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domingo, 14 de junio de 2009

El sacramento de nuestra fe y nuestro amor


Ex. 24, 3-8;
Sal. 115;
Hebreos, 9, 11-15;
Mc. 14, 12-16.22-26



‘Este es el sacramento de nuestra fe… este es el Misterio de la fe…’
aclamamos en el centro de la plegaria eucarística. Es lo que hoy repetimos y queremos hacerlo con toda la intensidad de nuestra vida y de nuestra fe.
Hoy es la fiesta de la Eucaristía. Una fiestea especial que nació sobre el siglo XIII como una necesidad de proclamar la fe en el Sacramento de la Eucaristía. Errores teológicos o herejías, negación del misterio eucarístico y pérdida de fe en la Eucaristía y pérdida de fe en general del pueblo de Dios hicieron necesaria entonces esta fiesta como creo que es necesaria también hoy. Tenemos que celebrar - y hacerlo públicamente y con toda solemnidad - esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en su presencia real y verdadera en el Sacramento de la Eucaristía; pero tenemos que cuidar al mismo tiempo que no nos quedemos en lo externo y en lo menos principal y no proclamemos de verdad ante el mundo lo que es la Eucaristía.
Sacramento de nuestra fe… Fe que necesitamos proclamar en este sacramento admirable. ¿Por qué admirable? Lo decimos así en la oración litúrgica. Grande es el Misterio que en él se realiza. Y ante el Misterio, la fe. Un poco de pan y vino que son para nosotros Cristo mismo, su Cuerpo verdadero, su Sangre verdadera, su Cuerpo entregado, su Sangre derramada. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi Sangre, la Sangre derramada, la Sangre de la Alianza nueva y eterna…’ Así lo hemos escuchado en el evangelio hoy. Así tenemos que proclamar nuestra fe.
Este es el Sacramento de nuestro fe… Es Cristo mismo que se hace comida y que se hace bebida. Para que tengamos vida, y vida para siempre. ‘Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida… quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en Mí y yo en él… tendrá vida para siempre…’ Como decimos en una antífona de esta fiesta, ‘Sagrado banquete en que Cristo se nos da en comida’ .
Este es el Sacramento de nuestra fe… Cristo que se ha entregado, que ha derramado su Sangre, que es la Sangre de la Alianza nueva y eterna, se nos ofrece para que comamos de este Sacrificio. Sacrificio de redención y sacrificio de comunión.
Por ese sacramento admirable en que se celebra el memorial de la pasión. ‘Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz…’ cada vez que comemos del Cuerpo del Señor y bebemos su sangre, estamos anunciando ‘la muerte del Señor hasta que vuelva’. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ que aclamamos en la plegaria eucarística. ‘Se celebra el memorial de su pasión’ que decimos en la oración y en una antífona del día.
Pero es también, como hemos dicho, Sacrificio y Sacramento de comunión. Comunión porque comemos a Cristo, presente sacramentalmente en el pan y vino de la Eucaristía que es para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero es Sacramento y Sacrificio de comunión porque al comulgar a Cristo, comulgamos también al hermano, porque al entrar en comunión con los hermanos entraremos verdaderamente en comunión con Cristo. Y tiene que darse esta comunión con los hermanos para que haya comunión verdadera con Cristo.
Hoy es el día de la fe pero necesariamente tiene que ser día del amor. Y es que no sólo estamos contemplando y celebrando el amor de Cristo que así se nos da, sino porque necesariamente tenemos que estar comprometidos en el amor, celebrando ese amor de comunión verdadera que queremos tener con los demás, y porque estamos alimentando y fortaleciendo ese amor para que sea verdadero y para que sea duradero. Y es que si no hay ese amor no puede haber Eucaristía verdadera.
Hoy es la fiesta del amor, de la caridad, que es el amor sublime según el estilo de Cristo. Y esto tenemos que expresarlo de forma viva en nuestra vida. Se nos pide hoy mirar a la cara, a los ojos, al hermano, el hombre o mujer que está a tu lado cada día o con el que te cruzas en cualquier momento en el camino de la vida. Mirarlo a la cara, mirarlo a los ojos para decirle con toda sinceridad – no con palabras bonitas, sino con hechos concretos – que le amas porque también él es tu hermano. Si le miras a la cara se lo tienes que decir con sinceridad. Si le miras a los ojos no podrán ser sólo bonitas palabras sino algo más.
Y ese hermano puede estar solo, sufriendo en su soledad; o ese hermano está tendiendo su mano para pedirte un poco de pan, pan material que llene su estómago hambriento, o el pan de tu sonrisa, de tu cariño, de tu tiempo, de tu palabra de ánimo o consuelo… muchas clases de pan puede estar necesitando en este mundo, que decimos ahora, de crisis económica, pero también de crisis de valores verdaderos; cuántas crisis por la carencia de tantas otras cosas que pueden necesitar para recobrar su dignidad de tantas maneras escachada. Seamos realistas con lo que sucede en nuestro mundo y nosotros podemos estar haciendo también.
Mírale a los ojos a tu hermano con sinceridad y sabrás el pan que él puede necesitar de ti. Y mira luego si puedes venir a comulgar el Cuerpo de Cristo o celebrar esta fiesta de la Eucaristía mientras no brindes el pan de tu amor al hermano que está a tu lado.
Un último aspecto de la Eucaristía que celebramos. La Eucaristía, el banquete sagrado en el que participamos ahora es ‘la prenda de la gloria futura’, es el anticipo de la participación ‘en el banquete eterno del cielo’, es el comenzar a pregustar ya ‘la gloria del cielo’. ‘Ven, Señor Jesús’, decimos en la aclamación eucarística. Que ‘experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la redención’, como hemos orado hoy.
‘Sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura’.

sábado, 13 de junio de 2009

Nos apremia el amor de Cristo…

2Cor. 5, 14-21
Sal. 102
Mt. 5, 33-37


‘Nos apremia el amor de Cristo…’ Nos apremia, nos busca, nos llama, nos ofrece mil señales de su amor, nos rodea con sus abrazos de amor. Como el enamorado que apremia con su amor a la persona amada, la busca, le ofrece mil regalos, le canta palabras de amor, va rodeando su vida con las muestras de su amor y su cariño. Así Dios que con nosotros. Así Cristo nos apremia con su amor. ¡Cuántas señales de su presencia amorosa! ¡De cuántas cosas se vale el Señor para llamarnos y hacernos saber su amor!
‘Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros unidos a El, recibamos la salvación de Dios’. El inocente, el justo, el que no tenía pecado cargó con nuestros pecados, expió nos pecados, nos redimió con su muerte en la cruz de nuestros pecados, pagó con su vida y con su sangre por nuestros pecados. ¿Lo merecíamos nosotros? ¿Qué habíamos hecho por el contra?
Nos apremia el amor de Cristo…’ y tenemos que responder a su amor con nuestro amor. Tenemos que responder con una vida nueva; no podemos encerrarnos en nosotros mismos, sino que nos abrimos al amor y nos abrimos a Dios. ‘Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos’.
Es la respuesta que tenemos que dar. Yo no somos para nosotros sino para Cristo, ya somos de Cristo. Y entonces tenemos que ser distintos. ‘El que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado’. En otro lugar san Pablo nos hablará del hombre nuevo. Somos hombres nuevos. Lo antiguo, el pecado, ya no cabe en nosotros. Así nos sentimos nuevos y renovados en Cristo.
‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo… Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ ¡Qué distinto lo que hacemos nosotros! Si, yo me reconcilio, te perdono, pero es que lo que dijiste no estuvo bien…, es que aquello que hiciste no fue bueno…, es que aquella palabra, aquella ofensa no la puedo olvidar…, ya no es lo mismo… Nosotros perdonamos haciendo siempre reservas. Pero Dios no nos tiene en cuenta nuestros pecados. Una cosa que olvida Dios es nuestro pecado una vez que nos ha ofrecido su perdón. ‘Sin pedirle cuenta de sus pecados…’ sin pedirnos cuenta de nuestros pecados nos ama y nos perdona para siempre. ‘No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo… porque el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como nos enseña el salmo.
Habla el apóstol del ministerio de la reconciliación que ha recibido del Señor y por eso se atreve a pedirnos que nos dejemos reconciliar con Dios. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’. Es que con ese apremio de amor de Cristo sobre nosotros, no podemos dar otra respuesta, no tenemos otra cosa que hacer. Nos sentimos amados y tenemos que terminar amando, y perdonando, y dejándonos reconciliar, y reconciliándonos nosotros con todos.
‘Nos apremia el amor de Cristo…’ No nos hagamos oídos sordos a sus cantos de amor, a la historia de amor de Dios en nuestra vida. Tratemos de fijarnos en el recorrido que hemos hecho en nuestra vida, también con nuestras miserias y pecados, y veremos que detrás está siempre esa llamada de Dios, esa gracia que nos ofrece, esa invitación que de tantas maneras nos está haciendo continuamente.
Respondamos con nuestro amor y con nuestra vida santa.

viernes, 12 de junio de 2009

Envueltos en el misterio pascual de Cristo

2Cor. 4, 7-15
Sal. 115
Mt. 5, 27-32


La vida del Apóstol, y por supuesto la de todo cristiano, está envuelta toda ella por el misterio pascual de Cristo. Está presente en todo cristiano desde su bautismo, pero si cabe más aún, en el apóstol y en el pastor del pueblo de Dios.
El texto de la segunda carta a los Corintios que hoy hemos escuchado hace referencia explícita a la vida del apóstol y de todo pastor. San Pablo lo está expresando desde la propia experiencia de su vida y así lo manifiesta a los cristianos de Corinto. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro…’, nos dice. Este tesoro de la Palabra de salvación que tenemos que anunciar, este tesoro de la gracia divina que hacemos llegar a todos a través de los sacramentos, este tesoro inmenso de la vida de Dios que está en nosotros pero a la que tenemos que llevar a todos, está envuelto por nuestro ministerio en vasija de barro que somos nosotros. Pero como nos dice el apóstol ‘para que se vea que una fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
Nuestra humana condición tan llena de limitaciones y debilidades, tan sometida a las tentaciones y tantas veces envuelta por el pecado sin embargo es el medio que Dios ha querido para hacer llegar la gracia divina a los demás. No son nuestras cualidades ni nuestras habilidades, no son nuestras técnicas o dinámicas ni nuestras sabidurías humanas, sino que es la gracia de Dios la que nos salva y nos llena de vida.
Nos dice el apóstol que ‘nos aprietan… estamos apurados… o somos acosados… nos derriban… pero no nos aplastan... no nos desesperamos… no nos sentimos abandonados… no nos rematan, aunque nos estén continuamente entregando a la muerte…’ Bien sabemos cómo los pastores, al igual que la Iglesia, estamos siempre en el punto de mira de todos, nos miran con lupa lo que hacemos o lo que dejamos de hacer, por las debilidades de unos atacan a todos, buscan la manera de desprestigiarnos o de desprestigiar a la Iglesia… ¡Cuántas campañas de acoso y cómo se aprovecha cualquier ocasión o cualquier fallo real o imaginario…!
Llevamos en nosotros la marca de la pasión y la cruz de Cristo que nos llena de sufrimiento en muchas ocasiones, pero no nos puede faltar la esperanza, porque sabemos siempre que detrás de la cruz y la muerte está la resurrección. ‘Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros’. Es el misterio pascual de Cristo presente en nuestra vida. Sabemos que ‘quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…’
Como decíamos este texto hace referencia de manera especial al apóstol y a los pastores de la Iglesia. Pero nos puede valer a todos los cristianos. Para que comprendamos bien lo que es la vida del apóstol, del sacerdote, del pastor del pueblo de Dios con sus limitaciones, pero también con sus sufrimientos y soledades, pero a los que nunca puede faltar la alegría de la esperanza. Esperanza que tienen que animar con su oración y apoyo todos los cristianos.
Pero nos puede valer también a todos y cada uno de los cristianos, envueltos también en el misterio pascual de Cristo, con nuestras limitaciones, nuestros fallos, nuestras luchas, nuestros sufrimientos, nuestros deseos de caminar, de superarnos, de avanzar en el camino de la fe y del amor. Nos sentiremos impotentes en muchas ocasiones cuando queremos renovar nuestra vida y una y otra vez aparecen las tentaciones, las debilidades y hasta el pecado. Pero no nos puede faltar la esperanza. Somos ‘vasijas de barro…’, pero ‘esa fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
No nos faltará nunca la fuerza de la gracia, de la vida divina que está en nosotros, del Espíritu de Dios que anima y alienta nuestra vida.

jueves, 11 de junio de 2009

Id y proclamad la Buena Noticia del Reino de Dios

- Memoria de san Bernabé Apóstol -
Hebreos, 11, 21-26; 13, 1-3
Sal. 97
Mt. 10, 7-13


En este día 11 de junio la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Bernabé, apóstol. Aunque no formó parte del grupo de los Doce apóstoles la Iglesia siempre lo ha considerado como tal, de manera que en la liturgia de la Eucaristía incluso se dice el prefacio de los Apóstoles.
Bernabé, natural de Chipre y residente probablemente en Jerusalén porque era levita – sería quizá de los judíos helenistas – con la predicación de Pedro y los Apóstoles después de Pentecostés se convirtió y se bautizó. Ya desde la primera ocasión en que aparece en los Hechos de los Apóstoles, además de llamársele ‘hijo de la consolación’ se nos dice que ‘tenia un campo y lo vendió, llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles’. Es el momento en que se nos narra cómo en aquella primera comunidad de Jerusalén ‘lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía… pues lo que poseían tierras o casas las vendía, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesita cada uno’.
Fue un hombre de prestigio en la comunidad de Jerusalén de manera que al crecer la comunidad de Antioquia de Siria es enviado allí por los apóstoles. Será él quien acoja a Saulo recién convertido, lo va a buscar a Tarso y posteriormente lo presenta a los discípulos en Jerusalén sirviendo de aval ante las reticencias que podían tener dado el pasado de Saulo de perseguidor de la Iglesia de Cristo.
En pocas líneas en los Hechos de los Apóstoles se nos da una hermosa definición de Bernabé. No sólo se ha explicado el significado de su nombre, sino que ahora se nos dice que ‘era un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Cuando se nos describe posteriormente los carismas que había en aquella comunidad de Antioquia, al decirnos que había ‘profetas y maestros’, el primer nombre que se menciona es el de Bernabé.
Finalmente veremos cómo es escogido por el Espíritu Santo con Saulo para emprender una nueva misión que se les confiaba que sería lo que solemos llamar el primer viaje apostólico de Saulo, que sin embargo tendríamos que decir de Bernabé y Saulo. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado… les impusieron las manos y los despidieron’.
Largos caminos tuvieron que recorrer en esa misión apostólica. Cuando en los Hechos de los Apóstoles escuchamos las diversas ciudades y lugares por donde predicaron el nombre de Jesús podríamos pensar que son lugares cercanos, sin embargo hemos de reconocer – y los que hemos hecho esos caminos aunque fuera en la comodidad de unos vehículos – sabemos de las largas distancias recorridas. Lo que nos habla de la disponibilidad, del celo apostólico y misionero de Bernabé dando cumplimiento a lo que hoy nos decía Jesús en el evangelio: ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca… lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata o calderilla, ni tampoco alforja… al entrar en una casa saludad con el saludo de la paz…’
Mucho podemos aprender de esa disponibilidad, de esa generosidad de corazón, de ese celo apostólico de san Bernabé. Ojalá sintiéramos con toda intensidad y viviéramos esas cualidades y virtudes. Que con nuestra vida y con nuestra palabra seamos capaces nosotros también de hacer ese anuncio del Reino de Dios, del Evangelio de Jesús a todos los hombres, empleando los medios de los que hoy podamos disponer para llevarlo a cabo.
Algunas veces pienso que si san Pablo y los Apóstoles hubieran tenido los medios electrónicos e informáticos de comunicación de los que hoy disponemos nosotros, los hubieran empleado. Si Pablo, con las penurias propias de aquel tiempo y sus limitaciones nos dejó tan hermosas cartas a las distintas comunidades, qué no haría hoy para hacer llegar el evangelio a todo el mundo. Así tenemos que aprovecharlos nosotros hoy. Si esta reflexión te está llegando, amigo y cibernético lector, es gracias a estas posibilidades que nos ofrece internet.
Doy gracias a Dios el que con mi pobreza pueda hacerlo y el comprobar que en lugares tan diversos se puedan leer estas pobres reflexiones de un humilde cura que más elocuencias o sabidurías en el tema, más que nada es un atrevido. Pero me mueve precisamente ese deseo de hacer llegar la semilla de la Palabra de Dios de cada día a todo ese campo de nuestro mundo. En algunos puede prender y con la gracia de Dios hacer que dé fruto. Doy gracias a Dios por ello y te pido que tú también difundas esta pequeña semilla a cuantos conozcas en tu entorno o en ese mundo de la red cibernética.

miércoles, 10 de junio de 2009

Fidelidad al mandamiento del Señor que nos conduce a la plenitud

2Cor. 3, 4-11
Sal. 98
Mt. 5, 17-19


Una primera palabra en torno a san Pablo y la segunda carta a los Corintios que estamos escuchando en estos días.
Podíamos preguntarnos ¿en qué basa su autoridad el apóstol? ¿En sus capacidades o habilidades? ¿en sus conocimientos y ‘saberes’ o en sus gustos personales? El Apóstol quiere dejarlo claro. El es apóstol por designio de Dios. Es la tarjeta de presentación que habitualmente hace siempre de una forma o de otra al comienzo de sus cartas, como lo escuchamos al inicio de esta segunda carta a los Corintios. ‘Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.
Nos habla de que se siente llamado ya desde el seno de su madre, o también nos decía que iba de un lugar a otro impulsa y como arrastrado por el Espíritu Santo. Hoy, frente a los comentarios o reticencias que tienen algunos en la comunidad de Corinto les viene a decir: ‘Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo. No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva…’
Bien nos viene el recordarlo para aprender a valorar a los pastores que en nombre Dios están junto a nosotros en la comunidad, en la Iglesia. Para valorarlos por la misión que realizan y para comprender también que son seres humanos con los que Dios ha querido contar que tienen también sus debilidades y flaquezas. Lo que significará por parte de la comunidad cristiana el apoyo de la oración para pedir siempre a Dios por sus pastores para que tengan la fuerza del Espíritu para realizar su misión.
Y brevemente otra palabra en torno al evangelio proclamado. Seguimos escuchando el Sermón de la Montaña de Jesús que inició con la proclamación de las Bienaventuranzas. Es el Maestro y el Señor que nos enseña, que nos trasmite la ley del Señor, que nos está anunciando la Buena Noticia de la salvación.
Hoy nos está pidiendo fidelidad en el cumplimiento fiel de la ley del Señor. Ley de Dios a la que Cristo viene a dar plenitud. En Cristo está la plenitud de la Revelación. El mismo es la Palabra viva de Dios. Pero hoy nos está diciendo que viene para dar plenitud. ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’.
Cuando está hablando de la Ley y los Profetas está centrándose en lo que era como el meollo de la vida del pueblo judío: la Ley y los Profetas, Moisés y Elías que viene a ser el profeta significativo de todos los profetas. Esa Ley de Dios que vino a manifestar lo que era la voluntad del Señor para su pueblo. Esa Ley de Dios como camino que el pueblo había de recorrer para ir al encuentro con su Dios y mantenerse siempre fiel. Sigue siendo nuestro camino, pero un camino que en Jesús encuentra su plenitud. Plenitud de revelación y plenitud de estilo de vida que Jesús nos vendrá a centrar en el amor. Será el mandamiento en el que Jesús nos resuma toda la ley, el mandamiento del amor. Porque en el amor van a encontrar todos los mandamientos de la ley del Señor como toda nuestra vida.
‘Eneñame, Señor, tus mandamientos; haz que camine con lealtad’, le pedíamos al Señor en la antífona con que aclamábamos el evangelio que se nos iba a proclamar. Que conozcamos el mandamiento del Señor; que nos llenemos del Espíritu del Señor para podamos no sólo conocerlo sino también vivirlo hasta en lo que nos parezca más pequeño – ‘el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’ -; para que no nos quedemos en la letra material de lo que dice el mandamiento, sino que nos impregnemos de su espíritu y de su sentido. ‘La pura letra mata, y en cambio el Espíritu da vida’, escuchábamos que nos decía san Pablo.
Que llenos de su Espíritu caminemos hacia la plenitud que en Cristo siempre encontraremos.

martes, 9 de junio de 2009

Llegar a la madurez según la plenitud total de Cristo

2Cor. 1, 18-.22
Sal. 118
Mt. 5, 13-16

‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo…’ Un compromiso y una tarea. Compromiso porque tenemos que ser luz, llevar la luz de Cristo a los demás. Nos lo repite Jesús en el Evangelio.
Y tarea. Pero tarea en dejarnos iluminar primero nosotros por esa luz. No la podemos llevar si no la tenemos en nosotros. Tarea de crecimiento y maduración de nuestra fe en la que tenemos que estar siempre empeñados. Una tarea que, me atrevo a decir, nunca se acaba.
Igual que en lo humano la persona aspira cada día a un mayor crecimiento como persona, a alcanzar una mayor madurez en su vida, lo mismo tenemos que decir en todos los aspectos, también como cristiano. La persona inmadura es inestable e insegura. La persona inmadura es indecisa y nunca sabemos cómo va a reaccionar o qué partido va a tomar. Necesitamos afirmar nuestra personalidad, sentirnos seguros en nuestra vida, crecer y madurar como personas. Y una persona de personalidad madura y fuerte será alguien que atraiga e invite también a los demás a crecer.
Crecimiento en lo humano, en lo espiritual, como cristiano seguidor de Jesús. Y cada día lo podemos lograr mejor. Dejar de crecer es la muerte para la persona. Mientras hay vida tenemos que ir madurando nuestro ser, nuestro pensar. Crecemos no porque nos sintamos inseguros en lo que ya hayamos logrado, sino porque todo lo podemos madurar más, darle mayor profundidad, mayor hondura.
Como cristianos crecemos hasta lograr la mayor plenitud en Cristo. Porque nuestra medida es Cristo. Nuestro modelo y nuestro estilo es Cristo. Cada día hemos de conocerle mejor, mejor empaparnos de su Espíritu. ‘Primogénito de toda criatura’, se le llama en la escritura, para indicarnos cómo es el modelo de nuestro ser y a lo que hemos de tender.
En la carta a los Corintios que hoy hemos escuchado san Pablo responde a algunas acusaciones que hacían contra él. ‘La palabra que os dirigimos no fue primero ‘sí’ y luego ‘no’. Cristo Jesús, el Hijo de Dios… no fue primero ‘sí’ y luego ‘no’; en El todo se ha convertido en un ‘Sí’… Y por Él podemos responder Amén a Dios para gloria suya’. Cristo es el Amén de Dios, el Sí de Dios a la humanidad, que nos ofrece su amor y su salvación. Y Cristo es el Sí que la humanidad deber responder a Dios. Y Pablo al que anuncia es a ese Cristo. Este es su mensaje y su palabra definitiva.
Seguimos a Cristo porque queremos dar ese ‘sí’, que hemos aprendido de Cristo y que podemos dar con todo sentido desde Cristo y con Cristo. Por eso como decíamos tenemos que crecer y madurar en lo más hondo de nosotros mismos para que seamos capaces de dar ese ‘sí’ irrevocable a Dios. De ahí que tengamos que cada día crecer en ese conocimiento de Jesús, en ese llenarnos de su vida y de su luz.
La liturgia de la Iglesia continuamente nos está invitando a decir Amén como respuesta a Dios. Es el Amén con que respondemos a cada una de las oraciones de la liturgia y que no siempre decimos con la intensidad y la hondura requeridas. Tiene que ser el Amén de nuestra fe confesada; es el Amén de poner toda nuestra vida con todas sus consecuencias al lado de Jesús para seguirle, para vivirle, es el Amén de esa gloria que en Cristo, con Cristo y por Cristo queremos dar en todo momento a Dios. Qué importante el Amén con que respondemos a la doxología final de la Plegaria Eucarística. Se nos queda diluido a veces porque quizá no estamos poniendo toda nuestra vida en él.
Sólo así al final podremos ser luz que ilumine y sal que dé sabor a nuestro mundo, como nos pide hoy Jesús en el Evangelio. ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ Pero una sal que no se puede devaluar ni una luz que se vaya a esconder bajo un cajón. Una sal que dé sabor y una luz puesta bien alto para que ilumine. Que lleguemos a esa madurez según la plenitud total de Cristo para que en verdad los hombres contemplen nuestra vida y puedan dar gloria al Padre del cielo.

lunes, 8 de junio de 2009

Qué bueno es el Señor, Padre de la misericordia y Dios del consuelo

2Cor. 1, 1-7
Sal. 33
Mt. 5, 1-12


‘Gustad y ved que bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. ¡Qué bueno es el Señor! No tenemos que cansarnos de repetirlo, saborearlo. ‘Gustad’, nos dice el salmo. Empaparnos de la bondad de Dios. ‘Contempladlo y quedaréis radiantes…’ Como Moisés cuando bajaba de la montaña de estar con Dios que traía su rostro tan resplandeciente, que tenía que cubrírselo con un velo para que no hiciera daño a los ojos de los que lo contemplaban.
Por eso tenemos que bendecir a Dios. ‘Bendigo a Dios en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…’ Como hemos escuchado hoy a san Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Corintios. Hemos comenzado su lectura que nos durará unos días. ‘¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo!’ Podía bendecir Pablo a Dios porque había experimentado ampliamente en él la misericordia del Señor. Dios lo había amado y escogido a pesar de ser un fogoso perseguidor de los cristianos. Dios seguía amándolo y contando con El en la tarea de la evangelización de los pueblos. Podía y tenía que bendecir al Señor.
Dios era su consuelo y su aliento. Luchas, dificultades, sufrimientos… pero en todo momento sentía el aliento de Dios en su vida. Nunca se sentía sólo. Se sentía fortalecido en el Señor. ‘El nos alienta en nuestras luchas… si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo…’
Pero además desde la experiencia del aliento de Dios en su vida, él podía alentar a los demás. ‘El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios… si nos toca luchar, es para vuestro aliento y salvación, si recibimos aliento, es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros…’
El apóstol alienta, pero también se siente alentado en lo que contempla y recibe de los demás. El pastor se da y trata de animar, conducir, consolar, fortalecer, alimentar en el espíritu a aquellos que se le han confiado, pero al mismo tiempo el pastor se siente alentado en el camino que contempla realizar a los demás. ‘Nos dais firmes motivos de esperanza… porque también sois compañeros en el buen ánimo’.
Nos alentamos mutuamente con las obras buenas, los esfuerzos y las luchas que realizamos. Creo que tenemos que saber abrir los ojos para ver las señales de luz que hay en los demás. Miramos demasiadas veces las zonas oscuras de la vida y sólo nos parece que hay tinieblas. Pero también hay luz, color, vida en los que nos rodean. Si abrimos los ojos de la fe y de la esperanza podemos contemplar esos rayos de luz que son para nosotros motivo de aliento y de vida.
Hoy hemos comenzado en la lectura del evangelio el sermón de la montaña, que se inicia con la proclamación de las bienaventuranzas. Es un mensaje sublime el que nos ofrece Jesús. Algunas veces nos puede parecer algo utópico e irrealizable. Pero creo que tenemos que saber descubrir en cuántos a nuestro alrededor se está cumpliendo ese mensaje de la bienaventuranzas.
Muchos hay a nuestro lado que son consoladores de los demás, que sufren con los otros o trabajan por la paz, que buscan el bien y luchan por la justicia verdadera, que quizá sufren pacientemente en su carne muchos dolores causados por diferentes causas y saben hacerlo con esperanza, que se han hecho pobres y desprendidos porque quieren compartirlo todo con los demás. En una palabra mucha gente que vive el Espíritu de las Bienaventuranzas. Saberlo descubrir es para nosotros un motivo grande de aliento y de gozo. Las bienaventuranzas de Jesús se cumplen y nosotros podemos también estar entre ellos.
Todo esto para descubrir qué bueno es el Señor, para cantar también nosotros la bendición al Señor por tantos rayos de luz que podemos descubrir en los demás si sabemos abrir los ojos de la vida y de la fe.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor… bendigo al Señor en todo momento…’

domingo, 7 de junio de 2009

Misterio inmenso de amor y de comunión


Deut. 4, 32-34.39-40;
Sal. 32;
Rom. 8, 14-17;
Mt. 28, 16-20


‘¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta? ¿se oyó una cosa semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído la voz del Dios vivo…? ¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras… como todo lo que el Señor, vuestro Dios hizo con vosotros…?’
Preguntas que le hace Moisés al pueblo para que comprendan desde su historia personal cuánto ha hecho el Señor por ellos e para invitarles a reconocerle. ‘Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Señor, allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra: no hay otro’. No les habla Moisés desde ideas o razonamientos intelectuales o filosóficos sino desde la propia experiencia de su historia personal y de la historia del pueblo de Israel.
La historia de la revelación de Dios es la historia viva del Dios que se hace presente en nuestra vida y en nuestra historia. Luego podremos, si queremos, hacer nuestros razonamientos o elaborar nuestro pensamiento de Dios. Pero el Dios en quien creemos es un Dios personal, un Dios que nos ama y que se nos revela, un Dios que se hace presente en nuestra vida y en nuestra historia tanto en la historia personal de cada uno como en la historia de la humanidad o de nuestra comunidad.
Tenemos que abrir los ojos de nuestra fe para descubrir el rastro, las huellas que Dios va dejando de su presencia entre nosotros, que será siempre un rastro de amor, unas huellas de amor. Todo nos habla de Dios, desde la contemplación de todo el universo, creación de Dios, que ya nos está hablando de la gloria del Señor que se manifiesta en sus obras, y que nos está hablando también de cómo ese amor de Dios todo nos lo ha puesto en nuestras manos, pero también de la contemplación del propio ser humano al que Dios he hecho grande cuando lo ha creado a su imagen y semejanza; muchas otras cosas podemos ser capaces de descubrir y sentir a Dios en la más hondo de nuestro propio corazón. Todo un regalo de amor de Dios para nosotros.
Así se nos manifiesta en Jesucristo, enviado del Padre, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de María para ser presencia de Dios humanado, para encarnarse y hacerse hombre y tomar nuestra vida, para hacernos llegar todo lo que es el amor de Dios en la salvación que nos ofrece. Así se nos manifiesta en Jesucristo revelación de amor que nos ayuda a descubrir a Dios - por eso lo llamamos Revelación y Palabra de Dios -, y nos lo hace sentir en lo más hondo de nosotros mismos cuando nos llena del Espíritu divino, del Espíritu del Amor, del Espíritu de Dios.
¿Qué otra cosa hace Jesús sino revelarnos ese amor de Dios a quien ya podemos llamar Padre? ¿Qué es lo que nos da Jesús sino su Espíritu divino, el Espíritu Santo para llenarnos e inundarnos de la vida divina que nos santifica y nos hace hijos? ‘Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’, nos ha dicho san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’. Todo esto lo podemos experimentar y sentir en lo más hondo de nosotros mismos, porque así se nos revela, se nos manifiesta y se nos hace presente en nuestra vida y nuestro corazón.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar y celebrar el misterio de Dios en su Santísima Trinidad. Pienso que no es momento de ponernos a intentar dar explicaciones y razonamientos, sino que es momento para la fe porque es así como se nos revela Dios en su infinito amor por nosotros. Sólo tenemos que dejarnos conducir por la fe y por el amor. Así se nos ha revelado, así nos lo ha trasmitido la Iglesia, así proclamamos nosotros nuestra fe en Dios, y así, tenemos que decir, lo sentimos en lo más hondo del corazón, de nuestra vida. Por eso digo respuesta de fe y respuesta de amor. Así nos ha amado Dios y nos ha revelado su amor, y así le respondemos con el obsequio de nuestra fe y de nuestro amor.
Dios que es misterio de amor y de comunión cuando hablamos de la Trinidad divina, tres personas distintas pero un único Dios verdadero, que nos está hablando de ese amor y de esa comunión tan íntima y profunda entre las tres divinas personas que hacen esa unidad indivisible de Dios. Fe en la Santísima Trinidad, entonces, que nos lleva a nosotros también por esos caminos de amor y de comunión, cuando Dios nos ha creado a su imagen y semejanza como se nos enseña ya en las primeras páginas de la Biblia. Creados para el amor, creados para la comunión. Amor y comunión que nunca nos encierran sino que siempre nos abren a ese abrazo que nos une a las demás criaturas, a todos los hombres y mujeres, que entonces así hemos de vivir y así hemos de sentir que es el sentido más hondo de nuestra vida.
En el nombre de la Santísima Trinidad hemos sido marcados desde nuestro Bautismo, porque en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo hemos sido bautizados, para significar así también ese camino de comunión en el que hemos entrado desde la fe que tenemos en Jesús. ‘Id y haced discípulos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’, hemos escuchado el mandato de Jesús en el evangelio.
Trinidad de Dios que marca continuamente el recorrido de nuestra vida de creyentes porque siempre y en todo por Cristo y en Cristo a quien escuchamos, creemos y seguimos, por la fuerza y la unidad del Espíritu Santo que nos vivifica y nos santifica siempre queremos dar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso; bien expresamos en el momento cumbre de nuestra Eucaristía, la doxología final de la plegaria eucarística.
Si decimos estos dos momentos tan esenciales de nuestra vida de creyentes, estamos significando cómo toda nuestra vida, en todo lo que hacemos o vivimos, está envuelta por el misterio trinitario de Dios. En el nombre del Dios uno y trino, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, iniciamos cada día cada cosa buena que queramos realizar haciendo la señal de la cruz, y en el nombre de ese mismo Dios uno y trino recibimos también su bendición y su gracia.

sábado, 6 de junio de 2009

Los que hacen limosna se saciarán de vida…

Tobías, 12, 1.5-15.20
Sal. 13
Mc. 12, 38-44

Habitualmente comienzo esta reflexión en torno a la Palabra de Dios de cada día con alguna frase que, tomada de la misma Palabra proclamada o de la liturgia, sirva como resumen y soporte de dicho comentario. Confieso que hoy me encuentro en la disyuntiva entre varios textos. Por una parte lo que nos ha servido de antífona en el aleluya antes del Evangelio – ‘dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos’ – y una frase repetida en la lectura de Tobías: ‘Es bueno guardar el secreto del Rey, pero es un honor revelar y proclamar las obras de Dios’.
Nos encontramos hoy en el capítulo final del pequeño libro de Tobías, en las que ya finalmente el arcángel Rafael les manifiesta su identidad y cómo es ‘uno de los siete ángeles que están en la presencia de Dios presentando las oraciones de los justos’. Y así les explica que era él quien presentaba las oraciones de Tobías y de Sara y quien le asistía a la hora de las obras buenas que realizaba al enterrar a los muertos.
Previamente padre e hijo deciden, desconocedores aún de su identidad, cómo pagar a aquel caminante que le ha acompañado en el camino y del que tantos beneficios han recibido. La generosidad de Tobías hijo le lleva a ofrecerle la mitad de lo que han cobrado en su viaje a rescatar la deuda. Pero es entonces cuando el ángel de Dios les invita a cantar en todo momento la alabanza del Señor. ‘Bendecir a Dios y glorificarle, ensalzadle, pregonad a todos los vivientes lo que ha hecho con vosotros, pues es bueno bendecir a Dios y ensalzar su hombre pregonando sus obras. No os canséis de confesarle… pregonar las obras de Dios’.
Pero entonces les deja como hermoso mensaje o testamento antes de su vuelta a la presencia de Dios en el cielo unas sentencias que merece que nos detengamos en ellas para considerarlas. ‘Buena es la oración sincera y la limosna generosa. Mejor es hacer limosna que acumular tesoros, porque la limosna libra de la muerte y expía los pecados. Los que hacen limosna se saciarán de vida…’
Hermoso mensaje. Aunque algunas veces hayamos devaluado la palabra limosna con el raquitismo de los que damos, sin embargo el hecho de la limosna tiene un hermoso y hondo sentido. Limosna es algo más que dar de lo que me sobra y desde una compasión paternalista y simplemente por pena damos unos minúsculas monedad a aquel que nos tiende la mano pidiendo. La limosna realmente es un compartir y un compartir generoso dando de lo que tengo para mí.
Ejemplo hermoso tenemos en la viuda del evangelio que hoy Jesús ensalza. Aquella pobre mujer no da de lo que sobre sino de lo que tiene para vivir. ‘Os aseguro, dice Jesús haciendo que los discípulos se fijen en ella, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás echan de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, he echado todo lo que tenía para vivir’.
Limosna, pues, compartir desde la solidaridad. Me siento solidario del otro y me pongo a su lado, en su lugar, y lo que tengo y lo que soy lo comparto generosamente. Veo necesidad y no puedo permitir que el otro sufra en su carencia y comparto generosamente con él todo lo que tengo.
Limosna, compartir generosamente desde la solidaridad, o lo que es lo mismo, desde el amor. El amor que me hace estar a su lado, a su altura, no mirándole desde arriba, sino directamente a los ojos de su alma, para lo que necesito estar cerca de él. Es lo que es el amor verdadero.
Pero diríamos que nosotros los cristianos aún podemos sublimar mucho más ese amor. lo estoy amando según el mandato de Jesús, lo que significa, que lo estoy amando con un amor distinto, porque lo estoy amando con el amor de Dios. ‘Como yo os he amado…’ nos dice Jesús. Es el amor de Dios que está en nosotros, como hemos reflexionado recientemente, y con ese amor que es como el de Dios, con ese amor que es el de Dios yo lo estoy amando. Y si Dios lo ama y lo ama generosa e infinitamente como El sabe hacerlo, de la misma manera tengo que amarlo yo. Le estoy diciendo también, Dios te ama, y este amor con que yo te amo ahora y comparto contigo, es una expresión, una manifestación del amor que Dios te tiene. Entonces no daré de lo que me sobra, sino que la limosna será el compartir lo que tengo.
Limosna que me purifica entonces, porque el amor de Dios está presente en nuestra vida. Limosna que me llena de vida. No es el orgullo que pueda sentir en mi interior en la satisfacción de lo bueno que hago. Si fuera así, ya estaría en parte pervirtiendo la buena intención de lo que hago. Es distinto, porque compartiendo así con esa generosidad y desde ese amor, el amor y la vida de Dios está llenando mi corazón. Dios se está haciendo presente en mí de manera especial para que yo sea capaz de amar con ese amor, con un amor como el de Dios.
Recordábamos al principio la antífona que nos hacia presente la primera de las bienaventuranzas. ‘Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Dichosos si así nos estamos haciendo pobres por nuestro amor, por nuestra solidaridad, por nuestro compartir. El Reino de Dios está ya en nosotros. El Reino de Dios se está manifestando a través nuestro y haciéndose más presente en nuestro mundo.

viernes, 5 de junio de 2009

Que en todo se manifieste la alabanza y la bendición al Señor

Tobías, 11, 5-17
Sal.145
Mc. 12, 35-37


Todo es gozo y alegría, alabanza y bendición al Señor en este texto de Tobías que hoy hemos escuchado. Estamos en medio de un pueblo creyente y en una familia que el autor sagrado nos quiere presentar de manera especial en esa actitud creyente.
Es el regreso del joven Tobías con su nueva esposa a la casa del padre. En el texto que nos hubiera correspondido escuchar ayer hubiéramos contemplado las circunstancias de la boda del joven Tobías con Ana, la hija de Ragüel de la que ya anteriormente se nos había hablado. Celebración realizada también en un sentido creyente, de manera que incluso parte de dicho texto suele proclamarse muchas veces en nuestras celebraciones del sacramento del matrimonio por la oración de bendición y alabanza al Señor de los jóvenes esposos a la hora de su matrimonio.
Hoy se repiten varias veces esos momentos de bendición, alabanza y acción de gracias a Dios. Ya el arcángel ‘Rafael le había dicho a Tobías. Nada más entrar en tu casa, adorar al Señor tu Dios y le das gracias…’ Así lo hicieron por ‘Tobit y su mujer le recibieron con besos y rompieron a llorar de alegría. luego adoraron a Dios, le dieron gracias y se sentaron…’ Finalmente, una vez que Tobías realizó en los ojos de su padre las indicaciones del ángel de Dios y, al recobrar la vista el anciano Tobías, ‘todos glorificaron a Dios. Y Tobit dijo: Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste, ahora me has salvado y puedo ver a mi hijo Tobías’.
He querido subrayar este aspecto de adoración, alabanza y bendición al Señor, porque creo que es un hermoso testimonio y ejemplo que necesitamos recuperar en nuestra vida. Bien sabemos lo que nos suele pasar: somos muy pronto para orar y pedir al Señor que nos ayude en nuestras necesidades y problemas, pero qué tardos somos para la gratitud y la acción de gracias.
Ya recordamos cómo Jesús en una ocasión se quejaba en el evangelio por esa falta de reconocimiento de la acción de Dios y la acción de gracias. Recordamos aquellos diez leprosos que fueron curados en el camino al paso de Jesús y que, una vez curados, uno solo volvió para postrarse ante Jesús para glorificar a Dios y manifestar su acción de gracias. ‘¿No eran diez los leprosos curados? ¿los otros nueve donde están? Sólo ha venido este samaritano a glorificar a Dios’, recordamos que fue la que y el reproche de Jesús.
Que no sea esa la queja y el reproche que el Señor tenga con nosotros. Que aparezca palpable en nuestra vida esa actitud creyente del que sabe contar con el Señor en todo momento, pero también en todo momento sabe pararse para cantar la alabanza al Señor por tanto que de El recibimos. Un pensamiento dirigido a Dios, una jaculatoria que pronuncian nuestros labios, un gemido de gratitud que surja de nuestro corazón. No es tan difícil, lo que es necesario es rescatar esa actitud creyente en nuestra vida, porque muchas veces, aunque nos llamamos cristianos, parece que vivimos y actuamos sólo por nosotros mismos y no sabemos contar con el Señor.
Es necesario que en esas cosas pequeñas de cada día nos manifestemos como creyentes auténticos y convencido. Frente al materialismo que nos rodea, la increencia de tantos a nuestro alrededor, que sepamos manifestar públicamente nuestra fe y cantemos la alabanza del Señor.

jueves, 4 de junio de 2009

Un nuevo y eterno Sacerdote, Jesucristo, el Señor

Hebreos, 10, 121-23
Sal. 39
Lc. 22, 14-20

‘He deseado enormemente, ardientemente, comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer porque os digo que no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios’.
Aquella cena pascual tenía un sentido especial. No era ya sólo el recuerdo de la antigua Pascua que todos los años celebraban, sino el inicio de una nueva Pascua. Se iniciaba una nueva Pascua y un nuevo sacerdocio. No era ya la ofrenda que se hacía cada día en el templo de aquellos sacrificios y holocaustos de animales o de frutos de la tierra, sino que era un nuevo y definitivo sacrificio el que se ofrecía. Ya no eran los sacerdotes de la antigua alianza, los del sacerdocio de Aarón, sino que era el Pontífice definitivo, que siendo al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar se ofrecía a sí mismo de una vez para siempre para el perdón de los pecados y para la vida de la gracia.
‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único nuevo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna…y determinaste, en tu designio salvífico perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresa la liturgia de este día en la oración y el prefacio. Este día en que estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.
Hoy contemplamos y celebramos ese nuevo Sacerdote, a Jesucristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote. El nos abrió un camino nuevo y vivo a través de su carne entregada y de su sangre derramada, y ya, en virtud de la Sangre de Cristo, podemos entrar definitivamente en el Santuario del cielo, como se nos expresaba en la carta a los Hebreos.
Cuando hoy contemplamos ese Sacerdocio eterno de Cristo tenemos que ser conscientes de lo que El nos hace partícipes. En virtud de la unción del Espíritu que con el Crisma hemos recibido todos los cristianos, en virtud de nuestro Bautismo, somos partícipes de ese Sacerdocio de Cristo. Con Cristo somos sacerdotes, profetas y reyes. Participamos todos los bautizados de lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, sacerdocio real del que nos habla San Pedro en su carta.
‘Vosotros, como piedras vivas sois edificados como casa espiritual para su sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo… vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo escogido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable…
Por eso en el prefacio vamos a decir. ‘No sólo confiere el sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino que también, con amor de hermano, elige a hombres de su pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’.
Por eso, mirando el sacerdocio de Cristo, del que todos somos participes, como hemos dicho, por el bautismo, tenemos que mirar también a aquellos que de manera especial son escogidos para participar en el sacerdocio ministerial al servicio del pueblo de Dios; aquellos, pues, que han recibido el sacramento del Orden sacerdotal.
Hoy es una celebración eminentemente sacerdotal, donde el pueblo cristiano ha de saber estar al lado de sus sacerdotes, que como pastores del pueblo de Dios, en nombre de Cristo ejercen el sacerdocio en sus diferentes ordenes para la celebración de los sacramentos, para hacernos llegar la gracia de Dios y anunciarnos la Palabra de la salvación.
‘Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos para el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con los sacramentos’, como diremos en el hermoso prefacio de este día.
Por eso, el pueblo cristiano ha de pedir al Señor la gracia para que sus sacerdotes se configuren cada vez más con Cristo en una vida santa, y den testimonio constante de fidelidad y de amor.

miércoles, 3 de junio de 2009

En ti confío, no quede yo nunca defraudado

En ti confío, no quede yo nunca defraudado
Tobías, 3, 1-11.24-25
Sal.24
Mc. 12, 18-27

‘A ti, Señor, levanto mi alma’, hemos repetido en el salmo responsorial. Dos súplicas desde el dolor y llenas de esperanza suben a la presencia del Señor y, como se nos dice, son escuchadas. Todo el relato del libro de Tobías nos trae ese mensaje especial. Así lo hemos escuchado en los últimos versículos del texto hoy proclamado: ‘Por entonces llegaron las oraciones de los dos ala presencia gloria del Dios Altísimo y fue enviado el santo ángel Rafael a curarlos a los dos que habían elevado sus oraciones a Dios al mismo tiempo’.
Hermosa la súplica de Tobías. Hombre de generoso corazón dado siempre a hacer el bien a los demás, se ha quedado ciego y en la más extrema pobreza. Ayer escuchamos las circunstancias de su ceguera. Sufre él al verse ciego y sufre con los reproches que recibe hasta de su propia mujer. ‘Sí, tu esperanza se ha visto frustrada; ya ves de lo que te ha servido hacer limosnas’, le escuchábamos ayer enfadada.
‘Tu eres justo y justas son tus sentencias… actúas con misericordia, con lealtad y con justicia… acuérdate de mí… no tengas en cuentas mis culpas… Señor, haz de mí lo que quieras: hazme expirar en paz, que prefiero la muerte a la vida…’ Así oraba el anciano Tobit.
En el fondo de todo está una petición de paz, paz para su espíritu atormentado. Se siente débil y pecador pero se acoge a la misericordia del Señor. Recuerda la bondad, la lealtad y la misericordia del Señor y eso le hace confiar por encima de todo.
Hermosa oración. Cómo tendríamos que aprender a orar así, a poner toda nuestra confianza en el Señor que no nos abandona. ‘Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados…’
La otra súplica dolorosa pero llena también de confianza es la de Sara, hija de Ragüel. Se siente desairada y burlada incluso por su sirvienta desde su situación en que se le han muerto sus siete maridos uno tras otro. - ¿Nos recuerda esto la ley del levítico a la que se hace mención en el Evangelio en la pregunta que le hacen a Jesús? Ya hemos comentado en otras ocasiones ese texto -. Llora y suplica Sara al Señor verse liberada de tal ignominia y, como se nos dice, la oración de Sara también fue escuchada por el Señor.
Se nos habla aquí del ángel Rafael que fue enviado por Dios a la tierra par conducir al joven Tobías al encuentro de la que va a ser su esposa, como seguiremos escuchando en los próximos días, y a encontrar remedio también para la salud de su padre Tobit. Ya sabemos cómo el arcángel Rafael es sinónimo de ‘medicina de Dios’, porque de algún modo podemos decir que esa fue la misión que le trajo a la tierra.
Una invitación a la confianza en nuestra oración. Oremos que Dios siempre nos escucha. Por muy dolorosa que sea nuestra situación, Dios atiende nuestras súplicas y con la respuesta y la presencia del Señor seremos siempre nosotros los beneficiarios de la gracia divina.
‘Dios mío, en ti confío; no quede yo nunca defraudado…’ El Señor no nos defrauda nunca. Siempre nos llenará de su gracia.

martes, 2 de junio de 2009

Sinceridad, autenticidad, libertad, verdad, responsabilidad y compromiso

Tobías, 2, 10-23
Sal. 111
Mc. 12, 13-17

En una primera aproximación al texto del evangelio podemos ver por una parte en un sentido negativo: mala intención, doblez del corazón, hipocresía, falsedad y mentira. Frente a ello la postura y la actitud de Jesús: sinceridad, autenticidad, libertad y verdad.
Se acercan a Jesús ‘unos fariseos y unos partidarios de Herodes para cazarlo con una pregunta’. Y la forma como inician la conversación con Jesús es desde la falsedad y la adulación, pues dicen todo lo contrario de lo que piensan. ‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en apariencias…’ Realmente están diciendo una cosa cierta de Jesús, pero en la forma de plantearle la cuestión se nota la falsedad interior, porque lo que pretendían era ‘cazarlo’, con sus preguntas. Ya le propio evangelista nos comenta que ‘Jesús, viendo su hipocresía, les replicó…’
La actitud y la postura de Jesús es la de la verdad y la libertad. Jesús conoce además nuestro corazón por dentro y a El no lo podemos engañar. Pero es que además Jesús es ‘la verdad misma’, como se proclamaría a sí mismo en el evangelio. Jesús no se queda en las apariencias externas sino que quiere contar con la sinceridad y la verdad, la autenticidad de nuestro corazón, de nuestra vida.
De nada valen ahora estas preguntas tendenciosas. Ya conocemos la respuesta de Jesús. Les pide que le enseñen la moneda de uso legal y qué es lo que allí y se ve. De ahí la respuesta: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. El problema de fondo en la pregunta estaba en la obligación o no, siendo un pueblo sometido al yugo de Roma, de pagar o no pagar los tributos al César.
Las palabras de Jesús en su respuesta hemos de saber entenderlas bien para no hacerle decir tampoco lo que El no quiso decir. Jesús realmente nos está planteando cosas bien hondas. ¿Cuál es el lugar de Dios para los creyentes? Porque si es el Dios y Señor de nuestra vida tendrá que ser también el centro de nuestra existencia. Pero ¿eso hará que este reñida nuestra actitud creyente con el devenir, incluso político, de la vida de la persona?
Tendríamos que decir que no está reñida sino que más bien es una exigencia: la preocupación por la ciudad temporal y la contribución que yo de he hacer, desde el sentido de mi vida, desde ese sentido que tengo también como creyente, de mejorar la situación y el bienestar de nuestra sociedad. El creyente no se encierra en sí mismo y se desentiende de la realidad temporal de la vida, sino todo lo contrario, tiene que sentirse realmente responsable de ese mundo que entre todos construimos.
Me atrevo a decir que nadie puede ser apolítico, pero eso no significa que tenga que ser partidista. No podemos devaluar la palabra política reduciéndola a un partidismo cerrado en unas ideas predeterminadas. La ‘polys’ – palabra griega raíz de la palabra política - era la ciudad y la preocupación por la ciudad, por la sociedad en la que vivimos, es tarea de todo ciudadano. Y también yo como creyente tengo que sentirme responsablemente comprometido a trabajar por mi sociedad, por mi mundo. Y claro lo haré desde mis principios, desde el sentido que yo tengo de la vida; principios y sentido que yo encuentro en mi fe en Jesús y su evangelio.
Y aquí tenemos que decir que es necesario que más creyentes con unos verdaderos principios éticos y morales vivan este compromiso para poder darle el mundo rumbo a nuestra sociedad. Nos quejamos del rumbo que va tomando nuestra sociedad pero quizá no ponemos el empeño para hacer que las cosas sean de otra manera. Que el Señor nos ilumine.

lunes, 1 de junio de 2009

El Señor habla por mí y para mí

Tobías, 1, 1-2: 2, 1-9
Sal. 111
Mc.12, 1-12


Quiero expresar, en primer lugar, el marco litúrgico en que nos encontramos, ya que estos comentarios van al hilo de la Palabra de Dios proclamada cada día. Concluíamos ayer el tiempo pascual con la fiesta de Pentecostés y retomamos de nuevo el llamado tiempo Ordinario. Lo habíamos iniciado a partir de la fiesta del Bautismo del Señor para quedar interrumpido el miércoles de ceniza en el comienzo de la Cuaresma que nos conducía a la Pascua. Ahora lo volvemos a retomar para concluir cuando vayamos a iniciar un nuevo ciclo en el próximo Adviento. Aunque nos quedan dos domingos de especial significación, la Santísima Trinidad y Corpus Christi, ya en medio de la semana seguimos con la lectura continuada de la Palabra de Dios.
Hoy precisamente iniciamos la lectura del libro de Tobías que lo seguiremos durante toda esta semana. Libro que entra en el conjunto de los sapienciales por el sentido que tiene. Nos presenta hoy a Tobías, hombre honrado y piadoso, que destaca por la generosidad de su corazón en el cumplimiento de lo que podríamos llamar las obras de misericordia, dar de comer al hambriento y enterrar a los difuntos.
Es un amor generoso el que destaca en Tobías que le hará buscar incluso al necesitado. Habiéndosele preparado una buena comida en su casa porque era el día de la fiesta del Señor, no quiere sentarse a la mesa sin que su hijo vaya a buscar un pobre con el que compartir su comida. ‘Vete a invitar a un pobre… para que venga a comer con nosotros’, le dice a su hijo.
Pero el hijo le traerá la noticia de un israelita al que han asesinado y cuyo cadáver se encuentra tirado en la plaza, pues estaba prohibido darles sepultura. No lo puede consentir, trae el cadáver a su casa para darle sepultura en la noche, exponiendo incluso su vida. ‘Los vecinos le regañaban diciéndole: por este motivo te condenaron una vez a muerte… ¿cómo es posible que vuelvas a lo mismo? Pero Tobías temía a Dios más que al rey…’ termina diciendo el texto sagrado. ‘Su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo…’ que decíamos en el salmo.
El texto del Evangelio hoy escuchado lo habremos meditado muchas veces. ‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje’. Pero ya nos dice el texto sagrado que Jesús habló a los sumos sacerdotes, los levitas y los escribas que le escuchaban. Y al final de la parábola nos dice que ‘ellos veían que hablaba por ellos’.
Creo que esto tiene que hacernos reflexionar. La Palabra de Dios que escuchamos es una palabra directa que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros. Ya sé que muchas veces tratamos de escabullirnos y tenemos la tentación de decir que esa Palabra que se nos ha proclamado qué bien le vendría a éste o aquel. Ponemos un muro en nuestros oídos y en nuestro corazón no dejando que esa Palabra llegue a nosotros sino que tratamos siempre de dirigirla hacia los demás. Pero es una Palabra que el Señor me dirige a mí de manera concreta y yo soy el que tengo que oírla y saber discernir lo que el Señor quiere decirme o pedirme de forma concreta.
Es cierto que en esta parábola podemos ver bien reflejada lo que es la historia del pueblo de Israel, que tanto amor recibió del Señor, pero ya sabemos cómo rechazaban a los profetas o cómo rechazaron al mismo Cristo, el Hijo de Dios. Pero ¿no podríamos preguntarnos si acaso nosotros no estamos haciendo de alguna forma lo mismo? ¿Cuál es la actitud que yo tengo, o con la que yo recibo esa Palabra que Dios quiere dirigirme? Son las primeras preguntas que tenemos que hacernos para saber qué clase de tierra somos para acoger la semilla de la Palabra de Dios, y cómo están abiertos los oídos de nuestro corazón para escucharla.
Escuchemos con sinceridad esa Palabra que Dios me dirige, esa Palabra que tengo que plantar en la tierra concreta de mi vida con mis personales circunstancias. Dios se está dirigiendo directamente a mi vida. ¿Cuál es mi respuesta? El Señor está hablando por mi y para mi.

domingo, 31 de mayo de 2009

Es Pentecostés: El Espíritu realiza maravillas en nosotros



Hechos, 2, 1-11
Sal. 103
1Cor. 12, 3-7.12-13
Jn. 20, 19-23





‘No dejes de realizar en el corazón de tus fieles aquellas mismas maravillas que obraste en Pentecostés’, hemos pedido en la oración litúrgica. Y es que esto debe ser lo que estamos viviendo en esta celebración litúrgica.
Sentimos quizá envidia de los apóstoles y discípulos reunidos en el cenáculo en Pentecostés, porque en el fondo deseamos experimentar en nosotros aquellas mismas señales de la presencia del Espíritu en nuestra vida. Pensamos en el ruido, en el viento recio, en las lenguas como llamaradas, o en el hablar lenguas extranjeras sin dificultad. Pero ¿esas son las cosas verdaderamente importantes de Pentecostés? Fueron sólo signos o señales externas de lo que más hondo se realizó. Y es lo que nosotros tenemos que buscar. Lo que queremos que se produzca hondamente en nuestro corazón.
Fijándonos en los textos litúrgicos de esta fiesta nos dice que el Espíritu lleva a plenitud el Misterio Pascual de Cristo en nosotros, nos da el conocimiento de Dios y nos congrega en una misma fe; nos santifica y nos lleva al conocimiento pleno de toda la verdad revelada. Así lo había prometido Jesús. ‘Os enviaré el Espíritu de la verdad que os llevará a la verdad plena’. Y nos lo envió. Lo estamos celebrando.
Nos dice san Pablo. ‘No podemos decir Jesús es Señor si no es por la acción del Espíritu’. Pero decir ‘Jesús es el Señor’ no es simplemente repetir la materialidad de las palabras, sino la confesión de fe que realizamos. Y una confesión de fe no es simplemente repetir unas palabras. Es el Espíritu que nos da el conocimiento de Dios para que podamos conocerlo. El Espíritu que ‘infunde el conocimiento de Dios a todos los pueblos’. Lo pedimos en la oración litúrgica: que ‘la efusión del Espíritu nos lleve al conocimiento pleno de toda la verdad revelada’.
Sintamos todo esto como una realidad en nuestra vida. Tenemos, pues, que vivir la experiencia de la nueva comunión que se da entre nosotros por la confesión de una misma fe. Y es que el Espíritu Santo nos congrega, nos une y nos reúne, nos hace amarnos y sentirnos hermanos. ‘Todos bebemos del mismo Espíritu’ y ese Espíritu crea en nosotros una relación nueva por el amor. Y tendrá que expresarse en nuestra vida.
Babel fue el signo de la confusión donde cada uno va por su lado, andamos divididos y enfrentados, nos cuesta entendernos como si habláramos lenguajes extraños. Estamos muchas veces en Babel, hablando una misma lengua pareciera que hablamos lenguajes distintos porque nuestras palabras o nuestras actitudes nos separan y nos hieren, no logramos el entendimiento sino la división y el enfrentamiento. ¿No nos hemos fijado en lo que nos sucede muchas veces en las discusiones, en las que porque no nos oímos lo que hacemos es enfrentarnos cada vez más?
Ahora con la efusión del Espíritu todo tiene que ser distinto. El signo del don de lenguas que contemplamos en Pentecostés, como nos ha narrado el texto de los Hechos de los Apóstoles, viene a significar ese nuevo entendimiento y comunión que por la acción del Espíritu se realiza en nosotros.
Hoy es Pentecostés. Pero no sólo porque hace 50 días de la Pascua y ahora toque Pentecostés. Hoy es Pentecostés porque hoy se realizan las mismas maravillas de Dios en nosotros por la acción del Espíritu Santo. No es un recuerdo. Tiene que ser una realidad vivida en cada uno de nosotros y en toda la comunidad, como en toda la Iglesia.
Igualmente tenemos que sentir entonces en nuestro corazón ese fuego del Espíritu Santo que nos llene del amor de Dios, pero nos llena también del mismo coraje y valentía, de la misma Sabiduría divina para proclamar con conocimiento pleno que Jesús es el Señor.
Hoy es Pentecostés y tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos este impulso del Espíritu que nos lleve a descubrir y desarrollar también esos carismas que el Señor nos ha dado, no para beneficio personal, sino para bien de la Iglesia. El Espíritu Santo fue ‘el alma de la Iglesia naciente’ que suscitó en el corazón de aquellos primeros cristianos esos dones y carismas que impulsaron e hicieron crecer a la Iglesia. ‘Diversas funciones, diversos ministerios, diversos dones, pero un mismo Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios, Padre de todos… en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’. Eso mismo tiene que suscitarse en nosotros y en nuestra Iglesia.
Tenemos que vivir un Pentecostés muy fuerte en nuestra Iglesia; algunas veces parece que está dormida por esa falta de espíritu que se aprecia en muchos cristianos que no han terminado de descubrir cuál es la función que tienen que realizar en la Iglesia y en el mundo. Está esa vida amorfa y sin iniciativas de tantos cristianos poco comprometidos; pero muchas veces los pastores, tenemos que reconocer, tampoco sabemos suscitar y valorar esos dones y carismas en los laicos en medio del pueblo de Dios.
Reconozcamos las diversas funciones y ministerios que pueden y tienen que haber en la Iglesia y apoyemos la corresponsabilidad de todos los fieles en la tarea y la misión de la Iglesia. Que eso es obra del Espíritu.
No porque celebramos en esta Jornada el día del Apostolado seglar está todo hecho. Es en el día a día donde tenemos que suscitar y valorar ese apostolado seglar, donde tenemos que promover que los laicos desarrollen su función en medio de la Iglesia.
Es Pentecostés. Dejémonos inundar por el Espíritu Santo. Llenémonos de esa paz que es el regalo pascual de Cristo resucitado cuando envía sobre nosotros el Espíritu Santo como hizo con los apóstoles en el cenáculo. ‘Enviaste al Espíritu Santo para llevar a plenitud el Misterio Pascual’.
Que lleguemos en verdad a esa plenitud del misterio pascual de Cristo. En el Espíritu nos sentimos transformados. Es el Espíritu el que nos hace pasar verdaderamente de la muerte a la vida, el que nos hace vivir en plenitud todo el misterio de Cristo. Que a partir de la vivencia de este Pentecostés se note en verdad esa nueva vida en nosotros, que revitalice a la Iglesia y que dé vida a nuestro mundo con la luz y el sabor del Evangelio.

sábado, 30 de mayo de 2009

Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua

Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua
Hechos, 26, 16-20.30-31
Sal. 10
Jn. 21, 20-25

Podíamos decir que en los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada los autores vienen a poner como su rúbrica a dichos textos. Terminamos la lectura de los Hechos de los Apóstoles y es también el final del evangelio de san Juan.
En los Hechos contemplamos a san Pablo ya en Roma. Recordamos que había recibido en una visión la voz del Señor que le decía que ‘lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Había apelado al César cuando vio su vida en peligro con las acusaciones de los judíos, y ahora tras varios capítulos de su recorrido preso hasta Roma, le vemos predicar allí ‘el Reino de Dios enseñando la vida del Señor Jesús con toda libertad’ a pesar de estar detenido y custodiado ‘con un soldado que le vigilase’.
Por su parte el propio evangelista y sus discípulos dan testimonio de que ha sido Juan el que ha escrito el evangelio. En referencia a aquel discípulo que sigue a Pedro y Jesús en su conversación y por el que pregunta Pedro qué le va a suceder cuando Cristo le ha anunciado a él su propio martirio, se termina comentando ‘éste es el discípulo que da testimonio de todo estoy y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.
Pero como hemos venido haciendo esta semana fijémonos en lo que hemos pedido, precisamente hoy cuando estamos en las vísperas de Pentecostés y a punto de terminarse el tiempo pascual. ‘Concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar’.
Pedimos que el Espíritu nos conceda el don de la alegría. Lo hemos vivido de manera intensa y especial en este tiempo de Pascua. Pero ese don del Espíritu tendría que acompañarnos todos los días. ¿Cómo no vamos a vivir la alegría de la fe? ¿Cómo no va a prolongarse en nuestra vida esa alegría de la Pascua?
Se termina el tiempo pascual, pero no se nos puede terminar la alegría de la fe. El misterio pascual tiene que envolver toda nuestra vida, no sólo en un tiempo determinado. Y ese gozo, entonces, que sentimos en Cristo resucitado tiene que estar presente continuamente en nuestra vida, lo hemos dicho y lo repetimos, los cristianos tenemos todos los motivos para ser las personas más alegres del mundo.
Con la fuerza del Espíritu hemos de participar fructuosamente en los sacramentos, como diremos en la oración sobre las ofrendas, porque con la venida del Espíritu llega a nosotros también el perdón de los pecados. ‘Ayúdanos a pasar de la vida caduca, fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu’, pediremos en la oración después de la comunión.
Que se derrame, pues, sobre nosotros el Espíritu de la alegría. Que nos sintamos inundados y seamos capaces de llevar con su fuerza el gozo de la fe y de la salvación recibida a los demás. Ven, Espíritu Santo, tenemos que repetir una y otra vez en este día para que mañana podamos sentirlo intensamente en nuestra vida cuando celebremos Pentecostés.

viernes, 29 de mayo de 2009

Pedro se entristeció por la debilidad de su amor pero Jesús seguía confiando en él.

Hechos, 25, 13-21
Sal.102
Jn. 21, 15-19


‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’
La escena, como todos sabemos, sucedió a orillas de lago de Tiberiades después que Jesús resucitado se les manifestara desde la orilla mientras ellos estaban pescando. No habían cogido nada, Jesús les había indicado por donde habían de echar las redes, y milagrosamente la pesca fue muy grande. A indicaciones de Juan que reconoció a Jesús en la orilla –‘es el Señor’ – Pedro se lanzó al agua para venir hasta Jesús el primero.
Ahora, después de almorzar – Jesús les había preparado ya pan y pescado en las brazas – se llevó aparte a Pedro y comenzó este diálogo. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’, tú que has sido siempre el primero en todo, ¿eres también el primero en el amor? ‘¿me amas más que estos?’; tú, que fuiste el primero en confesar que yo era el Mesías a mi pregunta de qué pensaba la gente y vosotros acerca de mi, ‘¿me amas más que estos?’; tú, el primero en responder que a dónde iban a acudir si tenía palabras de vida eterna, cuando muchos se marchaban allá en la sinagoga de Cafarnaún, ‘¿me amas más que estos?’; tú que quería ser el primero en seguirme dispuesto a seguirme a donde quiera que yo fuera, ‘¿me amas más que estos?’; tú, que sacaste la espada en el huerto para defenderme a la hora del prendimiento, ‘¿me amas más que estos?’
‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’
, era la respuesta que iba dando a Jesús una y otra vez, pero ante la insistencia en la pregunta, al tener que enfrentarse con la realidad de su vida y de su amor con toda sinceridad ‘se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería’. Recordaría la realidad de su amor que le falló cuando le negó; recordaría su debilidad ante una criada allá en el patio del pontífice al comienzo de la pasión; recordaría que él también fue de los que le abandonó en Getsemaní, primero dejándose dormir y luego marchándose con los otros; recordaría que estaba también encerrado en el cenáculo por miedo a los judíos. ‘Señor, tú conoces todo, tu sabes que te quiero’.
Pero Jesús seguía confiando en él; quien un día le prometiera que iba a ser piedra sobre la que se fundamentara su Iglesia ahora le confiaba una y otra vez la misma misión. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Jesús lo conocía y conocía también su debilidad pero también conocía su amor impulsivo y que sí estaría dispuesto a todo por El. Por eso terminará diciéndole: ‘Sígueme’.
Cuando miramos la realidad de nuestra vida y de nuestro amor, pero lo hacemos con sinceridad seguramente también nos daremos cuenta de la debilidad de nuestro amor y de nuestro seguimiento de Jesús. Hacemos repaso por los mandamientos y al pasar por el primero, - ‘amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser’ – seguramente con toda facilidad también decimos que sí, que así amamos al Señor. Pero seguro que si seguimos mirando nuestro amor cuando tenemos que examinar como lo tenemos reflejado en aquellos a quienes el Señor quiere que amemos, veremos también nuestra debilidad y nuestra flaqueza. Pero el Señor sigue amándonos de la misma manera y nos sigue invitando a seguirle.
Una persona que Dios ha puesto en el camino de mi vida para que le ayude a ir hasta El, es así como se siente en estos momentos. Quiere amar al Señor y amarlo con todo el corazón; se siente amado del Señor y quiere darle respuesta con su vida. Pero cuando se mira crudamente en su realidad se siente pecador, se siente débil, siente toda la debilidad que ha habido en su amor a Dios a través de toda su vida. Pero yo le digo, sigue adelante, Dios te ama, Dios quiere contar contigo a pesar de tus debilidades, de lo que ha sido la debilidad de tu amor hasta este momento, pero puede amarle, puedes seguir, puedes estar con El. Dios te ama y te seguirá amando siempre.
El amor de Pedro llegaría hasta el final, hasta dar la vida también por Jesús, como el le había prometido. Ahora Jesús se lo anuncia. ‘Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. ¿Qué quería anunciarle Jesús? El propio evangelista lo comentará. ‘Esto lo dijo aludiendo a la muerte con la que iba a dar gloria a Dios’.
Queremos seguir y amar a Jesús. También queremos porfiarle nuestro amor. Somos débiles pero sabemos que el Señor con nosotros está. Nos deja su Espíritu, como nos aprestamos a celebrar en unos días. Hoy le hemos pedido al Señor que ya que ‘por la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu Reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe’. Mayor empeño, mayor plenitud, para dedicarnos a las obras del amor, para vivir toda la inmensa riqueza de nuestra fe. El Espíritu nos ayuda, nos mueve, nos fortalece para ello. Pidamos intensamente que se derrame su Espíritu sobre nosotros.

jueves, 28 de mayo de 2009

No es que queramos estar con Cristo, es El quien quiere estar en nosotros

Hechos, 22, 30; 23, 6-11
Sal. 15
Jn. 17, 20-26


Hace unos días escuchábamos a Pablo que nos decía que se dirigía ‘a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé qué me espera allí, decía, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas’.
Hoy lo contemplamos en Jerusalén, ha habido un salto en la lectura continuada y han sucedido por medio muchas cosas. Está en la cárcel, como se le había anunciado, y el tribuno lo lleva al Consejo, probablemente sea el Sanedrín judío. Allí proclama valientemente su fe en la resurrección y en Jesucristo resucitado. Lo que provoca un gran alboroto entre fariseos y saduceos – estos niegan la resurrección – y el tribuno que ve en peligro la vida de Pablo –‘temía que hicieran pedazos a Pablo’ – lo saca de allí y lo lleva de nuevo al cuartel.
Pablo ha proclamado su fe en la resurrección y sobre todo en la resurrección de Jesús. Como nos enseñará en sus cartas, sobre todo en la carta a los Corintios, ‘si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe’. Todos resucitaremos con Cristo, porque todos estamos llamados a la vida y en Cristo resucitaremos a nueva vida. Es nuestra fe y la fe que nosotros también tenemos que proclamar.
Termina el texto de hoy hablándonos de una nueva visión que tiene Pablo donde el Señor le anuncia cómo tendrá que seguir dando testimonio del nombre de Jesús incluso en Roma. ‘La noche siguiente el Señor se le presentó y le dijo: ¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Allí dará testimonio con su predicación y con su vida, puesto que allí sería martirizado.
Como ya hemos reflexionado, ¿dónde encuentra el apóstol la fuerza para dar ese testimonio con su palabra y con su vida? El Espíritu Santo es el que le conduce, le inspira y le da la fuerzas necesarias. Un pensamiento y una certeza que no nos ha de faltar a nosotros, sobre todo ahora que nos preparamos para Pentecostés, para ese testimonio que con nuestra palabra y nuestra vida hemos de dar también del nombre de Jesús, de nuestra fe.
Pero quisiera fijarme también en el texto del Evangelio con el que se termina en una tercera parte la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. Pide una vez más Jesús que vivamos unidos y en comunión. Podríamos decir que este texto Jesús va abriéndonos su corazón y cuáles son sus sentimientos y deseos más hondos para nosotros.
Sabía bien El lo necesaria que era la unidad entre todos los que creemos en su nombre y por eso su insistente oración. ‘Para que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos lo sean en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado… yo en ellos y Tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que Tú me has enviado, y los has amado como me has amado a mí’.
Es tanto el amor con que nos ama que no hace otra cosa que trasmitirnos el amor del Padre, el amor que el ha tenido a El, ‘desde antes de la creación del mundo’. Qué así nos sintamos amados de Dios, amados por el Padre, con el mismo amor con que el Padre ama a Jesús. Además esa unidad, esa comunión entre nosotros y con Cristo es garantía del amor de Dios y es señal para el mundo de cuánto nos ama Dios. Contemplando ese amor y esa unidad, el mundo creerá.
No es ya que nosotros deseemos estar unidos a Jesús porque le amemos, sino más bien, es El quien quiere estar unidos a nosotros, estar en nosotros, que en nosotros esté ese amor de Dios. ‘Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo estoy en ellos’. ¡Qué hermoso! Que esté en nosotros el amor de Dios; que Cristo esté en nosotros. Así quiere unirse a nosotros, estar con nosotros. Y para eso nos da la fuerza de su Espíritu.
Finalmente tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en nuestra oración litúrgica. ‘Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad’. Nuestro pensamiento no puede ser otro que el pensamiento de Dios; nuestro actuar no puede ser de otra manera que conducido y con la fuerza del Espíritu. El nos inspira y nos guía, nos da fuerzas y lo es todo para nosotros.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Congregados en un solo cuerpo por el Espíritu

Hechos, 20, 28-38
Sal.67
Jn. 17, 11-19

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la segunda parte de la despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso que había llamado a Mileto, mientras el evangelio nos ofrece también la segunda parte, en este caso, de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena.
Las palabras de Pablo, que son como una despedida y testamento, vienen a ser unas recomendaciones a aquellos presbíteros para que cuiden del rebaño a ellos confiado. ‘Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su Hijo’. Y les invita a estar vigilantes porque se puede meter la mala cizaña de la división y de los enfrentamientos en medio de la comunidad, así como falsas y erróneas doctrinas. ‘Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros que deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos’.
Una recomendación y un deseo de cuidar la unidad de la Iglesia, de la comunidad, de los creyentes. Lo mismo que Jesús pide en la oración sacerdotal. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros…’ Una oración la de Jesús por la unidad de la Iglesia, de toda la Iglesia, de la comunidad, de cada uno de los cristianos que tienen que sentirse siempre en comunión con los hermanos. ¿Dónde está la fuerza para esa unidad? La fuerza la tenemos en el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo, que El nos envía. Porque es el Espíritu el que nos congrega en la unidad.
Así lo expresamos en la liturgia. Esa es la petición que en este miércoles de la última semana de pascua hemos hecho al Señor en la Eucaristía. ‘Concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad’.
Pero quisiera fijarme cómo se resalta esta petición en la Plegaria Eucarística. En toda Plegaria Eucarística hay dos epíklesis, dos invocaciones al Espíritu Santo. Una invocando al Espíritu Santo para que vengan sobre aquellos dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la otra invocación del Espíritu es pidiendo precisamente esa unidad de la Iglesia, de la comunidad que está participando del mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Así en la plegaria que más utilizamos, la segunda, se invoca ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la sangre de Cristo’.
Y en la plegaria tercera, en dos ocasiones se invoca al Espíritu pidiendo esa unidad. Alabamos al Señor porque ‘por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar…’ Luego se volverá a pedir ‘para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
En la cuarta se dirá. ‘Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza’.
El Espíritu que nos congrega, que nos hace unos, que nos lleva a la unidad y a la comunión. Que venga sobre nosotros. Que arranque de nuestro corazón todo aquello que pueda romper esa unidad. El es el Espíritu del amor y de la paz, que desaparezcan de nuestro corazón el odio y el desamor. Que nos llenemos de su fuerza y de su gracia. Así lo queremos invocar con toda intensidad en este camino que nos conduce a Pentecostés, pero que tiene que ser el camino de la Iglesia de cada día.

martes, 26 de mayo de 2009

Ha llegado la hora… que te conozcan a Ti y a tu enviado Jesucristo

Hechos, 20, 17-27
Sal. 67
Jn. 17, 1-11


‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que Tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a lo que le confiaste…’
He llegado la hora… Es el comienzo de la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. En el evangelio de Juan se repite esta expresión. Cuando María le pide a Jesús su intervención en la bodas de Caná ‘porque no tienen vino’, la respuesta de Jesús fue ‘aún no ha llegado mi hora…’ aunque al final realiza el signo.
Pero cuando se va acercando el momento de su pasión vuelve a aparecer la expresión. Fue ya después de la entrada de Jesús en Jerusalén. Hablaba Jesús a las gentes en el templo. Siente la inminencia de todo lo que va a suceder y casi como un adelanto de lo que sería su agonía en el Huerto de Getsemaní Jesús exclama: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre… Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’.
Será cuando el evangelista Juan comience el relato de la Última Cena cuando de nuevo volverá a aparecer la expresión. ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es el comienzo de la pasión y de la entrega. Es la hora del amor. Es la hora en que Cristo será glorificado para que también se manifieste la gloria de Dios. La pasión de Cristo en la cruz es la hora de la gloria, aunque para el no creyente pudiera parecer un sin sentido.
Es la hora en que Cristo nos va a dar vida eterna. ‘…dé la vida eterna a los que Tú me diste…’ Y ¿en qué consiste esa vida eterna? ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios Padre y nuestra fe en Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que Tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me has enviado’.
Es lo que Pablo predica y anuncia, como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo va ya de regreso a Jerusalén en su tercer viaje apostólico y desde Mileto llama a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Mileto está cercano al mar en la ruta que hace el barco que le lleva a Jerusalén y era más fácil que vinieran los presbíteros de Éfeso. Esto suena a despedida que escuchamos hoy y completaremos mañana.
Recuerda el apóstol su tarea y su esfuerzo en el que ha puesto toda su vida. ‘Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús’. Su preocupación es ‘completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús, ser testigo del Evangelio que es la gracia de Dios’.
Ahora ‘forzado por el Espíritu va a Jerusalén’, presintiendo lo que le espera, ‘cárceles y luchas’. Pero Pablo se deja conducir por el Espíritu del Señor. Lo que nosotros tenemos que aprender. Es el Espíritu el que nos guía y nos santifica, el que nos habla en el corazón y nos señala los caminos del Señor, el que es nuestra fuerza para nuestras luchas y el fuego divino que nos llevará a ser testigos y dar testimonio de nuestra fe con toda valentía, el que nos hace creer en Jesús y convertirnos de verdad a El, el que nos inunda de vida divina y el que nos hace hijos de Dios.
En esta semana en que nos preparamos para la celebración de Pentecostés tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en la oración litúrgica. Que el Espíritu Santo ‘haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria’. Recordemos cómo hemos sido ungidos en el Bautismo para hacernos morada de Dios y templos de su Espíritu.

lunes, 25 de mayo de 2009

El Espíritu que nos da fuerza para hacer su voluntad

Hechos, 19, 1-8
Sal. 67
Jn. 16, 29-33


‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, fue la respuesta de los discípulos de Éfeso a la pregunta de Pablo ‘¿Recibisteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?’
Pablo en su cuarto viaje apostólico atravesando Galacia y Frigia llega a Éfeso. Hay un grupo de discípulos, que sólo conocen el Bautismo de Juan. Como Apolo a quien hemos visto evangelizar por Priscila y Aquila. Ahora Pablo explica a estos discípulos que el bautismo de Juan era un bautismo de conversión como preparación a la llegada de Jesús. Les anuncia a Jesús, ellos creen y se bautizan; Pablo les impone las manos y ’bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y profetizar’.
Quizá muchos cristianos hoy también tenga una respuesta parecida a la de aquellos discípulos de Éfeso. No conocen al Espíritu Santo. Para algunos quizá es una devoción más como la que se puede tener a cualquier santo que sea popular o ‘esté de moda’. Para un cristiano verdadero el Espíritu Santo no es una devoción más. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad, y nosotros creemos en Dios, en el misterio de la Santísima Trinidad como esencial en nuestra fe. Tendríamos que tener un conocimiento mayor de la fe que profesamos, para que demos razón verdadera de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Estamos en la última semana de Pascua que desemboca en la fiesta grande del Espíritu Santo, la solemnidad de Pentecostés con la que culminamos todo nuestro recorrido pascual desde la resurrección del Señor. Y nosotros tendríamos que estar esta semana como los apóstoles y discípulos que estaban reunidos en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre de la que nos habló Jesús.
La Palabra de Dios que hemos venido escuchando ya en estos últimos días nos ha ido haciendo el anuncio de la venida del Espíritu Santo, y así lo seguiremos escuchando durante toda esta semana para prepararnos debidamente a esta gran fiesta del Espíritu Santo que es Pentecostés, donde no sólo vamos a recordar la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, sino que vamos a vivirlo en nuestras vidas sintiendo cómo actúa en nosotros, cómo llena e inunda nuestra vida, cómo está presente en nosotros y en la vida de la Iglesia.
La oración litúrgica de cada día será una invocación al Espíritu Santo para así ir dejando sentir en nosotros su fuerza y su gracia. Hoy hemos pedido ‘que podamos cumplir fielmente su voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras’. Es el Espíritu divino el que nos ayuda a descubrir lo que es la voluntad de Dios, pero también el que nos fortalece para que podamos cumplirla. Es el que está en nosotros para fortalecernos en el testimonio que tenemos que dar en nuestra vida.
En el evangelio hemos seguido escuchando a Jesús en sus palabras con los discípulos en la ‘sobremesa’ de la Última Cena. Les anuncia hoy cómo se van a dispersar y dejarlo solo. ‘Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo’. Una referencia a lo que pocos momentos después va a suceder. Con el prendimiento de Jesús en el Huerto todos lo abandonaron y huyeron.
Pero Jesús no se siente solo. ‘Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo’. Aunque en aquellos momentos difíciles en Getsemaní El clame: ‘Padre, que pase de mi este cáliz…’ Aunque en la cruz grite: ‘¡Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?’ El no se siente solo, en las manos del Padre pondrá su vida y esas serán las últimas palabras: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.
Y Jesús nos previene porque tendremos luchas y dificultades para cumplir su voluntad, para vivir nuestra vida cristiana, para dar nuestro testimonio. Pero nos dice que no temamos. ‘En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo’. Cuando va a comenzar a suceder lo que aparentemente a los ojos del mundo pudiera parecer una derrota, Jesús nos dice que es una victoria. ‘Yo he vencido al mundo’. Y para eso nos habla y nos lo cuenta todo. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mi’.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo y nos dé esa paz, nos de esa certeza de la victoria. Ayer decíamos que la victoria de Cristo cuando lo contemplábamos en su Ascensión, es nuestra victoria. Que El sea nuestra fuerza para cumplir su voluntad, para dar testimonio con nuestras obras, para llenarnos de su paz. Que venga su Espíritu sobre nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2009

La ascensión de Jesús nuestra victoria y nuestro compromiso por el Reino


Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46
Ef. 1, 17-23;
Mc. 16, 15-20

‘Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos…’
No podemos menos que comenzar con estas palabras del prefacio, que resumen todo el sentido de esta fiesta de la Ascensión del Señor. Es el Señor, el Rey de la gloria, el vencedor del pecado y de la muerte, el Pontífice y Sacerdote eterno, el mediador entre Dios y los hombres, el que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, el que ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Nos quedamos extasiados mirando al cielo, como los discípulos en el momento de la Ascensión – ‘¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, les dijeron los ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión –, porque de alguna manera nosotros también queremos ascender, sentimos que su victoria es el principio de ‘nuestra victoria, y donde nos ha precedido El, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo’. Pero al mismo tiempo nos sentimos enviados porque el mensaje de la Ascensión también tenemos que llevarlo a los hombres nuestros hermanos.
Es lo que nos confía Jesús en el momento de su Ascensión. Se ha de cumplir primero en nosotros lo que era su promesa, para luego sentirnos enviados. ‘No os alejéis de Jerusalén, aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que os he hablado… vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo’. Y luego les dice, nos dice: ‘Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo… id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva de la salvación, el Evangelio, a toda la creación…’
Tenemos antes que nada quedarnos como los discípulos en Jerusalén, en el Cenáculo, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre. Tenemos que dejarnos llenar de su Espíritu para poder sentirnos en verdad enviados e ir con su fuerza. Ese momento de Cenáculo, ese momento de oración que nos trasciende y nos abre a Dios es algo que necesitamos saber hacer. Porque no vamos a anunciarnos a nosotros mismos sino la salvación que Jesús nos da. ¡Qué importante es la oración en la vida del cristiano! ¡Qué importante que sepamos abrir nuestra vida y nuestro corazón para llenarnos de Dios, para llenarnos de su Espíritu!
Vendrá, sí, el Espíritu, si nos dejamos inundar por El y para eso hemos de ser corazón abierto, que nos levantará también a nosotros haciéndonos ascender en nuestra vida, porque nos dará una vida distinta. Vendrá el Espíritu que nos ungirá con su fuerza y su poder para llenarnos de la vida de Dios. Vendrá el Espíritu que nos asemejará a Jesús, nos configurará con El, nos hará una cosa con El para tener su misma vida y misión. Y la misión será llevar esa Buena Noticia de la salvación que nos levanta, que nos dignifica y nos hace grandes, que nos llena de vida y dará nueva vida al mundo, que nos transformará a nosotros y transformará también a los demás. ‘El que crea y se bautice se salvará…’, les dice Jesús.
Celebrar la fiesta de la Ascensión nos convierte en mensajeros de esperanza. Nos hace testigos en medio del mundo con nuestra vida en virtud de la fuerza del Espíritu del Señor que está en nosotros. Esperanza para nosotros de alcanzar esa salvación y esperanza para nuestro mundo tan necesitado de esperanza.
Cuando decimos que creemos en Jesús es que en él ponemos toda nuestra esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. Salvación que nos hace trascender para pensar en la vida eterna, pero salvación que vamos empezando a vivir ahora aquí cuando vamos llenando nuestro mundo de los valores del Reino de Dios.
Valores que tienen que resplandecer en nosotros: en nuestro amor, en nuestro deseo de bien y de verdad, en nuestro compromiso por los demás, en la alegría y en la paz que llevamos en nuestro corazón y con la que queremos contagiar a los que nos rodean. Somos testigos de esos valores y queremos que cada día resplandezcan un poco más en ese mundo que nos rodea tan lleno de desamor, de mentira y falsedad, tan insolidario muchas veces y tan egoísta, tan lleno de violencias de todo tipo y tan carente de justicia y de paz. Y ahí está nuestro compromiso. Sembrar esa buena semilla de los valores del Reino y saber avivar también cuanto de bueno haya en el corazón de los demás que son también semillas del Reino. Y para eso tenemos la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón.
Por eso no nos quedamos parados simplemente mirando al cielo sino que recogemos el testigo que Cristo pone en nuestra manos para continuar su misión. Que se nos dé ‘el espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… que se iluminen los ojos de nuestro corazón para comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que creemos…’
Una esperanza viva tiene que surgir en nuestro corazón. Una esperanza viva y una esperanza comprometida porque tenemos que llevarla a los demás. Somos mensajeros del Reino. Somos testigos de una Salvación. Somos portadores de Evangelio, de Buena Noticia para los demás. Que lo seamos con nuestra palabra. Que lo seamos con nuestra vida. Que claramente anunciemos a Jesús como nuestro único Salvador a toda la creación.