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viernes, 10 de agosto de 2018

Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer



Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

Sería un grave error, por ejemplo, para quien quiere construir un gran edificio el pensarlo siquiera. Total, como eso va a quedar bajo tierra oculto, da igual como esté, da igual cómo se realice. Unos cimientos es cierto van a quedar, por decirlo así, enterrados bajo tierra y nadie los va a ver, pero la solidez del edificio se fundamenta en la buena realización de esa cimentación.
Igual en la vida, habrá cosas que quedaran ocultas y quizás nadie nunca las sabrá si tu no lo compartes, pero muchas de esas cosas, mucho de ese tiempo que has dedicado a la cimentación de tu vida, de tu carácter, de unos buenos habito, de la concesión de unos principios van a ser fundamentales para la madurez de tu existencia y para cómo has de saber reaccionar cuando vengan los embates de la vida. No podemos dejar que la planta crezca torcida, sino que hemos de ponerle unas guías para que crezcan debidamente, hemos de ir realizando unas podas para evitar que su fuerza se vaya por esas ramas que no van a dar fruto quitando todo aquello que no solo no nos es necesario sino que incluso pudiera sernos perjudicial.
El grano de trigo que se tritura es el que nos dará blanca harina para hacer nuestro alimento; el grano de trigo que se entierra es el que va a germinar en una nueva planta que nos multiplicará los frutos. El amor callado que nos hace entregarnos sin aspavientos es el que va a ser caldo de cultivo de un mundo mejor; el amor que se inmola hasta el punto que nos olvidemos de nosotros mismos para darnos por los demás es el que se va a convertir en verdadera vida de plenitud para nosotros y ayudará a que lo sea también para los demás. Es el cimiento de nuestra vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Del grano de trigo que se entierra y muere cuando germina una nueva vida. Es el sentido de su vida. Es la plenitud de su ser. Es la fuente viva de vida para nosotros. Es el camino que nos abre a nueva vida. Es el inicio del Reino nuevo de Dios que es Reino de amor. Es la cumbre de nuestra salvación.
Hoy celebramos a san Lorenzo, el hombre que encontró el verdadero tesoro. Cuando en la persecución le piden que como diácono (administrador y servidor) de la Iglesia de Roma le trajera los tesoros de la Iglesia al emperador él reunió a todos los pobre de Roma y fue lo que presentó ante el tribunal. Allí estaban sus tesoros, aquellos por los que se desvivía y a los que servía buscando lo mejor para ellos dándoles de comer con las limosnas que le daban los fieles de Roma. No temió por su vida. El simplemente amaba, servía, se daba y se entregaba, ponía todo el amor de su corazón en aquello que hacia. Y su sacrificio llegó hasta el extremo. Todos sabemos lo que fueron los tormentos de su muerte sobre aquella parrilla, asado en carne viva.
Fue el grano de trigo, como lo había sido Jesús, como tenemos que aprenderlo a ser nosotros. Es la pauta y la guía de nuestra vida; es en lo que fundamentamos todo nuestro ser, toda nuestra existencia. Tenemos que aprender a poner esos verdaderos cimientos de nuestra vida, aunque sea duro pero siempre con el gozo de darnos; aunque hayan muchos que no lo quieran ver ni valorar, pero sabemos de verdad cual es el sentido de nuestra vida; amando quizá en silencio sin que nadie lo note, pero amando desde lo más profundo del corazón a pesar de nuestras debilidades y también de nuestro pecado muchas veces. Pero queremos amar mucho, aunque nadie lo note, pero así serán perdonados nuestros muchos pecados, así podemos ser en verdad semilla de nueva vida y de nuevo mundo.
Calladamente queremos entregarnos, será el Espíritu del Señor que está con nosotros quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer.

jueves, 9 de agosto de 2018

Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida



Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida

 Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

¿Qué nos pasa si en medio de una fiesta que hemos preparado con mucho espero y estábamos hace tiempo deseando se nos va de repente la luz? Parece que todo se nos ha chafado, que la fiesta se nos va de las manos, que pronto aparecerá el descontento general de los asistentes por falta de previsiones, y estaremos buscando como locos una rápida solución. Todo el gozo en un pozo, como solemos decir.
Nos podemos estar refiriendo a las fiestas de nuestros pueblos que año tras año estamos ansiosos esperando, pero nos puede suceder en una fiesta familiar donde nos hemos reunido parientes, amigos y vecinos porque aquel era un especial cumpleaños o por algún determinado acontecimiento que queremos resaltar y celebrar.
Pero ¿y en la fiesta de la vida? alguno podría decir que la vida tiene poco de fiesta porque pesimistas muchas veces nos fijamos más en los problemas o las cosas luctuosas que nos puedan ir sucediendo y al final nos puede ir faltando esa alegría de fiesta que tendríamos que poner siempre en nuestro corazón.
Tendríamos que darle otro sentido de alegría a nuestro vivir. Empezando por saber reconocer las cosas buenas y positivas que podemos ir viviendo en cada momento, pero es que además tendríamos que saber sentir en cada ocasión el gozo del vivir, que es el gozo del encuentro y de la convivencia, que es el gozo de la ilusión que ponemos en nuestros proyectos llenos de esperanza.
No podemos ir por la vida con caras fúnebres que expresan en cierto modo lo sombrío que llevamos nuestros corazones, no podemos dejarnos atenazar por las sombras del pesimismo, hemos de saber poner ilusión en el vivir de cada día desde el momento que nos levantamos por la mañana poniendo ganas y empeño en ir viviendo con alegría cada momento de nuestra vida. Los problemas y contratiempos son retos que nos aparecen en la vida pero que podremos superar si sabemos poner ilusión y esperanza en lo que vamos creando con nuestra vida. La vida vivida con positividad nos hace más felices a nosotros y a los que nos rodean.
Si comenzamos los primeros peldaños del día con pesimismo y llenos de sombras, a oscuras vamos a permanecer todo el día, pero lo malo que es llevaremos esa oscuridad a los que están a nuestro lado. Y hay personas que son especialistas en eso. No podemos permitir que se nos apague la luz de nuestra alegría, la ilusión por vivir, la esperanza de lo nuevo que queremos construir. Con sombras sobre nosotros no seremos capaces de ver bien los cimientos ni los entresijos de lo que vamos construyendo.
Pero lo triste es que muchas veces nos falta esa luz, se nos apaga esa luz, no la supimos alimentar adecuadamente. Dejamos grietas en el alma sin cerrar por donde se nos derramó el combustible que necesitamos para mantener encendida esa luz. No supimos o no quisimos curar esas heridas del alma porque en nuestro orgullo quizá nos creíamos muy autosuficientes. Nuestro orgullo o nuestro amor propio no nos permitió darnos cuenta de que nuestra barca podía estar haciendo aguas, porque nos guardábamos dentro de nosotros aquellas cosas que un día recibimos de alguien y nos podían hacer daño, y no fuimos capaces de restañar esas heridas con la humildad y el perdón, poniendo ternura en nuestro corazón que fuera bálsamo que nos curara, nos hiciera mantenernos en una órbita de comprensión y de amor.
Mucho podríamos seguir reflexionando por ahí, pero puede bastarnos esto para ponernos en alerta, para estar mas vigilantes, para buscar de verdad ese combustible de la gracia de Dios que alimentara nuestra vida y nos hiciera mantener encendida esa lámpara de la alegría frente a los embates que pudiéramos recibir por todos lados. En una reflexión serena muchas mas cosas podríamos descubrir.
Hoy el evangelio nos habla de la parábola de las doncellas que con lámparas encendidas tenían que salir al encuentro del esposo para entrar en la fiesta del banquete de bodas. No todas pudieron entrar, porque sus lámparas se apagaron, les faltó el aceite para mantenerlas encendidas. Lo hemos reflexionado muchas veces. Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo


Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo  momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo

Isaías 52,7-10; Sal 95; Mateo 28, 16-20

Algunas veces tenemos el peligro de que nuestra mirada no sea lo suficientemente positiva y las cosas oscuras de la vida nos parece que resaltan más. Pero creo que tenemos que aprender a llenar nuestros ojos de luz porque si nuestros ojos son luminosos seguramente podremos descubrir mejor tantas cosas luminosas y positivas que hay en la vida que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas. Y nos es necesario detectarlas porque nos sirven de estimulo, nos llenan de luz la vida, nos hacen ser positivos y haciendo un camino positivo podremos construir más y mejor.
Sentiremos seguramente muchas veces, con un poco de sensibilidad, cómo a nuestro lado hay personas positivas, personas con las que nos sentimos a gusto porque solo su presencia nos llena de paz, porque sus palabras nos animan, porque las cosas buenas que percibimos en ellas nos sirven de estimulo. Ya digo, que algunas veces no tenemos la sensibilidad de descubrirlas, pero a posteriori probablemente recordaremos muchas cosas buenas de la presencia de esa persona junto a nosotros y las huellas que en nosotros hayan podido dejar.
Ojalá nosotros también seamos capaces de dejar huellas positivas en las personas con las que convivimos, que están a nuestro lado o por alguna razón se hayan encontrado en la vida con nosotros. Es esa actitud positiva con que hemos de ir por la vida.
Desde una visión de fe, como no es menos que nosotros tengamos, en esas personas descubrimos la acción y la presencia de Dios. Son para nosotros como signos del amor que el Señor nos tiene que pone a nuestro lado esas personas que nos pueden servir de ejemplo o que nos ayudan simplemente caminando junto a nosotros. Es lo que nosotros también hemos de aprender a ser. Y eso lo hemos de ver y hacer en el hoy de cada día. Y haciéndolo así estaremos haciendo de verdad ese mundo mejor que tenemos que construir.
A través de la historia Dios nos ha dejado grandes signos en grandes hombres y mujeres que quizá ocultos en la sencillez y en la humildad o realizando grandes obras en medio de los hombres y en la Iglesia siguen siendo esas luminarias que siguen iluminando nuestras vidas, nos siguen sirviendo de estimulo para ese camino bueno, de rectitud y de santidad, que también nosotros hemos de recorrer. Son los santos, unos reconocidos de manera especial por la Iglesia por el gran ejemplo de virtudes que son para nosotros, y otros que calladamente y en silencio vivieron su santidad pero que también glorificaron a Dios con sus vidas y le siguen glorificando en el cielo.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar y a celebrar a uno de esos grandes santos que siguen siendo verdaderas luminarias por su obra en medio de la Iglesia. Celebramos a santo Domingo de Guzmán. Un santo español de nacimiento, es cierto, pero que realizó su obra en medio de la gran Europa de su tiempo. Dios le concedió el don de la palabra y la erudición y con su predicación contribuyó a evangelizar a la Europa de su tiempo, hace mas de ochocientos años, pero que en sus seguidores, la Orden de Santo Domingo, los dominicos como los llamamos comúnmente, sigue realizando esa misma labor a lo largo y ancho del mundo.
No es el momento ahora de hacer relatos de su vida, sino contemplar su figura y su obra que nos sirva de estimulo en esta hora de nueva evangelización que vivimos en nuestra Iglesia. Sembradores de la Palabra de Dios hemos de ser nosotros también, como decíamos antes, dejando huellas a nuestro paso por la vida desde todo eso bueno y positivo que desde el amor nosotros queremos realizar.
Miramos a nuestro lado y seremos capaces de detectar esos signos que en los que están a nuestro lado podemos descubrir, pero nos sentimos comprometidos a ser nosotros también esos signos de luz, de fe, de amor, de evangelio para el mundo que nos rodea. En silencio, con nuestras palabras siempre que sea necesario, con nuestro ejemplo y testimonio en todo momento pero tenemos que ser evangelio para los demás, buena noticia que anuncia a Jesús siempre.


martes, 7 de agosto de 2018

Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús


Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Dudas y miedos nos aparecen muchas veces en la vida; ante lo desconocido, ante las sorpresas que nos va dando la vida, ante los peligros que realmente nos acechan o que nosotros imaginamos en nuestra mente, por la posible pérdida de lo que ya tenemos, por los problemas y debilidades que sentimos en nosotros mismos o recibimos desde el exterior ya sean personas o acontecimientos adversos, si tenemos que arriesgarnos ante algo nuevo. Y nos encerramos en nosotros o huimos, o intentamos estoicamente quedarnos como impasibles como si eso no nos afectara.
Son las dudas que tenemos sobre nosotros mismos o el sentido y valor de nuestra vida, o son los interrogantes ante el misterio que no sabemos dilucidar; son las dudas que aparecen sobre nuestra fe y si todo lo que hacemos tiene sentido porque nos vemos muy tentados por un materialismo que quiere desterrar todo sentimiento religioso, pragmatismos decimos, ateismos camuflados, sincretismos que todo lo mezclan, agnosticismo que ahora tan de moda está sin saber muchas veces ni lo que queremos decir.
Pero ¿de verdad hay una fe en mi vida? ¿Jesús sigue siendo el sentido de mi vivir? ¿El evangelio tiene sentido para mi y trato de convertirlo en pauta de mi vida? ¿Dónde están esos principios y valores cristianos? Porque nos dejamos absorber por esos miedos y dudas, por esas influencias que recibimos de todos lados y ya nuestro vivir se distingue poco de los que viven sin fe y sin esperanza.
Quizá decimos que son duras las noches oscuras y las tormentas que nos aparecen en la vida; nos cegamos de tal manera que no llegamos a percibir la presencia del Señor junto a nosotros y lo confundimos con otras cosas. No es más fácil hablar de la energía positiva de la tierra, que de la gracia del Señor. Y así andamos en tantas confusiones. Comenzamos a crearnos fantasmas, luces fatuas que a nada nos llevan. Nos hace falta una mayor claridad y firmeza de nuestra fe. Primero nos vamos tras religiosidades novedosas que nos vienen no sabemos de donde, que profundizar en nuestra verdadera espiritualidad cristiana.
Hoy el evangelio nos habla de una difícil situación por la que van pasando sus discípulos en la travesía del lago. Jesús los había embarcado en aquella travesía pero se había quedado en la orilla del lago. Se sentían solos y las dificultades arreciaban; aparecieron las dudas y los miedos; todo los confundía. Hasta creyeron ver un fantasma en Jesús que finalmente venia hacia ellos. Y hasta se atrevieron a pedir pruebas a la palabra que escuchaban de Jesús. Cuantas pruebas vamos pidiendo tantas veces para no terminarnos de confiar en lo que Jesús nos dice.
Jesús está con ellos y les recrimina su falta de fe y sus miedos. Al final terminaron reconociéndolo y pudieron seguir avanzando hasta la otra orilla. Es lo que necesitamos. Reconocer a Jesús, que se despierte nuestra fe, que vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas, que busquemos donde en verdad vamos a encontrar la luz, que profundicemos en una verdadera espiritualidad cristiana. No tengamos miedo a la travesía de la vida ni a que tengamos que arriesgarnos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros y para eso nos dio la fuerza y la presencia de su Espíritu.

lunes, 6 de agosto de 2018

Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.



Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Las cosas las vemos según la perspectiva desde la que las miremos. Si queremos observar un paisaje en toda su plenitud buscaremos el lugar apropiado y normalmente cuando subimos a lo alto de las montañas tenemos otra perspectiva del paisaje que contemplamos, aunque incluso vivamos en él. Podemos observar toda su amplitud con sus diversas tonalidades de color, con la profundidad de sus montañas o barrancos, o con detalles que a ras de tierra quizá no habíamos observado, situando además cada parte en su lugar y admirando además la armonía del conjunto.
Así en la vida, necesitamos descubrir nuevas perspectivas, tenemos que salir de nuestro círculo que muchas veces es demasiado concéntrico en nuestro yo, tenemos que tener la fuerza de ánimo de ascender más alto para descubrir nuevas cosas bellas de la vida que quizá antes no habíamos observado. Claro que levantar vuelo no es fácil; igual que el ave que al principio necesitará un punto desde donde impulsarse, nosotros necesitamos también dar ese impulso hacia arriba, aunque la ascensión sea costosa, necesite esfuerzo, nos traiga fatiga porque tenemos que superarnos de muchas cosas de nosotros mismos, muchos pesos muertos que son como lastre de los que tenemos que arrancarnos.
Hoy Jesús nos invita a ascender. La subida del Tabor no era una ascensión fácil por lo escarpado de sus laderas; pero allá invitó Jesús a tres de sus discípulos para realizar esa ascensión. Hay algo que se va a repetir mucho a lo largo del evangelio, la subida, la ascensión. Ahora es solo un signo que tiene una especial luz muy esplendorosa; en otros momentos la subida será dura porque llegará hasta el Calvario. Todo es subir, desde Galilea a Jerusalén, desde Jericó y el valle del Jordán de nuevo hasta la ciudad santa; finalmente será hasta el monte de la Ascensión.
Pero nos queremos fijar en esta especial subida del Tabor. Jesús subió al monte para orar, como hacia tantas veces que se retiraba a lugares apartados o solitarios. Pero algo va a suceder porque se transfiguró mientras estaba en la oración ante sus discípulos llenos de estupor que no se creían lo que estaban contemplando. Aparecieron también Moisés y Elías hablando con Jesús de la futura pasión que había de padecer. Aquello era la gloria y así lo estaban sintiendo Pedro y los otros dos discípulos.
Pedro aun tenía que seguir subiendo y aprendiendo. Aunque en principio siente la satisfacción propia por lo que está contemplando queriendo quedarse allí para siempre – ‘¡Qué bien se está aquí!’ – pronto se olvidará de si mismo porque las tiendas que pretende levantar no son ni para el ni para sus compañeros, sino para Jesús, Moisés y Elías. Es cuando se va a ver envuelto por la nube de la gloria de Dios para escuchar la voz del Padre que señala a quien tenemos que escuchar y seguir. ‘Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadle’.
Tenemos que hacer también nosotros esa Ascensión, esa subida interior de nuestra vida. Cuántas veces decimos, deseamos conocer a Dios, pero no hemos roto el círculo de nuestro yo, empezando porque queremos un Dios a nuestra medida, a nuestra manera. Tenemos que tener otra perspectiva, aprender a tener otra mirada. No hemos de tener miedo de ponernos a caminar con Jesús que aunque nos parezca a veces que va muy deprisa, El siempre va a nuestro paso, porque pacientemente está esperando que nosotros queramos caminar.
Claro que caminar con Jesús nos pone siempre en ascensión con su correspondiente esfuerzo. El reino de Dios no es para los timoratos ni los cobardes, para los que quieren caminar en el paso cansino de las rutinas de siempre, ni para los que se contentan con lo que ya tienen. No es para quedarnos en la llanura aunque esas llanuras tengamos que atravesar para ir iluminando y alentando a cuantos van sin rumbo por la vida.
Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

domingo, 5 de agosto de 2018

Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado


Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

En las necesidades básicas que necesitamos para sustentarnos está por supuesto el pan, el alimento. Por ello nos afanamos, trabajamos cada día para tener lo necesario para la subsistencia aunque junto a esa necesidad básica y esencial nos procuramos todo aquello otro que nos haga vivir dignamente cubierto nuestro cuerpo con el vestido o teniendo un lugar donde acogernos y hacer nuestra vida más elemental. En la búsqueda de ese alimento contemplamos incluso la angustia de aquellos que no lo tienen que son capaces de lanzarse por los caminos del mundo buscando el lugar donde conseguirlo.
Luchamos, nos esforzamos, buscamos como sea tener cubiertas esas necesidades y algunas veces en la manera en que nos planteamos la vida para muchos pareciera que fuera lo único que le diera una vida digna. En torno a ello procuramos tener una serie de bienes que nos garanticen de alguna manera eso básico y esencial y bien vemos que terminamos convirtiendo casi en una obsesión la posesión de unas pertenencias o de unos bienes materiales con los que pensamos que sí lograremos esa vida digna.
¿Sólo será el pan o el alimento, el vestido o la vivienda, o la posesión de esos bienes materiales los que en verdad van a alimentarnos para vivir en la mayor dignidad? Si nos ponemos a reflexionar o a pensar las cosas casi todos terminaremos reconociendo que hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que hay otros valores que no se reducen a lo material que nos van a dar un mayor sentido a nuestra existencia, que muchas más cosas en nuestras mutuas relaciones y en nuestra convivencia que sí nos pueden llevar a una vida mejor.
Aunque algunas veces nos ceguemos creo que seremos capaces de buscar otra sabiduría de la vida que si nos alimente con un alimento que va más allá que lo que el cuerpo pueda recibir. Hay también unos valores espirituales que le darán verdadera profundidad y trascendencia a nuestra vida.
Creo que en todo esto  nos puede hacer pensar el evangelio que hoy escuchamos y que se prolongará en diversos aspectos en los sucesivos domingos. Cronológicamente es continuación del escuchado el pasado domingo que nos hablaba de la multiplicación de los panes y los peces allá en los lugares desérticos. Cuando quisieron hacer rey a Jesús, se escondió en la montaña, los discípulos regresaron, no sin dificultad, en una barca a Cafarnaún, los demás se dispersaron como pudieron y a la mañana siguiente ya hay un grupo que ha llegado también a Cafarnaún y se encuentran de nuevo con Jesús.
‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ le preguntan cuando se lo encuentran. Y ahí viene la palabra sabia de Jesús como respuesta que a la vez quiere ser interrogante interior. Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna…’
Buscamos el pan, el sustento diario de la vida. Pero, ¿por qué buscan ahora a Jesús? ¿Solo por ese alimento que perece, que comiéndolo ahora luego volveremos a tener que comer? ¿Habrá otro alimento más perdurable? No es cualquier cosa lo que les está diciendo Jesús. Es que les está diciendo que El puede darles otro alimento que lleva a la vida eterna. ‘El alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. Son palabras mayores, tendríamos que decir.
Jesús les está invitando a que crean en El; y creer en Jesús es creer en su Palabra, creer en ese mensaje de vida que El está queriendo trasmitirles. No es solo ya el alimento material lo que necesitan, que mal que bien se lo pueden conseguir con sus trabajos; no se trataría de que se nos diera de comer sin nosotros habernos ganado el sustento con nuestro trabajo, aunque bien sabemos que habría muchos que así lo desearían quizás.
Recuerdan el camino por desierto cuando Moisés les dio el maná para tener el sustento de sus vidas mientras hacían aquel peregrinar. Pero Jesús les dice que  no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino que es Dios el que nos da el verdadero pan del cielo. ‘El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo’.
Ellos seguirán obsesionados con ese pan que ahora insisten en pedirle a Jesús, como la samaritana que le pedía a Jesús que le diera de aquella agua que le quitaría la sed para tener que volver todos los días al pozo de Jacob para sacar agua. A la samaritana Jesús les dirá que El es esa agua viva y ahora en Cafarnaún dirá que El es ese Pan de vida que da la vida al mundo. ‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed’.
‘¿Qué tenemos que hacer?’, le habían preguntado a Jesús, como nos preguntaríamos nosotros también.  ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado’. Creer en Jesús porque creyendo en Jesús alcanzaremos a vivir la vida verdadera. Creer en Jesús porque abre ante nosotros caminos de vida en plenitud. Creer en Jesús porque quien cree en El hará lo que El nos dice, hará las mismas obras de Jesús.
Ya nos decíamos antes que hay otro vivir que va más allá de nuestra vivencia física o corporal, y pensábamos en cuánta vida nos da nuestra relación y convivencia con los demás; cuando amamos vivimos de verdad porque lo que podemos sentir dentro de nosotros es algo mucho mas grande que el placer del gusto que nos pueda dar el mejor manjar.
Tenemos la experiencia de cómo nos sentimos cuando nos damos hasta ser capaces de sacrificarnos por los demás; tenemos la experiencia de convivir con aquellos seres a los que amamos y con los que compartimos no solo lo material que tengamos sino lo más hondo de nosotros mismos, lo que somos allá en lo más profundo de nuestro ser.
Imaginemos, pues, como nos sentiremos cuando hacemos lo que Jesús nos dice, cuando hacemos las mismas obras de Jesús, ‘el alimento que perdura dando vida eterna’ como nos decía Jesús. ¿Aprenderemos de una vez por todas a buscar ese alimento que llena de plenitud nuestra vida?

sábado, 4 de agosto de 2018

No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio



No digamos a la ligera aquello de que no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, sino evitemos ponernos en esa pendiente resbaladiza que nos llevará al precipicio

Jeremías 26,11-16.24; Sal 68; Mateo 14,1-12

Ponernos al borde del precipicio es arriesgado, al mínimo traspiés o movimiento en falso podemos precipitarnos ladera abajo por la pendiente y sabemos que cuando nos vemos arrastrados por una pronunciada pendiente difícil es que nos podamos detener o que salgamos ilesos de esa caída. Cuantos pierden la vida por riesgos innecesarios cuando no se toman las debidas precauciones para evitar la caída por esa resbaladiza pendiente.
Claro que entendemos que nos queremos referir a algo más que esos accidentes de los que tantas veces escuchamos noticias y que lamentamos la pérdida de vida por esas llamémoslas así aventuras peligrosas. Pero nos sucede en la vida con demasiada frecuencia. Esos casos graves de corrupción de los que ahora oímos hablar tanto no comenzaron defraudando grandes cantidades, sino que seguramente fueron pequeñas cosas que nos parecían insignificantes y a las que le dábamos poca importancia desde un laxismo moral muy peligroso. Y eso en tantas aspectos en que nos podemos ver envueltos o que estamos contemplando casi a diario; luego vendrán lamentaciones e incluso querer justificarnos, pero cuando se entra en esa senda luego es bien difícil detenerse.
Nos permitimos pequeñas cosas que decimos, repito que no tienen importancia, pero parece que le cogemos el gusto y ya luego no nos podemos detener. En por el contrario la vigilancia que ha de mantener el hombre honrado, el que quiere ser justo de verdad en todas sus actuaciones, porque terminaremos no solo haciéndonos daño a nosotros mismos aunque tratemos de disimularlo con los oropeles del poder y del dinero, pero es que enseguida seguiremos por hacer mucho daño a los demás. Es una espiral que es muy difícil luego detener con la que vamos corrompiendo también nuestro mundo.
Un retrato de todo esto lo tenemos hoy en el evangelio en el comportamiento de Herodes. Todo en él es una espiral de vida desenfrenada que parece que no tiene fin. Frente la figura de Juan Bautista, con su denuncia, con su Palabra y su vida profética pero que resulta incómoda. Pero están las cobardías de Herodes, que aunque reconoce, como se nos dirá en los textos paralelos de los otros evangelistas, quería escuchar y respetar a Juan, pero su vida eran un torbellino sin fin. Por medio Herodías con quien convive ilícitamente Herodes, pero que quiere quitar de en medio a Juan hasta que lo consigue. Los respetos humanos que coartan y que nos hacen cerrar los ojos ante el mal. En cuantas cosas se reflejan los comportamientos que hoy vemos en esta breve escena del evangelio. Finalmente el inocente es eliminado, como suele suceder siempre en estas luchas de vanidad y de poder.
Es el martirio de Juan el Bautista y es un supremo testimonio que tenemos que admirar. Pero todo esto tendría que hacernos pensar en todas esas pequeñas cosas que nos permitimos, que no le damos importancia aunque sabemos que no están tan bien hechas. Cobardías de nuestra vida, respetos humanos, ojos que se cierran para no ver, oídos sordos para no escuchar la palabra clara que nos señala o nos denuncia situaciones en las que nos vamos metiendo en esa resbaladiza pendiente. Ahora mismo hasta podemos pasar de largo ante estas reflexiones y quedarnos sí en esa injusticia de Herodes, pero seguimos pasando página.
No podemos pasar página ante el evangelio que se nos presenta ante nuestros ojos. No nos basta que recemos a la carrera el padrenuestro y le digamos al Señor que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal, pero nosotros seguimos metiéndonos en la boca del león, porque no tratamos de mejorar actitudes, de cambiar comportamientos, de superarnos en esas pequeñas cosas que todos sabemos que tenemos como un tropiezo ahí en nuestra conciencia. No recemos a la ligera el padrenuestro.

viernes, 3 de agosto de 2018

Como en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás así llevamos también cerrado nuestro corazón al misterio de Dios


Como en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás así llevamos también cerrado nuestro corazón al misterio de Dios

Jeremías 26,1-9; Sal 68; Mateo 13,54-58

Nos sentimos sorprendidos en ocasiones porque hay cosas que no nos esperábamos, y menos quizá en determinadas personas. Demasiado caminamos en la vida con nuestras prevenciones, nos prejuicios que sin embargo nos hacen que a pesar de todo nos sintamos sorprendidos por algo que realiza alguna persona y que no creíamos capaz. ‘Qué va a saber él’, pensamos en nuestro interior, y nos hacemos una lista de lo que son nuestras imaginaciones motivaciones para no esperar eso de determinadas personas. 
Y claro fácilmente se nos mete por dentro nuestro amor propio, porque quizá nosotros no fuimos capaz de realizarlo y nos sentimos humillados, aparecen los resentimientos o las envidias y tratamos de echar abajo aquello bueno y admirable, no nos queda más remedio que reconocer, que hizo aquella persona. Pero  no lo soportamos, tratamos de destruir o desprestigiar de la manera que sea.
Nos suceden cosas así en las relaciones con las personas más cercanas a nosotros con las que convivimos cada día, pero fijémonos si no son reacciones de alguna forma parecidas las que tienen nuestros políticos que no son capaces nunca de reconocer lo bueno que hayan realizado sus oponentes, aunque ahora estén viviendo con sus rentas, podemos decirlo así. Es una lástima porque decimos que queremos construir una sociedad mejor y nos parece que no se puede hacer sino destruyendo todo lo que otros han realizado. Y me he referido a la clase política, pero tenemos que decir que esto sucede sea cual sea el signo o el color político – ahora están muy de moda los colores -.
No creemos en las personas por mucho que digamos lo contrario, no somos capaces de aceptar la bondad de los demás ni de reconocer lo bueno que puedan realizar los otros. No se trata de proclamar grandes principios de valores o derechos humanos, sino que esto tenemos que traducirlo en el día a día, en la relación personal que tenemos con todos los que están a nuestro lado. Y no es eso lo que muchas veces manifestamos sino todo lo contrario. Siempre estamos poniendo nuestras pegas, con lo que estamos mostrando también la pobreza de miras, o la pobreza humana que hay en nosotros mismos cuando andamos así.
Me ha surgido esta reflexión que nos puede ayudar mucho a lo que son nuestras relaciones o nuestra aceptación del otro, de sus valores y de lo bueno que realiza, a partir del texto del evangelio que hoy se nos propone. Jesús fue a su pueblo, a la sinagoga de Nazaret el sábado; se puso en pie para hacer la lectura de la Palabra y su comentario posterior. Y nos cuenta el evangelista cómo la gente se sintió sorprendida por las palabras de Jesús. Era uno de los de ellos, porque allí se había criado.
Pero pronto comenzaron los 'peros', las pegas; ya habían llegado noticias de lo que Jesús hacía y enseñaba en otros lugares y ahora lo pueden comprobar por si mismos, pero aparecen las desconfianzas. ¿Dónde ha aprendido todo eso? ¿De donde le viene esa sabiduría? ¿Si él es el hijo del carpintero y aquí están todos sus parientes? La sorpresa inicial se transformó en comidillas y en desconfianzas. Como no sucede tantas veces.
Y nos comenta el evangelista que allí Jesús no pudo realizar aquellos signos del reino de Dios que el iba haciendo por todas partes. No creyeron en él, en su Palabra, en su misión. Les faltaba la fe. No hizo milagros Jesús en Nazaret.
Claro que esto nos puede llevar a más reflexiones para nuestra vida. Es preguntarnos cómo nosotros acogemos la Palabra de Dios, qué significa Jesús para nosotros, si descubrimos todo el misterio de gracia y de amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta. Igual que en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás, porque predominan nuestros prejuicios o nuestro amor propio y todas esas otras oscuridades que bien nos sabemos, así podemos tener cerrado nuestro espíritu al misterio de Dios que se nos manifiesta a través de tantas señales. Aunque decimos que tenemos fe, sin embargo nuestra fe es pobre, raquítica, nos no dejamos conducir por el Espíritu de Dios.

jueves, 2 de agosto de 2018

Aunque la vida nos parezca una travesía por un mar embravecido y revuelto tenemos la esperanza de la victoria en Cristo que hace brillar el Reino de Dios



Aunque la vida nos parezca una travesía por un mar embravecido y revuelto tenemos la esperanza de la victoria en Cristo que hace brillar el Reino de Dios

Jeremías 18,1-6; Sal 145; Mateo 13,47-53

Si camináramos sin esperanza en este mar revuelto que es la vida pronto nos sentiríamos desalentados cuando nos vamos encontrando tantas cosas turbias que nos confunden, nos distraen y nos arrastran quizá a los peligros.
Es como meterse en un mar revuelto en medio de vientos y fuertes olas, corrientes adversas que nos arrastran y peligros de escollos que en los que revientan las olas; puede ser mucha la pericia que tengamos para nadar, muchas las fuerzas con que en principio nos sentimos, pero la fuerza de las corrientes, las aguas turbias que no nos permiten ver con claridad y toda esa maraña de peligros nos hacen perder las fuerzas, la orientación y nos pueden poner en peligro la vida.
Así vamos navegando por ese mar de la vida. No todo es bueno ni apacible, vemos como surgen ambiciones y malicias por doquier, el materialismo y el consumismo nos ahoga, las pasiones se desatan incontrolables, dentro de nosotros mismos nos aparecen los sueños de la vanidad y del orgullo, el amor propio nos corroe por dentro cuando quizá no somos tratados como nosotros creemos merecer y la vida parece que se convierte en una lucha sin cuartel llena de violencias, de zancadillas, de envidias y recelos que tanto daño nos hacen.
Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Cómo nos mantenemos en ese camino recto que nos hemos propuesto? ¿Cómo mantenernos en esos valores y principios que sabemos que son los que verdaderamente nos dignifican cuando vemos que alrededor la gente parece que triunfa y no precisamente desde esos valores?
Ahí está donde hemos de saber encontrar nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Se nos hace difícil la travesía pero bien sabemos donde tenemos que apoyarnos. Hemos de saber crecer de verdad por dentro creando una verdadera fortaleza interior para podernos mantener firmes. Es la espiritualidad que tiene que envolver nuestra vida, ser nuestra raíz y nuestro cimiento.
Pero esa espiritualidad no es lo que consigamos por nosotros mismos. Es cierto que por nosotros hemos de saber cultivar todos esos valores del espíritu que nos hacen grandes, pero  no es solo en nuestro espíritu sino en el espíritu de Dios donde tenemos que encontrar la verdadera fortaleza de nuestra vida. Dejémonos trabajar por la fuerza del espíritu como el barro en manos del alfarero, que nos decía el profeta. Ese es el camino verdadero que nos lleva a la victoria, porque no es nuestra victoria sino la victoria de Cristo que ha vencida al mal y al pecado.
Su muerte y su resurrección es el gran signo de su victoria. Es ahí donde nosotros hemos de apoyarnos y sentir que su luz no nos faltará porque aunque las aguas de la vida anden turbias y procelosas con la luz de su espíritu poder ver con claridad y superar todos los peligros. En esa travesía de la vida no vamos solos porque El ha prometido su presencia con nosotros para siempre.
Vendrá el final de los tiempos, el momento en que en esa red van a aparecer esa multitud de peces de la que nos habla la parábola. Tenemos la confianza de que si nos mantenemos fieles en esa lucha, aunque muchas veces podamos salir heridos, podemos ser de los escogidos y no desechados. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, vamos a escuchar que se nos dice. Jesús nos ha dicho ‘no temáis, yo he vencido al mundo’. Esa es nuestra esperanza por la que nunca sentiremos el desaliento y la derrota.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime


Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Ayer me contaba un amigo de lo bien, mas o menos, que ahora le van las cosas. Me hablaba de su trabajo, de los negocios que había emprendido, los bienes o posesiones que había ido adquiriendo, y le decía que tenía que sentirse satisfecho porque la vida le iba marchando bien. Me comentaba que había nacido pobre y se había jurado a si mismo que lucharía por mejorar su vida para mejorar también la situación de su familia.
En medios de las luchas y trabajos que significa la vida y los negocios, pudiendo ya vivir más o menos bien, sin embargo me decía que algunas veces no se encontraba a si mismo, no se sentía del todo satisfecho porque parecía que aun le faltaba algo. Terminábamos hablando de la familia, sobre todo de sus hijos a los que veía crecer, de los que se sentía sin embargo satisfecho a pesar de que en su juventud aún son promesas de futuro, pero había algo que buscaba en su interior y por ese camino iba encontrándolo.
Buscamos en la vida, luchamos, queremos mejorar, deseamos encontrar algo que nos llene plenamente. Por mucha que sea la suerte o el resultado de los esfuerzos en lo material que vamos consiguiendo – no todo tenemos que dejarlo al azar o la suerte o verlo como el resultado del azar – sin embargo sentimos en nuestro interior que necesitamos algo más que nos llene, que nos dé un verdadero sentido para nuestras luchas, que nos haga descubrir como podemos dejar una huella de nosotros mismos en los que van tras nosotros, o algo que nos trascienda en un más allá que nos lleve a una plenitud que en el fondo todos deseamos.
Es esa perla preciosa que deseamos encontrar, es ese tesoro que parece que permanece escondido y tanto nos cuesta encontrar. Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar. Buscamos y deseamos pero también tenemos que estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime, a algo que nos eleve sobre esas tareas o esas rutinas de cada día, a algo noble que pueda llenar de verdad nuestro espíritu.
Si solo buscamos lo primario que todos deseamos tenemos el peligro de quedarnos siempre en lo material y en lo efímero. Por eso tenemos que ser capaces de pensar que hay un estadio superior, unos ideales más altos, unas metas más espirituales. Tenemos que ser capaces de renunciar incluso a eso material que ahora parece que nos puede llenar para dar cabida en nuestro corazón y en nuestra vida a algo que es bien superior. Si vivimos solo en lo sensible físicamente o en lo material no aprenderemos a saborear lo espiritual. Por eso tenemos que aprender a vaciarnos también, porque eso material algunas veces lo que produce en nosotros es un vació interior que no sabemos como llenar.
Las parábolas que nos propone hoy Jesús del tesoro encontrado en el campo o la perla fina encontrada casi por casualidad nos hablan de cómo aquel que los encuentra es capaz de vender todo lo que tiene para adueñarse de aquel tesoro o para poseer aquella perla preciosa.
¿Seríamos capaces de hacer nosotros lo mismo si encontramos el verdadero tesoro de nuestra vida? sepamos encontrar en el evangelio ese tesoro, sepamos descubrir la verdadera riqueza que es para nuestra vida vivir conforme a los valores que nos ofrece el evangelio, sepamos encontrarnos con Cristo verdadera sabiduría de nuestra vida. Merece la pena dejarlo todo por El.

martes, 31 de julio de 2018

A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos



A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos

Jeremías 14,17-22; Sal 78; Mateo 13,36-43

La vida de alguna manera es una tensión entre el presente que vivimos y el futuro que esperamos.  Es cierto que tenemos que vivir con los pies sobre la tierra y hemos de vivir y vivir con intensidad el momento presente, pero consciente o inconscientemente nos vamos construyendo un futuro; hay una continuidad entre todo lo que hacemos. Porque es el crecimiento y maduración de la persona que nos da sentido a lo que ahora hacemos, pero que es un buen cimiento y fundamento de lo que con mayor plenitud podemos vivir en el mañana de nuestra vida. Vamos aprendiendo de la vida y hasta los fracasos o las dificultades con que nos encontramos pueden ser lección que aprendamos para afrontar de mejor manera lo que el mañana nos depare.
Pero yo diría que no solo es esa tensión entre el hoy y el mañana en un sentido cronológico o que podamos medir con el tiempo, sino que nuestra vida tiene o ha de tener una mayor trascendencia. Un trascender que nos lleva más allá del tiempo presente y de lo que ahora en este tiempo podamos vivir intentando en plenitud pero sabiendo que nos encontraremos muchas espinas en el camino. Es la trascendencia de vida eterna que descubrimos no solo desde el ansia de plenitud que puede haber en nuestra interior, sino en lo además tenemos revelado desde nuestra fe.
Jesús repetidamente en el evangelio nos habla de esa vida en plenitud, de la vida eterna; nos habla de resurrección y nos habla de vivir en El para siempre. En algún momento nos dice que nos prepara sitio y quiere que estemos con El, que nos llevará con El. Es cuando nos habla de que El mismo es el camino porque también es la vida eterna que nos promete.
Pero hemos de seguir ese camino que no siempre es fácil; como decíamos antes nos aparecen espinas en el camino. Hoy en el evangelio con la parábola que nos está explicando nos habla de la cizaña del mal que va envolviendo nuestro campo y en medio del cual nosotros tenemos que llegar a dar fruto sin dejarnos mezclar ni confundir.
Es el camino que vamos haciendo cada día entre luchas, con dificultades, con momentos de florecimiento, pero también con momentos oscuros; un camino en que nos sentimos muchas veces tentados al desencanto y la desilusión cuando contemplamos cuanto mal hay a nuestro alrededor y que nos afecta y nos hace daño. Pero un camino que tenemos que saber hacer con esperanza.
Sabemos bien que no todo lo alcanzamos en el momento presente; por eso miramos hacia el futuro y queremos que sea mejor. La perfección de lo bueno nos es difícil de alcanzar porque tenemos muchas limitaciones, pero en la trascendencia de nuestra fe, sabemos que en Dios podemos alcanzar un día esa plenitud.
De alguna manera en la explicación que nos hace Jesús de la parábola nos está hablando de ese juicio final que solo nos lo podrá hacer Dios. Pero como  nos aparece manifestado en otro momento del evangelio Dios nos va a examinar nuestra amor, ese amor que nos hizo superar tantas limitaciones y debilidades mientras caminamos en este mundo, ese amor que nos hizo mirar con mirada nueva cuanto nos rodeaba, ese amor que abrió nuestro corazón a los que con nosotros caminaban. Como nos decía poética y místicamente san Juan de la Cruz en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor.

lunes, 30 de julio de 2018

No serán los grandes gestos será a partir de pequeñas cosas las que darán nueva belleza y armonía a la vida y al mundo


No serán los grandes gestos será a partir de pequeñas cosas las que darán nueva belleza y armonía a la vida y al mundo

Jeremías 13, 1-11; Sal: Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 13, 31-35

A mí me encanta ir de paseo por las montañas de mi tierra, de mi isla. No quiero hacer publicidad diciendo que sean los lugares más bellos de la tierra, pero sí me siento cautivado por la belleza de nuestras montañas y nuestros valles, nuestros montes como llamamos aquí a los bosques en la frondosidad de su laurisilva o en la belleza del pino canario, las montañas que se elevan hacia lo alto buscando las estrellas con esa majestuosidad y armonía que en la misma sencillez nos ofrece la naturaleza.
Pero cuando contemplo la espectacularidad de todo esto al mismo tiempo bajo mi mirada a ras del suelo para ver las pequeñas plantas con sus flores, los pajarillos que en la inmensidad del paisaje pasan quizá desapercibidos, pero que se oye la música de su trinar o el zumbido de los insectos que saltan de flor en flor para libar el néctar de su miel. La belleza está en aquello grande y espectacular, pero la belleza está hecha al mismo tiempo de esas pequeñas cosas, esas pequeñas plantas con sus flores, de todo eso que nos puede parecer pequeño e insignificante pero que dan armonía a su conjunto y contribuyen cada cosa con su pequeñez a la belleza total.
Nos encandilan las cosas grandes y no nos detenemos a prestar atención a los pequeños detalles, pero son esos pequeños detalles lo que darán armonía y belleza al conjunto porque una sinfonía no la hace un solo sonido, sino el conjunto de muchos instrumentos cada uno con su propio sonido pero que entre todos conforman la belleza de la sinfonía con su propio ritmo con su propia canción. Así la vida, así el Reino de Dios del que nos habla Jesús en el evangelio.
Hoy nos hace Jesús fijarnos en la pequeñez del grano de mostaza o la insignificancia de un pequeño puñado de levadura. Será que dará belleza y sentido al conjunto. Sin la levadura el pan no tendría su sabor ni su textura, y sin esa pequeña planta nacida de una insignificante semilla parece que nos pájaros no tendrían donde anidarse ni ofrecernos sus trinos.
Fijémonos en esas pequeñas semillas o esos insignificantes granos de levadura que podemos encontrar en la vida de los demás, que los hace bellos, pero que hacen bello también nuestro mundo. Fijémonos en la vida de las personas para apreciar esas bellezas y esos valores que nos darán encanto a la vida y nos servirán al mismo tiempo de estímulo a nosotros para desarrollar cuanto de bello puede haber en nuestra vida que muchas veces nos pasa desapercibido.
Creo que las parábolas de hoy nos pueden estar invitando a que sepamos descubrir en nosotros esa buena semilla que tenemos que sembrar en el corazón de los demás, pero también en ese sabor que nosotros podemos ofrecer a los que nos rodean para que encuentren un sentido y un valor para sus vidas. Hay en nosotros tesoros que muchas veces mantenemos ocultos y nos cuesta aportar de esa nuestra riqueza interior para hacer agradable y mejor la vida de los demás.
No nos guardemos solo para nosotros esa levadura que tenemos desde nuestra fe y desde nuestros valores y principios cristianos. No los podemos ocultar, tenemos que mezclarlos en la masa de la vida para hacerlos fermentar. Nos quejamos algunas veces de que esa masa de nuestro mundo se está volviendo putrefacta, pero ¿no será porque nosotros no le hemos sabido ofrecer el fermento de nuestra fe y de nuestros valores? Quizá no da miedo porque la masa que nos rodea nos parece adversa y muy grande y pensamos qué es lo que podemos hacer. La levadura mezclada en la masa del pan puede ser insignificante pero sin embargo lo hará fermentar.
Es lo que nosotros tenemos que ser, tenemos que hacer. No serán los grandes gestos, será a partir de pequeñas cosas las que darán belleza y nueva armonía a la vida y a nuestro mundo. El paisaje no lo conforman solo las grandes montañas, sino que está forjado de las pequeñas plantas, de los que pequeños seres que pululan en medio de esa inmensidad.

domingo, 29 de julio de 2018

Jesús quiso contar hasta con lo que parecía más insignificante para abrirnos los ojos a unos valores nuevos que no lleven a hacer que nuestro mundo sea mejor


Jesús quiso contar hasta con lo que parecía más insignificante para abrirnos los ojos a unos valores nuevos que nos lleven a hacer que nuestro mundo sea mejor

2Reyes 3, 42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

Alguna vez quizá nos hemos sentado apaciblemente en el patio de nuestra casa y son esos momentos en que parece que no hacemos nada o no pensamos en nada, pero vamos observando alrededor la situación de nuestro hogar y mentalmente nos vamos haciendo como un listado de cuantas cosas habría que hacer, habría que arreglar o mejorar; pero al tiempo quizá nos ponemos serios y pensamos cuanto nos va a costar todo eso, esos arreglos que nos damos cuenta que necesariamente tenemos que hacer pero que un poco nos asustamos porque nos parece que se nos sale de nuestros presupuestos. ¿Qué hacemos al final? ¿Lo dejamos todo como está? ¿Vamos emprendiendo los arreglos uno a uno según podamos? ¿Contamos con el resto de la familia?
Pero esto es una imagen para empezar, porque igual nos ponemos a mirar la situación de nuestro mundo, de nuestra sociedad. Y nos damos cuenta de cuantos problemas, cuantas necesidades, cuantas cosas a las que tenemos que buscar una solución. Pensamos en la miseria en que viven tantos, o pensamos, por ejemplo, en los inmigrantes que como en riadas nos están llegando continuamente por nuestras costas a nuestras tierras.
Quizá echamos balones fuera, como solemos hacer con demasiada frecuencia, y que los que dirigen la sociedad pongan remedio; y pensamos en un regular o impedir que lleguen tantos, o los deportamos a sus lugares de origen. Es que no podemos más, es que aquí también hay problemas, nos decimos, es que a ellos se les da todo mientras a otros no se les solucionan sus problemas, y así comenzamos a hacernos tantos razonamientos, que hasta medio nos convertimos en racistas o xenófobos.
Pero igual en esos problemas en tantos otros que sabemos que están ahí en nuestra sociedad y en nuestro mundo. ¿Qué hacemos? ¿En qué nos implicamos? ¿Qué sean otros los que solucionen? ¿Qué sensibilidad tenemos y hasta donde llega nuestra solidaridad? ¿Nos quedamos sentados en el patio de la vida viendo cuanto hay que hacer, pero esperando que sean otros los que lo solucionen?
El evangelio nos cuenta hoy que Jesús se fue a un lugar apartado y allí se encuentra mucha gente que ha ido en su búsqueda. Siente lástima en su corazón, les enseña, cura a los enfermos, pero hay un problema, están en descampado, queda lejos para que puedan llegar de nuevo a sus casas y aquella gente está hambrienta porque se han agotado sus provisiones.
¿Qué hacer? Ya el evangelista nos dice que Jesús sí sabia lo que hacer. Pero, ¡ojo! Jesús quiere contar con los discípulos y con la gente. ‘¿Dónde compraremos panes para que coma toda esta gente?’ pregunta Jesús a los discípulos más cercanos. Por allá anda Felipe haciéndose sus cálculos económicos para resolver el problema, pero aquello supera los ahorros que ellos puedan tener, que además andan de limosna. Pero el dinero no es tampoco la solución de los problemas, aunque andemos demasiado encandilados en la vida en esos aspectos.
La pregunta de Jesús no cae en saco roto, porque por allá anda Andrés indagando lo que aun les pueda quedar en sus provisiones a aquella gente. ‘Aquí hay un muchacho con cinco panes y dos peces’, viene contando. Pero ¿qué es eso para dar de comer a tanta gente? Parece que se repite lo que hemos escuchado con el profeta Eliseo, un hombre que trae los panes de la ofrenda para el profeta y Eliseo que manda que aquello se reparta con la multitud hambrienta que está allí a las puertas. También se pregunta el criado que significan aquellos pocos panes para la multitud que está esperando.
Conocemos el desenlace del episodio del desierto y como toda aquella multitud comió y aun sobraron canastas de pan. También sabemos que este signo vendrá a completarse con lo que seguiremos escuchando en los próximos domingos y es también un signo del Pan de Vida que Jesús nos va a anunciar.
Creo que con este episodio y el actuar de Jesús se nos están dando pautas, se nos están abriendo caminos para cuando nos enfrentemos a los problemas que aquejan nuestra vida y nuestro mundo. Nos han quedado señalados algunos aspectos. ¿Por donde ha de caminar la solución de tantos y tantos problemas que afectan a nuestro mundo? Se nos ha hablado tantas veces del estado del bienestar, de los medios materiales que necesitamos para conseguir que vivamos bien, que luego de repente se nos derrumban muchas cosas porque ni el estado del bienestar es tal estado del bienestar, ni solo la posesión de bienes nos da ese bienestar a la vida que ha de ir mucho más allá de unas comodidades que podamos alcanzar o el remedio a unas necesidades.
Todo esto tiene que pasar por la persona, por la maduración de las personas en unos valores profundos que serán los que nos darán estabilidad a nuestra vida, porque serán nuestro verdadero apoyo. Le solucionamos los problemas a la gente dándole cosas materiales, pero no enseñamos en valores de responsabilidad, de colaboración para que sepamos contribuir entre todos a ese bien común, de espíritu de sacrificio y de deseos de verdadera superación como persona buscando caminos que nos lleven al entendimiento, a la armonía en nuestras relaciones, a una convivencia en la que evitemos enfrentamientos, envidias, orgullos, resentimientos y cosas así. Si no crecemos como personas porque aprendamos a superarnos y a responsabilizarnos no conseguiremos en verdad mejorar ni nuestra vida ni nuestro mundo. Miremos, pues, cómo estamos educando a las jóvenes generaciones.
Y está ese otro aspecto que también subrayábamos. Contar con las personas. Jesús sabiendo lo que iba a ser la solución de aquel problema del desierto quiso sin embargo contar con las personas, con los discípulos, pero también con aquel joven que ofreció lo poco que tenia. Sepamos contar también con eso poco que nos pueda ofrecer el más pequeño. Nos decimos quizá tantas veces y yo que soy tan poca cosa o tengo tan poco qué voy a aportar, qué valor puede tener lo que yo haga. Aunque nos parezca que pueda pasar desapercibido sepamos contar con lo más pequeño y no dudemos nosotros de ofrecer incluso lo más pequeño que nosotros podamos tener.
¿Nos dará todo esto que estamos reflexionando una visión nueva de cómo emprender la tarea de mejorar nuestro mundo? Cuántas pequeñas cosas, pero que son grandes valores nosotros podemos ofrecer. Jesús está queriendo contar contigo.


sábado, 28 de julio de 2018

Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres


Sin desalientos ni cansancios tenemos que seguir construyendo con esperanza un mundo mejor queriendo en verdad cambiar el corazón de los hombres

Jeremías 7,1-11; Sal 83; Mateo 13,24-30

En ocasiones podemos sentir la frustración o el cansancio en nuestras luchas y esfuerzos por hacer el bien, por querer ser mejores nosotros mismos, pero también por ofertar algo bueno a nuestra sociedad para hacerla mejor, pero seguimos viendo la presencia del mal, ya sea porque en nosotros mismos se mantiene la tentación y muchas veces tropezamos, sino también en ese mal que nos rodea, esa corrupción de todo tipo que amenaza y va corroyendo nuestra sociedad.
¿Por qué, pensamos en tantas ocasiones, tiene que haber tanta gente con malicia, tanta gente interesada que solo va a lo suyo, tantas ambiciones que lo que hacen es destruirnos, tantos afanes de poder y de grandezas que se quedan al final en fuegos fatuos, en vanidades, en la búsqueda de nuestros propios halagos?
Es la existencia del mal que está a nuestro lado y que muchas veces trata de envenenarnos porque caemos seducidos por esos mismas ambiciones o vanidades. Vemos casos de flagrante injusticia y cómo querríamos destruir a quienes actúan de esa manera porque pensamos que así arrancaríamos el mal de raíz de nuestra sociedad. ¿Pero no estaríamos cayendo en los mismos errores, no nos estaríamos cegando por esas maldades para actuar nosotros también con esa misma violencia?
Es como los que se preguntan ante situaciones catastróficas que se suceden en nuestro mundo, unas veces motivadas por causas, errores, o maldades humanas, otras quizá por la fuerza de la misma naturaleza, y ante las consecuencias de muertes o de damnificados se preguntan, digo, donde está Dios. Por supuesto, comprendo que en nuestro interior surgen muchos interrogantes y mucho dolor, pero también tendríamos que preguntarnos donde está el hombre; el hombre que está en la causa con su malicia o con el mal uso de la naturaleza de todos esos males, o el hombre que insolidariamente mira hacia otro lado y no despierta la solidaridad de su corazón. Nos es fácil echarle la culpa a Dios a quien queremos ver así como un solucionador de todos nuestros entuertos, pero no hemos sido capaces de escuchar en nuestro corazón la llamada de ese Dios que nos ha puesto en ese mundo para construir y no destruir, y que quiere poner en nuestro corazón amor y capacidad para responder a esas situaciones de mal buscando verdadero remedio al dolor de la humanidad.
Por ahí va el sentido de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. La parábola del trigo y de la cizaña que crecen juntas en el campo, porque hubo un hombre malo que sembró la cizaña donde antes se había sembrado buena semilla. En la parábola se nos dice que tenemos que dejar que crezcan juntos, que al final se decantará el buen trigo de la mala cizaña. Una imagen de la esperanza de Dios en el corazón del hombre; No podremos cambiar la cizaña ni la mala planta que nos será difícil arrancar sin que arranquemos la buena, pero si podemos cambiar el corazón del hombre, para que transformado pueda dar al final bueno frutos de conversión que se transformen en obras de amor.
Es lo que Dios espera de nosotros. Porque esa cizaña la llevamos muchas veces demasiado metida en nuestro corazón, pero tenemos que aprender a cambiar el corazón. No es imposible con la gracia del Señor. Es lo que tenemos que hacer, contando con la gracia y la fuerza del Señor. Así no nos desalentaremos, así seguiremos construyendo con ilusión y esperanza ese mundo mejor, donde vayamos haciendo desaparecer el mal.