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sábado, 10 de septiembre de 2016

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Qué desagradable encontrarnos con gente incongruente, personas en las que vemos una contradicción total entre aquello que dicen, aquello que pretenden enseñar a los demás o incluso corregir a los otros con lo que es la realidad de su misma vida. Pero cuidado no juzguemos porque fácilmente podemos caer nosotros en lo mismo cuando las obras que realizamos no están en verdadera consonancia con aquello que pensamos, o aquello que decimos que son nuestros principios. Y es que en nuestra debilidad, nuestra inconstancia o las cosas que nos distraen en la vida son posturas fáciles en las que podemos caer.
En nuestras obras, en lo que hacemos, en lo que vamos reflejando en la vida es donde en verdad tenemos que manifestarnos. Las palabras algunas veces cansan; todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo dice cómo hay que hacer las cosas para que mejore nuestra sociedad, todos tienen la solución a los problemas, pero las cosas siguen igual porque quizá luego no nos ponemos a hacerlo realidad con las actitudes, las posturas, las acciones que vayamos realizando en la vida. Son las incongruencias de la vida que se manifiestan en tantas cosas.
Todo esto en referencia a lo que es la marcha de nuestra sociedad con los problemas concretos que tienen nuestros pueblos, o que vemos en la globalidad de nuestro mundo, pero todo esto en la vida concreta nuestra de cada día, allí donde estamos y donde vivimos; todo esto, tenemos que decir también, en cómo manifestamos lo que es nuestro ser cristiano, con sus valores, con sus compromisos, con lo que ha de ser la vida de la iglesia, con el testimonio que tenemos que dar en medio de nuestro mundo.
Ahí tenemos el mensaje del evangelio pero ¿qué hemos hecho de él? Lo tenemos muy bien guardado e integro en las páginas de un libro, podríamos decir, en lo que son los santos evangelios o el conjunto todo de la Biblia, pero eso hemos de plantarlo en nuestra vida, eso se ha de reflejar en nuestras actitudes, en nuestros compromisos, en nuestra manera de vivir, en nuestra relación con los demás.
De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla de los buenos frutos que tendríamos que dar, porque el árbol del evangelio del que nos alimentamos es bueno, y los frutos tendrían que ser buenos. Nos dice que Jesús que de lo que tenemos en el corazón hablarán nuestros labios, o lo que es nuestra vida, pero quizá no habremos plantado bien esos cimientos de nuestra vida, no hemos plantado de verdad el evangelio en nuestro corazón. Las ideas las podemos tener en la cabeza, pero no estar plantadas en nuestra vida.
Por eso nos propone esa pequeña parábola de aquellos que edificaron su casa, uno sin cimientos, simplemente sobre arena, y el otro en verdaderos cimientos sobre roca que darán plena consistencia al edificio. Cuando nos vienen los temporales de la vida, cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, cuando nos aparecen los contratiempos, los roces que vayamos teniendo en la vida con los demás, las criticas que podamos ir recibiendo de los otros, los desencantos de la vida porque sufrimos incomprensiones y quizá hasta desprecios, cuando el camino se nos hace duro porque quizá desde dentro de nosotros mismos nos aparecen pasiones que nos desestabilizan y desorientan, es cuando vamos a ver de verdad si tenemos nuestro edificio cimentado sobre roca, sobre la roca del evangelio, sobre la roca de nuestra auténtica fe.
Veremos entonces la congruencia o la incongruencia que haya quizá en nuestra vida y no nos sentiremos desencantados por las incongruencias de los demás sino por nuestras propias incongruencias.

viernes, 9 de septiembre de 2016

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Cuántas veces a pesar de tener todas las posibilidades de la luz se nos nublan los ojos para no ver lo que realmente sería interesante que nos viéramos. Sí, ya no se trata solamente de esa luz que necesitamos para ver nuestro entorno o ver a las personas que nos rodean – que muchas veces andamos ciegos y tampoco las vemos cómo tendríamos que verlas – sino que se trata de esa luz interior que nos hace ver lo más profundo de nosotros.
Nos cuesta mirarnos, no queremos mirarnos, rehuimos muchas veces tener una visión realista de nuestro interior y nos creamos fantasías. Ya decía un filósofo de la antigüedad que la verdadera sabiduría está en conocerse a uno mismo pero la mirada que nos hacemos a nosotros mismos muchas veces es interesada para no ver la realidad de lo que somos.
Ver la realidad de lo que somos significa, sí, auto estimarnos, valorando también lo bueno que hay en nosotros, tomando en consideración nuestros valores y virtudes, nuestras capacidades que muchas veces son más de las que aprovechamos, pero significa también ser realista para que vuestros defectos, nuestros fallos, esa piedra en la que tropezamos no solo dos veces sino muchas veces, ver eso que hemos de corregir y lo que hemos de mejorar.
Ni queremos hundirnos a causa de nuestros defectos, ni queremos ponernos sobre pedestales porque tengamos unos valores y cualidades, sino mirarnos con sinceridad para ver lo que somos y que eso sirva para seguir construyendo nuestra vida y para ayudar también a la construcción de un mundo mejor.
Si nos miramos a nosotros mismos con sinceridad, seguro que la mirada que tengamos sobre los demás será más clara y luminosa. Muchas veces tenemos la tendencia de tener una mirada negativa de los otros, fijándonos quizá primero que nada en sus defectos o en aquellas cosas que no nos gustan. Viendo la realidad de nuestra vida seguro que nuestra mirada se vuelve más positiva.
Es cierto que para el amigo y el hermano siempre queremos lo mejor y por supuesto no nos gusta verle caer en errores o que se deje arrastrar por sus debilidades. Pero es ahí donde tiene que estar la delicadeza y la humildad de nuestro amor. Si nos acercamos al hermano y queremos corregirlo vamos con la conciencia humilde de que no somos perfectos y también tendremos nuestros fallos y por eso con la delicadeza más exquisita queremos ayudarles a superar sus fallos. Nunca desde la prepotencia de la soberbia y el orgullo, sino siempre desde la humildad de quien se sabe también pecador, pero con la delicadeza del que ama de verdad.
Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Es la manera en que en verdad podemos ser luz y llevar luz a los demás. Es la forma en que nos convertiremos en ciegos que guían a otros ciegos, sino en hermanos que queremos caminar juntos y nos damos la mano para no tropezar una y otra vez en los mismos errores.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

¡Felicidades, María! Sí, felicidades ya te llames Luz o te llames Remedios, ya te llames Pino o te llames Guadalupe, ya el nombre con que te llamen sea Covadonga o sea Victoria, hoy es tu día. ¡Felicidades, Madre! Es tu cumpleaños; hoy fue el día de tu nacimiento. En nuestro amor te damos muchos nombres, que son como piropos con los que queremos embellecer si cabe más tu hermosura; pero tu nombre hermoso es María, como te llamó el ángel, pero eres la agraciada de Dios, la bendecida del Señor, eres su Madre y eres nuestra Madre.
No sabemos cómo mejor bendecirte y alabarte, como mejor manifestar ese amor grande que tenemos, y la alegría que sentimos en tu fiesta; por eso los pueblos a lo largo de la geografía quieren celebrar tu nacimiento y te invocan con distintos nombres, pero todos quieren ser el amor devoto de quienes generación tras generación te hemos visto y llamado dichosa y bienaventurada.
Hoy es un día grande. No es el nacimiento de una niña más, con todo lo que ya en si mismo tiene el nacimiento de una nueva criatura. Es que con tu nacimiento comienza a resplandecer en el horizonte de la historia y de la vida el resplandor de una nueva aurora. La aurora anuncia la salida del sol y comienza a reflejar ya en el horizonte los colores de los que se llena el universo con la salida del sol. En ti, María, estamos viendo esa hermosa aurora que nos anuncia al Sol que viene de lo alto, en ti, María, estamos contemplando la aurora de la salvación, porque de ti ha de nacer el Salvador. Por eso tu nacimiento no puede pasar desapercibido.
Quizá aquel día en aquel humilde hogar de Jerusalén en los alrededores de la piscina de Betesda y en la cercanía del templo cuando se oyó tu primer llanto al venir a la vida, los vecinos de alegraran por el nacimiento de la hija de aquellos venerables y devotos padres, Joaquín y Ana, y se felicitaran con ellos. Pero allí estaba brotando un hermoso renuevo del tronco de Jesé que daría hermosa flor que nos traería el fruto salvífico de la vida y de la salvación. Por eso nuestra alegría quiere ser grande en la fiesta de tu nacimiento y queremos así mostrarte todo nuestro amor, como al tiempo alabar y bendecir al Señor que nos ha dado tan hermosa flor, presagio y anuncio de nuestra salvación.
Queremos ofrecerte nuestro amor con el que queremos copiar en nosotros tu belleza y tu santidad; queremos ofrecerte nuestro amor siguiendo tus mismos pasos, y dejándonos iluminar por la verdadera luz del Sol que nos trae la salvación. Ojalá nosotros podamos reflejar en nuestra vida, como tú, verdadera aurora de la salvación, reflejaste en tu vida la santidad de Dios; que nuestra vida se llene de los colores vivos del amor, que reflejemos en nosotros esa luz de Dios que en ti brilla porque aprendamos de tu solidaridad para salir también al encuentro de los demás, para ponernos en el camino del servicio y de la atención a los necesitados; que brille también nuestro rostro y nuestra vida toda con la luz de la gracia, porque como tú, María, sepamos llenarnos de Dios.
Alcánzanos, Madre, tú que eres la bendecida de Dios y la bendita entre todas las mujeres, la bendición de Dios que nos santifique y nos haga resplandecer, como tú, de amor.
¡Felicidades, María! ¡Felicidades, Madre! en el día de tu nacimiento, aurora y anuncio de nuestra salvación

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

1Corintios 7,25-31; Sal 44; Lucas 6,20-26

Cuando Jesús comenzó su predicación por los caminos y pueblos de Galilea su invitación era a la conversión para creer en el Reino de Dios que anunciaba. Algo nuevo habría de surgir y poniendo nuestra fe y nuestra confianza en su palabra tendríamos que cambiar el corazón. En la Sinagoga de Nazaret, en lo que solemos llamar discurso programático de Jesús, proclamaba el texto de Isaías en el que se anunciaba que los pobres serían evangelizados, que para los pobres era la Buena Noticia del Reino de Dios. Anunciaba entonces toda una transformación en el corazón de los hombres para alcanzar la ansiada libertad, liberación de todo dolor y sufrimiento porque llegaba el año de gracia del Señor. Es la Buena Noticia que Lucas nos irá describiendo y desarrollando a lo largo de todo su Evangelio.
Es lo que en ese mismo sentido le escuchamos decir hoy en el llamado sermón de las Bienaventuranzas, que los pobres serían dichosos porque de ellos sería el Reino de Dios. Jesús ha bajado de la montaña, nos describe Lucas, en donde había escogido y elegido a los que serían los doce apóstoles, y ahora en la llanura cuando se encuentra con todos los discípulos, con todos aquellos que le buscan porque quieren escucharle y en El encontrar salud y salvación, va desgranando ese anuncio de las llamadas bienaventuranzas, ese anuncio de dicha porque llega el Reino de Dios.
Llega el Reino de Dios y para todos es la dicha y la felicidad. Llega el Reino de Dios y un mundo nuevo ha de comenzar. Y esa buena nueva se anuncia a los pobres, y a los que sufren, a los que lloran y a los que se ven perseguidos. Llega el Reino de Dios y cuando todo se ha de transformar porque sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida encontraremos paz y encontremos consuelo, iremos encontrando en esa solidaridad nueva del amor que va surgiendo solución a nuestros problemas y carencias y nuestra vida de penurias y necesidades va a cambiar, va renaciendo una nueva esperanza en los corazones y vamos a ir encontrando ese consuelo para nuestras lagrimas y sufrimientos y esa fortaleza para los momentos duros con que nos vayamos tropezando en la vida.
Comienza, sí, un mundo de dicha distinta, porque distinta tiene que ser nuestra vida y distintas tienen que ser nuestras relaciones haciéndolas más humanas y más fraternales. Y cuando nos humanizamos y nos sentimos hermanos cambiaran nuestras actitudes y también nuestras maneras de actuar, miraremos con ojos nuevos a los que están a nuestro lado y comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos y ya no nos tendríamos que hacer sufrir los unos a los otros.
Tendrían que desaparecer nuestras actitudes egoístas y las ambiciones que nos encierran en nosotros mismos; no apegaríamos el corazón a las cosas terrenas sino que sabremos utilizar todo lo que está en nuestras manos para el bien y para el bien común desarrollando con nuevo ardor nuestras capacidades no buscando riquezas para nosotros mismos, sino un desarrollo que haga un mundo mejor y más feliz.
Qué dichosos nos haría el evangelio si supiéramos escucharlo de verdad en nuestro corazón y ponerlo en práctica en nuestra vida.

martes, 6 de septiembre de 2016

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

1Corintios 6, 1-11; Sal 149; Lucas 6, 12-19

Sentir que nos llaman por nuestro nombre, aunque estemos acostumbrados a ello, es algo que nos llega al corazón. Casi no le damos importancia porque en nuestra relación mutua estamos acostumbrados a llamarnos así por nuestro nombre, pero hay momentos en que decir alguien nuestro nombre, decirnos nuestro nombre, parece que nos hace como sentir un revuelco por dentro; quizá alguien con quien no tenemos mucha relación o que nos pueda resultar desconocido que llegue hasta nosotros y nos diga y nos llame por nuestro nombre es como una llamada de atención, es como reconocer nuestra identidad, algo que quizá sentimos de manera especial.
Es un sentirnos valorados, quizá, sentir que se nos da importancia porque nos conocen y nos conocen por nuestro nombre, o experimentar que quizá se nos quiere para algo especial que se nos va a pedir o que se nos va a confiar.
¿No recordamos aquel momento del evangelio en que Jesús llamó a María Magdalena por su nombre, allá en el huerto, después de la resurrección cuando ella aun buscaba su cuerpo muerto? ‘¡María!’, le dijo Jesús y ella que lo había confundido hasta entonces lo reconoció, ‘¡Raboni, Maestro!’ y todo cambió para Magdalena que se convertiría en la primera misionera de la resurrección.
Es lo que hoy escuchamos también en el evangelio. Jesús en la montaña, después de pasar una noche en oración, llamó a doce por su nombre, a los que El quiso, a los que El eligió para convertirlos en sus apóstoles, en sus compañeros para siempre, en sus enviados en el futuro con la misión de construir el Reino, de fundamentar la Iglesia.
Destacamos la importancia del momento; ‘jesus pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Era un momento importante y Jesús lleno de Dios hace la llamada; es la llamada de Dios que los escoge por su nombre; son ellos con sus características propias, pescadores, recaudadores de impuestos, gente que provenía de las más diversas profesiones, con sus dudas y sus interrogantes, con sus ambiciones, con sus deseos de algo nuevo para ellos y para Israel, llenos de esperanza en el Mesías que había de venir, cada uno con su propia identidad.
Así nos ama el Señor, así nos llama a nosotros también el Señor, por nuestro nombre, contando con lo que es nuestra vida también tan llena de debilidades y muchas veces también de fracasos, con nuestros altibajos, con nuestras ilusiones y esperanzas, con nuestros desalientos y cansancios, con nuestro deseo de algo mejor para nuestra vida y queriendo también un mundo mejor. Así nos llama el Señor y así quiere contar también con nosotros.
Muchas mas cosas podríamos considerar en este pasaje del evangelio, pero vamos a quedarnos con esa llamada de Jesús, a cada uno por su nombre; escuchamos con los oídos del corazón esa voz del Señor que pronuncia nuestro nombre. ¿Seremos capaces de decir como el pequeño Samuel ‘aquí estoy, vengo porque me has llamado… habla, Señor, que tu siervo escucha’

lunes, 5 de septiembre de 2016

El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar porque es expansivo para abrazar a todos dándoles cabida en nuestro corazón

El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar porque es expansivo para abrazar a todos dándoles cabida en nuestro corazón

1Corintios 5,1-8; Sal 5; Lucas 6,6-11

No hay hora para hacer el bien. Algunos piensan, bueno yo ya hoy hice mi obra buena y ya no tengo que preocuparme más, o ya muchas veces ayudo a la gente no tengo que estar pendiente a todas horas como si fuera una farmacia de guardia. Son cosas que oímos; cosas que se nos pueden pasar por la cabeza pero que, pienso yo, podrían denotar un raquitismo del espíritu. Mala enfermedad es esa.
Por eso, repito no hay hora para hacer el bien, porque siempre está la oportunidad de hacerlo, o en cualquier momento nos podemos encontrar con la necesidad. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón no ponemos horarios para hacer el bien, ni ponemos límite ni cantidad, porque mucho que nos quiera arrastrar un callado egoísmo que se nos puede meter por dentro. ¿Hay alguien que te tiende la mano desde su necesidad y le vas a responder ahora no es mi hora, ahora no es mi día? ¿Ves una persona triste y con sufrimiento a tu lado y te vas a volver de espalda porque ahora no te toca hacer el bien? El amor no puede tener límites, ni fronteras, ni hacer discriminaciones.
Me surgen estos pensamientos y reflexiones al tratar de escuchar en mi interior el evangelio que hoy nos propone la liturgia. ‘Entró Jesús en la sinagoga a enseñar… era sábado… y había allí un hombre que tenía una parálisis en un brazo… y por allá estaban los escribas y fariseos a ver si Jesús lo curaba…’ Era sábado y no se podía curar; era sábado y no se podía hacer el bien; era sábado y había que dejar a aquel hombre en su limitación y en su sufrimiento; era sábado y no era ni la hora ni el día ¿se podía entender esto? Así Vivian encorsetados con la ley los fariseos; así aparecían las desconfianzas y la maldad en sus corazones; así se estaba manifestando la dureza de su corazón; así aparecía la ausencia del amor en sus vidas. 
No le podemos poner un corsé al amor. No podemos encerrarlo en unos límites porque el amor siempre es expansivo y será capaz romper todos los moldes y todos los límites. El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar; el amor no hará nunca discriminación de personas sino que abrirá de par en par las puertas del corazón para que todos tengan cabida en él. El amor curará todos los raquitismos que pudieran aparecer en nosotros por la tentación del egoísmo. El amor siempre nos hará solidarios para sentir como propio el sufrimiento de los demás. El amor nos hará abrazar el ancho mundo dándoles cabida a todos en nuestro corazón.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Necesitamos la Sabiduría del Espíritu para discernir los caminos del Evangelio y seguirlos con toda radicalidad

Necesitamos la Sabiduría del Espíritu para discernir los caminos del Evangelio y seguirlos con toda radicalidad

Sabiduría 9, 13-19; Sal 89; Filemón 9b-10. 12-17;  Lucas 14, 25-33
En la vida tenemos que saber a donde vamos a ir para no perdernos en el camino. Hemos de tener metas claras, porque en el fondo nos darán motivación para nuestro caminar, sentiremos el estímulo de los pasos que vamos dando y eso nos ayudará a superar dificultades y contratiempos y a hacer también las necesarias renuncias a cosas que nos pudieran parecer buenas pero que no se pueden convertir en rémora o en obstáculo para alcanzar dichas metas.
Algunos prefieran caminar al azar, a la imprevisible, pero hay el peligro de andar errantes de un lado para otro y al final nos puede venir el vacío del desaliento. Muchas veces nos encontramos en los caminos de la vida gente que anda sin rumbo; muchas veces nosotros podemos perder un poco de vista lo que son las metas y andamos dando tumbos en esos caminos de la vida. Son peligros, son tentaciones, son influencias quizá de una superficialidad del ambiente que se nos contagia y que se nos puede impregnar casi sin darnos cuenta. No son caminos que nos ayuden a alcanzar una plenitud de vida.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio como dos ejemplos, el que quiere construir una torre o el del rey que va a hacer la guerra. Han de saber antes con los medios con que cuentan, han de estudiar las mejores tácticas, han de saber lo que quieren y si pueden conseguirlo. Y es que Jesús les está hablando a los discípulos que van con El. Muchos quieren ser sus discípulos; ahora en la subida a Jerusal
Se entusiasman con Jesús cuando ven sus milagros, cuando escuchan sus enseñanzas que tantas esperanzas suscitan en sus corazones de un mundo nuevo, están viendo en El a un profeta o quizá al Mesías esperado y le siguen. Pero, ¿tendrán claro todo lo que significa el seguimiento de Jesús? A pesar de todo lo que les ha hablado del Reino de Dios con parábolas, con sus enseñanzas, señalándoles cuál ha de ser el estilo de vida que han de vivir, ¿tendrán claro, repito, todo lo que implica vivir ese Reino de Dios anunciado por Jesús?
Ahora Jesús les ha hablado de un desprendimiento para romper lazos y ataduras señalándoles que el Reino de Dios ha de ser lo primordial y que han de saber desprenderse de todos los apegos posibles. Con lo importante que es la familia, padres, hermanos y hermanas, esposos o esposas, hijos, todos los seres cercanos a uno y que es algo que de ninguna manera Jesús quiere minusvalorar, les viene a decir que por encima de todo eso está el seguimiento de su camino, y que el Reino ha de ser lo primero en la vida y lo que le va a dar todo sentido y todo valor a lo que vivamos.
Son unas nuevas actitudes las que se han de vivir, una nueva manera de ver las cosas, un nuevo estilo y un nuevo sentido a lo que hacemos, aunque eso signifique cambiar posturas, ideas o pensamientos que tengamos de siempre. Incluso les hablará del valor y del sentido de todos esos bienes materiales que poseemos o deseamos poseer que no pueden convertirse en ídolos de nuestra vida. Por eso será necesario saber renunciar, saber desprenderse, saber vivir con un corazón libre y desapegado de esas cosas y de esos bienes materiales.
Y en todo esto que nos pide Jesús para que podamos vivir el Reino de Dios en todo su sentido tenemos que ser radicales, porque si no lo hacemos así no estaremos señales de que verdad le seguimos. ‘No puede ser discípulo mío’, les dice. Seguir el camino del evangelio de Jesús exige radicalidad en nuestra vida, en las decisiones que hemos de tomar, en el camino que vamos a seguir, en las metas que nos vamos a trazar. No podemos andar nadando entre dos aguas, o nadando y guardando la ropa, como se suele decir.
Por eso, un auténtico seguidor de Jesús, un auténtico cristiano siempre estará  tratando de conocer más a Jesús, de conocer más y mejor el evangelio profundizando en las palabras de Jesús. Nunca no podemos contentar con simplemente vivir lo de siempre sino que siempre se está abriendo ante nosotros ese camino nuevo del evangelio y podremos ir descubriendo más y mejor sus exigencias. Es triste que un cristiano no lea el evangelio, no lo medite, no lo vaya plantando cada día más en su corazón. Es como caminar sin metas, sin saber a donde vamos sino simplemente dejándonos arrastrar por el azar de cada día.
No es fácil vivir esa apertura de nuestro corazón a la novedad del evangelio y seguir el camino que se nos va trazando. No siempre por nosotros mismos seremos capaces de profundizar debidamente en todo el sentido del evangelio. Necesitamos la sabiduría de Dios, necesitamos la luz de su Espíritu en nuestro corazón. ¿Pues quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría  enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ nos decía el libro de la Sabiduría que escuchamos hoy en la primera lectura.
Pidamos esa sabiduría de Dios, pidamos esa fuerza del Espíritu para que en verdad podamos impregnar de la Buena Nueva del Reino que nos anuncia Jesús. 

sábado, 3 de septiembre de 2016

No podemos olvidar que el ser humano con sus valores y su dignidad ha de estar por encima de todo y lo hemos de preservar siempre con la mejor relación con los demás

No podemos olvidar que el ser humano con sus valores y su dignidad ha de estar por encima de todo y lo hemos de preservar siempre con la mejor relación con los demás

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144; Lucas 6, 1-5

Mientras en la vida nos encontramos con gente que no acepta ninguna norma o regla que trate de regir su conducta viviendo en un subjetivismo total y absoluta que se puede convertir en anarquía, por otra parte nos encontramos con otros que todo tienen que tenerlo reglado y reglamentado hasta en los más mínimos detalles de manera que no sabrían hacer nada que se saliera o no estuviera contemplado en esas normas, preceptos o reglamentos.
Creo que llevar al extremo ambas posturas es algo peligroso y que si bien necesitamos unas normas que nos den las pautas de lo que ha de ser nuestra conducta, la formación de una buena conciencia hará que descubramos lo que verdaderamente es bueno y aquello de lo que nos hemos de apartar. Las normas aunque necesarias en el conjunto de una vida social sin embargo no nos han de atar y esclavizar de tal manera que pareciera que el objetivo de nuestra vida sea simplemente el cumplir unas normas. Ya se que esto que estoy comentando daría para más abundantes reflexiones y podría ser tema de un dialogo muy interesante.
Hoy nos encontramos con este tema en el evangelio cuando vienen a echarle en cara a Jesús que sus discípulos están haciendo lo no permitido por la ley porque en sábado al pasar por un sembrado han cogido unas espigas y las van estrujando para obtener unos granos que echarse a la boca. Era sábado, el sábado no se puede trabajar, estaba reglamentado todo hasta casi los pasos que pudiéramos dar para no convertirlo en trabajo y aquel gesto tan humano y tan sencillo se podía considerar como que estaban espigando o segando el trigo con lo que había que considerarlo un trabajo. Vemos aquí como se lleva hasta un extremo casi esclavizador las normas del cumplimiento del descanso del sábado.
‘El Hijo del Hombre es señor del sábado’, termina diciéndoles Jesús para ayudarnos a entender el autentico sentido del descanso sabático, en este caso. ¿Leyes y normas que regulen nuestra convivencia y nuestra relación social? Está bien y son necesarios. Una cosa creo que es importante y hemos de tener bien en cuenta. El ser humano con sus valores y con su dignidad ha de estar por encima de todo. Y lo que nos tiene que preocupar es ayudar a mantener esa dignidad de todo ser humano, de toda persona. Por eso es tan importante nuestra apertura a los demás, la consideración de las personas, el valor de lo que tenemos como propio si no está en función de esa dignidad de todo ser humano.
¿Cómo puedo yo apoderarme de tal manera de esas cosas que poseo que mientras a mi quizá hasta me sobra porque llego a acumular hay otros seres humanos que pasan necesidad? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas preguntas por ejemplo sobre a qué dedicamos nuestro tiempo de descanso y si en nuestros planes y objetivos está el ir al encuentro con los demás sobre todo para compartir con aquellos que mayor necesidad tienen de ese encuentro y de esa presencia. Muchas veces no son solo las necesidades materiales las que tenemos que atender, sino la soledad, el abandono, la discriminación que de alguna manera pueden estar sufriendo tantos cerca de nosotros y casi no nos damos cuenta.

viernes, 2 de septiembre de 2016

En la novedad del evangelio no nos valen remiendos ni podemos encerrar la fuerza del reino de Dios en un odre viejo y debilitado

En la novedad del evangelio no nos valen remiendos ni podemos encerrar la fuerza del reino de Dios en un odre viejo y debilitado

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Las novedades casi siempre nos desconciertan. Nos acostumbramos a unas determinadas cosas, a una manera de actuar, a unas costumbres, a un estilo de hacer las cosas que cuando viene alguien y nos dice que las cosas pueden ser de otra manera, que quizá haya costumbres que cambiar, que hay una nueva manera de actuar que es mejor nos sentimos desconcertados porque nos habíamos acostumbrado a aquella manera de hacer y de vivir y nos parece que era la mejor. ¿Para qué vamos a cambiar si con lo que hacíamos o como lo hacíamos nos iba bien? Tenemos algo de conservadores dentro de nosotros mismos.
Nos sucede en los ámbitos de la vida social, en las costumbres de los pueblos, en la vida política, y nos sucede hasta en nuestros planteamientos religiosos. Cuántas veces añoramos otros tiempos, viejas costumbres, estilos de la vida social. Nos queremos en ocasiones quedar estancados en viejas costumbres que se han convertido quizá en rutinas de nuestra vida. El esfuerzo de ver las cosas de distinta manera, romper la rutina de lo que ya hacíamos casi sin esfuerzo, nos cuesta, nos ponemos reticentes, desconfiamos. Casi preferiríamos ir haciendo algunas acomodaciones y no hacer rupturas que nos parece que no sabemos a donde nos van a llevar.
Fue lo que significó la novedad de la Buena Noticia del Reino de Dios que anunciaba Jesús. Había gente con el corazón abierto porque realmente estaban deseando otra cosa y le seguían entusiasmados, pero había gente que se resistía y todo eran objeciones, dudas, reticencias, desconfianzas. De cualquier cosa nueva que planteara Jesús hacían un problema; todo querían discutírselo; ese estilo nuevo que Jesús quería darle a la vida para vivir el Reino de Dios no les parecía que era lo adecuado.
Preguntaran de manera reticente cual es el mandamiento principal o preguntarán por qué sus discípulos no ayunan como ha sido siempre la costumbre del pueblo, como hacen los discípulos de Juan, o como cumplen a rajatabla el grupo de los fariseos. Pero Jesús viene a decirles que no pueden andar con remiendos; que la Buena Noticia exige una conversión, un cambio profundo del corazón. Y habla de vino nuevo, pero de odres nuevos, porque la fuerza del vino nuevo no la puede aguantar un odre que ya está viejo y medio corroído. Así tiene que ser el nuevo corazón que tiene que haber en nosotros.
Son cosas que se nos siguen planteando en el hoy de nuestra vida. Hemos de saber escuchar en todo momento esa novedad del Evangelio del Reino con todo lo que tiene que significar de cambio, de renovación profunda en nuestro corazón. Pero muchas veces seguimos con nuestras rutinas y no nos abrimos a la novedad del Evangelio; cuando se nos ofrecen nuevos caminos, cuando nos damos cuenta de nuevas exigencias también nos ponemos reticentes y predominan quizá posturas negativas en nuestra vida. Y aparece un conservadurismo en nuestra vida y hasta en la vida y la marcha de nuestra Iglesia; y habrá gente que hace oposición y nos querrán dar mil razones para que las cosas sigan como siempre y no tengamos que hacer el esfuerzo del cambio. Y comenzamos a hacer nuestras interpretaciones particulares muchas veces interesadas para que no tengamos que salir de las rutinas de siempre.
No olvidemos que Jesús nos dice que con el evangelio no valen remiendos, ni podemos encerrar toda su riqueza y toda su fuerza en la debilidad de unos odres viejos.

jueves, 1 de septiembre de 2016

En los mares de la vida hemos de aprender a decir como Pedro aunque por nosotros no hayamos sido capaces de coger nada, en nombre echaré la red

En los mares de la vida hemos de aprender a decir como Pedro aunque por nosotros no hayamos sido capaces de coger nada, en nombre echaré la red

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada…’ Parecen palabras de desaliento; ahora están lavando y repasando las redes después de una noche infructuosa de trabajo. Cuántas veces nos sucede algo parecido y el desaliento nos invade; no sabemos qué más o mejor podemos hacer, pero no conseguimos quizá los objetivos que nos habíamos programado, la vida muchas veces se nos vuelve dura, nos aparecen dificultades y contratiempos, y como decíamos nos invade el desaliento.
Serán problemas en el trabajo – cuántos se sienten desalentados porque no encuentran un trabajo digno -, serán problemas en la familia, con los hijos, en la convivencia familiar, serán los problemas de índole social en que nos vemos envueltos en un momento en que no parece que haya salida, que los que tienen que dirigir nuestra sociedad no son capaces ni de ponerse de acuerdo en cómo han de hacerlo. Podríamos seguir enumerando muchas otras situaciones que nos pueden llenar de desaliento en la vida.
Simón Pedro, aun en medio de sus dudas y de los interrogantes que aun se le planteaban en el corazón en relación con aquel predicador o profeta que había aparecido entre ellos y que les cautivaba con sus palabras, ahora tiene la intuición o la fe de confiarse en Jesús. ‘En tu nombre echaré las redes’. Y la cosa cambió. Las redes se llenaron de pescado y las barcas rebosaban, teniendo que llamar a otros compañeros que les ayudaran. Todo era distinto ahora. Se siente pequeño en la presencia de Jesús y comprendiendo la grandeza de su Jesús y su pequeñez ante El no se cree digno de estar en su presencia. ‘Apártate de mí que soy un hombre pecador’.
Esos problemas que tenemos en la vida y en los que luchamos tanto por superarlos, por encontrar una salida o una solución no los podemos mirar como algo ajeno a nuestra fe. Necesitamos una fuerza interior que nos mantenga firmes a pesar de las dificultades, necesitamos una gracia que nos haga ver las cosas con otros ojos, necesitamos la sabiduría del Espíritu que nos haga encontrar soluciones y salidas, necesitamos la presencia del Señor a nuestro lado para sentir su fuerza, para con El sentirnos renovados, con un fuerza nueva en nuestra corazón, con una vida nueva ante nosotros que hemos de vivir de otra manera.
Necesitamos aprender hoy de Pedro a decir ‘en tu nombre echaré las redes’, aunque me parezca imposible salir de estas situaciones que vivimos, aunque el mar de la vida lo veamos tan negro o embravecido, aunque pareciera que no hay un rumbo porque ya no sabemos que hacer; pero en tu nombre echaré las redes, en tu nombre y con la fuerza de tu gracia quiero seguir adelante.
El Señor también confía en nosotros y ante nosotros pone una tarea hermosa. A Simón Pedro y a aquellos pescadores les dijo que los haría pescadores de hombres, porque eran otros mares, otros mundos en los que habían de realizar su tarea. Otros mares, otros mundos, otro sentido de la vida también nos ofrece Jesús a nosotros y quiere ponernos en camino.
Seamos capaces de dejar atrás nuestras redes de siempre, nuestras rutinas que tantas cansancios producen en nuestra vida; también nosotros nos sentimos indignos y pecadores; pero abramos nuestro corazón a la novedad de Jesús y pongámonos en camino que El nos ofrece un camino nuevo, una vida nueva.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Quien ha experimentado el amor en su vida será capaz en todo momento de ponerse en camino para el servicio y para repartir amor a los demás

Quien ha experimentado el amor en su vida será capaz en todo momento de ponerse en camino para el servicio y para repartir amor a los demás

1Corintios 3, 1 9; Sal 32; Lucas 4, 38 44

Todo el que tiene su corazón lleno de amor siempre estará en deseos de ir al encuentro con los demás para compartir su amor, para regalar su ternura, para buscar siempre la mejor manera de expresar el amor que lleva dentro. Quien ha experimentado el amor en su vida, porque gratuitamente se le ha ofrecido algo que le haga más feliz, necesariamente quiere corresponder a ese amor no solo en esa persona de quien lo ha recibido sino también ofreciéndolo en la misma gratuidad a los demás.
Si la persona se encierra en si misma podríamos decir que algo está haciendo de barrera para no sintonizar con el amor que le puedan ofrecer los demás, muchas veces quizá porque se ciega con sus propias negruras y problemas o por experiencias negativas que haya tenido en la vida y que no ha sabido aun superar. Por eso quienes son capaces de experimentar en si mismos lo que es el amor verdadero, han de saber estar abiertos para detectar esas negruras que pudiera haber en la vida y ponerse en camino de alguna manera para iluminarlas con la nueva y vitalizante luz del amor.
Triste sería que hubiera un cristiano que se encierre así en si mismo y no sepa abrirse al amor para compartirlo también con los demás. Muchos quizá andan por la vida con ese sobrenombre de cristianos, pero que les cae largo porque aun han sabido sintonizar con ese amor que les haga grandes de verdad en la vida. Un cristiano que no ama, mal cristiano es, mal lleva el nombre de cristiano.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia yo diría que todo él es un derroche de amor. Está el amor compasivo y misericordioso de Jesús que va repartiendo vida allá por donde va. Ha salido de la sinagoga de Cafarnaún y va a casa de Pedro donde le dicen que la suegra de Simón está en cama con fiebres; allá va Jesús que la toma de la mano la levanta. Pero luego contemplaremos como al atardecer de aquel sábado se agolpan a la puerta una multitud de enfermos e impedidos a los que cura de sus males y enfermedades.
Aunque la gente a la mañana siguiente quiere forzarle a que se quede con ellos, El se pone en camino, el amor le pone en camino, porque ese anuncio de vida, esa Buena Nueva del Reino ha de anunciarse a todos en todas partes. Ahí estamos contemplando el rostro compasivo y misericordioso de Dios que se manifiesta en Jesús que libera a todos de su mal.
Pero como decíamos quien está lleno de amor porque ha experimentado el amor en su vida, no puede menos que amar también. Cuando la suegra de Simón Pedro es levantada de su cama y curada, dice el evangelista que se puso a servirles. Es la respuesta del amor, es la prontitud del amor que pronto comienza también a darse a los demás.
¿Viviremos y experimentaremos así nosotros el amor? ¿Habrá también esa apertura y esa generosidad en nuestro corazón para ponernos en camino, para disponernos a servir a los demás?

martes, 30 de agosto de 2016

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos libere de tantas cosas que nos poseen y nos impiden alcanzar plenitud

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37
Nos sentimos en tantas ocasiones tan atados por las cosas que nos poseen que no somos capaces de liberarnos de ellas aunque bien sepamos lo que tenemos que hacer o el bien que podamos alcanzar. Y digo bien, las cosas que nos poseen, por las cosas son para poseerlas nosotros, tenerlas o utilizarlas en el uso ordinario de la vida para nuestro bien o nuestra utilidad o para el bien que podamos hacer con ello a los demás.
Pero nos sucede en tantas ocasiones al revés, en lugar de poseerlas nosotros nos sentimos poseídos por ellas, porque nos domina la obsesión de tenerlas, no nos podemos pasar sin esas cosas llámense bienes materiales o placeres y nos sentimos como esclavizados por su tenencia o posesión. Es la avaricia que nos puede dominar y corroer como todo tipo de concupiscencia que nos puede dominar. Cuántas cosas, por ejemplo, nos imponen las nuevas tecnologías y que parece que sin ellas no nos podemos pasar. Podríamos hacer una lista muy grande de esas cosas que cada día tenemos en nuestras manos y nos controlan.
Hemos de aprender a ser libres de verdad, y cuando digo libres no es solo del dominio que otros puedan ejercer sobre nosotros, sino del dominio de las cosas, de las materialidades o sensualidades de la vida, porque la libertad verdadera ha de nacer desde nuestro más profundo interior.
Jesús llega a nuestra vida con una buena nueva de salvación, porque nos anuncia y quiere para nosotros esa liberación más profunda para que podamos vivir la vida en la mejor plenitud y sin ninguna esclavitud. Los signos – milagros – que le vemos realizar en el relato del evangelio eso quieren significar para nuestra vida.
Escuchamos hoy en el relato del evangelio cómo un hombre poseído por el espíritu del mal se resiste ante la presencia de Jesús. Pero Jesús lo liberará de aquella posesión dándole la más hermosa libertad y felicidad. Y aunque el hombre se vio retorcido por la fuerza del mal, al liberarse de él por la fuerza de la Palabra de Jesús se sintió más entero, más en plenitud que nunca lo había estado antes. ‘El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño’ comentaba el evangelista y todos los que presenciaron la escena estaban estupefactos y daban gloria a Dios.
Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su Palabra que nos salva, dejémonos transformar por la gracia del Señor, busquemos esa plenitud de libertad, de vida, de paz, de amor que Jesús quiere darnos. Hablábamos al principio de tantas materialidades o sensualidades que nos dominan y nos poseen; son muchas las cosas que nos enturbian el corazón y nos impiden ver la luz verdadera con la que Jesús quiere iluminarnos; el mundo que nos rodea muchas veces no nos ayuda en este camino porque quiere atraernos con sus cosas y entonces nosotros nos resistimos. Aprendamos a contar con la gracia y la fuerza del Señor. El está siempre con nosotros para darnos la verdadera libertad a nuestro corazón, la más maravillosa plenitud a nuestra vida.

lunes, 29 de agosto de 2016

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

1Corintios 2,1-5; Sal 118; Marcos 6, 17-29

Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista. En Junio celebrábamos con gran alegría su nacimiento, con la alegría de todo el pueblo como ya expresaba el mismo evangelio su nacimiento allá en las montañas de Judea por donde había corrido la noticia. Hoy celebramos su martirio.
Como expresa la liturgia en las oraciones de esta fiesta Juan Bautista fue el precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús. Normalmente pensamos en el Bautista como el Precursor, porque había venido a preparar los caminos del Señor con su predicación y su testimonio allá en el desierto en las orillas del Jordán donde bautizaba invitando a la penitencia y la conversión del corazón para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. Le había precedido en su nacimiento y eso hacía también que lo llamáramos el precursor, el que había venido antes.
Sin embargo la liturgia de este día nos lo señala también como el precursor de su muerte cuando hoy estamos celebrando su martirio. Es el testigo de la verdad y por su fidelidad a esa verdad y a la rectitud llegó a dar su vida. El que cuando preparaba los caminos del Señor a cuantos acudían a él les señalaba caminos de rectitud, de justicia, de honradez, de solidaridad para preparar los corazones, por esa valentía de su palabra dio testimonio con su vida. A Herodes le señalaba que el camino de su vida estaba lleno de pecado porque no hacía lo que era justo y recto, y las envidias y las intrigas lo llevaron a la cárcel y a la muerte.
Ya escuchamos el evangelio. Herodías odiaba a Juan y tramaba como quitarlo de en medio a pesar del aprecio que por otra parte parecía que Herodes podía tenerle. Pero la debilidad de Herodes, en esa espiral de pecado en la que se había visto envuelto terminaría por cortar la cabeza de Juan ante las intrigas de Herodías. Cuando caemos en la pendiente del pecado todo parece que se vuelve más resbaladizo bajo nuestros pies y poco a poco unas cosas nos precipitan en otras. La verdad que Juan proclamaba resultaba incomoda a quienes Vivian envueltos en la vanidad de la vida que hace que todo se vuelva falsedad y mentira.
El testigo de la verdad que era Juan por la valentía de su palabra y la rectitud de su vida lo convertiría así con su muerte en precursor de la muerte de Jesús. También Jesús ante Pilatos se había proclamado testigo de la verdad y que para eso había venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Aquí sería ahora el escepticismo de Pilatos que se preguntaba qué era la verdad, lo que le llevaría a la cobardía de lavarse las manos para tratar de quitar de sí la mancha de la cobardía de la condena de Jesús.
Pero en la oración litúrgica de esta fiesta pedimos que ‘asi como Juan murió mártir de la verdad y de la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe’. Y confesar nuestra fe no ha de ser solo con palabras, sino que tenemos que confesarla con el testimonio de nuestra vida; y ese testimonio de nuestra vida nos lleva a esa lucha por la verdad y por la justicia. Nuestra fe nos compromete. Los cristianos tendríamos que ser las personas más comprometidas del mundo por la verdad y por la justicia, por el bien, por el testimonio del amor, por la solidaridad más profunda.
¿Daremos en verdad así testimonio de nuestra fe? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso por el amor y la justicia? ¿El estilo de nuestra vida nos hace testigos de la verdad por nuestra autenticidad, por nuestra sinceridad, por la rectitud de nuestra vida en consonancia con nuestras palabras?

domingo, 28 de agosto de 2016

‘Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, a los que nada tienen y no pueden pagarte’.

Jesús nos pide que con nuestra sencillez, nuestra humildad y nuestro amor derribemos tantas fronteras que nos construimos entre unos y otros

Eclesiástico 3, 19-21. 30-31; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14
En nuestras relaciones humanas y de convivencia solemos ir trazándonos unas normas de buen estilo para facilitarnos esa convivencia y evitar situaciones en que por nuestro orgullo o nuestras malas maneras hagamos desagradable nuestra presencia a los que nos rodean. Momentos de encuentro y de convivencia con los demás es cuando nos sentamos juntos alrededor de una mesa en la que no solo compartimos los alimentos que necesitamos para nuestra subsistencia sino que es ocasión de encuentro, de cultivo de nuestra amistad y también de sano disfrute de esa convivencia que se convierte en fiesta llena de alegría. Cada uno ha de saber su puesto y cada uno habría de contribuir desde su ser y saber estar a ese encuentro amistoso.
Mencionábamos sin embargo que nuestros orgullos, nuestras malas maneras, nuestras ambiciones pueden enturbiar esa relación y esa alegría de fiesta que puede significar ese encuentro alrededor de una mesa. Es lo que Jesús está observando en aquella ocasión en que lo habían invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos. Los convidados poco menos que se daban de codazos por conseguir los puestos que consideraban principales. Eso podría significar muchas cosas que podrían enturbiar la convivencia del encuentro, porque se formarían grupos que discriminasen a otras personas, por ejemplo.
Jesús viene a recordarnos entonces cuales son las actitudes de sencillez y de humildad que deben prevalecer en toda ocasión. No es esa carrera loca por primeros puestos lo que debe guiar nuestro comportamiento. Ya en otra ocasión dirá a sus discípulos que ese no ha de ser su estilo porque esas aspiraciones se deben transformar en humildad y en espíritu de servicio. Nuestra verdadera grandeza está en el servir. Que no sea así entre vosotros, como hacen los poderosos de este mundo, advertía a sus discípulos.
No es que tengamos que humillarnos por humillarnos, no es que vayamos a ocultar o disimular nuestros valores, pero la actitud de una persona sencilla y humilde se gana los corazones de los demás. El respeto que nos merecemos los unos a los otros no es porque tengamos más poder o podamos dominar sobre los otros. El respeto nos lo ganamos por nuestro buen saber hacer, por la sencillez y humildad con que vayamos al encuentro de los demás, por la bondad de nuestro corazón siempre dispuesto al servicio y a ayudar a los otros.
No son simples normas de convivencia y de urbanidad las que hemos de cuidar de guardar, sino han de ser las actitudes de nuestro interior, de nuestro corazón, que nos llevará a estar abiertos siempre a los demás, para aceptar a todos, para convivir con todos, para a todos manifestar nuestra bondad y la generosidad de nuestro corazón.
Por eso termina hoy Jesús haciendo unas recomendaciones con motivo de aquel banquete, y creo que hemos de tenerlas bien en cuenta. Muchas veces en esa convivencia puede aparecer un egoísmo interesado, donde hacemos para que hagan con nosotros, y si no han hecho o no pueden hacer nada por nosotros no somos capaces de tener ese gesto de generosidad. Pareciera que con las cosas buenas que nos hacemos estamos pagándonos o buscando que nos paguen por lo que hacemos. Somos buenos quizá de forma interesada, solo para que luego sean buenos con nosotros.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús. ‘Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, a los que nada tienen y no pueden pagarte’. Qué regla más hermosa nos está trazando aquí Jesús. Invitar a un amigo o un familiar que un día va a corresponder invitándome a mi no tiene nada de extraordinario. Es lo que nos decía del amor, y del amor que habíamos de tener también a los enemigos. Saludar al que te saluda, hacer el bien al que te ha hecho el bien, invitar al que luego te va a invitar a ti, eso lo hace cualquiera. Nuestro estilo ha de ser otro, en algo que tiene que diferenciarse nuestro amor que ha de ser en el estilo con que Jesús me ama a mi.
Pensemos que el bien que le hagamos a los demás lo hacemos con el amor de Dios y aun más Jesús nos enseñará en el evangelio que todo lo que le hacemos a los demás, a El se lo estamos haciendo. Recordemos lo del juicio final. ‘Tuve hambre y me disteis de comer, era forastero y peregrino y me acogisteis… cuando lo hicisteis con uno de estos humildes hermanos’, nos dirá Jesús.
Esto ha de ser siempre norma en nuestra vida. Ya sé que no es fácil. Que es abrir nuestro corazón y nuestra vida a los demás, y eso nos cuesta. Cuantas ocasiones tendríamos hoy en los momentos difíciles de crisis en que vivimos, o cuando tantos llegan a las puertas de nuestra tierra y que vienen en busca de refugio por las situaciones difíciles que se viven en sus países de origen. Cuántas fronteras tenemos que derribar, y no solo entre unas naciones y otras, sino entre unos corazones y otras que bien que nos las construimos.

sábado, 27 de agosto de 2016

El desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer otros valores y otras capacidades

El desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer otros valores y otras capacidades

1 Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30
¿Qué puedo hacer yo que soy tan poca cosa y lo poco que yo tengo o que yo valgo? Es una reacción que podemos tener cuando consideramos qué poca cosa somos o qué pocos son los medios que tenemos mientras los problemas son tan grandes que con lo que yo pueda aportar parece que poco se puede hacer. Anda por medio en pensamientos así la baja autoestima que tenemos de nosotros y tendríamos que comenzar por aprender a valorarnos más descubriendo lo que en verdad somos y valemos.
Bien sabemos que no todo está en los medios materiales que podamos poseer aunque a veces nos parecen tan imprescindibles que pensamos que ya nada podemos hacer sin ellos. Siempre en la persona hay unos valores que en muchas ocasiones no somos capaces de descubrir; en nombre quizá de una falsa humildad nos apagamos, queremos desaparecer y al final terminamos sin aportar algo a la vida; y ya no se trata de nuestra riqueza personal – no hablando solamente de lo material – sino de la riqueza que podemos aportar a los demás desde nuestros propios valores y nuestra aportación.
Pensemos además que el desarrollo de ese pequeño valor que nosotros podamos tener, si es que fueran así nuestras pobres capacidades, será un buen caldo de cultivo en el que podrán comenzar a florecer en nuestra vida otros valores y otras capacidades que teníamos ocultas y con falta de hacerlas salir a la luz. El desarrollo de los valores y cualidades que tengamos se harán multiplicadores de otros valores, de otras cualidades, de otras capacidades que están también en nosotros. En la labor educadora que tengamos que desempeñar en la vida – por ejemplo como padre o madre de familia – será algo que tenemos que cuidar en los demás, pero es que en nuestro propio crecimiento personal es algo que hemos de saber desarrollar.
Hoy el evangelio de Jesús nos propone la parábola que llamamos de los talentos de todos conocida. Aquel hombre que al marcharse de viaje confía a sus administradores diversas cantidades de talentos de plata para que los desarrollen y multipliquen mientras él está de viaje. Mientras el primero y el segundo los negocian y multiplican, el tercero se contenta con guardarlo muy bien bajo tierra para no perderlo y poderlo entregar de nuevo a quien se lo confió. No lo perdió, pero es recriminado porque no lo desarrolló para hacerlo fructificar. Es lo que ha motivado la reflexión que me he venido haciendo.
No podemos enterrar nuestros talentos porque consideremos que son muy pobres. Cada uno según su capacidad tiene una misión que desarrollar en la vida. Y es lo que tenemos que hacer. Ni lo podemos enterrar ni nos podemos ocultar, porque además hemos de pensar no solo en nuestro crecimiento personal – algo que por si ya es muy importante – sino en el bien que podemos y tenemos que hacer a los demás, la riqueza que puede significar nuestro pequeño grano de arena para la construcción de un mundo mejor. Cuantas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida.

viernes, 26 de agosto de 2016

No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida


No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Cuántas veces nos ha sucedido. Tenemos una serie de cosas que hacer, pero nos decimos, bueno, mas tarde lo hago, aun tenemos tiempo, eso lo hago yo luego en un momento, pero llegó el momento de tenerlo realizado y no lo habíamos hecho, o nos vimos en apuros para terminarlo corriendo porque el tiempo apremia o porque nos surgieron problemas que no preveíamos y luego no encontrábamos solución para poder tenerlo todo a punto. Nos creíamos capaces de resolver todas las dificultades, porque aquello nos parecía fácil, pero luego no fue tan fácil o nos complicamos con tantas cosas que no lo pudimos tener a tiempo.
Experiencias así habremos tenido quizá muchas y luego nos lamentábamos, y nos prometíamos que eso no nos volvería a suceder, pero tropezamos una y otra vez en la misma piedra y no terminamos de tener la sensatez de hacer las cosas bien y en su tiempo, sin dejarlo para más tarde.
Esto que estoy comentando de las cosas ordinarias de la vida que nos suceden cada día nos puede suceder en los ámbitos de la vida interior, de la vida espiritual y de la vida cristiana. Sabemos que tenemos que superarnos en esto o en aquella otra cosa que tantas veces me hace tropezar, pero nos creemos fuertes y que sabemos como hacerlo y que ya en otro momento lo vamos a hacer. Y no nos cuidamos por dentro, y no cultivamos nuestra vida interior, y hay una serie de valores a los que quizá damos poca importancia, pero que luego su falta va hacer que nos demos cuenta de la debilidad de nuestra vida interior.
Sabemos las cosas, sabemos lo que tenemos que hacer y hasta quizá nos atrevemos a querer enseñárselo a los demás en nuestra tarea educadora como padres o en otra cualquier función que desempeñemos en nuestra sociedad y en la que podríamos influir pero luego para el crecimiento de nuestra vida interior no hacemos nada o al menos todo lo que tendríamos que hacer.
De eso y de muchas cosas más nos está hablando Jesús hoy con la parábola que nos propone en el evangelio. Las jóvenes amigas de la novia que tenían que salir al encuentro del novio que venía para la boda y que tenían que esperar con lámparas encendidas, tanto para iluminar el camino como luego también la sala del banquete. Pero la mitad de ellas no fueron previsoras, no llevaron aceite de reserva porque pensaban que con el que tenían en la lámpara sería suficiente, pero las cosas se complicaron con la tardanza de la llegada del novio. Se les apagaron las lámparas, no les valía el aceite de sus compañeras sino que tenían que afanarse el propio y cuando llegaron la puerta estaba cerrada. Se quedaron fuera, como tantas veces nos sucede a nosotros en tantas cosas.
Que no se nos apaguen las lámparas; que tengamos la suficiente previsión; que cultivemos en verdad nuestra vida interior para que tengamos esa fuerza que necesitamos en la camino de cada día; que haya esa verdadera sensatez en nuestra vida.

jueves, 25 de agosto de 2016

Vigilantes esperamos al Señor en el dia a dia de nuestra vida no olvidando nuestras responsabilidades y viviendo la fidelidad del amor hasta el extremo

Vigilantes esperamos al Señor en el día a día de nuestra vida no olvidando nuestras responsabilidades y viviendo la fidelidad del amor hasta el extremo

Corintios 1,1-9; Sal 144; Mateo 24,42-51

‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Una afirmación rotunda como promesa del Señor, pero al mismo tiempo una recomendación a la vigilancia, a estar preparados. ‘Vendrá vuestro Señor’. Es la promesa de su venida. Nos lo repite muchas veces en el evangelio y nosotros lo expresamos también en la oración de nuestra fe. ‘Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo…’ que decimos con la liturgia.
Nos habla el Señor a lo largo del evangelio de su venida con gran poder y gloria y por ejemplo nos propone la alegoría del juicio final. ‘Veréis al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria entre las nubes del cielo’, que responde al sumo sacerdote ante el Sanedrín. Y en muchas ocasiones nos habla de estar preparados, de estar vigilantes, como el dueño de la casa que no quiere que entre el ladrón a robar, como nos dice hoy, o como el administrador que no puede descuidar sus deberes y responsabilidades y al tiempo que atiende a todos los asuntos de la administración ha de tratar con justicia y magnanimidad a todos los que están a su cuidado. En otra ocasión hablará del novio que viene a la boda y al que se le espera, pero se ha de estar con las lámparas encendidas con suficiente aceite para que no se apague su luz.
‘Estad en vela…’ nos dice. La espera ha de ser vigilante; no nos podemos quedar adormilados, porque igual que el ladrón puede llegar a la hora y en el momento menos pensado, así llega el Señor. Es una referencia al ultimo día de nuestra vida que no sabemos cuando será y que nos ha de encontrar preparados para poder presentarnos ante el juicio de Dios. Pero es una referencia también al día a día de nuestra vida en la que el Señor llega a nosotros con su gracia, con las llamadas que va haciendo a nuestro corazón, con los caminos que va abriendo delante de nosotros donde hemos de realizarnos, donde tanto tenemos que hacer también por los demás y por nuestro mundo.
No nos podemos cruzar de brazos, nuestra espera no puede ser nunca una espera pasiva. Por eso en la oración a la que antes hacíamos mención mientras esperamos la llegada del Señor pedimos su gracia y su fuerza, para superar peligros y tentaciones, para no quedarnos adormilados, para vernos libres de toda perturbación, para vivir con responsabilidad cada uno de nuestros actos, para vivir siempre en la fidelidad del amor,  para saborear continuamente su paz en nuestro corazón.
Recordemos las palabras de Jesús. ‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Ya sabemos todo lo que significa ese estar en vela y a cuanto nos responsabiliza en nuestra vida.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

‘Aquí tienes un hombre cabal’, eso fue lo que vino a decir Jesús de Natanael. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’, nos dice textualmente el evangelio.
Cuánto nos gustaría encontrarnos con personas así en la vida. Y no es que andemos con desconfianzas que no es bueno, ni pensemos cuando vemos tanta corrupción como contemplamos en la vida social y política, que todos los hombres, todas las personas son iguales. Pero cuando en la vida nos vamos encontrando con personas íntegras, sinceras, justas en sus planteamientos y en sus juicios, humanas en la relación con los demás parece que sentimos un gozo en el alma, nos hace seguir teniendo esperanza en nuestra humanidad y nos dan ganas a nosotros también de ser buenos.
Creo que esa puede ser una primera lección que saquemos de esta figura de Natanael, el apóstol san Bartolomé como siempre se ha identificado. Y digo que es una primera lección porque necesitamos rescatar los valores humanos, verdadera base de la personalidad de toda persona y fundamental cimiento para lo que ha de ser todo el sentido de nuestra fe y nuestra vida cristiana.
Si nos falta honradez y responsabilidad, si no somos sinceros en la vida, si no hay verdadera humanidad en nosotros para vivir nuestra propia dignidad pero para respetar también la dignidad de las otras personas sea quien sea, poco fundamento tenemos para edificar nuestra vida cristiana. Necesitamos en la vida esas personas honradas y sinceras que nos atraigan y sean modelo y estimulo para todos. Es el espejo en que tenemos que vernos para nuestro crecimiento personal, nuestra maduración como personas. Ser una persona cabal, como decíamos al principio.
Natanael había tenido sus reticencias para ir a conocer a Jesús como le estaba pidiendo su amigo Felipe. La rivalidad normal entre pueblos vecinos marcaba en cierto modo esa reticencia, pero aun así se dejó convencer por el amigo. Cuánto puede hacer un amigo con su palabra, con su estímulo, con su presencia en los caminos de nuestra vida. Qué hermosa es la amistad y cuantas cosas hermosas se pueden conseguir. Por eso aquí tendríamos que alabar también la postura y la generosidad de Felipe que quería compartir con su amigo Natanael lo que él había encontrado.
Ahora se presentan ante Jesús y ya vemos la alabanza a la que sigue la duda y el interrogante que se plantea en el corazón de Natanael. Si no me conoces, si no sabes nada de mi, ¿como puede hacer esas afirmaciones?, estaría pensando en su interior. Y ante algo que le descubrió Jesús en sus enigmáticas palabras se abre la mente y el corazón de Natanael para descubrir algo grande, para ya hacer una elemental pero importante confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Creo que no es necesario decir muchas más cosas en nuestra reflexión. Estamos contemplando todo un proceso humano y espiritual que siguió Natanael y que le llevo a convertirse en discípulo de Jesús, y luego en el apóstol elegido y enviado. Procesos humanos y espirituales que hemos de ir recorriendo también nosotros en la vida que nos lleven a ese crecimiento y a esa maduración de nuestra fe, a esa profundización en nuestra vida cristiana. Luego, si seguimos con fidelidad ese proceso, seremos capaces de cosas grandes.
Cuando celebramos hoy a san Bartolomé le estamos viendo en su entrega, en su apostolado que le llevarían por largos caminos en el ancho mundo para hacer ese anuncio del evangelio, que harían que fuera capaz de dar su vida por Jesús, primero desollado, luego decapitado. Es la fe de un hombre cabal; es la fidelidad de quien descubrió a Jesús como el verdadero Hijo de Dios y fue capaz de seguirlo hasta el final. Muchos valores que tenemos que cultivar en nuestra vida.