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sábado, 18 de noviembre de 2017

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
La parábola que nos propone Jesús, como nos dice el evangelista, tenía una intención muy clara; quería enseñar a sus discípulos a tener esperanza y confianza en la oración, porque a quien oramos es a un Dios que es nuestro Padre. Pero en las palabras de Jesús podemos encontrar mucho más.  Como se suele decir en expresión muy del pueblo llano no da puntada sin hilo.
Pero tal como sucede en las parábolas Jesús parte de situaciones humanas que Vivian los hombres de su tiempo, muy semejantes en muchas ocasiones a las que nosotros seguimos viviendo hoy. Se trata de una mujer que pide justicia para la situación en la que vive; pero a quien acude es a un juez, que precisamente no parece que brille por la justicia y la imparcialidad. Se trataba de un juez que ni temía a Dios ni sentía ningún respeto por los hombres, por las personas. La imagen es muy dura.
No es solo ya que no temiera a Dios, lo que era inconcebible en un pueblo creyente como era el pueblo judío que centraba toda la historia de su vida y de su existencia en Dios, sino que además no sentía ningún respeto por las personas. ¿Cuál era su justicia?, nos podríamos preguntar. No es que toda la humanidad sea así pero está haciéndonos un retrato de situaciones en las que nos podemos encontrar. No todo el mundo es malo, tampoco podemos decir que los que no sean creyentes no vivan una honradez y una rectitud en su vida con unos principios y también con unos valores.
El respeto por la persona, por toda persona sería algo que, digámoslo así, esta como inscrito o grabado en lo más hondo de todo ser humano. La humanidad en la que creemos todos los hombres, aunque luego tengamos diversos y dispares planteamientos, se basa en ese respeto del  hombre, en ese respeto de toda persona.
Aunque luego podamos encontrarnos quien se haya dejado meter en su corazón tal maldad desde sus orgullos o sus ambiciones que no solo no respete a toda persona, sino que en su injusticia y maldad le hace daño, pretende destruir a quien pueda estar en posiciones enfrentadas a él, y prevalezca su egoísmo y la insolidaridad.
Pero como ya hemos reflexionado más de una vez no nos tenemos que sentir aturdidos por el mal que contemplemos en el mundo que nos rodea. Aunque es una realidad no significa que todo el mundo sea así; algunas veces nos ponemos pesimistas y nos parece verlo todo negro.
Pero hemos de saber descubrir las buenas luces que también brillan; donde menos lo pensamos hay una persona de bien, que busca lo bueno, que quiere ser honrada, que evita hacer daño a los demás, que busca también la justicia, aunque quizá en todas las cosas no piense como nosotros. Pero esas luces pequeñas o grandes que podamos descubrir con buenos ojos nos llenan de esperanza.
Como creyentes que ponemos nuestra esperanza en Dios, sabemos que Dios actúa también en esas personas, a través de esas cosas buenas que en la rectitud de sus vidas quieren también hacer. Como creyentes vemos en ellas también la acción de Dios. Por eso, como nos invita la parábola que hoy nos propone Jesús, hemos de tener esperanza, poner toda nuestra confianza en Dios que el Señor se manifestará a nuestro lado a través también de esas circunstancias de la vida.
Hemos de tener esperanza y por eso también oramos a Dios de que el bien prevalezca y brille, que los corazones de los hombres se pueden ablandar, que la buena semilla un día producirá sus frutos, que la bondad de tantos corazones buenos puede contagiar también a los demás, que entre todos podemos hacer que haya verdadera humanidad y nuestro mundo sea cada vez mejor.
Oramos y oramos con confianza; oramos perseverantes en nuestra oración; oramos a Dios que es nuestro Padre y siempre nos atenderá y nos mostrará su gracia.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

1Cor. 2, 1-5; Sal. 118; Lc. 4, 16-30
He de comenzar confesando que cuando tengo que anunciar o explicar la Palabra de Dios me siento en plena sintonía con lo que hoy expresa san Pablo en la carta a los Corintios. Me presento a vosotros débil y temblando de miedo’, por la grandeza que significa el anuncio de la Palabra de Dios y lo pequeño y pecador que me siento ante ella. ‘Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado’, dice el apóstol, y es lo que quiero anunciar, porque la fuerza de la Palabra de Dios no está en mis palabras ni en mis saberes, sino en la fuerza del Espíritu del Señor.
Dentro del ritmo de la proclamación de la Palabra en el tiempo Ordinario en medio de la semana, hoy comenzamos a proclamar el evangelio de san Lucas; hemos venido escuchando a san Mateo. Dejamos aparte todo lo referente al nacimiento y a la infancia de Jesús hasta su Bautismo en el Jordán, pues fueron textos que ya escuchamos en el tiempo de la Navidad y la Epifanía. Hoy partimos de su presentación en la sinagoga de Nazaret.
Jesús se presenta en su pueblo Nazaret, allí donde se había criado y donde estaban sus parientes, y el sábado en la sinagoga se puso en pie para hacer la lectura. Proclamó un texto de Isaías que viene a ser el gran anuncio de la misericordia del Señor que se nos va a manifestar en Jesús. ‘Es el año de gracia del Señor’. Como dirían en otra ocasión las gentes al contemplar las obras de Jesús ‘Dios ha visitado a su pueblo’, en consonancia también con lo cantado proféticamente por Zacarías en el nacimiento de Juan.
Donde y cómo se va a manifestar esa misericordia del Señor. El profeta habla de amnistía, de año de gracia. ¿Y qué es lo que se nos manifiesta en Jesús? Allí está el que viene a traer la salud a todos los que sufren, el que se nos manifiesta como luz para hacernos comprender el misterio de Dios y la grandeza del hombre, el que viene a liberarnos de la peor de las esclavitudes que pueden atenazar el corazón de los hombres.
Allí está Jesús, el ungido del Espíritu para anunciarnos que viene la hora del perdón y de la paz, que viene la hora de comenzar algo nuevo que llamaremos reino de Dios porque ya para siempre Dios va estar en el centro del corazón del hombre. Allí está el Mesías de Dios; no olvidemos que decir ungido es lo mismo que decir Mesías o decir Cristo, según el idioma que empleemos. Por eso proclamará Jesús al terminar de hacer la lectura: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Ya muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y hemos comentado la reacción de las gentes de Nazaret que si primero se manifestaron con admiración y orgullo porque Jesús era uno de ellos, allí estaban sus parientes y allí se había criado, al final lo rechazaron intentando incluso despeñarlo por un barranco que estaba a las afueras del pueblo. ¿Aceptamos o no aceptamos nosotros a Jesús también según nos convenga o no? Cuantas veces nosotros también ante el evangelio tenemos la tentación de hacer como apartados en los que hay unas cosas que nos gustan pero hay otras cosas que no nos caen tanto en gracia y fácilmente las olvidamos o incluso las rechazamos. Da qué pensar todo esto.
Pero quisiera terminar invitando a que nos hiciéramos una pregunta. ¿También hoy entre nosotros se podría decir como dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret ‘hoy se cumple aquí esta Escritura que acabáis de hoy’?
Se cumple esta Escritura porque también nosotros hacemos presente a Jesús si al menos servimos de consuelo para los que lloran a nuestro lado y somos capaces de despertar ilusión y esperanza en tantos que viven con el corazón atormentado; se cumple esta Escritura entre nosotros si con nuestro compartir estamos haciendo en verdad un mundo mejor donde nos amemos más; se cumple esta Escritura porque no solo queremos recibir el perdón y la gracia que el Señor nos ofrece, sino que también en nuestras relaciones mutuas y en nuestro trato somos también capaces de ser comprensivos con los demás, ofrecemos generoso perdón a quienes nos hayan ofendido y tratamos en todo momento de buscar la concordia y la paz en nuestra convivencia de cada día.
Muchas más cosas podríamos decir y reflexionar en este sentido. Cada uno tendría que pensar cómo va a hacer posible con su vida, con sus actitudes nuevas, con su manera de actuar y de comportarse que esta Escritura se cumpla también entre nosotros y así hagamos más presente a Jesús y su salvación en nuestro mundo, en ese mundo concreto en el que vivimos cada día.

miércoles, 23 de mayo de 2012


Santifícalos en la verdad con la fuerza del Espíritu

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como  nosotros… santifícalos en la verdad… por ellos me consagro yo para que también ellos se consagren en la verdad…’
El corazón se llena de gozo, de ánimo, de esperanza escuchando esta oración de Jesús al Padre. ‘Mientras yo estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba…’ Jesús vuelve al Padre pero quiere que quienes creemos en El nos sintamos seguros en nuestro camino de fidelidad y de amor. Ora al Padre por nosotros. Tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por  nosotros sentado a la derecha de Dios. Lo hemos visto subir al cielo, cuando hemos celebrado la Ascensión, pero sabemos que no nos deja solos ni abandonados a nuestra suerte. ‘Santifícalos en la verdad’, pide al Padre.
Jesús nos ha prometido que nos enviaría el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y de la santificación. Es lo que vamos a celebrar el domingo y para lo que queremos prepararnos bien, para recibir los dones del Espíritu que nos llenen de vida y de santidad. Como ya recordábamos con el Catecismo los dones del Espíritu vienen a mover nuestros corazones para que seamos dóciles a las inspiraciones divinas que nos conduzcan por caminos de santidad y nos aparten de todo mal y de todo peligro.
Hemos sido consagrados con el Espíritu Santo en nuestro Bautismo – un signo de ellos fue la unción con el Crisma santo – para llenarnos de la gracia santificante que nos hacía hijos de Dios. Ya por nuestra condición de bautizados somos unos consagrados, somos ungidos, y como consagrados tenemos que ser santos. Una y otra palabra, consagrado y santo, vienen a significar de manera semejante como hemos sido separados del mal para que nuestra vida y nuestras obras sean siempre las del bien. Consagrados, separados del  mal, arrancados del mal, para que seamos santos.
Pero a lo largo de la vida la gracia del Espíritu que vamos recibiendo en cada  momento nos va disponiendo para el bien; son las gracias actuales que van moviendo continuamente nuestro corazón y nuestra vida para preservar aquella gracia santificante que nos consagró y podamos vivir siempre santamente.
Son esas inspiraciones del Espíritu que sentimos tantas veces en nuestro interior para que hagamos el bien, para que venzamos la tentación, para que superemos el pecado y el mal que continuamente nos acechan. Si nos acecha así el tentador atrayéndonos al pecado, al mismo tiempo no nos faltará la gracia del Espíritu para que podamos vencer esa tentación. Es la gracia del Espíritu que nos hace santos en cada momento de nuestra vida.
Cuando estamos hablando de los dones del Espíritu podemos decir son esos regalos que nos da el Espíritu para ayudarnos a vivir la gracia de Dios. Ya hemos hablado muchas veces del don de la sabiduría, pero podemos hablar también del don de la fortaleza que nos ayuda en la perseverancia, que es como una fuerza sobrenatural que nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades y tentaciones que sin duda encontraremos en nuestro caminar hacia Dios.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo sobre nosotros y nos llene de sus dones; que nos conceda también el don de la piedad y del temor de de Dios, para que seamos constantes en nuestra oración pidiendo la gracia del Señor, pero que también infunda en nuestro corazón ese horror al pecado para que no ofendamos nunca al Señor que tanto nos ama.
Ven, Espíritu divino… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento… Ven, Espíritu divino y fortalece nuestra vida con tu gracia que nos santifique en la verdad.