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sábado, 26 de mayo de 2012


Dejémonos guiar por el Espíritu para que florezcan sus frutos en nosotros

Hechos, 28, 16-20.30-31; Sal. 10; Jn. 21, 20-25
Hoy escuchamos el final del evangelio de san Juan con ese episodio, casi una anécdota, de la pregunta de Pedro acerca de lo que le iba a pasar a Juan. Jesús le había anunciado a Pedro lo que sería su muerte, como ayer escuchamos; ‘cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’, que le dijo Jesús. Y como comenta el evangelista ‘estaba aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’.
Pero Pedro intrigado pregunta por lo que le sucedería ‘al discípulo que Jesús tanto quería, el mismo que en la cena se había apoyado en el pecho de Jesús’. Pero ya vemos que a eso Jesús responde con una evasiva que daría lugar a curiosos comentarios sobre la muerte o no muerte de Juan, ya que según la tradición murió ya muy anciano.
Como había dicho el evangelista en versículos anteriores – probablemente donde era el final del evangelio, pues este último capítulo se considera como un apéndice escrito por los discípulos del evangelista – ‘todas estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Es lo que quiere trasmitirnos el evangelio, la palabra de Dios que cada día se nos proclama y escuchamos en lo más hondo de nuestro corazón; que crezca más y más nuestra fe en Jesús y vayamos dando frutos de vida eterna.
Frutos de vida eterna, los frutos del Espíritu que pedimos con intensidad estos días mientras nos preparamos para la Pascua del Espíritu. Como nos enseña el Apóstol en nosotros han de brillar los frutos del Espíritu. Los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus impulsos y deseos; si ahora vivimos según el espíritu, dejémonos guiar por el Espíritu’. Lejos de nosotros las obras de la carne, las obras de las tinieblas y el pecado.
El Espíritu del Señor viene a nosotros y renovará totalmente nuestra vida. Es un nacer de nuevo, cuando nos hemos unido a Jesús por el agua y por el Espíritu, como le decía Jesús a Nicodemo. Y entonces en nosotros esas obras buenas son las que tienen que resplandecer. ‘El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo’.
Llenos del Espíritu del Señor en nosotros lo que tiene que reinar es el amor y la paz, la alegría y la mansedumbre, la fe verdadera y la vida recta. Llenos de gozo en el Espíritu sentiremos en nuestro corazón una paz que en el mundo no podremos encontrar; con la fortaleza del Espíritu seremos pacientes y perseverantes en nuestra lucha contra el mal y en nuestra búsqueda de la bondad y la justicia; conducidos por el Espíritu del Señor estaremos buscando siempre hacer lo bueno y nos olvidaremos de nosotros mismos por hacer más felices a los que nos rodean, siendo capaces de sacrificarnos y de darnos con generosidad; iluminados por la sabiduría del Espíritu tendremos siempre la palabra buena que decir al otro para ayudarle y para valorarle, el pensamiento puro que aleja de nosotros toda mala sospecha o desconfianza, la generosidad del corazón para compartir y consolar para que nadie sufra.
‘Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos… reparte tus siete dones según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito, salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno… Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor…’  Haz florecer en nosotros los frutos del Espíritu.

viernes, 25 de mayo de 2012


Pedro apacienta a la Iglesia de Dios con el Espíritu recibido de Jesús

Hechos, 25, 13-21; Sal. 102; Jn. 21, 15-19
La escena que nos presenta hoy el evangelio acontece inmediatamente después de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades en una de las manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos. El texto de la pesca milagrosa ya lo escuchamos y meditamos en uno de los domingos de Pascua.
Podríamos fijarnos en varios aspectos que contemplamos en la respuesta de Pedro ante las preguntas de Jesús como son su humildad y el amor grande que sentía por Jesús. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’, es la pregunta repetida hasta tres veces. Y hasta tres veces Pedro le repite y porfía una y otra vez su amor, como tantas veces se lo había manifestado a pesar de sus impulsos y debilidades. ‘Te seguiré a donde quieras, incluso hasta la muerte’, había porfiado antes de la pasión. Ahora responde con amor, sí, pero con una humildad grande; la humildad de quien se siente débil a pesar de todo su amor. ‘Sí, Señor, tu sabes que te quiero’, le repite una y otra vez.
Con humildad se había postrado en otra ocasión ante Jesús después de contemplar las maravillas de Dios en la otra pesca milagrosa que nos narra san Lucas. ‘Apártate de mi, que soy un pecador’, había dicho entonces. Seguro que no quería separarse de Jesús, pero contemplaba las maravillas de Dios que en Jesús se estaban realizando y no se sentía digno, por eso la respuesta llena de humildad. Como ahora, no se atreve a decir muchas cosas sino que Jesús, que conoce bien el corazón, sabe de su amor.
En aquella pesca milagrosa tras la expresión de humildad de Pedro recibió una llamada él y los que estaban con él en la barca. ‘Ven conmigo, no temas, desde ahora serás pescador de hombres’, como ya un día les dijera también allá en la orilla del lago. Pero ahora, tras esta pesca milagrosa, y tras esta porfía humilde de amor, Jesús le va a confiar una misión. Un día cambiándole el nombre le había dicho que era Pedro, porque sería la piedra sobre la que fundaría su Iglesia. Ahora le dice ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como una confirmación de lo que ya le había anunciado.
Con este texto y el que mañana escucharemos terminamos la lectura del Evangelio de Juan, que ha sido el evangelio que fundamentalmente se ha venido proclamando en este tiempo de Pascua tanto en los domingos como en las lecturas de los día de en medio de la semana. Y es que ya estamos concluyendo también el tiempo de pascua que culminará e domingo de Pentecostés.
Este episodio del evangelio que viene como a marcar la constitución plena de la Iglesia con la misión que Jesús confía a Pedro en medio de la comunidad lo unimos perfectamente a este plan que hemos venido siguiendo durante esta semana de preparación para la fiesta de Pentecostés contemplando lo que es la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en lo que es la vida de la Iglesia. Si Pedro recibe esa especial misión de Jesús de ser la piedra, el pastor que guíe y conduzca, con la autoridad de Cristo, a la Iglesia, es porque Pedro, y en él sus sucesores, reciben una especial asistencia del Espíritu Santo para su misión.
Nada sería Pedro, ni nada sería la Iglesia si no fuera por esa acción del Espíritu Santo en ella. Ni Pedro es un dirigente más como podríamos contemplar en el ámbito de la sociedad civil, ni la Iglesia es una simple sociedad con unas miras y unos fines humanos. En Pedro, contemplamos al que en nombre de Jesús preside la comunidad cristiana en la fe y en el amor, y en la Iglesia contemplamos esa comunidad de gracia y salvación que Cristo quiso constituir con todos los que creemos en El y que se convierte en el gran sacramento, signo de la salvación de Dios para todos los hombres. No nos conducimos desde unos intereses o planteamientos humanos, sino que sentimos la obra de gracia que Dios en la Iglesia realiza por esa especial acción del Espíritu Santo.
Ya hemos reflexionado cómo nos sentimos congregados en Iglesia, en comunidad cristiana, convocados por el Espíritu Santo y por la acción del Espíritu logramos esa unidad y comunión de amor que entre nosotros ha de haber. Pero si la Iglesia es ese cauce de la gracia salvadora de Cristo para todos los hombres, por la acción de sus pastores, por la Palabra que se proclama y los sacramentos que celebramos, es precisamente por esa gracia y esa acción del Espíritu Santo.
Invoquemos, pues, al Espíritu que nos guíe, que asista y conduzca a su Iglesia, que ilumine y fortalezca con sus carismas a los pastores de la Iglesia para que siempre se pueda realizar la obra de Cristo, la obra de la salvación para todos los hombres.

jueves, 24 de mayo de 2012


Llenos del Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu

Hechos, 22, 30; 23, 6-11; Sal. 15; Jn. 17, 20-26
‘Padre santo… no sólo por ellos ruego, sino por los que crean en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la oración de Jesús por la unidad de los creyentes. Muchas veces hemos meditado estas palabras de Jesús y orado con ellos pidiendo por la deseada unidad de todos los cristianos, de todos los que creemos en Jesús. Unidad en nosotros como es la unidad y comunión entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad. Unidad entre los que creemos en el  nombre de Jesús como el mejor testimonio de nuestra fe, para que el mundo crea.
Así manifestamos la gloria de Dios; así nos llenamos nosotros de la gloria de Dios; así sentimos en nosotros el amor que Dios nos tiene. ‘De modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí’.
Unidad y amor que significa y se expresa por la comunión que seamos capaces de vivir entre nosotros; cuánto nos cuesta amarnos y aceptarnos, desprendernos de nuestro yo para ser capaz de entrar en comunión con el otro y ser capaces de decir con verdad nosotros; cuánto nos cuesta comprendernos y perdonarnos. Si no hay esa aceptación y respeto, esa comprensión y capacidad de perdonarnos no podemos decir que nos amamos de verdad. Y el listón lo tenemos bien alto porque el modelo de ese amor y de esa comunión es el amor de Dios y la comunión entre Jesús y el Padre, y entre las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.
No significa que no lo podamos alcanzar. Es nuestra lucha. Pero ha sido también la oración que Jesús ha hecho por nosotros. Pero es además la fuerza de su Espíritu que Dios nos da. Es el Espíritu del amor y de la comunión; es el Espíritu que viene a ponernos en paz cuando nos trae el perdón y nos hace instrumentos de perdón. Cuando Jesús resucitado en la tarde de aquel primer día de la semana les da el Espíritu a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, se los da para el perdón de los pecados, como camino de ese amor y de esa comunión nueva que entre sus discípulos ha de haber para siempre.
Será entonces el Espíritu Santo el que nos congrega en unidad y nos ayuda con su fuerza y con su gracia para que vivamos en esa unidad y comunión entre nosotros. Es lo que expresamos siempre en la Eucaristía. ‘Con la fuerza del Espíritu Santo das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’. Es, pues, el Espíritu que nos da vida y santifica el que nos congrega en unidad para poder celebrar la Eucaristía.
Pero es que además por la fuerza del Espíritu a los que participamos de esa Eucaristía nos hace vivir en unidad. ‘Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’, decimos en la tercera plegaria eucarística. O como pedimos humildemente en la segunda plegaria ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo’.
Bien nos viene recordar lo que es la oración de la Iglesia, la oración con que oramos cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía porque además de expresar lo que es la fe de la Iglesia nos ayuda a que sea algo hondo que vivimos y que por otra parte nuestra celebración no sea sin más una repetición de palabras que pueda quedarse en un rito vacío en el que no pongamos toda nuestra vida. Que en la oración de la Iglesia y con la oración de Jesús logremos esa tan deseada unidad entre todos los creyentes.
Por otra parte en este camino de preparación para la Pascua de Pentecostés que con cierta intensidad queremos hacer estos días, todo esto  nos impulse a orar con fervor, con una oración salida de verdad de nuestro corazón invocando al Espíritu del Señor para que se derrame de verdad en nuestra vida y en este Pentecostés haya de verdad una Pascua del Espíritu en nosotros. 

miércoles, 23 de mayo de 2012


Santifícalos en la verdad con la fuerza del Espíritu

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como  nosotros… santifícalos en la verdad… por ellos me consagro yo para que también ellos se consagren en la verdad…’
El corazón se llena de gozo, de ánimo, de esperanza escuchando esta oración de Jesús al Padre. ‘Mientras yo estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba…’ Jesús vuelve al Padre pero quiere que quienes creemos en El nos sintamos seguros en nuestro camino de fidelidad y de amor. Ora al Padre por nosotros. Tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por  nosotros sentado a la derecha de Dios. Lo hemos visto subir al cielo, cuando hemos celebrado la Ascensión, pero sabemos que no nos deja solos ni abandonados a nuestra suerte. ‘Santifícalos en la verdad’, pide al Padre.
Jesús nos ha prometido que nos enviaría el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y de la santificación. Es lo que vamos a celebrar el domingo y para lo que queremos prepararnos bien, para recibir los dones del Espíritu que nos llenen de vida y de santidad. Como ya recordábamos con el Catecismo los dones del Espíritu vienen a mover nuestros corazones para que seamos dóciles a las inspiraciones divinas que nos conduzcan por caminos de santidad y nos aparten de todo mal y de todo peligro.
Hemos sido consagrados con el Espíritu Santo en nuestro Bautismo – un signo de ellos fue la unción con el Crisma santo – para llenarnos de la gracia santificante que nos hacía hijos de Dios. Ya por nuestra condición de bautizados somos unos consagrados, somos ungidos, y como consagrados tenemos que ser santos. Una y otra palabra, consagrado y santo, vienen a significar de manera semejante como hemos sido separados del mal para que nuestra vida y nuestras obras sean siempre las del bien. Consagrados, separados del  mal, arrancados del mal, para que seamos santos.
Pero a lo largo de la vida la gracia del Espíritu que vamos recibiendo en cada  momento nos va disponiendo para el bien; son las gracias actuales que van moviendo continuamente nuestro corazón y nuestra vida para preservar aquella gracia santificante que nos consagró y podamos vivir siempre santamente.
Son esas inspiraciones del Espíritu que sentimos tantas veces en nuestro interior para que hagamos el bien, para que venzamos la tentación, para que superemos el pecado y el mal que continuamente nos acechan. Si nos acecha así el tentador atrayéndonos al pecado, al mismo tiempo no nos faltará la gracia del Espíritu para que podamos vencer esa tentación. Es la gracia del Espíritu que nos hace santos en cada momento de nuestra vida.
Cuando estamos hablando de los dones del Espíritu podemos decir son esos regalos que nos da el Espíritu para ayudarnos a vivir la gracia de Dios. Ya hemos hablado muchas veces del don de la sabiduría, pero podemos hablar también del don de la fortaleza que nos ayuda en la perseverancia, que es como una fuerza sobrenatural que nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades y tentaciones que sin duda encontraremos en nuestro caminar hacia Dios.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo sobre nosotros y nos llene de sus dones; que nos conceda también el don de la piedad y del temor de de Dios, para que seamos constantes en nuestra oración pidiendo la gracia del Señor, pero que también infunda en nuestro corazón ese horror al pecado para que no ofendamos nunca al Señor que tanto nos ama.
Ven, Espíritu divino… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento… Ven, Espíritu divino y fortalece nuestra vida con tu gracia que nos santifique en la verdad.

martes, 22 de mayo de 2012


Que venga sobre nosotros el Espíritu divino que nos ayude a alcanzar la vida eterna

Hechos, 20, 17-27; Sal. 67; Jn. 17, 1-11
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique…’ comienza así la oración sacerdotal de Jesús con la que concluye la última cena en vísperas de comenzar la pasión de Jesús, su glorificación.
Hemos venido escuchando cómo Jesús va desnudando su corazón y el corazón del Padre en la larga conversación con sus discípulos al terminar la última cena. Toda esa ternura de Dios que se manifiesta en Jesús para con nosotros se hace oración en labios de Jesús pidiendo por sus discípulos. Y todo para la gloria de Dios, porque siempre Jesús lo que quiere es hacer la voluntad del Padre.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra y he coronado la obra que me encomendaste… he manifestado tu Nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti… han conocido verdaderamente que yo salí de ti y han creído que tú me has enviado…’
Así se manifiesta lo que es la vida eterna que quiere darnos: ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo’. Así confesando nuestra fe en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Es lo que quiere para nosotros. Es lo que nos ofrece. Es lo que podemos alcanzar por nuestra fe en Jesús. Y es lo que nosotros hemos de anunciar, comunicar al mundo que nos rodea.
Siguen resonando en nuestros oídos las palabras de Jesús antes de la Ascensión con la misión que nos confió. ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará’. Y nos envía con la fuerza de su Espíritu a ser testigos de esa vida eterna, a anunciar el nombre de Jesús para que creyendo alcancemos todos la vida eterna. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra’.
Y la misión de ser testigos es para que anunciemos lo que nosotros creemos y vivimos, para que todos puedan alcanzar esa vida eterna, creyendo en Dios, reconociendo el nombre de Jesús como el enviado de Dios y nuestro único salvador. No hay otro nombre en el que podamos alcanzar la salvación.
Los hechos de los apóstoles nos cuentan cómo después que Jesús subió al cielo los apóstoles se reunieron en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, y algunas otras mujeres esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús. Ese cuadro de los discípulos reunidos, y reunidos con María, en oración aguardando y pidiendo la venida del Espíritu Santo es el cuadro que nosotros hemos de repetir con la misma fe y con el mismo ardor.
Es lo que con intensidad hemos de querer vivir esta semana de espera hasta Pentecostés. Avivando nuestra fe, llenando de esperanza nuestro corazón, deseando ardientemente llenarnos del Espíritu de Dios, que queme en nuestros corazones para purificarlos todo lo que quede de maldad en nuestra vida, iluminándonos con la luz de Dios.
‘Ven, Espíritu Santo, rezamos con las oraciones de la liturgia, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo’. Que se repartan sobre nuestra vida los dones del Espíritu que nos hagan saborear todo el misterio de Dios, que nos llene de la sabiduría de Dios, que nos haga conocer a Dios para alcanzar así la vida eterna.
Como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica  La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo… Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.’.
Es la súplica, la oración confiada e insistente que hacemos al Señor en estos días previos a Pentecostés y ha de ser siempre la oración del cristiano.

lunes, 21 de mayo de 2012


¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe?

Hechos, 19, 1-8; Sal. 67; Jn. 16, 29-33
‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. Es la respuesta de aquellos judíos de Éfeso a los que Pablo les pregunta si habían recibido el Espíritu Santo cuando recibieron el bautismo.
Pablo ha emprendido un nuevo viaje apostólico, el tercero, y atravesando la meseta del Asia Menor, de Turquía llegó a Éfeso, donde había estado brevemente en su segundo viaje, cuando les prometió que volvería. Ahora se detendrá más tiempo en aquella ciudad muy floreciente y rica y de un gran nivel cultural.
Al llegar encuentra a un grupo de discípulos, que realmente son discípulos de Juan el Bautista, cuyo bautismo es el único que habían recibido. Por eso no han oído hablar del Espíritu Santo ni lo han recibido. De ahí la respuesta que le dan a Pablo. ‘Juan Bautizaba para que se convirtieran, diciendo al pueblo que creyera en el que iba a venir después de él, esto es, en Jesús’. Y los instruye. ‘Se bautizaron en el nombre de Jesús, el Señor y les impuso las manos y el Espíritu Santo vino sobre ellos y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’.
¿Hemos oído hablar del Espíritu Santo? Será quizá una pregunta innecesaria, porque no solo estamos bautizados, sino que también hemos recibido el don del Espíritu en el Sacramento de la Confirmación. Pero es bueno que reflexionemos sobre ello, porque realmente hemos de reconocer que es el gran desconocido para una gran mayoría de cristianos. Estamos iniciando la semana que nos lleva a Pentecostés que es la Pascua del Espíritu, y realmente deberíamos prepararnos bien. En las reflexiones que nos vayamos haciendo estos días, al hilo de la Palabra de Dios y de lo que escuchemos en el Evangelio iremos profundizando para que nos preparemos debidamente para la gran fiesta de Pentecostés.
El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios con el Padre y con el Hijo. La gran promesa que Jesús nos hace de enviarnos su Espíritu, el Espíritu divino, el Espíritu Santo que nos guiará hasta la verdad plena, que moverá nuestro corazón llenándonos de la vida divina y que por su fuerza nos hace hijos de Dios.
No es una devoción más que esté de moda, como suele suceder en muchas devociones de muchos cristianos. El Espíritu Santo está presente y actuando en la vida del cristiano y en la vida de toda la Iglesia para llenarnos de la gracia divina que nos fortalece y nos hace partícipes de la vida divina, de la vida de Dios.
No podemos decir Jesús es Señor si no es por la acción del Espíritu Santo. Y es el Espíritu Santo el que ha inundado nuestros corazones en el Bautismo y nos permite llamar Padre a Dios, porque por la acción del Espíritu Santo en el Bautismo nos hemos hecho hijos de Dios.
Fijémonos cómo en cada uno de los sacramentos vemos esa acción del Espíritu Santo. En cada sacramento hay una epiclesis, una invocación del Espíritu Santo para que se pueda realizar la gracia propia de cada sacramento. Fijémonos cómo en la misa el Sacerdote impone las manos sobre la ofrenda del pan y del vino para que por la acción del Espíritu Santo ese pan y ese vino sean para nosotros ya el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así en cada uno de los sacramentos.
Vayamos estos días invocando una y otra vez, cada vez más conscientes de lo que hacemos al Espíritu divino que venga sobre nosotros y nos llene de sus dones. Y que por la respuesta que vayamos dando a esa acción del Espíritu Santo seamos cada día más santos y florezcan más y más los frutos del Espíritu en nosotros. 

domingo, 20 de mayo de 2012


Ascensión de Jesús camino de nuestra ascensión y compromiso de testimonio

Hechos, 1, 1-11;
 Sal. 46;
 Ef. 4, 1-13;
 Mc. 16, 15-20
‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ Fue como la recriminación de los ángeles a los apóstoles que se habían quedado plantados, extasiados, sin saber qué hacer o qué decir como cuando surge una despedida repentina y dolorosa de alguien a quien queremos y nos parece que no vamos a ver más.
Aunque nos puedan recriminar en muchas ocasiones de que seguimos mirando mucho al cielo y tendríamos que mirar más a la tierra y a los que están a nuestro lado, sin embargo hoy en nuestra celebración de la fiesta de la Ascención queremos mirar al cielo porque queremos alabar y cantar la gloria del Señor, nos sentimos impulsados a lo alto y a lo grande cuando contemplamos el triunfo y la gloria del Señor, pero de ahí tomamos fuerzas también para el caminar del día a día de nuestra fe y de nuestra vida en esa mirada al suelo, a nuestro mundo donde tenemos que seguir haciendo presente al Señor.
Es una fiesta hermosa la Ascensión del Señor y siempre estuvo como muy enraizada en el pueblo cristiano. Una celebración que se vivía con mucha solemnidad. No es para menos. Es  contemplar cómo Cristo nos abre el camino en esa esperanza del cielo con que vivimos en el deseo de unirnos plenamente al Señor. ‘Ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su reino… para hacernos compartir su divinidad’, como proclamaremos en el prefacio. Eso nos llena de gozo y es motivo de fiesta grande como siempre ha querido celebrarlo el pueblo cristiano.
Contemplamos a Cristo, el Hijo del Dios eterno que, enviado por el Padre al mundo para nuestra salvación, ahora vuelve al Padre, como El mismo nos repite en el Evangelio. Recordemos, por ejemplo, lo que nos decia el evangelista Juan cuando iba a comenzar la pasión de Jesús. ‘Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo…’ Pasar de este mundo al Padre. En las manos del Padre se había puesto, quien había venido a cumplir la voluntad del Padre, y llega la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora de la glorificación. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’, como le hemos escuchado estos días en el evangelio. Vuelve al Padre, asciende al cielo, como hoy celebramos, pero no nos deja solos, no nos deja huérfanos.
‘El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse’, le dijeron los ángeles a los apóstoles. Es nuestra esperanza, la esperanza que alienta nuestra vida. ‘Volverá como le habéis visto marcharse’. Y le gritamos con la liturgia ‘¡Ven, Señor Jesús!’; y seguimos caminando por este mundo ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; y seguimos celebrando el misterio pascual de Cristo ‘mientras esperamos su gloriosa venida y le ofrecemos en nuestra acción de gracias el sacrificio vivo y santo’ de la Eucaristía. Por eso, cuando anunciamos y proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado al mismo tiempo estamos pidiéndole ‘Ven, Señor Jesús!’
Volverá el Señor, viene el Señor; se sigue haciendo presente entre  nosotros aunque de una forma nueva. Volverá el Señor, viene el Señor y hemos recibido una misión. Tenemos que ser sus testigos; tenemos que hacerle presente; tenemos que hacer posible por el testimonio de nuestra vida que así como nosotros por la fe lo vemos y lo sentimos, también el mundo crea y pueda llegar a verle y descubrirle. Es la tarea del creyente, la tarea del cristiano cuando damos testimonio con nuestra vida, cuando nos hacemos verdaderos testigos de Jesús.
Y es que en Jesús, por la fe que tenemos en El, nos hacemos una misma cosa con Cristo, formando en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Por eso, quien nos vea a nosotros necesita ver a Cristo, tiene que ver a Cristo. Nosotros por el testimonio de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestro amor hacemos presente a Cristo para el mundo que nos rodea y que no ha llegado a verlo.
¿Cómo lo tenemos que hacer? ¿de qué forma lo van a descubrir los que nos rodean, los que van a ver nuestra vida? San Pablo nos pedía que viviéramos ‘conforme a la vocación a la que hemos sido convocados’. Y nos decía: ‘sed humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espiritu con el vínculo de la paz’. Virtudes y valores en los que hemos de resplandecer. Ya Jesús cuando pedía la unidad de todos los que creyeran en El, esa unidad era condición necesaria para que el mundo crea. ‘Que sean uno para que el mundo crea’, pedía Jesús.
Con nuestra humildad y con nuestro amor, con nuestra comprensión y con el querernos de verdad los unos a los otros, con nuestro mutuo respeto, con nuestra generosidad y disponibilidad siempre para el amor, para el servicio, para el perdón, con nuestro compromiso sincero por la paz desterrando todo tipo de violencia y enojo, desterrando resentimientos y envidias, estamos dando señales a los que nos vean de que Dios está con nosotros, de que nuestra fe es auténtica, de que lo que le hablamos de Cristo es una verdad que impregna y llena totalmente nuestra vida dándole verdadero sentido y valor. Todas las otras cosas de ninguna manera ayudarán a que puedan ver a Dios.
El evangelio dice que ‘ellos fueron a pregonar el evangelio por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Anunciamos a Jesús, proclamamos su nombre como el único en el que encontramos las salvación. Pero tenemos que manifestar esas señales que confirmen la palabra que anunciamos. Y ya sabemos cuáles son las señales en el amor que nosotros hemos de dar. El Señor estará con nosotros dándonos su gracia, dándonos la fuerza de su Espíritu para que se puedan manifestar esas señales del amor que lo hagan presente. El es nuestra fuerza.
Viene, sigue viniendo el Señor hoy a nuestra vida y a nuestro mundo, pero depende de nosotros que el mundo pueda llegar a descubrirlo. Por eso nos decía Jesús que teníamos que ser testigos; para eso nos deja la fuerza de su Espíritu; así se cumplirá aquello que nos dice de que está siempre con nosotros hasta la consumación del mundo.
La ascensión de Jesús nos hace mirar hacia arriba, porque miramos a la meta, porque queremos sentirnos elevados con Cristo por nuestra unión con El, pero al mismo tiempo nos hace caminar en medio de nuestro mundo haciendo presente a Cristo. Es nuestro compromiso; es la forma de celebrar de forma auténtica la Ascensión del Señor.

sábado, 19 de mayo de 2012


Salí del Padre… y otra vez dejo el mundo y me voy al Padre

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Jn. 16, 23-28
‘Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’, hemos escuchado en el evangelio. Palabras que suenan a despedida cuando estamos en las vísperas de la fiesta de la Ascensión del Señor.
Como hemos dicho fueron palabras pronunciadas por Jesús a lo largo de la última cena en lo que podríamos decir fue la sobremesa de la cena pascual. Una noche cargada de emociones, de anuncios, de presagios, porque comenzaba la pasión. La liturgia nos las ofrece en este día de vísperas de la Ascensión del Señor y nos vienen bien para prepararnos debidamente para esta fiesta litúrgica tan importante.
‘Dejo el mundo y me voy al Padre’, nos dice Jesús, pero  no nos deja solos. Por una parte está el anuncio repetido del envío del Espíritu Santo que celebraremos en Pentecostés. Pero están también estas palabras de Jesús que hoy hemos escuchado tan cargadas de emociones y hasta de ternura.
Nos insiste Jesús en cómo, cuanto le pidamos al Padre en su nombre, nos lo dará. ‘Yo os aseguro, si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará’. Y eso tiene que llenarnos de alegría y de paz, de seguridad en el camino que hacemos porque nos sentiremos siempre ayudados por la gracia del Señor. ‘Pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’, nos insiste.
Y es bien hermoso lo que nos dice, hemos de fijarnos bien en sus palabras. ¿Por qué podemos estar tan seguros de que el Padre atenderá en el nombre de Jesús cuanto le pidamos? En una palabra, porque nos ama. Más allá incluso de que Jesús interceda por nosotros – está sentado a la derecha del Padre como mediador nuestro en el cielo, tal como confesamos en el credo – es que somos amados de Dios. ‘Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Qué hermoso es cuanto nos dice Jesús. Cómo nos sentimos así estimulados para tener confianza en nuestra oración. Cómo desearíamos entonces acercarnos al Señor en la oración, porque sabemos cuánto nos quiere Dios, cuánto nos ama el Padre, porque hemos puesto toda nuestra fe y nuestra confianza en Jesús. Creemos en Jesús y queremos seguirle; creemos en Jesús y queremos vivir en su amor; creemos en Jesús y nos sentimos así, con toda esa ternura, amados de Dios.
Todo es una invitación a crecer más y más en nuestra fe en Jesús. Tenemos tantos motivos para poner nuestra fe en El. Queremos hacer su camino, vivir su vida y queremos al mismo tiempo anunciar y proclamar nuestra fe a los cuatro vientos para que todos conozcan a Jesús, para que todos conozcan, deseen y lleguen a alcanzar la salvación que Jesús nos ofrece, la salvación que nos llega por su pasión, muerte y resurrección. Mañana, precisamente, vamos a escuchar el envío y el mandato de Jesús de ir a anunciar esta Buena Nueva de la salvación, esta Buena Noticia del Evangelio a toda la creación para que quien crea en Jesús y se bautice alcance la salvación.
Contemplaremos a Jesús volver al Padre en su Ascensión gloriosa a los cielos, pero sabemos que no nos deja, porque ha prometido estar con nosotros para siempre, hasta la consumación de los siglos. Veamos todas las señales de su presencia, vivamos intensamente la gracia salvadora que El nos da. Preparémonos debidamente para vivir con gozo grande y con una esperanza extrema la fiesta de la Ascensión del Señor.

viernes, 18 de mayo de 2012


Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría

Hechos, 18, 9-18; Sal. 46; Jn. 16, 20-23
Nos habla Jesús de tristezas y de alegrías; pero nos dice que nuestras tristezas se convertirán en alegrías, pero una alegría tan grande que nadie podrá arrancarla de nuestro corazón. ‘Vosotros estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría’.
Textualmente está haciendo referencia a su inminente pasión y a su pascua. Estas palabras de Jesús nos las narra el evangelista en la última cena, en aquella larga sobremesa de la cena pascual, anuncio y presagio de su pasión, pero promesa al mismo tiempo de la presencia del Espíritu que nos lo enseñará todo y será nuestra fortaleza, sobremesa que terminará convertida en oración.
Realmente Jesús está anunciando su pasión y muerte. Grande será la tristeza de los discípulos que les dejará desconcertados de manera que aun cuando lo verán resucitado alguna veces pensarán que si es un fantasma. Pero es anuncio de la pascua, es anuncio de resurrección, es anuncio de la alegría que van a vivir los discípulos una vez que le contemplen resucitado.
‘También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría’, les dice Jesús. Ya hemos escuchado al principio de la pascua cómo los discípulos se llenaban de alegría al ver a Jesús resucitado en medio de ellos, de manera que ni se atrevían a preguntarle si era verdad lo que estaban contemplando sus ojos.
Volverá el Señor, viene el Señor a nuestra vida, y podremos contemplarle desde los ojos de la fe. Aunque muchas veces quizá nos sintamos tristes y desconcertados por nuestras propias tinieblas y por nuestras dudas, por el pecado que nos aleja del Señor, tenemos la certeza de que el Señor viene y viene a nuestra vida para estar con nosotros, para ser nuestra luz y nuestra fuerza. Los cristianos por la fe tenemos la certeza de que el Señor está con nosotros y aunque pasemos por las tinieblas que pasemos, en el fondo tenemos que estar llenos de alegría por la seguridad de la presencia del Señor. Ven, Señor Jesús, le gritamos muchas veces en nuestra oración.
Muchas veces nos hará sentir el Señor el ardor de su presencia y de su alegría en nuestro corazón. Hemos de saber estar atentos para descubrir todas esas señales de su amor junto a nosotros. Pero desde la fe sabemos que su gracia y su presencia no nos faltarán nunca en los sacramentos. Signos sagrados que significan y dan la gracia. Signos sagrados que nos hacen presente a Cristo, nos dan la seguridad de la presencia del Señor junto a nosotros. Es un gozo grande que podamos así sentir la presencia del Señor. Es un gozo grande la gracia que el Señor nos da. Abramos los ojos del alma; abramos los ojos de la fe.
Ahora mismo estamos celebrando la Eucaristía y escuchando la Palabra del Señor. No es sólo un recuerdo lo que nosotros estamos haciendo. Confesamos nuestra fe en el Señor y sabemos que El está aquí presente en medio de nosotros; es el Señor quien nos habla; es el Señor quien nos va a dar su Cuerpo y su Sangre. Verdaderamente está aquí el Señor. Es verdaderamente su Cuerpo y su Sangre lo que vamos a comer y vamos a beber. Es Cristo mismo, el que se entregó por nosotros en la Cruz el que ahora realmente presente en el Sacramento de la Eucaristía se nos va a dar.
Nuestro corazón tiene entonces que llenarse de alegría y una alegría que nadie nos podrá arrebatar, como nos anunció Jesús. No caben ya tristezas en nosotros porque el Señor está con nosotros. Nada ni nadie podrá apartarnos de ese amor de Dios; nada ni nadie podrá arrebatarnos esa alegría. Vivamos siempre el gozo de la gracia del Señor.

jueves, 17 de mayo de 2012


Ardor y entusiasmo de Pablo que le lleva de un lugar para otro anunciando el evangelio

Hechos, 18, 1-8; Jn. 16
Contemplamos a Pablo que llega a Corinto después de la corta visita que hizo a Atenas. Corinto era una ciudad importante, centro comercial, capital de la provincia de Acaya y puerto importante del imperio romano.
Será un centro muy importante para la predicación de Pablo que siempre buscará lugares estratégicos desde donde luego se pueda extender el anuncio de la Buena Nueva de Jesús por todos sus alrededores. Vemos la importancia que le da Pablo a este lugar por el tiempo que pasa aquí en diferentes ocasiones, las diferentes visitas que realiza y en el nuevo Testamento conservamos dos cartas del apóstol a esta comunidad, aunque realmente se puede deducir que fueron más las que les escribió ante los diferentes problemas que surgían en la comunidad de Corinto.
Comienza relacionándose con la comunidad judía del lugar; habiendo conocido a Aquila y su mujer Priscila que venían de Roma tras la expulsión de los judíos por el emperador Claudio, se establece con ellos, porque además tienen el mismo oficio; se dedicaban a fabricar tiendas. Los sábados va a la Sinagoga tratando de convencer a judíos y griegos que Jesús es el Salvador. Al llegar Silas y Timoteo, que le habían acompañado anteriormente pero se habían quedado por Tesalónica, se dedica enteramente a la predicación del Evangelio.
Pronto surgen las disputas con los judíos ante su fuerte oposición y se dirigirá en delante de manera más directa a los gentiles. Algo repetido ya en otras ocasiones en el primer viaje de Pablo. Señales de Dios de que el evangelio ha de ser anunciado a todas las gentes, no sólo a los judíos.
Unas puertas se cierran ante el avance del Evangelio pero otras se van abriendo al mismo tiempo. Ya escuchamos la visión que había tenido Pablo de que un macedonio le pedía que viviera ayudarle, y conocemos cómo desde el principio había sido escogido por el Señor, recordemos la visión a Ananías, para ser mensajero del evangelio a los gentiles. Volveremos a escuchar la voz del Señor que le habla y le pide que se mantenga firme en el anuncio del Evangelio por fuerte que sean las dificultades. Será la tarea del apóstol que así irá recorriendo todo aquel mundo antiguo haciendo el anuncio del evangelio.
Contemplar y reflexionar sobre esta trayectoria de san Pablo en sus viajes apóstolicos con sus dificultades pero también con el ardor  entusiasmo con que iba de un lugar para otro anunciando el evangelio nos anima y nos estimula. Sentimos en nuestro interior la inquietud de la fe, la inquietud de que el Evangelio sea en verdad luz para nuestro mundo que muchas veces vemos tan distanciados de los valores del evangelio y de todo sentido de religiosidad verdadera. Querríamos que en verdad la semilla de la Palabra de Dios fuera plantada en todas partes y llegara a dar fruto en los corazones de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.
Pero no se nos puede enfriar ese ardor, no podemos perder el entusiasmo, la inquietud tiene que mantenerse viva. Siempre habrá un nuevo lugar donde anunciar, un nuevo medio por el que llegar a los otros, unas nuevas personas que acopan esa semilla. Nosotros tenemos que ser sembradores en el nombre del Señor. La hacemos en el boca a boca de ir compartiendo con los que están a nuestro lado la fe que vivimos, la gracia de Dios que experimentamos en nuestro corazón, o nos valdremos de mil cosas que puedan estar a nuestro alcance para hacer ese anuncio.
Hoy utilizamos también estos medios que la técnica moderna nos permite tener de internet, de redes sociales, y de tantos medios de comunicación que tenemos a nuestro alcance, y que son púlpitos desde los que en este mundo globalizado podemos hacer llegar el mensaje al último rincón. Confieso que me admiro, y doy gracias a Dios por ello, de los lugares tan dispares en nuestro ancho mundo al que llega la-semilla-de-cada-día, este humilde y sencillo blogs - en el que ahora mismo estas leyendo este mensaje - con el que quiero trasmitir también la luz del evangelio en medio de nuestro mundo.
Que no perdamos nunca el ardor y el entusiasmo. Que no nos falte nunca la fuerza y la asistencia del Espíritu Santo.

miércoles, 16 de mayo de 2012


Con Jesucristo… y con la fuerza del Espíritu queremos cantar la gloria del Señor

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos proclamado alabando al Señor en el salmo responsorial. Contemplamos las maravillas de la creación y alabamos al Señor, cantamos la gloria del Señor. ‘Reyes y pueblos de la tierra alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Tenemos que saber reconocer las obras de Dios para contemplar su gloria. Algunas veces nos cegamos y pensamos en nuestra grandeza y en nuestro poder y pensamos que todo es obra de nuestras manos. Es cierto que el Señor nos hizo grandes y puso toda la obra de su creación en nuestras manos para que con esa inteligencia de que nos dotó y todas las capacidades que adornan nuestra vida prosigamos la obra de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos. No todos sabemos descubrirlo y reconocerlo.
En el texto de los Hechos de los Apóstoles seguimos contemplando el recorrido del segundo viaje de san Pablo. Ahora lo contemplamos en Atenas. Ciudad importante en la Grecia antigua, ciudad de sabios y de filósofos, ciudad que brilla por la riqueza de sus obras de arte y por su cultura.
Contemplamos a Pablo recorriendo el centro de la ciudad donde están levantados los monumentos más importantes y los templos a sus dioses. Era el lugar también donde filósofos y oradores congregaban en torno a sí a todos los amantes de la filosofía y de la sabiduría para desarrollar sus enseñanzas. Es lo que hace Pablo también aprovechando para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.
Les habla del altar del dios desconocido que se ha entrando entre tantos monumentos para hablarles del Dios creador de cielo y tierra en cuyas manos está todo el poder y la gloria. Habla de la omnipotencia de Dios pero habla también de la cercanía de Dios a quien podemos sentir dentro de nuestro corazón. 'En Dios vivimos, nos movemos y somos', nos dice el apóstol. En un discurso muy bien elaborado habla citando incluso a los propios poetas de los griegos, para ayudarles a comprender el mensaje de la sabiduría de Dios que quiere expresarles.
Terminará anunciándoles a Jesús resucitado, aunque esto será ya algo que les costará más comprender. En cierto modo hay un rechazo. ‘Al oír hablar de la resurrección de los muertos unos lo tomaban a broma y otros dijeron: de esto te oiremos hablar otro día’. Sin embargo la semilla quedó sembrada. ‘Algunos se le juntaron’, dice el autor sagrado aunque nos dirá cómo pronto se irá a Corinto.
La semilla de la Palabra de Dios hay que sembrarla y aprovechar toda ocasión. La luz del evangelio es para iluminar la vida de los hombres, aunque haya veces que los hombres la rechacen. Pero nosotros hemos de hacer el anuncio. Y el anuncio fundamental es Cristo resucitado porque en El está la salvación.
Con toda la creación queremos cantar la gloria del Señor. Hemos de saber descubrir, como decíamos al principio, todas las maravillas de Dios. Pero toda esa revelación que Dios hace de sí mismo a través de sus obras, a través de la creación tendrá su culminación en Jesucristo. Con Jesucristo y por Jesucristo, en Jesucristo y con la fuerza del Espíritu tenemos nosotros que cantar la gloria del Señor. ‘Todo honor y toda gloria’, como decimos en la doxología de la plegaria eucarística.
Que el Espíritu de Dios que nos lo enseñará todo venga a nosotros y vaya iluminando nuestro corazón. En la medida que nos acercamos a Pentecostés se nos irá anunciando con mayor intensidad la presencia del Espíritu. Pidamos que se derrame sobre nuestros corazones para dar para siempre gloria al Señor.

martes, 15 de mayo de 2012


Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios

Hechos, 16, 22-34; Sal. 137; Jn. 16, 5-11
Cuando estamos atentos a las señales de la presencia de Dios y de su actuar en nuestra vida, podemos descubrir muchas cosas que pueden ser para nosotros una llamada del Señor que nos invita siempre a ir a El y alcanzar su salvación. Esa atención el creyente ha de saber tenerla en todos los ámbitos de la vida porque cuando quizá menos lo esperamos el Señor se nos manifiesta junto a nosotros para regalarnos su salvación.
En la Palabra de Dios que cada día se nos proclama el Señor nos hace oír su voz y pueden ser muchas las cosas que quizá quiera manifestarnos hasta en los textos más sencillos o quizá también en los que muchas veces hayamos escuchado pero que en otro  momento no han hecho mella en nosotros.
No nos podemos dormir, ni cerrar los oídos del alma ante lo que el Señor quiera manifestarnos. La actitud del creyente siempre ha de ser de vigilacia, de atención, de fe, con una apertura grande de los ojos de nuestro corazón, con un respeto y un amor grande a su Palabra. Qué lástima cuando nos encerramos en nosotros mismos y no querer oír, no queremos escuchar esas llamadas del Señor. Y esto sucede muchas veces a nosotros y a tantos a nuestro alrededor.
‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?’ fue el grito del carcelero al ver lo que había sucedido y cuando las puertas de la cárcel estaban derribadas y abiertas sin embargo aquellos presos no habían escapado. Aquellos himnos que cantaban a Dios, incluso en medio de las cadenas y cepos de la cárcel, podrían haber estado haciendo mella en el corazón de aquel hombre. Lo que sucede a continuación viene a despertar su espíritu para descubrir que a través de aquellos que tenía allí en la cárcel podría llegarle la salvación.
‘Cree en el Señor Jesús, y te salvarás tú y tu familia’, fue la respuesta que recibió. No quiso dejar pasar tiempo para ser instruido y recibir el agua del Bautismo. Y aquí viene un detalle importante y hermoso. ‘A aquellas horas de la noche se los llevó a casa, les lavó las heridas, les preparó la mesa y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermosos los gestos de la hospitalidad con los que estaba poniendo en práctica el evangelio recibido. Pero hermoso el hecho de haber querido ‘celebrar una fiesta de familia por haber creído en Dios’. Nos tendría que hacer pensar si con un gozo y una alegría semejante vivimos nosotros nuestra fe.
La vida de nuestra sociedad actual está jalonada por muchas fiestas que en su origen tenían una referencia clara al hecho religioso. Y aún cuando ahora seguimos celebrándolas les mantenemos el nombre de esa referencia religiosa: fiestas de navidad, fiestas de nuestro santo, fiestas de nuestra comunidad o nuestro pueblo y así muchas más. En torno a esas fiestas tenemos multitud de actos que nuestra sociedad ha ido estableciendo casi como un rito, así comidas, encuentros de familias, etc. Lo que me pregunto es si conservamos en esas fiestas una referencia religiosa que vaya más allá del nombre o la ocasión cronológica en que las celebramos. Porque podemos conservar el nombre pero no el espíritu; podemos conservar el nombre en referencia a ese hecho religioso, pero luego en el desarrollo de esa fiesta no haya ningun momento verdaderamente religioso.
Celebramos la navidad, por ejemplo, y luego ni tenemos un recuerdo, ni hacemos una oración, ni leemos el texto de la Palabra en relación con el nacimiento de Jesús. fijémonos que para la mayor parte de la gente la navidad se queda en una comida y una fiesta familiar, pero la iglesia, la celebración del nacimiento de Jesús, etc., queda muy lejos y para eso no tenemos tiempo. ¿Dónde queda la expresión de la fe y la celebración de la acción de gracias por la fe en momentos así? Así se podrían analizar otras fiestas y celebraciones, lo que nos haría repensar si en verdad los valores cristianos y religiosos siguen influyendo en nuestra vida.
Aprendamos el mensaje que nos ofrece hoy la Palabra del Señor y hagamos fiesta desde lo más hondo del corazón por esa fe con que Dios ha enriquecido nuestra vida.

lunes, 14 de mayo de 2012


Testigos, elegidos y amados para ser sus amigos

Hechos, 1, 15-17.20-26; Sal. 112; Jn. 15, 9-17
‘No sois vosotros los que me habéis elegido a mi, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’. Así hemos escuchado en el Evangelio las palabras de Jesús. Nos puede parece repetitivo este texto, porque lo escuchamos ayer domingo VI de Pascua y lo hemos escuchado también la semana pasada en la lectura continuada que estamos haciendo del evangelio de san Juan.
Pero el motivo de escucharlo hoy de nuevo es por la fiesta del Apóstol san Matías que estamos celebrando. Una vez más se muestra la elección de Dios que es quien llama. La vocación es un don de Dios, no es cuestión de voluntariedad humana. Es el Señor el que llama y elige.
Jesús había constituido el grupo de los Doce Apóstoles como fundamento de su Iglesia y serían los que habían de ser enviados (eso significa apóstoles en el fondo) con el anuncio del evangelio por todo el mundo y en torno a los apóstoles había de constituirse la iglesia de Jesús. Se había perdido uno, el que lo traicionó, Judas Iscariote, que hizo de guía de los que prendieron a Jesús y había de elegirse quien ocupara su lugar, como dice Pedro.
El grupo de los once reunidos con Pedro a la cabeza invocan al Señor para que sea el Señor el que designe quien había de ocupar ese lugar. ‘Hace falta que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús…’ Proponen dos nombres y echándolo a suerte salió elegido Matías que fue asociado al grupo de los Apóstoles.
Importante las características que se manifiestan: había de ser testigo de la resurrección del Señor y había de ser de quienes estuvieron con Jesús desde el principio. Son los primeros testigos que nos trasmiten la fe en Jesús, los primeros testigos de la resurrección del Señor. Y entra a formar parte del grupo de los apóstoles, de aquellos más cercanos a Jesús. De aquellos, como nos dice hoy en el evangelio, de los que son llamados ‘amigos’ por Jesús. ‘A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’.
Unas características que nosotros desde nuestra fe en Jesús resucitado también hemos de compartir. No somos testigos directos, como los apóstoles, de la resurrección de Jesús, pero sí, desde nuestra fe en Jesús y todo lo que tiene que ser nuestra vivencia cristiana, también hemos de convertirnos en testigos de Jesús. Testigos de lo que vivimos y experimentamos allá en lo más hondo de nosotros mismos. Testigos de una fe con nuestro amor, con nuestro ejemplo, con todo lo que es la vivencia de nuestra identidad cristiana.
Testigos y amigos, porque nos sentimos amados del Señor; amados con un amor de elección preferencial. Experimentamos de mil maneras ese amor del Señor en nuestra vida. Experimentamos esa presencia amorosa de Dios en nosotros y así hemos de cultivar nuestra oración, nuestro trato con el Señor. Es sentir a Dios, su presencia, su gracia, su amor. Es gozarnos en la presencia del Señor que llena nuestra vida. Es disfrutar de esa presencia y amor de Dios que experimentamos allá en lo más hondo de nuestra vida en la intimidad de la oración. Cómo tenemos que aprender a orar de verdad, no para solo repetir unas palabras o unos ritos, sino para disfrutar de la presencia del Señor y escucharle allá en nuestro corazón como El sabe hablarnos, como El sabe manifestársenos.
Es que cuando nos llenemos así de Dios, cuando nos sintamos inundados de su presencia y de su amor, aprenderemos lo que es el amor verdadero y comenzaremos a amar con un amor como el de Jesús. Es lo que una vez más nos enseña hoy; es el mandamiento que nos da; es el distintivo que tiene que haber en nuestra vida; es el fruto que hemos de dar amando a los demás, cumpliendo sus mandamientos, viviendo en fidelidad total a esa amistad y elección del Señor.

domingo, 13 de mayo de 2012


Una cascada de amor que brota del amor del Padre y por Jesús nos introduce en una dinámica de amor

Hechos, 10, 25-26.34-35.44-48; Sal. 97; 1Jn. 4, 7-10; Jn. 15, 9-17
Como se suele decir no se comienza a construir la casa por el tejado. Una expresión que empleamos cuando queremos hacer una cosa pero no lo ponemos los debidos fundamentos o cuando queremos llegar al final sin haber realizado antes todos los presupuestos previos que nos ayuden bien a sacar todas las consencuencias.
Cuando se trata de nuestra vida cristiana tenemos que ir bien fundamentados para poder alcanzar a vivir con profundidad esa nuestra identidad cristiana. Cuando decimos que lo fundamental que hemos de expresar en nuestra vida cristiana es el amor para poder llegar a vivir un amor auténticamente cristiano con todas sus consecuencias tenemos que aprender bien antes, haber experimentado bien en nuestra vida todo lo que es el verdadero amor que Dios nos tiene. Porque no es amar sin más y a cualquier medida, haciendo yo mis distinciones o poniendo mis límites a mi antojo. El amor cristiano tiene una medida que es el amor que Dios nos tiene.
Fijémonos bien en lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Todos sacamos la consecuencia desde una primera lectura que el mandamiento que Jesús nos ha dejado es el de amar. Pero, ¿cómo ha de ser ese amor? ¿cuál es la medida de ese amor? Fijémonos en las palabras de Jesús: ‘Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. Fijémonos: ‘como yo os he amado’, nos dice.
Pero para llegar Jesús a decirnos esas palabras fijémonos en lo que nos dice antes. Claro que no es sólo cuestión de fijarnos en lo que nos dice, sino en lo que hace, en cómo nos ama. Pero ya que estamos comentando sus palabras que se nos han proclamado hoy en el evangelio, fijémonos en todo lo anterior. En una imagen con la que lo he querido expresar en otro momento, es como una cascada de amor que parte del amor del Padre a su Hijo y del amor que el Hijo de tiene al Padre, pero que luego se desparrama sobre nosotros introduciéndonos en la dinámica de su mismo amor.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Parte del amor del Padre a su Hijo, del amor infinito que dimana de las mismas entrañas de Dios envolviendo todo el misterio de la Trinidad. Si llegamos a ese misterio de unión y comunión entre las tres divinas personas es por el amor. Y Jesús quiere introducirnos a nosotros en esa dinámica de amor; como es el amor de Dios, como es el amor de Jesús, así tiene que ser también nuestro amor. ‘Permaneced en mi amor’, que nos dice. ‘Lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. Nos está diciendo cómo permanece en el amor del Padre.
Ahí está el fundamento, la razón de ser de todo lo que es nuestra vida cristiana, lo que ha de ser nuestro amor cristiano. Son los cimientos para no comenzar nuestra vida cristiana por el tejado, como decíamos al principio. En ese mismo sentido nos ha dicho san Juan en su carta que ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo único… en esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió a su Hijo único al mundo, para que vivamos por medio de El’.
Es por eso por lo que nos dirá Jesús que la medida del amor no es la que nosotros pongamos, sino la que nos pone El. Amar como El nos ama, con ese amor divino. No es fácil. Nos exige mucho. Quizá prefiramos poner las medidas nosotros porque como nos cuesta tanto aceptarnos mutuamente, como tenemos los ojos tan velados que muchas veces no vemos sino sombras, y claro no ponemos a tope nuestro amor a la manera del amor de Dios. Pero es necesario que aprendamos a amar con un amor como el de Jesús. Es el camino de la verdadera vida, del auténtico y verdadero amor, es el camino que nos llevará a conocer a Dios.
Por eso nos dirá san Juan que ‘quien no ama permanece en la muerte’. Nos dirá que ‘conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos’. Y hoy nos dice que ‘el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios’. Muchas veces hemos dicho que queremos conocer a Dios. Mira por donde podemos llegar a conocerle. Es el camino del amor, es el camino de Jesús. Cuando contemplamos a Jesús y contemplamos su amor, lo hemos dicho muchas veces, estamos contemplando a Dios, estamos conociendo a Dios, porque como nos dice hoy ‘Dios es amor’.
¿Seremos capaces de vivir un amor así? Nos dice que ‘nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Es lo que hizo Jesús por nosotros. Nos llama amigos; nos dice que nos revela todo esto para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea completa. Y es que cuando amamos y amamos de verdad al final seremos felices con una felicidad que nadie nos podrá quitar.
¿Cómo podremos alcanzar a vivir un amor así? No es sólo tarea nuestra. Es obra del Espíritu. Es el Espíritu de Sabiduría y el Espíritu del amor. El Espíritu que nos da la sabiduria de aprender a saborear el amor que Dios nos tiene y cuando le cogemos el gusto a ese amor ya no querremos amar sino con un amor así. Y es el Espíritu del amor que inunda nuestra vida, que llena y hace arder nuestro corazón, que nos hace ser así partícipes del amor de Dios para amar con ese mismo amor a los demás.
Y será el Espíritu de fortaleza que nos da su gracia, su fuerza para ser capaces de vivir en ese amor. Fue el Espíritu que guió a Jesús para pasar por el mundo haciendo el bien y el Espíritu que El nos regala, como el más hermoso regalo de Pascua para que aprendamos a amar y perdonar, a compatir con generosidad y a saber aceptarnos mutuamente.
Podríamos seguirnos haciendo más consideraciones que nos impulsen a romper todas esas barreras que ponemos tantas veces entre nosotros que nos impiden querernos de verdad. Pidamos que el Señor nos ilumine y nos de su fuerza.
Decir finalmente que estamos en este domingo celebrando la pascua del enfermo y que hemos de tener muy presente en nuestra celebración. Este año con el lema ‘el poder curativo de la fe’. Y es que desde la fe, contemplando y viviendo el amor de Jesús nuestro sufrimiento tiene un valor y un sentido y se convierte en fuente también de santificación.
En el mensaje de los obispos de la correspondiente comisión episcopal, por ejemplo, se nos dice: ‘'Vivir la enfermedad y la muerte no es fácil humanamente. Vivir la fe en ellas, tampoco. Por eso, hablar del poder saludable y terapéutico de la fe, desde la experiencia de la enfermedad con todo su realismo, es recordar que son muchas las personas que, en la enfermedad y en la cercanía de la muerte, encuentran en su relación confiada con Dios, en la oración, en los sacramentos y en la pertenencia a la comunidad cristiana, alivio, consuelo, paz, sosiego, nuevas fuerzas y nuevas razones para seguir adelante.
Cuando la fe se vive de verdad, sana, cura, salva y se convierte en fuente de salud. Pues la fe ayuda a afrontar la enfermedad con realismo, infunde aliento, coraje y paciencia en la lucha por la curación, o para asumirla con paz con todas sus consecuencias. Desde la fe se encuentra el ánimo para emprender la importante tarea de ir recomponiendo la vida y descubrir las nuevas posibilidades de ser útil, de iluminar y llenar de sentido la existencia.
Apoyados en la fe recuperamos la comunicación con los demás, la confianza en el Padre y una nueva capacidad de seguir amando a Dios y a los hermanos aun en medio del dolor. Esta experiencia de fe que comunica serenidad, paz y esperanza, que consuela en la angustia y fortalece en la inseguridad, ayuda a sobreponerse ante la situación irremediable y a asumirla con entereza, poniendo confiadamente la vida en las manos amorosas del Padre y a confiarle nuestro futuro’.
Que María, la mujer creyente y solidaria, que, por la vía de la adhesión inquebrantable a Dios, caminó hacia una privilegiada plenitud, nos acompañe en el camino de la fe y nos ayude a vivir y permanecer en el amor de Dios.