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domingo, 3 de septiembre de 2017

Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y sueños para vestirnos más de cruz, de amor, de entrega, de compromiso, del Espíritu del Señor que nos transforme para también transformar nuestro mundo

Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y sueños para vestirnos más de cruz, de amor, de entrega, de compromiso, del Espíritu del Señor que nos transforme para también transformar nuestro mundo

Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos, 12, 1-2; Mateo 16, 21-27
Se sentían confundidos. A Pedro y a los discípulos no les cabía en la cabeza lo que Jesús les estaba diciendo. Cuántas veces cuando nos hacemos una idea de algo, nos parece tan clara nuestra manera de ver las cosas que nos cuesta aceptar que van a ser o tienen que ser de otra manera.
Nos creamos nuestros sueños y nos creemos nuestros sueños como si ya fuesen una realidad. Idealizamos las cosas, las personas, los mismos hechos que suceden o que han sucedido y los engrandecemos de tal manera que en cierto modo los cambiamos. Pensemos en nuestros recuerdos de hechos que nos han pasado, sobre todo si han sido hace ya años; nos creamos casi un mito, porque nada puede haber tan hermoso como aquello que vivimos.
Es lo que nos sucede con acontecimientos de nuestra historia mas o menos cercana que ahora no somos capaces de comparar con lo que ahora nos esta sucediendo aunque quizás sea mas importante o mas grandioso. Fiestas como las de antes ya no se hacen, decimos tantas veces; aquellas aventuras que vivimos en nuestra juventud, aquello si era vivir, ahora la vida es más aburrida, idealizamos.
Y lo mismo de los sueños de futuro, de lo que pensamos que puede suceder, de las historias que en nuestra mente nos creamos pero para el futuro, muchas veces sin fundamento, o idealizando aquello tan bueno que nos puede suceder. Ahora nos dicen que eso no va a ser así, que las cosas tienen que ser de otra manera y no lo aceptamos, nos rebelamos y nos ponemos en contra de todo, nos entran los malos humores y hasta quizá nos deprimimos.
Me he extendido en toda esta consideración previa porque comparo de alguna manera lo que le sucedía a los discípulos en aquel momento con situaciones en las que nos podemos ver envueltos en la vida.
Como escuchábamos el pasado domingo ante las preguntas de Jesús Pedro había hecho una afirmación muy rotunda, una hermosa confesión de fe. Había proclamado que Jesús era el Mesías. En la mentalidad judía de la época, conforme a las esperanzas que tenían de la venida del Mesías, sería un triunfador, que daría la libertad y la salvación al pueblo. En consecuencia no cabrían sufrimientos, muertes martiriales, sino todo lo contrario. Y era lo que ahora no les cabía en la cabeza de los anuncios que Jesús estaba haciendo. Aunque ya en otras ocasiones se los había anunciado, pero ellos no entendían.
Si Pedro quiere quitarle de la cabeza a Jesús, en sus idealizaciones, de que el Mesías había de padecer, es Jesús el que quiere que Pedro y los discípulos terminen de cambiar su mentalidad, comprendan de verdad la misión de Jesús. Jesús le dirá que incluso está siendo para él como el diablo tentador. Allá en el desierto antes del inicio de su vida pública ya el diablo le había tentado con la posesión de todos los poderes del mundo, pero Jesús lo había rechazado. Ahora Pedro parece que le hace el juego a Satanás, por eso Jesús le dice con palabras duras que se aparte de él.
El Reino que Jesús anunciaba, como ya tantas veces les había explicado, aunque había de realizarse en sus vidas concretas y en su mundo concreto, sin embargo no era a la manera de los reinos de este mundo. Era una transformación desde el amor, de sus vidas y de la vida de su mundo. Y el amor es entrega, es darse sin medidas ni limites. Por eso Jesús les habla de la cruz.

La cruz podría significar tormento, suplicio. En si misma era un duro castigo. Pero Jesús nos habla de la cruz no como algo que nos impongan sino como algo que nosotros asumimos porque queremos caminar por caminos de amor y no siempre será fácil. No es que busquemos el sufrimiento por el sufrimiento porque eso no tendría sentido. Es otra la manera de tomar la cruz, de asumir la cruz.
Nos cuesta asumirla en nosotros mismos cuando tenemos que desprendernos de nuestro yo egoísta para darnos a los demás; nos cuesta asumirla por nosotros mismos cuando nos encontramos con los dolores y sufrimientos de la vida que podrían ser un sin sentido; nos costara asumirla cuando nos vamos a encontrar quienes no nos acepten o no acepten los planteamientos de vida que nosotros asumimos.
Pero cuando queremos emprender ese camino de amor, a la manera del amor de Jesús, las cosas tienen un nuevo sentido, será algo que nos llevará a una plenitud distinta, nuestros actos y nuestra vida pueden ser camino de salvación para los demás cuando nos entregamos generosamente. Es el camino que Jesús quiere que emprendamos siguiendo sus pasos, amando como El amó. Tenemos que dejarnos seducir por su amor.
Llegaba ya la hora en que los discípulos habrían de comprender bien lo significaba seguir el camino de Jesús. Y aquella subida a Jerusalén había de ser trascendental. Eran importantes aquellos pasos y habían de darse con seguridad. Pero no solo a los discípulos de aquella época; esto tenemos que escucharlo también los discípulos de hoy. Nos hemos creado mitos, nos hemos construido grandiosidades, soñamos con una cristiandad dominadora del mundo. No solo lo soñamos sino que así nos ven también desde fuera, como si quisiéramos imponer, como si la iglesia fuera un dominio y un poder hasta a la manera de los políticos.
Algo se nos ha trastabillado con el paso de la historia y quizás Jesús tenga que venir a decirnos como a Pedro que andamos equivocados, que el sentido de la Iglesia tiene que ser otro, que lo que los cristianos tenemos que presentar ha de ser de otra manera, que la cruz ha de estar presente en nuestra vida pero por todo el amor que nosotros pongamos en nuestra entrega y en nuestro darnos por los demás.
Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y vestirnos más de cruz, mas de amor, mas de entrega, mas de compromiso, mas del Espíritu del Señor que nos transforme para que pueda también transformar nuestro mundo. Nuestro estilo de vivir tiene que ser bien distinto si seguimos los pasos del evangelio. Mucho tenemos que pensar en el camino de Jesús, en cómo estamos tomando la cruz para seguir sus pasos.

sábado, 2 de septiembre de 2017

La responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano y ante quien nos ha dado la vida y es la razón de ser de nuestra existencia

La responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano y ante quien nos ha dado la vida y es la razón de ser de nuestra existencia

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30
Es cierto que no todos los trabajos son iguales pero creo que en todos hemos de saber descubrir su dignidad, porque lo que es más hermoso del trabajo es la persona que lo realiza y que en él se realiza. Cada uno realizará su trabajo según sus posibilidades, sus capacidades y también, por qué no tenerlo en cuenta, según el ritmo de nuestra propia sociedad que creará unos u otros trabajos en mayor o en menos intensidad y que hará que quizá no todos puedan desarrollar todas sus posibilidades y habilidades.
Ya hemos venido reflexionando de alguna manera sobre esto en momentos pasados para saber descubrir su grandeza y la grandeza del ser humano que lo realiza. Hemos de saber encontrar esa satisfacción personal en lo que realizamos sintiendo el gozo también de su productividad que no es solo material. No hemos ni de temer ni de minusvalorar aquellos trabajos que nos parezcan más pequeños o más humildes, porque cada uno contribuirá desde ese lugar al camino de la sociedad y al desarrollo de todos sus componentes.
La misma intensidad de amor y de esfuerzo en realizarlo con la mayor perfección ha de poner en su trabajo el que quizá solo tiene el encargo de mantener la limpieza del lugar, como el científico que trabaja en el laboratorio o entre la más alta tecnología, o el investigador que pueda realizar los más profundos descubrimientos del ser humano.
Es la responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano; es la responsabilidad que sentimos ante quien nos ha dado la vida, somos creyentes y pensamos en el Creador que nos dio el ser, y al que un día rendiremos cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida.
Como creyentes no hemos de perder de vista la trascendencia de nuestra vida que va más allá de lo que ahora en este mundo podamos vivir y la responsabilidad que tenemos ante los demás seres humanos con quien convivimos y compartimos la vida de este mundo; hay una trascendencia espiritual que nos lleva hasta Dios, a quien como creyentes que somos consideramos como el verdadero centro y sentido de nuestra vida.
De esto nos habla Jesús hoy. Nos propone la parábola de los talentos, que tantas veces habremos reflexionado. Nos habla de esa responsabilidad que ante la vida tenemos en aquellos valores de los que hemos sido dotados, en esa función que en la vida desempeñamos ya sea en el ámbito familiar, en el mundo del trabajo, en la vida social, en la colaboración y crecimiento de nuestra comunidad. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos arrojar la toalla por las dificultades que encontremos, no podemos enterrar nuestros talentos por muy insignificantes que nos parezcan, no nos podemos considerar unos seres pasivo de nuestra sociedad por lo poco que nos consideremos que valemos. Todos tenemos nuestra función, nuestro lugar, nuestro granito de arena que aportar.
Una parábola para leerla y rumiarla muchas veces mirándonos y examinándonos con atención, en lo que hacemos y lo que podríamos hacer, en los valores que tenemos y todo el desarrollo que tendríamos que darle a nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea mejor; de nuestro pequeño grano de arena puede depender que se logren cosas hermosas para nuestro mundo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy


Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13
‘Bueno, con eso será suficiente, ¿para qué llevar más? Y si hace falta ya tendremos oportunidad de conseguir como sea algo más por allí o se busca donde comprarlo...’ Así quizá habremos pensado en alguna ocasión cuando teníamos que preparar algo que tendríamos que utilizar luego y luego nuestros cálculos nos salieron fallidos porque no fue suficiente lo que teníamos.
O es la tentación que tenemos tantas veces de dejar para otro momento algo que tenemos que hacer porque decimos que tenemos tiempo y luego el tiempo se nos echa encima y andamos con apuros al final. Siempre recuerdo lo que me decía mi madre, ‘guarda que comer y no qué hacer’, para que fuéramos previsores de futuro y prepara las cosas a tiempo no dejándolas para después, como sentimos la tentación tantas veces porque quizá ahora en este momento estamos entretenidos en otras cosas.
Es una vigilancia cargada de responsabilidad que hemos de saber tener en la vida. aunque sabemos quizá de nuestras posibilidades, de nuestras capacidades, la vida está hecha de muchas circunstancias que no siempre dependen de nosotros mismos, porque vivimos en relación con los demás, porque son diversos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno que no dependen de nosotros, porque no sabemos lo que van a hacer los demás, pero nosotros tenemos nuestra responsabilidad y esa responsabilidad nos tiene que llevar a ese cumplimiento de deberes y obligaciones, a esa vigilancia para no perder la oportunidad de lo bueno que vamos teniendo en la vida.
Son los pensamientos que afloran en mí al escuchar esta parábola que nos propone Jesús de las doncellas que han de salir con sus lámparas encendidas para la llegada del novio a la boda. Una parábola que en su literalidad hemos de entender desde las costumbres de la época y las circunstancias que se Vivian entonces, que hacen necesario ese tener luz en los caminos cercanos a la casa de la novia para cuando llegara el novio con sus amigos a la boda; eran las amigas de la novia las encargadas de iluminar con lámparas de aceite aquellos caminos y había que ser previsoras para tener aceite suficiente porque no sabían realmente la tardanza y aquellas lámparas iban también a servir para iluminar la sala de la boda. Ya conocemos el desarrollo de la parábola con las tardanzas, la falta de aceite y la imposibilidad de tenerlo a tiempo, que hizo que se quedaran sin boda aquellas doncellas.
Nos quiere hablar Jesús de la trascendencia de la vida y de ese momento final de nuestra historia personal para el que hemos de estar preparados. Llega el Señor a nuestra vida, un día nos hemos de presentar ante El y hemos de estar dispuestos y preparados. Pero no solo es el momento final sino el día a día de nuestra vida, con nuestras responsabilidades, con nuestras tareas, con la hermosura del trabajo humano, como en otras ocasiones hemos reflexionado.
No podemos desatender nuestra vida. Es el cuidado personal en nuestro propio desarrollo y es el cuidado personal en como hemos de prepararnos para la vida. es una lástima como pasamos adormecidos muchos momentos de la vida en los que tendríamos que estarnos preparando, desarrollando nuestras cualidades y capacidades, poniendo los cimientos de una sólida formación, cuidando nuestros estudios que nos capacitan siempre para algo más y algo mejor. Que lástima tantos momentos de juventud desaprovechados y que crean tantas lagunas en nuestra vida de las que nos daremos cuenta cuando ya sea quizá demasiado tarde.
El tema nos da para muchas mas reflexiones – no queremos alargarnos – que nos hablan de la responsabilidad de cada día de nuestra vida, de nuestro hoy con las tareas que tenemos que realizar, la familia en la que vivimos, el trabajo que desempeñados, la apertura a la sociedad en la que vivimos, el bien que podemos hacer, lo que podemos contribuir a nuestra propia comunidad… Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad. No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy.

jueves, 31 de agosto de 2017

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

1Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51
Hace unos días una persona me hacia un comentario en referencia a otra persona que decía que no le preocupaba el trabajo porque con las prestaciones sociales que recibía ya tenia lo suficiente para vivir bien; más allá de la critica, no sé si con intenciones corrosivas, que hacia esta persona pues se notaba que entre ellos no se llevaban muy bien, me vale este hecho para esta reflexión que me quiero hacer sobre la responsabilidad con que tenemos que enfrentarnos a la vida, la responsabilidad de nuestro trabajo.
Ya sé que en el fondo podemos tener esas apetencias de vivir sin hacer nada si tenemos los medios suficientes para poderlo hacer, pero esa ociosidad de la vida creo que puede ser síntoma, o si no al menos lo crea, de un vació interior en el que no le hemos sabido dar un sentido a la vida. Yo diría que tenemos una responsabilidad con la vida misma que hemos recibido. Y aquello que somos, aquellos valores y posibilidades que podamos tener en la vida tenemos que desarrollarlos. Porque nos hace crecer a nosotros mismos, y no solo en el hecho de tener unas ganancias con las que lograr un bienestar.
El bienestar no es solo la posesión de una serie de cosas que nos puedan hacer la vida fácil, el bienestar es algo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos. Y lo logramos desde esa responsabilidad con que asumimos la vida, lo logramos cuando vemos que nuestra vida es útil y no ya para nosotros mismos sino también para los demás, para la sociedad en la que vivimos.
La satisfacción de la creatividad de nuestra vida en aquello que hacemos y que vivimos es lo que mas hondamente nos puede hacer disfrutar. Es la satisfacción del artista que ve su obra terminada, contemplada y admirada por todos. Pero tendríamos que decir que todos somos ese artista en aquello que sabemos hacer, en aquello que realizamos con nuestro trabajo, en aquello con concluimos con nuestra responsabilidad. No nos sentiremos vacíos, sentiremos dentro de nosotros el más hondo bienestar, aparte de esos otros frutos materiales que obtenemos con la realización de nuestro trabajo.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de estar preparados, atentos y vigilantes viviendo la responsabilidad de nuestra vida. Nos habla de la trascendencia de nuestra vida y de ese punto final de nuestra historia. Estad en vela…, Estad. también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre…’  
Pero está queriéndonos recordar también el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestras laboriosidad, con nuestra responsabilidad tenemos que realizar. Es la vigilancia de nuestra responsabilidad, de nuestra laboriosidad, de la creatividad de nuestra vida con que podemos embellecer también la existencia de los demás.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

1Tesalonicenses 2,9-13; Sal 138; Mateo 23,27-32

‘Señor, tú me sondeas y me conoces… ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro’. A los ojos del Señor no nos podemos ocultar. Quizá podemos intentarlo en nuestra relación con los demás y vivir sujetos a la apariencia y al disimulo, pero allá en lo secreto de nuestro corazón no nos podemos engañar, ni podemos engañar a Dios. El nos conoce hasta lo más profundo.
Necesitamos sinceridad en la vida. Algunas veces parece que hasta queremos engañarnos a nosotros mismos, porque no queremos reconocer la realidad de nuestra persona, de nuestra vida. algunas veces no nos atrevemos a mirarnos de frente; hay cosas que no nos gustan de nuestra vida, pero tratamos de disimularlas, como el avestruz ponemos la cabeza debajo del ala, porque pensamos que así pasa el peligro, pero la realidad de lo que somos con nuestros valores y con nuestros defectos está ahí.
Es cierto que tenemos que ser positivos en la vida, ver cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, lo que podemos hacer, lo que somos capaces de hacer. Seguro que hay muchas cosas buenas en nosotros, pero que también tenemos el peligro de que no las hayamos descubierto. Quizá tengan que venir momentos malos, de dificultad, para que saquemos toda esa fuerza interior que tenemos y con lo que somos capaces de superar muchas cosas. Pero creo que tenemos que ponernos a pensar en eso bueno que hay en nosotros, nuestros sueños, nuestros ideales, aquellas metas por las que nos gustaría luchar.
No podemos ocultar lo que valemos, no podemos enterrar el talento que hay en nuestra vida; seríamos desagradecidos. Con esa positividad en nosotros podemos llegar muy lejos, a grandes cosas; pongámonos metas que nos ilusionen y nos hagan levantar la mirada para ver más allá de lo presente que muchas veces pudiera estar lleno de oscuridades.
Pero mirar más allá de esas oscuridades porque nos pongamos buenas y altas metas no significa que no miremos nuestra realidad completa, también con nuestras deficiencias, nuestras limitaciones, nuestros tropiezos, el carácter que tengamos, o los tormentos que pudiera haber en ocasiones en nuestro interior. No quisiéramos que hubiera esos tormentos, esas limitaciones o defectos, pero ahí están y de ahí también tenemos que partir sabiendo aceptar lo que somos y tratando por supuesto de superarnos.
No es que vayamos pregonando lo que son nuestros defectos ante todo el mundo, pero no podemos poner cara de ‘niños buenos’ cuando quizá haya tantas malicias que enturbian nuestro interior. No aparentemos lo que somos, pero porque aceptemos lo que somos no significa que no tengamos que superarnos, crecer, purificarnos interiormente, transformar nuestro corazón tantas veces malicioso.
Es la tarea de nuestro crecimiento interior que tenemos que saber emprender, en lo que tenemos que empeñarnos. No nos podemos contentar con decir es que yo soy así y no puedo cambiar, sino que tengo que saber poner mi empeño y mi esfuerzo para ir dando esos necesarios pasos que nos vayan transformando. Y podemos, y seremos capaces, y tenemos fuerza en nosotros para realizarlo. La fuerza de todo eso otro bueno que hay en nosotros nos ayuda, nos impulsa.
Jesús denuncia la actitud de aquellos que no eran capaces de reconocer los errores de su vida, sino que Vivian de apariencias mientras su corazón estaba lleno de maldades. Ciegos guías de ciegos, como les dice Jesús en una ocasión. Trataban de ser guías en medio del pueblo porque por su posición social así se lo creían ellos, pero eran tan ciegos para no reconocer sus errores, las maldades que llevaban en su corazón, y no se dejaban interpelar por la Palabra de Dios, por la Palabra de Jesús que siempre era Palabra de vida y salvación. Que no nos sucede a nosotros igual. Cerca de nosotros está siempre esa mirada de Jesús que nos alienta, nos hace ver la realidad de nuestra vida y siempre en nosotros deseos de grandeza y superación.


martes, 29 de agosto de 2017

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Marcos 6, 17-29
Alguna vez nos abr sucedido; mantenemos una buena relación con las personas que nos rodean, somos buenos amigos y expresamos la confianza y la amistad de muchas maneras. Todo parece ir sobre ruedas, pero en un momento determinado viste algo en tu amigo que no era de tu agrado, algo que eras conciente de que no era bueno y tu amigo quizás iba descarrilando su vida por aquella postura, por aquella actitud, por aquello que tu veías que no era bueno.
Y hablaste con él, le dijiste lo que pensabas, trataste en buena conciencia de hacerle reflexionar sobre lo que hacia y tú pensabas que debía corregir; pero tu amigo se lo tomó a mal, no le gusto, no te perdonó que le dijeras aquella verdad de su vida que él no quería reconocer, y las relaciones se distanciaron, la amistad se enfrió, y pudo llegar el caso que el que era tu amigo ahora se convirtió en tu enemigo. Tú hiciste lo que creías correcto, y en buena amistad pensabas que debías tener ese gesto de amistad y de corrección con tu amigo, pero  no lo aceptó.
Muchas cosas así pasan en la vida, cuando no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan decir los que están a nuestro lado; casos conocemos de familias rotas, de vecinos enfrentados y que no se hablan, amistades que se han perdido.
Me gusta cuando leo el evangelio y reflexiono sobre él, pensando primero que nada en como aplicarlo a mi vida, ver esas situaciones humanas que aparecen en el fondo de los hechos que nos narra el evangelista reflejadas en lo que nos sucede en la vida. Es una forma también de aplicarnos bien el evangelio y que la luz que nos ofrece sea esa buena noticia salvadora también para nuestra vida en esas situaciones concretas que vivimos.
Hoy estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. El evangelio nos lo relata con muchos detalles. Pero ahí estamos viendo también esas situaciones humanas que nosotros vivimos. El evangelista parece que nos dice cosas contradictorias de las relaciones entre Herodes y Juan Bautista. En principio nos dice que Herodes tenia en buena consideración a Juan, le gusta escucharlo, lo respetaba y lo consideraba un hombre bueno, honrado y santo.
Pero cuando Juan le señala lo que es la corrupción que hay en su vida, a Herodes no le gusta; cuando mas en concreto le dice que no es licito vivir como lo está haciendo con Herodías la mujer de su hermano, todo se vuelve en contra de Juan. Es encarcelado y Herodías estará buscando la ocasión para acabar con Juan.
Los papeles se dieron la vuelta. Y aunque Herodes parecía mantener una actuación un tanto neutral buscando la manera de cómo liberar a Juan, llegará en momento en que las corrupciones y cobardías de Herodes caerán como en cascada para terminar por decapitar a Juan. Ya nos lo ha contado el evangelio, la fiesta que preparó Herodes para su corte, el baile de Salomé y las promesas fatídicas de Herodes de querer ofrecer hasta la mitad de su reino si la bailarina se lo pedía, que desencadena la muerte de Juan. Los efectos de la fiesta y todo lo que la rodea, las promesas locas de mentes ebrias y sin sentido, los respetos humanos que nos llenan de cobardías, cómo se parece a tantas cosas que hacemos y decimos en las locuras de nuestra vida.
Toda esa parte negativa del relato en los malquereres contra Juan y las locuras y cobardías de Herodes tendrían que hacernos pensar en momentos semejantes en que nos vemos envueltos nosotros de la misma manera. Pero frente está la rectitud, la honradez, la fidelidad de Juan que mantiene firme su palabra y su anuncio de verdad y de justicia.
Cuanto tendríamos que aprender nosotros también que tantas veces nos acobardamos y  nos callamos por miedo a lo que puedan pensar, a lo que nos puedan decir, o como nos puedan tratar según las posturas que nosotros tomamos en la vida. Es la valentía que necesitamos tener los cristianos para hacer ese anuncio de la Buena Noticia salvadora del Evangelio a nuestro mundo. No nos entenderán, nos perseguirán incluso, dirán de nosotros todo menos cosas bonitas, pero necesitamos hacer ese anuncio del bien y de la verdad con valentía, dar ese testimonio de nuestra vida.

lunes, 28 de agosto de 2017

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

1Tes. 1,1-5.8b-10; Sal 149; Mateo 23,13-22
Hay gente que siempre sabe quedar bien sin importarle la verdad y la sinceridad de la vida sino que o bien llenarán su vida de vanidades para hacer creer a los demás lo que realmente no son, o saben utilizar las palabras y los razonamientos para arrimar el ascua a su sardina y tendrán siempre razones con sofismas que traten de justificar sus posturas y lo que hacen convirtiéndose así en unos manipuladores de los demás. Ellos son siempre los buenos, los que saben hacer las cosas, los que tienen razón para hacer lo que hacen sin importarle el daño que quizás puedan hacer a los demás. Ven las cosas, la vida desde la óptica solo del color de su cristal y no son capaces de descubrir lo bueno o los razonamientos que puedan tener los demás.
Una vida rodeada de personas así nos resulta incomoda; nos sentimos manipulados o que al menos traten de manipularnos; vemos a la gente que solo le interesan sus ganancias o sus razones que solo les favorezcan a ellos; gente que nos damos cuenta que su trato es injusto con los demás y muchos incautos caen en sus redes; gente que busca solo sus ganancias ya sean económicas o de poder para así mejor poder manipular a los demás desde quizás sus puestos de influencia en razón de responsabilidades que tienen pero que desempeñan muchas veces solo para beneficio propio y no para el bien de toda la comunidad.
Son las luchas que nos vamos encontrando en la vida cuando tratamos de ser justos, sinceros, leales, pero no encontramos la correspondencia en los demás. Podemos sentir la tentación de dejarnos arrastrar o cerrar los ojos o eso injusto que estamos viendo, pero nuestra conciencia no nos deja tranquilos y nos llama a actuar; todo parece una lucha entre el mal y el bien y a veces incluso podemos sentirnos sin fuerzas. Esas manipulaciones algunas veces nos vienen de las personas que nosotros menos pensábamos que pudieran actuar así, porque siempre se nos presentan con una buena sonrisa o con aureolas de honradez y pronto vemos que son bien ficticias.
Ahí tiene que florecer la honradez y la rectitud de nuestra vida, para no dejarnos nosotros manipular ni permitir que otros sean manipulados; ahí con nuestra rectitud y lealtad tenemos que convertirnos en denuncia de se mal con que tantos injustamente tratan de manipularnos; ahí tenemos que saber apoyarnos los que trabajamos en la misma línea de honradez y de rectitud; no podemos permitir que el mal siga venciendo en nuestro mundo; tenemos que seguir actuando responsablemente y hacer que brillo lo bueno y lo justo, la sinceridad de la vida y que se terminen de desterrar de nuestro mundo esas vanidades, orgullos y tratos injustos.
Como cristianos no nos podemos cruzar de brazos. Nuestra tarea es sembrar nuestro mundo de esos valores que nos enseña el evangelio de Jesús. Nuestro compromiso es construir ese mundo más justo no permitiendo que nadie sufra las injusticias de los demás. Y ahí tenemos que saber apoyarnos mutuamente todos los que trabajamos por esa justicia, aceptando siempre lo bueno que viene de los demás para hacer entre todos ese mundo mejor.
Nosotros desde nuestra fe en Jesús, desde donde vivimos ese compromiso, desde donde recibimos esa luz que nos hacer ver las cosas con claridad, y con la fuerza de su gracia que no nos abandona tenemos que empeñarnos en hacer ese mundo mejor. Los que creemos en Jesús de ninguna manera podemos cruzarnos de brazos ante es injusticia que sufre nuestro mundo.

domingo, 27 de agosto de 2017

Es necesario que nos dejemos interpelar por Jesús para nos definamos ante El para ser verdadera levadura de nuestro mundo por nuestra fe y nuestro amor

Es necesario que nos dejemos interpelar por Jesús para nos definamos ante El para ser verdadera levadura de nuestro mundo por nuestra fe y nuestro amor

Isaías 22, 19-23; Sal 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20
Alguna vez nos ha sucedido que charlando con un amigo, al que quizá apreciamos mucho y con el que tenemos gran confianza, de repente nos sorprende con una pregunta que parece que se sale de lo normal o es de cosas que ya damos por supuestas, pero que en la seriedad y sorpresa de la pregunta nos deja descolocados y en principio no sabemos ni cómo responder.
Y tú, ¿qué piensas de mi? ¿Cómo me ves? No es una pregunta retórica, se convierte en algo serio y de importancia porque nuestro amigo está esperando lo que le vamos a decir, qué es lo que le vamos a responder. En nuestra amistad y en nuestra confianza nos conocemos pero en un momento así no encontramos palabras para responder.  Probablemente comencemos con generalidades, pero la mirada sostenida de nuestro amigo nos quiere hacer decir más cosas, algo que salga de lo más profundo de nosotros, el concepto o la idea que nosotros tenemos de él.
No cuesta en ocasiones definirnos, o más bien, tratar de definir al otro, al amigo. Será el momento de expresar nuestro aprecio más profundo, de sacar esa verdad del otro que llevamos dentro de nosotros y que muchas veces no queremos definir. Seguro que después de esos momentos de sinceridad crecerá más nuestra amistad, el aprecio que sentimos por ese amigo y habrá unos lazos nuevos que nos unan en nuestra amistad.
Algo así les sucedió a los discípulos cuando Jesús los interpela con la pregunta ‘y vosotros ¿qué pensáis de mi?’ Jesús había estado de alguna manera buscando aquel momento, se los había llevado lejos muy al norte de Galilea, estaban ya casi rondando los territorios de Fenicia – por allí había estado en el episodio de la mujer cananea que contemplamos la semana pasada – ahora estaban en las cercanías de aquellas ciudades nuevas que Herodes o los gobernadores romanos habían hecho construir en honor del César, estaban por Cesarea de Filipo.
Ya hemos escuchado primero las divagaciones de las repuestas queriendo expresar lo que la gente pensaba de Jesús, que si era un profeta, que si era como Elías o alguno de los antiguos grandes profetas, que si era Juan Bautista que había vuelto a la vida, pero no llegaban al punto que Jesús quería preguntarles. Se sentían interpelados por Jesús y no sabían cómo responder. Estaban como descolocados. Por eso Jesús insiste, ‘vosotros, ¿qué pensáis de mi?’. Ya escuchamos a Pedro que será ahora el que primero salte y que hará una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Y ya sabemos todo lo que Jesús fue diciéndoles luego.
Pero somos nosotros los que hoy nos sentimos interpelados. Es a nosotros a quien Jesús hace la pregunta. Somos los que tenemos que responder, pero no con palabras aprendidas de memoria que pueden sonar a divagaciones. Jesús busca la sinceridad de nuestra vida en nuestra respuesta. Lo que nosotros sentimos, lo que de verdad conocemos de Jesús, lo que significa realmente en nuestra vida. No puede ser que andemos de aquí para allá, como andaban aquellos discípulos tras de Jesús por los caminos de Galilea y de toda Palestina y realmente no supieran dar una respuesta a Jesús.
Hoy tenemos que sentirnos de verdad interpelados por Jesús; nos interpela en nuestra fe y en como la manifestamos. No podemos quedarnos en el recuerdo de un personaje histórico, por muy importante que haya sido; no nos podemos quedar en la exterior y comenzar a hablar de él, de sus milagros o de las cosas que hacia como si fueran anécdotas que recordamos y contamos; a estas alturas no nos podemos quedar en decir que es un misterio que no entendemos y no seamos capaces de dar más razón de lo que creemos, de lo que es nuestra fe.
Es importante la respuesta que nos demos porque eso marcará nuestro actuar y nuestra vida; no nos podemos quedar en aquello que muchos jóvenes dicen, es que es un amigo y lo es todo, porque seguro que Jesús quiere ser mucho más que todo eso, aunque él en el evangelio nos diga que nos llama amigos, porque no nos quiere siervos.
Muchas veces quizás nos preguntamos que es lo que pasa en nuestro mundo o en nuestra iglesia, porque a pesar de que seamos tantos los que decimos que creemos en Jesús no se termina de ver que seamos esa semilla, esa levadura que transforme nuestro mundo, esa sal que le de un saber nuevo a nuestra sociedad, siendo tantos los cristianos. Parecemos muchas veces cristianos sin sabor, sal o levadura que ha perdido su virtualidad que ya no produce los efectos que tendría que producir en la masa de nuestro mundo. Y es que quizás no nos hemos definido de verdad ante Jesús; no es solo que definamos a Jesús manifestando cual es su verdad, sino que nosotros nos definamos ante Jesús tomando autentica postura ante Él.
Es importante que nos sintamos interpelados, que sea de verdad una cuestión que incluso nos llegue a quitar el sueño, que sintamos que Jesús nos está haciendo esa pregunta para que nos definamos ante El. Y entonces con nuestra vida reflejemos de verdad lo que es nuestra fe, lo que significa Jesús en nuestra vida, lo que esa Buena Noticia del Reino que Jesús nos anuncia está en verdad produciendo en nosotros. Así somos cristianos tan fríos, tan poco comprometidos que no transformamos nuestro mundo como verdadera levadura en la masa.



sábado, 26 de agosto de 2017

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12
En la vida con demasiada frecuencia nos encontramos gente que ‘va de sobrado’, el ‘echado p´alante’ que decíamos en dicho popular, que todas se las sabe, que va diciendo a unos y a otros lo que tienen que hacer, que en su vanidad se cree en un estadio superior y por tanto padre y maestro de todos, porque a todos quiere enseñar y a todos quiere ‘compasivamente’ proteger.
Esas personas al final terminan cayéndonos mal, se nos hacen insoportables, y a ellos no hay quien les diga nada, porque ellos siempre se creen tener la razón y expresan sus argumentos, pero nunca quieren escuchar lo que tu puedas decirle. Si algo logramos decirles, o te tratan de humillar, o al final te ignoran, porque en fin de cuentas creen que somos unos ignorantes que no sabemos valorar lo que hacen por nosotros. Es difícil una convivencia así, nos costara mucho crear unos bonitos lazos de amistad y de colaboración, porque el final lo que quieren siempre es que hagamos lo que ellos dicen porque son los que saben.
Qué necesarios son unos caminos de sencillez y de humildad en que nos sintamos iguales, que vamos haciendo el mismo camino y sin alardes somos capaces de echarnos una mano para caminar mejor. Nadie tiene que sentirse padre protector del otro ni maestro infalible que siempre tenga que decir al otro lo que tiene que hacer.
Qué distinto seria si tuviéramos la humildad de aprender siempre los unos de los otros, escucharnos, acogernos, entendernos y atendernos mutuamente. Seria un verdadero sentido de familia, porque formamos parte de la gran familia que es toda la humanidad. No nos desentendemos los unos de los otros pero tampoco tenemos que ser hadas protectoras que son la varita mágica de sus saberes quieran resolver los problemas de los demás. Es otro el sentido de humanidad que tendría que haber entre todos.
Es lo que está recomendando Jesús hoy a sus discípulos, partiendo de la realidad de la vanidad e hipocresía de los fariseos y de los maestros de ley les señala Jesús a sus discípulos cuales han de ser las nuevas actitudes que se han de vivir en el reino de Dios. Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad, de una humanidad que camina unida, de una humanidad donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, una nueva humanidad lejos de vanidades y de hipocresías.
Es ese camino de humildad, de colaboración, de sencillez en el trato, de amor verdaderamente misericordioso y compasivo lo que nos hará verdaderamente grandes. Aprendamos el mensaje de Jesús que quiere siempre lo mejor para nosotros y que así nos está señalando como hemos de construir esa nueva humanidad.
Ojalá seamos capaces de vivirlo entre nosotros, con aquellos que están más cercanos y con los que convivimos cada día por distintas razones. Ojalá sea ese el espíritu que vivamos también dentro de nuestra comunidad eclesial; no siempre florecen estos ejemplos en este sentido, muchas veces aparece la vanidad y la soberbia en muchas posturas y actitudes; necesitamos ser esa iglesia pobre y que se manifiesta de verdad como tal por la sencillez de sus gestos, del sentido de su vida, y alejemos de la iglesia vanidades y apariencias. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos salir del yo que nos envuelve en un circulo cerrado comenzaremos a vislumbrar el verdadero camino de felicidad

Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos salir del yo que nos envuelve en un circulo cerrado comenzaremos a vislumbrar el verdadero camino de felicidad

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Fuimos creados para amar y sin amor la vida del ser humano queda vacía. Ahí encontramos nuestro sentido y nuestro valor. Ahí adquiere sentido todo lo que vivamos aunque haya momentos oscuros de la vida, pero cuando ponemos amor se iluminarán hasta los más ocultos rincones de nuestra existencia.
Leí el testimonio de alguien que murió muy joven de cáncer. Al final de sus días, de su corta carrera podríamos decir a causa de la terrible enfermedad, decía que solo se arrepentía de una cosa, de no haber amado más. Podemos imaginar todo su mundo de sufrimiento en medio de esa cruel enfermedad, podemos pensar en las personas de las que se veía rodeada y de las que se desprendía con su muerte, podemos pensar en lo que habían sido ilusiones y metas de su vida que ahora se veían truncadas, y no se nos ocurre otra cosa que pensar en la amargura que podría haber en su espíritu. Sin embargo esa persona es capaz de decir que lo único que siente es no haber amado más. Ese amor que quería darlo todo, daba sentido y fuerza a su vida, le hacia caminar con ansias de plenitud.
Y nosotros ¿qué? ¿Será ese nuestro deseo hondo? ¿Será en verdad ahí donde encontramos sentido a nuestro caminar a pesar de nuestras dudas e incertidumbres, de las oscuridades que en ocasiones nos pueden envolver? Pongamos amor y no nos sentiremos vacíos. Es lo único que puede llenar nuestra vida; es en lo que único que vamos a encontrar fuerzas para nuestro caminar, para nuestras luchas, para nuestro deseo de superación, para el crecimiento y la madurez de nuestra vida.
Cuantas veces en la vida nos encontramos personas adultas en la edad pero que siguen siendo unos niños caprichosos; no han aprendido a amar, a darse, solo piensan en si mismos, como el niño que quiere el juguete solo para él; quieren convertirse en el centro de todo; y serán siempre unas personas insatisfechas, vacías sin algo hondo en sus vidas que merezca la pena, aunque quieran hacer muchas cosas, construir muchos castillos en el aire.
Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos, salir de nuestro yo que nos envuelve como circulo cerrado, entonces comenzaremos a vislumbrar lo que nos puede dar verdadera felicidad, el darnos al otro generosamente, gratuitamente. Porque esa es una de las características del amor verdadero, darnos sin esperar recompensa, porque de lo contrario estaríamos haciendo una compraventa con lo buena que podamos hacer.
Comprenderemos entonces la sabiduría del mandamiento del Señor. Sí, nuestra riqueza y nuestra sabiduría están en el amor. Alguien se acerca a Jesús queriendo tentarle, tirarle de la lengua que diríamos nosotros. Alguien que viene preguntando que es lo principal de la vida. Y la respuesta de Jesús está en el mandamiento de Dios, inscrito en el corazón del hombre y que ya quedó plasmado en la ley positiva en la ley mosaica, la ley que Dios le dio a Moisés allá en el Sinaí.
Es amar con todo el corazón, toda el alma, con todo el ser. No es amar de cualquier manera sino poniendo a juego toda nuestra vida, todo lo que son nuestros sentimientos, pero también nuestro ser más profundo. Ese amor lo centramos en Dios porque Dios es Amor, porque Dios nos ha amado desde toda la eternidad, porque Dios es el que nos ha dado esa capacidad de amor, porque Dios es en verdad el centro de nuestra vida. Pero ese amor lo tenemos que reflejar en los demás, en el prójimo, en el que está próximo pero también en el que está lejos, en el otro sea quien sea y esté donde esté.
Es lo que nos está recordando Jesús. Lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida, lo que nos va a dar verdadera plenitud y no nos va a dejar vacíos, sino que dará la mayor hondura a nuestra vida, lo que nos hará elevarnos a metas altas, y lo que dará verdadera trascendencia a nuestra vida. Sean cual sean las circunstancias que tengamos en la vida es ahí donde vamos a encontrar la verdadera luz y sentido de nuestra existencia. Amemos.


jueves, 24 de agosto de 2017

La autenticidad de la vida y la fe en Jesús que nos llena de su Espíritu es lo que nos dará fuerza para transformar el mundo con la semilla del Evangelio


La autenticidad de la vida y la fe en Jesús que nos llena de su Espíritu es lo que nos dará fuerza para transformar el mundo con la semilla del Evangelio

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
Todos hemos escuchado más de una vez aquello de que ‘una imagen vale más que mil palabras’ y habremos dicho qué cierto es que una imagen nos llama más la atención que muchas cosas bonitas que podamos oír. Me voy a permitir transformar un poco la frase para decir que la autenticidad de una vida convence mucho más que todas las palabras que podamos decir. Claro que la autenticidad con que nos manifestamos es la imagen más cierta de nuestra sinceridad, de lo que en verdad es nuestra vida y llevamos en el corazón.
Nos sentimos cautivados, podríamos decir, por una persona que vemos actuar con lealtad, con rectitud y honradez, que manifiesta con sus obras la responsabilidad con que vive su vida. Ahí, en es lealtad y honradez, en esa responsabilidad y rectitud manifiesta la verdad de su vida, lo que es, lo que quiere ser no solo para si misma sino también para los demás, el sentido de su ser y de su actuar. Necesitamos personas así, autenticas, sinceras; y cuando digo sinceras no es solamente por aquello que muchas veces vamos diciendo como soy sincero digo la verdad sin importarme a quien pueda molestar.
La sinceridad no está solo en ese impulso de palabras, sino en la congruencia de nuestra vida, porque podremos ser sinceros, como decimos, para decir muchas cosas, pero luego eso  no lo vemos reflejado en nuestra vida, en nuestro actuar. La sinceridad de una vida son más que palabras. ¿Seremos hoy así auténticos en nuestra manera de vivir y en nuestra manera de actuar en todos los aspectos de nuestra vida? ahí estaría la fuerza de nuestro actuar que transformaría el mundo.
Me estoy haciendo estas consideraciones en este día en que celebramos la fiesta de un apóstol, el apóstol san Bartolomé, el Natanael del que nos habla el evangelio que nos propone la liturgia en este día. ¿Quién era Natanael, Bartolomé? Sabemos que era de Caná de Galilea, un pueblo cercano a Nazaret.
Como el resto de los apóstoles escogidos por Jesús un hombre sencillo, un hombre de campo en este caso por el lugar en que vivía, mientras sabemos que otros como Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran pescadores en el mar de Galilea. Unos hombres sencillos que un día se sintieron cautivados y llamados por Jesús. Unos hombres con sus debilidades, sus ambiciones humanas y sus dudas. Ya los vemos en sus disputas entre ellos, como suele suceder en todo grupo humano, pero también en sus miedos cuando abandonan a Jesús en Getsemaní o se encierra en el cenáculo. Y sin embargo este grupo de hombres así fueron capaces de iniciar un camino por el que el mensaje de Jesús llegaría hasta los confines del mundo.
¿Fue la fuerza de sus saberes humanos, de sus recursos y medios materiales lo que les dio esa capacidad de llevar así el anuncio del Evangelio con tal valentía que no temían enfrentarse a quienes les prohibían hablar de Jesús?
Me hago una comparación con lo que hoy nosotros vivimos, con lo que es y representa de verdad la Iglesia en medio de nuestro mundo. Podríamos decir que somos muchos los que confesamos nuestra fe en Jesús. No voy a fijarme simplemente en las estadísticas que nos pueden hablar de millones de cristianos simplemente porque están bautizados. Las estadísticas pueden ocultar falsas verdades algunas veces. Pero ¿Cómo es que siendo tantos los que nos decimos cristianos y creyentes en Jesús sin embargo no logramos transformar el mundo que nos rodea que sigue tan lleno, por ejemplo, de violencias y de odios? ¿Nuestras palabras siguen sin convencer? ¿Nuestro testimonio quizás no sea auténtico?
Quizá por ahí tendríamos que ponernos a reflexionar, por la autenticidad de nuestra vida. Fue la autenticidad de sus vidas y su fe en Jesús que les hacia llenarse de su Espíritu lo que dio fuerza a aquel anuncio que hacían aquellos sencillos hombres de Galilea en su origen para hacer que el mundo se fuera transformando por la semilla del Evangelio. No olvidemos que la alabanza que Jesús hace de Natanael que hoy escuchamos en el evangelio es precisamente la autenticidad de su vida, su lealtad.
La autenticidad de aquellas vidas, la sinceridad de la fe que transformaba sus vidas fue el motor de aquel anuncio y de que el mundo comenzara a creer. Con la fuerza del Espíritu del Señor resucitado Vivian esa autenticidad de sus vidas y eso si que convencía al mundo más que muchas palabras, como antes reflexionábamos.
¿No nos hará falta eso a nosotros hoy, que seamos más auténticos en nuestra vida, en nuestra fe, en lo que somos y en lo que luego testimoniamos también con nuestras palabras? Examinar esto, revisar por ese camino nuestra vida podría ser un buen compromiso al celebrar la fiesta del Apóstol san Bartolomé.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16

‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ La pregunta está insertada en la parábola que Jesús les propone a sus discípulos, sobre los trabajadores enviados a trabajar a su viña en las distintas horas del día que tantas veces habremos comentado y meditado.
Pero es una pregunta que nos puede llevar a diversas consideraciones. Una pregunta que se puede convertir en denuncia de la situación que viven tantos hoy en nuestra sociedad. La respuesta está ahí clara: ‘Nadie nos ha llamado a trabajar’. Es el hecho cruel y sangrante en que se ven tantos que no tienen trabajo, tantas familias sufriendo esa crisis brutal de nuestra economía que se ven sumidas en la pobreza y en la miseria. Es la realidad que hace sufrir a tantos. Es la realidad que refleja nuestro mundo injusto con tantas diferencias entre unos seres humanos y otros. Es la tristeza de tantos que tienen y que tendrían posibilidades de aportar de alguna manera sus valores – y aquí incluimos todo tipo de valores – para que todos puedan tener un trabajo digno con el que sustentar a sus familias, y vivir ellos mismos con mayor dignidad su vida.
Toda persona tiene derecho a tener su trabajo con el que dignificar su vida. el trabajo que no es solo el medio de ganar unos recursos para tener una subsistencia digna – que también lo es – sino que es también el medio con que la persona desarrolla sus posibilidades, crece en dignidad, se realiza como persona plasmando en eso que realiza lo más hondo de si mismo.
Muchas veces nos parece el trabajo una rutina y por su dureza en ocasiones nos puede parecer una maldición, pero el trabajo siempre ha de seré creador; con nuestro trabajo contribuimos al desarrollo de la misma vida, de la sociedad en la que estamos, por eso decimos que es creador. Y no se trata de pensar en los artistas o los que puedan realizar grandes obras, sino que eso pequeño que cada uno hacemos está haciendo que nosotros mismos nos realicemos, desarrollemos nuestra vida, pongamos nuestro pequeño grano de arena, por así decirlo, al bien de los demás.
Pienso en mi mismo en estos momentos y en esto que estoy haciendo, permitidlo. Pudiera parecer algo insignificante y no es gran cosa el que emborrone una cuartilla escribiendo estas reflexiones. Unos minutos, un tiempo mío personal que dedico a esta reflexión y a tratar de reflejarlo en estos renglones que quiero ofreceros a través de mi blogs. Pero con mi reflexión compartida puedo ayudar quizá a la reflexión de muchas personas, a que en su interior las personas que me leen puedan descubrir cosas que pueden realizar, pensamientos o sentimientos que afloran en si mismos y que les pueden ayudar o con los que a su vez ayudar a los demás.
Es insignificante lo que estoy haciendo, pero me mueve, no porque yo pueda hacerlo mejor que otros ni mucho menos, la ayuda que con ello pueda prestar a los demás. Y eso me ayuda a mí interiormente, eso me hace sentirme útil, con ese trabajo tan insignificante no solo me realizo a mi mismo sino que siento que puedo hacer quizás el bien a los demás.
Y finalmente de nuevo volvemos a la pregunta del principio ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ ¿Cómo es posible que haya personas que vivan en una permanente ociosidad? ¿No se sentirán vacíos en su interior cuando nada son capaces de aportar a los demás? Desgraciadamente nos encontramos gentes así, que viven como parásitos de la sociedad sin ser capaces de hacer nada. Dicen quizá que ya han trabajado bastante y que ahora en la vida toca descansar. Es cierto que es noble un merecido descanso, pero es cierto también que indica la nobleza de nuestro corazón cuando no sabemos estar ociosos y de una forma o de otra buscamos la manera de hacer algo, no solo ya por nosotros mismos que también lo necesitamos, sino para ofrecer de la riqueza de mi vida a los demás.


martes, 22 de agosto de 2017

Nuestra vida tiene que ser una respuesta generosa de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios

Nuestra vida tiene que ser una respuesta generosa de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Como en la vida nos valemos de nuestras capacidades y de nuestro trabajo para obtener un rendimiento que se traduzca en un tener lo necesario para una vida digna y alcanzar un cierto bienestar – es el fruto de nuestro trabajo que se convierte en un salario que nos dé medios para nuestro subsistir – tenemos la tentación de que a todo lo que hagamos le queramos sacar siempre un rendimiento.
Podemos perder así el sentido de la gratuidad tanto en lo que damos como en valorar también lo que recibimos, perdiendo así un valor muy hermoso por el cual trabajaríamos generosamente simplemente buscando el bien de los demás y la mejora de nuestro mundo. Llegamos a un punto en esa carrera de avaricia en que ya nos puede parecer que lo gratuito no vale, no tiene ningún valor, dejamos de valorarlo desde esas visiones tan materialistas y tan imbuidas por todo lo que es la economía de la vida con sus riquezas.
El evangelio de hoy nos habla de varios de estos aspectos. Por una parte ante la respuesta negativa de aquel joven a quien Jesús había invitado a desprenderse de todo para seguirle, porque como decía él mismo quería alcanzar la vida eterna, Jesús reflexiona en altavoz, podíamos decir, sobre lo difícil que le será a los ricos, a los que tiene su corazón apegado a lo material y a las riquezas, alcanzar el reino de los cielos.
Los discípulos tienen diversas reacciones ante las palabras de Jesús. Por una parte comentan quién entonces podrá salvarse. En medio de ese mundo tan materializado y con tantas ansias de riquezas o de poder en el corazón, les parece imposible aquello que Jesús les propone. ‘Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo’, les dice Jesús. No es tarea que hagamos solo por nosotros mismos. Con la fuerza y la gracia del Señor podemos alcanzar ese don del desprendimiento.
Pero por allá Pedro, imbuido también como todos por ese materialismo de la vida y por lo interesados que somos en las cosas que hacemos se pregunta que es lo que van a alcanzar ellos que lo han dejado todo por seguir a Jesús. No había entrado aun en la orbita de la gratuidad. Como nos pasa a nosotros tantas veces. Nos parece que si no tenemos ganancias, de las que sean, no merece la pena tanta lucha y tanto esfuerzo. Algunas veces hasta en nuestra vida espiritual vamos contabilizándolo todo, como si lleváramos una contabilidad de todo lo bueno que hacemos a ver si así alcanzamos un lugar más alto en el cielo.
Nuestra vida tiene que ser una respuesta de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios. Lo bueno que hacemos no lo podemos convertir en una compraventa, yo voy haciendo cosas buenas para tener cada día unas rentas mejores para alcanzar el Reino de los cielos, pensamos tantas veces.  Nos cuesta cambiar la mentalidad, pero ahí está ese camino de conversión al que nos invita Jesús cuando nos ofrece el Reino de los cielos.
En la octava de la Asunción de la Virgen al cielo en que estamos hoy miremos a María, Reina como la queremos proclamar hoy, y aprendamos de la generosidad de su corazón, de su disponibilidad total y de su espíritu de servicio para buscar siempre lo bueno para los demás. Que ella nos ayude a tener ese corazón generoso para reconocer también las maravillas del Señor. 



lunes, 21 de agosto de 2017

No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos, sino de la generosidad de desprendemos de nosotros mismos poniendo sonrisas en los corazones rotos para alegrar la vida de los demás

No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos, sino de la generosidad de desprendemos de nosotros mismos poniendo sonrisas en los corazones rotos para alegrar la vida de los demás

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
Aunque siempre hay dentro de nosotros una cierta rebeldía o anarquía donde no queremos que nos pongan normas o reglamentos porque nos decimos que nosotros sabemos hacer muy bien las cosas, sabemos bien lo que tenemos que hacer y no necesitamos que nos pongan leyes, sin embargo aparece por otro lado el buscar como ciertas seguridades, aquellas cosas mínimas que tendríamos que hacer para, como se suele decir, salvar la cara. Qué es lo mínimo que tendríamos que hacer y así ya hemos cumplido.
así andamos muchas veces en la vida; yo ya fui a Misa, dicen algunos; yo no molesto a nadie que no me molesten a mi, dirán otros; yo ya fui a la fiesta y estuve viendo la procesión, se contentarán algunos, cumplí mis promesas y le lleve un ramo de flores a la Virgen; yo bautice a mis hijos y logre que hicieran la primera comunión, ahora ellos que hagan lo que quieran en su vida, se sentirán satisfechos tantos; bueno yo ya le di unas monedillas a quien me pedía por la calle que tampoco se puede dar mucho porque no sabemos en que lo van a emplear, dirá otro por otro lado. Y así nos contentamos con el ya cumplimos, a mi que no me pidan más. ¿Será eso suficiente? ¿En cosas así reducimos nuestro ser de cristianos?
Un joven que parecía bueno y cumplidor se acercó un día a Jesús para preguntarle qué tendría que hacer para heredar la vida eterna. Habría oído hablar a Jesús del Reino de Dios, cómo Jesús quería que en verdad deseáramos esa vida eterna de dicha y felicidad con Dios, y ahora viene a preguntar qué es lo que tiene que hacer, porque él además había sido bueno desde siempre y muy cumplidor, guardaba los mandamientos del Señor desde pequeño como le habían enseñado.
Jesús se le quedó mirando. ¿Habría en aquel corazón deseos en verdad de cosas grandes? ¿Estaría dispuesto a poner metas grandes en su vida y aspirar seriamente a algo superior? No parecía que fuera de los que se contentaran con cumplir, porque al menos con aquella pregunta y petición parece que deseaba algo más.
Quizá necesitara aquel joven a aprender a despojarse de sí mismo, de sus apegos o de sus autosuficiencias; necesitaba un corazón libre de ataduras que le hiciera volar muy alto en la vida. No parecía que fuera de los que se contentaran con cumplir, pero ¿seria capaz de despojarse de todo, de librar su corazón de ataduras y seguridades humanas? Tendríamos que ir preguntándonos por cosas así en la sinceridad de nuestro corazón para ver qué respuesta seriamos capaces nosotros de dar también.
‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’. Fue la propuesta de Jesús. Desprenderse, vaciarse de si mismo, de sus apegos, de sus cosas, para tener un corazón libre. Buscar los tesoros que duren para siempre, allí donde la polilla no los roe ni los ladrones se los puedan robar. Un tesoro en el cielo, cuando das, cuando compartes, cuando te desprender de lo tuyo para ayudar al otro. Serán tus riquezas, tu tiempo, tu persona, tu yo, tus cualidades y valores, lo que eres, que no son solo las cosas de las que tenemos que desprendernos. Hay una riqueza grande de ti mismo que sí puede crecer cuando saber darte por los demás. Es lo que verdaderamente tenemos que buscar.
Aquel joven dio la vuelta y se marcho pesaroso. Era rico, dice el evangelista, y Jesús se le quedo mirando porque no supo dar el paso. ¿No daremos también la vuelta nosotros muchas veces porque hay apegos en nuestro corazón?
Nuestro tiempo lo tenemos ya tasado y tenemos nuestras ocupaciones y no tenemos tiempo para escuchar al otro; lo que somos nos lo guardamos para nosotros mismos porque nos sentimos muy satisfechos, aunque al final nos daremos cuenta que estamos muy vacíos por dentro. Y así tantas cosas en la vida, donde nos falta ese desprendimiento, esa generosidad autentica, no solo de bonitas palabras sino de muchos gestos que podemos ir haciendo en la vida que no son necesariamente grandes cosas, pero que esos pequeños detalles pueden alegrarle el corazón a alguien, darle esperanza e ilusión con ganas de vivir.
Tenemos que aprender, caer en la cuenta de cuantas cosas podemos hacer por los demás, con las que podemos alegrarle la vida a alguien, despertar una sonrisa y una ilusión en un corazón roto, como tantos que nos podemos encontrar a nuestro alrededor. Necesitamos abrir bien los ojos, y abrir bien el corazón para vaciarnos por los demás. No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos.



domingo, 20 de agosto de 2017

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28
Los pasos de Jesús siempre nos conducen hacia el amor. Nos ofrece amor y todo en Jesús es búsqueda del hombre, de la persona a la que quiere regalar amor, y al mismo tiempo despierta en nosotros amor para que sepamos hacer su mismo camino, seguir sus mismas huellas y demos a los demás la oportunidad de encontrarse con el amor.
Lo vemos tantas veces en el evangelio, busca al paralítico de la piscina, se hace el encontradizo con el ciego al que ha curado, se deja rodear por todos aquellos que llevan un sufrimiento en el alma; no son solo los enfermos del cuerpo, leprosos, paralíticos, ciegos o sordos con los que se va a encontrar Jesús, sino aquellos que sufren en el espíritu, se ven atormentados en su interior quizá con sentimientos de culpa, los que se sienten pecadores y quizá malditos de los demás porque todos los desprecian tendrán ese momento de encuentro con Jesús.
¿No fue eso el encuentro con Zaqueo allá junto a la higuera? ¿No fue la comida en casa se Simón el fariseo la oportunidad para que aquella mujer pecadora llegara hasta sus pies con sus lágrimas y sus perfumes, con todo su amor para sentir como Jesús llenaba de paz su corazón? ¿No fue eso el dejar que echaran a perder la terraza de la casa para descolgar al paralítico a quien iba a ofrecerle el perdón de sus culpas? ¿Por qué no podemos pensar que este episodio de la mujer cananea fue una búsqueda de Jesús, un dejarse encontrar por parte de Jesús para hacer grande la fe de aquella mujer?
Es lo que hoy estamos contemplando en el evangelio. Jesús en este caso pareciera que se hace oídos sordos a los gritos de aquella mujer, pero de alguna manera Jesús está provocando también la reacción de los discípulos que se van a convertir en intercesores. ‘Atiendela que viene gritando detrás de nosotros’, le dicen. Las palabras que se intercambian nos pueden parecer duras, pero era el lenguaje habitual entonces y la forma de relacionarse que tenían los judíos con los paganos. Tenían sus prevenciones los unos de los otros y ya en la historia del pueblo malas habían sido las influencias que habían recibido en ocasiones con el culto a los baales, los dioses de los fenicios y palestinos.
Pero Jesús dialoga con aquella mujer. Un diálogo tenso, pero donde se va a resaltar la fe de aquella mujer que era lo importante. Y allí estaba el amor. El amor que no podía hacerse sordo a aquel grito y aquella súplica nacida de un corazón lleno de dolor. Será la fe y el amor el que renacen de manera especial en aquellos momentos. Se purificará la fe de aquella mujer y se hará grande. Es curioso que cuando Jesús alaba la fe de alguien lo haga en dos ocasiones en relacion a unos gentiles, del centurión romano que viene a pedirle por su criado al que mira como un hijo, y ahora el de aquella mujer cananea. ‘No he visto en Israel una fe tan grande’ que dice del centurión. ‘¡Qué grande es tu fe!’ que proclama de aquella mujer cananea.
¿Qué nos está diciendo todo esto? ¿Cuál es la lección para nosotros? Testigos tenemos que ser de una fe así; testigos tenemos que ser de ese amor de Jesús. Meditando en pasajes del evangelio como este nos sentimos fortalecidos en nuestra fe y con deseos de una renovación grande en nuestro interior. Como aquel otro hombre del evangelio al que Jesús le preguntaba si creía y le respondía ‘yo creo, pero aumenta mi fe’, nosotros tenemos que pedir lo mismo; creemos, pero que el Señor con su gracia nos haga crecer en esa fe; que no haya nada que nos la debilite; que en los momentos de turbación por los que pasemos nos mantengamos firmes, fuertes, con la fortaleza de la fe porque ponemos toda nuestra confianza en Dios.
Pero tenemos que dar testimonio de esa fe, que los demás la puedan conocer, que en los demás se pueda despertar también esa fe. Y ahí están las obras de nuestro amor con que tenemos que manifestarnos. Nuestro amor despertará la fe de los demás; con nuestro amor hemos de saber llegar hasta el final, hasta los limites mas insospechados para dar testimonio, para hacer que todos puedan encontrarse con esa fe, para que nadie en medio de la turbación que pueda estar pasando por sus sufrimientos se sienta solo ni desamparado; hemos de ser testigos con nuestra presencia, con nuestro saber estar a su lado, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra mano tendida, o con la sonrisa de nuestro rostro de esa fe y de ese amor.
Tenemos que ser en verdad ocasión para que tantas puedan encontrarse con Jesús. Hoy Jesús quiere llegar a todos a través nuestro. Jesús se hace el encontradizo con los demás para llenarlos de amor a través de nuestro testimonio. También como los discípulos podemos convertirnos en intercesores pidiendo por los demás. Cristo nos lo confía y el mundo lo está esperando.
Hemos vivido en nuestra patria estos días unos momentos especialmente difíciles con lo acaecido en Barcelona y Cataluña. Ha habido muchos que con madurez han sabido responder a ese estallido de violencia no perdiendo la serenidad ni la paz aunque mucha sea la indignación que tengan en su interior. Pero también sabemos que hay muchos profetas de malos augurios que con sus comentarios alimentan odios, deseos de venganza y de revancha y respuestas muy negativas que se pueden convertir también en una injusta discriminación, tratando a todos por igual. No podemos colaborar con sentimientos así.
  Ahí desde nuestra fe y nuestro amor cristiano tenemos un testimonio muy importante que dar donde no perdamos la paz de nuestros corazones ni la serenidad en nuestro actuar. Que el Señor nos ilumine y nos ayude.