Vistas de página en total

sábado, 7 de marzo de 2015

Un cuadro que retrata nuestra miseria pero sobre todo la misericordia y ternura de Dios

Un cuadro que retrata nuestra miseria pero sobre todo la misericordia y ternura de Dios

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Un cuadro nos ofrece la Palabra de Dios hoy donde se encuentran la miseria del hombre con la misericordia de Dios. ¿Quién, podríamos decir, pesa más en la balanza?
Si miramos nuestro lado con sinceridad por muchas cosas buenas que hayamos podido hacer para contrapesar nuestra miseria veremos que siempre pesa mucho más nuestra miseria y nuestro pecado. Hoy la parábola nos lo describe perfectamente entre aquel hijo que se marcha de la casa del padre porque quiere vivir la vida a su manera y le veremos hundido en su miseria - rica la imagen del joven hambriento y envuelto en suciedad y desesperación cuidando cerdos con lo que eso significaba en el concepto semita y judío de lo que era la impureza - pero no podemos dejar de contemplar al que se creía bueno y cumplidor pero que su corazón estaba lleno igualmente de miseria por sus rencores, envidias, orgullos, exigencias aunque quisiera contar que era bueno porque siempre se había quedado en la casa del padre.
Pero la parábola y toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado no se queda en ese lado de la imagen. Enfrente está el corazón del padre lleno de ternura y de misericordia, que busca, que llama, que espera, que acoge, que restaura y perdona, que no echa en cara, que siempre ofrece vida, alegría y paz. No es necesario entretenerse demasiado en hacernos descripciones y explicaciones, sino simplemente contemplemos la imagen. ‘Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo’. Es la fiesta, es la alegría del amor que nos contagia, que nos levanta, que nos hace llorar de alegría, que nos llena de esperanza y de paz.
‘Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas…’ Podríamos seguir recitando el salmo porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Podríamos seguir sintiendo ese abrazo de acogida y de amor de Dios, esos besos de Dios que nos llegan al alma.
Podríamos recordar lo que ya nos había dicho el profeta. ‘No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. Muchas veces equivocadamente decimos que la imagen que se nos presenta de Dios en el Antiguo Testamento es una imagen que nos llena de temor, pero cuantas veces nos encontramos la ternura de Dios en textos como lo de este salmo o lo que hoy le hemos escuchado al profeta. ‘Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. Ternura de Dios
Todo esto nos tiene que mover para volvernos a Dios, acercarnos a El con confianza y con amor, con la humildad de sentirnos pecadores, pero con la esperanza de encontrar la misericordia y la paz. Pero creo que también tendría que hacer algo más en nosotros; que también nosotros nos llenemos de esa ternura de Dios para ser con nuestra vida, con nuestros gestos, con nuestras actitudes pero también con nuestros actos concretos imagen de esa misericordia de Dios para con los demás. Demasiadas veces nos parecemos a aquel hermano mayor que recrimina, que echa en cara, que no se quiere mezclar, que no quiere ni siquiera llamar a su hermano como tal.
      Que la misericordia de Dios resplandezca sobre nosotros, pero que seamos también signos de misericordia para los demás. Siempre pesa más el lado de la misericordia en la balanza. Aprendamos de Dios

viernes, 6 de marzo de 2015

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
En la parábola del evangelio podemos verlo un claro sentido pascual, porque en ella podemos ver un anuncio que Jesús hace de su propia muerte, al tiempo que viene a ser como un reflejo de toda la historia de la salvación, la historia del propio pueblo de Israel. Ya escuchábamos al final de la parábola que el evangelista nos dice que ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’.
Refleja la infidelidad del pueblo de Israel que no cuidó de aquella viña que se le había confiado, pero refleja también el amor del Señor por su pueblo que una y otra vez les envía mensajeros que les ayudasen a dar el fruto que se les pedía. ‘Llegado el tiempo envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía… envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo’. Leer la historia del pueblo de Israel es leer esa historia de amor de Dios por su pueblo; cómo continuamente les está enviando a los profetas que les recuerden la Alianza.
‘Por último les mandó a su hijo…’ continúa diciendo la parábola porque hasta entonces no había habido los frutos de la conversión que se les pedían. ‘Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Fuera de las murallas de Jerusalén moriría Jesús. ‘Tanto había amado Dios al hombre que le envió a su propio Hijo…’ como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y hemos meditado.
Pero es nuestra historia, la historia de la salvación en nuestra vida, la historia del amor de Dios para con nosotros. No nos quedamos en el Antiguo Testamento; miramos nuestra vida, recordamos nuestra vida. ‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, hemos repetido en el salmo. No solo los fariseos y sumos sacerdotes se han de dar cuenta que hablaba de ellos. Recordemos las maravillas que ha hecho el Señor en nuestra vida, recordemos nuestra propia historia, nuestra vida concreta. Cuántos momentos de gracia, cuántas llamadas del Señor, cuántas veces que hemos escuchado su Palabra, cuantas celebraciones de la Eucaristía de los sacramentos; un caudal de gracia del Señor en nuestra vida. Y ¿cuál ha sido nuestra respuesta?
Me atrevo a pensar que aún así el Señor sigue contando con nosotros. A pesar de nuestros fallos, nuestras debilidades, nuestros momentos de infidelidad;  parecería que nada valemos ni nada merecemos, pero el Señor sigue amándonos, sigue contando con nosotros.
Ha recordado Jesús al final de la parábola aquellas palabras del salmo ‘la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido ahora en piedra angular’. Una clara referencia a sí mismo, rechazado por todos, pero nuestro único Salvador. Piedra angular de nuestra vida es Cristo sobre el que tenemos que fundamentar toda nuestra existencia.
Pero está diciéndonos también que nosotros que parecemos que no valemos nada, que más aun estamos llenos de debilidades y de pecados, sin embargo el Señor quiere contar con nosotros y de nosotros se vale para hacer llegar sus bendiciones y sus gracias a los demás.  ¿No había convertido a Pedro en piedra fundamental de su Iglesia y a pesar de su pecado, a pesar de que lo negó, sigue confiando en él, ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos’?
Pedro hizo una porfía de amor por Jesús cuando llorando su pecado se volvió de nuevo hacia El. Lloramos nuestros pecados, somos conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, pero nos sentimos amados del Señor y nosotros queremos también porfiar nuestro amor. Este camino hacia la Pascua que estamos haciendo en esta cuaresma es una oportunidad para hacer esa porfía de amor, para convertir nuestro corazón totalmente hacia el Señor, para darle gracias también por todo lo que nos sentimos amados.

jueves, 5 de marzo de 2015

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
‘Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo…’ le decía Abrahán al rico de la parábola. Creo que puede ser un buen punto de reflexión. ¿Quién había creado ese abismo? ¿qué abismos nos creamos nosotros los hombres en nuestras relaciones de cada día?
El abismo no es que existiera solo después de la muerte, porque aquel hombre había merecido la condena mientras el pobre Lázaro estaba en el seno de Abrahán. El abismo ya existía en vida, porque mientras aquel ‘hombre rico se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes, a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico’. La riqueza, la ostentación, la vida sibarita de aquel hombre había creado un abismo en torno suyo para no ver ni siquiera lo que estaba a su puerta.
Cuantas barreras creamos a nuestro alrededor, de cuantas cortinas oscurecedoras nos rodeamos para no ver más allá de nuestro yo. El caso que nos propone la parábola lo podríamos llamar un caso extremo, pero en el día a día de nuestra vida son muchas las cosas que hacemos en ese estilo. Fácilmente nos puede venir a la mente nuestro mundo injusto con tantas diferencias abismales que nos creamos entre un primer mundo y un tercer o cuarto mundo de miseria, de pobreza, de enfermedad, de hambre. Y en nuestra conciencia humana no podemos ser insensibles ante esas diferencias y separaciones tan injustas y tiene que haber un serio compromiso de nuestra sociedad por hacer que todo eso cambie.
Pero me gusta pensar en mi vida de cada día, en esas cosas concretas que yo cada día hago en un sentido o en otro o que tendría que hacer para hacer desaparecer abismos o barreras que nos separan, o cortinas que nos ciegan. Es abrir los ojos a mi vida y a la vida de esas personas cercanas a mí, con las que me encuentro cada día, pero quizá simplemente paso a su lado sin verlas, sin fijarme en sus problemas porque solo voy pensando en mis problemas, en mis ansiedades o preocupaciones, o en ver cómo yo vivo bien.
Había muchos manos que tender hacia el hermano que pasa a mi lado, que está cerca de mi con su sufrimiento, pero por el que nunca quizá me haya interesado y realmente no sé o no quiero saber qué es lo que le pasa. Mucho tendríamos que abrir los ojos de nuestro corazón para ver y para sentir ese sufrimiento, esa mirada, esa mano que nos tienden pidiendo una ayuda o ese silencio que nos grita desde sus angustias, pero que nosotros no oímos porque estamos entretenidos en nuestras músicas o nuestros sueños.
¿Cómo despertarnos? ¿cómo salir de esa modorra en que nos dormimos o de esa indiferencia en que nos insensibilizamos?
Aquel rico le pedía a Abrahán que enviase a Lázaro a casa de sus hermanos porque si un muerto los visitaba quizá podrían despertarse de su situación y cambiar. Pero Abrahán le dice que tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen. Sí, tenemos la Palabra del Señor que cada día podemos escuchar y rumiar en nuestro interior, como ahora estamos queriendo hacer con este texto del evangelio. Ahí tenemos el despertador, ahí tenemos la luz que nos ilumina, ahí tenemos la fuerza del Espíritu del Señor que nos habla en nuestro interior y nos da fuerzas para ese despertar, para ese cambio de actitud y ese cambio de vida que tenemos que hacer.
Aprovechemos, escuchemos con un corazón bien abierto en este camino cuaresmal que estamos haciendo la Palabra que cada día se nos ofrece. Podremos realizar esa pascua en nosotros, esa transformación de nuestra vida que nos lleve a vivir en los caminos de la gracia y del amor.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ser capaces de vivir la pascua siguiendo los mismos pasos de Jesús en la entrega, el sacrificio, el servicio y el amor

Ser capaces de vivir la pascua siguiendo los mismos pasos de Jesús en la entrega, el sacrificio, el servicio y el amor

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28
‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’, es la pregunta que Jesús les hace a los hermanos Zebedeos, pero es la pregunta que nos está haciendo el Señor hoy cuando decimos que estamos haciendo este camino de Pascua o hacia la Pascua que tiene que ser nuestra cuaresma. Una pregunta, es cierto, bien comprometida. Nos es fácil pensar en por qué se las hizo a los discípulos en aquel momento, pero nos cuesta mucho más escucharla nosotros y dar respuesta.
Ciertamente se la estaba haciendo a aquellos discípulos tras sus peticiones o pretensiones manifestadas a través de la madre. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Pero era como preguntarles si en verdad ellos habían entendido lo que anteriormente les había dicho; les había hablado de pascua, les había hablado de lo que a El le iba a suceder. Subían a Jerusalén y allí iban a pasar muchas cosas. ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’. Era algo que les costaba mucho entender.
Es algo que también nos cuesta entender para aplicarlo a nuestra vida. Nos gustaría que todo fuera Tabor o todo fuera resurrección. Pero nuestra unión con Jesús es un participar plenamente de su pascua, y la pascua de Jesús es pasión y muerte para poder llegar a la resurrección. Eso que puede significar muerte en nosotros porque tenemos que desprendernos de muchas cosas, o porque tenemos que darnos cuenta que nuestra vida tiene que ir por el camino del desprendimiento, del servicio, del amor, o porque los sufrimientos y problemas rodean nuestra vida es algo que nos cuesta aceptar, asumir, vivir.
Algunas veces se nos puede hacer duro y también gritaremos como Jesús en Getsemaní, ‘que pase de mí este cáliz’, aunque también tenemos que llegar a decir totalmente lo que dijo Jesús ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Y eso cuesta mucho, aunque sabemos que el Espíritu de Jesús está con nosotros.
Por allá andan los otros discípulos desconfiados y envidiosos. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Y allí está Jesús pacientemente enseñándoles, recordándoles lo que tantas veces les había dicho. Es la pascua de purificación del corazón que ellos han de vivir también arrancando del corazón esas ambiciones o esos sentimientos turbios que muchas veces nos pueden aparecer.
‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Es el estilo nuevo del Reino de Dios que tanto cuesta muchas veces aceptar. Pero Jesús nos está diciendo que seguirle a El es seguir sus mismos pasos; tendremos que vivir la pascua como El, pero también hemos de vivir nuestra vida desde el sentido del amor y del servicio como fue su vida. Por eso les recuerda: ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’.
¿Estaremos dispuestos a beber el mismo cáliz que El bebió?

martes, 3 de marzo de 2015

No son los caminos del orgullo y de la vanidad los que nos llevan a Dios sino por la humildad, el amor y el servicio

No son los caminos del orgullo y de la vanidad los que nos llevan a Dios sino por la humildad, el amor y el servicio

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12
No es por los caminos del orgullo y de la vanidad por donde podemos ir a Dios. Y es que Dios solo se revela y manifiesta a los que son sencillos y humildes de corazón. Ya nos lo repite Jesús en el Evangelio en muchas ocasiones. Por eso el estilo de quien se dice seguidor de Jesús es el del servicio y el del amor.
Cuando los discípulos discuten entre ellos por ver quien va a ser el más importante les repetirá lo mismo que hoy hemos escuchado ‘el que quiera ser primero entre vosotros sea vuestro servidor’ y ya en otro momento nos había dicho que ‘el Hijo del hombre no había venido a ser servido sino a ser servidor de todos’.
Por eso hoy le vemos denunciar las actitudes prepotentes y vanidosas de los fariseos y maestros de la ley. Nada de búsqueda de honores y primeros puestos, nada de vanidades que nos hagan aparecer por fuera lo que no llevamos dentro. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros…’ Ese no puede ser nunca nuestro estilo ni nuestra manera de actuar. Y terminará diciéndonos Jesús: ‘El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Nuestro camino ha de ser el del servicio; nuestra manera de actuar ha de ser siempre desde la humildad; el amor tiene que llenar nuestro corazón y manifestarse en nuestras actitudes y en nuestros actos. Así nos gozamos en el Señor y alcanzaremos la misericordia y el perdón.
La primera lectura era una invitación a la conversión de nuestro corazón a Dios. ‘Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien’, nos decía el profeta de parte de Dios. Y cuando transformemos nuestro corazón buscando el bien y la justicia, defendiendo al pobre y al oprimido alcanzaremos gracia de parte del Señor, alcanzaremos el perdón de Dios.
‘Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana’. Nos sentimos pecadores delante del Señor porque por mucho que le escuchemos, sin embargo, no siempre somos buenos. Pero volvamos nuestro corazón al Señor y comencemos a actuar de manera distinta; pongamos amor en nuestra vida, en lo que vamos haciendo y seamos capaces de ponernos al lado del pobre y del que sufre; mereceremos así el perdón y la gracia de Dios.
‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, fuimos repitiendo en el salmo. Sigamos los caminos de Dios, vivamos los caminos del amor y alcanzaremos la misericordia de Dios.

lunes, 2 de marzo de 2015

Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor a semejanza del amor de Dios

Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor a semejanza del amor de Dios

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Alguien ha escrito que ‘El cristiano es el que ama no sólo con su amor, sino con la fuerza amatoria de Dios, que Él le regala’, porque como nos ha dicho el apóstol san Pablo ‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado’.
No pretendamos amar solo con nuestro amor, o por la fuerza de nuestro amor; somos muy débiles y limitados y así limitado se puede ver nuestro amor. Queremos amar, es cierto, pero muchas veces hay algo que se nos atraviesa dentro de nosotros cuando vemos que no somos correspondidos, cuando nos sentimos heridos gravemente por algo o por alguien, cuando vemos cosas que no nos gustan y nos sentimos tentados al juicio y a la condena. Por eso, no amamos solo con nuestro amor, sino que los cristianos queremos amar con la fuerza del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, como nos decía san Pablo.
Por eso en lo hoy hemos escuchado que Jesús nos dice está en primer lugar querer parecernos a Dios. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos dice Jesús. Y porque nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso y no juzga ni condena, sino que siempre ama y nos ofrece su perdón y su paz, es de la forma como nosotros tenemos que hacer.
Y cuando lo hagamos así como el Señor nos dice estaremos iniciando una espiral de amor. ‘No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’. Como la espiral que desde un punto luego se va extendiendo y haciendo más grande, así nuestro amor, porque no juzgamos ni condenamos ni seremos juzgados ni entraremos ya en esa rueda de los juicios y condenas, sino que comenzaremos a hacer crecer esa rueda en espiral del amor. La medida será ya generosa, colmada, remecida, rebosante, como nos dice Jesús.
Claro está que nos sentimos pecadores, porque no siempre amamos con un amor así, porque no siempre realizamos en nuestra vida lo que es la voluntad del Señor. Nos sentimos pecadores, nos sentimos limitados y débiles en nuestro desamor que se manifiesta tantas veces en nuestra vida llenándonos de las negruras del egoísmo, de la desconfianza, de la envidia, del resentimiento y de tantas y tantas cosas que nos llenan de tinieblas. Pero siempre hay una luz en el horizonte, que es la luz del amor del Señor.
‘Señor, nos abruma la vergüenza… porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona’. Con qué esperanza, con qué paz nos podemos acercar al Señor. Cuánto amor se despierta en nosotros cuando así nos sentimos amados del Señor. Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor igual. Amemos con el amor de Dios y será más verdadero, más humano y más divino nuestro amor.

domingo, 1 de marzo de 2015

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10
No podemos olvidar el auténtico sentido de la Cuaresma; es un camino pascual, un camino que nos prepara para la Pascua. Como preparaba a los primitivos catecúmenos para la celebración del Bautismo en la noche de pascua, como posteriormente ayudaba a los pecadores a ir realizando en su vida una auténtica conversión, haciendo una renovación de su Bautismo, así ahora sigue la Cuaresma ayudándonos a realizar ese camino pascual.
Todo nos va conduciendo a ello, a esa renovación de nuestro compromiso bautismal no olvidando que el bautismo es la primera y fundamental participación en la Pascua del Señor, en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Todos los textos, todos los signos, todos los gestos que vamos encontrando en la liturgia nos ayudan a ello. La Palabra del Señor que vamos escuchando a eso nos conduce también. Se suele decir que los textos de todo el tiempo de Cuaresma son como una gran catequesis bautismal que nos ayudan e iluminan para esa renovación pascual de nuestra vida.
En el segundo domingo de Cuaresma siempre se nos proclama en el evangelio la Transfiguración del Señor. ¿Qué significa, qué nos reporta que ya desde casi el principio de la Cuaresma contemplemos este misterio de la Transfiguración del Señor?
Jesús les había ido anunciando desde el principio casi que su camino era un camino de Pascua. Anunciaba lo que había de sucederle en Jerusalén donde sería entregado y habría de sufrir su pasión y muerte, pero al tercer día resucitaría. No entendían los discípulos, les costaba entender estos anuncios de Jesús. En alguna ocasión veremos a Pedro incluso que trata de quitarle esa idea de la cabeza. Ya les decía también que el camino del discípulo era seguir sus mismos pasos, porque el que quisiera ser su discípulo habría de negarse a sí mismo y cargar también con la cruz. Palabras, repito, que les resultaban incomprensibles.
Este momento de la Transfiguración viene enmarcado por esos anuncios. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos’. Subió a la montaña, se los llevó con él para orar en la montaña. Era importante lo que sucedía. Como se había retirado al principio de su vida pública al desierto para orar - escuchábamos el domingo pasado -, como le vemos en otras ocasiones que se va a lugares apartados o solitarios para orar, ahora sube a la montaña con aquellos tres discípulos. Se acerca un momento importante, está cercana ya la Pascua y Jesús sube a la montaña a orar, como le veremos en el principio de la pasión orando en Getsemaní.
Sólo en la oración podremos descubrir los misterios grandes que Dios nos quiere revelar. Allí se va a oír la voz del cielo, junto con todas las otras señales celestiales, ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’.
Ese Jesús que anuncia su entrega, su pasión, su muerte es el Hijo amado de Dios. Va a ser difícil ver ese misterio cuando llegue la pasión y la cruz, pero tenemos que saber descubrirlo. Habrían de descubrirlo los discípulos, para eso se transfigura delante de ellos, y luego les hablará de resurrección. Les va a costar, porque a pesar de todo eso huirán, se esconderán y hasta Pedro le negará. Luego, tras la resurrección lo reconocerán todo. Tras la venida del Espíritu será Pedro el que proclame que a ‘ese Jesús a quien vosotros entregasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo ha constituido el Mesías y el Señor’.
Necesitamos hoy nosotros contemplar la Transfiguración del Señor si somos conscientes de que nosotros también tenemos que hacer el mismo camino de Pascua de Jesús. Será la renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o será la pascua concreta que cada uno de nosotros ha de vivir en su vida en medio de sus sufrimientos, con sus problemas, con la lucha que cada día ha de mantener para superarse, para ser mejor, con las negruras que pueden aparecer en su vida, con tantas cosas que nos pueden ser duras y difíciles, pero que son nuestro camino, nuestra pascua.
Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo transfigurado que es imagen de lo que será su resurrección. Necesitamos subir al Tabor de nuestra oración para sentirnos plenamente unidos al Señor y llenos de la fuerza de su Espíritu. Necesitamos subir al Tabor para escuchar esa voz que nos habla allá en lo más profundo de nosotros señalándonos el camino de Jesús, señalándonos lo que ha de ser nuestro camino de Pascua, señalándonos lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo glorioso, pero sabemos que hemos de bajar de nuevo a la llanura porque habrá otra montaña de pascua que hemos de subir. No nos vamos a esconder en la montaña santa del Tabor haciéndonos nuestras tiendas de refugio.
Nuestra Eucaristía de cada día ha de ser nuestro Tabor, donde nos llenemos de Dios, donde nos sintamos transfigurados en el Señor. Nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de cada día, nuestra vivencia sacramental nos dará esa luz y esa fuerza que necesitamos porque nos garantiza la presencia y la gracia del Espíritu en nosotros. Vamos a seguir haciendo el camino porque sabemos que nos lleva a la vida, nos conduce a la plenitud de la resurrección. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48
"Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian". Qué bien nos viene escuchar estas palabras de Jesús en el día de hoy en nuestra sociedad actual. Lo de aborrecer al que no consideras tu amigo, o no piensa como tu, o no hace las cosas como tú crees que deben hacerse está a la orden del día. Cuánto tendríamos que reflexionar sobre esto.
Decimos que vivimos en una sociedad cristiana, o al menos en una sociedad en la que todos o la mayoría están bautizados, pero qué lejos nuestra manera de actuar de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el Evangelio. Enfrentamientos, podríamos decir, que es normal que los haya, porque no todos tenemos que pensar lo mismo y una sana confrontación tendría que llevarnos siempre a buscar y encontrar lo mejor, a buscar un acuerdo, a un intentar caminar juntos; pero ya sabemos, esos enfrentamientos o confrontaciones muchas veces terminan en rencillas y resentimientos, en ponernos barreras, en ir generando en principio desamor pero que puede terminar convirtiéndose en odio en nuestros corazones.
Y eso lo vemos en todos los ámbitos de nuestra sociedad; no digamos a nivel político, pero pensamos también en las relaciones familiares que se ven enturbiadas muchas veces por esos sentimientos, en el trato con los que llamamos amigos, en el encuentro o convivencia con los vecinos o los que están a nuestro lado, en el ámbito del trabajo.
Tenemos que escuchar las palabras de Jesús; tenemos que aprender a asumirlas en nuestra vida, en convertirlas en el sentido y razón de ser de nuestra convivencia de cada día. Jesús nos viene a decir que si en el mundo en que vivimos esas cosas nos pudieran parecer normales, entre nosotros los que le seguimos no puede ser así, nuestro estilo es diferente, nuestra manera de ver las cosas y las personas tienen que tener otra hondura. A la larga Jesús nos está pidiendo que seamos más humanos.
Pero es que además nosotros tenemos otras motivaciones más profundas. Cuando queremos amar queremos parecernos a Dios, queremos amar con un amor como el amor de Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’, nos dice el Señor.
Y terminará diciéndonos hoy donde está la meta de nuestro amor: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Nos parecerá imposible, nos puede parecer una meta muy alta, pero bien sabemos que el Señor no nos deja solos, nos da la fuerza de su Espíritu.
Que con la fuerza de su Espíritu comencemos a amar a aquellos que más nos cuesta amar, no solo a perdonar a quienes nos hayan podido hacer daño, sino a rezar por ellos. Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos. 

viernes, 27 de febrero de 2015

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón…’ Así rezamos con el salmo. Es a lo que nos invita hoy la liturgia como respuesta a la Palabra de Dios que se nos había proclamado con el profeta. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?’
‘Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos…’ continuábamos diciendo en el salmo. Es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Es lo que nos impulsa a convertir nuestro corazón al Señor. Es lo que nos está pidiendo continuamente que seamos santos.
Somos pecadores, es cierto; cuántas veces olvidamos los caminos del Señor; cuántas veces olvidamos su amor. Viene la tentación y tropezamos una y otra vez. Pero una y otra vez acudimos al Señor confiados en su amor. Una y otra vez le decimos ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, sabiendo que en el Señor siempre vamos a encontrar la misericordia y esa paz que necesitamos en el corazón. ‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’
Pero como nos enseña Jesús hoy en el evangelio siempre hemos de estar buscando la comunión y la reconciliación con el hermano. Estamos llamados a la vida y todo lo que sea muerte hemos de desterrarlo de nosotros. Por eso tenemos que ir siempre regalando vida, porque siempre vamos regalando amor.
Jesús se nos muestra, por así decirlo, exigente en sus palabras hoy en el evangelio. Nos recuerda el mandamiento de no matarás. Pero al mismo tiempo nos hace ver toda la amplitud que tiene ese mandamiento. Estaríamos dando muerte al hermano no solo cuando le quitemos la vida física - cuántos dicen que no tienen pecado porque ellos no han matado a nadie - sino que dar muerte es tratar mal, es insultar, es juzgar, es llenar nuestro corazón de envidia, es dejar que se introduzca en nosotros el rencor y el resentimiento. Todo eso es muerte, una muerte que tenemos que ir desterrando de nosotros y de nuestro mundo. Desgraciadamente cuantas señales de muerte vemos a nuestro alrededor; cuántas señales de muerte pudiera haber allá escondidas en nuestro corazón cuando no amamos de verdad al hermano.
Por eso nos pide Jesús que siempre tenemos que buscar la reconciliación con el hermano. Ya en otro momento del evangelio, en este mismo sermón del monte de donde están tomadas estas palabras nos dice que no solo hemos de perdonar a quien nos haya podido hacer daño, sino además rezar por él. Eso es poner vida en nuestro corazón, porque eso nos da paz, y eso es sembrar semillas de paz en nuestro mundo queriendo llenarlo de vida también.
Cuánto podemos y tenemos que hacer en este sentido. Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz.

jueves, 26 de febrero de 2015

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12
Alguien ha dicho que ‘no pedimos para que el Señor se entere de lo que necesitamos, sino para no olvidarnos de que todo lo recibimos de él’. Hace unos días en esta catequesis continua que es para nosotros el camino cuaresmal que estamos haciendo con la Palabra que cada día se nos proclama y tratamos de asimilar y hacer vida nuestra Jesús nos decía que para orar no necesitábamos decir muchas palabras - ‘cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’ - porque Dios conoce bien nuestras necesidades - ‘pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’ -. Somos nosotros los que necesitamos no olvidarnos de todo lo que recibimos de El.
Ya recordamos entonces en nuestra reflexión lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre…’ Y nos viene a decir que Dios es nuestro Padre que siempre nos escucha - ‘¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!’ - como nuestro padre en la tierra siempre atenderá a las peticiones de sus hijos.
¿Cómo entonces ha de ser nuestra oración? La primera lectura nos ofrece un ejemplo hermoso. Nos señala unas características muy importantes para lo que ha de ser nuestra oración. Ester se dirige al Señor con la certeza de que sólo en él puede encontrar la salvación. Certeza y confianza que resuma toda la oración de la reina Esther. Recuerda la misericordia que Dios siempre ha tenido para con su pueblo y ahora ella quiere acogerse a ese amor misericordioso de Dios. Se siente pequeño, débil, por eso pide a Dios su sabiduría, que ponga las palabras acertadas en su boca. Ella se va a convertir en intercesora a favor de su pueblo.
Es la manera cómo tenemos que acercarnos al Señor; con amor y con la absoluta confianza de que el Señor nos escucha, como nos enseñará luego Jesús en el evangelio; pedimos que sea el Señor el que nos inspire lo que hemos de hacer, cómo hemos de actuar, y en esa confianza nos dejamos llevar, conducir por el Espíritu del Señor. Que nos conceda su sabiduría, la fuerza de su Espíritu. Y sabemos que el Señor actúa en nosotros, el Señor está a nuestro lado y es nuestra fuerza. ‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha’, como tantas veces rezamos con los salmos.
‘Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma’. Así hemos de cantar agradecidos al Señor sintiendo siempre su fortaleza y su gracia. Que así sea siempre nuestra oración. Esa oración que nosotros elevamos al Padre del cielo siempre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Cuanto pidáis al Padre en mi nombre El os lo dará’, nos ha enseñado Jesús en otro lugar en el evangelio.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

martes, 24 de febrero de 2015

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’. Así nos dice hoy Jesús cuando nos enseña a orar.
Pero, ¿no seguiremos haciendo lo mismo? Pedimos, suplicamos, insistimos, repetimos nuestra oración, hablamos y hablamos, rezamos y rezamos una y otra vez sobre todo cuando nos sentimos agobiados con problemas, cuando hay algo que quizá nos quema en el corazón, cuando pensamos en tantas necesidades, quizá mirando muchas veces primero en las nuestras.
Claro que en otra ocasión nos dirá Jesús que oremos sin cesar ‘pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá’, nos dirá. ¿Está en contradicción una y otra enseñanza de Jesús? De ninguna manera. Lo que quiere Jesús es que oremos, pero que en nuestra oración sepamos sentir la paz de la presencia de Dios; quiere que oremos pero que disfrutemos del amor y de la presencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama.
La primera lectura, del profeta Isaías, nos ha propuesto una imagen muy hermosa. La lluvia que mansamente va cayendo del cielo y va poco a poco empapando la tierra para hacerla fecunda y broten las plantas que finalmente nos den hermosos frutos. Es ese ponernos en la presencia del Señor, ese ir dejándonos inundar de Dios, de su gracia, de su vida y que hará fecunda nuestra vida haciéndola fructificar con su gracia.
Yo diría que es la forma cómo tenemos que saborear la oración; es la forma como tenemos que aprender a saborear el padrenuestro, la forma de oración que Jesús hoy nos ha enseñado. Nos decía que no oremos con muchas palabras y nos dejaba una manera de orar, de ponernos con humildad y con mucho amor ante Dios; cuando nos sentimos a gusto, cuando vamos saboreando su presencia de amor irán surgiendo nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, pero al mismo tiempo iremos viendo nuestra vida con una mirada distinta, porque ya todo lo iremos viendo con los ojos de Dios, con la mirada de Dios.
Es entonces cuando vemos en su más profunda realidad nuestra vida; es cuando nos sentimos humildes porque nos damos cuenta de nuestra falta de amor y veremos nuestra realidad de pecadores; pero será algo que iremos viviendo con paz, una paz que nos llevará a que también deseemos esa paz para los demás, ofreceremos generosamente el perdón, comenzaremos a amar de una forma distinta a cuantos nos rodean, incluso, aunque nos hayan ofendido. Qué sentido más bonito tiene esa petición del padrenuestro, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Nos cuesta, pero seremos capaces de hacerlo porque Dios está con nosotros.
Orar no es solo pedir; orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios; orar es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios.

lunes, 23 de febrero de 2015

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
La misericordia del Señor nos hace santos; la misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad; la misericordia del Señor nos impulsa a ser también nosotros misericordiosos y nos hace merecedores de dicha eterna.
Muchas afirmaciones nos hacemos en torno a la misericordia del Señor. Hoy nos decía el Levítico ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ como una invitación y como un mandato. Es la meta y el ideal. Es por lo que tenemos que luchar y esforzarnos y ya el Señor nos va señalando las actitudes buenas y nuevas que tiene que haber en nuestro corazón. Pero, ¿quién nos hace santos? ¿nos hacemos santos solo por nuestro esfuerzo o voluntad? Es el Señor el que nos hace santos, porque tiene misericordia de nosotros que somos pecadores y siempre nos está ofreciendo su compasión, su perdón, su amor que nos llena de vida y de santidad.
Por eso podíamos afirmar que es la misericordia del Señor la que nos pone en caminos  de santidad. Por una parte porque cuando nos sentimos amados, nos sentimos llamados a corresponder a ese amor; y si es así de grande la misericordia de Dios con nosotros, ¿cómo no vamos a vivir nosotros en su amor y en su gracia? Por eso desde esa misericordia de Dios nos sentimos impulsados a vivir esos caminos de santidad.
Y ¿qué tenemos que hacer? Vivir un amor como el amor que el Señor nos tiene. Llenar también nuestro corazón de amor y de misericordia; amor por encima de todo a Dios; pero amor que va a manifestarse en el amor que le tengamos a los demás, en el bien que le hagamos a los otros, en la misericordia y compasión con la que nosotros tratemos a los demás.
Lo que nos señala el Levítico que tenemos que hacer para ser santos como el Señor quiere que seamos precisamente pasa por esos caminos. Por eso terminará diciéndonos, algo que luego escucharemos en labios de Jesús en el evangelio que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos.
Esos son los caminos que nos señala el evangelio que hoy hemos escuchado. Nos habla del juicio final y nos dice de qué vamos a ser juzgados. Como diría bellamente san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. No voy a repetir aquí lo que ya hemos escuchado en el evangelio sino que tomemos de nuevo ese texto en nuestras manos y volvamos a leerlo, pero poniendo rostros, poniendo nombres, poniendo esas personas que todos conocemos y que nos vamos encontrando en nuestra puerta o en el camino de nuestras calles o plazas. Y detrás de ese rostro, de esa figura que conocemos, miremos a Jesús. Ahí está Jesús para que le amemos; ahí está Jesús para que mostremos nuestra misericordia y nuestra compasión.
Recordemos, finalmente, que si nosotros tenemos misericordia con los demás, también alcanzaremos misericordia. Podríamos recordar aquello de Tobías que nos dice que la limosna lava nuestros pecados; pero podemos recordar simplemente las bienaventuranzas: ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15
‘El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días...’ Es tradicional en la liturgia de este primer domingo de Cuaresma que se nos proclame el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Escuchamos este año a san Marcos que es el más breve de los sinópticos en su relato, mientras Mateo y Lucas nos dan más detalles haciéndonos una descripción más amplia de las tres tentaciones. Marcos simplemente nos dice: ‘Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían’.
Jesús fue empujado por el Espíritu al desierto. Es el Espíritu divino que todo lo guía, que conduce la vida de Jesús para que su alimento sea siempre hacer la voluntad del Padre. Es el Espíritu divino que fecundó el seno de María para que de ella nos naciera Jesús, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, que en todo se hizo semejante al hombre, menos en el pecado. Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que baja al desierto de nuestra vida, allí donde nosotros estamos viviendo nuestra propia vida.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de desierto, donde vivía entre alimañas, como nos ha hablado la primera lectura de diluvio, signo de violencia y destrucción a causa del mal de la humanidad, aunque ya nos hable del momento final en que Dios hace Alianza de misericordia con Noé.
En muchas cosas podemos pensar tanto con una imagen como con la otra; hablar de desierto nos puede hablar de vida difícil y dura, como nos puede hablar de austeridad y de carencias; nos puede hablar de silencio y de soledad, como nos puede hablar de todo eso que quizá en nuestro interior sentimos y nos hace estar inquietos buscando otras cosas que nos satisfagan porque encontremos que nuestra vida está vacía. Nos puede hablar de una inquietud que sintamos dentro de nosotros porque nos falta paz al vernos quizá envueltos en violencias y cosas que consideramos injustas. La dificultad de un desierto nos hará desear soluciones prontas y fáciles que nos hagan salir de esas situaciones que pueden ser dolorosas en nuestra vida y quizá en el fondo deseemos un milagro que nos lo solucione todo.
Son muchas las cosas que nos puede sugerir la imagen del desierto, del que queremos salir de la forma que sea y puede ser ahí donde nos aparezcan muchas tentaciones en nuestra vida buscando lo que no es esencial ni lo que nos pueda llevar por verdaderos caminos de plenitud.
Cuando leemos y meditamos en este pasaje del evangelio en este primer domingo de cuaresma lo hacemos quizá teniendo en cuenta los tres textos que nos ofrecen los distintos evangelistas viéndolo todo en su conjunto con lo que recordamos también las diferentes respuestas que Jesús le fue dando al tentador en la montaña de la cuarentena. ‘Los ángeles le servían’ nos dice simplemente el evangelista Marcos que es el que hoy hemos escuchado. Pero a continuación ya nos dice que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios’. ¿Cuál es esa Buena Noticia de Dios que Jesús comienza a proclamar? ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’.
No nos podemos dejar seducir por todas esas cosas que en nuestra mente o en nuestra imaginación nos van apareciendo como soluciones fáciles a ese momento difícil de desierto que vamos viviendo. Jesús vino y lo vivió con nosotros, pero nos anuncia, sí, que hay una solución; nos da una buena noticia: el Reino de Dios está cerca, tenemos que creer en esa Buena Noticia; convertimos nuestro corazón a Dios para dejarnos conducir por El y vamos a empaparnos de su Evangelio, de su Palabra de Salvación.
Porque la salvación la encontramos en el Señor; la salvación no nos viene por otros caminos, sino por los caminos de Jesús. Sentiremos su presencia y su vida, con nosotros estará la fuerza de su Espíritu que nos ayudará a caminar en medio de ese desierto de nuestro mundo, pero con esa fuerza del Espíritu lo iremos transformando todo. Es la tarea que nos confía, es la tarea de los que creemos en El, es la conversión, la vuelta que tenemos que darle a nuestra vida porque será la manera de darle de verdad la vuelta a nuestro mundo para que se convierta en el Reino de Dios.
Es lo que ahora en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua tenemos que escuchar en nuestro corazón y meditar. Es el camino de pascua que tenemos que ir realizando en nuestro corazón; habrá desierto de silencio y austeridad, habrá diluvio de purificación, habrá espíritu penitencial en nuestra vida para convertir nuestro corazón, pero llegaremos a la Pascua, llegaremos a la vida, llegaremos a la resurrección de un corazón y un mundo renovado en Cristo resucitado.

sábado, 21 de febrero de 2015

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Isaías 58,9b-14; Sal 85; Lucas 5,27-32
‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’. El amor ilumina la vida del hombre. Amar es vida; quien ama reparte vida; al amar no solo nos llenamos nosotros de luz, sino que estamos llenando de luz nuestro mundo.
 Ojalá lo entendiéramos todos y lo comenzáramos a vivir con intensidad. Hay demasiada oscuridad porque hay demasiado odio, demasiado desamor, demasiada insolidaridad. Mientras guardamos resentimientos en nuestro corazón cada vez nuestra vida se llena de más tinieblas; y nos cuesta perdonar y olvidar; tenemos la tentación de estar siempre recordando y reviviendo aquello que quizá un día nos hicieron mal y nos hizo daño y al revivirlo continuamente nos llenamos de oscuridad y vamos repartiendo oscuridad en nuestro entorno, porque creamos desconfianzas, recelos, resentimientos; tenemos que aprender a vaciarnos de esas oscuridades.
Y el camino es comenzar a amar de verdad; y amaremos de verdad olvidándonos de nosotros mismos para ver qué luz podemos llevar a los demás; claro que no podremos llevar luz sin mantenemos oscuridades en nuestro interior; por eso hemos de vaciarnos de nosotros mismos luchando incluso contra nosotros mismos en esos resabios de egoísmo y orgullo que nos pueden aparecer de nuevo, que pueden rebrotar en cualquier momento. Cuando comenzamos a pensar más en los demás y menos en nosotros mismos comenzaremos a tronchar esos brotes que podrían volver a surgir.
Aprende a ser solidario; aprendamos a ver esa necesidad que tiene nuestro hermano y al que no podemos dejar solo; aprendamos a desprendernos de nosotros mismos y ser solidarios de verdad compartiendo lo que somos y tenemos con los demás, compartiendo esa luz que seguro sigue existiendo en nuestro interior aunque algunas veces la tengamos tapada. Esa capacidad de amar siempre está en nosotros, porque además así hemos sido creados. Recordemos que Adán allá en el paraíso no podía estar solo, necesitaba a alguien como el con quien compartir su vida; esto nos está enseñando como hemos sido creados para el amor y para la solidaridad.
Jesús nos invita a seguir, como invitó a Leví, aquel recaudador de impuestos del que nos habla hoy el evangelio. Podíamos decir que tenía de todo porque era rico, por su condición y por su trabajo; pero cuando escuchó la llamada del Señor supo descubrir la verdadera riqueza que llenaría su vida; y se fue con Jesús, se puso a caminar por los caminos del amor, por los caminos que llenarían de luz el mundo, cuando anunciara el evangelio de Jesús a los demás. Es lo que tenemos que hacer nosotros, emprender el camino de la luz, el camino del amor.

viernes, 20 de febrero de 2015

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15
Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre lleno de esperanza, no caben las tristezas y los agobios. Es de alguna manera lo que les quiere responder Jesús a los discípulos de Juan que venían a preguntarle por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían ellos y como lo hacían los discípulos de los fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?’
El ayuno en la práctica de cómo lo realizaban connotaba que tenían que poner cara de circunstancias, quiero decir, expresiones tristes y de dolor, cubriéndose el cuerpo con vestiduras tristes y de ceniza. Por eso ya escuchábamos a Jesús en otro momento del evangelio decirnos que cuando ayunemos no pongamos esa cara; lo escuchábamos el pasado miércoles de ceniza. ‘Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.
No cabe la tristeza estando con Jesús. El reino de los cielos es como un banquete de bodas nos ha dicho en otro lugar; y en un banquete de bodas lo que cabe es la alegría y la fiesta. No es que Jesús no quiera que no ayunemos, sino que lo hagamos de forma distinta. Ya en otro lugar nos dirá que tenemos que aprender a decirnos no, a negarnos a nosotros mismos; que prescindamos de unos alimentos en un momento determinado y lo hagamos libremente y por amor porque además seamos capaces de compartir aquello a lo que renunciamos con los más necesitados, tiene su valor y nos enseña además mucho, nos entrena, podríamos decir, para cuando tengamos que negarnos en cosas más importantes y trascendentales, como es por ejemplo el rechazar la tentación al pecado.
Pero ¿de qué nos vale estar mortificando nuestro cuerpo mientras al mismo tiempo mortificamos también al hermano que está a nuestro lado? El ayuno primero tendrá que ser el no mortificar al hermano, no hacerle daño al que está a nuestro lado, no hacer sufrir a los que nos rodean. Es lo que nos decía el profeta que escuchábamos en la primera lectura: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Nuestro ayuno tiene que pasar por el camino de la misericordia, la compasión, la solidaridad, el amor. Ése es el verdadero ayuno que el Señor nos pide. En el que tenemos que ejercitarnos con toda intensidad en este camino penitencial de la cuaresma que estamos aun casi iniciando. Por ahí tienen que ir nuestro compromiso en este camino hacia la Pascua, es la pascua que hemos de vivir en nosotros.