Vistas de página en total

sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



viernes, 2 de marzo de 2018

Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión, siempre los frutos del amor



Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión,  siempre los frutos del amor

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43

Asumir la propia historia algunas veces nos puede resultar difícil o doloroso según desde la perspectiva que la miremos. Toda vida tiene sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus errores; quizá con el paso del tiempo y mirándola desde el ahora no hubiéramos querido que fuera así, pero cuando fuimos viviendo cada uno de sus momentos había sus circunstancias, teníamos nuestras luces o nuestras confusiones, habían cosas que nos impulsaban a hacer algo que luego nos dimos cuenta que fueron un error, o también conscientemente hicimos lo que hicimos por los motivos que entonces tuviéramos.
Podemos sentirnos apesadumbrados y quizás arrepentidos cuando nos damos cuenta del mal que hicimos o los errores que cometimos y nos pueda entrar una cierta tristeza o amargura por no haber sabido hacerlo mejor; pero  hay otra perspectiva desde la que tendríamos que mirarla, sobre todo si  nos sentimos creyentes y somos capaces de aceptar que Dios va interviniendo y haciéndose presente en nuestra vida aunque algunas veces tengamos tan cerrados los ojos del alma que no lo percibimos.
Tras la historia de toda vida yo creo que hay una historia de amor, la historia del amor que Dios siempre nos ha tenido y que mantenido en nosotros a pesar de nuestros errores y hasta de nuestras pecados e infidelidades. Eso nos tiene que hacer sentir de alguna manera la paz en el alma y llenarnos de esperanza, porque si ahora sabemos descubrir esa acción amorosa de Dios en nosotros sabemos que podemos cambiar, que podemos en verdad mejorar nuestra vida. Es la fe que tenemos que poner para llenarnos del amor de Dios y tratar de responder nosotros con amor.
Ahí está esa continua llamada de amor de Dios, aunque no siempre sabemos reaccionar. De muchas maneras llega esa voz de Dios a nosotros. Ojos atentos y oídos abiertos hemos de tener para ver y escuchar las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en el camino de la vida.
La parábola que hoy escuchamos en el evangelio fue esa llamada de atención que Jesús hacia a los judíos de su tiempo recordándoles su historia, pero queriendo hacerles comprender que siempre había estado presente esa solicitud de Dios por su pueblo al que enviaba continuamente profetas que les llamaban a convertir su corazón a Dios. Ahora los judíos, los sumos sacerdotes y los principales del pueblo que le están escuchando una vez más se hacen los oídos sordos para no escuchar, para no comprender aunque sabían bien que Jesús hablaba por ellos.
Cuando nosotros hoy en este camino de cuaresma, que es un camino continuo de llamamiento a la conversión de nuestro corazón hemos de saber estar atentos a esa llamada del Señor. No nos podemos hacer odios sordos. Descubramos las señales que Dios pone a nuestro lado. Cada uno tiene que abrir los ojos y estar bien atento. Porque las señales que Dios nos pone están muy personalizadas para nuestra vida concreta. Es nuestra historia, que como decíamos nos cuesta asumir, pero miremos con la perspectiva del amor de Dios y descubramos su amor, su llamada, su presencia. Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, primero que nada los frutos de nuestra conversión, y siempre los frutos del amor.



jueves, 1 de marzo de 2018

Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios


Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31

Con qué frecuencia nos sucede que nos damos cuenta de las cosas tarde. Vivimos afanados en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y no estamos atentos muchas veces a lo que pasa a nuestro alrededor. Casi no nos damos cuenta de los problemas que tienen los demás y reaccionamos tarde.
Vivimos tan en el presente de nuestros intereses que no le damos un futuro trascendente a lo que hacemos. Se nos pasa la vida enfrascados en las cosas materiales y lo espiritual lo vamos dejando a un lado restándole importancia y cuando vamos a reaccionar ya quizá pueda ser tarde. Lo material, los placeres momentáneos, las vanidades de la vida – y aquí cabrían muchas cosas que muchas veces nos esclavizan - nos envuelven y al final terminamos sin darle la profundidad a la vida que se merece, vivimos en demasiada superficialidad.
Creo que en todo esto nos quiere hacer pensar Jesús con la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Aquel hombre rico vivía tan enfrascado en sus riquezas, en su ostentación, en sus deseos de placer y de pasarlo bien que no era capaz de quien estaba tirado a la puerta viviendo en la más absoluta miseria. Muchas veces quizá lo sentía con un estorbo – porque quizá podría alterarle en su conciencia – cuando tenía que pasar por él y volvería su mirada hacia otro lado para no enterarse, como tantas veces nos pasa quizá a nosotros en la vida.
La parábola con la riqueza imaginativa de las imágenes nos habla del después, del después de la muerte y de la situación en que ambos luego se encontraban. Ahora se lamentaba aquel pobre hombre, porque al rico es al que tendríamos que llamarle así un pobre hombre, desde el abismo en que se encontraba de lo que no había hecho en su vida. Quería consuelo y no podía encontrarlo, quería alivio para su tormento pero para él no había alivio. Era el abismo de la muerte y del quedarse en la nada.
Ahora pensaba lo que podía haber sido su vida si antes lo hubiera hecho de otra manera, como nos pasa a nosotros tantas veces después de nuestros errores. Recuerda a los suyos y no quiere que a los suyos les pase igual. Quiere que Lázaro vaya a recordarles como deben comportarse. Como cuando tantas veces queremos apariciones sobrenaturales que nos digan lo que tenemos que hacer.
Y olvidamos que con nosotros tenemos siempre a nuestra mano la Palabra de Dios, y que el Espíritu del Señor va guiando nuestra vida e inspirándonos allá en nuestro corazón lo que tenemos que hacer. Pero hemos de saber estar atentos a esas mociones del Espíritu, levantar nuestro corazón a lo alto, buscar de verdad una trascendencia para nuestra vida, escuchar en nuestro interior la voz de Dios.
Cuidado, no nos hagamos sordos. Aprendamos a darle verdadero valor a lo que hacemos. Démosle trascendencia a nuestra vida, elevemos nuestro espíritu mirando a lo alto para sentir la inspiración del Espíritu, busquemos el alimento de la Palabra de Dios cada día, y de los sacramentos que nos llenan de la gracia del Señor.



miércoles, 28 de febrero de 2018

Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El


Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28

Cuántas veces tenemos una idea metida en la cabeza que por mucho que nos digan lo contrario no llegamos a entender. Nos encerramos con nuestras ideas y pensamientos, con nuestra particular manera de ver las cosas que por muy claras que nos las pongan no lo acabamos de ver.
Es lo que les estaba pasando a los discípulos de Jesús, incluso a aquellos que le eran más cercanos y mejor tendrían que comprenderle porque con El habían estado desde el principio. Pero precisamente por el amor tan grande que le tenían no les podía pasar por la cabeza que se cumpliera todo aquello que les estaba anunciando Jesús. Les habla de que están subiendo a Jerusalén y aquella subida tenia un significado especial; les anuncia que va a ser entregado en manos de los gentiles que se burlarán de él, lo azotarán y habrá de morir. Pero ellos son incapaces de entender. Aunque les habla de vida y de resurrección esas palabras parece que no caben en sus cabezas.
La prueba está en lo que sucede a continuación. Dos de sus discípulos, y de los más cercanos e íntimos de Jesús valiéndose de su madre vienen a pedirle primeros puestos y de honor en su nuevo Reino. ‘Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella contestó: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’.
Podríamos decir que son los sueños y las ambiciones llenas de amor de una madre; pero si ellos hubiesen estado bien convencidos de las palabras de Jesús no hubieran dejado que la madre hiciera esta petición. Además ellos luego van a responder inocentemente a las preguntas y requerimientos de Jesús. Claro que no saben lo que piden y además en su entusiasmo casi no saben lo que responden a las preguntas de Jesús. ‘¿Podeis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y allá responden con todo entusiasmo ‘podemos’. Era lo que tenían metido en la cabeza como todos los judíos que en eso basaban su esperanza de lo que significaba la venida del Mesías.
Pero el Hijo del Hombre tiene que padecer. Y el que quiere seguirle y ser importante en su reino no ha de buscar puestos para mandar sino lugares para el servicio siendo capaces de hacerse los últimos y los servidores de todos. Es lo que les aclara Jesús, porque ya los otros discípulos también andan revolviéndose por la petición de los Zebedeos; temían que pudieran adelantárseles y todos andaban buscando primeros puestos.
¿Llegaremos a entender nosotros de verdad el mensaje de Jesús? porque también andamos con nuestros ideas y aunque bien sabemos todo eso que nos dice Jesús de amar y de ser servidores de los demás, andamos siempre con nuestras rebajas, con nuestras limitaciones, con aquello de que bueno lo intentamos pero todo no se puede hacer con radicalidad y cosas por el estilo porque seguimos pensando más en nosotros mismos y en nuestros intereses que en el bien de los demás.
Bien nos viene que en este camino hacia la Pascua que estamos haciendo una y otra vez nos lo planteemos, nos revisemos nos actitudes y nuestras posturas y en verdad queramos hacer nuestra la pascua de Jesús viviéndola con la misma entrega y con el mismo amor. Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El; si haremos verdaderamente pascua porque sentiremos ese paso salvador de Dios por nuestras vidas.

martes, 27 de febrero de 2018

Caminamos caminos de amor y de humildad porque la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás

Caminamos caminos de amor y de humildad porque la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12

Cómo nos gusta estar apareciendo siempre como maestros. Alguno me dirá que eso no es cierto así; vale, de acuerdo, pero entendamos lo que quiero decir. Siempre tenemos una palabra que decir, una opinión que dar, querer estar diciendo como se hacen las cosas porque nosotros tenemos la razón o el secreto para hacerlas siempre bien, ya sea en aspectos que afectan a la vida de la sociedad, ya sea en cuestiones personales de los demás en donde queremos exponer lo que nos parece que deben hacer; y corregimos, y llamamos la atención, y decimos a la gente lo que tiene que hacer y nos estamos poniendo siempre por encima. ¿No es en cierto modo estar queriendo convertirnos en maestros de todo el mundo? Es una tentación fácil en la que podemos caer. Hay gente que parece que en eso son especialistas.
Es cierto que nos tenemos que sentir responsables de la marcha de nuestra sociedad y queremos siempre lo mejor en beneficio de todos;  no podemos rehuir esa responsabilidad social que todos tenemos; pero es ahí donde debería entrar un diálogo social con serenidad para exponer nuestros puntos de vista y llegar a una confluencia para hacer lo mejor aceptando que los demás pueden tener mejores razones que nosotros.
Es cierto también que mutuamente tenemos que ayudarnos en el camino de la vida y hay algo que se llama la corrección fraterna; pero será algo que tenemos que hacer con toda delicadeza y respeto hacia la persona, hacia toda persona, pero que nada nos da derecho a que impongamos nuestros puntos de vista. La corrección fraterna exige un trato delicado y exquisito para no violentar, para no herir, para no producir más daño que el mal que vemos que quizá haya que corregir. Nos cuesta hacerlo bien, no siempre sabemos hacerlo, porque pueden aparecer nuestros propios orgullos y vanidades con lo que lo echaríamos todo a perder.
Son aspectos humanos en nuestras relaciones con los demás y en las responsabilidades sociales que tenemos que son muy importantes. De una forma o de otra pueden ir apareciendo en nuestro trato y convivencia con los demás momentos en que pueden producirse roces, malos entendidos, tensiones entre unos y otros que tenemos que cuidar para no perder esa buena armonía que tendría que haber entre unos y otros.
Jesús nos previene, para que no dejemos meter falsos orgullos y vanidades en nuestra vida que tanto daño nos hacen a nosotros mismos como también a nuestra relación con aquellos con los que convivimos. No tienen que aparecer esas vanidades en nuestra vida, nadie tiene que subirse en un pedestal para tratar de estar por encima del otro, somos unos hermanos que caminamos juntos y que somos capaces de darnos la mano, como también aceptar la mano que se nos ofrece, para ayudarnos mutuamente en nuestro camino. Por eso lejos de nosotros lo que nos pueda distanciarnos, hacernos o sentirnos extraños los unos a los otros, o romper la armonía de nuestra convivencia.
A Jesús le vemos hoy previniendo a sus discípulos de aquellos falsos doctores que podían surgir en medio de la comunidad, partiendo de la situación creada por los doctores de la ley y los fariseos en su entorno. Cuando hacemos el bien, cuando ayudamos a alguien, no lo hacemos buscando reconocimientos y reverencias, como sucedía frecuentemente con los fariseos, buscadores de primeros puestos, de asientos de honor o de reverencias de la gente.
Nuestro estilo, el estilo de los que seguimos a Jesús tiene que ser otro. Caminamos caminos de amor y de humildad; la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás. Es el camino que recorrió Jesús y es el camino que nosotros hemos de recorrer.

lunes, 26 de febrero de 2018

Cuántas cosas buenas recibimos de los otros casi sin darnos cuenta, vayamos de forma positiva por la vida con nuestro agradecimiento y nuestra ternura

Cuántas cosas buenas recibimos de los otros casi sin darnos cuenta, vayamos de forma positiva por la vida con nuestro agradecimiento y nuestra ternura

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38

Quienes hayan experimentado el amor en sus vidas, porque se hayan sentido amados incluso sin merecerlo, no pueden hacer otra cosa que amar de la misma manera. Yendo directa y brevemente sin mas preámbulos al mensaje que nos trata de trasmitir hoy el evangelio esa es la enseñanza de Jesús y la razón de su mandamiento del amor.
Como nos decía el profeta Daniel a nosotros nos abruma hoy la vergüenza… porque hemos pecado contra ti… aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona…’ ¿Cuál es la respuesta que nosotros tendríamos que dar?
Muchas veces en la vida nos endurecemos por dentro; juzgamos y condenamos, estamos al acecho de lo que los otros puedan hacer mal o en lo que nos puedan ofender, vamos con mala cara por la vida como si fuéramos furiosos con todo el mundo, nuestras reacciones se llenan de violencia, las palabras que salen de nuestra boca son siempre negativas con nuestros desprecios y discriminaciones, andamos siempre quejándonos de todo porque todo  nos parece mal. No podemos ir así de negativos por la vida; esa visión de amargura con la que caminamos parece que quiere contagiar de amargura y violencia a los demás; tenemos que romper ese círculo para comenzar a ver la vida con una mayor positividad.
Sepamos ser agradecidos. Siempre hay una flor que nos pueda alegrar el camino; podemos descubrir una sonrisa, tenemos que aprender a distinguir ese gesto de humildad y de generosidad que alguien puede tener con los demás, saber apreciar lo que los otros están compartiendo con nosotros que parece que no nos damos cuenta porque en la vida no vamos ni de solitarios ni de autosuficientes.
¿Cuántas personas han colaborado con su trabajo y su buen hacer para que tú puedas comerte ese trozo de pan? Y así podíamos pensar en mil cosas más. Es cierto que todo ese trabajo ha sido debidamente retribuido que se expresaré en un coste para tu poder tener ese pan, pero  no pensemos en lo económico simplemente, sino en cuanto cada persona va dejando de si para hacer eso de lo que tu ahora te estas beneficiando. ¿No tendríamos que aprender a apreciarlo? De la misma manera que tu estás poniendo tu granito de arena con tu quehacer en lo que beneficia a los demás.
Otras tienen que ser las actitudes y posturas con que hemos de andar por la vida. Sepamos descubrir las señales del amor. Y hoy Jesús nos pide que manifestemos nosotros esas señales de amor con nuestra compasión, con nuestra misericordia, con la ternura que tratemos a los demás. Y nos recuerda Jesús, como Dios que es compasivo y misericordioso. Comenzábamos recordando lo que nos decía el profeta Daniel, reconociendo nuestro pecado y nuestra indignidad sintiendo vergüenza por lo que hemos hecho, pero al mismo tiempo recordando el amor generoso de Dios.
Es lo que nos enseña y nos pide Jesús. Y esa compasión y misericordia, esa ternura con que hemos de ir por la vida se manifiesta en nuestros juicios que nunca pueden ser condenas, en nuestro perdón generoso como generoso es el amor de Dios. Como  nos dice Jesús ‘dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’.
ro es que tenemos que reconocer que es la medida que ya Dios ha usado con nosotros con toda la generosidad y ternura de su amor. Sintámonos de verdad amados y comenzaremos a amar nosotros también.

domingo, 25 de febrero de 2018

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Ya lo hemos comentado en otro momento. El apartarnos, irnos a un lugar solitario, meternos en la soledad del desierto, o subir a lo alto de una montaña con el esfuerzo que representa pero con la soledad y el silencio que en la altura nos encontramos son experiencias que pueden convertirse en enriquecedoras si en positivo sabemos encontrarle el sentido a ese silencio y soledad, a ese recogimiento que significa apartarnos, o a ese esfuerzo extraordinario que tengamos que hacer. A la fuerza no nos pueden imponer soledades ni silencios, pero si llegamos a saborear su sentido, como hemos dicho en otra ocasión, puede ser motivo de grandes descubrimientos.
Si en el pasado primer domingo de Cuaresma contemplábamos a Jesús llevado por el Espíritu al desierto, hoy vemos que es Jesús el que escogiendo a sus tres discípulos predilectos sube a lo alto de la montaña para en el silencio y en la soledad ponerse a orar. Es el propio camino de Jesús que ha iniciado su camino de subida a Jerusalén, pero que ahora quiere ayudar a sus discípulos a que hagan ese camino con El dándole pruebas y motivaciones para que comprendan cuanto ha de suceder en esa subida. Es también por lo que la liturgia de la Iglesia nos lo propone en este camino también de ascensión que nosotros hacemos hasta la Pascua de Jesús que tendrá que ser también nuestra Pascua.
En lo alto de la montaña van a suceder grandes y extraordinarias cosas. Jesús se transfigura en su oración en la presencia de los discípulos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo’. Aunque se habían adormilado los discípulos en la oración – como tantas veces nos sucede- ante lo que sucede se despiertan y ahora están anonadados porque además aparecen Moisés y Elías junto a Jesús. Moisés y Elías venían a representar todo lo que significaba el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas.
No creían lo que veían sus ojos y será Pedro el que, como siempre, se adelante a hablar ofreciéndose para hacer tres tiendas para quedarse extasiados en aquella gloria del Señor que se les está manifestando. Pero no todo acaba ahí porque una nube les envuelve – bien significado en el Antiguo Testamento como la gloria y la presencia del Señor – pero será una voz desde el cielo la que van a escuchar señalando a Jesús Éste es mi Hijo amado; escuchadlo’.
Se les había revelado la gloria del Señor. No terminan de comprender porque luego verán a Jesús solo que les dice que de eso no hablen con nadie hasta que haya resucitado de entre los muertos. Discutirán entre ellos mientras bajan del monte que significado tendrían aquellas palabras de Jesús.
Tendrían que haberlo comprendido porque ya Jesús les había anunciado que subían a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles y habría de morir, pero al tercer día resucitaría. Remolones se habían sentido ante esos anuncios de Jesús que incluso Pedro querrá quitarle esa idea de la cabeza de Jesús. Ahora tendrían que entenderlo pero sus mentes seguirán cerradas. Será después de la resurrección cuando todas estas palabras y todos estos hechos van a cobrar todo su sentido de manera que ya desde entonces reconocerán en verdad que Jesús es el Señor.
Habrían de subir también con Jesús a Jerusalén para la Pascua y de alguna manera ellos también tendrían que vivirla porque serían días duros para ellos. Pero el paso del Señor iba a ser en verdad efectivo sobre sus vidas cuando llegaran a contemplarle resucitado, a pesar de las dudas y de los miedos que atenazaban su alma en medio de todo cuanto sucedía. Esta subida al Tabor tendría que ser signo para ellos para comenzar a vislumbrar y comprender todo el misterio de Cristo. Así aprenderían ellos a encontrar el verdadero sentido de la Pascua.
Subieron los discípulos con Jesús al Tabor mientras también hacían su ascensión hasta Jerusalén para la Pascua. Es el camino que nosotros también vamos haciendo cada día de nuestra vida, pero que intensificamos en la cuaresma cada año para llegar a vivir mejor la plenitud de la Pascua. Nos invita Jesús también a esa subida al monte, al silencio y a la soledad, a la oración para encontrarnos con El y a escucharle como nos dice la voz del Padre. No tengamos miedo a la subida, no rehuyamos ese silencio y esa cierta soledad porque ya sabemos que en medio de los ruidos del mundo nos va a ser más difícil escuchar la voz de Dios. Hay muchas cosas que nos aturden y hasta llegan a insensibilizarnos para las cosas más hermosas. Les perdemos el sabor y al no pregustarlas ya no las deseamos sino quizá preferimos nuestros ruidos o tantos otros sustitutivos que nos buscamos en la vida.
Dejémonos sorprender por el Señor y nos manifestará el resplandor de su gloria. No tengamos prisas cuando vamos al encuentro con el Señor sino sepamos subir lentamente pero sin pausa para gustar de las mieles de la gloria del Señor. Tengamos paciencia en nuestro esfuerzo para poder llegar a tener esa hermosa experiencia de Dios.
Pero  no olvidemos que esa experiencia es para ponernos en camino. No podemos hacer tres tiendas para quedarnos allí para siempre. Habrá que bajar de nuevo de la montaña del Tabor porque el camino tenemos que seguir haciéndolo para que se realice totalmente la Pascua en nosotros. Tenemos que bajar a la llanura y al encuentro con los hombres nuestros hermanos que siguen en sus luchas y en sus ambiciones, en sus deseos de cosas buenas y también con las confusiones que pueden aparecer todos los días.
Ahora, después de esta experiencia, nosotros tenemos una esperanza cierta y así sentimos la fuerza del Espíritu de Señor que nos sigue impulsando y fortaleciendo. Tenemos que seguir con nuestra tarea, con nuestro anuncio de la Buena Nueva de Reino, con nuestro compromiso de construirlo día a día. La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza. Continuemos haciendo ese camino de subida de la Cuaresma con todo lo que significa. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor


Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Mi padre decía… mi padre me enseñó… mi padre haría… son como muletillas que decimos cuando tenemos que enfrentarnos a una situación o un problema y recordamos aquello que recibimos en una buena educación. Nuestro padre fue sembrando unos principios en nuestra conciencia que luego nosotros asumiremos y haremos nuestros y marcarán nuestra forma de actuar. Recordamos a nuestro padre y recordamos cuantas enseñanzas recibimos de él en una buena educación que formó nuestras conciencias y nos dio principios para nuestro actuar. Unos buenos lentes para mirar la vida que no deberíamos desechar.
Podríamos decir que seguimos viendo la vida con los ojos de nuestro padre, aunque luego le vayamos haciendo matizaciones o añadiendo convencimientos que vamos adquiriendo en la vida. Es cierto también que tenemos el peligro o la tentación de tirar todo por la borda y no querer aceptar aquellos principios, aquellas normas de vida que de ellos recibimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a mirar la vida con los ojos de Dios. Tenemos que aprender a hacerlo porque bien sabemos que cuando lo hacemos solo con nuestra propia o particular visión fácilmente se nos ponen borrosas esas lentes de nuestra mirada con nuestras ambiciones, nuestros orgullos, nuestros egoísmos, y quizá también a través de las cicatrices que hayan ido quedando marcadas en nuestra vida con aquellas cosas que nos hayan podido hacer sufrir y nos hayan podido malear el corazón.
¿Cuál es la mirada con la que Jesús nos enseña a mirar a los demás? No es otra que la mirada de Dios, y la mirada de Dios es siempre una mirada de amor. ¿Y cómo nos enseña Jesús que es el amor de Dios? Un amor universal, un amor a todos sin distinción. Hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos nos dice.
Ya sabemos que si por nosotros fuera quitaríamos de un plumazo a todos aquellos que no nos caen bien, que nos hayan podido ofender en alguna ocasión, a todos aquellos que no son de los nuestros, a todos los que pudiéramos considerar contrincantes o enemigos. Y es que tenemos la tendencia o la maldad de destruir todo aquello que nos pueda impedir lo que son nuestros deseos o ambiciones.
Pero no es esa la mirada de Dios. Por eso tajantemente nos dirá Jesús que tenemos que amar también a nuestros enemigos. Y para comenzar a amarlos rezar por ellos; y rezar por ellos significará intentar comenzarlos a ver con los ojos de Dios. Y nos dirá que si no somos capaces de hacerlo así ¿en que nos vamos a diferenciar de los que no creen en Dios?
Creer en Dios no es solo un concepto que podamos tener en nuestra cabeza. Decir que queremos creer en Dios es querer decir que queremos vivir su vida, que queremos vivir en su amor, que queremos mirar la vida con los ojos de Dios. Por eso decimos que en Dios encontramos el sentido de nuestra vida. Y es que quien nos creo es el mejor que nos puede decir para qué nos ha creado.
Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios. Aquello que decíamos que habíamos aprendido de nuestro padre y que con su mirada contemplamos la vida y el mundo, desde nuestra fe hagámoslo con Dios. No nos dejemos que se  nos enturbien los ojos, pongámonos el colirio de Dios que es el colirio del amor.

viernes, 23 de febrero de 2018

No nos acostumbremos a escuchar el evangelio para no hacerle perder su sabor y su novedad salvadora para cada día y situación de mi vida

No nos acostumbremos a escuchar el evangelio para no hacerle perder su sabor y su novedad salvadora para cada día y situación de mi vida

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26

Qué malo es acostumbrarse a las cosas. Le hacemos perder sabor a la vida. Como la comida que repetimos una y otra vez, que un día nos causó un una enorme satisfacción, pero que al comerla todos los días al final le perdemos el sabor, ya no la saboreamos. Cuando no somos capaces de saborear las cosas que nos suceden con la novedad de que cada día son como  nuevas y distintas les perdemos el gusto. Por eso nos vienen las rutinas, caemos en una vida amorfa que nos puede hacer perder el sentido de lo que hacemos, aunque sea muy bueno lo que estamos haciendo. Es difícil aprender a ese saborear como nuevo lo que es la vida de cada día, pero no es necesario.
Lo tenemos que hacer con la vida que cada día vivimos para vivir cada momento como único y eso tendría que ser siempre el evangelio para nosotros. Si no es una buena noticia cada día en nuestra vida, o cada vez que nos acerquemos a él, yo diría que tendríamos que cambiarle el nombre; el evangelio significa buena noticia, y las noticias son noticia cuando son novedad para nosotros cuando se nos comunican porque si es cosa que ya sabemos no son noticia; y además es ‘buena’ noticia, algo no solo novedoso sino bueno que llega a nuestra vida.
Pero nos acostumbramos al evangelio y entonces ya parece que no nos dice nada. Por eso hemos de oírlo y escucharlo con los ojos y los oídos del alma bien abiertos. Para descubrir su novedad salvadora para nosotros; para que sea en verdad gracia en nuestra vida; para que asombrándonos cada día ante el evangelio podamos en verdad transformar nuestras vidas.
Nos puede suceder con el evangelio que hoy escuchamos con la liturgia en este camino cuaresmal que estamos  haciendo. Nos habla de amor, de reconciliación y de perdón y nos decimos en una apresurada escucha que ya todo eso nos lo sabemos. ¿Por qué no nos detenemos un poquito y nos ponemos a leerlo o a escucharlo despacio?
Seguramente en una segunda lectura más pausada comenzaremos a fijarnos en detalles, en aspectos que se nos pudieran haber pasado desapercibidos. Nos daremos cuenta, por ejemplo, que nos está diciendo que el no matar va mucho mas allá del físicamente quitarle la vida a alguien; que podemos estar dañando la vida de los demás con otras actitudes negativas que tengamos hacia la otra persona, desde nuestras desconfianzas o nuestras discriminaciones, desde el ignorar a las personas o como el querer anularlas con nuestras manipulaciones, desde las palabras ofensivas que pronunciamos contra los otros con nuestros insultos o las descalificaciones que tantas veces hacemos de los que no son de los nuestros, no piensan como nosotros o tienen otra manera de ver la vida; y así muchas cosas más.
Si nos seguimos deteniendo en la reflexión y en la escucha interior comprenderemos de verdad lo que significa perdonar y reconciliarnos con los otros. Tiene que haber un nuevo encuentro, un reencuentro donde nos sepamos aceptar mutuamente poniendo capacidad de comprensión en nosotros para seguir mirándolos con los mismos ojos de amor con los mirábamos antes de cualquier ofensa que nos hayamos podido hacer. Perdonar no es solo una palabra que decimos para justificarnos sino una actitud nueva que he de tener para con esa persona a la que tengo que seguir amando con el mismo amor. Porque si me he distanciado de alguien porque no llego a aceptarlo de nuevo en el corazón, ¿cómo me puedo atrever a acercarme a vivir en comunión con Dios si no amo de verdad a los que también son sus hijos?
Descubramos cada día el evangelio como esa buena noticia de salvación que llega de una forma concreta a mi vida, en lo que son mis luchas y batallas, mis dudas y mis debilidades, en mi trabajo o en las cosas que hago cada día. Para cada situación de mi vida siempre llega la luz y la gracia del evangelio.

jueves, 22 de febrero de 2018

No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión, en comunión de Iglesia y es lo que hará grande mi fe

No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión, en comunión de Iglesia y es lo que hará grande mi fe

I Pedro 5,1-4; Sal 22; Mateo 16,13-19

La fe cristiana es algo que  no se puede vivir en solitario. Algunos dicen, yo sí creo en Dios, yo sí creo en Jesucristo, pero vivo mi fe a mi manera, no necesito pertenecer a ningún grupo a ninguna iglesia, porque la fe es algo mío, muy personal, no necesito de la Iglesia.
Para mi eso no tiene sentido, la fe no la puedo vivir de esa manera, aislada y solo por mi cuenta. Es cierto que es un acto personal, porque yo con mi ser, con mi persona y con mi vida tengo que dar una respuesta. Pero la respuesta de la fe en un sentido cristiano es una respuesta al amor y una respuesta de amor. Y el amor no es algo que pueda vivir en solitario, porque amamos a alguien, al amar entramos en relación y comunión con alguien, con el otro, con los otros.
Todo lo que nos viene a manifestar Jesús es el amor que Dios Padre nos tiene. Jesús es la presencia de su amor. Y a ese amor de Dios respondemos con nuestro sí, el sí de la fe, pero el si del amor para entrar en una comunión de amor. Jesús nos invitaba desde el principio a creer en la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba; y creer en esa Buena Noticia, aceptar esa Buena Noticia para vivir en el Reino de Dios significaba entrar en una nueva comunión con Dios y con todos los que pertenecemos a ese Reino, con todos los hombres porque para todos los hombres es ese Reino de Dios.
Creer, entonces, no es para vivir aislado o yo solo por mi cuenta, sino para entrar en una comunión de amor. Y en esa comunión de amor mi fe se va a sentir fortalecida, la voy a vivir y a expresar precisamente en ese amor que le tengo a Dios y que he de tener también a los demás. Necesito de esa comunión de hermanos para mantener viva mi fe; mi fe va a ser también alimento y fortaleza para los hermanos que a mi lado caminan con esa misma fe y en ese mismo amor.
Y esa comunión de los hermanos es lo que llamamos la Iglesia. No olvidemos el significado de la palabra en sí, porque Iglesia significa asamblea, significa los convocados a vivir en asamblea, los congregados en esa comunión de fe y de amor.
Muchas veces nos creamos confusiones en el uso repetido de las palabras y hacemos que pierdan su verdadero sentido. Por eso demasiadas veces al pensar en Iglesia pensamos en institución, o pensamos en poder, y nada más lejos. Somos los hermanos que por esa misma fe que tenemos en Jesús nos amamos y queremos permanecer unidos, para unidos caminar en la vivencia del Reino de Dios y su salvación.
¿Por qué me estoy haciendo hoy esta reflexión?, me preguntaréis. Lo que la liturgia nos ofrece hoy para nuestra celebración es algo que tiene ese profundo sentido eclesial. Es una fiesta litúrgica llamada la Cátedra de san Pedro y que de alguna manera nos está recordando esa comunión eclesial que todos los cristianos hemos de tener con aquel que Jesús quiso poner como piedra de unión de toda la Iglesia.
‘Mantente firme para que confirmes en la fe a los hermanos’, le decía Jesús a Pedro a quien un día le había dicho, como escuchamos hoy en el Evangelio ‘tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’. Y Pedro y en él sus sucesores, a los que llamamos el Papa, tienen esa misión con ese magisterio de amor para mantenernos unidos en esa misma fe. Cátedra, como bien sabemos, viene a significar la autoridad del que es maestro y desde su cátedra nos enseña. Es a lo que hoy nos queremos referir en esta fiesta litúrgica. Y su misión es precisamente mantener esa unidad en la fe y en el amor.

Damos gracias a Dios porque esa comunión en la fe y en el amor me ayuda a poder vivir esa fe y ese amor con toda integridad y con toda intensidad. No vivo mi fe a mi aire, sino que vivo mi fe en comunión y es lo que hará grande mi fe.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús, caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

¿Pedir señales y milagros? Reconozcamos que todos lo hacemos. Queremos que las cosas se nos den hechas y nosotros no tengamos que poner mucho esfuerzo. Algunos lo pueden llamar casualidades, suerte, pero en el fondo estamos deseando el milagrito fácil. Que se nos resuelvan los problemas así por si mismos, que nos toque la lotería o que aunque tengamos que pasar por marejadas y peligros que no nos pase nada. Así andamos muchas veces en las cosas cotidianas de la vida.
Pero para convencernos de algo, queremos razones; es lógico andamos en un mundo racional que tiene sus lógicas, donde tenemos que andar con razonamientos, donde buscamos pruebas poco menos que científicas para todo.
Pero ¿y cuando tenemos que creer en las personas? ¿Cuándo tenemos que aceptar una palabra que nos dicen? ¿Cuándo tratan de darnos un planteamiento, unos principios y valores que pueden afectar a nuestra vida? Queremos que nos lo prueben. Sin embargo hay razones que aunque las tengamos delante de los ojos algunas veces no somos capaces de verlas o no queremos verlas. Y surgen desconfianzas, y decimos que no comulgamos con ruedas de molino, que si ellos creen que somos tontos que vamos a aceptar las cosas así por que sí, porque nos lo digan. Parece que esa sea la tónica de nuestro actuar o de nuestros planteamientos y puede que nos ceguemos.
Cuando entramos en el ámbito de la fe parece que las cosas se nos complican todavía más. O somos unos crédulos, así al menos nos lo echan en cara, y tenemos la fe del carbonero como suele decirse que todo lo aceptamos, nos creemos cualquier cosa extraordinaria que nos digan que sucedió aquí o allá – cómo vamos corriendo tras las cosas asombrosas y los milagritos - o nos volvemos unos incrédulos o unos incordios que siempre le estamos dando vueltas y vueltas al asunto, pidiendo razones y no terminamos de hacer que esa fe afecte y envuelva totalmente nuestra vida. Es complejo todo esto.
Es necesario, sí, una búsqueda intensa y sincera, pero es necesario un dejarnos sorprender por el misterio de Dios que llega a nuestra vida y se nos puede manifestar de muchas maneras; es necesaria una apertura del corazón y confiar. Y aprenderemos a confiar cuando seamos capaces de dejarnos sorprender por el amor, sensibilizar nuestro corazón al amor. Cuando nos falte esa capacidad de amor estamos como encallecidos, y cuando ponemos una costra sobre nuestro espíritu poca cosa podrá penetrar en él.
Es cierto que la vida muchas veces nos endurece por las mismas dificultades que en la vida vamos encontrando, luchas por todas partes, cosas que nos hieren y nos hacen daño, y esas cicatrices nos pueden jugar, es cierto malas pasadas. Hay un bálsamo que tenemos que seguir usando siempre, que es el bálsamo del amor, para que se suavice nuestro corazón, para que aprendamos a valorar la ternura que podamos encontrar, y todo eso  nos irá ayudando a que nos abramos a Dios, y dejemos que el misterio de Dios penetre en nuestra vida.
En el evangelio de hoy vemos la reticencias que tantos tenían ante Jesús y se habían cerrado tanto en si mismos que no eran capaces de ver las obras de amor que Jesús realizaba. Por eso seguían pidiendo signos y más signos y nunca se dejaban convencer por el amor. Solo los humildes y sencillos de corazón serán capaces de descubrir el misterio de Jesús. Ya escuchamos en otro momento como Jesús da gracias al Padre que se revela a los humildes y sencillos de corazón. Caminemos por esos caminos y encontraremos a Dios que nos sale al encuentro en la vida.

martes, 20 de febrero de 2018

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor y así será hermosa nuestra oración

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

Quienes se aman de verdad aunque en ocasiones su palabras se vuelven intensas de amor y romanticismo para expresar su amor, hay momentos sin embargo en que no se necesitan palabras sino solo la presencia, disfrutar de la presencia y con una mirada se dicen cosas que ninguna palabra por muy bella que sea será capaz de expresar. Sentir cerca de ti al amado es una experiencia que te llena del alma y casi  no necesitas nada más.
¿No tendría que ser así cuando nos sentimos en la presencia de Dios? No terminamos de aprender a disfrutar de su presencia; no terminamos de comprender toda la maravilla de su amor. Tenemos que aprender a sentir en silencio su presencia y así disfrutaremos más de su amor; un silencio en Dios que no es agobio sino que es paz, un silencio que nos envuelve pero no  nos anula sino que nos llena de plenitud, porque nos llena de Dios. Saborear en silencio el amor de Dios, sentirnos cogidos de su mano que nos hace llenarnos de seguridad frente a todos los peligros, dejar caer su mirada sobre nuestro corazón que nos impulsa más fuertemente al amor para ponernos en caminos de más amor.
Por eso Jesús nos dice que no necesitamos muchas palabras para hablar con Dios. La oración que nos enseña es concisa, breve, intensa; tenemos que aprender a saborearla. Pero las prisas con que tantas veces la repetimos hacen que no aprendamos a gustar de verdad todo lo que es el amor de Dios y el amor con que tenemos que corresponder y le hacemos perder sentido a la hermosa oración del padrenuestro que nos enseñó Jesús..
Quienes se aman, como decíamos antes, no necesitan muchas palabras, y así cuando están viviendo la intensidad de su amor el tiempo desaparece, las prisas son el peor enemigo. En nuestras prisas para rezar no terminamos de saborear la presencia de Dios. Por ahí tendríamos que comenzar siempre que vamos a la oración. No vamos a repetir unas palabras aprendidas de memoria, vamos a gozar de la presencia de Dios y a disfrutar de su amor.
Los discípulos contemplaban a Jesús en la oración y le piden que les enseñe a orar. No uséis muchas palabras, les dice Jesús. El amor de Dios sabe lo que necesitamos. Aprendamos a ponernos en su presencia, a hacer silencio en nuestro corazón para sentir el latido del amor de Dios. Dejemos que nuestro corazón se inunde de su amor y fluirán nuestras palabras, saldrán a flote los mejores sentimientos, querremos sentirnos para siempre unidos a su amor.
Nos sentiremos entonces fuertes, es la gracia del Señor; es su amor que nos da fuerza y nos hace invencibles en la tentación y en el peligro; nos sentiremos llamados a amar y amar siempre, amar a todos, desaparecen resentimientos, se resquebraja la insolidaridad o el orgullo, nos derretimos en ternura, nos sentiremos transformados por la misericordia y la compasión para así serlo siempre con los demás.
Hagamos silencio en el corazón y sintamos siempre la presencia de Dios que nos inunda de amor.

lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

domingo, 18 de febrero de 2018

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Emprendamos el camino, vayamos a ese desierto, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios y podamos vivir esa libertad interior

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15

Al menos en el ambiente en que nos movemos la sensación de desierto no es algo que habitualmente podamos tener. Vivimos en un mundo de ajetreos, carreras, ruidos de todo tipo y por todas partes aún en lo que tendría que ser el silencio de la noche. En algún momento en que merma la actividad diaria porque en nuestro entorno haya un cierto parón de movimientos parece que nos sentimos sordos cuando cesan en parte los ruidos pero no es fácil llegar a ese silencio completo. Salvo que nos vayamos a lugares apartados y solitarios y no nos encontremos a alguien por allí que quizá lleve la música a toda pastilla no nos es fácil encontrar ese silencio y creo que bien lo necesitamos.
Sin embargo muchas veces lo rehuimos, nos incomoda la soledad, buscamos la manera de escuchar algo, porque quizás sintamos cierto temor a ese silencio que se pudiera realizar dentro de nosotros y que quizá nos enfrentaría a nosotros mismos. En ese silencio en que nada nos distrae, en que nos pudiera parecer que no pensamos en nada sin embargo nos sentimos como inducidos a un pensamiento interior que ahí en esa soledad nos ayuda a encontrarnos con la verdad de nosotros mismos.
Y eso es algo que necesitamos en la vida aunque no nos sea fácil o le tengamos cierto temor. En ese silencio miramos hacia dentro de nosotros y miramos hacia arriba, buscamos una verdad y nos volvemos hacia algo que nos trasciende, que nos impulsa a ir mas allá del momento presente y nos puede ayudar a valorar las cosas de otra manera, a encontrar un sentido de nuestro vivir, a descubrir otros valores que nos levanten el espíritu de ras de tierra, de todas esas materialidades en las que ocupamos por así decirlo cada minuto de nuestra vida. Es cierto que puede ser un momento para que aparezcan dudas, interrogantes dentro de nosotros pero siempre esa duda o ese interrogante nos hace preguntarnos por la verdad de nuestro vivir y nos puede ayudar a encontrar lo de más valor.
Por las carreras en que vivimos la vida a alguno le pudiera parecer una pérdida de tiempo ese silencio que aparentemente nos lleva a una cierta inactividad. Y digo una cierta inactividad porque realmente ahí vamos a encontrar un motor para nuestra vida y para las actividades que en verdad merecen la pena. Es momento de interioridad, de interiorización, de trascendencia, en fin de cuentas para el creyente de encontrarse más cara a cara con Dios.
La Biblia toda ella está llena de experiencias de desierto y de silencio. En Abrahán, Moisés, Elías, los profetas, en lo que es una parte fundamental de la historia del pueblo de Dios vamos encontrando diversos episodios de tiempo de silencio, de soledad, de desierto. Es la búsqueda interior, es la búsqueda de Dios, es el silencio en que Dios se les va manifestando en la soledad, en el desierto o en la montaña.
Podríamos detenernos en muchos episodios de unos y otros que fue el camino en que los grandes patriarcas o profetas se abrían al misterio de Dios o el pueblo de Dios se fue haciendo verdadero pueblo en la medida en que encontrándose consigo mismo se purificaba y se abría mas y más a los caminos de Dios. No podemos detenernos a hacer un repaso de muchos de esos episodios que nos podrían servir para ricas reflexiones.
El nuevo testamento también comienza con un tiempo de desierto y soledad en la figura de Juan el Bautista que vivia austeramente en el desierto y que fue el precursor del Mesías y al comienzo de la actividad publica de Jesús le vemos también conducido por el Espíritu al desierto, como nos dice hoy el evangelio. Marcos es muy escueto en su relato mientras los otros dos sinópticos nos describen con mayor detalle incluso las tentaciones sufridas por Jesús en ese tiempo de desierto. Es el evangelio que en uno u otro evangelista siempre escuchamos en este primer domingo de Cuaresma.
A lo largo del evangelio nos encontraremos también con otros momentos en que Jesús busca la soledad, el silencio y el desierto. Pero nos vale quedarnos en este episodio del principio del evangelio. Podríamos decir que es una buena pauta para este tiempo también de cuarenta días, como los que Jesús estuvo en el desierto, Moisés en la montaña, o el pueblo de Israel que estuvo durante cuarenta años, de la Cuaresma que estamos iniciando como camino que nos conduce a la celebración y a la renovación de la Pascua en nuestra vida.
Creo que tenemos que buscar esa interiorización y ese silencio de desierto en este camino cuaresmal. Para una buena vivencia de la Cuaresma en todo su sentido tenemos que saber encontrar ese tiempo de silencio, ese escaparnos de tantos ruidos con que rodeamos nuestra vida para que haya una verdadera interiorización en nosotros. Lo necesitamos. Es la forma de encontrarnos con nosotros mismos para realizar esa purificación interior; es la forma de poder abrirnos de verdad al misterio de Dios que se nos manifiesta y con el que tenemos que dejar que se inunde nuestra vida.
Nos dan miedo los silencios y podríamos decir que esa es una de las primeras tentaciones que tenemos que intentar superar para que podamos en verdad escuchar y alimentarnos de la Palabra de Dios. No solo de pan vive el hombre, no solo hemos de estar preocupados por tantas cosas materiales, no tenemos por que sentirnos agobiados en medio de los problemas de la vida, no tenemos que dejarnos arrastrar por tantas vanidades como nos acechan y nos cautivan tantas veces.
Adorarás al Señor tu Dios, le replicaba Jesús al tentador y es lo que nosotros tenemos que hacer arrancando de nosotros tantos falsos dioses, tantos señuelos de los que llenamos nuestra vida, tantas cosas que nos atan restándonos la verdadera libertad interior, tantas cosas que nos distraen de lo que tiene que ser lo fundamental de nuestra vida.
Emprendamos el camino, busquemos esa soledad y ese silencio para que solo nos llenemos de Dios; vayamos a ese desierto en el que no podemos cargar tantas cosas de las que vamos llenando nuestra vida para vivir esa libertad interior. No tengamos miedo a la soledad ni a las preguntas o interrogantes que nos puedan surgir, encontraremos la luz y la respuesta en la Palabra de Dios si con corazón sincero nos disponemos a escucharla.

sábado, 17 de febrero de 2018

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Los perfiles de Jesús cuando nos llama son bien distintos a los parámetros humanos e interesados en que nosotros nos movemos porque Jesús nos pide solamente una respuesta de amor

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Cuando se quiere elegir a alguien para un trabajo determinado, para una misión concreta o para realizar algo que quizá tengamos que hacerlo en común normalmente buscamos a alguien que tenga, como se dice ahora, un determinado perfil, unas características, unos valores, una preparación que le ayuden a desempeñar esa misión o ese trabajo. No se escoge a cualquiera, muchas veces tenemos en cuenta su preparación o su historial. Somos muy selectivos y hoy en el mundo de efectividad en el que vivimos quizás mucho más.
¿Daría Leví el publicano ese perfil que se necesitaba para ser de los discípulos de Jesús y de los futuros constructores del Reino de Dios? De antemano decir que ya venia con la mala fama de los publicanos que no eran bien considerados por la gente y sobre todo por los que se consideraban como los principales o más influyentes en aquella sociedad. No sabemos si previamente había tenido algún interés por las cosas de Jesús o había acudido en alguna ocasión a conocerle o a escucharle. No parecía que fuera uno de los que Jesús llamara de manera especial.
Pero ahí están las sorpresas de Jesús que no se deja influir por nuestras consideraciones humanas. Pero en Jesús había un secreto más y es que El era el único que podía conocer el corazón del hombre. Nosotros juzgaremos por las apariencias y muchas veces también demasiado influenciados por los prejuicios. Jesús quiso contar con aquel hombre que estaba allí detrás del mostrador de los impuestos a pesar de no ser bien considerado por la mayoría de la gente. Jesús nos sorprende.
Se sintieron sorprendidos los escribas y los fariseos que allá andaban criticando las acciones de Jesús que siempre estaban mirando con lupa buscando tener como desprestigiarlo o de qué acusarlo. ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ les dicen a sus discípulos, ya que no se atreven a enfrentarse cara a cara con Jesús.
Ya conocemos la respuesta de Jesús. Algo más que palabras porque es la actitud que Jesús siempre mantiene con todos. Es el pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda que se ha caído por cualquier rincón, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a ser servidor de todos, es el medico que no está esperando a que llegue el enfermo sino que lo busca para sanarlo, es el rostro que nos manifiesta lo que es la misericordia del Dios que es compasivo y misericordioso.
Nos sentimos confortados cuando vemos cuanto nos ama Jesús que cuenta con nosotros a pesar de que somos pecadores. El amor de Dios esta no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que El nos amó primero y dio su vida por nosotros, no porque nosotros fuéramos justos, sino precisamente siendo nosotros pecadores. Con qué confianza podemos acercarnos a Dios a pesar de que no seamos dignos. Sabemos que una palabra suya nos salvará.
Pero esa actitud de Jesús tiene que enseñarnos algo mas, cómo han de ser nuestras actitudes para los demás. ¿No andaremos nosotros en la vida con demasiados prejuicios? ¿No pondremos muy alto el listón de los perfiles que nos hacemos para los demás y comenzamos muy pronto a descartar a todo aquel que no nos cae bien? En este sentido muchas preguntas tendremos que hacernos con toda sinceridad porque hay muchas desconfianzas hacia los demás en nuestro corazón, muchas reticencias, muchas posturas discriminatorias aunque tratemos de disimularlas con mil razones. La actitud de Jesús que llama a Leví el publicano para ser uno de los apóstoles tendría que hacernos pensar mucho.