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domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.

viernes, 30 de agosto de 2019

Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo



Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13
Con esto es suficiente, pensábamos, y si acaso luego buscamos más. Pero nos cogió el toro, como se suele decir. No fue suficiente y luego no hubo manera de conseguir más. Son nuestras imprevisiones, muchas veces nacidas de la desgana, del poco entusiasmo, de hacer las cosas simplemente como si fuera una obligación pero sin poner ganas, entusiasmo, alegría que aquello que hacemos.
Hay personas que van así por la vida, arrastrándose. Han perdido la ilusión, no tienen ganas de esforzarse para nada, con poca cosa se contentan, van a lo mínimo y así le vas en la vida. Parece que son felices así, que no necesitan tanto esfuerzo como aquellos que nos tomamos las cosas en serio y ponemos ganas y trabajamos lo que sea necesario para conseguirlo. Pero a la larga no son felices, lo pasaron bien (¿?) en algún momento porque no se esforzaron tanto, pero sus metas eran raquíticas y no lograron algo que les diera mas plenitud a sus vidas.
Esforzarnos y perseveran es algo que cuesta; ser previsores de futuro para las contingencias que pudieran surgir no siempre lo tenemos en cuenta; y no es que tengamos que ir acaparando con agobios como si nos fuéramos a quedar sin nada, pero sí es necesario preparar bien las cosas, porque eso forma parte de nuestra responsabilidad en la vida.
No podemos estar a lo que salta, a lo que venga en cualquier momento y nos coja de improviso. Hay tomarse en serio la misión que tenemos en la vida y por eso es necesario prepararse y desde muy pronto. Es una lástima que tantos jóvenes se tomen la vida alegremente en su juventud y no se preparen en serio para el futuro de su vida.
Son pensamientos que me surgen, un poco desordenados quizás, ante la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio. Ya sabemos de aquellas jóvenes que salían a recibir al esposo que llegaba para la boda, pero que tenían que ir con lámparas encendidas para alumbrar el camino en principio pero también para iluminar la sala de las bodas. El esposo tardó en llegar, y no había suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas. Ya conocemos el desarrollo de la parábola y como las que no tuvieron aceite suficiente mientras a última hora fueron a comprar más, se cerró la puerta de la boda y no pudieron entrar.
Ya de alguna manera hemos hecho una lectura del mensaje del texto aplicándolo a la vida, en esas cosas que nos suceden cada día, o en estas posturas o actitudes que tomamos ante nuestras responsabilidades. Muchas situaciones de la vida tendríamos que ver reflejadas ahí para sacar nuestras propias conclusiones; revisión de la forma como nos tomamos la vida, como asumimos hasta el fondo nuestras responsabilidades, como vamos teniendo esas previsiones que necesitamos en el día a día.
Algo que podemos aplicar al camino de nuestra fe, de nuestra formación cristiana, de nuestros compromisos ante el mundo desde esa vivencia de nuestra fe. En nuestras manos, podemos decir, tenemos esa luz de nuestra fe, pero que tenemos que cuidar, que tenemos que preservar que no se apague, que tenemos que alimentar. No nos podemos contentar en decir que tenemos fe, que estamos bautizados y algunas veces realicemos algún acto religioso.
La vivencia de la fe tiene que llevarnos a algo más; primero a profundizar en esa fe, a tener un verdadero conocimiento y formación de esa fe que tenemos, que hemos recibido. Poco nos preocupamos de la formación y maduración de esa fe; nos contentamos con lo que de niño nos trasmitieron, pero luego no lo hemos madurado en la vida en la medida en que hemos ido madurando humanamente. Hay que alimentar esa fe, conociéndola, formándonos, escuchando con atención desde lo hondo del corazón, participando en todo aquello que se nos pueda ofrecer para profundizar en esa fe y hacerla más viva.
Tenemos posibilidad de cada día leer el evangelio, leer la Biblia; como igualmente se nos ofrece por parte de la Iglesia en que participemos en grupos cristianos que nos ayudan a madurar en esa fe. Pero muchas veces somos reacios a participar porque nos creemos que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o qué nos van a enseñar.
Se nos apagan las lámparas, no tenemos el aceite suficiente, y vemos como se va debilitando la fe en tantos y nos puede suceder a nosotros también. Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida esa lámpara.

domingo, 11 de agosto de 2019

En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad



En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos  y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19;  Lucas 12, 32-48
Cuando a uno le confían una tarea lo menos que uno puede ser es fiel, responsable, y leal hacia aquel que nos ha confiado dicha tarea y responder con prontitud a lo que se nos ha encomendado. Han puesto su confianza en nosotros y ahora hemos de merecernos esa confianza en el cumplimiento de lo encomendado. Ahí vamos manifestando la madurez de nuestra vida y así contribuimos desde esas responsabilidades que asumimos en hacer, por ejemplo, que nuestra convivencia sea de lo mejor y todos al final salgamos beneficiados por aquello que realizamos.
Aunque nos parezca muchas veces que aquellas cosas que hacemos tienen un objetivo y un fin determinado según lo que estemos realizando, sin embargo sabemos bien que todo está interrelacionado y es en fin el mismo conjunto de la sociedad la que sale ganando con lo bueno que realizamos y con el cumplimiento fiel de nuestras tareas. Mi bondad y mi responsabilidad repercuten también en el conjunto de la sociedad en la que vivimos porque son granitos de arena con los que contribuimos a la construcción de esa misma sociedad y de ese mundo en el que convivimos.
¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Es que Jesús nos habla de vigilancia y responsabilidad. Nos habla Jesús del criado que ha de cuidar la puerta de la casa y cuanto más en la ausencia del amo y que ha de estar vigilante para el momento en que llegue para abrirle apenas llegue y llame; nos habla del administrador a quien se le confían unos bienes, o el que está al frente de las tareas de la casa y que todo ha de ordenarlo debidamente para que cada uno cumpla su función y todos además sean bien atendidos; como nos habla también del uso que cada uno ha de dar a sus bienes y posesiones no quedándose en una función egoísta en pensar solo en sus ganancias personales sino de cuanto puede hacer con ello en beneficio de los demás.
¿Qué quería decirles Jesús a los discípulos cuando les proponía estas pequeñas parábolas? ‘No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino’, comenzaba diciéndoles Jesús. ¿No estará preparando Jesús a aquellos discípulos más cercanos a quienes confiaba los secretos del Reino para la misión que un día habrían de recibir? Está queriéndoles decir Jesús cómo confía en ellos y por eso un día les confiará su misma misión. Pero aun más, podríamos decir, estaba señalándoles cómo todo aquel misterio de gracia que a ellos les revelaba un día tendrían que compartirlo, contagiarlo a cuantos les rodeasen; y de esa tarea no se podrían escaquear, como decimos ahora.
Pensamos, sí, quienes hoy estamos escuchando esta Palabra de Jesús en la tarea que tenemos que realizar, porque de El recibimos su misma misión. Claro que pensamos en nuestras responsabilidades personales de cada día con nosotros mismos y en medio de la sociedad en la que convivimos. Fidelidad, responsabilidad, vigilancia, lealtad con nosotros mismos, con nuestro mundo pero también lo hemos de sentir ante Dios. Como decíamos antes cada cosa que hagamos hecha con fidelidad total es un granito de arena bien importante en la construcción de nuestro mundo.
Pero pensemos además nosotros cristianos, que nos consideramos y que nos manifestamos como creyentes en la responsabilidad que tenemos de esa luz que se ha puesto en nuestras manos, que es nuestra fe. Pensemos nosotros, como hombres y mujeres de Iglesia – pertenecemos a la Iglesia, formamos parte de la comunidad eclesial – en la responsabilidad que también dentro de nuestra Iglesia tenemos.
Fáciles somos para hacernos nuestros juicios, para criticar o murmurar en lo mal que están las cosas, en los problemas que quizá vemos en nuestras comunidades cristianas o en el conjunto de la Iglesia, cosas que no nos satisfacen, que vemos que quizá tendrían que ser de otra forma, ¿nos quedamos solo en la critica o en la murmuración o nos comprometeremos a poner nuestro granito de arena para que mejoren también las cosas en nuestra Iglesia?
Tampoco tenemos que meter el rabo entre piernas acobardados por lo que vemos en nuestro mundo y en nuestra sociedad y también quizá por las críticas que recibe la Iglesia, el desprestigio a que quieren someterla en nuestra sociedad de hoy, o la oposición que podemos encontrar para que la Iglesia pueda seguir realizando su misión.
Nos callamos tantas veces acobardados, nos echamos para atrás y no somos capaces de levantar la voz, tenemos miedo de manifestarnos porque tememos la reacción que puedan tener las gentes de nuestro entorno. ¿Es esa la lealtad que tenemos con nuestra fe, con nuestra Iglesia, con aquello en lo que creemos y que queremos vivir? ¿Estaremos siendo el mal administrador que no cumplimos con nuestros deberes de responsabilidad, fidelidad y lealtad?
¿Qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿Qué hacemos por esa Iglesia a la que pertenecemos? ¿Estaremos escondiendo ese tesoro por cobardía? En muchas cosas tendremos que pensar, pero también es hora de ponernos a actuar.

jueves, 9 de agosto de 2018

Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida



Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida

 Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

¿Qué nos pasa si en medio de una fiesta que hemos preparado con mucho espero y estábamos hace tiempo deseando se nos va de repente la luz? Parece que todo se nos ha chafado, que la fiesta se nos va de las manos, que pronto aparecerá el descontento general de los asistentes por falta de previsiones, y estaremos buscando como locos una rápida solución. Todo el gozo en un pozo, como solemos decir.
Nos podemos estar refiriendo a las fiestas de nuestros pueblos que año tras año estamos ansiosos esperando, pero nos puede suceder en una fiesta familiar donde nos hemos reunido parientes, amigos y vecinos porque aquel era un especial cumpleaños o por algún determinado acontecimiento que queremos resaltar y celebrar.
Pero ¿y en la fiesta de la vida? alguno podría decir que la vida tiene poco de fiesta porque pesimistas muchas veces nos fijamos más en los problemas o las cosas luctuosas que nos puedan ir sucediendo y al final nos puede ir faltando esa alegría de fiesta que tendríamos que poner siempre en nuestro corazón.
Tendríamos que darle otro sentido de alegría a nuestro vivir. Empezando por saber reconocer las cosas buenas y positivas que podemos ir viviendo en cada momento, pero es que además tendríamos que saber sentir en cada ocasión el gozo del vivir, que es el gozo del encuentro y de la convivencia, que es el gozo de la ilusión que ponemos en nuestros proyectos llenos de esperanza.
No podemos ir por la vida con caras fúnebres que expresan en cierto modo lo sombrío que llevamos nuestros corazones, no podemos dejarnos atenazar por las sombras del pesimismo, hemos de saber poner ilusión en el vivir de cada día desde el momento que nos levantamos por la mañana poniendo ganas y empeño en ir viviendo con alegría cada momento de nuestra vida. Los problemas y contratiempos son retos que nos aparecen en la vida pero que podremos superar si sabemos poner ilusión y esperanza en lo que vamos creando con nuestra vida. La vida vivida con positividad nos hace más felices a nosotros y a los que nos rodean.
Si comenzamos los primeros peldaños del día con pesimismo y llenos de sombras, a oscuras vamos a permanecer todo el día, pero lo malo que es llevaremos esa oscuridad a los que están a nuestro lado. Y hay personas que son especialistas en eso. No podemos permitir que se nos apague la luz de nuestra alegría, la ilusión por vivir, la esperanza de lo nuevo que queremos construir. Con sombras sobre nosotros no seremos capaces de ver bien los cimientos ni los entresijos de lo que vamos construyendo.
Pero lo triste es que muchas veces nos falta esa luz, se nos apaga esa luz, no la supimos alimentar adecuadamente. Dejamos grietas en el alma sin cerrar por donde se nos derramó el combustible que necesitamos para mantener encendida esa luz. No supimos o no quisimos curar esas heridas del alma porque en nuestro orgullo quizá nos creíamos muy autosuficientes. Nuestro orgullo o nuestro amor propio no nos permitió darnos cuenta de que nuestra barca podía estar haciendo aguas, porque nos guardábamos dentro de nosotros aquellas cosas que un día recibimos de alguien y nos podían hacer daño, y no fuimos capaces de restañar esas heridas con la humildad y el perdón, poniendo ternura en nuestro corazón que fuera bálsamo que nos curara, nos hiciera mantenernos en una órbita de comprensión y de amor.
Mucho podríamos seguir reflexionando por ahí, pero puede bastarnos esto para ponernos en alerta, para estar mas vigilantes, para buscar de verdad ese combustible de la gracia de Dios que alimentara nuestra vida y nos hiciera mantener encendida esa lámpara de la alegría frente a los embates que pudiéramos recibir por todos lados. En una reflexión serena muchas mas cosas podríamos descubrir.
Hoy el evangelio nos habla de la parábola de las doncellas que con lámparas encendidas tenían que salir al encuentro del esposo para entrar en la fiesta del banquete de bodas. No todas pudieron entrar, porque sus lámparas se apagaron, les faltó el aceite para mantenerlas encendidas. Lo hemos reflexionado muchas veces. Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Una lámpara encendida con la que hemos de ir al encuentro de todo el que nos encontremos en el camino de la vida o de ese mundo envuelto en tantas oscuridades para iluminarlo


Una lámpara encendida con la que hemos de ir al encuentro de todo el que nos encontremos en el camino de la vida o de ese mundo envuelto en tantas oscuridades para iluminarlo

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-17; Mateo 25, 1-13

Una salida al encuentro de quien se acerca por el camino, alguien que viene y a quien se espera aunque no se sabe cuando ni lo que puede tardar ni como va a llegar hasta nosotros y cómo lo podremos reconocer, unos caminos que serían tenebrosos sin una luz que los ilumine, unas lámparas que hay que mantener encendidas, unas doncellas que se duermen en la espera por la tardanza, la sabiduría de quien supo tener suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas y la necedad de los que no son previsores y se quedan con las lámparas apagadas y si poder participar en la fiesta del encuentro. Muchas imágenes que se suceden una tras otra y que nos hablan, que nos llaman, que nos invitan a estar despiertos y con esperanza, que nos traen un hermoso mensaje.
La parábola que nos propone Jesús descrita con escuetas palabras pero con multitud de detalles enriquecedores parte de lo que es la costumbre de la época y nos habla de las amigas de la novia que han de salir con lámparas encendidas a la espera del novio, lámparas que luego van a servir para iluminar la sala del banquete. Hay contratiempos con la tardanza en la llegada del novio y la falta de aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas; una lámpara sin aceite que la alimente de nada nos serviría.
Y Jesús nos está hablando del Reino de los cielos. Y Jesús nos está hablando de una salida a la espera y al encuentro porque siempre en la vida vamos a ir encontrándonos no solo con los que se cruzan en nuestros caminos sino en aquellos que vienen a nosotros o esperan algo de nosotros. Eso significa que sabemos que podemos tener ese encuentro aunque no sepamos cuando ni donde y que no solo hemos de esperar sino también además de dejarnos encontrar también ser capaces de ir nosotros en salida al encuentro de quien viene.
Y no nos podemos dormir, no podemos pensar que ya llegará y cuando llegue nosotros estamos ahí, si estamos dormidos; pero es que nuestra misión es iluminar, no podemos ser lámparas opacas, ocultas debajo de la cama sino que han de estar bien altas para que con su luz podamos ayudar a los que también van por esos oscuros caminos de la vida; pero es necesario para que no dejemos apagar esas lámparas, tener suficiente combustible para que siempre estén encendidas porque muchas son las oscuridades que nos pueden envolver a nosotros o pueden envolver a ese mundo en el que estamos y donde tenemos una misión.
Creo que podemos ir entendiendo, podemos irnos dando cuenta de esa realidad de la vida donde tenemos que ser luz; toda persona debe ser luz para los demás. Todos tenemos el compromiso de hacer de ese mundo en el que vivimos y que se ve envuelto en tantos problemas un mundo mejor. Es con cosas positivas con las que tenemos que iluminar, construir nuestra vida y nuestra sociedad. Las negatividades nos oscurecen y llenan de tinieblas como cuando dejamos meter el odio, la insolidaridad, la falsedad y la mentira, las rivalidades y enfrentamientos, los orgullos que nos aíslan y que ponen distancias entre unos y otros y así tantas otras cosas negativas.
Todo ser humano está llamado a construir de forma positiva ese mundo en el que vivimos. Y todo eso positivo tenemos que llevarlo en nuestra persona, en nuestra manera de vivir y en el sentido que le damos a las cosas, en la mirada limpia con que queremos caminar al encuentro de los demás, en nuestras actitudes y posturas y en todo lo que vamos haciendo por la vida. Es la luz que tenemos que mantener encendida.
Estamos comentando que la parábola puede hablarle a todo ser humano que se quiere tomar en serio su vida y su presencia en el mundo y que cuida unos valores positivos con los que puede enriquecer la vida de los demás y mejorar nuestra sociedad. Pero Jesús con la parábola nos está queriendo decir algo más porque nos hace la comparación con lo que ha de ser el Reino de Dios.
De ahí que podemos pensar en mucho más, aunque todo lo que hemos venido reflexionando es hermoso. Y aquí tenemos que pensar cual es la luz que los que seguimos a Jesús llevamos con nuestras vidas. La luz de nuestra fe, la luz de nuestro amor, la luz que nos hace tener una mirada nueva y distinta hacia todo aquel que nos encontramos en el camino que ya para siempre será un hermano, la luz de nuestro compromiso y nuestra lucha por el bien, por la justicia, por la paz para hacer un mundo mejor y más justo que sea imagen del Reino de Dios, la luz de la Buena Noticia de Jesús.
Una luz que no se nos puede apagar; una tarea en la que no podemos adormecernos; una espera que ya no podrá ser pasiva sino que nos hace salir al encuentro del otro, al encuentro de tantos que se pueden encontrar a oscuras en este mundo en su pobreza, en sus sufrimientos, en su soledad, en las injusticias que padecen, en la paz que les falta en su corazón. Es un mundo atormentado en sus múltiples tinieblas al que tenemos que llevar nuestra luz.
Porque el Señor viene a nuestro encuentro en esos hermanos que sufren, hambrientos, sedientos, abandonados o perseguidos, aislados o marginados, enfermos en sus cuerpos lacerados por la enfermedad o en sus espíritus a los que les falta la paz. Y es que Jesús nos está diciendo que todo lo que hacemos a esos hermanos a El se lo hacemos, que cada vez que nos encontramos con un hermano con El nos estamos encontrando.
Que no nos falta esa luz en nuestra vida; que sepamos alimentarla en nuestro encuentro con el Señor en la oración, en la escucha de su Palabra o de rodillas al pie del sagrario. El alimenta la lámpara de nuestra luz, porque El es la luz que tenemos que llevar.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy


Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13
‘Bueno, con eso será suficiente, ¿para qué llevar más? Y si hace falta ya tendremos oportunidad de conseguir como sea algo más por allí o se busca donde comprarlo...’ Así quizá habremos pensado en alguna ocasión cuando teníamos que preparar algo que tendríamos que utilizar luego y luego nuestros cálculos nos salieron fallidos porque no fue suficiente lo que teníamos.
O es la tentación que tenemos tantas veces de dejar para otro momento algo que tenemos que hacer porque decimos que tenemos tiempo y luego el tiempo se nos echa encima y andamos con apuros al final. Siempre recuerdo lo que me decía mi madre, ‘guarda que comer y no qué hacer’, para que fuéramos previsores de futuro y prepara las cosas a tiempo no dejándolas para después, como sentimos la tentación tantas veces porque quizá ahora en este momento estamos entretenidos en otras cosas.
Es una vigilancia cargada de responsabilidad que hemos de saber tener en la vida. aunque sabemos quizá de nuestras posibilidades, de nuestras capacidades, la vida está hecha de muchas circunstancias que no siempre dependen de nosotros mismos, porque vivimos en relación con los demás, porque son diversos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno que no dependen de nosotros, porque no sabemos lo que van a hacer los demás, pero nosotros tenemos nuestra responsabilidad y esa responsabilidad nos tiene que llevar a ese cumplimiento de deberes y obligaciones, a esa vigilancia para no perder la oportunidad de lo bueno que vamos teniendo en la vida.
Son los pensamientos que afloran en mí al escuchar esta parábola que nos propone Jesús de las doncellas que han de salir con sus lámparas encendidas para la llegada del novio a la boda. Una parábola que en su literalidad hemos de entender desde las costumbres de la época y las circunstancias que se Vivian entonces, que hacen necesario ese tener luz en los caminos cercanos a la casa de la novia para cuando llegara el novio con sus amigos a la boda; eran las amigas de la novia las encargadas de iluminar con lámparas de aceite aquellos caminos y había que ser previsoras para tener aceite suficiente porque no sabían realmente la tardanza y aquellas lámparas iban también a servir para iluminar la sala de la boda. Ya conocemos el desarrollo de la parábola con las tardanzas, la falta de aceite y la imposibilidad de tenerlo a tiempo, que hizo que se quedaran sin boda aquellas doncellas.
Nos quiere hablar Jesús de la trascendencia de la vida y de ese momento final de nuestra historia personal para el que hemos de estar preparados. Llega el Señor a nuestra vida, un día nos hemos de presentar ante El y hemos de estar dispuestos y preparados. Pero no solo es el momento final sino el día a día de nuestra vida, con nuestras responsabilidades, con nuestras tareas, con la hermosura del trabajo humano, como en otras ocasiones hemos reflexionado.
No podemos desatender nuestra vida. Es el cuidado personal en nuestro propio desarrollo y es el cuidado personal en como hemos de prepararnos para la vida. es una lástima como pasamos adormecidos muchos momentos de la vida en los que tendríamos que estarnos preparando, desarrollando nuestras cualidades y capacidades, poniendo los cimientos de una sólida formación, cuidando nuestros estudios que nos capacitan siempre para algo más y algo mejor. Que lástima tantos momentos de juventud desaprovechados y que crean tantas lagunas en nuestra vida de las que nos daremos cuenta cuando ya sea quizá demasiado tarde.
El tema nos da para muchas mas reflexiones – no queremos alargarnos – que nos hablan de la responsabilidad de cada día de nuestra vida, de nuestro hoy con las tareas que tenemos que realizar, la familia en la que vivimos, el trabajo que desempeñados, la apertura a la sociedad en la que vivimos, el bien que podemos hacer, lo que podemos contribuir a nuestra propia comunidad… Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad. No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy.

martes, 9 de agosto de 2016

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Hay personas en la vida que saben ser previsoras y están pendientes y vigilantes ante lo que pueda suceder o los imprevistos que en la vida nos puedan aparecer. Personas que saben planificar bien su vida, que sin ser avariciosos saber guardar para estar preparados ante lo que pueda suceder, que saben controlarse que porque hoy tengan mucho puedan pensar que ya todo está resuelto para siempre y saben hacer entonces sus ahorros, tener sus previsiones; bien sabemos de cuantos siempre viven al día y casi lo tienen como filosofía de su vida y tanto tienen tanto gastan viviendo alegremente.
Ya digo no es necesario ser avariciosos para acaparar para tener por tener sin saber disfrutar de lo que se tiene, pero creo que sí es importante que sepamos planificarnos nuestra vida, tengamos objetivos por los que vayamos a luchar y trabajar y seamos capaces de ver las posibilidades que tenemos y hacer los acopios necesarios para poder llegar a cabo la tarea; es señal de un buen administrador y en fin de cuentas eso somos de nuestra vida, unos administradores de esa vida que se ha puesto en nuestras manos; más lo podemos decir cuando vivimos con trascendencia nuestra vida, que tampoco tiene su meta y su fin en los días que en este mundo vivamos.
Podíamos decir que en este sentido quiere hacernos reflexionar hoy Jesús con su parábola. Habla de una boda, de la llegada del novio que todos esperan con la ilusión de la fiesta y los preparativos necesarios, de unas jóvenes encargadas de iluminar el camino y con sus lámparas iluminar también luego la fiesta. Pero no todas las jóvenes fueron lo suficientemente previsoras; la mitad de ellas se contentó con llevar el aceite para que en aquel momento las lámparas iluminaran, no previeron que el novio podía tardar, como luego la fiesta se podía alargar y era necesario tener suficiente aceite para que las lámparas se mantuvieran encendidas. Cuando llegó el novio después de la tardanza ya sus lámparas no iluminaban, no tenían aceite para recebar la lámpara. No pudieron entrar a la fiesta porque mientras fueron a comprar la reserva ya la puerta de la fiesta se cerró.
Tiene, por supuesto, la parábola un sentido escatológico que nos hace pensar en el final de los tiempos, en la vida futura que nos espera, y en el momento en que hemos de presentarnos delante del Señor con nuestra lámpara encendida. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Se mantendrá encendida hasta ese momento final esa lámpara de nuestra vida? ¿Habremos mantenido y alimentado suficientemente nuestra fe? ¿Cuáles son las obras de nuestro amor, qué hemos hecho de nuestra vida? son preguntas que surgen al hilo de la parábola.
Claro que también tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida, de la vigilancia y de la responsabilidad con que hemos de vivir cada momento, de la seriedad con que nos vamos tomando cada una de nuestras responsabilidades y obligaciones, y del desarrollo que hemos de hacer de nuestra talentos, de nuestros valores.
Estamos llamados a iluminar desde ese sentido profundo de la vida que tenemos por nuestra fe en Jesús y esa luz no se puede apagar; pero esa luz no se mantendrá encendida para iluminarnos no solo nosotros sino a los demás si no la alimentamos. Es ese espíritu nuestro que tenemos que entrenar y fortalecer, es la espiritualidad con que hemos de dotar nuestra vida, es esa unión con la gracia del Señor que significará tanto una escucha de su Palabra como un fortalecimiento con los sacramentos, es la oración con que diariamente alimentamos y fortalecemos nuestro espíritu.
Mantengamos encendidas nuestras lámparas porque tenemos que iluminar nuestro mundo.

viernes, 28 de agosto de 2015

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Hay personas que mientras esperan algo que va a suceder se llenan de miedos y temores y hasta la angustia envuelve su espíritu. Personas quizá temerosas en si mismas por un estado de ánimo pesimista en que piensan que puede ser malo lo que les vaya a suceder, o personas que no tienen verdadera paz en su alma porque quizá la conciencia les pese por algún motivo. Pero ese no ha de ser el sentido y el estilo de la auténtica esperanza cristiana.
Antes que nada porque en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza sabemos que es Alguien que nos ama; porque tenemos la seguridad de que en ese amor encontraremos también perdón y salvación para nuestros pecados y alcanzaremos la verdadera paz del Espíritu; y porque nuestra esperanza, porque la tenemos puesta en el Señor, da optimismo a nuestra vida, esperando siempre la mejor, y queriendo siempre pensar y ver lo mejor.
Pero nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia que nos hace estar activos en nuestras responsabilidades; es más, sentimos la exigencia de la responsabilidad de la vida que vivimos y eso nos hará buscar siempre lo bueno, luchar por lo que es justo y vivir con auténtica sinceridad en nuestra vida. La esperanza no nos hace desentendernos de nuestras responsabilidades actuales, sino que aviva la intensidad con que vivimos la vida haciéndola verdaderamente fructífera también con aires de trascendencia.
Jesús nos habla de la parábola de las doncellas que esperaban la llegada del novio para la boda; no podían descuidar el tener todo debidamente preparado para la llegada del novio y pudiera realizarse el banquete de bodas con toda su luminosidad. Es hermoso el significado de esa luz de optimismo y alegría con que hemos de vivir la vida de cada día sobre todo cuando tenemos siempre la certeza de tener al Señor con nosotros.
 Por eso nos habla de las lámparas que habían de permanecer encendidas, pero para lo que era necesario tener el suficiente aceite que las mantuviera siempre encendidas. No se podían descuidar, no podían dormirse en la espera, no podía actuar solo movidas por el miedo y el temor, todo había de ser deseo efectivo de poder participar en esa fiesta de luz. Nos habla, entonces, de nuestras responsabilidades, como en esa trascendencia que desde nuestra vida de creyentes le damos a nuestra vida el aceite que alimenta nuestra vida es la oración que nos alcanza la gracia del Señor.
Nos hace hacernos preguntas. ¿Vivimos movidos por el temor o por el amor en nuestra esperanza? ¿Hay una vigilancia activa, una esperanza viva en lo que hacemos cumpliendo fielmente nuestras responsabilidades? ¿De verdad nos preocupamos de alimentar nuestra vida, que no nos falte ese aceite de nuestra oración para alcanzar la gracia del Señor que nos haga mantener viva nuestra esperanza, desarrollar plenamente nuestras responsabilidades viviendo todos nuestros valores?

viernes, 30 de agosto de 2013

Nos lamentamos porque no teníamos las lámparas encendidas…

1Tes. 4, 1-8; Sal. 96; Mt. 25, 1-13
Con qué sensación de desconcierto y hasta de ridículo se queda uno cuando pudo haber conseguido algo, pero por un descuido, por no haberse esforzado lo suficiente quizá, o por alguna otra razón de la que uno se siente culpable, no lo ha conseguido, se ha quedado a las puertas, como se suele decir, con la miel en los labios.
Nos sucede en muchas situaciones de la vida; un examen que pudimos aprobar si hubiéramos aprovechado más el tiempo que tenemos conciencia de que lo perdimos sin ninguna justificación; una meta en algo, ya sea en lo deportivo o ya sea en la carrera de la vida, que no pudimos alcanzar porque preferimos la vida fácil y sin complicaciones y no nos preparamos lo suficiente.
Luego vienen los lamentos y los llantos, echándonos veinte mil culpas cuando ya no tenemos remedio; pudimos haberlo conseguido y no lo logramos; y vienen los propósitos, eso no me volverá a pasar, ya aprendí la lección, pero quizá los errores se siguen repitiendo porque seguimos en nuestro tren de la comodidad y del mínimo esfuerzo.
¿Nos estará reflejando esto, situaciones así, la parábola que acabamos de escuchar? Bien entendemos que la parábola es una bonito lección para muchas situaciones, también en el lado más humano de la vida, por las que podemos pasar. Pero nos está hablando también de nuestra salvación eterna, de nuestra pertenencia y vivencia del Reino de los cielos.
Unas jóvenes, diez doncellas, que lo que tenían que hacer era esperar al novio que llegaba para la boda, pero teniendo bien preparadas las lámparas con las que se iba a iluminar el camino de llegada y se iba a adornar la sala del banquete. Pero ya escuchamos, unas cuantas no fueron lo suficientemente sensatas y no tenían aderezadas debidamente sus lámparas porque no tenían suficiente aceite, combustible, para que las lámparas permanecieran encendidas. Y la puerta se les cerró en sus narices, hablando vulgarmente, y cuando debían de estar dentro en el banquete de bodas, se tuvieron que quedar fuera, por no mantener encendidas sus lámparas. ¿Cómo se sentirían? ¿frustradas? ¿desconcertadas? ¿tirándose de los pelos, como se suele decir? ¿echándose mil culpas por no haber sido previsoras? Pero se quedaron fuera.
Viene el Señor a nuestra vida, y podemos pensar en el momento final de nuestra existencia que nunca sabemos cuando va a suceder; pero viene el Señor a nuestra vida y en cada momento y cualquier situación que vivamos si lo hacemos con fe tendríamos que sentir su presencia. ¿Cómo estamos preparados para ese momento final? ¿cómo está de ardiente nuestra fe para saber descubrir la presencia del Señor que llega a nuestra vida con su gracia?
En muchas ocasiones vivimos adormilados. ‘El esposo tardaba y les entró sueño a todas’, que decía la parábola. Vivimos entretenidos en nuestra vida con nuestras cosas, con nuestras preocupaciones, con la lucha de cada día y no pensamos en esa presencia del Señor que llega a nosotros; ya tendremos tiempo de pensar en ello en otro momento, nos decimos; ahora nos preocupan más otras cosas y las expresiones religiosas y de fe las dejamos para otro momento.
Nos hemos propuesto quizá en la vida irnos superando en muchas cosas en esa tarea ascética de ir purificándonos, creciendo espiritualmente, sintiéndonos fuertes frente a las tentaciones que nos pueden venir porque queremos ser mejores, comportarnos más como cristianos; y quizá nos creemos fuertes, pensamos que ahora no nos va a venir la tentación, dejamos para otro rato ese momento de oración donde sentiríamos esa fuerza del Señor y cuando menos lo pensemos nos encontramos con la prueba y la tentación, y nos dejamos arrastrar, y retrocedemos lo que habíamos avanzado en ese camino de superación porque volvimos con nuestro pecado.
Nos hace falta tener la lámpara encendida y el suficiente aceite que nos alimente en la oración, en la frecuencia de sacramentos, en la reflexión que nos hagamos sobre nuestra vida, en la escucha allá en lo hondo del corazón de la Palabra del Señor. El Señor nos llama, quiere hacerse presente en nuestra vida, tenemos que estar con la fe despierta y el espíritu bien dispuesto.
Luego nos sentimos mal, porque podíamos haber hecho y no hicimos, por desgana o por rutina dejamos de hacer aquella oración de cada día; teníamos en nuestra mano la gracia del Señor pero andábamos preocupados más por otras cosas. Y luego también vienen las lamentaciones, los arrepentimientos y los propósitos. Y el Señor sigue esperándonos, sigue contando con nosotros, sigue regalándonos su gracia. No la echemos en saco roto porque El siempre quiere reconocernos, porque El siempre nos ama con amor eterno.

viernes, 9 de agosto de 2013

La sabiduría de la fe que no hemos de dejar de alimentar en Cristo cada día

Os. 2, 16-17.21-22; Sal. 44; Mt. 25, 1-13
‘¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!’ Fue el grito que se escuchó en la noche y que despertó a las doncellas que esperaban al esposo. Pronto se pusieron a aderezar sus lámparas, que para eso habían venido, para poder iluminar el camino a la llegada del esposo y la sala del banquete de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para poder mantener encendidas sus lámparas - era el combustible necesario para mantenerlas encendidas - y mientras lo buscaban se cerró la puerta y no pudieron entrar al banquete de bodas.
Una parábola que nos propone Jesús partiendo de las costumbres de su época pero que es bien significativa para nuestro camino cristiano. Muchas veces la hemos escuchado y meditado porque nos hace pensar mucho en lo que hacemos de nuestra vida y de nuestra fe. ¿Dejaremos nosotros también apagar nuestras lámparas y nos quedaremos en la vida sin rumbo y sin poder alcanzar la meta?
¿Cuál es esa luz y cuál es ese aceite que necesitamos en la vida? La reflexión es clara. En ese camino de la vida necesitamos una luz que nos oriente, nos dé sentido, con la que encontremos el valor de lo que somos y de lo que hacemos, nos haga ver más allá de lo inmediato con un sentido global de nuestra existencia llenándonos de trascendencia, nos haga encontrar la verdadera sabiduría de la vida, nos haga alcanzar una plenitud total que sacie las ansias más profundas del ser humano. Necesitamos de la sabiduría de la fe. Sí, es nuestra más profunda sabiduría.
Ni la sabiduría es simplemente la acumulación de conocimientos, ni la fe se queda reducida a unas bonitas palabras o algunos ritos religiosos que hagamos en determinados momentos. Ese conocimiento que vayamos adquiriendo en ese caminar y madurar de la vida no se reduce a que sepamos unas determinadas materias o que tengamos noticia de que existe un lugar o una realidad, sea la que sea, en cualquier lugar del planeta, por ejemplo. Ese conocimiento madurado y reflexionado nos va ayudando a encontrar como el sabor de nuestra existencia, de lo que vivimos o de lo que hacemos que en el fondo es el sentido de nuestro ser y de nuestro existir.
Pero todo ese sabor o ese saber, esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo va a encontrar en la fe una luz que le conduzca a la mayor plenitud y sentido, que precisamente solo en Dios podemos alcanzar. Por eso la fe, como decíamos, no se reduce a unas ideas o a unos ritos, sino que va a ser lo que de verdad envuelva toda nuestra existencia o, aún más, penetre de sentido desde lo más hondo nuestro ser, lo que somos, lo que vivimos y en consecuencia todo aquello que realizamos. Por eso hablábamos de la sabiduria de la fe, la más profunda sabiduria de nuestro vivir que en Cristo podemos encontrar.
No  nos puede faltar el aceite que mantenga encendida esa lámpara de nuestra fe. Qué importante es para nosotros esa luz de nuestra fe y cómo tenemos que cuidarla en todo momento para que no se nos apague. Que no nos suceda como aquellas doncellas de la parábola del evangelio que no tuvieron suficiente aceite para mantener encendida sus lámparas. Luego se quedaron fuera del banquete de bodas del Reino.
Por eso el verdadero creyente cuida su fe manteniendo muy viva su unión con el Señor; el verdadero creyente entronca su vida con el Evangelio porque en él está la fuente de esa sabiduría de su fe; entroncar la vida en el Evangelio es entroncar de verdad nuestra vida en Cristo, escuchando su Palabra, regándola con la gracia de los sacramentos, fundamentandola cada día en su unión con el Señor por la oración, y viviendo esa comunión de amor con los hermanos en una vivencia y sentido de Iglesia.
Hoy estamos celebrando a una mujer que supo encontrar esa sabiduría de la fe y por la que llegó a dar su vida. Ediht Stein era una mujer judía dedicada al estudio y enseñanza de la filosofía; su vida estaba dedicada plenamente a la búsqueda de la verdad. Y se encontró con Cristo, que fue a partir de entonces la verdadera y auténtica sabiduría de su vida. Se convirtió a Jesús y se bautizó; continuó con su enseñanza y sus escritos de filosofía hasta que un día se sintió llamada por el Señor para hacerse religiosa Carmelita Descalza. Fueron los tiempos duros de la intolerancia del nazismo la que finalmente le condujeron al martirio en un campo de exterminio. Hoy es para nosotros, con el nombre que tomó desde su bautismo y su consagración al Señor, santa Teresa Benedicta de la Cruz.
Sigamos nosotros manteniendo encendida esa lámpara de la fe en nuestra vida alimentándola de esa Sabiduria de Dios que encontramos en el Evangelio y que se enriquece con la gracia del Señor. Que sea la verdadera luz y sabiduría de nuestra vida.