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domingo, 27 de enero de 2013


Despertemos la sensibilidad de nuestro espíritu para escuchar el hoy de la Palabra de Dios


‘Toda la gente seguía con atención la lectura del libro de la ley’, nos narra Nehemías en la primera lectura. ‘Toda la asamblea tenía los ojos fijos en El’, nos dice san Lucas de la sinagoga de Nazaret. ‘Y el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley’, se nos narra de aquella liturgia que ‘desde el amanecer hasta el mediodía’ se celebraba en medio de la plaza de la Puerta del Agua. ‘No estéis tristes, se les dice, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’.
Admirable lo que nos narra hoy la Palabra de Dios tanto de aquella hermosa liturgia del libro de Nehemías, como de la asamblea del sábado en la sinagoga de Nazaret. ‘Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… tus palabras son espíritu y vida… la ley del Señor es descanso del alma… instruye al ignorante y da luz a los ojos’. Así fuimos meditando y orando con el salmo mientras se nos iba proclamando la Palabra del Señor. ‘Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: Amén, amén. Y adoraron al Señor rostro en tierra’.
Esta liturgia que nos narran los textos sagrados, tanto en uno como en otro texto, nos viene bien contemplarla para tratar también nosotros de llenarnos del mismo fervor, entusiasmo, amor como expresa aquella gente por la Palabra de Dios. Era algo que les llenaba de alegría; se les ve ansiosos de escuchar la Palabra del Señor y no les importa que pasen las horas - desde el amanecer hasta el mediodía - y sin perder ni una palabra ‘seguían con atención la lectura de la ley del Señor’. Muchas preguntas quizá tendríamos que hacernos con sinceridad allá dentro de nuestro corazón.
Al iniciar los domingos, ahora en este tiempo ordinario, la lectura de evangelio de Lucas que nos va a acompañar todo este año, se nos propone por una parte el inicio, los primeros versículos, y por otra lo que sería luego su presentación pública en la Sinagoga de Nazaret. Hace referencia el evangelista a que ya otros han intentado dejarnos por escrito los hechos y dichos del Señor, y él ahora nos lo ofrece, ‘después de haberlo comprobado todo exactamente desde el principio’ nos lo deja escrito por su orden para que conozcamos la solidez de las enseñanzas recibidas.
Aparece una dedicatoria a Teófilo - que significa algo así como amigo de Dios -, personaje quizá importante en las primeras comunidades cristianas, pero que de alguna manera nos está personificando a todos - que nos podíamos llamar también los amigos de Dios - los que escuchamos y recibimos este evangelio, esta Buena Noticia de Jesús.
‘Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga el sábado como era su costumbre, y se puso en pie para hacer la lectura’. Cualquiera podía hacer la lectura y el comentario. El encargado de la sinagoga podía ofrecerlo a alguien que viniera de fuera o a quien se supiera que era maestro de la Ley. Quizá ya había llegado noticia de lo que Jesús hacía por otros lugares, porque ‘su fama se extendía por toda la comarca y enseñaba en las sinagogas y ya todos lo alababan’. Todo esto motivará el que se adelantara así para hacer la lectura en aquella ocasión.
El texto proclamado es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi porque El me ha ungido…’ Así comienza el texto. Allí está el ungido del Señor, efectivamente. Lo contemplamos hace dos domingo en el Bautismo del Jordán. ‘Mientras oraba se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma, y vino una voz del cielo; Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Así lo escuchamos entonces. De ello dará testimonio el Bautista. Hoy Jesús con las palabras de Isaías lo proclama: ‘El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido’.
Jesús es el que está lleno del Espíritu del Señor y nos viene a traer la Buena Nueva de la Salvación. ‘Creed en el evangelio, porque está cerca el Reino de Dios’, nos dirá por otra parte. ‘Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Es la Buena Noticia de la misericordia del Señor; es la Buena Noticia del amor infinito de Dios; es la Buena Noticia que libera nuestras vidas, que nos llena de luz, que nos hace vivir una vida nueva, que nos inunda la gracia del Señor.
Es la Buena Noticia que ahora se proclama con palabras - allí la Palabra de Salvación que es Jesús -, pero que luego veremos actuando llevando esa vida y ese perdón, inundándonos de la misericordia del Señor y de un amor que no tiene fin, cuando pasa en medio de nosotros haciendo el bien. Es la Buena Noticia de que borrará para siempre nuestras culpas y ya nunca tenemos que vernos oprimidos por el mal y por el pecado porque ha proclamado una amnistía total, ‘el año de gracia del Señor’.
Jesús está proclamando el texto de Isaías que no son simplemente palabras pronunciadas en otro tiempo sino que es Palabra que se realiza, que se hace presente ahora en el hoy de la salvación. La gente está a la expectativa, ‘fijos los ojos en El’, esperando una explicación que les va a resultar sorprendente. No les va a decir que eso que ha proclamado es anuncio de futuro para el que hay que prepararse. Les va a decir que eso es algo que ahora y allí, como ahora y aquí, se está realizando. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice.
Esa es la Buena Noticia: hoy, allí está la salvación; allí está el salvador. Es Jesús, el ungido por el Espíritu Santo. Todos tendrán que alegrarse. Los pobres reciben esa Buena Noticia; y veremos desfilar ante Jesús a los ciegos y a los cojos, a los sordos y a los paralíticos, a los leprosos y a todos los aquejados por algún mal, y los que se sienten atormentados en su espíritu y a los que les pesa el mal en el corazón, a los publicanos y a las prostitutas, a todos los que se sienten pecadores y quieren verse liberados del mal.
‘Ten compasión de mí’, le gritaran los ciegos y los enfermos; ‘si quieres puedes limpiarme’, le pedirán los leprosos; ‘ten compasión de este pecador’, confesará el publicano sin atreverse a levantar los ojos; ‘acuérdate de mi en tu reino’, le suplicará el ladrón a su lado desde su cruz; y la mujer pecadora llorará a sus pies y se los ungirá con caros perfumes y besos de amor; y Pedro llorará lágrimas amargas después de su negación tras la mirada de Jesús.
Será Jesús el que nos hablará de la misericordia del padre que acoge al hijo pródigo o del pastor que va a buscar la oveja perdida; será el que dirá a los pecadores ‘vete en paz y no peques más’, y al ladrón arrepentido ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’; será Jesús el que levantará al paralítico de su camilla diciéndole ‘tus pecados quedan perdonados’ y a la mujer pecadora le dirá que ‘sus muchos pecados quedan perdonados porque ha amado mucho’; el que le dirá a Zaqueo ‘hoy ha entrado la salvación a esta casa’, porque El no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Con toda razón fue la explicación que Jesús dio en aquel momento en la sinagoga de Nazaret. Pero es la misma palabra, hoy, que nosotros ahora escuchamos, porque también hoy llega la salvación de la misma manera a nuestra vida.
¿Lloramos nosotros de alegría por esta Palabra que estamos escuchando? ¿Sentimos la misma emoción en el corazón cuando escuchamos esta Palabra de salvación que también hoy se cumple en nosotros? Cuidado nos acostumbremos y ya no sea Buena Noticia que nos llena de alegría. Sería lo peor que nos podría pasar. Podría estar indicando la pobreza de nuestra fe. Despertemos nuestra fe en la Palabra del Señor; despertemos esa sensibilidad que hemos perdido en nuestra alma cuando nos acostumbramos a las cosas y ya no nos dicen nada. Sí, Despertemos la sensibilidad de nuestro espíritu para escuchar el hoy de la Palabra de Dios.

sábado, 26 de enero de 2013


Decían que no estaba en sus cabales y lo decimos también de los demás

Hebreos, 9, 2-3.11-14; Sal. 46; Mc. 3, 20-21
Es bien breve el texto del evangelio de hoy, apenas dos versículos, pero creo, sin embargo que nos puede decir muchas cosas. Nunca hemos de considerar de poca importancia la Palabra que se nos proclama sea cual sea la cantidad de versículos que se  nos ofrezcan. Siempre con un corazón lleno de fe hemos de saber acoger la Palabra que el Señor quiere decirnos. Siempre tendrá un mensaje para nuestra vida.
Por el temor respetuoso con que nos acercamos a Jesús, por la fe que hemos puesto en El y por el amor que tenemos nos puede resultar incomprensible o chocante lo que nos dice el evangelio que ‘la familia de Jesús vino para llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales’.
En cierto modo, humanamente hablando, puede resultar una reacción normal por parte de la familia. Jesús había dejado todo para ponerse a anunciar el Reino de Dios y, aunque había mucha gente que lo seguía o que venía hasta él con sus enfermedades y dolencias para que los curara, también iba apareciendo cierta oposición por parte de las personas importantes e influyentes de la sociedad de entonces. A nadie le gusta que un familiar suyo sea vejado por parte de los demás o se encuentre con fuertes oposiciones, porque ya hemos escuchado cómo ‘los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con El’.
Como iremos viendo a lo largo del Evangelio Jesús no tiene ningún temor, se siente totalmente libre quien ha venido a darnos la libertad verdadera, y seguirá adelante en su misión de anunciar el Reino, traernos el Evangelio y alcanzarnos la salvación porque su amor es tan grande que le llevará a dar su vida, en el acto de amor más sublime, por aquellos a los que ama, por nosotros. Ojalá tuviéramos nosotros siempre esa libertad de espíritu para actuar sin ningún temor y mostrarnos en verdad como verdaderos testigos del evangelio.
Tenemos la experiencia muchas veces bien cercana a nosotros de escuchar reacciones semejantes a estas que nos cuenta hoy el evangelio en nuestro entorno cuando vemos a una persona entregada por los demás, por hacer el bien, por vivir un compromiso serio por la sociedad en la que vive. ‘Ese está loco’, habremos escuchado decir o le habremos dicho a alguien en alguna ocasión. Es la reacción que tienen muchas familias por ejemplo cuando un  hijo o una hija dice que quiere ser sacerdote, que quiere ser religiosa. Cuántas cosas se dicen, cuanta oposición y cuantos sufrimientos. Es lo que hoy estamos viendo en el evangelio que sucede con Jesús.
Jesús tiene clara su misión. Es lo que nosotros también hemos de tener claro cuando recibimos una llamada en el corazón y lo que necesitamos es generosidad y disponibilidad para responder. Pero también hemos de aprender la lección en relación a los demás. No podemos juzgar, tenemos que saber aceptar, valorar la entrega de los otros, a saber apoyar también lo bueno que hagan o quieran hacer los demás. Cuántas vocaciones se frustran en muchas ocasiones porque no las hemos apoyado lo suficiente, tanto en el aspecto de la vida religiosa, como de compromiso social.
Creo que esto que estamos reflexionando puede ser un bueno motivo de oración para nosotros. Oración para sentir en nosotros la fuerza del Espíritu del Señor cuando hay una llamada en nuestro corazón y tengamos la gracia y la fortaleza de seguir adelante respondiendo a lo que nos pida el Señor. Oración también por los demás, por los que sienten esa inquietud en el corazón por lo bueno, por luchar por un mundo mejor, por vivir un compromiso social o por los que sienten la llamada del Señor en su corazón para seguirle con total radicalidad entregándose al Sacerdocio, o a la vida religiosa o misionera. Pidamos que no les falte nunca la gracia del Señor que fortalezca sus voluntades y les dé generosidad en su corazón.

viernes, 25 de enero de 2013


Vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído

Hechos, 22, 3-16; Sal. 116; Mc. 16, 15-18
‘No pierdas tiempo, levántate… El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído…’ Son las palabras de Ananías, enviado del Señor, para recibir y bautizar a Pablo. ‘Recibe el bautismo que por la invocación de su nombre lavará tus pecados’.
Ya lo hemos escuchado relatado por el mismo Pablo. Marchaba a Damasco con cartas de los sumos pontífices de Jerusalén para llevar presos a todos los que encontrara que hicieran el camino de Jesús. El mismo nos lo ha relatado; la saña con que perseguía a la Iglesia de Dios. Pero el Señor le había salido al paso en el camino y lo había elegido. ‘Yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure’, recordamos las palabras de Jesús a los apóstoles en la última cena. El Señor había elegido a Saulo - ese era su nombre que más tarde cambiaría por el de Pablo - y le había salido al encuentro.
‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tu persigues’. El resplandor de la luz de Cristo lo había tirado al suelo y le había cegado hasta que encontrara y aceptara la verdadera luz. Creía ver, pero estaba ciego. Tenía celo de Dios y por Dios quería luchar, pero no lo había conocido. Ahora ha sido el momento. Tendrán que llevarlo de la mano hasta que encuentre quien le imponga las manos y en el nombre del Señor se encuentre con la luz de Jesús para siempre.
Va a ser testigo ante todos los hombres de lo que había visto y oído, de la luz con la que se había encontrado, del Señor Jesús en quien  había encontrado la salvación. Será el apóstol que recorra tierras y mares para llevar el nombre de Jesús a todas partes. Para él también fueron las palabras de Jesús antes de su Ascensión al cielo que hemos escuchado en el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará…’
No es necesario decir ahora muchas cosas del apostolado de Pablo en sus continuos viajes por aquel mundo en torno al mediterráneo. Ya en el tiempo de Pascua escuchamos en el relato de los Hechos de los Apóstoles el relato de sus primeros viajes y continuamente estamos leyendo sus cartas a las distintas Iglesias que han quedado para nosotros como Palabra de Dios en el canon de los libros canónicos inspirados que la Iglesia reconoce. De una forma o de otra muchas cosas conocemos de él y también de su mensaje que recibimos en sus cartas apostólicas. Es el apóstol de los gentiles - así lo reconoce la Iglesia - porque de manera especial a ellos se dedicó anunciándoles el evangelio.
Para nosotros ha de quedar un mensaje en esta fiesta de la conversión de san Pablo que estamos celebrando hoy. Que nuestros ojos también se abran a la luz; que nuestro corazón se encuentre también de manera viva con el Señor; que seamos capaces de abajarnos de nuestros orgullos y autosuficiencias porque es el mejor camino que nos conduce hasta Jesús; que seamos capaces de dejarnos impregnar también por el espíritu del Evangelio y al mismo tiempo seamos conscientes de que hemos de ser testigos de ese evangelio ante el mundo que nos rodea.
Somos también llamados y elegidos del Señor; sobre nosotros se derrama y se manifiesta su amor de forma continua y hemos de saber dar respuesta a su llamada y a la riqueza de la gracia que continuamente nos regala. Que en nuestra vida se vaya reflejando ese fruto, porque cada día seamos mejores, porque cada día nos impregnemos más del espíritu del Evangelio, y con nuestro buen testimonio nos hagamos evangelizadores de nuestros hermanos.
‘Concédenos a cuantos celebramos hoy su conversión, pedíamos en la oración litúrgica, ser, como él lo ha sido, testigos de tu verdad ante el mundo’. Bien necesita nuestro mundo conocer esa verdad de Cristo. Bien es necesario que se anuncie el evangelio. Bien importante es que llevemos esa luz de Cristo y su verdad a tantos que andan en las tinieblas de la duda y del error.
Aunque sea brevemente, no podemos dejar de mencionar la semana de oración por la unidad de las Iglesias que hoy culmina. Es el grito y la súplica de Jesús en la última cena: ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti’. Para que el mundo crea es necesario que todos los que creemos en Jesús manifestemos esa unidad. No podemos anunciar a un Cristo dividido. El vino a reconciliar a todos los hombres derribando el muro que los separaba con su sangre derramada en la cruz. Que alcancemos esa tan ansiada unidad.
Pasos se han ido dando en los últimos tiempos, pero grandes pasos quedan aun por dar. Son muchas las cosas que nos unen porque una es la fe en Jesús, pero el egoísmo y el orgullo de los creyentes todavía pone trabas a esa unidad, por eso son grandes los pasos que aún se han de dar. Pero todo eso es obra del Espíritu que es el que mueve los corazones. De ahí nuestra oración intensa pidiendo por la unidad de las Iglesias.

jueves, 24 de enero de 2013


No lo fuera a estrujar la gente…

Hebreos, 7, 25-8, 6; Sal. 39; Mc. 3, 7-12
Los versículos que hoy hemos escuchado del evangelio contrastan con lo que ayer escuchábamos, inmediatamente anteriores. Ayer todo eran recelos en aquellos que estaban al acecho de lo que Jesús pudiera hacer aquel sábado en la sinagoga, hoy escuchamos cómo ‘al retirarse Jesús con sus discípulos a la orilla del lago lo siguió una muchedumbre de Galilea’.
Pero no eran solo de Galilea porque el evangelista nos da detalles de quienes vienen del norte y del sur, de un lado y de otro para confluir en Galilea donde Jesús está realizando su actividad. Judea, Jerusalén, Idumea aún más al sur, más allá del Jordán, de las cercanías de Tiro y Sidón ya metidos en el Líbano. Era tanta la gente que ‘encargó a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar la gente’. Los otros evangelios nos hablan de cómo sentado desde la lancha hablaba a la gente arremolinada en la orilla de la playa para escucharle. Y nos termina diciendo el evangelista que ‘como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.
Jesús en medio de las gentes; las muchedumbres que se reúnen venidos de todas partes; todos que quieren incluso tocarle. Ya escucharemos en otra ocasión lo de la mujer que se acerca por detrás para tocar su manto porque pensaba que solo eso era suficiente para sentirse curada. Es la cercanía de Jesús, incluso en ese contacto físico.
Queremos tocar, queremos palpar, queremos sentir ese calor especial en nuestras manos, pero que llena todo nuestro espíritu. Es la caricia de sentir el cariño, es el calor humano que se desprende de un apretón de manos, es la mano tendida que invita a la cercanía y a la amistad. Pero Jesús se deja hacer. Jesús quiere que lleguen hasta El. Queremos nosotros también estar cerca de Jesús para sentir el calor de su amor, la fuerza de su gracia, el impulso de su Espíritu que mueva nuestro corazón.
Ojalá tuviéramos el entusiasmo que aquellas gentes sentían por Jesús. Nos hace falta porque algunas veces parece que a nuestra fe le falta ese calor y ese entusiasmo. Si cuando venimos a la celebración fuéramos conscientes de que venimos al encuentro con el Señor, seguro que haríamos que nuestras celebraciones fueran más vivas, más intensas, más radiantes, más entusiasmadoras para nuestra vida con lo que contagiaríamos a los demás.
‘Te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia’, decimos en la oración de la plegaria eucarística, pero pareciera que eso son solo palabras que repetimos una y otra vez, me atrevo a decir, casi sin sentido. ¿Queremos sentirnos en verdad en la presencia del Señor y estamos en la celebración cada uno por nuestro lado, físicamente como si diera la impresión que le tenemos miedo a estar cerca del Señor, porque cuando más atrás o más lejos nos ponemos es mejor? Y sin embargo vemos en el evangelio que la gente se apretujaba en torno a Jesús hasta el punto de preparar una barca para que no lo estrujaran.
Muchas posturas y muchas maneras de estar tendríamos que revisarnos para hacer que nuestro encuentro con el Señor sea algo vivo y nos haga expresar esa alegría del encuentro también externamente y, en consecuencia, nuestras celebraciones estén llenas de entusiasmo. Tenemos que despertar nuestra fe que parece estar aletargada y por esa frialdad o tibieza espiritual hace que nuestras celebraciones estén en muchas ocasiones llenas de rutina y con falta de vida.
Somos una familia, la familia del Señor, congregados en su presencia, como expresamos en la tercera plegaria eucarística. Así tendríamos que expresar a través de muchos signos cómo nos sentimos congregados en una unidad. Y es que no podemos olvidar que cuando con verdadera fe nos reunimos dos o tres o muchos, en el nombre del Señor, allí en medio de ellos está el Señor. En su nombre estamos congregados para la celebración de la Eucaristía; ya por eso mismo tendríamos que gozarnos en y con la presencia del Señor. Y ese gozo del corazón tenemos que expresarlo en muchos signos externos. Con qué alegría y entusiasmo tendríamos que salir siempre de nuestra celebración de la Eucaristía. Démosle vida a lo que hacemos y celebramos.

miércoles, 23 de enero de 2013


Echando en torno una mirada dolido de su obstinación

Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal. 109; Mc. 3, 1-6
‘Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación…’ Jesús se siente dolido por la obstinación y la ceguera con que muchos lo reciben. ‘Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo’, dice el evangelista. No es sólo el aceptar o no aceptar el mensaje de Jesús. ‘Estaban al acecho’. Hay malicia en el corazón de aquella gente cuando Jesús llegaba con todo su amor buscando el bien del hombre, su salvación. Ya lo reflexionábamos ayer.
Es el dolor del corazón de Cristo cuando no se ve correspondido en su amor. Pero Jesús no nos deja de amar por eso. El amor de Cristo es un amor fiel. No nos ama porque nosotros seamos buenos y le amemos a El, sino para que seamos buenos y seamos capaces de experimentar su amor. Como más tarde nos dirá el apóstol en sus cartas, ‘nos ama aún siendo nosotros pecadores’. Esa es la grandeza del amor de Dios, del que nosotros también tenemos que aprender para amar de la misma manera. El amor de Dios es siempre un amor primero, porque antes de que nosotros le amemos ya El nos está mostrando su amor ya desde toda la eternidad que ha pensado en nosotros.
Esto que estamos viendo en ese dolor del corazón de Cristo ante esas posturas negativas que tantos tenían ante su mensaje y su actuar, nos sirve también para que nosotros analicemos nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Podemos ser sufridores de esas posturas de los otros, o podemos ser nosotros actores que de alguna manera actuemos también así. Por eso esta reflexión que nos hacemos desde lo que vemos en la Palabra de Dios tiene que ayudarnos para nuestra vida concreta.
Esa experiencia dolorosa de no ser correspondido en el amor es una experiencia por la que pasamos también en muchas ocasiones en la vida. Personas que no nos comprenden ni nos quieren comprender. Personas cuya mirada no es limpia y siempre enturbian todo lo que miran con la malicia que llevan en el corazón. Personas que no abren su corazón y no saben tener confianza en los demás sino que siempre estarán con la sospecha. Personas que tienen el corazón lleno de maldad y no serán capaces de ver lo bueno de los demás, no sabrán apreciar lo bueno que hay en los otros y siempre estarán poniendo la pega de los intereses torcidos o de la mala voluntad que ven siempre en lo que hace el otro. ‘Estaban al acecho’, que dice el evangelista. Las personas que se ponen a la distancia para observar siempre prontos al juicio, a la crítica dañina, a la murmuración.
Estamos constatando esa experiencia dolorosa por la que podemos pasar cuando nos encontramos personas en la vida con esas posturas negativas, pero también tenemos que examinarnos nosotros porque de una forma o de otra se nos pueden pegar al corazón esas desconfianzas y esos prejuicios en nuestra relación con los demás. Nos sería fácil fijarnos en los demás y condenar, pero estaríamos cayendo por la misma pendiente y cometiendo los mismos errores; por eso, todo esto ha de servirnos para nosotros examinarnos, para que no lleguemos a tener esas actitudes tan negativas en nuestra vida en la relación que mantenemos con los demás. Son tentaciones fáciles que nosotros también podemos tener.
Pero volviendo a la respuesta que nosotros hemos de dar al amor de Dios y viendo ese dolor que Jesús siente en su corazón ante la obstinación de aquellos que no le aceptaban cuando tantas pruebas nos estaba dando de su amor, tendríamos que preguntarnos si acaso Jesús también pudiera estar dolido por nuestra insuficiente respuesta. Esto es algo para pensarlo con serenidad siendo capaces de reconocer cuántos dones y cuántas gracias ha derramado el Señor en nuestra vida. Cada uno podría repensar lo que ha sido su historia personal con momentos de fidelidad y de amor, pero también con tantos momentos en que no hemos sabido ser fieles, o le hemos la vuelta la espalda a ese amor de Dios con nuestro pecado.
También en ocasiones nos ponemos a querer masticar el mensaje de Jesús que nos llega a través de la Iglesia y nos hacemos nuestros distingos, nuestras muy personales valoraciones y ponemos un filtro en lo que aceptamos o no aceptamos del mensaje y de la gracia de Jesús. Estamos también al acecho, como aquellos del evangelio. Vayamos a Jesús con un corazón abierto y sincero, con un corazón limpio de maldad, dejándonos conducir por su Espíritu, que sea quien nos ilumine interiormente y nos haga saborear la gracia del Señor. Que El sea nuestra fuerza y nuestra luz.

martes, 22 de enero de 2013


Para Jesús la persona está por encima de cualquier otro bien que podamos poseer

Hebreos, 6, 10-20; Sal. 110; Mc. 2, 23-28
Tenemos aún muy recientes las celebraciones de la Encarnación y del Nacimiento del Hijo de Dios; ahora estamos escuchando el inicio de la predicación de Jesús manifestándonos la Buena Nueva de su mensaje de salvación. Todo ello viene a manifestarnos el amor grande que Dios siente por el hombre, por la persona humana a la que El ha creado pero que además nos enseña cuál es ese respeto y amor que entre todas las personas tendría que haber. Pensemos lo grande y hermoso es el ser humano que El ha creado cuando ha querido tomar nuestra naturaleza humana para hacerse hombre también.
Dios lo hace todo por el hombre, por el amor que nos tiene y porque quiere también que nosotros consideremos esa grandeza que El nos ha dado; lo que Dios quiere es el bien del hombre y su felicidad. Así con esa dignidad grande nos creó para que fuésemos felices, pero así quiere que luego nuestras humanas relaciones vayan buscando también ese bien de toda persona y su felicidad. Y si nos ha redimido es precisamente para arrancar de nosotros aquello que nos impide ser felices de verdad porque nos llena de mal dentro de nosotros mismos. Algo en lo que los que seguimos a Jesús porque nos llamamos cristianos hemos de poner todo nuestro empeño para buscar siempre el bien de la persona, de toda persona.
En la rutina de nuestra vida de cada día no sólo nos hacemos egoístas porque nos preocupamos solo de nuestro propio bien personal, sino que además hay ocasiones en que parece que las cosas y hasta las normas están por encima de las personas. Es algo en lo que puede hacernos pensar el evangelio que hoy escuchamos.
Vemos en esta ocasión lo estrictos que eran los judíos, pero de una manera especial ciertos grupos muy influyentes en la vida del pueblo judío como eran los fariseos; las normas y las leyes, los mandamientos del Señor que siempre buscaban el bien del hombre, el bien de la persona, sin embargo podían convertirse en algo esclavizante para las personas cuando se ponían por encima del valor de la misma persona. Ahí se nos hace mención, que es por lo que se provoca la pregunta que le hacen los fariseos a Jesús, lo mandado respeto al descanso sabático, que con tantas reglamentaciones y normas, medidas y límites podía convertirse en algo torturador de la persona.
‘¿Por qué hacen tus discípulos lo que no está permitido en sábado?’ vienen a decirle a Jesús. Jesús les recuerda, como hemos escuchado, otros hechos sucedidos en su historia y que podían iluminar el sentido de las cosas, de lo que tenemos que hacer, y terminará con esa afirmación  de que ‘el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado’. Nunca la persona puede ser esclava de la norma o de la ley, la norma o la ley tiene siempre que ayudar a la dignidad y al bien de la persona. Y Jesús pone toda su autoridad en juego: ‘El Hijo del Hombre es señor también del sábado’.
Si así valora Jesús siempre a la persona, esto ha de tener también consecuencias muy prácticas para nuestra vida, para la relación que entre unos y otros tengamos, y hasta para la utilización de los bienes o las cosas que poseamos. Es el respeto a la persona, a toda persona en toda su dignidad. Todo el mundo merece nuestro respeto. Lo que tendrá muchas consecuencias en las maneras como nos tratamos mutuamente. Pero como decíamos también en nuestra relación a las cosas, los bienes, las riquezas o las pequeñas posesiones que podamos tener. Algunas veces podemos dar la impresión que son más importantes para nosotros las cosas, los bienes materiales, sean cuales sean. Esto es mío, este es mi sitio, esta cosas es muy importante para mí. Y quizá por esos bienes nos peleamos y hasta llegamos a odiarnos. ¿Dónde está el valor de la persona, la amistad, el respeto, el trato humano, la relación? En una de las fórmulas que se usan en la renovación de las promesas bautismales se nos pregunta si nos quedamos en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios, sin que para nosotros sea más importante el hombre.
La verdadera joya que tenemos que cuidar no es ese objeto que poseamos o sea una señal de riqueza material, sino que la verdadera joya que tenemos que respetar y cuidar, y en este caso llegar a amar es la persona, toda persona. De ahí se derivará el mandamiento del amor que Jesús nos deja en el evangelio. Muchas consecuencias se podrían sacar para nuestra vida de cada día.

lunes, 21 de enero de 2013


Pronto comienza a notarse la novedad del mensaje de Jesús

Hebreos, 5, 1-10; Sal. 109; Mc. 2, 18-22
Pronto comienza a notarse la novedad del mensaje de Jesús. Y comienzan las dudas y los planteamientos de quienes no terminan de entender las actitudes nuevas que va pidiendo Jesús. El problema que se plantea hoy desde los fariseos y los discípulos de Juan es el de ayunar o no ayunar.
Juan se había presentado en el desierto con una vida muy austera invitando a la penitencia y a la conversión para preparar los caminos del Señor. Era como preparar la venida del novio, según la imagen que ahora Jesús nos irá presentando, pero ya el novio estaba con ellos; llegaba por así decirlo la hora de la boda. Jesús estaba con ellos y es lo que quiere responderles Jesús y comenzaba una vida nueva desde la salvación que El venía a traernos.
También había pedido Jesús conversión cuando había comenzado a predicar, pero la conversión no estaba solo en las cosas externas que se pudieran realizar, sino en la transformación del corazón que quizá muchas veces puede resultar más costosa. Pero estando Jesús todo tenía que ser vida, y alegría, y paz, porque desde Jesús ya el amor tendría que resplandecer en el corazón de los hombres, en sus actitudes y en sus comportamientos.
Seguir a Jesús no era cuestión de poner parches o remiendos, sino de una transformación profunda. Es un vino nuevo el que Jesús nos ofrece; podemos conectar con lo escuchado ayer domingo en el evangelio, en el milagro de las bodas de Caná de Galilea donde Cristo ofrece un vino nuevo y mejor. Y ya hablábamos de vida nueva, de renovación de los corazones, de transformación total de nuestro mundo con la presencia de Jesús. Reflexionábamos muchas cosas en torno a este milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea y muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida.
Por eso Jesús nos hablará de que son necesarios unos odres nuevos. ‘Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos’. Por eso es necesario cambiar el corazón, cambiar nuestras actitudes profundas, hacer una renovación profunda de nuestra fe, abrir bien los oídos del alma para escuchar el mensaje de Jesús.
No terminamos muchas veces de entender bien lo que significa ser cristiano, seguir a Jesús, vivir nuestra vida cristiana. No es el cumplimiento de unas devociones o simplemente unas prácticas religiosas. No es cuestión de si ayunamos o no ayunamos, si podemos llegar a comer esto o comer lo otro, que tantos esfuerzos nos hemos gastado innecesariamente midiendo cantidades o buscando cualidades de los alimentos. Ser cristiano y seguir a Jesús es algo mucho más hondo que todo eso que se puede quedar en un cumplimiento ritual y superficial.
No es quedarnos en promesas que hacemos algo así como a cambio de lo que Dios pueda favorecernos. No es realizar unas prácticas en unos momentos determinados, aunque sea de cosas muy buenas, mientras en la vida ordinaria de cada día seguimos con nuestras rutinas, nuestra falta de compromiso, o las superficialidades a las que nos tiene acostumbrado el mundo. No podemos separar de ninguna manera la vida de cada día, nuestras actitudes y comportamientos de lo que nos señala Jesús en el evangelio, de lo que nos pide una vida realmente comprometida con nuestra fe.
Cuando nos contentamos con cositas así es como si estuviéramos poniendo remiendos a nuestra vida que lo que haría es ocultar lo vacío que quizá andamos por dentro. Más pronto o más tarde se van a desenmascarar nuestras falsedades, nuestras vanidades, nuestras hipocresías. Y lo que es necesario es autenticidad en nuestra vida. Que nos decimos y nos llamamos cristianos, eso tiene que ser con todas las consecuencias, con el compromiso total de nuestra vida.
‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Saquémosle todas las consecuencias y en toda su radicalidad a esta sentencia de Jesús.

domingo, 20 de enero de 2013


Habrá un vino nuevo y mejor anticipo del banquete del Reino

Is. 62, 1-5; Sal. 95; 1Cor. 12, 4-11; Jn. 2, 1-11
‘Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es el primer milagro que nos dice Juan que realizó Jesús. Lo llama signo. Efectivamente, un signo de la gloria de Dios que se manifestaba; un signo que despertó la fe de sus discípulos, aquel pequeño grupo que ya comenzaba a seguirle; un signo con el que nos habla, más allá del milagro de convertir el agua en vino en aquella boda de Caná de Galilea, de lo que realmente significaba la presencia de Jesús, la vida nueva que Jesús nos viene a ofrecer, y con la que nos quiere alimentar.
Este texto del evangelio nos sirve en muchas ocasiones, en las celebraciones del matrimonio, para reflexionar sobre el sentido del sacramento del matrimonio con la presencia de Jesús en aquella boda de Caná y en el signo nuevo de la gracia, del amor nuevo que Cristo construye en la vida de los esposos con el sacramento. Pero no podemos reducir el mensaje de este evangelio a solo ese aspecto, aunque ya es, por supuesto, de una riqueza inmensa.
Nos habla el evangelio, es cierto, de una fiesta de bodas en la que además están invitados María y Jesús con sus discípulos. Una fiesta en la que los ojos atentos de María - cómo saben las madres estar siempre atentas, siempre con los ojos abiertos para cualquier detalle - se dan cuenta de que no hay vino. Ya hemos escuchado la súplica, el diálogo con Jesús, pero también el consejo a los sirvientes: ‘haced lo que El os diga’.
Habrá un vino nuevo y mejor. En el relato del evangelio contemplamos cómo Jesús realiza el milagro de darnos ese vino nuevo convirtiendo el agua en vino. Una imagen y un signo de lo que Jesús realiza en nosotros con su salvación. Con Jesús todo será nuevo. Con Jesús podemos alcanzar la mayor plenitud. Este signo, aquí casi en el principio del evangelio, donde los otros evangelistas nos ponen la predicación de Jesús invitando a creer en el Evangelio y convertir el corazón a Dios porque llega, está cerca, el Reino de Dios, viene como a expresarnos ese paso del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.
Ya en los sinópticos, en el sermón del monte de Mateo, nos dirá Jesús que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. Es lo que de alguna forma nos está indicando también este texto del evangelio con ese vino nuevo y mejor que ofrece Jesús en las bodas de Caná.
Si un buen vino en una boda facilita la alegría y la convivencia, el encuentro y la fiesta de lo que es una comida, ahora cuando en este signo se nos ofrece este vino mejor nos está diciendo el evangelio que con Jesús habremos de caminar por un sentido nuevo de la vida donde para siempre la construyamos en la armonía y desde el amor, donde siempre tiene que haber paz y una autentica fraternidad, donde todos nos vamos a querer de verdad para hacernos felices los unos a los otros y lograr una auténtica comunión. No olvidemos que el mandato, el único mandato que nos dejará Jesús será el del amor.
A lo largo del evangelio veremos repetidas veces que cuando Jesús nos habla del Reino de Dios nos dirá en las parábolas que es como un banquete de bodas al que todos estamos invitados. Hoy, aunque esto no sea una parábola, nos sentimos nosotros invitados a la plenitud de ese banquete de bodas que es el estilo con que Jesús quiere que vivamos nuestra vida. Un sentido de fiesta y de alegría como tiene siempre un banquete de bodas; un sentido de hermandad, de amistad, de cercanía, de compartir y convivir como se siente siempre entre todos los que participan en una misma comida. Es el estilo del Reino de Dios al que Jesús nos llama y que viene a instaurar.
Y es que estando Jesús con nosotros de ninguna manera nos sentiremos abandonados ni solos. En El encontramos nuestra alegría y nuestra fuerza. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta Isaías en la primera lectura. Nos habla de ese amor de Dios que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, es más, se goza con nosotros. Nos llama el Señor con un nombre nuevo y empleando las imágenes de lo que era habitual en las bodas en que la novia era engalanada con coronas y diademas, así nos dice como el Señor nos vestirá con un vestido nuevo y se alegra en nosotros porque nos prefiere y nos pone el ejemplo e imagen ‘como un joven se casa con su novia, la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo’.
Es la vestidura nueva de la gracia. Recordemos que en el Bautismo fuimos revestidos de una vestidura nueva para significarlo invitándonos a salir al encuentro del Señor con esas vestiduras blancas. Vestiduras blanqueadas y purificadas en la Sangre del Cordero como nos dice el libro del Apocalipsis con las que mereceremos entrar a cantar la gloria del Señor en cielo para siempre.
Como le escuchado decir a alguien ‘no nos ama el Señor porque seamos hermosos, sino que su amor nos colma de hermosura’. Y podemos recordar lo que nos dice el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo…’ y nos ama aunque seamos pecadores; nos ama y su amor nos baña y purifica, nos embellece y nos recrea, nos hace hombres nuevos. Nos ama porque El es amor y, como diría alguien, no sabe hacer otra cosa. Y nos ama para curarnos, para elevarnos hasta El.
Este vino nuevo que se  nos ofrece en este banquete de bodas es también como tipo y signo del vino nuevo del Banquete del Reino de Dios que Cristo nos ofrece cuando en la Eucaristía nos invita a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. ‘Tomad y comed, nos dice, tomad y bebed esta copa es la Sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados’.
En la Eucaristía la conversión, el milagro es más significativo y radical. En la Eucaristía el vino se convierte en la Sangre de Cristo. Sangre de la vida y del amor más grande; es el amor del que da su vida por aquellos a los que ama. Es un banquete al que Dios nos invita y en el que podemos llegar a comer y a beber a Dios. Un banquete que anuncia y anticipa el banquete misterioso del Reino. Por eso, Cristo quiere ser nuestro alimento y nuestra bebida, porque quiere ser nuestra vida, porque comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre tendremos vida en nosotros, se nos da en prenda la vida futura, la vida que dura para siempre.
‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es grande el signo que estamos contemplando. Es hermosa la vida nueva, la vida de plenitud a la que Cristo  nos llama y nos invita. Es maravilloso el sentido nuevo que en Cristo encontramos para todas las cosas. Grande es la gloria del Señor que se nos manifiesta. Intensa tiene que ser la fe que se despierte en nuestro corazón y con la que queremos responder a tan hermosa invitación de amor que nos hace.

sábado, 19 de enero de 2013


¿A quiénes llama Jesús? ¿con quién quiere contar?

Hebreos, 4, 12-16; Sal. 18; Mc. 2, 13-17
‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’.  ¿A quiénes llama Jesús? ¿con quién quiere contar?
En nuestras miras humanas nos podría parecer que, dado que Jesús venía con una misión importante que de alguna forma tendría que revolucionar el mundo, habría de escoger a personas influyentes, que fueran bien considerados y bien mirados por todos, con una sabiduría o unos conocimientos especiales y con cualidades que los tendrían que hacer distintos para ser capaces de liderar la obra que se les iba a confiar.
Pero ya vemos que las miras de Jesús son bien distintas. Hasta ahora hemos visto que llama a unos sencillos pescadores de Galilea cuya única sabiduría era la de saber echar las redes por donde hubiera peces para pescar y no siempre acertarían. Ahora, ¿a quien vemos que llama a seguirle para formar parte del grupo de los doce? A alguien que no era bien mirado por los judíos porque era un recaudador de impuestos, que ya de por sí tenían mala fama y a los que incluso se les llama publicanos y pecadores. Pero es la forma de mirar Jesús, es su forma de actuar. ‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo; Sígueme’.
Pero ¿quién ha tenido la prontitud de respuesta y la generosidad y disponibilidad para seguir su llamada como la de los pescadores de Galilea un día y hoy la disponibilidad y generosidad de Leví? Los pescadores dejaron su barca, sus redes para seguir a Jesús como pescadores de hombres. Ahora Leví se levantará con prontitud del mostrador de los impuestos para seguir a Jesús. Incluso invitará a su casa a Jesús y lo sentará a su mesa. Tampoco va a ser bien mirado por los escribas y fariseos porque en la misma mesa se han sentado un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama con Jesús y sus discípulos.
Allá está la reacción de los fariseos que les dicen a los discípulos: ‘¡De modo que come con publicanos y pecadores!’ Pero Jesús está al tanto. ‘No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’, les dice.
Jesús no hace discriminación con nadie porque con El llega la salvación para todos los hombres. Quiere que todos los hombres se salven y para todos es su luz salvadora. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y salve. Y serán los pequeños y los pecadores los que estarán más prontos a escuchar su voz y seguirle, porque serán los que se sientan iluminados de verdad por su luz. El que se cree justo y santo ya se cree seguro con su luz y no será capaz de descubrir al que es la verdadera luz.
Cuántas veces nos encontramos a tantos en nuestro paso por los caminos de la vida que se sienten muy seguros en sí mismos, que se cierran a toda trascendencia y espiritualidad, que viven su vida a su manera pensando que ya se lo saben todo y nadie tiene que enseñarles nada. Qué difícil les es abrirse al misterio de Dios, abrirse al don de la fe. Creen no necesitar ya nada que pueda darle un sentido a sus vidas.
Por eso nos dirá en otro lugar que no son los sabios y los entendidos, los que se creen sabios y entendidos, a los que se revelará el Padre del cielo, sino a los pequeños y a los humildes, porque serán los que tendrán el corazón más abierto a su luz y a su verdad. Es el espíritu humilde y confiado con que nosotros tenemos que acercarnos a Dios. Seremos pequeños o quizá poca cosa, pero de una cosa estamos seguros y es que Dios nos ama tal como somos, incluso aunque seamos pecadores.
Abramos nuestro corazón a Dios y disfrutemos de su amor. Abramos el corazón a Dios y seamos capaces de escuchar la llamada de amor que nos está haciendo, porque el Señor también quiere contar con nosotros.

viernes, 18 de enero de 2013


¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

Hebreos, 4, 1-5. 11; Sal. 77; Mc. 2, 1-12
‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Hemos de reconocer que tienen razón en la pregunta, aunque sabemos bien por qué es el planteamiento por el que se la hacen. Pero hemos de reconocer también que es una pregunta y un planteamiento que se siguen haciendo muchos a nuestro alrededor, incluso llevando el nombre de cristianos. ¿Por qué se dicen muchos tengo que acudir al sacerdote y al sacramento para pedirle perdón a Dios por mis pecados y recibir el perdón? Como dicen algunos, yo me confieso solo con Dios.
La pregunta surgió en la ocasión que nos narra el evangelio porque habían venido unos que traían en una camilla a un paralítico para que Jesús lo curara. ‘No quedaba sitio ni a la puerta… y como no podían meterlo, nos dice el evangelista, levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico a los pies de Jesús’. Y ya escuchamos; Jesús en lugar de curarlo, que era lo que todos esperaban, ‘le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Surge el estupor y los interrogantes, las acusaciones de blasfemia y el escándalo por parte de los escribas que estaban allí sentados observándolo todo. Siempre observando desde la distancia, como tantos, no porque se quiera aprender sino para ver donde podemos coger a quien nos ofrece cosas nuevas. ‘¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’
Como decíamos al principio, es cierto, solo Dios es el que puede perdonarnos los pecados. Pero, ¿quién es el que está allí sentado, enseñándoles y a quien han venido para que cure a aquel paralítico y lo levante de la camilla? Jesús está viendo su corazón y cuales son sus murmuraciones y críticas. ‘¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil - de quién es el poder para realizar el milagro - decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados, o decirle levántate, coge tu camilla y echa a andar?’ ¿Quién es el que tiene poder para dar la salud y para dar la vida? ¿Acaso eso lo puede hacer un hombre por su propio poder?
Sí, allí está quien tiene poder para perdonar los pecados como para dar la vida y la salud. Es necesario abrir los ojos de la fe; es necesario quitar toda malicia del corazón que nos oscurece los ojos; es necesario abrirnos al misterio salvador de Dios; es necesario dejarse envolver por esa nube de amor divino que nos llega con Jesús.
Sí, ahí sigue estando Jesús para regalarnos ese perdón de Dios, que para eso ha derramado su Sangre salvadora por nosotros y quiere hacernos partícipes del misterio pascual a través del misterio y ministerio de la Iglesia. ‘Hacedlo en memoria mía’, les dio poder a los apóstoles para que pudiéramos seguir celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección en los sacramentos. ‘A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’,  nos dice y nos regala el don del Espíritu. ‘Recibid el Espíritu Santo’, les dijo a los apóstoles en la tarde de la resurrección cuando se les aparece en el Cenáculo y con la fuerza del Espíritu podremos seguir celebrando el misterio de Cristo, podemos seguir haciéndonos partícipes de toda esa gracia salvadora que El tiene para nosotros.
En el ministerio de la Iglesia, por las manos de aquellos que fueron ungidos con el Espíritu Santo para ser pastores en nombre de Jesús en medio de la Iglesia, seguimos recibiendo ese perdón que Dios nos regala. Porque, hemos de tenerlo muy claro, es un regalo que nos hace Dios no porque nosotros lo merezcamos, sino porque así de grande e infinito es el amor que nos tiene. ¿Son unos hombres los que nos perdonan? No, es Cristo mismo el que nos perdona. Allí está el sacerdote en el sacramento en el nombre de Dios, con el poder de Cristo por la unción del Espíritu, para traernos la gracia salvadora del Señor.
Acudamos a Jesús con la parálisis y la muerte de nuestro pecado. Saltemos por encima de todas las barreras de nuestras dudas y prejuicios para llegar hasta los pies de Jesús. Allí siempre nos vamos a encontrar el amor, la acogida, el perdón, la gracia redentora. Vayamos con humildad, pero pongamos también mucho amor, como sucedería con la mujer pecadora, que aunque tenía muchos pecados, ponía también mucho amor.

jueves, 17 de enero de 2013


Reconozcamos con toda sinceridad que no estamos limpios

Hebreos, 3, 7-14; Sal. 94; Mc. 1, 40-45
La vida y la situación en la que estaban en la antigüedad los leprosos, como todos sabemos, era muy dura y difícil, aunque quizá tengamos que reconocer que esa discriminación ha llegado casi hasta nuestros días en el caso de la lepra, pero sigue siendo actual en otros muchos casos de discriminación y marginación. El leproso era un maldito, se le consideraba un ser impuro e inmundo, no podía convivir con el resto de personas ni siquiera de su familia, teniendo que vivir aislado de todo y de todos. Incluso si alguien se acercaba a él, tenía que gritarle que era un ser impuro para que nadie llegase a su cercanía.
Por eso nos resulta sorprendente el hecho de que este leproso llegara incluso a los pies de Jesús. Sorprendente pero al mismo tiempo admirable por su valentía y por su humildad. No esconde su mal, lo reconoce, pero tiene la confianza de que Jesús puede curarle. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Y ya hemos escuchado en el relato del evangelio lo que sucedió. Jesús lo cura, tocándolo incluso - qué calor humano sentiría aquel hombre al ver que incluso Jesús extendía su mano para curarle - y le manda que vaya a cumplir con lo prescrito por la ley para que se reconociese su curación y pudiera volver al seno de la comunidad y estar con los suyos.
Ya en esto que estamos comentando hay muchas cosas admirables. Y admirable es por parte de Jesús esa cercanía y esa curación, queriendo expresar también hasta donde llegaba el amor de Dios que habitualmente en aquella situación no era ejemplarizada por los hombres. Allí esta Jesús con el amor infinito de Dios. Allí está Jesús con su salvación y con su salud. Aquel hombre saldrá hecho un hombre nuevo de la presencia de Jesús.
Pero vamos a hacer una lectura para nuestra vida desde la postura valiente y humilde de aquel leproso que se acerca a Jesús. Ya lo hemos destacado, su valentía y su humildad. Podemos poner ambos valores y actitudes en un mismo bloque. Porque la valentía no fue solo atreverse a saltar todas las normas movido por su fe para acercarse a Jesús, sino que valentía hemos de ver también en la humildad de reconocer su situación.
Nos cuesta reconocer nuestras miserias y debilidades. Queremos quizá en la vida presentar una imagen muy resplandeciente de nosotros mismos aún cuando sabemos en nuestro interior que no es oro todo lo que brilla en nuestra vida, porque estamos muy llenos de miserias y oscuridades. El orgullo en ocasiones nos lo impide reconocer incluso ante nosotros mismos, no solo ante los demás, Nos queremos creer buenos, íntegros, santos, perfectos y nos puede no solo el orgullo sino la vanidad. Reconozcamos que incluso cuando vamos a confesar nuestros pecados muchas veces vamos mirando a ver cómo lo digo para que no parezca tan terrible y no se estropee la imagen que puedan tener de mí.
Hemos de comenzar por reconocer esa necesidad de salvación que todos tenemos, porque siempre somos pecadores. Seamos capaces de mirarnos a la cara a nosotros mismos para ver nuestros defectos, nuestros fallos, nuestras debilidades. Mientras no reconozcamos de verdad que no estamos del todo limpios porque hay miseria de pecado en nosotros no estaremos en auténtica disposición para recibir la gracia salvadora del Señor.
A lo más, en ocasiones, somos capaces de reconocer o decir que somos pecadores, pero de una forma ritual, mecánica en ocasiones, pero no llegamos a poner toda la sinceridad de nuestra vida. Que ese acto penitencial de reconocimiento de que somos pecadores con que siempre comenzamos nuestras celebraciones, en especial la celebración de la Eucaristía,  no sea algo mecánico meramente formal, sino que en ese momento con toda sinceridad reconozcamos que somos pecadores necesitados de la salvación y por eso venimos al encuentro con el Señor. Si lo hacemos así seguro que nuestra celebración no será una cosa rutinaria sino algo vivo, porque en verdad estaremos viviendo un encuentro de gracia con el Señor que viene a nosotros con su salvación.
Quiero, queda limpio’, le dijo Jesús y nos quiere decir a nosotros también.

miércoles, 16 de enero de 2013


Vámonos a otra parte para predicar también allí que para eso he venido

Hebreos, 2.14-18; Sal. 104; Mc. 1, 29-39
‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido’. Fue la respuesta de Jesús cuando le buscan en aquel amanecer. La tarde anterior mucha gente se había arremolinado ante la puerta cuando corrió la noticia de Jesús. Le traían muchos enfermos acosados de muchos males y a todos curó. Pero en la madrugada se fue al descampado a solas para orar. Allí le encuentran, porque ya muy de mañana hay mucha gente que le busca.
Sucedió entonces como sigue sucediendo hoy. Cuando acontecen cosas extraordinarias, cuando vemos cosas milagrosas allí acudimos en masa. Todos queremos ver; todos queremos saber; todos queremos sentirnos beneficiarios de esas cosas maravillosas. Entonces, como ahora también, muchas veces parece como que toda nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana está solo fundamentada en milagros o cosas extraordinarias y si no hay esas cosas extraordinarias parece que se nos acaba la fe.
¿A qué ha venido a Jesús? ¿Qué es lo que realmente El quiere ofrecernos? ¿Solo milagros o cosas extraordinarias? Fijémonos bien en el evangelio. Hoy nos ayuda a reflexionar. Ha comenzado Jesús anunciando el Reino de Dios. Su principal misión es esa predicación para que en verdad nos convirtamos al Señor. Los milagros que realiza con signos que nos vienen a corroborar ese mensaje y a manifestarnos, es cierto, la grandeza y la maravilla del amor del Señor que quiere liberarnos de todo mal.
Pero ¿cuál fue su primer mensaje? Se acerca el Reino de Dios porque ya se ha cumplido el tiempo y hemos de convertir nuestro corazón al Señor poniendo toda nuestra fe en El. ‘Convertios y creed en la Buena Noticia’. Ahora, cuando le buscan porque han visto milagros, nos dirá que hay que ir a otro sitio porque tiene que predicar en otras partes ‘que para eso he venido’.
Es la Palabra que nos anuncia el Reino de Dios; es la Palabra que quiere llenarnos de vida nueva transformando nuestro corazón para que nunca más el mal domine en él; es la Palabra que suscita esperanza en nuestro corazón y nos enseñará a caminar caminos nuevos de más amor y de más justicia; es la Palabra que nos vivifica y nos salva, nos hace conocer a Dios y nos ayuda a comprender el verdadero sentido del hombre; es la Palabra que nos abre los ojos para que descubramos los valores nuevos por los que hemos de luchar y esforzarnos; es la Palabra que pondrá actitudes nuevas en nuestro corazón para que comencemos a amar con nuevo amor a los que están a nuestro lado y logremos caminos de entendimiento, de armonía, de paz, de buena convivencia, de alegría de la verdadera que nace de un corazón bueno y puro.
Es la Palabra que tenemos que escuchar y dejar que penetre hondo en nuestro corazón haciendo que nuestra vida sea tierra que haga fructificar esa semilla al ciento por uno. Jesús quiere enseñarnos y nosotros hemos de escucharlo con amor, con disponibilidad en el corazón para dejarnos transformar por la fuerza de su Espíritu. No siempre es fácil. Muchas veces buscamos más ese milagro fácil que nos soluciones nuestros problemas o nuestras necesidades antes que escuchar con atención sobre todo cuando esa Palabra que escuchamos nos va a pedir un cambio de vida, un cambio de actitudes, un cambio de comportamiento. Cuánto nos cuesta todo eso, pero es el camino que hemos de hacer.
Hoy Jesús con su ejemplo también nos está enseñando donde y cómo encontrar la fuerza para todo ello. El se fue de madrugada al descampado para orar. Sepamos retirarnos allá al interior de nuestra vida, haciendo silencio en nuestra alma, para orar al Señor, para escuchar al Señor. Estos días me encontré con esta frase como os ofrezco como resumen de lo ultimo que hemos dicho: ‘La oración es la llave que abre todas las puertas’.

martes, 15 de enero de 2013


Jesús se manifiesta como quien nos trae la salvación liberándonos del mal

Hebreos, 2, 5-12; Sal. 8; Mc. 1, 21-28
Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Es la admiración que sienten las gentes de Cafarnaún por la presencia de Jesús en medio de ellos.
Jesús anuncia el Reino de Dios. Comenzaba invitando a la conversión y creer en la Buena Noticia que llegaba a ellos. Y la Buena Noticia, el Evangelio, está en la presencia de Jesús con su predicación y con sus obras. Era necesario creer en El. Lo que está anunciando lo está realizando al mismo tiempo. Es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio: Jesús enseñando a las gentes y manifestando ese poder de Dios con las obras que realiza, con los milagros que son signos de esa liberación del mal.
Anunciar el Reino de Dios significa que hemos de reconocer y hemos de tener a Dios como el único Señor de nuestra vida. Jesús nos irá explicando luego con su predicación día a día todo lo que implica este reconocimiento del Reino de Dios, este reconocer que Dios es nuestro único Señor, pero al mismo tiempo ha de ir venciendo a quien se opone a ese reinado de Dios. Son los signos y señales que Jesús realiza; se manifiesta esto en el poder divino con el que El va realizando los milagros. Es una señal de ese Señorío único de Dios que ha de manifestarse en toda nuestra vida.
Jesús ha ido el sábado a la sinagoga de Cafarnaún a enseñar. Hoy no nos dice el evangelista en qué consistió su predicación pero podemos deducir fácilmente porque estamos en los primeros versículos del evangelio de Marcos que su predicación era el anuncio del Reino de Dios que llegaba que en versículos anteriores ya nos ha manifestado (lo escuchábamos ayer).
‘Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados sino con autoridad’, nos dice el evangelista. No hablaba y enseñaba Jesús cosas aprendidas de memoria, podríamos decir, ni palabras que tomara de otro. Era Jesús la Palabra de Dios, el Verbo de Dios; es Jesús nuestro único Maestro a quien tenemos que escuchar. Nadie podía hablarnos las cosas de Dios mejor que El porque es la revelación de Dios, la manifestación en carne mortal del amor infinito de Dios. ¿Cómo no se iba a expresar con autoridad?
Pero la autoridad se expresaba también en las obras que realizaba. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’. Alguien poseído por el maligno. Si Jesús anunciaba que Dios es nuestro único Señor, ¿cómo podía aquel hombre estar poseído por el  mal? Lo expresa la propia reacción de aquel hombre que estaba poseído por el maligno. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Quieres acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios’. Y ya hemos escuchado Jesús lo liberó del mal. De ahí la admiración de las gentes. Allí estaba el Salvador; allí estaba quien nos traía la salvación.
Nosotros queremos escuchar a Jesús; queremos seguir su camino para llegar a vivir desde lo más profundo de nosotros la realidad del Reino de Dios. Con gozo y esperanza queremos estar unidos a Jesús. Jesús nos pedía creer en El y en su Buena Noticia y convertir nuestro corazón a Dios para que El sea el único Señor de nuestra vida. Es lo que tenemos que ir haciendo en nuestra vida cada día. Por eso es importante el crecimiento y maduración de nuestra fe. Pero que no se quede en palabras, que lleguemos a esa transformación del corazón y se vaya manifestando en las obras de santidad de nuestra vida.
Por eso con humildad nos acercamos a Jesús cada día para escuchar su Palabra y para llenarnos de su vida. Quien quiere seguir a Jesús y quiere llevar el nombre de cristiano ha de querer vivir siempre muy unido a Jesús. Muchas veces nos cuesta mantener esa unión porque se nos mete el mal en el corazón, nos dejamos arrastrar por la tentación y caemos tantas veces en el pecado que nos aleja del Señor. Por eso hemos de estar siempre vigilantes para no dejarnos seducir. Por eso le pedimos al Señor que venga a nosotros con su salvación y nos vaya liberando de ese mal. Es la oración que cada día hacemos pidiendo que no nos deje caer en la tentación y nos libre de todo mal.

lunes, 14 de enero de 2013


El alimento de la Palabra que cada día nos pone en disponibilidad para seguir a Jesús

Hebreos, 1, 1-6; Sal. 96; Mc. 1, 14-20
Iniciamos hoy el tiempo ordinario y comenzamos un nuevo ritmo de lecturas de la Palabra de Dios en las Eucaristías de los días feriales. En este año impar en la primera lectura comenzaremos por la carta a los Hebreos, mientras en el evangelio iniciamos el evangelio de san Marcos de una forma continuada.
Es el alimento de la Palabra de Dios que cada día vamos recibiendo para iluminar nuestra vida, para ir haciéndonos crecer en nuestra fe mientras vamos avanzando en el conocimiento del Misterio de Dios. Cuando estos días pasados de la Epifanía escuchábamos esa manifestación que se iba haciendo de Jesús uno de los aspectos en los que nos fijábamos era como Cristo que sentía lástima de las multitudes que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor, se ponía a enseñarles alimentándolos con la Palabra del Señor. Es lo que queremos nosotros ir haciendo ahora, alimentarnos de Dios que no solo se nos da en la Eucaristía sino que también la Palabra es un banquete de vida al que El nos invita para que vayamos a El.
‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Así comienza la carta a los Hebreos que iniciamos hoy. El Dios que nos ha creado nunca se ha desentendido del hombre. Nos creó y puso su obra creadora en neustras manos pero no es sólo que el hombre haya buscado a Dios y haya querido comunicarse con El, sino que es Dios mismo el que se adelante para venir hasta el hombre y hablarle manifestándonos su amor.
En un versículo casi nos hace un resumen de la historia de la salvación cuando nos dice que  nos ha hablado de muchas maneras y en distintas ocasiones y nos ha manifestado su voluntad por los profetas. Recordamos así toda la historia del Antiguo Testamento, pero podemos recordar a tantos hombres de Dios que a lo largo de la historia nos han ayudado a acercarnos a Dios en cualquier tiempo o en cualquier momento de nuestra vida. Pero la plenitud de la revelación la tenemos en Jesús. ‘En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo’. Va a ser el centro de todo el mensaje de la carta a los Hebreos, que más que carta es como una hermosa homilía o reflexión que nos ha quedado en la Palabra de Dios.
Es Jesús esa Palabra de Dios, esa revelación en plenitud de Dios, esa manifestación gloriosa de lo que es todo el amor de Dios. Hemos estado celebrando en estos días todo el misterio de su encarnación y nacimiento. Ahora iremos dando pasos a lo largo de todo el año litúrgico en esa profundización en el conocimiento del misterio de Jesús y de su salvación.
Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios, como hoy escuchamos en el evangelio, y que fue su primer mensaje, su primera predicación. Reino de Dios que hemos de aceptar convirtiendo nuestro corazón a Jesús. ‘Se ha cumplido el plazo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Es la etapa final de la que nos ha hablado la carta a los Hebreos.
‘Está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’. Esa Buena Noticia, ese Evangelio es Jesús que llega, es el Reino de Dios que ha de instaurarse en nuestra vida. Hemos de creer en esa Buena Noticia, darle importancia, acogerla en nuestro corazón aunque eso signifique que muchas cosas tenemos que renovar en nuestra vida. Por eso Jesús nos habla de conversión. Si es Buena Noticia es porque es algo bueno y algo nuevo. Ahí está la novedad del Evangelio de Jesús que siempre es vida y salvación para nosotros. En cada momento de nuestra vida necesitamos de esa salvación, de esa renovación de nuestra existencia.
Es la primera disponibilidad que nos pide Jesús para seguirle, creer en El. Luego vendrá el momento, como el de aquellos pescadores de Galilea, que cuando Jesús invita a seguirle habrá disponibilidad también para dejarlo todo por seguirle. ¿Tendremos nosotros la fe y la disponibilidad de aquellos primeros discípulos?

domingo, 13 de enero de 2013


En el Bautismo de Cristo en el Jordán se reveló que era el Hijo amado del Padre

Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Lc. 3, 15-16.21-22
‘Viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Juan estaba allá junto al Jordán. ‘El pueblo estaba en expectación y se preguntaban si no sería Juan el Mesías’. El bautizaba con agua. Pero allí está Jesús que también ha venido. ‘En un bautismo general, también Jesús se bautizó’.
Lo estamos celebrando hoy como culminación de todas las fiestas de la Navidad y la Epifanía. Jesús se ha ido manifestando. Es la fiesta del Bautismo del Señor. Los ángeles, los pastores; la estrella, los magos de Oriente son rayos de luz que nos han ido manifestando a Jesús. Durante esta semana de la Epifanía hemos ido escuchando las diferentes reacciones de aquellos que iban conociendo a Jesús que se nos ha ido manifestando como luz, como alimento, como presencia salvadora junto a nosotros, como el que nos libera y nos trae la gracia y el perdón. Hemos ido escuchando las confesiones de los primeros discípulos en ese camino de ir conociendo a Jesús. Hoy será la voz del cielo.
‘Mientras Jesús oraba después del bautismo, se abrió el cielo, nos dice el evangelista, y bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Quien estaba allí, Jesús que había venido de Nazaret, era quien estaba lleno del Espíritu de Dios; la voz del Padre desde el cielo nos lo está señalando; no son las voces humanas que puedan ir confesando lo que van descubriendo en Jesús.
Es la revelación de Dios, es la voz del cielo. Quien está allí es el Hijo amado de Dios que en tanto amor que Dios nos tiene nos lo ha enviado para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. ‘En el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo’, hemos confesado en la oración litúrgica.
Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como luego nos lo señalara el Bautista, que se había querido someter a aquel bautismo de Juan porque se había querido hacer en todo semejante a nosotros - era uno de tantos en medio de aquella fila de los que se sentían pecadores y querían bautizarse como una señal de su arrepentimiento y conversión - y, aunque en El no había pecado, había cargado con todos nuestros pecados, allí estaba siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado de Dios y como  nuestro Mesías Salvador. Es el Ungido del Señor.
‘Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio de tu Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado para anunciar la salvación a los pobres’.
Como expresaremos también en el prefacio ‘en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces ya no sería simplemente un bautismo de agua como el que Juan realizaba allí con los pecadores, sino que sería ya para siempre el Bautismo en el Espíritu Santo y fuego. ‘El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’ había dicho el Bautista. Allí ya se había manifestado el Espíritu Santo sobre Jesús.
Desde entonces cuando nos bautizamos en el nombre de Jesús, porque de verdad nos convirtamos a El, porque confesemos con toda nuestra vida nuestra fe en El, vamos a recibir el Espíritu Santo que nos trasforma y nos renueva y nos llena de nueva vida. Es el fuego renovador que todo lo purifica y nos limpia y arranca de nuestro pecado para entrar en los caminos de la gracia y de la salvación. Es el agua salvadora que nos purifica y nos llena de vida haciendo surgir en nuestro corazón esa agua viva, esa vida nueva que nos hace participes de la vida de Dios haciéndonos a nosotros también hijos de Dios.
También baja sobre nosotros el Espíritu del Señor en el bautismo que en el nombre de Jesús recibamos y ya escucharemos para siempre la voz del Padre que nos llama hijos; también nosotros somos los hijos amados de Dios. Es la dicha y el gozo que podemos sentir en nuestro corazón; es la dicha que nace en nosotros por la fe que vivimos, por la fe que profesamos, por la fe que compartimos y trasmitimos también a los demás.
Hoy es un día para dar gracias a Dios. Maravilla de revelación que nos da a conocer a su Hijo, lleno del Espíritu Santo. Hoy hemos de dar gracias a Dios por el nuevo Bautismo que nos ha dado que nos hace partícipes de su vida divina. Gracias porque nos llama a nosotros hijos también y lo somos, como diría san Juan en sus cartas. Gracias porque sobre nosotros también en nuestro Bautismo se derrama el Espíritu en nuestra vida para purificarnos y para vivificarnos, para llenarnos de nueva vida y para hacernos caminar por caminos de gracia y de santidad.
Es un momento propicio para considerar la grandeza y maravilla del Bautismo que hemos recibido. Recordarlo y renovarlo. El sacramento que hemos recibido no se puede quedar como un rito que recibimos en nuestra niñez y como si fuera algo que se quedó atrás en el tiempo. Hemos de vivir nuestra condición de bautizados lo que entraña esa santidad que ha de brillar en nuestra vida.
Fuimos ungidos también con el Espíritu, con el crisma santo, y ahora hemos de vivir como unos consagrados, hemos de vivir una vida santa. Y eso tenemos que irlo realizando en el día a día. Como ungidos somos otros ‘cristos’; así hemos de imitar a Cristo en nuestra vida, dejarnos transformar por El. ‘Concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en humanidad’, pedíamos en la oración. El Espíritu del Señor está en nosotros y hará posible esa transformación. Por eso es necesario dejarse conducir por el Espíritu, sentirse lleno del Espíritu divino que nos santifica y que nos hace vivir como hijos de Dios.