Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta personalidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personalidad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2019

Jesús promete que enviará su Espíritu nuestra luz y nuestra sabiduría, nuestro apoyo y nuestra fortaleza, quien aliente nuestra esperanza y nos llene de la vida de Dios


Jesús promete que enviará su Espíritu nuestra luz y nuestra sabiduría, nuestro apoyo y nuestra fortaleza, quien aliente nuestra esperanza y nos llene de la vida de Dios

 Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15
Es cierto que todos buscamos nuestra propia autonomía queriendo tomar las decisiones por nosotros mismos, tener nuestra propia iniciativa e ir madurando en la vida para tener nuestros propios planteamientos, nuestra propia manera de pensar y de actuar. Forma parte de nuestro crecimiento personal la formación de nuestra propia identidad y personalidad.
No queremos depender de nadie y ya nos es suficiente que en las actividades de la vida, en los trabajos o en la construcción de nuestra sociedad y de nuestro mundo nos sintamos unidos los unos a los otros colaborando junto en ese proyecto común de nuestra sociedad. Aunque con nuestra autonomía y nuestra personalidad no nos aislamos de los demás sino que tenemos que ser capaces de cooperar unos con otros en esa realización de nuestra vida.
Pero es cierto también que en el fondo de nosotros mismos – porque no queremos ser orgullosos ni autosuficientes – deseamos también tener a nuestro lado un buen consejero, un buen amigo que nos acompañe, en quien descargar esas inquietudes hondas que se pueden convertir en frustraciones cuando no logramos lo que ansiamos, pero que de alguna manera sea nuestra ayuda con su palabra certera, con su apoyo cuando lo necesitamos, o con ese empujoncito que tantas veces necesitamos; ese amigo que también en ocasiones nos abra los ojos, nos ayude a ver con mayor claridad en esos momentos en que parece que todo se nos oscurece, como tantas veces pasamos en la vida.
Es lo que nos ayuda a crecer y a madurar en la vida. Y eso siempre lo necesitamos, porque con autonomía, con la autonomía de nuestra personalidad no nos hemos de creer tan autosuficientes que al final queramos caminar solos y aislados de los demás. Mientras hay vida hay crecimiento; mientras hay vida en nosotros hemos de procurar conseguir lo mejor, crecer más y más en nuestros valores, vivir con responsabilidad esa vida con la que también podemos ser apoyo para los demás, estimulo para los otros. No es creernos mejores que nadie, pero si darnos cuenta que todos nos podemos enriquecer mutuamente.
Hoy Jesús nos habla en el evangelio de ese apoyo en el camino de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Los discípulos se sentían seguros con la presencia de Jesús a su lado. No le van a seguir viendo con los ojos de la cara, pero han de seguir sintiendo su presencia, por eso les habla de que les enviara su Espíritu, el Espíritu Santo que sea como su abogado y defensor, su apoyo y su fortaleza, su luz y su sabiduría.
El Espíritu estará en la vida del creyente para hacerle sentir la presencia de Dios, su gracia y su fortaleza. Quien en los momentos de oscuridad sea luz para los ojos de nuestro corazón; en los momentos de debilidad e inseguridad como tantas veces nos podemos sentir en nuestra vida nuestra fortaleza y nuestra sabiduría. Será el consuelo para nuestro corazón atormentado, será quien aliente nuestra esperanza, será quien está a nuestro lado en nuestras luchas, será quien nos inspire en nuestras dudas, será nos levante de nuestras debilidades y caídas.

sábado, 13 de mayo de 2017

Necesitamos darle mayor profundidad espiritual a nuestra vida entrando en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús

Necesitamos darle mayor profundidad espiritual a nuestra vida entrando en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
Miramos pero no terminamos de ver; creemos conocer a las personas, pero realmente no las terminamos de conocer. Y no es solo porque es algo complejo captar en toda su amplitud lo que esta delante de los ojos y en también muy complejo conocer a las personas sino porque muchas veces nuestra mirada es superficial o en el conocimiento de las personas no llegamos a abarcar todo lo que es la personalidad del otro.
Nuestra atención tendría que ser mas profunda, no nos podemos quedar en lo superfluo ni en lo superficial, tenemos que ahondar en el misterio del otro. Y esto nos vale en todas las facetas de la vida, en nuestras mutuas relaciones, en la profundidad que le vayamos dando a nuestro caminar, en nuestra apertura a la trascendencia, en nuestras vivencias religiosas tan llenas muchas veces de superficialidad, en todo lo que es nuestra apertura a Dios y a la escucha de su palabra, a lo que es lo mas hondo de nuestra vida cristiana.
Tenemos que aprender a ver y a escuchar, a hacer silencio en nuestro corazón y a saber entrar en sintonía con lo espiritual y trascendente. No es fácil muchas veces porque son muchos los ruidos, muchas las cosas que nos distraen llamándonos la atención, muchas las prisas con que vamos en la vida y eso nos vuelve superficiales.
Así tenemos que aprender a escuchar la palabra de Dios para llegar a un más profundo conocimiento de Jesús. Tenemos el peligro de dar por hecho que conocemos ya a Jesús, que esos textos que una y otra vez escuchamos ya nos los sabemos y no terminamos de prestarle la debida atención para ver lo que aquí y ahora el Señor quiere manifestarnos.
En el texto que hoy se nos ofrece en el evangelio surgen esas situaciones en las que los discípulos parece que no terminan de entender a Jesús y no terminan de conocerle. Jesús les esta hablando del Padre y es lo que continuamente ha querido manifestarles y todavía andan preguntando o pidiendo que les muestre al padre. Y es que no han terminado de conocer a Jesús a pesar de estar tanto tiempo con El. ‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros ¿y no me conoces Felipe? Quien me ha visto a mi ha visto al padre’.
¿Nos sucederá algo así a nosotros que no terminamos de conocer a Dios? No basta decir Dios, sino que nosotros ya tenemos que decir ‘padre’. Es lo que nos ha revelado Jesús; y no solo porque nos lo ha dicho, nos ha enseñado a llamarle padre, sino que en El se ha manifestado ese rostro de Dios, ese rostro de Dios que es padre, que nos ama, que es misericordioso y compasivo, que nos regala su vida, que nos hace participes del Espíritu para que podamos ser en verdad sus hijos.
Necesitamos darle hondura a nuestra fe. Necesitamos crecer en la fe y en el conocimiento del evangelio para conocer a Jesús y para conocer a Dios. Necesitamos darle una mayor profundidad espiritual a nuestra vida, saber entrar en esa sintonía de Dios a la que solamente podemos llegar a través de Jesús. ‘Si me conocierais a mi, conoceríais también al padre’ nos dice hoy Jesús. Ya sabemos por donde hemos de caminar.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Los valores humanos de un hombre cabal que vemos en san Bartolomé nos estimulan en la maduración de nuestra fe y vida cristiana

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51

‘Aquí tienes un hombre cabal’, eso fue lo que vino a decir Jesús de Natanael. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’, nos dice textualmente el evangelio.
Cuánto nos gustaría encontrarnos con personas así en la vida. Y no es que andemos con desconfianzas que no es bueno, ni pensemos cuando vemos tanta corrupción como contemplamos en la vida social y política, que todos los hombres, todas las personas son iguales. Pero cuando en la vida nos vamos encontrando con personas íntegras, sinceras, justas en sus planteamientos y en sus juicios, humanas en la relación con los demás parece que sentimos un gozo en el alma, nos hace seguir teniendo esperanza en nuestra humanidad y nos dan ganas a nosotros también de ser buenos.
Creo que esa puede ser una primera lección que saquemos de esta figura de Natanael, el apóstol san Bartolomé como siempre se ha identificado. Y digo que es una primera lección porque necesitamos rescatar los valores humanos, verdadera base de la personalidad de toda persona y fundamental cimiento para lo que ha de ser todo el sentido de nuestra fe y nuestra vida cristiana.
Si nos falta honradez y responsabilidad, si no somos sinceros en la vida, si no hay verdadera humanidad en nosotros para vivir nuestra propia dignidad pero para respetar también la dignidad de las otras personas sea quien sea, poco fundamento tenemos para edificar nuestra vida cristiana. Necesitamos en la vida esas personas honradas y sinceras que nos atraigan y sean modelo y estimulo para todos. Es el espejo en que tenemos que vernos para nuestro crecimiento personal, nuestra maduración como personas. Ser una persona cabal, como decíamos al principio.
Natanael había tenido sus reticencias para ir a conocer a Jesús como le estaba pidiendo su amigo Felipe. La rivalidad normal entre pueblos vecinos marcaba en cierto modo esa reticencia, pero aun así se dejó convencer por el amigo. Cuánto puede hacer un amigo con su palabra, con su estímulo, con su presencia en los caminos de nuestra vida. Qué hermosa es la amistad y cuantas cosas hermosas se pueden conseguir. Por eso aquí tendríamos que alabar también la postura y la generosidad de Felipe que quería compartir con su amigo Natanael lo que él había encontrado.
Ahora se presentan ante Jesús y ya vemos la alabanza a la que sigue la duda y el interrogante que se plantea en el corazón de Natanael. Si no me conoces, si no sabes nada de mi, ¿como puede hacer esas afirmaciones?, estaría pensando en su interior. Y ante algo que le descubrió Jesús en sus enigmáticas palabras se abre la mente y el corazón de Natanael para descubrir algo grande, para ya hacer una elemental pero importante confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Creo que no es necesario decir muchas más cosas en nuestra reflexión. Estamos contemplando todo un proceso humano y espiritual que siguió Natanael y que le llevo a convertirse en discípulo de Jesús, y luego en el apóstol elegido y enviado. Procesos humanos y espirituales que hemos de ir recorriendo también nosotros en la vida que nos lleven a ese crecimiento y a esa maduración de nuestra fe, a esa profundización en nuestra vida cristiana. Luego, si seguimos con fidelidad ese proceso, seremos capaces de cosas grandes.
Cuando celebramos hoy a san Bartolomé le estamos viendo en su entrega, en su apostolado que le llevarían por largos caminos en el ancho mundo para hacer ese anuncio del evangelio, que harían que fuera capaz de dar su vida por Jesús, primero desollado, luego decapitado. Es la fe de un hombre cabal; es la fidelidad de quien descubrió a Jesús como el verdadero Hijo de Dios y fue capaz de seguirlo hasta el final. Muchos valores que tenemos que cultivar en nuestra vida.