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jueves, 26 de mayo de 2016

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad 1

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad

1Pedro 2,2-5.9-12; Sal 99; Marcos 10,46-52

‘Muchos le regañaban para que se callara’, dice el evangelista que fue la reacción de algunos que acompañaban a Jesús ante los gritos del ciego Bartimeo. Siempre me ha hecho pensar este episodio. Parecería lo más lógico que tal como iban acompañando a Jesús en el camino hacia Jerusalén y dando por supuesto que en ellos habría fe en Jesús, que muchos habrían sido testigos de sus milagros o incluso beneficiarios de los mismos, más bien alentaran al ciego para que le pidiera a Jesús la curación de su ceguera.
Pero le regañaban para que se callara… Molestaban quizá los gritos del ciego porque les impediría que ellos escucharan lo que Jesús iba diciendo; o molestaba más bien aquella ceguera que pudiera estar recordándoles otras cegueras, las que ellos mismos llevan en el alma; molestaba ver a su lado a una persona con una discapacidad, desde aquel concepto que tenían de que la enfermedad era un castigo del pecado, y vete a saber qué habría hecho aquel hombre para que se hubiera quedado ciego; nos molesta, nos repugna quizá en ocasiones encontrarnos con personas con discapacidades que tratan de moverse a pesar de su imposibilidad, de hacer cosas a pesar de sus limitaciones, de vivir con dignidad de personas aunque haya discapacidades físicas, cuando nosotros con la entereza quizá de nuestros miembros nos consideramos quizá mejores o con mayor dignidad; nos molestan porque quizá nos recuerden muchas cosas, o porque tenemos miedo de que un día nosotros nos podamos ver así. En muchas cosas podemos pensar, pero no somos tan distintos de aquellos que regañaban al ciego para que se callase.
La presencia de Jesús tendría que recordarnos o enseñarnos muchas cosas. Como sucedió entonces. Jesús sí se detuvo junto al camino para escuchar y atender aquellos gritos. ‘Jesus se detuvo y dijo: llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole, ánimo, levántate que te llama’. Bastó el gesto de Jesús para que cambiara la actitud de aquellas personas. Ahora ellos también se interesaban por él, ahora también le ayudaban para que se pudiera acercar a Jesús.
Cómo tenemos que aprender a tener los mismos gestos de Jesús. Muchas veces no hace falta muchas cosas. Tampoco es una compasión paternalista la que hemos de tener hacia el pobre o el discapacitado. Compasión, sí, porque es amor, pero sabiendo detenernos, ponernos a su lado, ofrecer una palabra o una mirada, tender nuestra mano o nuestro corazón donde encuentre apoyo, ayudar a que con dignidad siga caminando hacia delante. La pobreza o la discapacidad no merma la dignidad de la persona que está por encima de todas esas limitaciones que pudiera haber en nuestra vida; la dignidad la perdemos por otras cosas o razones.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es la pregunta de Jesús y ha de ser nuestra actitud. Quizá solo nos pidan cercanía y una mano tendida que ayude a caminar, una palabra de aliento, o una presencia que estimule a vivir con dignidad. Cuánto podemos hacer cuando hay amor del bueno en nuestro corazón. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

1Pedro 1, 18-25; Sal 147; Marcos 10, 32-45

Da la impresión que Jesús tiene prisa; nos dice el evangelista que mientras caminaban subiendo a Jerusalén se les adelantaba, de manera que los discípulos se extrañaban y lo seguían asustados. Presentían que algo quería decirles Jesús, que algún anuncio importante tenía que hacerles.
Efectivamente tomando aparte a los doce comienza a hacerles el anuncio: ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, les dice, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará’. Pero como tantas veces les sucede no entienden, no terminan de comprender lo que Jesús les está anunciando. ¿Cómo van a entregarlo a los gentiles? ¿Cómo es eso que se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán, le darán muerte? Y eso que está diciendo de la resurrección al tercer día ¿quién lo puede entender?
Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor, sobre todo cuando parece que todas las cosas marchan bien. Nos hacemos nuestras ideas. Queremos que todo marche como la seda y no nos pase nada. Por eso los discípulos cuando ven que hay mucha gente que sigue a Jesús, que le escuchan, que son capaces de marcharse al descampado con tal de estar con Jesús, no pueden imaginar que las cosas puedan cambiar. Nos sucede tantas veces en la vida y no terminamos de prepararnos para cuando puedan llegar esos momentos más difíciles.
Y aun así las ambiciones se despiertan en el corazón. Como a los dos hermanos Zebedeos. Acaban de escuchar a Jesús que habla de entrega y de muerte y ellos ahora vienen pidiendo puestos de gloria. Uno a tu derecha y otro a tu izquierda, todo el poder para ellos, que nadie se les adelante. Por eso surgirán también en los demás las desavenencias, las desconfianzas, los celos, quizás.
Pero Jesús les habla claro. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice. ¿No me habéis oído hablar ahora mismo de entrega, de pasión, de muerte? ¿No habéis terminado de entender el bautismo de sangre por el que he de pasar? ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Y ellos muy entusiasmados, no sé si conscientes del todo de la respuesta que daban dijeron que sí.
‘El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar’. Costará entenderlo, costará aceptarlo pero el seguimiento de Jesús entraña vivir su misma vida, vivir su misma entrega, pasar por su misma pascua. Porque el amor tiene sus exigencias, seguir a Jesús no es simplemente dejarnos llevar, vivir el plan de vida que Jesús nos propone significará también tomar nuestra cruz, hacer nuestras renuncias, ofrecer el sacrificio de nuestra vida. Y Jesús les hablará de hacerse el último y el servidor de todos, porque es lo que Jesús mismo ha hecho. ‘Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Estaremos nosotros dispuestos también a beber el cáliz del Señor y bautizarnos en su mismo bautismo?

martes, 24 de mayo de 2016

Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, no en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio para que nuestro mundo sea mejor

Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, no en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio para que nuestro mundo sea mejor

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Un día Jesús había pasado junto al lago donde estaban repasando las redes después de una noche de pesca y Jesús les había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, y ellos lo habían dejado todo, barca, redes, familia por seguir a Jesús. Su palabra los había cautivado. Con El habían marchado sabiendo que el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Con desprendimiento total, dando su tiempo y su vida por El lo habían seguido por los distintos caminos de Galilea y de Palestina. ¿Qué podían esperar?
Cuando habían soñado en lugares de honor, en primeros puestos en el Reino que anunciaba Jesús, les había dicho que entre ellos no podía ser a la manera de los poderosos de este mundo que buscan lugares de honor, poder, influencia. El estilo que Jesús les proponía era bien distinto porque hablaba de servir, de hacerse el último y se había propuesto El mismo como ejemplo porque el Hijo del Hombre no había venido a ser servido, sino a ser servidor y el último entre todos. Así se lo había dejado claro a los hermanos Zebedeos cuando habían pedido un puesto uno a la derecho y otro a la izquierda en su Reino.
En el fondo del corazón humano siempre aparecen ambiciones, deseos, aspiraciones y nos sentimos tentados e influenciados por lo que hay a nuestro alrededor. Es cierto que Jesús nos enseña en que tenemos que desarrollar todas nuestras capacidades, todo esos valores que hay en nosotros y que el talento no lo podemos enterrar sino que hemos de saberlo poner a negociar. Aquello que somos, aquellos valores que hay en nosotros tenemos que desarrollarlos, pero no es en la búsqueda de grandezas humanas sino en el espíritu de servicio con el que nosotros podemos hacer con esos valores que tenemos y desarrollamos que nuestro mundo sea mejor. Es la actitud del servicio al bien de los demás lo que tendría que definirnos de verdad.
El desprendimiento con que vivamos nuestra vida tiene su premio ya en la propia satisfacción que sentimos en nuestro interior; sentir paz en nuestro corazón porque hacemos el bien, contemplar la felicidad que brilla en los otros cuando se sienten amados y comprendidos, sentir el gozo de que los que están a nuestro lado van progresando en su vida, van avanzando en el logro de sus metas, son capaces de superarse para salir de situaciones difíciles, y en ello nosotros contribuimos con lo bueno que podamos hacer, son satisfacciones que sentimos también en nuestro interior y que nos llenan de felicidad aunque hayamos tenido que olvidarnos de nosotros mismos.
Entendemos así las palabras con las que responde Jesús a Pedro. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna’. Pero no olvidemos que nuestro premio no está solo en estas satisfacciones humanas que ahora podemos sentir cuando vamos haciendo el bien, sino que Jesús nos promete una vida eterna. Es la recompensa del Reino de los cielos en plenitud que un día podremos vivir.
‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

lunes, 23 de mayo de 2016

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

Somos buenos y hasta cumplidores pero necesitamos un paso más de desprendimiento y vaciamiento interior para encontrar el verdadero tesoro

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Hay gente buena en la vida que hace cosas buenas. Comencemos con un pensamiento positivo, aunque luego hagamos algunas matizaciones. Pero estamos acostumbrados a ver todo siempre con sombras negativas que parece que todos y siempre somos malos. Es cierto que no somos perfectos, que tenemos nuestras limitaciones y hay muchos ‘peros’ en nuestra vida pero reconozcamos que hay gente que hace las cosas bien, que trata más o menos de ser fiel a los mandamientos y trata de dar una cierta honradez a su vida.
Quizá es un estado de bondad natural que hay en nosotros, queremos ser justos y no hacer daño a nadie, portarnos con cierta dignidad y lo que no queremos que nos hagan nosotros tampoco queremos hacerlo a los demás. Un estado de buena voluntad, podríamos decir.
Pero cuando hablamos de seguimiento de Jesús, todo lo que hace referencia a una vida cristiana, es cierto que no nos podemos quedar ahí. El camino de seguimiento de Jesús es un camino de superación, de crecimiento interior que se ha de manifestar en una mayor perfección y plenitud en las cosas que hacemos cada día. No nos podemos contentar con decir que somos buenos y que cumplimos; seguir a Jesús implica mucho más, porque hay que poner unas actitudes nuevas en nuestro corazón que se manifestarán en lo que luego iremos creciendo espiritualmente y en esos deseos de superación cada día más en nosotros.
Hoy se acerca a Jesús un hombre bueno; es fiel y es cumplidor, pero quizá escuchando a Jesús vislumbra allá en su interior que no puede quedarse solo en eso bueno que hace cada día cuando cumple formalmente los mandamientos. ‘Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?’ es la petición que le hace a Jesús. En el diálogo que se establece se verá que es un joven cumplidor porque los mandamientos los ha cumplido siempre.
Hay quizá una inquietud interior que no sabe por donde encauzar, porque quizá siguen existiendo miedos en su alma de no ser capaz de mucho más. ¿Qué he de hacer? Y la respuesta de Jesús habla de desprendimiento, de despojo total del corazón, del compartir para buscar y encontrar el verdadero tesoro, que no son las cosas que se guardan aquí en la tierra. Y esos miedos salen a flote y ahora la decisión que hay que tomar es más difícil. Es bueno, pero hay muchos apegos en su corazón de los que cuesta desprenderse. ‘Era muy rico’, nos dirá el evangelista, porque aquel joven no será capaz de dar ese paso siguiente que le está pidiendo Jesús.
Ricos porque tenemos muchas posesiones, o ricos porque nosotros somos poseídos por las cosas. Y esas posesiones, en un sentido o en otro, nos restarán libertad, mermarán la generosidad, llenan de tinieblas el corazón porque los brillos de esas riquezas son incompatibles con el resplandor de la verdadera luz que debería brillar. Muchas veces somos ricos no porque tengamos muchas cosas sino por los deseos que tenemos dentro de nosotros de esas posesiones que ya se están adueñando de nuestro corazón.
Cuánto cuesta el desprendimiento, el vaciarse de si mismo. Jesús nos hablará luego de la dificultad que tienen los ricos de poseer el Reino de los cielos. Preferimos muchas veces las riquezas de los reinos de la tierra y no habrá desprendimiento en el corazón. 

domingo, 22 de mayo de 2016

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
‘Has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio…’ Comenzamos haciendo esta oración y haciendo esta profesión de fe. Misterio de Dios que se nos revela. No es solamente desde los razonamientos de nuestra mente cómo podemos llegar a conocer en plenitud el misterio de Dios.
Daba gracias Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y a los sencillos. Jesús es esa revelación de Dios, esa revelación del rostro de Dios que por nosotros mismos no podemos conocer. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien lo quiera dar a conocer’. Es la Palabra de la verdad; es la Palabra que es luz y que es vida; es la Palabra, la Sabiduría eterna de Dios que nos revela el misterio de Dios.
Es lo que hoy estamos celebrando. En este domingo ya dentro del tiempo ordinario que comenzábamos al celebrar Pentecostés la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar y adorar este admirable misterio de Dios, la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo. ‘Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una única naturaleza’, como proclamamos en el prefacio. ‘Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad adoramos tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad’.
Ya nos decía Jesús en el evangelio que ‘cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Espíritu divino que nos introduce en toda su plenitud en el misterio de Dios, pero no ya solo como un conocimiento más que adquiramos sino como una vida que hemos de vivir. No conocemos a Dios desde fuera sino que hemos sido introducidos en el misterio de Dios. No nos contentamos con admirarnos ante un Misterio que nos desborda y que en nuestra pequeñez casi nos quedaríamos contemplando en la distancia. Se nos ha revelado para que podamos sentir esa cercanía del misterio de Dios en nuestra vida; ya para siempre Dios es para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros.
Conocer a Dios es vivir a Dios, es inundarnos de su vida para vivir no ya nuestra vida sino la vida de Dios. Por eso lo llamamos también Espíritu de santificación porque nos santifica, nos llena de la santidad de Dios, nos hace participes de la vida de Dios. Por la fuerza del Espíritu que ya habita en nosotros – hemos sido hechos morada de Dios y templos del Espíritu – somos santificados porque somos llenos de la vida de Dios; por eso en el Hijo nosotros ya comenzamos también a ser hijos.
Es la gracia que hemos recibido en nuestro bautismo al hacernos partícipes del misterio de Cristo; por la acción del Espíritu en nosotros nos hemos convertido también en hijos de Dios. Y es que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’.
No terminamos de considerar, de comprender, de admirarnos ante el misterio de Dios que no solo se nos revela sino del que se nos hace partícipe. Es algo que tendríamos que meditar mucho, rumiar en nuestro corazón. Es algo por lo que no tendríamos que cansarnos de dar gracias a Dios, por esta revelación que nos hace de si mismo, pero también por esa dicha de hacernos participes de esa vida de Dios.
‘¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ exclamábamos con el salmista. Pero cantamos las maravillas del Señor y no terminamos de admirarnos de su grandeza cuando contemplamos lo que ha hecho con nosotros. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies…’ Es lo que ha hecho con nosotros cuando se nos revela y cuando nos hace participes de su vida y de su gloria. Nos llenamos de gloria en el Señor. Queremos cantar para siempre la gloria del Señor. 

sábado, 21 de mayo de 2016

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

 Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad. Y cuando decimos toda persona es toda persona, sea pequeño o mayor, sea de la condición que sea porque de ninguna manera debemos encasillarla desde nuestros prejuicios o valoraciones subjetivas.
Creo que es una primera enseñanza que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Nos habla de unos niños que sus madres acercaban a Jesús para que los bendijera. Pero por allá andan los discípulos cercanos a Jesús que aun necesitaran aprender muchas cosas que no quiere que se moleste al maestro con chiquillerías. Querían escucharlo y estar cerca de El y eso, pensaban quizá, era cosa de mayores, no de niños.
Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… dejad que los niños se acerquen a mí…’ y añade algo más y bien hermoso ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Ya en otros momentos había puesto un niño en medio de ellos y les había enseñado que quien acogía a un niño como aquel, lo acogía a El.  Y es que en aquella sociedad los pequeños no eran valorados, no eran tenidos en cuenta. Y es lo que viene a enseñarnos Jesús. También el niño ha de ser valorado, tiene su dignidad que hemos de respetar pues también es una persona.
Quizá en nuestra sociedad actual no se haga esa valoración negativa del pequeño, del niño, pero sí nos daría para pensar en qué valoración hacemos nosotros de todas las personas; también hay algunos quizá a los que consideramos pequeños en tantas discriminaciones que nos hacemos entre unos y otros; desde aquellos en los que cargamos el sambenito de lo que hayan podido hacer en su vida y ya no nos los vamos a valorar ni tener en cuenta, o ya sea desde discriminaciones de raza o de origen a los que mermamos en sus derechos; los consideramos pequeños, por decirlo con frase suave, y si no pensemos en lo que hacemos o estamos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestras tierras buscando una vida mejor y más digna, huyendo de guerras y de miserias, a los que negamos una acogida con toda dignidad.
Yo pienso de forma muy concreta en esos emigrantes que a las puertas de la Iglesia o en las puertas del supermercado están pidiéndonos una ayuda pero ante los que tantas veces pasamos sin ni siquiera mirarles a la cara para desearles unos buenos días. Mucho tendríamos que pensar en todo esto cuando decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios.
Hoy al hablarnos de los niños que tendríamos que acoger nos decía Jesús que de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Hacernos niños, sencillos, humildes, abiertos de corazón, con generosidad espontánea en nuestra vida. De cuantas cosas tenemos que adornar nuestro corazón para que en verdad acojamos el Reino de Dios en nuestra vida.

viernes, 20 de mayo de 2016

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Jesús hace camino con nosotros en la vida. Lo vemos en el evangelio yendo de un lado para otro siempre al encuentro con la gente. Muchos venían hasta El; El se acercaba a todos; a todos escuchaba, para todos tenía palabras de vida, palabras de luz que iban iluminando sus caminos no siempre fáciles.
Las situaciones vitales que muchos vivían no eran fáciles; estaban las dificultades de cada día por lograr la supervivencia en un pueblo pobre y con muchas necesidades; estaban sus carencias, sus limitaciones que se manifestaban en las enfermedades, en las discapacidades que iban apareciendo en sus cegueras, en su invalidez, en la sordera y así en muchas cosas más; pero estaban también las dificultades de la convivencia en el seno de las familias, en el encuentro con los demás motivados muchas veces desde egoísmos o ambiciones que lo hacían difícil.
Para todos tenía una palabra de luz y de vida; en El encontraban fuerza y esperanza; con El se abrían nuevos caminos para sus vidas. Era la salvación que llegaba con Jesús y a todos alcanzaba; era el Reino nuevo de Dios que se anunciaba y se iba instaurando en aquellos que aceptaban el camino de Jesús.
Vienen hasta Jesús con sus problemas, pero en ocasiones había personas interesadas en tratar de desprestigiarle, o de ponerle a prueba. Es lo que sucede hoy cuando le plantean el problema del divorcio. La respuesta de Jesús es contundente porque recuerda lo que es la voluntad de Dios desde el principio. El matrimonio ha de ser un encuentro de amor para vivirlo en plenitud. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Pero como decíamos en el inicio de la nuestra reflexión no siempre los caminos son fáciles. Hemos de tener bien claras cuales son nuestras metas y nuestros principios y por ellos hemos de luchar sabiendo que nos va a costar. Y esa es la realidad que nos encontramos en las familias y en los matrimonio. Nada tendría que llevarnos a la ruptura y al desencuentro; todo tendría que ir orientado siempre a esa comunión de amor y para eso será necesario superar muchas cosas que se nos atraviesan en el corazón y que crean esas rupturas. Somos conscientes de cuanto de todo eso sucede en nuestro entorno y no siempre se tiene la suficiente fortaleza para mantener esa unidad, para preservar esa comunión.
Cristo que se hace presente en nuestra vida con su gracia ha querido convertir la realidad matrimonial en un sacramento de su presencia. Por eso nos da la gracia del sacramento que santifique nuestro amor matrimonial. Sin la gracia del Señor, solo con nuestras fuerzas, seríamos incapaces de mantener esa unidad porque bien sabemos cuantas son las tentaciones que nos acechan y cuanta es la debilidad que hay en nuestro corazón. Pero la gracia sacramental no fue cosa de un momento, allá cuando celebramos el sacramento, sino que es algo que se prolonga en toda nuestra vida a través de cada gesto de amor. En ese amor se hace presente Jesús, nos llena de su gracia,  santifica nuestra vida.
Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial y así podamos preservarlo siempre de todo peligro para que todo, y en todo momento, nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor.

jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40
‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’ era el entusiasmo de Juan por Jesús. Se sentía especialmente amado por Jesús – en su evangelio se describe a si mismo como discípulo amado del Señor – y le parecía que no podía consentir que vinieran otros, que no formaban parte del grupo de los discípulos, para obrar cosas maravillosas en el nombre de Jesús. Ya hemos visto la reacción de Jesús. No se lo impidáis, todo el que hace el bien sea donde sea hay que valorarlo.
Tenemos que aprender a valorar lo bueno que se hace en la vida. No nos podemos creemos que somos nosotros los únicos que sabemos hacer las cosas bien. En el corazón de toda persona hay muchas semillas de bondad, mucha capacidad de hacer el bien, de amar, de sentir preocupación por los demás. Y eso hemos de valorarlo siempre, tenerlo en cuenta, resaltar lo bueno que hacen los demás. Somos una misma humanidad que busca el bien, que quiere lo bueno para los demás y se siente comprometida en cosas buenas a favor de los otros.
Pensemos cómo en el juicio final Jesús nos va a preguntar por esos actos de amor, por ese bien que hayamos hecho a los demás y bien sabemos como a todo eso le da un sentido sublime porque nos dirá que todo eso bueno que hayamos hecho por los demás a El se lo hicimos. Estaba hambriento y me diste de comer, estaba sediento, estaba enfermo, estaba solo, nadie me tenía en cuenta, pero viniste y me diste de comer, me ofreciste un vaso de agua, me acompañaste y fuiste mi consuelo en el momento del dolor o de la soledad, te detuviste a mi lado cuando nadie me tenía en cuenta. 
Hay tantos en la vida con un corazón hermosamente solidario a nuestro lado. Buenos vecinos que comparten, compañeros de trabajo que se ayudan mutuamente, gente que va caminando por la calles de la vida y se detiene junto al que está tirado en la acera. Lo malo sería que aquellos que nos decimos seguidores de Jesús vayamos con nuestras prisas o nuestras preocupaciones y pasemos de largo, acaso por llegar temprano al templo, como expresábamos en aquella canción utilizada tantas veces en la liturgia. Con nosotros esta el Señor y no somos capaces de reconocerlo, no somos capaces de detenernos a su lado y vamos dando rodeos en la vida. Seamos sinceros porque es una tentación que nos amenaza muchas veces.
Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros decimos que vivimos, pero están más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien.

martes, 17 de mayo de 2016

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

‘Iba instruyendo a sus discípulos…’ Habían bajado de la montaña, y ahora atravesaban las llanuras y los valles de Galilea aprovechando lugares apartados porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos. Una oportunidad para un encuentro más profundo, para hablar con detalle de muchas cosas, para prepararlos a ellos de manera especial en lo que era el sentido nuevo del Reino de Dios del ellos habían de ser testigos especiales, para corregir desviaciones y para orientar en muchas cosas que quedan pendientes de aprender, aunque a ellos les cueste tanto.
Cómo necesitamos en la vida de esos momentos de mayor intimidad y comunicación con aquellos que queremos, con nuestros amigos. La amistad se hace en el compartir del día a día, en ese caminar juntos donde nos vamos conociendo porque nos expresamos con toda confianza con aquellos que queremos; momentos de desahogo, momentos de vaciar el corazón, momentos de soñar juntos y hacerse planes de futuro.
Jesús quiere amasar bien la amistad de sus discípulos, con El porque cada día haya una unión más profunda de corazones, porque se llenen de su vida, porque aprendan ya a no caminar según su sentido y sus valores; pero Jesús quiere amasar la amistad entre los discípulos entre sí. Y es necesario purificar muchas cosas, porque en los corazones fácilmente puede florecer la ambición y los deseos de grandeza considerándose unos mejores o mayores que los otros. Y a todas esas cosas está atento Jesús.
En el camino fue haciéndoles grandes anuncios como era su futura pasión y entrega, aunque a ellos les costara entender. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle’. A pesar del grado de intimidad y confianza que había querido crear entre ellos y con El, sin embargo no entienden lo que Jesús les dice y le da miedo preguntarle. Muchas barreras quedan aun por caer.
Pero cuando llega a casa les pregunta de qué habían discutido por el camino. Habían ido muy entretenidos en sus discusiones y en sus ambiciones. Todavía para ellos el futuro reino de Dios seguían siendo una estructura de poder y las ambiciones por ese poder afloraban en sus corazones. ‘Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. Pacientemente Jesús vuelve a explicarles. ‘se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. El que quiere ser grande que se haga el último; quien quiera ser importante piense que en el servicio está la verdadera grandeza.
Nos cuesta también entenderlo. Nos podría parecer que ponernos de servidores de los demás nos humilla, sino embargo hemos de reconocer que eso es lo que en verdad nos engrandece. Y les pone la imagen del niño, al que hay que acoger, al que hay que valorar y respetar. Porque el que no sabe acoger lo pequeño no llegará nunca a comprender el Reino de Dios. Saber escuchar a un niño, saber detenernos ante quien nos pueda parecer insignificante, saber mirar a los ojos a aquel con quien compartimos una limosna, saber interesarnos por aquella persona que nos tiene la mano solicitando una ayuda al paso por la calle, saber hacer silencio para escuchar ese grito de Dios que nos llega a través del hermano, de sus ojos, de su mano tendida, desde ese ponerse ahí a nuestro alcanza aunque parece que no nos dice nada. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

‘Todo es posible al que tiene fe’. Una sentencia de Jesús que hemos de tener muy en cuenta. Siempre. Jesús quiere despertar en esa fe en nosotros porque aunque básicamente somos unas personas religiosas y lo que motiva habitualmente la vida es la fe, sin embargo nos vemos cercados por muchas oscuridades en el materialismo con que vivimos la vida, la autosuficiencia con que llenamos muchas veces nuestro corazón, el relativismo con que se vive en nuestro entorno donde lo espiritual y religioso muchas veces se pone en duda, por los agobios de sacar la vida adelante en el día a día en el que solo pensamos en el momento presente buscando prontas soluciones, respuestas rápidas y automáticas a nuestras preguntas con la perdida de la trascendencia que tendríamos que saber dar a lo que hacemos y vivimos.
Las circunstancias que rodean al hecho del evangelio de hoy y que provocará esta sentencia de Jesús está en lo que se encuentran que sucede entre los discípulos cuando El viene bajando del monte Tabor de tan enormes y ricas experiencias. Se encuentra a un padre que le ha traído a su hijo enfermo y los discípulos no han podido hacer nada; se ha armado un fuerte revuelo en su entorno. Cuando llega Jesús aquel hombre acude enseguida a El. Nos hace la descripción el evangelista de lo que le sucede. Pero allí está la suplica de aquel hombre. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’. De ahí la sentencia de Jesús. ‘Todo es posible al que tiene fe’. Pero aquel hombre duda, se siente impotente, pero quiere creer. ‘Entonces el padre del muchacho gritó: Tengo fe, pero dudo; ayúdame’.
Ha de ser también nuestro grito, nuestra súplica. Tantas veces dudamos, tantas veces nos distraemos en el camino de nuestra fe, tantas veces nos vemos agobiados por los muchos problemas, tantas veces también se nos oscurece el alma. Queremos tener fe; queremos mantenernos firmes en nuestra fe; queremos que nuestra fe sea cada vez mas madura. Solo en el Señor podemos alcanzarlo; El es quien nos da la verdadera luz, nos hace encontrarnos con la verdad. Vayamos a Jesús con confianza a pesar de nuestras dudas; vayamos a Jesús en búsqueda de esa luz reconociendo nuestras oscuridades.
Ayer celebrábamos Pentecostés y tenemos muy vivo en nosotros todo lo que significa la fuerza del Espíritu en nuestra vida; abramos nuestro corazón al Espíritu divino, nos lo revelará todo, iluminará nuestra vida disipando toda sombra y toda duda, será nuestra fortaleza en medio de tantas debilidades, mantendrá viva en nosotros la alegría de la fe a pesar de las tristezas que nos ofrece la vida. 

domingo, 15 de mayo de 2016

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Para siempre nosotros identificamos Pentecostés con el Espíritu Santo, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo y que en esa fiesta, como nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles, se derramó abundantemente sobre ellos.
Bien sabemos que era una fiesta judía, de las siete semanas – de ahí el significado de la palabra – en que se conmemoraba la recolección de las cosechas, ya casi al comienzo del verano, con la entrega de las ofrendas de los diezmos y primicias como estaba prescrito en la ley judía. Era también la fiesta que recordaba sus tiempos en el desierto viviendo en tiendas – otra de las características de la fiesta – y se convertía así en la fiesta de la identificación nacional del pueblo judío, era la fiesta de la ley dada en el Sinaí.
Ahora más que una fiesta de ofrenda del fruto de nuestros trabajos de lo que nosotros podamos ofrecer al Señor, es el recibir el regalo de Dios que nos concede el don de su Espíritu que sí va a ser la identificación del pueblo nuevo de la nueva y eterna alianza. No es la ley la que nos identifica y nos salva, sino que será el Espíritu Santo el que nos va a dar una nueva justificación porque es el que verdaderamente nos hace llevar la salvación.
La lectura de los hechos de los apóstoles está llena de imágenes y de signos que nos tienen que ayudar a profundizar en la verdadera acción del Espíritu que se realiza en nosotros. Las llamaradas o lenguas de fuego, el ruido de viento recio, el nuevo lenguaje que todos entienden – cada uno los entiende en su propio idioma - son signos de esa fuerza transformadora del Espíritu Santo en nosotros que hace arder nuestros corazones en un amor nuevo que nos trasforma a nosotros y contagia de esa transformación a cuantos nos rodean; es esa nueva forma de entender también todo el misterio de Dios que nos tiene que llevar a ese entendimiento y a esa nueva comunión. 
Es el Espíritu que crea en nosotros una nueva unidad, una nueva comunión porque esos diversos carismas, cualidades, valores que cada uno de nosotros tenemos no son anulados sino todo lo contrario puestos siempre al servicio del bien común. En la nueva comunidad de los creyentes en Jesús no caben las insolidaridades ni las búsquedas de mé
ritos para sentirnos mejores o superiores a los demás, sino que en ellas todos hemos de saber compartir porque no sentimos como propio lo que tenemos sino que el Espíritu nos impulsa siempre a ese nuevo compartir para el enriquecimiento humano y espiritual de todos.
Es ese lenguaje nuevo del amor que nos hace cercanos y solidarios, que nos hace sentir hermanos y entrar en una nueva relación, que hace desaparecer barreras creando nuevos lazos de entendimiento y comunión.
Es el Espíritu que nos llena de la verdadera alegría y de la verdadera paz porque nos trae el perdón y la capacidad de la reconciliación y del reencuentro. Con el Espíritu se derrama sobre nuestro mundo, sobre nuestra vida, la infinita misericordia divina, para sentirnos perdonados y encontrar así la paz, pero para encontrar también la capacidad del perdón que generoso concedemos a todos y que nos llevará a la más profunda paz. ‘Recibid el Espíritu Santo a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ les decía Jesús a los discípulos como regalo pascual.
No caben en esta nueva comunidad ni las venganzas ni los resentimientos, los odios y rencores mantenidos cual pequeñas ascuas en el corazón, sino que siempre hemos de estar abiertos a ese perdón generoso, a ese olvido, a ese de nuevo revalorar a las personas para no marcarlas con un sambenito que les angustien para siempre. Por la fuerza del Espíritu seremos capaces de arrancar para siempre de nosotros esos venenos que tanto daño nos hacen y que realmente nos quitan a nosotros la paz.
Sería inconcebible que en la Iglesia que tiene que ser Madre y Maestra de misericordia y de perdón no se tuviera esa capacidad de perdón generoso para todos los pecadores, sean cuales sean sus pecados y su gravedad. Este año de la misericordia que estamos celebrando tendría que hacernos reflexionar profundamente sobre ello para manifieste genuinamente siempre ese rostro misericordioso de Dios.
Celebramos Pentecostés, celebramos el don del Espíritu que hace nacer una nueva comunidad, celebramos el nacimiento de la Iglesia. No nos quedemos con las puertas cerradas, abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

sábado, 14 de mayo de 2016

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Mañana llegamos a clausurar con la solemnidad de Pentecostés las fiestas de Pascua que hemos venido celebrando. La oración de la liturgia de este día nos hace pedir que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua. La alegría pascual no se puede agotar nunca en el corazón de un creyente. Clausurar simplemente cerrar un ciclo que hayamos estado recorriendo y ahora es como comenzar una cuenta nueva. En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana eso no tendría sentido porque siempre tiene que haber una continuidad en crecimiento. No es comenzar de nuevo de cero.
Las celebraciones de nuestra fe con las que queremos cantar la gloria y la alabanza del Señor expresando así la fe y el amor que tenemos en el Señor recordando sus maravillas y toda la historia de la salvación, son al mismo tiempo para nosotros un motivo de riqueza y crecimiento interior que nos impulsa en ese camino de nuestra vida cristiana.
Llegamos es cierto mañana a la culminación de las fiestas de Pascua con la solemne celebración de Pentecostés – nos hemos venido preparando y mañana lo reflexionaremos y viviremos hondamente – pero aunque sea el final de un ciclo litúrgico no es un punto y aparte en nuestra vida cristiana. Toda esta alegría que hemos vivido en la Pascua y que a tantas cosas buenas nos ha impulsado la hemos de seguir viviendo con la misma intensidad, ha de seguir haciéndonos crecer en nuestra vida cristiana en todo ese proceso que ha de ser nuestra vida de seguimiento de Jesús.
No nos puede faltar nunca esa alegría en nuestra vida. Ya sabemos que tantas veces los caminos se nos oscurecen pero la luz y la fuerza del Espíritu siempre están con nosotros. No nos puede faltar la esperanza porque sabemos bien de quien nos fiamos y que con nosotros está el Señor que prometió que estaría siempre hasta la consumación de los tiempos. Esa alegría y esa esperanza que hemos de manifestar a través de tantos gestos hermosos que podemos tener con los que están a nuestro lado.
Cuantas sonrisas podemos despertar, cuanta luz podemos poner en los corazones atormentados, cuanta solidaridad puede resurgir en los que quizá caminan pensando solo en si mismos, pero que si ven un gesto solidario en quien está a su lado puede que se despierte su conciencia. Así en pequeños detalles cuantas cosas podemos hacer cada día para hacer un mundo mejor y más feliz, para que se haga más presente el Reino de Dios.
Finalmente recordar que hoy catorce de mayo celebramos a san Matías, el que fue elegido en sustitución de Jesús allí en el propio cenáculo en las vísperas de Pentecostés – coincidencia este año en la fecha vísperas de Pentecostés - . El Espíritu del Señor elige y llama al servicio del pueblo de Dios a los que quiere. Que seamos dóciles a esa moción del Espíritu y nos dejemos conducir al tiempo que sepamos aceptar a los que han sido elegidos del Señor.

viernes, 13 de mayo de 2016

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Hechos 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ la pregunta de Jesús a Simón Pedro podía sentirla hondamente como una daga que le atravesara la entrañas; más aun cuando la pregunta se repite hasta en tres ocasiones.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Le había prometido un día que estaría dispuesto a todo, incluso a dar la vida, aunque cuando llego el momento de dar la cara se echó para detrás; son las debilidades de la vida, prometemos y prometemos pero no sabemos el alcance que puedan tener nuestras palabras y nuestras promesas. Vemos quizá en un momento determinado las cosas fáciles fruto de un entusiasmo y de la emoción de un momento. Cuantas cosas hemos prometido al final de unos ejercicios espirituales vividos con mucho fervor, pero que quizá nos hizo pensar que fuera iba a seguir el mismo fervor y nada se nos iba a oponer.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Un día había dejado redes y barca para seguirle. Impresionado en la pesca milagrosa aquel mediodía se había sentido un humilde pecador – ‘Apartate de mi, Señor, que soy un pecador’, le había dicho – pero Jesús le prometía una pesca mejor y en otros mares más profundos. El había lanzado la red en aquella ocasión solamente porque se fiaba de su palabra ‘en tu nombre echaré la red’ y algo nuevo había comenzado en ellos.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Se había dejado conducir por Jesús y había sabido escuchar la voz del Padre en su interior que le revelaba el misterio de Jesús. Fue Pedro el que se adelantó a dar la respuesta cuando Jesús preguntaba que decía la gente de El o qué decían ellos mismos. ‘Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Pero como le diría Jesús no eran revelaciones humanas, no eran cosas aprendidas de memoria, había sido el Padre del cielo el que se lo había revelado en su corazón.  ¿Cómo no iba a amar a Jesús?
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Con Jesús y elegido en especial por Jesús había subido al Tabor para aquella mañana de oración. Allí había sido testigo de la gloria de Dios. Tanto disfrutaba que ya estaba pensando en hacer unas tiendas para quedarse allí para siempre aunque los cálculos no fueron certeros en su previsión. Había escuchado de nuevo la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. Claro que había que escucharle y seguirle; era lo que en todo el camino recorrido habían intentado aunque aun les costara entender lo que significaba la pasión y la muerte.
Yo quisiera escuchar en mi corazón esa misma pregunta de Jesús. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Pero importante es la respuesta que nosotros le demos a Jesús. Una respuesta que no pueden ser solo palabras. Repasemos la respuesta de Pedro como la hemos ido viendo reflejada en su vida y tratemos de calcarla nosotros en nuestra vida.
Le vamos a prometer, sí, que lo amamos a pesar de nuestras dudas, a pesar de nuestras debilidades. No nos vamos a quedar solo en momentos de fervor, sino que vamos a querer ser constantes en nuestro amor. Vamos a amarle porque en verdad queremos escucharle y porque queremos ser sus discípulos. Vamos a amarle y a recibir en nuestras manos esa misión que a nosotros también nos confía. No vamos a tener lo que de pasión y cruz tiene la pascua porque la vida del seguidor de Jesús es un participar de la Pascua de Cristo, una pascua que en toda su profundidad también nosotros hemos de vivir.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Seguimos escuchando y meditando en estos días la oración sacerdotal de Jesús. Qué consuelo sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos sabiendo que Jesús ora por nosotros.
En aquellos momentos de despedida tendría que ser un verdadero bálsamo de paz para los discípulos saber que Jesús oraba por ellos. El camino que se abre ante sus vidas es incierto y no va a estar exento de dificultades. Como seguimos viviendo nosotros hoy. Algunas veces queremos buscar como un refugio que nos aísle o nos desconecte de este mundo adverso y lleno de dificultades.
Tememos enfrentarnos al mundo haciendo el anuncio del evangelio, nos encerramos en nuestras iglesias, en nuestros grupos parroquiales, en nuestras cofradías y hermandades y en todo lo que haga referencia al culto, porque quizá mientras estamos allí dentro estamos tranquilos, nadie nos molesta, y quizá en ocasiones no nos llegue esa palabra revulsiva que nos haga salir de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás en el anuncio del evangelio. El Papa nos está llamando la atención continuamente para que, como dice él, salgamos a las periferias. Pero quizá preferimos quedarnos en aquello que no nos da mucho problema.
Pero ese no es el espíritu del evangelio, el espíritu misionero que tiene que haber en nuestra vida de cristianos. Ya nos dice Jesús hoy que no pide al Padre que nos saque del mundo – eso que quizás nosotros prefiramos – sino que ahí en medio de ese mundo tenemos que dar testimonio de la verdad, ahí en medio de ese mundo es donde tenemos que santificarnos.

Nos hace falta el arrojo y la valentía de aquellos primeros discípulos y apóstoles que se lanzaron al mundo. Ellos sabían que contaban con la fuerza del Espíritu, por eso Jesús oraba por ellos. Es lo que nosotros tenemos que experimentar dentro de nosotros. Pidamos con intensidad en estos días en que nos acercamos a Pentecostés que venga el fuego del espíritu renovador de nuestra vida, que nos caldeemos en su amor, y que seamos en verdad testigos y misioneros de la verdad del Evangelio.

martes, 10 de mayo de 2016

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Las palabras que vamos escuchando estos días en el evangelio son el final de aquel discurso de despedida después de la cena pascual en que Jesús iba abriendo su corazón a los suyos dejando entrever su ternura y su amor. Los momentos de despedida son propicios para ese desnudar el corazón dejando entrever todos los entresijos del  alma; momentos de confidencias, momentos en que uno descubre la intimidad más profunda del alma.
Todos lo habremos experimentado en alguna ocasión, cuando hemos tenido que arrancarnos de aquellos que amábamos con un amor especial. Son palabras de testamento no solo en el sentido de últimas voluntades sino más bien querer recordar con especial intensidad todo aquello que hayamos vivido; y vienen los recuerdos y las recomendaciones, los buenos deseos y las promesas de fidelidad y de amor que nunca quiere acabarse.
Jesús les habla de su gloria y de la gloria de Dios. Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. ¿En que se va a manifestar esa gloria de Dios? ¿Cómo va a ser glorificado Jesús? Va a dar la vida eterna a los que el Padre le había confiado. Ahí está la gloria de Dios.  ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
En la entrega suprema de la cruz se nos revela la gloria de Dios; porque en la entrega suprema de la cruz se va a manifestar el amor más grande. El sacrificio de Cristo es la gloria del Señor. Por eso nosotros queremos dar gloria a Dios y la hacemos en el sacrificio del altar, que no es otro que el sacrificio de la cruz. Todo honor y toda gloria, decimos, con Cristo, por Cristo, en Cristo. Todo honor y toda gloria al Padre de la gloria para siempre desde el sacrificio de Cristo, desde el amor de Cristo.
Y ahora Jesús dice que ruega por nosotros, que estamos en el mundo aunque no somos del mundo. Ruega por nosotros que tenemos que continuar nuestra tarea en medio del mundo, porque ahí tenemos que manifestar la gloria del Señor, para que nos sintamos seguros, para que no sintamos su ausencia. Es el padre, el amigo, el hermano que no nos quiere dejar solos, que nos quiere dar garantías de que estará siempre con nosotros. En el fondo está la promesa del Espíritu que nos va a enviar desde el seno del Padre.
Hacemos nosotros también esta oración sacerdotal de Jesús para sentir su fuerza y su gracia, pero hacemos esta oración sacerdotal de Jesús porque en nuestro corazón tienen que caber todos los hermanos y por ellos también nosotros hemos de pedir. Es la oración que con verdadero sentido eclesial  hemos de saber hacer siempre. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Hechos 19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
La experiencia y la sensación de sentirse solo y como abandonado cuando nos vienen los problemas es muy dura de asimilar y producen muchas tristezas y angustias en el alma. Es algo que sucede con demasiada frecuencia y no siempre sabemos reaccionar ante situaciones así; muchas veces cuando no hay la suficiente madurez y fortaleza interior bien sabemos que suelen acabar en tragedias.
Es lo que Jesús les anuncia que le va a pasar a él. En el relato evangélico que estamos escuchando estamos en las vísperas de la pasión y lo que Jesús les está diciendo va a suceder esa misma noche con El. Cuando llegue la hora del prendimiento en Getsemaní comenta el evangelista que todos le abandonaron y huyeron. Alguno como Pedro se llegó hasta los patios del sumo pontífice para ver en qué acababa aquello, y bien sabemos que en su cobardía le negó; solo Juan llegó hasta el final porque será el único que encontremos al pie de la cruz junto con su madre y las piadosas mujeres.
Pero Jesús nos da una clave. ‘Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. No se siente abandonado porque en manos del Padre pondrá su vida, porque no ha venido sino a hacer su voluntad. Y cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de nuestra parte.
Ya nos diría en otra ocasión cuando nos anunciaba persecuciones y cárceles que no tuviéramos miedo porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios. Creo que tenemos que recordarlo, pero recordarlo de una forma viva. Porque sabemos muchas cosas quizás, pero en el momento de la dificultad, cuando vienen los problemas seguimos sintiéndonos solos y sin fuerzas. ¿Por qué? Porque olvidamos las palabras de Jesús. ‘Pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Es esa espiritualidad profunda que tenemos que ir logrando en nuestra vida, porque en verdad nos vayamos llenando de Dios, porque sintamos siempre la fuerza de su Espíritu, porque nos dejemos conducir por sus inspiraciones, porque no perdamos nunca esa paz interior por muchas que sean las dificultades, porque sepamos en todo momento ponernos en las manos del Padre. Para eso es necesario orar mucho, orar dejándonos impregnar por el Espíritu divino, orar escuchando a Dios en nuestro corazón, orar haciendo una lectura de nuestra vida y de cuanto nos sucede a través del filtro del Espíritu, del filtro de la Palabra de Dios.
Pidamos con fuerza la presencia del Espíritu en nuestra vida en esta última semana de Pascua que va a desembocar en Pentecostés. Que nos sintamos renovados y rejuvenecidos en el Espíritu.

domingo, 8 de mayo de 2016

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al cielo donde esta sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, como confesamos en el credo. En la piedad del pueblo cristiano esta fue una fiesta del tiempo pascual que se celebraban con gran devoción y solemnidad. Como muestra de ello todo esos signos que se realizan en la celebración de este día como las lluvias de pétalos que en muchos lugares caen sobre los fieles al paso de la procesión con el Santísimo.
Si durante toda la cuaresma queríamos avanzar en el misterio de Cristo – como lo expresábamos en la oración del primer domingo de cuaresma – ahora llegamos al conocimiento de esa plenitud del misterio de Cristo glorificado en su Ascensión. Es lo que nos decía el apóstol Pablo en la segunda lectura de este domingo. Espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… descubrir la esperanza a la que nos llama, comprender esa riqueza de gloria que recibimos en herencia cuando nos llama a ser santos.
La ascensión nos hace levantar nuestra mirada; queremos contemplar la meta; contemplamos el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos hace desentendernos de este mundo. Y es que a este mundo hemos sido enviados con una misión. Esa maravilla del misterio de Dios que así nos ama y nos salva tenemos que anunciarlo.
Contemplar la ascensión del Señor no es simplemente una despedida. Jesús se va pero  viene a nosotros; está sentado a la derecha del Padre con todo poder y majestad, pero esta siempre con nosotros a nuestro lado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo nos dice. Por eso nos promete el envío del Espíritu que será nuestra fortaleza y nuestra vida, será el que nos lo enseñe todo y el que nos vaya guiando allá en nuestro interior como sigue guiando también a la Iglesia.
Celebrar la ascensión es ponernos en camino de Ascensión. Muchas veces hemos visto y reflexionado en ese camino de subida de Jesús. Subida al monte Tabor para la oración; subida a Jerusalén para la pascua; subida que es superarnos, esforzarnos, no contentarnos con quedarnos a ras de tierra, darnos cuenta de nuestras limitaciones y aspirar a algo mejor; subida que es ponernos metas en la vida; subida que es aprender a entrar en un camino de espiritualidad profunda. Celebramos la ascensión queriendo vivir todo esto con intensidad, pero también proponiéndolo a cuantos nos rodean.
Cuando no nos ponemos metas que nos hagan levantar nuestra vida, nos dejamos arrastrar por tantas rémoras que aparecen en la vida y que nos frenan, no nos dejan avanzar, nos impiden crecer de verdad. La vida es camino, es crecimiento, es superación; quedarnos en lo de siempre sin empujarnos un poquito para avanzar hará que al final más bien reculemos y caigamos por la pendiente de la rutina y la frialdad.
Porque no podemos olvidar que recibimos una misión. Jesús nos invita a esperar el cumplimiento de la promesa del Espíritu para que luego seamos testigos. Testigos de ascensión, de vida, de luz, de amor. Cuánto necesita nuestro mundo que brillen esos testigos porque estamos demasiado en sombras de muerte. Por eso, esta semana, con intensidad vamos a pedir que venga el Espíritu sobre nosotros, sobre su Iglesia, sobre nuestro mundo.