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domingo, 18 de febrero de 2018

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Al menos en el ambiente en que nos movemos la sensación de desierto no es algo que habitualmente podamos tener. Vivimos en un mundo de ajetreos, carreras, ruidos de todo tipo y por todas partes aún en lo que tendría que ser el silencio de la noche. En algún momento en que merma la actividad diaria porque en nuestro entorno haya un cierto parón de movimientos parece que nos sentimos sordos cuando cesan en parte los ruidos pero no es fácil llegar a ese silencio completo. Salvo que nos vayamos a lugares apartados y solitarios y no nos encontremos a alguien por allí que quizá lleve la música a toda pastilla no nos es fácil encontrar ese silencio y creo que bien lo necesitamos.
Sin embargo muchas veces lo rehuimos, nos incomoda la soledad, buscamos la manera de escuchar algo, porque quizás sintamos cierto temor a ese silencio que se pudiera realizar dentro de nosotros y que quizá nos enfrentaría a nosotros mismos. En ese silencio en que nada nos distrae, en que nos pudiera parecer que no pensamos en nada sin embargo nos sentimos como inducidos a un pensamiento interior que ahí en esa soledad nos ayuda a encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.
Y eso es algo que necesitamos en la vida aunque no nos sea fácil o le tengamos cierto temor. En ese silencio miramos hacia dentro de nosotros y miramos hacia arriba, buscamos una verdad y nos volvemos hacia algo que nos trasciende, que nos impulsa a ir mas allá del momento presente y nos puede ayudar a valorar las cosas de otra manera, a encontrar un sentido de nuestro vivir, a descubrir otros valores que nos levanten el espíritu de ras de tierra, de todas esas materialidades en las que ocupamos por así decirlo cada minuto de nuestra vida. Es cierto que puede ser un momento para que aparezcan dudas, interrogantes dentro de nosotros pero siempre esa duda o ese interrogante nos hace preguntarnos por la verdad de nuestro vivir y nos puede ayudar a encontrar lo de más valor.
Por las carreras en que vivimos la vida a alguno le pudiera parecer una pérdida de tiempo ese silencio que aparentemente nos lleva a una cierta inactividad. Y digo una cierta inactividad porque realmente ahí vamos a encontrar un motor para nuestra vida y para las actividades que en verdad merecen la pena. Es momento de interioridad, de interiorización, de trascendencia, en fin de cuentas para el creyente de encontrarse más cara a cara con Dios.
La Biblia toda ella está llena de experiencias de desierto y de silencio. En Abrahán, Moisés, Elías, los profetas, en lo que es una parte fundamental de la historia del pueblo de Dios vamos encontrando diversos episodios de tiempo de silencio, de soledad, de desierto. Es la búsqueda interior, es la búsqueda de Dios, es el silencio en que Dios se les va manifestando en la soledad, en el desierto o en la montaña.
Podríamos detenernos en muchos episodios de unos y otros que fue el camino en que los grandes patriarcas o profetas se abrían al misterio de Dios o el pueblo de Dios se fue haciendo verdadero pueblo en la medida en que encontrándose consigo mismo se purificaba y se abría mas y más a los caminos de Dios. No podemos detenernos a hacer un repaso de muchos de esos episodios que nos podrían servir para ricas reflexiones.
El nuevo testamento también comienza con un tiempo de desierto y soledad en la figura de Juan el Bautista que vivia austeramente en el desierto y que fue el precursor del Mesías y al comienzo de la actividad publica de Jesús le vemos también conducido por el Espíritu al desierto, como nos dice hoy el evangelio. Marcos es muy escueto en su relato mientras los otros dos sinópticos nos describen con mayor detalle incluso las tentaciones sufridas por Jesús en ese tiempo de desierto. Es el evangelio que en uno u otro evangelista siempre escuchamos en este primer domingo de Cuaresma.
A lo largo del evangelio nos encontraremos también con otros momentos en que Jesús busca la soledad, el silencio y el desierto. Pero nos vale quedarnos en este episodio del principio del evangelio. Podríamos decir que es una buena pauta para este tiempo también de cuarenta días, como los que Jesús estuvo en el desierto, Moisés en la montaña, o el pueblo de Israel que estuvo durante cuarenta años, de la Cuaresma que estamos iniciando como camino que nos conduce a la celebración y a la renovación de la Pascua en nuestra vida.
Creo que tenemos que buscar esa interiorización y ese silencio de desierto en este camino cuaresmal. Para una buena vivencia de la Cuaresma en todo su sentido tenemos que saber encontrar ese tiempo de silencio, ese escaparnos de tantos ruidos con que rodeamos nuestra vida para que haya una verdadera interiorización en nosotros. Lo necesitamos. Es la forma de encontrarnos con nosotros mismos para realizar esa purificación interior; es la forma de poder abrirnos de verdad al misterio de Dios que se nos manifiesta y con el que tenemos que dejar que se inunde nuestra vida.
Nos dan miedo los silencios y podríamos decir que esa es una de las primeras tentaciones que tenemos que intentar superar para que podamos en verdad escuchar y alimentarnos de la Palabra de Dios. No solo de pan vive el hombre, no solo hemos de estar preocupados por tantas cosas materiales, no tenemos por que sentirnos agobiados en medio de los problemas de la vida, no tenemos que dejarnos arrastrar por tantas vanidades como nos acechan y nos cautivan tantas veces.
Adorarás al Señor tu Dios, le replicaba Jesús al tentador y es lo que nosotros tenemos que hacer arrancando de nosotros tantos falsos dioses, tantos señuelos de los que llenamos nuestra vida, tantas cosas que nos atan restándonos la verdadera libertad interior, tantas cosas que nos distraen de lo que tiene que ser lo fundamental de nuestra vida.
Emprendamos el camino, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios; vayamos a ese desierto en el que no podemos cargar tantas cosas de las que vamos llenando nuestra vida para vivir esa libertad interior. No tengamos miedo a la soledad ni a las preguntas o interrogantes que nos puedan surgir, encontraremos la luz y la respuesta en la Palabra de Dios si con corazón sincero nos disponemos a escucharla.

sábado, 17 de febrero de 2018

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Cuando se quiere elegir a alguien para un trabajo determinado, para una misión concreta o para realizar algo que quizá tengamos que hacerlo en común normalmente buscamos a alguien que tenga, como se dice ahora, un determinado perfil, unas características, unos valores, una preparación que le ayuden a desempeñar esa misión o ese trabajo. No se escoge a cualquiera, muchas veces tenemos en cuenta su preparación o su historial. Somos muy selectivos y hoy en el mundo de efectividad en el que vivimos quizás mucho más.
¿Daría Leví el publicano ese perfil que se necesitaba para ser de los discípulos de Jesús y de los futuros constructores del Reino de Dios? De antemano decir que ya venia con la mala fama de los publicanos que no eran bien considerados por la gente y sobre todo por los que se consideraban como los principales o más influyentes en aquella sociedad. No sabemos si previamente había tenido algún interés por las cosas de Jesús o había acudido en alguna ocasión a conocerle o a escucharle. No parecía que fuera uno de los que Jesús llamara de manera especial.
Pero ahí están las sorpresas de Jesús que no se deja influir por nuestras consideraciones humanas. Pero en Jesús había un secreto más y es que El era el único que podía conocer el corazón del hombre. Nosotros juzgaremos por las apariencias y muchas veces también demasiado influenciados por los prejuicios. Jesús quiso contar con aquel hombre que estaba allí detrás del mostrador de los impuestos a pesar de no ser bien considerado por la mayoría de la gente. Jesús nos sorprende.
Se sintieron sorprendidos los escribas y los fariseos que allá andaban criticando las acciones de Jesús que siempre estaban mirando con lupa buscando tener como desprestigiarlo o de qué acusarlo. ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ les dicen a sus discípulos, ya que no se atreven a enfrentarse cara a cara con Jesús.
Ya conocemos la respuesta de Jesús. Algo más que palabras porque es la actitud que Jesús siempre mantiene con todos. Es el pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda que se ha caído por cualquier rincón, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a ser servidor de todos, es el medico que no está esperando a que llegue el enfermo sino que lo busca para sanarlo, es el rostro que nos manifiesta lo que es la misericordia del Dios que es compasivo y misericordioso.
Nos sentimos confortados cuando vemos cuanto nos ama Jesús que cuenta con nosotros a pesar de que somos pecadores. El amor de Dios esta no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero y dio su vida por nosotros, no porque nosotros fuéramos justos, sino precisamente siendo nosotros pecadores. Con qué confianza podemos acercarnos a Dios a pesar de que no seamos dignos. Sabemos que una palabra suya nos salvará.
Pero esa actitud de Jesús tiene que enseñarnos algo mas, cómo han de ser nuestras actitudes para los demás. ¿No andaremos nosotros en la vida con demasiados prejuicios? ¿No pondremos muy alto el listón de los perfiles que nos hacemos para los demás y comenzamos muy pronto a descartar a todo aquel que no nos cae bien? En este sentido muchas preguntas tendremos que hacernos con toda sinceridad porque hay muchas desconfianzas hacia los demás en nuestro corazón, muchas reticencias, muchas posturas discriminatorias aunque tratemos de disimularlas con mil razones. La actitud de Jesús que llama a Leví el publicano para ser uno de los apóstoles tendría que hacernos pensar mucho.

viernes, 16 de febrero de 2018

Qué importante es la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Qué importante es  la generosidad del corazón cuando somos capaces de decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

Vivimos en un mundo en el que no nos gustan renuncias, controles o prohibiciones. Queremos que todo esté permitido y que nadie tenga que decirnos si podemos o no podemos hacer alguna cosa. ¿Por qué me voy a privar de alguna satisfacción?, nos decimos porque ya en muchas ocasiones las cosas nos vienen duras. Todo es bueno, todo está permitido, nada se nos puede imponer, hacemos simplemente lo que nos plazca, son parámetros que escuchamos hoy por todas partes. Está bien que queramos ser felices y que podamos disfrutar de todo lo bueno que podamos encontrar en la vida. Pero tampoco lo podemos convertir todo en un subjetivismo. Podemos caer en confusiones; habrá que tener algunos criterios, unos principios básicos que nos ayuden a discernir bien las cosas.
Una de las cosas que no entiende el mundo de hoy es que la iglesia nos pueda hablar de ayunos y de abstinencias. Fácilmente sale esta palabra a relucir cuando estamos en un tiempo como éste de la cuaresma, y bien sabemos los sarcasmos que se tienen en torno a estas palabras en nuestra sociedad actual. Sin embargo bien que hacemos controles de la comida cuando se trata de mantener la línea y la imagen que podamos dar con nuestro cuerpo. No importan entonces las renuncias, los controles de comidas y no sé cuantas cosas más que hacemos para que nuestra imagen aparezca bien lucida y bella.
¿Qué sentido tiene, pues, el ayuno o la abstinencia de los que nos habla la Iglesia en este tiempo de cuaresma? Primero decir que no es algo de lo que solo hemos de hablar en este tiempo cuaresmal; es un sentido penitencial que debe existir siempre en la vida del cristiano no solo para vivirlo en tiempos determinados. Somos pecadores y en todo tiempo no solo hemos de sentir el arrepentimiento de lo que hayamos hecho mal, sino también un sentido de reparación y purificación, aunque sabemos que el perdón es un regalo del amor de Dios.
El ayuno y la abstinencia nos enseñan a renunciar, a decir no incluso a aquello que pueda ser bueno y satisfactorio, porque tenemos que aprender a escoger en la vida lo que es mejor aunque para ello tengamos que decir no a algo incluso bueno; es como un entrenamiento pero es mucho más. Nos cuesta decir no, privarnos de algo sobre todo cuando se presenta apetitoso ante nuestros sentidos; pero hemos de saber discernir porque muchas veces las cosas que no son buenas así se nos presentan a nuestros ojos y nos engañamos. Es un aprendizaje fuerte el que tenemos que hacer en nuestra vida.
Pero está ese sentido penitencial, porque nos arrepentimos del mal hecho, porque tenemos que aprender a reparar, porque tenemos que saber ofrecer algo de nosotros por amor para unirlo al amor misericordioso del Señor como una ofrenda de amor. Y ahí está la sensibilidad de nuestra vida, el gusto, el sabor, el apetito y aprendemos con ello, y nos ofrecemos con ello.
Pero nuestro ayuno, nuestra abstinencia va mucho más allá de la comida. Al final eso de la comida lo podemos sustituir por otras cosas y claro que no se trata de formalismos buscando subterfugios. Ya Jesús echa en cara a los fariseos sus ritualidades y formulismos vacíos. Y es de lo que hoy nos habla duramente el profeta. Ayunar entre riñas y violencias, entre malquerencias y rivalidades, entre recelos y envidias no parece que sea un ayuno muy agradable al Señor. Tendríamos que volver a escuchar con todo detenimiento el texto de Isaías.
Quizá y sin quizá es mucho más costoso el dominar nuestra soberbia y nuestro orgullo, el controlar nuestras iras y nuestros impulsos violentos, callar nuestra lengua tan fácil a la maledicencia y desterrar de nosotros los sentimientos mezquinos de nuestro corazón que el privarnos de un alimento que sustituimos quizá por otro o por otra comida opulenta cuando acabe el ayuno.
¿Cuál será el sacrificio más agradable al Señor? Pensemos cada uno con sinceridad por donde han de ir nuestros ayunos en ese camino concreto del dominio de nosotros mismos y nuestras pasiones. Pensemos cómo solidariamente tendríamos que compartir aquello que no nos hemos gastado cuando nos privamos de una comida. Tratemos de descubrir que la generosidad de nuestro corazón que comparte lo que somos y tenemos con el necesitado es lo más agradable al Señor.
No se trata de renuncias o prohibiciones así porque sí, sino la generosidad de nuestro corazón cuando nos decimos no a nosotros mismos porque queremos en verdad abrirnos a los demás.

jueves, 15 de febrero de 2018

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Ante nuestros ojos está el desafío de la Pascua, la de Jesús que vamos a celebrar y la nuestra cuyo camino de olvidarnos de nosotros mismos hemos de emprender

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

La vida es un desafío constante. Vivir no es quedarse anclados en un estado o en una situación. La vida exige caminar, buscar, arriesgarse a algo nuevo. . Nos ponemos metas y queremos alcanzarlas; buscamos algo nuevo y hacemos todo  lo posible por encontrarlo y de alguna forma posesionarnos de ello. Quedarnos en la rutina por comodidad no tiene ningún aliciente, no es vivir, es algo así como vegetar.
Crecemos, y no solo es que físicamente nuestras células se vayan transformando y multiplicándose, sino que como personas crecemos, vivimos algo nuevo, nos sentimos desafiados a emprender algo nuevo y distinto, tenemos que madurar y manifestarnos en unos frutos, en unas acciones nuevas, en una riqueza que no es lo material, sino algo más profundo, para nosotros mismos pero también para los demás, porque aquello que poseemos pero sobre todo lo que somos beneficia también a los demás, porque vivimos profundamente interrelacionados unos con otros.
Así también es el ideal y la meta de la vida cristiana. Así desde nuestra fe nos sentimos comprometidos, sentimos un desafío interior que nos hace espiritualmente crecer, que nos impulsa a seguir los caminos que Jesús nos señala en el evangelio. Un camino que no emprendemos solos, un desafío al que respondemos no solo desde nuestras fuerzas, unas metas a conseguir en la que encontramos diversas ayudas. La liturgia de la Iglesia no son simplemente unos ritos que realizamos de una forma periódica, sino que es por una parte celebrar ese camino, ese desafío, y al mismo tiempo es esa fuerza y esa luz que nos ilumina en los distintos momentos de nuestra vida para la realización de nosotros mismos como personas y como creyentes en Jesús.
Este camino que hemos emprendido en la cuaresma nos lanza también poderosos desafíos. Ya desde el primer momento nos hace mirar hacia la Pascua. Ahí está el anuncio de Jesús. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Es la Pascua que Jesús ha de vivir; es la Pascua redentora que nos trae la salvación. Es la Pascua que nosotros hemos de celebrar y para lo que nos vamos preparando durante este camino cuaresmal.
Pero Jesús nos desafía. Es lo que nosotros tenemos que aprender a vivir si en verdad queremos ser sus discípulos, seguir sus pasos. Es el mismo camino de entrega, es el camino del amor. Es el camino de olvidarnos de nosotros mismos porque no nos buscamos a nosotros sino que le buscamos a El y en El a nuestros hermanos los hombres por los que también hemos de entregarnos. Por eso nos habla de olvidarnos de nosotros mismos para abrirnos a los demás y para abrirnos al misterio de Dios. No buscamos ganancias egoístas de satisfacciones momentáneas sino algo que tenga valor de vida en plenitud, de vida eterna.
Claro que esto nos cuesta realizarlo porque el mundo que nos rodea no es ese el estilo que nos ofrece. Ya nos dirá Jesús que ser importante o ser grande es hacerse el último y el servidor de todos. Es un desafío muy importante al que con la valentía de la fe hemos de responder y que en la fortaleza del Espíritu encontraremos la ayuda que necesitamos para realizarlo. Emprendamos con entusiasmo y energía el camino.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos


Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios y a eso nos quiere conducir el camino de la Cuaresma que iniciamos

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Cor. 5,20–6,2; Mt 6,1-6.16-18

Todo el mundo sabe que hoy es miércoles de ceniza. Bueno, no sé si todo el mundo, porque para muchos se queda en lo del miércoles de la sardina, por aquello de que los carnavales se acaban aunque bien sabemos que en muchos sitios se prolongan. Tendrán una rememoración lejana de algo de la ceniza, pero ¿sabrán realmente lo que es o por qué es que hoy llamemos a este día miércoles de ceniza?
Quizá quienes se acercan a esta reflexión sí tengan algo más claro lo que hoy celebramos y por qué. Empezamos un camino que aunque es verdad que es un camino de preparación para la celebración de la Pascua, sin embargo tiene, como todo tiene que ser en la vida de cristiano, una clara rememoración pascual.
Aunque la Pascua la celebremos con gran solemnidad al llegar la celebración de la resurrección del Señor, porque es el culmen de la Pascua, sin embargo, decimos, hacemos este camino con sentido pascual porque en verdad ha de ser un paso del Señor por nuestra vida, un ir dejándonos encontrar por El que nos lleve a esa profunda renovación de nuestra vida, a un morir y a un resucitar, a un renacer a una vida nueva, a que en verdad lleguemos a sentir hombres nuevos en el espíritu del Evangelio.
Hoy, cuarenta días antes de la Pascua, iniciamos este camino. El número cuarenta tiene muchos recuerdos bíblicos, desde los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto hasta los cuarenta días de Jesús también en el desierto antes de comenzar su actividad apostólica, como nos narra el evangelio.
Aquellos cuarenta años de desierto para el pueblo de Israel que salía de la esclavitud de Egipto le hicieron sentirse pueblo, fue el ir construyendo día a día su unidad y su identidad, un sentar la bases como pueblo entonces peregrino antes de asentarse definitivamente en la tierra de Canaán recibiendo la ley del Señor en el Sinaí que estaba en función de esa constitución como pueblo, y pueblo de Dios.
Fue un tiempo de apertura a Dios, de darle una verdadera trascendencia a su vida aprendida en ese caminar peregrino siempre en búsqueda donde aquella que pisaban no seria nunca su tierra definitiva hasta encontrar aquella tierra que Dios les había prometido. Un tiempo de purificación e ir limando todas aquellas, digamos, asperezas que le impedían sentirse pueblo y mantenerse unidos y donde iban descubriendo que era la mano de Dios la que le guiaba y conducía.
De alguna manera ¿no es eso lo que en este tiempo de cuaresma hemos de ir también redescubriendo? Somos, es cierto, ese pueblo de Dios al que pertenecemos desde el bautismo. Pero bien sabemos que nuestra vida se va maleando y necesita un tiempo de renovación. Muchas cosas vamos dejando meter en nuestra vida que son rémoras en nuestro caminar como cristianos y como pueblo de Dios que tenemos necesidad de purificar.
Necesitamos de nuevo un encuentro profundo con el Señor, con su Palabra que nos abra nuestro corazón a una trascendencia eterna en nuestra vida. Vivimos muchas veces demasiado posicionados en este mundo y en las cosas terrenas que son un lastro para vivir una autentica espiritualidad cristiana. No es penitencia por penitencia, sacrificio por sacrificio porque el sacrificio redentor de nuestra vida ya está realizado en la entrega de Jesús en su muerte y resurrección. Pero necesitamos ese reencontrarnos con nosotros mismos para poder abrirnos de verdad a Dios.
En ese reencuentro profundo con nuestro yo y con nuestra vida descubriremos de cuantas cosas tenemos que desprendernos porque de nada nos sirven aunque las tengamos apegadas al corazón y nos cueste dolor arrancarlas de nosotros. Como cuando hacemos una limpieza profunda de nuestra habitación o nuestra casa y nos damos cuenta de cuantas cosas vamos acumulando que son innecesarias o que más bien son un obstáculo para disfrutar de lo que verdaderamente vale y nos sirve. Habrá que tirar todo eso que nos entorpece, aunque nos duela arrancarlas de nosotros mismos.
Para eso nos dejaremos guiar por la Palabra de Dios queriendo convertirnos cada día al evangelio, creer de verdad en él porque sabemos que solo en Jesús tenemos la salvación. Así la liturgia en sabia catequesis nos irá ofreciendo una riqueza grande de los textos de la Palabra de Dios en este tiempo para irnos conduciendo paso a paso a la vivencia profunda de la pascua.
Hoy comenzamos con un signo, que es el que da nombre al día, con la ceniza para que reconozcamos lo que somos, lo manchados que estamos y la futilidad de tantas cosas que tenemos en nuestra vida y de las que tendremos que lavaros, purificarnos. Pero en la imposición de esa ceniza sobre nuestra cabeza el grito grande que tenemos que escuchar es ‘conviértete y cree en el evangelio’. Es la vuelta de verdad que tenemos que darle a nuestra vida. Es el sentido que tenemos que darle a este momento que vivimos hoy.

martes, 13 de febrero de 2018

Un camino nuevo de purificación y discernimiento que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón

Un camino nuevo de purificación y discernimiento que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón

Santiago 1,12-18; Marcos 8, 14- 21

Aunque tengamos una personalidad muy marcada e incluso muy madura y aunque no queramos todos recibimos multitud de influencias de nuestro entorno que de alguna manera nos pueden llevar a actuar en ocasiones como no queramos. Casi  no nos damos cuenta, pero aquello que estamos viendo continuamente a nuestro alrededor en la manera de actuar de otras personas nos va marchando de alguna manera y sutilmente pueden meterse en nosotros y al final nosotros terminemos haciendo lo que todos hacen.
Son muchas las corrientes ideológicas, las maneras de pensar, los valores o anti-valores que nos podemos encontrar en la vida. Vivimos en un mundo muy plural donde las distintas maneras de pensar llegan fácilmente a cualquier rincón. La televisión, las redes sociales, los distintos medios de comunicación son una correa de trasmisión muy fuerte de esas distintas corrientes y pensamientos. No es que nos cerremos a todos, pero hemos de saber discernir lo que recibimos. Cuando empleo la palabra discernir siempre pienso en la cernidera, aquel instrumento que servía y sirve para quitar las impurezas de aquello que estábamos cerniendo, recuerdo a nivel domestico la harina, por ejemplo, en los trabajos de construcción la arena que se empleaba para el mortero.
En nuestra madurez humana no puede faltar nunca la vigilancia, el estar atentos para no contagiarnos, el buscar los verdaderos principios éticos por los que regir nuestra vida y si nos decimos cristianos buscar ese fundamente en el evangelio de Jesús. Pensemos cuantos son los que dicen como todos lo hacen yo no voy a ser distinto, sin fijarse en la validez de lo que todos hacen y su sentido ético.
Es de lo que quiere prevenir Jesús a sus discípulos con las palabras que hoy le escuchamos en el evangelio. Era una Buena Noticia la que Jesús quería trasmitirles a sus discípulos queriéndolos poner en camino de un mundo nuevo, de un nuevo estilo de vivir que era el Reino de Dios. Lo que Jesús decía chocaba con muchas cosas que se enseñaban o se hacían en el judaísmo oficial o incluso con lo que eran aspiraciones o costumbres de su tiempo que se habían convertido poco menos que en ley, contraponiéndose incluso a lo que era la ley que Moisés le había trasmitido a su pueblo.
Por eso Jesús les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos o de Herodes. No entienden los discípulos, que piensan que lo que Jesús les ha recordado es que han sido suficientemente previsores porque no habían llevado pan suficiente en las alforjas. Jesús les dice que ese no es el problema, y les recuerda lo sucedido hacia poco en el desierto cuando había comido toda aquella multitud.
Es algo más profundo lo que Jesús quiere decirles cuando les previene para que no se dejen influir por los fariseos o por las aspiraciones o costumbres de tantos a su alrededor. La buena noticia que Jesús les traía era otro sentido de libertad el que quería trasmitirles, porque tenia que ser algo nacido del corazón. Se pueden caer las cadenas exteriores que decimos que nos oprimen, pero seguimos encadenados en nuestro interior a nuestras malas costumbres, a nuestras rutinas o a tantas cosas que vician nuestra vida.
Por eso Jesús nos está pidiendo la vigilancia y la conversión. Atentos a lo fundamental para deshacernos de superficialidades, de cosas innecesarias, de tantas impurezas que nacen del interior del corazón del hombre que se llena tantas veces de malicias. Es un camino nuevo de purificación y discernimiento el que hemos de recorrer, pero un camino que nos conduce a la luz, a la vida, al amor que es la verdadera libertad del corazón.


lunes, 12 de febrero de 2018

Los milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar

Los milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar

Santiago 1,1-11; Sal. 118; Marcos 8,11-13

Hay ocasiones en que por muchas razones y pruebas que nos den no queremos dar nuestro brazo a torcer y no queremos creer ni aceptar lo que nos dicen. Nos ofuscamos buscando pruebas aunque las tengamos delante de los ojos; nuestro orgullo no nos deja ver y aunque en el fondo estemos convencidos, como solemos decir, no nos queremos bajar del burro. Por orgullo o por amor propio, por desconfianza hacia aquel que nos lo dice, por no rebajarnos a aceptar que lo que nos dicen es la verdad y que nosotros estamos en el error.
Creamos tensiones, provocamos distanciamientos, nos mantenemos en nuestro error, nos hacemos la guerra los unos a los otros incluso aunque en el fondo estemos de acuerdo, pero no queremos dar nuestro brazo a torcer. 
Quizá también aquello que nos dicen nos tendría que hacer plantearnos las cosas de otra manera y nos obligaría a cambiar de rutinas en la vida, y nos parece que estamos bien como estamos por que vamos a probar otra cosa. Inmovilismos en los que nos encerramos como en torreones que convertimos en plazas fuertes para luchar contra aquel a quien ya consideramos como un adversario porque nos haría ver las cosas de una forma distinta a como en nuestra rutina nos hemos mantenido siempre.
Y eso de cambiar, sí que cuesta, lanzarnos a algo que nos parece desconocido o difícil de conseguir porque tenemos que arrancar muchas cosas de nuestro corazón es una tarea en la que no queremos embarcarnos.
Cosas así nos pasan frecuentemente. Por eso podemos en cierto modo entender de lo que nos habla el evangelio. Por allá andan los fariseos siempre discutiendo con Jesús. Les costaba entender lo que Jesús les planteaba. El sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba y enseñaba era algo que nos les cabía en la cabeza; preferían vivir en la rutina de lo que había sido siempre su vida, y no querían perder el poder de manipulación que en cierto modo ejercían sobre la gente.
Jesús pedía un cambio profundo del corazón, un cambio de actitudes y posturas, una nueva forma de entender la relación con Dios y también la relación con los demás. Pero a ellos les parecía que eso no les tocaba a ellos que estaban por encima de todo. Cuantos orgullos así nos encontramos en la vida tantas veces y nosotros mismos nos vemos tentados a ello.
No quieren dejarse convencer por Jesús y por eso están constantemente pidiendo pruebas de su autoridad. No les bastan los signos que Jesús realiza y que son palpables para todos en aquellos milagros que Jesús va realizando. Aquellos milagros eran una señal evidente del cambio que Jesús nos pedía, de las nuevas actitudes de las que teníamos que llenar el corazón y de esa nueva forma de actuar. Jesús termina, en esta ocasión, por no responderles. Y Jesús seguirá actuando de la misma manera desde el amor.
Es el testimonio que nosotros tenemos que seguir dando, son las señales que han de aparecer palpables en nuestra vida aunque no nos quieran creer ni aceptar. Nuestro amor, como el amor de Jesús, tiene que ser el gran signo de nuestra fe, de ese Reino nuevo de Dios en el que queremos vivir.

domingo, 11 de febrero de 2018

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, fueron las palabras del leproso que se atrevió a acercase a Jesús. Es la súplica humilde pero llena de esperanza. Confiaba que Jesús podía hacerlo, pero sabía que solo estaba en su mano el hacerlo o no hacerlo. Pero allí estaba él con su necesidad, con su pobreza, con su soledad, con su lepra con todo lo que significaba. Y se postró ante Jesús. Se había atrevido a llegar hasta Jesús, abrirse paso entre la gente, que seguramente se apartaba para evitar contaminarse.
¿Nos sucederá algo de esto alguna vez? No nos atrevemos a terminar por suplicar desde nuestra necesidad, desde nuestros problemas ante quien sabemos que nos puede ayudar. O quizá alguien necesita algo de nosotros y no se atreve a pedírnoslo. Barreras de miedo que nos creamos, barreras de desconfianza, o barreras quizá de orgullo porque no queremos postrarnos, porque no queremos rebajarnos a mostrar nuestra necesidad. Y nos aislamos o aislamos a los demás poniendo distancias.
Todo nos enseña, todos los gestos que vemos en el evangelio nos hacen pensar en cosas que nos pasan o que les pasan a los otros con nosotros. No siempre tenemos la suficiente sintonía para comunicarnos con sencillez y con humildad, para reconocer nuestras debilidades porque quizá queremos mantener la fachada aunque por dentro estemos pasándolo mal. Y nos preguntan que como estamos y decimos que bien, aunque haya una buena tormenta dentro de nosotros.
Aquel hombre, sin embargo, acudió a Jesús, reconoció su enfermedad, su debilidad, su pobreza. Por si mismo no podía hacer nada para curarse; en aquella época la lepra era una enfermedad terrible e incurable, que además podía contagiar a los demás; los leprosos tenían que vivir aislados, lejos de todos, lejos de su familia, sin participar en la vida de la comunidad; eran unos malditos.
Pero la fe se había despertado en su corazón. Otros quizá se abandonaban a su suerte perdida toda esperanza; su muerte era en vida, porque aquello no era vivir. ¿Resignación? ¿Desesperación quizá? Era difícil encontrar un sentido y un valor a aquella forma de vivir. Pero a los oídos de aquel hombre había llegado una buena noticia que le llenaba de esperanza. Podría curarse, si aquel profeta quería curarlo. Algo comenzaba a apoyar su vida que era algo más que una muleta para caminar en su imposibilidad y en la debilidad de una enfermedad que le destruía por fuera en su cuerpo, pero dentro también en su espíritu. Por eso había acudido a Jesús.
Como decíamos, necesitamos aprender, todo nos enseña. Y en esos vaivenes de la vida donde tantas veces nos sentimos desalentados quizá en nuestra soledad, en nuestras angustias, cuando nos sentimos abandonados quizá de los menos que esperábamos que nos abandonaran o se pusieran en contra nuestra, necesitamos despertar nuestra fe. No todo es oscuro, no todo es negro, una luz tras cualquier recodo del camino puede despertar de nuevo nuestra esperanza.
Y Jesús nos está esperando, saliendo a nuestro paso en cualquier rincón de nuestro camino. Deja que nos acerquemos a El, o El viene a nuestro encuentro de muchas maneras. Siempre habrá alguien que nos tienda una mano, nos diga una palabra de ánimo, encienda una luz en nuestro oscuro camino. Tenemos que sintonizar con esos signos que nos pueden ir apareciendo en la vida.
Es la mano de Jesús que nos toca, que nos levanta, que nos sana, que pone nueva luz en nuestro camino. Necesitamos encontrar un sentido para no simplemente resignarnos; tenemos que descubrir el valor de nuestra vida aunque nos sintamos llenos de miseria y pensemos que no valemos nada; tenemos que descubrir las mil razones que tenemos para seguir luchando; hemos de darnos cuenta que también nuestra vida, nuestra decisión de seguir adelante, de no quedarnos tumbados a la vera del camino puede ser una señal para otros que estén igual o peor que nosotros.
Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús, porque Jesús sí quería y se había adelantado incluso a tocarle a pesar de la miseria de su lepra, saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado.
Cuántas veces Jesús nos sana pero no somos capaces de manifestar esa alegría. Cuántas veces hemos recibido una gracia especial del Señor y ni siquiera hemos sabido dar gracias; cuántas veces hemos sentido el regalo y la alegría del perdón, pero no hemos saltado de alegría porque Jesús nos ama y nos ha perdonado para ponernos en camino de nuevo.
No somos agradecidos, no correspondemos a tanto amor como el Señor de mil maneras manifiesta en nuestra vida. Por eso no terminamos de convencer a nadie y estamos encerrados siempre en el mismo círculo. No crece el número de los que vienen hasta Jesús porque no terminamos de ser con la alegría de nuestra fe esos signos de evangelio para que el mundo crea.
Pensemos en tantos que están a la vera del camino de la vida esperando ver ese signo que levante su espíritu, que les llene de nueva esperanza, que les impulse de verdad a caminar y a transformar nuestra vida. Nosotros tenemos que ser ese signo. Nosotros tenemos que ser esa mano tendida de Jesús que llegue a tocar el corazón de los otros.
¿Qué nos pasa que vivimos de manera tan aburrida nuestra fe? ‘Si quieres…’ nos está diciendo también nosotros ese mundo que nos rodea. ¿Cuál es la respuesta que le vamos a dar?

sábado, 10 de febrero de 2018

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

1Reyes 12,26-32; 13,33-34; Sal 105; Marcos 8,1-10

¿Qué hacemos cuando vemos personas o familias en nuestro entorno que pasan necesidad, que tienen problemas, que están agobiados porque no pueden salir adelante en la solución de sus problemas personales o de su familia? Vamos a decir que sentimos preocupación y si podemos ocasionalmente les echamos una mano, pero también nos sucede que cuando los problemas no se solucionan nos sentimos impotentes y enseguida reclamamos que las instituciones públicas resuelvan esos problemas, les decimos que acudan a las diversas organizaciones sociales que podamos conocer para que les ayuden a resolver esos problemas que a nosotros nos desbordan.
Son reacciones normales que cuando hay algo de sensibilidad podemos tener ante situaciones así, aunque bien sabemos también que podamos sentir la tentación de cerrar los ojos, mirar para otro lado, no querer enterarnos de lo que pasa, y les pasamos el problema a los otros.
Mucha gente insensible en este sentido nos encontramos en demasiadas ocasiones, porque solo piensan en si mismos, o que con aquello que tienen primero tienen que resolver sus problemas, tratar de vivir bien y de alguna manera se desentienden de esas situaciones. Con lo poquito que tenemos, decimos,  no nos da para resolver todos los problemas que podamos encontrar. Cuantas veces en los caminos de la vida damos rodeos para no encontrarnos con aquel que nos tiende la mano desde su necesidad.
Hoy el evangelio nos ayuda en ese sentido. Que aprendamos a abrir los ojos para ver la necesidad, que nos impliquemos, y que seamos capaces de compartir hasta esos pocos panes y peces que tengamos en nuestras alforjas. Una muchedumbre se había reunido en torno a Jesús y habían marchado con El por aquellos caminos de Galilea. Ahora estaban en descampado, llevaban días con Jesús, las pocas provisiones que llevaban se les habrían agotado y Jesús siente lástima de toda aquella gente. Hay que hacer algo; así lo manifiesta a sus discípulos más cercanos.
‘¿Y de dónde se puede sacar pan, hache, en despoblado, para que se queden satisfechos?’, le responden sus discípulos. Es cierto que es una realidad que se puede constatar. Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ los discípulos le hablan de siete; otro evangelista narrándonos este mismo hecho habla de un muchacho que tiene unos pocos panes y paces que pone a disposición.
Y Jesús quiere que compartan aquello poco que tienen y les manda sentarse por donde puedan. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es el pensamiento que surge entonces como sigue surgiendo  hoy cuando vemos los problemas. ¿No llegamos a decir que ya el mundo no puede producir lo suficiente para la creciente población mundial que se multiplica día a día? Sin embargo cuantos sobrantes tiramos todos los días.
Aquello poco va a dar para que coman todos hasta hartarse. Es el milagro del amor. Es el milagro que nosotros también podríamos hacer cada día si en verdad llenáramos de amor nuestro corazón. Hubo alguien que supo compartir lo poco que tenia y todos pudieron comer.
¿Dónde está nuestra sensibilidad y nuestra disponibilidad? ¿Seguiremos encerrándonos en nuestro círculo y en nuestros propios intereses nada más? ¿No tendrían que ser otras nuestras actitudes, la apertura de amor de nuestro corazón? Creo que no hace falta decir mucho más, sino detenernos a pensar, a reflexionar, a despertar la sensibilidad de nuestro corazón. ¿Seguiremos diciendo hoy como entonces ‘qué es esto para tantos’?

viernes, 9 de febrero de 2018

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

Un mundo de silencio, un mundo de incomunicación, un mundo de aislamiento. Cuanto nos cuesta comunicarnos y relacionarnos cuando carecemos de algunos sentidos o están atrofiados. No poder oír lo que sucede a nuestro alrededor nos hace entrar no solo en una incomunicación que nos aísla sino que casi nos incapacita para entender y para comprender. No poder expresar aquello que llevamos dentro porque nos faltan las palabras, porque no podemos pronunciar con sonidos lo que si escuchamos en nuestro interior nos hace la vida difícil.
Pero hay aislamientos que nosotros mismos nos buscamos. Hay silencios que nosotros creamos, porque ansiemos la soledad para pensar mejor, para reflexionar y para crecer por dentro, sino porque ponemos murallas entre nosotros y los demás para no querernos ver, para no querernos escuchar, para aislarnos de los demás. Somos nosotros mismos los que ponemos esas murallas en nuestra vida, y tremendo es cuando son los demás los que nos crean esas barreras aislándonos, excluyéndonos de su comunicación, impidiendo que podamos entender y comprender.
Son muros que tenemos que derribar. Es cierto que en nuestra civilización avanzamos y hemos sido capaces de crearnos medios que nos faciliten esa comunicación, aunque sea con el lenguaje de los signos, pero a pesar de nuestra civilización sin embargo hay otras barreras que aun no han caído en nuestras relaciones, porque nos hacemos egoístas o insolidarios, porque los que creemos que podemos y sabemos vamos avasallando por la vida, porque en nuestros orgullos vamos despreciando a tantos porque no son como nosotros, no piensan como nosotros, o porque nos parece que con sus maneras o sus formas nos repugnan y los despreciamos.
Hoy Jesús recorriendo aquellos caminos de Galilea cuando viene incluso desde más allá de lo que es el territorio judío, atraviesa desde Tiro y Sidón y cruza por la Decápolis que no son regiones judías, se encuentro con un sordomudo que alguien en buena voluntad y con fe en Jesús le trae para que lo cure.
‘¡Effetá! ¡Ábrete!’ Le dice Jesús tocando sus oídos y su lengua. Le devuelve Jesús al mundo en el que pueda relacionarse y con el que pueda entrar en comunión y en comunicación. Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’, nos comenta el evangelista.
Mucho nos quiere decir Jesús con este signo. Está su amor y es un signo del Reino de Dios que llega. Es la curación de unas enfermedades y es el facilitar la vida y el encuentro con los demás. Pero es un signo de mucho más. Somos nosotros los sordos y los mudos que hemos creado tantas barreras. Son tantas las limitaciones que ponemos tantas veces en nuestra relación con los demás. Somos nosotros los que necesitamos ser curados. Somos nosotros los que tenemos que ir por el mundo facilitando el encuentro y la relación entre las personas y los pueblos.
Tenemos que ser creadores de comunión, puentes de enlace y comunicaron entre unos y otros, constructores de es mundo nuevo donde seamos capaces de entendernos, de comprendernos, de comunicarnos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos.
Son las señales que hemos de dar del Reino de Dios en nuestro mundo en el que aunque haya muchos medios de comunicación social sin embargo sigue habiendo tantas soledades, tanta gente que se siente marginada en la vida, dejados a un lado del camino, no aceptados ni comprendidos porque quizá vienen de otros lugares, porque son de otra raza, porque emplean otro lenguaje, porque tienen una manera de pensar y de entender la vida muy distinta de la nuestra. Y nosotros nos alejamos, y los aislamos, y no nos comunicamos.
Tenemos que cambiar, tenemos que abrir nuestros oídos, nuestro corazón para que nos comuniquemos de verdad, para que entre todos hagamos un mundo nuevo en el que todos quepamos. Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean. Demos de verdad las señales de que el Reino de Dios ha llegado.

jueves, 8 de febrero de 2018

La vida nos pone a prueba muchas veces también en nuestra fe pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes y se ha de manifestar toda nuestra madurez humana y cristiana

La vida nos pone a prueba muchas veces también en nuestra fe pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes y se ha de manifestar toda nuestra madurez humana y cristiana

1Reyes 11,4-13; Sal 105; Marcos 7,24-30

A veces decimos que la vida nos pone a prueba. Tenemos ilusiones, queremos sacar las cosas adelante, tratamos de vivir con responsabilidad, pero parece que las cosas se nos tuercen porque cuando parecía que teníamos las cosas en la mano todo se nos vuelve en contra, aparecen mil dificultades, y no logramos aquello que aspirábamos que quizá eran simplemente las cosas normales de la vida de cada día.
No digamos cuando nos aparece la enfermedad en nosotros o en alguno de los miembros de la familia y todo se  nos vuelve oscuro porque quizá no encontramos mejoría tan pronto como quisiéramos o acaso tenemos que abandonar cosas que ya por esa enfermedad no podemos realizar. Luchamos, algunas veces parece que nos desesperamos y buscamos solución por todos los caminos aunque nos parezca que no tenemos salida.
Son pruebas duras de la vida que muchas veces nos hacen entrar en crisis hasta del mismo sentido de la vida. Nos pasa igualmente en el camino de nuestra fe; quizá nos habíamos debilitado en nuestras practicas y experiencias religiosas, o fueron apareciendo como cantos de sirena otras ideas, otras maneras de pensar, otros planteamientos, o quizás esos mismos problemas de la vida nos hacen dudar, ponen a prueba nuestra fe. Un túnel oscuro muchas veces en el que parece que no encontramos ninguna luz, porque ni siquiera parece que Dios quiera escucharnos en nuestras suplicas o darnos respuesta a esas dudas e inquietudes que puedan ir surgiendo en nuestro interior.
Hoy vemos el ejemplo en aquella mujer cananea cuya vida se veía fuertemente perturbada por la enfermedad de su hija para la que no encuentra curación. Cuando se entera que el profeta de Nazaret ha recalado por aquellas tierras acude a El con esperanza de que pueda curar a su hija. A sus oídos, aunque estén lejanos de la tierra de los judíos, han llegado noticias de sus milagros y como la gente es curada de sus enfermedades. Ella no es judía, es gentil y teme que no sea bien recibida por los judíos, pero aun así acude a Jesús gritando tras de El para que la atienda en sus peticiones.
Pero parece que todas las puertas se le cierran. Jesús había querido pasar desapercibido y ahora el silencio de Jesús es la respuesta a aquellas suplicas. El camino sigue siendo oscuro para aquella mujer pero en la que aun a pesar de las dificultades que encuentra va en aumento la fe en Jesús. Cuando parece ser rechazada ella encontrará palabras – es el corazón de una madre que esta sufriendo por su hija la que le hace hablar – para hacer que Jesús la escuche. La perseverancia de aquella mujer logra el milagro de la curación de su hija. ‘Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija. Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama’. Se había curado.
Hermosa lección de fe y de perseverancia. Cuánto lo necesitamos en la vida. En todos esos momentos de crisis y de pruebas por las que tantas veces pasamos. Como decíamos al principio de esta reflexión la vida nos pone a prueba muchas veces y podemos perder la ilusión, el entusiasmo, las ganas de luchar. Pero es cuando tenemos que mantenernos fuertes, cuando se tiene que manifestar toda nuestra madurez.
Es todo un proceso que hemos de ir realizando en la vida, porque bien sabemos que no todo es fácil. Es un posible fallo que podamos tener en nuestros sistemas educativos y que nos pueda suceder en las familias; le ponemos todo tan fácil a los hijos que piensan que todo en la vida va a ser siempre así y cuando llegan los problemas y dificultades no estamos preparados para afrontarlos. Pero tenemos que aprender a madurar, a fortalecernos, a saber enfrentarnos a la vida aunque haya problemas y dificultades.
Y eso también en el camino de nuestra fe, en la realización de nuestros compromisos cristianos que no son siempre fáciles de llegar con ellos hasta el final porque aparecen los cansancios, las desilusiones, los malos ejemplos quizá que pudieran hacernos daño. Pero aunque todo se nos pueda poner oscuro sabemos que nunca nos faltará esa luz que un día va a aparecer claramente en nuestro corazón. Es la esperanza también con la que hemos de saber caminar.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos actuar con delicadeza y entrega generosa para con todos

1Reyes 10,1-10; Sal 36; Marcos 7,14-23

De lo que llevamos en el corazón habla nuestra boca y hacen nuestras manos. Lo que somos por dentro se va a manifestar queramos o no en lo que hacemos. Algunas veces las apariencias nos pueden confundir; la hipocresía de quien manifiesta una cara mientras en su interior guarda otros sentimientos termina por desenmascararse; las caretas como falsas que son no duran siempre y pronto se caerán y dejarán ver la verdad de lo que hay en nuestro corazón.
Qué importante es la rectitud del corazón y como hemos de procurar mantener esa pureza interior. Cuánto daño hacemos con nuestras malicias ocultas que siembran desconfianzas, que conspiran contra todo lo bueno, que se vuelven destructivas como destructiva es siempre la envidia que nos corroe por dentro. La sagacidad del hombre perverso y de mal corazón tratará de llevarse por delante todo lo bueno que haya a su alrededor antes de que podamos desenmascararla.
Y desgraciadamente hay demasiado de todo eso en el mundo en que vivimos y nos podemos contagiar. Tenemos que estar alertas porque es una mala epidemia que nos contagia fácilmente y nos hace daño y no solo a nosotros sino que hará daño a los demás.
Es de lo que quiere prevenirnos hoy Jesús en el evangelio. La ocasión ha sido cuando han venido los fariseos con sus reclamaciones porque los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer. Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga’.
Lo dice claramente Jesús, es lo que sale de dentro del corazón del hombre lo que manifiesta la malicia y lo que nos llena de pecado. Los discípulos no terminaran de entender porque mucha era la influencia de las enseñanzas de los fariseos y doctores de la ley que se fijaban solamente en las cosas externas. Como decíamos antes nos podemos contagiar fácilmente. Cuantas veces nosotros también en la vida le restamos importancia a lo que verdaderamente ha de tenerla, porque es lo que todo el mundo hace. No porque todo el mundo haga una cosa significa que es buena, sino que hemos de saber ver la rectitud en si misma y no dejarnos influenciar tan fácilmente.
Por eso ante la pregunta de los discípulos más cercanos a Jesús cuando llegan a casa, Jesús les dirá tajantemente: ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Es la maldad del corazón la que nos hace hablar mal, la que nos lleva a las malas acciones, la que impulsa nuestras violencias y nuestros orgullos, nuestros resentimientos y nuestros odios, la que  no nos deja ser verdaderamente misericordiosos y solidarios sino que nos hace egoísta o nos encierra en nosotros mismos.
¿No habremos fijado bien lo que predomina en nuestro corazón? No nos quedemos en la buena voluntad, sino pensemos en las intenciones algunas veces torcidas que surgen de dentro de nosotros. Llenemos nuestro corazón de amor, de deseos de bien, de paz y armonía y aprenderemos a tratar mejor a los demás, a tener sincera confianza en las personas, a saber actuar con delicadeza y entrega generosa para con los demás.

martes, 6 de febrero de 2018

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo

1Reyes 8,22-23.27-30; Sal 83; Marcos 7,1-13

Qué malos son los escrúpulos; andar siempre obsesionados porque en todo nos parece que nos equivocamos, que hacemos mal, que la gente pueda estar pendiente de lo que hacemos si lo hacemos bien o lo hacemos mal. Reglamentamos la vida con tantas normas que al final no sabemos a qué atenernos y estamos con la inquietud de que lo hicimos mal, que nos pasamos aunque solo fuera en lo mínimo en lo que hicimos, y atormentamos nuestra conciencia, no tenemos paz interior y así no encontramos la manera de ser felices.
Necesitamos una madurez en la vida, que no consiste en imponernos normas y mas normas sino en tratar de tener unos principios justos por los que guiarnos en nuestro actuar y tratar de no perder la paz del espíritu realizando lo que es lo fundamental y lo que da verdadera rectitud interior a lo que hacemos. El escrupuloso quiere tener como reglamentado toda su vida en los más mínimos detalles, pero eso se hace insoportable porque andamos como un corsé que nos aprieta por todos lados. Sin esas reglas parece no saber actuar y al final vive esclavizado y sin libertad.
Acuden hoy en el evangelio a Jesús unos fariseos pidiéndole explicaciones a Jesús por las actitudes o las costumbres de sus discípulos. Los fariseos eran muy puritanos y parecía que todo lo que tocaran podía hacerlos impuros, por eso andaban continuamente haciendo abluciones para purificarse. No era la simple higiene que tendríamos que haber en nuestra vida para evitar un contagio que pudiera dañarnos, sino que eso lo habían convertido en normas muy estrictas pero pensando más bien en impurezas legales, que en la propia pureza de su corazón.
Como comenta el propio evangelista en el episodio que hoy nos narra cuando volvían de la plaza se lavaban bien las manos restregando bien antes de comer, pero evitar esas impurezas. Ven a los discípulos de Jesús que no tiene esas exigencias tan a rajatabla en sus costumbres y se lo echan en cara a Jesús. ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?’
Jesús quiere hacerles entender que no nos podemos quedar en cosas meramente exteriores que son simples apariencias, sino que lo que tenemos que cuidar es la rectitud que tengamos en el corazón. Y les recuerda palabras de los profetas. ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’, les dice Jesús. Nos olvidamos del verdadero mandamiento de Dios imponiéndonos preceptos humanos, viene a decirles; nos cargamos de normas y reglamentaciones y nos olvidamos del amor y de la misericordia.
Cuidado que a nosotros nos pase lo mismo; cuidado que entre nosotros los cristianos nos preocupemos más de reglamentos y preceptos que de la misericordia, la solidaridad, el amor con el que hemos de brillar en nuestra vida. Cuantas veces decimos yo ya he cumplido, porque hemos cumplido algunos preceptos, porque quizás venimos a misa todos los domingos o cumplimos las promesas que hacemos en nuestra devoción a una determinada imagen religiosa; hemos cumplido decimos pero luego no somos capaces de ser compasivos con el hermano y no tenemos misericordia en el corazón para comprender y para perdonar, para compadecernos y ser capaces de compartir con el necesitado.
No olvidemos lo que es lo principal, no nos olvidemos del amor que tiene que ser de verdad nuestro distintivo. Vivamos la misericordia y la compasión porque sentimos como Dios es misericordioso con nosotros, pero seamos igualmente nosotros misericordiosos con el hermano. Cuánto no cuesta perdonar, cómo discriminamos fácilmente al otro porque ha cometido un error en la vida, cómo apartamos de nuestro lado y hasta quizá de la vida de la Iglesia alguien porque no nos parece tan bueno como  nosotros juzgamos. El juicio es de Dios, pero Dios es siempre misericordioso; de la misma manera en nuestro juicio seamos siempre misericordiosos con nuestro hermano. Atención, que no siempre lo somos.

lunes, 5 de febrero de 2018

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

La fe y la esperanza no solo eran la confianza de tener unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús

1Reyes 8,1-7.9-13; Sal. 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces queremos guardar en nuestra intimidad aquellos sufrimientos que podamos tener. Aquellas imposibilidades o debilidades que tengamos porque quizá creemos que eso es algo muy íntimo y personal y no tenemos por qué darlo a conocer a quienes nos rodean. Muchos secretos se guardan tras los muros de una casa o también tras la fachada de serenidad que queremos mostrar en la vida. Nadie tiene que conocer nuestros sufrimientos o necesidades pensamos y así quizá no dejamos que alguien pueda ofrecernos una palabra o un gesto de consuelo. Nos lo guardamos en nuestro interior.
Es la respuesta que muchas veces damos cuando nos preguntamos cómo estamos o se interesan tal vez por un enfermo que tengamos en nuestra casa; estoy bien decimos, está mejor respondemos al interés que alguien pudiera mostrar por lo nuestro. Nos creamos un mundo de distancias y de aislamiento que nada nos ayuda. Nos situamos en el centro de una espiral que impide que los demás puedan llegar hasta nosotros siendo para nosotros un incomprensible circulo cerrado en el que no dejamos entrar a nadie ni nosotros queremos salir haciendo mas insoportable nuestro sufrimiento.
Es necesario que seamos capaces de atisbar por donde nos pueda entrar un rayo de luz o que alguien nos ayude a abrir una brecha por la que seamos capaces de salirnos o dejar entrar a los otros para ayudarnos a mitigar nuestro dolor o a encontrarle un sentido. Pero tenemos que dejarnos ayudar, abrir los oídos y los ojos de nuestro espíritu. Es el rayo de luz y de esperanza que necesitamos que ilumine nuestras vidas y nos ayude a ponernos en orden de verdad dentro de nosotros mismos. Quizá ese rayo de luz está cerca de nosotros pero estamos tan encerrados que no seremos capaces de verlo.
La llegada de Jesús por aquellos caminos y pueblos de Galilea fue ese rayo de luz que despertó las esperanzas en tantos llenos de sufrimientos. Habían vivido soportando estoicamente su dolor, pero ahora descubrían que se abría una puerta para sus vidas. Por eso corrían detrás de Jesús, al menos querían que la sombra de su manto se posara sobre ellos porque sabían que así sus vidas se podían llenar de luz. Todos querían sentir la mano de Jesús en sus vidas, o al menos tocarle la orla de su manto porque sabían que así sus corazones se podrían sanar.
Es lo que nos describe el evangelista. No eran solo sus cuerpos atormentados por el sufrimiento de su enfermedad o de sus limitaciones lo que llevaban hasta Jesús sino que eran sus vidas rotas deseando encontrar un sentido y una salvación. No nos podemos quedar en el milagro de unos cuerpos sanados de sus enfermedades o sus discapacidades, sino que hemos de descubrir la salud total que Jesús nos ofrece, por eso Jesús siempre pedía que se dejaran transformar el corazón. La fe y la esperanza no solo eran la confianza de unos cuerpos sanos, sino el sentido de una nueva vida que vislumbraban en Jesús.
¿Cómo vamos nosotros hasta Jesús? ¿Cuáles son los sufrimientos que llevamos y que nos atormentan en el corazón? ¿Por qué nos aislamos, nos encerramos en nosotros mismos queriendo muchas veces construir nuestra vida por nuestra cuenta y sin contar con los demás? ¿Cuál es el resquicio que hemos de dejar abrir en nuestra alma para que entre en nosotros esa luz nueva que nos hará vivir de una manera distinta? ¿Seguimos pensando que hemos de seguir guardándonos todo para nosotros mismos y que por nosotros solos podemos sanar nuestra vida?

domingo, 4 de febrero de 2018

Los signos de una pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo y se han de manifestar hoy por los signos de nuestra vida

Los signos de una pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo y se han de manifestar hoy por los signos de nuestra vida

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Si en algo todos estaríamos de acuerdo es en el deseo de felicidad. Todos queremos ser felices, aunque otra cosa sea en qué cifremos la felicidad o la manera de conseguirla. Pero queremos ser felices y queremos desaparecer de nuestra vida todo aquello que nos causara sufrimiento y mermara esa felicidad que deseamos. Sin embargo somos conscientes de muchas cosas que ensombrecen nuestra vida y nos hacen sufrir y no nos permiten alcanzar la tan deseada felicidad.
Cuando pensamos en los sufrimientos que empañan la felicidad que desearíamos alcanzar una primera referencia que quizá hagamos son las enfermedades y las limitaciones físicas que encontremos, por ejemplo, para nuestra movilidad; todo aquello que pudiera producirnos una discapacidad nos puede mermar en las posibilidades de nuestra vida y al vernos así limitados sentimos como que no pudiéramos realizarnos plenamente y ser felices.
Pero también nos damos cuenta que son otras muchas cosas las que nos pueden limitar en la vida que no son solo esas enfermedades o limitaciones físicas, porque nos podemos sentir oprimidos de otras muchas maneras; desde quienes ejercen sobre nosotros una influencia tal que no nos dejan actuar con libertad o limitan nuestras capacidades y posibilidades de la vida o todas esas cosas que nos hacen difícil la convivencia, el encuentro, la relación con los demás; será también cuando desde nuestro interior vemos que nuestros sueños se rompen y no somos capaces de realizarlos o no somos capaces de superarnos en nosotros mismos para lograr ese desarrollo o esa madurez en nuestro actuar y en nuestro vivir.
Aquí podríamos pensar en muchas cosas que seguramente ya van surgiendo en nuestra mente al hilo de esta reflexión y con los que nosotros con nuestra manera de actuar desde nuestra insolidaridad, nuestro amor propio o nuestros orgullos también podemos ser causa del sufrimiento y en consecuencia la infelicidad de los que nos rodean.
¿Ese sería el camino para una vida digna del hombre, de la persona? Queremos quizá y no podemos, no somos capaces, porque quizá son muchas las ataduras que tenemos en nuestro interior cuando hemos dejado meter el pecado en nuestro corazón. Tenemos que hacer todo lo posible por nosotros mismos por liberarnos de todo eso que nos ata, pero quizá haya muchas cosas que nos superan y necesitaríamos una fuerza o una ayuda superior.
Desde toda la eternidad Dios quiere la felicidad del hombre. La imagen nos la expresa la Biblia cuando nos habla de que el hombre creado por Dios fue colocado en un jardín. Imágenes que quieren significar mucho para nosotros. Por eso tras el pecado del hombre, tras su ruptura interior consigo mismo, con los demás y con Dios, se le promete una liberación y una salvación donde todo ha de ser reconstruido y reedificado en una nueva vida que nos llene de verdadera plenitud.
Son las esperanzas de salvación que mantuvo siempre en su corazón el pueblo elegido con el deseo de la pronto llegada de un Mesías Salvador. La aparición de Jesús por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando unos tiempos nuevos despertaron las esperanzas y llenaron de una alegría esperanzada los corazones de todos aquellos que se veían oprimidos de muchas maneras en sus enfermedades, en su pobreza y en lo que sentían que era una falta de libertad para su pueblo.
Lo que Jesús les decía y la manera como les enseñaba les hacían sentir que sí llegaban tiempos nuevos; como habían dicho en la sinagoga al escucharle aquella forma de hablar era nueva y con autoridad; los signos de esa pronto liberación se comenzaban a manifestar en aquellos milagros que Jesús iba haciendo. Por eso acuden todos los que sienten algún tipo de sufrimiento en su vida o en su corazón hasta Jesús para sentirse sanados por la Palabra de Jesús.
Lo había expresado en la sinagoga cuando liberó a aquel poseído por un espíritu inmundo, como ellos decían, ahora le llevan hasta casa de Simón de sus primeros seguidores porque la suegra de éste está enferma y Jesús la levanta de su postración de manera que ella prontamente se pone a servirles. Pero será al atardecer, cuando se han acabado las limitaciones del sábado cuando una muchedumbre con enfermos de todo tipo se agolpa a la puerta de la casa para que Jesús les cure.
Algo nuevo está comenzando. Es la esperanza de que sus sufrimientos se acaban y un nuevo y de dicha comienza a alborear. Por eso acuden a buscar a Jesús. Pero Jesús se ha retirado a la soledad de la oración en la madrugada. Es consciente que es la misión que ha recibido del Padre y además se ha de extender a todos. Por eso cuando le buscan les dirá que tiene que ir a hacer ese anuncio a todas partes. Y recorre los pueblos y las aldeas de Galilea enseñando, anunciando el Reino de Dios que llega acompañando sus palabras de los signos de liberación que iba realizando.
Pero no nos quedamos en contemplar este cuadro con la actuación de Jesús. Porque esa misma misión es la que nos ha confiado. Y ese mismo anuncio tenemos que seguir haciendo en nuestro mundo de hoy con nuestra palabra y con los signos de nuestra vida liberada. Hoy nuestro mundo también se encuentra en la misma confusión y también anhelan los mismos deseos en todos los corazones, aunque los expresemos de maneras distintas. En la construcción de ese mundo nuevo también nosotros tenemos que seguir empeñados luchando contra el mal y contra todo sufrimiento, contra todo lo que pueda limitar la dignidad de cualquier persona, de toda persona.
El mundo necesita hoy más que nunca, casi nos atreveríamos a decir, que nosotros los cristianos en la autenticidad de nuestras vidas les mostremos esos signos de la liberación que Jesús quiere realizar en nosotros y en nuestro mundo para hacer ese mundo nuevo. No siempre quizá hemos sido lo suficientemente claros en la manifestación de esos signos, aunque a través de los siglos no han dejado de realizarse. Pero hay tantos que no los han descubierto, no los han comprendido, y esa es la tarea de anuncio de esa buena noticia que tenemos que dar a nuestro mundo.
Nuestras vidas que crecen en libertad y en alegría son el testimonio fuerte que tenemos que dar. La alegría de nuestra fe, la alegría de seguir el camino de Jesús donde nos vemos plenamente realizados y  nos sentimos verdaderamente felices es el grito que tenemos que dar ante los que nos rodean. Somos felices porque creemos en Jesús, somos felices porque nos sentimos liberados del mal por Jesús, somos felices anunciando el evangelio de Jesús sin miedo, sin complejos ni cobardías. Es el anuncio de la verdadera dicha y felicidad que tenemos que hacer a nuestro mundo de hoy.