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domingo, 13 de noviembre de 2016

En un mundo lleno de oscuridades los cristianos tenemos una luz que ilumine y transforme la realidad de nuestro mundo

En un mundo lleno de oscuridades los cristianos tenemos una luz que ilumine y transforme la realidad de nuestro mundo

Malaquías 4, 1-2ª; Sal 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19
Todos sabemos bien que el texto del evangelio no es una simple crónica que el evangelista fuera haciendo de los hechos de Jesús en el momento en que iban sucediendo. Jesús envió a sus discípulos a predicar, a anunciar la Buena Nueva que había sido El con su vida, su muerte y resurrección para el mundo. Fue lo que comenzaron a hacer los apóstoles y los discípulos cumpliendo la misión de Jesús.
El texto de los evangelios surgió de esa predicación y catequesis que los apóstoles y primeros discípulos iban haciendo recordando los hechos y los dichos de Jesús para ir iluminando sus vidas en el momento concreto que iban viviendo. Surgieron los que fueron recopilando ese mensaje de Jesús y, como el mismo Lucas nos dice,   muchos son los que lo fueron haciendo.
Respondían al momento que vivían. Cuando Lucas nos trasmite su evangelio ya muchas de aquellas cosas anunciadas por Jesús se habían ido sucediendo, la destrucción de Jerusalén, el comienzo de las persecuciones; los momentos ya no tan fáciles que iban viviendo aquellos primeros cristianos iban siendo iluminados en el recuerdo del mensaje de Jesús. Se iba así iluminando aquel momento concreto que vivían, de la misma manera que hoy sigue iluminando nuestro momento actual. Siempre es luz para nuestra vida el evangelio de Jesús.
Nosotros también hoy en los momentos que vivimos podemos sentir la tentación del pesimismo y del desaliento por la situación de nuestro mundo, por los problemas que van  surgiendo, las dificultades con que nos encontramos los cristianos. Cuántos problemas siguen entenebreciendo nuestro mundo de hoy. Guerras y violencias, desorientación a todos los niveles que algunas veces no sabemos ni a donde vamos, destrucción de nuestra sociedad con la pérdida de valores y de principios, materialismo que nos agarrota y nos encierra haciéndonos insolidarios e injustos con nuestros semejantes, catástrofes naturales que siembran dolor en distintos lugares del mundo, injusticias cuando vemos tanta insolidaridad en los que podrían hacer tanto para que nuestro mundo fuera mejor, trato muchas veces injusto para los que quieren ser buenos y ser fieles que se transforma luego en persecuciones y hasta en martirio de los buenos.
Pero no podemos dejar que las sombras inunden nuestra vida haciéndonos perder la esperanza. Siempre hay rayos de luz, personas buenas, gente comprometida y solidaria, inquietud en muchos corazones con el deseo de que nuestro mundo sea mejor; aunque algunas veces nos pueda parecer que esas cosas pasan desapercibidas tenemos que saber descubrir esas buenas semillas con las que también vamos construyendo el reino de Dios. Tiene que haber esperanza en nuestro corazón.
El texto del evangelio de hoy nos ilumina. ‘Cuidado que nadie os engañe… no tengáis pánico… así tendréis ocasión de dar testimonio’. En nuestro entorno nos encontramos muchas veces profetas de calamidades; habrá quien nos venga hasta diciendo que estamos en el fin del mundo porque esto ya no hay quien lo arregle. Cuantas veces a lo largo de nuestra vida hemos escuchado anuncios de este tipo. O cuantas veces ante las catástrofes naturales que ocurren tenemos una visión apocalíptica de la historia que puede crear incluso una histeria colectiva.
Pero Jesús quiere que no perdamos la paz en el corazón. Los momentos pueden ser difíciles, como los ha habido también a lo largo de todos los tiempos, pero ahí los que creemos en El tenemos que dar un testimonio, tenemos una tarea que realizar, llevamos una luz con nosotros con la que tenemos que iluminar ese mundo. ‘Así tendréis ocasión de dar testimonio’, escuchábamos que nos decía.
No podemos hacer como aquellos cristianos de Tesalónica a los que escribe Pablo – es la segunda lectura de hoy – que porque pensaban que llegaba el fin del mundo ya no tenían que trabajar. ‘El que no trabaja que no coma’, viene a decirles Pablo.Pues a esos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan’. Que tenemos que ser ese administrador fiel que está atento a sus responsabilidades hasta el ultimo minuto, como nos dirá Jesús en otra ocasión.
Es la esperanza con que tenemos que afrontar las situaciones que vivimos en la vida. Es el compromiso de nuestra fe que tendrá que manifestarse en nuestras obras, pero también en las buenas actitudes que tengamos ante la vida, ante la sociedad, ante los demás y ante los problemas que nos pueden ir surgiendo. ¿Que tenemos problemas o que incluso somos mal vistos o perseguidos por la sociedad que nos rodea? Ya Jesús nos lo anunció, pero nos aseguró la asistencia y la fuerza del Espíritu que no nos faltará.
Aprendamos a dejarnos iluminar por el Evangelio, a hacer una lectura del evangelio plasmándolo en nuestra vida y convirtiéndolo en luz de esas situaciones o problemas en los que nos veamos inmersos. Con la luz del evangelio sentiremos como se va transformando nuestro corazón, pero cómo podemos ir también transformando nuestro mundo.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende? En el camino de la vida muchas veces nos sentimos frustrados en nuestras relaciones con los demás; quizá en quien más confiábamos cuando más lo necesitamos nos volvió la espalda, se olvidó de nosotros o como se suele decir se hizo el olvidado, siempre tenía cosas que hacer o atender y no tenía tiempo para nosotros. Es cierto que no podemos ponernos pesimistas y pensar que todas las personas actúan así, pero basta que en una ocasión hayamos sentido esa frustración para que ya comencemos a ver las cosas oscuras.
Son experiencias humanas y desagradables por las que a veces tenemos que pasar, pero creo que tenemos que seguir creyendo en la humanidad y que hay personas que sí estarán pendientes de nosotros o al menos estarán dispuestas a escucharnos.
Al menos intentemos que nosotros no seamos de esa manera, que seamos capaces de poner humanidad en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás y llenemos nuestro corazón de misericordia y de compasión. Que no hagamos las cosas por mero cumplimiento ni por quitarnos a los latosos, como solemos decir, de encima, sino que haya verdadero amor en nuestro corazón y aprendamos a ser solidarios con los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión de la que quiero aprender para mi mismo a partir de la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Es cierto que la intención primera de la parábola, como el mismo evangelista nos indica, es hablarnos de nuestra perseverancia en la oración, en nuestra relación con Dios porque El es el único que nunca nos falla, porque es el Padre bueno y misericordioso que siempre atiende a sus hijos. Pero he querido incidir en este aspecto humano de nuestras relaciones porque creo que tenemos mucho que aprender para nuestro trato con los demás y para la confianza mutua que nos hemos de tener unos y otros.
Nos habla la parábola de la viuda que acudía al juez una y otra vez para que le hiciera justicia.  No nos da razones el evangelio de por qué aquel juez que actuaba tan injustamente no la atendía. Pero no es difícil encontrar esas sus llamadas justificaciones. Cuántas veces en nuestra justicia humana se da largas y largas a un asunto que podría resolverse fácilmente.
Cuántas veces nosotros también damos largas a la respuesta que quizá nos están pidiendo desde nuestros seres queridos más cercanos o desde las personas con las que tenemos alguna relación. Cuántas veces también nos hacemos oídos sordos a lo que nos piden; cuántas veces nos buscamos mil disculpas para no ser solidarios de corazón con aquellas personas en necesidad que acuden tendiéndonos la mano para pedirnos una ayuda o vemos tiradas por los caminos de la vida; cuántas veces nos encerramos en nuestros orgullos y no otorgamos un generoso perdón a quien nos haya podido ofender. Juzgamos fácilmente a aquel juez injusto pero no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos que tantas veces quizá en nuestra insolidaridad y también con un corazón injusto hacemos peor.
¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende?, era la pregunta con la que iniciábamos esta reflexión. Ya sabemos como en Dios tenemos la respuesta porque es un Dios de amor y de misericordia. Acudamos con confianza y con perseverancia en nuestra oración y aprendamos a tener ese corazón compasivo y misericordioso siempre para con los demás. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

Un lenguaje misterioso con un sentido apocalíptico que nos habla del final de los tiempos y de la manifestación final del Hijo del Hombre es el que escuchamos hoy en el evangelio. Decimos apocalíptico y entendemos que se nos habla de ese misterio del día final, pero que la misma palabra indica que es también una invitación a la esperanza.
Por nuestra condición pecadora, tan repetitiva en nuestra vida, es fácil que nos llenemos de temor ante esos momentos finales, de la misma manera que en cierto modo nos llenamos de cierto temor cuando pensamos en el final de nuestros días, en la hora de nuestra muerte. Sin embargo es una hora que siempre tendríamos que pensar con esperanza; sí, con esperanza, porque ¿con quien nos vamos a encontrar? ¿No nos vamos a encontrar con un padre misericordioso como tantas veces Jesús nos ha hablado en el evangelio?
Es cierto que aquel hijo pródigo que volvía a la casa del padre venía con su espíritu lleno de temores porque reconocía que no se había comportado como buen hijo, pero en el fondo de su corazón estaba la esperanza en la bondad de su padre que de una forma o de otra le recibiría; luego se encontraría que el padre le acogía con un abrazo de amor y de perdón que llena de paz su corazón y hacia fiesta por la vuelta del hijo perdido pero encontrado, que había muerto pero que había vuelto al encuentro de la vida. Es lo que tendría que predominar en nuestro corazón, y también llenarnos de esperanza en ese encuentro con la vida definitiva porque es el encuentro con el Padre que nos recibe con amor y que más que juzgarnos y condenarnos nos ofrece el abrazo del perdón para llenar nuestro corazón de paz.
Ciertamente que la descripción que nos hace Jesús está llena de misterio en sus imágenes, porque nos dice que no sabemos ni el día ni la hora, pero es de alguna manera estar invitándonos a la vigilancia, a no dejarnos caer en la modorra de la rutina en la que nos vamos acostumbrando a las cosas y bajamos fácilmente la guardia. ‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre’ y nos recuerda los tiempos de Noé o la destrucción de Sodoma y Gomorra.
Hemos de estar atentos y eso significa estar vigilantes en el amor, no bajando la guardia en el cumplimiento de nuestras obligaciones, seguir en la tensión de nuestro compromiso por querer hacer que nuestro mundo sea mejor, trabajar seriamente para hacer que los demás puedan ser más felices cada día, seguir sembrando las semillas del amor que harán que nuestro mundo sea más humano y haya más paz entre unos y otros.
Esperamos la venida del Señor. Nos lo enseña el evangelio, nos lo recuerda la liturgia cada día, lo expresamos en el credo de nuestra fe, y tenemos que vivirlo cada día de nuestra vida. Esperamos ese encuentro con el Señor donde esperamos oír de sus labios ‘venid, vosotros, benditos de mi Padre, a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Cultivemos nuestra vida interior fortaleciendo nuestra espiritualidad, abiertos a Dios y a su Palabra, dispuestos siempre a dar profundo testimonio

Cultivemos nuestra vida interior fortaleciendo nuestra espiritualidad, abiertos a Dios y a su Palabra, dispuestos siempre a dar profundo testimonio

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17,20-25

Las cosas espectaculares y extraordinarias nos llaman la atención. Cada día en nuestro entorno se van sucediendo multitud de cosas y hasta acontecimientos, pero como entran en lo que podríamos llamar la rutina de cada día por su sencillez, por lo ordinario de la vida, pero casi no les prestamos atención. Pero nos dicen que acaeció algo extraordinario y enseguida queremos saber, queremos ver y poco menos que queremos palpar aquello que ha sucedido. En las cosas pequeñas, sencillas, ordinarias de la vida casi no nos fijamos ni le prestamos atención, pero por las cosas extraordinarias corremos como locos de un lado para otro.
Eso en todos los ámbitos, en nuestra vida social y en las relaciones con los demás, en los acontecimientos de la vida llamémosla política, en las cosas de la familia, en el trabajo de cada día, en nuestra vida personal, en el ámbito de lo religioso o de las cosas que atañen a la fe.
En este aspecto cuando oímos hablar de milagros ya los rumores y comentarios corren como un relámpago de un sitio para otro; un día nos hablan de algo extraordinario, de unas luces que aparecen, de unas supuestas apariciones o revelaciones misteriosas y ya hasta los medios de comunicación lo convierten en seguida en noticia y correrán los reporteros a encontrar el más llamativo enfoque y a ver como nuestra noticia es la primera y la mas espectacular y nosotros trataremos de saber mas, enterarnos de lo que pasa y cosas así. Y así andamos de aquí para allá, un día pendiente de una cosa y al otro día buscando a ver donde haya algo espectacular que nos pueda llamar la atención.
Lo tremendo es cuando toda nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad se fundamentan en cosas de este tipo. Porque lo espectacular y extraordinario será transitorio y pronto ya no llamará la atención, y nos quedaremos como vacíos y sin saber en qué fundamentar de verdad nuestra fe más genuina. Es la superficialidad con que vivimos nuestra espiritualidad y lo que habría de ser nuestra vida cristiana. Nos quedamos con el relámpago, podríamos decir, de lo llamativo externamente, pero en lo hondo de nosotros mismos estamos vacíos y sin algo en lo que de verdad fundamentarnos.   
Tenemos que darle hondura a nuestra fe, a nuestra vida cristiana, tener una verdadera espiritualidad. No nos podemos quedar en lo externo y lo superficial, sino que tenemos que vivirlo allá desde lo más hondo de nosotros mismos. De esto nos previene hoy Jesús en el evangelio. ‘l reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’. El Reino de Dios, lo que es nuestra vida cristiana tendremos que expresarlo con la totalidad de nuestra vida y externamente también hemos de dar señales de lo que es nuestra fe, de lo que queremos vivir. Pero será algo que vivamos en la profundidad de nuestro corazón, en lo más hondo de nosotros mismos.
Es la vida interior que hemos de cultivar. Porque de ahí de lo más hondo de nosotros mismos es desde donde tenemos que proclamar que el Señor es el único Dios de nuestra vida.  Es lo que va a motivar de verdad, darle hondura a lo que hacemos, a lo que queremos vivir; será desde ahí, desde lo más hondo de nosotros mismos, desde donde viviremos nuestros valores, arrancarán nuestros principios, encontraremos lo que será en verdad el motor de nuestra vida.
Eso nos hará personas reflexivas, personas de oración, abiertos a Dios, dispuestos a escuchar su Palabra, dejándonos conducir de verdad por el Espíritu del Señor. Es donde vamos a encontrar la necesaria profundidad de nuestra vida que nos hará sentirnos seguros y fuertes en nuestra fe, dispuestos siempre a dar testimonio.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

Si escuchamos la palabra ‘catedral’ todos más o menos tenemos una idea a lo que nos estamos refiriendo aunque muchas veces nos quedemos en la idea de esa iglesia grandiosa, quizá monumental por el arte en que ha sido construida y que existe sobre todo en grandes ciudades; más o menos sabemos que tiene como referencia al Obispo porque viene a ser el centro de ese territorio que es la diócesis en la que está; pero algunas veces existe una confusión entre lo que es una catedral y lo que es un monumento como sucede en algún sitio que llaman catedral a una iglesia simplemente por su carácter monumental sin realmente serlo; nos sucede en alguna ciudad de nuestras islas.
Pero si nos fijamos en el sentido de la palabra y su concomitancia con palabras semejantes, como pueda ser catedrático ya vamos entendiendo su sentido porque la referencia o raíz de la palabra está en la cátedra. La cátedra es el lugar desde donde enseña el profesor, el catedrático; es el lugar del maestro, del que enseña y al que acuden los discípulos, los que le siguen, para aprender de su enseñanza.
La catedral es, pues, la sede de la cátedra de nuestro maestro en la fe que es el Obispo. La catedral hace entonces referencia a la Diócesis, esa porción del pueblo de Dios en un territorio determinado que es presidido y guiado por su Obispo, como verdadero sucesor de los apóstoles, y que con su enseñanza es nuestro maestro en la fe. Ya sea monumento o ya sea un sencillo templo por ser la sede del Obispo la catedral es la cátedra que nos congrega para alimentar nuestra fe bajo la guía del Obispo, como pastor en nombre de Cristo de la Diócesis y para celebrar el culto y la gloria del Señor.
¿Por qué me hago todas estas explicaciones? Es que en este día celebramos la fiesta de una catedral importante para toda la Iglesia. Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Catedral y Basílica de san Juan de Letrán en Roma. ¿Por qué tiene importancia? Porque es catedral de Roma, es la sede del Obispo de Roma, en consecuencia del Papa, la catedral del Papa.
Estamos acostumbrados a ver al Papa en el Vaticano, en la Basílica de san Pedro y nos puede parecer que esa es la Catedral de Roma, pero no es así. No siempre el Papa vivió en el Vaticano, pues durante siglos vivió en los palacios de Letrán que están junto a la Catedral Basílica de san Juan de Letrán. Por circunstancias de la historia que no nos vamos ahora a detener a explicar se vino al Vaticano, pero la sede del Obispo de Roma sigue siendo siempre san Juan de Letrán. Es algo que muchas veces los cristianos desconocemos y que necesitamos aclarar porque muchas veces incluso los medios de comunicación nos confunden por ignorancia de los que nos trasmiten las noticias.
Es, pues, esta fiesta que hoy celebra la liturgia de la Iglesia algo importante para todos los cristianos y que hemos de vivir con hondo sentido eclesial sintiéndonos en verdadera comunión de iglesia con el Papa como vicario de Cristo en la tierra y pastor también de toda la Iglesia. Creo que puede ser una buena ocasión para que viviendo esa comunión eclesial también nuestra oración se eleve al Señor por toda la Iglesia, por sus pastores, y en este día de manera especial por el Papa.
Es una ocasión, y esto daría para otras más amplias reflexiones, y pensar cómo nosotros somos ese verdadero templo del Espíritu Santo, morada de Dios, porque en el bautismo así fuimos consagrados, y desde lo más hondo de nuestro corazón saber ofrecer un verdadero culto al Señor desde la santidad de nuestra vida y desde nuestras buenas obras cantar la gloria del Señor.

martes, 8 de noviembre de 2016

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

En las normas habituales de cortesía cuando alguien nos muestra su gratitud por algo que nosotros hayamos hecho en su favor respondemos quitándole importancia a lo que hemos hecho diciéndole que no tiene por qué darnos las gracias, que era nuestro deber u obligación y expresiones semejantes en que queremos expresarnos con humildad. Lo decimos con corrección, aunque quizá alguna vez en nuestro interior sentimos el gozo de ser reconocidos, de que se nos valore aquello que hemos hecho y por el contra si no nos dan esas muestras de gratitud de alguna manera nos sentimos mal o pensamos quizá interiormente que las personas son desagradecidas.
Claro que tenemos que ser agradecidos por aquello que nos hagan al tiempo que hemos de saber valorar siempre lo bueno que hacen los demás, de la misma manera que nuestra autoestima se crece cuando nos valoran; pero también hemos de tener en cuenta que lo bueno que hacemos no ha de ser desde el orgullo de ir ganando méritos o hacer las cosas simplemente por lo que dirán. Cuando hacemos el bien, simplemente el gozo que hemos de sentir es la satisfacción del bien que hacemos y nunca buscando alabanzas o recompensas.
De alguna manera es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio. ‘Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’. Se manifiesta así la actitud de servicio que ha de predominar en nuestra vida y el saber comprender también que esos valores que hay en nosotros, esas cualidades de las que estamos adornados han de servirnos siempre para ese servicio o ese bien que podamos hacer a los demás. No es una simple obligación o un deber aunque en aquellos puestos de responsabilidad que tengamos en nuestra vida hayamos de asumir nuestras obligaciones dándoles siempre un toque de humanidad. Es también un compromiso nacido desde el amor.
Eso entraña que no podemos enterrar nuestros valores ni actuar solo desde el interés del bien que yo pueda obtener. Esos valores son la riqueza de nuestra personalidad pero es una riqueza que hemos de saber compartir con los otros. El talento no se entierra, como nos enseña Jesús en otras parábolas del evangelio, sino que hemos de saber desarrollar lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que son nuestras posibilidades, nuestras cualidades para sacarle, si, el mejor partido. Y siempre en esa actitud de servicio y de generosidad diciendo, como nos enseña el evangelio, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No es una simple cortesía lo que tenemos que hacer. Es el espíritu que ha de guiar nuestra vida, el sentido de servicio que nace del amor que ha de adornar nuestra existencia. Es un compromiso para nosotros con lo que queremos hacer nuestro mundo mejor. Ponemos nuestro granito de arena cuando actuamos desde la gratuidad, desde la generosidad, desde el deseo de hacer el bien. Es algo que hemos de saber ir contagiando a quienes están a nuestro lado de manera que crezca y crezca la espiral del amor que es el que hará que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que nos parece que nos sentimos aturdidos ante la tarea que tenemos por delante, y no me refiero solamente a las ocupaciones o responsabilidades que tenemos que afrontar en la vida, los trabajos de cada día, las obligaciones familiares, todo lo que se refiera a nuestra profesión o los compromisos que vamos adquiriendo hacia o con los demás – cosas importantes, es cierto, y que tenemos que afrontar con responsabilidad -, sino algo más hondo que atañe a lo más profundo de nuestro ser, nuestra personalidad, nuestra espiritualidad, el compromiso de nuestra fe.
Nos sentimos aturdidos, decía, porque nos parece ingente nuestra tarea, el camino de superación y crecimiento que tenemos por delante, que hemos de desarrollar. Y ya decía no son solo nuestras tareas o responsabilidades. Nos sentimos débiles y nos parece que no tenemos fuerza para afrontarlo. ¿Qué podemos hacer? ¿dónde encontraremos las fuerzas para ello?
Jesús en su contacto con sus discípulos iba señalándoles aquellas cosas en las que habían de irse superando, aquello que tenía que evitar, o lo que habrían de vivir con toda intensidad si en verdad querían entrar en el Reino de Dios. Los vemos en ocasiones impresionados e impactados por las palabras de Jesús, les parece imposible. Es lo que hoy escuchamos. Les ha hablado de Jesús del daño del escándalo que tendrían que evitar porque nunca su conducta, sus palabras, lo que hicieran tendría que conducir a los demás y menos a los más débiles a verse en la ocasión, en la tentación del pecado. ‘Tened cuidado’, les dice Jesús.
Y les habla también del perdón que generosamente han de conceder siempre al hermano que te haya ofendido, aunque fuera reiterativo en sus ofensas; ¿cuántas veces hemos de perdonar al que nos haya ofendido?, es la pregunta que también nosotros tantas veces nos hacemos. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás’.
Ya sabemos cuanto nos cuesta. Es entonces cuando surge la petición de los discípulos a Jesús. Les parece que no tienen fe, no tienen fuerza suficiente para seguir ese camino. ‘Auméntanos la fe’, le piden.
¿La fe nos lo va a resolver todo? ¿la fe es la que nos da fuerza? La fe nos hace confiar en Dios; la fe nos da seguridad de que no nos faltará esa fuerza de Dios, esa gracia de Dios; la fe es la que nos ayudará, nos motivará para que nos mantengamos firmes; la fe nos iluminará para ver el camino, para ver lo que tenemos que hacer; la fe nos dará sentido a lo que hacemos; la fe nos hará centrar toda nuestra vida en Dios.
Es la fe que nos ayuda a caminar, la fe que nos hace que nunca nos sintamos solos, la fe que nos hace creer que podemos no por nosotros mismos solamente sino por la fuerza que nos viene de Dios, la fe que nos hace superar problemas, la fe que nos levanta el animo cuando estamos decaídos, la fe que nos hace mirar a lo alto y buscar metas grandes para nuestra vida, la fe que nos compromete en un mundo nuevo y mejor.
No plantaremos moreras en el mar, pero si nos hace posible que transformemos nuestro mundo, como se transformará también nuestro corazón; es la fe que nos hace mejores porque al abrir nuestro corazón a Dios lo estaremos abriendo también a los demás. Es la fe que nos lleva al encuentro, a la aceptación, al respeto, a la comprensión, que es capaz de dar el perdón siempre con toda generosidad; es la fe que nos hace humildes pero que nos descubre la mayor grandeza del amor. Es la fe que nos pone en el camino del amor.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lc. 20, 27-38
Hay momentos en que ya sea por los problemas que tengamos, los agobios que nos ofrezca la vida o porque sencillamente surgen esas preguntas en nuestro interior si somos reflexivos, nos planteamos el por qué de nuestra existencia, el sentido que pueda tener lo que hacemos o lo que sufrimos; es, en cierto modo, preguntarnos a donde vamos y cual es el término o la meta del camino que vamos haciendo.
Cuando surgen los problemas parece que todo se nos vuelve oscuro y nos parece tenebroso el camino que vamos haciendo porque nos parece un sin sentido lo que estamos viviendo; queremos ser felices, es un ansia que todos llevamos dentro, y esos problemas que nos agobian no nos dejan ser felices, y nos parece que si no conseguimos ahora esa dicha y esa felicidad todo lo que hacemos carece de sentido.
Si nos falta una esperanza, una esperanza que nacerá del sentido que le hayamos dado o encontrado a la vida que vivimos, es por lo que quizá en la desesperanza ya no queremos vivir; todo parece un abismo en el que no vemos un final, o más que un final, una finalidad. Es duro vivir sin esperanza, vivir sin trascendencia, vivir pensando que solo es lo que ahora vivimos y que muchas veces se nos hace muy duro y difícil.
Cuesta muchas veces encontrar respuestas porque no siempre nuestras ciencias y saberes nos dan respuesta; desde muchos lados se nos quieren dar respuestas y así están las respuestas que nos han intentado dar los pensadores de todos los tiempos; es la eterna pregunta que siempre tendremos en nuestro interior y cuya respuesta se nos puede volver oscura si no encontramos una luz que nos dé un verdadero y profundo sentido.
Para mí, y lo quiero decir humildemente porque aun así muchas veces nos cuesta comprender y no quiero ser más sabio que nadie, la respuesta la encuentro, la intuyo en la fe que tengo en Jesús. Es lo que humildemente puedo ofrecer. Para mí Jesús es la verdad de Dios, la manifestación hecha carne de la Sabiduría divina, y ¿quién mejor que el que nos ha creado nos puede desvelar en la medida en que seamos capaces de entenderlo todo el misterio de nuestra vida, todo el sentido de nuestra existencia? En Cristo se revela la verdad del hombre al tiempo que se nos revela el misterio de Dios.
‘Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia’, nos dirá en algún lugar del evangelio. Y nos proclamará que El es la vida y quien cree en El tendrá vida para siempre. Es Jesús es el que viene a darnos sentido y plenitud a la vida del hombre porque nos ofrece su vida, nos hace participes de la vida eterna. Jesús nos revela al Dios de la vida y del amor. ¿No querrá entonces vida para siempre para nosotros?

¿Qué es lo que va haciendo a lo largo del evangelio? ¿Qué es lo que nos va ofreciendo? Proclama el año de gracia del Señor porque con El llega la amnistía, el perdón total para darnos vida para siempre. No quiere la muerte para nosotros y nos arranca de toda esclavitud. Nos quiere libres de ataduras para que podamos vivir en su plenitud, que todo eso mejor que ansiamos en lo más hondo del corazón podamos alcanzarlo en plenitud, porque ninguna sombra lo oscurezca ni ningún pecado lo manche.
Desde ese anuncio de vida en plenitud que Jesús nos hace y nos ofrece miraremos nuestra propia vida con otros ojos, con otro sentido. Es cierto que toda esa plenitud que deseamos no la podemos alcanzar ahora y aquí porque nuestra vida se llena de muchas sombras, pero no nos falta la esperanza de que un día podremos vivirlo en plenitud. Nuestra vida terrena, el hoy de nuestra vida se puede ver ensombrecido por los problemas y los agobios de la vida, pero siempre veremos al final ese faro de luz de la vida en plenitud que desde nuestra fe en Jesús se nos revela.
Como decían los jóvenes Macabeos que escuchábamos en la primera lectura de este domingo cuando eran martirizados por su fe, ‘tú, malvado, nos quitarás la vida presente… pero el rey del universo nos resucitará para una vida eterna… Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará’.
Desde esa esperanza de vida eterna ya no nos importan tanto los sufrimientos de la vida presente porque ansiamos y esperamos esa vida en plenitud que Dios nos dará. No andamos ahora haciendo especulaciones o dejándonos llevar por la imaginación para saber o describir cómo será esa vida futura, sino que sabiendo que será vivir en Dios para siempre y siendo Dios amor es alcanzar la plenitud más grande que podamos imaginar. No caben aquellas especulaciones que se hacían los saduceos cuando vinieron con sus preguntas a Jesús porque ellos negaban la resurrección. Solo es cuestión de fiarnos de Dios.
Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en el credo. Es lo que nos da esperanza y nos hace trascender nuestra vida. Desde esa esperanza encontramos ese apoyo, esa fuerza y ese sentido para nuestro caminar aunque muchas veces ese camino se nos pueda llenar de oscuridades y tinieblas. Miramos hacia Jesús y en El encontramos la luz. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Filipenses 4,10-19; Sal 111; Lucas 16,9-15
Una cosa es la utilización de las cosas materiales que tenemos a nuestro alcance en lo que es el desarrollo de nuestra vida de cada día y otra cosa es que esas cosas nos dominen y nos convirtamos en esclavos de ellas. Es una tentación y un peligro. Parece que no supiéramos vivir ni hacer nada sin esos medios y poco a poco se nos va creando una dependencia que termina esclavizándonos.
Normalmente cuando hablamos de esto parece que nos refiriéramos únicamente al dinero o la riqueza con la tentación de la codicia y volvernos avariciosos de tener y de poseer cosas, de las que al final ni le sacamos utilidad para nuestra vida. Pero el campo de esas dependencias que nos creamos es amplio y se traduce en muchas cosas que tenemos o que queremos tener, que usamos y sin las cuales no nos podemos pasar.
Es cierto que la vida nos va ofreciendo cada día más medios que de alguna manera nos facilitan muchas cosas, una vida más cómoda, una mejor forma de relacionarnos con los demás, unos medios que nos facilitan el estar en contacto con los seres queridos. Pensemos en todos los medios electrónicos de los que disponemos para comunicarnos, para mantener una relación más fácil y fluida incluso con los que están lejos de nosotros. Ya sabemos todos muchos de las redes sociales.
Pero todo eso tendría que ser medio para facilitarnos el encuentro, la cercanía, la comunicación, el conocimiento de otras realidades y de otras personas. Eso está bien y es bueno que tengamos esos medios. Pero cuidado que se conviertan en refugios que quizá nos aíslen de los que están más cercanos a nosotros; cuidado que nos atemos a esos medios o a esas cosas y desatendamos lo que tenemos más cerca o lo que son nuestras obligaciones; cuidado se nos conviertan en una dependencia tal que nos ponemos inquietos en el momento en que nos falten o no los podamos usar porque nos pueda parecer que ya no somos nada sin ellos; cuidado los convirtamos en dioses de nuestras vidas.
Todos conocemos casos de quienes desatienden sus obligaciones y su trabajo por estar todo el día dependiendo del whatsApp; muchas imágenes vemos de personas que están juntas, porque están unas al lado de otras pero están muy distantes entre si porque cada uno solo está pendiente de su whatsApp; nos sucede que estamos en una conversación de amigos y de repente todo se detiene porque sonó el tic de un móvil y ya aquella persona se aisló y se desentendió de los que estaban a su lado. Así se podrían seguir poniendo muchos ejemplos.
Son las dependencias que nos vamos creando en la vida; son los nuevos ídolos de nuestra existencia; son esas nuevas esclavitudes que nos van apareciendo y que de alguna manera nos van subyugando.
Esta reflexión que me estoy haciendo sobre esas cosas concretas que nos pueden pasar cada día, me la hago partiendo de lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio, de cómo hemos de saber sacar provecho positivo de las riquezas o de los bienes materiales que tenemos en la vida, pero que nunca pueden convertirse en nuestros dioses.
Que nada de todos esos medios que la vida de hoy nos ofrece nos alejen de Dios, sino que todo lo contrario con esas cosas podamos también cantar y proclamar la gloria del Señor. Que nada de esas cosas nos hagan olvidar nuestras responsabilidades, ni nos aparten de aquellos que tenemos a nuestro lado, aunque también nos valgan para contactar y comunicarnos con otras personas más lejanas creando nuevos vínculos de amistad y de fraternidad.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Filipenses 3,17–4,1; Sal 121; Lucas 16,1-8

‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. Efectivamente qué habilidosos somos para nuestros negocios, para la búsqueda de nuestras ganancias, para conseguir aquellas cosas materiales que tan fuertemente ansiamos, para encontrar la manera de pasarlo bien, de ser felices a nuestra manera, dejándonos encandilar por tantos señuelos que se nos ofrecen en la vida.
¿Lo seremos para las cosas que son verdaderamente importantes? ¿Lo seremos para aquellas cosas que tiene una trascendencia en nuestra vida que vaya más allá del hoy y ahora en el que vivimos tan inmersos?
Claro que habría que tener una escala de valores clara y ver qué es lo que realmente nosotros consideramos importante y trascendental en la vida, porque ni en eso nos ponemos de acuerdo. Quienes viven la vida desde un puro materialismo será en esas cosas donde pondrán todo su empeño; si no le damos una trascendencia espiritual a nuestra vida y a lo que hacemos, seguro que por esos valores trascendentales no nos preocuparemos ni pondremos todos nuestros esfuerzos en su búsqueda.
Esto es algo que tendría que hacernos pensar, porque nos resulta que incluso aquellos que nos llamamos cristianos porque decimos que tenemos fe en Jesús y queremos ser sus discípulos vivimos en la vida demasiado preocupados por lo material, por lo inmediato, por nuestros placeres terrenos y perdemos de vista lo espiritual, lo trascendente que tiene que tener nuestra vida. Es un contrasentido que vivamos así, lo que nos demuestra quizá el desconocimiento que tenemos del evangelio y de lo que en verdad significa ser cristiano.
Es por eso por lo que muchas no veces no entendemos lo que la Iglesia quiere enseñarnos sobre muchos aspectos de la vida, las directrices o las normas de conducta que nos señala. ¿Pensamos realmente en la resurrección y en la vida eterna? Es un articulo de nuestra fe, pero que tenemos olvidado y que no contemplamos en nuestra manera de actuar como formando parte del sentido de nuestra vida. Y así podríamos pensar en muchas cosas.
La parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio no es que trate de alabar ni justificar la manera injusta como aquel administrador trataba los bienes que tenia a su cuidado, sino es para hacernos pensar en el valor y la importancia que nosotros le damos a las cosas verdaderamente trascendentales para nuestra vida. De ahí esa sentencia con la que concluye Jesús el relato de la parábola y que nos ha servido de punto de partida en nuestra reflexión.
Hagámonos una verdadera escala de valores buscando lo que es más trascendente para nuestra vida; busquemos el lugar propio que han de tener todos los valores espirituales porque son lo que de verdad van a elevarnos y darnos un sentido profundo a nuestra existencia. Dejémonos iluminar por la luz del evangelio.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Filipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Jesús sentado entre publicanos y pecadores. Por allá andan algunos murmurando, juzgando, criticando, condenando. Los publicanos y los pecadores se acercan a Jesús a escucharle. ¿Quiénes mejor que ellos podrían comprender las palabras dejes que nos hablaba del amor y de la misericordia de Dios? ¿En quienes se despertaría mejor la esperanza de una vida nueva que ellos que se sentían malditos y condenados porque todos los consideraban pecadores? Jesús no rehuye a nadie, es más el médico viene para los enfermos, para curarlos; al que se cree ya sano no necesitará del medico.
Por eso Jesús no los rechaza sino, todo lo contrario, los busca. Como a Zaqueo el que estaba subido en la higuera; como a Leví que estaba sentado en el mostrador de los impuestos; como a todos aquellos que se sentaban a la mesa con Jesús, porque Leví había ofrecido un banquete a Jesús y había invitado también a sus amigos, a los que hasta entonces habían sido colegas de profesión.
Pero habrá quien no lo entienda. ‘Ése acoge a los pecadores y come con ellos’. Es no entender lo que es el amor y la misericordia de Dios. Allí se está manifestando en Jesús el rostro de Dios, el corazón misericordioso de Dios. Allí se están sintiendo acogidos y perdonados, inundados por el amor de Dios los pecadores. ¿Qué sentirían en su corazón cuando así se veían acogidos de Dios?
Este texto que estamos comentando con esa actitud de displicencia de los escribas y fariseos nos invita, sí, a analizar cual es la acogida que nosotros hacemos de los pecadores, de los que nos parecen diferentes, de los que viven una vida distinta a la nuestra.
Tenemos que analizar muy bien nuestras actitudes y posturas, porque muchas veces también son farisaicas. Tenemos dobles raseros para medir y aplicamos a unos y a otros según cuales sean en verdad las actitudes que llevamos en el corazón; y nuestro corazón puede estar dividido muchas veces.
En la teoría nos puede parecer muy bien lo que está haciendo Jesús y hasta lo defendemos, pero en la hora de la práctica de cada día, en nuestra relación concreta que tenemos con los demás, tenemos que ver bien si actuamos según el querer de Jesús, según el estilo de misericordia y compasión que nos enseña Jesús. Es una pendiente por la que podemos caer, resbalarnos y acabar entonces también con nuestros prejuicios, nuestras sospechas, nuestras murmuraciones, nuestras condenas.
Pero también es una oportunidad para nosotros ponernos en la piel de aquellos pecadores que eran acogidos por Jesús. Y es que somos pecadores, así tenemos que sentirnos y de esa misma manera hemos de experimentar en nuestra vida ese amor y esa compasión de Jesús.
También hemos de sentirnos acogidos por Jesús a pesar de nuestro pecado; creo que si así nos sintiéramos no tendríamos tanto temor, por ejemplo, al sacramento de la reconciliación; con cuanto temor nos acercamos al sacramento o cómo lo rehuimos muchas veces; y es que no abrimos en verdad nuestro corazón a Dios en esos momentos para sentirnos inundados por su misericordia, para llenarnos de su paz. Vamos quizá muy apesadumbrados y avergonzados por nuestros pecados, pero olvidamos que nos vamos a encontrar en ese momento con la misericordia de Dios. Vamos a recibir su abrazo de perdón y de paz que nos pone en camino de nueva vida; qué alegría tendríamos que experimentar en nuestra alma en esos momentos.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Job 19,1.23-27ª; Sal 24; Filipenses 3,20-21; Juan 14, 1-7

Hay momentos en la vida en que afloran los sentimientos y las emociones, ya sea por cosas o acontecimientos que nos impresionan o nos agradan o ya sea porque el recuerdo nos trae al presente momentos vividos con intensidad o personas que no estando ya con nosotros sin embargo fueron importantes en nuestra vida. Hoy es uno de esos días en que por los recuerdos en este caso de los seres queridos que ya no están con nosotros somos fáciles a los momentos emotivos y salen a flote todas nuestras emociones más sentimentales.
Son importantes en nuestra vida esas emociones o ese revivir los sentimientos gratos que hayamos vivido y que no podemos ni tenemos que reprimir. Pero hay algo más nosotros que marca la pauta de nuestra vida, el sentido de nuestro vivir que son esos principios fundamentales que nos rigen y es también el sentido de trascendencia espiritual que le damos a nuestra existencia. Es donde de una forma razonable aparece nuestra fe, esa fe que nos da sentido y que nos da valor; esa fe que encauza por un buen sentido esas emociones y esos sentimientos.
Es así como hemos de darle un verdadero sentido espiritual y cristiano, llenos de trascendencia, al recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, que hoy de una manera especial la Iglesia no invita a conmemorar. Es lo que llamamos el día de difuntos, pero que hemos de saber vivir desde nuestra esperanza cristiana. No será entonces un solo recuerdo lleno de dolor, aunque esa pena de la separación de nuestros seres queridos siempre la tengamos en el corazón. Es algo más y a lo que tenemos que darle una verdadera profundidad cristiana.
No pensamos los cristianos en los muertos como seres que ya desaparecieron para siempre y que se ven consumidos en la nada. Los cristianos vivimos en una esperanza de resurrección y de vida eterna. Los cristianos damos una trascendencia a nuestra viva que nos hace mirar más allá del umbral de la muerte. Para nosotros quienes han muerto a la realidad de este mundo viven, porque nosotros creemos en la vida eterna porque creemos en la palabra de Jesús.
Se queda envuelta de alguna manera por las sombras del misterio como va a ser esa vida eterna, pero en nuestras ansias y sed de Dios y de plenitud tenemos la esperanza de poder vivir esa plenitud en Dios. Por eso nuestro recuerdo cargado de sentimientos y emociones se hace oración, porque uniéndonos a Dios en nuestra oración de alguna manera nos sentimos unidos a quienes tenemos la esperanza de que vivan en Dios para siempre.
Nuestra oración se hace acción de gracias recordando cuanto de bueno vivimos en este mundo con esos seres queridos que ahora recordamos y cuanto recibimos y aprendimos de ellos. Y nuestra oración se hace también suplica e intercesión porque, sabiendo que todos somos limitados y llenos de debilidades, ahora pedimos el perdón y la misericordia divina sobre esos seres amados para que puedan vivir para siempre esa plenitud en Dios que llamamos cielo.
Nuestro recuerdo y oración se nutre en la esperanza y llena aún más de esperanza nuestra vida, porque ansiamos que un día podemos gozar todos juntos de esa plenitud de Dios en el cielo. ‘Recibelos en tu reino, pedimos a Dios en nuestra oración, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’.

martes, 1 de noviembre de 2016

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Hace unos días escuchábamos a uno que se acercaba a Jesús para preguntarle si era muchos o pocos los que se salvaban. Jesús le habla del camino estrecho que hay que seguir y es como de alguna manera recordar todo lo que había hablado a lo largo del Evangelio del Reino de Dios que anunciaba y que se constituía con El.
Me vino a la memoria este texto y esta pregunta que le hacen a Jesús cuando hoy estamos celebrando la fiesta de Todos los Santos y hemos contemplado las descripciones que nos hace el libro del Apocalipsis. ‘Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Pero siguen las preguntas y la pregunta se escucha en el mismo Apocalipsis. ‘Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?... Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’.
Los que vienen de la gran tribulación. No es solo una referencia a los mártires, aunque era algo que estaba muy presente en el momento de redactar el Apocalipsis en medio de las múltiples persecuciones que ya sufrían los que creían en Jesús, sino que está refiriéndose, es cierto, a todos los que caminando por este mundo, muchas veces tan complejo, han sabido dar testimonio de su fe, han querido vivir con toda radicalidad el mensaje de Jesús, el mensaje de las Bienaventuranzas.
Camino estrecho, recordábamos antes, del que Jesús les había hablado a sus discípulos en la respuesta que hacia a aquella pregunta. Camino de cruz y de negarse a si mismo, como nos dirá en otras ocasiones. Camino que es camino de amor y cuando hay amor de verdad en nuestros corazones sabremos ponernos siempre a la altura del que sufre, del que lucha, del que quizá pasa necesidad en las múltiples carencias que le da la vida, o del que sabe hacerse pobre porque en solidaridad sabe compartirlo todo con los demás.
Es el camino de los que mantienen su corazón alejado de toda malicia y de toda pasión; es el camino de los que saben mantener la paz en su corazón en medio de un mundo de violencias y con sus gestos, con sus palabras, con las pequeñas cosas que hacen cada día se convierten en verdaderos constructores de la paz; es el camino de los que saben hacerse misericordia porque han sabido poner junto a su corazón a los hermanos que sufren para ofrecer un consuelo, una palabra de aliento, un gesto de verdadera solidaridad, un compartir con los demás lo que son y lo que tienen, aunque tengan que despojarse de si mismos.
Es el camino que muchas veces se hace difícil porque dar testimonio de una fe y de unos valores lo convierte a uno en signo de contradicción con el mundo le rodea, y los signos de contradicción no son aceptados sino más bien rechazados porque se convierten en un testimonio muy fuerte que se enfrenta con lo que viven los que simplemente se dejan llevar por la vida. Así se convertirá en un camino quizá de persecución, pero al que no tememos porque quien va delante de nosotros ha dado testimonio de su amor, de un amor supremo que le ha llevado hasta la cruz.
Esos son los que vienen de la gran tribulación y hoy contemplamos como una multitud incontable en el Reino de los cielos cantando las alabanzas del Señor. Es lo que hoy celebramos, a aquellos que nos han precedido en el camino de la vida dando verdadero testimonio de su fe y de su amor, de su vivencia del evangelio y de seguir el camino de Jesús. Es lo que hoy celebramos, y tendríamos que celebrar también a tantos que en medio nuestro, aunque quizá muchas veces nuestros ojos se cieguen y no sepamos reconocerlos, ahí están también dando ese testimonio, ahí están en medio de la gran tribulación esforzándose cada día por vivir con mayor intensidad lo que es el Reino de Dios y construyendo así un mundo nuevo. 
Son para nosotros testimonio y estimulo, sintiéndonos así impulsados a seguir su ejemplo y a construir cada día ese Reino de Dios; son para nosotros también intercesores que nos alcanzan del Señor esa gracia que necesitamos. A ellos acudimos para que nos ayuden a sentir lo que es la misericordia del Señor en nuestras vidas. No sabemos ser siempre fieles y nuestra vida está llena de debilidades que nos hacen inconstantes en el seguir ese camino y que muchas veces también nos hacen tropezar con el pecado. Que ellos con su intercesión nos alcancen como se pide hoy en la oración liturgia el sentir sobre nosotros la misericordia y el perdón del Señor.

lunes, 31 de octubre de 2016

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

Entra en lo habitual de nuestras relaciones humanas que nos agrade estar con aquellos que son nuestros amigos o personas queridas y que haya una mayor sintonía y una mayor relación con personas cercanas a nosotros en su manera de ser, de pensar o de actuar en la vida. No seria humano, por supuesto, evitar o descartar a quienes no entren en estas características, pero es cierto que con esas personas mantenemos quizá una relación no tan cordial. Forma parte esto de lo que es nuestra convivencia de cada día, nuestra relación con los demás.
Pero aquí aparece sencillamente lo que forma parte de nuestra característica del ser cristiano, seguidor de Jesús; la novedad, por así decirlo, que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos dice hoy Jesús. Lo habían invitado a comer en la casa de un fariseo principal; como hemos venido escuchando los fariseos estaban al acecho, pero Jesús estaba también observando lo que iba sucediendo.
Ya había hecho unos comentarios y advertencias en torno al hecho de quienes andaban buscando como fuera sentarse en los primeros y principales puestos de la mesa. Ahora viendo quienes eran los que estaban invitados a aquel convite, los amigos del dueño de la casa como era natural, es cuando nos lanza el mensaje. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
No nos dice Jesús que sea malo el que nos reunamos con nuestros amigos y con aquellos con quienes tenemos unas relaciones más cordiales, pero nos está proponiendo nuevas metas dentro de lo que es el sentido del Reino de Dios donde todos nos sentimos hermanos como miembros de una misma familia. Y es que nuestro corazón tiene que estar abierto a todos, no solo a los cercanos, no solo a los que nos puedan corresponder.
Es por lo que nos da esta pauta. ¿Vas a invitar a alguien a comer? Es una acto de generosidad por tu parte que normalmente se va a ver correspondida por aquellos a quienes invitamos. Claro, cuando pueden hacerlo, cuando están quizá en el mismo nivel que nosotros. Lo que muchas veces hace que nuestras relaciones se convierten en un te doy para que tú me des a mi.  Como nos dice Jesús ‘corresponderán invitándote y quedarás pagado’.
Pero ¿y si nada tienen como podrán corresponder para invitarte a ti de la misma manera? Es aquí donde nuestra generosidad aparecerá más altruista, porque no damos para que nos den. Damos, porque generosamente queremos compartir, damos porque hay un amor generoso y altruista en nuestro corazón. Aunque bien sabemos que la gratitud de los pobres se manifestará de formas bien maravillosas que no irán por correspondencias materiales.
Todo esto va en la onda del sentido del amor del que Jesús nos ha venido hablando largamente en el evangelio, cuando nos habla del amor a los enemigos, de perdón a los que nos ofenden, de la generosidad que siempre ha de haber en nuestro corazón. ¿Por qué amamos? ¿Por  qué somos generosos con los demás para compartir? ¿Dónde tiene que estar la raíz del verdadero amor? 

domingo, 30 de octubre de 2016

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Sab.11, 23 - 12, 2; Sal 144;  2Tes. 1, 11 - 2, 2; Lc. 19, 1-10
Hay ocasiones en que queremos encontrarnos con alguien, pero al mismo tiempo parece que no queremos encontrarnos. Sí. Hay como ciertos miedos dentro de nosotros. Vemos tantas barreras que nos parece imposible saltarlas; pero si las saltamos, ¿qué nos vamos a encontrar? ¿Tendrá la otra persona también deseo de encontrarse con nosotros? Y vienen los prejuicios, los miedos, las barreras que ponemos que muchas veces decimos que están en los otros, pero que quizá están en nosotros mismos. Necesitamos quizá un empujón, una señal, algo que nos de confianza, que nos haga abrirnos, dar el paso.
Zaqueo quería conocer a Jesús. Era bajo de estatura y era mucha la gente y no podía alcanzar a verlo. Pero ¿era solo eso o era una excusa? Era un recaudador de impuestos, y él bien sabía lo mal mirado que estaba por la gente; los llamaban publicanos, que era como decirles que eran pecadores públicos; tenían fama de ser ladrones y enriquecerse con el dinero de los impuestos que sobrecargaban en su beneficio. Con su baja estatura y él desprecio que sospechaba que la gente le tenía, nadie iba a hacerle sitio para poder ver a Jesús tranquilamente. Sus miedos, sus barreras; no solo las que le ponía la gente, sino las que él mismo se ponía. Pero sentía curiosidad.
Encontró una estrategia, se adelantó y se subió a una higuera; lo vería pasar oculto entre las hojas, nadie se iba a fijar en él, y no tenía que mezclarse con la gente. No se meterían con él. Y allí estaba tranquilo viendo a Jesús que se acercaba, nadie se fijaba en él, pero he aquí que es Jesús el que se detiene ante la higuera y se dirige a él. Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No se lo creía. Lo había descubierto. Pero es que además se auto invitaba a su casa. No lo esperaba. Pero era su ocasión, podía recibirle en su casa y bajó enseguida y preparó un banquete para Jesús y los discípulos que iban con El.
El encuentro se había realizado. Lo había en cierto modo deseado, no sabía cómo podría realizarse y allí estaba ante Jesús sentado a su mesa. La barrera se había derrumbado. La gente podía hablar lo que quisiera, pero Jesús estaba en su casa.
¿Qué sucedió en aquella comida? El encuentro había sido tan profundo que había llegado la salvación a aquella casa. Y la salvación se estaba haciendo presente en el corazón de Zaqueo. Y desde aquel momento las cosas ya no iban a ser de la misma manera. Las barreras se habían derrumbado pero no era solamente que habían caído los obstáculos para poder ver Zaqueo a Jesús, sino que las barreras habían caído en su corazón.
En medio de todo aquello Zaqueo se había puesto en pie ante Jesús. ‘Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Era su corazón el que estaban dando la vuelta a todo. Se despojaba, restituia en justicia, compartía generosamente con los demás. El dinero que había sido tan importante para él hasta ese momento ahora dejaba de serlo porque había encontrado la verdadera riqueza, el autentico tesoro.
Era Jesús que estaba allí. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán’, había proclamado Jesús. Zaqueo había abierto de par en par las puertas de su casa para que llegara Jesús, para que llegara la salvación. Nada impedía ya que entrara la salvación a aquella vida. Auténticamente las barreras se habían derrumbado, porque la gracia del Señor había actuado.
Al principio hablábamos de cómo queremos encontrarnos con los demás pero muchas veces nos da miedo. Es la experiencia de la que partimos para este comentario y reflexión. Pero ahora veamos lo de ese encuentro en nuestros deseos de encuentro con Jesús. Tenemos tantas barreras, ponemos en ocasiones tantos obstáculos que arrancan de nosotros mismos.
Deseamos, sí, pero no sé si es que tememos vernos luego cogido por Jesús. Tenemos miedos a las radicalidades, a esas cosas de las que tendríamos quizá que despojarnos, porque sabemos que si nos encontramos de verdad con Jesús las cosas en nuestra vida tienen que ser distintas. Y con mil disculpas, como aquello que era bajo de estatura, vamos dando largas, lo dejamos para otra ocasión, decimos que tenemos que pensárnoslo y no terminamos de abrir nuestras puertas a Cristo.
Jesús nos está diciendo también a nosotros hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero nosotros seguimos en nuestras alturas, en nuestros pedestales o en la higuera de nuestras cobardías porque quizá seguimos ocultándonos, porque quizá tenemos miedo de lo que puedan pensar los demás.
Y no damos la cara, ocultamos tantas veces nuestra fe, o tenemos miedo que conozcan nuestras debilidades. Pero somos humanos y como tales tenemos que presentarnos, como tales tenemos que ir hasta Jesús. Es la gracia la que hará el milagro de transformarnos, pero nosotros tenemos que dejar que Jesús se hospede en nuestra casa, llegue a nuestra vida, entre en nuestro corazón.
¿Podremos decir también después de este encuentro con Jesús y con su palabra ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida?




sábado, 29 de octubre de 2016

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

Filipenses 1,18b-26; Sal 41; Lucas 14,1.7-11

¿A quien le amarga un dulce? Suele decirse para expresar como nuestro ego se siente contento por dentro sacando a flote lo mejor de nuestros orgullos cuando alguien nos alaba algo que hayamos hecho, cuando nos tienen en cuenta o en buena consideración. Cuando nos queremos manifestar humildes y no dar importancia a lo que hacemos siempre nos aparecerá alguien que nos diga que tenemos que aprender a valorarnos más, hacer florecer nuestra autoestima y saber poner sobre la mesa lo que nosotros valemos y hasta lo importantes que podamos ser.
Un poco con una cosa y otra algunas veces se nos crean algunos conflictos interiores y no sabemos quizá por donde salir, por otra parte nos halaga que nos consideren y podemos sentir la tentación de buscar esos halagos, esos reconocimientos, y esas buenas consideraciones que los demás tengan de nosotros. ¿Qué hacer? ¿cómo actuar? ¿qué nos podría iluminar el evangelio de Jesús en estos aspectos?
A Jesús lo habían invitado a comer en casa de un hombre principal. Y ya el evangelista nos dice que estaban al acecho, incluso con lo que ayer nos decía el evangelio de que era sábado y por allí había un hombre enfermo de hidropesía. Pero ahora es Jesús el que se fija en la actitud de los comensales, porque comienzan poco menos que a darse codazos por ponerse en el lugar principal de la mesa. Es cuando surge la palabra de Jesús.
‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto…’  Y nos enseña Jesús que no temamos ocupar los últimos puestos. Y terminará diciéndonos: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Ya sabemos que en esto de los banquetes y de las comidas tiene sus protocolos, y quien ha de ocupar uno u otro lugar. Jesús no va por el camino de los protocolos que al final son reglas encorsetadas que quizá pretendan no crear conflictos de orden, pero que en el fondo algunos recelos o envidias pueden provocar.
El camino de Jesús va por otros derroteros porque es un camino de sencillez y de humildad. Un camino del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas. Un camino ajeno a las vanidades de la vida y al vivir de las apariencias. Un camino de verdad en el que nos manifestamos como somos, pero en el que siempre hemos de saber ir con una actitud de servicio. Ese es el camino que nos hace verdaderamente grandes con la verdadera grandeza que ha de buscar toda persona; ese es el camino en el que van a resplandecer los verdaderos valores que llevemos en el corazón.