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viernes, 12 de agosto de 2011

Damos gracias a Dios por nuestra historia sagrada


Josué, 24, 1-13;

Sal. 135;

Mt. 19, 3-32

Cuando era niño en la escuela o en el colegio había una hora de clase que nos gustaba a todos; era la clase de historia sagrada en la que se nos narraban las historias de los personajes de la Biblia, la historia de Israel, y tanto del Antiguo Testamento como también de los evangelios contados así en forma de historia. Era algo ameno pero que nos dejaba grandes enseñanzas porque de alguna manera se nos estaba contando la historia de nuestra fe.

Es lo que le hemos escuchado hoy a Josué. Han entrado ya en la tierra prometida y él quiere hacer que el pueblo proclame su fe en el Dios que les ha salvado y conducido hasta aquella tierra, queriendo además que sea una respuesta libre pero bien firme, como mañana escucharemos. Lo que hoy se nos ha narrado en el texto es es recuerdo de la historia del pueblo de Israel haciendo resaltar en cada momento la presencia y la intervención de Dios en su propia historia. Es un pueblo creyente que sabe leer su vida y su historia desde su fe y descubre esa presencia del Señor que nunca les ha abandonado.

Desde Abraham y todos los patriarcas, su salida de Egipto, el paso del mar Rojo y su largo camino por el desierto hasta establecerse ahora en la tierra que Dios les había prometido, el Señor ha estado siempre presente, llamando, alentando, conduciendo, enseñando, corrigiendo, castigando incluso sus infidelidades, pero perdonando siempre amándolos sobremanera porque son su pueblo y El es su Dios.

Historia sagrada la llamamos porque desde nuestro sentido creyente vemos siempre esa mano del Dios presente en medio de su pueblo. Pero todos tenemos nuestra historia sagrada. Bueno sería que cada uno la recordáramos. Es nuestra historia personal, aunque enraizada en una familia y también en la pertenencia a un pueblo determinado, o una sociedad en la que hemos hecho y hacemos nuestra vida. Y decimos también historia sagrada la nuestra porque como creyentes hemos de saber leer la historia de nuestra vida a la luz de la fe y descubrir también esa presencia de Dios con nosotros.

Sería un buen ejercicio, por llamarlo de alguna manera, que nos vendría bien hacerlo más de una vez en la vida. Entonces descubriríamos por cuántas cosas tenemos que darle gracias a Dios, porque es tanto lo que el Señor nos ha regalado. Desde nuestro nacimiento y nuestro bautismo, desde la familia en la que nacimos y fuimos educados, desde todo ese proceso de crecimiento y maduración de nuestra vida en todos sus aspectos, nuestra niñez o nuestra juventud, nuestra vida adulta y lo que ahora somos y vivimos. Sepamos descubrir la acción y la presencia de Dios ahí en nuestra vida concreta.

Aunque haya habido momentos en nuestra vida que quizá no contábamos tanto con el Señor porque nuestra fe era muy elemental o quizá se había enfriado en nuestra vida; aunque quizá hayamos vivido momentos de infidelidad y pecado, no olvidemos que todos somos pecadores; aunque haya habido momentos muy difíciles y con muchos problemas que quizá nos volvieron rebeldes o con reacciones como muy especiales. Dios ha estado siempre ahí a nuestro lado, no nos ha abandonado, sino que siempre con lazos de amor ha querido atraernos hacia El para que sintamos su amor y su protección.

Quizá podamos haber tenido momentos especiales, experiencias especiales en que Dios nos habló a nuestro corazón. El nos habla por muchos caminos, en una celebración religiosa, en una lectura especial que hayamos hecho, en un consejo que alguien nos dio, en un momento de reflexión… de muchas formas, pero quizá podemos recordar esa luz especial que iluminó nuestra conciencia, nuestro corazón y nos hizo sentir ese calor del amor de Dios en nosotros.

Cada uno tenemos nuestra especial historia sagrada por la que tenemos que dar gracias a Dios. En el salmo, como respuesta a la Palabra que se nos iba proclamando, y haciendo precisamente un recuerdo de esa historia sagrada, fuimos dando gracias a Dios ‘porque es eterna su misericordia’. Hágamoslo muchas veces allá desde lo hondo del corazón. Que crezca nuestra fe. Que crezca el amor con que respondemos a Dios.

jueves, 11 de agosto de 2011

La grandeza del corazón que se manifiesta en la compasión y el perdón


Josué, 3, 7-10.11-13-17;

Sal. 113;

Mt. 18, 21-19, 1

Una señal clara de la grandeza de un corazón es su capacidad de compasión y de misericordia. Algunas veces en la vida nos la vamos dando de duros y nos volvemos inflexibles e intransigentes.

Y hay quizá quien piense que en el orgullo de su autosuficiencia, poniéndose por encima de todo y de todos, manifiesta mejor su hombría y su poder porque así marca las distancias con los demás subiéndose en el pedestal de su orgullo. Querrá ser hombría, o como quiera llamársele, pero no es humanidad.

Y las relaciones entre las personas, las verdaderas relaciones, tienen que estar llenas de humanidad; humanidad que no podrá nacer sino de un corazón bueno, un corazón bondadoso, capaz de amar y compadecerse, para ser comprensivo y misericordioso con los demás. Qué distintas serían las relaciones entre nosotros cuando tenemos esa generosidad de corazón para comprendernos y perdonarnos.

Es una de las cosas que quiere enseñarnos la parábola. Jesús la propone desde una pregunta que hace Pedro, después que ha escuchado hablar a Jesús del amor que hemos de tenernos para ser capaces de ayudarnos incluso con la corrección fraterna. Y ya sabemos que hay ocasiones en que nos corregimos con amor los unos a los otros, pero quizá no se da el paso a un verdadero cambio del corazón y de las actitudes, y se vuelve una y otra vez a tropezar en la misma piedra, como se suele decir, en lo que molestamos u ofendemos a los demás.

‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Ya conocemos bien la respuesta de Jesús por que en esas setenta veces siete está queriendo decirnos que siempre tenemos que perdonar al hermano. Y es que si no somos capaces de perdonarnos nos hacemos la vida imposible los unos a los otros.

Es cierto que no tendríamos que ofendernos, pero ahí está nuestra debilidad. Pero frente a esa debilidad tendría que estar un corazón generoso capaz de comprender y de perdonar, capaz de mirarse a sí mismo antes de tirar la piedra contra el hermano, porque también tenemos vigas en nuestros ojos, tantas veces también ofendemos a los demás, pero sobre todo tendríamos que aprender desde la veces que nos hemos sentido perdonados por el Señor.

La parábola está clara y fácil de entender. Diferente actitud y diferente corazón entre uno y otros. Grandes eran las diferencias de las deudas, pero precisamente al que le debían menos, pero le habían perdonado mayor cantidad, más intransigente se había vuelto y más duro era su corazón. Creo que entendemos fácilmente que no nos quedamos en unas deudas simplemente de orden económico, sino que es una forma de hablar en la parábola para hablarnos de esas ofensas que nos hacemos mutuamente o de cómo ofendemos a Dios.

Una hermosa lección para la vida que tendríamos que aprender bien. Confieso que siento dolor en mi corazón cuando contemplo a personas que no son capaces de perdonar y están martirizándose continuamente en su interior guardando un rencor, algunas veces por cosas bien insulsas; pienso que ese encerrarse en esos rencores guardados en el corazón poco menos que eternamente lo que hace es atormentarnos más y más; aunque se diga que tienen el gusto de no querer perdonar al otro para fastidiarlo y estarle recordando con nuestra actitud inmisericorde lo que ha hecho mal o aquello en lo que nos ha ofendido, quien realmente está sufriendo es el que guarda ese rencor.

Qué paz se siente en el alma cuando se tiene la valentía de perdonar. Paz y valentía, sí; la valentía nacida de la generosidad y del amor, que nos llena de verdadera paz en el alma. Aprendamos, por otra parte, a saborear el ser perdonados con la paz que nos da el Señor cuando es misericordioso con nosotros, para que así seamos capaces de tener esa generosidad y esa grandeza de corazón para saber perdonar a los demás.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Una espiritualidad para la entrega generosa de nosotros mismos

2Cor. 9, 6-10;

Sal. 111;

Jn. 12, 24-26

Vive la vida, nos suelen decir los amigos o los que nos rodean. Y por vivir la vida se entiende el disfrutar de todo y sin poner ninguna cortapisa, el que alejarnos de todo lo que nos pueda ocasionar preocupación o problemas, porque para qué vamos a complicarnos la vida, y en el pensar en uno mismo como si uno fuero lo único imporante o el centro del mundo. En ese sentido hay muchos refranes o frases hechas, que no es necesario traer ahora aquí. En esa manera habitual como entendemos la vida, o lo que vemos a nuestro alrededor, eso de sufrir o morir para poder vivir es algo que no se entiende. Encontramos facilmente un sentido de la vida así a nuestro alrededor y a pesar de que nos digamos cristianos es algo de lo que fácilmente nos podemos contagiar.

Hoy nos dice Jesús: ‘Os aseguro, que si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto…’ Cuesta entenderlo y asumirlo. Pero miremos a Jesús si en verdad nos decimos cristianos, creyentes en El y nos daremos cuenta que con estas palabras nos está reflejando lo que fue su vida. Ya sabemos que el camino de la pasión y de la cruz es algo que nos cuesta aceptar. Pero es su camino. Como tantas veces hemos dicho era algo que Pedro quería quitarle de la cabeza a Jesús.

Jesús nos viene a enseñar cómo nuestra mayor dicha y felicidad está en darnos, en ser capaces de entregarnos por los demás aunque tengamos que olvidarnos de nosotros mismos; que cuando hagamos felices a los demás es cuando más felices podemos llegar a ser nosotros. La grandeza espiritual de una persona pasa por ahí, por esa generosidad del corazón.

Pero a esa hondura no se llega de cualquier manera. Tenemos que dejarnos impregnar profundamente por el Espíritu de Jesús. Es necesario para un cristiano que quiere ser fiel de verdad a su fe el que cada día nos vayamos empapando más y más del evangelio. Para llegar a vivir en una entrega como nos enseña Jesús no es simplemente hacer lo que a mi buenamente se me ocurra, por asi decirlo, lo que pueda hacer con buena voluntad, sino que es necesario fortalecernos en el Señor. sólo con El es como podemos descubrir lo que tiene que ser nuestra entrega y nuestro amor y tener la fuerza para poder vivirlo.

Algunas veces cuando vemos una persona entregada y sacrificada por los demás y que además lo vive con alegría, nos preguntamos cómo es posible que puedan vivir con ese entusiasmo esa entrega y esa generosidad. Tenemos que descubrir allá en lo más hondo de esas personas que son personas de una espiritualidad grande porque viven muy unidas al Señor. Es eso profundo lo que tenemos que descubrir.

Es lo que podemos descubrir en la entrega hasta el sacrificio y la muerte de los mártires. Hoy celebramos a san Lorenzo, diácono y mártir. Con qué generosidad vivía su vida en el servicio de los pobres a los que atendía. Cuando le piden que les enseñe las riquezas de la Iglesia en aquellos momentos de persecusión, él les presenta a los pobres de Roma a los que atiende generosamente. Esa es su riqueza y la riqueza de la Iglesia, la entrega por amor a los demás.

Si en momentos difíciles asi, de persecusión, él tiene esa entereza tiene que ser por su fe profunda, por su grande espiritualidad, de su unión con Cristo para vivir un amor como el de Cristo. Un amor que le llevaba a despreciar su propia vida, a no temer la muerte, por el nombre de Jesús porque sabía bien donde estaba su riqueza y el premio que el Señor le concedería.

Es lo que tenemos que aprender nosotros. Es en lo que tenemos que ahondar cada día más en nuestra vida cristiana. Ese empaparnos del Evangelio, ese dejarnos impregnar y conducir por el Espíritu de Jesús. Y eso lo iremos logrando en la medida en que sepamos vivir unidos a Cristo en nuestra oración. Una oración de encuentro vivo, profundo, intimo, lleno de amor con el Señor. Que nunca nuestra oración sean rezos rutinarios. Que seamos capaces de darle hondura a nuestros encuentros con el Señor, en la oración o en la participación y celebración de la Eucaristía. Así florecerá esa generosidad del corazón para llegar a olvidarnos de nosotros mismos por darnos por los demás.

martes, 9 de agosto de 2011

Queremos que su luz ni se merme ni se apague nunca


Os. 2, 16-17.21-22;

Sal. 44;

Mt. 25, 1-13

¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Cuando eschamos la parábola nos puede parecer absurdo lo que le sucedió a aquellas doncellas que habían de tener encendida la lámpara para cuando llegara el novio a la boda. Esa era su tarea. Su misión. Para eso las habían enviado al camino con aquellas lámparas que iluminasen la llegada del esposo. Pero se durmieron. No fueron previsoras. Cuando necesitaron la luz no tenían aceite suficiente para alimentar las lámparas.

Cuando Jesús nos propone una parábola no pretende solamente contarnos un episodio de un cuento muy bonito que nos agrade y nos entretenga. Jesús no es un simple narrador de cuentos. Con las parábolas El nos hablaba del Reino. La función de la parábola es enseñarnos y hacernos pensar. Hacer que intentemos vernos reflejados de alguna manera en los personajes de la parábola.

Por eso las preguntas que nos hacíamos al principio. ¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Claro que tenemos que pensar de qué luz se trata, cuales son esas lámparas que tenemos en nuestras manos y cuál es el combustible, el aceite que las haga mantener encendidas.

Ya lo decíamos, Jesús con las parábolas nos hablaba del Reino. ‘Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo’. Costumbres de la época que le valen a Jesús para darnos un mensaje de cómo hemos de vivir el Reino de los cielos, el Reino de Dios.

Continuamente nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Nos pedía desde el principio creer y convertirnos porque el Reino de Dios estaba cerca. Ha venido Jesús a instaurarlo, a inaugurarlo en nuestra vida. Cuando le hemos dado nuestro sí a Jesús, el sí de nuestra fe, hemos entrado en el Reino; cuando nos hemos unido a El por el Bautismo, hemos recibido el don del Reino de Dios plantándolo en nuestro corazón.

El Reino de Dios es vida. Reconocemos a Dios como nuestro Rey y Señor y El nos da el don de su vida por la fuerza del Espíritu y en virtud de la salvación, de la redención de Cristo. Y comenzamos, entonces, a vivir una vida nueva. Como una luz que hemos plantado en nuestro corazón y ya las cosas las vemos y las vivimos de manera nueva. Digo las cosas, lo que es nuestra vida, nuestro ser, lo que hacemos o lo que deseamos. Todo es distinto porque ya Dios ocupa el centro de nuestra existencia.

No nos importan luchas o trabajos, no tememos tentaciones o peligros, porque tenemos a Dios en el centro de nuestra vida. Ya hay un nuevo sentido, un nuevo existir, porque ya para siempre vivimos desde el amor. Y queremos que eso sea para siempre. Queremos que esa luz no merme ni se apague.

Decíamos que no nos importan luchas ni trabajos y no tememos tentaciones ni peligros, pero sabemos que ahí están. Que habrá cosas que nos distraigan, nos quieran alejar del rumbo que hemos querido darle a la vida, que nos adormecen para hacernos olvidar lo que es importante, que nos quieren arrastrar por otros caminos que no son precisamente los de la vida y del amor, sino los del mal y del pecado. Y todas esas cosas ponen en peligro la luz.

Tenemos que saber buscar donde alimentar esa luz; tenemos que tratar de que esa luz no se apague. Tenemos que saber buscar esa gracia de Dios que nos alimenta, que nos fortalece, que nos previene contra el mal y el pecado. Y esa gracia la encontramos en Dios, es un regalo de Dios que hemos de saber valorar y aprovechar.

Canales de gracia los tenemos en los sacramentos; canales abundantes de gracia encontramos en nuestra oración, en nuestra unión con el Señor; canales de gracia y de vida los tenemos en la Palabra que el Señor nos dice cada día, y que tenemos que saber escuchar, plantar en nuestro corazón. Si nos fallan esos canales, si rompemos esa conexión con la gracia del Señor porque abandonamos nuestra oración, porque no vivimos los sacramentos con toda hondura, porque no escuchamos su Palabra, esa luz se nos extinguirá. Sabemos donde podemos alimentarla, acudamos confiados al Señor. No nos durmamos para que podamos mantener encendida esa vida en nosotros.

Que un día podamos entrar en el banquete eterno de las Bodas del Reino de los cielos. Que el Señor nos reconozca porque hemos sabido tenerle como centro de nuestra vida y a pesar de nuestras debilidades siempre hemos sabido acudir a El; muchas veces quizá para pedirle perdón por nuestras infidelidades, nuestros olvidos y abandonos; muchas veces invocándole para obtener su gracia; siempre queriendo cantar sus alabanzar, queriendo cantar desde lo más hondo de nosotros la gloria del Señor.

Tenemos hoy el testimonio de quien un día encontró esa luz, porque la buscaba y porque el Señor la llamó y la iluminó, y ya nunca se apagó esa luz y esa vida en su corazón siendo capaz incluso de dar su vida a causa de su fe, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir.

lunes, 8 de agosto de 2011

Teme al Señor tu Dios y sigue sus caminos…


Deut. 10, 12-22;

Sal. 147;

Mt. 17, 21-26

Ahora Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y le ames…’ Así nos comenzaba a decir el texto que hemos escuchado del Deuteronomio hoy en la primera lectura.

Comentar que hemos ido escuchando los primeros libros de la Biblia, el Génesis, el Exodo, el Lévitico, Números en diversos textos de la historia de los patriarcas, de la salida de Egipto y su camino por el desierto hacia la Tierra Prometida.

El texto que hoy hemos escuchado es del Deuteronomio que es el quinto libro de ese conjunto que se llama el Pentateuco, los libros de la ley, la Torá, como dicen los judíos. Este libro está redactado como si fueran grandes discursos de Moisés al pueblo recordándoles la ley del Señor y cómo han de vivir al establecerse en la tierra que el Señor les va a dar. Sólo vamos leyendo textos escogidos en la imposibilidad de leer capítulo a capítulo todos y cada uno de los libros. En pocos días veremos ya la entrada del pueblo peregrino en Palestina.

El texto hoy proclamado tiene un hermoso mensaje. Como recordábamos Moisés se pregunta ‘¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?’ ¿Cuál es lo fundamental, el principal mandamiento? ‘Que temas al Señor tu Dios, sigas sus caminos y le ames…’ Servir al Señor con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo los mandamientos del Señor.

Mandamientos del Señor, como nos dice, que son para nuestro bien. Sí, quizá alguno podría preguntarse, ¿y qué gano yo con cumplir los mandamientos del Señor? Pues como nos dice son para nuestro bien, son el camino de la mayor dicha y felicidad del hombre. Es nuestro gozo sentirnos amados del Señor y corresponderle con nuestro amor.

Como nos dice, es nuestro orgullo servir y amar al Señor. Por eso nos pide que no endurezcamos el corazón. ‘Circuncidad vuestro corazón, no endurezcais vuestra cerviz…’ La circuncición no puede ser un rito externo, corporal solamente, sino que tiene que ser desde el corazón. De cuántas cosas tenemos que purificar nuestro corazón, cuántas actitudes egoistas, insolidarias y orgullosas tenemos que arrancar de él. Será algo que luego van a repetir continuamente los profetas.

Pero hay algo importante que se nos resalta en este texto. Ese servir y amor al Señor tiene que pasar por el amor y la misericordia que tengamos con los demás. Dios ‘hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’. Por eso nos dice: ‘Amaréis al forastero, porque forastero fuiste en Egipto…’ y el Señor hizo maravillas en vuestro favor. Pues de la misma manera tenemos que actuar. Será lo que luego Jesús nos enseñará en el evangelio, el amor a todos.

Creo que todo esto tiene que ayudarnos a reflexionar. Reconocemos las maravillas que el Señor hace a favor nuestro y le amamos, pero ya sabemos cómo y donde tenemos que manifestarle nuestro amor.

domingo, 7 de agosto de 2011

Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor


1Reyes, 19, 9.11-13;

Sal. 84;

Rm. 9, 1-5;

Mt. 14, 22-33

Se habían ido a un sitio apartado y tranquilo. Se las prometían felices, como se suele decir. Iban a estar con Jesús sólo los discípulos más cercanos. Pero al llegar se encontraron un gentío grande. Y como siempre había aflorado el corazón lleno de ternura y de misericordia de Jesús. Había comenzado por curar a los enfermos que le traían y terminó multiplicando el pan para que todos comieran.

Ahora había enviado a los discípulos en barca de nuevo a la otra orilla mientras El despedía a la gente. Por allá andaban ya queriéndolo hacer rey. Pero se había ido a la montaña a solas para orar. Un gesto que vemos repetidas veces en el evangelio. Se va a orar en la noche con el Padre y de madrugada lo encuentran en descampado, se lleva a algunos de sus discípulos para que participen en su oración como en el Tabor, o los lleva para en una intimidad grande instruirlos y cada día lo vayan conociendo más y creyendo más en El. Ahora se había ido a solas. ¡Qué lecciones nos da! Era su alimento como hacer la voluntad del Padre, según había dicho en otra ocasión.

A la montaña y al desierto se había ido Elías, como escuchamos en la primera lectura. ¿Buscaba a Dios? ¿Quería fortaleza y consuelo? Más bien quería que Dios le quitara la vida. Quería morir. Era el único profeta en Israel y todo se volvía en su contra. ¿Quería un milagro extraordinario que le confirmara que lo que estaba haciendo estaba bien? Allí estaba en el Horeb, el monte de Dios como Moisés. ¿Quería sentir una manifestación portentosa de Dios como cuando la zarza ardiente?

Y Dios se le va a manifestar. ‘Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!’. Se suceden huracanes y tormentas, vientos recios, terremotos y fuego que todo lo devoraba. Pero allí no estaba el Señor. Así se había manifestado a los israelitas en el desierto al pie del Sinaí. Pero no era así como Elías iba a sentir al Señor. ‘Se oyó una brisa tenue y Elias salió y se cubrió el rostro’. Y Elías sintió la fortaleza del Señor que le confirmaba en su misión. Volvería a Israel con la fuerza del Señor con él. Seguiría con su misión.

Mientras Jesús está en el monte lleno de la gloria del Señor, los discípulos van bregando duramente en la travesía del lago. ‘El viento era contrario y la barca iba sacudida por las olas’. Remaban y remaban pero nada avanzaban.

Remamos, queremos avanzar, queremos vivir nuestra fidelidad al Señor, y nuestra entrega se nos hace costosa. Las dificultades se nos amontonan en ocasiones, las tentaciones son fuertes, nos cuesta superarnos en tantas cosas que quisiéramos que en la vida nos marcharan mejor. Quisiéramos ser más santos alejando de nosotros el pecado, pero siempre nos aparece la tentación que no sabemos superar. En ocasiones nos sentimos igual que Elías como si fuéramos los únicos profetas en Israel. En otros momentos todo se nos hace noche oscura y nos parece que ya ni Dios nos escucha.

Pero allí sobre aquel mar embravecido viene Jesús. Camina sobre el agua. Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor. Es el Señor que está por encima de la tormenta porque es el Señor todopoderoso, pero es el Señor que llega como un tenue susurro a nuestro corazón. Algunas veces no lo sabemos ver; nos confundimos como los discípulos que ‘creían ver un fantasma’.

Tenemos que abrir los ojos de la fe, los oídos del alma para reconocerle y para escuchar su palabra suave y fuerte a la vez, su palabra que nos alivia en la tormenta de nuestro corazón o nos hace sentir la paz que supera todos los temores. ‘Soy yo, no temáis’. Palabras que nos recuerdan la pascua. Fue su saludo pascual repetido en todas sus apariciones, a las mujeres, en el cenáculo, en distintos momentos. Y será la palabra que siempre sentiremos hondamente en el alma. Con Jesús en medio de ellos, en la misma barca, volverá de nuevo la calma y renacerá la fe en los corazones. ‘Amanió el viento’.

Pedro, como siempre querrá adelantarse hasta Jesús caminando también él sobre las olas, pero aunque quiere, duda y se hunde. ‘¡Qué poca fe! ¿por qué has dudado?’ Pero allí está el Señor que le tiende su mano. Ya aprenderá la lección y después de la resurrección no temerá lanzarse al agua para llegar el primero.

Queremos, y en momentos de fervor, desearíamos comprometernos con tantas cosas, pero luego nos viene pronto la debilidad, la flaqueza, la duda, la flojera de nuestra fe y nos parece que nos hundimos. Quizá sentimos que no todos comprenden lo que estamos haciendo, o que es poca cosa lo que hacemos ante tanto que hay que hacer; o nos encontramos vientos en contra, oposición, gente que querría nuestro mundo o nuestra sociedad caminara por otros caminos y no quieren quizá que hagamos a Dios presente en nuestro mundo.

Hay tantos, ahora mismo, que no entienden que el Papa venga a reunirse con jóvenes de todo el mundo en Madrid en las próximas Jornadas mundiales de la juventud. Hay mucha gente que se opone por los más variopintos motivos. Que se hagan otras cosas, que no se gaste dinero en eso, que hay otros problemas más urgentes, dicen; es que quizá les puedan chirriar los oídos cuando el Papa les hable de Cristo a los jóvenes de nuestro mundo, o moleste que haya tantos que se sientan enamorados y entusiasmados por Jesús y por dar su testimonio. ¿No lo merecerá todo eso por nuestra fe en Jesús y su anuncio?

Pero ahí está siempre el Señor que nos tiende su mano, que nos acompaña con su gracia. Ahí está el Señor que se quiere hacer presente en nuestra vida y a través nuestro, por nuestro testimonio, en nuestro mundo. ‘Los que estaban en la barca se postraron ante El, diciendo: Realmente eres Hijo de Dios’.

Es lo que nosotros tenemos que proclamar con valentía. Hacen falta esos testimonios en nuestro mundo. Convencidos de nuestra fe porque hemos experimentado tantas veces la presencia y la gracia del Señor en nuestra vida tenemos que gritarla en medio del mundo. Allí donde estamos, pero ante todos sin ningun temor y sin acomplejarnos.

Estas Jornadas Mundiales de la Juventud van a ser ese grito también frente a nuestra sociedad tan secularida y materialista, tan indiferente a lo religioso, tan relativista que en nada que le dé trascendencia a su vida quiere creer. Muchos son los jóvenes que van a tener un encuentro profundo y vivo con Cristo y hasta muchas vocaciones pueden surgir para nuestra Iglesia. Todos tenemos que sentir como algo nuestro toda esta fiesta de Cristo con nuestros jóvenes y de nuestros jóvenes con Cristo, aunque ya nosotros peinemos canas o seamos mayores. Es cuestión de fe y de sentirnos Iglesia. Y todo esto tiene que estar muy presente en nuestra oración.

Sea que vayamos a solas a la montaña de nuestra oración o que participemos con los hermanos de la comunidad en nuestras celebraciones, busquemos siempre ese encuentro vivo con el Señor, que quizá como un tenue susurro va a llegar a nuestro corazón y nuestra vida. ‘¡El Señor va a pasar!’ Sentiremos su paz y nos sentiremos fortalecidos para ir a ese mar muchas veces embravecido de la vida pero con la fuerza del Señor a proclamar nuestro testimonio.

sábado, 6 de agosto de 2011

En el Tabor de la Eucaristía transformados a imagen del Hijo de Dios



2Pd. 1, 16-19;

Sal. 96;

Mt. 17, 1-9

Cuarenta días antes de celebrar la Exaltación de la Cruz el 14 de septiembre la liturgia nos propone en este día la celebración de la Transfiguración del Señor en el Tabor. Ya la liturgia nos había propuesto este mismo evangelio en el segundo domingo de cuaresma, en nuestro camino hacia la pascua, hacia la celebración de la pasión y la resurrección.

En uno y en otro caso ‘ante la proximidad de la Pasión’, la contemplación de este maravilloso misterio de la vida de Jesús quiere, como lo hizo con los discípulos entonces que se llevó al Tabor, fortalecer nuestra fe y alentar nuestra esperanza como proclamamos en la acción de gracias del prefacio.

En medio de camino de nuestra vida cristiana tan sometido a momentos de prueba y de pasión en nuestras luchas por mantener la fidelidad de nuestra fe la contemplación de la Transfiguración nos ayuda mucho, nos alienta en nuestro camino, nos recuerda la meta, y nos hace pensar una y otra vez en la dignidad grande que el Señor nos da cuando a nosotros nos hace hijos, cuando podemos escuchar también la voz del Padre en nuestro corazón llamándonos a nosotros hijos amados suyos.

Jesús nos está invitando también a que subamos a la montaña alta, al Tabor de la oración y de la contemplación. Quiere que estemos con El y hagamos una oración como la suya. Nos quiere mostrar a nosotros también su gloria, la gloria de su amor, los resplandores de su Divinidad inundando nuestro corazón de gracia. Es lo que tendría que ser nuestra oración; lo que tendrían que ser nuestras celebraciones.

‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz…’

¿No nos ha llamado aparte a nosotros cuando nos ha invitado a venir a esta Eucaristía? Otros discípulos, otros cristianos siguen en el corre corre de la vida de cada día y nosotros tenemos la oportunidad de venir aquí a estar con el Señor en este Tabor de nuestra Eucaristía. Tendríamos que comenzar por darle gracias por esta oportunidad que nos da de estar con El, de poder contemplarle y llenarnos de su vida, de poder escuchar su Palabra. Otros no tienen esta oportunidad o no responden a esa llamada. Nosotros estamos aquí y no siempre somos conscientes de la riqueza de gracia que esto significa cada día para nosotros. Démosle gracias al Señor por esta gracia.

Como allí estaban Moisés y Elías, signos para el judío de la Ley y los Profetas, tenemos nosotros también la proclamación de la Palabra del Señor, de la voluntad de Dios para nosotros. Se realizó allí el milagro admirable de la Transfiguración, con todas esas señales que nos a descrito el evangelio ¿no se realiza aquí el milagro más maravilloso aún de la transustanciación, de que en el pan y el vino de la Eucaristía nosotros podamos ver a Cristo, sentir y comer a Cristo, vivir a Cristo?

La voz del Padre desde el cielo señalaba a Jesús como su ‘Hijo amado y predilecto’. Así nos lo está señalando allá en lo hondo del corazón para que crezca nuestra fe en El y crezca nuestro deseo de escucharle y de seguirle cada día con más ahínco y con más fuerza y amor. Es el Hijo del Hombre que emprende el camino de la pasión y de la cruz, pero es a quien contemplaremos resucitado y lo vamos a proclamar como el Señor.

Pero la voz del Padre querrá decirnos algo más en nuestro corazón. Así lo expresa la oración litúrgica después de la comunión. ‘Los celestes alimentos que hemos recibido nos transformen em imagen de tu Hijo, cuya gloria nos has manifestado en el misterio de la Trasnfiguración’. Transformados a imagen del Hijo de Dios nos dice la liturgia. Es la maravilla que en nosotros ha de realizarse cada vez que nos unimos a Cristo en la Eucaristía o cualquiera de los sacramentos.

Pedro, Santiago y Juan bajaron impresionados de la montaña después de todo lo que había sucedido y además como Jesús les decía que no contaran nada de aquella hasta después de la resurrección. Nosotros, no sólo tenemos que salir del Tabor de la Eucaristía impresionados, sino transformados a imagen de Jesús, porque en la gracia del Señor hemos sido transfigurados porque somos inundados de la vida divina que nos ha hecho hijos de Dios; hemos sido configurados con Cristo para con Cristo vivir su misma vida y sentir entonces cómo somos amados de Dios.

Admirable, maravilloso, grandioso misterio de la Transfiguración; admirable, maravilloso, grandioso misterio el de la Eucaristía que cada día celebramos.

viernes, 5 de agosto de 2011

María, verdadero templo en que se encarnó la Palabra de Dios



Gál. 4, 4-7;

Sal. 112;

Lc. 11, 27-28

Esta fiesta del 5 de agosto tiene un profundo sentido mariano. Litúrgicamente es la Dedicación de la Basílica romana de Santa María, la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores de la ciudad de Roma. Esta basílica levantada en el monte Aquilino de Roma fue erigida inmediatamente después del Concilio de Efeso en el que María fue proclamada Madre de Dios; es el primer templo del occidente cristiano dedidado a la Santísima Virgen María.

Pero es también una fiesta de la Virgen con gran sabor popular en su advocación de la Virgen de las Nieves, como se celebra en muchos lugares, y nosotros los canarios destacamos que con esa advocación es venerada como patrona de la isla de La Palma, aunque muchos otros templos en nuestras islas están levantados en honor de María con esta advocación de Virgen de las Nieves.

Como en todas las fiestas de la Virgen nos alegramos con ella y la festejamos, porque es lo que siempre hacen los buenos hijos con la madre. Así la amamos desde que Jesús nos la dejara como Madre al pie de la cruz y en todo momento queremos mostrarle nuestro amor queriendo copiar de ella su santidad con la que demos siempre gloria al Señor. Si la contemplamos como la Virgen de las Nieves no lo hacemos sólo por las circunstancias con las que se designó aquel lugar romano donde se había de levantar ese templo a María, apareciendo en pleno agosto romano cubierto de nieve aquel lugar, sino que en esa blancura de la nieve queremos ver la pureza, la santidad con la que María resplandecía y queremos copiar en nuestra vida.

A ella queremos pedirle que tengamos un corazón puro y limpio de toda maldad y de todo pecado; a ella como madre le pedimos que interceda por nosotros que somos pecadores para que nos alcance del Señor esa gracia que nos purifica, esa gracia que nos fortalece en nuestra lucha contra el pecado para vencer siempre en toda tentación.

Y en las circunstancias u ocasión de esta fiesta de Dedicación de esta Basílica en honor de María, la Basílica de Santa María la Mayor queremos contemplar a María como ese templo de Dios, donde de manera Dios quiso morar al encarnarse en sus entrañas para hacerse así Emmanuel, Dios con nosotros. Si decimos que un templo es un lugar sagrado donde sentimos de manera especial esa presencia de Dios, donde nos congregamos para darle culto al Señor, escuchar su Palabra y alimentarnos de su gracia en los sacramentos, ¿qué podemos decir de María en la que Dios quiso de esa manera maravillosa habitar?

María, templo de Dios, que nos ayuda como Madre a encontrarnos con Dios, a sentir la presencia maravillosa de Dios. Ella nos conduce siempre hasta Cristo porque siempre nos está diciendo que hagamos lo que El nos dice. María, templo de Dios, que se convierte asi para nosotros en palabra viva de Dios; en ella se había encarnado el Verbo de Dios, la Palabra eterna de Dios para hacerse hombre, pero ella así había abierto su corazón a la Palabra que de tal manera la plantaba en su vida y daba frutos de santidad. María nos enseña, pues, como nadie sabe hacerlo, cómo hemos de escuchar, de plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. ‘Hágase en mí según tu palabra’, le dijo al ángel, porque ‘aquí está la esclava del Señor’.

Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’, nos dirá Jesús como un eco a aquellas alabanzas que en honor de María cantaba aquella mujer anónima en medio del pueblo. Pero también Jesús nos dirá cuando le dicen que su madre y sus hermanos están allí esperándole, que quienes escuchan la Palabra y la ponen en práctica esos son su madre, y su hermano, y su hermana.

Ojalá alcancemos nosotros también esa bienaventuranza de Jesús porque así escuchemos su Palabra y la pongamos en práctica. Ojalá así nosotros nos convirtamos en esos templos de Dios – ya lo somos desde nuestra consagración bautismal como tantas veces hemos recordado – que por nuestra manera de escuchar la Palabra y vivirla nos convirtamos en signos para los demás de esa presencia del Señor en medio de nosotros.

Que María, Madre de las Nieves, interceda por nosotros para que alcancemos esa gracia, para que vivamos esa pureza y esa santidad, para que así convertidos en signos de Dios atraigamos a los demás a los caminos del Señor.

jueves, 4 de agosto de 2011

Lejos de nosotros divisiones y contradicciones al vivir nuestra fe

Núm. 20, 1-13;

Sal. 94;

Mt. 16, 13-23

Algunas veces en la vida nos comportamos de forma contradictoria, nos contradecimos a nosotros mismos; nos manifestamos con unos principios pero que luego en el día a día de la vida hacemos lo contrario.

Y eso nos pasa también en el orden de la fe; nos decimos creyentes, confesamos nuestra fe o nos manifestamos en determinados momentos como hombres muy religiosos, pero, quizá a causa de nuestra debilidad, no lo llevamos a la totalidad de nuestra vida o en determinadas cosas no obramos en consecuencia. Andamos como divididos en cierta manera en nuestro interior. Qué importante que sepamos darle esa necesaria unidad a nuestro vivir, porque nos hace más auténticos y también nos llena de mayor felicidad.

En muchas cosas podríamos fijarnos en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman que tienen una gran riqueza tanto si contemplamos a Moisés como guía del pueblo de Israel, como si nos detenemos a reflexionar en la hermosa confesión de fe de Pedro ante Jesús. Pero precisamente en uno y otro personaje quería fijarme, en lo que podríamos decir contradicciones de sus vidas. Si nos fijamos en ello es para que nos ayude esta reflexión a esa unidad de nuestro vivir al que hacíamos mención.

Hemos admirado en más de una ocasión la fe de Moisés, aquel hombre elegido por Dios por algo más que un profeta; aquel hombre con Dios hablaba cara a cara como ayer mismo reflexionabamos; el hombre de una fe grande, abierto siempre al Misterio de Dios y que recibe esa misión de ser guía de aquel pueblo en su peregrinar desde la esclavitud hasta la libertad de un pueblo nuevo que se ha de establecer en aquella tierra que Dios les había prometido.

Pero hoy, podríamos decir, se tambalea la fe de Moisés. Y no, porque el no tenga toda su confianza puesta en Dios, sino que la actitud rebelde de aquel pueblo siempre quejándose le hace reaccionar en un momento determinado en cierto modo pensando cómo es que Dios tiene paciencia con aquel pueblo y aún así realiza maravillas con ellos. El pueblo estaba sediento y se rebelan contra Moisés y contra Dios. Moisés acude al Señor, como lo hace siempre, y el Señor le manda sacar agua de la roca para que el pueblo beba y calme su sed. Y aquel que siempre se había fíado de Dios, ahora duda, protesta en cierto modo a la hora de golpear la piedra con el bastón como le ha dicho el Señor.

El agua viva brotará y será para nosotros imagen del agua viva que Cristo nos dará haciendo saltar por la fuerza de su Espíritu surtidores de agua viva de nuestro corazón. Pero allí se ha manifestado la contradicción que sufre en su propio interior Moisés. ‘Esta es la fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor y el les mostró su santidad’, dirá el autor sagrado. Esta imagen de las aguas de Meribá aparecerán repetidamente en el antiguo testamento, sobre todo en los salmos, como una imagen de esa rebeldía del pueblo contra Dios. Por eso hemos dicho en el salmo ‘no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto… ojalá escuchéis hoy la voz del Señor’.

Es la contradicción que contemplamos en Pedro. Hace una hermosa confesión de fe en Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Confesión de fe que merecerá incluso la albanza de Jesús haciéndonos comprender cómo es algo que el Padre le ha revelado en su corazón. Pero cuando Jesús habla de que ese Hijo del Hombre ha de padecer, ha de sufrir, que va a ser ejecutado y resucitará al tercer, ya Pedro no lo entiende y querrá quitarle esa idea a Jesús de la cabeza. No entendía que ese Mesías, Hijo de Dios que él había proclamado precisamente pasando por la pasión y la cruz es cómo nos haría llegar la salvación.

Cuesta llevar la fe hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. Le pasó a Moisés, la pasó a Pedro, nos pasa también tantas veces a nosotros. Por eso, como deciamos al principio, que esta reflexión nos ayude a esa unidad interna de nuestra vida, a ese ser consecuente en todo momento con la fe que profesamos; que no sólo en momentos fáciles o de fervor, sino también en los momentos duros, en los momentos difíciles, en los momentos en que también nosotros hemos de pasar por la pasión, proclamemos con toda nuestra fe esa fe que profesamos.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Admirable fe y hermosa oración


Núm. 13, 2-3.26 -14, 1.26-30.34-35;

Sal. 105;

Mt. 15, 21-28

¿Qué podemos destacar en este pasaje del Evangelio? Dos cosas podemos destacar que se convierten para nosotros en una hermosa lección: La admirable fe de esta mujer cananea y su oración. Se ha enterado de la presencia de Jesús por aquellos lugares, fuera ya del territorio judío en los límites de Palestina. Allí habrá llegado la fama de Jesús, los milagros que hace, la predicación que realiza, las esperanzas que han ido poniendo en El los judíos. Y aquella mujer que tiene en casa una hija que sufre mucho acude a Jesús. Quiere que Jesús la atienda y cure a su hija.

Admirable fe, no es una mujer judía, es cananea, fuera del ambito religioso judío, pero tiene la certeza de que Jesús la puede ayudar curando a su hija enferma. Se manifiesta a través de todo el relato la certeza, la seguridad de la fe de esta mujer.

Y admirable su oración también: una oración humilde, llena de confianza y perseverante. Se siente pobre ante el Señor; pobre porque se sabe también no perteneciente al pueblo judío, pero aún así acude a Jesús; pobre porque se siente desamparada, despreciada incluso – es duro el lenguaje de los judíos hacia los gentiles que es el que emplea Jesús -, sin ningun derecho a pedir; pobre porque no le importa recoger las migajas que le puedan ofrecer. ¡Qué importante sentirse pobre ante Dios! ¡Qué importante la pobreza de la humildad para presentarse ante Dios!

Pero aún así tiene confianza; sabe que va a ser escuchada, aunque aparentemente sea rechazada; por eso insiste.¿Habrá vislumbrado realmente quién es Jesús? ¿Tiene conocimiento de los milagros que Jesús realiza? ¿Habrá entendido realmente el mensaje de Jesús? Algo habrá comprendido por la confianza que pone en el Señor.

Una confianza que le hace insistir en su oración. De ahí ese otro aspecto que destacamos que es la perseverancia; pide una y otra vez; va detrás de Jesús por los caminos aunque pueda parecer inoportuna; llega hasta la casa donde se aloja Jesús, y allí fuera sigue insistiendo. Va a encontrar unos intercesores; los discípulos le dicen a Jesús que la atienda.

¿Será así nuestra oración humilde, confiada, perseverante? Aquí tenemos un hermoso ejemplo y testimonio. Nos está enseñando cómo ha de ser nuestra oración. Porque oramos, le pedimos cosas al Señor pero quizá no siempre con la humilde confianza que manifiesta esta mujer. Nos hace falta también esa perseverancia, esa insistencia, ese no cansarnos. Qué triste que nos cansemos en nuestra oración, nos cansemos de estar con el Señor. Que la misa sea cortita, pedimos a veces. Para qué tantos rezos, decimos en ocasiones. O también, por otro lado, el Señor no nos escucha, para qué rezar y no insistimos.

Vayamos a Dios, busquemos a Dios, dejémonos encontrar con Dios; con confianza, la confianza además de sabernos hijos amados de Dios, oremos al Señor y presentémosle todas nuestras peticiones, por nuestras necesidades o por las necesidades de nuestro mundo, de los hombres nuestros hermanos que están a nuestro lado. Oremos confianza y humildad al Señor.

martes, 2 de agosto de 2011

Mancha al hombre lo que sale por una boca llena de maldad


Núm. 12, 1-13;

Sal. 50;

Mt. 15, 1-2.10-14

Unas veces por envidia o por celos, otras veces porque nuestras miradas son turbias y nos cuesta ver la claridad de las obras buenas de los demás, nos hace que no sintamos mal por dentro y que entonces o surja la desconfianza o que con nuestras críticas tratemos de destruir lo bueno que hagan los demás. Es sembrar desconfianza hacia los otros con la maldad que llevamos en el corazón. Se suele decir que si quieres destruir a una persona o su obra, siembra con tu crítica o murmuración desconfianza en los demás hacia esa persona.

Por eso a la pregunta quisquillosa que le hacen los fariseos a Jesús les responde diciendo que ‘no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Eran muy estrictos, como todos conocemos, con las purificaciones y abluciones rituales que continuamente hacían para mantener su pureza.

Cualquier cosa podía contaminarlos, por eso cuando regresaban de la calle se lavaban y restregaban bien por si acaso hubieran tocado algo considerado impuro y al comer con las manos impuras quedaron ellos manchado también con esa impureza. Lo que podía ser una medida higiénica normal y recomendable, se convertía en un rito pesado como un yugo difícil de llevar. Tantas eran las normas que en este sentido se habían dado.

Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos, y con eso, dicen, desprecian la tradición de sus mayores. Es a lo que Jesús contesta con esa respuesta que hemos aludido y venimos comentando. ‘Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Y por la boca, que es una forma de decir, salen las palabras surgidas de nuestros malos deseos y pensamientos llenos de maldad, que son los que en verdad hacen daño; palabras que pueden herir o que quieren dañar a los demás.

Pensemos cuanto daño hacemos con nuestras palabras a los otros, con nuestras palabras violentas o con nuestras críticas maliciosas. Pero pensemos también que es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo el peor daño, al dejar meter la maldad en nuestro corazón.

Hablando de críticas, es lo que nos aparece como una señal de desconfianza y hasta en cierto modo envidia en la primera lectura. Moisés no sólo tenía que sufrir las murmuraciones continuas del pueblo que a regañadientes le sigue por el desierto, sino que serán sus propios hermanos, Aarón y María los que murmurarán contra él. Pero como dice el autor sagrado ‘Moisés era el hombre de más aguante del mundo’. María y Aarón desconfían de Moisés también y de su misión profética en medio del pueblo hablándoles en el nombre del Señor. ‘¿Ha hablado sólo el Señor a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?’

Pero el Señor que se les manifiesta les hace saber que Moisés no es un simple profeta a quien Dios le hable en sueños o por imágenes. Moisés habla con Dios cara a cara. Recordemos lo que ya hemos contemplado de la cara reluciente de Moisés cuando salía de la presencia del Señor.

El Señor castiga a María con la lepra, que le obligará a vivir fuera del campamento de Israel, pero en el reconocimiento de su pecado y en el arrepentimiento piden a Moisés que interceda por ella al Señor, como así lo hará Moisés, lo que una vez más denotará la grandeza de espíritu de Moisés. ‘Moisés suplicó al Señor: Por favor, cúrala’. ¿Seríamos capaces nosotros de rezar al Señor por aquellos que nos hayan criticado y hecho daño? ¿No noa hace recordar esto lo que nos enseña Jesús en el sermón del monte a orar por los que nos persiguen y hacen mal

Tengamos un buen corazón. Nunca vivamos en desconfianza hacia los que nos rodean. Alejemos de nuestro corazón la envidia que corroe el alma y la llena de maldad. Aprendamos a ver y reconocer cuanto bueno tienen los demás, que tendría que ser lo primero que siempre viéramos en ellos.

lunes, 1 de agosto de 2011

Una travesía que hemos de hacer llenos de fe

Núm. 11, 4-15;

Sal. 80;

Mt. 14, 22-36

Una imagen que empleamos con frecuencia para hablar de nuestra vida cristiana o de nuestro seguimiento de Jesús es el camino. Seguir a Jesús, hemos dicho muchas veces, es ponernos en camino. Además Jesús mismo empleará esa imagen cuando nos dice que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Conociendo a Jesús conocemos el camino, como nos vendrá a decir El mismo.

Pero la imagen que nos ofrece hoy el texto del evangelio es la travesía en barca a través del mar, a través, en este caso, del lago de Galilea. Una travesía también llena de incidencias en las que podemos ver reflejadas muchas situaciones de nuestra vida.

Había realizado Jesús la multiplicación de los panes y los peces, allá donde se había ido con los discípulos buscando un sitio tranquilo y apartado, pero las gentes habían acudido a El, les había enselado, había curado sus enfermos y finalmente había multiplicado el pan milagrosamente para que no se fueran hambrientos y exhaustos a su casa. Ayer escuchábamos y reflexionábamos sobre ello. Jesús había apremiado a los discípulos para que se fueran en barca a la otra orilla, y había despedido a la gente que había querido proclamarlo rey, pero El se había ido sólo a la montaña a orar.

Mientras los discípulos van haciendo la travesía del lago, ‘con la barca sacudida por las olas porque el viento era contrario’. Jesús los ha puesto en camino, los ha mandado ir a la orilla y vienen las dificultades. Atravesamos los mares de la vida, estamos en nuestras tareas, en nuestras luchas de cada día, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, y no siempre es fácil. ‘El viento era contrario’, dice el evangelio. No conseguimos lo que pretendemos, o los problemas abruman la vida. Nos parece en ocasiones sentirnos solos y pareciera que nos faltan apoyos.

‘De madrugada Jesús se les acercó andando sobre el agua… los discípulos se asustaron y gritaron de miedo… Jesús se les acercó y les dijo: ¡Animo, soy yo, no temáis’. Pero aún así dudaron. ¿Sería o no sería Jesús? Pensaban que era un fantasma. Quieren comprobarlo por si mismo y Pedro, siempre Pedro el primero, que quiere ir también hasta Jesús andando sobre el agua. Pero el viento, las olas que se levantan le hace dudar y comienza a hundirse. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’

¿Nos pasará así a nosotros a veces? Muchas veces tenemos miedo y nos llenamos de dudas. Nos parece que no somos capaces de seguir adelante, o cuando nos embarcamos en tareas parece que las olas de las dificultades de la vida nos van a hundir. Necesitamos escuchar la voz de Jesús que también nos dice: ‘¡Animo, soy yo, no temáis’.

Pero, es necesario creer en esa voz de Jesús que escuchamos en nuestro interior. Porque nos sentimos confundidos y no reconocemos la voz del Señor, la presencia del Señor que no nos abandona. Y si nos falta confianza, claro que nos hundimos, porque no nos apoyaremos en quien tendríamos que apoyarnos. La mano de Jesús con su gracia siempre está tendida hacia nosotros. Hemos de saber verla, cogernos a ella, confiar en la fortaleza de la gracia que no nos faltará.

En ocasiones las dudas nos vienen de dentro de nosotros mismos que queremos tomar otros caminos, o volver a las cosas que ya habíamos dejado, porque en la turbulencia que se nos mete en nuestro interior, nos confundimos y pensamos que lo que hacíamos o teníamos antes era mejor, olvidándonos de cómo entonces estábamos esclavizados. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura. La tentación que tenían mientras iban por el desierto de volverse atrás añorando los puerros y pepinos que comían en Egipto y olvidando la esclavitud en la que vivían.

Que nos sintamos libres en el Señor. que no olvidemos nunca la presencia de Dios junto a nosotros aunque nuestros ojos se cieguen, que no nos faltará su gracia.

domingo, 31 de julio de 2011

No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer


Is. 55, 1-3;

Sal. 144;

Rm. 8, 35.37-39;

Mt. 14, 13-21

En los textos de la Palabra hoy proclamada, sobre todo el evangelio y la profecía de Isaias encontramos un hermoso sentido eucarístico enseñándos a hacer Eucaristía de nuestra vida.

Se nos describen gestos en Jesús que se repetirán en la Institución de la Eucaristía y que nos mandó repetir en la celebración eucarística. ‘Alzó la mirada el cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos’. Pero además nos enseña como toda vida ha de ser Eucaristía para el cristiano y cómo ha de prolongar en la vida la Eucaristía que celebra con los mismos gestos de amor de Jesús.

‘Oid, sedientos todos, acudid… venid… también los que no tenéis dinero… comed sin pagar… escuchadme atentos y comeréis bien… inclinad el oído, escuchadme y viviréis’. Es la invitación que hemos escuchado al profeta. Todos estamos llamados, invitados a venir a Jesús que El nos alimenta, se nos da como comida; nos alimenta con su Palabra para que tengamos vida. ‘Viviréis…’, nos dice. Podíamos recordar ahora lo que nos dirá cuando nos hable del Pan de vida.

¿No es eso lo que hacemos cuando venimos a la Eucaristía? Aquí venimos todos, con nuestra vida, sedientos o hambrientos, con nuestros deseos más hondos, con nuestra problemática, con nuestras necesidades, las nuestras y la de los que nos rodean. Como aquellas multitudes que vemos hoy en el evangelio que van en búsqueda de Jesús. Se había ido a un lugar tranquilo y apartado con el grupo de los discípulos más cercanos. Pero ‘la gente lo siguió por tierra desde los pueblos. Y al desembarcar Jesús se encontró con el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista.

Allí se manifiestan los signos de la salvación que nos ofrece. Allí está la Palabra de vida que siempre nos llena de vida. ‘Curó a los enfermos’, dice, pero son muchas más cosas las que suceden. Allí hay una muchedumbre hambrienta que ha venido a escuchar a Jesús. Y Jesús saciará su hambre más profunda, pero no dejará de atender las necesidades materiales de la vida que cada uno lleva consigo. Y es cuando realiza el milagro grande de dar de comer a aquella multitud multiplicando milagrosamente los pocos panes que hay.

Pero es ahí además donde Jesús nos enseña muchas cosas con sus gestos y con su manera de actuar; donde nos enseña como tenemos que prolongar su amor, ese amor que alimentamos en la Eucaristía, para que lleguen a todos las señales de su amor, las señales de que el Reino de Dios está presente entre nosotros.

Ya sus discípulos, los que El ha ido llamando de manera especial y están siempre con El, han ido aprendiendo la lección, podríamos decir, de sentir preocupación por los demás. Andan preocupados porque se hace tarde, allí hay una muchedumbre que no ha previsto el llevar pan y allí no tienen donde conseguirlo. Por eso suplican a Jesús: ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Buenos deseos y buenas intenciones no podemos negar que tengan.

Ahora comienza la gran enseñanza de Jesús. ‘No hace falta que vayan, dadle vosotros de comer’. No os quedéis ahí cruzados de brazos, sois vosotros los que tenéis que darle de comer. Pero, ¿de dónde van a sacar ellos pan para darle de comer a tanta gente? Luego nos dirán que ‘eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños’. Sólo tienen unos pocos panes y unos pocos peces, cinco panes y dos peces. Pero lo que tienen lo comparten, lo ponen a disposición de los demás. Y Jesús realiza el milagro y todos pueden comer hasta saciarse. Allí se está manifestando una vez más lo que es el corazon misericordioso y compasivo del Señor.

Decíamos antes, que nosotros tenemos que prolongar la acción de Jesús, su amor y las señales de su Reino, porque no nos podemos contentar con quedarnos sentados en la Eucaristía que celebramos, sino que tenemos que hacernos Eucaristía para los demás en medio del mundo. Ante los problemas con que nos vemos abrumados en el mundo de hoy, ante tantas necesidades y problemas que cada día van surgiendo a nuestro alrededor, no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Esa no puede ser nunca la actitud ni la acción de un discípulo de Jesús, de un cristiano.

¿Qué no tenemos sino cinco panes y dos peces y nos puede parecer que eso es nada para la inmensidad de los problemas de tantos a nuestro lado? ¿Nos parece que somos poca cosa y qué podemos hacer nosotros? Pues tenemos que comenzar a repartir. Eso poco que somos, con eso que es nuestra vida tenemos que aprender a ir a los demás. Y eso poco se multiplicará, como se multiplicaron los panes y los peces en el milagro de Jesús.

Es la prolongación de la Eucaristía en la vida, que decíamos antes, que tenemos que lograr en la medida en que con amor seamos capaces de ir a los demás. Así nos hacemos Eucasristía en nuestra entrega como la de Jesús, en esas obras de amor, en ese compromiso por lo bueno, por lo justo que hemos de ir viviendo cada día. Porque no tenemos que hacer otra cosa que la obra de Jesús, que vivir el amor de Jesús y llevarlo a los demás. Y como tantas veces hemos dicho lo vamos manifestando a través de pequeños gestos, de esos pequeños detalles de atención, de acogida, de comprensión, de paz que vamos teniendo, que vamos realizando con los demás.

Es a lo que nos compromete Jesús cuando nos dice ‘dadle vosotros de comer’. Además fijémonos que cuando pronuncia la bendición y parte el pan, lo da a los discípulos para los discípulos lo repartan a la gente y llegue a todos. Por medio nuestro quiere llegar ese pan del amor y de la justicia a los demás.

Es la tarea y la obra de la Iglesia. En toda ocasión y en todos los tiempos. La Iglesia siempre ha ejercido la diaconia de la caridad. Ya nos hablan los Hechos de los Apóstoles como se atendían a las viudas y a los huérfanos y entre ellos nadie pasaba necesidad porque todo lo compartían. Es lo que ha ido haciendo la Iglesia cuando ha ido anunciando el evangelio por todas partes. Siempre ha estado presente esa diaconia de la caridad en la atención a las necesidades de todos, en la promoción de tantas cosas buenas siempre en servicio del hombre, en servicio de la comunidad.

Cuántas obras en beneficio de los demás ha realizado y sigue realizando la Iglesia en tantas instituciones nacidas a su calor, en tantos religiosos y religiosas consagrados a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos, a tantas obras de orden social para el desarrollo y la atención de las personas. Ahora mismo en la situación de crisis en que vive nuestra sociedad cuánto se está realizando en nombre de la Iglesia a través de Cáritas que tenemos que reconocer y dejar bien claro que no es una ’ONG’ más, sino una institución de la caridad y del amor de la comunidad eclesial. Con pocos medios, porque es realmente a partir de lo que la comunidad comparte, cuántas cosas se realizan.

Tenemos que darle gracias a Dios porque tantos sigan poniendo sus cinco panes y dos peces para ese compartir con los demás. Y que el Señor inspire nuestra generosidad. Que aunque no sea en cosas materiales sin embargo esos cinco panes y dos peces se pueden traducir en muchas cosas buenas para los otros como tantas veces hemos dicho.

‘¿Quién podrá apartarnos de amor de Cristo?’ se preguntaba el apóstol. Nada ni nadie podrá apartarnos de ese amor. En El queremos hundir las raíces de nuestra vida. ‘Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’. Y si nada nos aparta de ese amor, es el amor que nosotros queremos vivir con los demás compartiendo los cinco panes y dos peces de nuestra vida. también nosotros queremos pronunciar la Bendición, bendecir al Señor para partir los panes y repartir nuestro amor.