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jueves, 16 de abril de 2020

Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras


Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
No nos lo terminamos de creer. Nos sucede en ocasiones. Nos lo habían anunciado y nosotros lo esperábamos. Pero cuando menos pensamos llegó aquel personaje o aquel familiar que nos había anunciado su regreso, sucedió aquel hecho que esperábamos, pero que de alguna manera estábamos desencantados y ya pensábamos que no iba a suceder. Y ahora que lo tenemos, ahora que ha sucedido, ahora que ha llegado no nos lo creemos, ponemos en duda todas las circunstancias que lo rodean, nos parece mentira que al final sucediera.
Así andaban los discípulos tras los desconciertos de los últimos días. No habían terminado de comprender el por qué de todo lo sucedido, a pesar de que Jesús una y otra vez lo había anunciado. Como había anunciado que resucitaría, como las mujeres habían venido contando de que el sepulcro estaba vacío y que unos Ángeles les habían dicho, como habían comprobado Pedro y Juan que habían ido al sepulcro y allí no estaba el cuerpo de Jesús, pero sí sus vendas y sudarios bien doblados y recogidos. Aunque decían que habían creído todavía seguían en sus dudas.
Y en esas andaban escuchando el relato de los dos que se habían ido a Emaús y que habían vuelto inmediatamente, vete a ver con qué carreras, que les contaban que había ido con ellos por el camino sin reconocerlo, y que al entrar para quedarse con ellos por su insistencia, al partir el pan lo habían reconocido. Y de pronto Jesús está allí en medio de ellos sin abrirse las puertas, y claro, ellos se llenaron de estupor por la sorpresa. ‘No os alarméis, no tengáis miedo… la paz a vosotros’. Y allí estaba Jesús. Lo veían pero no se lo creían. Como nos sucede tantas como antes mencionábamos.
Y Jesús les ofrece pruebas de que realmente es El. Allí están sus llagas de la crucifixión. Pero aun más les pide de comer, y como con ellos, para que no creyeran que eran un fantasma. Un fantasma no come ni bebe. Y Jesús lo estaba haciendo en medio de ellos. Y es que todo esto es cuestión de fe. Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, porque no son nuestros razonamientos humanos. Es una sabiduría distinta, superior, que nos viene de arriba. Por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y El mismo estaba explicándolo.
Pero hay que creer en la Palabra de Jesús, hay que abrir el corazón a la Palabra de Dios. Hay que tener la humildad de saber confiar, porque solo desde la humildad y la confianza que le damos de antemano a la Palabra de Dios podrá revelársenos el misterio de Dios. Recordemos que Jesús daba gracias al Padre porque había revelado su misterio no a los que se creían sabios y entendidos, sino a los humildes y sencillos de corazón. Son los bienaventurados que podrán conocer el misterio de Dios, son los pobres para quienes es el Reino de los cielos.
Y con nuestra fe nosotros somos testigos de esto. Es lo que anunciamos. Es el testimonio que damos en la trascendencia que le damos a la vida, en la responsabilidad con que la vivimos, en el amor que ponemos en nuestro corazón, en nuestro esfuerzo y trabajo por la justicia y por la paz. Todo eso lo llevamos en el corazón porque nos sentimos inundados por la fe y todo eso queremos llevarlo a los demás. Y así nos hacemos testigos de Cristo resucitado en medio del mundo.
Serán muchos los que nieguen la resurrección como niegan todo el sentido espiritual de la vida del  hombre. Pero a ellos les hacemos ese anuncio, a ellos damos nuestro testimonio con sencillez y humildad pero con la valentía del que se siente seguro. Porque nos sentimos seguros en nuestra fe. Porque ponemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor.

miércoles, 15 de abril de 2020

Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón


Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
Hay caminos que tenemos que recorrer por nosotros mismos, porque si no lo hacemos así no tendremos la experiencia del camino  que será cómo deje huella en nosotros. De nada nos vale que nos digan que el camino de Santiago es así o de la otra manera, que vas a tener unas experiencias maravillosas y te cuenten cada uno sus experiencias, si no lo hacemos nos quedaremos viéndolo como desde la barrera, estaremos siempre a distancia y no podremos disfrutar lo que es la maravilla del camino.
Así fue aquel camino de Emaús que aquella tarde hicieron aquellos dos discípulos que se marcharon de Jerusalén. Desaliento, sensación de derrota y fracaso, frustración porque les parecía que las promesas no se cumplían, incredulidad ante lo que otros le habían contado, pero ellos hasta entonces no habían visto al Señor resucitado. Les parecían visiones de mujeres en las que podían fijarse quizá en la debilidad de unas mentes trastocadas por las duras experiencias vividas, pero nada de eso les convencía. Cuántas veces nos pasa en las cosas que otros nos cuentan de su experiencia pero que nosotros nos negamos a creer y nos situamos en la distancia. Es lo que ahora iban haciendo, poniendo tierra por medio.
A ellos se acerca un caminante que al parecer hace el mismo camino, al menos por el mismo sendero iban, pero que se interesa por ellos, por su estado de ánimo cuando los ve tristes y cabizbajos. El interés y la pregunta despertaron sus ánimos entristecidos y comienzan a contarle, admirándose además que fuera el único forastero de Jerusalén que no se había enterado de cuanto había sucedido. ¿Eres tú el único que no sabes todo lo que ha pasado estos días? Y a su manera, desde su tristeza y desánimo, con la visión ahora llena de desesperanza le cuentan lo sucedido.
Pero quien les acompañaba sabe más de lo que aparentaba, porque les iba dando explicaciones y sentido a lo que ellos le habían contado. Les hace recapacitar y recordar las Escrituras, donde todo estaba anunciado. La conversación se vuelve amena, el tiempo vuela y el camino se acaba, pero dentro de ellos estaba sucediendo algo aunque no se sabían explicar lo que les estaba pasando. Luego dirán que les ardía el corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Aquellos hombres que iban encerrados en sí mismos comenzaron a sentirse distintos y ya no solo abrían las ventanas de su alma sino que les estaban abriendo las puertas de su corazón y de sus casas. No sigas caminando, los caminos están llenos de peligros, quédate con nosotros que ya es muy tarde. Cómo hemos repetido nosotros a través de los siglos esa misma súplica y esa misma petición llena de buenos deseos.
Y entró para quedarse con ellos y se sentó a la mesa. La hospitalidad estaba pronta. El pan estaba servido en la mesa y al forastero como huésped le tocó partir el pan. Fue suficiente para que se les abrieran los ojos. Era El. El Señor resucitado estaba en medio de ellos y con ellos había hecho el camino. Ahora lo comprendieron todo. Les había abierto el entendimiento para que entendieran las Escrituras y al partir el pan lo reconocieron. Su mente se había abierto, pero también se había abierto el corazón.
Dispuestos estaban a compartir y esa era la señal de que Jesús estaba con ellos. Cómo les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras por el camino. Ellos habían realizado el camino y Jesús caminaba con ellos. El camino les había interpelado por dentro y comenzaron a ver de manera distinta. Nadie podía hacer el camino por ellos, era algo que tenían que vivir y así podrían reconocer a Cristo resucitado.
La experiencia vivida era única e irrepetible y ahora había que anunciarla. Corren ahora a Jerusalén para contar todo lo que les había sucedido y como lo habían reconocido al partir el pan. Ellos también contaban sus experiencias. Era la vida de Cristo resucitado que estaba entre ellos, donde de nuevo se dejaría sentir su presencia.
¿No tendríamos que ser nosotros también compañero de camino de tantos que tristes y desalentados caminan los caminos de la vida?

martes, 14 de abril de 2020

Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos


Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Por dos veces se repite la pregunta. ‘¿A quién buscas?’ Parecen innecesarias las preguntas. Podemos suponer la respuesta, la búsqueda de aquella mujer enamorada, llena de amor.
Quizás muchas veces pasamos de largo ante las lágrimas de los que nos encontremos en el camino. Damos quizá por supuesto cual puede ser su respuesta y de alguna manera nos inhibimos. Pero ¿es su respuesta o es nuestra respuesta? ¿La que nosotros nos imaginamos? Porque si no escuchamos, si no mostramos interés no terminamos de saber que es lo que hace sufrir a esa persona hasta derramar sus lagrimas sin ningún recato. Y como nos damos por sabida la respuesta y decimos que no tenemos soluciones tratamos de insensibilizarnos y pasar de largo.
Otras veces quizá no preguntamos porque no queremos aumentar dolor a nuestro dolor. Ya tenemos con lo nuestro para andar asumiendo las preocupaciones de los demás, nos decimos. Y claro no vamos más allá de la punta de nuestra nariz, porque solo nos miramos a nosotros mismos. Y así vamos por la vida, que cada uno se las arregle como pueda. Y nos vamos creando un mundo de insolidaridad, de insensibilidad en que solo nos preocupamos de nuestras cosas.
Quizá hasta nuestros problemas se solucionarían de distinta manera, seríamos capaces de verlos desde otra perspectiva, porque mirándolos a través del cristal de los problemas que tienen los demás quizá nos damos cuenta que nuestros problemas no son tan grandes, realmente no son problema ante lo que están sufriendo los otros. Comenzaríamos a abrir el corazón y sentiríamos que la vida es distinta. 
Son consideraciones que nos podemos hacer cuando vemos a María Magdalena llorando a la puerta del sepulcro, porque se han robado el cuerpo del Señor y no sabe donde lo han puesto. Nos conviene ver en esas lágrimas de María Magdalena las lágrimas de tantos en nuestro mundo. María Magdalena buscaba el cuerpo de Jesús, pensando que estaba muerto y quería embalsamarlo debidamente.
Quizá muchos lloren en nuestro mundo porque no tienen a quien buscar, porque su vida se ha vaciado cuando han querido llenarla de cosas insustanciales y ahora se dan cuenta que era otra cosa lo que necesitaban y no han sabido donde encontrarla. Ahora lloramos porque el mundo anda mal, porque la crisis que padecemos nos descoloca y no sabemos ni por donde andar; porque nos han confinado y eso nos ha obligado a darnos cuenta que entreteníamos la vida con muchas cosas que no eran tan importantes, porque ahora tenemos que mirar más a los que más cerca de nosotros están como es nuestra familia y hasta nos parece un tormento tener que estar todo el día con ellos, porque tantas veces en la vida hemos ido buscándonos nuestros espacios quizá alejándonos de los más cercanos y no nos hemos dado cuenta donde está el verdadero espacio de nuestra vida. Teníamos delante de los ojos aquellas cosas que de verdad podían llenar nuestra vida y no habíamos sabido descubrirlas.
María Magdalena tenía delante de sí a Aquel a quien buscaba y no sabia reconocerlo, lo confundía con el encargado del huerto. Las lágrimas la cegaban. ¿Seremos nosotros capaces de darnos cuenta del Señor resucitado que está ahí con nosotros, a nuestro lado o también andamos confundidos?
María supo escuchar la voz que la llamaba por su nombre. ‘¡María!’ Y reconoció la voz, y reconoció al Señor. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, y se postró ante el Señor. ¿Seremos capaces nosotros de escuchar su voz y reconocerla? No nos la imaginemos a nuestra manera, sino descubramos su voz y su presencia tal como El quiere presentársenos hoy. ¿Serán las lágrimas de los que están a nuestro lado? ¿Serán los acontecimientos que han desestabilizado nuestra vida? ¿Serán incluso los temores que pudiera haber en nuestro corazón ante un futuro incierto pero a través de los cuales el Señor nos habla y nos quiere hacer ver nuevos caminos?

lunes, 13 de abril de 2020

Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea


Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mateo, 28, 8-15
La noticia de la pascua es algo que no nos podemos quedar con ella; la noticia de que Jesús ha resucitado no la podemos callar, es algo que tenemos que comunicar.
Las mujeres que fueron al sepulcro temprano con la idea de embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, al encontrarse la piedra de la entrada corrida, que allí no estaba el cuerpo de Jesús y escuchar el anuncio de los Ángeles corrieron, impresionadas y llenas de alegría nos dice el evangelista para ir a anunciarlo a los discípulos. Había sido algo grande que les había impresionado. Pero más grande fue su alegría cuando Jesús mismo les sale al encuentro. ‘Alegraos… no temáis, no tengáis miedo…’ fueron las palabras de Jesús. Les bastaba. Allí estaba El. Se postraron y le abrazaron los pies, nos detalla el evangelista. Pero la misión continuaba en el anuncio que habían de hacer a los discípulos.
Indirectamente nos encontramos otro testimonio en el mismo evangelio, aunque la intención era de ocultar lo que había sucedido. Los guardianes que habían puesto los sumos sacerdotes para que no robaran el cuerpo de Jesús son también testigos. Al ver lo sucedido es lo que van a contar a quienes allí los habían puesto. Ahora tratan de hacerlos callar, los sobornan con una cantidad de dinero, pero el mismo hecho ya los convierte en testigos.
Ambos testimonios nos ayudan a nosotros que también hemos de ser testigos y que estamos viviendo con intensidad esta semana de pascua prolongando la alegría vivida en el día de la resurrección del Señor. Este año, como todos sabemos, con especiales circunstancias pero que no tienen que mermar ni la vivencia de nuestra fe ni el entusiasmo del testimonio que tenemos que dar. Pudiera parecernos que estas circunstancias nos afectan y que la alegría de la pascua se vería notablemente mermada. Es aquí donde tenemos que manifestar la firmeza y la madurez de nuestra fe. Nada nos puede hacer callar.
Y es que precisamente esa luz que brota del sepulcro vacío porque allí queda el resplandor de Cristo resucitado es lo que tenemos que llevar a nuestros sepulcros, a los sepulcros de nuestras tristezas y preocupaciones, del sufrimiento de tantos que padecen en si mismos estos malos momentos de nuestra historia, ya porque estén afectados por la enfermedad, ya sea por la incertidumbre que viven en el riesgo de poder contraerla, ya sea por el dolor de los seres queridos fallecidos con todas las circunstancias tristes que acompañan este hecho.
Cristo resucitado es nuestra señal de victoria; Cristo resucitado llena de consuelo y fortaleza nuestros corazones; Cristo resucitado nos da la esperanza de que las sombras pasarán y de nuevo brillará la luz; Cristo resucitado nos sale al encuentro para que encontremos el verdadero sentido de cuanto nos pasa; Cristo resucitado también nos está enviando a quienes tenemos puesta nuestra fe en El para que vayamos a hacer ese anuncio de vida y esperanza a los que sufren a nuestro lado. Nada puede ni debe empañar el resplandor de esa luz. Una luz que tenemos que mantener encendida y bien en alto para que se disipen tantas sombras como envuelven nuestro mundo. No perdamos la alegría ni el entusiasmo de nuestra fe. No podrán callarnos como quisieron hacerlo con los soldados de la guardia del sepulcro.

domingo, 12 de abril de 2020

Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro para iluminar nuestras sombras, para llenar de vida nuestro mundo ¡Aleluya!



Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro para iluminar nuestras sombras, para llenar de vida nuestro mundo ¡Aleluya!

Mateo 28, 1-10; Juan 20, 1-9
Es la noche y es el día de los contrastes luminosos donde todo se transforma porque nace una vida nueva. Las tinieblas de la noche se transforman en un resplandor de luz; las caminaban llorosas con cara y sentimientos de duelo, su dolor se transforma en alegría; quienes temerosas caminaban hacia el sepulcro sintiéndose impotentes para correr la piedra de la entrada se la encuentran corrida, y al crucificado que buscaban muerto y sepultado ya no lo encuentran porque ha resucitado y está vivo.
Aquel día que aún para algunos se mantenía entre la zozobra y la duda, los miedos que los encerraban o la desesperanza que les hacía poco menos que huir en desbandada para volverse a sus lugares de origen todo se transforma, en medio está Jesús sin que nadie le abriera las puertas, o camina con los apesadumbrados en el camino de Emaús para levantar sus espíritu y hacer que ardiera de nuevo su corazón. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro.
Es lo que vivimos y celebramos en este día los cristianos de todos los tiempos. Es lo que hoy nos levanta y nos hace despertar para una vida nueva, para un hombre nuevo, para hacer un mundo nuevo. El Señor ha resucitado y se acabaron todos nuestros temores y miedos; el Señor ha resucitado y nuestro corazón se llena de alegría y renace viva la esperanza de ese mundo nuevo que entre todos hemos de construir.
Aunque este año la celebración del misterio pascual ha tenido unas connotaciones especiales, que pareciera que le quitaba su brillo y esplendor sin embargo podemos seguir gritando a todos los vientos con el mismo entusiasmo y con la misma alegría los Aleluyas de la resurrección.
La situación anímica de nuestro mundo, de nuestra sociedad en estos momentos se ve reflejada en esos contrastes a los que hemos hecho alusión. Muchas sombras siguen envolviéndonos que hay el peligro que nos encierren no ya en nuestras casas solo por evitar un virus sino en la tristeza, la angustia, la desesperanza ante lo que está sucediendo y los temores al porvenir que nos espera porque no sabemos cómo vamos a encontrar una salida. Las esperas se nos hacen interminables y angustiosas, como aquellas angustias y miedos que vivían los apóstoles encerrados en el cenáculo o las dudas de aquellas mujeres que aún con valentía en su duelo caminaban hacia el sepulcro sin saber muy bien como resolver los problemas que se les presentarían, o la desolación de los caminantes a quienes se les cegaban sus ojos para no reconocer a quien caminaba con ellos.
Para aquellos discípulos, para aquellas mujeres, para aquellos apóstoles encerrados en el cenáculo todo cambió de repente cuando sintieron la presencia de Cristo resucitado que les salía al encuentro, que caminaba haciendo su mismo camino o estaba allí en medio de ellos con toda su sorpresa y alegría. Pues Cristo resucitado también nos sale al encuentro en esta situación que vivimos hoy en nuestro mundo y quiere ser para nosotros esa luz que tanto necesitamos, esa fuerza de esperanza que nos hace levantarnos para seguir caminando con renovada ilusión, esa vida que nos hace sentirnos hombres nuevos capaces también de hacer un mundo nuevo.
Tendremos que seguir caminando y luchando y aun quizá nos quedan lágrimas que derramar, pero sabemos que en ese camino no estamos solos, que El abre nuestros corazones y nuestras inteligencias para que entendamos bien el sentido de todo lo sucedido pero también el sentido del camino nuevo que tenemos que comenzar a realizar. El es nuestra fuerza y nuestro alimento. El nos da la fuerza de su espíritu para que no desfallezcamos ni en los momentos de zozobra que nos pueden quedar por vivir ni en toda esa lucha que tenemos que realizar donde tendremos que ser también fuerza y apoyo para muchos hermanos nuestros que pudieran flaquear en el camino.
Hoy, a pesar de las oscuridades que sabemos que siguen estando fuera porque nos sentimos llenos de luz nosotros queremos cantar con alegría el aleluya de la resurrección, que sea como nuestro grito de guerra, de entusiasmo, de vida que arrastre también a los que están a nuestro lado. Tenemos, es cierto, la sombra de que no lo podemos hacer en medio de una celebración unidos a los demás hermanos por las circunstancias que vivimos, pero eso no nos quita la certeza y la alegría de que Cristo ha resucitado y con nosotros está y a nosotros nos está infundiendo esa vida nueva. No se merme la alegría y el entusiasmo de nuestra fe que queremos compartir con el mundo que nos rodea.
Cristo verdaderamente ha resucitado. ¡¡Aleluya!! Y nosotros resucitaremos con El. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro.


sábado, 11 de abril de 2020

Nos envuelve el silencio con la esperanza de que brille un nuevo Sol, con la esperanza de la resurrección


Nos envuelve el silencio con la esperanza de que brille un nuevo Sol, con la esperanza de la resurrección

Silencio. Hoy es un día de silencio. La Iglesia permanece en silencio en el sábado santo. A la sombra de la cruz de la que solo penden unas vendas de sudario. Junto a la tumba de Jesús con piedra aún cerrando su entrada. En silencio.
Unas lágrimas quieren asomar de nuestros ojos pues las experiencias vividas han sido muy fuertes. Pero no son lágrimas de amargura. Lagrimas quizá sí de arrepentimiento. Pero lágrimas en las que asoman como perlas los brillos de la esperanza.
Estamos junto a la tumba, no para resguardarla de quien pueda robar el cuerpo de Jesús. Estamos junto a la tumba llenos de esperanza porque ansiamos que llegue el resplandor de la nueva mañana en que la piedra esté corrida y el Señor haya resucitado. En silencio. Con esperanza. Seguimos creyendo en la vida porque creemos en el amor.
El mundo también está en silencio. Como aletargado. Asustado quizá. El silencio de la inactividad lo llena todo y nos encerramos llenos de miedo. Silenciosamente el mal se puede seguir propagando y callamos porque nos parece que así no se va a despertar. Pero es un silencio forzado. Nos abruma. Nos entristece. No sabemos que hacer. El encierro nos agobia y nos sentimos tentados al disparate. Muchas locuras se pueden maquinar en ese silencio si no sabemos controlarnos. Tenemos que darle un sentido. Demasiadas sombras negras galopan sobre nosotros. Le tenemos miedo a la tumba. Tememos que caiga sobre nosotros como una loza que nos hunde o que nos encierra aun más.
Son silencios distintos de los que estamos hablando por las actitudes que podemos tener ante ese silencio. Nuestro silencio de sábado santo está lleno de esperanza. Y es ese silencio con esperanza el que tenemos que saber contagiar. Nosotros sabemos que la semilla germina bajo tierra en silencio y sabemos que de ahí brotará una nueva planta con una hermosa flor. Es un hermoso sentido que hemos de darle a nuestra esperanza.
No estamos solo en una actitud pasiva, pero sí hemos de estar en una postura reflexiva. Son muchas las lecciones que podemos deducir. Miramos atrás y vemos lo que hemos hecho de nuestro mundo. Miramos hacia delante y vemos lo hermoso que podemos crear. Son también muchos los proyectos que podemos hacer porque no está todo acabado. Sabemos que un día el mundo puede florecer con una nueva y bella flor que llene de perfume nuestra vida y nuestra sociedad.
Es el hermoso sentido que podemos darle a nuestro silencio. Es lo que nosotros los cristianos podemos contagiar a nuestro mundo. La esperanza. Porque nosotros creemos que quien hoy está encerrado en la tumba va a resucitar. Esa piedra se correrá y aparecerá la luz y la belleza de una nueva creación. Es nuestra fe. Es nuestra esperanza. La fe y la esperanza que tenemos que trasmitir al mundo desde nuestras posturas y actitudes. Es la palabra de vida que podemos transmitir. La Palabra que nos ha confiado Jesús.
Silencio, pero con esperanza de que brille un nuevo Sol. Silencio, pero con esperanza de resurrección.

viernes, 10 de abril de 2020

Nuestra mirada está hoy centrada en la cruz pero que nunca será una cruz sin Cristo porque será entonces cuando nos encontramos con el amor


Nuestra mirada está hoy centrada en la cruz pero que nunca será una cruz sin Cristo porque será entonces cuando nos encontramos con el amor

Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42
El centro de nuestras miradas está hoy en la cruz. A algunos les puede parecer cruel, doloroso, por cuanto la cruz puede significar sufrimiento, puede significar tormento, puede significar muerte. La tendencia es a rehuir la cruz. ¿Quién quiere el sufrimiento? Si nos afecta el más mínimo dolor ya estamos buscando remedio, medicina que nos lo calme, que nos lo quite, que además bien sabemos que es síntoma de un mal más hondo que nos afecta y que aquel miembro o aquel órgano reaccionan y nos avisa así. No nos gusta cargar con esa cruz del sufrimiento, sea del tipo que sea. Queremos quitar ese peso de encima.
Pero aunque nos duela seguimos diciendo que el centro de nuestras miradas está en la cruz. Y nos duele mirar en nuestro entorno y ver tantas cruces que se hacen vacíos, que se hacen tormento, que destruyen vidas, que llenan de sufrimientos los corazones, que atormentan con sus soledades, que nos llenan de incertidumbres y de sin sentidos. Son muchas las cruces que vamos contemplando en el camino de la vida sobre los hombros de tantos y tantos que si hay el mínimo de sensibilidad en nuestro corazón nos contagian con su dolor, de alguna manera están poniendo también cruces sobre nuestros hombros. Siempre lo ha habido. Vivimos ahora un momento muy especial en la humanidad que quizá nos pueda hacer despertar la sensibilidad en el corazón, aunque también nos llenan de preguntas en nuestro interior de difícil respuesta.
Y repetimos lo mismo una vez más, el centro de nuestras miradas está en la cruz. Pero nosotros hoy no miramos una cruz vacía, una cruz sin crucificado. Es cierto que en esas cruces con que nos hemos ido cruzando en el camino hay unos crucificados que son los hombres y mujeres atormentados por el sufrimiento o quizá nosotros mismos con nuestro dolor. Pero es que nosotros hoy miramos una cruz con un crucificado especial, queremos mirar una cruz donde está Cristo crucificado. Y no lo hacemos para olvidar o desentendernos de nuestras cruces. La mirada que hacemos a Cristo en la cruz precisamente nos compromete más con todos los crucificados del mundo. Pero es que cuando miramos a Cristo en la Cruz estamos mirando el amor, estamos mirando el camino de la vida, estamos mirando el triunfo de la vida sobre la muerte.
Es una mirada distinta. Es la mirada que nos hace encontrar un valor y un sentido. Es la mirada que nos hace encontrarnos con la salvación con la que vamos a vencer la muerte, toda muerte, para que el mundo en verdad tenga vida. Es la mirada al amor. Es lo que contemplamos cuando vemos a Jesús clavado del madero de la cruz. Y es que estamos mirando el amor de Dios que tanto nos amó que nos entregó a su Hijo único. Es el amor de Dios manifestado en Jesús en el amor más grande que se puede tener cuando se da la vida por los que se ama. Es lo que hizo Jesús. Nadie tiene amor más grande.
Hoy, viernes santo, contemplamos la pasión y la muerte de Jesús. No es una lectura cualquiera la que queremos hacer. No vamos simplemente a regodearnos en el dolor y el tormento de un hombre que es ajusticiado. Es algo más lo que vamos a contemplar. Lo tenemos que hacer con otra clave, con la clave del amor. Porque es el amor de quien se entrega y se entrega libremente porque ama. No es el sacrificio de quien es llevado a la fuerza al tormento, sino la de quien camina con paso firme, aunque las fuerzas del cuerpo estén debilitadas y caiga por tierra muchas veces en ese camino, porque tiene l fuerza del amor en su espíritu.
La cruz con Cristo clavado al madero ya tiene otro sentido y otro valor. Para nosotros es la vida, porque allí encontramos nosotros el amor. Para nosotros es salvación porque nos hace encontrar otro sentido y otro valor a ese mismo sufrimiento, el valor y el sentido de quien ama hasta el extremo. Y es que ya de ahora en adelante no vamos a mirar la cruz sin Cristo, sino siempre con Cristo clavado en el amor, y para nosotros será la cruz de la vida, la cruz del amor, la cruz de la salvación.
Y será cuando en la vida intentamos llevar la cruz sin Cristo, entonces sí que se nos hará amarga y difícil de llevar. Lo contemplamos en tantos que se retuercen en el dolor sin encontrarle un sentido porque no se han encontrado con Cristo; es también lo que nos sucede a nosotros tantas veces que aunque nos decimos que creemos en Jesús tantas veces lo olvidamos, tantas veces en medio del dolor nos cegamos y no sabemos contemplarlo a nuestro lado, no sabemos contemplarlo en esa cruz.
No tememos ya abrazarnos a esa cruz y no porque busquemos el sufrimiento por el sufrimiento, sino simplemente porque amamos y sabemos también que muchas veces amar nos duele. Nos duele porque amar de verdad será arrancarnos de nosotros mismos; nos duele porque amamos a los que nos rodean y nos duele su dolor y nos vamos a dar hasta el final por hacer que su vida sea distinta, por hacer que vivan con mayor dignidad, por arrancarlos también de ese dolor y de esa cruz por la que ellos están pasando.
Nuestra vida está hoy centrada en la cruz y aprendemos una gran lección. Nuestra mirada está centrada en la cruz porque en ella contemplamos a Cristo y contemplamos su amor. Nuestra mirada está centrada en la cruz de Cristo porque desde allí encontramos la luz y la fuerza que necesitamos para hacer también nosotros nuestro camino de calvario. Nuestra mirada está centrada en la cruz de Cristo porque sabemos que en El encontramos la vida y la salvación.

jueves, 9 de abril de 2020

Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’



Jesús se quitó el manto y se ciñó la toalla y nos dice ‘os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
Alguien escribió en relación a este día que estamos viviendo. El Jueves Santo sabe a testamento. Nos trae gestos y palabras de Jesús que llevan a lo esencial, a una invitación a hacer memoria de lo vivido, pero, sobre todo, a vivir cada día haciendo memoria, realizando cada cristiano la entrega que Jesús hizo por nosotros’.
‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ les dice a los discípulos cuando termina de lavarles los pies. ‘Haced esto en memoria mía… haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice cuando parte el pan y les reparte la copa. Los gestos de Jesús son su testamento, lo que nosotros hemos de hacer. No otra cosa pueden hacer los que reciben un testamento de su ser amado.
Es lo que hoy contemplamos y celebramos. Es lo que hoy queremos hacer vida en nosotros. La memoria que nosotros hemos de hacer no es simplemente el recuerdo de algo sucedido en el pasado. Hacer memoria para nosotros es hacer presente, en el ahora y hoy de nuestra vida, lo que realizó el Señor. No es solo recordar, sino es hacer, es vivir lo mismo, de la misma manera, y aquí está la maravilla, sintiendo esa presencia viva hoy y ahora del Señor en nosotros y con nosotros.
La cena comenzó con ese gesto que los sorprendió. Es cierto que siempre se ofrecía agua al que llegaba para hacer sus abluciones, pero lo sorprendente y significativo son los gestos de Jesús. Es El quien se adelante quitándose el manto, pero al mismo tiempo ciñéndose la toalla. No es ya solo ofrecer sino ponerse a hacer, porque va poniéndose a los pies de cada uno de los discípulos para lavárselos ante la sorpresa, la reticencia incluso de ellos que les parecía imposible que Jesús realizara aquel gesto. Escuchamos solo a Pedro poner las pegas, por así decirlo, pero seguro que era el pensamiento de todos.
Pero fijémonos en el detalle que nosotros también hemos de saber copiar, saber realizar. No solo se despoja del manto que hubiera sido una dificultad para realizar la acción, sino que se ciñe la toalla. Se ciñe como el que va a trabajar, a realizar algo. Es todo un signo que no nos puede pasar desapercibido. Comenzaba en aquel momento algo nuevo en la vida de Jesús, porque iba a comenzar su pasión, su entrega hasta el final. No era que otros los entregaran, sino era El mismo quien se entregaba, quien se aprestaba a comenzar a subir y culminar aquel camino que le llevaba a la cruz, que le llevaba a la glorificación.
Aquel momento de lavarles los pies a los discípulos era el primer paso de quien les había enseñado que había que hacerse el último y el servidor de todos para ser verdaderamente importante. Era el paso que se continuaba, se prolongaba en su camino bajo el peso de la cruz y que culminaba el amor más generoso y más grande porque era el amor de quien daba su vida por los que amaba. Era el momento de su gloria, de su glorificación como ya había anunciado repetidamente en el evangelio aunque a los discípulos tanto les costaba comprender.
Pero recordemos lo que luego les diría. ‘Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis…’ Es su testamento, como antes decíamos, es lo que nos manda hacer, lo que nosotros tenemos que hacer. Tenemos que ceñirnos también para ir a lavar los pies. Qué amplio campo se abre ante nosotros del que no podemos desentendernos. Es de tantas maneras como podemos y tenemos que realizarlo.
Pero no olvidemos ceñirnos, porque tiene que ser la primera predisposición que tiene que haber en nosotros. Ceñirnos es la disponibilidad en que hemos de estar. Ceñirnos en la generosidad que hemos de tener en el corazón. Ceñirnos es la humildad para sabernos agachar, sí, también a la altura de los pies de los demás. Ceñirnos es ponernos a mirar a los ojos del que tenemos enfrente. Ceñirnos es tender la mano mirando a los ojos porque no es simplemente dejar caer una limosna, sino ofrecer nuestro amor. Ceñirnos es abrir los oídos del corazón para escuchar, para sintonizar mejor con los demás y querer enterarnos de cual es su sufrimiento como compartir también sus ilusiones y alegrías aunque nos parezcan pobres.
Ceñirnos… son tantas cosas, piensa en los que tienes a tu lado y que algunas veces te cuesta soportar y amar, piensa en el desconocido que llega a tu vida y tienes la tendencia a recibirle con desconfianza, piensa en esa persona que sabes que está sola y a quien podrías acompañar dándole tu tiempo, piensa en esas personas que vemos marginadas y rechazadas porque la gente pasa indiferente ante ellas o porque quizá no nos caen bien y no nos gusta su facha y trata de detenerte en la orilla del camino donde está, piensa en esa mirada que alguna vez has recibido de alguien pero que has tratado de desviar tu mirada para no darte por enterado… ceñirnos.
Cuando aprendamos a ceñirnos y a ponernos a lavar los pies – y bien sabemos de cuantas maneras podemos lavar los pies – entonces comprenderemos de verdad todo el hondo significado que tiene el otro gesto de Jesús en este día. ‘Esto es mi cuerpo’, y les reparte el pan; ‘esta es mi Sangre derramada’, y les hace compartir la copa. Es la nueva Alianza, es el Nuevo Testamento, es la presencia del Señor que se hace vida nuestra.
Ya entonces vimos al Señor cuando fuimos capaz de ceñirnos, ahora sentimos la fuerza del Señor para poder mantenernos ceñidos y dispuestos generosamente para el amor. Y es que de su amor nos alimentados porque El se hace vida, se hace alimento, se hace comida para estar con nosotros, para que nosotros nos hagamos uno con El. ¿Entenderemos entonces el hondo sentido de la Eucaristía?
Es el testamento del Señor. Es lo que El hizo y quiere que nosotros hagamos. Es la entrega de Jesús que ha de ser también nuestra entrega. Vivámoslo en este jueves santo especial, que si en nuestros templos hoy no se realiza el rito del lavatorio de los pies, cada uno de nosotros tenemos la oportunidad de realizarlo de muchas maneras, aunque por las circunstancias estemos encerrados en nuestras casas. Alguna nueva forma tendremos de ceñirnos como lo hizo Jesús.

miércoles, 8 de abril de 2020

Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad



Es importante que nos planteemos cómo vamos a celebrar la pascua este año y que conexión le vamos a dar con la realidad de sufrimiento que vive hoy nuestra sociedad

Isaías 50, 4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25
Con hondo dramatismo tres preguntas se suceden a lo largo del pasaje del evangelio que se nos ofrece hoy. Alguna pregunta en cierto modo inocente pero que sin embargo nos ha de cuestionar dentro de nosotros que es donde quiere Jesús que se prepare la cena de pascua. Pero las otras dos son desgarradoras porque manifiestan y expresan una traición, o la sorpresa llena de dudas que puede inquietar a cualquiera.
¿Qué había sucedido en el interior de Judas para llegar a lo que llegó? ‘¿Qué estáis dispuesto a darme si os lo entrego?’ Era uno de los doce que más de cerca habían seguido al maestro; no sabemos de su vocación primera, pero si fue uno de los doce que Jesús llamó después de aquella noche en oracion para que formara parte del grupo de los más cercanos a Jesús y a los que les iba a confiar en especial el anuncio del evangelio.
¿Desencantos porque aquello que estaba viendo no era lo que él esperaba y por lo que había seguido a Jesús? ¿Le superaba acaso la misión que Jesús les confiaba y el estilo de vida que Jesús quería que tuvieran sus discípulos y en lo que los más cercanos a Jesús tendrían que dar especial ejemplo? ¿Quizá frustración porque no se atreviera a pedir como hicieron los hermanos Zebedeos los primeros puestos en el Reino? ¿El mesianismo que presentaba Jesús no era realmente lo que ellos habían esperado y se caían por tierra quizá ambiciones que siempre surgen en el corazón?
En esa frustración y desencanto, en esa retirada pero para irse al lado contrario, podemos ver también los cambios de postura, las frustraciones y desencantos, las ilusiones y sueños rotos, el abandono de tantos a lo largo de la historia, pero que podemos seguir viendo y hasta viviendo hoy en tantos a nuestro alrededor que un día botaron la puerta y se marcharon porque no encontraban lo que querían, porque sus ambiciones se veían coartadas, porque los sueños llenos de fantasías y de vanidades vieron quizás que no los podían realizar.
Muchos quizá atormentados en su interior no supieron encontrar respuesta o no supieron buscarla; muchos porque su espíritu se enfrió porque querían seguir nadando a dos aguas y pudo más el espíritu del mundo donde encontraban quizás más facilidades para sus sueños; muchos, y tenemos también que reconocerlo, porque quizá en los otros cristianos no encontraron el estimulo, el animo y el testimonio ejemplar que necesitaban o quizá por algunos contra testimonios desagradables sintieron que debían tirar la toalla y abandonar.
Por eso se vuelve inquietante la pregunta que se hacen algunos de los discípulos o incluso el mismo Judas al final cuando Jesús manifiesta claramente que uno de los presentes le iba a entregar. Cayó como un jarro de agua fría la afirmación de Jesús que llenó de inquietud el corazón de todos los presentes. Cada uno de ellos podía decir que no había sido él, pero sin embargo van balbuceando la pregunta, quizá lleno de un cierto temor de culpabilidad. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ Será al final Judas el que le haga también la pregunta a Jesús y sabemos la respuesta y todo lo que se desencadenó a continuación.
Pero el interrogante tendría que estar en nuestro corazón también porque quizá con alguna de nuestras posturas, de nuestros planteamientos, de la manera de hacer las cosas pudiéramos estar contribuyendo a la traición o al abandono de tantos que dan el portazo y se marchan de la Iglesia. No nos haces esta pregunta para llenarnos de amarguras, pero si de mirar y examinar con sinceridad nuestra vida para hacer que nuestro testimonio sea siempre luminoso, y nada haya de oscuridad en nosotros que dañe o perjudique a los demás en el seguimiento de Jesús.
Y nos queda una última pregunta para nuestra reflexión. Antes de hacer los preparativos los discípulos le preguntan a Jesús. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ puede parecernos una pregunta en cierto modo retórica porque solamente se trataba de que Jesús les diera las indicaciones precisas. Así fue y así prepararon ellos la cena de pascua, que luego ya veremos su celebración.
Pero es una pregunta que no se tiene que convertir en retórica para nosotros sino que es preguntarnos en cierto sentido ¿Cómo vamos nosotros a preparar y a celebrar la cena de pascua? Siempre es importante, porque ahí está toda esa preparación espiritual que hemos venido haciendo a través de toda la Cuaresma y lo que en estos días ya cercanos a la pascua nosotros seguimos haciendo.
Pero hay algo más. Este año se nos dan unas circunstancias especiales en que no podremos participar presencialmente en ninguna celebración. ¿Significa eso que no vamos a celebrar la pascua nosotros este año? Creo que nos damos cuenta que va a ser una pascua muy especial, pero que espiritualmente hemos de vivirla con toda intensidad. No tienen que pasar estos días al no poder participar en las celebraciones como si fueran un día más sino que hemos de saber buscar esa interioridad en nuestra casa, con nuestras familias si tenemos la oportunidad, para meternos de lleno en el misterio pascual de Cristo.
Es lo que tenemos que plantearnos, ¿cómo lo vamos a hacer? ¿Qué silencio e interioridad voy a poner en mi vida? ¿Cuáles son las cosas concretas que voy a hacer para poder vivirlo en toda intensidad aunque solo sea en mi hogar o siguiendo la trasmisión de las celebraciones que podamos tener por los medios de comunicación o las redes sociales? ¿Qué conexión le voy a dar a esta celebración con la realidad de sufrimiento que vive nuestra sociedad hoy? Es muy importante este punto y esta pregunta de cómo y dónde voy yo a celebrar la pascua este año.

martes, 7 de abril de 2020

Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche



Cuidemos de no sentirnos envueltos en la noche de las dudas y de las angustias sin esperanza ante lo que vivimos como cuando salió Judas del cenáculo y era de noche

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38
En ocasiones pasamos por situaciones que bien porque nos sorprenden por inesperadas, porque en la problemática que vivimos los momentos se nos vuelven dolorosos, incomprensibles, no les encontramos un sentido, porque captamos en nuestro entorno también las dudas e incertidumbres que llevan tantos a nuestro lado que aunque no nos lo digan sin embargo somos capaces de captar que algo pasa, en que se nos van acumulando emociones y sentimientos encontrados, en que estamos a punto de estallar y algunas veces no sabemos ni como reaccionar.
Son las problemáticas de la vida de cada día que para cada uno tiene su misterio, o es lo que sucede en nuestro mundo, como ahora mismo podemos estar pasando con la crisis que nos envuelve. ¿Qué hacemos? ¿Dónde encontrar luz y sentido? ¿Cómo hacernos fuertes para sobrellevar todo lo que se nos viene encima? Hace falta una fortaleza del espíritu grande, como necesitamos a nuestro lado también personas fuertes que nos den esperanzas y levanten nuestro ánimo, nuestro espíritu.
El pasaje del evangelio que se nos ofrece en este día de martes santo que nos sitúa en los prolegómenos de la cena pascual, con la tensión en los discípulos que intuían que algo grave y gordo podía suceder, y digo intuían porque no habían sabido interpretar las palabras de Jesús que tantas veces se lo había anunciado, nos va ofreciendo la diversidad de sentimientos y emociones que van aflorando en el grupo de los discípulos que están en torno a Jesús para aquella cena pascual.
Hay una gravedad y hasta solemnidad en el momento y podíamos decir que las conversaciones se hacen murmullos, o serán las señas con las que quieren comunicarse unos a otros con miradas interrogantes, con sorpresa en el corazón, con gesto de generosidad, pero también de alguna manera con culpabilidades que pueden aflorar y no saben como asumir.
Con la emoción más profunda y que casi se quiebra en la garganta Jesús comienza diciéndoles que uno de los presentes esa noche le va a entregar. Podemos imaginar la sorpresa, las preguntas que se agolpan aunque casi no se pueden pronunciar, las miradas que unos a otros se dirigen quizá con cierta desconfianza, los sentimientos y emociones están muy encontradas. Solo el discípulo más cercano a Jesús porque casi se recuesta sobre su pecho, según la forma de colocarse a la mesa para la comida, podrá escuchar la respuesta de Jesús a su pregunta, pero que tampoco sabrá entender y descifrar claramente.
Solo escucharán a Jesús que le dice al Iscariote que lo que tiene que hacer que lo haga pronto, pero no saben interpretar sus palabras. Y Judas que ha tomado el pan que Jesús le ha ofrecido sale inmediatamente. Pero como dice el evangelista y ahora sí que nos quiere expresar muchas cosas, salió a la noche. Había entrado la oscuridad de la noche en el alma de Judas Iscariote, y aunque luego vaya al huerto acompañado de mucha gente que iluminaba el camino con antorchas para Judas seguía siendo de noche.
Y Jesús en aquel ambiente de tristeza, de angustia, de oscuridad en cierto modo les habla de que va a ser glorificado. A donde va a ir El no podrán seguirle los discípulos en ese momento. Ya veremos más tarde en el huerto que tras el prendimiento de Jesús todos le abandonaron y huyeron. Pero está el fervor y el entusiasmo de Pedro dispuesto a seguirle a donde sea y aunque todos le abandonen él no le abandonará. Qué malo es sentirse tan seguro de uno mismo sin medir de verdad sus fuerzas, sin reconocer seriamente sus debilidades. Y es cuando Jesús se lo anuncia, antes que el gallo cante esa noche dos veces, Pedro ya le habrá negado tres.
Bueno, y nosotros ¿qué? Hay también oscuridades, y angustias, y dudas y miedos, y momentos de fervor que parece que nos queremos comer el mundo al que le siguen nuestras debilidades que no siempre queremos reconocer. Y tenemos ganas de encerrarnos o de huir, porque ya no sabemos a qué carta quedarnos. Y nos sentimos envueltos por muchas oscuridades que nos hacen mirar el futuro con cierto temor, el más inmediato porque no sabemos lo que nos va a pasar mañana, o el que puede venir después que pase todo lo del momento presente. ¿Perderemos la paz? ¿Perderemos la estabilidad de nuestro espíritu? ¿Buscaremos camuflajes, disculpas, entretenimientos, sueños insulsos para no ver la realidad? ¿Dónde ponemos nuestra fe y nuestra esperanza en todo esto?
Oremos al Señor llenos de confianza con el salmo: ‘A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame…’ El Señor es nuestro alcázar y nuestra fortaleza, nuestra roca de refugio y nuestra esperanza, en quien ponemos toda nuestra confianza. Que sea así de verdad en nuestra vida y no nos faltará la luz. Cuando nos falta Dios en nuestra vida todo se vuelve noche oscura.

lunes, 6 de abril de 2020

Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania



Inundemos con el perfume de nuestra fe la sala del banquete de la vida sabiendo vivir en el seno familiar la presencia del Señor como el perfume de María de Betania

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12, 1-11
Las normas más elementales de educación, de urbanidad, de buenas maneras nos señalan que a quien recibimos en nuestra casa, no lo dejamos a la puerta como si fuera un desconocido sino que lo hacemos pasar; según sea la confianza y el grado de amistad que se tenga lo recibimos formalmente en lo que llamamos la sala de recibir, o lo pasamos si hay más confianza a lugares más comunes de la casa; igualmente le ofrecemos si quiere tomar algo como un gesto de acogida y si fuera en horas de comida según sea el respeto o la confianza lo invitamos también a sentarse a nuestra mesa. Es la acogida y la hospitalidad; son las buenas maneras y el respeto que nos merece la persona.
En los pueblos antiguos era usual el ofrecer agua para lavarse y para tomar, lo que nos parecer natural dadas las condiciones y la precariedad de calzadas y caminos, y el polvo y suciedad que se iba recibiendo al caminar; pero junto a ello se podía ofrecer también un perfume – y pensemos en lo dados a los perfumes que son los pueblos orientales para situarnos en el hecho que nos presenta hoy el evangelio – que podía hacer más agradable la presencia de la persona que llegaba sudorosa del camino y vete a saber con qué olores.
El episodio que hoy nos presenta el evangelio nos trae a la memoria otro hecho similar, cuando aquella mujer pecadora se atrevió a meterse en la sala del banquete que se le ofrecía a Jesús en la casa de Simón, el fariseo, y lavando los pies con sus lágrimas se los ungía al tiempo con perfume. Ya recordamos como Jesús poco menos que le echa en cara a Simón que no ha cumplido con las leyes de la hospitalidad porque ni le había ofrecido agua ni tampoco lo había ungido con perfumes, como hacia en aquel momento aquella mujer.
Dos episodios con unos gestos semejantes, pero que sin embargo tienen sus diferencias, pues si entonces había sido una mujer pecadora que le mostraba su amor lleno de arrepentimiento a Jesús con aquellos signos, ahora es María, la hermana de Lázaro al que Jesús había resucitado recientemente, la que expresaba con aquel carísimo perfume el agradecimiento por la obra del Señor en sus vidas.
Vemos cómo por medio se tergiversan las intenciones cuando Judas comentaba que aquel dinero del perfume se podría haber dado para los pobres, pero a lo que Jesús responde haciendo referencia de aquel perfume con la unción con perfumes que habría de recibir después de su muerte. Más tarde veremos a una María y a unas buenas mujeres acudir al sepulcro en el primer día de la semana pensando en realizar las unciones preceptivas que no habían podido realizar en la tarde del viernes por adelantarse la hora de la parasceve, de la preparación de la cena pascual.
Y aquí andamos nosotros también en momentos de preparación a la celebración del triduo pascual, en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Este año, si queremos verlo así, con unas características especiales si queremos verlo así, por los momentos que vivimos; quizá en otras ocasiones en nuestras comunidades andábamos muy agobiados en estos días con la preparación de muchas cosas, pero que quizás, hemos de reconocerlo, nos podían distraer en cosas secundarias de lo que era lo principal. Más preocupados andábamos de la preparación de nuestros templos y de sus adornos, ya fuera para el monumento del Jueves Santo, como para las procesiones que se realizaban. Pero ¿qué era lo que en verdad había que preparar?
Ese año ha de predominar la austeridad de tal manera que no habrá ninguna manifestación externa y no se podrán tener las celebraciones con la asistencia de los fieles. Para algunos pudiera ser como un escándalo que nos disperse y nos pueda hacer olvidar del todo los días en que estamos; alguien me decía en su confusión, no hay semana santa. Una oportunidad, sin embargo, para que busquemos la vivencia honda que en la soledad de nuestros hogares tendríamos que saber encontrar, un motivo también para que esos momentos los tengamos en un sentido de comunidad familiar, verdadera iglesia doméstica, que vive y celebra el misterio del Señor.
Yo diría que es el perfume costoso – y no lo digo por el sentido del dinero sino por lo que nos puede costar el esfuerzo – que hemos de saber preparar para vivir estos días nuestra fe desde el ámbito familiar. Una de las cosas positivas que algunos nos están ayudando a reflexionar sobre lo que estamos viviendo estos días es el hecho de la profundización en el encuentro familiar, cuando obligatoriamente tenemos que estar juntos en familia.
Pues a eso positivo le podemos dar aún mayor hondura cuando llegamos a saber poner en el centro de nuestro hogar, en el seno más íntimo y profundo de la familia la presencia del Señor y la celebración de nuestra fe. Qué hermoso perfume tiene que brotar de nuestras familias unidas en una misma fe y que tendría que difundirse, como se difume la intensidad del olor de un perfume, entre todos los que nos rodean.

domingo, 5 de abril de 2020

Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres



Con la óptica del amor manifestado en Jesús hacemos hoy la lectura de la pasión y miramos a nuestro mundo y sus sufrimientos, angustias, miedos e incertidumbres

 Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66
La celebración de este domingo comienza con aires de triunfo y cantos de victoria pero siempre con el telón de fondo de la pasión y de la muerte. Todo tiene aires de pascua aunque a este domingo lo llamemos de pasión y la pascua la reservemos para el domingo de la resurrección. Pero tiene aires de pascua, porque es el paso del Señor.
Decimos que tiene aires de triunfo pero sin embargo los signos que acompañan son bien humildes y sencillos, porque simplemente es el pueblo sencillo, son los niños los que aclaman los hosannas en honor de Jesús y toda la expresión de una entrada triunfal es sin embargo en un humilde borrico con los mantos de la propia gente no ya como colgadura sino como alfombra. Sin embargo, decimos y con toda razón, entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.
El triunfo no estaba solo en aquel momento que seria simplemente algo ocasional motivado por las noticias que llegaban de lo sucedido en Betania días atrás y por eso las gentes sencillas que caminaban a Jerusalén para la pascua, unen sus cantos de alegría por la llegada a la ciudad santa que todo peregrino experimentaba con las noticias que les llegaban de Jesús y su aclamaciones - ¿no serian principalmente galileos que tras la bajada del Jordán ahora a través del monte de los olivos llegaban a Jerusalén? – eran para Jesús al que consideraban muy suyo, el profeta de Galilea.
Pero el triunfo verdadero iba a estar en todo lo que en los próximos días sucedería en Jerusalén con el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz. Son las sorpresas de Dios aunque parezcan incongruentes a los ojos de los hombres. Era lo que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos y ahora se hacia realidad profunda en El mismo. ¿Quién sería grande e importante? El que se hiciera el último y el servidor de todos, había enseñado Jesús.
Aquí estaba ‘el que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y tomó la condición de esclavo…’ que nos hará reflexionar san Pablo con aquel himno de las primeras comunidades cristianas. ‘Y se humilló a si mismo, pasando por uno de tantos, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz’, que continuará diciéndonos el apóstol. Ahí está el verdadero camino del triunfo, ahí tienen que sonar los cantos de victoria. Lo estamos contemplando, lo hemos celebrando en este domingo. Y como concluye el himno que nos transmite san Pablo ‘por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’.
Con esa óptica escuchamos hoy la lectura de la pasión. Es la óptica del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Es la óptica del amor de quien se humilló y se entregó obediente hasta la muerte. Es la óptica que va a dar sentido al sufrimiento porque es ofrenda de amor. Será la óptica a través de la cual nosotros tenemos que mirar nuestro mundo y sus sufrimientos, las circunstancias concretas que vivimos y también ¿por qué no? las angustias de tantos a nuestro lado, y nosotros mismos también, llenas de incertidumbres y hasta desconfianzas. Es la óptica con la que tenemos que vivir también esta semana santa tan especial que quizá a muchos desconcierte y hasta la pueda hacer llenar de dudas su corazón.
Seguimos hablando de triunfo y de victoria aunque esas amarguras que llevamos en el alma parezca que nos impiden cantar. Pero aunque no tengamos solemnes celebraciones ni pomposas o devotas procesiones nosotros sí queremos estar celebrando el misterio de Cristo con el mismo entusiasmo y con la misma fe desde el fondo de nuestro corazón. Nuestra confianza la tenemos puesta en el Señor.
Para los que seguían a Jesús todo aquello que sucedía en Jerusalén con Jesús y que de alguna manera les atañía a ellos también, pudiera ser que les aparecieran muchos temores y muchas angustias, en cierto modo hasta podían desconfiar si había merecido la pena aquello de seguir a Jesús, de ser su discípulo. Podían haber tupidos velos de duda y de temor que en cierto modo les obligaron a encerrarse en el cenáculo. Pero allí aún seguían esperando. Aunque no habían entendido muy bien lo que Jesús les había anunciado una y otra vez, El les había hablado de resurrección, de que al tercer día el Hijo del Hombre resucitaría. Y allí los encontraría Jesús en la tarde de la resurrección.
A pesar de todos los pesares de los momentos que vivimos nosotros queremos tener puesta toda nuestra fe, toda nuestra confianza en el Señor, en la Palabra de Jesús. Y estando incluso como estamos, teniendo también que estar encerrados en el cenáculo de nuestras casas, nosotros seguimos confiando, nosotros seguimos teniendo en nuestro corazón esos cantos de triunfo con los que iniciamos la semana santa con la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén.
No nos pueden faltar esos ‘hosannas’ en nuestro corazón para que podamos llegar al ‘aleluya’ de la resurrección. Será el domingo de pascua, pero pensemos que pascua estamos ya viviendo porque a través de todo esto el Señor sigue pasando por en medio de nuestra vida, el Señor sigue caminando junto a nosotros. Signos son de esa presencia de Dios en medio nuestro son tantos que se están dejando la vida en estos días para atendernos en multitud de servicios, o están cuidando de los que están pasando por este azote del virus o se ven incluso abocados a la muerte. En ellos, en unos y en otros, llega también Dios junto a nosotros para que podamos tener vida de la mejor y en plenitud.