le hace Jesús da la vuelta y se marcha de nuevo a lo suyo, a sus cosas. Era rico. Y hoy escuchamos la respuesta de Jesús. Os aseguro, les dice, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios’.
Termina Jesús poniéndoles un ejemplo muy gráfico. Aquellas puertas estrechas de las ciudades que eran llamadas agujas, precisamente por lo estrechas que eran, por las que nunca podría pasar un camello que viniera con todas su cargas. Y Jesús les dice la paradoja de que le es más fácil entrar un camello cargado con sus mercancías por aquellas puertas estrechas que un rico entrar en el reino de los cielos.
Y tenemos que pensar cuales son esos apegos que nosotros tenemos en nuestra vida. Necesitamos un examen serio. Con los apegos de nuestras riquezas, de nuestros orgullos y de nuestro yo, de nuestros prestigios y aires de grandeza, de nuestros endiosamientos y de nuestras vanidades no podemos alcanzar el Reino de Dios, porque son esas cosas a las que hemos convertido en dioses de nuestra vida. Y Dios es único.
Así podemos entender el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, en que tenemos que reconocer de una forma hecha vida que Dios es el único Señor de nuestra vida; por eso lo llamamos Reino de Dios. Por eso desde el principio nos está pidiendo conversión, dar la vuelta a nuestra vida, desprendernos de todo eso que llevamos apegado a nuestro corazón. Al joven rico Jesús le había pedido que lo vendiera todo, lo compartiera con los pobres y así tendría un tesoro en el cielo.

lunes, 19 de agosto de 2019

Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad


Un plan de vida en el que hemos de dar pasos día a día para llegar a la meta final con desprendimiento y generosidad

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
En la vida a veces queremos alcanzarlo todo por así decirlo de un golpe. Queremos alcanzar una cosa, y ya. Como si todo fuera como nos sucede con las nuevas tecnologías, que tocamos un botón y automáticamente nos aparece en pantalla aquello que queríamos. Nos sucede que la tecnología algunas veces nos falla y las cosas no son tan automáticas como deseamos, y nos desesperamos en la espera, aunque solo unos cuentos segundos más.
Pero esa vida nuestra, que queremos que sea vivir de verdad y no de formas automáticas o virtuales, sabemos que las cosas llevan su curso, que hemos de tener la paciencia de ir por partes, de ir poniéndonos metas – aunque la meta final la tengamos en mente y no la olvidemos – pero metas cercanas, metas que vamos consiguiendo en el día a día. Será así como en verdad nos superamos, iremos limando esas asperezas de la vida que son nuestras debilidades y las cosas – las piedras – en las que tropezamos una y otra vez para ir superándonos y creciendo con sólidos fundamentos.
No podemos pretender un titulo universitario si previamente no hemos ido superando las enseñanzas medias que nos van capacitando para poder llegar a la profundidad de unos estudios universitarios.  Quien dice esto, hemos de pensarlo en ese día a día de nuestra vida en donde tenemos que ir dando los pasos necesarios para nuestro crecimiento humano y espiritual que dé madurez a nuestra vida. Esos pasos intermedios, esos pasos del día a día algunas veces nos resultan más costosos de lo que pensábamos, pero necesitamos darlos.
Hoy vemos en el evangelio que llega hasta Jesús un joven que está buscando el camino de una meta final. En su corazón hay inquietud y deseos de algo grande. Realmente es alguien que quiere darle trascendencia a su vida y no se contenta con metas de aquí abajo. Busca la vida eterna. Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Claro que algunas veces buscamos recetas o soluciones rápidas o automáticas, como si haciendo o cumpliendo con algunas cosas buenas ya podemos conseguirlo. ¿Qué de hacer de bueno...?’ le pregunta a Jesús. Y Jesús le irá haciendo ver que hay que ir dando pasos.
La respuesta de Jesús nos señala el camino de buscar y realizar en nuestra vida lo que es la voluntad de Dios para nosotros. No es cuestión de ir haciendo cositas sin conformar nuestra vida con lo que es el plan de Dios. Un plan de Dios para nosotros que buscar siempre el bien del hombre y en consecuencia así conseguiremos la gloria del señor. No es simplemente que cumplamos con unas reglas que nos prohíben algo poniendo como limitaciones a nuestra vida, sino que sepamos buscar siempre lo que es el bien del hombre y de todo hombre porque así logramos, como decía, la gloria de Dios. No son prohibiciones así porque si, sino metas que se proponen a la vida. Todo cuanto hizo Dios lo hizo bueno y lo hizo para poner en el centro de su creación al hombre, como se nos dice ya en la primera página de la Biblia.
‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’ le dice Jesús y ante la insistencia del joven Jesús se los detalla. Pero aquel joven es un hombre bueno que eso ha tenido por norma en su vida desde siempre. ‘Todo eso lo he cumplido desde mi niñez’, le responde. Y es ahora cuando Jesús le pide dar un paso más. Había posibilidades en aquel corazón bueno, sin embargo veremos luego que hay unos apegos de los que es difícil desprenderse. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’.
Fue un paso que no fue capaz de superar. Era rico. Había muchos apegos en su corazón. Se fue muy triste y Jesús se le quedó mirándolo. Llegar hasta el final estaba exigiéndole algo en lo que le iba a sangrar el corazón y ya no fue capaz. No son recetas mágicas, son plan de vida que envuelve toda nuestra vida, lo que somos y lo que tenemos. Es un plan de vida que da profundo sentido a lo que somos y a lo que tenemos. Es un plan de vida de generosidad y de amor, de desprendimiento y despego de las cosas, de búsqueda de lo que es esencial y de liberación de ataduras. Es un plan de vida que nos conduce hasta el final. Y no podemos llegar al final si no damos esos pasos intermedios.
¿Seremos nosotros capaces de ir dando esos pasos que día a día nos pide el Señor? ¿Tenemos un corazón abierto y un corazón libre de ataduras para poder correr hasta la meta? Si queremos correr hasta alcanzar una meta que nos lleve al triunfo – vida eterna – tenemos que correr sin ataduras, sin pesos muertos que nos limiten y nos resten fuerzas para poder llegar hasta el final. ¿No vemos a los corredores en el estadio?

domingo, 18 de agosto de 2019

Nos preguntamos si el anuncio del evangelio tiene la novedad de ser un fuego que prende el mundo o nos contentamos con decir solo lo que el mundo quiere escuchar


Nos preguntamos si el anuncio del evangelio tiene la novedad de ser un fuego que prende el mundo o nos contentamos con decir solo lo que el mundo quiere escuchar

Jeremías 38,4-6.8-10; Sal 39;  Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53
‘¡La cosa está que arde…!’ No es el momento más oportuno para decirlo, cuando en nuestra tierra estamos pasando una tremenda ola de calor, provocando incendios uno tras otro. Pero creo que entendemos que esta expresión ahora tiene otro sentido, como solemos emplearlo habitualmente cuando vemos situaciones de conflicto y surgen las diatribas de todo tipo, cuando aparece alguien que parece que quiere poner todo patas arriba buscando reformas y cambios en leyes o en costumbres y al final parece que nadie nos entendemos. Situaciones de tensión habremos vivido en alguna ocasión, enfrentamientos por la manera de ver las cosas o por la manera de entender la solución de los problemas en cualquier comunidad humana o de cara a la misma sociedad en general. Mucho en este sentido se puede decir.
Pues algo así viene a decir Jesús hoy en el evangelio. He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Estaba subiendo a Jerusalén; en el evangelio de Lucas la subida de Jesús a Jerusalén viene a ser como eje vertebral de todo su evangelio. Jesús ha ido anunciando lo que significa aquella subida. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
Aunque hay momento en el evangelio que parece que todos siguen a Jesús y le aclaman vamos viendo continuamente la oposición que surge ante sus palabras y sus mensajes. Por allá andan los fariseos, los sumos sacerdotes, los escribas atentos a cuanto dice y hace Jesús. Están al acecho. Y Jesús es conciente, pero su decisión de subir a Jerusalén se mantiene. En algún momento parece que corre en esa subida, otros momentos como ahora va instruyendo a sus discípulos más cercanos sobre cuanto ha de suceder aunque ellos no terminan de entenderle. Y en ese panorama surgen las palabras que hoy escuchamos a Jesús.
Busca la paz, porque además es el príncipe de la paz y en ello se ha de manifestar el Reino de Dios anunciado, pero en torno a El va a surgir la división; será incluso entre los más cercanos, porque uno de los suyos incluso le va a entregar traicionándole. No nos extrañen las palabras de Jesús de que los mismos miembros de la familia van a estar divididos unos contra otros.
Y es que Jesús ya había sido anunciado como signo de contradicción. Recordamos al anciano Simeón allá cuando la presentación en el templo. Ante Jesús hay que decantarse. O le seguimos o no le seguimos, o estamos con El o estaremos contra El. Ya nos lo repetirá en otros momentos del evangelio. Y ya vemos como Jesús se muestra exigente con aquellos que le quieren seguir. Que no busquen honores ni lugares importantes, que no busquen poder y el estar por encima de los demás, que no piensen que todo se les va a solucionar fácilmente y estar con El es garantía de éxito.
Les dice en su subida a Jerusalén que el Hijo del Hombre va a ser entregado y va a morir, aunque al tercer día resucitará; les enseña que su camino ha de pasar por la humildad y el servicio para hacerse los últimos y los servidores de todos; les recuerda que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza; se muestra exigente en la hora del amor y del darse por los demás compartiéndolo todo; les manifiesta que no son las riquezas ni los poderes de este mundo los que los harán grandes, sino que han de ser capaces de desprenderse de todo para compartir, vender lo que tienen para poder tener un tesoro en el cielo.
Y todo eso es como un tesoro por el que hay que darlo todo, porque el que no se niegue a si mismo para tomar su misma cruz no será digno de El. Resulta una paradoja el mensaje de Jesús. No siempre es fácil entenderlo y queremos muchas veces darle vueltas y vueltas para hacernos unas explicaciones pero el mensaje de Jesús tiene una radicalidad que no podemos dejar de lado. Por eso la presencia y la palabra de Jesús revoluciona, produce inquietud, no nos deja dormir tranquilos, no podemos ir con medias tintas ni con remiendos, se necesitan unos odres nuevos para ese vino nuevo, se necesita una vestidura nueva para ese hombre nuevo.
Prende fuego en el mundo, prende fuego en nuestros corazones. Es la fuerza con la que tenemos que anunciarla. ¿Lo estaremos haciendo así? ¿O andaremos con rebajas? Porque si no produce ese impacto en los que la escuchan o en el mundo al que la anunciamos, seguramente algo estaremos haciendo mal. Y es que el profeta siempre resulta incomodo, como escuchamos a Jeremías hoy. Tendríamos que revisarnos para ver si le damos toda la fuerza que en si misma tiene.
Es peligroso que estemos edulcorando el evangelio; es peligroso que digamos muchas cosas que son las que quiere escuchar el mundo, pero que no estemos anunciando a Jesús y su evangelio. Hay el peligro que al final no estemos anunciando a Jesús, sino quizá a nosotros mismos o solamente aquello que el mundo quiere escuchar. Y entonces ese no es el evangelio de Jesús. Por eso no produce ese impacto que nos interroga y que interroga al mundo.
Es un peligro en el que puede caer también la Iglesia hoy a pesar de todas las cosas bonitas que decimos de renovación y de nueva evangelización. Tenemos que estar muy atentos.

sábado, 17 de agosto de 2019

No perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que son señales del Reino de Dios



No perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que son señales del Reino de Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
¿Sabremos disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de cada día? Da la impresión muchas veces de que estemos buscando siempre cosas extraordinarias, grandes cosas, especiales acontecimientos, fiestas a lo grande para poder disfrutar de la vida y nos perdemos esas cosas pequeñas y sencillas que están a nuestro lado pero que algunas veces no sabemos percibir.
Buscamos una grandes obras de arte y no apreciamos la sencilla flor que brota al borde del camino; viajamos cuando podemos poco menos que hasta el fin del mundo para admirar bellezas naturales que nos dijeron que allí eran muy bellas, pero no apreciamos los colores del cielo en un amanecer o a la puesta del sol; no nos maravillamos del sol que se levanta cada mañana y nos da luz y calor, como quizá no sabemos apreciar el cariño y la sonrisa de un niño, o la mirada calida de un amigo que pasa a nuestro lado y nos da los buenos días. Cuántos detalles de la vida nos perdemos cada día, solo porque vamos buscando cosas grandes o cosas extraordinarias, cuando grande y extraordinaria es la vida misma en su propia sencillez.
Escuchando hoy el evangelio he querido disfrutar de algo tan sencillo como ve a alguien sentado en la plaza y rodeado de niños que corren y juegan a su alrededor. Es la escena que nos ofrece hoy el evangelio. Sentado en la plaza o a la puerta de su casa, de camino por aquellos caminos o sencillas calles de aquellos pequeños pueblos contemplamos a Jesús a quienes las madres le traen a sus niños que revolotean con sus jolgorios y risas a su alrededor para que los bendiga.
Imagen bucólica, quizá me queréis decir, pero imagen hermosa que estamos perdiendo ya en nuestro entorno, como aquellos avispados discípulos que alejaban a los niños del maestro para que no lo molestaran. Me vais a decir que ando con añoranzas, pro echo de menos cuando los vecinos nos sentamos en la calle a las puertas de nuestras casas sin ninguna prisa por otras cosas que hacer al caer de la tarde mientras comentábamos los acontecimientos del día mientras los niños corríamos arriba y abajo con nuestros gritos y bullicios llenos de alegría.
Buscando cosas que nos parecen más importantes, agobiados porque siempre tenemos muchas cosas que hacer, corriendo siempre de un lado para otro nos estamos perdiendo esas cosas pequeñas y sencillas de la vida donde podíamos disfrutar de la belleza de la convivencia entre familiares y vecinos.
No quiso Jesús que apartaran los niños de su presencia, porque allí estaba, nos decía, el Reino de Dios. Era algo muy sencillo y natural lo que allí sucedía, pero nos estaba enseñando que en esas cosas sencillas encontramos las señales del Reino de Dios.
No perdamos la capacidad de admirarnos por las cosas sencillas, no perdamos la capacidad de disfrutar de esas cosas tan sencillas como las risas de unos niños que juegan alegres a nuestro lado y que nos están diciendo que pongamos cara de alegría en esas pequeñas cosas que hacemos que no le damos importancia, pero que tienen la importancia de ser señales del Reino de Dios.

viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.

jueves, 15 de agosto de 2019

Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización



Nos gozamos con el triunfo y la glorificación de María en su Asunción y sentimos que pone en nuestras manos la Luz que nos conduce por caminos de una nueva evangelización

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56
¿No nos alegramos con el triunfo de los demás sobre todo de los que amamos o sentimos más cercanos a nosotros? ¿No nos gozamos con alegría de los nuestros y hacemos nuestros todos sus gozos? Nos alegramos y lo festejamos; nos alegramos y los felicitamos haciéndonos nosotros participes de esa felicidad.
¿Cómo no nos vamos a alegrar y festejar hoy con el triunfo de María, con el triunfo de nuestra madre a quien la vemos glorificada en el cielo? Hoy es la Asunción de María, es el triunfo de la Madre que participó tan intensamente del misterio de su Hijo que quiso tenerla junto así asociada a su triunfo en el cielo.
Si cuando Jesús se despedía de los suyos en la última cena les consolaba diciéndoles que se iba junto al Padre para prepararles sitio porque donde El estaba quería que también estuvieran los suyos, cómo no pensar que junto a si quería tener a su Madre y para ella tenía preparado el mejor sitio, cuando ella le había hecho sitio en su seno y en su corazón para que se hiciera Dios con nosotros y fuera posible para todos el misterio de la salvación.
Es con lo que hoy nosotros nos gozamos y festejamos. Celebrar pues esta fiesta de María es ese gozarnos con ella, a la que contemplamos dichosa coronada de gloria y dignidad, ‘de pie a su derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir’, como decimos en el salmo de esta celebración. Hoy todo quiere ser cánticos de alabanzas a María, nuestra Madre y nuestra Reina gozándonos de su triunfo, gozándonos en la plenitud de Dios de la que ya ella participa en el cielo por toda la eternidad. Hoy con María queremos cantar su cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Esta fiesta de la Asunción de María llena de gozo todos los pueblos de la tierra; la Iglesia se viste de fiesta porque queremos honrar a María, porque queremos honrar a la Madre, nuestra madre y la madre de la Iglesia. Si cuando celebramos la fiesta de la madre que nos llevó en su seno y nos trajo al mundo para ella buscamos los mejores regalos que expresen nuestro amor, y rebuscamos las más hermosas palabras con las que cantar su belleza y todas sus virtudes, cuanto más lo tenemos que hacer con nuestra Madre celestial.
Es la fiesta de la Asunción y a este misterio de María se unen en el fervor del pueblo cristiano muchas advocaciones con las que invocamos a María que es como queremos llamarla desde nuestro amor filial. Por toda la geografía se multiplican las fiestas de la Virgen de agosto, las fiestas en honor de María.
En nuestra tierra canaria hoy la invocamos con ese nombre tan querido de la Candelaria; no solo la celebramos en el dos de febrero que es más propiamente su fiesta litúrgica, sino que en este día queremos invocarla de manera especial recordando como María en su imagen bendita ya estuvo en nuestras como una adelantada de la evangelización. Hoy de manera especial en Tenerife celebramos a la Virgen de Candelaria y peregrinos acudimos a su Basílica para festejarla desde todos los rincones de las islas.
Ella, Candelaria, portadora de la luz bien significada doblemente al llevar en una mano un cirio encendido pero portando en el otro brazo a Jesús, fue pionera de la evangelización de nuestra tierra y podríamos decir que nos está pasando el testigo para que con ahínco nos empeñemos en esa tarea de la nueva evangelización de nuestra tierra y de nuestras gentes. Necesitamos renovar la vivencia del espíritu del evangelio entre nosotros que por tantas circunstancias ha mermado su luz entre nosotros.
Es la tarea en la que está empeñada la Iglesia y en lo que todos tenemos que sentirnos implicados. La Luz del evangelio tiene que brillar con fuerza en nuestra vida y en nuestra tierra. De la mano de María tenemos que comprometernos todos en esta tarea. Ella camina a nuestro lado y nos estará recordando siempre la luz de Jesús que tiene que iluminarnos.
Ese compromiso por nuestra parte tendría que ser la mejor ofrenda de amor que en esta fiesta le ofrezcamos como bueno hijos que somos de María. Por eso no tenemos que dejar que decaiga la devoción a María y sea tergiversada con falsas religiosidades ni meramente con un costumbrismo de no perder unas tradiciones. Es mucho más lo que tiene que ser nuestra devoción y nuestro amor a María, porque tiene que ser algo muy vivo en nuestro corazón, una luz muy fuerte que tiene que brillar en nuestra vida y que ha de ser camino de luz para todos para ese encuentro con Jesús al que siempre nos llevará María. 

miércoles, 14 de agosto de 2019

Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor



Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor

 Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20
Este individuo es imposible, es insoportable. Reacciones así tenemos en ocasiones cuando nos encontramos en la vida con personas que quizá dejan mucho que desear en sus comportamientos, que quizá todo el mundo ve cómo se han metido en una vida viciosa - qué lista casi interminable podríamos hacer de individuos que conocemos así enrollados en todo tipo de vicios – y que quizá un día quisimos darle un consejo pero nos hizo caso. Los dejamos por imposibles, como solemos decir, con la cuchara que cojas con esa comas, porque ya ni siquiera intentamos una vez más tratar de ayudar que le den una vuelta a su vida.
¿Nos acobardamos, quizá? ¿Tenemos miedo de enfrentarnos a esas situaciones por las consecuencias que pudieran tener para nuestra vida? Queremos evitar complicaciones y cerramos los ojos para no ver ni querer saber nada. Es difícil y complicado, pero ¿esa sería en verdad una actitud humana hacia esas personas? ¿Qué nos diría el evangelio? Son situaciones difíciles que muchas veces no sabemos como afrontar. Es bonito eso que se dice que tenemos que ayudarnos y que esa es una pobreza muy terrible, pero quizá en nuestra indecisión, cobardía quizá, insolidaridad somos nosotros los verdaderamente pobres. Realmente me siento interpelado en lo más hondo de mi mismo con situaciones así. Es fácil dar consejos, pero ¿hacerlo?
Cuando hablamos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que nosotros hemos de construir y vivir no se trata de cosas utópicas que se quedan en sueños y que no podemos realizar. Decimos Reino de Dios porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida y que en torno a El formamos como una gran familia en la que hemos de querernos y mantener la unidad y la comunión. Eso se ha de traducir en unos valores que queremos poner en nuestra vida, eso significa como hemos de amarnos y siempre en consecuencia buscamos el bien los unos de los otros, eso significa como tenemos que sentirnos en una profunda comunión sintiendo incluso como propio cuando suceda al hermano.
Si eso queremos vivirlo, ¿no nos duele el mal que pueda haber en los otros o incluso que los otros puedan hacer? ¿No tendríamos, entonces, que preocuparnos los unos de los otros para ayudarnos a superar esas situaciones no tan buenas en las que tantas veces nos podemos ver envueltos? Mucho más podríamos preguntarnos en este sentido.
Y es así, desde ese amor, cómo nos aceptamos y nos comprendemos, pero también con un grande amor y con una exquisita humildad nos corregimos y apoyamos mutuamente para salir de ese mal que se nos haya podido meter en el corazón. Así estaremos haciendo en verdad el Reino de Dios, así es como realmente llegaremos a vivirlo. Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio en la llamada corrección fraterna, dándonos las pautas más humildes y exquisitas para que realicemos ese mutua corrección de hermanos.
¿Lo hacemos? ¿Nos cuesta? ¿Ponemos verdadera humildad en esa corrección fraterna? No podemos ir desde el engreimiento orgulloso de creernos los santos y los que nunca fallamos, sino que reconociendo que nosotros somos también débiles muchas veces nos acercamos con amor al hermano, con sencillez y con humildad. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de las palabras de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Aquellas actitudes insolidarias y prepotentes de las que hablamos al principio tienen que estar muy lejos de nuestro estilo de vivir.

martes, 13 de agosto de 2019

Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante



Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante

Deuteronomio 31,1-8; Sal. Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
No hace muchos días en las rede sociales aparecía una foto de un amigo, no ya tan joven, que aparecía jugando como si de un chiquillo se tratara en esos parques de juegos que ahora fácilmente nos encontramos para entretenimientos de pequeños y de grandes; allí estaba disfrutando como un niño tirándose de unas sogas colgantes, realmente no sé el nombre del juego acaso porque ya me voy poniendo mayor. Yo le comentaba que le estaba saliendo al flote el alma de niño que todavía llevaba dentro.
Me vino a la memoria esta breve anécdota al escuchar lo que nos pide hoy Jesús en el evangelio, que nos hagamos como niños. Hay a quien no le gusta que lo traten de manera infantil, pero realmente llevamos un alma de niño dentro de nosotros que sin embargo por la seriedad con que nos tomamos la vida queremos ocultar como si nos pareciera que eso nos iba a empequeñecer. Pero ojalá nos quedara aquella inocencia y aquellos ojos limpios sin malicia, que desgraciadamente la vida se ha encargado de hacer turbios; aquellos ojos de curiosidad que siempre buscan y preguntan porque quieren saber, porque quieren creer, porque quieren crecer; lo malo es que cuando vamos creciendo dejamos crecer también la mala hierba de la malicia en nuestro corazón que ya nos impedirá tener aquella mira clara y limpia del niño para descubrir lo bello de la vida.
Le había preguntado a Jesús quién es el más importante en el reino de los cielos. Siempre los hombres nos estamos preguntando cómo podemos ser importantes, aparecen esos deseos de grandeza y de orgullo con tanta facilidad en nuestros deseos y aspiraciones. Pero Jesús, por así decirlo, les rompe los moldes porque les pone un niño en medio de ellos. En aquella época el niño era poco considerado, mientras no llegara a una cierta mayoría de edad no eran tenidos en cuenta. También nosotros decimos de las cosas de los niños ‘eso son chiquilladas’ y no le damos importancia tantas veces.
Conocemos bien la respuesta de Jesús. Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.
Ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de los cielos es de los pobres, y que serán los pequeños y los sencillos los que más están abiertos a Dios, que se revela a los humildes. Hoy nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. Ya le diría a Nicodemo que había que nacer de nuevo, aunque aquel hombre se preguntara cómo siendo uno mayor puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Hoy nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños. Y esos serán los más grandes.
¿Nos hemos fijado en la sonrisa alegre de un niño no solo en medio de sus juegos sino también cuando se siente a gusto con los que le rodean? Una alegría que nace de ese corazón sin malicia, de ese corazón inquieto que busca, de esa generosidad espontánea que lleva al encuentro con los demás, de esas cosas hechas con inocencia donde no aparecen ni las malas intenciones ni la doblez y el engaño. Son las cosas que tendríamos que aprender a vivir para que sigamos manteniendo esa sonrisa alegre en nuestra cara.
Aprenderíamos así a convivir y a aceptarnos, aprenderíamos a caminar juntos siendo capaces de darnos la mano porque confiamos siempre en el que va a nuestro lado. Haríamos la vida bella siempre porque estaríamos dispuestos a evitar las espinas que pudieran dañar. Seríamos capaces de seguir jugando como niños con la alegría sana que brota de corazones sanos. ¿No serían estas señales de que estamos viviendo en los parámetros del Reino de Dios?

lunes, 12 de agosto de 2019

No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas



No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón para poner otro color y otro calor en nuestras relaciones y hacerlas más humanas

Deuteronomio 10,12-22; Sal 147; Mateo 17,22-27
Algunos parece que vamos de duros por la vida, ni una sonrisa ni una mueca o expresión en el rostro que manifieste algún tipo de sentimientos, miradas frías y hieráticas, frialdad o insensibilidad en el trato, ningún gesto de afecto o de algún mínimo de compasión cuando nos encontramos con algún tipo de sufrimiento, parecemos impasibles. Nos parece que manifestar sentimientos nos debilita, con nuestras miradas severas nos creemos vencedores y superiores en todo y a todos.
No todos somos así, es cierto, porque se manifiesta mucha ternura en ocasiones entre unos y otros, pero fijémonos en el rostro de los que encontramos por la calle y veremos cómo cada uno va en su mundo, en sus pensamientos, sin ninguna muestra externa de lo que puedan llevar en su interior, sin ninguna mirada que se cruce con el que se encuentra porque parece que van por otro mundo, no por nuestras calles o caminos ni encontrándose con otros que son sus semejantes.
¿Es malo expresar los sentimientos? Nos ponemos a razonar y nos decimos que cuando expresamos los sentimientos nos estamos acercando a los demás, pero aun así seguimos poniendo distancias y guardándonos nuestros sentimientos para nosotros. Pero algunas veces lo que tanto guardamos sin darle uso, termina por estropearse y pudrirse. Y es a lo que da olor muchas veces nuestro mundo cuando vamos tan de insensibles por la vida.
¿No tendríamos que poner otro color y otro calor en nuestras relaciones? No ocultemos la capacidad de ternura que llevamos en el corazón y que nos hace cercanos a los otros para gozarnos con ellos en sus alegrías pero también para saber sufrir con ellos en sus problemas y dolores, que un dolor compartido parece menos dolor porque ya esa cercanía es una forma de consolar.
No tengamos vergüenza de nuestros sentimientos, ya nos sintamos tristes por penas o problemas o ya estemos radiantes por lo bueno de lo que disfrutamos y por lo bueno que descubrimos en los demás. Seremos así más humanos, porque esos sentimientos forman parte también de nuestro ser humano. y es bueno que nos paremos a pensar en estas cosas, que despertemos eso bueno y tierno que llevamos en el corazón, que nos hagamos sensibles ante cuanto les sucede a los demás y no tengamos miedo de manifestarlo y manifestarnos también como seres capaces de compasión.
Y alguien dirá ¿a que viene toda esta reflexión en esta semilla de cada día que quiere ser un comentario del evangelio del día? Es un comentario que queremos hacer pero queriendo llevarlo a lo que es también la vida de cada día, de lo que nos sucede, de la manera que tenemos de hacer las cosas, o de aquellas cosas que tendríamos que hacer florecer quizá en nuestra vida. El evangelio es buena noticia de cada día para nuestra vida concreta y en esa nuestra vida concreta han de florecer nuestros sentimientos.
Simplemente he partido de aquello que nos dice hoy el evangelio que los discípulos se pusieron tristes con las palabras de Jesús. Les hablaba y anunciaba su próxima pasión que ellos no terminaban de entender, y como hablaba de sufrimiento, de cruz y de muerte apareció esa tristeza en sus corazones. Como aparece tantas veces en nuestra vida en cosas que nos resultan incomprensibles, en los problemas que nos surgen cada día o cuando constatamos un sufrimiento injusto en los demás.
Es cierto que los discípulos andaban un poco ciegos porque entendieron lo de la muerte pero no entendieron lo que les anunciaba Jesús también de resurrección. Cuando llegue la resurrección después de pasar por el dolor de la pascua bien que manifestarán su alegría. Hagamos muy humana la vivencia de nuestra fe manifestándonos humanos, manifestando también nuestros sentimientos.
Una alegría que también nosotros hemos de saber manifestar en nuestra vida, en esos gestos espontáneos que nos pueden surgir, pero también con la alegría que vivimos nuestra fe, que nos llega de entusiasmo pero que quiere contagiar de esa alegría y de esa fe a los que están a nuestro lado.

domingo, 11 de agosto de 2019

En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad



En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos  y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19;  Lucas 12, 32-48
Cuando a uno le confían una tarea lo menos que uno puede ser es fiel, responsable, y leal hacia aquel que nos ha confiado dicha tarea y responder con prontitud a lo que se nos ha encomendado. Han puesto su confianza en nosotros y ahora hemos de merecernos esa confianza en el cumplimiento de lo encomendado. Ahí vamos manifestando la madurez de nuestra vida y así contribuimos desde esas responsabilidades que asumimos en hacer, por ejemplo, que nuestra convivencia sea de lo mejor y todos al final salgamos beneficiados por aquello que realizamos.
Aunque nos parezca muchas veces que aquellas cosas que hacemos tienen un objetivo y un fin determinado según lo que estemos realizando, sin embargo sabemos bien que todo está interrelacionado y es en fin el mismo conjunto de la sociedad la que sale ganando con lo bueno que realizamos y con el cumplimiento fiel de nuestras tareas. Mi bondad y mi responsabilidad repercuten también en el conjunto de la sociedad en la que vivimos porque son granitos de arena con los que contribuimos a la construcción de esa misma sociedad y de ese mundo en el que convivimos.
¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Es que Jesús nos habla de vigilancia y responsabilidad. Nos habla Jesús del criado que ha de cuidar la puerta de la casa y cuanto más en la ausencia del amo y que ha de estar vigilante para el momento en que llegue para abrirle apenas llegue y llame; nos habla del administrador a quien se le confían unos bienes, o el que está al frente de las tareas de la casa y que todo ha de ordenarlo debidamente para que cada uno cumpla su función y todos además sean bien atendidos; como nos habla también del uso que cada uno ha de dar a sus bienes y posesiones no quedándose en una función egoísta en pensar solo en sus ganancias personales sino de cuanto puede hacer con ello en beneficio de los demás.
¿Qué quería decirles Jesús a los discípulos cuando les proponía estas pequeñas parábolas? ‘No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino’, comenzaba diciéndoles Jesús. ¿No estará preparando Jesús a aquellos discípulos más cercanos a quienes confiaba los secretos del Reino para la misión que un día habrían de recibir? Está queriéndoles decir Jesús cómo confía en ellos y por eso un día les confiará su misma misión. Pero aun más, podríamos decir, estaba señalándoles cómo todo aquel misterio de gracia que a ellos les revelaba un día tendrían que compartirlo, contagiarlo a cuantos les rodeasen; y de esa tarea no se podrían escaquear, como decimos ahora.
Pensamos, sí, quienes hoy estamos escuchando esta Palabra de Jesús en la tarea que tenemos que realizar, porque de El recibimos su misma misión. Claro que pensamos en nuestras responsabilidades personales de cada día con nosotros mismos y en medio de la sociedad en la que convivimos. Fidelidad, responsabilidad, vigilancia, lealtad con nosotros mismos, con nuestro mundo pero también lo hemos de sentir ante Dios. Como decíamos antes cada cosa que hagamos hecha con fidelidad total es un granito de arena bien importante en la construcción de nuestro mundo.
Pero pensemos además nosotros cristianos, que nos consideramos y que nos manifestamos como creyentes en la responsabilidad que tenemos de esa luz que se ha puesto en nuestras manos, que es nuestra fe. Pensemos nosotros, como hombres y mujeres de Iglesia – pertenecemos a la Iglesia, formamos parte de la comunidad eclesial – en la responsabilidad que también dentro de nuestra Iglesia tenemos.
Fáciles somos para hacernos nuestros juicios, para criticar o murmurar en lo mal que están las cosas, en los problemas que quizá vemos en nuestras comunidades cristianas o en el conjunto de la Iglesia, cosas que no nos satisfacen, que vemos que quizá tendrían que ser de otra forma, ¿nos quedamos solo en la critica o en la murmuración o nos comprometeremos a poner nuestro granito de arena para que mejoren también las cosas en nuestra Iglesia?
Tampoco tenemos que meter el rabo entre piernas acobardados por lo que vemos en nuestro mundo y en nuestra sociedad y también quizá por las críticas que recibe la Iglesia, el desprestigio a que quieren someterla en nuestra sociedad de hoy, o la oposición que podemos encontrar para que la Iglesia pueda seguir realizando su misión.
Nos callamos tantas veces acobardados, nos echamos para atrás y no somos capaces de levantar la voz, tenemos miedo de manifestarnos porque tememos la reacción que puedan tener las gentes de nuestro entorno. ¿Es esa la lealtad que tenemos con nuestra fe, con nuestra Iglesia, con aquello en lo que creemos y que queremos vivir? ¿Estaremos siendo el mal administrador que no cumplimos con nuestros deberes de responsabilidad, fidelidad y lealtad?
¿Qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿Qué hacemos por esa Iglesia a la que pertenecemos? ¿Estaremos escondiendo ese tesoro por cobardía? En muchas cosas tendremos que pensar, pero también es hora de ponernos a actuar.