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viernes, 18 de marzo de 2016

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Hace pocos días en los comentarios que vamos haciendo a la Palabra de cada día recordábamos aquellas palabras de Jesús que anunciaban que cuando fuera levantado en lo alto lo conocerían, sabrían bien quien es El. Estamos ya en las puertas de la semana de la pasión que culminará con la Pascua. Nos vamos ya predisponiendo a contemplar y escuchar en el corazón una vez más el relato de la pasión del Señor.
Podríamos decir que la pasión del profeta, de todos los profetas, en la primera lectura de hoy contemplamos a Jeremías que sufrió grandes persecuciones por ser fiel a su misión, la vemos plasmada en la pasión de Jesús, como tenemos que traducirla en nuestra propia vida que también ha de tener su pascua. Como decíamos el profeta Jeremías sufrió grandes persecuciones hasta llegar a meterlo incluso en una cisterna sin agua ni comida para que muriera de inanición. Pero el profeta no perdió su confianza en el Señor, en cuyas manos se ponía. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo’.
Es lo que contemplamos en Jesús, a quien hoy en el evangelio vemos que incluso quieren apedrear. Pero Jesús se sabe fiel a su misión, es el enviado del Padre y no realiza sino las obras del Padre. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’. Y nos hace una gran revelación. ‘El Padre está en mí y yo en el Padre’. Está manifestándonos no una simple unión con Dios como la que nosotros desearíamos tener, sino está manifestándonos su divinidad. Llama a Dios Padre y se siente unido a El porque es el Hijo de Dios. Recordemos la voz surgida del cielo en la teofanía después del bautismo en el Jordán o allá en lo alto del Tabor. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
En la cruz, en el momento supremo de su entrega su grito será siempre al Padre. Para implorar el perdón por los que le han llevado hasta la cruz, que es el perdón para todos que nos alcanza con su sangre derramada para el perdón de los pecados. Grita al Padre para sentir y experimentar su presencia en el momento del dolor y de la soledad frente a ese dolor; no se siente abandonado de Dios en cuyas manos se pone, ‘en tus manos, Padre, entrego mi espíritu’.
Y decíamos que todo esto tenemos que traducirlo en nuestra propia vida. Estamos casi a las vísperas de la semana de la pasión y de la Pascua. Pero es algo que no podemos contemplar ni vivir a la distancia, como si fuéramos espectadores. Demasiadas celebraciones de semana hemos tenido a lo largo de la vida, pero quizá demasiado lo hemos vivido como espectadores. Nos contentamos con ver pasar ante nuestros ojos todos esos momentos de la pasión para quizá motivar en nosotros unos sentimientos de emoción y quizá unas lágrimas de compasión. Pero no nos hemos metido dentro de la pasión, no hemos metido de verdad la pasión y la pascua del Señor en lo más hondo de nuestra vida para hacerla vida en nosotros.
Tenemos que mirar nuestra vida concreta, con sus momentos altos y con sus momentos malos, con los sufrimientos y las luchas que cada día hemos de sostener cuando queremos ser fieles a unos compromisos y responsabilidades, cuando queremos ser fieles a unos principios y a un sentido de humanidad en nuestra vida, cuando nos llegamos a sensibilizar con tanto sufrimiento que nos rodea y que nos es necesario saber descubrir y hacerlo nuestro también.
Será entonces cuando nos daremos cuenta de nuestra pasión y de lo que ha de ser nuestra pascua. Porque en medio de todo eso hemos de saber descubrir el paso del Señor, la llamada e invitación del Señor, la presencia del Señor junto a nosotros que nos hará en consecuencia tener una mirada distinta a todo eso que es nuestra vida, pero también a todo eso que contemplamos a nuestro alrededor. Será entonces la mirada de la fe, la mirada que hacemos a nuestra vida desde la pascua, desde la pasión del Señor que entonces la vemos de forma distinta reflejada en nuestra vida.
Pensemos en todo esto en estas vísperas de la pasión y de la pascua y pensemos entonces cómo vamos a vivirlo para que en verdad lleguemos a vivir intensamente en nosotros la pascua del Señor, el paso del Señor.

jueves, 17 de marzo de 2016

Ansiamos y deseamos esa vida eterna que Jesús nos promete y nos regala queriendo vivir un camino de fidelidad y de amor

Ansiamos y deseamos esa vida eterna que Jesús nos promete y nos regala queriendo vivir un camino de fidelidad y de amor

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59

Jesús es el regalo de Dios que nos llena de vida. Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia, nos repite Jesús en el evangelio. El es la manifestación del amor de Dios. Lo hemos meditado muchas veces, ‘tanto amó Dios al mundo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Y cuando en el principio de su evangelio Juan nos hace una descripción del misterio de Dios que se realiza en Jesús nos habla de luz y de vida. Es la Palabra en la que estaba la vida, vida que es luz y que es salvación, vida que nos llena e inunda a los que creemos en El, para hacernos partícipes de la vida de Dios.
Hoy nos dirá Jesús en el Evangelio: ‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. Nos dice que tendremos vida para siempre si creemos en El, la muerte no podrá tener poder sobre nosotros. ‘No sabrá lo que es morir para siempre’, nos dice. Y más tarde en el encuentro con Marta y Maria cuando la resurrección de Lázaro volverá a hablarnos de resurrección y de vida. ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que esté vivo y cree en mí, jamás morirá’.
Los judíos, como vemos hoy en el evangelio, no entendían las palabras de Jesús. Hacen sus interpretaciones pero no llegan en entender lo que Jesús les dice. Pero quizá tendríamos que preguntarnos nosotros si entendemos y si creemos en estas palabras de Jesús. Preguntarnos si en verdad nosotros deseamos esa vida de la que Jesús nos habla, si aspiramos a llenarnos de esa vida para siempre.
Por una parte está lo que sea la fortaleza de la fe que tengamos en Jesús para escucharle, para creerle, para ser en verdad sus discípulos, para seguir su camino. Nos puede suceder que decimos que tenemos mucha fe en Jesús, pero simplemente para pedirle que nos ayude cuando nos vemos apurados o tenemos problemas. Una fe simplemente desde la necesidad, porque necesitamos un apoyo, una fortaleza para enfrentarnos a nuestros problemas.
Pero la fe que tenemos en Jesús tendría que llevarnos a mucho más. Creer en su palabra es plantarla en nuestra vida; creer en su palabra es decirle si con todo nuestro corazón pero en verdad dispuestos a hacer lo que El nos dice, a seguir el camino que El nos propone. Eso es querer su vida, para vivir en la gracia del Señor, para vivir en su amor y amistad, para repartir nosotros también ese amor y esa vida entre los que nos rodean.
Y preguntándonos si en verdad creemos en la palabra de Jesús y deseamos esa vida que El nos ofrece es plantearnos nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna, en esa trascendencia de eternidad con que hemos de vivir. Muchos cristianos hay que no creen en la vida eterna, que piensan que todo se acaba en la muerte y no hay vida ya junto a Dios para siempre. Es un artículo importante de nuestro credo, del credo de nuestra fe porque decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro, en la vida eterna. Y creer en la vida eterna es pensar en esa plenitud que junto a Dios vamos a tener, y es en consecuencia vivir ahora ya en esa unión con Dios alejándonos del pecado que podría apartarnos de Dios y de esa vida eterna feliz y dichosa junto a El.
A muchas consecuencias nos tendría que llevar esa reflexión que desemboque en una vida mejor, en una vida más santa.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Mantenernos con perseverancia en la Palabra de Jesús, escuchándole, queriendo ir plasmando su Palabra en nosotros para llegar a la plenitud de vida que nos ofrece


Mantenernos con perseverancia en la Palabra de Jesús, escuchándole, queriendo ir plasmando su Palabra en nosotros para llegar a la plenitud de vida que nos ofrece

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42

La perseverancia es lo que nos permite llegar a conseguir nuestras metas y deseos. Mantenernos firmes en un dirección, constantes en la lucha por conseguir nuestras metas, no perder la intensidad del empeño con que nos esforzamos para alcanzar unos objetivos, ser fieles a unos principios que hemos adoptado o nos hemos propuesto como motor o raíz de lo que hacemos en la vida, mantener la palabra dada y no es solo porque se lo hayamos prometido a algo sino por fidelidad a nosotros mismos es algo que muchas veces nos cuesta.
Nos viene el cansancio, los fracasos o la dificultad en la lucha nos hacen perder la ilusión, los espejismos de lo que vemos alrededor que nos parece más fácil o que nos va a costar menor esfuerzo son tentaciones que nos van apareciendo y nos hacen bajar la guardia, perder intensidad, y hasta el peligro de olvidar aquellas metas que nos propusimos. Qué importante es ser perseverantes. Qué necesario para ir logrando esa plenitud de nuestra vida.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana eso es importante. Importante para que no se nos enfríe nuestra fe, importante para no quedarnos en una vida cristiana superficial, importante para ir logrando una verdadera hondura espiritual en la medida en que vayamos creciendo en el conocimiento de Cristo e impregnándonos de su sentido de la vida, importante para que lleguemos a ese necesario compromiso que sufre de nuestra fe y nos abre a los demás y al mundo en el que tanto bueno podemos hacer.
Nos aparecen también sombras, tentaciones, desganas, cansancios cuando no ponemos esa necesaria intensidad. Crecer en el conocimiento de Cristo es crecer en nuestra relación con El, en nuestra vida espiritual, en nuestra oración, en esa reflexión que nos hacemos cada día iluminados por su palabra sobre la vida que vamos haciendo y donde está nuestra misión.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Les estaba hablando a aquellos más cercanos que habían creído en El. El evangelio en estos días nos va relatando los enfrentamientos que tiene con los judíos en Jerusalén, donde hay muchos que no le aceptan. Pero algunos escuchan en lo hondo de su corazón las palabras de Jesús y comienzan a creer en él. A ellos de manera especial se dirige con palabras que nos viene bien recordar.
Mantenernos en la Palabra de Jesús, perseverar en su escucha, perseverar en el querer ir plasmando esa Palabra de Jesús en nuestra vida, para ser sus discípulos de verdad, para seguirle, para hacer su camino, pero un camino que nos conduce a la plenitud, a la verdad, a la autentica libertad, como nos dice.
La palabra de Jesús nos libera porque nos hace grandes, nos hace descubrir nuestra dignidad, nos da motivos grandes e importantes para luchar por ser mejores, por hacer un mundo mejor.
La Palabra de Jesús nos traza metas que nos llevan a la plenitud y nosotros queremos seguirle, nosotros queremos alcanzar esa plenitud que nos ofrece, aunque nos cueste. Pero hemos de ser perseverantes, mantenernos en esa palabra de Jesús. 

martes, 15 de marzo de 2016

Miramos a lo alto de la cruz y descubriremos la gran señal del amor misericordioso y conoceremos a Dios

Miramos a lo alto de la cruz y descubriremos la gran señal del amor misericordioso y conoceremos a Dios

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30

Conocer al otro, conocer a las personas creo que es un deseo que todos llevamos dentro; no nos queremos quedar en un conocimiento superficial, por las apariencias o detalles de un momento, sino que deseamos entrar en una relación personal más profunda, que es lo que hace la amistad. Es lo que nosotros deseamos y buscamos y es lo que el otro pueda ofrecernos de si mismo. Sin embargo muchas veces estamos junto al otro y no terminamos de conocerlo, nos cuesta entrar en el profundo yo del otro. Pero quizá aparecerá un momento, surgirá un detalle, contemplaremos un gesto o un momento de su vida en que se nos manifieste profundamente todo su ser, todo lo que es. También por nuestra parte es necesario estar atentos para descubrirlo.
Nos vale todo esto para lo que son nuestras relaciones interpersonales con los que nos rodean, nuestra familia, nuestros amigos, aquellas personas con las que nos relacionamos. Nos vale todo esto para ahondar en nuestra fe, en ese sentido humano en nuestras relaciones con los demás, pero también para la trascendencia que hemos de dar a nuestra vida y hablamos entonces de nuestra fe en Dios, de nuestra fe en Jesús.
Si nos tomamos en serio nuestra fe creo que estamos en ese deseo de crecer en ese conocimiento del misterio de Jesús, del misterio de Dios. Consideramos también que la fe es un don sobrenatural, algo que realmente nos supera y nos viene de Dios, pero a lo que nosotros hemos de estar abiertos. Hay, es cierto, quien se cierra a la posibilidad de la fe. Pero si hay esa apertura en nuestro corazón en ese deseo estamos. Esa pregunta que vemos surgir hoy en el evangelio en aquellos judíos que rodeaban a Jesús, de alguna manera está presente a lo largo del evangelio. ‘¿Quién eres tú?’
Estaban con Jesús, escuchaban sus palabras, veían sus obras y, acaso por ya había un prejuicio por su parte de lo que habría de ser el Mesías, no terminaban de conocer realmente a Jesús. Y ahora Jesús les da la clave. ‘Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’. 
¿Qué quiere decirles Jesús? ¿Qué significa ese ser levantado en lo alto? Nosotros sí podemos entenderlo, porque ya le hemos contemplado en lo alto. La liturgia de este día nos da también una clave, cuando nos recuerda el episodio de las serpientes en el desierto, en el signo de aquella serpiente levantada en lo alto como una señal del arrepentimiento por el pecado y de la misericordia de Dios que perdonaba a su pueblo pecador.
Es el signo y la señal del amor de Dios. Es el signo de la Pascua. Es ese gesto inaudito que nos sobrecoge. Es la señal que quizá no todos podrán comprender cuando no saben descubrir la inmensidad del amor de un Dios que es capaz no solo de hacerse hombre sino de morir por nosotros. Por eso Jesús nos dirá en otro lugar que la mayor prueba del amor es dar la vida por aquellos a los que se ama. Es lo que hace Jesús. El ser levantado en lo alto es la prueba de ese amor porque ahí está su entrega, ahí está la vida que nos da, ahí está nuestra salvación, ahí está el amor maravilloso, el amor misericordioso de Dios. Conoceremos en verdad a Jesús, su ser más profundo, conoceremos su entrega y su amor, conoceremos a Dios.

lunes, 14 de marzo de 2016

Busquemos a Cristo, verdadera luz de nuestra vida, que da plenitud de sentido a nuestra existencia

Busquemos a Cristo, verdadera luz de nuestra vida, que da plenitud de sentido a nuestra existencia

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Jn. 8, 12-19
Cuando hablamos de luz pensamos en primer término en la luz natural que nos ofrece el sol cada día. Qué bello es el amanecer con los radiantes rayos del sol surgiendo en el horizonte y dando forma y color a cuanto nos rodea que en la oscuridad de la noche no podíamos apreciar. Pensamos también en tantas fuentes de luz que hacemos surgir de las diferentes energías para iluminarnos en la noche cuando nos falta la luz del sol. Que oscura se nos vuelve la noche cuando ocasionalmente nos pueden fallar esas otras fuentes de energía y nos vemos sumergidos en la oscuridad.
Pero cuando hablamos de luz queriendo ahondar un poco más pensamos en la inteligencia que nos hace razonar y comprender las cosas y decimos que así en esa reflexión vamos iluminando nuestra vida porque vamos encontrando ideas y principios que nos iluminen, decimos, que nos hagan dar un valor y un sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Surgen pensamientos, surgen ideologías, surgen filosofías, surgen razonamientos que encauzan de alguna manera nuestra vida  y nos hacen comprender mejor lo que está más allá de lo que los ojos de la cara pueden ver.
Aún así nos aparecen oscuridades en la vida, cosas que nos cuesta comprender, preguntas e interrogantes que se van hilvanando unos a otros en nuestra mente o en nuestro interior y que algunas veces nos pueden hacer dudar para encontrar ese camino y ese sentido de nuestra vida que parece muchas veces que aun sigue en tinieblas.
 Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida’. Cristo se nos presenta a si mismo como la verdadera luz que ilumina nuestro mundo, nuestra vida. Cuando proclamamos que Cristo es nuestra salvación, nuestro salvador, no solo estamos diciendo que El nos ha redimido de nuestros pecados, nos ha traído el perdón para nuestro pecado, sino más aun que es nuestro salvador porque nos ha venido a trazar el verdadero camino que nos lleva a la plenitud de la vida y de la felicidad.
La luz ilumina hemos venido reflexionando, nos hace ver con claridad las cosas que tenemos delante de los ojos, pero también allá en lo más hondo de nuestra vida lo que va a dar sentido a nuestra existencia. Jesús nos pone en camino de encontrar ese sentido profundo de nuestra vida, de nuestro ser. Ya proclamará en otro momento del evangelio que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Es la verdad que nos ilumina; es la verdad que nos enseña a recorrer los caminos de la plenitud de la vida; es la verdad que nos hace encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida. ‘Tendrá la luz de la vida’ nos ha dicho hoy.
Es lo que tenemos que buscar. Es el camino que hemos de recorrer. Encontrarnos de verdad con Jesús para que nuestra vida sea iluminada de verdad y no con luces caducas o efímeras que un día nos puedan fallar. Cristo no nos falla. Cristo es la verdadera certeza de nuestra vida. La fidelidad de Cristo no nos fallará. Cristo está siempre con nosotros.

domingo, 13 de marzo de 2016

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Filp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Detengámonos brevemente a contemplar la escena que nos describe el evangelio con sus personajes. Se desarrolla en el templo, en aquellos soportales donde la gente se reunía y los maestros de la ley enseñaban. Nos encontramos un grupo de personas que quieren escuchar a Jesús y en torno a El se arremolinan; son la gente sencilla, la gente que tiene hambre de Dios y que quiere escuchar a Jesús, porque nadie ha hablado como El, según dicen y reconocen en ocasiones incluso quienes quieren quitarle de en medio.
Pronto aparecen los escribas y fariseos, los intransigentes a quienes no les gusta el mensaje de Jesús y que buscan mil maneras cogerle en sus palabras y poderle condenar. Ahora le traen a una pobre mujer pecadora, sorprendida en adulterio; para la adulteras el castigo es ser apedreadas hasta la muerte. Es lo que plantean a Jesús. Allí está la mujer en medio, muchas veces la imaginamos tirada por los suelos, pero que bien expresa su humillación y su vergüenza, su indignidad quizá por su pecado, pero la dignidad de persona que todos quieren arrebatarle, porque para ella nadie tiene compasión.
Bueno, no podemos decir que nadie, porque allí está Jesús. Allí está manifestándose el rostro misericordioso de Dios. Aunque nos pudiera parecer que protagonistas de la escena pudiera ser aquella mujer pecadora, o incluso los escribas y fariseos porque de tantas maneras nos vemos reflejados tanto en la mujer pecadora como en los otros porque muchas veces tenemos actitudes semejantes, el verdadero protagonista es Jesús con su misericordia.
Ya hemos escuchado cómo Jesús se pone de parte de aquella mujer pecadora y humillada y su postura sirve de denuncia para las intransigencias e intolerancias de los fariseos que solo juzgan y buscan condenar; pero realmente el gran mensaje está en la manifestación de la misericordia de Dios que nos busca y se acerca a nosotros para transformar nuestro corazón.
Misericordia es, me atrevo a reflexionar, acercarse con el corazón en la mano hasta el otro a quien siempre veremos como un hermano porque los ojos del amor no lo pueden mirar de otra manera.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el pequeño, hasta el pobre y el que se siente indefenso, hasta el que sufre y se siente solo; hasta el que se ve hundido en la miseria, en la necesidad y la pobreza y no encuentra cómo levantarse ni como salir de su situación. Es acercarse con el corazón en la mano al que nadie quiere y se ve despreciado por todos; al que se encuentra hundido en el pozo de su pecado y le tendemos con nuestro amor una escalera para poder salir de él y encontrar el perdón.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el que nada tiene y ya no sabe a donde acudir; al que se ve envueltos en los vientos y torbellinos de la violencia y le ofrecemos la paloma de la paz que le ayude a encontrar derroteros de armonía y fraternidad.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano al que ya se siente condenado para siempre y le ofrecemos una tabla de salvación que le ayude a encontrar la paz para su corazón con el perdón.
Misericordia es también acercarnos con el corazón en la mano a tantos que han endurecido el corazón por el desamor y ya no saben amar ni se sienten capaces de hacerlo de nuevo, pero a quienes les ofrecemos las mieles del amor para que gustando de nuevo lo que es sentirse amados vuelva a renacer en ellos esa capacidad para el amor.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano también a aquellos que se encastillan en sus  orgullos, vanidades y aires de grandeza y se creen que no necesitan de nada ni de nadie en su autosuficiencia, para que con nuestras actitudes se les abran algunos resquicios en su alma por donde entren nuevos destellos del amor y lleguen a comprender que ellos también necesitan sentirse amados y así aprendan a amar de nuevo a los demás.
Es lo que le estamos viendo hacer a Jesús en esta escena del evangelio que estamos contemplando pero que ha sido la constante de toda su vida que pasó siempre haciendo el bien. Hoy le vemos tender su mano en la que lleva su corazón a esta mujer para levantarla de ese pozo de indignidad en el que ella con su pecado había caído pero donde otros querían hundirla aún más. Pero Jesús lleva también su corazón en la mano que tiende hacia aquellos que solo saben juzgar y condenar, que se han encastillado en sus autosuficiencias y orgullos, que parece que ellos quieren ir solos por la vida sin querer necesitar de nadie, porque a todos van apartando de su lado, pero a quienes Jesús también está llamando desde lo hondo de su corazón misericordioso.
Sintamos que ese corazón misericordioso de Dios llega a nuestra vida y a nosotros también nos llama, pero sintamos al mismo tiempo que tenemos que ser signos por nuestra vida, por nuestras actitudes, por nuestro amor hecho de muchas cosas concretas para que todos también puedan sentir y experimentar en sus vidas el amor de Dios.
No olvidemos que nuestra vida ha de ser también evangelio, buena nueva de la misericordia de Dios para los que nos rodean en ese mundo concreto en que vivimos, como la Iglesia tiene que ser evangelio de misericordia para todos sin exclusión. ¿Lo seremos de verdad? ¿será eso en verdad lo que siempre manifiesta la Iglesia?
Como le dice Jesús a la mujer a nosotros también nos dice, levántate, ponte en camino, no peques más, aprende a recorrer los caminos del amor.

sábado, 12 de marzo de 2016

Desterremos de nosotros todo apriorismo que nos lleve al juicio, la discriminación y la condena viviendo el estilo nuevo de los valores del Reino de Dios

Desterremos de nosotros todo apriorismo que nos lleve al juicio, la discriminación y la condena viviendo el estilo nuevo de los valores del Reino de Dios

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

Con qué facilidad con nuestros apriorismos nos hacemos nuestros juicios y detrás de los juicios con sus críticas y murmuraciones surgen las discriminaciones que terminan en condenas. A priori, a primera vista, nos dejamos engañar por las apariencias en muchos casos muy subjetivas por nuestra parte, juzgamos a las personas, los consideramos unos ignorantes porque somos nosotros los que nos lo sabemos todo, ponemos nuestras pegas porque son de tal o cual familia, de tal o cual lugar.
Y porque no saben, prejuzgamos nosotros, no pueden opinar, no tienen derecho a decir nada, los miraremos con desconfianza, los encasillamos o los encerramos en unos guetos, no nos queremos mezclar con ellos o los miraremos mal, no queremos que estén en nuestro entorno o los queremos expulsar lejos de nosotros, los quitamos de en medio, de la sociedad, de la vida, de nuestro mundo.
Pensemos lo que hacemos en este sentido con mucha gente de nuestro entorno a los que siempre miramos con desconfianza y nos damos mil razones, porque algún día cometieron algunos errores, porque son hijos de tal o cual familia y muchas cosas más que bien nos entendemos; pensemos lo que hacemos con el emigrante que quizá viene a pedirnos una ayuda a nuestra puerta o lo encontramos por la calle, por lo que quizá haya hecho algunos los prejuzgamos a todos; pensemos en lo que estamos haciendo hoy desde altos ámbitos del poder o de la política con el problema de los refugiados; no tenemos más que recordar lo que estos mismos días se está decidiendo en nuestra comunidad europea.
Me hago esta reflexión y estas preguntas porque de alguna manera es también traducir a nuestra realidad lo que estaba pasando con Jesús, como nos cuenta hoy el evangelio.  No todos aceptaban a Jesús y también ponían sus pegas y en cierto modo discriminaciones. Al escucharle hablar algunos con muy buena voluntad y muy buenos deseos se preguntan si Jesús es un profeta o acaso es el Mesías. Pero estarán los que siempre ponen sus pegas, o más incluso, los que ya por sistema rechazan a Jesús. Que si de Galilea no podía ser el Mesías porque siendo hijo de David tenia que proceder de Belén – lo que ya entraña un desconocimiento de quien era realmente Jesús –, que si los profetas no surgían nunca en Galilea porque era llamada algo así como la tierra de los gentiles, como su reacción a la libertad con que Jesús se expresaba y anunciaba una nueva forma de vivir el Reino de Dios que anunciaba.
También nosotros cuando queremos ser en verdad fieles a la novedad que nos ofrece el evangelio que transforma nuestros corazones y nos hace vivir en unos nuevos valores, vamos a encontrar resistencia. Es la lucha que ya Jesús nos anunció que nosotros padeceríamos también.
Resistencia que incluso podemos quizás encontrar en los más cercanos que no quieren salir de sus rutinas y que rehuyen todo lo que pueda ser compromiso por los demás. Es la lucha que mantenemos en nuestro interior con nosotros mismos para vivir ese sentido nuevo de nuestra relación con Dios y con los demás en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor donde desaparezcan, por ejemplo, aquellas discriminaciones a las que hacíamos referencia al principio de esta reflexión.
Hemos de tener claro nuestro camino y lo que nos exige ser en verdad seguidores de Jesús. Sabemos que en ese camino no estamos solos porque El nos prometió que siempre estaría con nosotros y no nos faltará la fuerza de la gracia, la fortaleza del Espíritu del Señor. Vivamos valientemente nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

viernes, 11 de marzo de 2016

No vivamos con superficialidad nuestro ser cristiano empapándonos del conocimiento de Jesús para lograr una profunda espiritualidad cristiana

No vivamos con superficialidad nuestro ser cristiano empapándonos del conocimiento de Jesús para lograr una profunda espiritualidad cristiana

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30

Un gran enemigo que tenemos demasiado cerca de nosotros es la superficialidad. Sí, no saber tomarnos las cosas con la profundidad debida, quedarnos en una mirada superficial sobre las personas fijándonos sólo en las apariencias, hacer las cosas como por rutina simplemente dejándonos ir pero sin darle verdadera profundidad y sentido a lo que hacemos, buscar el hacer las cosas con el mínimo esfuerzo lo que nos llevará a que no le saquemos verdadero provecho a aquello que hacemos contentándonos siempre con lo mínimo.
En muchos aspectos de la vida y en muchas cosas manifestamos muchas veces esa superficialidad que nos hace ser mediocres, o que nuestras relaciones con los demás se conviertan en una formalidad. Esa superficialidad se manifiesta también en nuestra vida cristiana. Nos contentamos con aquello de que somos cristianos de toda la vida y no siempre nos esforzamos por crecer y avanzar en nuestra vida cristiana.
Nos hacemos un cristianismo fácil muchas veces de hacer lo que siempre hemos hecho pero no estamos lo suficientemente abiertos desde nuestro corazón para acoger esa Palabra del Señor que nos pide más, que nos pide nuevas actitudes, que provoca una verdadera revisión de lo que hacemos para mejorarlo más y más. La palabra que nos invita a la conversión ahora en el camino cuaresmal que estamos recorriendo es como una cantinela que se repite, pero que realmente no escuchamos desde lo más hondo del corazón.
Es necesario abrirnos más y más a la Palabra del Señor que tenemos la oportunidad de escuchar cada día. Escucharla pero allá en lo profundo de nuestro corazón. Una Palabra que nos haga crecer en el conocimiento de Jesús y del misterio de Dios. Nos puede suceder como vemos les pasaba a los judíos en el tiempo de Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio.
Eran superficiales en el conocimiento de Jesús. Como ellos decían ‘de éste sabemos de donde viene, pero cuando llegue el Mesías no sabemos de donde vendrá’. Y Jesús vendrá a decirles que en verdad no le conocían, aunque sepan de donde viene o quienes son sus parientes. Es necesario tener un conocimiento mayor de Jesús. Quedarse en que era de Nazaret o quienes eran sus parientes era una mirada superficial, porque lo que en verdad tendrían que descubrir era que El era el enviado del Padre. ‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Era precisamente lo que ellos no eran capaces de descubrir, no querían aceptar.
Creo que un propósito muy interesante que podríamos hacernos en este camino cuaresmal que estamos haciendo sería el comprometernos a crecer en ese conocimiento de Jesús. No es simplemente saber cosas de Jesús, que seguramente conocemos muchas, sino saber a Jesús, llenarnos del Espíritu de Jesús, conocerlo en toda su profundidad.
Nos llevará a que leamos y leamos con mayor atención la Biblia, el Evangelio, convirtiéndolo en verdadero vademécum de nuestra vida. Tendría que ser como nuestro verdadero libro de cabecera. Empapándonos del evangelio de Jesús en una lectura diaria iremos conociendo más y más todo ese misterio de Jesús e impregnándonos de los valores del evangelio. Nos ayudará a salir de nuestra superficialidad espiritual, nos hará ir logrando una verdadera espiritualidad cristiana. Confieso que es algo que me preocupa para mí mismo y mi compromiso como cristiano.

jueves, 10 de marzo de 2016

Levantemos nuestros ojos a lo alto para descubrir desde la fe todo el misterio del amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta y nos llena de vida

Levantemos nuestros ojos a lo alto para descubrir desde la fe todo el misterio del amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta y nos llena de vida

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Algunas veces nos surgen dudas en nuestro interior porque quizá no sabemos ver más allá de lo que tenemos delante de los ojos o de lo que puedan palpar nuestras manos. Nos hacemos excesivamente materialistas y podemos perder un sentido espiritual de la vida o la trascendencia que en nosotros y en los demás tendríamos que saber descubrir.
Y cuando nos quedamos solo en lo que nuestros ojos materiales puedan descubrir sin saber encontrar lo que puede haber realmente de bueno detrás de lo que vemos o experimentamos podemos perder el rumbo y podemos también errar el camino, aparecen los miedos, sobresalen las desconfianzas. Pero eso cuesta, nos llena de dudas muchas veces, es necesario un espíritu mas abierto a lo espiritual y a lo trascendente. Muchas veces la misma fe es cuestión de fe. Es un abrirnos a lo que nos puede parecer un misterio, pero que es realmente abrirnos a Dios. Y no siempre lo sabemos hacer, no siempre somos capaces de hacerlo.
Nicodemo iba también con sus dudas y con sus miedos cuando fue a ver a Jesús de noche, como nos cuenta este mismo evangelio de Juan que estamos ahora escuchando en estos días. El mismo hecho de que fuera de noche a ver a Jesús nos muestra las dudas – negruras – que pudiera haber en su espíritu y también los miedos que pudiera llevar consigo. Sin embargo se deja conducir por lo que intuía y es capaz de descubrir el misterio que se manifiesta en Jesús. Por eso podrá llegar a decir que si Dios no estuviera con Jesús no podría hacer las obras que hacía.
Es lo que en general le sucedía a los judíos como nos manifiesta el evangelio de este día. Mientras el pueblo llano y sencillo era capaz de descubrir en las obras de Jesús las obras de Dios, aquellos que se consideraban quizá más entendidos rechazan a Jesús, no son capaces de descubrir en las obras de Jesús las obras de Dios y, como tantas veces hemos visto, siempre estarán pidiendo signos y pruebas para reconocer a Jesús. Hay desconfianza en sus corazones, no son capaces de abrirse al misterio que se revela en Jesús y no creerán en El. Se les había cegado el Espíritu y no se abrirán al misterio de la fe. Es la recriminación que Jesús les está haciendo.
Que no nos suceda a nosotros. Que no se nos cieguen los ojos del alma. Que se avive nuestra fe para trascender de verdad a lo espiritual y al misterio de Dios. Que en verdad pongamos toda nuestra fe en Jesús. Que desde nuestra debilidad, desde las sombras de nuestras dudas levantemos los ojos a lo alto para que en Cristo se reavive nuestra fe.
Seamos capaces de descubrir el hondo sentido de las obras de Jesús que nos están manifestando lo que es el amor y la misericordia del Señor. Dios siempre nos ama, aunque nosotros por nuestro pecado no lo merezcamos; El nos ofrece su misericordia, su perdón, su gracia, su amor. Todas esas obras que vemos realizar a Jesús en el evangelio son signos para nosotros de ese amor de Dios y cómo a nosotros llega ese amor que nos transforma, que nos llena de vida.


miércoles, 9 de marzo de 2016

En esta cuaresma nos preparamos para que haya pascua en nosotros y por la fe en Jesús pasemos de la muerte a la vida arrancándonos del pecado

En esta cuaresma nos preparamos para que haya pascua en nosotros y por la fe en Jesús pasemos de la muerte a la vida arrancándonos del pecado

 Isaías 49,8-15; Salmo 103; Juan 5, 17-30
‘Al principio existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres… a cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios…’ Así nos hablaba Juan al principio de su Evangelio definiéndonos quien era Jesús y como venía a nosotros como luz y como vida para que tuviéramos vida. Ya en otro momento del Evangelio nos dirá que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia.
Eso fue la vida de Jesús. Eso fue su amor, regalarnos vida para que tuviéramos vida. Por eso la presencia de Jesús destierra, por así decirlo, todo lo que sea muerte. Cura a los enfermos, limpia a los leprosos, hace caminar a los inválidos, pone luz en los ojos de los ciegos y hace oír a los sordos, resucita a los muertos. Es el signo de la Buena Nueva que nos anuncia. El Espíritu de Dios está sobre El y lo ha ungido para anunciar la Buena Noticia, a los pobres, a los oprimidos, a los ciegos, a los enfermos; quiere la libertad, la luz, la vida. Solo necesitamos creer en El. ‘A los que creen en su nombre…’ los llena de vida, les hace participes de la vida de Dios, los hace hijos de Dios.
Es lo mismo que nos dice hoy en el evangelio. Se manifiesta como el Señor. Los judíos le rechazan porque dicen que se hace igual a Dios. ‘La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios’, recordamos que se nos decía al principio del evangelio. Ahora nos dice: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere’. Jesús es la resurrección y es la vida, como se nos dirá en el episodio de la resurrección de Lázaro. Y los que creen en El tendrán vida para siempre.
‘Os lo aseguro, nos dice, quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida’. Juan en sus cartas nos dice que porque amamos pasamos de la muerte a la vida. Creemos en Jesús y nos ponemos en el camino del amor, que es ponernos en el camino de la vida. Tenemos que reafirmar con toda intensidad nuestra fe en Jesús.
Le buscamos, queremos creer en El, porque queremos llenarnos de su vida, sentirnos transformados por El. Hay en nosotros tanta muerte que necesitamos que Jesús nos cure y nos resucite. Es lo que queremos ir realizando ahora con toda intensidad en la cuaresma para poder llegar a vivir con intensidad la Pascua.
Que haya pascua en nosotros, porque ese paso de Dios por nuestra vida nos haga pasar de la muerte a la vida. Por eso tenemos que ir arrancándonos de esas tinieblas que nos afligen, de esas cegueras de nuestra vida, de  esa invalidez que nos paraliza, de esa lepra de nuestro pecado. Los signos que vemos realizar a Jesús en el evangelio tienen que realizarse en nuestra vida. Esos milagros que Jesús realiza, esas curaciones son signo de esa transformación de nuestra vida. Escuchemos la voz del Señor que nos arranque de ese sepulcro de muerte y nos sintamos resucitados a la vida.
No olvidemos que entramos en la órbita del amor y eso nos llevará también a que hagamos participes de esa vida de Jesús a los demás. Que se derrame su misericordia sobre nuestro mundo.

martes, 8 de marzo de 2016

Cristo viene a nosotros para levantarnos de nuestra invalidez y hacer renacer la esperanza en el encuentro con la misericordia divina

Cristo viene a nosotros para levantarnos de nuestra invalidez y hacer renacer la esperanza en el encuentro con la misericordia divina

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16

Hay momentos en la vida que parece que perdemos toda esperanza. Nos cuesta avanzar, no encontramos salidas prontas, todo parece que se nos vuelve en contra, nos sentimos imposibilitados. Y no son solo las imposibilidades físicas que podamos tener o sufrir desde nuestras limitaciones corporales, sino que puede estar en ocasiones dentro de nosotros mismos porque no encontramos un sentido a lo que nos pasa o nos sentimos sin fuerzas para luchar; pero en ocasiones esas limitaciones las encontramos en nuestro entorno, las circunstancias que vivimos, o las mismas personas que nos rodean; no encontramos quizá el apoyo que necesitamos, esa mano que se tienda a nosotros para ayudarnos a levantarnos, esas espaldas quizás que se nos vuelven en contra.
Necesitamos una fuerza interior muy grande para superar esas situaciones, necesitamos una luz que nos ilumine y nos haga comprender, necesitamos esa fuerza que nos viene de lo alto que es la que verdaderamente nos va a levantar.
El  evangelio hoy nos habla de un hombre que está postrado en su camilla por su invalidez; espera, aunque parece que hay perdido ya toda esperanza, que las aguas milagrosas de la piscina se muevan y pueda llegar a tiempo de ser el primero para poderse curar. El no tiene fuerzas en su invalidez para llegar, pero nadie le ayuda; cuando solo por si mismo logra llegar ya otros se le han adelantado. Allí está hundido en sus negruras treinta y ocho años ya.
Vendrá hasta él quien le pueda hacer renacer sus esperanzas. ‘¿Quieres curarte?’ Parece quizás una pregunta sin sentido, una pregunta innecesaria porque todo el mundo puede ver su situación. Pero allí está quien le tiende la mano y lo pone a caminar. ‘¡Levántate, toma tu camilla y echa a andar!’ ¿Podrá hacerlo? ¿Le quedarán fuerzas en sus piernas después de tantos años de inmovilidad no solo para andar sino también para cargar su camilla? Una fuerza poderosa lo está levantando y toda su vida va a cambiar, aunque él no sabe aún quien le está poniendo a caminar.
¿Escucharemos nosotros esa voz que también nos levanta y nos pone a caminar? Porque también en nosotros hay mucha invalidez, muchas limitaciones que nos coartan, que nos impiden ser libres de verdad, que nos hacen ponernos en camino. Nos hemos creado o nos hemos encontrado quizá en nuestro entorno muchas vallas que tenemos que aprender a superar. También en ocasiones nos vemos hundidos y todo son negruras porque muchas cosas parece que tenemos en contra. Dentro de nosotros mismos hay también unos pesos muertos que nos llenan de muerte, que nos quitan la ilusión y la esperanza, que nos hacen retroceder en lugar de avanzar. También pesa en nuestro corazón el pecado con sus negruras que nos ata, que nos esclaviza, que nos aleja de la luz y nos impide alcanzar la vida verdadera.
Cristo viene a nuestro encuentro. Llega de mil maneras, aunque algunas veces no seamos capaces de reconocerlo, pero el va poniendo muchas señales en nosotros, en nuestra vida, en nuestro entorno para que aprendamos a levantarnos, para que sintamos la fuerza que El nos da, que nos hace superarnos, que nos impulsa a buscar la luz y la vida.
También a nosotros nos dice ‘toma tu camilla, levántate, echa a andar’. Con nosotros está su gracia, su fuerza, la vida divina que nos regala. Aunque nos sintamos culpables porque hayamos echado encima de nosotros el peso de nuestros pecados, El viene con su luz y su gracia y nos levanta. También a nosotros nos dice como a aquel paralítico ‘anda no peques más’, o como al otro que descendieron desde el techo ‘tus pecados están perdonados’. En nosotros renace de nuevo la luz de la esperanza en el encuentro con la misericordia divina.

lunes, 7 de marzo de 2016

El encuentro de fe con Jesús nos llena de vida y nos pone siempre en camino para ir al encuentro con los demás y llevarles vida

El encuentro de fe con Jesús nos llena de vida y nos pone siempre en camino para ir al encuentro con los demás y llevarles vida

Isaías 65,17-21; Salmo  29; Juan 4,43-54
No es fácil que ante una palabra que me diga alguien sobre lo que tengo que hacer yo inmediatamente me decida a realizarlo. Se necesita una confianza grande para fiarse de alguien así a la primera palabra que nos diga. Queremos sopesar bien lo que se nos dice, los pros y los contras que pueda haber en lo que debo realizar antes de decidirse uno, porque a ciegas así uno no se deja conducir.
Sin embargo hoy en el evangelio escuchamos que aquel hombre que había acudido a Jesús con el problema de la enfermedad grave de su hijo, ante una sola palabra de Jesús, acepta y se pone en camino. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, nos dice el evangelista. Pero es que aquel hombre había acudido con fe a Jesús. Había subido desde Cafarnaún a Caná donde se encontraba en estos momentos Jesús ‘y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.  
Una hermosa lección y mensaje para la confianza y la fe que hemos de poner en Jesús en nuestra oración. Se uniría este pasado a todos aquellos otros momentos en que Jesús nos habla de la oración y de la perseverancia con que hemos de orar, de la seguridad de cómo siempre somos escuchados, y de la manera cómo hemos de hacer nuestra oración con una grande humildad. Recientemente escuchábamos la oración del publicano que subió al templo al mismo tiempo que el fariseo y como el publicano que humildemente se reconocía pecador delante del Señor bajó a su casa realmente justificado.
Pero creo que también el mensaje nos está enseñando cómo hemos de saber ponernos en camino. Sí, ponernos en camino, porque la fe que tenemos en Jesús no nos permite quedarnos insensibles e impasibles con los brazos cruzados.
Ponernos en camino tras el encuentro con el Señor para ir al encuentro con los demás; ponernos en camino porque tenemos un mensaje que trasmitir; ponernos en camino porque el amor nos hace activos ante las necesidades y sufrimientos de los demás; ponernos en camino para ser capaces de superarnos, de luchar, de no dejarnos arrastrar por la frialdad y la rutina, de no dejarnos vencer por tantos apegos que se nos meten en el alma y que son como rémoras que no nos dejan avanzar.
Nos fiamos de la Palabra de Jesús porque en El ponemos toda nuestra fe. Sabemos que el encuentro con El será siempre para vida y esa vida tenemos que llevarla también a los demás. Nos fiamos de Jesús y siempre queremos estar en camino. Así proclamaremos la gloria del Señor.

domingo, 6 de marzo de 2016

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Pensamos que están lejos solo los que física o geográficamente se han alejando de un punto determinado, del lugar en que nos hallamos, o de las personas con las que han relacionarse; muchas veces sucede, sin embargo, que sin alejarnos físicamente nuestra distancia es muy grande porque situamos barreras entre nosotros o nuestro corazón se ha endurecido de tal manera que somos incapaces de entrar en una auténtica relación.
Creo que somos conscientes de ello porque qué distantes estamos tantas veces de los que más cerca están de nosotros porque no nos comunicamos, porque nos entra la desconfianza en el corazón, porque nuestras miradas no son limpias, porque hacemos el camino cada uno muy por su lado sin saber realmente lo que el otro piensa o quiere. Un vivir con esas distancias, aunque tratemos de acostumbrarnos o entretenernos con muchas cosas, realmente es algo difícil y muchas veces desconcertante.
¿Sabemos realmente lo que piensan las personas de nuestro entorno y cuales son sus expectativas e ilusiones? ¿Qué sabemos de sus problemas, de sus luchas interiores, de sus esperanzas o de sus angustias? Por aquí podríamos hablar de muchas cosas, de muchas soledades, de muchas frustraciones, de muchos sufrimientos callados en el corazón de cada uno. Mucho de eso hay en el mundo que nos rodea, pero nuestra distancia la ponemos cerrando los ojos para no ver y no saber.
Pero vayamos al evangelio que se nos propone en este cuarto domingo de cuaresma. Una parábola que nos habla de un padre y dos hijos. Un padre con un amor de padre tan grande que nada ni nadie podrá arrancarle la ternura que se desborda de su corazón. Ya veremos. Y dos hijos que parece que recorren caminos muy divergentes pero que pronto descubriremos que son en cierto modo convergentes por las distancias que van poniendo o quieren poner en sus corazones endurecidos.
Uno marcha lejos, incluso físicamente porque marchará por otros lugares poniendo distancias del amor del padre que no sabe comprender porque quiere recorrer a su manera los caminos de la vida haciendo sus propios caminos, pero que en el vacío y la soledad a la que llegará un día le hará sentir de nuevo en su corazón el hambre por el amor de su padre.
El otro no se marcha, pero está lejos en su corazón y aunque cercano al padre no sabe disfrutar de su amor, porque su corazón se ha endurecido y todo en su interior son exigencias y recelos, desconfianzas y negruras que le hacen incapaz de disfrutar del amor y de repartir amor. Hemos bien escuchado los diálogos llenos de resentimientos con su padre al final de la parábola.
Pero en medio está la ternura del amor del padre que le hace esperar pacientemente la vuelta del que se ha marchado lejos para salirle al encuentro con un abrazo y una fiesta de amor y de perdón, o le hará ir también al encuentro del que ahora no quiere entrar a la fiesta para ayudarle a comprender lo que es el amor verdadero.
Es el retrato de la misericordia de Dios, que nos espera, que nos llama, que nos busca, que nos sale al encuentro tantas veces en ese camino que tanto nos cuesta hacer para reconocer nuestras lejanías y para descubrir lo que es el verdadero amor.
Y escuchando y meditando estas palabras de Jesús tenemos que ser capaces de mirarnos con toda sinceridad, no haciendo disimulos ni poniendo tapujos para reconocer nuestros caminos equivocados cuando los queremos hacer a nuestra manera y que nos llevan a la soledad más terrible, a la indignidad más rabiosa porque nos sentimos manipulados ya sea por nuestras propias pasiones o por la injusticia de los demás, a la insensibilidad del corazón que se endurece y ya no es capaz de mirar al que camina a nuestro lado como un hermano sino que siempre nos parecerá un contrincante contra el que luchar, al hambre del amor verdadero aunque a veces erremos el camino o no seamos capaces de vislumbrar claramente hasta donde llega el amor que Dios nos tiene para acogernos y darnos su abrazo de paz y de perdón.
No nos queda otra cosa que decir ‘Padre, he pecado’, me he alejado de ti, y aunque no lo merezco quiero volver a tu amor. Sí, es una invitación a saborear el amor de Dios para aprender a tener también un corazón misericordioso con los demás.
Es el Padre bueno que nos ama y nos perdona; es el Padre bueno que viene a nuestro encuentro; es el Padre que nos ayuda a encontrar con los otros mirándolos siempre como hermanos; es el Padre bueno que nos pone en un camino de vida que es amor; es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor; es al Padre bueno que nos llena e inunda con la alegría del amor verdadero, hace fiesta a nuestra vuelta, pero nos invita a entrar siempre en la fiesta del amor de los hermanos. Claro que tenemos que decir: ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’.

sábado, 5 de marzo de 2016

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno… yo no tengo pecados. Lo habremos escuchado muchas veces o también lo hemos pensado más de una vez y hasta lo hemos dicho. Yo soy bueno, no tengo pecados, de qué me voy a confesar. Seamos sinceros, ya el solo pensarlo nos está dando unos aires de suficiencia que nos eleva sobre pedestales. Y se nos mete el orgullo dentro, y comenzamos a hacer comparaciones, y comenzamos a mirar a los otros y los vemos con tantos defectos, y nosotros somos buenos. Da que pensar.
Si vamos por ese camino ¿para que necesitamos a Dios? Si vamos por ese camino no necesitamos que venga Jesús con su misericordia a nosotros, porque ¿de qué nos va a perdonar? Si vamos por ese camino nos llenamos de tanta autosuficiencia que nos convertimos en reyes y dioses de nosotros mismos y también al final queremos ser reyes para los demás; si vamos por ese camino y llegáramos a ver algo bueno en los otros, pronto nos corroerá la envidia por dentro y queremos destruir cuanto pudiera hacernos sombra; si vamos por ese camino terminaremos avasallando a cuanto nos rodee, pero al final quizá terminaremos destrozándonos a nosotros mismos porque con nuestras ínfulas, ¿quién nos va a aguantar? Nada hay más odioso y repulsivo que un corazón autosuficiente y orgulloso que se sube en su pedestal a nuestro lado.
Nos dice el evangelio hoy que Jesús propone una parábola por ‘algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y ya conocemos la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar. Allí estaba el fariseo de pie delante de todos recordando lo bueno que era, las cosas buenas que hacia, con sus aires de superioridad despreciando a los demás que sí son unos pecadores. Mientras el publicano se sentía pequeño y allá en un rincón pedía a Dios que tuviera misericordia con él. ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’, repetía una y otra vez.
No digo que no tengamos que reconocer lo bueno que haya en nuestra vida para dar gracias a Dios. Sería orgullo el no reconocerlo. Pero el reconocimiento de lo que somos, de nuestros valores o de las cosas buenas que hacemos ha de ser con humildad. Alabamos al Señor que nos regala su gracia para cuanto bueno hacemos y de cuanto malo nos apartamos. Pero en esa humildad seguimos mirando cuantas cosas pueden manchar nuestra vida y de lo que hemos de pedir la misericordia del Señor.
Es el Señor compasivo y misericordioso el que nos justifica. Así hemos de acogernos siempre a la bondad y a la misericordia del Señor. Así con humildad y con espíritu misericordioso caminamos junto a los hermanos que también siendo pecadores imploran esa misericordia del Señor. Somos un pueblo pecador que nos acogemos a la gracia del Señor. Que podamos salir siempre de la presencia del Señor justificados y llenos de su gracia porque humildes ante El nos hemos reconocido pecadores.

viernes, 4 de marzo de 2016

Nuestra verdadera sabiduría está en reconocer que Dios es nuestro único Señor y seremos felices y haremos felices a cuantos nos rodean

Nuestra verdadera sabiduría está en reconocer que Dios es nuestro único Señor y seremos felices y haremos felices a cuantos nos rodean

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Es de sabios saber ir a lo fundamental y esencial no quedándose en rodeos ni en cosas que no son fundamentales. De alguna manera todos tendemos a eso; si muchas veces nos quedamos dando rodeos o en las cosas que no son tan fundamentales es quizá por falta de conocimiento, quizá también debido a una cierta superficialidad con que nos tomamos la vida, o por esa tendencia a lo que llamamos la ley del mínimo esfuerzo y no somos capaces de aplicarnos seriamente en esa búsqueda de lo que es lo esencial. Ir al grano, como solemos decir y no quedarnos en la paja es lo que tendríamos que saber hacer. El verdadero sabio sabe resumir quizá en una frase o en un principio lo que otros necesitarían de muchas palabras y explicaciones suntuosas para reflejarlo.
Un maestro de la ley se acerca a Jesús, vemos hoy en el evangelio, preguntando por lo que es lo fundamental, el mandamiento principal. Sabemos que muchas veces esas preguntas de los escribas a Jesús eran en cierto modo tendenciosas, porque realmente como maestros de ley que eran tenía que ser algo que habían de tener muy claro. Jesús le responde yendo a lo que allá en la escritura estaba reflejado como ese mandamiento principal. No cabía ninguna réplica a la respuesta de Jesús aunque luego veremos cómo el escriba trata de dar como una aprobación a las palabras de Jesús, por eso sospechamos de sus preguntas tendenciosas.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’. Jesús le está respondiendo con las palabras del Deuteronomio y del Levítico.
¿Cuál realmente es el punto principal de esta respuesta de Jesús, de esta formulación? El escriba está preguntando por lo fundamental, por el mandamiento principal, pero fijémonos que no es tanto el mandamiento lo que es esencial sino la primera afirmación que es una proclamación de fe de la que se derivará el mandamiento del amor a Dios. ‘El Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Ahí está lo fundamental, lo esencial. Esa proclamación de fe que reconoce el señorío del único Dios.
Y eso era importante en aquel mundo en que Vivían rodeados de pueblos que tenían muchos dioses. ‘El Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. El único Dios, el único Señor, el que en verdad tendría que ser el único centro de nuestra vida, de nuestra existencia, de todas las cosas. Y a ese Dios que es único no solo hemos de adorar y reconocer sino que hemos de amar y no con un amor cualquiera sino con un amor por encima de todas las cosas, ‘un amor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser’.
Nos preguntamos también nosotros por lo esencial, lo fundamental. Comencemos por ese reconocimiento de Dios como único Señor de nuestra vida. Teniendo esto claro todo lo demás se derivará como una consecuencia. Nada puede ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón, en nuestra vida. Es lo que tenemos que examinar en nosotros y veremos entonces si en verdad amamos a Dios sobre todas las cosas y como consecuencia amamos también a nuestro prójimo como El nos enseña. Muchas cosas pueden ocupar el lugar de Dios en nosotros, empezando por nuestro amor propio, ese orgullo que se nos mete dentro y que nos quiere hacer dioses.
Pero serán también tantos apegos que tenemos en nuestro corazón y que convertimos en tan esenciales en nuestra vida que sin ellos parece que nada somos ni nada valemos. Claro que con esos apegos el otro, la otra persona, quizá importará poco y de ahí nuestro desamor, de ahí nuestra intolerancia, de ahí nuestras violencias, de ahí se derivarán tantas cosas con las que hacemos daño a las otras personas.
Que Dios sea el único Señor de nuestra vida y veremos cómo somos felices y haremos felices a cuantos nos rodean. Es la verdadera sabiduría que en Dios encontraremos.

jueves, 3 de marzo de 2016

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

En todas las cosas que hacemos hemos de estar atentos siempre y prestar la debida atención; somos conscientes de que cuando hacemos las cosas con rutina terminamos no fijándonos en lo que hacemos y al final las cosas salen mal.
Esto lo aplicamos al trabajo que hacemos que por muy rutinario que sea por hacer siempre lo mismo, sin embargo hemos de prestarle atención, pero lo podemos aplicar a muchos aspectos de nuestra vida; serán nuestras relaciones con los demás en la convivencia con aquellos que están más cercanos a nosotros a los que tenemos el peligro de no prestarles la debida atención teniendo una palabra amable con ellos, sabiendo dar gracias por algo que nos hacen, o tener un detalle de delicadeza, pero podemos pensar en nuestro desarrollo personal, en las actitudes que como personas hemos de tener, en ese crecimiento de nuestra vida tratando de progresar de verdad en valores y en cosas buenas, en la superación de nuestros fallos o defectos.
Es esa necesaria vigilancia para estar atentos, para revisar continuamente lo que vamos haciendo, para irnos trazando metas y objetivos que nos hagan crecer y madurar, para prever también los peligros y problemas que nos pueden acechar. Nos conoceremos así mejor, veremos nuestras posibilidades, como veremos también donde están las partes débiles de nuestra vida donde mayor atención y prevención quizá hemos de tener.
Es la vigilancia también en nuestra vida espiritual que da sentido profundo y trascendencia a nuestra vida; es la vigilancia en todo lo que ha de ser vivir el sentido cristiano de la vida en aquello que hacemos y que da verdadero color a nuestro yo más profundo. En eso algunas veces somos abandonados porque nos creemos que con hacer como siempre hacemos ya está todo logrado.
Un cristiano de verdad siempre ha de estar confrontando su vida con el evangelio, con la Palabra de Jesús para ir descubriendo lo que Dios nos pide cada día y la mejor respuesta que hemos de dar con nuestra vida cristiana. Y en eso somos muy rutinarios, nos contentamos con poco, no terminamos de avanzar como deberíamos y así rehuimos el esfuerzo, el compromiso, lo que signifique superación o corrección de nuestros fallos o errores.
Es lo que nos suele pasar con las tentaciones que nos aparecen en la vida y que no somos capaces de superar. Hoy en el evangelio Jesús nos previene. Nos habla del enemigo que nos puede atacar en cualquier momento, aunque ya en otras ocasiones hayamos sido capaces de superarle y vencer en la tentación. Nos confiamos y nos aparece de nuevo la tentación y el tropiezo cuando menos lo esperamos.
Es necesario fortalecernos espiritualmente, como nos  sugiere Jesús hoy con sus palabras. Una fortaleza que encontramos no solo en la fuerza de nuestra voluntad, sino que hemos de ser capaces de saber encontrar en la gracia del Señor. Y para eso necesitamos orar más, necesitamos abrirnos con mayor intensidad a la Palabra del Señor, a su Evangelio, necesitamos dejarnos aconsejar por aquellas buenas personas que están a nuestro lado y siempre tendrán una palabra de ánimo pero también una palabra que nos ayude a  encontrar caminos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Muchas veces, por decirlo así, nos hacemos rebeldes. Nos cuesta aceptar que nos pongan normas, que tengamos que cumplir leyes y preceptos; nos volvemos en ocasiones anárquicos y queremos hacer solo aquello que nos apetezca. Es una tentación fácil que nos aparece muchas veces en la vida, sobre todo cuando al someternos a unas normas se nos hace difícil desde esa rebeldía interior en que nos parece que lo que nosotros ideamos o apetecemos es mejor o cuando nuestros caprichos parece que son los que tienen que prevalecer.
Pero desde una elemental reflexión somos conscientes de que no caminamos solos en la vida que compartimos con los demás; no hacemos solos el camino sino que caminamos juntos al paso de los demás; y para hacer ese camino juntos que es nuestra convivencia de cada día necesitamos un respeto mutuo, un valorarnos los unos a los otros, un saber colaborar, el no hacer nada que pueda impedir el camino feliz de los demás, porque ya no se trata de que sea feliz yo solo sino que esa felicidad compartida es mayor y mejor para todos. Y otro eso se traduce en lo que llamaríamos unas normas de convivencia, en unos parámetros que nos ayudarían a hacer ese camino y a preservar esa dicha y felicidad de la convivencia. Y eso que pensamos en esa convivencia con los más cercanos lo traducimos en lo que ha de ser la vida de toda la sociedad.
Pero nuestra vida tiene una trascendencia aun mayor, desde un sentido espiritual, y desde el sentido de vida de un creyente. No solo dependemos de esa dependencia (valga la redundancia) de nuestra relación con los demás, sino que nos trascendemos hacia el que es el Creador de la vida y de nuestras vidas, en el que es así el Señor de nuestra vida. En El vamos a encontrar ese profundo sentido de nuestra existencia, en El vamos a encontrar el cauce verdadero de la verdadera y autentica felicidad del hombre. Lo llamamos ley natural o lo llamamos ley divina impresa en nuestros corazones, pero lo que Dios quiere de nosotros es esa dicha y felicidad y para eso nos traza sus caminos. Es la ley del Señor que llamamos los mandamientos del Señor.
Hoy nos decía el libro del Deuteronomio que los mandatos del Señor son ‘nuestra sabiduría y nuestra inteligencia’ y es así cumpliendo los mandamientos del Señor cómo nos hacemos un pueblo sabio e inteligente. No son caprichos de Dios, sino que es la Sabiduría de Dios que quiere el bien del hombre. No es por nuestra parte un sometimiento ciego sino encontrar ese sentido que nos lleve a un camino de mayor plenitud que será de mayor felicidad para todos. No es tampoco el camino de nuestros caprichos el que nos va a llevar a la mejor felicidad.
Jesús nos dice en el evangelio que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y que nuestra grandeza la vamos a encontrar en esa fidelidad a ese camino que nos conduce a esa plenitud. Jesús quiere en verdad purificar nuestros corazones, quiere que en verdad busquemos lo que verdaderamente es importante, que no vayamos por caminos de cosas superfluas, que le demos un verdadera sentido a todo aquello que hacemos.
Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios, llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.