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miércoles, 11 de julio de 2012


En búsqueda de una sabiduría interior y una espiritualidad

SAN BENITO DE NURSIA

Proverbios, 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Tenemos el peligro de la superficialidad, de quedarnos en lo externo o en lo inmediato; pero la persona madura, sin embargo, siempre tiene ansias de más; y cuando digo ansias de más no es simplemente el tener más o menos cosas, sino el crecer en el conocimiento, en la reflexión, en la sabiduría de la vida. No es solo acumular conocimientos como de quien va aprendiendo cosas, lugares o personas que pueda ir conociendo, sino que es algo mucho más hondo, porque es querer encontrar un sentido y un valor, aprendiendo a gustar lo que va conociendo y lo que va viviendo para hacerlo y vivirlo con la mayor intensidad.
Nunca una persona que quiere vivir esa hondura y sabiduría de la vida se da por contenta o satisfecha sino que siempre se está preguntando, para ir como ahondando en el por qué de las cosas, en el sentido hondo de la vida. Una persona madura es una persona reflexiva, como un cristiano maduro en su fe es una persona orante. Y no es cuestión de edades o momentos de la vida, aunque la persona reflexiva el paso de los años le irá dando esa mayor sabiduría, esa mayor hondura y plenitud de la cosas. Todo eso le llevará a vivir con mayor paz y sosiego, aunque quizá sienta dentro de sí cada día una mayor inquietud por lo que le rodea, lo que le llevará a un mayor compromiso por luchar porque todos lleguen a poder vivir mejor, más felices y con mayor sabiduría.
Es un camino que el verdadero creyente va haciendo dejándose conducir por la Palabra del Señor y por la luz del Espíritu divino que se va encendiendo en su corazón desde la fe que ha puesto en el Señor. Por eso nos ha dicho hoy el libro de los proverbios ‘hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejo, prestando oído a la sabiduría y prestando atención a la prudencia, si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia… entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’.
Hermoso lo que nos dice este sabio del Antiguo Testamento. Nos invita a buscar esa sabiduría como el más preciado tesoro. Tesoro y sabiduría que encontraremos en el Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. Sabiduría espiritual que enriquece nuestra vida, nos da honda espiritualidad y es fuente de nuestro enriquecimiento espiritual – la verdadera riqueza del hombre que no está en lo material sino en lo que lleva en lo más hondo del corazón, en su espíritu – y que tanto al mismo tiempo puede ayudar a los demás. Y una persona que vive con esta espiritualidad y hondura sabrá ser desprendido porque no son las cosas las que le van a dar verdadera riqueza a su vida.  Por eso tenemos que ser reflexivos y orantes.
Hoy precisamente estamos celebrando a un santo que supo apartarse de todas las glorias del mundo para buscar esa sabiduría del Señor. San Benito que primero retiró al Subiaco y luego a Montecasino para en el silencio escuchar a Dios en su corazón, aprender esa sabiduría de Dios con la que luego pudo ayudar a tantos desde su silencio y su soledad a encontrar también esa sabiduría y ese sentido para su vida. Oración y trabajo era el lema de su vida.
Algunos pueden pensar que una vida que se retira asi a la soledad y al silencio puede ser una vida infructuosa, porque con otras actividades o acciones sociales, pensamos, pueden hacer más por el mundo. Nos equivocamos en esa apreciación. No todos tendrán esa vocación al silencio y al recogimiento, pero si necesitamos de personas que vivan así y sean para nosotros una luz que nos ayude a reflexionar sobre el sentido y el valor de nuestra vida desde el testimonio que nos ofrece ya su vida sacrificada donde han renunciado a todo y también desde sus palabras, sus consejos y sus orientaciones, como fue en concreto la vida de san Benito.
Muchos su juntaron con él para seguir ese estilo de vida, pero muchos, desde papas y reyes a él acudían también en búsqueda de consejo y orientación para sus vidas y trabajos que sólo unas personas de espiritualidad tan intensa como la de san Benito podían ofrecer.
La celebración de la fiesta de este Santo, padre del monacato occidental, de él surgió la familia benedictina en las diferentes ramas que con el paso de los siglos fueron desmembrándose y formando muchas ramas de monjes, y patrono de Europa por la gran influencia que tuvo él en su tiempo y en el paso de los siglos toda la familia benedictina, tendría que ser para nosotros como una llamada a ese crecimiento interior, a buscar esa sabiduría de Dios para nuestra vida, a una maduración de nuestro espíritu llegando a tener una honda espiritualidad en la que encontremos esa luz y esa fuerza para nuestra caminar siguiendo el camino de Jesús.
Lejos de nosotros toda superficialidad espiritual. Dejémonos en verdad conducir por el Espíritu de Dios que nos haga alcanzar esa hondura y esa sabiduría para nuestra vida. Reflexión, oración, maduración y crecimiento espiritual, que necesarios son en nuestra vida.

martes, 10 de julio de 2012


Dispuestos como Jesús al anuncio del Reino dando señales con nuestras obras
Oseas, 8, 4-7.11-13; Sal. 113; Mt. 9, 32-38

Jesús recorría incansablemente todos los rincones de Palestina. Había comenzado invitando a la conversión porque llegaba el Reino de Dios y había que creer de corazón en El. ‘Creed en la Buena Noticia, en el Evangelio’, repetía. Ahora ‘va anunciando el Evangelio del Reino enseñando en las sinagogas’ y en todo lugar en donde tenga oportunidad y manifiesta las señales del Reino de Dios que llega ‘curando todas las enfermedades y dolencias’.

Hoy le contemplamos curando a un mudo ‘y el mudo habló’ produciendo la controversia porque mientras la gente sencilla se admiraba de sus obras, los fariseos lo atribuían al poder del príncipe de los demonios. Pero lo importante era como Jesús iba abriendo los oídos y los corazones para que las gentes escucharan y acogieran la Palabra de Dios. Como siempre la semilla unas veces caerá en buena tierra y otras veces caerá en tierra endurecida o llena de malezas. 

Pero allí se iba manifestando continuamente el amor del Señor. Jesús era la gran señal, el gran signo-sacramento visible del amor de Dios para todos nosotros. ‘Tanto amó Dios al mundo…’ que tantas veces hemos escuchado. Pero allí se iba manifestando la ternura y la compasión del corazón de Cristo. Contemplaba las multitudes ansiosas y hambrientas de esperanza y Jesús sentía compasión por ellos. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. 

Nos va enseñando muchas cosas este sencillo evangelio que estamos comentando. Nos hace preguntarnos por dentro muchas cosas en relación a la acogida que nosotros vamos haciendo del Evangelio del Reino de Dios en nuestra vida. No es sólo que sintamos admiración, sino que seamos esa buena tierra que acoja la semilla de la Palabra de Dios  dejando que se plante en nuestra vida y llegue a dar fruto.

Es sentir también que Jesús va llegando a nuestra vida, tan llena de agobios, sufrimientos, desalientos y desesperanzas, carencias y al mismo tiempo apegos y sentir cómo el Señor quiere irnos liberando de todas esas cosas, transformando nuestro corazón, dándole nueva vida y nueva esperanza. Quiere Jesús abrirnos los oídos para que escuchemos su Palabra pero también nuestros labios para que la anunciemos. Quiere poner esperanza y amor en nuestro corazón no solo para nos sintamos nosotros distintos sino para que también la transmitamos a los demás, para que contagiemos de ese amor a los que están a nuestro lado.

Contemplando el corazón compasivo y misericordioso de Cristo aprendamos a tener nosotros un buen corazón para con los demás y no seamos insensibles ante el sufrimiento o la desesperanza que tienen tantos a nuestro alrededor y comencemos a ser solidarios de verdad porque solo desde el amor redimiremos el mundo, lograremos transformarlo para que sea más humano, para que sea mejor y todos seamos más felices.

Jesús termina hoy en este texto del evangelio invitándonos a mirar con nuevos ojos al mundo que nos rodea y veamos la inmensa mies que necesita trabajadores, que necesita pastores que guíen a esas almas al encuentro con el Señor. ‘Entonces dijo a sus discípulos: la mies es abundante y los trabajadores son pocos. Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Es la oración, sí, que hacemos, que tenemos que hacer por las vocaciones, para que sean muchos los llamados que respondan a esa invitación del Señor y le sigan en esa hermosa tarea del pastoreo del pueblo de Dios. Pero al tiempo que oramos por esas intenciones, se me ocurre pensar en algo más. ¿Qué estaríamos nosotros dispuestos a hacer para contribuir a ese anuncio del evangelio, a esa acción pastoral de la Iglesia? ¿No nos pedirá a nosotros también que echemos una mano, que nosotros también podemos hacer no solo algo sino mucho en esa labor? ¿Qué me pedirá el Señor? ¿Qué respuesta estoy dispuesto a dar?

lunes, 9 de julio de 2012


Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia…
Oseas, 2, 14-16.19-20; Sal. 144; Mt. 9, 18-26

¿Qué buscamos en Jesús? ¿qué nos ofrece Jesús? Son, si queréis decirlo así, preguntas elementales, pero preguntas que hemos de tener muy presente en nuestro encuentro con Jesús. Importante, es cierto, lo que nosotros busquemos, lo que desea de la forma más pura nuestro corazón, pero importante, muy importante que tengamos claro qué nos ofrece Jesús. 

En el recorrido que hemos venido haciendo por el evangelio de san Mateo, que estamos leyendo en la eucaristía de diario en estas últimas semanas, aparte del gran mensaje del sermón del monte, en el actuar de Jesús hemos ido viendo qué es lo que El nos ofrece. Le hemos contemplado realizando milagros, como hoy mismo en el evangelio proclamado, pero son signos y señales de lo que en verdad Jesús quiere darnos. 

No es ya solamente la salud de nuestros miembros imposibilitados o nuestros cuerpos enfermos o limitados, - hemos visto curar al paralítico, liberar del espíritu inmundo al endemoniado, o curar a los leprosos, por citar algunos milagros - sino que siempre Jesús nos ofrece algo más. El viene a liberarnos del mal, y cuando nos libera de nuestras enfermedades o de las discapacidades que pueda haber en nuestros miembros o en nuestro cuerpo está hablándonos del mal más hondo que hay en nuestra vida y que nos quiere ofrecer. Y digo bien, nos quiere ofrecer, porque a nadie obliga sino que El se ofrece, ofrece su salvación a lo que nosotros hemos de responder. 

Jesús nos ofrece vida, salvación, perdón, gracia, purificación interior. Hoy el evangelio habla de muerte y habla de liberarnos de toda impureza y maldad. Hace pocos días, el domingo pasado, escuchamos este mismo relato en el evangelio de Marcos que es más amplio y con mayores detalles. San Mateo es más parco en la descripción de este episodio. Como nos cuenta Mateo la niña ha muerto y Jairo viene a Jesús para rogarle que ponga su mano sobre ella y vuelva a la vida. Volverá a decir lo mismo Jesús de que la niña no está muerta sino dormida. La tomará de la mano y se la devolverá viva a sus padres. 

Por su parte lo que se nos relata de la mujer de las hemorragias es totalmente semejante. Pero podríamos pensar en un aspecto. El derramamiento de sangre, en este caso por una hemorragia, como tocar un cuerpo muerto o lacerado por algunas enfermedades, era para el judío una impureza. Quien se acercara a una persona en estas condiciones luego había de purificarse. Recordemos lo estrictos que eran en este sentido los judíos. Podíamos ver ahí como un signo del pecado del que Jesús quiere liberarnos. Bastará que la mujer toque a Jesús para que quede cura, para que se vea liberada de aquella impureza. 

Jesús viene a liberarnos del mal. Jesús viene a traernos la gracia y el perdón. Recordemos que cuando cura al paralítico lo primero que hace Jesús es perdonarle los pecados. Jesús viene a darnos la vida que ya no es solo la de nuestro cuerpo sino llenarnos de vida eterna. Jesús toma a la niña de Jairo y la llena de vida, la hace volver a la vida, la resucita. Como el acercarse a Jesús con fe y tocarle, aunque fuera solo la orla de su manto, significo para aquella mujer la curación y la liberación de toda impureza. Con Cristo hemos de resucitar nosotros a nueva vida. 

Con fe tenemos que acercarnos a Jesús. Y no temamos por muchos que sean nuestros pecados e infidelidades. El amor de Dios es fiel y es infinito. La profecía de Oseas que escuchamos hoy y en estos días en la primera lectura de eso  nos está hablando. De la fidelidad del amor de Dios a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, con confianza, con fe, con esperanza y poniendo mucho amor nos acercamos a Jesús. 
‘Animo, hija, tu fe te ha curado’, le dijo Jesús a la hemorroisa y nos dice a nosotros también.

domingo, 8 de julio de 2012



Anunciamos con fidelidad a Jesús ante un mundo desconcertado que le cuesta entender

Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor. 12, 7-10; Mc. 6, 1-6

En la vida muchas veces nos suceden cosas que nos sorprenden, incluso nos sorprenden gratamente, pero que luego quizá por las expectativas que nos hacemos sobre eso que nos ha sucedido o por lo que nosotros hayamos imaginado que podía pasar nos hemos visto desconcertados o incluso desilusionados.

Algo de eso contemplamos en el hecho que nos relata hoy el evangelio. Al llegar Jesús a su pueblo Nazaret e ir el sábado a la Sinagoga, hacer la lectura y ponerse a explicar la Palabra, quizá también por la fama que habría llegado allí de lo que Jesús venía ya haciendo en Cafarnaún y otras partes, les había producido gran admiración. Pero luego veremos que se sienten desconcertados, no manifestarán gran confianza en lo que hace y dice Jesús, porque en fin de cuentas a El lo conocían de siempre porque allí se había criado y allí estaban sus parientes. Habían sentido en principio admiración y hasta cierto orgullo porque era de los suyos, pero no supieron descubrir el verdadero misterio de Jesús. ‘Los tenía desconcertados’.

Jesús mismo se sentirá desilusionado por la pobre acogida que le están haciendo y su falta de fe. ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra y entre sus parientes y en su casa’, les dirá. ‘Y se extrañó de su falta de fe… y no pudo hacer allí ningun milagro’. Marchará Jesús a otros lugares de alrededor.

Lo que sucedió con Jesús entonces en Nazaret, su pueblo, sería lo que le seguiría sucediendo en su peregrinar por los pueblos de Palestina anunciando el mensaje del Reino. No todos lo aceptaban; aunque muchos lo seguían, se admiraban de sus milagros o las palabras de gracia que salian de sus labios, no todos, sin embargo, descubrían en El al Mesías Salvador que instaurando el Reino de Dios venía a redimirnos y a traernos la salvación. No todos querían o llegaban a entender el sentido de su persona y de su mensaje, el sentido del Reino de Dios que anunciaba, la salvación que ofrecía. Su camino acabaría en la pasión y en la cruz, aunque bien sabemos que todo no se quedó ahí porque le contemplamos resucitado y triunfador.

Era lo que había sucedido con los profetas, sucedió incluso con Juan Bautista, el precursor, ha sucedido en todos los tiempos con los apóstoles enviados en el  nombre del Señor y nos puede suceder a nosotros cuando queremos caminar en caminos de fidelidad total al evangelio.

Recordemos lo que hemos escuchado en la primera lectura, del profeta Ezequiel. ‘Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde… te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’. No fue fácil la misión del profeta, como lo fue la de todos los profetas. 

En ese sentido Pablo nos habla hoy de algo que le está costando mucho superar en su tarea y le pide al Señor que le libere de ello, pero el Señor le ha respondido ‘te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad’. Hermosa la reflexión que nos hace el apóstol. Grandeza del mensaje de Dios que se manifiesta en la debilidad porque la fuerza está en Dios que es el que da el verdadero valor.

¡Cuánto nos cuesta acoger y escuchar a Jesús sobre todo cuando vamos con nuestras propias ideas o expectativas! A Jesús no lo podemos encasillar en nuestros esquemas. Su mensaje no es un mensaje que sea para contentarnos. Y no es ya el mundo ajeno a la Iglesia que nos rodea a quien le gustaría escuchar otra cosa, sino que nosotros mismos tantas veces endurecemos nuestro oído o nuestro corazón ante el mensaje que nos ofrece el evangelio y también quisiéramos hacerle decir a Jesús, o hacerle decir a la Iglesia cosas que nos contenten o halaguen.

Nos encontramos muchos ‘doctores’ (y lo pongo así entre comillas con la expresión que hoy se emplea) en todos los ámbitos de la sociedad - y cómo se aprovechan de los medios de comunicación -, que quieren decirle a la Iglesia lo que tendría que enseñar. Todo el mundo quiere opinar, todos quieren hacer sus interpretaciones y cuando la Iglesia es fiel a su mensaje buscan la manera de descalificarla, de decir que está viviendo en las nubes (por decirlo de una manera suave) y que la Iglesia tendría que adaptarse y bajar el listón de sus exigencias, y cuando no pueden hacerlo de otra manera tratan de desprestigiar a quien lleva el mensaje para enturbiar la misión y la tarea de la Iglesia. ¿Se sentirán desconcertados porque no es el mensaje que les halague o les guste escuchar?

Si lo hiciéramos así, contentando a todo el mundo, dejándonos llevar por lo que le agrada a la gente, ¿estaríamos en verdad anunciando el mensaje de Jesús o nuestro propio mensaje? Tenemos que ser fieles al mensaje de Jesús y ya el Espíritu Santo nos va guiando y fortaleciendo en la misión que hemos de realizar, porque el mensaje de Jesús sigue siendo el mensaje de salvación para el hombre de hoy. No nos tenemos que asustar de lo que podamos encontrarnos en contra. Recordemos lo citado del profeta, pero también lo que el mismo Jesús nos anunció en el evangelio. ‘Pero el poder del infierno no la derrotará’. Nuestra fidelidad al mensaje de Jesús está por encima de los desconciertos del mundo.

Decía el evangelio que Jesús no hizo en Nazaret ningun milagro, salvo curar a algunos enfermos imponiéndoles las manos, por su falta de fe. Es la fe que tenemos que despertar en nuestra vida. Si muchas veces nos dejamos seducir por esas ideas del mundo, de las gentes que nos rodean, en referencia a todo lo que tendría que ser la Iglesia y su mensaje, es porque quizá también se nos ha debilitado nuestra fe. Muchas veces nos pueden faltar esos ojos de fe para descubrir el verdadero sentido de la Iglesia. 

No la podemos mirar como una organización mundana más, como una sociedad civil o cualquier asosiación, como una ONG, como se dice ahora. No es la mirada ni la consideración de un creyente sobre lo que es la Iglesia el verla asi. Es el sacramento universal de salvación que Cristo nos ha dejado para que vivamos en verdadera comunión de fe y de amor y así podamos llevar a vivir nuestra comunión con Cristo. En la Iglesia se nos manifiesta el Misterio de Cristo porque a través de ella nos llegará la Palabra de Dios y los sacramentos de nuestra salvación que en ella celebramos. Es el Cuerpo Místico de Cristo al que nos sentimos unidos como los sarmientos a la vid para que a través de ella nos llegue a nosotros la gracia divina de la salvación.

Por eso decíamos que tenemos que despertar nuestra fe. Necesitamos esa fe viva para que Cristo actúe con su gracia en nosotros. Con esos ojos de fe descubriremos en verdad todo el misterio de Cristo; con esa fe podremos escuchar su Palabra como mensaje de salvación para nuestra vida; con esa fe vivimos nuestra comunión de Iglesia que nos hace entrar en una comunión mas grande y profunda con el Señor; desde esa fe iremos creciendo más y más en el conocimiento de Cristo hasta llegar a unirnos plenamente con El, a configurarnos con El para ser una solo cosa con El viviendo su misma vida.

Si abrimos nuestro corazón a la fe cuántas maravillas realizará Dios en nosotros. Entonces podremos también nosotros, desde nuestra pequeñez y debilidad, hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo que nos rodea, tarea y misión que Cristo nos ha confiado. Y lo hacemos con fidelidad.


sábado, 7 de julio de 2012


No malogremos el vino nuevo que Dios nos ha regalado
Amós, 9, 11-15; Sal. 84; Mt. 9, 14-17

Cada vez me hago la pregunta con más frecuencia y también con más fuerza ¿por qué los cristianos damos con tanta frecuencia aires de tristeza y de luto? Tendríamos que ser las personas más felices del mundo, a pesar de que en muchas ocasiones las cosas no marchen bien, haya muchos problemas a nuestro alrededor o en nosotros mismos, porque en nosotros se supone que hay fe y hay esperanza. Y una persona con fe y esperanza no puede manifestarse nunca llena de amargura. Ponemos nuestra confianza en el Señor. Con nosotros está el Señor.

Me surge este pensamiento con el que inicio esta breve reflexión precisamente a partir del evangelio proclamado hoy. Le vienen a preguntar a Jesús por qué sus discípulos no ayunan si lo hacen los discípulos de Juan y los fariseos. ‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los discípulos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ La forma en que ellos hacían el ayuno estaba llena de aires de luto y de tristeza. Además había que poner cara, llamémosla así, de circunstancias para que todo el mundo notara que estaban haciendo ayuno. Por eso en otro momento nos dirá Jesús que cuando ayunemos nos lavemos la cara y nos echemos perfume para que nadie note ese ayuno sino el Padre del cielo.

‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?’, pregunta Jesús. Unas referencias a las fiestas de la boda que se celebraban con toda alegría. Pues los que creemos en Jesús hemos de tener siempre esa alegría. El ‘novio’ está con nosotros, Jesús está con nosotros. ‘¿Y quién podrá separarnos del amor de Dios?’, que se preguntaba el apóstol Pablo en una de sus cartas. Nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor de Dios.

Tenemos a Jesús con nosotros y nuestra vida tiene que ser distinta, en consecuencia, y siempre con la alegría de la fe y de la esperanza. El nos ha prometido que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Para eso nos da su Espíritu para que podamos apreciar su presencia, sentir su presencia en todo momento, que además en momentos especiales se hace sacramento y es especial presencia del Señor, como lo es en la Eucaristía.

Teniendo a Jesús con nosotros todo ha de ser distinto. De ahí las imágenes que nos propone a continuación. Nos habla de vino nuevo y de odres nuevos. Tenemos el vino nuevo del Reino de Dios; tenemos el vino nuevo de la gracia y de la presencia de Jesús. Nuestro odre, nuestra vida tiene que ser nueva. De ahí que san Pablo nos dirá que somos hombres nuevos, los hombres nuevos de la gracia, los hombres nuevos llenos de la vida divina que nos hace hijos de Dios. ‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, nos dice el Señor… el vino nuevo se echa en odres nuevos’. No malogremos en nosotros el vino nuevo, la vida nueva de la gracia que Dios nos ha regalado.

Por eso como decíamos al principio no caben en nosotros las tristezas y las amarguras porque tenemos al Señor con nosotros. No nos quita eso la lucha que hemos de mantener por superarnos que muchas veces será costosa. Pero no nos falta la gracia del Señor. Es nuestra fe. Es nuestra esperanza. Es la confianza que ponemos en el Señor. 

El cristiano es siempre el hombre de la Pascua. Y quien ha vivido la Pascua del Señor se sentirá renovado y renacido; quien ha vivido la alegría pascual de la resurrección del Señor, sabe que habrá de pasar por la muerte, será purificado en el sufrimiento, pero al final siempre está la luz, está la vida nueva, porque está el Señor. Eso es vivir el misterio pascual en nosotros. Y la alegría con que celebramos la fiesta de la resurrección del Señor no es la fiesta de un día, es la alegría que siempre ha de estar presente en la vida del cristiano. Caminamos hacia la plenitud total que un día en la vida eterna con el Señor podremos alcanzar.

viernes, 6 de julio de 2012


Dios viene a buscar a todo hombre sin ninguna diferencia  ni distinción

Amós, 8, 4-6.9-12; Sal. 118; Mt. 9, 14-17
En las dos partes que componen este episodio del evangelio que nos acaba de relatar Mateo se nos viene a manifestar cómo Jesús viene en nuestra búsqueda, en la búsqueda del hombre, cualquiera que sea la situación que nosotros vivamos.
La actitud de los fariseos y los escribas nos refleja la actitud discriminatoria con que tendemos a ir fácilmente por la vida; nos es muy fácil hacer distinciones y separaciones, porque nos cae bien o no una persona, porque es de esta condición o de la otra, porque ha hecho o no ha hecho no sé qué cosas, y así una lista interminable de diferenciaciones y distinciones que nos llevan a aceptar o no aceptar a los demás.
Pero, como decíamos, es otra cosa la que hace Jesús y lo que nos enseña. Si el meollo de su evangelio es el amor, porque es en eso en lo que quiere que nos distingamos, en lo que resplandezcamos nosotros, el amor no hace distinciones. Y El que ha venido a salvar al hombre, precisamente nos ama aunque nosotros seamos pecadores, Esa es la grandeza y la maravilla de su amor.
Llamará con una vocación especial, y formará del grupo de los Apóstoles a los que va a confiar una misión muy especial y concreta en su Iglesia, a un recaudador de impuestos, un publicano, un pecador como era considerado entre los judíos. Pero también es de destacar la presteza con que Mateo responde a la llamada e invitación del Señor. ‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’,
Era un publicano, ¿un pecador?, al menos así era considerado, pero sin embargo está pronto para responder a la llamada del Señor. Ya dirá Jesús en otro lugar del evangelio que las prostitutas y los publicanos se nos adelantarán en el Reino de los cielos. Jesús va a buscar al hombre; Jesús quiere salvar al hombre. Jesús se lleva consigo, piensen lo que piensen sus contemporáneos, a un publicano para hacerlo del grupo de los Apóstoles.
En la segunda parte del episodio vemos cómo Mateo sienta a su mesa a Jesús y sus discípulos y con ellos estarán los que hasta entonces eran sus compañeros de profesión y sus amigos. Pero esto provocará la reacción de los fariseos. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Es el comentario, la murmuración, la crítica que están haciendo allá por detrás.
El médico viene para los enfermos, no para los que se creen sanos. Es la respuesta de Jesús. Es la actitud de Jesús, es la búsqueda que Jesús está haciendo del hombre para ofrecerle su salvación. Nos ama el Señor no porque nosotros seamos buenos, sino para llenarnos de amor y de su bondad. Ninguno de nosotros puede considerarse tan perfecto como para exigir el amor del Señor, porque todos somos pecadores. Y nos gozamos con el amor del Señor. Y aprendemos del amor del Señor. Y queremos actuar con el amor del Señor. Es la gran lección que no podemos olvidar. Es la nueva forma con que hemos de tratar a los demás, a todos sin distinción. Qué distintas serían nuestras mutuas relaciones si fuéramos actuando así en la vida. Nos sentiríamos todos hermanos de verdad sin importarnos  ninguna otra cosa o condición.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos dice el Señor y nos invita a ir a El para aprender de El que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Pongamos misericordia en el corazón y alcanzaremos misericordia, como nos dice en las bienaventuranzas Jesús. ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. El camino de la mejor ofrenda que podamos presentar al Señor pasa necesariamente por la misericordia y el amor. Podemos ofrecer las cosas más hermosas, pero si no hay misericordia y amor en nuestro corazón no serán gratas al Señor.  

jueves, 5 de julio de 2012


Ponte en pie… tus pecados están perdonados
Amós, 7, 10-17; Sal. 18; Mt. 9, 1-8

‘Al ver esto, la gente se quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal poder’. ¿Por qué estaba la gente sobrecogida? No era ya solamente el milagro que Jesús había realizado de curar al paralítico y hacer que pudiera caminar por sí mismo. ‘Ponte en pie, le había dicho,  coge tu camilla y vete a tu casa’. 

Ya habían visto los milagros de Jesús y hemos contemplado como la gente admirada daba gloria a Dios. Pero no sólo es el milagro, porque había causado mucho asombro lo primero que Jesús había dicho y había hecho. ‘¡Animo, hijo! Tus pecados quedan perdonados’. Habían causado revuelo aquellas palabras de Jesús, aquel atrevimiento de Jesús. Le había dicho que le eran perdonados sus pecados. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? se preguntaban, y por allí escandalizados los letrados y fariseos habían dicho que Jesús blasfemaba. Era algo fuerte lo que estaban diciendo, porque si el juicio seguía adelante podían apedrear a Jesús que era lo que se hacía con los blasfemos.

No terminaban de entender el misterio de Jesús que se iba revelando. Allí se estaba manifestando cuál era en verdad la misión redentora de Jesús, cuál era el verdadero sentido del Mesías prometido y anunciado. Cuando Dios, desde el pecado del paraíso, había prometido la salvación, el triunfo sobre el mal y el pecado, esa era realmente la misión del Mesías. Vendría como Redentor y Salvador. Vendría a traernos la gracia y el perdón. 

Lo que Jesús iba realizando en signos a través de los milagros, lo que anunciaba cuando anunciaba y explicaba lo que era el Reino de Dios que había de constituirse era la reconciliación con Dios; y esa reconciliación con Dios sería posible, no por lo que nosotros hiciéramos, sino por el perdón y el amor que Dios nos ofrecía. Nos volvemos nosotros a Dios, pero es realmente Dios el que viene a nosotros con su amor. Es lo que nos ofrece Jesús. Lo que hasta ahora ha ido realizando en los milagros que hacia era anunciarnos esa renovación total de nuestra vida, levantándonos de la peor de las postraciones en los que podríamos encontrarnos, que es la postración del pecado.

Ahí está Jesús como Salvador y Redentor. Ahí está diciéndonos Jesús cuál es el regalo más grande que nos ofrece Dios. Su perdón, el perdón de los pecados, para que caminemos a la reconciliación con El. No ha de extrañarnos ni hemos de escandalizarnos, como le sucedía a aquellos letrados y fariseos; hemos de asombrarnos y quedarnos sobrecogidos, sí, por la maravilla que nos ofrece, por el perdón que nos regala, por la paz que viene a dar a nuestro corazón, por la alegría grande que se ha de producir en nuestra vida.

Vayamos hasta Jesús con nuestra postración, con la invalidez de la que hemos llenado nuestra vida con el pecado, con la muerte que arruina nuestra vida para que en El encontremos el perdón, la paz, el amor, la gracia, la vida. Humildes nos postramos ante El; nos dejamos conducir hasta El. Aquel hombre postrado en su camilla se dejó hacer, se dejó conducir por aquellos que con fe lo llevaron hasta los pies de Jesús. 

San Lucas cuando nos narra este episodio nos da más detalles, porque habrá que saltar muchas dificultades, 
hasta romper el techo de la casa, para hacer llegar hasta Jesús al paralítico. Saltemos por encima de las dificultades, veamos la gracia de Dios que mueve corazones y mueve también nuestro corazón. Cuántas cosas como impedimentos nos retraen tantas veces impidiéndonos acercarnos al Señor. Superemos esas dificultades, esos obstáculos para que lleguemos hasta el Señor. Dejémonos transformar por su gracia, para que renacidos a la vida con el perdón vayamos por el mundo alabando a Dios que hace tales maravillas, que hace posible que podamos recibir su perdón en el ministerio de la Iglesia. 

Ponte en pié nos dice a nosotros también el Señor. No nos quiere postrados, no nos quiere hundidos, no  nos quiere atados ni esclavizados a nada, nos quiere libres, llenos de gracia, de amor, de alegría, de paz cantando la alabanza del Señor.

miércoles, 4 de julio de 2012


No todos siguen a Jesús con la misma radicalidad, ¿y nosotros?
Amós, 5, 14-15.21-24; Sal. 49; Mt. 8, 28-34

Cuando vamos leyendo o escuchando el evangelio vamos haciendo un recorrido por la vida de Jesús y todo el mensaje de salvación que El  nos ofrece. No nos quedamos simplemente en la lectura de una historia sino que esos hechos que contemplamos y ese mensaje que recibimos nos ayudan a crecer en nuestra fe. 

Contemplando sus milagros no podemos menos que reconocer el poder y la gloria del Señor que en El se nos manifiesta, lo que ayudará a intensificar nuestra fe, que nuestra fe crezca y se sienta firme para que todo eso podamos llevarlo a nuestra vida. Y desde ahí damos gracias al Señor que así nos manifiesta su poder y su amor y queremos como tantos lo hicieron según vemos en los evangelios y como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia alabar y bendecir al Señor por todo ello. Todo siempre para la gloria del Señor.

Al contemplar el recorrido que Jesús va haciendo por los distintos lugares donde va anunciando el evangelio con su palabra y con su propia vida, porque El es realmente el Evangelio, la Buena Noticia de Salvación que llega para todos los hombres, vemos también cómo unos aceptan y reciben ese mensaje y dan gloria al Señor queriendo seguir los mismos pasos de Jesús, haciéndose sus discípulos; pero contemplamos también el rechazo de tantos: unos porque no quieren escucharlo y le dan la espalda porque quizá dicen que nada nuevo encuentran en El, otros porque realmente se oponen a lo que Jesús dice y enseña, muchos a los que les cuesta seguir los pasos de Jesús porque quizá les parece duro lo que Jesús propone, y muchos que le rechazan porque escuchar y seguir a Jesús les compromete y no siempre estamos por la labor de ese compromiso que puede cambiar nuestra vida.

Pero el ir contemplando todas esas actitudes y todas esas diferentes maneras de reaccionar nos sirve para mirarnos a nosotros, mirar también cuales son nuestras actitudes y nuestras reacciones. Jesús llega también a nuestra vida y hemos de saber contemplar las maravillas que hace en nosotros. También tiene que despertarse nuestra fe para agradecer a Dios sus dones y cantarle nuestra alabanza. 

Sin embargo toda esta diferente forma de reaccionar tendría que hacernos pensar y darnos cuenta que también en muchas ocasiones le damos la espalda, encontramos dificultad para seguirle, o hay cosas en nuestra vida que como rémoras nos frenan en ese seguimiento generoso de Jesús. Hoy en concreto hemos escuchado en el evangelio que las gentes de aquel lugar, a pesar de que habían visto lo que había hecho con aquel hombre al que había liberado de su mal, sin embargo le piden a Jesús que se vaya a otra parte; no quieren que Jesús siga allí.

¿Nos sucederá algo así a nosotros? No es que nosotros lo rechacemos así tan directamente, pero sí hemos de reconocer que muchas tentaciones sentimos a lo largo de nuestra vida que nos arrastran a aflojarnos en nuestro espíritu, a quizá en momentos no dar la importancia que tienen todas las cosas; nos decimos, bueno, esto no es tan grave, esto no tiene mucha importancia, y abandonamos nuestra tensión espiritual, o nos dejamos arrastrar por lo que todo el mundo hace sabiendo nosotros que tendríamos que actuar de otra manera. Y eso es decir ‘no’ a Jesús. 

También nos sucede que ante exigencias que se nos plantean desde el evangelio algunas veces parece que no queremos aceptarlo y nos queremos hacer nuestras interpretaciones. Nos parece duro, como decían las gentes de Cafarnaún cuando escuchaban a Jesús en la sinagoga, y decimos esto lo acepto y aquello otro no lo acepto. Cuantas personas nos encontramos que no aceptan la Iglesia o lo que la Iglesia nos acepta en muchos aspectos de la vida, porque dicen que ellos tienen su propia idea. Si somos seguidores de Jesús no podemos andar con esas componendas y nuestro seguimiento tiene que ser más total, más radical. Cuando seguimos a Jesús no podemos poner la mano en el arado y estar volviendo la vista atrás, como nos dice Jesús en otros momentos del evangelio.

Que vayamos creciendo más y más en nuestro conocimiento de Jesús y su evangelio. Que cada día expresemos con mayor intensidad el amor que sentimos por Jesús para seguirle. Que se despierte de verdad nuestra fe. Que nos sintamos inundados de su gracia, que seguro que no nos faltará, para que caminemos siempre adelante y con fidelidad total.

martes, 3 de julio de 2012

La incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad

La incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad


Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20, 24-29

Que nos ayude con su intercesión para que tengamos en nosotros vida abundante por la fe en Jesucristo a quien santo Tomás reconoció como su Señor y su Dios. Así hemos pedido hoy en la oración litúrgica de esta fiesta del Apóstol Santo Tomás.

La fe nos llena de vida. Con la fe se nos ilumina la vida y desaparecen las tinieblas de la duda y del pecado. La fe no es una idea o una teoría sino una realidad grande que nos hace presente a Dios en nuestra vida. La fe es el camino que nos lleva hasta Dios y por la fe que ponemos en El nuestro corazon se siente transformado y lleno de vida. Creer no es una cosa abstracta, repito. La fe nos ilumina la vida y todo se ve envuelto por ese sentido nuevo que todo nuestro ser adquiere en Dios. La fe implica toda nuestra vida y sería una incongruencia que la vida que vivimos vaya por un camino distinto de la fe que profesamos con los labios. Es que realmente no sólo la proclamamos con nuestros labios, sino que lo hacemos desde lo más hondo del corazón.

Celebrar la fiesta de un apóstol es siempre importante para un cristiano y cuando estamos celebrando la fiesta del Apóstol santo Tomas al que vemos lleno de dudas y de interrogantes en su vida y en su corazón parece como si se estuviera reflejando en él lo que nos sucede también a nosotros en tantas ocasiones.

Digo lleno de dudas e interrogantes porque no sólo fue el poner en duda la palabra del resto de los apóstoles cuando le anunciaron que Jesús había resucitado y estado con ellos allí en el Cenáculo, sino que ya antes en la última cena manifiesta claramente también las dudas e interrogantes que se le plantean de aquellas cosas que no acaba de entender y que quizá el resto de los apóstoles no se atrevían a expresar.

‘Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ Jesús les había estado hablando del Padre, de que El iba al Padre y que quería llevarlos con El, que para eso iba a prepararles sitio y que ya sabían el camino. Tomás no termina de entender y pregunta. Es cuando Jesús afirma ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie puede llegar al Padre sino por mí. Si me conociérais a mí conoceríais también al Padre’. La pregunta de Tomas valdrá para que podamos entender que Cristo es el camino y que viviéndole a El podremos vivir al Padre, podremos sentir en nosotros todo el amor de Dios siempre misericordioso y compasivo.

Ahora, como hemos escuchado hoy en el evangelio, no está con el resto de los discípulos en el Cenáculo cuando se manifiesta Jesús resucitado. Y vienen las dudas. Ya lo hemos escuchado. Quiere meter los dedos en sus llagas, la mano en el costado. Siempre se las reprochamos y lo llamamos el apóstol incrédulo. Pero como dice san Gregorio Magno la incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad. ‘Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad… Todo esto sucedió no porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad’.

Que seamos capaces nosotros también de proclamar como Tomás nuestra fe en Jesús como nuestro Dios y como nuestro Señor. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fue su exclamación. Fue necesario el encuentro de Tomás con Jesús para que todas las dudas se disiparan. Por eso es tan importante que nuestra fe sea viva para que en verdad podamos llegar a encontrar de forma viva con el Señor. Nuestra fe se alimenta y crece con la misma fe. Nuestras celebraciones tienen que estar llenas de vida y de fe; hemos de saber darle esa hondura grande a lo que celebramos para que podamos sentir la presencia del Señor en nosotros. Con fe venimos a ellas y en ellas alimentamos intensamente nuestra fe.

No es simplemente decir estamos en misa y rezamos, sino que hay que intentar ir a algo más, descubriendo y sintiendo de forma viva la presencia y la gracia del Señor. Y el Señor se hará sentir ahí en nuestro corazón, podremos llegar a sentir el ardor de su presencia y de su amor. Nada debe distraernos de la presencia del Señor. Abramos nuestro corazón a Dios que llega a nosotros con su gracia, con su amor y llena e inunda nuestra vida de luz. Que lleguemos, repito, a confesar en verdad que Jesús es nuestro Dios y Señor.

lunes, 2 de julio de 2012


Generosidad y disponibilidad para escuchar y seguir a Jesús
Amos, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22

‘Maestro, te seguiré adonde quiera que vayas’, le dice un letrado que se acerca a Jesús. No le falta buena voluntad. Quiere seguir a Jesús. Está dispuesto a todo. ¿Dispuesto a todo? ¿Habrá pensado bien lo que significa esa disponibilidad? Las palabras quieren expresar una generosidad grande. No le falta entusiasmo. Pero ¿será suficiente eso?

Luego será Jesús el que se dirija a un discípulo invitándole a que le siga. Era ya un discípulo, luego el seguimiento que hacia de Jesús era más cercano y podía conocer bien lo que significaba aquella invitación de Jesús. Sin embargo, aunque también tiene buena voluntad, quiere resolver algunas cosas antes de decidirse plenamente por Jesús. ‘Déjame ir primero a enterrar a mi padre’, le pide a Jesús.

Pero Jesús pide más radicalidad. No valen solo las buenas voluntades, los entusiasmos de un momento de fervor. Nos puede suceder en muchas ocasiones, tanto cuando descubrimos algo que tenemos que hacer en el camino de nuestra vida cristiana, o incluso cuando hay una llamada especial del Señor en una vocación determinada. Al primero le hará ver que seguirle no es ir por un camino de comodidades, sino que seguir a Jesús tiene sus exigencias. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. 

Nos recuerda eso lo que nos dirá en otros momentos de negarse a sí mismo, de tomar la cruz para seguirle, de la senda estrecha del esfuerzo y si es necesario del sacrificio. Nos recuerda lo de aquel joven que preguntaba qué había que hacer para alcanzar la vida eterna,  y Jesús le habla del desprendimiento, del despojarse de todo, del vender sus bienes para repartirlo a los pobres; nos recuerda donde hemos de guardar nuestro tesoro.

Al segundo, aunque nos puedan parecer humanamente duras las palabras de Jesús, pero nos quiere hablar de que seguirle es seguir caminos de vida, nunca de muerte. No es solo la cuestión de enterrar o  no enterrar al padre muerto, sino que es algo bien significativo para hablarnos de la vida, de la vida por la que hemos de optar en todo momento cuando seguimos a Jesús. Y en ese optar por la vida, arrancarnos de todo lo que sea muerte en nosotros es bien costoso, pero algo que hemos de hacer con decisión, porque nunca podemos seguirle de ninguna manera el juego a la tentación y al pecado.

Cuantas veces nos sucede que vivimos momentos de fervor, algo  nos ha impactado de manera especial y en ello sentimos que está la voz del Señor que nos llama en cosas concretas de la vida; en ese primer momento de entusiasmo nos sentimos lanzados y pensamos y prometemos que vamos a hacer no sé cuantas cosas, pero luego vendrán otros momentos, en que ese fervor se debilite, o veamos más crudamente lo que significa seguir a Jesús, o simplemente nos aparezcan las dificultades y tentaciones. Tenemos el peligro de abandonar y la experiencia nos dice de cuantos a nuestro alrededor les sucede así o nos ha sucedido también a nosotros. 

Por eso es necesario escuchar con serenidad de espíritu la llamada del Señor; es necesario también pedir la luz y la fuerza del Espíritu que nos ilumine y nos ayude a tomar esas decisiones y a mantenernos en el camino trazado, para no volver la vista atrás, porque como nos dirá en otras ocasiones, el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno de El. 

Que el Señor nos dé esa valentía y esa osadía para seguirle. Que no nos falta nunca su gracia. Que abramos los oídos de nuestro corazón para escuchar sus llamadas. Que tengamos en verdad generosidad de espíritu para seguirle.

domingo, 1 de julio de 2012


Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida
Sab. 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Cor. 8, 7-9.13-15; Mc. 5, 21-43

‘Ven, pon tu mano sobre mi niña que está en las últimas, para que se cure y viva’, suplica Jairo lleno de confianza en Jesús. Y aquella mujer con una fe grande, ‘acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría’. Son dos hechos que se entrecruzan en este relato del evangelio.

Y Jesús se pone en camino con Jairo, acompañado de mucha gente. ‘¿Quién me ha tocado el manto?’ pregunta mirando a su alrededor, cuando la mujer se ha acercado por detrás. Luego dirá a las plañideras que ya están allí con sus lloros y lamentos que la niña no está muerta, sino dormida. Y la tomará de la mano y la levantará, entregándosela a su padre. Con Jesús llega la vida, desaparece la muerte; con Jesús nos llenamos de luz, son vencidas para siempre todas las tinieblas.

Todo un recorrido, un camino de fe el que contemplamos en este relato del evangelio. El camino de fe de Jairo y la mujer de las hemorragias que puede ser también nuestro recorrido y nuestro camino. La fe y la confianza de quienes acuden a Jesús con sus penas y sufrimientos. Jairo suplicando por su hija; la mujer de las hemorragias con la confianza de que sólo tocando el manto de Jesús se curaría. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús cuando la mujer se postra asustada y temblorosa a sus pies al sentirse descubierta. 

Es la fe que Jesús quiere suscitar y que se mantenga firme. Cuando llegan anunciando que la niña ha muerto y parece que ya no merece importunarle más, porque no hay nada que hacer, Jesús le dirá a Jairo ‘no temas, basta que tengas fe’. La oscuridad de la duda, del temor, de lo imposible no puede envolver nuestra vida. Algunas veces, incluso en nuestras dudas, somos plañideras que no hacemos sino llorar porque es tanta nuestra oscuridad que se nos puede cegar el corazón y la fe. Hay que seguir confiando. Tantas veces nos llenamos de dudas, parece que de nada nos sirven nuestras súplicas o nuestras oraciones. Es una tentación por la que pasamos muchas veces. ‘Basta que tengas fe’. O como le dirá Jesús a Pablo según cuenta él en sus cartas ‘mi gracia te basta’. 

Ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento que lo que Dios quiere es la vida, que vivamos, que tengamos vida. ‘Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes…creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser…’ Para eso nos ha enviado a su Hijo, se encarnó y se hizo hombre para alcanzarnos la vida para siempre. Habíamos dejado entrar la muerte en la vida del hombre a causa del pecado, pero El viene a borrar todo pecado y a darnos vida. 

Quiere que tengamos vida y vida para siempre. Tanto es así que se hace pan y alimento nuestro y se nos da en la Eucaristía para que comiéndole tengamos vida eterna. ‘Quien me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre… el que come mi carne y bebe mi sangre, yo lo resucitaré en el último día…’ Recordamos lo anunciado en Cafarnaún. 

Este evangelio que hoy escuchamos y estamos comentando tiene que ser en verdad una Buena Noticia que despierte nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Queremos creer; queremos alejar de nosotros toda duda. Queremos llenarnos de su luz y de su vida. Tiene que ser una Buena Noticia que nos está anunciando vida y salvación para nosotros, que nos está haciendo llegar la vida y la salvación. 

Sentimos también que Jesús camina a nuestro lado, se acerca a nosotros allí donde estamos llenos de enfermedad o de muerte. Y quiere que caminemos seguros en búsqueda de esa vida que el quiere ofrecernos; que no temamos hacer como aquella mujer que se acercó a tocarle el manto, y nos acerquemos nosotros hasta el con todo esa oscuridad que muchas veces llevamos dentro. Y con El todo se va a transformar en nuestro interior, todo se va a llenar de luz y de vida. 

Tantas veces nos ha tomado de la mano para levantarnos; piensa cuantas veces nos ha regalado el sacramento que nos llenaba de alegría otorgándonos su perdón. Si rebuscamos en nuestro interior encontraremos muchísimos momentos de gracia, por los que quizá no siempre supimos darle gracias y reconocerlo. ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’, cantamos en el salmo y muchas veces tenemos que reconocerlo y decirlo.

Tantas situaciones difíciles por las que hemos pasado en la vida y de las que pudimos salir, muchas veces nos parecía que sin saber cómo, pero que si tenemos ojos de fe nos daremos cuenta que allí estaba el Señor ayudándonos y fortaleciéndonos con su gracia. Haz una lectura de tu vida con ojos de fe y serás capaz de reconocer este actuar de la gracia de Dios en ti. Que no nos ceguemos.

Pero es también Buena Noticia que estamos obligados a llevar a los demás. El mundo necesita buenas noticias que llenen los corazones de esperanza y de luz. Y nosotros no podemos cruzarnos de brazos ni encerrarnos en lamentaciones. Podemos tener la tentación de decir que nada se puede hacer en las situaciones difíciles por las que estemos pasando. Oímos hablar continuamente de demasiadas calamidades. Son muchos los sufrimientos que atenazan los corazones de mucha gente a nuestro alrededor. Y estamos obligados a llevar el mensaje de la Buena Noticia a los que nos rodean.

Jesús cuando Jairo le dijo que su niña estaba en las últimas no se contentó con bonitas palabras de consuelo – también las tendría con toda seguridad – sino que le escuchó y se puso a caminar junto a él para llegar hasta donde estaba la niña. Como luego se pondría a hablar con la mujer de las hemorragias o con los que lloraban la muerte de la niña. Detalles de Jesús que hemos de aprender.

Esa disponibilidad y esa acogida es algo que tenemos que aprender a hacer como Jesús poniéndonos al lado de tantos que sufren y seguro que el amor en el corazón nos inspirará muchas cosas que podamos hacer, al menos despertará en nosotros generosidad y solidaridad y en los que nos rodean con su dolor despertará esperanza. 

Cuando aprendamos a ser solidarios de verdad, a escuchar y a ponernos a caminar junto al hermano y cuando comencemos a compartir lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida, nuestro tiempo con el otro estaremos empezando a hacer un mundo nuevo y mejor. Serán pequeñas semillitas las que vayamos sembrando, pero si cada uno pone de su parte esa generosidad del corazón mucho será al final lo que podemos hacer y el mundo comenzará a transformarse. 

Tenemos que trasmitir vida, llevar vida a los demás, como lo hizo Jesús, porque solo desde el amor se realizará la verdadera transformación, primero de nuestras vidas, y luego también de todo nuestro mundo. ‘Talitha qumí’ tenemos que decir también a cuantos nos rodean con su sufrimiento o con las sombras de su vida, y tender la mano de nuestro amor para levantarlos y llevarles vida, la vida que nos ofrece y regala Jesús. Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida.

sábado, 30 de junio de 2012


Una fe como la del centurión con un corazón caldeado por el amor y la humildad
Lam.2, 2.10-14.18-19; Sal. 73; Mt. 8, 5-17

En nuestras relaciones humanas no siempre somos lo suficientemente sinceros y algunas veces creamos distancias entre unos y otros y nuestro acercamiento a los demás puede resultarnos en ocasiones ficticio y no verdadero. 

No es así como Dios se ha acercado al hombre cuando decimos que se ha encarnado y se hecho hombre para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Su cercanía es real y verdadera. Es una cercanía de amor, de amor verdadero. Como  nos dice hoy el evangelio, pero citando un texto del Antiguo Testamento al hacerse hombre ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús al centurión cuando viene rogándole ‘por un criado que tiene en casa en cama y que sufre mucho’. Y al final del evangelio de hoy le vemos acudir a la casa de Pedro donde se encuentra que la suegra está en cama con fiebre y ‘Jesús la cogió de la mano y se le pasó la fiebre’. Gestos así veremos repetidamente en el evangelio. Pondrá las manos sobre los ojos del cielo, meterá sus dedos en los oídos del sordo, tocará al leproso o levantará con su mano al paralítico que está postrado en su camilla.

En el caso del criado del centurión no llegará a ir a la casa – mañana contemplaremos a Jesús caminando con Jairo a su casa para levantar a la niña que está postrada en la cama – y no irá por la fe y la humildad del centurión. La prepotencia de un centurión romano podría hacernos pensar que insistiría a Jesús para que fuese a su casa a curar a su criado, pero en este caso florecerá en aquel hombre su fe y la virtud de la humildad. ‘¿Quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ será su humilde exclamación. 

Pero allí está también la fe, una fe grande que tiene la seguridad de que solo es necesaria la palabra de Jesús. ‘Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Merecerá la alabanza de Jesús. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Y aquel hombre era un gentil, un pagano, pero se había abierto a la fe. 

¿Será así nuestra fe? ¿es así mi fe? Me pregunto yo también cuando escucho este evangelio, porque realmente he de reconocer que me siento interpelado por la fe de este hombre. Celebramos la Eucaristía, tenemos el misterio de Cristo en nuestras manos, nos acercamos a comerle en la Eucaristía, pero no siempre lo hacemos con una fe así, una fe firme, con seguridad y certeza. Muchas veces en la manera cómo tratamos el misterio de Dios pareciera que no tenemos tanta fe, porque nos falta el respeto y el amor grande que se necesitaría para acercarse al Misterio de Dios.

Las palabras del centurión las repetimos cada día, cada vez que venimos a la Eucaristía, pero no sé si siempre con la misma fe y humildad, con la misma certeza de que nos estamos acercando al misterio de Dios y no lo hacemos con la dignidad y santidad que deberíamos hacerlo. No somos dignos, es cierto, y le pedimos al Señor que nos purifique y nos haga dignos, pero no sé si siempre nosotros haremos de nuestra parte todo lo necesario en nuestra lucha y en nuestra superación personal por ser cada día más santo y más digno de acercarnos a la Eucaristía.

Siempre insisto en lo mismo, y me lo repito a mí el primero, y es que cuando repetimos una oración que nos la sabemos de memoria hemos de tener mucho cuidado para decirla con toda verdad, para que no nos pueda la rutina. Muchas veces por la manera que decimos o hacemos nuestras oraciones manifestamos que hay muy frialdad en nuestro corazón. Y tenemos que caldearlo de verdad.

viernes, 29 de junio de 2012


Confesamos nuestra fe y expresamos de forma viva nuestra comunión eclesial
Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tm. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19

‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios… tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…’ Una confesión de fe y el encargo de una misión grandiosa. Parece que están a porfía para ver quién dice cosas más hermosas. 

Es hermosa la confesión de fe que sale del corazón de Pedro. No lo hace por sí mismo porque llegar a ese convencimiento no es cosa meramente humana. Dios siempre nos gana la partida y es El quien llega a nuestro corazón y nos revela cosas grandes. Pero si el Padre ha puesto en el corazón de Simón esa capacidad para llegar a hacer una confesión de fe así, es porque es un elegido por el Señor para misiones grandes. 

Tras la confesión de fe, que viene a ser algo así, por hablar desde un lenguaje y pensamiento muy humano, como el paso de una prueba para ver hasta donde llega la fe, Jesús habla de su Iglesia, la herencia que nos va a dejar una vez que haya consumado su obra redentora. Quienes van a creer en Jesús y aceptar y recibir su salvación van a comenzar a vivir una unión nueva y distinta, que es la comunión de la Iglesia. De la confesión de nuestra fe en Jesús, como la de Pedro, nace la Iglesia, nace nuestra pertenencia a la Iglesia. 

A Pedro Jesús le confía una misión importante, va a ser piedra fundamental de esa Iglesia, nexo de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Jesús le dirá un día que se mantenga firme, porque, cuando pasen todas las pruebas y en los momentos difíciles, él tendrá que confirmar en la fe a los hermanos, ayudar a mantenerse en esa comunión de fe y de amor a toda la Iglesia. 

¡Qué importante la misión de Pedro en medio de la comunidad, en medio de la Iglesia que nace! Tantas veces habían discutido por los primeros puestos y quien había de ser el primero y principal y Jesús le confía una misión de servicio en medio de los hermanos. Porque será grande, será el primero el que se haga el último y el servidor de todos. Y esa es la grandeza y la misión que Jesús confía a Pedro.

‘Siervo de los siervos de Dios’, se llama a sí mismo el sucesor de Pedro en medio de la Iglesia. Muchas veces nos encandilamos con brillos y oropeles cuando miramos la Iglesia, o miramos al Papa y a cuanto lo rodea. Herencia quizá de siglos que habría que purificar para que fuera más auténtica y a la manera como Cristo la quiso. Pero hemos de saber considerar y comprender bien la misión de Pedro y en Pedro de sus sucesores. Es la vida del servicio, de la entrega, del olvidarse de si mismo en esa misión universal de servicio en medio de la Iglesia y en medio del mundo. 

Tenemos que saber abrir los ojos de la fe para comprenderlo y para darlo a conocer de forma auténtica al mundo que nos rodea y no se encandile con falsas imágenes – que quizá muchos con no muy buena intención traten de difundir - que están bien lejos de lo que realmente es la misión del Pastor de la Iglesia. De todas maneras no hemos de temer porque ya Jesús promete que ‘el poder del infierno no la derrotará’. 

Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y San Pablo – es la fiesta de ambos apóstoles aunque muchas veces pareciera que sólo es la fiesta de san Pedro – cuando celebramos esta fiesta, digo, hemos de aprender a mirar la misión de los apóstoles en medio de la Iglesia; hemos de saber darle ese profundo sentido eclesial a nuestra fe y hoy de manera especial miramos con fe al Sucesor de Pedro en esa misión que en la Iglesia tiene. 

De alguna manera es el día del Papa al celebrar al primero a quien Cristo confió esa misión de ser piedra fundamental de la Iglesia. Es una fiesta la de este día para sentirnos en comunión con el Papa, porque es sentirnos en comunión con la Iglesia universal. Y es necesario que toda la Iglesia esté apiñada en torno al sucesor de Pedro y sepamos expresar nuestra comunión más sincera y auténtica con el Papa. Comunión que expresamos y sentimos en nuestra celebración – tendríamos que fijarnos como lo expresamos en la liturgia - y que manifestamos también fuertemente con nuestra oración por el Papa. 

Cargar sobre sus hombros todo el peso de los problemas de la humanidad y de manera especial de toda la Iglesia es una tarea grande y dura que solo podrá llevar con la fuerza y la gracia del Señor, con la asistencia del Espíritu Santo que nunca la faltará. Pero es necesario que oremos por el Papa; es necesario que la Iglesia ore por el Papa. Es bella la imagen que nos ofrecía el texto de los Hechos de los Apóstoles de la Iglesia orando mientras Pedro está en la cárcel.

Y expresamos también nuestra comunión eclesial, nuestra comunión con el Papa que expresar nuestra comunión con la Iglesia universal a la que pertenecemos, escuchando la voz del Papa, dejándonos iluminar por su magisterio que tanta luz da a todos los cristianos en el seguimiento de Jesús como Maestro y Pastor de la Iglesia que es. 

‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, pedimos en la oración litúrgica. Confesamos nuestra fe y expresemos de manera viva nuestra comunión eclesial que siempre ha de ser una comunión de amor nacida de esa fe.

jueves, 28 de junio de 2012


No basta decir “Señor, Señor” es necesario plantar la Palabra en el corazón
2Reyes, 24, 8-17; Sal. 78; Mt. 7, 21-29

‘La gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados’. Es el final del largo sermón del monte. La gente estaba admirada. En las palabras de Jesús había vida, trasmitian vida y esperanza. 

Con las palabras de Jesús se sentían interpelados por dentro; les hacía pensar, plantearse cosas; con las palabras de Jesús sentían que algo nuevo comenzaba en su interior y deseaban profundamente sentirse transformados y distintos. Era la vida de Dios que nacía en sus corazones. Ponían fe también en las palabras de Jesús; se suscitaba su esperanza, y se despertaba aún más la fe escuchando a Jesús. Y escuchando a Jesús se llenaban de vida nueva, la vida nueva de la gracia, la vida nueva del Espíritu que nos inunda para hacernos hijos de Dios.

Pero no era suficiente solamente reconocer la autoridad con que hablaba Jesús o la sabiduría de sus palabras. Muchas veces la gentes prorrumpirán en alabanzas en torno a su Jesús y su mensaje, pero algunos se quedaban sólo ahí. Estaba bien reconocer la vida que se trasmitía con aquella Palabra de Jesús, pero esa vida era como una semilla que había de plantarse en el corazón y cuidar la planta que surgiera para que llegara a dar fruto. No nos podemos quedar en alabanzas y bendiciones por lo bien que habla o por las palabras bonitas que dice.

Pero es que Jesús va directo al grano. Sabiendo lo que puede pasar ya les previene. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’. No nos vale decir es que nosotros estábamos allí cuando Jesús pronunció estas palabras o vimos los milagros que hacía, ni siquiera que lleguemos a hacerlos nosotros. Es necesario algo más. ‘No todo el que me dice  “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo’. La semilla que se planta es necesario que crezca y llegue a dar fruto. 

Y Jesús nos habla del hombre prudente que edifica su casa sobre roca. No temerá los malos tiempos, porque tiene bien fundamentada la casa. Quizá le costó mayor esfuerzo construirla para darle la debida fundamentación, pero el fruto es claro y palpable, Nada podrá echarla abajo. Mientras que aquel que quizá le costó menos, porque simplemente construyó sobre la arena del piso, pronto la verá derrumbarse al menor temporal. 

Así nosotros, hemos de saber fundamentar bien nuestra vida. La Palabra del Señor es esa roca firme y segura sobre la que fundamentar nuestra vida. Por eso hemos de saber escuchar la Palabra de Dios; escucharla y plantarla bien en nuestro corazón; escucharla y llevarla a la práctica de nuestra vida; escucharla y realizar luego lo que esa Palabra me va pidiendo. 

Tenemos un ejemplo y un modelo bien hermoso en María. La que acogió y plantó la Palabra de Dios en su corazón. Conocemos aquel momento en que una mujer grita en alabanzas a María porque tuvo la dicha de llevar en su seno a Jesús, el Hijo de Dios. Y la alabanza de Jesús dice que María supo plantar la Palabra de Dios en su vida y llevarla a la práctica. María abrió su corazón a Dios y dejó que Dios actuara en ella; María supo decir Sí a Dios y el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y de ella nacería el Hijo de Dios. 

Aprendamos a abrir nuestro corazon a Dios; aprendamos a decir Sí como María; aprendamos a dejar que la Palabra de Dios se siembre en nuestra vida y que la gracia del Espíritu del Señor riegue esa planta nueva que nace en nuestro corazón para que lleguemos a dar fruto. Dejemos a actuar al Espíritu divino en nuestra vida. 

miércoles, 27 de junio de 2012


¿Habremos perdido nosotros también el libro de la Palabra del Señor?
2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3; Sal. 118; Mt. 7, 15-20

Un relato hermoso el que hemos escuchado en la lectura del libro de los Reyes.  El camino del pueblo de Israel, como en nuestro camino nos sucede también tantas veces, estaba lleno de altos y bajos, momentos de fervor y de fidelidad a la Alianza, pero momento también de decaimiento, de enfriamiento espiritual y de debilidades. Nos sucede mucho a pesar de que decimos que queremos ser fieles y permanecer unidos al Señor.

Ahora han encontrado de nuevo en el templo el libro de la ley del Señor. En momentos de su historia no solo habían tenido reyes y dirigentes muy llenos de maldad en su corazón  - hemos escuchado algunos relatos – sino que incluso habían querido en ocasiones introducir el culto a los baales, a los falsos dioses. Los profetas, como Elías y Eliseo de los que hemos oído hablar recientemente, habían luchado contra todo ello, tratando de mantener la fidelidad a la Alianza y al Señor. 

Este momento que nos relata hoy el texto sagrado es uno de esos momentos de restauración en la historia del pueblo de Israel y el rey Josías en ello había puesto mucho empeño. Ahora cuando le presentan el libro de la Ley y lo leen en su presencia se rasga las vestiduras en señal de duelo por las infidelidades cometidas por su pueblo. ‘El Señor estará enfurecido contra nosotros porque nuestros padres no obedecieron los mandamientos de este libro, cumpliendo lo prescrito en él’.

Convoca al pueblo ‘habitantes de Jerusalén, sacerdotes, profetas, y todo el pueblo, chicos y grandes’, que se reúne para escuchar la lectura de la ley del Señor y ‘selló ante el Señor la Alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la Alianza escritas en aquel Libro’.

Es una renovación de la Alianza con el Señor. Es un volver su corazón de nuevo al Señor queriendo en verdad ser fieles. Nos manifiesta también el respeto y la alegría por el Libro de la Ley del Señor. Todo el pueblo se reúne a escuchar. Habrá otros momentos semejantes a través de la historia del pueblo de Israel. 

Creo que podemos encontrar muchas lecciones para nuestra vida. Nosotros tenemos la oportunidad cada día de celebrar la Nueva y Eterna Alianza cuando celebramos la Eucaristía. También escuchamos en nuestro corazón la Palabra del Señor y con ese mismo respeto y alegría hemos de acogerla también para encontrar a su luz esos caminos de fidelidad y de amor que nosotros hemos de vivir. Es la alegría, el amor, la acogida respetuosa que hemos de hacer siempre que se nos proclama la Palabra de Dios. Es acoger a Dios que nos habla y en su Palabra nos llena de vida, de gracia, de salvación.

Nosotros ya celebramos la nueva y definitiva Alianza en la Sangre de Cristo derramada en la Cruz. Es lo que hacemos, celebramos, vivimos en cada Eucaristía. Pero cada Eucaristía nos ha de recordar esos caminos de fidelidad en que hemos de vivir; cada Eucaristía ha de ser para nosotros un estímulo en nuestra flaqueza y debilidad, al tiempo que una fuente de gracia que nos ayude a vivir en ese nuevo amor que hemos aprendido en Cristo, en su amor y en su entrega.

Que nunca el mal se nos meta tan dentro en nuestra vida que olvidemos los caminos del Señor. Que no perdamos la Palabra de Dios como norte de nuestra vida. Qué presente ha de estar cada día entre nosotros. Y no sólo porque en la celebración la proclamemos solemnemente sino porque esté presente también en el libro de la Biblia o los Evangelio que tengamos a nuestro lado, en nuestros hogares, o allá por donde vayamos, como un vademécum que nos acompaña siempre. Que no sea un libro perdido entre libros en una biblioteca o un armario de nuestra casa, sino que esté cercano a nosotros dispuesto a que lo tomemos en nuestra mano en cualquier momento para acudir a su luz y a vida que nos guíe en nuestra vida.

martes, 26 de junio de 2012


Lo que nos enseña Jesús siempre nos conduce a la plenitud y a la dicha más honda
2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36; Sal. 47; Mt. 7, 6.12-14
Nos deja Jesús en estos breves versículos del sermón del monte como tres sentencias distintas, como principios para nuestra vida en el camino de su seguimiento. No parecen tener especial relación entre ellas, pues de alguna manera el evangelista al recopilar el mensaje de Jesús compendiándolo en el llamado sermón de la montaña va recogiendo esas diferentes sentencias, como decíamos, de gran valor para nuestra vida.
El respeto a lo sagrado, a lo santo, podíamos decir, que es la primera referencia. Con santo temor nos acercamos a Dios y a las cosas santas porque su nombre es santo y ante Dios y ante aquellas señales que El nos ha dejado de su presencia hemos de acudir con santo respeto. 
‘Santificado sea tu nombre’, decimos en el padrenuestro para pedir y expresar esa gloria que hemos de dar a Dios en todo momento. Y el nombre de Dios nunca, por supuesto, hemos de profanar. Creo que muchas conclusiones se podrían sacar que nos lleven a evitar esos lenguajes ordinarios que empleamos tantas veces en la vida, utilizando de manera irrespetuosa tantas veces las palabras que para nosotros los creyentes tienen un significado santo. Desgraciadamente nos respetamos poco en la vida, y en consecuencia mancillamos demasiadas veces el  nombre santo de Dios. 
Una segunda sentencia que nos deja el texto del evangelio de hoy viene a ser algo elemental en nuestro trato y convivencia mutua. Si eso tan elemental lo tuviéramos en cuenta mucho más en la vida, aprenderíamos a respetarnos, a tratarnos bien, y a buscar siempre lo bueno. Creo que es un paso importante para llegar luego a la profundidad que hemos de darle al amor fraterno y cristiano. En principio nos está diciendo que al menos tratemos a los demás como nos gustaría que ellos nos tratasen. 
‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’, nos dice Jesús. Partimos aún desde un interés meramente humano, porque sabemos que el verdadero amor fraterno y cristiano nos ha de llevar a un amor mucho más profundo aún, porque llegaremos a amar con un amor como el de Jesús. 
Y finalmente nos habla del camino del seguimiento de Jesús que es un camino de esfuerzo y de superación. Lo que nos dice Jesús no es querer ponernos dificultades para hacernos costoso y difícil el camino, pero sí hemos de comprender que cuando emprendemos un camino que tiene altas metas, significa también cuánto esfuerzo hemos de poner por nuestra parte. No es cuestión simplemente de dejarse llevar por lo que salga en la vida. Por eso nos dice Jesús que el camino es estrecho y angosto, porque el camino ancho del que se deja llevar solamente por sus apetitos le conduce a la perdición. 
Las metas que nos propone el Señor son siempre altas y grandes, pero también hemos de reconocer que no es un camino que hagamos solos. Con nosotros está siempre la gracia del Señor que nos ayuda a superarnos, a crecer espiritualmente, a darle la profundidad del amor verdadero a todo aquello que vamos haciendo en la vida. 
Pero siempre es un camino de dicha, de felicidad, de plenitud. Recordemos que precisamente comienza el sermón del monte hablándonos de esa dicha de los que le siguen y quieren vivir en su estilo de vida. ‘Dichosos, nos dice… de vosotros es el Reino de los cielos’. 
Tendremos el dolor en el alma de lo bueno y lo justo que buscamos que no siempre nos es fácil porque son muchas las tentaciones y las atracciones que recibimos para seguir otros caminos, incluso podemos ser perseguidos por la causa de la justicia o del Reino, pero en el Señor tenemos el consuelo, la paz, la fortaleza, la dicha de poder contemplar el rostro de Dios, de vivir en plenitud el Reino de Dios. 
Los limpios de corazón, los que trabajan de verdad por la paz encontrarán la paz y la dicha de Dios en su corazón, recordamos que nos decían las bienaventuranzas. Sigamos con prontitud el camino de Jesús que nos conduce siempre a la plenitud.

lunes, 25 de junio de 2012


Pongamos siempre el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón
2Reyes, 17, 5-8.13-15.18; Sal. 59; Mt. 7, 1-5
‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Así de sencillo. Así de real. Cuanto, sin embargo, nos cuesta mirarnos a nosotros mismos y qué fáciles somos para mirar a los demás. 
No nos gusta que nos juzguen y sin embargo juzgamos nosotros a los demás. No soportamos ni la más mínima palabra que puedan decir de nosotros, pero que fáciles somos para hablar y para juzgar a los demás. Si supiéramos mantener la boca cerrada, cuántas cosas nos evitaríamos; si fuéramos capaces de mirar tras un cristal que está limpio, qué distintas veríamos las cosas de los demás. 
Hace unos días, en esas sentencias que nos ha dejado Jesús en el Sermón del monte, nos decía que ‘la lámpara del cuerpo es el ojo; si tu ojo está sano, tu cuerpo entero estará sano; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras; y si la luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’
No lo comentamos entonces centrándonos quizá en otros aspectos, pero cuando hoy nos habla Jesús de evitar los juicios que hagamos a los otros, quizá nos viene bien recordar estas palabras de Jesús escuchadas anteriormente. ¿Por qué nuestros juicios y condenas? ¿Querremos justificarnos quizá nosotros de las cosas que no hacemos bien? O será que el cristal a través del cual miramos a los demás está sucio y por eso lo que vemos es suciedad en los demás y en consecuencia vienen nuestros juicios y condenas…
Escuchaba una anécdota hace unos días de un matrimonio que se había mudado de casa y en el paso de los días la mujer de la casa (así me lo contaron) mirando a través de la ventana de su casa veía a su vecina tender la ropa que había lavado para que se secase. Y la buena señora comenzó a comentarle a su marido que la vecina no era muy limpia porque tendía la ropa llena de manchas y suciedades. Hasta que un día el marido abrió la ventana y le hizo ver a su mujer que si veía la ropa de la vecina sucia era porque los cristales de la ventana estaban sucios y llenos de manchones, con lo que lo que veía no eran los manchones de la ropa de la vecina sino los manchones de sus cristales sucios. Si hubiera mirado primero el cristal de su ventana no hubiera juzgado a su vecina. Cuánto de eso nos pasa.
‘Si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará enfermo’. Si hay maldad en tu corazón y no tienes bien ordenadas las cosas de tu espíritu no sabrás ver en los demás sino defectos y fallos que no son otros que los que tu mismo llevas en tu corazón. ‘No juzguéis y no os juzgarán’, nos dice Jesús hoy. No andemos con juicios hacia los otros sin mirarnos primero bien a nosotros mismos para ordenar primero nuestro corazón. ‘Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’, si es que tuviera alguna mota.
Qué bien nos viene cerrar la boca; qué bien nos viene limpiar los cristales de nuestros ojos. Pongamos siempre solamente el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprenderemos a comprender, a perdonar, a disculpar, a mirar con mirada limpia, a ver con ojos buenos y positivos cuanto hagan los demás, a alejar de nosotros todo juicio o prejuicio, toda murmuración o toda crítica corrosiva, a poner el aceite del amor en los engranajes de nuestra relación con los demás. No chirriarían tanto las ruedas de nuestra vida. Podríamos tener paz y serenidad en nuestro corazón.

domingo, 24 de junio de 2012


El Señor nos ha hecho una gran misericordia y nos felicitamos en el nacimiento de Juan
Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-80

‘Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban’. Todos se alegran con el nacimiento de aquel niño. Se manifestaba la misericordia del Señor. En aquella mujer, Isabel, a la que Dios le concedía ser madre. Se manifestaba la misericordia del Señor. Por la entrañable misericordia del Señor Dios visitaba a su pueblo. Necesariamente aquel niño había de llamarse Juan.

‘A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: no, se llamará Juan’; se llamará Juan porque en este niño se está manifestando el Dios siempre misericordioso. No podía tener otro  nombre. Estaba ya puesto en la misericordia de Dios que en él se manifestaba. ¿No se alegraban y felicitaban por el nacimiento de aquel niño porque Dios había hecho misericordia con aquella madre, porque se estaba manifestando la misericordia de Dios que visitaba a su pueblo?  Ese era el significado del nombre. En hebreo los nombres tenían un significado y venían a manifestar lo que Dios realizaba o iba a realizar en el niño a quien se le imponía aquel nombre. En hebreo Juan significa: Dios es misericordioso, Dios se ha apiadado. 

Lo iba a corroborar Zacarías cuando le preguntan. No puede hablar porque por desconfiar del ángel del Señor allá en el templo se había quedado mudo. ‘El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre’. Pero se le soltará la lengua. Comenzará a cantar la alabanza del Señor. Dios ha visitado a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios de Israel. Las promesas de Dios se cumplen. Todo lo anunciado por los profetas se está ya realizando. La misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo y nos llega la salvación.

Llega el que viene con el espíritu y el poder de Elías. Lo había dicho el ángel en su aparición en el templo. El niño que nace en las montañas de Judea está ya lleno del Espíritu del Señor. El ángel se lo había anunciado a su padre, y la visita de María a Isabel había hecho que el niño saltará de alegría en su seno, porque sentía ya allí en el seno de María al que venía a ser nuestro Salvador y Juan ya se llenaba de la gracia del Espíritu del Señor. ‘En cuanto tu saludo llego a mis oídos la criatura empezó a dar saltos de alegría en mi seno’, dirá Isabel. Fue santificado ya en el seno de su madre en la visita de María.

El Señor manifiesta su amor y misericordia por su pueblo y se acuerda de su santa Alianza. Llega el profeta del Altísimo que viene a preparar un pueblo bien dispuesto anunciando la salvación que llega; Dios se va a hacer presente en medio de su pueblo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y sombras de muerte’. El nacimiento de Juan se convierte en Buena Noticia para todo el pueblo porque nos anuncia la llegada de Jesús con su salvación. Es el Precursor, el que viene antes; es el que hace ya el último anuncio antes de su llegada.

Nos llenamos nosotros también de alegría y nos felicitamos en el nacimiento de Juan el Bautista. Hoy es una fiesta grande para nosotros los cristianos y por todas partes se honra al Bautista, al Precursor del Señor recordando y celebrando su nacimiento. Es una fiesta muy especial la que hoy estamos celebrando. Fijémonos que en la liturgia prevalece este año sobre la celebración del domingo.

Popularmente esta fiesta del nacimiento de Juan está muy llena de ritos y de costumbres ancestrales en torno a estos días llenos de luz que la naturaleza nos ofrece en este solsticio de verano. Estos días en que en nuestro hemisferio luce el sol con un especial resplandor y son más las horas de luz cada día nos sirven para recordarnos lo que Juan venía a recordar y anunciar. El que celebremos la fiesta del nacimiento de Juan en estos días tiene su razón de ser, porque lo que la misma naturaleza nos ofrece es como una parábola que nos acerca al mensaje cristiano. 

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz’, nos dice el principio del evangelio de Juan. Pero nos sigue diciendo: ‘No era él la luz, pero sí el testigo de la luz’; era el que venía a dar paso a quien en verdad iba a iluminarnos arrancando de nosotros toda tiniebla y toda sombra de pecado y de muerte. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre’. Jesús era esa luz anunciada por Juan de la que él era testigo. El nacimiento de Juan es ya anuncio inmediato del Sol que nace de lo alto. Todo esto tiene que ser bien significativo para nuestra celebración y para nuestra vida.

Por eso el anuncio principal que luego Juan hará allá en el desierto es la invitación a la penitencia y a la purificación para estar bien preparados para recibir la Salvación que llegaba en Jesús. Es el mensaje que también nosotros hemos de escuchar en esta fiesta contemplando al que señalaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Normalmente en las imágenes que nos representan al bautista, o le contemplamos junto al Jordán bautizando a cuantos a él acudían para preparar los caminos del Señor, o lo contemplamos señalando al Cordero de Dios que simbólicamente lleva en su mano para que nos dirijamos a Jesús, verdadero Cordero de Dios, que se iba a inmolar por nuestra salvación. Sería lo que Juan señalaría a sus discípulos al paso de Jesús para que se fueran con El y en El reconocieran al Mesías Salvador.

Es el mensaje que hemos de recibir hoy cuando celebramos esta fiesta de san Juan Bautista. Siempre nos señala a Jesús a quien tenemos que dirigir nuestra mirada y nuestro corazón; siempre nos indica los caminos que hemos de seguir para llegar a ese encuentro con la salvación. Aunque estemos hoy haciendo fiesta no podemos cerrar los oídos a la invitación que nos hace para que convirtamos al Señor nuestros corazones, para que dirijamos nuestros pasos, enderecemos nuestros caminos para llegar hasta Jesús. 

La alegría de la fiesta no será verdadera alegría si no es una alegría que nace de un corazón que se deja transformar por la Palabra de Dios que escuchamos. Alegría honda sentimos en nuestro corazón siguiendo los caminos del Señor, encontrando en El la salvación y el sentido último  de nuestra vida.

La celebración de los santos siempre nos tiene que estimular en nuestra vida y en nuestro compromiso cristiano. Como Juan nosotros también tenemos que ser testigos de la luz que anunciemos a través de nuestra vida, de nuestras obras al que es la verdadera Luz del mundo. Como Juan hemos de ser unos testigos que señalemos a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que todos vengan a su encuentro. 

Como Juan hemos de ser testigos del evangelio, comprometidos en la tarea inmensa de la nueva evangelización, de ese nuevo anuncio del Evangelio para nuestro mundo que consciente o inconscientemente ha dado la espalda al Evangelio de Jesús. Nuestra vida ha de hacer creíble el evangelio para el mundo que nos rodea; nuestro testimonio tiene que ser claro y luminoso para que como Juan ayudemos a preparar un pueblo bien dispuesto; la santidad de nuestra vida tiene que convertirse en un anuncio de Jesús.

‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, tenemos que seguir nosotros anunciando.