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sábado, 8 de febrero de 2020

Sensibilidad para saber ver más allá de lo que tenemos más cercano y en esas periferias descubrir donde tenemos que derramar también nuestro amor

Sensibilidad para saber ver más allá de lo que tenemos más cercano y en esas periferias descubrir donde tenemos que derramar también nuestro amor

1Reyes 3, 4-13; Sal 118; Marcos 6, 30-34
Hay ocasiones en que lo tenemos todo planificado, todo bien pensado, sobre lo que vamos a hacer, a lo que vamos a dedicar nuestro tiempo, pero en un momento determinado se nos tuercen las cosas; surge un imprevisto, surge una enfermedad o un accidente, nos llega alguien a nuestra casa o nos llaman pidiéndonos ayuda y vete a ver cómo reaccionamos.
Si con madurez y con responsabilidad vamos viviendo la vida ese imprevisto no nos va a hacer perder la paz, pero bien sabemos que en ocasiones no es así, nos podemos poner de mal humor porque todo aquello que habíamos planificado se nos vino abajo, o a regañadientes tratamos de combinar el imprevisto que nos ha surgido con aquello que habíamos planeado.
Sabemos que no siempre respondemos con serenidad y madurez humana. ¿Qué es lo que tendríamos que hacer? ¿Tirar por la borda quizá todo aquello que habíamos planificado? ¿O disculparnos por no poder atender aquello que nos surge sobre todo cuando es en relacion con otras personas y nosotros seguimos a lo nuestro? ¿Qué será lo verdaderamente importante en ese momento? Algunas veces nos cuesta encajar esas situaciones.
Jesús lo había planificado con sus discípulos. Habían regresado de aquella misión a la que les había enviado y realmente necesitaban un momento de serenidad, de descanso, de paz, de recapitular quizá todo aquello que habían vivido, de compartirlo con el Maestro. Jesús se los había querido llevar a un sitio apartado para estar a solas con ellos.
Pero, ¿qué había sucedido? Lo planificado se vino abajo. Al llegar se encontraron a una multitud que esperaba a Jesús. Como solía suceder corrían las noticias de boca en boca y la gente se le adelantaba allí donde pensaba ir El. Es lo que ahora había sucedido.
¿Qué iba a hacer Jesús? ¿Seguir con sus planes porque importante parecía ser también ese hecho de estar a solas con sus discípulos? Pero sintió compasión por toda aquella gente; ya habría otro momento para estar a solas con los discípulos. Aquellos que allí estaban parecían ovejas sin pastor, y una oveja sin pastor anda perdida, no sabe donde encontrar los pastos o se verá en peligro de ser atacada por las alimañas. Y allí está Jesús acogiendo a toda aquella gente, curando a sus enfermos y alimentándolos con su Palabra. La sensibilidad del amor no podía desentenderse de aquella gente. Jesús andaba siempre atento allí donde hubiera una necesidad.
Siguiendo con las consideraciones previas al encuentro con este evangelio tendríamos que preguntarnos dónde está la sensibilidad de nuestro corazón, dónde está esa mirada como la de Jesús para saber detectar allí donde hay una necesidad, allí donde tenemos que poner nuestro amor.
Es cierto que es muy humano y que es necesario que nos planifiquemos también la vida para saberle dar a cada momento su valor y porque bien sabemos que el orden que pongamos en nuestra vida le dará también una riqueza y un sentido grande a lo que hacemos. Y lo hacemos en nuestra vida personal, lo hacemos en la organización de nuestro trabajo y de nuestras responsabilidades, y lo hacemos también en toda la tarea pastoral que realizamos como un compromiso de nuestra fe. Y hay algo que no nos puede faltar, el tiempo para la intimidad con el Señor.
Pero cuidado que no encorsetemos la vida, la convirtamos demasiado en una cuadrícula que tenemos que ir rellenando y perdamos esa otra sensibilidad de nuestro corazón que nos tiene que hacer estar con esa apertura de nuestro corazón, de nuestras actitudes y posturas para saber llegar allí donde haya una necesidad. Pensemos que las personas están primero y allí donde hay un corazón que sufre nosotros tenemos que saber poner el bálsamo de nuestro amor.
Tengamos sensibilidad suficiente para saber ver más allá de aquello que tenemos más cercano porque en la periferia de lo que es lo habitual de nuestro entorno podemos encontrar mucho lugar donde poner nuestro amor, muchas personas sobre las que derramar nuestro amor.

viernes, 7 de febrero de 2020

Madurez humana, prudencia, sensatez, responsabilidad necesitamos cultivar en nosotros para cuidar palabras y posturas que nos dañarían a nosotros mismos y a los demás


Madurez humana, prudencia, sensatez, responsabilidad necesitamos cultivar en nosotros para cuidar palabras y posturas que nos dañarían a nosotros mismos y a los demás

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29
Se suele decir que por la boca muere el pez, y es que muchas veces tenemos que comernos nuestras propias palabras y terminamos envenenados. Ya sea en sentido positivo como negativo nos sucede que cuando estamos entusiasmados por algo, o nos sentimos apasionados por algo que nos ha sorprendido hablamos y hablamos, unas vez echando alabanzas sin cuento, prometiendo lo que no sabemos si podríamos cumplir o algunas veces si nos sentimos ofendidos por algo o por alguien con palabras que fácilmente se convierten en injuriantes y hacen daño sin saber hasta donde vamos a llegar.
Medir las palabras, controlar nuestras emociones, poner un límite a la pasión y ardor que ponemos en algo que hacemos o que decimos es de gran sabiduría y no siempre logramos tenerla. Y cuando pase ese momento, llegue la calma, todo vuelva a la normalidad, ¿cómo nos vamos a sentir? Incómodos quizá porque dijimos lo que no teníamos que decir y ahora no sabemos cómo remediarlo, abrumados por nuestra inconsciencia y nuestro entusiasmo tanto en las alabanzas como en la promesas, atados quizá a aquello que dijimos que ahora parece que no tiene remedio ni solución y habrá muchos testigos, a los que quizá quisimos encandilar, pero que ahora podrán testimoniar en nuestra contra. Como decíamos ese dominio de nosotros mismos sería una buena sabiduría y un gran signo de nuestra madurez humana. Pero por nuestra inconsciencia nos vemos ahora entre la espada y la pared, como solemos decir. Por la boca muere el pez. Y cuidado si en medio de todo eso hemos dejado envolver nuestro corazón por la maldad.
Me hago esta reflexión de estas situaciones humanas en las que a veces nos vemos envueltos a partir de lo que nos cuenta hoy el evangelio de la forma de actuar de Herodes. Ahora parece que sintiera remordimiento por lo que ha hecho. La hablan de Jesús y le cuentan como algunos piensan que es Juan el bautista que ha vuelto a la vida. Pero él reconoce que a Juan lo había mandado a decapitar él. Y el evangelista nos narra el episodio.
Herodes en cierto modo respetaba a Juan, lo escuchaba y en ocasiones incluso le agradaban sus consejos. Pero la vida moral de Herodes no era ningún ejemplo. Estaba haciendo vida marital con la mujer de su hermano; y Juan se lo denunciaba. Pero la peor enemiga estaba precisamente en Herodías que hace todo lo posible para que Juan fuera encerrado en las mazmorras. Pero aun así trataba de mantenerlo con vida.
Pero viene la ocasión de una fiesta que hace para su corte y la hija de Herodías bailó para ellos. Herodes, entusiasmado por la pasión o por los efectos del alcohol en la fiesta ahora promete lo que sea para aquella bailarina que tanto les había deleitado. ‘Hasta la mitad de mi reino’, promete bajo juramento delante de toda su corte. Y es la ocasión que estaba esperando Herodías para quitar de en medio a Juan. La bailarina pide que le entreguen en una bandeja la cabeza de Juan.
Las palabras pronunciadas, los respetos humanos o los prestigios que pudiera perder delante de corte si no cumplía lo prometido, el efecto de una mente confusa en medio de aquella fiesta desenfrenada terminaron por hacer claudicar a Herodes. Juan fue decapitado.
No cortamos la cabeza del bautista nosotros con nuestras actitudes y posturas pero sí en primer lugar dañamos nuestra propia dignidad, pero vete a saber cuanto daño podemos hacer a los demás con nuestras palabras, con nuestra inconsciencia, con nuestro dejarnos llevar en momentos por la pasión. ¿No tendríamos que aprender de una vez por todas a actuar con una mayor madurez siendo más sensatos y prudentes en lo que decimos y en lo que hacemos? Algo que tendría que hacernos pensar.

jueves, 6 de febrero de 2020

Solo es necesaria la disponibilidad del corazón generoso porque nuestro apoyo y nuestra fuerza está en el Señor



Solo es necesaria la disponibilidad del corazón generoso porque nuestro apoyo y nuestra fuerza está en el Señor

1Reyes 2, 1-4. 10-12; Sal.: 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13
¡Con la de maletas, mochilas, bolsos y no se cuántas cosas más que reunimos cuando nos disponemos a hacer un viaje! Así contemplamos a la gente cargada de equipajes cuando se disponen a viajar, ya sea en un aeropuerto, un barco, un tren o cualquier otro medio de transporte. Es que me puede hacer falta… es que puede surgir un imprevisto… es que no sabemos que tiempo nos vamos a encontrar allí… es que… y añadimos otra pieza de ropa, un abrigo, otros zapatos, que al final no tenemos maleta donde meter todo.
Cuánta dependencia nos creamos en nosotros mismos de las cosas; cuánta importancia le damos a cosas que a la larga se nos convierten en superfluas o son expresiones de nuestra vanidad; cuantas ataduras y apegos, porque aquello me recuerda no sé qué, porque sin eso no me puedo pasar, porque nos vamos creando necesidades que consideramos ineludibles, y si nos falta algo poco menos que nos da un ataque de ansiedad. Mira si se te ocurre dejar atrás el cargador del móvil o de la tablet…
¿En ese viaje de la vida vamos a la búsqueda de lo nuevo, o pretendemos seguir con las comodidades del que no sale nunca del cascarón y por eso nos vemos obligados a llevar tantas cosas? ¿Seremos capaces de arriesgar algo en la búsqueda de eso nuevo que puede abrir nuevos horizontes a nuestra vida? Porque si nos vamos a quedar siempre con lo mismo, la verdad que no merecería la pena emprender el viaje.
Me estoy haciendo estas consideraciones que creo que pueden reflejar muchas de nuestras rutinas que se nos convierten en apegos, con lo que hoy les dice Jesús en el evangelio a aquellos doce apóstoles que ha escogido pero que los ha puesto en camino para que realicen lo mismo que Jesús ha venido haciendo. Será la obra de Jesús la que han de realizar pero que es bien distinto de lo que ellos hacían de siempre con sus redes y sus barcas o con cualquiera de las tareas que antes realizaran.
‘Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto…’
Solo es necesaria la disponibilidad del corazón generoso. Dios proveerá. Dios está con nosotros cuando queremos realizar su obra. El es nuestra fuerza. Cómo tendríamos que aprenderlo para los caminos de nuestra vida. De cuántas cosas nos queremos proveer como si esas cosas fueran nuestro único apoyo.
Es en el esfuerzo que realizamos cada día por superarnos, por ser mejores. Es la tarea buena de hacer el bien donde algunas veces rebuscamos cosas extraordinarias y nos olvidamos de lo pequeño y de lo sencillo porque las maravillas que podamos hacer no está en lo extraordinario sino en eso pequeño y humilde que con la fuerza del Señor se transforma y nos transforma.
Es esa mano que tendemos para ayudar a caminar al débil, para levantar al que se siente postrado, para dar compañía el que le parece estar solo y abandonado, para animar al decaído, para hacer sentir la fuerza de Dios al que se ve tentado y atormentado. Dice el evangelio que ‘les dio autoridad sobre los espíritus inmundos’, y esa autoridad la tenemos en el amor con que caminamos, en la humildad de nuestros pasos, en la paz que llevamos en el corazón y queremos transmitir.


miércoles, 5 de febrero de 2020

No podemos ir con ideas preconcebidas por muy buenas que sean sino con apertura de corazón para dejarnos sorprender por la novedad de la Palabra de Dios


No podemos ir con ideas preconcebidas por muy buenas que sean sino con apertura de corazón para dejarnos sorprender por la novedad de la Palabra de Dios

2Samuel 24, 2. 9-17; Sal 31; Marcos 6, 1-6
Son a veces los más cercanos los más críticos con nosotros en lo que hacemos o  planteamos sobre todo cuando queremos hacer algo nuevo y algo distinto a lo que siempre se ha hecho. Lo de menos es que sean críticos, cuando se hace en un sentido positivo, porque hemos de aceptar la diversidad de planteamientos o de opiniones y con la crítica quizá nos enriqueceríamos porque se nos puede dar otra perspectiva u otra visión.
Pero normalmente va unido a la desconfianza y a la descalificación, porque quizá cuesta aceptar esos nuevos planteamientos, por ejemplo; una desconfianza que llega en ocasiones a querer desprestigiar quitando autoridad o validez a lo nuevo que se dice, porque en fin de cuentas ya conocemos de donde vienen esas iniciativas o novedades, que todos nos conocemos terminamos diciendo en muchas ocasiones. Algo de orgullo o de soberbia que parece que reaparece o florece en el corazón, no queriendo aceptar lo bueno que nos puedan ofrecer los demás, porque ya nos conocemos. Aquel dicho de que ningún profeta es bien recibido en su tierra sigue siendo de actualidad también en los momentos presentes.
Algo así le sucede a Jesús en esta ocasión en que va a su pueblo, Nazaret, y allí el sábado se ofrece para proclamar la Palabra en la sinagoga. Aunque en principio hay una cierta admiración y orgullo en sus convecinos de que sea El quien proclame la lectura de la ley y los profetas, pronto aparecen las desconfianzas y los murmullos llenos de orgullo y de cierta soberbia. ¿Qué nos va a enseñar si nosotros lo conocemos de siempre que aquí se ha criado entre nosotros? ¿Dónde ha ido a aprender todas esas cosas? Son los suyos, los que le conocen de siempre los que se cierran a la novedad del evangelio que Jesús les propone.
Dice el evangelista que Jesús se admiró de su falta de fe. Allí incluso no pudo realizar ningún milagro. Y es que la desconfianza que había en aquellos corazones les hacía cerrarse a la novedad de la buena nueva que Jesús les anunciaba. Solo cuando nos desprendemos de nosotros mismos, de nuestros prejuicios y de nuestros orgullos es cuando podremos recibir en nuestro corazón esa semilla de la buena nueva de Jesús.
Pueden ser las barreras que nosotros ponemos también tantas veces en nuestra vida. Nos lo sabemos, qué cosa nueva nos pueden enseñar, que esto yo me lo sé de siempre, y nos mantenemos en nuestro conservadurismo que nos anula. Por algo Jesús desde el principio nos pide conversión y fe; esa conversión que es ser capaces de darle la vuelta a nuestra vida, esa conversión que significa despojarnos de nuestro yo y nuestros saberes, esa conversión que es la apertura del corazón para descubrir lo nuevo, para aceptar esa novedad que nos ofrece el evangelio cada día.
Mil veces podemos leer de nuevo el evangelio y siempre vamos a encontrar esa palabra nueva que ilumina nuestra vida. No podemos ir con ideas preconcebidas por muy buenas que sean, sino tener esa apertura del corazón, ese dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que siempre es una palabra viva y una palabra de vida, una palabra que va respondiendo a cada situación que vivimos, a ese día a día de nuestra existencia. No podemos ir con una mente cerrada, con un corazón endurecido.
Esa fe que me hace confiar en la Palabra para dejarnos conducir. Solo caminamos por caminos nuevos con aquel con el que tenemos confianza porque sabemos que no nos engaña; y nosotros sabemos de quien nos fiamos, en quien ponemos nuestra confianza, por eso estamos dispuestos a estar siempre en salida, en camino. Es lo que nos llevará también a aceptar y respetar lo bueno que podamos recibir de los demás.

martes, 4 de febrero de 2020

Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar



Necesitamos nosotros fe viva, sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto, el optimismo de la fe, la esperanza que nos hace confiar y esperar

2Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43
A veces nos sentimos muy seguros de conseguir aquellos deseos o aquellas metas que nos proponemos y estamos como optimistas y hasta pregustando ya las mieles de lo conseguido; nos hacemos nuestro plan bien detallada, bien lo llevemos en la mente porque son quizás muchas las horas que le hemos dedicado a pensarlo y repensarlo, o bien porque plasmemos nuestros objetivo en un proyecto como si fuera una memoria de aquello que queremos conseguir.
Pero tras esos momentos de euforia nos puede sobrevenir de repente el pesimismo, nos llenamos de negatividad y ya no lo vemos tan fácil; nos aparecen en nuestra imaginación o en aquellas cosas que vemos que se van como encadenando dificultades, problemas que nos hacen ver ya nuestros proyectos, antes tan luminosos, ahora llenos de sombras que parecen que nos tiran abajo todas nuestras ilusiones.
Son los proyectos que el padre de familias se hace para su vida futura, pero sobre todo sus hijos soñando en su interior muchas cosas hermosas que espera conseguir; será el profesional en su trabajo, será el que trabaja en la vida social con sus proyectos de mejora de la sociedad con sus correspondientes planificaciones. Serán tantas cosas que soñamos y llevamos en nuestra mente de cara a nuestro futuro. Momentos ilusionantes, donde todo son luces, pero momentos que se nos intercalan de oscuridad con sus problemas y con las dificultades que encontramos en nosotros mismos, porque quizá nos sentimos incapaces de llevar esos proyectos adelante, o porque nos sentimos tan débiles y limitados que ya nos puede parecer imposible.
¿Qué hacer? ¿Resignarnos y esperar pasivamente a ver lo que podemos conseguir? ¿Llenarnos de miedos y temores que nos impiden dar un paso? ¿O buscar algo que nos dé ilusión, que nos haga sentir una fuerza interior que nos empuje, algo que nos haga creer en nosotros mismos para encontrar razones para luchar por esos objetivos?
¿Qué luz podemos encontrar en el evangelio de este día? Dos testimonios de dos personas que se sentían seguras en lo que deseaban y que, podríamos decir así, no les temblaron las piernas para llegar a conseguir lo que pedían o lo que deseaban, porque una de ellas ni siquiera llegó a expresarlo con palabras.
Nos habla de Jairo, jefe de la sinagoga, que tenía a su hija muy enferma, prácticamente en las últimas, y que con fe se acerca a Jesús para pedirle que haga algo por él. Y Jesús se pone en camino a casa de Jairo.
Pero en el camino se intercalan otras cosas; por una parte una mujer que se considera impura a si misma por causa de sus hemorragias y que había gastado toda su fortuna y no lo había conseguido. Pero ahora tiene a mano a Jesús; está segura que con solo tocarle la orla de su manto curaría. Y en medio del revuelo de la gente que siguen a Jesús ella se acerca por detrás y toca el manto de Jesús. Siente en su interior que está curada y ahora no sabe donde meterse, porque Jesús pregunta quién le ha tocado. Aunque ya está curada temblorosa se acerca a Jesús para reconocerlo. ‘Tu fe te ha curado’, le dirá Jesús. Aquella mujer no dudó aunque se interpusieran murallas de gente entre ella y Jesús.
Pero al tiempo vienen a decirle a Jairo que no moleste al maestro porque no hay nada que hacer, su niña ha muerto. Ya en la casa andan con los preparativos del funeral. Se le habían caído por tierra todas sus ilusiones y esperanzas; habría querido que el Maestro llegara a tiempo, pero el tiempo se había acabado. Seguro que la congoja también caería como una loza sobre Jairo. ¿No te he dicho que te basta que tengas fe?, interpela ahora Jesús a Jairo.
Y mantuvieron viva su fe, tanto la mujer como Jairo; la mujer se curó, la niña volvió a la vida. Necesitamos nosotros esa fe viva; necesitamos llenarnos de certezas y de confianza; necesitamos sentirnos seguros porque sabemos en manos de quien nos hemos puesto; necesitamos esa confianza y esa perseverancia en tantos momentos de la vida; necesitamos ese optimismo que nos da la fe, esa esperanza que nos hace confiar y esperar. Saquemos muchas conclusiones de este pasaje del evangelio que bien lo necesitamos en el día a día de nuestra vida.

lunes, 3 de febrero de 2020

Queremos ser libres, amamos la libertad, pero sin embargo hay muchas cosas que nos siguen atando, esclavizándonos y creándonos dependencias


Queremos ser libres, amamos la libertad, pero sin embargo hay muchas cosas que nos siguen atando, esclavizándonos y creándonos dependencias

2Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20
Todos decimos que amamos la libertad, que queremos ser libres y que vivamos en un mundo donde brille la libertad para todos. Pero no sé si esto en muchas ocasiones se queda en buenas intenciones o sólo gritamos la palabra libertad cuando decimos que vemos opresión o dominio de aquellos que tildamos poderosos, o de las manipulaciones que desgraciadamente vemos que se realizan de muchas maneras desde aquellos que pretenden el control de la sociedad a su manera o al ritmo de sus ideologías. En muchas ocasiones según de donde procedan dichas manipulaciones o de la cercanía que se pueda tener a nuestras particulares ideas quizás nos hacemos ciegos y sordos y cerramos los ojos como para no enterarnos. ¿Habrá verdadera libertad en esas situaciones y momentos?
Pero quizá tendríamos que mirarnos a nosotros mismos y a nuestro interior para ver si realmente vivimos esa libertad o acaso también nosotros nos sintamos constreñidos porque hay apegos en nuestro corazón o en nuestra vida que también están limitándonos nuestra propia libertad. Son aquellas cosas de las que nos hemos creado una acuciante necesidad y que nos parece que sin ellas no podemos vivir ni podemos ser felices de verdad, pero que realmente nos hemos creado una dependencia que nos está limitando fuertemente desde nuestro propio interior. Son cosas de las que nos cuesta arrancarnos y aunque veamos un mundo más brillante sin esas dependencias parece como si quisiéramos seguir sujetos a esas cosas a las que de alguna manera nos hemos acostumbrado.
Es una lucha interior fuerte la que tenemos que mantener. Tenemos que aprender a gustar esa libertad honda que sentimos en nosotros cuando en verdad nos hemos dejado llenar por la vida de Jesús. El viene a nosotros para restaurar en verdad nuestra vida y que saboreemos la verdadera libertad que nos hace grandes. El con su presencia y con su gracia nos llena de dignidad y nos quiere hacer vivir mirando siempre a lo alto, para que tengamos metas altas en nuestra vida, para que busquemos siempre lo que nos dignifica y nos engrandece.
Hoy el evangelio nos habla de la presencia de Jesús en la otra orilla del lago, en la región de los gerasenos. No eran propiamente judíos los habitantes de aquella región. Y allí Jesús cura a aquel hombre poseído de un espíritu inmundo, como se nos dice en el lenguaje del evangelio. Su locura era tal que era temido por todos que incluso pretendían atarle con cadenas, pero él con su fuerza se desataba y causaba el terror de aquellas gentes. Y Jesús lo cura, le libera de esas ataduras que atenazaban su espíritu. Nos habla el evangelio de aquella legión de demonios que se metió en la piara de cerdos que se tiraron acantilado abajo para morir ahogados en el lago.
Cuando las gentes del lugar llegan y contemplan al que había sido endemoniado ya curado y pacífico sentado a un lado, sin embargo le piden a Jesús que se marche a otro lugar. Sus intereses económicos se habían venido abajo con los cerdos despeñados por el precipicio. Parece que querían más seguir con las locuras del endemoniado con tal de no perder en sus ganancias materiales. Se les ofrecía una vida nueva de libertad alejando temores y miedos pero preferían seguir con sus anteriores dependencias.
¿Se parecerá algo de todo esto con esas posturas nuestras donde seguimos con nuestras ataduras y dependencias en lugar de buscar la libertad verdadera que nos ofrece Jesús? Son cosas que nos darían que pensar.

domingo, 2 de febrero de 2020

Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio




Como los ancianos Simeón y Ana, como María de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo signo y testimonio de evangelio

Malaquías 3, 1-4; Sal 23; hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40
Hoy hace cuarenta días que celebrábamos el nacimiento de Jesús. La liturgia en esta ocasión sigue fielmente los acontecimientos de forma cronológica nos recuerda hoy y celebramos algo que prescribía la ley del Señor para el pueblo de Israel. Todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Es lo que hoy celebramos, la Presentación de Jesús en el templo.
Como nos dirá la carta a los Hebreos Jesús al entrar en el mundo exclamó con aquellas palabras ya preanunciadas en la Escritura, ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Significativamente hoy lo contemplamos cuando los padres de Jesús a los cuarenta días de su nacimiento llevaron a Jesús al templo para su presentación al Señor. Podríamos decir de alguna manera que es el inicio de la ofrenda de quien venia para hacer la voluntad del Padre – ‘no se haga lo que yo quiero sino tu voluntad’, exclamaría Jesús en Getsemaní y en el momento supremo de la cruz pone su vida en las manos del Padre ‘en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es un camino que se nos señala. Es la ofrenda de nuestra vida cuando dejamos que la fe envuelva la totalidad de nuestra vida. Por algo nos enseñaría Jesús que aquello que ha de ser como meta de nuestra vida y ha de estar presente siempre en nuestro vivir y en nuestro actuar lo convirtiéramos en oracion que repetiríamos cada día. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Su alimento era hacer la voluntad del Padre y así se siente enviado del Padre para hacer lo que El quiere. ¿Será así también en nosotros el ‘sí’ que le damos a Dios con la obediencia de nuestra fe?
El evangelio nos habla hoy de que en el momento en que sus padres llegaron al templo para hacer la ofrenda les salió al paso, primero el anciano Simeón, y luego la profetisa Ana. Aquel anciano no es un sacerdote al servicio del templo y del culto al Señor, era simplemente alguien que esperaba la consolación del pueblo de Israel. Allí estaba lleno de esperanza porque sabía que sus ojos no se cerrarían sin ver el cumplimiento de las promesas anunciadas. Y aquel anciano canta lleno de alegría porque sus ojos han podido contemplar al que era presentado como la luz de las naciones y la gloria del pueblo de Israel. Pero señala también cómo será signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.  ‘El que no está conmigo está contra mí’, diría Jesús porque ante El siempre hemos de hacer una opción clara y decisiva para posicionarnos de forma rotunda en lo que es la voluntad de Dios.
La anciana profetisa también se ha posicionado porque si en silencio había estado muchos años sirviendo a Dios en el servicio del templo de forma callada, ahora a aquella mujer se le soltaría la lengua no solo para cantar las alabanzas del Señor sino para contar a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel el cumplimiento de las promesas mesiánicas en aquel niño que ahora era presentado al Señor en el templo.
Ante Jesús no podemos callar; ante Jesús nos tenemos que decantar; desde el encuentro con Jesús siempre nos tenemos que convertir en misioneros que anuncien con valentía la Buena Noticia de nuestra salvación. Tenemos que decir que esta fiesta que hoy estamos celebrando no es para quedarnos estáticos contemplando las maravillas del Señor sino para ponernos en camino. Aquellos ancianos vinieron al encuentro de aquellos padres que llevaban un niño en sus brazos como tantos otros que en aquellos momentos hacían la misma entrada en el templo del Señor. Pero pronto aquellos ancianos se dieron la vuelta con Jesús en sus brazos para convertirse en anuncio jubiloso de buena noticia para todos los que allí entonces estaban.
Venimos al encuentro del Señor en nuestra celebración porque queremos cantar las alabanzas del Señor, pero cuando termina la celebración nos sentimos enviados ‘ite, misa est’, se nos decía en latín en el viejo ritual, y aunque se han suavizado las palabras en la traducción en un ‘podeis ir en paz’, sin embargo tiene ese sentido de imperativo, de mandato, porque tenemos que salir, porque tenemos que ponernos en camino, porque tenemos que ir a llevar la buena noticia a los demás.
Hoy estamos hablando mucho de una iglesia misionera, de una iglesia en salida, de un ir a la otra orilla para saber llegar a las periferias de nuestro mundo haciendo el anuncio. Nuestra Iglesia Diocesana de Tenerife celebrando este segundo centenario de su creación así quiere sentirse porque tiene que ir al mundo que le rodea llevando el anuncio del evangelio. Pero aun más podemos decir, porque en este día en nuestra Diócesis celebramos a nuestra Señora de Candelaria, nuestra patrona general de las Islas Canarias.
Ella fue la primera misionera, en su imagen encontrada en las playas de Chimisay, para los habitantes de nuestras islas que la llamaban la Chaxiraxi, la madre del Sol. Fue el primer signo cristiano que llego a nuestras tierras antes de que los misioneros pusieran pie en ella. Cuando hoy nosotros la celebramos queremos coger el testigo de sus manos, y el testigo es esa luz significada en esa candela que porta en una mano, mientras al brazo lleva a su Hijo Jesús. 
Cojamos esa candela, ese testigo, esa luz y no olvidemos que tenemos que ser testigos, que tenemos que llevar esa luz, que tenemos que anunciar a todos los hombres de nuestra tierra el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. Como los ancianos Simeón y Ana, como Maria de Candelaria, elevemos nuestras voces, llevemos en las manos de nuestra vida el testigo siendo nosotros signo y testimonio del evangelio de Jesús.

sábado, 1 de febrero de 2020

Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros


Que se nos despierte la fe para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla como nos pide hoy la Iglesia aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41
Tempestades y tormentas no nos faltan en la vida. Para las tormentas climatológicas hoy tenemos unos servicios de previsión del tiempo que nos dicen por donde nos vienen las borrascas y en qué momento determinado las alertas se elevan de todo porque encima tenemos la tormenta y no vamos a recordar aquí la serie de nombres que ahora estamos habituados a escuchar en las noticias para referirse a ellas.
Pero no es de esas tormentas y borrascas de las que ahora queremos hacer mención, sino de esos problemas que aparecen cuando menos pensamos y nos envuelven y nos llenan de angustias y desestabilizan nuestra vida. Hay momentos que son duros en la vida y clamamos no sabemos a quien porque parece que ya no podemos más, que la vida se nos convierte en un tubo oscuro y se nos retuerce como una espiral y no sabemos qué solución encontrar. Tantas veces que nos sentimos solos en medio de esos problemas de la vida porque parece que hasta los más amigos se alejan o se desentienden de nosotros y nos retorcemos sin saber a quien acudir.
Qué dura se nos hace esa soledad, ese pasar por esas situaciones en soledad. No sabemos o no queremos porque una de las cosas que nos suceden es que poco menos que nos encerramos en nosotros mismos y somos nosotros los que no queremos contar con nadie. Es duro verse así, pero esas tormentas nos aparecen o nos pueden aparecer de vez en cuando.
El contemplar el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio de los discípulos en la barca luchando en medio de la tormenta del lago y donde les parece que Jesús se desentiende de ellos, me hace pensar en esas situaciones duras por las que tantas veces en la vida pasamos o vemos pasar a los demás. Bueno, vemos pasar a los demás, pero quizá nosotros seamos de los que nos desentendemos, de los que no ponemos ni la punta del dedo meñique para prestar alguna ayuda o para hacernos presente al lado de esos que vemos sufrir.
Como decíamos los discípulos lo estaban pasando mal, porque a pesar de que algunos eran avezados pescadores de aquel lago, cuando llegaban esos momentos todos se sentían impotentes; es proverbial la fuerza con que se desatan los vientos en el lago, que ya por si mismo está en una depresión de la tierra – está a un nivel por debajo del nivel del mar – pero además rodeado de las altas montañas del Golán y el monte Hermón. Jesús había querido ir con los discípulos a la otra orilla del lago y allí se habían embarcado. Se había desatado la tormenta y en medio del fragor de las olas y el viento, Jesús, sin embargo, dormía en un rincón de la barca. No sabían que hacer y al final lo despiertan. Y ya sabemos el desenlace. ‘Hombres de poca fe’, les dice. ¿No habían aprendido aun a confiar a Jesús que allí estaba aunque les pareciera que dormido se desatendía de ellos?
Ir a la otra orilla… tendría que hacernos pensar también a nosotros. ¿Estaremos dispuestos a ir con Jesús a la otra orilla? ¿No es a lo que está llamada la Iglesia hoy, como nos repite continuamente el Papa? Pero también sentimos tormentas en el seno de la Iglesia y algunas veces clamamos como si fuéramos hombres de poca fe, porque no sabemos descubrir la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús que está con nosotros.
Parece que la barca de la Iglesia se tambalea demasiado en medio de las corrientes y los vientos del mundo que nos rodea, y nos sentimos quizá desorientados, llenos de dudas y de miedos. ¿Nos estará queriendo decir algo este texto del evangelio para que se nos despierte la fe, para que no tengamos miedo de ir a la otra orilla aunque tengamos que atravesar el mar con tantos peligros, para que sepamos seguir adelante? Mucho nos da que pensar.

viernes, 31 de enero de 2020

Vivimos llenos de confianza porque ponemos nuestra fe en Dios y nuestro corazón se llena de esperanza que nos trasciende a la vida eterna


Vivimos llenos de confianza porque ponemos nuestra fe en Dios y nuestro corazón se llena de esperanza que nos trasciende a la vida eterna

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Sal 50; Marcos 4, 26-34
Quizá pueda parecer algo como muy genérico lo que voy a expresar, pero me atrevo a decir que la vida, lo que hacemos y lo que vivimos es como un acto de confianza y de esperanza en si misma. ¿Tenemos seguridad de lo que va a suceder mañana? ¿Tenemos la certeza absoluta de que aquello que hacemos va a dar el fruto que esperamos? La experiencia de la vida nos ha ido enseñando que si realizamos determinados actos como fruto obtendremos unas cosas concretas. Pero también sabemos por experiencia que las cosas se pueden torcer y no siempre obtenemos el fruto esperado y deseado por el que habíamos luchado. Pero confiamos, tenemos esperanza, seguimos construyendo con el deseo de ver realizadas las metas que nos propusimos. ¿Lo dejamos al azar? ¿Es solamente un destino? Pensamos que hay algo más y distinto.
El agricultor echa la semilla a la tierra con la esperanza de una cosecha; confía en que poniendo los medios que tiene a su disposición pueda lograrlo. Como el educador que quiere forjar el espíritu de aquellos que están a su cuidado, los padres en la educación y formación de sus hijos a los que quieren ver crecer. Confían, tienen esperanza. Como el que quiere emprender un trabajo, un negocio, un viaje… confiamos, esperamos verlo realizado, obtener los beneficios, llegar a la meta y al regreso.
Quizá en cosas así nos hacen pensar las parábolas que hoy Jesús nos propone. Nos habla del agricultor que hecha la semilla en la tierra y, como nos dice Jesús en la parábola, él no sabe cómo, pero aquella semilla un día germina y brota una planta, y al final recogerá un fruto. ¿Algo milagroso? ¿Algo automático? No nos queremos quedar solo en la imagen de la semilla, sino que con esa imagen podemos pensar en la vida, en lo que somos o en lo que es nuestra sociedad. Están es cierto nuestras voluntades y nuestros esfuerzos, pero bien sabemos que tiene que haber algo más.
Hoy la gente para no querer referirse a Dios habla de energías positivas y no sé cuantas cosas. Pero, ¿por qué no pensamos en ese Espíritu divino que desde lo más hondo de nosotros mismos nos anima y nos da la fuerza que necesitamos? ¿Quién es el que en verdad mueve nuestro corazón y nos da fuerza? Cuántas veces estamos en nuestras luchas y hasta en cierto modo nos podemos sentir desanimados y cansados en nuestro esfuerzo, pero en un momento dado sentimos dentro de nosotros una fuerza interior que nos empujaba a la lucha, que nos iluminaba con nuevos caminos y salidas, que nos hacia sentir dentro de nosotros con esa energía espiritual para saltar por encima de todas las barreras. Es la gracia del Señor, es la inspiración del Espíritu divino, es Dios que actúa en nosotros.
Es ese misterio del crecimiento del que nos habla la parábola, ese crecimiento interior que nosotros sabemos muy bien que es la inspiración del Espíritu de Dios en nosotros.  Pero eso también en cierto modo tenemos que cultivarlo, como el agricultor que preparó la tierra para echar la semilla; y lo cultivamos manteniendo viva esa sensibilidad espiritual en nuestra vida, abriendo nuestro corazón a la trascendencia, nuestro espíritu a Dios. Cuidando que los materialismos y las sensualidades de la vida no ensordezcan nuestro corazón y ya no seamos capaces de captar esa sintonía de Dios en nosotros. Nos damos cuenta que no somos solo materia, sino que en nosotros hay algo más, somos seres espirituales capaces de elevar nuestro corazón más allá y más arriba de esas cosas materiales que tantas veces nos envuelven.
Si así lo hacemos es porque confiamos y no en cualquier cosa, es que ponemos nuestra fe en Dios y así nuestro corazón se llena de esperanza, no solo para el fruto que ahora en la tierra podamos obtener sino algo más porque nos hace pensar en frutos de vida eterna.

jueves, 30 de enero de 2020

Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad


Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad

2Samuel 7, 18-19. 24-29; Sal 131; Marcos 4, 21-25
No solo sería incomprensible sino incongruente que encendiéramos una luz pero la metiéramos en un cajón cerrado para que nadie pueda detectar esa luz. Si tenemos una luz encendida la pondremos en el lugar adecuado para que su resplandor ilumine el mayor espacio posible. Y no es ya el juego de luces indirectas que en nuestra ornamentación colocamos, para que quizá sin ver el foco de luz, sin embargo su resplandor haga resplandecer determinados aspectos que queremos destacar en aquel conjunto arquitectónico o ante aquella obra de arte. Eso es otra cosa destacable también, pero a lo que nos referíamos es al ocultamiento de la luz pero para que no produzca su efecto de iluminar.
Creo que Jesús hoy en el evangelio nos está dando un fuerte toque de atención cuando nos propone esta imagen de la luz oculta bajo un celemín. ¿No será eso lo que de alguna manera los cristianos estamos haciendo? Somos luz, llevamos una luz en nosotros desde el momento que por nuestra fe hemos hecho una opción por Jesús y por su evangelio. Pero, ¿estaremos reflejando suficientemente esa luz? ¿Estaremos ofertando suficientemente esa luz al mundo que nos rodea?
Algunas veces parecemos unos cristianos vergonzosos que no somos capaces de dar la cara por nuestra fe. Nos quejamos fácilmente de que en nuestra sociedad no brillan los valores cristianos, que se va perdiendo un sentido de religiosidad en la vida, que el materialismo nos invade y toda una serie de contravalores al sentido cristiano se van imponiendo en nuestra sociedad, que hasta los signos cristianos van desapareciendo de la vida de nuestra sociedad porque otros tratan de imponer su visión de la vida y nos van comiendo terreno.
Pero, ¿quién tiene la culpa de todo eso? Tenemos que reconocer que nosotros los cristianos porque no damos la cara, porque ocultamos esos valores y parece que nos da vergüenza manifestar que tenemos una fe y un sentido de la vida, porque dejamos que sean otros los que vayan marcando el ritmo de la sociedad mientras nosotros nos quedamos callados y dejamos hacer. Quizá en otros momentos parecía que lo teníamos más fácil y hasta quisimos imponer nuestros sentimientos y nuestras costumbres sin respetar del todo a los demás, pero ahora hemos pasado al estado contrario, donde nada hacemos y dejamos que nos coman el terreno.
Hagamos gala de nuestra fe, de nuestra religiosidad, de nuestros valores, del sentido de la vida que nos ofrece el evangelio de Jesús y demos testimonio de todo ello con valentía. No nos ocultemos; respetemos, es cierto, a los demás sin imposiciones por nuestra parte, pero que también nos hagamos respetar, porque el respeto tiene que ser mutuo. Demos una imagen clara de lo que significa ser cristiano y de cómo nosotros los cristianos somos los primeros en contribuir a lo mejor para nuestra sociedad.
Mucho podemos y tenemos que hacer, no nos ocultemos. Somos luz para nuestro mundo y el mundo necesita también de esa luz. Es incomprensible e incongruente cómo los cristianos ocultamos la luz que llevamos en nuestra vida. Estemos convencidos de que nuestro mundo será mejor si damos nuestro testimonio y contagiamos de nuestros valores al mundo en el que vivimos. Seguro que sería más luminoso.

miércoles, 29 de enero de 2020

Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar


Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20
Se nos habrá pasado alguna vez por la cabeza o acaso lo hemos oído comentar; alguien hizo una buena reflexión en la que se denunciaban situaciones injustas, o se hablaba de cosas que había que corregir o mejorar y a la mente nos vino el pensamiento de que bueno sería que determinaba persona escuchara esto, o que bien le vendría a alguien estas cosas porque, pensamos, están retratando su vida. Es fácil tirar balones fuera, que lo que se dice o lo que se escucha le vendría bien a esta o aquella persona, pero no pensamos en nosotros mismos que tendríamos que ser los primeros que nos lo aplicáramos.
Esto significa esas actitudes pasivas que podemos tener en nuestro interior donde nos encerramos como detrás de una coraza para no dejar que se nos señale de forma concreta aquello que tendría que ser distinto en nuestra vida. Pues creo que pudiera ser la actitud o la postura que nos denuncia la parábola y esa actitud nueva con que nosotros debemos escucharla.
Hoy nos habla el evangelio de la parábola del sembrador. Somos capaces de decir cosas muy bellas de ella, como una de las páginas más hermosas del evangelio y un montón de cosas en ese estilo; pero ahí nos quedamos, en su belleza, en la riqueza de matices que puede tener, en todas las cosas que nos puede decir, pero ya nos la sabemos. Desde que comenzamos a escucharla ya vamos por adelantado pensando en su significado que nos lo sabemos porque tantas veces lo hemos escuchado y hasta lo habremos meditado.
Quizá en un momento determinado nos impactó, pero fue el impacto de aquel momento, porque parece que ha dejado de ser ya esa buena nueva que hoy llega a nuestra vida. Y es que esa tiene que ser la actitud, sentir que ahora, en este momento, es buena noticia para nosotros, es una buena nueva, no una cosa sabida ya y que ahora estamos repitiendo. Es por eso por lo que tantas veces, y nos sucede con esta parábola y nos puede suceder con tantos pasajes del evangelio, se nos queda sin dar fruto, porque ya de antemano hemos puesto esa costra de que ya nos la sabemos y no llega a penetrar de verdad en nuestro corazón.
Es cierto que todos conocemos la parábola, de cómo el sembrador va arrojando la semilla que va cayendo en distintos terrenos, en la orilla del camino, o entre los zarzales y malas hierbas o los pedruscos, y solo la que cayó en buena tierra llegó a fructificar. La conocemos y conocemos bien la explicación que Jesús mismo hace de la parábola, pero eso no debe impedirnos para que abramos bien nuestro corazón al escucharla y lleguemos a descubrir lo que ha de ser esa buena nueva ahora y en las circunstancias concretas que vivimos esa palabra del Señor.
Podemos mirar lo que es la situación de nuestro mundo hoy que se hace sordo a la Palabra de Dios, porque ha eliminado todo sentido de trascendencia de su vida y solo vive pensando en las beneficios concretos que ha de tener para si o para la sociedad todo aquello que hace; es el materialismo con que vivimos, es la ausencia de valores espirituales en la que vamos educando a las jóvenes generaciones, es el hedonismo de la vida donde todo lo que hacemos es para buscar sensaciones placenteras que nos hagan disfrutar solamente del momento, es la impaciencia con que vivimos en que todo tiene que estar como automatizado para podamos obtener fruto o beneficio inmediato.
Pero eso no es cuestión solo del mundo que nos rodea sino que son las posturas, las formas de hacer con que nosotros habitualmente actuamos. Lo que no nos da una satisfacción inmediata, un beneficio pronto y abundante no nos vale, pero es que nosotros tampoco queremos saber nada de la perseverancia y la constancia en el esfuerzo aunque nos cueste sacrificio, porque eso siempre lo rehuimos.
Solo aquella tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar, pero no nos importa estar de cualquier manera – como la tierra endurecida del camino, la llena de abrojos o los pedregales – con tal de evitar el esfuerzo del trabajo que significa preparar una buena tierra para recibir la semilla.
¿No será esta parábola hoy una invitación a revisar esas posturas que tenemos en nosotros ante la vida y ante el esfuerzo que tendríamos que hacer por cultivarla?

martes, 28 de enero de 2020

Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial


Una nueva relación, una nueva comunión que a todos nos hace sentirnos familia de una manera especial

2Samuel 6, 12b-15. 17-19; Sal 23;  Marcos 3, 31-35
Somos conscientes de que las relaciones primarias y básicas de toda persona están en la familia en la que hemos nacido y donde  nos hemos criado, allí donde hemos crecido como personas en esa hermosa relación de amor entre padres e hijos, entre hermanos y también con el resto de la familia más cercano. Ese hogar que ha sido caldo de cultivo de esos valores de los que nos hemos impregnado y donde hemos aprendido a relacionarnos y a comunicarnos y que nos ha ayudado en ese crecimiento humano y espiritual.
Pero somos conscientes también  que hay otro entorno que ha ampliado ese campo de relación y que muchas veces tiene una riqueza extraordinaria que nos hace establecer unos vínculos tan fuertes en muchas ocasiones como aquellos que tenemos en el seno de la familia. Son los amigos, son esas personas cercanas a nosotros a los que miramos de una forma especial, de manera que aunque no hayan vínculos de carne y sangre sin embargo los vínculos son tan estrechos que con ellos nos sentimos como si fueran de la misma familia. Es una apertura hermosa que nos tendría que hacer mirar al mundo con otros ojos y que tendría que ser un camino de esa nueva fraternidad que entre todos los seres humanos tendríamos que establecer. Ya la Sagrada Escritura nos dice en los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano…’
Con estos preámbulos de reflexión que nos estamos haciendo no nos han de resultar extrañas las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el Evangelio. Estaba Jesús como siempre rodeado de gente que venia a escucharle y que a gusto se sentían con El apretujándose en su entorno para no perder ni una sola de sus palabras y para sentir el calor de su amor y cercanía. Y nos dice el evangelista que llegaron su madre y sus hermanos. No es necesario extendernos excesivamente para entender que la palabra hermano entre las gentes de aquella época y más en un mundo semita hace referencia a todos los familiares cercanos.
Le comunican a Jesús, ante la imposibilidad de poder llegar por si mismos a sus pies, que allí están su madre y sus hermanos. A algunos les podría parecer extraña la reacción y respuesta de Jesús pero creo que estamos en camino de entenderlo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y derramando su mirada en torno en todos aquellos que le escuchaban exclamó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen…’
No rechaza Jesús la presencia de María, su madre, y demás familiares que le buscan. Pero Jesús nos está abriendo horizontes cuando nos anuncia el nuevo Reino de Dios; Jesús nos está hablando de esa nueva fraternidad que tenemos que aprender a vivir, donde en verdad todos nos sintamos hermanos; no han de ser solo los vínculos de la sangre los que nos han de unir, sino que han de haber otros vínculos de amor, de amistad, de cercanía, de fraternidad que nos han de hacer entrar en una nueva relación. ¿No ha de ser el amor nuestro distintivo? Pero no es un mero amor romántico o de bonitas palabras, sino que ha de ser otra relación más honda, más concreta, más palpable que nos ha de hacer sentirnos hermanos.
No perdamos de vista nunca lo que es el eje fundamental de la predicación de Jesús, el Reino de Dios; ese Reino de Dios que viviremos sintiendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, pero donde todos hemos de sentirnos hermanos, donde hemos de cultivar esos valores del Reino que nos harán entrar en esa nueva relación que entre unos y otros ha de existir.

lunes, 27 de enero de 2020

Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad


Descubramos en lo bueno que realizan los demás una gracia de Dios para nosotros que nos hace ver la maravilla de su bondad

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30
Sembrar desconfianza es como ir socavando el terreno por los cimientos y como aparentemente nadie lo ve o se da cuenta pronto el edificio se vendrá abajo. Parece una maldad grande y así es realmente y con frecuencia nos encontramos actitudes así en la vida. No podemos alcanzar las altas cotas que otros están logrando con su tarea, nos corroe la envidia por dentro y buscaríamos la forma que fuera para destruir.
Y una forma es sembrar desconfianza; una forma es querer quitar el prestigio de aquel que vemos como contrincante. Es un lenguaje que vemos con demasiada frecuencia en la vida social, en la vida política, donde se siembra con facilidad la sospecha de los dobles intereses, se hace desconfiar de la gente porque les ponemos intenciones que ellos no tienen, porque aplicamos el éxito de lo que los otros han conseguido a las malas artes. Cuantas situaciones en este sentido podemos ver cada día en la vida social y en la vida política, pero que eso luego se traslada también a nuestras relaciones personales con los que estamos más cerca. Nos volvemos destructivos en lugar de ser constructores aprovechando todo  lo bueno de los demás.
Cuando le has quitado el prestigio a alguien con tus falsedades que difícil es que lo pueda recuperar. Es lo que hacemos con las críticas destructivas, que es como si desplumaras a una gallina en la calle un día de viento y luego quisieras recoger de nuevo las plumas. Y esos bulos corren disparatados sin que nadie los pueda detener; es lo que ahora llaman las falsas noticias, fake news creo que se dice ahora, para distraer al personal de lo que está sucediendo y para socavar lo bueno que los otros puedan estar haciendo. No somos capaces de aceptar nuestra incapacidad para hacer algo bueno pero lo que hacemos es desprestigiar al otro.
Es lo que vemos que sucede con Jesús. Hay quien no puede aceptar aquel mensaje nuevo que Jesús les ofrece. Anclados en su conservadurismo, que muchas veces es cuidar por sus posicionamientos, por las ventajas y beneficios que para ellos mismos tienen, no son capaces de abrirse a aquel mundo nuevo, a aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, que les ofrece Jesús.
Son graves las acusaciones que hacen contra Jesús, graves y blasfemas. Por eso les dirá Jesús que quien peca contra el Espíritu Santo no tiene perdón, porque quien niega la acción del Espíritu divino en nuestros corazones nunca será capaz de reconocer la negrura de su corazón y abrirse a la gracia misericordiosa de Dios. Acusan a Jesús de que obra con el poder del maligno; es algo muy grave lo que están diciendo.
No podemos negar el amor y la misericordia de Dios cuando lo vemos tan palpable delante de nuestros ojos. Es la acción de Jesús que nos muestra el rostro misericordioso de Dios en aquellos signos que realiza. Pero veamos eso mismo en nuestra propia vida, o en lo que sucede a nuestro alrededor. Eso bueno que vemos realizar a los demás ¿por qué no lo vemos como una gracia de Dios para nosotros, porque en esas obras buenas se manifiesta lo que es la bondad de Dios?
Seamos capaces de descubrir y aceptar tanto bueno que podemos recibir de los demás. Es una gracia de Dios para nosotros. Que no haya nunca actitudes y posturas negativas ante lo bueno que realizan los otros.

domingo, 26 de enero de 2020

Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior




Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
Si el evangelio de Lucas nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías que habla del que está lleno del Espíritu del Señor y ha sido enviado a hacer el anuncio de la buena nueva a los pobres para proclamar el año de gracia del Señor, el evangelio de Mateo, que corresponde al ciclo de este año, nos habla de la luz que brilla en las tinieblas porque el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios vino a ser ese rayo de luz y de esperanza para aquellos que lo escuchaban, trayéndonos a colación también un texto de Isaías.
De una forma o de otra, en uno o en otro evangelista, se nos presente algo así como el programa del Evangelio que Jesús nos anuncia. Anunciar la llegada del Reinado de Dios, no solo con palabras sino acompañado de muchos signos y la invitación a la conversión. Algo nuevo se nos anunciaba pero creer en ese anuncio implica la conversión del corazón, el darle la vuelta a la vida porque algo nuevo comenzaba. Y cuando se despiertan las esperanzas en el corazón de los hombres es como si una luz nueva comenzara a brillar para sus vidas. Qué cosa más esperanzadora cuando vamos caminando por un lugar oscuro ver alguna ráfaga de luz que nos anuncia el final del camino de oscuridad y tener la certeza de que saldremos de esas tinieblas.
El texto de Isaías que nos trae a colación el evangelista Mateo hacia referencia en su hecho histórico concreto un momento difícil de la historia de Israel, en que se veían envueltos en guerras y acosos de los pueblos vecinos en que por la inoperancia e insensatez de sus dirigentes no veían una salida airosa de aquella situación. Aquello cambiará y es lo que anuncia el profeta, por eso el pueblo se llena de esperanza y de alegría, como los que vienen de la siega con cantos de victoria.
Cuando Mateo nos hace esa cita del profeta está haciendo una lectura de la historia en el momento concreto en que apareció Jesús, profeta de Nazaret por las tierras de Galilea. Tiempos de pobreza y de opresión bajo el poder de los romanos donde todo les parecía también oscuro y lleno de tinieblas. La palabra profética de Jesús anunciando el Reinado de Dios es como un despertar de esas esperanzas dormidas o perdidas y fue para ellos como comenzar a brillar una luz nueva para sus vidas.
Por eso escuchan a Jesús y le siguen, les traen los enfermos para que los cure que vienen a ser los signos de lo nuevo que comenzaba como una nueva vida para aquellas gentes y la gente busca por todas partes. Todos escucharán el mensaje de invitación a la conversión y a la confianza en su Palabra. Pronto serán invitados algunos a seguirle más de cerca porque en aquellos tiempos nuevos que se avecinan serán necesarios unos nuevos pescadores o unos nuevos sembradores para ese nuevo pueblo que se irá constituyendo y que serán capaces de dar las señales de lo nuevo que está comenzando cuando son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús.
Por eso al pasar Jesús por la orilla del lago ya comenzará a llamar de forma concreta a algunos porque los quiere trabajadores en su Reino. Señales de esa conversión, de ese cambio y transformación de sus vidas las darán cuando son capaces de dejarlo todo por seguirle, y muestras de esa fe que comienzan a tener en Jesús y en su Palabra es que sin más se confían de la Palabra de Jesús para seguirle y para estar con El.
Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta Palabra del Señor no es para quedarnos en lo que entonces se dijo o sucedió. La Palabra que escuchamos es una Palabra viva, una Palabra que también quiere ser vida y luz para los hombres de hoy. También a los pobres de hoy se les ha de anunciar la Buena Noticia, también para los oprimidos de hoy es el anuncio de la amnistía, del año de gracia del Señor, también para los hombres y mujeres de hoy esa Palabra tiene que ser un rayo de luz que despierte la esperanza. Pero ¿llegará esta Palabra a los hombres y mujeres del siglo XXI como ese mismo rayo de esperanza?
Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz. Andamos confundidos. Confundidos porque no sabemos ya donde buscar la luz, o no sabemos cuál es la luz que tendríamos que buscar. Nos creemos llenos de luces con nuestros orgullos y autosuficiencias. Para todo queremos tener una explicación pero a nuestra manera y nos podemos quedar en superficialidades. Buscamos por fuera y queremos acallar la oscuridad que quizá llevamos dentro. Nos creemos saberlo todo pero quizá haya interrogantes profundos a los que no queremos enfrentarnos. Nos creemos en el camino bueno porque vamos encontrando satisfacciones fáciles y no nos damos cuenta que muchas de esas luces son efímeras y pronto dejarán de darnos luz permanente que dé sentido permanente a nuestra existencia.
¿Cómo despertar de esa inconciencia? Hemos de tener la valentía de ponernos a escuchar y hacerlo con sinceridad. Nos costará porque quizá ya no estamos acostumbrados sino a escucharnos a nosotros mismos, a nuestro ego, o dejar que nos satisfagan solo nuestras pasiones. Cuesta reconocer que hay un vacío dentro de nosotros mismos y cuesta abrirnos a la trascendencia, abrirnos a Dios para dejar que sea El quien llene nuestras vidas.
Por eso con sinceridad escuchemos esa voz, esa Palabra del Señor que nos invita a creer, a confiar, a ser capaces de darnos cuenta de que tenemos que darle la vuelta a nuestra vida. Es difícil porque alrededor de esa voz y como queriendo acallarla escucharemos muchas músicas que nos embelesan y nos distraen. Tratemos de acallar esas falsas sintonías para sintonizar de verdad la Palabra que nos salva, que nos hace encontrar la luz y salir de las tinieblas.