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domingo, 4 de diciembre de 2022

Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 


Un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco que nos habla de esperanza y también camino nuevo que hemos de ser capaces de emprender aunque estemos en medio de desiertos

 Isaías 11, 1-10; Sal 71;  Romanos 15, 4-9;  Mateo 3, 1-12

Todos necesitamos en algún momento de la vida un grito que nos despierte, una palabra que llegue a lo más hondo de nosotros y despierte ilusiones y esperanzas, un susurro quizás al oído que nos sugiera otro camino, otras decisiones, un rayo de luz que nos abra horizontes nuevos.

Todos lo necesitamos, en cualquier situación o circunstancia que viva cada uno, porque nos aletargamos con nuestras rutinas, nos angustiamos con los problemas que se nos presentan, nos sentimos turbados ante la situación que podamos vivir, porque hay ocasiones en que no sabemos qué hacer, hay tal desconcierto en la sociedad en la que vivimos que parece que no encontramos valores que nos merezcan la pena, nos envuelven las crisis de la sociedad que ya son solo la guerra, las pandemias, la pobreza, los miedos ante lo que ahora tanto se habla como el cambio climático, sino que la crisis es más hondo porque hay vacío, los valores que siempre habíamos vivido parece que han desaparecido, en la locura en que vivimos no sabemos donde vamos a terminar.

Necesitamos esa palabra o ese grito que, como decíamos nos despierte y nos abra horizontes y caminos nuevos. ¿Nos estará faltando la esperanza? ¿Habremos dejado de creer en nosotros mismos y en la humanidad y lo damos todo por perdido? ¿Qué hemos hecho de la trascendencia que tiene nuestra vida que ahora parece que todo  se queda en el momento, en lo que ahora podamos disfrutar sin perdernos nada y por otro lado nos hemos materializado tanto que hemos dejado hasta de pensar en unos valores espirituales que nos eleven?

No son pesimismos sino realidades que contemplamos desde una esperanza que no nos puede faltar. No es una palabra cualquiera lo que queremos escuchar, porque ya hay muchas palabras vanas en la vida que nos ofrecen paraísos imposibles si no llegamos a darle verdadera profundidad a la vida. Necesitamos esa palabra que nos haga mirar a nuestro interior, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos haga descubrir lo que es verdaderamente importante, que nos eleve también porque andamos demasiado arrastrándonos a ras de tierra.

Como creyentes sabemos que esa palabra solo puede venirnos de Dios. Es Palabra nueva y Palabra viva lo que necesitamos, no una palabra cualquiera. Las soluciones que nos podamos dar nosotros mismos siempre pueden ser soluciones caducas y efímeras, y queremos algo que nos lleve por caminos de mayor plenitud, que nos hagan encontrar también nuestra verdadera grandeza. Y eso solo nos puede venir de Dios.

En este segundo domingo de Adviento tenemos un mensaje que nos llena de esperanza desde las dos grandes figuras que se nos presentan, Isaías y Juan Bautista. Isaías habla a un pueblo que también se siente perturbado por muchas cosas pero les anuncia tiempos nuevos, no con promesas falsas y vacías, sino con una Palabra llena de vida y que así se hace veraz.

Habla en imágenes de un tronco que parece reseco y aparentemente muerto – es la imagen de la situación en la que vive un pueblo sin Dios – pero del que va a brotar un renuevo de vida. Todos habremos contemplado alguna vez en nuestros campos un tronco así tirado por cualquier lugar, pero que vemos que de alguna de sus yemas aparentemente reseca brota un nuevo tallo lleno de vida y que nos llena de esperanza porque no está todo perdido.

‘Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor’, dice el profeta. Y habla de tiempos nuevos de justicia y de paz ‘porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar’. Es un anuncio profético de la venida del Mesías que nos llenará de ese conocimiento de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’, que ahora también a nosotros nos llena de esperanza en este tiempo de adviento que estamos viviendo. Podremos llegar también a ese conocimiento del Señor.

Pero es necesaria una cosa. Nos la recordará el otro personaje que nos aparece en este domingo, Juan el Bautista. El evangelista nos hace una descripción de su presencia como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. No predica Juan en la ciudad, en las sinagogas o en el templo, lo cual es bien significativo. Hablará en el desierto donde han de abrirse nuevos caminos, pero que tienen que pasar por la rectificación total de los viejos caminos que ya de nada nos sirven. Por eso la palabra que emplea el Bautista es conversión.

Y conversión no son los apaños de unos arreglitos quedándonos de base con lo mismo de siempre, sino que conversión es dar la vuelta, es transformación total, es cambio de apreciación y de vida. No es tarea fácil, es cierto, y fue la razón por la que tantos rechazaron el mensaje de Jesús y del Evangelio; querían hacer remiendos, y ya nos dirá Jesús que los remiendos no nos valen. Son caminos nuevos porque es vida nueva, como tienen que ser odres nuevos porque es vino nuevo.

Decíamos al principio que necesitábamos una palabra fuerte y una palabra viva. Aquí la estamos escuchando hoy en el mensaje de los profetas y en el mensaje del Bautista. Es un brote nuevo que reverdece donde todo estaba seco y que nos habla de esperanza y de que es posible esa esperanza para todo aquello que veíamos al principio que revolvía nuestra vida. Pero es también camino nuevo que tenemos que ser capaces de construir y de emprender aunque estemos en medio de desiertos; es la conversión que necesitamos hacer desde lo más profundo de nuestra vida.

martes, 1 de diciembre de 2020

Mantengamos firme nuestra esperanza y confianza en el Señor y podremos dar señales de ese mundo nuevo del Reino de Dios porque actuamos con la fuerza del Espíritu del Señor

 


Mantengamos firme nuestra esperanza y confianza en el Señor y podremos dar señales de ese mundo nuevo  del Reino de Dios porque actuamos con la fuerza del Espíritu del Señor

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Estamos en un tiempo nuevo. Lo iniciamos el domingo, el Adviento con todo el amplio sentido de esperanza que contiene, aunque ayer hicimos un alto al celebrar la fiesta de san Andrés. Pero seguimos impregnándonos de su sentido.

Nos habla el profeta de un nuevo que surgirá de una raíz y de un tronco que parece reseco y que no podría brotar. Pero así son las maravillas de Dios, lo que nos parece imposible Dios lo puede realizar. Para Dios nada hay imposible le dirá el ángel a María cuando le anuncia que va a concebir un hijo, que será el Hijo del Altísimo, y cuando le anuncia que la anciana Isabel ha concebido un hijo y ya está de seis meses. Para Dios nada hay imposible.

Las imágenes que acompañan la profecía de Isaías que hoy hemos escuchado de ello nos están hablando también. Ese renuevo sobre el que reposa el Espíritu del Señor lo hará todo posible. Nos está hablando de tiempos nuevos en que todo ha de cambiar y nos propone imágenes que nos pueden parecer idílicas donde los animales salvajes no hacen daño sino que se apacientan junto a los animales domésticos por un niño que los pastorea a todos. Parece algo imposible, pero son los tiempos nuevos, los tiempos del Señor.

No nos quedamos en la literalidad de las imágenes sino en lo que estas imágenes significan de esos tiempos nuevos donde brillará la paz y la justicia, donde todo va a ser renovado y la esperanza volverá a florecer en el corazón de los hombres trabajando todos por una misma paz. ¿Será eso posible cuando vemos la realidad de nuestro mundo tan lleno de enfrentamientos, de malos entendimientos, de corazones llenos de maldad y de odio que parece que nunca saben respetar, de nuevas dictaduras no ya impuestas quizás desde la fuerza de las armas pero si de tantas manipulaciones que confunden, desorientan y terminan por llevarnos por esos caminos de división y enfrentamiento?

Sí, es dura la realidad de lo que vivimos con tanta manipulación y querer cada uno llevarse el agua a su molino para imponer sus ideas sin el mínimo respeto a los derechos y opiniones de los demás. Mucha confusión nos encontramos alrededor nuestro en todos los sentidos cuando pretenden tantos hacernos comulgar con ruedas de molino de sus ideas, de lo que ellos llaman libertad pero que es solo la imposición de su manera de pensar. ¿Podemos hacer que este mundo nuestro cambie?


Si no tuviéramos esperanza nos veríamos abocados a la desesperación y a la angustia. Pero tenemos la esperanza que de verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor. Hemos de saber tener paciencia porque la tarea no es fácil, pero tenemos la certeza de quien está con nosotros y que no nos falta la fuerza del Espíritu del Señor. Como decía el profeta de ese vástago que va a surgir ‘sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor…La justicia será ceñidor de su cintura, y la lealtad, cinturón de sus caderas’.

Quizá quienes nos escuchen no nos entenderán y nos podrán decir que son imaginaciones ilusorias que podemos tener en nuestra cabeza. Que no nosotros no entendemos lo que son los derroteros de nuestro mundo. No temamos ni cejemos en nuestras esperanzas y nuestra confianza en el Señor. Sabemos que solo con espíritu humilde, con corazón sencillo podemos comprender los misterios del amor de Dios. Es lo que nos señala Jesús hoy en el evangelio en su acción de gracias al Padre cuando regresan los discípulos de la misión que Jesús les había encomendado y vienen entusiasmados porque como decían hasta los espíritus inmundos se les sometían.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien’, es la oración de acción de gracias de Jesús lleno del Espíritu Santo como nos dice el evangelista. No temamos ser esos pequeños y al parecer poco entendidos porque a nosotros sí se nos manifiesta el Señor allá en lo hondo del corazón.

Mantengamos firme nuestra esperanza y nuestra confianza en el Señor y podremos dar señales de ese mundo nuevo que queremos construir. Para Dios nada hay imposible y nosotros actuamos con la fuerza del Espíritu del Señor.

martes, 29 de noviembre de 2011

Va a reverdecer la esperanza en nuestro corazón


Is. 11, 1-10;

Sal. 71;

Lc. 10, 21-24

Un tronco reseco del que brota un renuevo lleno de vida y de flor. Sugerente imagen. Desconcertante, en cierto modo. Pero, ¿quién no ha visto en el duro invierno las ramas de un árbol frutal desprovistas de hojas, ennegrecidas por el frío, que nos pudieran hacer pensar que aquel árbol ya se nos ha perdido? Sin embargo cuando llega la primavera comienzan a recobrar vida sus yemas y pronto veremos brotar un renuevo lleno de vida prometedor de primaverales flores y hermosos frutos de verano. Reverdece también la esperanza en nuestro corazón.

El profeta nos habla de un tronco reseco de donde va a brotar la vida. Quiere también hacer brotar los renuevos de esperanza en su pueblo. Allí estará el Espíritu del Señor para llenarlo todo de vida. Todo se va a transformar. Hará su aparición la justicia y la paz; la violencia será desterrada porque comienza una vida nueva fecundada por el Espíritu divino. Va a florecer de verdad la justicia y la paz será sobreabundante para todos.

‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor; le llenará el espíritu del temor del Señor’. Palabras que nos recuerdan lo proclamado en la sinagoga de Nazaret por el propio Jesús.

Justicia, fidelidad, paz, armonía serán las vestiduras del hombre nuevo. Todo estará envuelto por la justicia y el amor. Todo se transformará a imagen de esa descripción del nuevo paraíso donde habrá armonía en toda la creación, de manera que ya ni los animales será enemigos unos de los otros. ‘Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, muchacho pequeño los pastorea…’

Son las imágenes del mundo nuevo a partir de que aceptemos el Reino de Dios. Es el mundo nuevo que el Señor nos ofrece con su salvación. Es el mensaje lleno de la sabiduría de Dios que tenemos que aprender a escuchar. Sólo los que caminan con un corazón humilde y sencillo podrán entender el mensaje divino que Dios nos revela. Cuando en nuestras autosuficiencias queremos buscarle explicaciones a todo no seremos capaces de entender el mensaje de los sencillos.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es una sabiduría nueva la que el Señor nos trasmite que sólo desde la humildad y el amor podremos entender.

A cualquiera que se considerara medianamente entendido le podría parecer un contrasentido que de un tronco reseco pudiera brotar un renuevo lleno de flor y de frutos. Sólo quienes se dejan guiar, los que saben confiar y creer en la Palabra serán capaces de entenderlo. Sólo los humildes que se confían totalmente en el Señor saben que su corazón puede cambiar y que la gracia divina puede hacer maravillas en nosotros. Nuestro corazón se ha endurecido muchas veces con el pecado, pero sabemos cómo la gracia de Dios lo ablanda y lo transforma.

Por eso, nos vamos a dejar guiar en este camino de Adviento para que el Señor realice su obra en nosotros. Tenemos la esperanza de la vida nueva. Esperamos con ansia la gracia salvadora del Señor. Queremos en verdad caldear nuestro corazón con el fuego divino de su Espíritu. Le damos gracias, ya desde ahora, por tanta gracia que el Señor derrama y seguirá derramando sobre nosotros.

Como diría Jesús en Nazaret, después de leer el pasaje de Isaías, ‘esta Escritura se cumple hoy aquí’. En nosotros también se va a cumplir esta Escritura. Dejémonos conducir por la mano del Señor y podremos al final cantar las maravillas de Dios.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Brotará un renuevo del tronco de Jesé… es posible la conversión al Señor



Is. 11, 1-10;

Sal. 71;

Rm. 15, 4-9;

Mt. 3, 1-12

‘Cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo’, pedíamos en la oración de este segundo domingo de Adviento. Caminamos al encuentro de Cristo. Es lo que vamos haciendo en Adviento y a donde esperamos llegar en la celebración de la Navidad con todo su profundo sentido, en la celebración de su nacimiento en Belén, en la espera del encuentro definitivo en su segunda venida en plenitud y en ese encuentro que cada día, en cada celebración o en cada momento de nuestra vida hemos de vivir.

Nos guía la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración del domingo y de cada día si tenemos la oportunidad; pero Palabra que hemos de saber meditar y rumiar cada día en nuestra lectura hecha oración. Palabra que nos conduce con el anuncio de los profetas y de manera especial en la figura y el mensaje del Bautista que repetidamente nos irá apareciendo en este camino, por cuanto fue el Precursor de la llegada del Mesias, y así había de ‘preparar un pueblo bien dispuesto’.

El profeta nos presenta por una parte la imagen del tronco de Jesé del que brotará un renuevo y florecerá un vástago y por otra esas imágenes idílicas en las que vemos pastando juntos animales salvajes y feroces con animales domésticos y pacíficos. Bellas imágenes de hondo significado como veremos. El Bautista se nos presente como ‘la voz que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos’ con todo su mensaje que nos invita a la conversión ‘porque el Reino de los cielos está cerca’.

¿Es posible de que un viejo tronco reseco pueda brotar un renuevo y florecer un vástago? ¿es posible ver de forma real esa imagen paradisíaca de todos esos animales juntos y además pastoreados por un niño que juega con ellos? Pues son las imágenes de ese tiempo nuevo y mesiánico; imágenes que tendrían que describir lo que es nuestra vida a partir de nuestra fe en Jesús.

Unámoslo al mensaje que escuchamos en el evangelio en la voz del Bautista y también al mensaje que nos ofrece la carta de san Pablo. La invitación del Bautista es a la conversión para preparar los caminos del Señor. Conversión porque llega el Reino de Dios y es necesaria esa vuelta de nuestra vida, esa transformación profunda de nuestra manera de vivir. Yo diría uniéndo las imágenes que conversión es hacer reverdecer el tronco viejo para que brote un renuevo lleno de vida nueva.

Recuerdo haber utilizado en una ocasión esta imagen del tronco viejo colocado allí en medio de la comunidad como un signo durante todo el tiempo del Adviento. Cuando llegamos al tiempo de navidad y en medio de las celebraciones de esos días yo preguntaba si habíamos hecho reverdecer aquel tronco reseco. Una joven respondió comentando si yo creía de verdad que de aquel tronco viejo y reseco iba a brotar una rama verde capaz de florecer. Quizá no había captado el sentido de la imagen y del signo y quien era en verdad el que había de reverdecer y florecer, o quizá podía ser de las personas que pensaran que el cambio de la conversión no es posible.

Es para hacernos pensar. Porque quizá, aunque oigamos muchas veces esa invitación a la conversión, no terminamos de creernos que es posible el cambio en nuestra vida. Claro que si pensamos así, va a ser dificil que nos empeñemos en lograr ese cambio, esa transformación en nosotros. Hemos de tomarnos en serio esa imagen que nos ofrece el profeta del renuevo que brota del tronco de Jesé para que creamos seriamente que podemos transformar nuestra vida.

Y también estar convencidos que eso no lo vamos a hacer por nosotros mismos, sino que será con la fuerza del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor, nos decía el profeta; espíritu de prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y de temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor…’

El evangelio nos dice que ante la predicación del Bautista en el Jordan ‘acudía mucha gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán’. Más tarde explicará ‘yo os bautizo con agua para que os convirtáis, pero el que viene detrás de mi puede más que yo, y no merezco ni llevarla las sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’.

Tenemos que saber pasar por el bautismo de agua, que significa esos deseos de conversión, para llegar al bautismo en el fuego y en el Espíritu en el que quemando todo el hombre viejo que hay en mí, haga rebrotar el hombre nuevo de la gracia. No es obra nuestra, sino de la gracia, pero nosotros tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu; no podemos resistirnos y oponeros sino dejarnos transformar por el fuego del Espíritu. Será así posible la verdadera conversión.

Pero, aunque brevemente, retomemos la otra imagen idílica y paradisíaca de los animales paciendo juntos. ‘Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos… la vaca pastará con el oso… el león comerá paja con el buey… y un muchacho los pastorea…’

También nos habla del fruto de la conversión. Como les decía Juan a los fariseos y saduceos que fueron hasta el Jordán ‘dad el fruto que pide la conversión’. ¿Cuáles son esos frutos? Las imágenes que hemos recordado nos lo señalan y nos ayuda a ello lo que nos decía también san Pablo. Esa conversión nos hará lograr ese sabernos acoger mutuamente los unos a los otros aunque seamos muy diversos, y lograr entonces esa concordia y unanimidad. Es lo que nos pedía el apóstol. ‘Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… en una palabra acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios’.

Esa invitación fundamental del Adviento de preparar los caminos del Señor significa, por ejemplo, abrir caminos para que Dios se haga presente en nuestra vida, para que sea posible el Reino de Dios, que Dios reine entre nosotros. Eso significará quitar obstáculos. Si logramos ese entendimiento y ese saber acogernos los unos a los otros, significará que estamos quitando obstáculos. Cuánto habría que hacer en ese sentido en el día a día de nuestra vida y de nuestra convivencia con los que están a nuestro lado.

Por otra parte esa imagen con que se nos presenta el Bautista pudiera ser una gran interpelación para nuestra vida. Esa austeridad en la ropa, ‘vestido de piel de camello y con una correa de cuero a la cintura’ y esa austeridad también en la comida, ‘se alimentaba de saltamontes y miel silvestre’, puede indicarnos muy bien ese vaciamiento interior que hemos de vivir, ese vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras vanidades para llenar nuestra vida de lo que verdaderamente es importante.

Mirando la austeridad con que Juan vivía su momento de preparación a la venida del Mesías, ¿qué juicio podemos hacernos ante tantas cosas supérfluas e innesarias de las que llenamos estos días nuestra vida, nuestras casas, nuestras fiestas navideñas para celebrar, decimos, la navidad? Habría que cambiar muchos esquemas.

Muchas cosas nos dice la Palabra de Dios a través de las diversas imágenes que se nos ofrecen tanto de profeta como de la figura del Bautista. Ahora queda la respuesta que nosotros vamos a dar, comenzando por creer de verdad que es posible cambiar y transformar nuestra vida con la ayuda de la gracia del Señor.

martes, 1 de diciembre de 2009

Un vástago florecerá de su raíz

Is. 11, 1-10
Sal. 71
Lc. 10, 21-24


‘Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz…’ hemos escuchado que así ha comenzado el profeta.
Es como hablar de un tronco viejo, endurecido, reseco del que parece que no puede tener vida ni hacer que de él pueda surgir un nuevo brote o una nueva planta. Sin embargo el profeta nos dice que sí brotará un renuevo, y de su raíz un vástago nuevo. Y ya nos dice que el Espíritu del Señor es el que le dará vida y hará surgir un nuevo vivir. Es muy significativa esta imagen.
La profecía nos hace una descripción de lo que es ese tronco viejo, lo que está significando, porque nos está reseñando un mundo de injusticias, de apariencias y falsedades, de violencia y de muerte, un mundo de enfrentamientos y rivalidades, como puede ser la expresión de la no posible convivencia de animales feroces y salvajes con otros animales más domésticos.
El profeta describe la situación del mundo que él vive, pero que puede ser una perfecta descripción de lo que es nuestro propio mundo. No tenemos que detenernos mucho para hacer la comprobación en nuestra realidad de la descripción profética. ¿No oímos hablar continuamente de violencias de todo tipo, ya sean actos terroristas, ya lo que llaman violencia de género por emplear una expresión actual, o las violencias y enfrentamientos en las familias o entre vecinos, entre razas y entre pueblos? ¿No es un mundo injusto en el que vivimos con tantas desigualdades que provocan tantas miserias? ¿No oímos hablar continuamente de corrupción y de tantas cosas más en ese estilo de injusticias? Podríamos pensar aún en muchas cosas más.
Pero de esa situación de mal, de muerte, de tronco reseco, el Espíritu, nos dice el profeta, hace surgir algo nuevo, ‘un vástago florecerá de su raíz’. Está lleno del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y de discernimiento, espíritu de consejo y de valor, espíritu de piedad y de temor del Señor; le llenará el Espíritu del Señor’. A continuación habla el profeta de justicia, lealtad, equidad, paz…
Un texto en cierto modo paralelo a aquel otro del mismo Isaías que Jesús proclamará en la sinagoga de Nazaret en lo que llamamos su discurso programático y que nos viene a decir que todo eso se estaba cumpliendo en El. ‘Hoy se cumple todo esto que acabáis de oír’, les dirá entonces.
Ahora el profeta nos habla de la justicia nueva, de la verdad, de la paz y la armonía que vendrá a nuestro mundo con la llegada del Mesías. ‘Será la justicia ceñidor de sus lomos; la fidelidad, ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos; un muchacho los pastorea…’ Así seguirá describiéndonos con ricas imágenes esa armonía total en la nueva creación.
‘Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente’, que hemos rezado en el salmo. Todo es nuevo, todo es paz, ya nadie le hará daño al otro. ‘No harán daño ni estrago por todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas cubren el mar’. Así es la abundancia de la paz.
Es la paz mesiánica. Es lo que tendría que ser nuestra vida si recibimos y aceptamos a Jesús en nuestra vida. Es la tarea en la que hemos de comprometernos. Es el mundo nuevo que hemos de construir y vivir. No son ilusiones infundadas ni sueños imaginarios, son esperanzas vivas. Creemos y esperamos al Señor que viene y que puede realizar y realiza esas maravillas en nosotros y en nuestro mundo. Es el recorrido que vamos haciendo en este Adviento, porque es lo que queremos en verdad celebrar cuando llegue la Navidad. Así el Señor transforma nuestra vida.
Con corazón humilde y sencillo nos acercamos al Señor y con esperanza viva. Si así con esa humildad y con esa confianza vamos a El, se nos manifestará, podremos conocerle, como nos dice hoy el evangelio, y podremos vivir ese mundo nuevo de gracia y santidad que Dios quiere para nosotros.