Vistas de página en total

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo


Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24
Alguna vez en la vida nos habremos encontrado en una situación embarazosa en que teníamos que tomar una decisión importante, que era casi un dilema, decisión en la que podían verse afectadas otras personas, y nos encontramos sin saber qué hacer. Son momentos duros, de zozobra, de inquietud, de no poder dormir quizás, porque no queremos hacer daño, queremos tomar la decisión más correcta, quizás lo que decidamos no sea del agrado de todos y podamos llevarnos algunas críticas. Lo sopesamos detenidamente y como creyentes queremos invocar a Dios en esos momentos para sentir su luz sobre nuestra vida que además nos dé fuerzas para afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. Se nos pueden dar en diferentes y múltiples situaciones y momentos.
Algo así se encontraba José cuando se enteró, porque las señales eran ya evidentes, porque quizás habían comenzado a circular los comentarios, de que la mujer con quien estaba desposado, aun sin vivir juntos según las costumbres y ritos de la época, estaba esperando un hijo. ¿Qué hacer? No quería hacer daño, su reputación también podía quedar mal parada, la situación de María era también bien difícil. ¿A quien acudir? ¿Qué decisión tomar?
Me viene a la mente una situación que se ha repetido y se repetirá muchas veces a lo largo de la historia de tantas familias y que sigue siendo hoy muy actual. Un embarazo no deseado y comienzan las cavilaciones para que decisión tomar. El tema de la despenalización del aborto ha llevado a muchos a pensar que por una parte es una solución fácil para evitar complicaciones pero también hay quien lo mira hasta como un derecho. No es un derecho, porque nadie tiene derecho a tomar decisiones sobre una vida, aunque las leyes permisivas de nuestra sociedad moderna lo haya llevado a una despenalización. En las angustias de José, que hoy contemplamos en el evangelio, me ha venido a la mente esta situación en que hoy muchos se pueden encontrar, aunque ahora no entremos demasiado a fondo en el tema, pero que da mucho que pensar.
Como decíamos antes con la situación de José que, como nos dice el evangelista, era bueno y justo y no quería hacer daño a nadie, ¿A quien acudir? ¿Con quien contar? José era un hombre justo y profundamente creyente, porque eso supo escuchar a Dios en su corazón aunque le hablara en sueños. Dios se nos manifiesta de muchas maneras y de muchas maneras nos hace ver cuál es su voluntad, aunque luego las decisiones sobre nuestra vida o que afectan a nuestra vida las deja en nuestras manos.
Dios respeta la voluntad del hombre. El creyente sabe buscar lo que es la voluntad de Dios y trata de conformar su vida a los planes de Dios. No siempre es fácil, no siempre vemos las cosas con claridad, pero tenemos que sabernos dirigir por la fuerza del Espíritu de Dios y es lo que hizo José. El evangelio  nos habla de unos sueños y de un ángel que se le manifiesta en esos sueños. Allá en lo más profundo de si mismo ha sabido descubrir José lo que eran los planes de Dios para su vida y él también dijo Sí, como un día lo hiciera María. Si Maria dijo aquí está la esclava del Señor, José fue capaz, frente a todo lo que podría parecer en contra y no ser una decisión fácil, de sentirse un instrumento en las manos de Dios para los planes de la salvación y se llevó a María, su mujer, a su casa.
Que seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo.

martes, 17 de diciembre de 2019

Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia


Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17
Queramos o no somos hijos de nuestra historia. Y esto lo decimos en referencia a nuestros pueblos, como lo podemos hacer en referencia a los individuos o las familias. Aunque hoy vivimos en un mundo de mucha movilidad y con los medios de comunicación que hoy tenemos podemos estar en relación con personas no solo de nuestro entorno sino del más lejano lugar de la tierra, sin embargo la idiosincrasia de un lugar, sus costumbres y tradiciones de alguna manera marcan nuestra vida y aunque quizá en ocasiones no sepamos cómo o por qué afloran estilos y comportamientos que son herencia, podemos decir, de lo que hemos recibido de nuestros mayores. Son cosas que se trasmiten de una forma sutil pero que sin embargo marcan estilos y maneras de ser o de pensar.
Por otra parte quién no se ha puesto a recordar en una conversación distendida con familiares o vecinos lo que son las raíces de cada uno, recordando que aquel es hijo de fulanito o aquel otro es de la familia tal y sobre todo los mayores recuerdan sus abuelos o antepasados también con multitud de anécdotas que forman parte de la historia de unas vidas.
Por otra parte tantas veces nos gusta indagar de donde procedía nuestra familia, el apellido que llevamos de donde procede y de manera especial cuando en nuestros antepasados ha habido algún tipo de movilidad por diferentes razones, ya sea emigración de un lugar a otro, ya sea por las uniones matrimoniales que se concertaron con personas de otro lugar, por ejemplo. Son los árboles genealógicos que nos construimos o nos gustaría construir haciendo referencia a todos nuestros antepasados.
Esto es lo que nos ofrece hoy el evangelista Mateo, aunque sabemos también que hace lo mismo Lucas en su evangelio. El evangelista Mateo que nos ofrece su evangelio en un entorno más judío, por ejemplo, entronca su genealogía en David y en Abrahán, para señalarnos de forma muy concreta esa raíz judía de Jesús para así señalarlo como el Mesías de Dios anunciado y prometido. Es el Hijo de David, y en la estirpe de Judá, primero, uno de los doce hijos de Jacob a quien escuchamos hoy en la primera lectura como depositario de la promesa, y de la familia de David de la que iba a nacer el hijo de María, desposada con José de la estirpe de David, a quien pusieron por nombre Jesús el llamado Cristo (Mesías) como concluye el evangelista.
Con este texto iniciamos estos ocho días que nos restan para la celebración del Nacimiento de Jesús y donde iremos escuchando a partir de mañana las primeras páginas del evangelio de Lucas con todo lo que hace referencia a los pasos previos al nacimiento de Jesús. Será como el último impulso de este camino de Adviento en nuestra preparación para las fiestas de Navidad.
No lo iremos escuchando como una anécdota más o una historia cualquiera que se nos cuenta sino que así iremos en la contemplación de esos diversos momentos adentrándonos en lo que ha de ser esa preparación de nuestro corazón para recibir al Señor que viene, y viene ahora en este momento concreto de nuestra propia historia como ya hemos mencionado, para traernos la salvación.
Como a Jesús le vemos nacer en un pueblo concreto que tiene su propia historia y en una familia concreta con sus concretas circunstancias, hemos de darnos cuenta de cómo el Señor llega a nosotros, con nuestra historia, con nuestra vida, y con las circunstancias concretas de lo que vivimos hoy en nuestro mundo.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida


Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27
¿Quién es él para decirme eso? ¿Quién se ha creído qué es? Ni que yo tenga que estarle aguantando todas sus ocurrencias… Algo así pensamos cuando creemos que alguien se ha metido donde no lo llamaban y se ha atrevido a meterse con mi vida, con mis cosas, con lo que hago o dejo de hacer. Pero no siempre la reacción negativa por nuestra parte es debido a una actitud no correcta de la otra persona, sino que en ocasiones reaccionamos así porque en el fondo reconocemos que tiene la razón y lo que nos está diciendo es una verdad como puños, como se suele decir, pero no nos agrada que nos hagan ver cosas de nuestra vida que quizá no sean tan positivas.
Demasiado vamos por la vida con nuestra autosuficiencia llena de orgullo, reclamando a los demás el por qué nos dicen algo, o reaccionando negativamente ante el testimonio que nos puedan ofrecer con su vida. Aquello de que las tinieblas rechazan la luz. Qué distintos seríamos si tuviéramos suficiente humildad para aceptarnos unos a otros sabiendo acoger la sabiduría que en las obras de los demás podríamos descubrir. Claro que no tenemos que imponer a los demás nuestros puntos de vista, pero si podemos ofrecer lo que consideramos bueno de la vida para que mutuamente nos enriquezcamos.
Proféticamente el anciano Simeón había anunciado que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción ante el cual habían de decantarse unos y otros. Lo contemplamos en el evangelio, pues mientras la gente sencilla ve la obra de Dios en el actuar de Jesús y todo son alabanzas y bendiciones al cielo, otros sin embargo le rechazan, les cuesta aceptar las palabras y las obras de Jesús, se sienten interpelados interiormente y eso es algo que no pueden soportar.
Hoy lo contemplamos en el evangelio cuando vienen a preguntarle, a exigirle que les diga con qué autoridad hace lo que hace. Pero Jesús a su vez los interpela a ellos que reculan y se encierran en si mismos y no responden al planteamiento de Jesús. Si ahora rechazan a Jesús, por qué rechazaron también al Bautista que predicaba allá en el Jordán. Pero ellos no quieren responder, se sienten comprometidos en las posibles respuestas que puedan dar.
También nosotros en la vida cuando nos sentimos interpelados por algo damos vueltas y más vueltas para que no se note que somos interpelados, para no dar el paso que nos comprometa, para seguir con las mismas actitudes y la misma vida. Es el círculo defensivo con que tantas veces envolvemos nuestra vida para hacernos sordos a la llamada de la Palabra de de Dios. Abramos nuestro corazón, abramos nuestro espíritu, bajémonos de nuestros pedestales, seamos capaces de reconocer lo que es la realidad de nuestra vida.
Decidámonos valientemente seguir los caminos del Señor. Sean otras las actitudes con que caminemos por la vida y sean nuevas las relaciones que mantenemos con los demás. Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar, aunque interpele nuestra vida que siempre será para bien.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Seamos signos luminosos que abran caminos de esperanza con las mismas obras de Jesús para desterrar las negruras calamitosas que ensombrecen nuestro mundo



Seamos signos luminosos que abran caminos de esperanza con las mismas obras de Jesús para desterrar las negruras calamitosas que ensombrecen nuestro mundo

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11
Algunas veces nos volvemos pesimistas; y cuando el pesimismo se nos mete en el alma todo se ensombrece y todo parecen nubes que nos anuncian catástrofes y calamidades. Caminando con pesimismo por la vida nos volvemos de alguna manera destructores, porque no dejamos asomar la esperanza y entonces se nos nublan los ojos y no seremos capaces de ver la posibilidad de nuevos caminos que se abran ante nosotros.
Nos sucede en nuestra vida social y política, no tengamos miedo de decirlo y reconocerlo. Nos vemos en situaciones de crisis y todo parece que se nos va a venir abajo y se nos destruye, al menos nos parece, lo que antes habíamos intentado construir con tanto esfuerzo. Es cierto que la vida es enrevesada y son tantas las cosas que influyen de un lado y de otro en la sociedad que pareciera que todo se nos vuelve oscuro. ¿No estaremos pasando por una situación así en estos momentos en nuestra sociedad? Parece que todo se nos va a venir abajo.
Pero creo que otra tenia que ser nuestra mirada sin ocultar la realidad, es cierto, pero tratando de descubrir cómo se nos pueden abrir caminos delante de nosotros, aunque ahora aun no sepamos cómo. El verdadero profeta no es el que anuncia calamidades sino el que es capaz de abrir caminos, de abrirnos los ojos para ver que hay otros caminos por donde caminar en la vida y afrontar entonces las situaciones difíciles en las que nos podamos encontrar. Y no olvidemos que el cristiano tiene que ser profeta, para eso ha sido ungido.
Me hago esta reflexión contemplando por una parte la situación que vive nuestra sociedad en este momento concreto, los posibles nubarrones que se puedan sentir incluso sobre nuestra iglesia donde hay tantos con miradas demasiado pesimistas, pero atendiendo a la Palabra que es este tercer domingo de Adviento se nos ofrece que tiene que ser una luz potente para hacernos mirar la vida con una nueva mirada. Y es que, como decimos continuamente, los momentos de fe que vivimos y que celebramos no son ajenos a la situación de la vida que vivimos en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia y en el camino personal que cada uno va recorriendo.
La Palabra que hoy escuchamos es verdaderamente una palabra profética que nos quiere abrir caminos. El profeta nos ha hablado de caminos que se abren en el desierto, de desiertos que se convierten en vergeles, de impedidos que dejan caer sus muletas para caminar con total libertad porque han encontrado salud para sus vidas. No son solo bellas palabras – aunque tenemos que reconocer que estos textos son verdaderamente, literariamente bellos – sino que son anuncio de vida nueva para nosotros. Es posible esa vida nueva, es posible esa transformación aunque el desierto nos pueda parecer al principio duro e inhóspito pero que se transformará en un lugar maravilloso como si fuera un jardín.
Y las palabras del evangelio a eso mismo nos están invitando. Juan está en la cárcel y a él han llegado noticias de las obras que realiza Jesús; él lo había anunciado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, con la certeza de que era en verdad el Mesías, aunque ahora no viera quizá claro que Jesús estuviera realizando las esperanzas que tenia el pueblo en el Mesías esperado. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es la pregunta que a través de sus discípulos llega a Jesús. ¿Y qué hace Jesús? Seguir realizando los signos que había venido realizando para decirle a los enviados de Juan: Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!’
Juan podía entender perfectamente el mensaje. Pero es el mensaje que nosotros hoy también escuchamos. Es el mensaje que nos abre caminos, que nos hace mirar con mirada nueva y que pone en nuestros pasos un nuevo y distinto caminar. Porque nos está pidiendo algo, que nosotros demos esas señales, que nosotros realicemos esos signos, que no nos quedemos aturdidos por los malos augurios de las negruras que nos anuncian sino que pongamos manos a la obra.
Tenemos que poner esperanza en la vida, en el mundo que nos rodea con esa mirada positiva con que intentemos ver las cosas para ponernos a hacer, para no resignarnos, para comenzar a realizar las obras del amor. La gente a nuestro lado se puede quedar aturdida pensando en las negruras que nos pueden sobrevenir y podemos tener la tendencia a huir o a escondernos. Pero tenemos que despertar, porque hay mucho positivo que hacer. Muchos serán los ciegos a los que tendrán que abrirse los ojos, y muchos que se han quedado paralizados a los que tenemos que ponerlos a caminar.
Tenemos que creer de verdad que podemos hacer un mundo nuevo y mejor aunque nos pueda parecer tan roto y tan destruido. Esa es nuestra tarea. Esa es nuestra esperanza. Esa es la verdadera navidad que tenemos que vivir porque tenemos que descubrir a Jesús que viene a nosotros en esas personas que viven en esa situación como hemos venido diciendo, pero nosotros por nuestro actuar tenemos que ser signos de Jesús, realizando la misma obra que hizo Jesús. Ese es el adviento que ahora vivimos con esperanza renovada y esa será la navidad que tenemos que celebrar.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Crezcamos interiormente, crezcamos en nuestra espiritualidad, démosle verdadera profundidad a nuestra vida dejándonos impregnar por el sentido del evangelio


Crezcamos interiormente, crezcamos en nuestra espiritualidad, démosle verdadera profundidad a nuestra vida dejándonos impregnar por el sentido del evangelio

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13
Hay ocasiones en que tenemos preguntas en nuestro interior a las que no sabemos dar respuesta o no encontramos a quien planteárselas o quizá no nos atrevemos. Nuestro espíritu parece un mar fluctuante que va y viene porque queremos buscar un rumbo, un sentido o un valor a lo que vivimos y a lo que hacemos pero las influencias que recibimos del exterior son muchas y contradictorias y dentro de nosotros mismos nos aparecen intereses, deseos algunas veces inconfesables, turbulencias que nos desestabilizan, nos hacen perder la orientación.
Cuando vislumbramos quizá que detrás de las respuestas que buscamos va a haber nuevas exigencias para nuestra vida de alguna manera nos acobardamos y en cierto modo huimos de esas respuestas. Pero tenemos que saber exigirnos a nosotros mismos para no dejarnos vencer por esa comodidad o esos egoísmos que nos aparecen interiormente y tendríamos que comprender que esas exigencias nos llevaran siempre a una vida más libre y mejor. Si el egoísmo o la comodidad nos dominan aunque nos creamos libres realmente no lo somos.
Humanamente nos sucede ante decisiones importantes que tenemos que dar y nos llenamos de miedos. Cuando en verdad queremos vivir una vida auténticamente espiritual para darle profundidad a la vida, nos aparecen también esas dudas y esos miedos que tenemos que aprender a superar si en verdad queremos crecer como personas en la vida. En la vivencia de lo valores cristianos, cuando queremos seguir el camino de Jesús nos vemos contraatacados por otros valores que nos presenta el mundo y nos sentimos como en la cuerda floja.
Tenemos que aprender a darle esa profundidad a nuestra vida, tenemos que mirar con ojos bien abiertos el camino que nos ofrece el evangelio que nos llevará siempre por derroteros de mayor plenitud aunque signifique también un esfuerzo por nuestra parte.
Tenemos que aprender a escuchar al Espíritu del Señor que nos habla en el corazón haciendo suficiente silencio en nosotros para poder escucharle, porque bien sabemos de cuantas voces nos gritan alrededor para tratar de atraernos y alejarnos de ese camino espiritual y con verdadero sentido evangélico.
Tenemos que clarificar esas dudas que se nos meten dentro de nosotros haciendo un profundo estudio del evangelio, al que muchas veces acudimos de una forma en cierto modo superficial. No hemos de tener miedo a hacernos preguntas y a planteárselas a quien nos pueda ayudar para poder abrirnos a esa nueva visión de la vida, de las cosas, de nosotros mismos que encontraremos en la Palabra del Evangelio.
Hoy escuchamos a los discípulos que bajaban del monte con Jesús cómo le hacen preguntas que no entienden porque quizá se ha creado confusión en su interior con lo anunciado por los profetas. Han tenido la experiencia de contemplar a Elías y Moisés que se han aparecido con Jesús en el monte de la Transfiguración y ahora brotan aquellas preguntas.
A nosotros hoy nos pueden parecer de menor importancia, pero eran las preocupaciones que había en sus corazones. Lo que pasa en el corazón del hombre siempre es importante para cada uno y hemos de saber escuchar y respetar, como nosotros también deseamos ser escuchados y comprendidos. Cuanto bueno podemos hacer cuando sabemos escuchar las preocupaciones que el otro lleva en su corazón. Algunas veces solo nuestra escucha puede ser una respuesta que esa persona está esperando.
Crezcamos interiormente, crezcamos en nuestra espiritualidad, démosle verdadera profundidad a nuestra vida dejándonos impregnar por el sentido del evangelio.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Despertemos el entusiasmo por nuestra fe y el evangelio desterrando toda indolencia y pasividad


Despertemos el entusiasmo por nuestra fe y el evangelio desterrando toda indolencia y pasividad

Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19
Es cierto que con frecuencia vemos en medios de comunicación noticias de manifestaciones de todo tipo en que mucha gente se echa a la calle denunciando alguna situación, reclamando derechos, o expresando reivindicaciones sociales de todo tipo. Nos parecen numerosas que ya por un lado los medios tratan de magnificarlas según sus intereses quizá ideológicos o también los organizadores inflan los números de participantes. Pero ¿es toda la sociedad la que vemos en esas reivindicaciones? Algunas veces eso es lo que tratan de hacernos creer, pero bien sabemos que detrás hay una gran masa indolente que ni se manifiesta ni expresa cuales sean sus ideas o lo que les gustaría. ¿Quiénes son más, los que se manifiestan o los que quedan en silencio? Que cada uno se haga su apreciación.
Pero yo si creo que gran parte de la sociedad vive de una forma indolente, indiferente a todo y no se siente movida por nada. Me ha surgido casi de forma espontánea esta palabra ‘indolente’, pero creo que nos es verdaderamente válida. Indolente, es el que no sufre por nada, que no tiene dolor, según el significado desde su raíz latina. Indolente es, pues, el insensible, que no siente ni padece por nada, o al menos por nada que no le afecte a él en sus primarios intereses. Y ese puede ser un gran pecado de la sociedad, y me atrevo a decir un gran pecado de nosotros los cristianos.
Aparte de algunos fanatismos, que creo que no es ese el camino, y es cierto también de mucha gente comprometida como vemos, por ejemplo, en nuestras parroquias, sin embargo hemos de reconocer que a los cristianos normalmente nos falta entusiasmo por nuestra fe y por la vivencia de nuestra vida cristiana.
Vivimos un cristianismo y una religiosidad muchas veces muy pasivo, simplemente dejándonos llevar, dejándonos arrastrar, pero sin entusiasmo, sin iniciativas, sin coraje para lanzarnos a dar un testimonio o decir una palabra que ilumine. Nos dejamos ahogar por lo que nos rodea y como no es políticamente correcto manifestarnos como personas religiosas y como personas cristianas, nos guardamos, nos callamos, nos queremos quedar detrás sin hacernos notar.
Es necesario un despertar de nuestra fe y de nuestro entusiasmo por ser cristiano; nos hace falta despertar lo que es la alegría de la fe; no podemos seguir dejándolo todo pasar sea como sea y queriendo ponernos siempre a resguardo detrás de la barrera. No va ese estilo con el sentido de nuestra fe. No son apologetas quizás lo que se necesita pero si necesitamos cristianos valientes que den testimonio, que hagan anuncio, que hablen de su fe, que tomen opciones en la vida conforme a los valores del evangelio, que dejemos de una vez por todas de ponernos en segunda o en ultima fila, sino que valientemente tenemos que dar la cara.
Hoy Jesús en el evangelio que somos como los chicos de la plaza que amorfos nos quedamos sentados en nuestro muro para verlas venir, que ni hacemos fiesta con aquello que debería entusiasmarnos, no lloramos ante aquellos situaciones en las que deberíamos de llorar de una forma solidaria cuando vemos a otros sufrir. Vino Juan y aunque reconocieron que era alguien especial al final no le hicieron caso y lo dejaron matar, vino el Hijo del Hombre y aunque haya bonitos aplausos en unos momentos determinados, luego ante las influencias de los poderosos nos ponemos detrás y hasta pediremos la libertad del Barrabás ladrón y bandido.
Tendría que hacernos pensar esta reflexión que Jesús nos ofrece. Un buen pensamiento para despertar la esperanza en este camino de Adviento que vamos haciendo. Tenemos que despertar ese entusiasmo por nuestra fe y por el evangelio.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos porque esperamos al Emmanuel, Dios con nosotros


El Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos porque esperamos al Emmanuel, Dios con  nosotros

Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15
Ayer en la tarde por las redes sociales que ahora son nuestro gran medio de comunicación un amigo me preguntaba ‘¿Qué tal el adviento?’ a lo que yo respondí con dos palabras ‘en esperanza’. No sé si realmente entendió mi respuesta – no sé si ustedes que me leen la entienden también -, pues inmediatamente me continuó hablando de una situación dolorosa de un familiar por razones de enfermedad.
Confieso que en principio pensé que o no había entendido la respuesta o era otra cosa lo que esperaba, pero me he quedado dándole vueltas al tema en la tarde y he terminado preguntándome a mi mismo si el Adviento que vivimos como preparación de la cercana Navidad lo hemos de espiritualizar tanto que lo desencarnemos de lo que es la vida y las preocupaciones que cada día vivimos. Creo que no lo hemos de vivir así, de una forma desencarnada, quiero decir, sin que estemos con los pies en el suelo de los problemas y preocupaciones que cada día vivimos, que vive la gente que está en nuestro entorno.
¿Qué es lo que vamos a celebrar en la Navidad? Que Dios se ha encarnado en el seno de Maria para nacer hecho que va a vivir también los problemas y las preocupaciones de los hombres y de las mujeres que pisamos la tierra cada día. Vamos a contemplar el Emmanuel, el Dios con nosotros, y está con nosotros porque ha tomado nuestra vida, nuestra naturaleza humana para ser verdadero hombre como nosotros viviendo nuestra misma vida.
Entonces esa vida concreta nuestra, con nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestras enfermedades o nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros fracasos, con todo eso que vivimos cada día es en la que tenemos que vivir el Adviento, sí, la esperanza del Señor que viene y que va a vivir con nosotros esa misma vida nuestra y es ahí donde El nos va a iluminar para que lo vivamos de una forma distinta, para que le demos un sabor y un valor distinto, para que nos llenemos de trascendencia mientras nos vamos arrastrando por esta tierra nuestra. Es ahí donde tenemos que vivir con esperanza, es ahí donde necesitamos la esperanza, es ahí donde desde esa fe y esa esperanza tendremos que darle un sentido nuevo a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Hoy comienza a presentársenos la figura del Bautista con esta alabanza que Jesús hace de él. En verdad os digo, nos dice Jesús, que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Es el precursor que viene a abrir los caminos del Señor, como seguiremos escuchando en los próximos días. Y su grandeza está en su pequeñez, en su humildad, en la pobreza de su vida pero en la disponibilidad para anunciar la Palabra del Señor.
Y nos habla Jesús de la violencia y de la falta de paz que existe en el mundo, pero no se refiere solo a la violencia de la guerras, sino a la violencia que dejamos meter en nuestros corazones que se convierte en rechazo de tantas cosas buenas, como rechazo también de los demás y de Dios. ‘Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan’. Por eso podemos pensar en todas esas turbulencias que sufrimos en nuestro interior, en nuestro espíritu no solo por las luchas que cada día hemos de realizar por nuestra supervivencia, sino también por tantas inquietudes, interrogantes, angustias y agobios, preguntas muchas veces sin respuesta que nos van atormentando en nuestro interior en nuestro camino de vida.
Y el Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos. Es lo que vamos buscando, es lo que estamos ansiando que llegue a nosotros viviendo una verdadera navidad. No olvidemos, es el Emmanuel, Dios con nosotros, con nosotros en esa vida concreta que cada día vivimos.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Tomémonos en serio las palabras de Jesús y la invitación que El nos hace y escuchémosle porque sus palabras son camino de plenitud y en El encontraremos nuestro descanso


Tomémonos en serio las palabras de Jesús y la invitación que El nos hace y escuchémosle porque sus palabras son camino de plenitud y en El encontraremos nuestro descanso

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30
Qué cansado estoy, escuchamos que nos dice un amigo. El ajetreo de la vida diaria, las responsabilidades asumidas en su trabajo, la tensión que se vive en momentos para que las cosas salgan, para resolver problemas y contratiempos, lo duro de la actividad quizá física que tengamos que realizar, los horarios exigentes y sin los necesarios descansos… hacen a veces que nos sintamos derrotados, cansados, con deseos de encontrar un tiempo en que nos olvidemos de todo para relajarnos y descansar.
Pero quizá no siempre vienen los cansancios pro esos caminos, porque está la tensión en que se vive en la sociedad, los problemas de convivencia que se acumulan por una parte en el hogar, o también en la relación con los otros; pero nos produce también cansancio y hastío en ocasiones el encontrarnos como desorientados, sin una ilusión en la vida, sin unas metas o unas ideas claras de lo que queremos o hacia donde vamos.
Y nos cansamos porque quizá hay un vacío interior por la superficialidad con que vivimos la vida, o porque no hemos sabido encontrar un sentido, una dirección, unas metas para lo que hacemos y por lo que luchemos. Y no hay peor agotamiento que ese no saber a donde vamos, qué es lo que queremos en la vida, el sentido o la meta final para lo que hacemos; cuando nos falta motivación, hacemos las cosas pero nos arrastramos; cuando no hay algo que nos despierte ilusión y ponga alegría en la vida todo se nos puede convertir en rutina o en una carga pesada. Y son tantos cansancios que nos aparecen en la vida.
Es necesario tener metas, ponernos objetivos que nos organicen incluso la vida, porque eso nos hará ir caminando con mayor serenidad y encontrar paz para nuestro espíritu. Maduramos en la medida en que vamos encontrando ese sentido, esa motivación, ese saber por qué y para qué que hemos de tener claro. Lo otro serian agobios, carreras, angustias que nos desestabilizan y nos hunden.
El hombre que quiere madurar en la vida busca, se interroga, se plantea cosas, dialoga con su mundo, con las personas que le rodean donde pueda encontrar ejemplo y estimulo, se cuestiona lo que le dicen y lo rumia en su interior hasta que le encuentra sentido o lo descarta, o se pregunta sobre el devenir de las cosas y lo que puede estar en el fondo de todo, no se queda nunca con los brazos cruzados para simplemente dejarse arrastrar por la vida.
Ante todo ese agobio y cansancio en que nos podemos ver envueltos hoy vemos que Jesús nos dice a los que estamos cansados y agobiados que vayamos hasta El porque en El encontraremos nuestro descanso, encontraremos la paz. Ahí están las palabras de Jesús, esa buena nueva que El quiere ofrecernos que se convierte para nosotros en camino de salvación, en camino de plenitud, en camino de vida eterna, como El nos enseña.
Pero cuidado que hayamos escuchado muchas veces estas palabras de Jesús y no le hayamos terminado de hacer caso. Eso sería lo terrible, que incluso aquellos que nos queremos llamar cristianos nos hagamos muchas veces oídos sordos a sus palabras, y sigamos cansados y agobiados por la vida. Es que si  nos tomamos en serio las palabras de Jesús nosotros tenemos que ser las personas más felices del mundo, porque sus palabras llenan de verdad nuestro corazón, nos hacen alcanzar la felicidad total, son en verdad camino de plenitud para nosotros. Ya no habrá vacío en nosotros y nada será superficial. Nunca nos sentiremos derrotados y la vida se llena de ilusión y de alegría. Todo tiene un sentido y sentiremos la paz en el corazón.
Creo que es momento, - ¿qué mejor momento que este camino de Adviento que estamos haciendo? – de tomarnos en serio a Jesús, su evangelio, de acudir a El y escucharle y convertirnos de verdad en sus discípulos porque sigamos su camino, sus huellas, sus pasos. Habrá entonces verdadera navidad en nuestro corazón y un poquito más será navidad para nuestro mundo.

martes, 10 de diciembre de 2019

Se escucha una voz fuerte desde lo alto o resuena estridente una trompeta pero puede ser en lo más pequeño y en lo más sencillo se nos anuncia que viene el Señor a nuestra vida


Se escucha una voz fuerte desde lo alto o resuena estridente una trompeta pero puede ser en lo más pequeño y en lo más sencillo se nos anuncia que viene el Señor a nuestra vida

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14
‘Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, álzala, no temas…’ Súbete a lo alto… para que se oiga clara la voz. Para llamar la atención cuando se quería dar un mensaje se salía a la calle al son de trompetas que con su estridente sonido hacía que se prestase atención a lo que se iba a comunicar. Como cuando sonaban las campanas de nuestros pueblos, para llamar la atención, para anunciar algo que estaba sucediendo o que iba a suceder. Hoy empleamos otros medios, aunque aún vayan por nuestras calles con altoparlantes haciendo sus anuncios, utilizamos medios más electrónicos, como las redes sociales en Internet o tantos otros medios de comunicación.
Hoy el anuncio que nos hace el profeta es importante aunque quizá no se repita demasiado en los medios de comunicación actuales. Es el anuncio del Adviento, es el anuncio de la venida del Señor, es lo que vamos a celebrar en la navidad que es mucho más que un recuerdo o días de añoranza, que para algunos se convierten hasta en días tristes. El anuncio es motivo de alegría, el anuncio nos quiere hacer despertar.
‘Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían…’
Palabras de consuelo y de esperanza; palabras que quieren despertar en nosotros sentimientos nuevos pero también actitudes renovadas; palabras que nos quieren poner en camino de búsqueda para ir al encuentro con el Señor; palabras que despiertan la fe, para ver la presencia del Señor aquí y ahora; palabras que abren nuestros ojos pero sobre todo quieren hacer que abramos nuestro corazón.
‘Aquí está vuestro Dios’. Sí, aquí, ahora, en estos momentos que para muchos pueden ser duros y de oscuridad en medio de sus sufrimientos, de sus carencias, de sus desesperanzas. Aquí y ahora cuando nos sentimos en ocasiones desilusionados por la vida, por tantas crisis que nos envuelven a unos en la pobreza y la miseria, otros en sus desilusiones y desesperanzas, a tantos en amarguras porque la vida se hace dura, porque están llenos de sufrimientos y dolores, porque les amarga el alma la soledad, o porque se han encerrado en si mismos envolviéndose en su yo egoísta e insolidario.
Aquí está nuestro Dios, que llega con poder’ nos repite el profeta. Y nos habla del pastor que cuida de sus ovejas, que lleva en sus brazos a las enfermas o a las heridas en el camino. Tenemos que abrir los ojos del alma para sentir esa acogida del Señor que nos llega quizá en el modo o por las personas que nosotros menos pensamos. Siempre hay a nuestro lado quien nos tiende su mano, quien nos ofrece un abrazo, quien nos dice palabras de consuelo, pero tantas veces nos hacemos ciegos y sordos que no vemos o no queremos reconocer porque vivimos quizá encerrados en nuestra autosuficiencia. Estemos atentos a esa llegada de Dios a nuestra vida, que quizá se acerca a nosotros en lo más pequeño y en lo más sencillo.
Así en esas cosas pequeñas tenemos que celebrar una verdadera navidad. Piensa en eso pequeño que vas a recibir de alguien y piensa en eso que saliendo de lo más hondo de ti tu vas a ofrecer a los demás. Ahí está el Señor.

lunes, 9 de diciembre de 2019

‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, es el recuerdo de lo vivido, de lo que ha sido tu vida, de la experiencia que te ha transformado


‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, es el recuerdo de lo vivido, de lo que ha sido tu vida, de la experiencia que te ha transformado

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26
Esto lo quiero guardar como recuerdo. Vamos de viaje y nos traemos nuestros recuerdos. Vivimos un acontecimiento especial y queremos mantener el recuerdo de lo que entonces vivimos y nos guardamos cosas que nos lo recuerden. Hacemos fotografías de lugares que nos han gustado porque luego queremos de nuevo saborear la sensación que tuvimos cuando estuvimos en aquel lugar. Nuestra casa en ocasiones se nos llena de detalles de un regalo que recibimos, de una visita que hicimos, de cosas que nos traen a la memoria momentos vividos y que tuvieron un significado en nuestra vida.
¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hay un detalle en el evangelio de hoy, que se repite en otros momentos, que nos puede pasar desapercibido pero que si nos detenemos un poco renglón a renglón del acontecimiento relato nos puede llamar la atención. ¿Por qué Jesús cuando curó al paralítico, le dice ‘levántate, toma la camilla y vete a tu casa’? Parecería que Jesús tiene el deseo de que se lleve la camilla. Claro, pensamos, tampoco la iba a dejar allí en medio con tanto jaleo de gente que había en la casa; parecería una razón normal, pero por tan natural no sería necesario que el evangelista lo pusiera con tanto detalle.
Ya conocemos todo el hecho. Un paralítico que unos hombres traen en una camilla con la que no pueden acceder hasta Jesús por la puerta porque hay mucha gente, y quitando algunas losetas del techo por allí lo descuelgan hasta los pies de Jesús. Como se fijará Jesús grande era la fe de aquellos hombres que se valen de lo que sea necesario para hacer llegar al paralítico hasta los pies de Jesús para que lo curara.
Pero ha sucedido algo más. La primera palabra de Jesús ante la llegada de aquel paralítico a sus pies es decirle ‘tus pecados están perdonados’. Aquello, como conocemos, arma un revuelo entre los presentes que no esperaban esa palabra de Jesús pero sobre todo de los escribas y fariseos que estaban allí al acecho. ‘Este hombre blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’  Pero Jesús no se arredra sino que mantiene su palabra, porque si tiene poder para curar a aquel hombre, como todos esperan, ese poder de dar vida solo le corresponde a Dios. Y si puede curar al paralítico eso será signo de la curación más profunda que Jesús quiere realizar en el hombre, el perdón de los pecados.
Allí está manifestándose la misericordia de Dios, que cura, es cierto, nuestras dolencias y enfermedades, que se muestra compasivo con nuestro sufrimiento cuando se ha hecho uno como nosotros y El probará también lo que es el sufrimiento con su pasión y muerte en la cruz, pero allí se está manifestando la misericordia de Dios que nos sana desde lo más hondo de nosotros, que ha venido para dar su vida, para derramar su sangre por nosotros, por todos, para el perdón de los pecados. Es la vida más hermosa que Jesús nos ofrece, es la gracia, es el regalo de vida de Dios para el hombre, para nosotros, para todos.
Aquel hombre ha pasado por una experiencia fuerte; fuerte y dolorosa ha sido su incapacidad, su invalidez. Nos conviene recordar nuestra debilidad, una debilidad de la que no siempre nos podemos liberar por nosotros mismos, sino que hemos de saber contar con otros. Aquel hombre ha tenido la experiencia de unos buenos hombres que le han ayudado, que le han llevado hasta Jesús. Pero ha sido también una experiencia mucho más honda la que ha vivido, no solo porque se ha visto liberado de si invalidez, de su debilidad, sino que ha sentido que la gracia de Dios le ha transformado; es el perdón que ha recibido que ha sido la curación mas honda porque eso sí que le ha hecho entrar en una vida nueva.
¿No será algo todo esto que no podrá olvidar nunca? ‘Vete y no peques más’, les dice Jesús en ocasiones a aquellos a los que cura. Recordemos nuestra debilidad en la que podemos volver a caer; recordemos la gracia que nos ha hecho renacer; recordemos también las mediaciones que ha habido en nuestra vida que nos han ayudado a encontrar nueva vida. ‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, sino como el recuerdo de lo vivido, el recuerdo de lo que ha sido tu vida, el recuerdo de la experiencia que te ha transformado.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.

sábado, 7 de diciembre de 2019

La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización


La mies es mucha y los operarios son pocos no solo porque haya pocos sacerdotes o religiosos sino porque no siempre los cristianos nos tomamos en serio la tarea de la evangelización

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8
¡Cuánto trabajo por hacer, cuántas cosas quedan pendientes! Cosas así escuchamos muchas veces de boca de quienes quizá se sienten agobiados por el mucho trabajo, pero sobre todo de boca de aquellos que se han tomado la vida con responsabilidad; se lo toman todo muy en serio, quieren abarcar a todo y no pueden llegar; es el padre o madre de familia y no solo trabajar por traer un salario a casa con lo que pueda atender con dignidad a sus responsabilidades en el hogar y a sus responsabilidades como padre, sino que quiere llegar más allá atento siempre a la tarea educadora de sus hijos y al logro de la mejor armonía en su hogar para que sea ese recinto de amor donde todos desarrollen su vida.
Pero podemos pensar en quien tiene un proyecto para su vida, para su trabajo, queriendo lograr sus metas, queriéndolo desarrollarlo de la mejor manera no solo para lograr unos beneficios para su empresa sino porque piensa cuanto está haciendo por la sociedad. Quisiera tener más manos para poder atender a todo, que el día tuviera más horas para ver avanzar en sus proyectos, contar con más colaboradores en que todos a una pudieran lograr lo mejor.
Ya sé que luego nos encontraremos a muchos que mano sobre mano, de brazos cruzados, están sin hacer nada, porque nadie les ha ofrecido un trabajo, o porque no han sido tener las iniciativas que les lleven a emprender nuevas tareas o no encuentran la ayuda necesaria para salir de ese impase de la vida. Contamos también con la situación de crisis económica, es cierto, que se vive en nuestra sociedad, aunque también tendríamos que contar con la negatividad, la pasividad con que muchos se toman la vida sin ser capaces de intentar emprender algo nuevo. El emprendedor siempre intenta abrirse caminos en la vida.
Contemplamos hoy en el evangelio a Jesús realizando su acción evangelizadora queriendo llegar a todos, recorriendo aldeas y ciudades, enseñando a la gente, curando enfermos, acogiendo a cuantos acudían a El. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y es entonces cuando le habla a los discípulos de que la mies es mucha, pero los obreros son pocos, invitándoles a rezar al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies.
Luego El enviará a sus discípulos para que realicen y continúen su labor. Y los envía con unas instrucciones muy concretas, pero también con una misión y unos poderes para poder realizar su misión.
En este texto normalmente vemos unas indicaciones que nos hemos tomado muy en concreto para orar por las vocaciones; y cuando  hablamos de vocaciones pensamos siempre en aquellos llamados con una vocación especial para consagrar su vida en el sacerdocio, la vida religiosa o la vida misionera. Miramos la realidad de nuestra Iglesia y constatamos esa ausencia de vocaciones, esas carencias que se ven en nuestras comunidades que no siempre pueden contar con un sacerdote o que no tienen a su lado el testimonio de unas personas consagradas en la vida religiosa y que realicen también su valor. Y oramos por las vocaciones queriendo que haya más sacerdotes, queriendo que haya mas consagrados en la vida religiosa, o quienes sientan la vocación misionera para ir a otros lugares para el anuncio del evangelio.
Pero ¿no nos estará faltando el pensar en algo más? la misión evangelizadora en la Iglesia no tiene que ser solo de los sacerdotes o de los consagrados; la misión evangelizadora de la Iglesia nos compete a todos, también a los no consagrados, a los seglares. Cada cristiano tendría que sentirse un evangelizador, llamado también a hacer ese anuncio del evangelio allí donde realiza su vida. Creo que es algo que tenemos que despertar en la Iglesia, esa conciencia en todos los cristianos de que todos tenemos que ser evangelizadores, que todos podemos realizar una labor apostólica en la Iglesia, que todos tenemos esa misión recibida de Jesús. Mucho más tendríamos que reflexionar.
Que se despierte la vocación evangelizadora de todo cristiano. Que se despierte esa iniciativa en cada uno de nosotros. Salgamos de la pasividad. ¿No sería un buen compromiso nacido en este Adviento que vivimos para que Jesús pueda nacer en cada corazón?

viernes, 6 de diciembre de 2019

Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades


Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades

 Isaías 29, 17-24; Sal 26;  Mateo 9, 27-31
Afrontar las dificultades de la vida es algo que en muchas ocasiones nos cuesta y casi preferiríamos evadirnos, no querer ver ni saber para no tener que pasar por ese esfuerzo, repito, muchas veces costoso y que nos podría acarrear también en ocasiones muchos sufrimientos. Huimos de aquello que nos hace ver la realidad, que nos puede hacer sufrir, preferimos, repito, cerrar los ojos.
Pero no quiero pensar en este momento en las dificultades que podamos encontrar, por así decirlo, enfrente, sino quiero pensar en lo que encontramos en nosotros mismos, nuestras limitaciones, o las malas costumbres que se convierten en vicio y que tenemos que esforzarnos por superar. No queremos reconocer nuestras limitaciones, o los errores que hayamos podido cometer en la vida; queremos creernos perfectos, fuertes y poderosos e incluso cuando la enfermedad nos toca por algún lado no queremos pensar en ello o tardamos en ocasiones en dar pasos por superar esa situación. Enfermedades que se vuelven crónicas con todos sus inconvenientes, o malas costumbres que se convierten no solo en rutinas sino también en vicios en nuestra vida.
Pero bien sabemos que la solución no pasa por cerrar los ojos, sino por afrontar la realidad, reconocer eso que nos limita o que nos hace daño, para encontrar caminos luego de solución, de reparación o de encuentro con una vida renovada. No es la actitud pasiva, de esperar a ver si por si mismo se solucionan las cosas la que nos puede ayudar sino una actitud positiva de caminar y de dar pasos hacia delante buscando camino y solución.
Creo que es el estilo de esperanza activa que hemos de vivir en este tiempo de Adviento. No podemos simplemente dejar pasar el tiempo. No es decir, viene la navidad y ya vivimos en esos momentos la alegría de la fiesta o nos llenaremos de nostalgias y tristezas como les sucede a muchos. Es otra la manera de celebrar el nacimiento del Señor, pero haciendo de verdad que el Señor venga a nuestra vida con su salvación. Claro que necesitamos reconocer que estamos necesitados de esa salvación. Y para ello tenemos que mirarnos frente a frente a nosotros mismos para reconocer cómo somos, qué es lo que hay en nuestra vida que necesita la renovación de esa salvación que nos trae el Señor.
Hoy vemos a dos ciegos en búsqueda de Jesús. Le siguen aunque pueda parecer que Jesús no los escucha, insisten y llegan incluso a las puertas de la casa donde está Jesús. Reconocen su ceguera y esperan la compasión y el amor del Señor. Seguramente se habrán valido incluso de alguien que les lleve y les conduzca hasta Jesús porque en su ceguera les sería difícil seguir el camino. Pero allí están.
¿Puede Jesús curarles? ¿Puede el Señor renovar de verdad nuestra vida tan llena de limitaciones, de errores, de pecados? Ahí tiene que estar nuestra fe que nos da seguridad. Ahí tiene que estar nuestra fe para dejarnos curar por Jesús. Porque algunas veces no nos dejamos curar, preferimos quizá seguir cómo estamos o sean otros los remedios que se nos ofrezcan. Pero dejar que el Señor llegue a nuestra vida tiene que ser algo radical, en una disponibilidad total para recibir y aceptar la gracia que el Señor nos ofrece y comenzar luego a vivir con un sentido nuevo, con una vida nueva. Que no queramos seguir como antes, como tantas veces hacemos.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida



Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra, que siembra en su corazón para tener buenas raíces como cimientos de vida

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27
Es duro y es triste que continuamente estemos oyendo sonidos que llegan a nuestros oídos, pero poco escuchemos y poco entendamos de lo que se nos dice. Es uno de los problemas que van apareciendo en aquellos cuyos oídos van perdiendo la sensibilidad para escuchar. No pueden estar en un ambiente ruidoso porque los sonidos se confunden en sus oídos y en su mente y poco podrán entender de lo que se les dice. Por eso diferenciamos entre oír y escuchar, porque la escucha necesita una mayor atención y una mejor sensibilidad.
Pero si estamos hablando de uno de esos problemas, llamémoslo fisiológicos, que nos van apareciendo en la vida, por el contrario tenemos que reconocer que aunque tengamos los oídos con la sensibilidad suficiente, sin embargo en la vida vamos muchas veces como sordos; vamos a lo nuestro y no prestamos atención, escuchamos aquello que nos interesa, vamos descartando pensamientos e ideas que pudieran ser una interpelación dentro de nosotros para llevarnos a cosas de mayor profundidad. Muchas veces vamos por la vida con mucha superficialidad y nos vamos haciendo un mundo ficticio, irreal, superficial, lleno de sueños y de pocas realidades que centren de verdad nuestra vida.
Nos sucede en nuestras mutuas relaciones en que poco nos escuchamos y quizá demasiado nos enfrentamos sin conocer realmente el pensamiento del que tenemos enfrente o a nuestro lado. Nos dejamos seducir y arrastrar por prejuicios que tengamos nosotros mismos, que nacen la mayoría de las veces de un desconocimiento, o por lo que puedan influir otros en nosotros. Vamos de flor en flor seducidos por colores llamativos pero no buscando aquella flor que nos puede dar un fruto hermoso para la vida.
De eso se vale la publicidad para inducirnos a coger unos productos o para llevarnos según unos intereses determinados, pero también muchas veces dirigentes interesados para hacernos ver sus ideas o su política llena de falacias y de tópicos. Así nos va en la vida, así van los derroteros de nuestra sociedad.
Necesitamos ser más críticos, pero para eso tenemos que darle una mayor profundidad a la vida, para eso tenemos que aprender también a escuchar y escuchar con deseos de aprender pero también con un sentido critico ante lo que se nos pueda ofrecer.
La persona madura ha sabido ir cultivando estos valores en si mismo. La persona madura es reflexiva, sabe escuchar y sabe discernir, tiene la curiosidad de la búsqueda porque siempre aspira a algo más y mejor, pero tiene el valor de ir rumiando todo cuanto va llegando a su mente o a su corazón para encontrar el jugo bueno que puede alimentar bien su vida.
Necesitamos ser cristianos maduros, reflexivos, abiertos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, que quiere ir sembrando de forma honda en su corazón para que tenga buenas raíces como cimientos de su vida. Un árbol bien enraizado es más difícil que el viento lo arranque o se lo lleve, se verá zarandeado por las tormentas, pero permanece firme y pronto reverdece después de la pérdida de sus hojas o sus ramas. Es lo que necesitamos ser los cristianos que nos vemos sometidos a muchas tormentas en la vida y que no nos queremos quedar en palabras bonitas o palabras de una emoción pasajera que serán flor de un día. Es el cristiano que da frutos y que contagia con su vida a cuantos le rodean porque siempre será un interrogante y una interpelación para los demás.
Hoy nos habla Jesús de edificar la casa sobre roca, no sobre arena. Ya sabemos cómo tenemos que hacer.