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sábado, 21 de noviembre de 2015

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40

Hoy comienza diciéndonos el evangelio que ‘se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección…’ a hacerle unas preguntas. Conocido es que ese grupo o secta de los saduceos negaban la existencia de los espíritus, de los ángeles y entre otras cosas más la resurrección. En varias ocasiones en el evangelio le veremos enfrentarse a Jesús desde sus planteamientos. Y conocemos también cómo Pablo cuando estaba siendo juzgado como nos narran los Hechos de los Apóstoles provocó una controversia delante del tribunal donde estaban presentes fariseos y saduceos acusándolo proclamando la resurrección de Jesús y la resurrección de los  muertos.
Más que entretenernos en resolver la cuestión que plantean a partir de la ley del Levítico que mandaba casarse con la mujer del hermano si éste había muerto sin descendencia, creo que más bien la pregunta que tendríamos que hacernos es si en verdad nosotros creemos en la resurrección. Es algo fundamental porque atañe a algo que es esencial en nuestra fe.
Escuchamos muchas veces una mezcolanza de ideas en este sentido en la gente porque quizá no están tan seguros de creer en la resurrección pero vendrán luego hablándonos de la reencarnación porque han oído hablar quizá de esas doctrinas de las espiritualidades o religiones orientales, muchas veces más bien por el prurito de la novedad y de lo distinto que porque hayan entendido lo que realmente significa.
Pero la pregunta está ahí sobre nuestra fe en la resurrección y quizá tendríamos que mirar nuestra forma de vivir. Y digo mirar nuestra forma de vivir porque cuando nos quedamos en lo material de la vida como si no hubiera nada más, estaríamos negando la existencia de una vida espiritual y por ende estaríamos negando también la resurrección. Por otra parte muchas veces ponemos mucha imaginación y queremos ver cómo será exactamente eso y ya se nos comienzan a complicar las cosas. Hay algo que entra en el misterio de Dios y que nos cuesta comprender en su totalidad, y es donde tiene que entrar en juego nuestra fe para aceptar ese misterio que solo en Dios y en la plenitud de la eternidad podremos descifrar y en consecuencia querer confiarnos a su Palabra y a su revelación.
Podríamos recordar aquí lo que nos enseña san Pablo en la carta a los Corintios, porque si negamos la resurrección de los muertos, negaríamos la resurrección de Jesús y si negamos la resurrección de Jesús vana sería nuestra fe. Es el eje y fundamento de nuestra fe cristiana el proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, que con su resurrección venció la muerte y nos hace a nosotros también con El triunfadores de la vida.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que ‘Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, porque para El todos están vivos’. Como decíamos antes, esto tiene sus consecuencias en nuestra vida, porque así nuestra vida adquiere una nueva trascendencia. La muerte no es un final definitivo, sino que es abrirnos a una nueva vida, una vida eterna que podemos vivir en Dios. Estamos llamados a la resurrección y a la vida eterna; pero queremos que esa vida sea dichosa y feliz; lo alcanzaremos si ahora en el camino de este mundo hemos vivido siendo fieles, hemos vivido con fe y con esperanza, le hemos dado un verdadero sentido a nuestra vida, un sentido que en el amor alcanzará su plenitud. Si desde esa fe y esa esperanza hemos sabido poner amor en nuestra vida, en la hora de la resurrección resucitaremos para la plenitud de Dios, para la plenitud del amor en Dios para siempre.
Terminemos recordando las palabras de Jesús a Marta cuando la resurrección de Lázaro, ‘el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá, porque yo soy la resurrección y la vida… y lo resucitaré en el último día’. Llenemos nuestra vida de trascendencia que en la resurrección alcanzará su plenitud.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

Encontremos y vivamos la presencia de Dios no solo en nuestros templos sino en nuestro corazón y en el seno de nuestro hogar

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48

‘Escrito está: Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos’. Fue la reacción de Jesús ante lo que habían convertido el templo de Jerusalén. Dice el evangelista Lucas que ‘entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores’ mientras en los lugares paralelos en los otros evangelistas nos habla de que hizo un azote con unas cuerdas.
Quizá por las necesidades de tener a mano los animales para los sacrificios, la moneda en curso en el templo - no se podían utilizar monedas extranjeras - para las ofrendas y todo lo necesario para los holocaustos lo habían convertido en un mercado con todos los trapicheos inherentes.
Pero este hecho es todo un signo. Nos habla de la dignidad del templo, lugar del culto, casa de oración y espacio sagrado para la oración, el encuentro del Señor y la escucha de su Palabra. Claro que la dignidad no significa la ostentosidad, como fácilmente caemos en esa tentación llenando nuestros templos de adornos, cosas artísticas y valiosas.
Somos herederos, es cierto, de unos templos que se han ido enriqueciendo con el paso de los años y siglos por nuestros antepasados y lo que sirvió en su momento quizá como una catequesis en imágenes para aquellos que no tenían otro medio que lo que se les ofreciera en imágenes para acercarse al mensaje de la Palabra del Señor, hoy quizá lo hemos convertido en objetos de museo y exposición haciéndoles perder quizá todo su sentido original. No podemos, es verdad, en convertirnos en iconoclastas que todo lo antiguo lo destruyen sino que hemos de saber encontrar su verdadero sentido y hacer que sigan teniendo verdadero significado hoy.
Pero también el texto sagrado que comentamos es signo de mucho más, porque somos nosotros los que hemos de convertirnos en verdaderos y santos templos de Dios que habita en nosotros. ‘Mi Padre y yo le amaremos y vendremos y pondremos nuestra morada en él’, nos enseña Jesús en un momento determinado en el evangelio. Dios quiere morar en nosotros y somos por nuestra consagración bautismal verdaderos templos del Espíritu Santo. Entonces cuando hablamos de la dignidad del templo, pensemos en la dignidad y santidad que tendría que resplandecer en nuestra vida.
Dejémonos inundar por la presencia de Dios. Vivamos la presencia de Dios allá por donde vamos. Si fuéramos en verdad conscientes de esa presencia de Dios en nuestra vida cómo alejaríamos de nosotros todo lo que nos puede manchar, todo lo que nos puede llevar al pecado. No solo es la presencia de Dios que en su inmensidad llena el universo y en todo momento allá donde estemos hemos de sentir y vivir en su presencia, sino es el darnos cuenta de cómo por la fuerza del Espíritu Dios mora de una manera especial en nuestros corazones.
Es en consecuencia también la dignidad y el respeto con que hemos de acercarnos a nuestros hermanos que han de convertirse para nosotros en signos de esa presencia de Dios. Por algo Jesús nos dirá que cuanto hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo.
Y finalmente un breve pensamiento. Nos habla el evangelio en referencia al templo como casa de oración. Pienso en nuestro hogar, verdadera iglesia doméstica como la llamamos también con el concilio; cómo hemos de saber hacer también de nuestro hogar esa casa de oración, ese lugar de nuestro encuentro con Dios viviendo el amor familiar.
Pero aun más creo que hemos de saber encontrar en nuestros hogares -aun con la dificultad de la estrechez con que se vive en nuestras casas - ese espacio que nos recuerde y nos ayude a vivir esa presencia del Señor; ese espacio reservado para encontrar esos momentos de silencio para la reflexión, para la oración, para la lectura de la Biblia. Un rincón especialmente habilitado con una imagen y con la Biblia que venga a ser ese remanso de paz que tanto necesitamos.


jueves, 19 de noviembre de 2015

Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén son las lágrimas que nos envuelven a nosotros con la ternura y la misericordia de Dios

Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén son las lágrimas que nos envuelven a nosotros con la ternura y la misericordia de Dios

2Macabeos 2, 15.29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

Se acercaba Jesús a Jerusalén; bajaba por el Monte de los Olivos; enfrente la ciudad santa desde una panorámica muy hermosa; Jesús contempla su ciudad, Jesús llora por aquella ciudad que tanto amaba. La mirada de Jesús sobre Jerusalén. ¿Cómo era aquella mirada que conmueve su corazón y le hace brotar lágrimas de sus ojos por aquella ciudad?
A lo largo del evangelio, si también nosotros vamos con mirada atenta y con el corazón bien abierto, podremos ir contemplando la mirada, las miradas de Jesús. A aquellos primeros discípulos que le preguntan donde vive, al joven rico que quiere seguirle pero no se decide, a la mujer pecadora postrada a sus pies, a Judas en la cena cuando le dice que haga cuanto tiene que hacer o luego en Getsemaní tras el beso de la contraseña, a Pedro después de su negación o luego en el lago cuando le pregunta si le ama más que el resto de los discípulos… muchas miradas de Jesús donde se va destilando continuamente su ternura y su misericordia, la ternura y la misericordia del Dios siempre compasivo y misericordioso.
Hoy mira desde aquella panorámica de la ladera del Monte de los Olivos y ve mucho más que la majestuosidad del templo que se eleva en primer término. Jesús mira y contempla a los moradores de aquella ciudad, a los que caminaban de un lado para otro en medio de las ocupaciones de la vida diaria, a los que se ganaban la vida ofreciendo a los peregrinos lo necesario para cumplir sus votos con el templo, a los que se arremolinaban en las explanadas del templo para escuchar a los maestros de la ley o para hacer sus ofrendas al Señor, a los que moraban y habitaban permanentemente en aquella ciudad o a los peregrinos venían desde lejos para cumplir con la pascua en las cercanías del templo.
En medio de ellos había enseñado, había anunciado el Reino, había tenido sus controversias con fariseos, saduceos, maestros de la ley, sacerdotes del templo, realizado milagros curando al paralítico de la piscina o al ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén. Pero no habían querido escucharle. Algunos le aclamarían en su entrada en la ciudad entre los hosannas de los niños y de los sencillos, mientras otros iban a gritar contra él pidiendo que fuera crucificado. Allí pronto se iba a realizar el sacrificio supremo de la nueva pascua. Pero aun, una vez más, su mirada se extendía llena de amor y de misericordia para con todos ellos como rogando que por fin escucharan el anuncio de la Palabra y aceptaran el nuevo Reino. La ternura de su corazón se derramaba una vez más sobre aquella ciudad con sus lágrimas.
Muchas consideraciones podríamos hacernos sobre la no acogida de aquella ciudad a la palabra y al mensaje de Jesús. Pero como siempre que escuchamos la Palabra no nos vamos a quedar en juzgar a otros o echarles en cara lo que hicieran o no hicieran para acoger a Jesús, sino que tenemos que escuchar esa Palabra que ahora el Señor nos está dirigiendo a nosotros, a ti y a mi.
Esa mirada  de Jesús, con la ternura de su corazón que se derrama con sus lágrimas, es para nosotros, es para ti y es para mí. Somos nosotros, tú y yo, los que tenemos que preguntar por qué llora Jesús, cómo acogemos o no acogemos esa Palabra que nos dirige, cómo nos dejamos inundar por su presencia y por su gracia. Simplemente quedémonos en silencio ante las lágrimas de Jesús y sentiremos lo que El hoy y ahora quiere decirnos allá en lo más hondo del corazón.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

Esa onza de oro puesta en tus manos es todo eso que puedes hacer cada día para que sean más felices los que están a tu lado y el mundo sea mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

‘Estaban cerca de Jerusalén y pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro…’ No terminaban de entender. Jesús lo iba anunciando constantemente. No terminaban de comprender las señales que se iban manifestando. Ahora Jesús iba anunciando que aquella subida a Jerusalén tenía una trascendencia especial. Hablaba de pascua, de pasión, de muerte y no les cabía en la cabeza. Pero, ¿llegaba o no llegaba el Reino de Dios? ¿Acaso serían momentos de revueltas y de revoluciones para que todo cambiara? Muchas ansias en sus corazones aunque no sabían bien cómo enfocarlas. Muchos interrogantes también que se quedaban sin respuesta.
Y como dice el evangelista esto motivo la parábola que Jesús les propone. Es la parábola paralela a la que nos ofrece Mateo en su evangelio de los talentos. San Lucas nos habla de onzas de oro, pero el significado viene a ser el mismo. Aquel personaje noble se va a buscar el título de rey y es cuando les deja las onzas de oro a sus servidores. Pero está también el detalle de que algunos no querían que aquel personaje obtuviera el título de rey. Y está la misión que Jesús les confía a sus servidores de administrar, negociar, hacer fructificar aquellas onzas de oro, aunque no con igual resultado porque alguno la guardará bien guardada para que no se pierda pero no hace nada con ella.
¿Qué nos quiere decir Jesús? ¿Qué puede significar aquella onza de oro puesta en las manos de sus servidores? ¿Podrán significar ese Reino que todos buscaban y en el que Jesús en verdad se va a proclamar Rey y Señor? ¿Podría significarnos que no tenemos que buscarlo fuera de nosotros ni en cosas espectaculares sino que lo que tenemos en nuestras manos, porque a nosotros se nos ha confiado el irlo construyendo día a día? ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos haciendo por ese Reino de Dios?
miramos la vida, miramos la Iglesia, miramos nuestro mundo y tantas veces lo que hacemos son quejas y lamentos porque el mundo marcha mal, porque hay problemas en la Iglesia, porque en la vida tenemos tantos problemas, porque la gente hace o no hace caso y no vemos que en verdad nuestro mundo vaya cambiando. Muchas veces parece que estamos esperando a lo que hagan otros, que los problemas se resuelvan por si solos, que el mundo encuentre paz porque otros, los gobernantes o los dirigentes, tienen que hacer no sé cuantas cosas. ¿Cuándo en verdad nuestro mundo va a ser ese Reino de Dios en plenitud?
Y quizá no nos damos cuenta de las onzas de oro que Dios ha puesto en nuestras manos, de las posibilidades que nosotros tenemos de comenzar a hacer más presente el Reino de Dios en nuestro mundo, de que en verdad nuestro mundo, nuestra sociedad vaya siendo mejor cada día. Nos olvidamos de que ese Reino de Dios está en nuestras manos, que nosotros hemos de ir poniendo nuestro granito de arena, si solo es eso lo que tenemos, pero que podemos ir haciendo con nuestro amor, con nuestra responsabilidad, con nuestros deseos de paz, con nuestro trabajo por la justicia que el mundo sea mejor cada día. No se transforma nuestro mundo desde grandes decisiones que se tomen y nos impongan, sino de esas pequeñas cosas que cada uno puede ir haciendo cada día. Y tenemos muchas oportunidades, muchas posibilidades.
Piensa, por ejemplo, qué hiciste ayer de bueno desde tu responsabilidad por hacer que las cosas marchen bien. Piensa qué bueno has hecho hoy para hacer  más felices a los que están a tu lado, a tus familiares cercanos, a tus compañeros de trabajo, a tus amigos. Si viviste o estás viviendo encerrado en ti mismo sin sentir ninguna preocupación por los demás eres como aquel que guardó la onza en el pañuelo para que no se le perdiera. Pero piensa cuantas cosas positivas puedes hacer cada día, empezando por vivir con total responsabilidad tus obligaciones y no perdiendo el tiempo tontamente.
En muchas cosas prácticas que hacemos o podemos hacer cada día hemos de traducir esto que estamos reflexionando. Así iremos construyendo un mundo con más paz, un mundo más solidario, un mundo donde nos sintamos amigos y hermanos, un mundo donde brille una felicidad profunda en los corazones; estaremos construyendo el Reino de Dios.


martes, 17 de noviembre de 2015

Bajemos de nuestras higueras, saltemos las barreras que nos imponemos o con las que discriminamos a los demás para ir de verdad al encuentro con Jesús

Bajemos de nuestras higueras, saltemos las barreras que nos imponemos o con las que discriminamos a los demás para ir de verdad al encuentro con Jesús

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10
Jesús sigue caminando por Jericó. En las afueras, junto al borde del camino se había encontrado con un invidente que quería recobrar la luz de sus ojos. Ahora mientras camina por la ciudad hay alguien también que quiere ver a Jesús; sus ojos no tienen ninguna limitación pero hay otras cosas que impiden que pueda verlo con claridad, aunque en este caso también su voluntad es tan fuerte que llegará a subirse a una higuera para al menos desde allí verlo pasar.
¿Podríamos decir que un marginado? Esa palabra nos podría recordar en primer lugar a los que por carecer de medios económicos viven al margen de los demás, pero ahora éste no es el caso. Hay limitaciones, sí en su vida, aunque lo de menos fuera que era bajo de estatura como destaca el evangelista. Era discriminado por su profesión y quizá por las riquezas que de mala manera había conseguido; se había ganado el desprecio de la gente. Seguro que no querían verlo en medio de ellos y eso fuera también un impedimento para ver pasar a Jesús desde el lugar normal a pie de calle y en medio de la gente. Se tuvo que subir a una higuera.
Hay cosas que nos marginan; nos marginamos quizá a nosotros mismos por nuestra manera de actuar que nos puede hacer merecedores del desprecio de las gentes; nos marginamos porque quizá somos nosotros los que no queremos mezclarnos con toda clase de gente; en este caso no solo el marginado era Zaqueo sino también aquellos que juzgaban y condenaban a los demás por situarse en planos de superioridad eran también marginados porque se marginaban a sí mismos.
Nos puede dar ocasión para hablar de muchas cosas, de muchas discriminaciones que nos vamos haciendo en la vida, que vamos haciendo en la vida de los demás. Mas tarde en el texto veremos cómo los fariseos y letrados critican a Jesús porque se mezcla con publicanos y pecadores y como con ellos.
Pero si Zaqueo tiene firme voluntad de ver a Jesús aunque solo fuera por curiosidad, será Jesús el que da pasos hacia Zaqueo porque se detendrá al pie de la higuera para auto invitarse a su casa. ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.  Y se realiza el encuentro. Bajará Zaqueo de la higuera contento de poder recibir a su casa atendiéndolo con todas las mejores costumbres de la hospitalidad oriental. Le ofreció un banquete. Pero el encuentro será profundo, porque Jesús terminará manifestando que la salvación ha llegado aquel día a aquella casa.
Ya conocemos todo lo que paso en el corazón de Zaqueo para que su vida cambiara totalmente. El encuentro con Jesús había realizado el milagro. Ahora no son cosas físicas las que se curan sino el corazón de Zaqueo que se transforma. Es el verdadero milagro. Es la verdadera gracia. Muchas barreras se rompieron en aquel momento y ya nada podría separar los corazones.
Creo que no es necesario seguir comentando muchas mas cosas. Busquemos el encuentro con Jesús saltando todas las barreras que nos hayamos puesto o nos quieran poner. Sabemos que Jesús también viene a nuestro encuentro y ya nada podrá separarnos de El si en verdad le abrimos nuestras puertas. Pero abrir las puertas a Jesús significará destruir barreras; las barreras que nosotros vamos interponiendo en nuestra vida; las barreras con las que nosotros nos separamos de los demás y en consecuencia nos separamos de Cristo; las barreras que con nuestros prejuicios, nuestras sospechas, nuestras desconfianzas, nuestros orgullos, nuestra insolidaridad y hasta con nuestras condenas ponemos nosotros a los demás.
Cuando vamos al encuentro con el Señor no caben esas barreras en nuestra vida. Cuando vamos al encuentro con el Señor de muchas cosas tenemos que desprendernos porque son rémoras fuertes que nos atan o que nos arrastran en otros sentidos. Cuando vamos al encuentro de Jesús iremos encontrando la verdadera libertad de nuestro espíritu, la libertad que nos da el amor, la libertad que nos llena de paz.
Bajemos de nuestras higueras, saltemos todas las barreras.

lunes, 16 de noviembre de 2015

El ciego al borde del camino nos está hablando de ese mundo que está más allá y sufre y no nos queremos enterar

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Pregunta el ciego que está al borde del camino y pregunta Jesús. Responden a las preguntas del ciego anunciando a Jesús los que le acompañan, pero pronto se ven incomodados por los gritos insistentes del ciego; pero ante aquellas preguntas y ante las súplicas insistentes será Jesús el que querrá acercarse al hombre que sufre interesándose de verdad por la necesidad de aquel hombre. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’
Muchas cosas se entremezclan en este breve pasaje del evangelio. Hay un mundo que grita, que hemos dejado quizá al borde del camino, que se nos presentará quizá en una realidad cruenta que nos duele y que quizá queremos dejar a un lado mientras nosotros miramos para otro sitio muy centrados quizá en las cosas que nos gustan; hay un mundo al que quizá en un momento determinado hacemos caso porque en aquel momento quizá nos toca muy cerca, pero que cuando vemos que los problemas continúan, o que quizá se multiplican alrededor en tantos otros sitios en los que no nos habíamos fijado quizá ya nos molestan porque están tirando de nuestra conciencia. Un mundo múltiple que puede convertirse en un interrogante doloroso para nuestra manera de vivir o para nuestra insensibilidad mientras no sea algo que nos toque muy cerca.
Cuando voy reflexionando sobre todo esto pienso en lo que nos ha sucedido en estos días en nuestro mundo, pero quiero mirar mas allá porque en otro mundo quizá no tan distante suceden cosas semejantes a las que nos hemos acostumbrado o de las que no queremos enterarnos. Nos ha tocado muy cerca el terrorismo porque tocó en el corazón de Europa muy cerca de nosotros y nos sentimos solidarios, es cierto, con tantas victimas inocentes. Pero muchos otros atentados han sucedido recientemente en lugares no tan lejanos, pero que nos parecía que a nosotros no nos tocaba; otras muchas victimas inocentes siguen muriendo bajo la explosión de las bombas, o atenazadas por la miseria y el hambre. De esas quizá no queremos saber, los colores de sus banderas no tiñen nuestras imágenes. Las miramos desde lejos. Cualquiera puede verlo repasando los medios de comunicación o las redes sociales.
Jesús le está preguntando a ese mundo que sufre también como a aquel ciego ‘¿qué quieres que haga por ti?’. Pero quizá Jesús nos está preguntando a nosotros, a ti y a mi, ‘¿qué quieres que haga por ti?’ Porque hay algo quizá en nosotros también que nos inmoviliza, como la ceguera inmovilizaba a aquel hombre; hay quizá insensibilidad, parálisis de nuestro corazón, ceguera de nuestro espíritu, porque solo vemos lo que nos interesa, solo nos sentimos movidos por lo que está más cerca de nosotros y nos puede afectar.
¿No tendríamos nosotros que decirle a Jesús como aquel ciego ‘¡Señor, que vea otra vez!’, que se abran mis ojos, que vuelva la sensibilidad a mi corazón, que comience a mirar a nuestro mundo con una mirada distinta? Pon, Señor, el colirio del amor en los ojos de mi alma; que me envuelva, Señor, con los colores de la bandera de la pobreza, del dolor, del sufrimiento, de la soledad de mis hermanos.
¿Podremos al fin salir como aquel hombre de la presencia del Señor alabando a Dios porque mis ojos se han abierto, porque mi corazón ha cambiado, porque comenzaré de verdad a hacer que el mundo sea mejor con el compromiso de mi vida?
El ciego estaba al borde del camino fuera de Jericó; no nos quedemos en Jericó o en los caminos de cada día, no nos quedemos en París, fuera también hay muchos inocentes que sufren.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Un sentido de trascendencia nos hará encontrar sentido y valor a la vida que ahora vivimos y sufrimos confiados en la Palabra de Jesús

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32
Cuando leí este evangelio con toda esa serie de señales cósmicas con las que nos habla me vino a la mente el desasosiego que se nos mete por dentro cuando vemos que se nos acerca una tormenta, porque el cielo más que gris se nos pone negro cubierto de densos nubarrones, nos parece presentir el aullar del viento en fuertes tormentas y nos tememos lo peor o al menos no sabemos exactamente qué nos puede suceder. Hoy los meteorólogos nos anuncian la cercanía de ciclones o tormentas tropicales, nos previenen con alertas donde la intensidad de los colores nos quieren situar en la gravedad de lo que se avecina y de alguna manera queremos prepararnos, predisponernos, no siempre sin cierta angustia, a lo que está por venir.
En el mundo en que hoy vivimos tenemos más medios para prepararnos, aunque muchas veces nos cogen de sorpresa esos temporales, lluvias o vientos produciéndonos numerosos daños; pero pensemos en la antigüedad donde no se tenían ni las previsiones de hoy ni los medios para precaverse de ellas con cuanta angustia se recibían dichos aconteceres de la naturaleza. En lo que decimos cuando estamos envueltos en una tormenta que parece que el mundo se nos cae encima; justo es que se empleen estas señales para hablarnos de un final de los tiempos, que serán tiempos difíciles como nos señalaba el profeta Daniel con su lectura con un sentido muy apocalíptico.
La liturgia nos presenta estos textos de la Palabra de Dios en estos domingos finales del ciclo litúrgico y serán también el sentido del primer domingo del nuevo ciclo cuando comencemos el Adviento. Justo es que pensemos en esos últimos tiempos y que pensemos en los novísimos como en un lenguaje teológico se nos enseñaba en el catecismo para recordarnos el fin de nuestros días y también para hacernos pensar en la vida trascendente que más allá se nos ofrece. Creer en la vida eterna y en la resurrección son artículos de nuestra fe que algunas veces tenemos demasiado olvidados, aunque lo repitamos cada domingo al hacer la profesión de fe.
Podemos hacer una lectura y una reflexión sobre esos textos desde esa clave del final de nuestra existencia, sea el final definitivo de la existencia de este mundo creado, o sea el propio final de nuestros días, de nuestra vida concreta en este mundo terreno en el que vivimos, pero siempre con la esperanza de eternidad, de vida eterna que Jesús nos ha prometido. Esa trascendencia de nuestra vida que ha de impregnar de un valor y de un sentido nuevo todo aquello que hacemos y que vivimos porque ansiamos y caminamos hacia la plenitud que solo en Dios podemos encontrar.
No podemos olvidar el hecho de la muerte, porque un día este edificio de nuestro cuerpo terreno se derrumbará, tendrá un final, pero siempre con ese sentido de trascendencia, de vida eterna que da sentido profundo a nuestra vida y nos hace desear que un día podamos encontrarnos en esa vida de Dios viviendo en plenitud para siempre en lo que llamamos el cielo, que no es otra cosa que vivir en Dios en total plenitud. Desde ahí claro encontramos un valor y un sentido a cuanto vivimos y sufrimos en este mundo que nos hará buscar y guardar ese verdadero tesoro allí donde la polilla no lo corroe ni los ladrones lo pueden robar, como tantas  veces Jesús nos repite en el evangelio.
Claro que estos textos nos hacen pensar también en esa vida nuestra de cada día en ese camino que hacemos aquí y ahora. ‘Tiempos difíciles’ que decía el profeta con aquel sentido apocalíptico que decíamos. Pero por muchas que sean las tormentas que se nos avecinen, por muchas que sean las oscuridades que nos puedan envolver hay algo en nuestra fe y en nuestra esperanza que no nos hará perder el sentido de las cosas para desesperarnos y angustiarnos.
Se nos oscurece el sol, es cierto, cuando los problemas nos abruman, cuando las luchas que tenemos que mantener en la vida nos envuelven, cuando nos parece que no encontramos una salida y todo se nos vuelve turbio en la vida; enfermedades, cosas imprevistas que nos suceden y que desestabilizan nuestra vida, errores que cometimos que nos hacen pagar las consecuencias, cosas que parece que se nos vuelven en contra y nos hace sentirnos inseguros en nuestras soledades… muchas nubes oscuras nos van apareciendo en la vida.
Pero en nuestra fe sabemos que la Palabra del Señor no pasa. No nos faltará el brillo de su luz. ‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’, le hemos escuchado decir hoy a Jesús en el evangelio. Y la palabra de Jesús nos prometió su presencia para siempre - ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo’ nos dijo antes de subir al cielo en la Ascensión -, nos dejó la fuerza de su Espíritu que para nosotros es luz y es vida, es salvación y es gracia, es fortaleza y es presencia de Dios en nuestra vida, allá en lo más profundo de nosotros mismos. Sepamos discernir los signos de los tiempos, como nos enseña Jesús con la imagen de la higuera de la que brotan las yemas anuncio de una primavera cercana, para saber descubrir esa presencia del Señor.
Por eso como decíamos antes, por muchas que sean las oscuridades hay algo que no nos hace olvidar lo que es nuestra fe y nuestra esperanza. Es la palabra de Jesús; es su presencia siempre junto a nosotros, es la fuerza de su Espíritu, sí, que nos impulsará a seguir caminando, a encontrar ese sentido y esa fuerza, a darle valor a cuanto hacemos, a trascendernos de este momento presente para pensar en eternidad, para pensar en vida eterna, para pensar en esa plenitud que en Dios vamos a encontrar.
Ahora pueden ser muchas las turbaciones en que nos encontremos en la vida, muchas pueden ser las soledades humanas que tengamos que sufrir, pero no estamos solos ni a oscuras para Dios está siempre con nosotros. El nos conduce y nos acompaña a una vida en plenitud. Vivamos con verdadera fe esa presencia y esa gracia del Señor en nuestra vida. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’, decíamos en el salmo. Estamos llamados a la resurrección y a la vida sin fin. ‘Los que duermen en el polvo… despertarán para la vida eterna’.

sábado, 14 de noviembre de 2015

La oración es un gozarnos de la presencia y amorosa de Dios que nos dará siempre lo que le pidamos con constancia y humildad

La oración es un gozarnos de la presencia y amorosa de Dios que nos dará siempre lo que le pidamos con constancia y humildad

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8

Hay algo que muchas veces nos sucede o  nos puede suceder; cuando queremos conseguir algo, una meta que nos propongamos, un trabajo costoso que tengamos que realizar, unos deseos que queremos alcanzar, si no lo conseguimos tan pronto como nosotros los desearíamos tenemos el peligro de cansarnos, de ir quizá aflojando la intensidad con que lo buscamos y que al final tiremos la toalla vencidos porque no lo conseguimos. Es el peligro de la inconstancia, de la falta de perseverancia. Y esto nos sucede, como comprendemos en muchos aspectos de la vida.
Y nos sucede en nuestra vida religiosa de relación con el Señor en nuestra oración; y nos sucede cuando queremos vivir un compromiso en nuestra vida cristiana y quizá queremos trabajar por los demás. Como decía, nos sucede en muchos aspectos de nuestra vida.
El evangelio que hoy escuchamos parece centrarnos de manera especial en el tema de nuestra oración al Señor, pero, como digo, nos puede valer para muchos aspectos de nuestra vida y de nuestro compromiso cristiano. Por eso comienza a decirnos ‘Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola’.Ya la conocemos, la viuda que acude al juez en busca de justicia pero que este no le hace caso; solo la insistencia de aquella pobre mujer hará que al final el juez acceda a hacerle justicia, aunque solo fuera por quitársela de encima.
Orar siempre sin desanimarnos, nos invita Jesús. Y no nos podemos desanimar porque sabemos que a quien acudimos es a un Padre bueno que nos ama. Sin embargo muchas veces desconfiamos; desconfiamos incluso ya desde que comenzamos nuestra oración porque hasta quizá tenemos la tentación de pensar que no vamos a ser escuchados. Dios siempre nos escucha; Dios siempre nos concederá lo mejor; Dios siempre será más generoso de lo que nosotros pensamos y la riqueza de su gracia supera todo lo que nosotros podamos imaginar. Pero hemos de saber acudir con fe, con confianza, con esperanza cierta, con la seguridad de que estamos siempre encontrándonos con el amor de Dios.
Podremos sentirnos probados quizá; pero en esa constancia de nuestra oración nos iremos purificando, iremos purificando aquellas intenciones o aquello que le pedimos al Señor. Dios nos dará siempre lo mejor. Además pensemos siempre que nuestra oración no es ir a despachar con Dios como quien va a una oficina a resolver unos papeles y que al final saldrán bien rellenados. Pensemos que nuestra oración la hemos de vivir en la intimidad de un encuentro vivo con el Señor, dejándonos inundar de su presencia, dejándonos inundar de su amor.
Tenemos el peligro de ir a pedir cosas al Señor pero no gozarnos de su presencia; estamos en la presencia del Señor pero no lo disfrutamos; estamos en la presencia del Señor y preocupados de nuestros intereses no abrimos nuestro corazón a su presencia, a su Palabra, a aquello que el Señor quiere también trasmitirnos. La oración no es un monólogo, la oración es un diálogo de amor. Aprendamos a disfrutar de nuestra oración porque aprendamos a disfrutar de la presencia amorosa de Dios.
Cuanto podemos reflexionar sobre este sentido hermoso de nuestra oración. Cuanto tenemos que aprender de los santos, como nuestra santa Teresa de Ávila que nos decía que la oración era tratar de las cosas del amor con Aquel que sabemos que nos ama.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Nos interrogamos, nos preguntamos, buscamos en el evangelio esa luz que nos haga encontrar el sentido de Cristo en cuanto nos sucede

Nos interrogamos, nos preguntamos, buscamos en el evangelio esa luz que nos haga encontrar el sentido de Cristo en cuanto nos sucede

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37

En la vida nos sucede que aunque la tengamos muy organizada y programada en todo lo que tenemos que hacer o incluso tengamos previsto, sin embargo nos aparecen muchas cosas o acontecimientos que no los preveíamos y que de alguna manera nos van como trastocando nuestra programación. Será la llegada de alguien que no esperábamos, un accidente que nos sobreviene a nosotros o a las personas de nuestro entorno, una enfermedad que nos aparece cuando nos parecía que estábamos lo mejor de la salud y así muchas cosas. ¿Estamos preparados para esas cosas que nos aparecen así de improviso? ¿Cómo reaccionamos o cómo nos preparamos aunque sea remotamente para esos imprevistos?
Es necesaria, sí, una cierta madurez en la persona para reaccionar con serenidad y afrontar lo que nos acontece en ese día a día de nuestra vida. Pero también en esas cosas podemos encontrar lecciones o llamadas para nuestra vida para que aprendamos a valorar lo que verdaderamente es lo principal y más fundamental. Y como creyentes que somos hemos de tener una mirada más amplia y más profunda para saber descubrir también esos acontecimientos la llamada del Señor, la voz de Dios que quiere hablarnos allá en lo más intimo de nuestro corazón previniéndonos de peligros, haciéndonos llegar su protección y su gracia y ayudándonos a tomar una senda recta en nuestro camino.
Permitidme que os diga que es la lectura e interpretación que estoy haciendo de la Palabra de Dios que hoy se nos proclama en la liturgia. Pareciera que nos está hablando Jesús de los tiempos finales de nuestra existencia o de nuestro mundo; también lo hemos de ver desde ese punto de vista para estar prevenidos para ese momento final y que en verdad el Señor nos encuentre preparados para poder gozar de su gloria.
Pero yo quiero ver ahí también como una advertencia que el Señor nos hace para ese día a día de nuestra vida. Para que en esos acontecimientos que nos suceden seamos capaces de escuchar su voz, su llamada. Para que en todo momento los vivamos, como decíamos, con madurez y con serenidad, pero también para que aprendamos a tener la visión de la fe en aquello que hacemos o que nos sucede y nunca realicemos nada que vaya contra ese sentido cristiano.
El evangelio es esa luz que nos guía cada día, que nos ilumina para que sepamos vivir siempre desde ese sentido de Cristo. En nuestros afanes que nos pueden encerrar en nosotros mismos o en nuestros intereses, o en las influencias que recibimos de nuestro entorno no siempre impregnado del sentido cristiano podemos tener el peligro de dejarnos arrastrar por la corriente y perder ese pie de nuestra fe, ese sentido que Cristo le quiere dar a todo lo que es nuestra vida. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes para que sea en verdad la luz del evangelio la que nos ilumine y nos guíe en nuestros pasos.
Por eso siempre nos interrogamos, nos preguntamos, buscamos en el evangelio en cada momento ese sentido de Cristo que vendrá a darle una mayor plenitud a nuestra vida, una profundidad más grande a todo lo que hagamos porque además todo lo llenaremos de trascendencia que nos abre a la vida eterna.

jueves, 12 de noviembre de 2015

No busquemos el Reino de Dios aquí o allá, ni sólo en los milagros o cosas extraordinarias o espectaculares sino dentro de nosotros mismos

No busquemos el Reino de Dios aquí o allá, ni sólo en los milagros o cosas extraordinarias o espectaculares sino dentro de nosotros mismos

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Nos gustan las cosas espectaculares o maravillosas; nos sentimos sobrecogidos por las cosas extraordinarias y en el fondo las buscamos; en cierto modo, podríamos decir, nos gusta el espectáculo, lo espectacular. Desde sentirnos sobrecogidos ya sea por un amanecer o una puesta de sol maravillosa y espectacular por los colores del cielo mientras aparece o desaparece el sol en el horizonte, o ya sean esas maravillas que nos pueda ofrecer la naturaleza en medio de una espectacular tormenta, o desde cosas extraordinarias que nos puedan suceder en la vida que no sabemos por qué se producen y que nos llaman la atención aunque a veces sintamos como un cierto temor en nuestro interior ante la incertidumbre de lo que sucede.
Y eso nos sucede también en el ámbito de lo religioso. Cómo fácilmente la gente corre hacia aquel lugar donde hayamos tenido noticia de cosas extraordinarias, apariciones, milagros o cosas extrañas que no sabemos descifrar. Quizá desde el sentido de una religiosidad natural de lo más elemental nuestra relación con la divinidad la mantenemos solo desde esas acciones extraordinarias y muchas veces nuestra oración no es sino pedir cosas milagrosas que nos resuelvan los problemas que vamos teniendo cada día en la vida.
Seguimos acudiendo allí donde nos dicen que hay una aparición de la Virgen o hay hecho extraordinarios que nos parecen venidos del cielo sin discernir de verdad lo que allí pueda estar sucediendo y quizá toda nuestra religiosidad la fundamentamos en esas cosas con lo que se estará manifestando la pobreza de nuestra vida cristiana. Tendríamos que aprender a buscar algo más hondo que en verdad nos pueda transformar por dentro para sentir una verdadera presencia de Dios en nosotros. Es la búsqueda verdadera que tendríamos que hacer del Reino de Dios.
Es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio y contra las cosas que nos quiere prevenir. Jesús hablaba del Reino de Dios. Había comenzado su predicación pidiendo la conversión del corazón para aceptar el Reino de Dios que estaba cerca. Continuamente Jesús va hablando de ello y nos propone las parábolas para irnos explicando cómo encontrarlo y cómo vivirlo. Pero bien sabemos que en la mentalidad judía de la época unían la llegada del Mesías con la reinstauración del Reino de Israel. Y en eso querían condensar lo que Jesús les proponía.
Es la pregunta que le hacen los fariseos, porque no veían que se realizaban sus sueños ni en lo que a ellos les parecía se estaba cumpliendo lo que Jesús tanto anunciaba. Por eso preguntaban cuando va a llegar el Reino de Dios. Como los mismos discípulos que al final, ya en el camino de la Ascensión, aún le preguntan a Jesús si llegaba ya la hora de la restauración del Reino de Israel porque Jesús se manifestara como Mesías, ya que ellos lo veían resucitado.
Pero ya ahora escuchamos la respuesta de Jesús. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’. El Reino de Dios no es como ellos esperaban. Si hubieran escuchado con el corazón abierto las palabras de Jesús a lo largo de todo el Evangelio lo podrían comprender. No hay que buscar cosas espectaculares. No le podemos dar ese sentido político. No es una guerra que tengamos que hacer contra los otros para alcanzar nosotros la libertad. Es una semilla interior que nos transformará por dentro; como la pequeña semilla que se entierra y se transforma en una nueva planta, en una nueva vida, así tiene que suceder en nosotros, dentro de nuestro corazón.
No busquemos aquí o allá, no vayamos solo en búsqueda de milagros o cosas extraordinarias o espectaculares, sino que hagamos el milagro de la transformación de nuestra vida haciendo que en verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida. Esa es la transformación del Reino de Dios, porque cuando Dios es el único Señor de nuestra vida nuestras actitudes y nuestras posturas cambiarán, nuestra manera de actuar será distinta, la mirada que tengamos hacia los que nos rodean será otra, comenzaremos a ser hermanos de verdad, que nos amamos, que vivimos unidos y en comunión y una nueva paz comenzará a florecer en nuestro mundo.
Será autentica nuestra religión y nuestra relación con Dios, porque le miraremos y sentiremos como el Padre que nos ama y está siempre junto a nosotros. Vivamos en lo más hondo de nosotros mismos el Reino de Dios anunciado por Jesús.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Las huellas de amor que dejamos en los demás sean signo de nuestro reconocimiento y gratitud por la obra de Dios en nosotros

Las huellas de amor que dejamos en los demás sean signo de nuestro reconocimiento y gratitud por la obra de Dios en nosotros

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19
¿Cuál es la huella que nosotros dejamos a nuestro paso en el camino de la vida? Y bien entendemos que no nos estamos refiriendo a la huella en el polvo del camino. Con frecuencia oímos decir refiriéndose a alguien ‘era una persona buena, una persona de gran corazón…’ y así tenemos la referencia de esas personas a nuestro lado que quizá no hayan destacado por ninguna cosa especial, pero dejaron la huella de que eran personas buenas, personas generosas y serviciales. Todos habremos conocido personas así en nuestro entorno que a su paso por la vida van dejando en nosotros el perfume de su bondad.
Cuando Pedro en uno de sus discursos al principio de los Hechos de los Apóstoles quiere hacer como un resumen de lo que fue la vida de Jesús dirá que ‘pasó haciendo el bien’. Ahí se manifestaba en cada paso de Jesús la bondad y la humildad de su corazón. Ahí le vemos en el evangelio cercano de los pobres y de los humildes, acogiendo a pecadores e incluso comiendo con ellos aunque eso le llevara criticas de los de siempre, curando a los enfermos de sus enfermedades y dolencias de todo tipo. No solo deja que se acerquen a El sino que El mismo se acercará y buscará al enfermo, al pecador, al pequeño y al marginado que quizá nada cuenta pero que Jesús siempre tendrá en cuenta.
Hoy en el evangelio vemos que va camino de Jerusalén y se encuentra en las fronteras entre Galilea y Samaría. Allá en esos lugares descampados suelen estar abandonados a su suerte muchos enfermos, sobre todo los leprosos a los que se consideraba especialmente impuros. Es precisamente un grupo de leprosos el que se acerca a Jesús, aunque se quedan a distancia para no contravenir las normas y reglas judías. Desde allá gritan, porque saben bien quien es el que va al frente de aquella comitiva que se dirige a Jerusalén, pidiéndole a Jesús que tenga compasión de ellos. Conocen su misericordia y compasión porque hasta ellos llegarían noticias de Jesús. Tienen la certeza, la confianza de que Jesús les va a escuchar.
‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Podía ser un grito para mover a compasión en sus necesidades y soledades y ser una forma más de pedir una limosna con la que mitigar sus necesidades. Pero la súplica es más honda, porque bien saben de los signos y milagros que realiza Jesús. Y El los envía para que cumpliendo con las normas establecidas puedan reintegrarse en la familia y en la comunidad. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’. Y ellos se dieron cuenta mientras iban de camino con el gozo en el alma de que estaban curados. Se había manifestado la compasión y la misericordia del Señor.
Pero a la manifestación de la misericordia del Señor sobre nosotros ha de corresponder nuestro reconocimiento y gratitud. Algo que algunas veces olvidamos. Nos sentimos muy felices con los dones que recibimos pero no sabemos hacer nuestro reconocimiento y manifestar nuestra gratitud. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Se hará palpable la queja de Jesús. ‘¿No eran diez los curados? Los otros nueve, ¿dónde están?... vete, tu fe te ha salvado’.
Muchas preguntas, muchas consecuencias para nuestra vida. Lo primero la pregunta que nos hacíamos al comienzo de la reflexión. ¿Cuál es la huella que nosotros dejamos a nuestro paso en el camino de la vida? Que sean huellas de amor, de humildad, de generosidad, de una vida auténtica. Pero también nos preguntamos ¿somos agradecidos con los dones que el Señor va derramando en nuestra vida? ¿Somos agradecidos también por lo que recibimos de los demás signos que son también del amor de Dios?

martes, 10 de noviembre de 2015

En una cosa hemos de ser los primeros, en nuestra disponibilidad para servir y ayudar en todo momento a quien lo necesite

En una cosa hemos de ser los primeros, en nuestra disponibilidad para servir y ayudar en todo momento a quien lo necesite

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10

Alguna vez ese pensamiento se nos ha pasado por la cabeza o le hemos escuchado ese comentario a alguien. Estamos implicados en una tarea que nos afecta a todos y pareciera que todos deberían estar colaborando para que todo salga adelante, pero parece que es a uno al que le toca estar en todo, ser el que siempre toma la iniciativa, el que se pone a arreglar las cosas o solucionar los problemas, el que tiene que resolverlo todo. ¿Es que tengo que ser yo el que tenga que resolverlo todo?, quizá nos preguntamos porque pareciera que no hay nadie más dispuesto a ponerse a servir.
Pero aún así seguimos dispuestos a prestar un servicio a quien sea, a ayudar, a compartir nuestro tiempo y lo que somos por los demás. Y es que para quien está imbuido por el evangelio el servir es vivir; la vida no tiene otro sentido sino el estar en disposición de los demás para lo que haga falta.
Es cierto también que nos cuesta, que nos viene la tentación del desaliento cuando quizá no nos vemos correspondidos o no vemos claramente los frutos en aquellas personas a las que ayudamos. Pero no podemos tirar la toalla, como se suele decir; en nosotros siempre ha de estar esa buena disponibilidad porque además no hacemos las cosas para que nos las agradezcan sino por el gozo del servicio y del bien que le hacemos a los demás.
Es el amor generoso y altruito el que salva al mundo; será con ese amor y con personas dispuestas siempre al servicio como haremos que nuestro mundo sea mejor; tenemos la esperanza de que el amor es como una mancha de aceite que se va extendiendo poco a poco y deseamos que de una vez por todas vaya empapándonos a todos. Es como podemos hacer un mundo mejor; no valen imposiciones ni reglas que nos digan por donde tenemos que ir o lo que podemos o no podemos hacer. Es el amor que se contagia, que empapa los corazones, que nos hará salir de nuestra frialdad e indiferencia; es lo que nos hace mejores y hará mejores a cuantos nos rodean.
Es el mensaje que Jesús quiere dejarnos hoy en el evangelio. Nos habla del servidor de la casa que siempre ha de estar dispuesto para lo que necesite el señor de la casa, porque esa es su obligación y su trabajo. Pero termina diciéndonos Jesús: ‘Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’.
Es la actitud que repetidamente Jesús nos ha enseñado en el evangelio. Nuestra grandeza está en servir, en ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. En María, la madre de Jesús tenemos el hermoso testimonio de quien se llamara a si misma la esclava del Señor, pero que tan pronto se enteró que allá en la montaña su prima Isabel esperaba un hijo y necesitaba quien le ayudara en esas circunstancias, corrió presurosa a casa de Zacarías e Isabel siempre dispuesta a servir.
¿Qué somos los únicos que estamos dispuestos a servir y ayudar, porque nadie a nuestro alrededor mueve un dedo? No nos importe, pongamos manos a la obra a lo bueno que tenemos que hacer que bien sabemos que nuestro mundo necesita ser redimido por el amor.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Seamos como cristianos y como Iglesia ese verdadero y santo templo de Dios donde cantemos para siempre la gloria del Señor

Seamos como cristianos y como Iglesia ese verdadero y santo templo de Dios donde cantemos para siempre la gloria del Señor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3, 9-11.16-17; Juan 2,13-22

Comencemos diciendo que en este día 9 de noviembre la liturgia de la Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica de Letrán en Roma. ¿Por qué es importante esta conmemoración para toda la Iglesia de manera que la liturgia nos la proponga como fiesta especial? La Basílica de san Juan de Letrán es la Catedral de Roma, es en consecuencia la catedral del Papa. Normalmente pensamos que por estar el Papa en san Pedro del Vaticano esa basílica es la catedral del Roma y no es así porque la catedral de Roma es la Basílica de san Juan de Letrán. Es la Iglesia madre de todas las Iglesias como la llamaron los Santos Padres desde antiguo y tiene por eso una especial importancia para toda la cristiandad.
Por otra parte el texto del Evangelio que se nos propone en esta fiesta nos habla de la expulsión por parte de Jesús de los vendedores del templo de Jerusalén.  ‘Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’, les decía Jesús mientras cogía un azote y expulsaba del templo a vendedores y cambistas. ‘El celo de tu casa me devora’, recordarán los discípulos las palabras de la Escritura.
Y cuando le piden explicaciones de con qué autoridad se atrevía a realizar aquello Jesús les dice ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Y como no entendieran lo que aquello podía significar recordando cuanto tiempo les había costado la ultima restauración del templo, el evangelista nos comenta que ‘él hablaba del templo de su cuerpo’.
Muchas consideraciones nos podemos hacer en nuestra reflexión. Apuntemos algunas. El respeto y la valoración del templo es quizá lo primero que nos surge. ¿Qué son nuestros templos? ¿Para qué levantamos templos? Es el lugar del culto, donde los creyentes nos reunimos para dar culto al Señor cantando su alabanza, escuchando su Palabra, elevando nuestras oraciones, celebrando los sacramentos. Lugar santo, lugar sagrado que merece todo nuestro respeto y veneración que no solo consiste en la suntuosidad con que lo presentemos en la riqueza del arte o de las joyas con que lo adornemos, sino por el hecho en si de ser un lugar sagrado especial que nos ayuda a sentir y vivir la presencia de Dios.
Es lo que tienen que ser siempre nuestros templos; es lo que tenemos que cuidar; será la forma en que nosotros estemos en ello para ayudarnos mutuamente a vivir esa presencia del Señor. ¿Necesitaran una purificación nuestros templos cuando los hacemos excesivamente suntuosos, cuando los dedicamos a muchas cosas que no son el culto del Señor o cuando no nos portamos con el debido respeto al lugar santo que son?
Pensar en el templo y hacerlo en esta fiesta tan esencialmente eclesial como la que hoy celebramos nos hace pensar en la Iglesia, no ya el templo sino la comunidad cristiana. Una invitación primero que nada a vivir en comunión eclesial con el Papa, principalmente en este día en que estamos celebrando la fiesta de su sede. Pero uniéndolo al texto del evangelio que hemos escuchado podemos pensar en la purificación de la Iglesia. La Iglesia también necesita purificarse de muchas cosas que pudieran alejarla de su sentido original. Nos sentimos unidos al Papa en la tarea renovadora que está queriendo realizar en estos momentos en la Iglesia. Nos daría el tema para más amplias consideraciones.
Finalmente recordamos que el evangelista nos decía que hablaba del templo de su cuerpo. Una referencia clara a su resurrección. ‘En tres días lo reedificaré’, decía refiriéndose a la destrucción y reconstrucción del templo. Al tercer día Jesús salió victorioso del sepulcro, resucitó. Pero nos lleva a pensar que Cristo es el verdadero templo de Dios; en Cristo y a través de Cristo nos encontramos con Dios, con su amor, con su salvación; es con Cristo cómo damos verdadera gloria a Dios. Así lo expresamos en la liturgia en el momento culminante de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística. ‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por siempre’.
Y pensamos en el templo de nuestro cuerpo. Somos templos del Espíritu Santo, morada de Dios. ‘El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él’, nos decía Jesús en el evangelio. Cómo tiene que resplandecer de santidad de nuestra vida si somos conscientes de esa presencia de Dios en nosotros.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Autenticidad y generosidad en el amor y en el compartir para merecer la bienaventuranza del Señor

Autenticidad y generosidad en el amor y en el compartir para merecer la bienaventuranza del Señor

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos I2, 38-44
‘Yo aprendí a DAR, no porque tenga mucho, sino porque sé lo que no es tener NADA’. Hace unos días me encontré con este hermoso mensaje en internet y lo he querido traer hoy aquí al comienzo de esta reflexión porque realmente es lo que vemos reflejado en el evangelio y podría llevarnos a hermosos compromisos.
Jesús estaba sentado frente a la puerta de entrada del templo e iba observando a cuantos entraban en él. Por allí andan los maestros de la ley, los fariseos, los que se creían principales con sus amplios ropajes, con sus gestos portentosos, con sus ofrendas bien sonadas en el cepillo del templo para que todos se dieran cuenta de lo generosos que eran. Entran también los pobres, la gente sencilla que no se hace notar y que calladamente van dejando también sus ofrendas. Qué diferencias y qué distancias entre los humildes y sencillos y aquellos que tienen lleno su corazón de orgullo.
‘¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscando los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Recibirán una sentencia más rigurosa’. Cuanto nos puede estar señalando Jesús con estas palabras sobre nuestras posturas y actitudes en la vida.
Por allí entra una mujer pobre, una viuda que nada tiene y que pasará desapercibida a los ojos de las gentes. Pero Jesús que está siempre cerca de los pequeños y de los humildes se fijará en aquella mujer que deposita en el arca de las ofrendas los dos reales que tenía para vivir. Jesús quiere resaltar aquel gesto que pasaría desapercibido. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie… ésta que pasa necesidad he echado todo lo que tenía para vivir’.
Merece la bienaventuranza de Jesús. ‘Dichosos los pobres, de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había pedido al joven rico que vendiera todo lo que tenia y diera el dinero a los pobres para tener un tesoro el cielo. Pero tenía mucho y no entendía lo que es desprenderse de todo. ‘Se marchó pesaroso’, había comentado el evangelista en aquella ocasión. Esta mujer no tiene nada, pasa necesidad y todo lo da. ‘Aprendí a dar, no porque tengo mucho, sino porque sé lo que es no tener nada’, como recordábamos al principio.
Iban al templo a dar culto a Dios. Las ofrendas eran un signo de nuestro reconocimiento profundo de que todo nos viene de Dios y para Dios es lo primero y lo mejor. Así estaba el mandamiento de los diezmos y primicias. Pero si para Dios es lo primero y lo mejor, lo primero que tenemos que ofrecer al Señor es nuestro corazón. No son ofrendas externas las que Dios nos pide, aunque nos cueste mucho sacrificio desprendernos de ellas. Ya la ofrenda tiene también ese sentido de sacrificio, algo que sacrificio, que ofrendo al Señor. Pero es nuestro corazón desde lo más hondo de nosotros mismos lo que tenemos que ofrecer al Señor.
Quizá se contentaban con sus limosnas en las que quizá simplemente se desprendían de lo que les sobraba, pero en el fondo de su corazón sus vidas estaban lejos de Dios. Lejos de Dios estamos cuando no hay verdadero amor en nuestro corazón; lejos de Dios estamos cuando no sentimos el sufrimiento de los demás como nuestro también; lejos de Dios estamos cuando nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, en nuestras cosas y vivimos poniendo murallas entre nosotros y los que están a nuestro lado haciendo el mismo camino de la vida; lejos de Dios estamos cuando no sabemos tener una mirada de amor y de ternura para fijarnos en el hermano que está a nuestro lado, para tenerle en cuenta y para valorarle, para tenderle una mano en su necesidad, o para compartir su dolor y sus lágrimas cuando quizá no podemos hacer más.
Ese el culto que Dios quiere que le demos. Un corazón lleno de misericordia, un corazón rebosando de amor, un corazón generoso que pone toda su confianza en Dios. Es el verdadero culto que aquella mujer estaba dando a Dios desde su pobreza. Su confianza estaba en el Señor; en las manos de Dios ponía su vida, sabiendo que podía confiar en El. Por eso es capaz de desprenderse de todo y quedarse sin nada porque sabe que Dios es su socorro y su fortaleza. Y los que confían en Dios nunca se verán defraudados.
Lo hemos escuchado en el caso de la viuda de Sarepta que nada tenía y se fió de la palabra del profeta, de la palabra del hombre de Dios. Hizo como le había pedido Elías y ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó.
¿Qué nos pide el Señor hoy después de escuchar su Palabra? Primero, una autenticidad en nuestra vida; no podemos hacer las cosas por las apariencias, para que los otros vean y me consideren bueno. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, nos enseñaba Jesús en otro momento del evangelio. Lo que hacemos tiene que salir desde lo  hondo del corazón poniendo todo nuestro amor para que tenga el sello de la autenticidad.
Y por otra parte esa generosidad de nuestro corazón, no tanto para ofrecer cosas a Dios, sino para ofrecerle auténticamente nuestro corazón y nuestra vida. ¿Qué eso significa desprendernos de todo para saber lo que es no tener nada y aprender a ser más solidario con los demás? Cuando aprendamos a vivir de una manera austera como viven los que nada tienen nuestro corazón se volverá más generoso y seremos capaces de desprendernos de todo por los demás.
Es la gloria del Señor, es el culto que hemos de darle a Dios.