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sábado, 4 de noviembre de 2017

No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices


No hagamos de la vida una lucha con la que pretendemos quedar por delante o por encima de los demás sino un camino que hacemos juntos y nos hace mutuamente más felices

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Qué bonito que en la vida fuéramos con la sencillez de los amigos y la humildad de los que se sienten hermanos y saben quererse de verdad. Sería un trato fraterno donde nos sentimos iguales aunque cada uno con sus valores y cualidades y la sencillez y la cercanía fuera nuestra manera de ser y de estar. Sabríamos caminar juntos en la vida sin hacer distinciones ni estaríamos apeteciendo el ponernos por delante y por encima porque pensamos que así destacamos más.
No brillan más los que pretenden imponerse y sobresalir sino quienes saben poner autenticidad en su vida y saben estar siempre a la misma altura de los demás. Quienes falsamente se quieren poner por delante para sobresalir pronto se va a descubrir la falsedad de su vida y hay el peligro de que queden aislados en sus torres de apariencia que lo que hacen es separarles de los demás.
Jesús a quien había invitado a comer un personaje principal entre los judíos se encuentra con los empujones y los codazos de los que quieren resplandecer en los primeros puestos. Esas ambiciones por destacar por encima de los demás podríamos decir que es tan viejo como el mundo y seguiremos encontrándonos esas mismas posturas y ambiciones. Seguimos hoy dándonos empujones y codazos; seguimos encontrando quiere quitar de en medio a quien le pueda hacer sombra; seguimos viendo a los demás como a unos contrincantes contra los que tenemos que luchar.
Y Jesús quiere hacernos pensar para que nos demos cuenta qué es lo verdaderamente importante para la persona. Nos encandilamos, es cierto, con los reconocimientos humanos y dice le gente que a quien no le halaga un dulce. Pero esas apetencias que podamos sentir dentro de nosotros tenemos que saber transformarlas para saber encontrar lo que hace verdaderamente importante a la persona.
Hemos convertido demasiado la vida en una lucha en que nos enfrentamos unos otros, yo diría innecesariamente. Tenemos que aprender a hacer los caminos juntos para poder saber llegar a la meta, encontrar ese camino que nos ayude a todos. Es cierto que no todos somos iguales porque no todos tenemos las mismas cualidades y valores, pero tenemos que saber poner juntos nuestros granos de arena que unidos a los de los demos harán ese mundo mejor, ese mundo más hermoso. Así no estaremos quitándonos ya sea el lugar o la riqueza que pueda tener el otro, sino que nos enriqueceremos mutuamente porque todos nos sentiremos beneficiados de lo bueno que son, tienen o hacen los demás.
Por eso Jesús nos enseña un camino de sencillez y de humildad, que es un camino de servicio y de darnos por los demás, que será lo que verdaderamente nos hace grandes. La importancia de nuestra vida se medirá por la humildad de nuestro servicio realizado con mucho amor con que hacemos más feliz al que está a nuestro lado.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Dejémonos conducir por el espíritu del amor y fluirán de nuestra vida los gestos de amor que harán más felices a cuantos nos rodean y construiremos así un mundo mejor

Dejémonos conducir por el espíritu del amor y fluirán de nuestra vida los gestos de amor que harán más felices a cuantos nos rodean y construiremos así un mundo mejor

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Los gestos de amor nos sorprenden y desconciertan. Bueno, me diréis, los gestos de amor nos agradan, nos sorprenden quizá cuando no los esperamos de alguien, pero es algo con lo que nos sentimos felices y agradecemos. Es cierto. ¿A quien no le gusta recibir un cariñito? ¿A quien no le gusta sentirse amado? Pero aun así sigo afirmando que los gestos de amor nos desconciertan.
Un amor generoso, altruista, solidario, sincero y que es capaz en quien lo realiza de hacer que se olvide de si mismo y las posibles repercusiones que pueda tener en su vida y aun así sigue siendo generoso para darse totalmente hasta se capaz de quedarse sin nada, nos descolocan, nos desconcierta, porque tenemos la tentaciones de ponerle en ocasiones vallas y limites al amor que le tengamos a los demás, no nos sentimos quizá capaces de hacer nosotros lo mismo. A lo más que decimos es ‘no me lo esperaba’.
Por eso los gestos que le vemos realizar a Jesús en el evangelio, vemos que por una parte hay gente que se siente admirada y entusiasmada, sin embargo otros se sienten sorprendidos porque quizá por una parte no es lo que ellos esperaban y por otra parte se sienten denunciados porque ellos no son capaces de realizarlos.
Lo han invitado a comer en casa de un hombre principal que además era fariseo. Allí están al acecho de los gestos de Jesús. Hay un hombre enfermo y comenzó a resplandecer el amor. Y ahí está el gesto de Jesús. Aquel hombre es liberado de su mal. ¿Sorpresa? Quizá no tanto porque era lo normal de Jesús. Pero les desconcierta, es un sábado. Pero las palabras de Jesús les interrogan por dentro. ¿Quizá nos preocupamos más si se nos cae al pozo el animal que tenemos para nuestros trabajos? ¿Por qué no  nos vamos a preocupar por una persona que sufre? Son los caminos del amor al que no podemos ponerle vallas.
Es la disponibilidad que ponemos en nuestra vida cuando dejamos inundar nuestro corazón de amor. Es el camino que nos va a llevar a la verdadera felicidad, en nosotros mismos porque sentimos lo bueno y la satisfacción por lo que hemos hecho, y vamos repartiendo felicidad a los demás cuando vamos liberando ataduras, cuando vamos mitigando sufrimientos, cuando vamos sembrando esperanza e ilusión, cuando ponemos una nota de alegría en la vida. Y el amor nos hará ir encontrando esas ocasiones, esos momentos en que podemos regalar tanto bueno a los que nos rodean.
Y cuando entramos en esa tesitura las cosas van fluyendo con naturalidad de nosotros y llegaremos a ser capaces de hacer lo que no imaginábamos que pudiéramos hacer. Porque el amor es creativo, toma siempre la iniciativa, provoca en nosotros esos deseos del bien, no aguanta el sufrimiento de los demás y buscará la forma de mitigarlo, hará vayamos sembrando sonrisas de esperanza y felicidad en cuantos nos rodean. También nosotros seremos capaces de sorprender a los demás. Dejémonos conducir por ese espíritu del amor.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La trascendencia con que vivimos la vida y la esperanza de vida eterna que tenemos nacida de nuestra fe nos hace mirar con una mirada nueva nuestra propia vida y la realidad de la muerte

La trascendencia con que vivimos la vida y la esperanza de vida eterna que tenemos nacida de nuestra fe nos hace mirar con una mirada nueva nuestra propia vida y la realidad de la muerte

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Juan 11, 17-27

La actitud o la postura que tomemos ante la muerte son la actitud y la postura con que hemos vivido  nuestra vida. El sentido y el valor que le hemos dado a nuestra vida nos hará comprender o no el sentido de la muerte. Cuando nos ponemos con una actitud de amargura ante el hecho de la muerte, preguntémonos como  hemos vivido nuestra vida, cual es la esperanza con que hemos vivido.
Claro que si hemos vivido la vida sin ningún tipo de trascendencia al llegar al umbral de la muerte nos encontraremos ante un final detrás del cual no esperamos ninguna cosa; si hemos vivido solo pensando en nosotros mismos, solo en disfrutar sea como sea, una amargura aparecerá en lo más hondo de nosotros mismos porque se nos acaba ese disfrutar y entonces nos desesperaríamos porque quizá no pudimos disfrutar todo lo que hubiéramos querido. Y así podríamos seguir analizando cual es el sentido o el valor, como decíamos, que le hemos dado a nuestra vida.
Ya nos decía san Pablo en ese texto que quizás tantas hemos escuchado que nosotros los creyentes en Cristo Jesús no podemos amargarnos ante la muerte como aquellos que no tienen esperanza.  Ayer cuando celebrábamos la fiesta de todos los santos algo en lo que queríamos incidir es la esperanza de vida eterna que anima nuestra vida desde la fe que tenemos en Jesús.
La muerte no es esa puerta que se nos abre ante nosotros en un momento dado, en el momento que quizá menos esperamos, ante una negrura sin fin en la que no hay nada. La muerte no es ese punto final en la que se acaba todo y ya nada más podemos esperar. Esa no es nuestra fe, la fe que proclamamos en el Credo que nos sabemos de memoria y tantas veces habremos recitado. Creemos y esperamos en la vida eterna, traspasamos ese umbral de la muerte esperando encontrar en la misericordia de Dios esa vida de dicha en plenitud que Dios nos tiene reservada. La muerte no nos conduce a una inseguridad y a un vacío sino que nos abre a la vida eterna.
Si mientras hemos caminado en esta vida lo hemos hecho con esa esperanza, con los pies bien firmes en nuestra tierra pero con nuestra mente y nuestro espíritu puesto en Dios, lo que hemos hecho tiene un valor para la eternidad, un valor que nos conduce a una plenitud de vida que Dios nos quiere regalar.
‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, al Reino que os tiene preparado desde la creación del mundo…’ nos dice Jesús en el Evangelio. Y nos dirá que El va a prepararnos sitio, porque donde está El quiere que estemos nosotros, y nos promete vida sin fin para quienes creemos en El, y nos pide que guardemos nuestros tesoros en el cielo donde no hay ladrón que nos los robe, ni polilla que se los carcoma.
Y esto lo pensamos para el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte, y ese pensamiento de esperanza nos acompaña cuando fallecen nuestros seres queridos. Nuestra esperanza es que vivan para siempre en Dios en donde un día también con ellos nos encontraremos. Y porque sabemos que todos somos débiles, la experiencia la tenemos en nosotros mismos, la muerte de nuestros seres queridos la acompañamos con nuestra oración porque los ponemos en las manos de Dios para que los acoja en su misericordia, los perdone y los llene de vida para siempre.
Sentiremos la tristeza y el desgarro de la separación, pero con la esperanza de que un día volveremos a encontrarnos en el Señor. Por nuestras lagrimas no tienen que estar llenas de amargura y desesperación, por eso la esperanza ha de animar esos momentos de tristeza y de dolor.
Hoy, dos de noviembre, la Iglesia quiere hacer una conmemoración de todos los difuntos; es cierto que nosotros continuamente recordaremos a nuestros seres queridos y elevaremos una oración llena de esperanza por ellos, pero en este día no solo queremos recordar a los nuestros de una forma egoísta, sino que queremos abrir nuestro corazón para que nuestra oración sea más universal y quepan todos en nuestro corazón.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

Al celebrar a todos los santos sentimos el estimulo de sus vidas para vivir nosotros también esa santidad y elevamos nuestro espíritu con la esperanza de la vida eterna en la plenitud de Dios

Al celebrar a todos los santos sentimos el estimulo de sus vidas para vivir nosotros también esa santidad y elevamos nuestro espíritu con la esperanza de la vida eterna en la plenitud de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Aunque en el común del pensamiento de la gente hablar de la fiesta de todos los santos les hace pensar sobre todo en sus difuntos, en aquellos seres queridos que han muerto, realmente esa conmemoración corresponde más al día dos de noviembre que a este día primero del mes. Es como decíamos la fiesta de Todos los Santos, así sencillamente pero también con un hondo significado.
Hablamos de los santos y pensamos sobre todo en aquellos a los que la Iglesia ha reconocido su santidad y están incluidos sus nombres en ese catálogo, llamémoslo así, teniendo su fiesta o memoria en unos días determinados a lo largo del año. Sin embargo lo que la Iglesia quiere conmemorar y celebrar en este día son todos los santos, estén o no incluidos en ese catálogo oficial, porque ya gozan de la visión y la gloria de Dios en el cielo.
Claro que al hablar de santos podemos pensar también en los que aún caminan sobre la tierra, y que resplandecen por la santidad de sus vidas y contemplamos su entrega y su amor, la rectitud con que viven y su fe inquebrantable en Dios. Más aún no podemos dejar de pensar en aquello que mencionaba el apóstol cuando al dirigir sus cartas a las diferentes comunidades eclesiales se refería a los santos de aquella comunidad; y es que no podemos olvidar que en virtud de la consagración de nuestro bautismo todos estamos llamados a la santidad y si tratamos en verdad de ser fieles así podría y tendría que llamársenos a todos los que estamos bautizados.
Estamos, pues, viendo un sentido de esta solemnidad que hoy estamos celebrando que se convierte así en el ejemplo de los santos en un estímulo y acicate para el camino de nuestra vida cristiana. La propia palabra de Dios que en esta celebración se nos proclama nos señala también cuales han de ser esos caminos que nos conduzcan a esa dicha y felicidad que nos promete Jesús. Una buena reflexión tendríamos que hacernos en las bienaventuranzas que nos propone Jesús desde el sermón del monte en el Evangelio y que pueden marcar la pauta de lo que ha de ser nuestro camino.
Pero hay un aspecto en el que yo quisiera fijarme ahora. Algunas veces tenemos la tentación de caminar por esta vida como si ésta vida terrenal es lo único que pudiéramos vivir. Todo se reduce y se acaba a los días que vivamos acá sobre la tierra y entonces intentamos vivir con la mayor rectitud posible, buscando siempre el bien y la justicia, es cierto, queriendo lograr un mundo mejor donde todos seamos más felices y nadie tenga que sufrir por ningún motivo. Buscamos ser solidarios los unos con los otros, ser justos en lo que hacemos, evitando todo tipo de sufrimiento como si quisiéramos solo conseguir un paraíso sobre esta tierra.
Perdemos así una referencia muy importante, la trascendencia que le queremos dar a nuestra vida y nuestros actos que tiene que ir más allá que lo que ahora y aquí podamos conseguir; perdemos la trascendencia y la esperanza de la vida eterna y en lo menos que pensamos mientras vivimos los afanes de esta vida, aun queriendo vivir en la mayor rectitud, es en esa vida futura, en esa vida eterna de la que tanto nos habla Jesús en el evangelio.
Cortamos, de alguna manera, las alas de plenitud que todos llevamos en nuestro interior y que bien sabemos que solo en la realidad de esta vida no podemos llegar a conseguir en su totalidad. Si no tenemos la esperanza de esa plenitud total yo diría que nuestra vida se ve mermada, se ve limitada, porque cuando llegue la hora de la muerte, de terminar este camino aquí en la tierra se nos acaba todo y pareciera que caemos en un pozo oscuro y sin fondo.
Son parte de nuestra fe en la tenemos el peligro de no pensar. Vivimos como si solo existiera la realidad de este mundo. Perdemos el sentido de Dios en quien ansiamos encontrarnos para poder llegar a vivir esa plenitud total que solo en Dios podemos alcanzar. Si perdemos de vista todo lo que sea esa referencia a la vida eterna, a la vida del mundo futuro, aunque digamos que somos creyentes, nuestra fe en Dios se queda muy titubeante, muy debilitada. Y muchos que incluso nos llamamos cristianos vivimos sin esa esperanza, sin esa referencia a la plenitud de la vida eterna.
Quería fijarme en este aspecto precisamente hoy cuando estamos celebrando la fiesta de todos los santos. No queremos solamente recordar a unos hombres y mujeres que hicieron su camino antes que nosotros y trataron de vivir en la mayor rectitud y con el más profundo amor, sino que estamos celebrando a quienes viven y viven en la plenitud de Dios porque han alcanzado esa vida eterna de dicha y de felicidad.
Viven ya la felicidad y la plenitud del Reino de Dios que como nos dicen las bienaventuranzas poseerán los pobres, tendrán como recompensa los que se han mantenido fieles al camino del evangelio, los que gozan de la plena visión de Dios porque apartaron de sus vidas la malicia, los que ven saciados plenamente sus deseos y su hambre de justicia y de paz, y los que ahora gozan del consuelo de Dios tras los sufrimientos y tribulaciones que hayan podido vivir en esta vida terrena. Ahora gozan de la plenitud de Dios, ahora viven esa felicidad eterna que solo en Dios se puede alcanzar.
Es la esperanza de la vida eterna que anima nuestra vida y que nos hace sortear esos caminos muchas veces tan llenos de tribulaciones, lo que nos mantiene firmes en nuestras luchas y nos hace saber desprendernos de nosotros mismos por el amor que inflama nuestros corazones. Hoy miramos a lo alto, contemplamos esa multitud innumerable de la que nos habla el libro del Apocalipsis, y nuestro espíritu se eleva al contemplar a los santos, y nuestros corazones se llenan de esperanza, y ansiamos de verdad que un día podamos disfrutar de esa vida eterna en la plenitud de Dios.

martes, 31 de octubre de 2017

Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas


Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

La vida es un continuo crecimiento y renovación. Las células del organismo se multiplican y se renuevan y eso es señal de que hay vida; cuando las células no se renuevan es señal de que el organismo comienza a morir, se entra en un estado que podríamos llamar de vejez, de agotamiento que hace incapaz esa renovación y la vida va decayendo poco a poco. No sé si me aclaro lo suficiente, pero los biólogos o a quien corresponda esa parte de la ciencia, nos lo pueden explicar mejor pero en mi torpeza para expresarme creo que no estoy lejos de lo que es el vivir y ya no me quedo en lo que sea la vida corporal sino la vida en si misma.
Nos sucede en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en lo que es el vivir de cada día de nuestro mundo. Vemos una comunidad que se queda estancada, que se queda siempre en lo mismo, en la que no aparece la savia nueva y joven de nuevos componentes, que va perdiendo iniciativas y es incapaz de renovarse, cualquiera puede augurarle que es una comunidad sin vida y que puede tener a desaparecer. Nos sucede en asociaciones, en clubes sociales, en organismos culturales, en equipos que se pueden crear en el mundo deportivo, en distintos ámbitos de la sociedad.
Es importante que sepamos darles vida, que sus miembros tengan nuevas ilusiones que hagan surgir nuevas iniciativas, que se sea capaz de atraer a nuevas personas a formar parte de esa comunidad o sociedad, que se vaya haciendo una renovación constante, que no significa cambiar lo que son las metas o los ideales con los que se formó, pero a lo que hay que dar siempre una nueva vitalidad. Algo tiene que haber en nuestro interior que nos impulse y nos llene de vitalidad, un espíritu renovador tenemos que sentir allá en lo más hondo.
Al hilo de esta reflexión que no venimos haciendo quizá tengamos que preguntarnos que hay o puede haber de todo esto en nuestras comunidades cristianas. Muchas veces los cristianos damos señales de esa falta de vitalidad que hace languidecer a nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias en concreto, nuestra iglesia. Nos avejentamos y no solo porque muchas veces quienes participan en la vida de la comunidad, sobre todo en las celebraciones somos cada vez más mayores, sino porque tenemos el peligro y la tentación de caer en un letargo que no nos motiva a una renovación y a un rejuvenecimiento de las parroquias, por ejemplo.
Jesús en el evangelio para hablarnos del Reino de Dios muchas veces emplea la imagen de la semilla. La semilla siempre será algo pequeño, insignificante en ocasiones, pero de la que al germinar surgirá una planta vigorosa que crece y crece hasta madurar y darnos fruto. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de una semilla bien insignificante, la mostaza, pero que sin embargo, como nos dice Jesús, nos dará una planta, un arbusto que puede hacerse frondoso de manera que hasta puedan anidar las aves en él. No podemos menospreciar lo que nos parece pequeño, porque de ahí puede surgir una hermosa planta.
Así nos compara Jesús hoy al Reino de Dios. Seremos pequeños pero no nos podemos anular. Surge como una pequeña semilla pero hemos de saberle dar a la iglesia esa vitalidad de esa planta nueva capaz de acoger a todos, de multiplicarse y de extenderse. Esa planta que crece y llega a producir frutos, hará que de ella surjan nuevas semillas que multipliquen esas plantas que así vayan extendiéndose por doquier. ¿No hemos visto quizá como la semilla de una nueva especie se ha introducido en un lugar en donde no era endémica y pronto vemos como a su alrededor van surgiendo nuevas y nuevas plantas de esa especie que antes quizá era extraña en aquellos sitios?
Es la fuerza misionera que tendría que haber en el corazón de nuestras comunidades. No nos podemos contentar con ya nosotros tenemos esa fe y tratamos de vivirla de una forma o de otra. Si esa fe es vida en nosotros, nos llenará de esa vitalidad para propagarnos, para comunicarnos, para contagiar a los demás, para despertar en tantos otros esa misma fe que nosotros profesamos. ¿Nos multiplicamos y crecemos, ampliamos nuestro campo queriendo llegar a los demás? Es el signo de nuestra vitalidad. Es el signo de que en verdad queremos vivir de manera sincera el Reino de Dios.
Con la imagen de la otra parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, la levadura, pensemos cómo con lo que nosotros vivimos y queremos vivir intensamente queremos contagiar a nuestro mundo, queremos hacer fermentar ese mundo en los valores nuevos del Reino de Dios. No podemos ser comunidades muertas y sin vida.

lunes, 30 de octubre de 2017

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

Hay cosas que vamos aprendiendo en la vida, que se nos van inculcando desde pequeño y que pretenden enseñarnos unos valores, hacer que tengamos buenas costumbres en las que no solo nos manifestemos con dignidad sino que también tratemos con dignidad a los demás, que se van convirtiendo en norma, en plantilla por así decirlo, de nuestra conducta.
Es bueno y necesario que vayamos aprendiendo esos principios que van configurando nuestra vida, le van dando un sentido y tenemos que comprender bien el por qué lo hacemos, lo que pretendemos, y evitar que se conviertan en una rutina o que las hagamos así porque así sin darle una razón o sentido y al final vayamos siendo esclavos de esas normas que de entrada lo que pretendían era lo mejor para nosotros.
Que tengamos que lavarnos las manos o nuestro cuerpo por razones de higiene personal y también por dignidad y respeto a los que nos rodean, está bien, ahora que lo convirtamos en un escrúpulo que nos hace esclavos de esa limpieza de manera que sea una obsesión para nosotros ya no es tan bueno. Hemos de darle sentido a las cosas y vivirlas en su propio sentido y valor.
El respeto al día del Señor era algo inculcado en el pueblo judío con mucha intensidad, por una razón teológica por una parte porque era un reconocimiento de que Dios es el centro de la vida y a El hemos de mostrar todo nuestro amor y rendirle culto, pero también iba acompañado de una razón humanitaria por así decirlo, porque ese descanso es necesario para el hombre para no hacerse esclavo de trabajo y para tener un tiempo para si y para los suyos en un tiempo, por así decirlo, lúdico.
De ahí nacía el descanso sabático que buscando ese descanso y ese día para el Señor te impedía realizar cualquier tipo de trabajo. Pero eso pronto en Israel se llenó de normas y preceptos que prescribían hasta el más mínimo detalle lo que se podía y no se podía hacer. Y allá estaban los cumplidores fariseos, obsesionados con el descanso sabático para exigir el más estricto cumplimiento. ¿Es bueno el descanso sabático? No lo podemos negar pero no podemos convertirlo en una obsesión que llegue a impedirnos actuar con verdadera libertad.
En ese marco sucede el episodio que nos narra el evangelio hoy. Era sábado. Estaban en la sinagoga, para el culto, la oración y la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En medio anda una mujer encorvada a causa de la enfermedad. Y Jesús la cura. Surge la sorpresa porque era sábado. Para allá andan los fariseos con ojo avizor. Pero vemos la libertad de la actuación de Jesús, el amor que lo motivo, y la liberación que quiere significar para todos aquel signo.
No quiere Jesús que vayamos encorvados por la vida. muchos pesos pueden caer sobre las espaldas de nuestra vida que resten nuestra libertad. La vida superficial a la que nos sentimos abocados tantas veces resta mucho la valoración profunda que le hemos de dar a lo que hacemos; el estar pendientes de lo que puedan pensar o decir los demás nos puede impedir que nos mostremos tal como somos y manifestemos también lo que son nuestros verdaderos principios; las rutinas con que hacemos las cosas, simplemente porque hay que hacerlas pero sin buscarle su verdadero sentido pueden ser también un lastre para nuestra vida; el dejarnos arrastrar por la corriente de lo que todos hacen puede terminar volviéndonos insolidarios e injustos en nuestro trato o en la valoración que hagamos de los demás.
Muchas pueden ser las trabas que nos vayamos imponiendo en la vida y que a la larga nos hacen caminar encorvados. Pero Jesús viene a darnos la verdadera libertad, a arrancarnos de esas cosas que nos esclavizan, a abrir nuevos horizontes en nuestra vida y nuevos caminos que nos conduzcan a ser más libres, más solidarios, más justos, más auténticos en nuestro trato con los demás, como manera de hacer un mundo mejor. Dejemos que Jesús ponga su mano de amor sobre nosotros y nos levante.

domingo, 29 de octubre de 2017

Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien



Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

El que se siente amado se siente valorado y se siente protegido, porque se sabe que se le tiene en cuenta, que es alguien para alguien. Cuando pensamos en la pobreza quizá muchas veces pensamos primero que nada en la carencia de unos medios que le ayuden a subsistir; pero no solo es pobreza, me atrevo a decir que la soledad de quien se siente abandonado, de quien no es tenido en cuenta, de quien no significa nada para los demás, de quien quizá se ha convertido en un número sin rostro es lo que produce mayor dolor en alma porque se siente desamparado y no alcanza a ver un camino de luz por donde salir de su soledad.
Quizá no tenga para comer, una ropa con la que cubrirse, un techo bajo el cual guarecerse pero si encima siente que nadie tiene una mirada para él, oscuro se le ponen los caminos para salir de su situación, de su pobreza. Y así caminan muchos sin rumbo en su soledad por la vida sin encontrar caminos y no somos capaces de verlos, no queremos quizá ni pensar que existen. Qué triste seria escuchar de labios de alguien ‘a mi nadie me quiere’.
¿Por qué me hago estas consideraciones al comenzar mi reflexión sobre el evangelio y toda la Palabra de Dios de este domingo? Es que hoy se nos habla de amor, en concreto, del amor a Dios y del amor al prójimo. Pero quiero pensar en ello más que en una palabra en rostros concretos en los que falta ese amor, a los que no les tenemos ese amor aunque podamos decir muchas cosas bonitas.
El evangelio nos habla de que los principales entre los judíos, fariseos, sumos sacerdotes, gentes del sanedrín, estaban buscando la manera de coger, como se suele decir, en un renuncio a Jesús, confundirle en sus palabras. Vienen a preguntarle por el mandamiento principal lo que podríamos decir que era innecesario porque bien claro estaba en la Escritura y era algo que se sabía bien de memoria todo judío. Y Jesús les responde con las palabras exactas de la ley, el amor a Dios sobre todas las cosas, pero une a ello haciendo que tengan una semejanza en la fuerza del mandamiento lo que en otra parte también se lee en la Escritura, ‘y el segundo es semejante a él porque amarás al prójimo como a ti mismo’. No hay vuelta de hoja. Por eso concluye Jesús ‘en esto se encierran la ley y los profetas’.
Jesús nos viene a decir que no hay verdadero amor a Dios al que hay que amar ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’ si no amamos al prójimo también. Y es aquí donde tenemos que ver las cosas concretas, es aquí donde tenemos que ver los rostros a los que tenemos que amar y ponerle nombre para que ese amor no sea una palabra bonita sino sea algo muy concreto.
Ya sabemos que en otro lugar del evangelio ante esa respuesta de Jesús el maestro de la ley le preguntará y se preguntará, ‘¿quien es mi prójimo?’ No necesitamos hoy ir a ese texto paralelo del evangelio de Lucas sino simplemente fijarnos en los textos que se nos han ofrecido en la liturgia de este día. Es un texto del Éxodo que nos va describiendo lo que era la ley del Señor para su pueblo e irá detallando allí donde se ha de manifestar el amor y la compasión para con los pobres y desamparados.
Y se nos habla de unas situaciones muy concretas que luego a través de toda la Biblia se repetirán como una muletilla para hacer referencia a aquellos a los que primero hay que atender. Nos habla de los forasteros, de los huérfanos y de las viudas; luego seguirá poniéndonos situaciones muy concretas en las que se ha de manifestar esa misericordia y compasión. Pero fijémonos en esas como tres categorías que se nos señalan que van a ser como el paradigma de lo que es la situación de pobreza que pueda vivir el ser humano.
Forasteros, huérfanos y viudas, nos dice. ¿Por qué? Podríamos decir que son el paradigma de quienes se sienten abandonados y sin protección de nadie. El forastero esta lejos y fuera de su tierra, de su ambiente, de sus familiares y amigos, nadie lo conoce, es un extraño, vivirá tremendamente la soledad. Y no digamos nada cuando se meten en la sociedad los rabillos de la discriminación, del racismo y la xenofobia. Pensemos en lo que a nosotros mismos nos sucede muchas veces cuando nos encontramos con un extraño, alguien de otra raza o que viene de otro lugar, con quien por su idioma quizás no nos podemos entender, la desconfianza que se nos mete muchas veces dentro. ¿Cómo se sentirá el que es mirado así y no se siente querido, sino más bien quizás desplazado o rechazado?
El huérfano ha perdido todo su apoyo cuando le falta uno de sus padres y no digamos si le faltan los dos. No es solo la protección y la atención que podría recibir sino el calor del cariño de un padre, de una madre. La pobreza de su vida es grande, aunque quizá haya unos medios materiales, porque es grande la soledad de su corazón. Quizá su situación nos puede mover a la compasión, pero pudiera ser que el compromiso no vaya más allá.
Y en la misma situación vemos a la viuda, a quien le falta el apoyo de un esposo, con unos hijos quizá que cuidar, teniendo que enfrentarse sola a los problemas de la vida. Ya me diréis que al menos en nuestro entorno hay prestaciones sociales, apoyos y ayudas de muchas maneras, pero algo faltará en su corazón. Y bien sabemos que no en todos los lugares hay la misma protección.
Ahí tenemos reflejado lo que reflexionábamos en el principio de este comentario. Pero si nos hemos extendido un poco es para que en nuestra reflexión nos demos cuenta de cómo tenemos que hacer efectivo y concreto nuestro amor. No son palabras bonitas, no son solo las ayudas materiales que podamos ofrecer a quien pasa necesidad, es algo más lo que en nuestro amor podemos y tenemos que hacer con nuestra cercanía, con nuestro acompañamiento, con nuestra escucha, con nuestra mano tendida pero con nuestro corazón bien abierto para sintonizar con la otra persona.
Terminemos recordando lo que quizá volvamos a encontrarnos en el evangelio en las próximas semanas. En el atardecer de la vida seremos examinados del amor. Y Jesús nos va a decir que lo que le hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer con uno de estos hermanos a El se lo hicimos. Le toca a cada uno sacar las conclusiones para nuestra vida viendo como tenemos que ofrecer nuestro amor en la valoración que hacemos del hermano y en el amor concreto que le podemos ofrecer.

sábado, 28 de octubre de 2017

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Cuando queremos construir un sólido edificio nos preocupamos de preparar unos adecuados cimientos y una apropiada estructura de pilares y columnas que sean lo que conformará ese edificio dándole la adecuada solidez. No entro yo en aventuras constructivas además de dejar a los técnicos correspondientes que realicen su trabajo, pero la imagen nos vale para lo que es la construcción de nuestra vida.
A lo largo de nuestra existencia vamos teniendo unos pilares sobre los que nos vamos apoyando y que son los que nos van dando las pautas para el mejor desarrollo de nuestra vida. Serán nuestros padres en los que tendremos siempre el apoyo fuerte que necesitamos, pero al mismo tiempo en el camino de la vida vamos encontrando otros, llamémoslos así también, pilares que en las tareas educativas como nuestros maestros y profesores, o en el contacto diario con las personas con las que convivimos o por la situación social que desempeñan que van siendo también para nosotros esos puntos de referencia para la construcción de nuestra personalidad.
Todos recordamos sabios maestros que supieron inculcarnos los mejores valores, o personas que fueron ejemplo para nosotros y ya fuera con su testimonio, su imagen o también sus palabras y que los recordaremos siempre porque se convirtieron para nosotros en un espejo donde mirarnos y sentirnos estimulados en nuestro crecimiento personal. Esas columnas, esos apoyos, esos postes de dirección que hemos ido encontrando en la vida y que tanto bien nos han hecho.
Lo decimos también en el ámbito de la fe y de nuestro caminar cristiano. Cristo es la piedra angular, verdadero fundamento de nuestra fe y de nuestra vida. Pero Jesús quiso dejarnos unas piedras como cimiento y unas columnas que nos sirvieran de apoyo de referencia para el camino de nuestra vida cristiana.
Ya sabemos como a Pedro le dice que será piedra sobre la que se fundamentará su Iglesia y eso misión le confió de confirmar en la fe a sus hermanos a lo largo de la historia realizada en sus sucesores que en nombre de Cristo conducen el camino de la Iglesia. Junto a Pedro Jesús quiso constituir el Colegio Apostólico en los doce apóstoles que iban a ser ese cimiento y esos pilares en los que se edificara el edificio de la Iglesia.
Es lo que nos dice hoy el apóstol cuando litúrgicamente estamos celebrando la fiesta de dos apóstoles, san Simón y san Judas. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Ahí lo tenemos claramente. De ahí la importancia de la celebración de la fiesta de los apóstoles, como hoy celebramos.
Recordamos nuestro fundamento, no olvidando que una de las características de la verdadera iglesia de Cristo es ser apostólica. A través de ellos recibimos el don de la fe, porque ellos fueron los primeros testigos de Cristo resucitado y como tales Jesús los envió por el mundo.
Creo que tendríamos que dar gracias a Dios por nuestra pertenencia a la Iglesia y en la comunión de fe y de amor que en ella vivimos nos sentimos alimentados y fortalecidos para nuestro camino y la misión que también hemos de realizar nosotros en medio del mundo.
Pero creo que también podríamos, tendríamos que recordar a aquellos que en nuestra vida personal hemos tenido como esas columnas, esos pilares de nuestra fe porque a través de ellos nos hemos alimentado, hemos aprendido los valores del evangelio, nos sentimos estimulados para nuestra entrega y nuestro amor.
Además de nuestros padres y familiares cercanos que nos educaron en la fe cristiana, hemos recibido mucho de los sacerdotes que hemos conocido en la vida, de los catequistas que nos ayudaron y nos instruyeron, de esas personas que en nuestra comunidad concreta han sido ejemplo y estimulo para nuestra vida; seguro que cada uno de nosotros podríamos hacer una hermosa lista de esas personas a las que tendríamos que estar tan agradecidos por lo que de una forma o de otra nos ayudaron a mantener viva la llama de nuestra fe.
Han sido apóstoles para nosotros y discípulos fieles, testigos de una fe que con su testimonio han iluminado nuestra vida, verdaderas columnas en que apoyarnos y que contemplando su testimonio han sido para nosotros estímulo y también fuerza de gracia para nuestro caminar. Demos gracias a Dios por todos ellos.

viernes, 27 de octubre de 2017

La mirada del creyente sobre la vida y la historia es una mirada distinta porque la queremos hacer con los ojos de Dios

La mirada del creyente sobre la vida y la historia es una mirada distinta porque la queremos hacer con los ojos de Dios

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59

La experiencia de lo que vivimos es una buena maestra para la vida. Pudiera sucedernos que aprendemos más desde las cosas que nos pasan en la vida que de lo que sesudamente alguien haya intentado enseñarnos quizá de una manera más teórica. Claro que para eso es necesario que seamos personas reflexivas, que seamos capaces de detenernos en las cosas que nos suceden o que contemplamos en nuestro entorno, que nos dejemos admirar quizá por pequeñas cosas de esas que suceden cada día pero que sin embargo pudieran tener muchas enseñanzas para nosotros. Es la reflexión que nos hace crecer en la vida, que nos hace personas maduras, que nos ayudará a darle esa profundidad, esa sabiduría a la vida.
Nuestros mayores observaban lo que sucedía en la naturaleza, los movimientos de las nubes o lo que iba sucediendo en las distintas fases de la luna, y esa observación les permitía ir adquiriendo una sabiduría natural que podía hacerles predecir la climatología que iban a tener porque de ahí dependían sus siembras y sus cosechas. Hoy, es cierto, lo hacemos de una manera más científica, porque son ya quizás otros medios con los que se puede contar y nos pueden dar mas certeras predicciones.
Pero no venimos a reflexionar aquí para hacer predicciones climatológicas o cosas en ese sentido, sino que eso nos puede servir de base para otras más profundas reflexiones que tenemos que hacernos de cuanto nos sucede. Será la marcha de nuestra sociedad, los derroteros por donde caminamos, o lo que tenemos que aprender para no caer siempre en los mismos errores y aprendamos a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Pero el creyente tendría que saber tener una visión profética de cuanto nos sucede para saber descubrir la presencia de Dios que nos habla también a través de los acontecimientos. Cuando empleamos la palabra profética la tentación fácil es pensar que el profeta es el que hace una predicción de futuro, de lo que va a suceder. Pero la visión profética es algo, por así decirlo, en cierto modo distinto y no es solo cuestión de predicciones de futuro. Es mirar la vida con la mirada de Dios.
Eso nos hará mejor contemplar la belleza de la vida porque no nos vamos a quedar solamente en las zonas oscuras a lo que ciertamente tendemos. Nos hará confrontar lo que somos y lo que vivimos con lo que es el deseo de Dios. Nos ayudará a descubrir el designio de Dios que nos va conduciendo entre los avatares de ese camino que hacemos pero tratando de descubrir lo bueno, intentando hacer lo mejor, queriendo darle belleza a la vida, dándole un sentido nuevo a cuando hacemos y vivimos.
Pero también Dios nos habla en cuanto sucede, en esos acontecimientos, y esa Palabra que Dios nos va diciendo a través de todo eso nos compromete, nos implica. Nos encontraremos acontecimientos incomprensibles, cosas que pueden enturbiar la felicidad de nuestro mundo porque llenan de sufrimientos a tantos. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados? ¿Seremos insensibles a cuanto sucede? Yo como creyente, como cristiano, en nombre del evangelio que trato de vivir ¿qué puedo hacer? ¿qué tengo que hacer?
Es descubrir allá en lo más hondo de nosotros mismos ese querer de Dios, ese camino nuevo que tendría que emprender, ese compromiso en el que tengo que implicarme. Me llevará a buscar lo mejor de nosotros mismos, de nosotros como persona, pero también de esas personas que están caminando a mi lado, para juntos tratar de hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que hacían los profetas, hacían una lectura de la historia que Vivian, de todos sus acontecimientos y trataban de manifestar lo que era el querer de Dios. Trataban de hacer sentir a la gente que Dios estaba con ellos y no les abandonaba. Qué visión más distinta hemos de tener de las cosas, de la vida, de la historia cuando miramos con esa mirada de Dios.

jueves, 26 de octubre de 2017

Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo


Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
En ocasiones escuchamos frases que en principio y sobre todo por quienes nos las dicen nos resultan una paradoja; nos cuesta entenderlas, les damos vueltas porque de entrada nos parecen incomprensibles, pero quizá al final nos damos cuenta que tienen su significado, nos quieren decir algo, y al final terminan inquietándonos en nuestro interior.
Son palabras que en cierto modo se convierten en proféticas para nosotros, que encierran gran sabiduría y nos van a hacer mucho bien si llegamos a meternos de lleno en su significado. Producirán una inquietud en nuestro corazón, quizás un cierto desasosiego, pero nos harán despertar a una realidad más sublime o nos pondrán en caminos insospechados pero que nos van a hacer mucho bien.
Algo así nos sucede con lo que hoy escuchamos en el evangelio. No podíamos imaginar que Jesús nos dijera que no viene a traer la paz sino la guerra y que lo que quiere es prender fuego; ni que fuera un incendiario. Parece estar lejos de lo que es su mensaje que es siempre un mensaje de amor, un mensaje de paz. Podemos recordar el canto de los ángeles en su nacimiento, o podemos pensar en las palabras que normalmente les dice a los enfermos o a los pecadores cuando salen curados de su presencia, claro que también podríamos recordar su saludo de pascua después de la resurrección.
Pero es verdad, Jesús viene a poner inquietud en nuestro corazón; sembrar esperanza no significa que nos contentemos con lo que tenemos o cómo estamos. Es un mensaje de algo nuevo el que nos trae, eso significa precisamente evangelio, y ya desde el principio nos dice que tenemos que creer en la buena noticia. Pero esa bueno noticia no es para que nos quedemos adormilados en donde estamos; esa buena noticia nos pone en camino, siembra inquietud, nos hace querer buscar algo nuevo porque no estamos contentos con lo que tenemos.
Eso significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente. No es dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen; cuantas veces decimos o escuchamos que nos dicen, eso es lo que hacen todos. Nos tenemos que rebelar contra eso porque queremos algo nuevo, porque Jesús nos ofrece algo nuevo.
Ya lo vemos en el evangelio que su presencia inquieta de tal manera que se va a encontrar con muchos en contra que lo llevarán hasta el Calvario. Pero frente a esa muerte a la que nos quieren conducir los que no quieren cambiar, los que se contentan con que todo siga igual, los que ambiciosos no quieren perder su poder o su influencia, Jesús nos ofrece la Vida porque El es la vida.
Frente a la maldad que reina alrededor y que se quiere meter también en los entresijos de nuestra alma, nosotros nos rebelamos, denunciamos, buscamos el cambio, queremos hacer esa revolución en nuestra vida, queremos la transformación de nuestro mundo.
Claro que el fuego que nosotros queremos prender en el mundo – es lo que Jesús nos ha enseñado – es el fuego del amor, es el fuego de su Espíritu, será el fuego que todo lo transformará aunque a veces nos parezca imposible por la fuerza de tanto mal que vemos en nuestro entorno y que quiere meterse también en nuestro corazón. Creemos en la fuerza del amor porque creemos en Jesús el que murió y resucitó, el que Vive para siempre y nos llena de su vida que nos transforma.
¿Paradójico lo que nos dice Jesús? Ya vemos que no es tan paradójico sino que tiene en si la fuerza transformadora del amor, tiene la lógica del amor verdadero que nos enseña a olvidarnos de nosotros mismos para darnos a los demás. Eso algunos no lo comprenderán, pero nosotros queremos vivirlo y que sea nuestro testimonio el que haga comprender a los demás la necesidad de un mundo nuevo transformado por el fuego del amor.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Preparados porque viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado

Preparados porque viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado

Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Así termina el texto del evangelio de hoy. Jesús les está hablando de la responsabilidad y la seriedad con que hemos de tomarnos la vida, porque aquellos dones que hemos recibido, como nos señala también en otros lugares del evangelio, no son para guardárnoslos sino para hacerlos fructificar.
Cada uno tenemos nuestros dones, nuestras capacidades y cualidades. Es cierto que no todos somos iguales, ni todos valemos para todo aunque en las responsabilidades de la vida tengamos que afrontar muchas cosas, batallar en diferentes frentes. Una cosa que sí tendríamos que hacer es conocernos, ser conscientes de nuestros valores, nuestras posibilidades; es necesario de vez en cuando detenernos para analizar nuestra vida y seguir descubriendo lo que valemos, esos dones que hay dentro de nosotros.
Muchas veces quizá tardan en aparecer, quizá no pensamos que valemos para determinadas cosas, o muchas veces en nombre de una falsa humildad nos queremos ocultar y no descubrir y reconocer lo que son todos nuestros valores. Quizá en un momento determinado al tener que enfrentarnos a algo inesperado y ser capaces de salir adelante nos hace caer en la cuenta de unos valores que estaban ahí como escondidos y que sin embargo son posibilidades en la vida.
Hemos de saber estar abiertos siempre a todo eso que podemos descubrir en nosotros. No por orgullo o vanagloria, sino en una autoestima que quizá tendríamos que recuperar. Equivocadamente hemos reprimido o nos han reprimido en nuestra educación cosas buenas que hay en nosotros y no hemos o no nos han ayudado a sacar a flote.
Pudiera parecer a alguien que me estoy alejando de lo que seria el comentario del evangelio pero pienso que no. Todo eso que hay en nuestra vida es un don de Dios; somos administradores de esos dones de Dios; y todo lo bello y hermoso que hay en el mundo y en la vida no es solo para cada uno en particular, sino que Dios ha puesto el mundo y toda la riqueza que hay en el mundo para bien de todos. La obra de su creación se la confió al hombre, es decir, a la humanidad toda. Y riqueza de ese mundo son nuestros valores, nuestras cualidades. Riqueza no para acaparárnosla para nosotros solos sino para bien de toda la humanidad.
Nos habla Jesús en el evangelio de la venida del Hijo del Hombre; puede ser una referencia al final de los tiempos, al juicio final de la historia, como podemos pensar también en esa venida, en esa presencia del Señor junto a nosotros en cada momento de nuestra vida. Y esa presencia de Dios en nosotros siempre nos abre a los demás, siempre nos abre a una trascendencia que no se solo pensar en la vida eterna más allá de la muerte, sino en ese trascendernos para ir al encuentro del otro, para llevar al otro lo que somos, lo que es nuestra vida y compartirlo con él.
‘Estad preparados porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del Hombre’, nos dice Jesús. Preparados, en cualquier hora, en todo momento, viene el Señor, nos sale al encuentro en esa presencia mística y maravillosa de su presencia divina, espiritual; pero viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado. ¿Qué respuesta le damos a esa presencia del Señor?

martes, 24 de octubre de 2017

Atención y vigilancia responsable para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Atención y vigilancia responsable  para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

‘A lo loco, a lo loco… a lo loco se vive mejor’ no sé si recordarán los que peinan canas ya como yo canciones como una letra así que circulaban en nuestros tiempos mozos. Estaba bien en medio de la alegría de la fiesta y de la diversión, sin embargo no lo podemos considerar una buena filosofía de la vida. Hacemos en un momento determinado locuras y parece que nos va bien, pero nos damos cuenta que la vida no nos la podemos tomar de esa manera. Es necesario una responsabilidad, una advertencia y vigilancia para que lo que hagamos sea siempre con un sentido y un valor.
Sí, en nuestra madurez humana, hemos de estar atentos y vigilantes ante lo que sucede, los que nos va apareciendo en la vida, los sentimientos o las cosas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior, lo que podamos ver en los demás. Es la prevención, si queremos, ante la validez ética de lo que hacemos, pero es también para que vayamos aprendiendo de la vida. el rumiar aquello que nos sucede, la reflexión sobre lo que vamos viendo o lo que nos sucede nos hace más maduros, nos hace profundizar y encontrar un sentido, nos hace también aprender una lección para nuestro caminar.
Aprendemos de lo que oímos cuando lo reflexionamos y asumimos en nuestro interior, pero vamos aprendiendo también de los golpes de la vida, porque en nuestra reflexión nos hace sacar consecuencias, darnos cuenta a donde nos pueden llevar los derroteros que vamos tomando y así nos harán enderezar caminos. Qué importante que seamos reflexivos en la vida, vayamos rumiando bien lo que vemos, lo que aprendemos, lo que nos sucede. Es una forma de crecer y madurar.
Es lo que nos recuerda Jesús hoy en el evangelio además con la trascendencia que desde la fe encontramos para nuestra vida. No es solamente estar atentos o prepararnos para el momento final, sino es el estar atentos en todas las circunstancias de la vida. Desde la fe hemos de saber descubrir la presencia del Señor y eso no lo podemos hacer de cualquier manera. Es cierto que es el Señor el que se nos manifiesta y es una gracia suya, pero a esa gracia hemos de responder y respondemos con esa atención para descubrirle y para descubrir lo que en todo momento nos va pidiendo.
‘Tened la cintura ceñida y encendidas las lámparas…’ nos dice. Es la actitud vigilante del administrador o del que tiene que cuidar de la casa. Administradores somos de esos bienes que Dios ha puesto en nuestras manos, empezando por la vida misma. Es la responsabilidad de nuestra propia existencia a la que hemos de llenar de valor y de sentido.
Es la luz encendida de nuestra vigilancia, pero es la luz encendida de nuestra fe, una fe que tenemos también que alimentar y que solo en Dios, en su unión con El, podremos purificarla y hacerla grande. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida, para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenarnos de sentido en todo lo que hacemos y vivimos. No podrá ser, entonces, a lo loco como hemos de vivir la vida, como comenzábamos diciendo en nuestra reflexión.

lunes, 23 de octubre de 2017

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Si yo me sacara la lotería, pensamos y ahora que viene el gordo de navidad todos estamos soñando con él, si tuviera suerte en ese bote que tiene la primitiva, y así vamos soñando y soñando continuamente a ver si un día nos cae… y ya pensamos que todos los problemas los tenemos resueltos, que ya no tendremos que andar con preocupaciones ni tener que levantarse a trabajar todos los días. Cuántas cosas nos vienen a la imaginación de lo que podríamos hacer si tuviéramos ese dinero, aunque no sé si luego realmente haríamos algo de todo eso que hemos soñado. ¿Serán esas las únicas metas de nuestra vida?
No estamos tan lejos de aquel rico del que nos habla Jesús hoy en la parábola. El realmente se lo había trabajado y aquel año había sido de buenas cosechas; había tenia que agrandar sus graneros para acumular toda su cosecha. Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. También nosotros no lo ponemos todo en la suerte que nos podría caer, sino que quizá queríamos ver un efecto extraordinario del fruto de nuestro trabajo. Algunos quizá se afanan con sus malas artes en los negocios o en todo ese mundo de influencias y no se cuantas cosas entre las que nos movemos hoy. Y vendrán quizá detrás tantas cosas y consecuencias en este mundo tan corrupto en el que vivimos.
Todo esto tendría que hacernos pensar, como lo quiere Jesús en el texto que se nos propone en el evangelio. Por allá andaban dos hermanos peleándose pos cuestiones de herencias – no está tan lejos de lo que sucede en tantas familias hoy – y Jesús nos recuerda que no seamos tan codiciosos y tan avaros. Pero claro, todo eso arranca del sentido y del valor que le demos a las cosas y a la vida.
No nos dice Jesús que dejemos de lado nuestras responsabilidades, ni que no tengamos derecho a ver el fruto de nuestros esfuerzos y trabajos y que tenemos que buscar la manera, con buenas formas, de ir logrando una vida mejor y vivir con mayor dignidad. Pero claro la dignidad no está solo en el bienestar material, ni en los honores y reconocimientos que podemos recibir de los demás.
Hay algo más hondo en la vida de la persona que tenemos que saber buscar. Más hondo y con mayor altitud de miras. Porque no nos podemos quedar a ras de tierra, no nos podemos quedar en la materialidad de las cosas que manejamos con nuestras manos, no podemos pensar solo en el brillo que puedan tener los ahorros que acumulemos.
Hay otros tesoros en la vida que si nos conducen a una mayor dignidad de la persona. Es lo que tenemos que buscar. Es lo que de verdad nosotros crezcamos por dentro, no en lo que crece nuestro bolsillo.
Es la rectitud con que queremos vivir nuestra vida y es esa nueva mirada con que nos acercamos a aquellos con los que convivimos o con los que nos vamos encontrando en la vida. Son esos valores del espíritu que nos hacen verdaderamente grandes y que darán verdadera trascendencia a nuestra vida. Son esos valores que queremos vivir en la familia y tratamos de inculcar a nuestros hijos.
Es esa amabilidad y bondad que pongamos en la vida y que dan tinte y color a nuestras relaciones con los demás que cada día serán más armoniosas. Es lo que seamos capaces de hacer por los demás para ayudar a que todos vivamos con la misma dignidad y que harán que cada día nuestro mundo sea mejor.
Y todo eso no es algo que se compra o se venda con dinero o con riquezas y oropeles. Eso supera el valor económico que puedan tener unos billetes o unas monedas. Eso puede surgir de un corazón lleno de bondad y que aleja siempre de él toda malicia y que es capaz de olvidarse de si mismo para darse por los demás.
Busquemos los verdaderos valores, démosles esa profundidad a nuestra vida, llenemos nuestro espíritu de ese amor y de esa paz que no solo nos hará sentirnos bien por dentro sino que hará que también quienes estén a nuestro lado se sientan bien.

domingo, 22 de octubre de 2017

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

La lucha por la vida muchas veces se nos convierte en una lucha de poderes; nos gusta el poder, ansiamos el poder, queremos tener poder; es la autosuficiencia que nos nace dentro, pero es el deseo de estar por encima, de poder más, de imponer lo mío o mis ideas, es la búsqueda y satisfacción solo de mis intereses, es la manipulación que pueda realizar de la vida, de las personas, de las cosas.
Si en verdad la responsabilidad de la vida, o las responsabilidades que tenemos que ejercer desde el ser miembros de una sociedad o una comunidad las viéramos como un servicio no tendríamos esa lucha de intereses egoístas por la que en nuestro orgullo queremos ser más y hasta nos podemos convertir en manipuladores. Y el peligro está en como en nuestras luchas hacemos una mezcolanza de cosas utilizando lo que sea para conseguir nuestros fines.
Y en nuestras luchas envolvemos a los otros y hasta podemos complicarles la vida. Queremos atraerlos a nuestro ámbito y queremos ser los que predominemos. Puede ser el poder a grandes niveles en cargos de gran responsabilidad, pero puede ser en ese ámbito más pequeño o más cercano en el que nos movemos, en la familia quizás, en el trabajo, con las personas que convivimos, con nuestros vecinos y con nuestros amigos.
Es cierto que no todos actúan así y muchos han comprendido bien lo que es el sentido de su responsabilidad y al sentirse miembros de un ente social quieren en verdad prestar los mejores servicios. Pero lo dicho anteriormente va como una llamada de atención ante los peligros en los que todos podemos caer y arrastrar a los demás.
Algo así podemos apreciar hoy en el evangelio en el entorno de Jesús en el que quieren envolverle a él también en sus intereses o acaso como no pueden buscan la forma de desprestigiar para quitarlo de en medio. Es una táctica que observamos también en el entorno de nuestra sociedad y nos tendría que hacer pensar.
No les convencía a ciertos sectores de la sociedad judía lo que Jesús les hablaba del Reino de Dios y la manera en que se los presentaba. En ese estilo nuevo de Jesús ellos no podían entrar para hacer sus manipulaciones. La imagen del Mesías con que Jesús se presentaba no era lo que ellos esperaban y estaban deseando. Les desconciertan las palabras y el mensaje de Jesús. Ya les había sucedido también a los discípulos más cercanos que discutían entre ellos por los primeros puestos o se valían también de sus artimañas humanas para lograr en sus sueños esas cotas de poder. ¿Seguirán siendo así entre los discípulos de Jesús hoy? Una pregunta que nos haría revisar muchas cosas también quizás en el seno de la Iglesia.
Pero vayamos a lo que nos cuenta el evangelio. Repetidamente vienen con preguntas capciosas tratando de coger a Jesús en algo que lo pudiera desprestigiar. Sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos y saduceos, los partidarios de Herodes o los Zelotas, cada uno por su lado quizás luchaba por su cuota de poder. Pero Jesús venía desmontándoles muchas cosas. No pueden con él con la interpretación de los mandamientos principales de la ley lo que irrita a maestros de la ley y fariseos, no podrán cogerle aprovechándose de las palabras estrictas de la ley para hacer que Jesús también condene cuando tanto hablaba de misericordia y de perdón (ahí está el caso de la mujer adultera que no pueden apedrear), no terminan de aceptar lo que Jesús les habla de la pureza interior que es la verdadera y que no podemos andar como sepulcros blanqueados apoyándonos solo en apariencias…
Ahora se valdrán de los partidarios de Herodes que se niegan a pagar los tributos que les imponen los romanos. Y es la cuestión que le plantean. ¿Es licito pagar el impuesto al César o no? Claro que entran con palabras capciosas alabando la sinceridad de Jesús y cómo no se casa con nadie ni se deja manipular; nuestras estrategias… con la moneda de curso legal que todos llevan en sus bolsas Jesús les desmonta la pregunta. ¿Es la imagen del Cesar? Pues como son dineros del César de él tenéis que depender. Pero lo que es de Dios hay que dárselo a Dios.
Mucho quiere decirles Jesús con esta respuesta que no es una simple salida diplomática, digamos así. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿Qué nos pide? Si nos fijamos en sus mandamientos nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. En la sublimidad del evangelio de Jesús todo lo resumiremos en una palabra, el amor. Pero fijémonos bien que ese amor es respeto por el hombre, es valoración de la persona, es sinceridad de vida, es búsqueda del bien para todo hombre, es esa pureza interior que nos hace tratar siempre sin maldad ni malicia a los que están a nuestro lado, es esa rectitud de vida que busca siempre lo bueno, es esa cercanía a la persona, a toda persona que nunca lo manipulará sino que siempre le ofrecerá lo mejor de si mismo. No otra cosa nos piden los mandamientos del Señor.
Cuando vamos haciendo todo esto estamos buscando la gloria de Dios que es el bien del hombre. Para eso nos ha creado, nos ha dado la vida y ha puesto el mundo en nuestras manos. Y ese mundo no es nuestro, es una criatura de Dios pero que está al servicio de todo hombre, de todos los hombres. No podemos acaparar, no nos lo podemos coger para nosotros solos, no podemos adueñarnos de la vida de nada ni de nadie. En nuestro corazón siempre tienen que sonar los sones de la solidaridad y de la justicia. Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Todo en nosotros ha de ser siempre servicio, porque es ahí donde de verdad nos engrandecemos. Esa es la mayor gloria del hombre.
Qué lejos quedan entonces aquellas ansias de poder y de grandezas humanas, que lejos de nosotros la manipulación y el acapararlo todo para nosotros solos, que lejos quedan aquellos pedestales en los que en nuestro orgullo queríamos subirnos. Es el estilo nuevo del Reino de Dios. El es nuestro único Señor y su gloria será siempre el que busquemos el bien del hombre, de la persona, haciendo entre todos un mundo mejor.