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martes, 8 de marzo de 2016

Cristo viene a nosotros para levantarnos de nuestra invalidez y hacer renacer la esperanza en el encuentro con la misericordia divina

Cristo viene a nosotros para levantarnos de nuestra invalidez y hacer renacer la esperanza en el encuentro con la misericordia divina

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16

Hay momentos en la vida que parece que perdemos toda esperanza. Nos cuesta avanzar, no encontramos salidas prontas, todo parece que se nos vuelve en contra, nos sentimos imposibilitados. Y no son solo las imposibilidades físicas que podamos tener o sufrir desde nuestras limitaciones corporales, sino que puede estar en ocasiones dentro de nosotros mismos porque no encontramos un sentido a lo que nos pasa o nos sentimos sin fuerzas para luchar; pero en ocasiones esas limitaciones las encontramos en nuestro entorno, las circunstancias que vivimos, o las mismas personas que nos rodean; no encontramos quizá el apoyo que necesitamos, esa mano que se tienda a nosotros para ayudarnos a levantarnos, esas espaldas quizás que se nos vuelven en contra.
Necesitamos una fuerza interior muy grande para superar esas situaciones, necesitamos una luz que nos ilumine y nos haga comprender, necesitamos esa fuerza que nos viene de lo alto que es la que verdaderamente nos va a levantar.
El  evangelio hoy nos habla de un hombre que está postrado en su camilla por su invalidez; espera, aunque parece que hay perdido ya toda esperanza, que las aguas milagrosas de la piscina se muevan y pueda llegar a tiempo de ser el primero para poderse curar. El no tiene fuerzas en su invalidez para llegar, pero nadie le ayuda; cuando solo por si mismo logra llegar ya otros se le han adelantado. Allí está hundido en sus negruras treinta y ocho años ya.
Vendrá hasta él quien le pueda hacer renacer sus esperanzas. ‘¿Quieres curarte?’ Parece quizás una pregunta sin sentido, una pregunta innecesaria porque todo el mundo puede ver su situación. Pero allí está quien le tiende la mano y lo pone a caminar. ‘¡Levántate, toma tu camilla y echa a andar!’ ¿Podrá hacerlo? ¿Le quedarán fuerzas en sus piernas después de tantos años de inmovilidad no solo para andar sino también para cargar su camilla? Una fuerza poderosa lo está levantando y toda su vida va a cambiar, aunque él no sabe aún quien le está poniendo a caminar.
¿Escucharemos nosotros esa voz que también nos levanta y nos pone a caminar? Porque también en nosotros hay mucha invalidez, muchas limitaciones que nos coartan, que nos impiden ser libres de verdad, que nos hacen ponernos en camino. Nos hemos creado o nos hemos encontrado quizá en nuestro entorno muchas vallas que tenemos que aprender a superar. También en ocasiones nos vemos hundidos y todo son negruras porque muchas cosas parece que tenemos en contra. Dentro de nosotros mismos hay también unos pesos muertos que nos llenan de muerte, que nos quitan la ilusión y la esperanza, que nos hacen retroceder en lugar de avanzar. También pesa en nuestro corazón el pecado con sus negruras que nos ata, que nos esclaviza, que nos aleja de la luz y nos impide alcanzar la vida verdadera.
Cristo viene a nuestro encuentro. Llega de mil maneras, aunque algunas veces no seamos capaces de reconocerlo, pero el va poniendo muchas señales en nosotros, en nuestra vida, en nuestro entorno para que aprendamos a levantarnos, para que sintamos la fuerza que El nos da, que nos hace superarnos, que nos impulsa a buscar la luz y la vida.
También a nosotros nos dice ‘toma tu camilla, levántate, echa a andar’. Con nosotros está su gracia, su fuerza, la vida divina que nos regala. Aunque nos sintamos culpables porque hayamos echado encima de nosotros el peso de nuestros pecados, El viene con su luz y su gracia y nos levanta. También a nosotros nos dice como a aquel paralítico ‘anda no peques más’, o como al otro que descendieron desde el techo ‘tus pecados están perdonados’. En nosotros renace de nuevo la luz de la esperanza en el encuentro con la misericordia divina.

lunes, 7 de marzo de 2016

El encuentro de fe con Jesús nos llena de vida y nos pone siempre en camino para ir al encuentro con los demás y llevarles vida

El encuentro de fe con Jesús nos llena de vida y nos pone siempre en camino para ir al encuentro con los demás y llevarles vida

Isaías 65,17-21; Salmo  29; Juan 4,43-54
No es fácil que ante una palabra que me diga alguien sobre lo que tengo que hacer yo inmediatamente me decida a realizarlo. Se necesita una confianza grande para fiarse de alguien así a la primera palabra que nos diga. Queremos sopesar bien lo que se nos dice, los pros y los contras que pueda haber en lo que debo realizar antes de decidirse uno, porque a ciegas así uno no se deja conducir.
Sin embargo hoy en el evangelio escuchamos que aquel hombre que había acudido a Jesús con el problema de la enfermedad grave de su hijo, ante una sola palabra de Jesús, acepta y se pone en camino. El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, nos dice el evangelista. Pero es que aquel hombre había acudido con fe a Jesús. Había subido desde Cafarnaún a Caná donde se encontraba en estos momentos Jesús ‘y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.  
Una hermosa lección y mensaje para la confianza y la fe que hemos de poner en Jesús en nuestra oración. Se uniría este pasado a todos aquellos otros momentos en que Jesús nos habla de la oración y de la perseverancia con que hemos de orar, de la seguridad de cómo siempre somos escuchados, y de la manera cómo hemos de hacer nuestra oración con una grande humildad. Recientemente escuchábamos la oración del publicano que subió al templo al mismo tiempo que el fariseo y como el publicano que humildemente se reconocía pecador delante del Señor bajó a su casa realmente justificado.
Pero creo que también el mensaje nos está enseñando cómo hemos de saber ponernos en camino. Sí, ponernos en camino, porque la fe que tenemos en Jesús no nos permite quedarnos insensibles e impasibles con los brazos cruzados.
Ponernos en camino tras el encuentro con el Señor para ir al encuentro con los demás; ponernos en camino porque tenemos un mensaje que trasmitir; ponernos en camino porque el amor nos hace activos ante las necesidades y sufrimientos de los demás; ponernos en camino para ser capaces de superarnos, de luchar, de no dejarnos arrastrar por la frialdad y la rutina, de no dejarnos vencer por tantos apegos que se nos meten en el alma y que son como rémoras que no nos dejan avanzar.
Nos fiamos de la Palabra de Jesús porque en El ponemos toda nuestra fe. Sabemos que el encuentro con El será siempre para vida y esa vida tenemos que llevarla también a los demás. Nos fiamos de Jesús y siempre queremos estar en camino. Así proclamaremos la gloria del Señor.

domingo, 6 de marzo de 2016

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Una manifestación de que Dios es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32
Pensamos que están lejos solo los que física o geográficamente se han alejando de un punto determinado, del lugar en que nos hallamos, o de las personas con las que han relacionarse; muchas veces sucede, sin embargo, que sin alejarnos físicamente nuestra distancia es muy grande porque situamos barreras entre nosotros o nuestro corazón se ha endurecido de tal manera que somos incapaces de entrar en una auténtica relación.
Creo que somos conscientes de ello porque qué distantes estamos tantas veces de los que más cerca están de nosotros porque no nos comunicamos, porque nos entra la desconfianza en el corazón, porque nuestras miradas no son limpias, porque hacemos el camino cada uno muy por su lado sin saber realmente lo que el otro piensa o quiere. Un vivir con esas distancias, aunque tratemos de acostumbrarnos o entretenernos con muchas cosas, realmente es algo difícil y muchas veces desconcertante.
¿Sabemos realmente lo que piensan las personas de nuestro entorno y cuales son sus expectativas e ilusiones? ¿Qué sabemos de sus problemas, de sus luchas interiores, de sus esperanzas o de sus angustias? Por aquí podríamos hablar de muchas cosas, de muchas soledades, de muchas frustraciones, de muchos sufrimientos callados en el corazón de cada uno. Mucho de eso hay en el mundo que nos rodea, pero nuestra distancia la ponemos cerrando los ojos para no ver y no saber.
Pero vayamos al evangelio que se nos propone en este cuarto domingo de cuaresma. Una parábola que nos habla de un padre y dos hijos. Un padre con un amor de padre tan grande que nada ni nadie podrá arrancarle la ternura que se desborda de su corazón. Ya veremos. Y dos hijos que parece que recorren caminos muy divergentes pero que pronto descubriremos que son en cierto modo convergentes por las distancias que van poniendo o quieren poner en sus corazones endurecidos.
Uno marcha lejos, incluso físicamente porque marchará por otros lugares poniendo distancias del amor del padre que no sabe comprender porque quiere recorrer a su manera los caminos de la vida haciendo sus propios caminos, pero que en el vacío y la soledad a la que llegará un día le hará sentir de nuevo en su corazón el hambre por el amor de su padre.
El otro no se marcha, pero está lejos en su corazón y aunque cercano al padre no sabe disfrutar de su amor, porque su corazón se ha endurecido y todo en su interior son exigencias y recelos, desconfianzas y negruras que le hacen incapaz de disfrutar del amor y de repartir amor. Hemos bien escuchado los diálogos llenos de resentimientos con su padre al final de la parábola.
Pero en medio está la ternura del amor del padre que le hace esperar pacientemente la vuelta del que se ha marchado lejos para salirle al encuentro con un abrazo y una fiesta de amor y de perdón, o le hará ir también al encuentro del que ahora no quiere entrar a la fiesta para ayudarle a comprender lo que es el amor verdadero.
Es el retrato de la misericordia de Dios, que nos espera, que nos llama, que nos busca, que nos sale al encuentro tantas veces en ese camino que tanto nos cuesta hacer para reconocer nuestras lejanías y para descubrir lo que es el verdadero amor.
Y escuchando y meditando estas palabras de Jesús tenemos que ser capaces de mirarnos con toda sinceridad, no haciendo disimulos ni poniendo tapujos para reconocer nuestros caminos equivocados cuando los queremos hacer a nuestra manera y que nos llevan a la soledad más terrible, a la indignidad más rabiosa porque nos sentimos manipulados ya sea por nuestras propias pasiones o por la injusticia de los demás, a la insensibilidad del corazón que se endurece y ya no es capaz de mirar al que camina a nuestro lado como un hermano sino que siempre nos parecerá un contrincante contra el que luchar, al hambre del amor verdadero aunque a veces erremos el camino o no seamos capaces de vislumbrar claramente hasta donde llega el amor que Dios nos tiene para acogernos y darnos su abrazo de paz y de perdón.
No nos queda otra cosa que decir ‘Padre, he pecado’, me he alejado de ti, y aunque no lo merezco quiero volver a tu amor. Sí, es una invitación a saborear el amor de Dios para aprender a tener también un corazón misericordioso con los demás.
Es el Padre bueno que nos ama y nos perdona; es el Padre bueno que viene a nuestro encuentro; es el Padre que nos ayuda a encontrar con los otros mirándolos siempre como hermanos; es el Padre bueno que nos pone en un camino de vida que es amor; es el Padre bueno que nos enseña a romper barreras para hacer que nos sintamos siempre cerca al calor del amor; es al Padre bueno que nos llena e inunda con la alegría del amor verdadero, hace fiesta a nuestra vuelta, pero nos invita a entrar siempre en la fiesta del amor de los hermanos. Claro que tenemos que decir: ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’.

sábado, 5 de marzo de 2016

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Humildes nos reconocemos pecadores en la presencia del Señor para sentirnos justificados en su misericordia

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno… yo no tengo pecados. Lo habremos escuchado muchas veces o también lo hemos pensado más de una vez y hasta lo hemos dicho. Yo soy bueno, no tengo pecados, de qué me voy a confesar. Seamos sinceros, ya el solo pensarlo nos está dando unos aires de suficiencia que nos eleva sobre pedestales. Y se nos mete el orgullo dentro, y comenzamos a hacer comparaciones, y comenzamos a mirar a los otros y los vemos con tantos defectos, y nosotros somos buenos. Da que pensar.
Si vamos por ese camino ¿para que necesitamos a Dios? Si vamos por ese camino no necesitamos que venga Jesús con su misericordia a nosotros, porque ¿de qué nos va a perdonar? Si vamos por ese camino nos llenamos de tanta autosuficiencia que nos convertimos en reyes y dioses de nosotros mismos y también al final queremos ser reyes para los demás; si vamos por ese camino y llegáramos a ver algo bueno en los otros, pronto nos corroerá la envidia por dentro y queremos destruir cuanto pudiera hacernos sombra; si vamos por ese camino terminaremos avasallando a cuanto nos rodee, pero al final quizá terminaremos destrozándonos a nosotros mismos porque con nuestras ínfulas, ¿quién nos va a aguantar? Nada hay más odioso y repulsivo que un corazón autosuficiente y orgulloso que se sube en su pedestal a nuestro lado.
Nos dice el evangelio hoy que Jesús propone una parábola por ‘algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y ya conocemos la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar. Allí estaba el fariseo de pie delante de todos recordando lo bueno que era, las cosas buenas que hacia, con sus aires de superioridad despreciando a los demás que sí son unos pecadores. Mientras el publicano se sentía pequeño y allá en un rincón pedía a Dios que tuviera misericordia con él. ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’, repetía una y otra vez.
No digo que no tengamos que reconocer lo bueno que haya en nuestra vida para dar gracias a Dios. Sería orgullo el no reconocerlo. Pero el reconocimiento de lo que somos, de nuestros valores o de las cosas buenas que hacemos ha de ser con humildad. Alabamos al Señor que nos regala su gracia para cuanto bueno hacemos y de cuanto malo nos apartamos. Pero en esa humildad seguimos mirando cuantas cosas pueden manchar nuestra vida y de lo que hemos de pedir la misericordia del Señor.
Es el Señor compasivo y misericordioso el que nos justifica. Así hemos de acogernos siempre a la bondad y a la misericordia del Señor. Así con humildad y con espíritu misericordioso caminamos junto a los hermanos que también siendo pecadores imploran esa misericordia del Señor. Somos un pueblo pecador que nos acogemos a la gracia del Señor. Que podamos salir siempre de la presencia del Señor justificados y llenos de su gracia porque humildes ante El nos hemos reconocido pecadores.

viernes, 4 de marzo de 2016

Nuestra verdadera sabiduría está en reconocer que Dios es nuestro único Señor y seremos felices y haremos felices a cuantos nos rodean

Nuestra verdadera sabiduría está en reconocer que Dios es nuestro único Señor y seremos felices y haremos felices a cuantos nos rodean

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Es de sabios saber ir a lo fundamental y esencial no quedándose en rodeos ni en cosas que no son fundamentales. De alguna manera todos tendemos a eso; si muchas veces nos quedamos dando rodeos o en las cosas que no son tan fundamentales es quizá por falta de conocimiento, quizá también debido a una cierta superficialidad con que nos tomamos la vida, o por esa tendencia a lo que llamamos la ley del mínimo esfuerzo y no somos capaces de aplicarnos seriamente en esa búsqueda de lo que es lo esencial. Ir al grano, como solemos decir y no quedarnos en la paja es lo que tendríamos que saber hacer. El verdadero sabio sabe resumir quizá en una frase o en un principio lo que otros necesitarían de muchas palabras y explicaciones suntuosas para reflejarlo.
Un maestro de la ley se acerca a Jesús, vemos hoy en el evangelio, preguntando por lo que es lo fundamental, el mandamiento principal. Sabemos que muchas veces esas preguntas de los escribas a Jesús eran en cierto modo tendenciosas, porque realmente como maestros de ley que eran tenía que ser algo que habían de tener muy claro. Jesús le responde yendo a lo que allá en la escritura estaba reflejado como ese mandamiento principal. No cabía ninguna réplica a la respuesta de Jesús aunque luego veremos cómo el escriba trata de dar como una aprobación a las palabras de Jesús, por eso sospechamos de sus preguntas tendenciosas.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’. Jesús le está respondiendo con las palabras del Deuteronomio y del Levítico.
¿Cuál realmente es el punto principal de esta respuesta de Jesús, de esta formulación? El escriba está preguntando por lo fundamental, por el mandamiento principal, pero fijémonos que no es tanto el mandamiento lo que es esencial sino la primera afirmación que es una proclamación de fe de la que se derivará el mandamiento del amor a Dios. ‘El Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Ahí está lo fundamental, lo esencial. Esa proclamación de fe que reconoce el señorío del único Dios.
Y eso era importante en aquel mundo en que Vivían rodeados de pueblos que tenían muchos dioses. ‘El Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. El único Dios, el único Señor, el que en verdad tendría que ser el único centro de nuestra vida, de nuestra existencia, de todas las cosas. Y a ese Dios que es único no solo hemos de adorar y reconocer sino que hemos de amar y no con un amor cualquiera sino con un amor por encima de todas las cosas, ‘un amor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser’.
Nos preguntamos también nosotros por lo esencial, lo fundamental. Comencemos por ese reconocimiento de Dios como único Señor de nuestra vida. Teniendo esto claro todo lo demás se derivará como una consecuencia. Nada puede ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón, en nuestra vida. Es lo que tenemos que examinar en nosotros y veremos entonces si en verdad amamos a Dios sobre todas las cosas y como consecuencia amamos también a nuestro prójimo como El nos enseña. Muchas cosas pueden ocupar el lugar de Dios en nosotros, empezando por nuestro amor propio, ese orgullo que se nos mete dentro y que nos quiere hacer dioses.
Pero serán también tantos apegos que tenemos en nuestro corazón y que convertimos en tan esenciales en nuestra vida que sin ellos parece que nada somos ni nada valemos. Claro que con esos apegos el otro, la otra persona, quizá importará poco y de ahí nuestro desamor, de ahí nuestra intolerancia, de ahí nuestras violencias, de ahí se derivarán tantas cosas con las que hacemos daño a las otras personas.
Que Dios sea el único Señor de nuestra vida y veremos cómo somos felices y haremos felices a cuantos nos rodean. Es la verdadera sabiduría que en Dios encontraremos.

jueves, 3 de marzo de 2016

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Necesitamos fortalecernos espiritualmente manteniendo el ritmo de nuestra vida cristiana para vivir el camino de santidad que nos haga crecer de verdad

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

En todas las cosas que hacemos hemos de estar atentos siempre y prestar la debida atención; somos conscientes de que cuando hacemos las cosas con rutina terminamos no fijándonos en lo que hacemos y al final las cosas salen mal.
Esto lo aplicamos al trabajo que hacemos que por muy rutinario que sea por hacer siempre lo mismo, sin embargo hemos de prestarle atención, pero lo podemos aplicar a muchos aspectos de nuestra vida; serán nuestras relaciones con los demás en la convivencia con aquellos que están más cercanos a nosotros a los que tenemos el peligro de no prestarles la debida atención teniendo una palabra amable con ellos, sabiendo dar gracias por algo que nos hacen, o tener un detalle de delicadeza, pero podemos pensar en nuestro desarrollo personal, en las actitudes que como personas hemos de tener, en ese crecimiento de nuestra vida tratando de progresar de verdad en valores y en cosas buenas, en la superación de nuestros fallos o defectos.
Es esa necesaria vigilancia para estar atentos, para revisar continuamente lo que vamos haciendo, para irnos trazando metas y objetivos que nos hagan crecer y madurar, para prever también los peligros y problemas que nos pueden acechar. Nos conoceremos así mejor, veremos nuestras posibilidades, como veremos también donde están las partes débiles de nuestra vida donde mayor atención y prevención quizá hemos de tener.
Es la vigilancia también en nuestra vida espiritual que da sentido profundo y trascendencia a nuestra vida; es la vigilancia en todo lo que ha de ser vivir el sentido cristiano de la vida en aquello que hacemos y que da verdadero color a nuestro yo más profundo. En eso algunas veces somos abandonados porque nos creemos que con hacer como siempre hacemos ya está todo logrado.
Un cristiano de verdad siempre ha de estar confrontando su vida con el evangelio, con la Palabra de Jesús para ir descubriendo lo que Dios nos pide cada día y la mejor respuesta que hemos de dar con nuestra vida cristiana. Y en eso somos muy rutinarios, nos contentamos con poco, no terminamos de avanzar como deberíamos y así rehuimos el esfuerzo, el compromiso, lo que signifique superación o corrección de nuestros fallos o errores.
Es lo que nos suele pasar con las tentaciones que nos aparecen en la vida y que no somos capaces de superar. Hoy en el evangelio Jesús nos previene. Nos habla del enemigo que nos puede atacar en cualquier momento, aunque ya en otras ocasiones hayamos sido capaces de superarle y vencer en la tentación. Nos confiamos y nos aparece de nuevo la tentación y el tropiezo cuando menos lo esperamos.
Es necesario fortalecernos espiritualmente, como nos  sugiere Jesús hoy con sus palabras. Una fortaleza que encontramos no solo en la fuerza de nuestra voluntad, sino que hemos de ser capaces de saber encontrar en la gracia del Señor. Y para eso necesitamos orar más, necesitamos abrirnos con mayor intensidad a la Palabra del Señor, a su Evangelio, necesitamos dejarnos aconsejar por aquellas buenas personas que están a nuestro lado y siempre tendrán una palabra de ánimo pero también una palabra que nos ayude a  encontrar caminos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Muchas veces, por decirlo así, nos hacemos rebeldes. Nos cuesta aceptar que nos pongan normas, que tengamos que cumplir leyes y preceptos; nos volvemos en ocasiones anárquicos y queremos hacer solo aquello que nos apetezca. Es una tentación fácil que nos aparece muchas veces en la vida, sobre todo cuando al someternos a unas normas se nos hace difícil desde esa rebeldía interior en que nos parece que lo que nosotros ideamos o apetecemos es mejor o cuando nuestros caprichos parece que son los que tienen que prevalecer.
Pero desde una elemental reflexión somos conscientes de que no caminamos solos en la vida que compartimos con los demás; no hacemos solos el camino sino que caminamos juntos al paso de los demás; y para hacer ese camino juntos que es nuestra convivencia de cada día necesitamos un respeto mutuo, un valorarnos los unos a los otros, un saber colaborar, el no hacer nada que pueda impedir el camino feliz de los demás, porque ya no se trata de que sea feliz yo solo sino que esa felicidad compartida es mayor y mejor para todos. Y otro eso se traduce en lo que llamaríamos unas normas de convivencia, en unos parámetros que nos ayudarían a hacer ese camino y a preservar esa dicha y felicidad de la convivencia. Y eso que pensamos en esa convivencia con los más cercanos lo traducimos en lo que ha de ser la vida de toda la sociedad.
Pero nuestra vida tiene una trascendencia aun mayor, desde un sentido espiritual, y desde el sentido de vida de un creyente. No solo dependemos de esa dependencia (valga la redundancia) de nuestra relación con los demás, sino que nos trascendemos hacia el que es el Creador de la vida y de nuestras vidas, en el que es así el Señor de nuestra vida. En El vamos a encontrar ese profundo sentido de nuestra existencia, en El vamos a encontrar el cauce verdadero de la verdadera y autentica felicidad del hombre. Lo llamamos ley natural o lo llamamos ley divina impresa en nuestros corazones, pero lo que Dios quiere de nosotros es esa dicha y felicidad y para eso nos traza sus caminos. Es la ley del Señor que llamamos los mandamientos del Señor.
Hoy nos decía el libro del Deuteronomio que los mandatos del Señor son ‘nuestra sabiduría y nuestra inteligencia’ y es así cumpliendo los mandamientos del Señor cómo nos hacemos un pueblo sabio e inteligente. No son caprichos de Dios, sino que es la Sabiduría de Dios que quiere el bien del hombre. No es por nuestra parte un sometimiento ciego sino encontrar ese sentido que nos lleve a un camino de mayor plenitud que será de mayor felicidad para todos. No es tampoco el camino de nuestros caprichos el que nos va a llevar a la mejor felicidad.
Jesús nos dice en el evangelio que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y que nuestra grandeza la vamos a encontrar en esa fidelidad a ese camino que nos conduce a esa plenitud. Jesús quiere en verdad purificar nuestros corazones, quiere que en verdad busquemos lo que verdaderamente es importante, que no vayamos por caminos de cosas superfluas, que le demos un verdadera sentido a todo aquello que hacemos.
Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios, llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

martes, 1 de marzo de 2016

Aprendamos el camino de la misericordia porque sentimos cuán grande es la misericordia que Dios tiene con nosotros

Aprendamos el camino de la misericordia porque sentimos cuán grande es la misericordia que Dios tiene con nosotros

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35

‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ La pregunta de Pedro que a veces nos parece retórica y otras veces nos parece un tanto infantil. ¿Es que tenemos que estar contando las veces que le tengo que perdonar a los demás? O más bien quizá nos preguntamos, ¿por qué tengo que perdonar si el otro me ha ofendido y me ha hecho daño? Con esa persona no tengo por qué tener más tratos, tenemos la tentación de pensar. O también muchas veces nos decimos y creemos que hemos llegado ya a grandes cosas que perdonar sí, pero olvidar no.
Es una cuestión que sigue produciéndonos en nuestro interior preguntas e intranquilidades, porque aunque tratemos de justificarnos al final no estamos tan tranquilos cuando seguimos manteniendo en nosotros reticencias, resentimientos, rencores que a la larga nos están haciendo daño en nuestro interior.
¿Por qué tengo que perdonar?, quizá nos preguntamos. Y es que nuestro camino es el camino del amor, el único camino que nos puede conducir a una mayor plenitud de vida. Y el que ama de verdad sabe comprender y hasta sabe disculpar; el que ama de verdad comprende las debilidades, porque primero que nada las ve en sí mismo; el que ama de verdad mira con una mirada nueva y distinta al que está a su lado; el que ama de verdad sabe ser humilde para ser capaz de reconocer sus propios errores; el que ama de verdad en consecuencia de todo esto aprende a perdonar.
De ahí la respuesta de Jesús. ‘No setenta, sino setenta veces siete’, con lo que Jesús nos está enseñando que hemos de perdonar siempre. No es fácil, tenemos que reconocer porque está nuestro amor propio herido, porque están nuestros orgullos, porque está esa sensación de haberse sentido humillado cuando te ofendieron.
Por eso hemos de mirar al amor. Y al amor que tenemos que mirar es al amor que Dios nos tiene, reconociendo cuan indignos somos nosotros porque somos tan débiles y tan pecadores. Una y otra vez hemos ofendido al Señor alejándonos de sus caminos y de su ley, alejándonos de su amor y una y otra vez se ha acercado el Señor a nosotros, cual padre bueno, como el padre bueno de la parábola para ofrecernos el abrazo de su amor y de su perdón.
¿No nos ha enseñado Jesús a ser compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso? ¿No nos dijo Jesús que cuando alguien te ofender has de amar al que te ha ofendido y hasta rezar por él? ¿No nos ha enseñado a llamar Padre a Dios cuando oramos, pidiéndole perdón por lo que le hemos ofendido pero diciendo que también nosotros queremos perdonar?
Aprendamos a recorrer el camino de la misericordia, sintiendo la misericordia de Dios sobre nosotros para ser nosotros también misericordiosos con los demás. En este año de la misericordia ha de ser un compromiso muy concreto para nuestra vida.


lunes, 29 de febrero de 2016

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30

Peligroso es ponerle vallas a los horizontes de la vida, pero algunas veces quizá inconscientemente se las ponemos. Una mirada que nos cierre el horizonte nos encierra la vida, nos limita posibilidades, nos impide soñar con plenitud. Necesitamos a abrirnos a algo más que lo que cada día hacemos y vivimos. No podemos quedarnos en la rutina de lo que siempre hacemos o pensando que no hay otra forma, otra mirada más amplia, otra opinión aunque estemos muy convencidos de lo que pensamos y son nuestros principios. Nos hace confrontar ideas y pensamientos, nos enriquece con algo nuevo, nos purifica de rutinas y de apegos, nos hace ir a lo que verdaderamente es fundamental, nos hace ver con más claridad la vida y por lo que luchamos.
Jesús viene a abrirnos horizontes para que encontremos en verdad esa plenitud y ese sentido verdadero a lo que vivimos, por lo que luchamos, lo que somos en verdad. Algunas veces nos cuesta; parece que deseamos simplemente dejarnos llevar por lo que siempre hacemos, pero así vemos cómo nuestra vida se limita, se encierra, perdemos el sueño de algo más grande.
Lo vemos en lo que es nuestra vida personal de cada día en la que al final si no tenemos esos horizontes parece que todo se nos vuelve monótono y aburrido y lo vemos en nuestras comunidades ya sean simplemente nuestras comunidades humanas o ya sea nuestras comunidades eclesiales. De ahí esa atonía que viven nuestros pueblos; de ahí esa atonía que vivimos muchas veces en nuestra Iglesia donde perdemos incluso ese impulso misionero para salir a buscar, a anunciar, a llevar ese mensaje de vida que nos trae Jesús. Nos contentamos en nuestras comunidades eclesiales en los que ya venimos siempre y que seamos buenos, pero nos falta ese coraje para ir al encuentro con nuestro mundo, porque olvidamos esa misión universal que tenemos.
Es lo que les costó aceptar a las gentes de Nazaret. Vivían muy encerrados en sí mismos con unos horizontes muy limitados. Ahora su orgullo se había alimentado cuando habían visto que uno de su pueblo hablaba como hablaba y hacía los prodigios que habían escuchado que iba haciendo por todas partes. Pero cuando Jesús quiere abrirles horizontes, les habla de una universalidad del Reino que ha de llegar más allá de sus fronteras, pero les recuerda que eso ya estaba anunciado con hechos en la misma vida de los profetas, y eso les cuesta aceptarlo. Cuando no ven que Jesús realiza allí los prodigios que en otras partes han escuchado que realiza, les gusta menos. Cuando Jesús viene a descubrirles el sentido de una fe más auténtica, le rechazan. Querían despeñarlo en el barranco del monte.
Jesús viene a ser ese revulsivo en nuestra vida que tanto necesitamos, aunque nos cueste aceptarlo. Abramos en verdad el corazón al evangelio de Jesús y seamos capaces de compartir su mensaje haciéndonos misioneros, portadores de evangelio para los demás. Hagamos en verdad una iglesia misionera, como nos dice el Papa Francisco, seamos capaces de ir a las periferias. E ir a las periferias no siempre significa ir a países lejanos, porque esa periferia la tenemos cerca de casa, en los que nos rodean y conviven con nosotros a los que tenemos que llevar esa esperanza y esa luz del evangelio.

domingo, 28 de febrero de 2016

El mensaje del evangelio quiere llegar de forma muy concreta a nosotros y en el hoy de nuestra vida hemos de dar los frutos de conversión que el Señor nos pide

El mensaje del evangelio quiere llegar de forma muy concreta a nosotros y en el hoy de nuestra vida hemos de dar los frutos de conversión que el Señor nos pide

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9
Nos quedan aun en nuestra mente y en nuestra manera de concebir muchas cosas restos de fatalismo en la concepción de lo que sucede o también ante situaciones dolorosas por las que tengamos que pasar, calamidades o desgracias que tengamos que sufrir un cierto sentimiento de culpabilidad que nos hace ver eso que nos sucede como un castigo de Dios. Qué habrá hecho en la vida para que ahora le sucedan esas desgracias, nos preguntamos muchas veces, o qué he hecho yo para merecer tal castigo. Una imagen de Dios como un destino o como un duro castigador por aquellas cosas malas que hacemos o hayamos hecho en la vida.
Nada más lejos del mensaje del evangelio. Jesús viene a ser luz que nos ilumine, que despierte nuestra conciencia, que nos hace recapacitar para encontrar un sentido, pero para invitarnos con su misericordia y su amor continuamente a la conversión. Ya lo decía el antiguo testamento, pero Jesús viene a reafirmarlo, que Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta de su mala conducta para que encuentre la vida.
Vienen a contarle a Jesús unos hechos luctuosos y desagradables que se ha atrevido a realizar Pilatos en el templo, que los judíos consideraban como una profanación de lo sagrado. No vamos a entrar aquí a ver exactamente lo que ha sucedido sino que eso se lo dejamos a los exegetas. Pero veamos el comentario de Jesús ante cierta manera de pensar de la gente de su tiempo – y como decíamos antes aun nosotros en muchas ocasiones seguimos pensando igual – que quiere hacerles reflexionar para no ver culpabilidades donde no las hay. ¿Eran más o menos pecadores aquellos a los que le sucedieron estas cosas?,  y les recuerda Jesús un accidente acaecida no hace mucho tiempo.
No es la manera de actuar de Dios castigando y quitando de en medio al que haya hecho mal, como nosotros algunas veces nos planteamos ante las injusticias que vemos en nuestro entorno y que nos pueden hacer sufrir. Pero también hemos de decir que de todo cuanto nos sucede hemos de aprender la lección. En todas las cosas podemos ver una llamada de atención, podemos escuchar la voz de Dios que nos habla también a través de los acontecimientos y nos invita continuamente a caminos de mayor fidelidad.
Jesús nos propone una pequeña parábola; el hombre que va buscar fruto a la higuera que tiene en su huerta y al no encontrar fruto en ella decide cortarla; pero allí está el paciente labrador que le dice que espere, que tenga paciencia, que la va a abonar de nuevo, esperando que dé fruto.
Pensemos en nuestra vida, en la que no siempre damos el fruto que se espera de nosotros, nuestra vida llena de pecados y de infidelidades, nuestra vida que no termina de producir esos frutos del cambio que se espera de nosotros, nuestra vida llena de rutinas, de frialdades, de espíritu pobre a pesar de cuanto recibimos del Señor.
Pensemos en la gracia que el Señor ha derrochado en nosotros en todo lo que ha sido nuestra vida; cuantas veces hemos escuchado la Palabra de Dios que nos señala los caminos que hemos de seguir para ser en verdad fieles al espíritu del Evangelio; cuanta gracia se ha derramado en nosotros en los sacramentos que a lo largo de nuestra vida hemos recibido desde nuestro bautismo; cuantas llamadas que hemos sentido en nuestro interior y que si en un primer momento decíamos que íbamos a cambiar, a ser mejores, a corregirnos en aquello malo que hacíamos, luego volvimos a lo de siempre dejándonos arrastrar por la vida y dejándonos vencer por las tentaciones.
¿No será el momento de escuchar esa llamada del Señor en nuestro corazón? Esta Cuaresma que estamos queriendo vivir debía de ser en verdad un despertar en nuestra vida. Esta invitación que estamos recibiendo de la Iglesia en este Año de la Misericordia al que nos ha convocado el Papa tendría que calar hondo en nosotros para abrirnos de verdad a la misericordia del Señor, pero también para impregnarnos de esa misericordia y amor para vivirlo de igual manera también nosotros con los demás.
Esta cuaresma no puede ser una cuaresma más en la que terminemos de la misma manera. Pensemos en ese momento de gracia que es para cada uno en nuestras circunstancias concretas, en lo que es nuestra vida. Es una gracia y una llamada especial. Aunque nos parezca que nuestra vida es la misma que la de otros años, cada momento tiene sus circunstancias y es ahora donde estamos y con lo que vivimos en donde hemos de responder a esa llamada e invitación del Señor. Por eso tenemos que pensar muy bien qué es lo que ahora, en este momento, en estas circunstancias de mi vida, me dice el Señor, me pide el Señor. Y eso hemos de hacerlo de una forma muy concreta, como en cosas muy concretas hemos de dar nuestra respuesta.
¿Cuál es la vuelta de conversión que le hemos de dar a nuestro corazón hoy y ahora?


sábado, 27 de febrero de 2016

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Qué distantes estamos los hombres con nuestras posturas y actitudes ante los demás de lo que es el amor misericordioso de Dios. Siempre estamos poniendo nuestras reticencias y desconfianzas, nuestros prejuicios y nuestras condenas ante lo que no nos gusta de los demás. Andamos con nuestras suspicacias, no nos creemos que el otro pueda cambiar de su vida, marcamos para siempre y no le damos la oportunidad de que pueda comenzar de nuevo con una nueva vida. Nos cuesta comprender lo que es la comprensión y la misericordia y autosuficientes nos creemos siempre los mejores y nos cuesta acercarnos a los demás haciendo discriminaciones con nuestros juicios y actitudes. Tenemos que bajarnos de ese caballo del orgullo de creernos los mejores para saber estar siempre a la altura del otro, porque siempre será mi hermano, aunque me cueste reconocerlo.
Es una primera reflexión que me hago ante el episodio que nos cuenta el evangelio y la parábola que Jesús a continuación nos propone. Nos habla el evangelio – y ese es el episodio – de cómo a Jesús se acercan los publicanos y pecadores para escucharle, y como incluso en otras ocasiones veremos a Jesús tan cerca de ellos que con ellos se sienta a la misma mesa a comer. Era algo incomprensible para los fariseos que se creían justos y no querían juntarse con los que ellos llamaban pecadores porque les parecía que su santidad solo por ese contacto ya podría quedar manchada. ‘Murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos’.
Es por lo que Jesús les propone la parábola que llamamos siempre del hijo pródigo fijándonos sobre todo en el hijo que se marchó de casa pero que tendríamos que llamar del ‘padre misericordioso’ porque es el corazón de Dios lo que Jesús nos quiere retratar. Fácilmente olvidamos en nuestros comentarios y reflexiones la postura del hijo mayor, el que no se fue de casa, pero que retrata muy bien la actitud de aquellos fariseos que por sus comentarios motivan esta parábola de Jesús.
Es cierto que nos vemos en el hijo pródigo, en el hijo pecador que tantas veces nos marchamos de la casa del padre con nuestros pecados; es cierto que tenemos que contemplar ese corazón misericordioso de Dios tan bien retratado en aquel padre que acoge y abraza a su hijo a la vuelta a casa haciendo fiesta porque ha recobrado al hijo perdido, al hijo que consideraba ya muerto; pero es cierto también que tenemos que reconocernos en ese hijo mayor, ‘el bueno’, el que se creía bueno, porque retrata también muchas actitudes nuestras, muchas posturas, nuestros orgullos y autosuficiencias, nuestras justificaciones y hasta nuestras exigencias porque nos consideramos bueno y no merecemos que nos puedan pasar cosas malas.
Nos miramos y vemos nuestra realidad. Pero levantamos nuestros ojos y vemos al Padre bueno que nos busca porque se complace en su misericordia, al Buen Pastor que va a buscar a la oveja perdida, que no es solo la que se fue por los barrancos y los zarzales, sino que quizá allí cerca estamos pero con el corazón muy distante de saborear lo que es el amor, la compasión y la misericordia.
‘El Señor es compasivo y misericordioso’. Saboreemos esa compasión y misericordia siéndolo nosotros con los demás.


viernes, 26 de febrero de 2016

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Un peligro fácil que tenemos es el ponernos como espectadores de las cosas que suceden. Miramos desde lejos como si esas cosas no nos afectaran; si algún mensaje o lección pudiera sacarse de dicho acontecimiento o de aquellas cosas que se hablan o que escuchamos, eso no nos afecta a nosotros y pensamos con toda facilidad que eso le vendría bien a tal o cual persona, pero casi nunca pensamos que eso nos puede afectar, nos debe hacer pensar o ahí hay un mensaje para nuestra vida también.
Y esa actitud de espectadores la podemos tener también ante la Palabra de Dios que escuchamos, ante la que nos quedamos quizá en la belleza del escena con su ternura o los sentimientos que puede provocar, lo importante quizá de aquel acontecimiento pero que miramos como de otro tiempo y que ahora a nosotros por lo menos no nos afecta, o simplemente admiramos la belleza literaria del relato, ya sean las propias palabras de Jesús o sus discursos o parábolas. Y como decíamos antes, si hay un mensaje eso es para los otros y hasta pensamos en personas concretas a las que se les aplicaría muy bien.
Sin embargo en lo que hoy escuchamos aquellos que se enfrentaban a Jesús supieron entender muy bien la parábola que Jesús propone comprendiendo que aquello iba en concreto por ellos. Así reaccionaron. Pero cuidado con lo mismo que venimos diciendo, pensar que la parábola solo estaba dicha por la reacción que el pueblo judío, el pueblo Dios, estaba teniendo con Jesús.
Es cierto, sí, que Jesús estaba plasmando en aquella parábola un resumen de lo que había sido la historia de la salvación, la historia del pueblo de Israel,  pero ¿no tendríamos que decir también que es un resumen de nuestra historia?
Yo quiero pensar, por otra parte, en la ternura que se estaba derramando del corazón de Cristo cuando les estaba proponiendo aquella parábola; era yo diría como un derramarse una vez mas todo el amor del Señor por aquel pueblo al que seguía llamando y seguía ofreciéndole la posibilidad de la respuesta a la salvación que Jesús les ofrecía. Podemos sentir ese dolor lleno de amor, o ese amor inundado al mismo tiempo de dolor en el corazón de Cristo por aquel pueblo al que amaba.
Pero, repito, ¿no tendríamos que sentir que es lo mismo que Jesús ahora nos está ofreciendo a nosotros? ¿No está ahí esa mirada honda, profunda, tremendamente entrañable que Jesús nos está dirigiendo a lo más profundo de nosotros invitándonos a dar una respuesta de amor?  No bajemos la cabeza ni la volvamos para otra parte sino dejemos que los ojos de Jesús penetren profundamente en nosotros, porque nos está haciendo desde la ternura de su corazón una llamada de amor.

jueves, 25 de febrero de 2016

Examinemos si acaso vamos por la vida con la opulencia de lo que tenemos y no somos verdaderamente solidarios con los sufren necesidad a nuestro lado

Examinemos si acaso vamos por la vida con la opulencia de lo que tenemos y no somos verdaderamente solidarios con los sufren necesidad a nuestro lado

Jeremías 17,5-10; Sal 1;  Lucas 16,19-31

Día a día vamos queriendo hacer este camino de Cuaresma que es un camino de renovación de nuestra vida para llegar a celebrar con espíritu renovado y nuevo la Pascua. Cada día nos vamos dejando iluminar por la Palabra de Dios que nos va abriendo caminos, que nos ayuda a revisar con profundidad nuestra vida, que nos llena de la sabiduría de Dios para que aspiremos de verdad a esa santidad que ha de resplandecer en nuestra vida. Un camino que no hacemos solos sino en medio de la comunidad, sintiendo el aliento de tantos hermanos que a nuestro lado caminan, luchan, se esfuerzan por superarse cada día. Un camino que alimentamos con nuestra oración y con esas ofrendas de amor que son nuestros sacrificios que nos purifican y que nos entrenan para esa lucha contra el mal.
Ya desde los primeros momentos se nos hablaba de los ayunos, pero no tanto del ayuno físico o material en el que prescindamos en un momento determinado de unos alimentos – que también hemos de hacerlo – sino dejándonos iluminar profundamente por la palabra del Señor descubríamos esos ayunos del corazón, o esos ayunos de esas actitudes cómodas, insolidarias, violentas u orgullosas que tantas veces se nos meten en el corazón. Esos ayunos que se han de reflejar en esas obras de misericordia, como con tanta insistencia nos está pidiendo la Iglesia en este año de la misericordia.
Ya desde el principio escuchábamos al profeta que nos decía de parte de Dios:  ‘el ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas…partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne…’ Ahí tenemos claro el camino que hoy vemos contrastado con la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas’. 
Ya conocemos el desarrollo de la parábola. No pudo escuchar aquel rico a la hora del juicio ante de Dios aquello de lo que Jesús nos hablará en el alegoría del juicio final. ‘Venid, vosotros, benditos de mi padre a heredar el reino… porque tuve hambre y me disteis de comer… estaba desnudo y me vestisteis…’ Luego vendrán las preguntas, las lamentaciones y las súplicas. ‘Que vaya Lázaro a avisar a mis hermanos para que no caigan en este lugar de tormento’, suplica el rico epulón como lo llamamos. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas ni aunque resucite un muerto van a creer’.
Como decíamos la Palabra que escuchamos es examen y revisión para nuestra vida. La Palabra nos ilumina para que veamos cual es ese verdadero ayuno que hemos de hacer. No es necesario decir muchas cosas. ¿Cuál es nuestra actitud ante el hermano que pasa necesidad a nuestro lado? ¿Cuáles son las acciones concretas que estoy haciendo en este camino de cuaresma para vivir con toda intensidad esas obras de misericordia? Cuidemos no seamos como ‘paja que arrebata el viento... o como matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita’ por la sequedad de nuestro corazón.
¿Qué nos estará pidiendo hoy en este sentido la Palabra del Señor? La respuesta hemos de darla cada uno en la sinceridad del corazón.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Con Jesús necesitamos aprender a no buscar grandezas ni poderes mundanos sino a poner al servicio de los demás nuestros valores y lo que somos

Con Jesús necesitamos aprender a no buscar grandezas ni poderes mundanos sino a poner al servicio de los demás nuestros valores y lo que somos

Jeremías 18, 18-20; Sal. 30; Mateo 20, 17-28
Hay un dicho que dice que al que buen árbol se arrima buena sombra le cobija. Suele emplearse esta expresión en un sentido positivo por ejemplo en el campo educacional para indicar como hemos de ponernos a la sombra de los buenos, de quienes nos pueden dar buenos consejos, de quienes son ejemplares para nosotros por sus valores y lo que nos puedan enseñar de positivo en la vida.
Pero reconocemos también que como todas las cosas algunas veces se puede utilizar un dicho como este de forma interesada cuando somos ambiciones de poder o de glorias en la vida y entonces nos queremos poner a la sombra de los poderosos, de las personas influyentes que nos ayuden a medrar y a conseguir nosotros esos lugares de poder o de honor.
Desgraciadamente vemos demasiadas situaciones así en nuestra sociedad, y en quienes en principio nos parecían que iban con buenos deseos de hacer cambiar las cosas, de mejorar la situación de la sociedad al final los vemos caer en las mismas redes y aprovechándose de su situación vemos a tantos que en nombre de la familiaridad o de la confianza por la amistad van medrando también acogiéndose a esa sombra no por sus valores sino por sus afanes de poder o de grandezas humanas.
Me hace pensar en todo esto lo que nos plantea hoy el evangelio porque algo así podría estar pasando por la cabeza de los discípulos que también andaban en sus disputas por primeros puestos o grandezas humanas en aquel Reino que anunciaba Jesús pero que ellos no acababan de entender.
Ahora mismo vemos situaciones que parecen contradictorias, porque mientras Jesús anuncia que están subiendo a Jerusalén donde va a ser entregado en manos de los gentiles que terminarán crucificándole, aunque el anuncia también el triunfo de la resurrección, sin embargo no parecen entender nada – así lo expresarán incluso los evangelistas en otros momentos paralelos – y allí vemos a la madre de dos de aquellos escogidos como apóstoles por Jesús que está pidiendo para sus hijos lo que quizá ellos llevan en su cabeza y no se atreven a manifestar claramente. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, es la petición de aquella madre ambiciosa que quizá en nombre de la familiaridad que le unía a Jesús por el parentesco viene pidiendo esto para sus dos hijos. Trafico de influencias y nepotismos llamaríamos a esta realidad, hoy tan repetida.
Jesús les hace ver que no entienden nada y mucho es lo que están pidiendo y si son capaces de pasar por la pascua que El ha de pasar. Muy decididos y valientes, pero  no suficientemente conscientes, ellos dirán que están dispuestos a beber del mismo cáliz que Jesús.
Pero veremos inmediatamente la reacción de los demás del grupo que si antes no lo habían manifestado ni atrevido a pedir, ahora se ponen a murmurar entre ellos. Pero allí está Jesús para que terminemos de entender el sentido de su Reino. ¿Lo habremos terminado de aprender bien a pesar de los siglos que han pasado y sin embargo la iglesia se ha manifestado demasiado rodeada de esa aureola de poder y de grandeza a la manera de las grandezas de este mundo? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos.
El Reino de Jesús no es un reino de poder, de grandezas humanas, sino que es el reino del servicio y del amor. Esos son los caminos que hemos de recorrer y que serán los que nos harán verdaderamente grandes. Y Jesús nos dice que no es otra cosa la que El ha venido a hacer. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’.
¿Terminaremos un día de aprender la lección? ¿Será ese de verdad el sentido que le demos a nuestra vida en medio de nuestro mundo al que tenemos que llevar el mensaje de Jesús para hacer que en verdad sea un mundo mejor?

martes, 23 de febrero de 2016

La enseñanza que hemos de trasmitir a los demás es el testimonio de una vida empapada del amor y de la misericordia de Dios

La enseñanza que hemos de trasmitir a los demás es el testimonio de una vida empapada del amor y de la misericordia de Dios

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12
No son las muchas palabras las que nos convencen sino los testimonios que con la vida se nos puedan ofrecer. Sin embargo somos muy dados a las palabras, las explicaciones, las enseñanzas magisteriales y podemos andar en un doble juego porque luego nuestro actuar vaya por otro lado, por otros caminos. Podemos ser unos maestros en la ortodoxia muy estupendos porque nuestras palabras no contienen ningún error y son muy fieles a la doctrina que queramos enseñar, las normas morales que queramos inculcar y nadie podrá echarnos en cara errores o falacias en lo que tratamos de enseñar, pero quizá luego eso no cala en el corazón ni en la vida de aquellos a los que queremos trasmitir nuestras enseñanzas. Es necesario, como decíamos ya desde el principio, el testimonio que podamos ofrecer con nuestra vida.
Es lo que hoy Jesús nos quiere decir por una parte desde la experiencias de los maestros de la ley de su tiempo, los escribas y fariseos, pero sobre todo nos lo está diciendo con lo que es su vida. Quiere enseñarnos a hacer el bien, y de El llegaría a decir Pedro ‘pasó haciendo el bien’; nos quiere hablar del amor que hemos de tener con todas sus consecuencias a los demás, señalándonos como su único y principal mandamiento, pero miremos su vida de amor que se acerca a los pequeños y a los sencillos, que no hace distinción de ninguna clase, que no solo ofrece el perdón a los pecadores sino que llega hasta ellos y come con ellos mereciendo la critica y el rechazo incluso de los que se consideran publicanos; nos habla de un amor que ha de ser total diciendo que el mayor amor está  en dar la vida por el amado, y lo veremos entregarse hasta la pasión y la muerte en Cruz, perdonando e incluso disculpando, dando su vida y haciéndonos participes de su vida; podríamos fijarnos en muchas cosas más. Lo que nos quiere enseñar es lo que primero El está viviendo con nosotros.
Denuncia Jesús con sus palabras las actitudes de los maestros de la ley más preocupados quizá de su prestigio y de los honores que puedan recibir de las gentes que de ofrecer un verdadero testimonio con sus vidas. Una llamada de atención de Jesús porque nos viene a decir que entre nosotros no puede haber esas actitudes, esas vanidades, esas incongruencias.
Fijémonos en la radicalidad de Jesús que no quiere que ni nos llamen maestros, ni padres, ni consejeros. Lo que tenemos que hacer es trasmitir con nuestra vida no nuestro mensaje sino el mensaje del evangelio. Bien nos viene escuchar estas palabras de Jesús porque no se terminan nuestras vanidades y nuestras posturas orgullosas; no terminamos de acercarnos a los demás con la humildad de Jesús para trasmitirles de verdad lo que es el amor y la misericordia de Dios reflejado en nuestras actitudes y posturas.
Recordemos siempre estas palabras de Jesús ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Pero no es un recuerdo en la memoria sino en el actuar de nuestra vida.

lunes, 22 de febrero de 2016

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Daniel, 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
Recordamos que en las primeras páginas de la Biblia, en un lenguaje metafórico si queremos llamarlo así y lleno de imágenes, al hablarnos de la creación y en concreto de la creación del hombre dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’. Nos habla de la grandeza del ser humano, de su dignidad, de esos dones especiales en nuestra inteligencia y en nuestra capacidad de decidir con que hemos sido adornados.
Podríamos quizá preguntarnos ¿y en qué nos parecemos a Dios? ¿en qué estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? Ya lo hemos expresado al hablar de la dignidad del hombre, pero también podemos responder diciendo que nuestra semejanza está en la capacidad del amor. Somos capaces de amar; somos capaces de llenar, y no solo por instinto, nuestro corazón de compasión y de misericordia.
Podríamos decir que es lo que con otras palabras nos viene a decir hoy Jesús en el Evangelio. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’. Parezcámonos a Dios con ese amor, con esa ternura, con esa compasión y misericordia con que llenamos nuestro corazón. Es hermoso. Cuando nos encerramos en nosotros mismos con nuestro egoísmo, cuando apartamos de nuestro corazón la capacidad de hacernos solidarios con los demás, cuando miramos solo por nosotros mismos creyéndonos dioses, nos pasa como a Adán en el paraíso, nos escondemos de Dios, nos alejamos de Dios, desterramos a Dios de nuestro corazón.
Vayamos repartiendo amor, generosamente, en abundancia, sin pensar en limites, dispuestos a desprendernos de nosotros mismos, abiertos siempre a la comprensión y al perdón, nunca condenando y siempre disculpando, mirando nuestras propias limitaciones y debilidades antes de juzgar a los demás. Nos cuesta a veces; nos cuesta muchas veces porque el diablillo del orgullo mete su rabo en los resquicios de nuestra mente y quiere alejarnos de esas actitudes positivas; seamos capaces de superar, de vencer esas tentaciones de orgullo y de amor propio que nos aparecen como espejismos que nos atraen para hacernos creer que somos los mejores, que nos lo merecemos todos, que no es necesario ser tan bueno y tantas cosas más con las que nos sentimos tentados.
Leamos y meditemos muchas veces las palabras del evangelio que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Qué felices seriamos todos si tuviéramos esas buenas actitudes en nuestro corazón en la vida de cada día, en nuestras relaciones con los demás, en nuestra convivencia con los que están cerca y en la relación con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en la vida.
No olvidemos que en el amor nos parecemos a Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.

domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.