Vistas de página en total

sábado, 21 de noviembre de 2020

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor


 

María se deja hacer por Dios y el Espíritu santo la envuelve llenándola de Dios y su vida se hace donación total porque su vida es amor

Celebramos hoy una memoria litúrgica de la Virgen que si bien no tiene ninguna sustentación bíblica ha sido una fiesta litúrgica con mucha importancia en la tradición de la Iglesia Oriental y en determinado momento la liturgia romana la acogió también entre sus ritos. Se trata de la Presentación de María en el templo, en claro paralelismo a la presentación de Jesús en el templo que tenía su base en los ritos de la ley de Moisés por la cual todo primogénito varón había de ser consagrado al Señor.

No hay en la ley mosaica ninguna prescripción de este tipo en referencia a las niñas, pero ha sido una tradición que se ha mantenido a través de los siglos queriendo dársele un hermoso significado. Por aquello que la tradición también nos trasmite de que María niña vivió en las cercanías del templo de Jerusalén – tenemos la basílica de santa María la Nueva muy cerca incluso de la piscina probática o de las ovejas por donde eran introducidas en el templo para sus sacrificios y que recuerda el lugar del nacimiento de María -, surge el hecho de que María fue también presentada en el templo donde además recibiría educación y formación.

Estas tradiciones que nos pueden pasar como anécdotas sin embargo pueden tener un buen contenido espiritual. María realmente vivía su vida de fe como una auténtica consagración al Señor, pues su corazón estaba siempre abierto a Dios y a lo que era su voluntad. Los breves retazos que nos recoge el evangelio en sus palabras, en su manera de vivir, en la actitud profunda de su corazón manifiesta una espiritualidad muy profunda, que rumiaba continuamente en su corazón lo que el Señor le manifestaba en la Palabra que escuchaba desde lo más hondo de su corazón y en esa humildad para tratar de descubrir en todo momento lo que era la voluntad de Dios.

Cuando recibe la visita del Ángel en Nazaret María se queda rumiando aquellas palabras del saludo angélico. En su pequeñez y humildad se sentía sobrecogida ante el misterio que se le manifestaba y a lo que ella había de dar respuesta. María se turbó ante las palabras del ángel, nos dice el evangelista, luego ella estaba comprendiendo todo el misterio de Dios que se le revelaba pero que le estaba recordando como era una amada de Dios y Dios llenaba e inundaba su corazón.

Un primer paso de espiritualidad, sentir que uno es amado de Dios, experimentar en sí mismo su pequeñez y su pobreza pero la grandiosidad del Dios que nos visita y llena nuestro corazón. El ángel la había llamado la llena de gracia; el ángel le había dicho que Dios estaba con ella; el ángel le estaba revelando como iba a ser, digámoslo así pero entendámoslo bien, como poseída por Dios porque el Espíritu de Dios iba a envolver su vida.

María en su pequeñez y en su humildad – ella se siente pequeña porque es humilde, pero vemos que es grande porque está llena de Dios y qué mayor grandeza – no termina de entender todo aquello que se le viene encima, todo aquello que el ángel le está anunciando de parte de Dios. Pero María sigue manteniendo su fe y su confianza en el Señor porque en su humildad se dejará hacer por Dios.

¿Quién es ella para replicar a Dios o para oponerse a lo que son los designios del Señor? Su vida se hace donación y donación total porque su vida es amor. Su fe, que la hace sentirse pequeña y humilde como una esclava, se transforma en amor y si es amor se olvidará de sí misma y de sus propios planes para acoger en su vida lo que es la voluntad del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’, será la respuesta de María que es la respuesta del amor.

Esta página del evangelio pequeña por la brevedad de sus palabras pero que es grandiosa porque nos está anunciando todo el misterio de la Encarnación de Dios nos está reflejando la profunda espiritualidad de María. Había cultivado su espíritu en las gradas del templo de Jerusalén, podríamos decir haciendo referencia a la memoria litúrgica que estamos celebrando, y allí había aprendido a rumiar el misterio de Dios rumiando aquellos textos sagrados de los profetas y de la ley del Señor. No era una espiritualidad cualquiera la que se reflejaba en María y en ningún mejor sitio podía haberla adquirido sino en ese silencio del templo del Señor para poder escuchar a Dios con toda hondura en su corazón.

Por eso decíamos que esta memoria que hoy celebramos tiene un hondo significado que ilumina los caminos de esa espiritualidad cristiana en la que nosotros hemos de hundir las raíces de nuestra vida. Es una invitación que de alguna manera se nos hace para a ejemplo de María cultivarnos nosotros también espiritualmente porque así rumiemos la Palabra del Señor en nuestro corazón porque así también nos vayamos llenando de Dios.

viernes, 20 de noviembre de 2020

No es una página cualquiera la que nos ofrece hoy el evangelio porque nos llena de esperanzas, pero también porque pone inquietud en el corazón

 


No es una página cualquiera la que nos ofrece hoy el evangelio porque nos llena de esperanzas, pero también porque pone inquietud en el corazón

 Apocalipsis 10, 8-11; Sal 118; Lucas 19, 45-48

Hay páginas de la vida que parece que no tienen luz propia, ningún resplandor especial, nos preguntamos que nos sucedió ese día y decimos nada especial, pero si nos detenemos un poco encontramos detalles, pequeños gestos, decisiones tomadas, palabras y encuentros que nos parecieron fortuitos, pero que sin embargo cada uno de ellos tiene su propio peso, vienen a ser muy significativos o pueden incluso marcar rumbo de futuras actuaciones y hasta ser un punto y aparte en la vida. Cada momento tiene su sustancia, cada gesto tiene su valor, cada palabra encierra una riqueza, cada encuentro puede ser un momento importante para alguien. Seguramente cuando recapitulemos nuestra historia personal nos daremos cuenta de esos momentos que nos parecían insulsos e insignificantes pero que sin embargo tuvieron un gran valor. Es lo que se suele hacer cuando uno se dedica a relatar sus memorias.

Así nos sucede con páginas del evangelio de Jesús, como la que hoy escuchamos. En el relato de san Lucas es muy escueto lo que nos dice, pues san Mateo se extiende mucho más en darnos detalles de lo sucedido en el templo aquella mañana. Según nos cuenta san Lucas hoy parece que lo de la expulsión de los vendedores fue un incidente que no tuvo mayores consecuencias, pero bien significativo es en el anuncio del Reino de Dios que nos viene haciendo Jesús. Luego nos habla de cómo Jesús enseñaba en el templo, la gente venía con gusto a escucharle, aunque por allá atrás andaban los sumos sacerdotes y los principales del pueblo estudiando cómo quitarle de en medio. Parecía que no pasaba nada, pero importantes son las señales, los gestos y los signos que contemplamos en este pasaje.

Es bien significativo lo que ha de representar el Reino de Dios en nosotros el gesto profético de Jesús de expulsar a los vendedores del templo. Es casa de oración y lo habéis convertido en un mercado, les dice Jesús. ¿Con qué imagen queremos presentar el Reino de Dios? ¿Cuál es la imagen de Dios que hemos de tener? ¿Andaremos con Dios como a la compraventa, yo te doy para que tú me des, o nuestra relación con Dios ha de ser de otra manera? Cuántas cosas hemos de purificar, empezando por esa imagen empañada que muchas veces damos de Dios. Tenemos que descubrir ese Dios que Jesús nos revela, abrir en verdad nuestra mente y nuestro corazón para darle cabida a ese Dios de amor en nuestra vida. Qué distinta nuestra relación con Dios, qué distinta la manera de mirar y ver a nuestros hermanos los hombres.

Cuando aceptamos el Reino de Dios estamos aceptando al Dios de amor que es Padre y que se posesiona de nuestro corazón, pero con Dios metido en el centro de nuestra vida nuestra mirada tiene que ser distinta, nuestra comprensión de las cosas, nuestra responsabilidad ante ese mundo que tenemos en nuestras manos, ante esos hermanos nuestros que caminan a nuestro lado y que con nosotros quieren hacer también un camino de amor. Por eso cuando Jesús nos habla de aceptar el Reino de Dios nos habla de conversión, nos habla de que tenemos que darle en verdad la vuelta a la vida, porque será una mirada distinta, porque será un nuevo vivir, en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con los demás.

Era en verdad algo nuevo lo que nos presentaba Jesús. Buena Nueva, decimos, no solo son palabras nuevas sino nuevas actitudes y nuevas posturas, nueva visión de Dios y nueva visión de cuánto nos rodea, empezando por los hombres a los que ya veremos para siempre como hermanos. Por eso serán los sencillos los que se gocen en las palabras de Jesús. Allí le contemplamos rodeado de gente en el templo escuchándoles, porque sus corazones se llenaban de alegría y de esperanza, porque en verdad sentían que algo nuevo comenzaba.

¿Abrimos así nuestro corazón a la Palabra del Evangelio? ¿Sentimos en verdad cómo vibra nuestro corazón cuando escuchamos a Jesús porque se renuevan nuestras esperanzas, porque nos sentimos impulsados a realizar ese camino nuevo? Cuidado nos acostumbremos a las palabras de Jesús y terminan por no tener sentido ni significado para nosotros; sucede con demasiada frecuencia, porque manipulamos, porque tergiversamos, porque no queremos que nos inquiete demasiado, porque no nos gusta sentir esa revolcadura interior – permítaseme la palabra - que tiene que producir siempre la palabra de Jesús. No seamos nunca como aquellos que estaban al acecho, sino como los sencillos y humildes que sentían la alegría de las palabras de Jesús. No es una página cualquiera la que estamos escuchando.

jueves, 19 de noviembre de 2020

Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

 


Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44

Qué mal nos sentimos en nuestro interior ante la ingratitud de las personas por las que quizás hemos hecho mucho; interiormente sentimos frustración, parece como si dejáramos de creer en las personas y en su buena voluntad, nos sentimos como impotentes ante posturas y gestos desagradecidos y cómo quisiéramos hacer borrón y cuenta nueva, pero dejar de contar con esas personas que no fueron capaces de reconocer lo que hicimos por ellas. Son nuestras reacciones humanas muchas veces llenas de rabia y de impotencia que quizás hacen aflorar a nuestros ojos unas lágrimas que se convierten en amargura para nosotros aunque quizás desde nuestros respetos humanos nos las tenemos que tragar.

¿Cómo se sentía Jesús ante el rechazo que por parte de algunos recibía? ¿Cuál sería la cruz de amargura que quizá tuviera que llevar cuando quizá veía, sí, personas de buena voluntad que en su sencillez le escuchaban pero que luego unos dirigentes interesados hacían tornar las voluntades de aquellas buenas personas? Llegaba ahora a la ciudad de Jerusalén y aunque sabía que habría un domingo de ramos en que niños y gente sencilla le aclamarían, sabía también que por detrás estaban unos dirigentes que no le aceptaban, que llegarían a manipular aquellos corazones sencillos para volverlos en su contra y en lugar de hosannas más tarde pedirían su muerte.

La presencia de Jesús en la ciudad santa muchas veces se hacía difícil y controvertida. Eran tantos los que estaban al acecho; y no era solo la desconfianza de los que porque vivían en Judea y Jerusalén rechazaban todo lo que pudiera venir de los incultos galileos, sino que era la controversia constante de quienes estaban al acecho del más pequeño movimiento o palabra de Jesús para aparecer en su contra buscando siempre el desprestigio y la destrucción. Conocidas son las diatribas constantes entre Jesús y los dirigentes del pueblo, sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos o saduceos a los que se unían también los herodianos, los escribas y los maestros de la ley con sus preguntas capciosas, como tantas veces hemos escuchado en la lectura del evangelio.

¿Cuál era la reacción de Jesús? ¿Aparecían también aquellos sentimientos tan humanos a los que antes hacíamos referencia ante las ingratitudes? Dolor había en el corazón de Cristo pero nunca en El podía aparecer la amargura, es cierto. Ese sentimiento de frustración ante lo que parecía inutilidad de todo lo hecho aparecería también en su corazón y grande era el dolor de su espíritu, por aquella negación constante. Son las lágrimas que hoy le vemos derramar cuando contempla la ciudad santa – en espectáculo maravilloso como desde el Monte de los Olivos se vislumbra – desde aquel lugar que para siempre recordaría las lágrimas de Jesús.

Es llanto ante la ingratitud, ante la insensibilidad, ante la cerrazón del corazón que no se abre a la palabra de vida que en Jesús llega a ellos para su salvación. Todo aquel esplendor que desde allí se contempla Jesús proféticamente lo ve arrasado; aquella ciudad y templo una de las maravillas del mundo quedará arrasado y no quedará piedra sobre piedra, y aquellos habitantes tan orgullosos de su ciudad como todo buen judío serán arrasados.

Pocos años más tarde Jerusalén será destruida y los autores antiguos nos narrarán con todo detalle su destrucción. Con lo que amaba Jesús aquella ciudad ¿no iban a brotar lágrimas abundantes de sus ojos y de su corazón? Sus lágrimas son como una última llamada, aunque para Dios no hay nunca una última llamada porque El siempre estará esperándonos.

Porque a eso es a donde tenemos que llegar. El hecho de las lágrimas de Jesús, el esplendor de Jerusalén y la respuesta negativa de sus gentes y su posterior destrucción ahí están, son un hecho incuestionable, pero en eso no podemos quedarnos. Porque somos nosotros los que tenemos que vernos a nosotros mismos y nuestras respuestas.

¿Serán las lágrimas de Jesús por nosotros? ¿Seremos nosotros los que hemos de derramar lágrimas al ver la insensibilidad en que tan fácilmente caemos en nuestra vida, la ceguera de nuestro espíritu o esa invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida?

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

 


Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150;  Lucas 19, 11-28

Todos en la vida soñamos. Y no son los sueños mientras estamos dormidos en que la imaginación como la loca de la casa nos hace evocar recuerdos, nos hace imaginar muchas cosas como si la vida fuera una novela, o nos saca cosas que tenemos dentro de nosotros que algunas veces ni queremos confesar; pero esos son sueños de un momento, que quizás alguna vez se repiten, que se olvidan tan fácilmente que al despertar ya ni los recordamos.

Me refiero a otros sueños que tenemos bien despiertos; el niño sueña con ser mayor, crecer para ser como esos seres queridos e ideales que va fraguando en su cabeza; el joven quizá sueña en su futuro, querrá prepararse, querrá alcanzar sus sueños y quizás lucha y trabaja por ellos; el padre contempla a su niño o a su hijo ya mayorcito y sueña en su futuro aspirando a lo mejor, a conseguir que sean algo en la vida y cada paso que den sus hijos lo llenan de orgullo porque en ellos va viendo quizá reflejado lo que para si mismo no consiguió. Pero todos soñamos, y pensamos en nuestro futuro o pensamos en lo que hay a nuestro alrededor que queremos mejor y nos vamos trazando un mundo ideal por el que queremos comprometernos y así van surgiendo las diversas vocaciones en la vida como servicio a esa comunidad que hemos idealizado en nuestro interior y por la que queremos trabajar.


Pero esos sueños un día se pueden desvanecer, porque el niño se da cuenta que cuesta crecer y habrá nuevas exigencias para él y mejor seguir siendo niño; el joven se cansa de luchar porque no encuentra caminos o se le hacen costosos y tendría que renunciar quizá a muchas apetencias que ve reflejadas en tantos que viven irresponsablemente a su lado; y nos sentimos defraudados porque no encontramos la colaboración que desearíamos para conseguir nuestros sueños, y nos falla el compromiso, y nos puede la dejadez o se nos meten miedos en el alma.

Pudimos hacer muchas cosas, alcanzar esas metas soñadas pero los miedos se nos metieron en el alma y no nos sentíamos capaces, y nos encerramos en nuestras rutinas y siempre se han hecho las cosas así y por qué vamos a cambiar, por qué vamos a esforzarnos si tantos viven tan felizmente sin complicarse la vida. Abandonamos los sueños, enterramos nuestros talentos, nos pudo la desgana y la falta de ilusión, fueron muchos los espejismos que nos engañaron y nos hicieron desistir. Claro que no todos tiraron la toalla, hubo muchos que siguieron en su lucha y fueron alcanzando algunas de las metas con las que habían soñado, se labraron un futuro y si nos fijáramos más en ellos podrían ser un buen estímulo para nuestro camino.

Me he ido haciendo esta reflexión a partir de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. El hombre que se marchó a buscar el título de rey pero dejó su dinero confiado a sus servidores para que lo trabajaran y sacaran fruto para su vuelta. Quiero imaginar, ya que hemos venido hablando de sueños, lo que aquellos hombres soñarían con la onza de oro que les habían puesto en sus manos. ¿Castillos en el aire? No, porque algunos supieron hacer producir beneficios a aquella onza de oro y cuando llegó el amo pudieron presentar sus beneficios. Pero hubo uno que cogió miedo, sabía de las exigencias del amo, no quería perder la onza, así que la escondió bien escondida para no perderla ni que se la robaran, pero no pudo presentar beneficios.

Hablábamos antes de sueños, que pueden ser todas esas posibilidades que tenemos en la vida, que como un diamante en bruto están encerradas en nuestra vida. Si miramos el diamante en bruto nos puede parecer un trozo de carbón quizá envuelto en muchas escorias, mucha tierra y mucha suciedad. Pero pacientemente hay que limpiarlo, pulirlo, hacerle salir su brillo y resplandor después del correspondiente tallado. Así nuestra vida, ahí está con sus sueños, con sus posibilidades, que tenemos que trabajar, que tenemos que pulir, que tenemos que tallar. Pero a veces nos da miedo, no nos creemos capaces, nos parece que nos podemos equivocar, que podemos fallar en lo que pretendemos lograr y nos parece que aquello no es para nosotros, que es mucho para nosotros; y desistimos, y enterramos el diamante, lo dejamos perdido entre los carbones y las escorias.

Y todo esto lo miramos con ojos de fe, con una mirada creyente, porque esas posibilidades que hay en nuestra vida Dios las puso en nosotros. Y confía en nosotros como aquel hombre confió en aquellos a los que dio la onza de oro. Tenemos una responsabilidad, sí, ante nuestra conciencia, pero tenemos una responsabilidad ante la sociedad en la que vivimos a quienes hemos de beneficiar con todo eso que nosotros somos en todas nuestras posibilidades, pero tenemos una responsabilidad ante Dios que nos ha dado la vida, que nos acompaña con su gracia, que confía en nosotros y que con nosotros camina a nuestro lado. Miremos a Jesús caminando a nuestro lado.

martes, 17 de noviembre de 2020

Anda, date prisa, muévete, baja de ahí que vamos a comenzar un camino nuevo, con una nueva perspectiva, es camino de salvación

 


Anda, date prisa, muévete, baja de ahí que vamos a comenzar un camino nuevo, con una nueva perspectiva, es camino de salvación

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Sal 14; Lucas 19, 1-10

‘Anda, date prisa, muévete…’ apremiamos al amigo o a aquel queremos que haga algo y que nos parece que no hace las cosas tan pronto como se lo pedimos o como tiene que hacerlas. ¿Serán las prisas de la vida? ¿O será ese momento oportuno que no podemos dejar pasar, que tenemos que saber aprovechar porque quizá no se nos vuelve a repetir la ocasión? ¿Será que siempre vamos a la carrera? Nos apremiamos los unos a los hombres en las responsabilidades que tenemos que desarrollar, o apremiamos a las prisas a aquel que parece que siempre tiene todo el tiempo del mundo y parece que nunca se va a morir, como se suele decir.

Aquel hombre había querido conocer a Jesús. Eran muchas las dificultades con que se tropezaba y ahora parecía que había alcanzado la atalaya apropiada para ver lo que deseaba pero de la que le piden que se baje con rapidez. Su baja estatura, hacía que si había gente más alta que él delante no pudiera ver el paso de Jesús, era mucha la gente que se había congregado en aquellas calles o caminos como queramos decirle de Jericó; pero había otra dificultad, que era su condición, su oficio era el de recaudador de impuestos e igual que a nadie le gusta ser amigo de los de Hacienda, en este caso era un colaboracionista con el poder extranjero. Todos lo despreciaban, era un publicano que era lo mismo que decir que era un pecador público con el que ‘nadie’ de buena condición querría juntársele. Eso obstaculizaba el poder ver el paso de Jesús. Quizás también era una forma de pasar desapercibido tras las hojas de la higuera.

Pero quizá necesitaba otras perspectivas, una visión distinta, el ver y mirar sin ser visto ni mirado, una cierta distancia para poder mejor observar, un lugar donde pudiera apreciar quizás gestos, miradas, posturas en las que otros no se fijarían en su entusiasmo que parecía cegar a las gentes de Jericó al paso del aquel profeta de Galilea. Allí desde la altura podía observar mejor y no pensaba que nadie se iba a fijar en él, pero mira cómo aquel a quien buscaba lo buscó a él entre las ramas del sicómoro y ahora lo estaba apremiando para que bajara pronto.

Baja enseguida, le estaba pidiendo Jesús. No te quedes ahí parado con la boca abierta, venga pronto, que quiero ir a hospedarme a tu casa. Baja enseguida que llega la hora y la podemos dejar pasar. Apremiaba Jesús a Zaqueo y Zaqueo sorprendido se bajó enseguida de la higuera para abrir las puertas de su casa a Jesús.

Y ya sabemos lo que Jesús diría al final. ‘Hoy llegó la salvación a esta casa’. Era el apremio de la vida, el apremio de la salvación que llega y no podemos dejar pasar. Aquel hombre buscaba a Jesús sin saber bien lo que buscaba, pero en aquel hombre había hambre de vida, de algo distinto, de salvación. Por eso se salió de su casa, se salió de sus ocupaciones, se puso en camino de búsqueda, quería ver a Jesús pero quería verlo de manera distinta. Una nueva perspectiva, decíamos cuando miraba a Jesús desde su atalaya, creyéndose que no era visto por nadie. Pero Jesús lo vio, Jesús lo llamó, Jesús quiso entrar en su casa aunque eso provocara los comentarios de la gente de siempre, porque había ido a hospedarse a la casa de un pecador. Pero era el apremio de la salvación que llegaba.

Pero en todo este pasaje tenemos que vernos a nosotros, en nuestros caminos de búsquedas, pero que a veces parece que vamos de remolón; a la menor dificultad nos echamos para detrás, no somos capaces de ver otra posibilidad, otra salida. Nos hacen falta esas perspectivas nuevas, no quedarnos con la mirada de siempre, con el comentario de siempre que ya nos lo sabemos y al final parece termina no diciéndonos nada. Pongámonos en otro camino, no temamos subirnos a la higuera, no porque vayamos a ocultarnos sino porque vamos a ver las cosas de forma distinta.

Y cuando sintamos la voz que nos dice baja enseguida, no nos quedemos embobados sino apurémonos a ir al encuentro de Jesús, a ir a donde Jesús quiera llevarnos, dejemos que Jesús se meta en nuestro interior – quiere hospedarse en nuestra casa y es algo más que un edificio -, dejemos que se siente a nuestra mesa y pongámonos ante El como somos, desnudos de prejuicios y prevenciones, llevando con nosotros también esos amigos que algunas veces parecen rémoras que nos pueden frenar, porque con Jesús sentado a nuestra mesa tendremos una mirada nueva sobre la vida, sobre lo que hacemos, sobre esos amigos con los que estamos sentados en la mesa de la vida, sobre nuestras trayectorias pasadas que quizás no nos gusta recordar, y es que con Jesús vamos a comenzar un camino nuevo que nos lleva siempre adelante.

Baja enseguida que llega la salvación, no la dejes pasar.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

 


Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

‘Pasa el Nazareno’ fue la respuesta a su pregunta. Aquella afluencia de gente en la entrada o en la salida de la ciudad no era habitual; de cuando en cuando grupos de galileos que preferían el camino del valle del Jordán atravesaban Jericó para desde allí subir a la ciudad santa sin tener que pasar por la tierra de los samaritanos, conocida su rivalidad. Ahora el tumulto que se escuchaba era distinto y pregunta. No ve, pero sabe que eran muchos y aquello era algo especial.

Había oído hablar del profeta de Nazaret que en alguna ocasión ya había atravesado la ciudad y se contaba algún acontecimiento especial. Por eso grita con fuerza ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quieren hacerlo callar; quizá molestaba a los que querían escuchar las palabras de Jesús, pero él insiste más fuerte. No quiere que Jesús pase de largo. Era su oportunidad; en aquella ocasión no pensaba quizá en las limosnas que pudiera alcanzar de los acompañantes, que ahora en principio parecía que estaban en su contra, pero vislumbraba que algo especial podía suceder dada la fama que el profeta de Nazaret había adquirido y conocidos eran sus milagros.

Jesús no pasa de largo, como hacemos nosotros tantas veces; ni da el rodeo de aquel sacerdote y aquel levita de Jerusalén precisamente en ese mismo camino entre Jericó y Jerusalén. Jesús se detiene y lo manda llamar. ‘El maestro te llama’ y de un salto se postra a los pies de Jesús. ¿Qué podía hacer Jesús por él? ‘Que vuelva a ver’ eran sus deseos. La ceguera era señal segura de pobreza y de miseria, de vivir en la dependencia para siempre de lo que los otros buenamente pudieran dar, porque en su casa no podía entrar ningún jornal, siendo ciego como era y en aquella época los servicios sociales eran escasos.

Es tan poco lo que le está pidiendo a Jesús pero al mismo tiempo tan importante. No pedía riquezas ni poder ocupar primeros puestos en su reino, como desearían algunos de los discípulos cercanos a Jesús; no quería que solucionara los problemas que podrían preséntarsele con los demás, sino solamente recobrar la dignidad perdida. Sí, recobrar la vista era como recobrar la dignidad, porque ya entonces podría valerse por sí mismo. Podría trabajar, podría ganarse su sustento, no significaba salir de la pobreza total, pero sí al menos recobrar su dignidad para poder trabajar dignamente.

¿Qué pedimos nosotros o qué ofrecemos nosotros cuando nos encontramos con alguien en la miseria de su vida? Tendría que hacernos pensar el pensamiento de aquel hombre, como tendría que hacernos pensar la actitud y la postura de Jesús. Se ha detenido al borde del camino donde hay alguien malherido de la vida en su ceguera; pero además Jesús pide la colaboración de los demás, de aquellos incluso que antes querían impedirle que gritara desde su pobreza. Y también las actitudes de aquellas personas cambiaron, porque ahora lo ayudaron a llegar hasta Jesús. ‘El Maestro te llama’, y lo conducen hasta Jesús que allí está esperando la llegada de aquel hombre. ¿Algo así haremos nosotros también con el que vemos caído en el camino? ¿Seremos obstáculo de acercamiento a Jesús o tenderemos nuestra mano para ayudarle a encontrarse con Jesús y una nueva vida?

Claro que Jesús le hizo recobrar la vista, le devolvió su dignidad; aquel hombre se sintió engrandecido y con saltos de alegría alababa a Dios y quería seguir con Jesús. Lo que había recibido le impulsaba a algo distinto en la vida, no podía quedarse al borde del camino, tenía que ponerse también en camino, primero al encuentro con Jesús en su actitud de acción de gracias, siempre a Dios para alabarle por sus beneficios y seguro que ahora su encuentro con los demás, con los suyos o con sus convecinos sería totalmente distinto. Su vida era ya para siempre una alabanza al Señor.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

 


Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Está clara la motivación de Jesús para proponernos la parábola que escuchamos. A veces le damos vueltas y vueltas no sé si porque queremos parecer originales o porque quizá no escuchamos bien lo que Jesús quiere decirnos. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’.

Luego nos entretenemos en que Jesús nos habla de la iniquidad de aquel juez; que si la mujer se sentía discriminada por ser mujer, por ser viuda, y probablemente por ser una anciana, porque aquel juez no la quería escuchar; que si la irresponsabilidad de aquel juez que no se toma en serio la administración de la justicia y que si atiende a aquella pobre mujer es por quitársela de encima. Están bien todas esos consideraciones, y podemos hacérnoslas porque reflejan muchas posturas, muchas actitudes con que nosotros también vamos muchas veces por la vida, pero fijémonos ahora en lo importante que Jesús quiere decirnos y el por qué.

Son nuestras dudas, nuestras rutinas y cansancios también en la vida espiritual, es la frialdad con que acudimos a la oración y la poca confianza que se traduce luego en falta de perseverancia. Jesús nos propone la parábola para enseñarnos que hemos de orar siempre, sin desfallecer, porque Dios que es mejor que aquel juez siempre nos escucha. Claro que nos pone un ejemplo, una parábola para que entendamos, pero no nos vayamos por las ramas que es algo que nos sale fácil siempre.

Y de lo primero que hemos de ser conscientes es de nuestra poca perseverancia en la oración. Como decíamos serán nuestros cansancios o nuestras rutinas, será esa tibieza espiritual en la que fácilmente caemos y que es como una espiral sin fin que nos llevará a más dejadez en muchas cosas importantes de nuestra vida. También nosotros habremos dicho más de una vez que Dios no nos escucha y ya nos ponemos con una actitud pasiva y negativa en la presencia del Señor.

Porque hemos de ser conscientes desde el primer momento a quien vamos nosotros a orar para sentirnos en verdad en su presencia. Detente un momento antes de comenzar y haz un acto de fe; piensa que estás en la presencia de Dios y es a Dios a quien te vas a dirigir; será nuestro respeto ante su inmensidad o será nuestro cántico de alabanza al Señor porque nos sentimos en la gloria de su presencia.

Un acto de fe verdadera pero al mismo tiempo nos sentimos inundados por su amor. Nos sentimos amados y nos sentimos hijos, nos sentimos amados y al mismo tiempo impulsados a un mismo amor con toda intensidad. Y ya es una forma de abrir nuestro corazón para sentir su presencia, para disfrutar de su amor. Y cuando nos sentimos amados así surgirá de forma espontánea nuestra confianza, la confianza de los hijos y ya tenemos la certeza de que el Señor nos escucha. Y ya entonces comenzamos a sentir una renovación profunda en nuestra vida, en la manera incluso de ver aquellas cosas por las que vamos a pedir al Señor, pero ya estaremos viendo los caminos que se nos abren delante de nosotros que es esa respuesta de Dios.

¿Cómo no vamos a orar en consecuencia con confianza, con insistencia, la insistencia del amor, todo aquello que le queremos presentar al Señor? Pero seguro que es entonces cuando surgirán más cosas, porque vemos quizá que hay otras cosas más importantes que tendríamos que pedirle a Dios, porque se amplían nuestros horizontes y ya no nos quedamos en pedir solo por nosotros y aquellas cosas que nos preocupan y nuestra oración será más amplia, se hará más universal.

Orar con confianza, con perseverancia, nos dice el evangelista que era la intención de Jesús al proponernos la parábola, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

 


Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

En medio de otras muchas calamidades que estamos viviendo como nos sucede con la pandemia que nos está afectando poco menos que de manera universal, por otra parte nos llegan noticias de catástrofes naturales como consecuencias de tifones o de huracanes, como estos días hemos contemplado en Centroamérica o en Filipinas; de un momento a otro se desatan las fuerzas de la naturaleza y aparecen fuertes huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo, desaparición de poblados con sus habitantes y muchas cosas más. No terminamos de acostumbrarnos, y mejor es que no nos acostumbremos, pero las imágenes son escalofriantes y no quisiéramos verlas, pero ahí están.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Qué solución podemos dar? ¿Qué respuesta encontramos para todo esto con los correspondientes interrogantes que nos surgen por dentro? Como suele decir la gente muchas veces con mucha pasividad ¿contra quien nos rebelamos? Y hablamos de cambio climático, y decimos que somos nosotros los que estamos destruyendo nuestro mundo, que es consecuencia del desorden en que vivimos donde se multiplican cosas innecesarias que luego perjudican a la naturaleza y al mundo y de ahí vienen esas respuestas de que si poco menos tendríamos que volvernos de nuevo a la edad de piedra para no crear tantos contaminantes… son muchas las cosas que decimos, que pensamos, las soluciones que queremos dar pero seguimos preguntándonos ¿qué hacer?

No pretendo con esta reflexión dar respuestas que yo tampoco tengo, pero sí os invito a que busquemos con serenidad un camino de sosiego y que nos haga mantenernos en paz ante todo lo que sucede en nuestro mundo. Parece un poco que el evangelio que hoy escuchamos se alinea con estos problemas con lo que nos dice Jesús en un cierto tono apocalíptico del fin del mundo. Muere uno y el que está al lado puede escaparse de la catástrofe, no intentemos salvar cosas cuando lleguen esos momentos porque las personas son más importantes, hay algo que tendría que despertarse en el corazón que es la solidaridad con los que lo están pasando mal.

Y Jesús nos habla no tanto de intentar salvar la vida, sino más bien de entregarla. ¿Nos estará hablando de esa solidaridad que tiene que despertarse en nuestro corazón que nos llevará a darnos por salvar a los demás aunque nosotros perdamos la vida? ¿Será acaso que nos habremos ido construyendo la vida demasiado pensando en nosotros mismos, en disfrutar nosotros, olvidándonos del bien común que siempre tenemos que buscar y como entonces tendríamos que habernos preocupado más por el bien de todos?

Son pensamientos que me van surgiendo a la medida en que voy reflexionando sobre lo que hoy nos dice el evangelio pero sin olvidarnos de las situaciones difíciles en las que hoy pasamos también en nuestro mundo, en nuestra sociedad. ¿Será quizá una oportunidad todo esto que nos está sucediendo para que despertemos porque hay otra manera de vivir, hay otro sentido que darle a la vida? 

Los momentos difíciles por los que estamos pasando tendrían que hacernos pensar, hacer un parón en el ritmo de vida que llevamos – bueno la pandemia nos ha obligado ya a parar en muchas cosas – pero tenemos que intentar descubrir ese sentido nuevo, ese mundo nuevo que tendríamos que construir, porque ya vemos lo caducas que son las cosas, lo vulnerable que es todo lo que hemos construido que se nos viene abajo nuestra sociedad.

Hemos vivido en una loca carrera y vamos haciendo las cosas parece que sin pensar en sus consecuencias o cual es lo verdaderamente mejor que tendríamos que hacer; nos hemos hecho una sociedad muchas veces muy superficial que solo quiere vivir y disfrutar del momento, sin querer pensar en las consecuencias de lo que hacemos o de nuestra forma de vivir.

Es necesario que busquemos una luz, sepamos encontrar esa sabiduría de la vida que nos haga encontrar el verdadero sentido. Podemos seguir encontrándonos diversidad de pensamientos, de manera de entender las cosas o de enfrentarnos a ellas pero sepamos entrar en un diálogo verdaderamente humano que nos lleve a una verdadera humanidad, que quizás es mucho de lo que nos falta. No es fácil, pero tenemos que intentarlo.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

 


Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

Una cosa es la imaginación y otra es la realidad; es bueno soñar, deseamos algo nuevo y mejor y soñamos en el momento en que llegue aquello que deseamos, pero en nuestros sueños quizá lo vivimos con tanta intensidad que ya pensamos que tiene que ser como lo tenemos en la imaginación; nos vale lo que decimos para el futuro de nuestra vida, para ese mundo nuevo y mejor que deseamos, para aquello que queremos para los seres a los que amamos y aunque no dejemos de soñar sin embargo la realidad nos va poniendo los pies sobre la tierra y tenemos que aceptar lo que en realidad se nos presenta, lo que en realidad conseguimos, o la realidad de cómo va a ser eso nuevo que esperamos.  Buenos los sueños, pero pongamos los pies sobre la tierra o escuchemos a aquellos que nos pueden ayudar a comprender como se realiza todo eso nuevo y bueno que deseamos.

Les pasaba a los judíos con la idea del Mesías que se habían forjado en sus cabezas, porque tampoco habían entendido o habían querido entender bien lo que les habían anunciado los profetas; se habían quedado en la literalidad de unas palabras o de unas imágenes con las que se quería expresar ese mundo nuevo que les traería el Mesías y se habían quedado con la imagen de un caudillo guerrero, que restituía la soberanía política del pueblo judío. Cuando ahora Jesús les hablaba del Reino de Dios, entendían que se refería a esos tiempos nuevos, pero no podían quitar de sus cabezas las imágenes que tenían, por eso la pregunta que hoy les escuchamos hacer a Jesús.


‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’
¿Cuándo va a ser el momento en el que el Mesías va a comenzar a actuar? Recordamos que en momentos antes de la Ascensión aun los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el momento de la restauración de la soberanía de Israel.

‘El reino de Dios, les dice, no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Viene Jesús en pocas palabras a desmontar todo lo que en su imaginación y en sus sueños se habían creado. Soñaban, como soñamos nosotros también, con espectacularidades, cosas aparatosas. Como soñamos nosotros con apariciones y nos vamos de un lado para otro según oímos hablar de sucesos extraños y de apariciones.

Pero bien les había hablado Jesús del Reino de Dios, de cómo tenemos que irlo construyendo dentro de nuestro corazón cuando en verdad hacemos a Dios el único Señor de nuestra vida. Como luego lo vamos a ir reflejando en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestra nueva forma de pensar y de vivir, de relacionarnos con los demás y de sentirnos comprometidos con nuestro mundo para hacerlo mejor. Estamos haciendo que el Reino de Dios esté dentro de nosotros, se haga en verdad presente en nuestro mundo.

Les costaba entender a las gentes de la época de Jesús como nos sigue costando entender a nosotros hoy. Muchas veces nos sentimos inquietos ante los problemas de la vida, de la sociedad, ante todo lo que va sucediendo en nuestro mundo; hay cosas que nos desconciertan y querríamos de otra manera; nos gustaría ver como nuestro mundo se transforma y también queremos quizá cosas espectaculares, decimos, para que la gente crea y cambien las cosas. Pero también a nosotros nos dice Jesús que no busquemos esas espectacularidades porque no es así como se hace presente en el Reino de Dios y que el Reino de Dios lo tenemos dentro de nosotros y lo podemos sentir también en nuestro mundo.

Depende de nosotros, depende de nuestro corazón, depende del lugar en que pongamos a Dios en nuestra vida, depende también de esa mirada nuevo que tengamos hacia los demás. Dejemos que Dios sea el único Señor de nuestra vida y estaremos reconociendo que es nuestro Rey y somos de su Reino.

Pero hemos de saber descubrir el reino de Dios a nuestro alrededor en los demás. Algunas veces somos pesimistas y decimos que todo anda mal, pero tengamos una mirada distinta, una mirada más positiva para ver cuando derraman amor con sus vidas, cuantos hacen el bien y trabajan por los demás, cuantos se sienten comprometidos en hacer un mundo mejor y buscan la armonía y la paz; ahí tenemos que saber descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que, por supuesto, tenemos que hacer crecer más.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

 


Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

Tito 3, 1-7; Sal 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’ es uno de tantos refranes en torno a la gratitud que han quedado como gravados en la sabiduría popular. Nos preciamos de ser agradecidos y cuando vemos a alguien que no lo es sino que más bien parece exigente y se cree merecedor de todo ya en nuestro interior nos hacemos el juicio de los pocos valores humanos que hay en aquella persona. Pero resulta que todos somos así por muchas apreciaciones que nos hagamos, nos cuesta decir la palabra ‘gracias’, nos cuesta en muchas ocasiones expresar con algún tipo de gesto nuestra gratitud para quien nos ha hecho un favor, para quien nos ha prestado un servicio.

Nos sentimos mal cuando no son agradecidos con nosotros,  pero  no llegamos a pensar cómo se siente la persona para quien hemos tenido el desaire de no ser agradecidos con ella. No es solo el gesto de corrección, de buena educación que diríamos también, sino la grandeza o la pequeñez de nuestro espíritu que no sabemos ser agradecidos con los demás.

Es un gesto de amor al mismo tiempo que un gesto de humildad; de amor por el agradecimiento, de humildad por el reconocimiento de nuestra pobreza que ha venido alguien con su generosidad a socorrer. Pero muchas veces impera demasiado el egoísmo en nosotros con el que nos sentimos poco menos que el centro del mundo y todos entonces tendrían la obligación de venir a echarnos una mano. Nos centramos demasiado en nosotros mismos creyéndonos merecedores de todo, con derecho poco menos que de exigir a los demás que sean buenos con nosotros sin nosotros tener el pequeño detalle de esa palabra que es pequeña, pero que podría expresar la grandeza que hubiera en nuestro corazón.

Así vamos por la vida pensando solo en nosotros mismos. Como aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio hoy. Cuando estaban en la necesidad bien sabían suplicar; cuando se vieron liberados de su mal pronto olvidaron quien los había liberado y allá se fueron a hacer los trámites para poder llegar a abrazar a los suyos. Podría parecer hasta lo más natural del mundo. Si consideramos lo que significaba ser leproso en aquella época, quizás hasta empezaríamos a justificarlos.

Hoy nos quejamos, en la situación actual que estamos viviendo en toda nuestra sociedad, de que tenemos que confinarnos en casa y no podemos salir a la calle, al encuentro con los amigos, a la vida social que hacíamos en otros momentos. Pero los leprosos no estaban confinados en sus casas, nosotros podemos estar con los nuestros y en la comodidad de nuestro hogar; los leprosos eran recluidos en lugares apartados, lejos de todo contacto con el resto de la sociedad, ni con la familia podían encontrarse; eran unos marginados en el sentido más estricto de tal manera que hasta legal y religiosamente eran considerados impuros que podían manchar con su impureza a los demás. Era el contagio de le enfermedad, pero era un contagio social que llevaba a una horrible discriminación.

Por eso digo que en una situación así al verse liberados de su enfermedad y de todo lo que los discriminaba parecería lógico que corrieran al encuentro de los suyos olvidando todo lo demás. Pero allí había uno que manifestaba la grandeza de su espíritu; alguien que además en aquella sociedad era discriminado también por su lugar de origen, era un samaritano, pero fue el que manifestó la grandeza de su espíritu para ir primero que nada a dar la gracias.

Seguimos comparando con nuestras situaciones actuales y las comparaciones y discriminaciones que seguimos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestros territorios. Duro es escuchar en ocasión en voz de quienes incluso se consideran cristianos los juicios de valor que se suelen hacer sobre estas personas. El evangelio de hoy nos da para pensar en muchas cosas, en muchas situaciones que también nosotros vivimos.

Simplemente terminamos el comentario con las palabras del mismo evangelio. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado’.

¿Dónde nos vemos nosotros en este episodio del evangelio? ¿Sabremos descubrir la grandeza del espíritu manifestada en nuestras muestras de gratitud por lo que recibimos de los demás y de Dios?

martes, 10 de noviembre de 2020

Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

 


Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

No es otra cosa que el deber cumplido. ¿Por cumplir con nuestro deber, con nuestra responsabilidad merecemos alguna recompensa especial o algunos reconocimientos laudatorios? Si es nuestra responsabilidad, nuestro trabajo, por el que ya percibimos una justa retribución, tendríamos que decir que lo que nos queda es cumplir con nuestro deber. Aunque ya sabemos como hoy vamos buscando reconocimientos y alabanzas, como nos queda o se nos sale ese prurito del orgullo que busca esas alabanzas y reconocimientos. Como decíamos, es el deber cumplido y en ello está la más profunda recompensa, lo que sintamos en nuestro interior sin buscar otros alardes u otras coronas de gloria.

Algo así es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el lenguaje y las imágenes más propias de otra época en cierto modo nos desconciertan y nos cogen con el pie cambiado y nos cuesta interpretar, nos cuesta entender. Al final termina diciéndonos Jesús ‘siervos inútiles somos y no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer’.

Claro que nuestra relación con Dios no es la de los siervos ni la de los esclavos. El por qué de nuestra responsabilidad no está en la servidumbre ni en la esclavitud sino en el amor. Todo es una respuesta de amor que damos con amor. De lo contrario no tendría sentido ni valor. No es algo que hagamos por una obligación de la que no nos podamos liberar como si fuéramos unos esclavos, sino que es la sumisión del amor que no es otra cosa que entrega que nos lleva a la responsabilidad más grande.

Es cierto que Jesús nos dice en el evangelio que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos – cuánto les costaba a los discípulos cercanos a Jesús entender sus palabras y como vemos cómo se las andan de codazos buscando primeros puestos – pero cuando Jesús nos dice que seamos servidores los unos de los otros lo hagamos siempre por amor, lo hagamos siempre desde el amor. Por eso, en una sublimidad maravillosa, nos dirá san Pablo que seamos los unos esclavos de los otros por amor.

Jesús nos está haciendo hoy unas recomendaciones para que asumamos la vida con total responsabilidad, no como la de quienes se sienten esclavos, sino desde los que saben darse y entregarse generosamente y con total libertad. Es esa seriedad con que tenemos que tomarnos la vida, cada una de las cosas que hagamos, nuestra responsabilidad, pero la responsabilidad que sentimos con la vida misma y con el mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que tomar en serio esta tierra en la que vivimos y que hemos de saber cuidar; porque Dios nos haya dado dominio sobre las cosas por nuestra inteligencia y por nuestras capacidades no significa que destrocemos nuestro mundo sino mejor aun que lo vayamos construyendo cada vez más bello.

Nos tenemos que tomar en serio esa sociedad en la que vivimos en la que todos tenemos que colaborar, en la que todos tenemos que ser constructores, en la que cada uno desde sus valores y cualidades va poniendo su granito de arena para hacerla cada vez mejor, sea mejor la convivencia y la armonía entre todos, trabajemos juntos por mantener la paz, busquemos el que en todo momento actuemos en la más estricta justicia para que nadie se sienta dañado, para que todos nos veamos enriquecidos con la aportación de todos.

Y en todo vayamos poniendo la dulzura del amor; que no sea la rigidez de una ley que impongamos, que no se mantengan las amarguras de nuestro corazón porque nos veamos contrariados, que resplandezca la armonía y el entendimiento porque sepamos dialogar, porque sepamos aportar, porque sepamos incluso ceder para buscar siempre el bien común.

Hermosa tarea que tenemos entre manos. No necesitamos alabanzas ni reconocimientos, no necesitamos que nos pongan una medalla al cuello. Cuando la realicemos terminaremos diciendo no es otra cosa sino el deber cumplido.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.