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sábado, 15 de agosto de 2009

En la Asunción de María vislumbramos la gloria que un día podemos alcanzar

Apc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 13, 20-27;
Lc. 1, 39-56


Todas las fiestas de María nos llenan de alegría porque son la fiesta de la madre. Cómo no se van a gozar los hijos en la fiesta de la madre. Pero, si queremos, esta fiesta de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo nos llena de mayor alegría y nos hace rebrotar la esperanza en nuestro corazón.
Nos lo señalan a cada paso cada uno de los textos de la liturgia de esta fiesta. ‘María ha sido llevado al cielo; se alegra el ejército de los ángeles’, decía una antífona de la liturgia de este día. Se alegran los ángeles, se alegra la Iglesia, nos alegramos todos sus hijos, se gozan todos los pueblos, porque, como ella misma diría, ‘me felicitarán todas las generaciones…’ Y es que hoy estamos celebrando la glorificación de María. Llevada en cuerpo y alma al cielo como una primicia después de Cristo para que contemple y viva ya por toda la eternidad la gloria del Señor en la visión de Dios. Es ‘la mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’, de la que nos habla la Apocalipsis para referirse a la Iglesia, nueva Jerusalén, pero en la que nosotros contemplamos también a María.
El camino de María es nuestro camino y es el camino de la Iglesia, porque seguimos sus pasos. Y la gloria de María es la imagen de la gloria de la Iglesia, la imagen y el espejo de la gloria que un día también recibiremos en la visión de Dios por toda la eternidad.
Maria fue la primera que recibió los frutos de la redención de Cristo. En virtud de los méritos de su Hijo fue preservada de toda mancha de pecado para vivir para siempre llena de gracia, como la llena de la vida de Dios. ‘El Señor está contigo… llena eres de gracia…’ le dijo el ángel en la anunciación. La contemplamos Inmaculada, purísima, desde el primer instante de su concepción. Preservada del pecado original porque iba a ser la madre de Dios, justo era que ella fuera también la primera criatura en ser llevada al cielo para gozar de la visión de Dios, a gozar de la Pascua eterna del cielo.
Contemplar ese camino de la gloria de María es para nosotros aliciente, ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar. En medio de tantas oscuridades que nos rodean en la vida necesitamos un faro de luz que nos ilumine y nos señale el camino seguro hacia el puerto de nuestra salvación. En nuestra lucha contra el pecado y el mal necesitamos saber que la victoria es posible, que podemos alcanzarla y que un día todo será para nosotros luz, dicha y salvación eterna. Merecen la pena las luchas, los trabajos, los esfuerzos porque tenemos asegurada la victoria. Nos lo está diciendo esta fiesta de María en su Asunción, en su glorificación.
Tenemos que caminar hacia la montaña como María, tal como nos lo señala hoy el evangelio. ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá… a casa de Isabel’.
Ponernos en camino a la montaña será ir al encuentro con el otro como lo hizo María, que fue al encuentro de su prima Isabel en esa actitud profunda de servicio de quien ‘se quedó con Isabel unos tres meses’, como nos dice el evangelio, antes de volverse de nuevo a su casa.
Ponernos en camino a la montaña será la actitud de servicio o será nuestra fe honda y profunda que empapa y envuelve toda nuestra vida, para nunca dudar, para siempre creer, esperar y amar; una fe que nos levanta y nos pone en camino; una fe que nos levanta y nos pone en camino, porque nos hace ponernos en pie ante Dios para decir Sí como María; nos levanta y nos pone en camino porque nos hace abrirnos a Dios, para dejar que Dios actúe en nosotros, para que Dios venga y haga maravillas en nosotros, como lo hizo con María. ‘El Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es Santo’, reconocería y proclamaría María.
Ponernos en camino a la montaña es saber mirar con mirada nueva todo cuanto es nuestra vida y la vida de los que nos rodean; es el sentido nuevo de nuestra vida que descubrimos desde nuestra fe; es el sentido nuevo de los hombres y mujeres que están a mi lado que ya serán para mí para siempre unos hermanos.
Ponernos en camino a la montaña nos levanta y nos compromete, nos hace mirar hacia arriba, nos hace poner altos ideales y sublimes metas en nuestra vida, para que no nos quedemos a ras de tierra. Es la fe que nos hace trascender en nuestra vida. Iremos más allá porque pensamos en la vida eterna que podremos vivir en Dios; vida de dicha, de gloria, de felicidad como ya estamos contemplando en María.
Alegrémonos, gocémonos con María y cantemos con toda la Iglesia la gloria de María. Porque contemplar a María nos hace mirar hacia arriba, aspirar al cielo, nos llena de ansias de eternidad. En el día de la Ascensión del Señor, cuando se aparecieron los ángeles a los discípulos que miraban embelesados cómo Jesús subía al cielo, les dijeron ‘¿Qué hacéis ahí parados mirando al cielo?’; también nosotros ahora en la fiesta de la Asunción de María nos quedamos entusiasmados mirando al cielo. Queremos subir con María; queremos ir tras María, porque sabemos que ella es la primera, la primicia, que participa ya de una gloria a la que nosotros también estamos llamados y que esperamos un día alcanzar.
Hemos pedido hoy en la oración que ‘aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar como ella de su misma gloria en el cielo’. Y pediremos también que ‘nuestros corazones, abrasados en el amor de Dios, vivan siempre orientados hacia Dios’.
Es que María nos enseña a que nuestra vida esté siempre centrada en Dios. Ella no es la luz, es la madre de la Luz, es el faro que nos orienta y no nos perdamos, para que vayamos a donde está la Luz verdadera.
Hoy la celebramos también en nuestra tierra canaria como la Candelaria, la portadora de la luz, porque es la portadora de Cristo a quien lleva en sus brazos, a quien nos está señalando y diciendo que El es la luz verdadera. Por María vayamos hasta Jesús.

viernes, 14 de agosto de 2009

Creemos en un Dios cercano que interviene en el hoy de nuestra vida con su salvación

Josué, 24, 1-13
Sal. 135
Mt. 19, 3-12


Los israelitas han llegado ya a la tierra que el Señor les había prometido, ahora ya conducidos por Josué después de la muerte de Moisés. Antes de asentarse en aquella tierra tan deseada Josué les plantea seriamente a qué Dios van a servir. ¿Al que les ha conducido por el desierto en medio de grandes prodigios y cosas maravillosas para traerles a aquella tierra o a los dioses de aquellos pueblos con los que van a convivir? ‘Yo y mi casa serviremos al Señor’, es la opción por la que se decanta Josué.
Josué les hace un resumen de su historia que es una historia de salvación, que es la historia de la acción de Dios en medio de aquel pueblo. Les recuerda cómo Dios llamó a Abrahán ‘allá al otro lado del río Eufrates y lo conduje por todo el país de Canaán…’ Les recuerda los grandes patriarcas Isaac y Jacob y su marcha a Egipto. ‘Saqué de Egipto a vuestros padres con los portentos que hice’ y los hice atravesar el Mar Rojo. Finalmente les recuerda todas las dificultades pasadas en los largos años del desierto hasta entregarles la tierra en la que se iban ahora aposentar. No es simplemente la historia humana de Israel, sino que es la historia de las intervenciones de Dios con el pueblo al que ha escogido y al que ama.
Viene a ser como una profesión de fe. El judío no trataba de definir a Dios a partir de ideas o de conceptos, como un filósofo pudiera hacerlo. Dios ha dado, es cierto, razón e inteligencia al hombre para que incluso pueda llegar a descubrir la existencia de Dios. Así lo hicieron los filósofos de la antigüedad que incluso en medio de pueblos politeístas que adoraban a muchos dioses sin embargo hablaban de la existencia de un único Dios verdadero, al que desde la razón podían llegar a vislumbrar.
Pero el Dios en el que cree el pueblo judío es el Dios de la revelación. El Dios que se revela en su actuar, porque cuando confiesan su fe en Dios lo que hacen es recordar toda esa acción de Dios en su historia y en su vida. Luego vendrá desde la reflexión la profundización en ese misterio de Dios que así se les ha revelado, pero el Dios a quien confiesan su fe y al que adoran es al Dios que ha estado cerca de su pueblo, ha escuchado el clamor de su pueblo y ha caminado con su pueblo manifestando así su poder, su gloria y su amor.
Es cierto que nosotros hemos de saber dar razón de nuestra fe y para eso Dios nos ha dotado de inteligencia y capacidad de razonar. Pero creemos en ese Dios que se nos revela y que nos descubre el misterio más hondo de sí mismo en su actuar, en su amor y en su cercanía. Creemos en el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que nos ha dado a su Hijo, nos lo ha entregado para por amor darnos vida, alcanzarnos la salvación.
Así como el judío creía en el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, para expresar así el Dios que había intervenido en su historia, nosotros creemos en el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que así nos ha manifestado su amor y también se ha hecho presente junto al hombre – es Emmanuel , Dios con nosotros – para nada menos que regalarnos su vida y su salvación.
También nosotros tenemos que hacer un recuento de nuestra historia personal para descubrir ese actuar de Dios en nuestra vida. En cuántos momentos Dios se nos ha manifestado y se nos ha revelado, nos ha regalado con su amor y ha estado junto a nosotros para liberarnos de todo mal. Nos hace falta esos ojos de fe para descubrirle, pero nos hace falta ese reconocimiento desde nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestro ser. Bueno es, en nuestra oración, hacer muchas veces ese recuento de esas intervenciones de Dios en nuestra vida, para reconocerle y para darle gracias, para que así surja nuestra alabanza más fresca, más viva y con toda nuestra vida.
Es el Dios vivo, el Dios personal, el Dios de amor presente también en nuestro corazón. Es el Dios que merece nuestro reconocimiento, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias y nuestro amor. Es el Dios al que queremos obsequiar toda la ofrenda y obediencia de nuestra fe.

jueves, 13 de agosto de 2009

El que ama tiene capacidad en su corazón para perdonar

Josué, 3, 7-17
Sal. 133
Mt. 18, 21-19, 1


Pedro le sale con una pregunta a Jesús que en el fondo tenemos que reconocer que es una cuestión que de alguna manera nosotros también nos planteamos. ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?’ Es que le he perdonado una y otra vez, tantas veces…
Lo que aquí se nos está planteando es una exigencia del amor. Hemos reflexionado diciéndonos que toda nuestra vida tiene que estar envuelta por el amor, porque es nuestro distintivo y nuestra diferencia. Pues aquí está una exigencia muy concreta del amor. tendríamos que preguntarnos, ¿podemos decir que amamos si no perdonamos? Cuando nos cuesta tanto perdonar, ¿no será porque no amamos lo suficiente?
El que ama de verdad tiene capacidad en su corazón para perdonar. Si amas a alguien de verdad, ¿cómo no lo vas a perdonar? Quizá tendríamos que recordar aquel texto de san Pablo en la Carta a los Corintios (1Cor, 13), que tantas veces hemos leído como muy hermoso, pero que no sé si hemos meditado lo suficiente, o hemos hecho que nuestro amor seriamente esté enmarcado por aquellas características que allí se nos dan.
El amor no tiene límites. El amor es generoso. El amor perdona siempre. Pero nos cuesta comprender la densidad del amor. Un amor que no se queda en palabras bonitas. Un amor que no es sólo para los que me aman. Un amor que es universal, que es para todos; también para los que hayan podido ofenderme.
Lo sabemos pero sin embargo ponemos límites porque nos cuesta la generosidad. Lo sabemos pero nos cuesta perdonar, porque aparecen tantos orgullos y desamores dentro de nosotros. Lo sabemos pero andamos haciendo cálculos de hasta donde podemos llegar.
Para amar de verdad también es importante saber experimentar el amor, el sentirnos amados. Y porque nos sentimos amados, hemos sido perdonados tantas veces. Es quizá lo que le faltó al hombre de la parábola que propone Jesús. Su señor le había perdonado aquella inmensa deuda, y sin embargo el no era capaz de perdonar la mezquindad que le debía el hermano. No se había gozado con el perdón que le habían concedido. No se había dado cuenta de que si le habían perdonado su deuda era como consecuencia del amor. Y a ese amor tendría él que responder también con amor y aprender entonces a perdonar a su vez.
Es que no terminamos de calibrar bien hasta donde llega el amor que Dios nos tiene. Es la lección que tenemos que aprender de la parábola. Y así no estaremos poniendo límites. Pedro, cuando le hizo la pregunta a Jesús se atrevió a aventurar si tenía que llegar hasta siete veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’.
Y es que el que ama no lleva cuentas. El amor no sabe de números ni de límites. El amor siempre es generoso.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos

Deut. 31, 1-8
Sal. Deut. 32
Mt. 18, 1-5.10.12-14


Todo en el cristiano ha de estar conformado por el amor. Lo hemos reflexionado muchas veces y no nos podemos cansar de reflexionarlo. Es nuestro distintivo. Es el mandato de Jesús. Es el sentido de nuestro vivir. Pero no se puede quedar en bonitas palabras. Tiene que reflejarse en nuestras posturas, en nuestras actitudes, en nuestro actuar, en nuestros gestos, en los detalles de la vida de cada día.
El amor nos lleva a buscar siempre el bien, a desear lo bueno y lo mejor, a buscar la manera, ayudándonos mutuamente, a que todos siempre caminemos por las sendas del bien. No es ya sólo preocuparme yo de hacer el bien, sino ayudar para que el que está a mi lado haga también el bien.
Confieso que lo que hoy nos pide Jesús en el evangelio no siempre es fácil de realizar. Confieso que a mi me cuesta y no siempre sé realizarlo. Claro que es algo que tiene que estar impregnado por el amor; tiene que surgir del amor, y realizarse además con mucho amor, con mucha delicadeza, con mucha humildad también.
Nos habla Jesús de la corrección fraterna. Difícil hacerlo y difícil aceptarlo. Difícil para el que tiene que realizar una corrección al hermano, y difícil también para quien es corregido por el hermano. Sólo lo podemos hacer bien si lo hacemos desde el amor, desde la delicadeza, desde el respeto, desde la humildad. Sólo lo aceptaremos también si miramos esa corrección con amor y sabemos ser humildes para reconocer los errores que hayamos cometido. Uno y otro podrán hacerlo y recibirlo bien, si en verdad nos sentimos hermanos que caminamos juntos y nos ayudamos en ese camino.
Porque no podemos ir al otro desde el orgullo o la superioridad de que nosotros somos buenos y perfectos. Tengo que ir con la humildad de que se siente también pecador y también comete errores. Reconociendo que quizá haya una viga en mi ojo, cuando voy a señalarle la mota que puede tener el hermano en su ojo. Por eso esa actitud de humildad. Esa delicadeza y respeto con que me acerco al otro. Y es difícil hacerlo. Difícil pero posible si ponemos suficiente amor en nuestra vida.
Jesús nos da pautas para hacerlo. ‘Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos… si no te hace caso, llama a otro o a otros dos…’ Claro que nosotros muchas veces primero llamamos al otro para comentar lo malo que haya podido hacer el hermano, que ir directamente a él con caridad para corregirlo como a un hermano. Si siguiéramos las pautas de Jesús, qué distintas haríamos las cosas.
Nos habla también hoy Jesús en el texto del evangelio del perdón que Dios nos concede a través de su Iglesia. En cierto modo nos está hablando del Sacramento de la Reconciliación. Precisamente en la antífona del aleluya antes del evangelio se nos habla de cómo Dios nos reconcilió en Cristo y cómo a nosotros se nos ha dado ese ministerio de la reconciliación. Es misión de la Iglesia, que nos trae el perdón de Dios, pero es tarea del cristiano ejercer ese ministerio de reconciliación para que todos siempre nos sintamos hermanos que nos queremos y caminamos juntos por las sendas de la vida.
Y finalmente nos habla del valor de la oración comunitaria. ‘Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Unidos para orar, unidos sintiendo la presencia de Jesús.
Que sintamos de igual manera esa presencia de Jesús a nuestro lado cuando ejercemos ese ministerio de la reconciliación o cuando nos acercamos al hermano con amor y humildad para buscar siempre el bien.

martes, 11 de agosto de 2009

El que acoge a un niño como éste…

Deut. 31, 1-8
Sal. Deut.32
Mt. 18, 1-5.10.12-14


En otra ocasión habían sido los discípulos los que se peleaban por los primeros puestos, por quién iba a ser el más importante. Por el camino habían ido discutiendo y al llegar a casa Jesús les había preguntaba de qué discutían, pero ellos avergonzados se callaron por iban discutiendo sobre quién iba a ser el primero entre ellos. Y cuando los hermanos Zebedeos quisieron estar uno a la derecha y otro a la izquierda en su Reino valiéndose de la posible influencia familiar de la madre, los otros se habían puesto a ronronear por allá envidiosos de las pretensiones de los dos hermanos.
Ahora fueron los mismos discípulos los que vinieron a hacerla la pregunta a Jesús. ‘Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’
Entonces les había dicho que no podían ser como los poderosos de este mundo que lo que querían eran mandar e imponerse sobre los demás, sino que habían de ser los últimos, ser serviciales con todos. ‘El que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos’, les había dicho.
Ahora la respuesta fue poner a un niño en medio de ellos. Lo había hecho también en alguna de aquellas ocasiones. ‘El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos’.
Hacerse como un niño; hacerse pequeño; tener la inocencia y la candidez de un niño; ser una persona disponible y servicial como lo sabe hacer un niño. Sin malicias, sin apetencias de cosas grandes, sin resentimientos hacia los demás, sin doblez de corazón. Los niños saben estar siempre los unos con los otros en sus juegos, no pierden la sonrisa ni la alegría del corazón.
Hacerse como niños y acoger a los niños. ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’. Acoger al pequeño y al humilde; acoger y aceptar al que nadie quiere y se menosprecia, acoger al que nos parece insignificante y que nada vale; acoger al que no cuenta, y al que pasa desapercibido; acoger a todos sin diferencia ni distinción.
Cuando nos vamos haciendo mayores cuánta malicia vamos dejando entrar en el corazón; cuantos sueños y apetencias de grandezas, de relumbrones, de figurar para que me tengan en cuenta; cuánta soberbia se nos va metiendo en la vida. Cuando nos vamos haciendo mayores, nos creemos tan grandes e importantes que nos permitimos hacer distinciones, discriminaciones: éste me gusta y este no; aquel me cae bien y este otro no lo soporto; aquel me dijeron que era no sé qué y este no es de los míos, de mis amigos o de los de mi tierra.
Y nos dejamos llevar por prejuicios, e influimos en los demás con nuestros comentarios no siempre buenos y si muchas veces para resaltar defectos o lo que nos parece a nosotros que son cosas malas. Cuánto daño nos hacemos los unos a los otros con nuestros comentarios y nuestros prejuicios. Y ya miramos al otro con un determinado color de cristal y nos costará aceptarlo porque siempre para mí será eso que me dijeron o que yo me imaginé.
Jesús nos pide un estilo nuevo para los que vamos a pertenecer a su Reino. Por eso nos dice que nos hagamos como niños y que acojamos a los niños. Es una mirada nueva la que he de tener hacia el hermano, una actitud nueva en mi corazón, pero también en mis actitudes y en los gestos externos que tenga en mi relación con los demás,
¿Quién será el más importante en el Reino de los Cielos? Hagámosle caso a Jesús, pongamos esas actitudes nuevas en nuestro corazón, y comencemos a relacionarnos de una forma nueva y distinta.

lunes, 10 de agosto de 2009

Un corazón generoso y desprendido por amor

San Lorenzo mártir
2Cor. 9, 6-10
Sal. 111
Jn. 122. 24-26


No hay cosa más hermosa que un corazón generoso y desprendido. Es el primer pensamiento que se me ocurre al escuchar el texto que se nos ofrece hoy de la carta a los Corintios.
Hay quienes hacen las cosas simplemente por cumplimiento, porque hay que hacerlas. Tenemos que ser buenos y hacemos cosas buenas, pero que no me pidan demasiado, que yo ya le ayudé a esa persona, que yo ya he hecho muchas cosas… y así razonamos muchas veces de forma mezquina, aunque hagamos cosas buenas. Es que pareciera que hacemos las cosas por obligación. Y quien actúa así no será generoso nunca, sino que siempre estará poniendo o buscando límites o medidas.
El que tiene un corazón generoso nunca pondrá límites, sino que siempre está disponible para lo más. No mirará si gana o pierde con lo que hace, sino que su preocupación será hacer lo bueno, hacer el bien. Porque ésa es una tentación, medir, mirar lo que pierdo o lo que gano cuando hago algo por los demás.
Hoy nos dice san Pablo: ‘El que da de buena gana, lo ama Dios’. y en generosidad siempre nos gana Dios. Así nos dice a continuación: ‘El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer, os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia’. No habla de cosechas con miras humanas. Nos habla de la cosecha de la justicia, de la caridad, del amor. Porque así se desborda el amor de Dios en nosotros.
Podemos conectar con lo que nos dice el Evangelio. ‘El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’. Aunque queramos ser buenos, siempre aflora la tentación del egoísmo y de mirar por nosotros mismos. No queremos perder. Pero Jesús nos está diciendo el que pierde, ganará. Son las maravillas del evangelio que pueden parecernos contradictorias, pero que son de gran sabiduría, la Sabiduría de Dios.
No nos importe ser el grano de trigo que se entierra para que pueda germinar y dar fruto. Si queremos guardar el grano y no perderlo, porque queremos conservarlo bonito a nuestro lado, ese grano nunca dará fruto; más bien con el paso del tiempo se consumirá y ya no nos servirá para nada. ‘Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Ha de enterrarse y perderse allá dentro de la tierra para produzca la nueva planta de la que brotará la generosa espiga, que ya no será un solo grano sino que serán muchos granos, será mucho fruto. Así con nuestra vida. ‘El que siempre tacañamente, tacañamente cosechará; y el que siembra generosamente, generosamente cosechará’.
Estamos haciéndonos esta reflexión a partir de los textos que la liturgia nos propone en este día de san Lorenzo. Se consumió en el fuego del amor.
Cuando hablamos de san Lorenzo pronto nos viene la imagen de la parrilla sobre la que fue quemado vivo. Pero si llegó a este grado de martirio, no fue cosa de un momento, sino de algo que había ido preparándose en su corazón. Era un corazón caldeado por el amor, encendido en el fuego del amor divino. San Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma, servidor. Su función era el servicio en la administración de los bienes de la Iglesia a favor de los pobres.
Cuando el emperador romano le pide que le traiga las riquezas de la Iglesia, la tradición nos habla de que llevó a los pobres de la comunidad y de Roma y los puso delante del emperador. ‘Estos son la riqueza de la Iglesia’. Aquellos pobres a quienes eran destinados los bienes que la comunidad compartía y que tan generosamente administraba san Lorenzo. Ahí en el fuego del amor de Dios a los demás había ido caldeando su corazón, consumiéndose de amor por Cristo, en el que el martirio no fue sino el momento culminante de aquella ofrenda viva de amor que él había hecho al Señor. Fue el sacrificio y la víctima de suave olor presentada al Señor, como nos decía ayer la carta a los Efesios.
¡Qué hermosa lección para nuestra vida! Que llenemos nuestro corazón de amor y generosidad, así estaremos siempre disponibles para más amar.

domingo, 9 de agosto de 2009

Yo le resucitaré en el último día


1Rey. 19, 4-8;

Sal. 33;

Ef. 4, 30-5, 2;

Jn. 6, 41-52



¿Queremos morir o queremos vivir? Una angustia permanente del hombre de todos los tiempos es la muerte. No nos queremos morir ni queremos que se nos mueran los seres queridos. ¿Cómo reaccionamos nosotros? ¿Cómo reacciona la gente de nuestro entorno ante el hecho de la muerte? Hay quien tiene una reacción fatalista y estoica, como hay quien se desespera, pero unos y otros pueden terminar viviendo en la práctica una negación de la trascendencia y de la posibilidad de una vida más allá de la muerte corporal, y hasta una negación de la vida eterna. Aunque nos parezca que lo tenemos claro, muchos a nuestro alrededor no lo tienen tan claro.
Y Jesús hoy nos habla de resurrección, de no morir o de vivir para siempre. Pero para ello nos habla de creer en El, nos exige creer en El, porque el que cree en El, nos dice, tiene vida eterna. ¿Cómo entender todo esto? ¿Qué tiene que ver esta vida que nos ofrece Jesús con esas ansias de vida que tenemos nosotros que no queremos morir?
Veámoslo. Hemos visto en el evangelio que los judíos le critican porque les dice que El ha bajado del cielo. Ellos le conocen, saben que es de Nazaret, conocen a su familia, saben que es el hijo del carpintero. ¿cómo es que les dice ahora que El ha bajado del cielo?
Jesús les responde hablándoles de ir a El, pero les dice ‘Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que le ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día’. Hay que ir a Jesús para creer en El y ser por El resucitados y llenos de vida eterna. No es cuestión de nuestro voluntarismo, simplemente de que nosotros queramos o no.
Es cuestión de gracia Dios que nos atrae y a la que nosotros hemos de dar respuesta. Escuchar al Padre en nuestro corazón para llegar hasta Jesús; como en otra ocasión que nos dirá que es necesario escucharle y conocer a Jesús para conocer al Padre, e ir hasta el Padre. ‘Todo el que escucha lo que dice el Padre, viene a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios. Ese ha visto al Padre’. Cuestión de gracia, de sentirlo en nuestro interior, de dejarnos conducir por El. Cuestión de fe. Porque ‘el que cree tiene vida eterna’.
Decíamos al principio que queremos vivir, no queremos morir, pero quizá no tenemos trascendencia en la vida y no creemos en la vida eterna. Prueba de ello es la manera cómo se vive la vida. Vivimos pensando sólo en el momento presente. Algunos dicen, y no sé si lo dirán con seriedad, que nadie ha venido para contarnos del más allá. Si lo que queremos es palpar con nuestras manos para poder estar convencidos, lo tenemos difícil, pero diríamos que no sólo en esta cuestión de la vida eterna, sino en todo lo que sea creer o aceptar lo que otro nos dice. Algunos pretenden ponerlo en duda todo. ¿Cómo no van a poner en duda también la vida eterna de la que nos habla Jesús? Es cuestión de fe y cuestión de creer en Jesús.
Fe que no es una quimera o un sueño. El que tiene fe de verdad tiene de hecho una experiencia interior tan profunda o más que todas las otras razones que puedan darnos en la vida para otro tipo de cosas. Si te abres a la fe de verdad y te dejas conducir por Dios vas a tener una experiencia de Dios muy profunda en la vida. Ahí encontraremos todas las razones, todas las motivaciones para esa fe. Encontraremos la fuerza para creer y para vivir.
La primera lectura nos ha hablado en parte de esa experiencia de Dios que tuvo el profeta Elías. ¿Dudas en su interior? ¿cansancio en sus luchas? ¿angustia interior por lo difícil que le resultaba el cumplimiento de su misión? Por todo eso y mucho más estaba pasando el profeta. Quería morirse. ‘Caminó por el desierto una jornada de camino y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte diciendo: Basta ya, Señor, quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres…’
Allí estaba el primer paso de esa experiencia de Dios, porque realmente él no había dejado de creer. El ángel de Dios, el pan, la jarra de agua a su lado… escuchamos en el texto. ‘Levánte y come…’ le dice el ángel por dos veces, ‘que el camino es superior a tus fuerzas… Y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios’. Allí se completaría la experiencia de Dios que le hizo volver para terminar de cumplir su misión profética.
Un pan de Dios que le dio fuerza, que le dio vida. Como pan de Dios era el maná que Dios dio a los israelitas en el desierto para llegar a la tierra prometida. Pero con aquel maná murieron los israelitas. Ahora Cristo promete un pan que el que lo coma no morirá, vivirá para siempre. ‘Este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera… yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre’.
Ya nos lo había dicho: ‘El que viene a mi… yo lo resucitaré el último día… el que come de este pan tiene vida eterna…’ Ya Jesús nos está diciendo nuevas cosas en esta progresión del discurso del Pan de vida. Creer en El – como escuchamos el domingo pasado -, comerle porque es el Pan de vida. Su carne es el pan de vida que El nos da para la vida del mundo. Pero ya sabemos cómo tenemos que alimentarnos de El. Es nuestro alimento. Comiéndole a El tendremos vida.
El camino es superior a nuestras fuerzas. Cuánto tenemos que hacer, o de cuánto tenemos que despojarnos. Recordemos brevemente lo que nos decía la carta a los Efesios. Nos señala cuál es el verdadero vivir, cuál es la verdadera vida. Marcados por el Espíritu del Señor lejos de nosotros las amarguras, la ira, los enfados e insultos, toda maldad. Eso es muerte. Tenemos que revestirnos de bondad, de comprensión, siendo capaces de perdonarnos siempre unos a otros. ‘Como Dios os perdonó en Cristo… vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y todo eso lo podemos hacer si nos llenamos de Cristo, si nos alimentamos con ese Pan de Vida que Cristo nos da, que es El mismo. Así tendremos vida y vida para siempre.

sábado, 8 de agosto de 2009

Cuidado, no te olvides del Señor que te sacó de Egipto

Deut. 6, 4-13
Sal. 17
Mt. 17, 14-19


Cómo nos acordamos de Dios, le suplicamos, le rogamos, le prometemos no sé cuantas cosas cuando tenemos problemas, cuando las cosas nos van mal o no salen como nosotros quisiéramos, cuando nos aparece la enfermedad. Como se suele decir, nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Pero qué pronto olvidamos todas esas súplicas y promesas, qué pronto prescindimos de Dios cuando las cosas nos van bien, nos llega la prosperidad y el bienestar. Eso lo estamos viendo cada día en nosotros y en la sociedad que nos rodea. Las sociedades en las que se llega una situación de bienestar vemos cómo lo religioso se deja a un lado, la gente se vuelve indiferente en lo religioso y cada uno va a vivir su vida cómo puede o como quiere.
De todo eso quería prevenir Moisés al pueblo de Israel para cuando llegasen a la prosperidad de la tierra prometida. Se los dice claramente. ‘Cuando el Señor, tu dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres, que te había de dar, con ciudades grandes y ricas… casas rebosantes de riquezas… viñas y olivares... cuidado, no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud…’
Les dice que tienen que recordarlo siempre, no lo pueden olvidar. Por eso como quien pone una señal allí donde la vea para no olvidar lo que tiene que hacer, emplea unas imágenes de cómo ha de ser ese recuerdo. Muchas veces nosotros buscamos la manera de no olvidar algo, y pones una marca en algún lugar, utilizamos algún truco en las cosas que tenemos a mano. Pero no es la señal lo importante sino aquello que tenemos que recordar.
Moisés les dice. ‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas entrando en casa y yendo de camino, acostado y levantado, las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Se tomaron muy al pie de la letra estas palabras.
Todos hemos visto las imágenes de judíos ultraortodoxos, con sus vestiduras y sombreros negros, con unas cintas que cuelgan de los tirabuzones de sus cabellos… Es el querer tener presente al pie de la letra estas palabras del Deuteronomio. Bien sabemos cómo Jesús les echa en cara a los fariseos que alargan las filacterias o las franjas de sus mantos. Es que ahí copiaban este texto del Deuteronomio para no olvidarlo y aún hoy podemos ver en las puertas de las casas de los judíos más cumplidores esas señales en sus puertas donde escriben estas palabras de la ley. Pero, como decíamos, lo importante no son las señales sino el recuerdo hecho vida de la Palabra del Señor.
‘Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,, con toda el alma, con todas las fuerzas’. Recordamos cómo en el evangelio los letrados que querían poner a prueba a Jesús le preguntaban por el primer y principal mandamiento y el Señor les respondía con estas palabras. ‘¿Qué lees en la ley?’ Era algo que todo judío se sabía de memoria y repetía muchas veces al día. Algo que hay que recordar bien, pues el monoteísmo es algo fundamental para el judío como para nosotros, algo que lo identificaba frente a los pueblos vecinos idólatras y politeístas. Moisés se los recuerda bien,
Y a ese Dios único hay que amar sobre todas las cosas como nosotros resumimos en los mandamientos. Porque Dios es el único Señor, el único que se merece todo nuestro amor. El único al que tenemos que adorar. El único que es el centro de nuestra vida.
Es también nuestra fe y lo que tiene que ser nuestro amor y nuestra vida. Algo que tampoco nosotros podemos olvidar. Algo que tenemos que repetir pero en la práctica de nuestra vida y es lo que tenemos que enseñar a los demás no sólo con nuestras palabras sino con muchos signos de que toda nuestra vida es para el Señor. No serán recuerdos ni signos meramente externos, pero también externamente, públicamente tenemos que manifestarlo. Algo que vivimos no sólo en los momentos en que nos vemos con problemas, sino en todo momento de nuestra vida, cuidando que el bienestar y la prosperidad nunca nos alejen de Dios. Cuidado, no te olvides del Señor que te ha amado y te ha salvado.

viernes, 7 de agosto de 2009

Recordemos las proezas del Señor presente en mi vida y en mi historia

Deut. 4, 32-40
Sal. 76
Mt. 16, 24-28


Dentro de la lectura continuada que venimos haciendo hoy hemos comenzado a leer el Deuteronomio, el quinto libro del Pentateuco. Este libro es algo así como si fueran unas reflexiones, en la forma de discursos, que Moisés le hace al pueblo para ayudarles a mantenerse fieles al Señor ahora que se van a establecer ya en la tierra prometida y no olviden las acciones del Señor.
‘Recuerdo las proezas del Señor’, decimos con el salmo, ‘sus antiguos portentos, medito todas sus obras y considero sus hazañas’. Les invita a ser fieles. ‘Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios…’ Algo a lo que quiere prevenirlos Moisés porque atraviesan pueblos y van a vivir en medio de ellos que son idólatras, para evitar que se dejen arrastrar por esos pueblos. Y les invita: ‘guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos…’
Son hermosas las consideraciones que se hace. ‘¿Hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿se oyó cosa semejante? ¿hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego…?’ Les recuerda cuánto ha hecho el Señor por ellos, que les sacó de Egipto, les hizo atravesar el mar Rojo, y ahora los conduce por el desierto en medio de prodigios maravillosos hasta la tierra prometida.
No es el Dios lejano que se contempla allá en los cielos en medio de la majestad de su gloria. Aunque se manifiesta en la grandiosidad de las tormentas en el Sinaí, sin embargo es el Dios que se acerca al hombre, que interviene y se hace presente en la historia del hombre y del pueblo, de su pueblo. La fe de Israel en Yavé es la fe en el Dios que interviene en su historia. Por eso Moisés les dice que no hay pueblo que tenga un Dios como el que ellos tienen y les invita a la fidelidad.
Pero pensemos en nosotros. Miremos nuestra fe en el Señor. Porque si Moisés puede decir todo eso de Dios, cuánto podemos decir nosotros que nos sentimos tan amados de Dios que nos ha enviado a su propio Hijo para nuestra salvación.
Cuánto podemos decir nosotros creemos en un Dios que se hace Emmanuel, Dios con nosotros, y también interviene en nuestra historia, se hace presente en nuestra vida, podemos sentirlo allá en lo más hondo de nuestro corazón.
Cuánto nos ama Dios que en su Hijo Jesús muere por nosotros, da su vida por nosotros como la más grande prueba de amor, derrama su sangre para darnos el perdón de nuestros pecados y llenarnos de nueva vida.
Igualmente nosotros nos sentimos invitados a mantener nuestra fidelidad al amor de Dios cumpliendo sus mandamientos, siguiendo su camino de amor. Así tenemos que hace que sea el centro de nuestra vida, nuestro sentido y nuestra esperanza.
La frase que hemos escuchado hoy en el evangelio en este mismo sentido tendría que hacernos pensar. ‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?’ Un interrogante que nos plantea Jesús que ha hecho cambiar muchas vidas, que ha sido el inicio de una vida de santos para tantos. Podemos tener riquezas, poderes, grandezas humanas, incluso, salud que es lo que tanto pedimos al Señor, pero si al final se malogra nuestra vida, no alcanzamos la salvación eterna, ¿de qué nos ha servido?
Que ninguna de esas cosas me lleven a la condenación. Que todo me sirva para alcanzar la salvación eterna. Que si tengo que dejarlo todo por alcanzar la salvación sea capaz de hacerlo porque así me sienta amado por el Señor que lo único que me importe es vivir en su amor, vivir su vida. Recordemos las maravillas que hace el Señor, sus proezas, sus hazañas y eso me impulse cada vez más a la fidelidad y al amor.

jueves, 6 de agosto de 2009

Cristo transfigurado nos transfigura a nosotros con los resplandores de su gloria


2Ped. 1, 16-19
Sal. 96
Mc. 9, 1-9



Los evangelistas nos narran con muchos detalles la transfiguración de Jesús en la montaña alta que nosotros reconocemos por el Tabor en medio de las llanuras de Galilea.
El resplandor de las vestiduras ‘de un blanco tan deslumbrador como no puede dejarlos ningún batanero del mundo’, nos dice Marcos.
Los tres sinópticos nos hablan de los dos personajes, Moisés y Elías que hablan con El; sólo Lucas nos dirá que ‘hablaban de la muerte que iba a consumar en Jerusalén’.
Tanto Marcos como Mateo nos señalan la prohibición de que de que ‘no cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos’, aunque ello no lo entendían. Como vemos todo el misterio de la Transfiguración de Jesús en el Tabor está referenciado a la Pascua, a su muerte y a su resurrección. Es allí donde todos podremos contemplar ya a Jesús como el Señor, lleno de la gloria de Dios.
Los tres nos refieren la voz venida del cielo: ‘este es mi Hijo amado, el escogido, mi predilecto: escuchadle’.
Pedro nos explicará que han sido ‘testigos oculares de su grandeza’; y nos dirá más aún que ‘esta voz traída del cielo la oímos nosotros, estando con El en la montaña sagrada’.
¿Qué significado tiene la transfiguración de Jesús? Manifestar su gloria, fortalecer y alentar la fe y la esperanza de los discípulos y de la Iglesia. No es sólo la gloria del Señor lo que se manifiesta cuando ‘les da a conocer en su cuerpo, en todo semejante al nuestro, el resplandor de su divinidad’. Si ése es el resplandor y la gloria de la Cabeza, todo el Cuerpo está llamado a la misma gloria y resplandor. Se está expresando con estas palabras en el prefacio todo lo que es el misterio del Cuerpo Místico de Cristo. Unidos a Cristo, con Cristo resplandeceremos. Todo el Cuerpo de Cristo va a resplandecer con el resplandor y la gloria de Cristo. Es nuestra esperanza. Es nuestra confianza,
Revela en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya’. Así nos lo explica el prefacio. Es el resplandor de la Iglesia, nuestro propio resplandor y santidad.
Es una prefiguración maravillosa de nuestra perfecta adopción como hijos. ‘Este es mi Hijo amado, predilecto, escogido’, le dice el Padre a Jesús en lo alto del Tabor, pero para que nosotros lo escuchemos.
Tu eres mi hijo amado, yo te he escogido, te he llamado, nos dirá a nosotros también. Cristo Jesús ha muerto por ti, te ha lavado con su sangre, te ha llenado de vida nueva, te ha dado su Espíritu para que seas hijo por adopción. Sólo Jesús, el Hijo de Dios, lo es por naturaleza. Pero Dios quiere llamarnos sus hijos. Como dirá san Juan en su primera carta, no sólo nos llama sino que lo somos en verdad.
Con los resplandores de tu luz límpianos de la mancha de nuestros pecados, le pediremos a Jesús. Nosotros tenemos también que resplandecer. Muchas son las manchas de nuestros pecados que nos han quitado ese resplandor. Por eso le pedimos que nos purifique, que nos llene de los resplandores de su luz. Que nos alimentemos de Cristo, Pan de vida que da vida al mundo, para que así nos transformemos a imagen de Jesús. Comiéndole a El en la Eucaristía de tal modo asimilaremos su vida en nosotros que viviremos una nueva vida, que no es nuestra vida sino la de El.

miércoles, 5 de agosto de 2009

María, templo y morada de Dios, imagen de lo que nosotros hemos de ser


Apoc. 21, 1-7
Sal. Jud.
Lc. 11, 27-28



Este día 5 de agosto es una fiesta de la Virgen que se celebra bajo diversas advocaciones, según sean los pueblos. Por ejemplo en nuestra tierra canaria es habitual celebrar en este día a la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, como se celebra en la isla de la Palma y en otros muchos lugares. Pero litúrgicamente es la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor. Una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma y que fue el primer templo dedicado a la Virgen María en occidente después del concilio de Éfeso que la proclamó como la Madre de Dios.
Esta dedicación de un templo a María centrar nuestra reflexión de hoy. Un templo a María, pero, tenemos que decir, un templo para Dios. Un templo cristiano es un lugar de culto a Dios; un lugar que por su especial dedicación o consagración se convierte para nosotros en un lugar de la presencia de Dios. Es cierto que Dios en su inmensidad lo llena todo y en todas partes nos sentimos en la presencia de Dios. Sin embargo, el templo cristiano se convierte para nosotros en un signo especial de su presencia, un signo y un lugar de encuentro con Dios. Como lugar sagrado y con ese significado especial al que hacemos mención nos facilita el que sea lugar para la oración y para la escucha de Dios, la escucha de su Palabra, ya sea en nuestra oración personal o en la celebración comunitaria.
Hoy en el Apocalipsis hemos escuchado un texto que en su primer significado nos está hablando de la Iglesia. ‘Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente… Esta es la morada de Dios con los hombres; acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos…’
Pero la liturgia de la Iglesia cuando nos propone este texto en las fiestas de María de alguna manera nos está señalando también una referencia a la Virgen en estas palabras. Así utilizan este texto en referencia a Maria los comentarios de los santos padres, de los teólogos y del magisterio de la Iglesia. María, podemos decir, morada de Dios, templo de Dios, signo y lugar de la presencia de Dios. A través de ella quiso Dios venir a nosotros hecho hombre, porque en sus entrañas por obra del Espíritu Santo se encarnó el Hijo de Dios para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Así María nos lleva a Dios.
Pero también podríamos decir que este texto del Apocalipsis habla de nosotros. Somos también templo del Espíritu Santo, morada de Dios, desde nuestra consagración bautismal. Podríamos recordar aquel lugar donde Jesús nos habla de que si le amamos y guardamos sus mandamientos el Padre y El vendrían y harían morada en nosotros, como más de una vez hemos reflexionado.
Y es aquí donde de María tenemos que aprender a ser esa morada de Dios. María, templo y morada de Dios porque acogía la Palabra de Dios que se hacía presente en su vida. Así la vemos en ese momento de la anunciación cómo acoge ella al ángel, mensajero divino, que le trasmite la Palabra de Dios, lo que Dios quería para ella y de ella. María abre su corazón a las palabras del ángel, acoge así la Palabra de Dios. Y de tal manera acoge la Palabra de Dios, que el mismo Verbo de Dios se hace carne en ella, se encarna en sus entrañas para hacerse hombre. Viviendo la Palabra de Dios, Dios habita en ella, porque por obra del Espíritu Santo de ella va a nacer el Hijo de Dios hecho hombre.
Es la alabanza de María que hoy escuchamos en el Evangelio. ‘Mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz diciendo: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron..,’ Es la alabanza y la bendición a la madre que surge espontánea del pueblo al escuchar la Palabra de Jesús. Pero Jesús quiere decirnos que hay una dicha más grande en María y en nosotros. ‘Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Una alabanza a María, pero que tiene que ser también una alabanza a nosotros si de esa manera acogemos la Palabra de Dios en nuestra vida.
Como María así tenemos nosotros que acoger la Palabra de Dios, para que Dios habite también en nosotros y seamos en verdad ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de los hombres. Así nosotros podemos y tenemos que convertirnos también en signos de la presencia de Dios en medio del mundo para los demás. La santidad de nuestra vida, la santidad con que nosotros vivamos esa nuestra condición de templos de Dios, ha de ser señal para los demás que les hable de su encuentro con Dios. Exigencia de santidad para nuestra vida. Grandeza también de nuestra vida porque podemos convertirnos en signos de esa presencia de Dios para los demás. Es lo que tenemos que aprender de María, copiar en nosotros de María, plantar la Palabra de Dios en nosotros como lo hizo María.

martes, 4 de agosto de 2009

¿Por qué dudamos? Seamos firmes en nuestra fe

Núm. 12, 1-13
Sal. 50
Mt. 14, 22-36


‘¡Ábimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Cuánto necesitamos muchas veces escuchar estas palabras de Jesús. Un apretón de manos, una mano sobre el hombro, una sonrisa reconfortante, una palabra de estímulo lo necesitamos con bastante frecuencia. Podemos sentir cansancio; pueden desanimarnos muchas cosas; la travesía de la vida se nos puede hacer costosa; puede parecernos que andamos solos; la fe se nos puede enfriar o decaer, y ese aliento es muy necesario en la vida.
Seguían titubeantes y con muchos miedos. A pesar de la hermosa experiencia vivida con el signo de la multiplicación de los panes, ahora se encuentran solos en medio del lago, luchando contra el viento y el oleaje. Y para colmo les parece ver fantasmas. Por eso tienen miedo, están llenos de dudas, se atreverán incluso a pedir pruebas de que en verdad es Jesús quien camina hacia ellos sobre las aguas del lago.
‘Jesús apresuró a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no fue con ellos. Se quedó para despedir a la gente. ‘Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar’. Esto ellos no lo sabían y allí están en medio de lago en su lucha con los elementos.
Jesús les invita a no tener miedo pero no lo tienen claro. ‘Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Jesús le dijo: Ven…’ Y Pedro lo intentó pero seguía dudando. Por eso a la menor complicación se hundía. ‘Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse…’
Qué fácil nos hundimos cuando tenemos miedo. Lo vemos todo negro. Algunas veces pareciera que preferimos las negruras. No sabemos ver un rayo de luz. Se nos cae la esperanza y la confianza. Nos gustaría que las cosas fueran de otra manera, que todo nos saliera bien y no tuviéramos ningún tropiezo. Pero las cosas no salen siempre bien y los tropiezos aparecen por nuestros errores, nuestras dudas o también la oposición o la malicia de los demás. Pero tenemos que saber encontrar la luz.
Que no nos hundamos, Señor. ‘Sálvame’, fue el grito de Pedro y es tantas veces nuestro grito. ¿O acaso algunas veces ni siquiera somos capaces de gritar pidiendo auxilio porque lo vemos todo tan negro que pensamos que las cosas no tienen solución o nadie nos puede salvar?
Jesús tendió mano hasta Pedro para levantarlo y sacarlo a flote, ‘¡Qué poca fe! ¿por qué has dudado?’ ¿Por qué dudamos? ¿No sabemos que ahí está el Señor y El nunca nos abandona?
‘Realmente eres Hijo de Dios’, fue la exclamación y la profesión de fe que terminaron haciendo cuando vieron que todo volvía a la calma. Que seamos capaces de hacer esa afirmación siempre, porque no nos entre la duda, porque no se nos enfríe la fe. Es el Señor. Es Jesús, el Hijo de Dios que está con nosotros, que camina con nosotros.
Que crezca cada día mas mi fe. ‘Auméntame la fe’, le pedimos como aquel hombre del evangelio. Que aunque siente la tentación de la duda, me aferre siempre a mi fe, me aferre siempre a Jesús que nos está tendiendo su mano, que nos está diciendo que no perdamos la fe, que nos está dando confianza diciéndonos una y otra vez que El está ahí.

lunes, 3 de agosto de 2009

Un pueblo rebelde pero un pueblo creyente que pone toda su confianza en el Señor

Núm, 11, 4-15
Sal. 80
Mt. 14, 13-21


Durante varios días vamos a estar escuchando el libro de los Números, de los cinco libros del Pentateuco, con lo que iremos completando el acercamiento a los libros de la Ley del Antiguo Testamento. Este libro sigue narrándonos principalmente las incidencias del recorrido del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra de promisión.
Largo y duro recorrido el que realiza el pueblo de Israel. Largo porque se prolongará durante cuarenta años y duro no sólo por lo que significaba caminar por el desierto con unas condiciones bien inhóspitas, sino también por el proceso que como pueblo iban realizando. Podemos decir que fue un tiempo de prueba que les iba a purificar y les iba a hacer tomar conciencia de su condición de pueblo unido y peregrino. Lo que había de llegar no podían ser simplemente unos clanes familiares sino un pueblo bien unido y conjuntado, y un pueblo creyente que ponía su confianza en el Señor y por El se dejaba conducir. Llegar a ello era una tarea inmensa.
Una cosa que nos presenta el texto sagrado son precisamente esos momentos de duda, de rebelión interior, de cansancio en ese largo camino. Ya en las reflexiones que nos hemos ido haciendo ha ido apareciendo esa situación que vivía el pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto. Esas tentaciones a la añoranza de los tiempos pasados es algo que va apareciendo. De ello nos ha hablado hoy el texto. ‘Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto, y de los pepinos y los melones y puerros y cebollas y ajos…’
Esa situación que vive el pueblo le afecta a Moisés que tiene que dirigir y guiar a ese pueblo. Se siente cansado por las rebeliones y las infidelidades. Pero Moisés es un hombre de fe, que quiere poner toda su confianza en el Señor. ‘Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas… ¿He concebido yo a todo este pueblo o le he dado a luz, para que me digas: coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí a sus padres?...’ Pero aún así quiere seguir con la misión que el Señor le confió y le pide fuerzas.
Cuando escuchamos estos textos no es sólo por entretenernos con viejas historias que pudiera parecer que nada tienen que ver con nosotros. Primero son la historia del pueblo de Dios, del que nosotros somos herederos porque en él nació Jesús, nuestro Salvador. Pero además porque hemos de saber leer en esas historias nuestra propia historia y nuestra propia situación.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana nosotros podemos vernos en situaciones parecidas. También surge el cansancio en nuestra lucha por la superación, muchas veces nos vemos arrastrados por la tentación que nos lleva a la rebelión y a la infidelidad al Señor, nos gustaría que las cosas fueran de otra manera y nos cuesta aceptar y enfrentarnos a los caminos que tenemos que recorrer. Pero ahí tiene que aparecer nuestra actitud creyente como vemos en Moisés para confiarnos al Señor y para fiarnos de Dios y sus caminos.
Igual que Israel en el desierto apetecía las cebollas y los puerros que comían en Egipto en los tiempos de la esclavitud, como hemos reflexionado ya en alguna ocasión, nos sentimos tentados a volver a la vida anterior, a la vida del pecado que nos esclaviza, pero que en nuestros sueños tentadores nos pueden parecer mayor libertad. Es donde tenemos que pedir la fuerza del Señor, su gracia, su luz que nos ilumine para descubrir sus caminos y no volvernos por las sendas tortuosas de la muerte y del pecado.
No nos podemos sentir solos ni desamparados porque tenemos siempre la presencia del Señor. No podemos decir como Moisés ‘¿de dónde sacaré pan para repartir a este pueblo y que coma?’, porque en el evangelio hemos contemplado como Jesús da de comer a la multitud en el desierto con solo cinco panes y dos peces. No comentamos ahora este evangelio que nos propone la liturgia hoy, porque en estos días repetidamente lo hemos escuchado y comentado y lo seguiremos haciendo, pero sí ver cómo el Señor no nos deja ni nos abandona, sino que siempre nos dará el alimento mejor que necesitamos que es El mismo, verdadero Pan de vida.

domingo, 2 de agosto de 2009

¿Por qué buscamos a Jesús? Es el Pan de vida que nos sacia en plenitud


¿Ex. 16, 2-4.12-15;

Sal. 77;

Ef. 4, 17.20-24;

Jn. 6, 24-35


Escuchamos el domingo pasado que ‘seguía mucha gente a Jesús por veían los signos que hacía con los enfermos’. Al final, ‘al ver el signo que Jesús había hecho – la multiplicación de los panes – se decían: Este el es profeta que tenía que venir al mundo’. Pero Jesús se retiró a la montaña él solo. A la mañana siguiente ‘cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’.
¿Por qué buscan a Jesús? ¿por qué buscamos a Jesús? Nos preguntamos al mismo tiempo. Jesús les echa en cara que no han sabido leer los signos. ¿era sólo porque habían comido pan hasta saciarse? ¿Habían comprendido que significaba aquel signo? Por los signos que veían se iban tras Jesús. Y El ahora quiere que se aclaren en su toma de postura y no se confundan las cosas. ¿Nos confundiremos nosotros también? ¿Buscamos milagros pero no signos? ¿Buscamos que Dios nos solucione nuestras carencias, nuestros problemas, nuestras necesidades, cure nuestras enfermedades y dolencias o vamos más allá? ¿También tenemos dudas en nuestro interior sobre qué es lo que buscamos realmente cuando venimos hasta Jesús?
Creo que en verdad nos está planteando Jesús cosas bastante serias. Porque si somos capaces de ver todas las señales de amor que Dios nos va poniendo en el camino de nuestra vida, nuestra fe en El tendría que crecer y manifestarse de otra manera.
‘Trabajad no por el alimento que perece sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. El tema del alimento que perece o que perdura es una buena imagen para pensar, ¿Cuáles son nuestros afanes y preocupaciones? ¿Cosas que nos satisfagan al momento? ¿En qué pone la gente la dicha y la felicidad?
Hay expresiones que se usan en la vida corriente que están manifestando por una parte el materialismo en que vivimos, o esa pérdida de trascendencia para no pensar sino en el momento presente. Total, dicen algunos, de esta vida uno no se va a llevar nada sino lo que coma o lo que disfruta aquí y ahora. ¿Comer y disfrutar porque no hay nada más? ¿El alimento que perece? ¿No hay un alimento que perdura, algo que nos trascienda hacia la vida eterna?
Jesús quiere que vayamos más allá en nuestra vida de esas satisfacciones temporales. No es que no quiera que las disfrutemos. Porque Dios nos quiere felices también ahora. Pero el nos enseña a buscar una felicidad de mayor plenitud. Jesús les está diciendo, nos está diciendo, en una palabra, que crean, que creamos en El.
La gente se da cuenta, tenemos que reconocer, de lo que dice Jesús porque aún se atreven a pedirle más pruebas o señales para creer en El. ‘¿Qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti?’, siguen las dudas o los interrogantes profundos que se crean en nuestro interior. Seguimos buscando o seguimos interrogándonos por dentro. Tampoco es tan malo que tengamos dudas porque eso nos hace ponernos en camino de búsqueda y podremos al final encontrar la respuesta, como siempre Cristo nos la dará. Y como Jesús les está hablando de alimento que da vida eterna, como tienen muy presente aún en el recuerdo que en el día anterior comieron en el desierto el pan milagrosamente multiplicado, le recuerdan el maná, pan bajado del cielo que Moisés les dio en el desierto.
Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo’. Contrapone Jesús el pasado con el presente. Moisés dio entonces, el Padre del cielo da ahora. Y éste sí, el que nos da el Padre del cielo, el que es el verdadero pan del cielo y que da vida al mundo.
‘Señor, danos siempre de ese pan’, es la respuesta y petición de los judíos. Nos recuerda la petición de la samaritana junto al pozo de Jacob. ‘Dame de esa agua para que no tenga más sed, ni que venir a sacar agua de este pozo’. Al final todos terminan pidiendo algo a Jesús. ¿Pediremos nosotros también? ¿Qué es lo que vamos a pedirle?
Es Cristo ese pan bajado del cielo que alimenta para siempre. Es Cristo esa agua que sacia plenamente nuestra sed. Es necesario creer en Jesús para comer ese pan y beber de esa agua.
Sí, creer en Cristo. En El está la verdad de nuestra vida. Creer en Cristo: es el que nos lleva a la verdadera vida, a la plenitud de la vida. Creer en Cristo: seguir su camino que es el camino de la felicidad total. Creer en Cristo: con El no tenemos muerte, somos arrancados de la muerte para conducirnos a la vida verdadera. Creer en Cristo: buscarlo porque en El tenemos todas las respuestas a los interrogantes más profundos de nuestro interior.
Algunas veces, aunque sepamos todo esto, nos costará esa fe, nos veremos en múltiples tentaciones contra esa fe. Porque esa fe nos exige una búsqueda, un camino que tenemos que recorrer. Claro que quizá en ese camino tengamos que negarnos a nosotros mismos muchas veces. El nos lo dijo, no es nada nuevo. Y eso cuesta.
En ese camino, que puede ser camino de desierto en muchos momentos, quizá añoremos las cebollas que comimos en Egipto – como escuchamos en la primera lectura que les sucedía a los israelitas en el camino del desierto – porque nos pueden parecer más buenas las comidas del tiempo de la esclavitud. Son las tentaciones que sufrieron entonces en el desierto como son muchas de las tentaciones que nosotros sufrimos en muchas ocasiones. Cómo volvemos a apetecer tantas veces las cosas del hombre viejo del pecado. Tenemos que mantenernos firmes en el rumbo que le hemos dado a nuestra vida cuando hemos optado seriamente por Jesús.
No temamos sentirnos débiles en ese camino emprendido de fe en Jesús, de seguimiento de Jesús. El es nuestro alimento, nuestro viático para el camino, nuestra fuerza y nuestro compañero de camino. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará más hambre. El que cree en mí no pasará nunca sed’. Estaremos atentos en los próximos domingos de lo que nos seguirá hablando Jesús.

sábado, 1 de agosto de 2009

Porque es jubileo lo consideraréis sagrado

Lev. 25, 1.8-17
Sal. 66
Mt. 14, 1-12


Desde hace unas semanas hemos venido escuchando la lectura de los diversos libros del Pentateuco: el Génesis en primer lugar, hasta ahora hemos venido escuchando relatos del Éxodo con la salida de Egipto, el paso del mar Rojo, la Alianza del Sinaí, y en los dos últimos días hechos escuchado el Levítico.
En la lectura del Levítico se nos describen las fiestas que han de celebrar los Israelitas, la Pascua, la de las ofrendas a los cincuenta días que es Pentecostés, la de las Tiendas, la de la Expiación… En el texto que se nos presenta hoy se nos habla del jubileo. ‘Haz el cómputo de siete semanas de años… cuarenta y nueve años… a toque de trompeta por todo el país… santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores…’ Es el año del perdón y de la amnistía. ‘Porque es jubileo: lo consideraréis sagrado…’
Este jubileo lo veían los profetas en un sentido mesiánico. Por manifestarlo sólo con un texto, recordemos el texto de Isaías que Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret a la hora de su presentación pública. Además de que llegaba el momento en que el evangelio sería anunciado a los pobres y los ciegos recobrarían la vista, los oprimidos serían la libertad y se proclamaría el año de gracia del Señor. En el tiempo del Mesías vendría el jubileo total porque llegaría la amnistía y el perdón para todos, llegaba el año de gracia del Señor.
Pero veamos brevemente las connotaciones que este jubileo tiene en nuestra práctica cristiana. Todos sabemos y recordamos cómo la Iglesia proclama en momentos determinados para toda la Iglesia o para unas determinadas Iglesias locales un Año Santo, un Año jubilar lleno de gracia del Señor para todos. El Papa con su autoridad los convoca y concede unas gracias especiales, que lo que pretenden es que los pecadores nos convirtamos a Cristo. Año santo lleno de gracia que es una invitación a la conversión para seguir más fielmente el camino de Jesús, arrancándonos de nuestra vida de pecadores.
Conocemos los Años Santos que cada veinticinco años se proclaman para la Iglesia universal teniendo como centro y como eje Roma, la Sede de Pedro. Reciente tenemos el jubileo del año 2000, año santo especial en el dos mil aniversario del nacimiento de Cristo.
Pero de la misma manera sabemos cómo en determinadas Iglesia o lugares también hay una sucesión de años santos a través del tiempo por diversas circunstancias y conmemoraciones. Así el año Jacobeo que todos conocemos, cuando el veinticinco de julio, día del apóstol Santiago coincide con domingo como sucederá el próximo año. Todos acuden para entrar por la puerta santa, la puerta del perdón como un signo de ese abrazo de amor, de acogida de Dios Padre cuando volvemos a El convertidos de corazón. Así también en otros muchos lugares. En nuestra propia tierra tinerfeña estamos celebrando un año jubilar en la Iglesia de san Vicente mártir, que el Papa ha concedido por todo este año con motivo de un cuarto centenario de la liberación de una epidemia por la intercesión de este glorioso mártir que allí se venera.
¿Quién es el que nos da esa amnistía y ese perdón? Cristo Jesús con su muerte en la cruz y su resurrección que nos ha redimido. En Cristo tenemos ese año, ese día de gracia de Dios que nos da su perdón y que nos da su gracia para sigamos por caminos de fidelidad.

viernes, 31 de julio de 2009

Para la mayor gloria de Dios

1Cor. 10, 31-11,1
Sal. 33
Lc. 10, 1-9


El creyente no es sólo el que afirma la existencia de Dios. Por supuesto hay que partir de esa afirmación, Dios existe; pero esa afirmación tiene que llevarnos a algo más, implicarnos más en la vida con ella. Puedo afirmar la existencia de algo, pero sentirlo ajeno a mí. Está la realidad de las cosas que están ahí frente a mí, pero que a mi no me implican en nada, porque me da igual su existencia o no.
Por eso digo que el verdadero creyente no es sólo el que afirma la existencia de Dios, sino que además le reconoce como su único Dios, su único Señor. Cuando lo reconozco así es que ya entro en una relación con Dios, porque es mi Dios y mi Señor. Conozco y reconozco su presencia en mi vida y yo me veo implica en la existencia de ese Dios que es mi único Señor.
Entro en una relación con Dios que es ese reconocimiento, pero que es entrar en un trato, en un diálogo con ese Dios, que además sé que me ama y quiere hacerse presente en mi vida. Ese diálogo con Dios al que llamamos oración. Oración que será escucharle pero también hablarle. Relación con Dios que me llevará desde esa escucha a cumplir lo que es su voluntad para mi vida, cumplir los mandamientos. Descubrir que es lo que Dios quiere para mi y realizarlo en mi vida, porque es mi único Dios, porque es mi único Señor.
Relación y reconocimiento que me hará descubrir su amor y las obras maravillosas que El realiza en mi vida. Ello me llevará a la alabanza, a la acción de Dios, a la búsqueda de la gloria de Dios. Y eso, con toda mi vida, en todo momento, con todo lo que hago, siempre para la gloria del Señor.
‘Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca, mi alma se gloría en el Señor… proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre…’, que decimos con el salmo. En todo momento, siempre, en toda ocasión, bendecir a Dios, alabar a Dios, cantar la gloria del Señor. Y lo queremos hacer no sólo nosotros, sino que invitamos a los demás a unirse a esta alabanza, a esta bendición del nombre del Señor.
Es lo que hoy hemos escuchado resumido en una pequeña frase en la palabra de Dios, la primera carta de san Pablo a los Corintios. ‘Cuando comáis, o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios’. Y en ese mismo sentido en la carta a los Filipenses nos dice: ‘Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, - en el cielo, en la tierra, en el abismo – y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Por Cristo queremos dar gloria a Dios y queremos hacerlo en todo momento, que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios. San Ignacio de Loyola a quien hoy estamos celebrando resumía en una frase, como un lema que nos proponía, toda esta gloria que hemos de dar a Dios siempre. ‘Ad maiorem Dei Gloriam… todo para la mayor gloria de Dios’.
Es lo que hemos de hacer en toda nuestra vida. Es lo que queremos hacer cada vez que celebramos la Eucaristía recogiendo todo lo que es nuestra vida, unidos a Cristo. En el momento culminante de la Eucaristía decimos. ‘Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’. ¡Qué momento más importante! Estamos poniendo toda nuestra vida con Cristo, por Cristo y en Cristo para dar gloria a Dios. ¡Qué importante es el ‘Amén’ que decimos en ese momento! ¡Qué solemnidad y qué grandeza! Nuestro Amén para la gloria de Dios, nuestra vida toda para la gloria de Dios.

jueves, 30 de julio de 2009

Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús

Ex. 40, 16-21.34-38
Sal. 83
Mt. 13, 47-53


‘Ábrenos el corazón para que aceptemos las palabras de Jesús’. Hermosa súplica que hemos de repetir muchas veces y que se nos ha ofrecido hoy en la liturgia como antífona al aleluya antes del Evangelio. Que se nos abra el corazón; que no seamos tierra endurecida; que el Señor labre la tierra de nuestra vida y la riegue y abone con su gracia para que así recibamos y aceptemos la semilla de su Palabra, como hemos escuchado en las parábolas de Jesús en estos días.
Concluimos hoy, aunque nos queden unos versículos que escucharemos mañana, este capítulo 13 del evangelio de Mateo donde el evangelista nos recopila, en ese estilo tan propio de Mateo, unas cuantas parábolas de Jesús. Cuando comenzábamos a escuchar las parábolas eran los apóstoles los que le decían a Jesús: ‘¿Por qué les hablas en parábolas?’ Ahora ha sido Jesús el que pregunta a los discípulos al terminar su relato: ‘¿Entendéis bien todo esto?’ y concluye Jesús diciéndonos: ‘Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento.
Pero si estas dos preguntas enmarcan la proclamación de las parábolas, mientras hemos visto al mismo Jesús explicar su sentido. Nos explicaría la parábola del sembrador, como ya lo hemos meditado, o explicaría el sentido de la parábola del trigo y la cizaña, de la buena y de la mala semilla sembrada en el mismo campo. En el mismo campo de la vida nos encontraremos buenos y malos y juntos tenemos que estar. Pero el cuidado será no dejarnos influir por el mal, sino que siempre seamos capaces de dar buenos frutos.
En ese mismo sentido de la parábola nos ha hablado hoy de la red repleta de peces; ‘la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces, cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y a los malos los tiran’. Pero nos ha hablado también de la pequeña semilla de la mostaza que se hace arbusto grande, o de la levadura que hace fermentar la masa; nos ha hablado de la perla preciosa o del tesoro escondido en el campo que ‘el que lo encuentra vende todo lo que tiene para comprar aquel campo’.
Parábolas que nos dan el sentido del Reino de los cielos y que cuando lo entendemos como dirá Jesús seremos como ‘aquel padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo’, lo que conviene en cada momento. Ahí está todo ese mensaje de la Palabra de Dios que Jesús nos ha ofrecido en forma de parábolas. En cada momento, en cada situación de la vida, hemos de saber dejarnos iluminar por la Palabra de Dios, vamos sacando del arca de la Palabra de Dios aquello que nos da luz en esa situación concreta que vivamos. ¡Cómo tenemos que saber guardar en el arca de nuestro corazón toda esa gracia y esa riqueza que nos ofrece como luz la Palabra de Dios para que nos ilumine en toda ocasión!
Vivimos rodeados de mal, pero no hemos de dejarnos impregnar por ese mal; es más tenemos que ser buena levadura que con nuestra fe, con nuestras buenas obras, con nuestro buen hacer hagamos fermentar la masa de nuestro mundo para bien. Que sepamos encontrar ese tesoro escondido, esa perla preciosa que Cristo para que El sea en verdad el centro, la luz y la fuerza de nuestra vida.

miércoles, 29 de julio de 2009

¿Resplandece nuestro rostro después de nuestro encuentro con el Señor en la oración?

Ex. 34, 29-35
Sal. 98
Mt. 13, 36-43


‘Cuando Moisés bajo del monte Sinaí con las dos tablas de la Alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor…’
Tal era el resplandor que tenía que ponerse un velo por la cara, porque los israelitas se sentían impactados y hasta temían acercarse a él.
había hablado con el Señor y su rostro se transfiguró. Estaba tan llena de Dios que su rostro resplandecía. Hermosa imagen que nos trae el recuerdo de lo que contemplaremos en el Nuevo Testamento. Nos recuerda la transfiguración de Jesús en el Tabor, sobre la que hemos reflexionado muchas veces, pero que también dentro de pocos días volveremos a encontrarnos en la fiesta de la Transfiguración del Señor. Allá en lo alto de la montaña se manifiesta la gloria del Señor. Jesús que deja transparentar en su cuerpo mortal el resplandor de la Divinidad. Es Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios.
Moisés resplandece en su rostro porque ha hablado con el Señor. ¿No es nuestra oración un acercarnos también a Dios para hablar con El? ¿No tendríamos nosotros que salir resplandecientes en nuestro rostro o nuestra vida después de nuestra oración, verdadero encuentro con el Señor?
Nuestra oración no es simplemente la repetición de unos rezos, de unos textos oracionales ya previamente preestablecidos que nosotros decimos una y otra vez. Si se quedan en eso pobre sería nuestra oración y pobre sería nuestra fe. Pero seamos conscientes, démonos cuenta que es una tentación que tenemos y ahí está el peligro de convertir nuestra oración en la repetición de unos rezos sin caer en la cuenta de que lo que tenemos que estar viviendo es un encuentro vivo con el Señor.
Es algo que tenemos que cuidar mucho. Serán muchas las cosas que nos distraigan. Otras veces las prisas y los agobios con que vivimos. Las imaginaciones nos suelen jugar malas pasadas que nos impiden concentrarnos debidamente. El hecho está en que no volvemos de nuestra oración con el rostro resplandeciente por haber estado hablando con el Señor; no volvemos con nuestro corazón y nuestra fe caldeada lo suficiente por haber estado en el horno del amor de Dios.
Ese resplandor de nuestro rostro no será una cosa física que se vea con los ojos de la cara, pero sí ha de notarse con los ojos del corazón. Será una actitud nueva, una forma de vivir completamente distinta, un amor más fluido, una alegría en nuestro vivir. De muchas maneras tendría que notarse ese resplandor de Dios en nuestra vida.
Cuidemos siempre el inicio de nuestra oración. Podemos llamarnos un ejercicio de concentración de la mente, o será mejor un acto profundo de fe en la presencia del Señor ante quien nos hallamos. Pero ese buen comienzo de nuestra oración será un factor bastante importante para que nos encontremos hondamente con el Señor y salgamos llenos de El y resplandecientes de El.

martes, 28 de julio de 2009

Jesucristo, Tienda del Encuentro de Dios con nosotros

Ex. 33, 7-14; 34, 5-9.28
Sal. 102
Mt, 13, 36-43

Moisés levantó la tienda de Dios… y la llamó Tienda del Encuentro’. Un lugar en medio del campamento que les hablaba continuamente de la presencia de Dios en medio del pueblo. Un día se habían creado un ídolo porque querían un dios que caminase delante de ellos. Olvidaban esa presencia permanente de Dios. La presencia de Dios que camina con su pueblo y nunca le abandona.
‘Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaban todos y se prosternaban cada uno a la entrada de la tienda…’ nos detalla la fe del pueblo en la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Señor Dios, compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad…’ se escucha la aclamación de la gloria del Señor. ‘Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
Es maravillosa la experiencia de Dios de Moisés y su pueblo, que se nos manifiesta en la lectura del libro del Éxodo. Pero es imagen y tipo de lo que puede ser la experiencia de Dios, de su presencia, su amor y su misericordia que en Jesús nosotros podemos tener.
‘El Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’, escuchamos en el principio del evangelio de san Juan. Jesús es nuestra Tienda del Encuentro, es el Mediador entre Dios y los hombres. En su Cuerpo, en su Carne, en su Sangre, en su persona y en su vida nosotros podemos acercarnos a Dios como nadie lo había podido hacer en todo el Antiguo Testamento.
Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Teniendo a Jesús, encontrándonos con Jesús, viviendo a Jesús, tenemos a Dios, nos encontramos con Dios, vivimos a Dios en los sacramentos, en todos y cada uno de los sacramentos, pero de manera especial en el Sacramento de la Eucaristía nosotros podemos así vivir a Dios. ¿Hay unión más íntima y profunda que la que podemos vivir en la comunión eucarística, cuando comulgamos a Cristo en la Eucaristía?
Y esa Tienda del Encuentro la tenemos permanentemente a nuestro lado en la presencia real y verdadera, sacramental y permanente de Cristo Eucaristía en el Tabernáculo, en nuestros Sagrarios. Aquí tenemos permanentemente a Cristo Eucaristía. No es un símbolo sino presencia real de Cristo. Aquí tenemos a Dios que nos espera, que nos escucha, que nos habla al corazón. Cristo Eucaristía, presencia permanente, alimento y viático para nuestro caminar, luz que resplandece para iluminar nuestras tinieblas, fuerza y vida que nos arranca de nuestra oscuridad y nuestra muerte.
Sepamos postrarnos ante esa presencia inmensa de Dios y adoremos a Cristo Eucaristía. Acudamos a nuestros Sagrarios, Cristo allí nos espera para caminar junto a nosotros.

lunes, 27 de julio de 2009

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad

El becerro de oro, tentación de idolatría e infidelidad
Ex. 32, 15-24.30-34
Sal.105
Mt. 13, 31-35

Duro y difícil se les hacía a los israelitas el camino de la tierra prometida, porque duro y difícil es el camino del desierto; atravesar tierras inhóspitas sin agua ni suministros, en medio de calor del desierto, aunque fueran con la esperanza de la tierra prometida, podía resultar en momentos desalentador.
Pero la dificultad muchas veces podía surgir desde su mismo interior, de las tentaciones que podían sufrir que les hacía mirar atrás, a la tierra que habían dejado, aunque fuera de esclavitud; tentaciones de soledad al sentirse como abandonados en medio de aquella inmensidad.
Habían hecho ya la Alianza con el Señor, prometiendo que El sería su Dios y ellos serían su pueblo. Moisés había vuelto a la montaña donde recibiría la ley del Señor y el tiempo se prolongaba. Ahora cuando Moisés baja del Sinaí con las tablas de la ley se encuentra con un pueblo que ha vuelto a la idolatría.
‘Sabes que este pueblo es un pueblo perverso, le dice Aarón a Moisés ante su ira. Me dijeron: haznos un dios que vaya delante de nosotros , pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos lo que le ha pasado…’ Fundieron todos sus objetos de oro y se hicieron un becerro de oro al que adorar.
No nos extrañe esta tentación a la idolatría. Los israelitas eran un pueblo que creía en un único Dios en medio de otros pueblos que tenían numerosos dioses además con representaciones en figuras humanas o de animales, como era el mismo pueblo de Egipto de donde habían salido. Es la tentación de la idolatría y de la infidelidad en la que han caído.
‘En Horeb se hicieron un becerro… se olvidaron de Dios, su Salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el mar Rojo’. Pronto olvidaron todas las maravillas que había obrado el Dios de sus padres para sacarlos de Egipto, hacerlos atravesar a pie enjuto el mar Rojo y ahora les conduciría por el desierto a la tierra de promisión. Olvidaron a Dios y olvidaron su Alianza, cayendo en la infidelidad.
Es tentación que nosotros sufrimos también. Cuántas veces hemos sustituido al único Dios que nos salva por esos ídolos de las cosas materiales a las que apegamos nuestro corazón. Cuántas veces después de haber prometido fidelidad al Señor una y otra vez protestando por nuestro amor, caemos en la infidelidad de olvidarnos de Dios, vivir como si Dios no existiera, dejándonos arrastrar por el pecado.
‘Habéis cometido un pecado gravísimo haciéndoos dioses de oro’, les echa en cara Moisés. Pero Moisés es aquel a quien Dios ha confiado la misión de llevar ese pueblo a la tierra prometida. Siente como algo suyo todo lo que le puede pasar a su pueblo. Es el mediador que se va a acercar a Dios para pedir perdón por su pueblo. ‘Ahora subiré al Señor a expiar vuestro pecado’. Y le vemos porfiando con Dios para que perdone el pecado de su pueblo y si no que se olvide de él para conducirlo por el desierto.
Esa imagen intercesora de Moisés es un anticipo del que va a ser nuestro Único Mediador, Cristo Jesús, que intercede por nosotros, que se ofrece por nosotros, que derrama su sangre para obtenernos el perdón de Dios. ‘Este el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’. Y nos trae Jesús de nuevo al camino de la fe, al camino de la Alianza, al camino de la misericordia de Dios. Sentimos sobre nosotros la suave brisa reconfortadota de la misericordia de Dios siempre dispuesto a perdonarnos.