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lunes, 14 de diciembre de 2009

El Espíritu del Señor nos lleve siempre a pronunciar bendiciones sobre los demás

Núm. 24, 2-7.15-17
Sal. 24
Mt. 21, 23-27


Dos comentarios breves a los textos de este lunes de la tercera semana de adviento. La primera lectura es de un libro del Pentateuco que nos habla del camino del pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida.
El rey de Moab, lugar por donde han de pasar los israelitas para llegar a la tierra prometida habiendo oído las maravillas que Dios obraba en aquel pueblo y temiendo lo que podría sucederle al paso de los israelitas intenta a través del mago – adivino – Balaán que las maldiciones caigan sobre los israelitas. Para eso envía a Balaán para que los maldiga.
Tras varios sucesos que no nos vamos a entretener en repetir ahora Balaán en lugar de maldiciones lo que pronuncia sobre el pueblo de Israel son bendiciones. Balaán se deja conducir por el Espíritu del Señor como ya nos apunta el texto sagrado. ‘Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El Espíritu del Señor vino sobre él’.
Parte de ellas son las que hemos escuchado hoy en el texto proclamado en ese lenguaje tan rico en imágenes propio de los orientales. ‘¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río… sale un héroe de su descendencia, domina sobre pueblos numerosos… lo veo, pero no es ahora; lo contemplo pero no será pronto, avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel…’
Siguiendo el libro del Apocalipsis que llama a Jesucristo 'el Lucero de la mañana' la tradición cristiana ha entendido esta profecía como un vaticinio de la aparición de Cristo, verdadera estrella de la mañana para el mundo, luz que ilumina las tinieblas de nuestro espíritu como pedíamos en la oración litúrgica del día.
Caminamos en búsqueda de esa luz. En la noche de la navidad escucharemos que el pueblo que caminaba en tinieblas contempló una luz. Y cuando contemplamos el nacimiento de Cristo todo se llenó de resplandor y de nueva luz. Que así Cristo nos ilumine. Que así nos dejemos nosotros iluminar por Jesús, verdadera luz del mundo, como se proclama a sí mismo en el Evangelio.
Otro mensaje que podríamos deducir para nosotros es primero, que nuestras palabras nunca sean para maldición, para decir mal contra nadie, sino para bendición, para decir siempre bien, para desear siempre lo bueno para los demás y sobre todos vengan las bendiciones del Señor. Y por otra parte que nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor que siempre nos inspirará para lo bueno, para la bendición.
Finalmente una palabra del evangelio. Como ya hemos hecho referencia en días anteriores de una forma o de otra estará apareciendo continuamente la figura del Bautista en este nuestro camino de Adviento. Hoy aparece a partir de una pregunta que le hacen a Jesús sobre su autoridad para hacer lo que hace – a lo que se refiere el texto ha sido la expulsión de los vendedores del templo por Jesús -; pero la pregunta a Jesús es devuelta con la contra-pregunta de Jesús. ‘El Bautismo de Juan, ¿de dónde venía del cielo, o de los hombres?’
En la respuesta más bien el silencio o el no querer responder de los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo hay implícito un reconocimiento de la figura de Juan como profeta - ‘todos tienen a Juan por profeta’, confiesan en su interior – y como quien hace las obras de Dios. ‘Profeta y más que profeta’ dirá Jesús del Bautista en otra ocasión.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Alegría, amor, justicia, humildad, conversión, oración… nuestro camino de Adviento


Sof. 3, 14-18;

Sal.: Is. 12, 2-6;

Filp. 4, 4-7;

Lc. 3, 10-18


En nuestros pueblos y parroquias había la bonita costumbre de que la víspera de la fiesta, o el sábado, víspera del domingo día del Señor, las campanas repicaban al mediodía anunciando la próxima celebración del día de fiesta. En una parroquia en la que estuve varios años incluso había otra costumbre hermosa; el día primero del mes en que se celebraban las fiestas patronales, ya se iniciaban esos alegres repiques, incluso en la medianoche del día en que se iniciaba el mes. Era el júbilo y la alegría por la fiesta que llegaba. Aún no era la fiesta, o aún no era el día del Señor, pero ya se estaba viviendo la alegría de dicha celebración.
Es lo que la liturgia nos invita a vivir este tercer domingo de Adviento en la cercanía de la Navidad. Todas las invitaciones a la alegría que nos hace hoy la Palabra de Dios y toda la liturgia de este domingo es como un anticipo en la esperanza de la alegría de la venida del Señor.
‘Regocíjate, gr ita de júbilo, alégrate y gózate’, nos decía el profeta Sofonías. ‘Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres… que lo conozca todo el mundo’, nos decía y repetía san Pablo. ‘Gritad jubilosos…’ nos invitaba el salmo.
¿Por qué tanta alegría y júbilo?,‘¡Qué grande es en medio de ti, el Santo de Israel’ respondía el mismo salmo. 'El Señor ha cancelado tu condena… el Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás…’ le decía el profeta al pueblo, ‘El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta’. ¿Cómo no llenarse de júbilo en la cercanía de la salvación?
‘El Señor está cerca’, nos decía san Pablo. Viene el Señor. Llega la salvación, la vida, el perdón, la gracia. Está cerca la celebración de la Navidad. Y no sólo es el ambiente externo con sus luces y sus adornos, con sus anuncios y con sus músicas, muchas veces excesivamente comerciales y consumistas, donde lo notamos, sino que, si hemos venido haciendo con sinceridad este camino de Adviento, ya vamos sintiendo cómo se va haciendo presente en nuestra vida, en la medida en que vamos respondiendo a su Palabra.
Es a lo que nos sigue invitando la Palabra del Señor de este domingo. Toda esa invitación a la alegría no nos exime de la preparación sino todo lo contrario nos invita a hacerla con mayor intensidad. Hay una pregunta que se hacía la gente que acudía a Juan, allá en el desierto junto al Jordán, que podría ser también un serio planteamiento que nosotros nos hiciéramos. ‘La gente preguntaba a Juan: Entonces, ¿qué hacemos?... estaba en expectación…’
‘Entonces, ¿qué hacemos?’ ¿cómo tenemos que prepararnos? Las respuestas del Bautista a los distintos grupos que acudían a él y su misma actitud ante el Mesías que llegaba, pueden ser para nosotros una buena pauta en nuestra preparación. Juan pide generosidad en el compartir y justicia, responsabilidad y rectitud, humildad y conversión.
Recordamos brevemente sus palabras. ‘El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo…’ Cristo llega a nosotros en el hermano, y sobre todo el que pobre y en el que sufre. Si no somos capaces de acogerlo, compartir con él lo que somos o tenemos desde el amor, poco podremos acoger a Cristo de verdad en nuestro corazón. No podemos olvidar aquellas palabras de Jesús, ‘lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos a mí me lo hicisteis’.
Es el amor que tiene que llenar nuestra vida, es la búsqueda del bien y la justicia, la rectitud en nuestro obrar y la responsabilidad con que vivimos nuestra vida de cada día, allí en el lugar que ocupemos. A los publicanos les dice que sean justos en sus cobros y a los militares que actúen justa y correctamente. Cada uno de nosotros tenemos que escuchar en la sinceridad de nuestro corazón qué es lo que nos está pidiendo el Señor en ese nuestro actuar de cada día para obrar con esa rectitud y responsabilidad.
Pero más nos enseña el Bautista. Y es la humildad. En la expectación que vivían las gentes con su aparición en el desierto predicando ‘todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías’. El responde abiertamente y con humildad: ‘Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias’. Jesús diría de él en una ocasión ‘os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que él’, y sin embargo ahora Juan se manifiesta con toda humildad. ‘El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Juan sólo era ‘la voz que grita en el desierto’ para preparar los caminos del Señor.
Es la humildad del que se sabe pequeño; es la humildad con que nosotros nos acercamos al Señor sabiéndonos indignos y pecadores; es la humildad de quien reconoce que necesita de la salvación que Jesús nos ofrece; es la humildad de quien se pone en camino de auténtica conversión al Señor. Como ya nos recordaba el pasado domingo, muchas son las cosas que tenemos que transformar en nuestra vida; mucho es lo que el Señor con su gracia a hacer nuevo en nosotros.
Por eso, en esa esperanza y en esa humildad suplicamos confiadamente al Señor: Ven pronto, Señor, no tardes más. Es el cántico que nos acompaña o la música de fondo de nuestra oración y súplica al Señor. ‘En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias vuestras peticiones sean presentadas al Señor’, como nos enseñaba Pablo en la carta a los Filipenses. Es la súplica y es la escucha, es el encuentro vivo con el Señor y es el querernos llenar de su gracia. Es la presencia de la Palabra de Dios en el día a día de nuestra vida y es la vivencia sacramental en la Eucaristía, en la Penitencia. Todo esto tiene que estar muy presente en nuestro camino.
‘Confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, El es mi salvación… dad gracias, invocad su nombre…’ Claro que tenemos que cantar jubilosos: ¡Qué grande es el Señor!

sábado, 12 de diciembre de 2009

Caminos de fidelidad, de austeridad y de conversión

Ecles. 48, 1-4.9-11
Sal.79
Mt. 17, 10-13


La liturgia del adviento nos presenta continuamente la figura del Bautista. ‘El que venía delante del Señor… preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Por eso en este camino lo vamos contemplando una y otra vez, porque en la espiritualidad que hemos de vivir en este tiempo de esperanza especial su figura, su palabra, su presencia nos ayudan hondamente.
La ocasión la tenemos hoy cuando al bajar del monte tras la Transfiguración de Jesús los discípulos le preguntan‘¿Por qué dicen los letrados - los escribas maestros de la ley que se encargaban de explicar las Escrituras al pueblo – que primero tiene que venir Elías?’
Era una enseñanza común tomando al pie de la letra textos del Antiguo Testamento, como el que hemos escuchado hoy en la primera lectura tomado del Eclesiástico, pero también de algunos profetas como por ejemplo Malaquías. Antes de la llegada del Mesías tenía que volver Elías el que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego.
Hoy hemos escuchado. ‘Está escrito que te reservan para el momento… de reconciliar a los padres con los hijos, para restablecer las tribus de Israel’. Una referencia clara a la venida del Mesías que entre otras cosas tenía la misión de ‘restablecer las tribus de Israel’, o sea la restauración de la soberanía de Israel en ese sentido de Mesías Rey y Caudillo de Israel.
Podemos recordar al tiempo que nos vamos haciendo esta reflexión que palabras semejantes a las escuchadas en el libro del Eclesiástico fueron las dichas por el arcángel a Zacarías en el anuncio del nacimiento de Juan. ‘Convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
De ahí la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos a la bajada del Tabor. ‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos’. Y comenta el evangelista que ‘entonces comprendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista’.
Nos hace Jesús una referencia a lo que les costó a los judíos terminar de aceptar a Juan el Bautista que terminaría en la cárcel a manos de Herodes para ser por él ajusticiado. Pero Jesús hace una referencia a sí mismo ‘el Hijo del Hombre que va a padecer a manos de ellos’. Palabras de Jesús que están enmarcadas en el evangelio por dos anuncios que hace Jesús de su propia pasión.
¿Qué mensaje podemos sacar de todo esto para nuestra vida y nuestro camino de Adviento? Como decíamos la liturgia de la Iglesia no para de mostrarnos al Bautista en estos días. Hoy nos hace esta referencia al profeta Elías. Austeridad y sacrificio que vemos plasmadas en la vida de Juan con un mensaje claro de conversión que iremos escuchando un día y otro en este Adviento. Pero Elías es el profeta de la fidelidad al Señor. Nada podrá apartarlo de su fe en El y es lo que trata de inculcar a su pueblo.
Caminemos nosotros esos caminos de fidelidad al Señor impregnándonos de esa austeridad y espíritu de sacrificio del Bautista que nos lleven a esa auténtica conversión al Señor. Es la forma de preparar los caminos del Señor. Que en la venida del Señor encuentre en nosotros ese pueblo bien dispuesto. Que la venida del Señor produzca no una restauración en el orden social o político de las tribus de Israel, sino una restauración profunda de nuestra vida para que cada día seamos más santos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

Is. 48, 17-19
Sal. 1
Mt. 11, 16-19


Hay quienes no saben ser felices con los que son felices, ni saben compartir el dolor o el sufrimiento con los que sufren. Parece que siempre caminaran a la contra de los demás, aunque esto podría también indicar otras actitudes negativas en su corazón. Están todos, por ejemplo, reunidos tratando de ser felices pasando un rato agradable compartiendo la alegría y cosas buenos, y ellos están con cara de circunstancias queriendo ver todo negro, sacando a flote calamidades y tristezas, o bien detrás de eso bueno que se comparte sólo ven dobles intenciones o doble fondo.
Esto pasa en muchas aspectos de la vida. Jesús nos está dando a entender o diciéndonos con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio que igual que a Juan le ponían pegas por su austeridad y penitencia , ahora a El tampoco le quieren aceptar criticando incluso porque se acerca a la oveja perdida para encontrarla y traerla de nuevo al redil. ‘Los hechos darán la razón a la sabiduría de Dios’, termina sentenciando Jesús.
Jesús quiere mostrarnos el rostro misericordioso y compasivo de Dios que a todos ama y a todos busca; lo que Dios quiere es que andemos por buen camino y realmente seamos felices con la felicidad más honda que para eso nos ha creado.
‘El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida’, hemos repetido en el salmo una y otra vez como para mejor convencernos de que sólo siguiendo el camino que El nos traza alcanzaremos la mayor plenitud y la más honda felicidad.
De eso nos ha hablado también el profeta Isaías. ‘Yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues…’ Nos cuesta entenderlo a veces. Queremos ser tan autónomos que nos cuesta aceptar la verdad de Dios, y la verdad de la vida que el Señor que nos creó quiere trasmitirnos y enseñarnos.
No es que tengamos que hacer las cosas como autómatas, como si nos guiara un destino ciego o no pudiéramos actuar con raciocinio y libertad. Dios no merma nuestra libertad. El nos ha dotado de esa grandeza y dignidad. Y desde esa libertad nosotros damos nuestro sí razonable a ese proyecto de Dios que lo que quiere es el bien para nuestra vida.
‘Si hubieras atendido a mis mandatos, nos dice el Señor hoy con el profeta, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar; tu progenie sería como arena, como sus granos los vástagos de tus entrañas…’ Pero queriendo escoger nuestro camino a nuestra manera tomamos la senda del mal que nos lleva a la muerte y a la perdición.
‘El que sigue buen camino, tendrá la luz de la vida… no sigue el camino de los impíos… no entra por la senda de los pecadores ni se sienta en la reunión de los cínicos… su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche’.
Que esa sea nuestra manera de seguir al Señor. Este camino de Adviento que estamos viviendo nos ayude a reflexionar sobre ello. ‘El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal’. Ya sabemos el camino que hemos de escoger.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Hacer camino, peregrinar, atravesar desierto…

Is. 41, 13-20
Sal. 144
Mt. 11, 11-15


Hacer camino, peregrinar, atravesar desierto era algo muy presente en la historia del pueblo del Antiguo Testamento y casi me atrevería a decir en su espiritualidad.
Fue lo realizado en el éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida, fue el paso de Dios liberándolos de la esclavitud para hacerlo su pueblo, con la purificación del camino del desierto en su peregrinar antes de llegar a la tierra que el Señor les iba a dar. Pero la imagen del éxodo, del peregrinar vuelve a estar fuertemente presente cuando Dios los libera de la cautividad de Babilonia para regresar a su pueblo y a su templo, para regresar a su tierra y a su ciudad santa de Jerusalén.
Si duro fue el peregrinar por el desierto a pesar de las maravillas que Dios iba realizando con su pueblo, ahora el profeta les anuncia unas nuevas maravillas con la presencia del Señor de manera que ese desierto que tienen que atravesar al salir de la cautividad va a ser para ellos como un vergel. Bellas son las imágenes con las que lo anuncia el profeta. ‘Yo el Dios de Israel no les abandonaré… alumbraré ríos… transformaré el desierto en estanque… pondré cedros y acacias y mirtos y olivos… para que vean ya reflexionen que la mano del Señor lo ha hecho, que el Señor de Israel lo ha creado’.
Ese peregrinar, ese hacer camino y cruzar desierto está presente también en nuestra espiritualidad cristiana. Hacemos camino para seguir a Jesús. Hacemos camino que nos prepara y nos purifica, como ahora estamos haciendo de manera especial en este tiempo del Adviento. Y Juan el Bautista aparecerá para ayudarnos a preparar los caminos del Señor. Estará muy presente en nuestro tiempo de Adviento.
Lo que hoy nos habla el evangelio es de la alabanza que hace Jesús de él. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que él’, nos dice Jesús. Pero viene a recordarnos Jesús el esfuerzo de superación, de conversión y de crecimiento interior que hemos de realizar para aceptar y vivir el Reino de Dios. Era lo que anunciaba el Bautista preparando los caminos del Señor y es lo que tiene que ser también nuestra tarea.
‘El Reino de los cielos hace fuerza, padece violencia, y los esforzados se apoderarán de él’, viene a decirnos Jesús. Padece violencia porque será algo que cueste vivir porque muchas serán las tentaciones que tratarán de apartarnos de ese camino; o también porque con nuestro esfuerzo, nuestros deseos de superación, la conversión que realicemos desde lo hondo del corazón, aunque nos cueste, es como podremos llegar a vivirlo.
Es la idea o el pensamiento con que iniciábamos nuestra reflexión recordando ese camino de desierto, o ese peregrinar que vamos haciendo en nuestra vida. Sabemos donde está nuestra meta en el Reino de Dios que hemos de vivir. Pero sabemos también donde está nuestra fuerza, pues no nos abandonará el Señor. No nos faltarán esas fuentes de agua viva de su gracia que riegue la sequedad de nuestra vida. Con el Señor todos nuestras esfuerzos se convertirán en cañada real que nos conduce a la vivencia gozosa y gratificante del Reino de Dios.
Nos preparamos para acoger al Señor que viene a nuestra vida, como lo vamos a celebrar en la próxima y cercana navidad. ‘Despierta nuestro corazones y muévelos a prepara los caminos de tu Hijo, para que cuando llegue podamos servirte con conciencia pura’, pedíamos con la oración litúrgica de este día.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Venid a mi…

Is. 40, 25-31
Sal. 102
Mt. 11, 28-30


‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús hoy.
‘Venid a mí…’ Jesús quiere que vayamos a El, nos invita a estar con El y seguirle. Sea cual sea nuestra situación. Camina delante de nosotros y quiere que vayamos con El, que le sigamos. En distintos momentos Jesús nos llama.
He pensado en algunos de los momentos en que Jesús invita a estar con El. Andrés y Juan lo buscan, quieren conocerle, le preguntan, ‘Maestro, ¿dónde vives?’ Y Jesús les dice ‘Venid y lo veréis’.
Será pasando junto al lago. Allí hay unos pescadores, recogen las redes, las limpian y las reparan, están absortos en su tarea. Y Jesús les dice: ‘Venid conmigo… y os haré pescadores de hombres’.
En el mostrador de la cobranza de los impuestos está Leví o Mateo. Jesús pasa también y le dice, ‘Ven, sígueme’
Al joven rico que le pregunta por lo que ha de hacer para heredar la vida eterna, Jesús le invita a vender todo lo que tiene, entregar el dinero a los pobres y luego ‘ven y sígueme’.
Otras veces no serán palabras, sino la actitud de Jesús. Su corazón está siempre abierto para acoger. Su presencia misma es una invitación. Y muchos querrán seguirle, lo buscarán por todas partes, serán capaces de irse incluso a lugares apartados para escucharle, le llevarán a los enfermos para que le imponga las manos y los cure y hasta se los bajarán desde el techo para que lleguen junto a El. Su presencia, su amor les está invitando a ir hasta El. Muchos momentos así podríamos recordar del evangelio. No somos en estos momentos exhaustivos.
Hoy hemos escuchado que invita a los que están cansados y agobiados, como un día invitaría a los pecadores, en Jesús van a encontrar la paz para su corazón, el descanso para los cuerpos fatigados o los espíritus atormentados. Y es que en Jesús siempre vamos a encontrar paz. A los enfermos, a los pecadores cuando los despide curados y perdonados les dirá. ‘Vete en paz… no peques más’. En Jesús se han curado, se han sanado, se han salvado, han encontrado el perdón y la paz.
Quienes encuentran en Jesús la paz se convertirán en portadores de paz para los demás. Vete en paz y lleva la paz. Eso que estás viviendo compártelo también con los demás, que los otros puedan saber también que en Jesús ellos encontrarán la paz. Por eso invita a ir con El, a estar con El, pero para luego ser enviados, para ser pescadores de hombres, para ser los que vayan a llevar la Buena Nueva del Reino, que siempre es Buena Nueva de paz, a los demás.
Hemos escuchado también al profeta que nos decía: ‘El da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse’.
Vayamos nosotros también hasta Jesús. ¿Estamos cansados y fatigados? ¿Tenemos problemas o nos sentimos débiles? ¿Hay dolor en nuestros cuerpos o sufrimiento en el espíritu? Vayamos hasta Jesús. Tengamos verdaderos deseos de conocerle cada día más, de amarlo más, de vivir siempre en su amistad y su gracia. Que en este camino de adviento que estamos haciendo crezcan esos deseos de vivir a Cristo, de dejarnos inundar de su vida. En el encontraremos la paz y el descanso que necesitamos.

martes, 8 de diciembre de 2009

Con María bendecimos a Dios en su Inmaculada Concepción


Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lc. 1, 26-38


‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Sí, bendecimos a Dios que es el que merece toda alabanza y bendición. Para Dios siempre nuestra primera bendición y alabanza. Y lo bendecimos en esta fiesta de María, de su Inmaculada Concepción.
Podría parecer que hoy todas las bendiciones sean para María. No dejamos de bendecirla y alabarla. La felicitamos en este día, en esta fiesta tan hermosa de su Inmaculada Concepción. Queremos, es cierto, mostrarle todo nuestro amor. Es la Madre del Señor, es nuestra Madre, porque así quiso el Señor regalárnosla. Pero nuestra bendición más grande, por decirlo de alguna manera, es para Dios que nos ha regalado a María y nos la ha dado como madre, pero en primer lugar porque ha escogido a María para que ocupara un lugar tan importante en la obra de nuestra redención, de nuestra salvación.
María inmaculada, toda pura y limpia de pecado, preservada del pecado original y nunca manchada con ninguna mácula de pecado; ‘en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado’, como decimos en la oración litúrgica. ‘la preservaste de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como diremos en el prefacio.
La Palabra proclamada en esta solemnidad nos ayuda a hacer el recorrido en el misterio de la salvación y a contemplar el lugar de María. El Génesis nos recuerda nuestro pecado, nuestra condición pecadora, con nuestra desobediencia, nuestras sombras y nuestros miedos, con la muerte que dejamos introducir tantas veces en nuestra vida.
Pero esa primera página no es sólo la de nuestro pecado sino también la página de la esperanza, la de la promesa de la salvación. El proyecto de amor de Dios se realizará a pesar de la negación y del pecado del hombre, porque el amor de Dios está por encima de todo. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tu la hieras en el talón’. La victoria final será de quien aplaste la cabeza del mal, aunque el mal tantas veces quiera herir de muerte al hombre. Está anunciada la victoria de la gracia y de la vida, la salvación. Tendremos un Salvador. Por eso llamamos a esta página el proto-evangelio. Es un primer anuncio de Buena Nueva. Y ahí está también la mujer, la madre, de cuya estirpe saldrá el que sea vencedor del pecado y de la muerte. Es ya un primer anuncio también de María.
Y Dios quiso contar con María porque en su designio eterno de amor, un día El quería encarnarse, ser Emmanuel, ser Dios con nosotros. Sería en el seno de María donde se realizase tan maravilloso misterio. Y María, la llena de gracia, la que se ha dejado inundar por Dios, dice Sí. Aquí estoy, hágase en mí, estoy en tus manos, sólo soy tu esclava porque sólo quiero hacer tu voluntad, por ti quiero dejarme hacer, como barro en tus manos me pongo para ser sólo instrumento de tu amor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, fue la respuesta de María al ángel. Y Dios viene con su salvación. Y Dios realiza maravillas en aquella que se llama a sí misma la humilde esclava del Señor. Y viene Dios para realizar una nueva creación, una nueva criatura que lleno de su vida divina será hijo de Dios.
Las maravillas que Dios está realizando en María son las maravillas que Dios realiza también en nosotros cuando nos otorga su salvación, cuando nos inunda con su amor y su gracia. Decíamos antes con el prefacio que María es ‘comienzo e imagen de la Iglesia’. Es que en María está toda la humanidad que recibe a Dios, toda la humanidad que dice Sí a Dios. Es el comienzo y la imagen de esa humanidad nueva.
En María nos vemos representados, porque ella es una de los nuestros aunque Dios la dotara de tan radiante hermosura; no podía ser menos cuando iba a ser su Madre, cuando iba a ser esa morada especial de Dios entre nosotros donde se encarnara y naciera el Hijo de Dios. Ella es una de los nuestros que va delante de nosotros enseñándonos a decir Sí a Dios; ella es el mejor modelo y ejemplo del nuevo creyente.
Como en María, Dios quiere hacer también maravillas en nosotros, aunque indignos y llenos de pecado. Nosotros tendríamos también que cantar el canto de María sintiendo que en nosotros se están realizando también esas maravillas de Dios. ‘El Señor hizo obras grandes en mí, su nombre es santo’, cantaba María. Ya san Pablo cantaba y bendecía a Dios, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, por todas esas maravillas que Dios realiza en nosotros.
‘Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales…’ En Cristo hemos sido ‘elegidos para ser santos e irreprochables ante El por el amor’. ¿No nos recuerda el ‘llena de gracia’ con que el ángel saludó a María? Nos llena de su gracia, de sus bendiciones para que así seamos santos. Lo podemos ser porque así Dios nos ha bendecido.
En Cristo, en la persona de Cristo, hemos sido ‘destinados a ser sus hijos’. Si a María el ángel le dice ‘el Señor está contigo’, a nosotros nos está diciendo que nos llena de la vida de Dios por la fuerza del Espíritu para en Cristo hacernos hijos de Dios. Maravillas del Señor en nosotros por las que tenemos que bendecir a Dios, darle gracias, alabarle una y otra vez.
Es el destino de Dios, el designio eterno de amor de Dios para con nosotros. María nos abrió el camino cuando ella le dijo Sí a Dios. A ese designio de amor de Dios nosotros tenemos también que decir Sí, como María. Contemplándola a ella, tan hermosa como hoy la contemplamos, nos sentimos impulsados a dar también ese generoso Sí de nuestro amor a Dios.
Contemplar la santidad de María es siempre para sus hijos una llamada a la santidad. Ella es ‘abogada de gracia y ejemplo de santidad’. Con la intercesión de María podemos alcanzarlo porque ella nos hará llegar la gracia del Señor. ‘Concédenos por su intercesión, pedíamos en la oración litúrgica, llegar a ti limpios de nuestras culpas’.
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Con ella sentimos todo el amor de Dios en nosotros y con ella queremos hacerle también la ofrenda hermosa de nuestro amor y santidad.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Mirad a nuestro Dios que viene y os salvará

Is. 35, 1-10
Sal. 84
Lc. 5, 17-26


‘Mirad a nuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará…’ Todo es alegría y fiesta con la presencia del Señor que nos salva. Los desiertos se vuelven vergeles llenos de belleza, no habrá animales salvajes que sean un peligros, son atravesados por calzadas ‘que llamarán Vía Sacra’, por ella caminarán ‘los redimidos y por ella volverán los rescatados del Señor’ porque ya nadie se podrá sentir discapacitado porque todos van a encontrar la salud y la salvación.
Estas palabras, dichas en primer término para el pueblo que vivía el destierro y se veía liberado de su cautividad para volver de nuevo a su tierra, y ya nada sería dificultad para llegar de nuevo a ella, son también anuncio profético del tiempo mesiánico de la salvación. Este es el sentido fundamental con que nosotros las proclamamos y escuchamos en nuestra celebración de Adviento. ‘Viene nuestro Dios y nos salvará’, como repetimos en el salmo responsorial, porque ‘la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra’.
Todo eso lo vemos cumplido en Jesús, que no sólo viene curando a los enfermos, los ciegos, los sordos, los cojos, los sordomudos sino que para todos nos ofrece la salvación más grande que es el perdón de nuestros pecados. ‘Viene el Señor que os resarcirá y os salvará, se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el cojo, la lengua del mundo cantará’, había anunciado el profeta. Ahora lo vemos realizado en Jesús.
El evangelio nos ofrece hoy la curación del paralítico que llevaron hasta Jesús y lo introdujeron ‘por la azotea, separando las losetas, y lo descolgaron a los pies de Jesús… porque no encontraban sitio para introducirlo en la casa, a causa del gentío’. Pero Jesús no sólo lo curará de su invalidez, sino que le ofrecerá la salvación total. ‘El, viendo la fe que tenían, dijo: Hombre, tus pecados están perdonados’.
Es la salvación que Jesús nos da. Para eso ha derramado su sangre en la cruz ‘para el perdón de los pecados’. Aunque no todos lo entienden, ni todos aceptan y reciben esa salvación que Jesús nos ofrece. Hoy vemos en el evangelio quienes critican a Jesús porque se atreve a perdonar los pecados. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?’ Ya hemos visto la respuesta de Jesús. Y también la reacción final de los que creyeron. ‘Todos quedaron asombrados y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: Hoy hemos visto cosas admirables’.
Tenemos que sabernos admirar nosotros también de las maravillas que Dios hace en nosotros. Tenemos que sentir igualmente en nuestro corazón la alegría por la salvación que Cristo nos ofrece. Tenemos que aceptar las palabras, los hechos de Jesús, su salvación tal como El nos la ofrece. Porque también sigue habiendo quien no es capaz de comprender y aceptar esa salvación que Jesús nos ofrece con el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.
¡Cuántos niegan de una forma o de otra este sacramento¡ ¿Cuántos son los que no le dan su importancia y su valor! ¡Cuántos se lo toman con poca seriedad y casi como un juego! Es algo serio y que hemos de saber vivir conscientemente y con toda su profundidad.
Que nos acerquemos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y salgamos de él con la misma alegría y con el mismo asombro que aquellas gentes sentían ante las maravillas que el Señor hacía en su presencia. Sí, con alegría hemos de saber vivir este sacramento donde vamos a recibir regalo tan hermoso como es el perdón de nuestros pecados. Con seriedad siendo conscientes de lo grande que el Señor quiere realizar en nosotros y entonces con el propósito serio de que a partir del sacramento queremos cambiar seriamente nuestra vida. Porque una forma de negarlo o de no tomárselo en serio sería que ahora nos confesamos y cinco minutos después seguimos con los mismos pecados, con las mismas actitudes negativas, con las mismas críticas, por ejemplo, y con el mismo desamor.
¡Qué bueno es el Señor que tales maravillas realiza en nuestra vida! Tomémoslo en serio en este tiempo de adviento, de preparar los caminos del Señor.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Vino hoy la Palabra del Señor y todos verán la salvación de Dios


Baruc, 5, 1-9;
Sal.125;
Filp. 1, 4-6.8-11;
Lc. 3, 1-6

La Palabra de Dios no tiene fecha de caducidad; pero la Palabra de Dios sí tiene una fecha de realización. ¿Cuál es esta fecha? Hoy. Es el hoy salvador de Dios en mi vida. Es el hoy en que me llega esta Palabra de Dios que me anuncia un mensaje de salvación y me da la salvación. Mañana será camino de plenitud total.
Hemos escuchado en el principio del evangelio: ‘En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea…’ y así ha seguido dándonos los datos concretos históricos y religiosos del mundo y del pueblo de Israel de aquel momento concreto, ‘…vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto’.
Pensemos en nuestro momento histórico y religioso, a nivel personal y como comunidad, pues hoy, viene la Palabra de Dios sobre nosotros, sobre ti y sobre mí, aquí cuando esta mañana estamos viviendo esta celebración de la Eucaristía – quienes leen esta reflexión por otro medio distinto de la celebración, por ejemplo, por correo electrónico o en el blogs de internet u otros medios, sientan de la misma manera este hoy de la Palabra que llega a su vida -. Vivimos nuestras circunstancias concretas, con nuestra historia personal concreta, pero a nosotros personalmente nos ama el Señor y a nosotros personalmente nos llega esta Palabra que el Señor tiene que decirnos, y además en esta comunidad concreta donde vivimos y celebramos nuestra fe.
La Palabra que el Señor nos dirige en este segundo domingo de Adviento sigue siendo una invitación a la esperanza y a preparar nuestro corazón al Señor que llega a nuestra vida. Una esperanza que nos llena de alegría, porque así es en toda verdadera esperanza. Tenemos la certeza del Señor que llega a nuestra vida y realiza maravillas en nosotros. Nos invita a despojarnos, como nos dice Baruc ‘del vestido de luto y de aflicción y vestir las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da; envuélvete, nos dice, en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua…’
¿Cuáles son esos vestidos de luto y aflicción? Lejos de nosotros la desesperanza, la tristeza depresiva, las miradas negativas, las actitudes pasivas y paralizantes, los lamentos compulsivos. Quien cree y espera en el Señor no puede cargar de tintes negros su vida sino que en el esperanza, por muy duros y difíciles que sean los momentos por los que haya que pasar, tenemos una certeza en el corazón que nos hará caminar con ilusión y con coraje. Estamos seguros de quien nos fiamos; estamos seguros de la salvación que Dios nos ofrece.
Son otras las vestiduras con que hemos de vestirnos y adornar nuestra vida, ‘galas perpetuas de la gloria de Dios… manto de la justicia de Dios… diadema de gloria perpetua…’ nos decía el profeta. Esa justicia de Dios es su santidad y su gracia, su misericordia y su benevolencia, su luz y su esperanza, su perdón y su vida, la vida nueva que nos da. Es un querer vestirme de Cristo, de su gracia, de sus virtudes, de su justicia, de su santidad. Es vestirme de su amor para llenar mi corazón de solidaridad, misericordia, compasión. Como decía Pablo en la carta a los Filipenses: ‘ésta es mi oración: que vuestra comunidad de amor vaya creciendo más y más en penetración y sensibilidad’. Así vayamos creciendo nosotros en amor y santidad.
Todo esto nos está pidiendo una actitud de conversión profunda en nuestro corazón. Hemos escuchado a Juan el Bautista, ‘que recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en los oráculos del profeta Isaías…’ Ya el evangelista nos señala que Juan es el anunciado por el profeta como ‘la voz que clama en el desierto’ para preparar los caminos del Señor. A través de él también nos llega a nosotros esa misma invitación. Invitación a la conversión, a dejarnos transformar por el Señor, a quitar esos vestidos de luto que antes decíamos y a vestirnos con las vestiduras de la gloria del Señor.
No podemos hacernos sordos a esa invitación. No podemos dejar pasar ese hoy de Dios que llega a mi vida con su salvación. Viene a nuestro encuentro y nos trae vida y gracia. No cerremos las puertas, no cerremos los oídos, no nos cerremos a esa gracia de Dios. Todavía quedan muchos trajes de luto y aflicción en nuestra vida. ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios’.
¿Nos creemos en el camino recto? ¡Ojalá! Pero si con sinceridad miramos nuestra vida nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que corregirnos, cuántas tenemos que mejorar, cuántas tenemos que hacerlas nuevas en nuestra vida. ¿Sabéis una cosa? El camino que tenemos que recorrer – aunque sea preparar los caminos del Señor que llega a nuestra vida – no es otro que seguir el camino de Cristo mismo. El nos lo dice en el Evangelio. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Es vivir a Cristo; es poner como una plantilla sobre nosotros – plantilla que es Cristo mismo – para calcar en nosotros la vida de Cristo. Preparar el camino del Señor no es otra cosa, entonces, que querer cada día conocer más y más a Cristo, para poder reflejarlo totalmente en nuestra vida. Y eso lo hacemos de su mano – El nos guía – y con la fuerza y asistencia de su Espíritu.
Así, como nos dice hoy san Pablo en la carta a los Filipenses, ‘llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios’.
¿No tendremos que decir en verdad, como hemos cantado en el salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’? Como decía el salmista todos tienen que reconocerlo y así tenemos nosotros que proclamarlo a pleno pulmón. ‘Todos verán la salvación de Dios’.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Se apiadará a la voz de tu gemido

Is. 30, 18-21.23-26
Sal.146
Mt. 9, 35-10, 1.6-8


Nos decía el profeta: ‘Pueblo de Sión, habitante de Jerusalén, no tendréis que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá… el grano de la cosecha del campo será rico y sustancioso… tus ganados pastarán en anchas praderas… habrá ríos y cauces de agua… cuando el Señor vende la herida de tu pueblo y cure la llaga de su golpe…’
Ricas imágenes, palabras que anuncian un tiempo nuevo, el tiempo mesiánico que en Cristo vemos cumplido. En la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo que nos manifiesta la misericordia y el amor del Padre. Hoy nos ha dicho el evangelio: ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Es el Señor que escucha nuestros gemidos que decía el profeta. Que nos manifiesta su amor y su compasión. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas,,porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y Jesús se nos manifestará en el evangelio como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las lleva a buenos pastos; nos ofrece el alimento de su Palabra y de su vida, dándosenos El mismo para que le comamos y así tengamos vida para siempre; se nos manifiesta como el Buen Pastor que va a buscar a la oveja descarriada y cuando la encuentra la carga sobre sus hombros y hace fiesta porque ha encontrado la oveja perdida.
Es lo que Cristo quiere seguir realizando hoy a través de su Iglesia, a través de sus pastores, a través de tantos y tantos que El llama para hacerles partícipes del ministerio pastoral; pero a través de tantos y tantos que se han consagrado al Señor para servirle en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los excluidos, en los que nada tienen ni techo para cobijarse. Pensemos, por ejemplo, en las legiones – digámoslo así – de religiosos y religiosas en multitud de obras asistenciales para servir a Cristo en los pobres y en los que sufren. O pensemos también en tantos cristianos comprometidos que dan su tiempo, sus cosas, su vida para ofrecerse voluntarios y trabajar por los demás en tantas instituciones de la Iglesia como Cáritas, Manos Unidas, etc…
Son los que Cristo ha enviado como escuchamos hoy en el evangelio que hace con los doce con una especial misión de anunciar el Reino de Dios. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curad toda enfermedad y dolencia… Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido: dad gratis’.
Pero a algo más nos invita hoy el Señor en el Evangelio. ‘Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’. Nos pide el Señor que oremos al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. Una petición que ha de estar siempre presente en nuestras oraciones: la oración por las vocaciones. ‘La mies es abundante…’
Bien sabemos cuánto hay que hacer en nuestro mundo. Cómo tenemos que anunciar el Reino de Dios con obras y palabras. Se necesitan sacerdotes, misiones, personas consagradas, religiosos y religiosas, cristianos comprometidos con el Reino de Dios. Oremos con insistencia al Señor. Y al mismo tiempo abramos nuestro corazón para escuchar la llamada que el Señor nos pueda hacer para de una forma u otra trabajar también en su mies, en su viña.

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Creéis que puedo hacerlo? Manifestemos las maravillas que hace el Señor

Is. 29.17-24
Sal. 26
Mt, 9, 27-31


‘¿Creéis que puedo hacerlo?’, les pregunta Jesús a los dos ciegos que iban tras El gritando por el camino. ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. La fe que tenían era grande. La confianza, total. ‘Sí, Señor’ fue su respuesta unánime. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe… y se les abrieron los ojos’.
Nos hace falta esa fe y esa confianza. Sí, que cuando le pidamos algo al Señor desde nuestra necesidad o desde nuestros problemas, lo hagamos con total confianza. El Señor siempre nos escucha, aunque a nosotros el camino nos parezca largo.
Pero creo que el evangelio y toda la Palabra de Dios hoy proclamada quiere decirnos algo más. Eran unos ciegos llenos de oscuridad, pero que sin embargo vislumbraron donde podía estar la luz. Ellos llevaban otra luz por dentro, que era su fe. Intuían cuanto el Señor podía hacer por ellos. Desde su oscuridad ansiaban la luz y la alcanzaron.
Pero podríamos fijarnos también en el anuncio del profeta. El anuncio que hace es que todo se va a transformar, y además nos dice ‘pronto, muy pronto el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos…’
El mundo se nos vuelve oscuro muchas veces. Hay tantas cosas que no nos gustan. Camina por unos derroteros que no son precisamente lo que nosotros deseamos. Parece que el mal lo domina todo. No entendemos todo lo que sucede y por qué se llega a la situación en que estamos. Los que tenemos inquietud en el corazón con deseos de que las cosas no sean así no sentimos a veces impotentes; queremos trabajar por hacer que todos seamos mejores, para que resplandezcan los valores del evangelio, para hacer una sociedad más humana y respetuosa, para que brille la fe y la religión, y podemos sentirnos desalentados y tener la tentación de que nuestros esfuerzos son en vano.
Podemos pensar en los que trabajan pastoralmente en medio del pueblo de Dios que no siempre llegan a ver el fruto de tantos trabajos y esfuerzos, sino que parece más bien que todo pueda ser un fracaso cuando vemos la poca respuesta, o la no continuidad y perseverancia de aquellas personas con las que trabajamos. Pensemos en las tareas de la catequesis, en los grupos de jóvenes cristianos que tan pronto se desinflan y asúi podíamos pensar en muchas cosas más.
Pero es aquí cuando tenemos que escuchar el evangelio y la Palabra del Señor como una palabra de aliento que nos haga mantenernos firmes en nuestra fe, seguros de nuestra esperanza y fortalecidos frente a todos los cansancios y desalientos. La semilla tenemos que seguirla sembrando, nuestra fe tenemos que mantenerla íntegra y sentirnos seguros de que el Señor está con nosotros.
‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ preguntaba Jesús a los ciegos y quizá nos lo preguntamos nosotros también. Tenemos que sentir la seguridad de la fe. Y la Palabra del Señor es fiel y es siempre eficaz. Y ese mundo transformado del que nos habla el profeta se puede realizar, se va a realizar.
Quizá algunos quieran desterrar la religión, lo cristiano, o los signos sagrados al ámbito de lo privado. Noticias en este sentido escuchamos continuamente porque esos sean los objetivos de ciertos movimientos o ideologías. Ahora hemos oído hablar de la guerra de los crucifijos en los lugares públicos o en las escuelas. Nosotros tenemos que ser valientes para seguir nuestras convicciones públicamente y con firmeza. Nada ni nadie podrá apartarme de mi fe. Y tenemos que buscar la forma de hacerlo.
Estamos en Adviento que, como hemos repetido tantas veces, es tiempo de esperanza. Viene el Señor y El es nuestra fortaleza. Viene con su salvación que nos transformará nuestro corazón para que también transformemos nuestro mundo. No nos faltará la presencia de su Espíritu. No nos podemos encerrar ni tampoco quedarnos en lastimeras lamentaciones por el rumbo que toma nuestro mundo. No son lloros ni lamentaciones lo que se necesita, sino el testimonio valiente y vivo de la fe.
Como aquellos ciegos que se vieron curados por el Señor con sus ojos llenos de luz, nosotros tenemos que ir también a proclamar ante el mundo las maravillas que hace Dios con su amor.

jueves, 3 de diciembre de 2009

¿En qué roca hemos de cimentar nuestra fe?

Is. 26, 1-6
Sal. 117
Mt. 7, 21.24-27


Cuando queremos edificar una casa tenemos que procurarle unos buenos cimientos. No nos podemos quedar sólo en la apariencia externa o en los adornos. Así en el edificio de nuestra vida cristiana, en el edificio de nuestra fe.
Tenemos fe y decimos que creemos en Dios, pero no pueden ser sólo buenas palabras. Y cuando nosotros en un Dios que tanto nos ama, que es nuestro Padre y que por nosotros y para nosotros nos ha enviado a su Hijo Jesús, honda tiene que ser nuestra respuesta. Por eso hemos de comenzar por querer conocerle más y descubrir en lo más profundo cuál es su voluntad para nosotros. Y por ahí tenemos que caminar, que será siempre un camino de amor, una respuesta de amor, de amor fiel. Lo que tendrá que darle hondura a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.
Hoy nos habla Jesús de casa edificada sobre roca y casa edificada sobre arena. Cuando no hay verdaderos cimientos ante cualquier embate el edificio se pone en peligro. ‘Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente’. No queremos entrar en juicio contra nadie, pero bien hemos visto muchas veces gente que nos parecía buena y hasta piadosa, pero que se enfriaron, abandonaron su práctica religiosa y cristiana y hasta algunas veces los vemos alejados de la fe. ¿Qué les habrá sucedido? ¿Tendrían bien cimentada su vida cristiana? ¿Nos puede suceder a nosotros lo mismo?
Jesús había dicho que ‘el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo… el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica… es el que entrará en el reino de los cielos… porque se parece a aquel hombre prudente que edificó sobre roca’. Buscar, pues, lo que es la voluntad del Padre del cielo, escuchar a Jesús que es quien mejor nos descubre quien es Dios y lo que Dios quiere de nosotros, y ponerlo en práctica, vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
Esto nos pide que en verdad tengamos deseos y tengamos voluntad de ponernos en un verdadero camino de crecimiento espiritual, de crecimiento en nuestra vida cristiana. Cuántos nos dicen es que yo soy cristiano de toda la vida, ahora a estas alturas qué voy a aprender, qué me van a enseñar o qué nuevo tengo que hacer. Y se contentan con lo de siempre, no le han dado profundidad a su fe y a su vida cristiana, tienen el peligro de quedarse en lo superficial, no han crecido en la fe, en el descubrimiento de la voluntad de Dios, muchas veces su fe se queda en lo infantil y sin madurar. Les falta una verdadera sustentación.
Y es que en la medida en que amemos a Dios con toda sinceridad, cada día tendremos deseos de conocerle más y más y nunca nos cansaremos de ese crecimiento, de ese avance en su vida cristiana. Dos enamorados que se aman de verdad cada día quieren conocerse más, cada día quieren sentirse más unidos y, si no les falla o les merma su amor, cada día tendrán más deseos de amarse más y mejor.
Es así cómo tiene que ser el alimento de cada día de nuestra vida cristiana la Palabra de Dios. Ese lectura de la Biblia que hacemos a nivel personal e individual para aprenderla, y cuando digo para aprenderla es apresarla, tomarla para mi vida, rumiarla en mi interior, reflexionarla, hacerla oración. Esa oración que me hace sentir en la presencia de Dios, para sentirle y para vivirle allá en lo más hondo de nosotros, para amarle cada vez más, pero para experimentar cada vez con mayor intensidad su amor en mi vida. Y de ahí en nuestro proyecto espiritual, pues, nuestra vida sacramental, la vivencia de la Eucaristía y de los sacramentos que alimentan con la gracia de Dios nuestra vida cristiana.
Ahí tenemos el cimiento sobre roca que necesitamos para mantenernos firmes en nuestra fe, comprometidos en nuestro amor y llenos de esperanza en la vida eterna de la que Dios quiere hacernos partícipes y que un día viviremos en plenitud.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación

Is. 25, 6-10
Sal. 22
Mt. 15, 29-39


Cuando nos sentimos agobiados por el sufrimiento, sea del tipo que sea, parece que lo menos que apetecería una sería comer o participar en un banquete de fiesta. Pareciera que se hubiera perdido toda esperanza y más quisiéramos dejarnos morir cuando así nos vemos hundidos y deprimidos.
Sin embargo, el profeta hoy, hablándole a su pueblo que precisamente no pasa por sus mejores momentos, les anuncia que se descorrerán los velos y festones de luto y de muerte porque todos estamos invitados a un magnífico banquete. Y nos hace una hermosa descripción. ‘Preparará el Señor de los Ejércitos, para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos…’
El dolor y el sufrimiento tienen que haber pasado, la esperanza tiene que haber renacido, los velos de la tristeza y las lágrimas del dolor tienen que desaparecer porque la muerte ha sido aniquilada para siempre y todo tiene que ser vida y alegría. ‘Arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa las naciones. Aniquilará la muerte para siempre… enjugará las lágrimas de todos los rostros’.
¿Cuál es la razón, el motivo de semejante banquete y de tan alegre fiesta? ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Todos entendemos el mensaje mesiánico de este texto, pero que también es como una figura y tipo del banquete del Reino de Dios al que todos estamos invitados en Jesús. El evangelio de hoy nos hablará de una comida bien abundante que será anuncio y anticipo del banquete de la Eucaristía que Jesús nos dará.
Hemos escuchado en el evangelio el relato de la multiplicación de los panes y los peces allá en el descampado comiendo hasta saciarse una multitud considerable de personas. ‘Comieron hasta saciarse y recogieron las sobras… los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños’.
Un milagro de Jesús que es todo un signo. No será ya el pan milagrosamente multiplicado el que Jesús quiere darnos a comer, sino que será Él mismo el que se nos dé como comida y alimento de vida eterna. En el evangelio de san Juan es precisamente después del relato de la multiplicación de los panes cuando Jesús nos anuncia el banquete de la Eucaristía. ‘El que come del pan que yo le daré tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, nos dirá.
Ése sí que es un festín de manjares enjundiosos porque comemos al mismo Cristo. Con Cristo ya no puede haber muerte, sino que todo tiene que ser alegría y vida. Se correrán para siempre los paños del luto y la tristeza. Con Cristo está superado todo dolor y todo sufrimiento porque con El toda la vida adquiere un nuevo sentido en el amor.
Estamos haciendo el camino del Adviento que nos tiene que llevar a ese encuentro pleno con el Señor que viene a nuestra vida. Y El quiere ser para nosotros vida, salvación, paz, alegría. Para eso se nos da en la Eucaristía. Que así lo podamos vivir en plenitud, así nos llenemos de su salvación. ‘Aquí esta nuestro Dios… celebremos y gocemos con su salvación’.

martes, 1 de diciembre de 2009

Un vástago florecerá de su raíz

Is. 11, 1-10
Sal. 71
Lc. 10, 21-24


‘Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz…’ hemos escuchado que así ha comenzado el profeta.
Es como hablar de un tronco viejo, endurecido, reseco del que parece que no puede tener vida ni hacer que de él pueda surgir un nuevo brote o una nueva planta. Sin embargo el profeta nos dice que sí brotará un renuevo, y de su raíz un vástago nuevo. Y ya nos dice que el Espíritu del Señor es el que le dará vida y hará surgir un nuevo vivir. Es muy significativa esta imagen.
La profecía nos hace una descripción de lo que es ese tronco viejo, lo que está significando, porque nos está reseñando un mundo de injusticias, de apariencias y falsedades, de violencia y de muerte, un mundo de enfrentamientos y rivalidades, como puede ser la expresión de la no posible convivencia de animales feroces y salvajes con otros animales más domésticos.
El profeta describe la situación del mundo que él vive, pero que puede ser una perfecta descripción de lo que es nuestro propio mundo. No tenemos que detenernos mucho para hacer la comprobación en nuestra realidad de la descripción profética. ¿No oímos hablar continuamente de violencias de todo tipo, ya sean actos terroristas, ya lo que llaman violencia de género por emplear una expresión actual, o las violencias y enfrentamientos en las familias o entre vecinos, entre razas y entre pueblos? ¿No es un mundo injusto en el que vivimos con tantas desigualdades que provocan tantas miserias? ¿No oímos hablar continuamente de corrupción y de tantas cosas más en ese estilo de injusticias? Podríamos pensar aún en muchas cosas más.
Pero de esa situación de mal, de muerte, de tronco reseco, el Espíritu, nos dice el profeta, hace surgir algo nuevo, ‘un vástago florecerá de su raíz’. Está lleno del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y de discernimiento, espíritu de consejo y de valor, espíritu de piedad y de temor del Señor; le llenará el Espíritu del Señor’. A continuación habla el profeta de justicia, lealtad, equidad, paz…
Un texto en cierto modo paralelo a aquel otro del mismo Isaías que Jesús proclamará en la sinagoga de Nazaret en lo que llamamos su discurso programático y que nos viene a decir que todo eso se estaba cumpliendo en El. ‘Hoy se cumple todo esto que acabáis de oír’, les dirá entonces.
Ahora el profeta nos habla de la justicia nueva, de la verdad, de la paz y la armonía que vendrá a nuestro mundo con la llegada del Mesías. ‘Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos; un muchacho los pastorea…’ Así seguirá describiéndonos con ricas imágenes esa armonía total en la nueva creación.
‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, que hemos rezado en el salmo. Todo es nuevo, todo es paz, ya nadie le hará daño al otro. ‘No harán daño ni estrago por todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas cubren el mar’. Así es la abundancia de la paz.
Es la paz mesiánica. Es lo que tendría que ser nuestra vida si recibimos y aceptamos a Jesús en nuestra vida. Es la tarea en la que hemos de comprometernos. Es el mundo nuevo que hemos de construir y vivir. No son ilusiones infundadas ni sueños imaginarios, son esperanzas vivas. Creemos y esperamos al Señor que viene y que puede realizar y realiza esas maravillas en nosotros y en nuestro mundo. Es el recorrido que vamos haciendo en este Adviento, porque es lo que queremos en verdad celebrar cuando llegue la Navidad. Así el Señor transforma nuestra vida.
Con corazón humilde y sencillo nos acercamos al Señor y con esperanza viva. Si así con esa humildad y con esa confianza vamos a El, se nos manifestará, podremos conocerle, como nos dice hoy el evangelio, y podremos vivir ese mundo nuevo de gracia y santidad que Dios quiere para nosotros.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Andrés discípulo y apóstol, llamado y enviado


Rom. 10, 9-18
Sal. 18
Mt, 4, 18-22


‘Paseando Jesús junto al lago vio a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés… eran pescadores… y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres… dejadas las redes le siguieron…’
Este es Andrés, el hermano de Simón, el ‘primer llamado’ como le proclama la Iglesia de Constantinopla, a quien hoy estamos celebrando. Lo del primer llamado es una clara referencia a la escena que nos narra el evangelio de san Juan; Andrés y Juan, el hermano de Santiago, eran discípulos del Bautista y escucharon el anuncio que Juan había hecho allí junto al Jordán: ‘Yo he visto que el Espíritu bajaba sobre El como una paloma… yo lo he visto y doy testimonio de que El es el Hijo de Dios… Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Y aquellos dos discípulos se fueron tras Jesús.
Detalle a tener en cuenta. Se habían dejado guiar por el Bautista. Había venido a preparar los caminos del Señor y ahora señalaba a aquellos dos discípulos cómo habían de ir hasta Jesús. ‘Conviene que El crezca y que yo mengue…’ diría más tarde. Y sus discípulos se fueron con Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis’.
Otro detalle a tener en cuenta. Andrés fue y conoció a Jesús, estuvo con Él y ya a la mañana siguiente salió a hacer el anuncio. ‘Hemos encontrado al Mesías’, le dice a su hermano Simón y lo lleva también hasta Jesús.
Finalmente quiero fijarme en otro momento donde vuelve a aparecer Andrés en el Evangelio. Los dos griegos que querían conocer a Jesús fueron a Felipe, el de Betsaida. Felipe fue a contarle a Andrés la buena noticia de que los griegos querían conocer a Jesús. Y Felipe y Andrés fueron hasta Jesús. Como llevó a Pedro su hermano hasta Jesús, ahora quiere abrirle caminos a aquellos extranjeros hasta Jesús. Se convierte en algo así como intercesor o mediador.
Un llamado que se deja conducir para ir hasta Jesús y dar luego una respuesta pronta y generosa, pero que pronto se convierte en mensajero, en mediador, en apóstol y en intercesor para que otros conozcan a Jesús, lleguen hasta Jesús y Jesús también los reciba y acoja. Hermosa tarea la de Andrés; un entrenamiento ahora para la inmensa labor apostólica y misionera que luego realizará. Moriría en Patras en Grecia y también crucificado como su Maestro.
Nos ha hablado san Pablo en la carta a los Romanos de confesar que Jesús es el Señor y Dios lo resucitó con nuestro corazón y con nuestros labios, o sea, con toda nuestra vida. ‘Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás’. Desde esa confesión alcanzaremos la justificación y la salvación. Pero nos habla Pablo a continuación, sintiendo gran dolor en el alma y fuego ardiente en su espíritu que para invocarlo hay que creer en Él, y que no podrán creer en El si no se les anuncia. Realizarán ese anuncio los enviados y los enviados han de proclamar claro el mensaje que no es otra cosa que hablar de Cristo. ‘La fe nace del mensaje y el mensaje consiste en hablar de Cristo’.
Cuando nosotros hoy celebramos la fiesta del Apóstol san Andrés, con todos estos detalles que hemos ido subrayando y lo que la Palabra del Señor nos ha dicho, tendríamos que tener fuego en el corazón, ardor y coraje en nuestra vida para escuchar el mensaje y el envío que se nos hace para que todos puedan llegar a la fe, conocer a Jesús, y confesarle como nuestro Dios y Señor, como nuestro Salvador y como nuestra vida y así sentir el envío que también nos hace a nosotros. Ir a anunciar el evangelio del Reino y aunque nos cueste, aunque sea difícil, aunque algunos cierren los oídos. Nosotros no podemos cerrar los oídos, tenemos que hacer soltar nuestra lengua para poder hablar de Cristo, para anunciar a Cristo a los demás.
Creo que éste puede ser el mensaje que recibamos de esta fiesta y nuestro compromiso allí donde estamos. Siempre podemos llevar a un hermano hasta Jesús, siempre podemos ser mediadores para que otros lleguen a Jesús, siempre podemos convertirnos en intercesores con nuestra oración pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies porque es abundante y los obreros son pocos, y además pidiendo por todos los que no conocen a Jesús.

domingo, 29 de noviembre de 2009

No le podemos cortar las alas al Adviento


Jer. 33, 14-16;
Sal. 24;
1Tes. 3, 12-4, 2;
Lc. 21, 25-28.34-36


‘Al comenzar el Adviento aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene… para que colocados a su derecha un día merezcamos poseer el Reino eterno…’
Así hemos orado hoy al inicio del tiempo del Adviento. Para mí el Adviento es un tiempo ilusionante y provocador de esperanza que nos hace tender la mirada hacia adelante y hacia arriba con metas de futuro en plenitud.
Pero no le podemos cortar las alas al Adviento. No nos quedamos en la celebración gozosa de un recuerdo de algo pasado. Cuando nosotros los cristianos celebramos hacemos memorial. En la memoria que hacemos del actuar de Dios, seguimos sintiendo presente esa acción salvadora de Dios pero siempre tendemos hacia la plenitud final. Por eso decimos memorial.
Fijémonos cómo lo expresa la liturgia en la celebración de la Eucaristía en sus plegarias eucarísticas. ‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos… te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia… y merezcamos por tu Hijo Jesucristo compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas’. O como decimos en la otra plegaria eucarística ‘al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo… y esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’, terminamos diciendo.
Esa dimensión de nuestra celebración cristiana, de lo que es toda nuestra vida cristiana, la esperanza de alcanzar la plenitud eterna de la gloria de Dios, no la podemos perder de vista en el tiempo del Adviento. Adviento, que es precisamente celebrar y fomentar la esperanza. Cuando preparamos la celebración de la venida del Señor en la carne aprendemos a vivir la esperanza de su venida definitiva, mientras seguimos sintiendo, viviendo y celebrando de forma sacramental su presencia salvadora aquí y ahora en nuestra vida.
Por eso, como decíamos antes, no le cortemos las alas al tiempo del Adviento. Y con frecuencia, tenemos que reconocer, que se las cortamos cuando dejamos coja nuestra navidad celebrando sólo un aspecto. Nos alegramos, hacemos fiesta, gastamos todas nuestras energías en el solo recuerdo gozoso de su nacimiento en Belén, que para muchos además se queda en una fiesta de familia, por muy hermosa y bonita que sea.
¿Dónde se nos queda la celebración gozosa del hoy salvador de Cristo en nuestra vida? ¿dónde se nos queda la esperanza de esa plenitud total de su presencia? Tengamos en cuenta todo lo que nos ha dicho hoy la Palabra del Señor. Despertemos, alcemos la cabeza, se acerca nuestra liberación, nuestra salvación. Que finalmente nos sintamos más llenos de la salvación de Dios, cuando lleguemos a celebrar la Navidad.
Decíamos al principio de nuestra reflexión que el tiempo del Adviento es un tiempo ilusionante, ilusionador. Y en verdad será así, si tenemos en cuenta todos estos aspectos que hemos mencionado, tratamos de conjugarlos bien para que estén presentes en nuestra celebración y nos esforzamos por vivirlos en todos los sentidos. Es ilusionante poner esperanza donde parece que no hay esperanza, despertar la fe donde parece que se ha enfriado o se ha perdido, llenarnos del amor de Dios y poner más amor en nuestras relaciones, en ese mundo en el que vivimos para llenarlo de humanidad y ternura. Y a todo esto nos está invitando el Adviento. ‘Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y amor a todos…’ nos decía san Pablo.
Viene el Señor y hemos de prepararnos para su venida, hemos de esperar con toda intensidad su venida. Pero, ¿nos preparamos? ¿tenemos esperanza? Más aún, ¿cuáles son las expectativas y las esperanzas hoy? Las que tenemos nosotros y las que puede tener nuestro mundo. ¿Se habrá perdido la esperanza y acaso nosotros los cristianos nos hayamos contagiado de ello?
Los agobios de la vida por una parte – y en la situación concreta que vive nuestra sociedad hoy – y las rutinas en las que fácilmente caemos en la vida pudieran hacernos perder las esperanzas y las ilusiones más elementales. ¿Estaremos ya desencantados de la vida, como si estuviéramos de vuelta de todo? ¿Ya no esperamos que en verdad pueda haber algo nuevo para mí, para la Iglesia, para la sociedad? A mucha gente pudiera parecerle que Dios ya no tiene nada que decir ni que hacer en este mundo en el que precisamente parece que hubiéramos desterrado a Dios. Hasta se quiere celebrar la navidad hoy sin Dios, sin Jesús, sin nacimiento en Belén, sólo como una fiesta del invierno o del sol que nace y comienza a crecer.
Jesús nos decía: ‘Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida y se os eche encima de repente aquel día… estad siempre despiertos pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del Hombre’.
Despertemos, no vivamos embotados con tantas cosas ni con las desesperanzas del mundo. Mantengámonos en pie y vigilantes. Con ilusión y con esperanza. ‘En aquel día suscitaré un vástago legítimo que hará justicia derecho en la tierra’, nos anunciaba el profeta. Algo nuevo quiere hacer el Señor en nosotros, en nuestra Iglesia, en nuestro mundo. Las maravillas del Señor se siguen realizando.
Hoy viene el Señor con su salvación. Por mucho que quieran algunos, a Dios no lo podemos desterrar de este mundo. Porque El está en medio de nosotros y nos quiere dar la vida en plenitud. Y nosotros con nuestra fe y con nuestra esperanza lo tenemos que hacer visible, presente en nuestro mundo para que todos lleguen a creer en El. Es importante cómo vivamos este tiempo de Adviento y cómo lleguemos a vivir la Navidad, porque tenemos que ser estrellas luminosas para los demás. Démosle profundidad, trascendencia a este Adviento que estamos comenzando a vivir sin cortarle las alas, como hemos dicho y repetido.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Peregrinos vigilantes y despiertos para llegar a la patria del cielo

Dan. 7, 15-27
Sal. Dan. 3, 82-87
Lc. 21, 34-36


El camino que vamos haciendo por la vida es como una peregrinación. Recorremos un camino no exento de peligros y tentaciones, pero tenemos una meta a la que aspiramos llegar. No nos es fácil en muchas ocasiones a causa de nuestra debilidad y de los cansancios que nos producen ese caminar y esas luchas que tenemos que mantener. Pero queremos llegar a la meta y nuestra meta está en la patria del cielo. Sabemos que vamos al encuentro del Señor que viene hasta nosotros.
De esa meta, de ese camino y de la vigilancia que hemos de mantener nos está hablando de manera especial la liturgia en estos día del final del ciclo litúrgico. Pero no es para pensarlo solo en algunas ocasiones, sino que es algo que tiene que estar muy presente en el día a día de nuestra vida si queremos caminar en fidelidad al Señor.
Y es que en ese peregrinar de nuestra vida se nos pide vigilancia y atención para no perder el rumbo de nuestro camino, teniendo siempre claro cuál es nuestra meta, quién viene a nosotros y lo grande y maravilloso que es el amor que Dios nos tiene. Por eso en esa vigilancia no podemos dejarnos arrastrar por tantas cosas que nos quieren llamar la atención, tantas cosas que pueden ser tentación para nosotros que nos haga abandonar el camino.
Hay muchos lugares del evangelio donde Jesús nos habla de esa vigilancia. Una vigilancia atenta y activa. Como las doncellas que han de tener encendidas las lámparas, pero con aceite suficiente para que no se apaguen; como el amo de casa que tiene que estar vigilante porque no sabe cuando viene el ladrón; como el servidor fiel que tiene que estar atento para cuando venga su señor, abrirle apenas venga y llame.
Necesitamos vigilancia y ser fuertes frente a la tentación. ‘Tened cuidado, nos dice Jesús: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…’ Ahí tendríamos que poner tantas cosas que nosotros sabemos muy bien que son tentación para nuestra vida y que nos hacen daño.
Cosas que embotan nuestra mente y encierran en sí mismo de forma egoísta nuestro corazón; tantas cosas que nos ciegan y son obstáculo fuerte para poder seguir el camino libremente; cosas que nos hacen perder nuestra dignidad y grandeza y nos quitan la libertad esclavizándonos. Nos ofrecen libertad pero lo que hacen es esclavizarnos. Nos ofrecen felicidad pero nos hacen más desgraciados aunque algunas veces confundidos pensemos lo contrario.
Por eso el camino no lo hacemos solos ni son solas nuestras fuerzas. No es cosa sólo de voluntarismo por nuestra parte, sino que tenemos que saber contar y confiar en la ayuda del Señor. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. ¡Qué necesaria es la oración en nuestra vida! Necesitamos orar para alcanzar de Dios el don de la fe; orar para que podamos dar respuesta al amor que Dios nos tiene; orar para discernir bien el camino y seguirlo con toda fidelidad.
Que cuando venga el Señor nos encuentre así vigilantes, con las lámparas de aceite encendidas en nuestras manos, y con nuestras vestiduras de fiesta blancas y relucientes para pasar al banquete del Reino eterno de los cielos.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Sepamos descubrir los brotes y señales del Reino de Dios

Dan. 7, 2-14
Sal. Dan. 3, 75-81
Lc. 21, 29-33


‘Cuando vean que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios…’ Y les propuso una parábola: ‘Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que la primavera está cerca…’
Nos está invitando Jesús a que descubramos esos brotes, esas señales del Reino de Dios. Hoy nos ha dado señales del Reino de Dios que se realiza en plenitud en la venida del Hijo del Hombre al final de los tiempos. Pero mientras estamos de camino hemos de saber descubrir las señales del Reino de Dios que está cerca de nosotros, se realiza en nosotros; pero también hemos de saber descubrir las semillas de ese Reino, aunque no lo vivan plena y conscientemente, que podemos encontrar en las personas que están cercanas a nosotros o en este mundo en el que estamos inmersos.
Muchas veces tenemos la tendencia a lo negativo; me explico, a sólo ver sombras en nosotros, en las otras personas, o en la sociedad. Nos parece que todo está mal, que todo es negro, negativo. Tenemos la tendencia de encandilarnos con lo negativo y nos cuesta ver la luz. Necesitamos ojos llenos de luz y de color para saber apreciar tantas cosas buenas que brillan en los demás, que brillan a nuestro alrededor.
Recogiendo el sentir del evangelio, de que no podemos estar siempre fijándonos en la paja del ojo ajeno, mientras en el nuestro quizá hay una viga, me atrevo a decir que vayamos por el mundo con ojos de luz para ver siempre y primero las cosas buenas de los demás, tantas cosas que buenas que hay también en nuestro mundo.
Creo que siempre, con buena voluntad, podemos apreciar muchas cosas buenas de los otros, y lo mismo podemos decir del mundo en el que vivimos donde hay muchas ansias de paz y de justicia, donde podemos contemplar a muchos que de forma altruista, sin tener quizá una motivación religiosa, específicamente cristiana, trascendente, hacen muchas cosas buenas por los demás, se agrupan en muchas organizaciones - de esas que llamamos no gubernamentales – para trabajar por los demás, por la sociedad, por resolver problemas del tercer mundo, etc…
Creo que todos conocemos a mucha gente que es capaz incluso de sacrificarse por los demás, que tienen un corazón generoso, que se apuntan voluntarios para muchos servicios a favor de los otros, que se comprometen con los vecinos para sacar cosas adelante en beneficio de su pueblo, de su barrio, de la comunidad.
San Pablo nos enseñaba a saber tomar en cuenta todo lo bueno, lo noble, lo justo, lo verdadero y laudable para que al final todo pudiera ser para la gloria de Dios. Creo que son semillas de valores del Reino que ahí se hace presente, donde quizá nosotros los cristianos podríamos también comprometernos, implicarnos y ayudar a que todo eso tenga, digámoslo así, motivaciones del Reino de Dios, porque al final Dios esté en el centro de todo eso bueno.
Y Dios puede llegar a nosotros en esas cosas buenas que vemos en los demás. Pueden ser huellas y señales de su presencia que tenemos que saber descubrir, porque Dios actúa en todo lo bueno. Dios ahí quiere hacerse presente para nosotros y para nuestro mundo. Justo es que nosotros lo valoremos y eso veamos que el Señor está cerca, que el Reino de Dios está comenzando a hacerse presente en nuestro mundo. Que lleguemos al final a reconocer ese Señorío de Dios, de Cristo sobre todas las cosas para que sea Reino de Dios en plenitud.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Viene el Señor con gran poder y gloria, se acerca vuestra liberación

Dan. 6, 11-27
Sal. Dan. 3, 68-74
Lc. 21, 20-28


‘Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’, nos ha dicho Jesús hablándonos de su venida al final de los tiempos.
Cuando pensamos en esa venida del Señor, en ese final de los tiempos, en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor como en nuestra propia muerte son distintas las formas de reaccionar que tenemos. Podríamos pensar, por supuesto, en aquellos que no tienen fe y que entonces todo esto no les dice nada y viven la vida sin ningún sentido de trascendencia, lo cual nos resulta preocupante y tendría que ser motivo de oración por nuestra parte para pedir que el Señor les ilumine con el don de la fe.
Pero, sin dejar de pensar en esto, quiero referirme más bien a los que nos decimos que tenemos fe y sí creemos en las palabras de Jesús, pero que sin embargo para muchos son un motivo de angustia y de temor. Temen la muerte, temen ese encuentro con el Señor y y temen ese juicio de Dios. Hay una cosa que es el temor del Señor, que es también un don del Espíritu, pero el temor del que ahora hablamos es más bien un miedo que llena de angustia.
De alguna manera nos lo expresan las palabras del evangelio. ‘Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas… los hombres se quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad…’
Para un creyente que ha experimentado el amor de Dios en su vida, ¿esa sería lo que podríamos llamar la postura normal? Pienso que quien ha descubierto y ha tratado de vivir en su vida ese amor infinito de Dios que tanto nos ama, que nos da a su Hijo, que nos perdona y que nos llena de su vida haciéndonos hijos, aunque sintamos el peso de nuestros pecados e infidelidades sin embargo tendríamos que tener una como confianza en la misericordia del Señor.
Creo que es lo que Jesús quiere realmente trasmitirnos. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Sentimos, es cierto el peso de nuestros pecados y tantas infidelidades de nuestra vida, pero hemos de saber alzar nuestra cabeza porque viene a nosotros el Señor que nos salva y nos libera. ‘Se acerca vuestra liberación’, nos dice Jesús.
Sabiendo lo que será el final, creo que todo esto tendría que movernos a que en verdad le vayamos dando un sentido a nuestra vida. Es la preparación y la atención de la que nos habla continuamente el Señor. Es el saber tener encendidas las lámparas en nuestras manos como aquellas doncellas prudentes de las que nos habla Jesús en sus parábolas. Es cuidar de mantener blanca y pura aquella túnica que vestimos en nuestro bautismo como signo de nuestra dignidad de cristianos. Es el lavarnos y purificarnos cuantas veces sea necesario en la sangre del Cordero, como aquellas muchedumbres de las que nos habla el Apocalipsis, porque hayamos sabido acudir a los sacramentos que nos purifican y que nos dan vida.
La confianza en la misericordia del Señor no nos lleva a la presunción, sino a la vigilancia y al estar atentos para acoger al Señor que llega a nuestra vida y nos llena de su salvación. Viene el Señor con gran poder y gloria. Que en verdad deseemos y hagamos todo lo posible por escuchar su voz que nos invita a pasar al Reino eterno preparado por el Padre desde todos los siglos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El resplandor de la fe, el coraje de la esperanza y el brillo del amor

Dan. 5, 1-6.13-14.16-17.23-28
Sal.:Dan. 3, 62-67
Lc. 21, 12-19


Hemos venido leyendo y lo haremos durante toda esta última semana del año litúrgico el capítulo 21 del evangelio de san Lucas. Un lenguaje apocalíptico, podríamos decir, el que encontramos en él.
Partiendo ayer de las ponderaciones que hacían algunos de ‘la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos’ – una hermosa construcción adornada bellamente con las riquezas de los regalos que se hacían al templo como ofrendas o cumplimiento de votos y promesas – Jesús anuncia su destrucción; ‘llegará el día que no quede piedra sobre piedra, todo será destruido’.
Habla de tiempos futuros, con calamidades o desastres naturales, o con tiempos de miserias, de hambre y de guerras, pero terminará hablando de los últimos tiempos con imágenes realmente espectaculares como suele suceder en este lenguaje, y como mañana escucharemos.
Hoy nos ha hablado de los tiempos difíciles donde los que crean en su nombre sufrirán persecuciones y el martirio. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre… todos os odiarán por causa de mi nombre’, terminará diciendo.
Tendríamos que recordar aquí la última de las bienaventuranzas. ‘Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaros, porque será grande vuestra recompensa en los cielos…’
Igual que el Apocalipsis es un libro para suscitar la fortaleza y la esperanza en aquellos cristianos de los primeros tiempos, finales del siglo primero de nuestra era, que sufren persecuciones, anunciando la seguridad y la certeza de la victoria final y la plenitud del Reino de Dios, en estos anuncios que hoy escuchamos en el evangelio, que decíamos con lenguaje apocalíptico, se quiere confortar a los cristianos, porque Cristo les anuncia la presencia y la fortaleza de su Espíritu para afrontar esos tiempos y momentos difíciles.
‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. Una invitación a la fortaleza, a la esperanza y a la perseverancia en la confesión de la fe. ‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, termina diciéndoles Jesús.
Es el testimonio que vemos reflejado en los mártires de todos los tiempos que llegarán a derramar su sangre, a dar su vida por su fe, por Cristo, por el evangelio. Pero aunque no sea de una manera cruenta también hemos de contemplar a esa multitud innumerable de confesores, de testigos que en todo tiempo y en todo lugar han dado testimonio, han sabido proclamar la fe, han sabido ser testigos con su palabra y con su vida del nombre de Cristo.
También nosotros tenemos que ser confesores y testigos. No nos pedirá el Señor actos extraordinario de heroísmo hasta llegar a un martirio cruento, pero sí con el comportamiento de nuestra vida, día a día, en medio de nuestras debilidades, incluso con nuestras caídas y pecados, en los problemas que se nos presentan de la vida de cada día, en nuestros achaques, enfermedades o nuestra propia ancianidad. Esas distintas situaciones de nuestra vida como cristianos seguidores de Jesús han de tener una forma peculiar de afrontarlas.
Es ahí donde tenemos que hacer brillar nuestro nombre de cristianos, para iluminados por la fe, fortalecidos en el Espíritu, lo vivamos siempre según los valores del evangelio. Resplandecerá nuestra fe, el coraje de nuestra vida de esperanza, la paciencia en el sufrimiento, el ofrecimiento de nuestra vida con sus dolores y sus alegrías, y el especial brillo de nuestro amor.

martes, 24 de noviembre de 2009

Suscitaré un reino que no será destruido, que durará para siempre

Dan. 2, 31-45
Sal.: Dan. 3, 57-61
Lc. 21, 5-11


La Palabra de Dios que se manifiesta a través de los profetas no sólo fue una palabra de vida y de esperanza para aquellos para quienes fue directamente pronunciada, sino que sigue siendo una palabra que de parte de Dios llega a nosotros – decimos Palabra de Dios, cuando la proclamamos – para llenarnos de vida, para suscitar esperanza, para despertarnos a la fe y al amor, para invitarnos a la conversión y que llega a nosotros en nuestras circunstancias concretas, en el momento concreto que vivimos.
Por eso hemos de escucharla siempre atentamente y dejar que el Espíritu divino nos ilumine para saber descubrir y discernir bien esa palabra del Señor. Ahí tenemos que poner nuestra vida, el momento que vivimos para que en verdad nos dejemos iluminar, nos dejemos querer por el Señor.
Hemos escuchado al profeta Daniel en la interpretación que hace del sueño al rey Nacubodonosor. Le hace una descripción del sueño y le da su interpretación. Esos distintos reinos que se suceden después del esplendor del reinado del rey de Babilonia pueden hacer verdadera referencia a los distintos momentos históricos que se suceden a partir de entonces.
Pero el profeta nos está haciendo también un anuncio mesiánico, pues nos dirá que ‘durante ese reinado, el Dios del cielo suscitará un reino que no será destruido… y durará para siempre’. Nos resuenan los ecos de las palabras del ángel a María que le anuncia que el hijo que va a nacer de sus entrañas ‘será grande, se llamará Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin’. Todavía tenemos bien reciente la fiesta del domingo, la fiesta de Cristo Rey del universo.
Podemos sentir en las palabras que hoy hemos escuchado resonar las palabras del Génesis. Dios crea al hombre y lo hace grande – ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’ – y pone en sus manos toda la obra de la creación para que la domine y la trabaje, convirtiendo al hombre en rey de la creación. ‘Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla: dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra…’ Palabras semejantes a las que le dice Daniel a Nabucodonosor ‘a quien el Dios del cielo ha entregado el reino y el poder, y el dominio y la gloria, a quien ha dado poder sobre los hombres… las bestias de la tierra y las aves del cielo…’
Dios nos ha hecho grandes, pero ¿qué ha hecho el hombre de su vida, de esa maravilla que Dios ha creado? El pecado nos ha degradado y destruido, nos ha llenado de oprobio y de muerte. Pero Dios nos ha enviado un Salvador, Cristo Jesús, que establecerá el Reinado de Dios, el reino que no tendrá fin, y al que n os invita a nosotros a que entremos a formar parte. El mal será destruido, la muerte vencida; para nosotros hay esperanza y hay vida, porque hay salvación.
En el fondo este texto es una invitación a la vida, a la salvación, a la conversión al Señor. ¿No tendremos que darle gracias? ‘Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos’.

lunes, 23 de noviembre de 2009

En medio del mundo sin contaminarnos del mundo y generosidad de corazón

Dan. 1, 1-6.8-20
Sal.: Dan.3, 52-56
Lc. 21, 1-4


Dos breves comentarios a los textos hoy proclamados. Hoy hemos escuchado en la primera lectura al profeta Daniel, uno de los cuatro profetas mayores. Lo seguiremos escuchando durante toda esta última semana del año litúrgico. Aunque la acción de la profecía se sitúa, como hoy mismo se nos narra, en la época del destierro de Babilonia, la aparición de los textos proféticos son propiamente más tarde en los momentos difíciles de la época de los Macabeos que escuchamos la pasada semana.
Es un grito de esperanza para un pueblo que se ve oprimido o con muchas dificultades para vivir su fidelidad a la Alianza y al Señor al mismo tiempo que quiere ser iluminación, como lo es siempre el texto de las profecías, a la situación que viven para mantener esa fidelidad desde la confianza del Señor que está y actúa en medio de su pueblo, aunque sean muchas las dificultades y problemas. Bien nos viene a nosotros también.
Este capítulo primero nos presenta el marco histórico en que se desarrolló la acción del profeta Daniel. Nos presenta la elección de Daniel y los otros tres jóvenes, que veremos repetidas veces en la profecía, para servir al rey Nabucodonosor que los había llevado cautivos a Babilonia.
En el texto hoy escuchado podemos decir que hay un mensaje latente. En ese hecho de negarse a comer de los manjares del que les ofrecen y sin embargo van a servir en el mismo palacio, nos está enseñando cómo podemos y tenemos que vivir en medio del mundo sin contaminarnos con las cosas del mundo. Tenemos que ser sal que dé sabor a nuestro mundo y en medio de él tenemos que estar, pero sin perder nuestro sabor, sin perder nuestro sentido, porque es el sentido y la luz del Evangelio el que tenemos que llevar. Y es que nos fiamos del Señor, en El ponemos toda nuestra confianza y El estará siempre de nuestro lado.
Y una segunda palabra en torno al mensaje del evangelio. No hace muchos días hemos meditado sobre este mismo hecho en la narración que nos hace san Marcos. Ayer celebramos la fiesta de Cristo Rey. En nuestra reflexión hablábamos de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos como señal de nuestra pertenencia al Reino de Dios. Aquí tenemos un hermoso ejemplo en esta pobre viuda que no da de lo que le sobre sino que ‘ella que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Nos recuerda la primera de las bienaventuranzas, ‘dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’. Nos recuerda el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como distintivo. Porque amar es tener un corazón generoso; es la disponibilidad de nuestro corazón; es el vaciarse de uno mismo, de las reservas que siempre nosotros hacemos para nosotros mismos, para darnos totalmente a los demás. Esta viuda de la que nos habla el evangelio no se hizo reservas para si, sino que lo dio todo, sin pensar en sí misma, porque así era la generosidad de su corazón.
¿Cómo se puede tener una generosidad así? Cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, en su providencia amorosa que siempre nos cuida. Que el Señor nos dé esa generosidad del corazón. Nuestro será el Reino de Dios. Es la señal de que vivimos en verdad el Reino de Dios. En El tenemos la eterna recompensa, porque Dios siempre nos ganará en generosidad.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Jesucristo es Rey ¿cómo hemos de vivir su realeza?



SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Daniel 7, 13-14;
Salmo 92;
Ap. 1, 5-8;
Juan 18, 33-37




Cuando llegamos al final del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar hoy esta solemnidad de Cristo Rey. Es como una recopilación de todo el misterio de Cristo que hemos venido celebrando a través de todo el año litúrgico. La Iglesia nos invita a una contemplación global del misterio del Señor Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro: Jesucristo, rey del universo.
Cuando proclamamos a Jesucristo rey no podemos menos que recordar muchas cosas del evangelio. Anunciaba y constituía el Reino de Dios, pero no se dejaba llamar rey por las gentes que muchas veces entusiasmadas con sus palabras y con sus milagros así querían proclamarlo; recordamos,, por ejemplo, cuando allá en el desierto después de la multiplicación milagrosa de los panes y de los peces querían hacerlo rey El escapó a solas a la montaña.
Y cuando a los discípulos más cercanos les entraban los deseos de grandezas y de ocupar primeros puestos en su reino, les decía que la grandeza no estaba por ese camino. Y se ponía a sí mismo como ejemplo porque el Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan sino a servir.
De querer hacerse rey lo acusarán ante Pilatos cuando en él nunca se habían manifestado esas pretensiones, pero será precisamente en ese momento, cuando está maniatado ante Pilatos, humillado, insultado y ultrajado cuando reconozca que es Rey. ‘¿Eres tú el Rey de los judíos?’ será la pregunta de Pilatos. Y es clara su respuesta: ‘Mi reino no es de este mundo… tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz’.
Nos podría parecer que no era el momento adecuado para hacer esa proclamación pero hemos de reconocer que es la congruencia lógica de las palabras y toda la vida de Jesús. Si había dicho que para ser grande, el primero había que ser el último y el servidor de todos, ahora estaba como el último en el servicio y la entrega suprema de su vida de quien había venido a servir, a amar, a darse y a entregarse para ser rescate para todos.
¡Qué hermosa proclamación de la realeza de Cristo! La más auténtica y la más verdadera. La que se puede hacer desde el amor y desde la entrega sin límites como sólo Jesús sabe y puede hacer. Ahora sí que se estaba manifestando en su más honda realidad el Reino de Dios que Cristo había anunciado y estaba constituyendo al dar su vida por nosotros.
¿Qué es lo que El nos había anunciado del Reino de Dios? ¿Cómo nos lo había descrito? ¿dónde estaba la verdadera grandeza en ese Reino de Dios? Tendríamos que recorrer de nuevo las páginas del evangelio, ver su vida, escuchar de nuevo sus parábolas o recordar aquellas palabras hermosas y profundas de las bienaventuranzas allá en el sermón del monte. Es realmente el recorrido que hemos venido haciendo a través de todo el año litúrgico.
En sus parábolas para explicarnos cómo es el Reino de Dios nos habla de una pequeña semilla sembrada en buena tierra y bien cuidada o de un puñado de levadura para hacer fermentar la masa; para darnos sus características nos habla del valor de las cosas pequeñas como la pequeña semilla de la mostaza o de la actitud de acogida y de fiesta de un banquete al que todos estamos invitados; nos habla también de una actitud nueva en el corazón que se abre para siempre perdonar o de la responsabilidad y el cuidado que hemos de tener de aquellos talentos que ha depositado en nuestras manos y tenemos que hacer fructificar.
Para vivir ese Reino de Dios nos habla de un estilo nuevo del que tenemos que impregnar nuestra vida para ser pobres y desprendidos, para tener un corazón limpio y siempre lleno de misericordia para acoger a todos y estar dispuestos a perdonar siempre; nos habla de ese hambre y deseo de bien, de amor, de verdad y de justicia para buscar siempre lo bueno para el hombre y que le haga mantener intacta su dignidad; o nos habla de la capacidad de darnos, de luchar por lo bueno, de amar sin límites aunque no seamos comprendidos ni aceptados. Porque como nos decía hoy ‘mi reino no es de este mundo’ y quienes no entiendan las palabras de Jesús tampoco nos van a entender a nosotros. Y nosotros queremos vivir su Reino, ser de la verdad, de su verdad, para escucharle y para seguirle con todas las consecuencias. Así, nos decía, si vamos viviendo todo esto perteneceremos al Reino de Dios, veremos a Dios y alcanzaremos la más plena recompensa que es la felicidad de Dios.
Por eso cuando hoy queremos proclamar a Jesucristo, Rey del universo, y nuestro único Rey Señor, no lo haremos poniendo coronas de oro en su cabeza ni cubriéndolo con ricos mantos de bellos bordados ni oropeles.
A El tenemos que verle como Rey en el momento supremo de su entrega clavado en la cruz del sufrimiento para poderle contemplar resucitado y glorificado…
¿Cuándo lo estaremos proclamando en verdad como Rey? ¿Cuándo lo contemplaremos así glorificado?
  • cada vez que nosotros trabajemos por la dignidad de toda persona, la respetemos y valoremos,
  • cada vez que nos esforcemos por buscar la paz y la justicia para nuestro mundo,
  • cada vez que vayamos poniendo nuestro granito de arena, como pequeñitas semillitas, para lograr esa civilización del amor que envuelva de verdad las relaciones de todos los hombres y nuestro mundo,
  • cada vez que vayamos llenando nuestras entrañas y nuestro corazón de amor y de misericordia,
  • cada vez que sepamos aceptar a todo hombre o mujer como un hermano o hermana a quien tenemos que amar,
  • cada vez que vayamos tendiendo la mano al que sufre a nuestro lado haciendo nuestro su sufrimiento y ofreciéndole el consuelo de nuestro cariño, nuestra sonrisa o nuestra comprensión,
  • cada vez finalmente que vayamos poniendo de verdad a Dios como centro de nuestra vida, porque es nuestro Padre que nos ama y nuestro único Dios y Señor.

Así proclamaremos en verdad que Jesucristo es Rey, Rey del Universo y único Rey y Señor de nuestra vida. ‘Aquel que nos ama, nos decía el Apocalipsis, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre’. Es lo que hoy queremos celebrar. Es con lo que hoy nos queremos comprometer. Es lo que queremos que sea en verdad nuestra vida de seguidores de Jesús.