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sábado, 7 de julio de 2018

Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza


Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza

Amós 9,11-15; Sal 84; Mateo 9,14-17

Tomarse en serio las cosas de la vida, las responsabilidades que asumimos, o el planteamiento de un plan de vida que nos mejore a nosotros y mejore nuestro mundo no significa que tengamos que ir por la vida con el ceño fruncido, con cara que algunas veces parece de amargura como si lleváramos siempre un dolor atravesado en la espalda.
Nos encontramos demasiadas caras serias que marcan distancias en las personas con las que nos cruzamos; faltan sonrisas en la vida que nos haría más agradable el deambular por la existencia porque una cara sonriente nos facilita la cercanía y la comunicación. Nos falta muchas veces una cierta espontaneidad y que se nos manifieste el gozo que sentimos por aquello que hacemos o que vivimos. La forma en que vamos muchas veces nos hace parecer que no sentimos satisfacción en el trabajo que realizamos.
Y esto que me digo en todas las facetas de la vida, de nuestras relaciones y nuestra convivencia nos lo encontramos demasiado también entre los cristianos. No terminamos de vivir la alegría de nuestra fe. Nos fijamos en ocasiones en muchas personas que son muy piadosas, que las vemos continuamente en la iglesia, no se pierden ningún acto religioso o piadoso que se realice en nuestros templos, que van de novena en novena y de promesa en promesa, pero si nos fijamos en sus rostros parecen siempre madres de los afligidos. Puedo parecer exagerado pero con demasiada frecuencia nos encontramos con esas personas que porque quieren ser buenas y religiosamente muy cumplidoras sin embargo parece que siempre están con las lagrimas asomando a sus ojos.
Creo, repito, que tenemos que vivir con más intensidad la alegría de nuestra fe y expresarlo y manifestarlo en nuestros rostros, en nuestros gestos en las posturas que vamos tomando en la vida. Creo que quien pone toda su fe en Jesús y quiere vivir siempre los valores del evangelio ha de saber sobreponerse por encima de dificultades o los problemas que nos van apareciendo en la vida para no perder nunca la paz y la serenidad. Sabemos de quien nos fiamos, sabemos con quien caminamos, sabemos quien esta no solo a nuestro lado sino en nuestro mismo interior. Es el espíritu de la paz y de la alegría que nos llena de esperanza y que en El sentimos la fuerza para enfrentarnos con energía y con confianza a las negruras que nos puedan aparecer en la vida.
No olvidemos que una de las imágenes mas repetidas para expresarnos lo que es el Reino de Dios es un banquete de bodas. Y ahí no puede haber ni llanto ni dolor, sino todo tiene que ser alegría y paz, porque se manifiesta la ternura y el amor, que nos lleva a sentirnos cercanos y gozosos de los hermanos que caminan a nuestro lado. Es un testimonio que tenemos que dar. Esa paz y esa alegría del espíritu que se manifiesta en la claridad y resplandor de nuestros rostros son los mejores signos para atraer a todos a los caminos del evangelio.
En el evangelio hoy vemos que le preguntan a Jesús por que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos o los discípulos de Juan. Y ya vemos la respuesta de Jesús. No pueden ayunar los amigos del novio cuando están participando del banquete de su boda. Decir ayuno entonces entrañaba luto y tristeza. Es lo que ya no quiere Jesús. El está con nosotros.
Son muchas las cosas y los estilos que tienen que cambiar en nuestra vida cuando nos vamos tomando en serio el evangelio. Por eso nos habla hoy en el evangelio que no es cuestión de remiendos, sino de vestidos nuevos para hombres nuevos, de odres nuevos para vino nuevo. Dejémonos renovar por el Espíritu. Que se manifieste claramente la alegría de nuestra fe.

viernes, 6 de julio de 2018

Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros


Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

¿A quien sentamos a nuestra mesa? Lo normal es que sea alguien con quien sintonizamos, nuestra familia, nuestros amigos, las personas más cercanas a nosotros. Así lo vamos haciendo en la vida desde siempre con toda naturalidad y nadie nos puede decir nada porque escojamos a aquellas personas con las que compartimos mesa. Hacemos fiesta en casa porque celebramos algún acontecimiento personal o familiar, y allí estamos rodeados de nuestra familia, de nuestros amigos; un día nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no veíamos, un antiguo compañero de estudios, alguien que vivió a nuestro lado pero que las circunstancias de la vida quizás haya llevado lejos y entre las muestras de afecto que manifestamos nos decimos que vamos a tomar algo juntos. Invitamos a nuestros amigos y ellos nos invitan a nosotros y así entramos en un círculo del que parece difícil salir.
Pero ¿nos atreveríamos a romper ese círculo? Compartir una mesa es algo más que tomar un necesario alimento que nutra nuestro cuerpo. Sentarnos juntos alrededor de una mesa y compartiendo una comida es también dejar que se nutra nuestro espíritu; compartimos amistad y afectos, compartimos ilusiones y esperanzas, pero compartimos también nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras angustias. Es compartir una vida.
Pero ¿no habrá alguien cerca de nosotros que esté hambriento de tener con quien compartir? Vamos por la vida encerrados en nosotros mismos o solamente en los nuestros, esos que por afecto tenemos más cercanos, que se desenfoca nuestra visión para no ser capaz de ver quienes están cerca de nuestro camino y con quien también podríamos compartir. Nuestra insensibilidad parte algunas veces de ese ensimismamiento en que vamos por la vida quizá pensando solo en nuestras cosas, pero también hemos de reconocer que muchas veces hacemos consciente o inconscientemente discriminaciones con los que nos rodean.
Hay quien no nos cae bien y ya para siempre lo apartamos; alguien un día nos molestó por algo, y ya para nosotros como si no existiera; personas que por su aspecto o apariencia, porque son distintos o porque son quizá de otro lugar o color de piel, y con ellos no nos queremos mezclar. Y vamos haciendo prevenciones en nuestro interior con quien queremos andar y a quienes queremos dejar a un lado en la vida. Nos llenamos de prejuicios, aceptamos cualquier cosa que nos digan en contra de los demás y así vamos andando por la vida.
Pero ¿nos hemos parado a hablar alguna vez con esas personas? ¿Sabemos realmente lo que piensan o como son? ¿Qué conocemos de sus aspiraciones o de sus inquietudes? No los conocemos y los juzgamos y quizás tengan más nobleza en su corazón que nosotros. Decíamos antes que tenemos que romper el círculo que nos encierra para saber abrirnos a los demás y poder llegar a compartir con más gente no solo nuestra mesa sino nuestra amistad.
Alguien podría decirme quizá que a qué viene esta reflexión que no parece que tenga que ver con el evangelio que hoy se nos propone. Es cierto que habla de la vocación de Mateo, un publicano. Pero ya hemos visto que por allí había quien se preguntaba cómo era posible que Jesús metiera en el círculo de sus amigos a un publicano y se sentara a la mesa a comer con ellos. Es de lo que venimos hablando. Jesús rompe el círculo, y lleva consigo a un publicano, que tan despreciado era por la gente de su tiempo. Y aquel publicano de entonces es el que nos ha trasmitido el evangelio de Jesús, ‘el evangelio según san Mateo’.
Jesús viene a buscar a todos y a contar con todos. Jesús busca el corazón de las personas para que se dejen transformar por el amor. Es el medico que viene a curar a los enfermos, que viene a curar nuestros corazones. Y Jesús quiere contar también con nosotros, que también somos pecadores, enseñándonos como nosotros debemos saber contar con todos y ser capaces de sentar a nuestra mesa, a la mesa de nuestra vida, a muchos más que nuestros amigos o personas cercanas a nosotros.

jueves, 5 de julio de 2018

Necesitamos escuchar la palabra amiga de Jesús que nos tiende su mano y nos dice ¡Ponte en pie…! llevándonos a vivir con toda plenitud



Necesitamos escuchar la palabra amiga de Jesús que nos tiende su mano y nos dice ¡Ponte en pie…! llevándonos a vivir con toda plenitud

Amós 7,10-17; Sal. 18; Mateo 9, 1-8

Nos gustaría vivir la vida de manera alegre, con nuestras responsabilidades y trabajos sí, pero sin que hubiera sobresaltos o nos sobreviniesen problemas, dificultades o limitaciones que nos pusieran a prueba. Pero bien sabemos que en la vida vamos teniendo de todo; de alguna manera de nosotros depende cómo nos enfrentemos a esas situaciones para no perder el ánimo ni la paz, pero sabemos que no siempre lo conseguimos.
Nos aparecen problemas y contratiempos, llega una enfermedad que nos pone a prueba y muchas veces las limitaciones, incluso físicas, que nos pueden aparecer parece que nos superan y merman fuertemente nuestras capacidades, o el alcanzar quizá aquellas metas que nos habíamos propuesto. Como decíamos, de nosotros depende de cómo nos enfrentemos a ello, pero muchas veces parece que caemos un pozo, nos hundimos, nos deprimimos, no queremos sino quedarnos postrados lamiéndonos en nuestros lamentos.
Necesitamos una mano amiga que nos levante, saber descubrir que aun hay posibilidades en nuestra vida, que no tenemos por qué perder la paz. Puede aparecer el amigo o la persona buena que sepa estar a nuestro lado y nos dé ánimo. Muchas veces lo necesitamos porque por nosotros mismos no sabemos salir de ese pozo en que hemos caído. Hemos también de saber tener la humildad de reconocerlo y de pedir ayuda. Habrá una fuerza interior que nos impulse; podemos sentir la fuerza sobrenatural de la gracia que llega a nosotros por diferentes medios que nos levante. Hemos de saber abrirnos, aunque nos cueste, a algo que nos trasciende, que nos lleva más allá y nos levanta, porque no podemos quedarnos postrados en esa camilla de nuestros males o nuestras limitaciones.
Hoy el evangelio nos habla de un hombre postrado en su camilla. Las limitaciones físicas de su parálisis - ¿solo las limitaciones físicas? – le tenían allí postrado. Pero hay alguien que le ayuda, unos amigos, unos familiares, unas personas compasivas lo llevan hasta Jesús. El hombre anímicamente está dando pasos porque se deja conducir en busca de salud. Lo sorprendente es que Jesús la primera palabra que tiene para aquel hombre es ofrecerle el perdón. Ya sabemos todo lo surgió a su alrededor en los que decían que Jesús blasfemaba atribuyéndose un poder que no tenia. Pero, ¿cuál sería la reacción del paralítico? Había venido a que lo curaran. Allí seguía postrado.
Aparte de lo que Jesús quiere hacerles comprender a aquellas gentes de que tenia el poder del perdón de los pecados, dirigiéndose directamente al hombre de la camilla le dice: ‘Ponte en pie, levántate, coge tu camilla, vuelve a tu casa’.
‘Ponte en pie…’ no te quedes postrado. Aléjate ya para siempre de las sombras, las oscuridades hay que hacerlas desaparecer de la vida. Lo que pesaba en el corazón de aquel hombre Jesús ha querido curárselo, quiere que tenga paz en su corazón, que se sienta hombre nuevo y renovado. No es solo el movimiento de sus piernas lo que aquel hombre necesita. Eso lo puede hacer. Pero tiene que dejarse liberar de sus postraciones, de sus oscuridades y temores, de sus agobios y desesperanzas. Ha de saber poner luz en su vida. Y Jesús le cura, Jesús le trae la paz, Jesús lo levanta de su postración, Jesús le invita a que vuelva con los suyos con sus luchas y con sus alegrías, Jesús le invita a seguir viviendo la vida con intensidad, que ponga verdadera alegría en su vida.
¿Será lo que nosotros también necesitamos?

miércoles, 4 de julio de 2018

No cerremos los ojos al testimonio de lo bueno que podamos encontrar a nuestro lado, ni nos hagamos oídos sordos a la llamada al bien y la rectitud



No cerremos los ojos al testimonio de lo bueno que podamos encontrar a nuestro lado, ni nos hagamos oídos sordos a la llamada al bien y la rectitud

Amós 5,14-15.21-24; Sal. 49; Mateo 8,28-34

Hay ocasiones en que parece que nos sentimos incómodos ante la presencia de otra persona; y no es por lo que de entrada podríamos estar pensando sino todo lo contrario. No son personas desagradables, no son personas que nos puedan dar mal ejemplo por su vida inmoral, no son esas personas quisquillosas que siempre nos están hurgando para pincharnos o para molestarnos.
Es precisamente la rectitud de sus vidas, su ejemplaridad lo que nos puede resultar incómodo porque su sola presencia o el recuerdo de su rectitud son para nosotros como un espejo en que nos vemos, pero vemos quizá muy claramente los claroscuros de nuestra vida, más bien las cosas oscuras que puede haber en nosotros. Sin reprocharnos con sus palabras, su vida es un reproche para nosotros porque nos hace pensar quizá en nuestro mal camino.
Y ya sabemos que en momentos así podemos tener la buena reacción de hacernos pensar en nosotros mismos dándonos cuenta de lo que tendríamos que superar y mejorar en nosotros siendo para nosotros un estimulo de superación, pero también podríamos tener una actitud negativa de rechazo o incluso, y ahí estaría más clara nuestra maldad, de arrojar sombras sobre ellos con criticas y murmuraciones para desprestigiar.
No será algo que hacemos habitualmente o nos sucede pero testigos sin embargo sí somos de posturas así en mucha gente. Tengo ganas de encontrarme con alguien en la vida publica que sea capaz de valorar los aciertos y las cosas buenas que hacen sus oponentes ideológicos; ya sabemos demasiado como se camina por esos caminos.
Cuando escuchamos el evangelio de hoy nos puede producir extrañeza lo que sucede en aquella región de los gerasenos a donde había acudido Jesús. Pero ¿no será algo semejante a lo que hacemos tantas veces, como veníamos reflexionando?
Era una región mayoritariamente pagana. Si hubieran sido judíos no se hubieran dedicado al cuidado de los cerdos, porque es un animal impuro para el judío que ni siquiera podían tocar. Cuando Jesús desembarca allá se encuentra con un hombre poseído por un espíritu que en cierto modo le reconoce, pero le rechaza. ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ es el grito de rechazo con que le recibe.
Jesús que viene a liberarnos del mal, libera a aquel hombre de aquella posesión diabólica, y luego ya lo veremos en calma y sin aquellos ataques de locura que solía andar por aquellos parajes. Pero las gentes del pueblo al enterarse de lo sucedido y como la piara de cerdos acantilado abajo a caído al lago ahogándose, ahora le piden a Jesús que se vaya de allí. Podríamos pensar, si ha liberado a aquel hombre del mal que con sus locuras atormentaba a todos los vecinos, ¿cómo es que no quieren a Jesús, rechazan a Jesús?
Es el rechazo del bien, de lo bueno y de lo justo cuando quizá en la vida privan nuestros intereses egoístas y ambiciosos. No queremos ver, ni queremos que nos hagan ver. No queremos que nos digan ni nosotros escuchar, ni ver tampoco delante de los ojos el testimonio de la bueno que nosotros tendríamos que realizar. Cuántas veces cerramos los ojos; cuantas veces no queremos encontrarnos con aquel amigo, con aquella persona que nos puede decir algo que nos haga pensar. Cuantos rodeos damos en la vida para persistir en nuestros vicios o malas costumbres. De cuántas maneras queremos acallar nuestra conciencia. Da qué pensar.

martes, 3 de julio de 2018

Caminamos guiados por la fe sabiendo cual es nuestra meta y que Jesús mismo es nuestro camino



Caminamos guiados por la fe sabiendo cual es nuestra meta y que Jesús mismo es nuestro camino

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29

Vamos a caminar, nos invita un amigo; y lo primero que decimos es ¿a dónde vamos? Queremos saber a donde vamos, queremos saber la meta, así nos haremos una idea del camino o nos trazaremos una ruta; pero también nos confiamos de aquel que  nos invita y nos dejamos conducir por la confianza, aunque dentro de nosotros tengamos la incertidumbre, la duda, el interrogante.
El camino nos abre a otros horizontes, a conocer algo nuevo o a disfrutar de nuevo con mayor hondura de lo ya conocido; pero el camino en ocasiones se nos puede hacer costoso, no faltan dificultades, habrá momentos oscuros que parece que no sabemos si vamos errados o a donde realmente nos lleva aquel camino; pero si nos dejamos orientar, nos dejamos conducir, nos abrimos a esas nuevas posibilidades seguramente al final diremos que ha merecido la pena.
Muchas mas cosas podríamos reflexionar sobre lo que puede significar ponerse en camino porque ya no se trata solamente de que queramos a un lugar geográfico sino que con ello estamos queriendo expresar también lo que es la vida misma, un camino. Buscamos metas, queremos tener ideales, queremos tener un sentido, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, nos vemos confundidos en ocasiones porque parece que perdemos el rumbo, nos hace entrar en soledad y en silencio porque el camino nos ayuda a pensar, a reflexionar, a revisar, a buscar.
Malo sería que perdiéramos el rumbo, pero peor es no tener una meta, horrible encontrarnos sin sentido de lo que hacemos o por que vivimos. Angustias en nuestro interior, momentos de serenidad y sosiego, satisfacciones honda cuando vamos consiguiente metas. Es todo lo que nos va apareciendo en la vida de cada día.
La liturgia hoy nos invita a celebrar a un apóstol que por los pocos retazos que nos da el evangelio estuvo en ese camino de búsqueda y que le costó encontrar lo que de verdad llenaría su corazón porque hasta el final seguía habiendo dudas en su corazón. Muchas veces lo maltratamos – es una forma de hablar – porque pensamos en Tomás el de las dudas, al que le costó creer, pero creo que es algo positivo en su vida.
Hay un momento en la cena pascual que exclama en medio de todo lo que Jesús les está diciendo. ‘No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ Se encontraba confundido. Había seguido a Jesús, no sabemos cómo fueron sus comienzos pero en algún momento sintió la llamada del Señor, pero ahora en las vísperas de la pasión con todo aquello que Jesús está anunciando se encuentra confundido, desorientado. ‘Tanto tiempo con nosotros ¿y aun no me conoces?’, le dirá Jesús. ‘Quien me ve a mi ha visto al Padre’, dirá Jesús ante otra pregunta de otro de los discípulos, para terminar afirmando rotundamente ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Pero Tomás seguirá confundido y haciéndose preguntas porque no termina de creer todo lo que le dicen. ‘Hemos visto al Señor’, le dirán los otros apóstoles a su vuelta al cenáculo porque cuando la primera aparición de Jesús él no está allí. ‘Si no veo… las llagas de su mano, la llaga del costado… si no meto mis dedos, si no meto mi mano’. Aun no cree, tiene que palpar por si mismo, como tantas veces a nosotros nos sucede. Como nos pasa en el camino que queremos verlo claro, que queremos saber por donde pisamos, como decíamos antes.
Pero ya sabemos el camino. O deberíamos saberlo. Es Jesús, no hay otro camino. Es quien nos conduce a la plenitud, es quien nos lleva hasta el Padre. Con Jesús todo está claro, todo es luz, todo es vida, aunque puedan aparecer sombrar, aunque pueda haber momentos que nos parezcan de muerte, aunque se nos haga difícil el camino. Pero tenemos que saber aprovechar todo lo que sea el poder estar con El. Que no sintamos el reproche ‘tanto tiempo con nosotros y aun no me conocéis’.
Que importante que estemos con Jesús y nos sintamos inundamos por su presencia; estar con Jesús y empaparnos de su verdad y de su sabiduría; estar con Jesús y sentirnos iluminados; estar con Jesús y llenarnos de su vida. Así podemos hacer el camino, sabemos a donde vamos, conocemos el camino, nos sentimos fuertes aun en los momentos de mayor dificultad y debilidad.
‘Dichosos los que crean sin haber visto’, dirá Jesús al final cuando de nuevo se manifiesta y le ofrece sus llagas a Tomas para que meta su dedo y su mano. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclamará Tomas, tenemos que exclamar nosotros haciendo la más hermosa profesión de fe.


lunes, 2 de julio de 2018

Hay impulsos que nos hacen tomar decisiones importantes y hacen florecer en nosotros los mejores valores para el servicio a los demás


Hay impulsos que nos hacen tomar decisiones importantes y hacen florecer en nosotros los mejores valores para el servicio a los demás

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

En la vida vamos recibiendo como impulsos de aquellos acontecimientos que suceden a nuestro lado y nos impactan, del ejemplo y el testimonio quizá de una persona buena y entregada que camina a nuestro lado y que le vemos muy realizada y feliz en lo que hace, o en ocasiones de cosas que nos suceden que en principio nos hacen daño pero que en el fondo nos hacen pensar, de una palabra certera que escuchamos a alguien y que nos llamó la atención; esos impulsos nos hacen que tomemos decisiones, que quizá queramos darle un cambio de rumbo a nuestra vida, ponen ilusión y esperanza en nuestro corazón deseando cosas grandes y realizar también cosas semejantes a lo que vemos en esos testimonios que recibimos.
Así nacen las vocaciones, así descubrimos metas por las que luchar en la vida, así florecen quizá en nosotros valores que parecía que no teníamos pero que ahora vemos lo hermosa que nos pueden hacer la vida. Lo habremos experimentado en nosotros mismos, o vemos en nuestro entorno personas que cambian de un día a otro y viven una nueva entrega con mucho ánimo, con mucha ilusión.
Son buenos esos impulsos que de una forma podríamos decir primaria nos quieren poner en las sendas de nuevos caminos en la vida, pero en el fondo tienen que hacernos reflexionar seriamente porque decisiones importantes en las que se implica el rumbo de la vida no se pueden tomar a la ligera o solo desde esos impulsos. Somos seres racionales y desde la razón y con la razón además de con el corazón hemos de tomar las decisiones. Claro que quien se siente inundado por un amor superior que le invade y le supera envolviendo su vida, seguramente se dejará llevar por esa locura del amor.
En el evangelio hoy vemos como un letrado quizá entusiasmado por lo que está escuchando de Jesús o por el testimonio de las cosas que Jesús hace decide así de pronto seguir a Jesús. ‘Maestro, te seguiré adonde vayas’, le dice a Jesús. Había también contemplado como había discípulos más cercanos a Jesús que estaban siempre con El y le acompañaban a donde quiera que fuese. El quería formar parte de ese grupo, él quería estar con Jesús. Como cuando encontramos un amigo que nos ha llegado al corazón y le decimos que seremos amigos para siempre, o cuando alguien se ha sentido enamorado de alguien y ya desde el primer momento promete amor eterno.
Aunque como veremos luego Jesús nos exige radicalidad cuando hemos tomado la decisión de seguirle – porque no se puede poner la mano en el arado y volver la vista atrás ni dedicarnos solo a enterrar a nuestros muertos -, sin embargo nos pide que seamos reflexivos, que veamos hasta donde somos capaces de llegar, si seremos capaces de afrontar toda la entrega que se nos pide o tenemos claras cuales son las exigencias, hasta donde nos sentimos fuertes o hasta donde desde nuestra confianza pero también desde nuestra debilidad seremos capaces de ponernos en las manos del Espíritu que nos guíe.
‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza’, le dirá Jesús dándole a entender cual es la verdadera disponibilidad que tendría que haber en su vida. ¿Vamos buscando situarnos en la vida? ¿Vamos buscando una vida fácil? ¿Vamos buscando privilegios que nos hagan sentirnos por encima de los demás? ¿Vamos buscando satisfacer esas ansias de poder que en el fondo subyace siempre en nuestro corazón?
Sea cual sea la decisión que hayamos de tomar en la vida y que va a marcar su rumbo, nuestra entrega o nuestro servicio desde nuestros valores y desde nuestras capacidades, el espíritu ha de ser siempre el del servicio. Otras intencionalidades malean nuestro trabajo y cuando se trata de que lo hacemos por el Reino de los cielos serían cosas incompatibles. En eso tendrían que pensar quienes ejercieran una función en el servicio de la comunidad en cualquier ámbito social, y esto lo hemos de tener muy claro quieres queremos vivir una función pastoral, sea cual sea desde el Papa hasta el ultimo de los servidores dentro de la comunidad eclesial.

domingo, 1 de julio de 2018

Necesitamos llegar a atrevernos a tocar el manto de Jesús siquiera fuera por detrás, tomar la mano que nos tiende y escuchar la palabra que despierta nuestra fe




Necesitamos llegar a atrevernos a tocar el manto de Jesús siquiera fuera por detrás, tomar la mano que nos tiende y escuchar la palabra que despierta nuestra fe

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29;  2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43

Si hiciéramos como una lluvia de ideas sobre aspectos, detalles, mensajes que podemos encontrar en el evangelio de hoy nos encontraríamos como un torrente inmenso de cosas que tendríamos que resaltar. Nos habla de sanar y de curar, nos habla de dar vida o de arrancar de la muerte, nos habla de miedos y desconfianzas mientras al mismo tiempo aparece la fe y el atrevimiento que se mueve desde esa fe y que provoca confianza, nos habla de lágrimas y sufrimientos como nos habla también de desencantos y de cosas que parece que ya no se van a resolver, pero  nos entra también en detalles que nos manifiestan la atención de Jesús para quien no pasa nada desapercibo pero de la escucha y atención que presta Jesús a quien lleva el sufrimiento en el corazón porque a cada persona la mira en su realidad, nos habla de esperanzas y de vida. Un torrente inmenso aunque no somos exhaustivos en lo que hemos mencionado.
Todo se desarrolla en el corto trayecto que Jesús va a realizar desde el lugar donde la gente se arremolinaba en torno a El hasta la casa de aquel hombre que con fe y confianza ha venido a decirle que su hija está en las ultimas y le pide que vaya e imponga su mano sobre ella. Van apareciendo como claroscuros porque unas veces parece que brilla fuerte la fe mientras van rondando las sombras de muerte de las que parece que no podemos salir.
Como nos sucede en la vida. Momentos brillantes y momentos de sombras, momentos de ver florecer la vida y momentos en que ronda el sufrimiento y la muerte, momentos brillantes de entusiasmo donde caminamos con ilusión, pero momentos en que nos vemos hundidos en la impotencia, en la sensación de fracaso, en la pérdida de confianza incluso en nosotros mismos.
Ante la petición angustiosa, pero llena de fe y confianza de aquel hombre Jesús se pone en camino. Habrá que llegar pronto, pero la gente sigue arremolinada en torno a Jesús y casi no lo dejan caminar, aprietan por todos lados. Es el momento que aprovechará aquella mujer de las incontenibles hemorragias. Ocultándose entre la multitud porque nadie ha de enterarse de lo que le pasa porque su misma enfermedad era causa de impureza legal pero con una fe grande en Jesús se acerca por detrás porque piensa que son solo rozarle el manto será suficiente para curarse.
Pero ahí está el detalle de lo que antes mencionábamos de cómo Jesús está atento a la necesidad concreta de cada persona. ‘¿Quién me ha tocado?’ exclama Jesús mirando a su alrededor. Parece una pregunta innecesaria cuando va apretujado entre tanta gente, como le quiere hacer ver uno de los discípulos. Pero la salud y la vida han de resplandecer, aquella fe tiene que aparecer como un faro de luz en medio de cuantos les rodean. Temerosa aquella mujer se adelante para reconocerlo, pero solo merecerá las alabanzas de Jesús. ‘No temas, has tenido fe y te has curado’, le dirá Jesús.
Pero las sombras siguen apareciendo; quizá los empujones de la gente que impedían ir más deprisa, el haberse detenido ante aquella mujer, ha hecho que ya se llegue tarde a la casa de Jairo. Llega la noticia de que la niña ha muerto; vienen las sombras de las desilusiones y de la sensación de fracaso que tantas veces nos invaden. ‘¿Para qué molestar al maestro?’, escucha que le dicen al jefe de la Sinagoga.
Ya se escucha el llanto de las plañideras y se siente el aire de duelo que se ha apoderado de todos e invadido aquella casa. Pero la luz no se puede apagar. Hay que mantener encendida la lámpara, la lámpara de la fe. Y allí está quien puede alimentarla. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’, anima Jesús al padre de la niña. Y al llegar a la casa dirá que la niña no está muerta sino dormida.
Jesús escucha a todos y para todos tiene una palabra de luz y de vida. Con su mano levantará a la niña, ‘talita qumí (niña, levántate)’ le dice. Y como comentará el evangelista se quedaron todos viendo visiones, para expresar el asombro que sentían ante lo que había sucedido.
¿Necesitaremos nosotros llegar hasta Jesús para atrevernos a tocar su manto siquiera fuera por detrás? ¿Necesitaremos esa mano tendida de Jesús que nos invita a levantarnos porque nos dice que seguimos teniendo vida a pesar de las sombras que nos puedan rodear? ¿Necesitaremos esas palabras de ánimo cuando no viene la desilusión y el desencanto, que nos llegan lo cansancios y los miedos, cuando nos aparecen los miedos y temores, cuando tantas veces cobardes nos encerramos en nosotros mismos y no queremos ver por ninguna parte destellos de luz?
Sigue habiendo sombras en nuestra vida. Siguen habiendo sombras en la vida de cuantos nos rodean pero quizá no sabemos tener el detalle de pararnos junto a esa persona para ofrecerle una palabra de luz, una mano tendida, una mirada de ánimo, un gesto o un detalle de confianza para quitar temores y miedos, un caminar a su lado para estimularles a que encuentren también la luz.
En muchas cosas concretas podríamos traducir el mensaje del evangelio para que lleguemos al encuentro con Jesús, pero también para que nosotros seamos signos de luz para cuantos nos rodean. Miremos con sinceridad cada uno de los que van haciendo esta reflexión qué nos pide el Señor en nuestra vida persona y qué es lo podremos hacer en medio de ese mundo en el que vivimos inmerso también en tantas sombras.

sábado, 30 de junio de 2018

Una fe que nos abre a la trascendencia del misterio de Dios que obra en nosotros maravillas envolviéndonos en su amor


Una fe que nos abre a la trascendencia del misterio de Dios que obra en nosotros maravillas envolviéndonos en su amor

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19; Sal. 73; Mateo 8, 5-17

‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Es la petición que le hace aquel hombre que se presenta ante Jesús. Pero aquel hombre no es cualquiera, aquel hombre es un centurión romano; un gentil, un pagano, jefe de aquellas tropas de ocupación que dominaban sobre Israel. 
¿Qué pide? ¿A quien acude? ¿Acude a un médico que con sus remedios podía devolverle la salud al criado enfermo? ¿Acude a un taumaturgo porque ha oído hablar de las cosas maravillosas que realiza Jesús que va curando enfermos y sanando endemoniados allá por donde camina? Va con una angustia en su corazón, porque para él era muy valioso aquel criado que ahora está gravemente enfermo, pero también va con una certeza.
El es un militar con mando y está acostumbrado que sus órdenes se obedezcan. Es la disciplina. Y si Jesús tiene esos poderes taumatúrgicos sus ordenes su cumplirán, su palabra se realizará. Por eso va con esa certeza. Solo expone su necesidad. Lo demás quedaría por cuenta de Jesús.
¿Cuál es la fe de aquel hombre? ¿Pensará que eso de curar a su criado es como utilizar una máquina que automáticamente realiza aquello para lo que está programado? ¿Querrá ver con sus propios ojos cómo Jesús realiza la curación para asegurarse que su criado es curado? ¿Necesitará contemplar cómo Jesús llega y con su mano lo levanta? Jesús dice ‘voy yo a curarlo’. Florece entonces en el corazón de aquel hombre la fe. Es lo que Jesús quiere siempre despertar en nosotros. No simplemente buscar hechos portentosos, que se realicen o sucedan cosas maravillosas, que veamos el poder de Dios solamente como algo taumatúrgico, sino que ahondemos más en el corazón.
Algunas veces te dicen que si crees verdaderamente que una cosa sucederá ya es suficiente porque esa cosa se realizará. Algunos hablan del poder de la mente, de energías positivas que hay en ti o en la naturaleza y tú las aprovechas, como si solo fuera una fuerza que ya hay en ti; que las cosas sucederán por si mismas y que entonces no necesitamos acudir a Dios. Vemos muchas confusiones en estas cosas, se nos crean algunas veces verdaderos conflictos en nuestro interior; pareciera que estamos luchando con unas fuerzas negativas que no sabemos de donde aparecen pero que se pueden apoderar de ti. Es algo más allá de lo natural, pero no termina de entrar en lo sobrenatural en relación con Dios.
Aquel hombre cree con toda la fuerza de su corazón, pero no es él quien va a realizar el milagro por las fuerzas positivas que pudiera haber en él. En el fondo de todo lo que sucede, de lo que pide y de lo que dice hay algo trascendente que le hace ir más allá del ahora y de lo natural; ante todo ese misterio que vislumbra él, poderoso en la tierra, se siente pequeño e indigno. ‘No soy digno de que entres en mi casa’. No es una indignidad que pueda sentir ante otra persona, sino ante el misterio sobrenatural que en su fe él está vislumbrando en Jesús.
Es cierto que Jesús le dirá que por su fe el criado se ha curado, pero en la fe que él ha puesto en el misterio de Dios que para él se manifiesta en Jesús. Es necesario tener fe para abrir el corazón a Dios, vislumbrar su misterio, hacer trascender su vida, y sentirse envuelto en esa inmensidad del amor de Dios que nos transforma.  No es fe para que las cosas se realicen, por así decirlo, de una forma automática, como quien toda un botón y hace brotar el café que está contenido en aquella máquina.
Es la fe que nos abre al misterio de Dios; es la fe que nos hace sentirnos envueltos por su presencia; es la fe que va transformando nuestro corazón por la fuerza de la gracia de Dios que nos inunda con su Espíritu; es la fe que nos va a dar un sentido y un valor nuevo a nuestra vida; es la fe que inspira confianza en Dios, pero que nos enseña a saber tener confianza en los demás, en su amor y su bondad, y en lo bueno que nos pueden transmitir. Muchos tenemos que reflexionar sobre este misterio de la fe para hacer crecer esa fe en nuestra vida.

viernes, 29 de junio de 2018

Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano


Confió Jesús en Pedro a pesar de debilidad y negación, confía en nosotros y en su Iglesia a pesar de nuestros tropiezos y caídas tendiéndonos siempre su mano

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Jn. 21, 15-19

‘Tú, Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas, Pedro’. Fue como el saludo y el recibimiento. Es que su hermano Andrés la tarde anterior se había ido con Jesús y ahora la mañana siguiente fue la búsqueda de Simón y le había dicho que habían encontrado al Mesías. Eso de las inquietudes parecía que era de familia, pues en sus búsquedas Andrés se había venido a la orilla del Jordán para escuchar al Bautista y a la indicación de este se había ido con Juan el Zebedeo detrás de Jesús.
Por eso aquella recepción y aquel saludo, pero también el gesto significativo del cambio de nombre. Ya se intuía lo que Jesús esperaba de aquel nuevo discípulo. ‘Te llamarás de ahora en adelante Pedro’. Un signo de confianza, pero de confianza en el futuro. Un signo de confianza como para de alguna manera estarle anunciando que tiene una misión reservada para él.
Más tarde, cuando después de llevar tiempo siguiendo a Jesús, porque un día les había invitado a dejar lo que estaban haciendo para seguirle y habían dejado barcas y redes en un hermoso gesto de disponibilidad, ante la confesión de Simón Pedro de quien era Jesús para El – ‘Tú eres el Ungido de Dios, el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’ – ya Jesús comenzará a dar significado a aquel cambio de nombre. ‘Serás piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’. El significado del nombre de Pedro es piedra, y ahora se entenderá por qué Jesús le llama Pedro, piedra, porque será la piedra sobre la que fundará la Iglesia, sobre la que se va a fundamentar aquella nueva comunidad del Reino de Dios que va a nacer y que ahora Jesús está preparando.
Con este entusiasta discípulo en el que crece cada más y más su amor por Jesús, éste tendrá unos apartes especiales. Será testigo de su transfiguración en el Tabor, entrará con Jesús en el aposento donde yace muerta la niña de Jairo aunque Jesús diga que solo está dormida para ser testigo de su vuelta a la vida, habrá momentos de conversación mas intima donde Pedro le manifestará a Jesús que no puede permitir que le pase nada de todo aquello que anuncia que sucederá en Jerusalén teniendo Jesús un exabrupto con Pedro apartándolo de su lado como si fuera un diablo tentador, finalmente podrá estar cerca de Jesús en la oración y la agonía de Getsemaní aunque se caigan de sueño y se les cierren los ojos.
Podríamos decir que Jesús lo va preparando. Tendrás que mantenerte firme, le dirá en una ocasión, porque cuando te recuperes de tus debilidades en las que incluso caerás tendrás que ser el sostén de la fe de los hermanos. Y vaya sí que es débil a pesar de sus porfías de amor, porque tres veces le negará antes de que aquella noche cante el gallo. Tarde se dará cuenta de que se ha metido en la boca del lobo, pero llorará con amargas lágrimas su traición que un día se verá compensada con una triple protesta de amor. ‘Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero’. Y Jesús le confiará ser pastor de su rebaño ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá.
Así aparecerá pronto Pedro como nexo de unión de los discípulos, de los apóstoles. Incluso en los momentos oscuros de la pasión allá quedan escondidos en el cenáculo y pedro en medio de ellos. Será el primero que ante el anuncio de Magdalena correrá con Juan para llegar hasta el sepulcro y constatar que está vació. Juan, dice el evangelio, creyó al ver el sepulcro vacío, de Pedro no se dice nada, pero sabemos que de manera especial Jesús resucitado se le aparecerá a él.
Después de la Ascensión, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre y de Jesús, ya aparece el liderazgo de Pedro, como lo había anunciado Jesús, porque con el están todos reunidos y a su iniciativa se elegirá al que sustituya al traidor que se había suicidado. Luego tras la inundación de sus corazones con el Espíritu divino será el primero que se enfrente a la multitud para anunciarles que aquel a quien ellos habían crucificado Dios lo había resucitado de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías.
Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de San Pedro – no podemos olvidar a san Pablo a quien hoy también celebramos – con estos breves retazos de lo que aparece de él en el evangelio nos podremos hacer unas consideraciones que nos ayuden también en nuestro camino de fe y en nuestro camino de seguimiento de Jesús.  Aparece siempre la disponibilidad generosa de Simón que se deja guiar que aunque en sus impulsos le haga tropezar y caer siempre estará ese amor total del corazón de Pedro para seguir a Jesús, para proclamar que su Palabra es y será siempre palabra de vida eterna y que está dispuesto a todo por seguir a Jesús.
No temamos tener una disponibilidad así de un corazón generoso y siempre dispuesto a dar, a seguir a Jesús, a hablar valiente y claramente de él. Podremos incluso equivocarnos, tropezar y caer – no tengamos miedo – que si hay suficiente amor generoso en nuestro corazón pronto nos levantaremos y seguiremos con los mismos impulsos.
Es algo que no hace falta a los cristianos de nuestro tiempo. Nos entran miedos y temores, queremos guardar la ropa, queremos guardarnos por si acaso vamos a tener dificultades o tropezar. Pero los valientes serán los que den testimonio y el señor mirará esa generosidad de nuestro corazón y estamos seguro que cuando nos parezca que nos hundimos como Pedro allá en las aguas del lago, la mano de Jesús está ahí y nos levanta.
No seamos cobardes, hombres de poca fe, sino que tengamos ese arrojo y esa valentía como le vemos a Pedro que siempre querrá estar cerca de Jesús y que con esa misma valentía lo anunciará incluso a aquellos que crucificaron a Jesús y a nosotros nos pueden llevar al martirio. El ángel del Señor estará con nosotros para arrancarnos de esas cárceles de nuestras cobardías.

jueves, 28 de junio de 2018

Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón



Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

No voy de arquitecto ni de ingeniero – ya mi amigo me diría que soy bastante malo y que de eso quizás no entiendo mucho – pero todos bien sabemos lo importante que es en toda edificación una buena cimentación. Si tenemos que hacer una buena construcción ya nos buscaremos no solo un buen constructor sino un buen arquitecto o un buen ingeniero que nos planifique todo muy bien, para no lamentar fallos posteriores.
Pero bien nos daremos cuenta que no hablo ahora de esas construcciones sino de la construcción de la propia vida en la que hemos de poner sólidos fundamentos, sólidos cimientos para que podamos lograr lo mejor de nosotros mismos en la vida. Ya nuestros padres y educadores se han preocupado de darnos buenos principios que nos hagan ir comprendiendo la vida en la medida en que hemos ido creciendo y madurando, pero nosotros mismos también hemos de sentir esa preocupación por ese cimiento de nuestra vida que nos haga alcanzar lo mejor.
Quizá nos fijamos demasiado en los demás, antes que fijarnos en nosotros mismos – aunque de eso ya hemos reflexionado más de una vez seguramente – pero nos damos cuenta de con cuanta superficialidad se corre por la vida. Hemos hecho de la vida una carrera y nos hemos apresurado tanto que no nos hemos preparado debidamente antes. Faltan principios, faltan valores, nos confundimos muchas veces y nos vamos tras lo que más relumbra en un determinado momento sin darnos cuenta que solo es un oropel, un oro falso que reluce. No le hemos sabido dar profundidad a la vida buscando los mejores cimientos, los mejores valores que nos fundamenten pero también nos hagan mirar bien alto para darle altos vuelos a nuestra existencia.
Necesaria esa profundidad en la vida en todos los aspectos; humanamente hemos de ir madurando y creciendo día a día en esos valores. Necesario profundizar en una espiritualidad honda, recia, para mantenernos firmes frente a tanto materialismo como nos invdade en la vida; buscamos solo satisfacciones prontas, del momento, nos apegamos a cosas materiales pensando que ahí tenemos la raíz de la felicidad, pero pronto nos damos cuenta de que estamos vacíos por dentro, de que nos falta esa profundidad para saber encontrar el mejor sentido de las cosas, de la vida, de lo que hacemos, pero sobre todo de lo que somos. Nos es muy necesario para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Y esto atañe a lo que es nuestra vida cristiana. No la podemos llenar de ritualismos vacíos, de costumbres o tradiciones a las que no les demos el verdadero sentido y profundidad. Sí, muchas veces nos decimos cristianos, nos decimos que somos muy religiosos, pero nos falta hondura, nos falta verdaderos cimientos, y andamos de acá para allá buscando espiritualidades que nos vienen no sé de donde y sin embargo tenemos en nuestras manos el evangelio y no lo tocamos.
Qué desconocimiento tenemos muchos de lo que es el evangelio de Jesús; así no avanzamos de verdad en nuestra vida cristiana, y luego decimos que no nos dice nada la Iglesia, la religión, la vida cristiana. Pero no nos hemos preocupado de conocer el evangelio, de leerlo a fondo, de reflexionar profundamente en lo que Jesús nos enseña.
Hoy Jesús nos pone la imagen de la casa edificada sobre arena o de la casa edificada sobre roca; ya sabemos como puede terminar una u otra cuando vengan las dificultades, los temporales de la vida. Y nos quiere decir Jesús que busquemos el verdadero fundamento. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca… El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena...’
Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón. Dejemos atrás de una vez por todas esas superficialidades que tanto daño nos hacen. En Jesús encontremos ese verdadero sentido para nuestra vivir.

miércoles, 27 de junio de 2018

Crezcamos en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que nos purifica y nos llena de nueva vida para dar frutos de santidad



Crezcamos en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que nos purifica y nos llena de nueva vida para dar frutos de santidad

1Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

Me contaba hace unos días un amigo que se dedica a la poda de los árboles frutales que a él y su equipo los habían llamado de una finca de naranjos para realizar los trabajos de la poda; se encontraron una finca en la que hacia años no se realizaba ningún trabajo de poda y limpieza de los árboles y que todo era maleza con las plantas llenas de ramajes secos e inútiles que había hecho que mermara la producción de la fruta en aquel terreno con muy malas calidades y cantidades de lo que no se sacaba ningún beneficio. Me contaba del duro trabajo que tuvieron que hacer de limpieza de ramajes secos e infructuosos dejando todo preparado para una buena producción que al tiempo debidamente se dará.
¿Nos pasará algo así en la vida? cuando no llevamos un cuidado de nosotros mismos pronto comenzamos a rodar por las pendientes de las rutinas, de las malas costumbres, de los apegos, de tantas debilidades que se nos van apegando a la vida que no nos permitirá dar los frutos que se esperan de nosotros. Puede ser que tengamos buen corazón y buena voluntad, que queramos ser buenos y superarnos pero fácilmente nos contagiamos de actitudes y de posturas que palpamos en nuestro entorno y que si no hacemos el necesario discernimiento van a ser rémoras que nos impidan avanzar en la vida.
Miremos de quien nos rodeamos, analicemos bien las cosas que vemos hacer a los demás y que quizás a ellos les puedan parecer tan naturales, valoremos actitudes y posturas para que seamos capaces de ir en positivo por la vida. Quizá a nuestro lado a la gente le parezca lo más natural del mundo las revanchas y resentimientos por los que luchan los unos contra los otros, se rompen relaciones y amistades, y nos vamos destruyendo unos a otros. De tanto verlo a nosotros también nos puede parecer natural actuar así y terminamos contagiándonos. He puesto esto como ejemplo como podríamos pensar en tantas otras cosas.
Por eso hemos de tener unos principios muy claros, unos valores muy altos por los que luchar, unas metas y una orientación en la vida de la que no queremos salirnos; nos exige vigilancia, revisión continua de nuestros actos y actitudes, purificación de intenciones en nuestro corazón, verdaderos deseos de superación. Y entonces iremos podando todos esos malos ramajes que se nos puedan introducir en nuestra vida; es la revisión que hacemos de nosotros mismos, es lo que nos corregimos para no perder la verdadera orientación y el autentico camino, es esa purificación interior que nos vamos haciendo, porque hay debilidades en nuestro corazón que muchas veces nos hacen tropezar.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis’.
Ahí tenemos nuestra tarea. Una tarea que no hacemos solos sino apoyados en la gracia del Señor. Nos ofrece Jesús su vida en los sacramentos que sean nuestro alimento y nuestra purificación, nuestra fuerza y nuestra vida. Unidos a El podremos dar fruto, porque como nos dirá en otro momento sin El nada podemos hacer. Así hemos de cuidar nuestra vida, nuestro espíritu, nuestro ser cristiano. Así hemos de crecer en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que es nuestra fuerza.

martes, 26 de junio de 2018

Somos más humanos cuando nos tratamos con amor y al mismo tiempo nos hacemos divinos en nuestro amor al llenarnos de Dios y de su amor sobrenatural



Somos más humanos cuando nos tratamos con amor y al mismo tiempo nos hacemos divinos en nuestro amor al llenarnos de Dios y de su amor sobrenatural

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Qué displicentes nos ponemos en ocasiones con los que están cercanos a nosotros; quizá por aquello de la confianza nos pasamos, como se dice ahora, y no solo no somos delicados en el trato con ellos sino que en ocasiones nos volvemos exigentes y hasta fácilmente nos brotan los malos modos. Y estoy pensando en esas personas cercanas a nosotros por lazos familias, por la amistad y confianza que nos tenemos, o por la cercanía que da la convivencia de cada día con los que viven a nuestro lado o por razones de trabajo.
No digamos nada con las personas que miramos a mayor distancia, las barreras que ponemos, la cerrazón con que vamos por la vida, las discriminaciones de una forma o de otra que vamos haciendo. Luego a la hora de hablar quizá nos quejamos de que no hay comunicación hoy entre la gente, que cada uno va por su lado, que ya no podemos confiar en la gente porque vemos todo turbio y todo son desconfianzas y recelos; marcamos limites y territorio de la misma manera que marcamos a las personas y por su apariencia o por nuestros prejuicios vamos catalogando cuanto nos rodea.
Claro que si notamos que alguien no tiene confianza con nosotros, que mantienen sus reservas frente a nosotros, o en un momento determinado no fuimos tratados como a nosotros nos hubiera gustado, no halagaron nuestras vanidades o nos hicieron bajar de nuestros pedestales, ahí surgen nuestros juicios, nuestros receles y resentimientos y hacemos la vida y la convivencia imposible. ¿Qué estamos poniendo de positivo por nuestra parte?, tendríamos que preguntarnos.
Hoy nos dice Jesús una cosa muy sencilla. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Ahí está el secreto de la vida y de una buena convivencia. Qué menos podemos hacer. Nos gusta que nos traten bien, pues tratemos bien a los demás; nos agrada que nos valoren o nos tengan en cuenta, valoremos a los demás, contemos con ellos, ofrezcamos generosamente nuestra amistad; queríamos un mundo donde todos nos entendiéramos, pues pongamos nuestra parte en ese entendimiento, en esa armonía, en esa paz. Es algo tan sencillo y natural como hacer lo bueno a los demás que nos gustaría que hicieran con nosotros.
Acabo de recibir un mensaje, de esos que nos vienen por facebook a través de una imagen, que dice lo siguiente: ‘Enamórate de la vida, de lo que te rodea, de lo que haces, de quien eres. Tómate tiempo para hacer cosas que hagan que tu corazón… ¡Sonría!’ Sí, que sonría nuestro corazón porque vayamos siempre de positivos por la vida, porque amamos la vida y cuanto nos rodea, porque nos amamos a nosotros mismos, y con un amor semejante queremos también a los demás. Sonreirá nuestro corazón, pero haremos también que cuantos están a nuestro lado sonrían también.
Todo ese amor humano, cuando nos amamos y nos tratamos bien somos más humanos, se ve engrandecido cuando contemplamos el amor de Dios, el amor que el Señor nos tiene, que nos ama y nos perdona, que está a nuestro lado aunque nosotros nos olvidemos de el, que nos ofrece caminos de reconciliación y nos invita al encuentro con El pero que seamos al mismo tiempo capaces de encontrarnos con los demás. Un amor que se hace sobrenatural con el amor de Dios, a quien queremos amar con un amor igual.
Pongamos a Dios en el centro de nuestro amor y nuestro amor será siempre generoso con cuantos nos rodean.

lunes, 25 de junio de 2018

Qué distinta sería nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús y supiéramos transitar por las sendas del amor


Qué distinta sería nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús y supiéramos transitar por las sendas del amor

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7,1-5

Como solemos decir tenemos ojos en la cara y lo que está delante de los ojos lo podemos ver. Podemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en nuestro entorno; podemos valorar la riqueza y la belleza del encuentro con las personas, como podemos también quizá darnos cuenta de las sombras que ofrece la vida. Nuestros ojos están vueltos por naturaleza hacia el exterior y al descubrir cuanto nos rodea podemos hacer nuestras valoraciones y hasta nuestros juicios.
Pero tendríamos que aprender también a saber darle la vuelta a nuestra mirada, para no quedarnos en lo exterior, para aprender a mirar la belleza interior que no siempre la apreciamos con los ojos de la cara, pero también para volver esa mirada hacia dentro de nosotros mismos y descubrir nuestra autentica realidad. Descubrir nuestra autentica realidad para en positivo saber resaltar valores y cualidades ocultas que haya dentro de nosotros, pero también para saber ver nuestras propias limitaciones, nuestros errores o nuestros defectos.
Quizá por esa misma tendencia de mirar siempre hacia fuera podemos estar tentados a ver los posibles lados oscuros o negativos que hay en los otros que los lados oscuros  negativos que hay en nosotros mismos. Y es ahí donde tiene que estar nuestra habilidad y nuestra madurez, para saber vernos a nosotros mismos en toda la cruda realidad, antes de entrar en juicios o valoraciones que nos tiente hacer de los demás. Juicios y valoraciones que nunca tendrían que llevarnos a la condena, sino que desde una forma positiva de ver la vida lo que tendríamos que servir por nuestra propia lucha interior de estimulo para la superación que han de realizar los otros también,
Aunque haya negatividades y lados oscuros en la vida, como consecuencia de nuestras imperfecciones y debilidades, deberíamos siempre caminar con sentido positivo para que todo sea siempre un estimulo que nos impulse hacia arriba, nos motive a superarnos, nos ayude a crecer. Nuestros propios esfuerzos de superación podrían servir de estimulo para los que están a nuestro lado en su propio crecimiento humano y espiritual. Es la tarea de ayuda mutua, de comunión que tendría que haber entre nosotros, donde somos conscientes que sabiendo caminar juntos, juntos mejor creceremos y llegaremos a una mejor maduración en la vida. Pero somos demasiado individualistas e insolidarios.
Hoy Jesús en el evangelio, en el sermón del monte que estamos escuchando y meditando, nos deja sentado unos cuantos principios en el sentido de lo que venimos reflexionando y con mayor profundidad de la que puedan tener mis palabras y consideraciones. Nos habla de la mota que vemos en el ojo ajeno sin darnos cuenta de la paja que hay en el nuestro. Nos enseña a no juzgar ni a condenar, porque no somos nadie para hacernos un juicio de los demás.
‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’. Cómo tendríamos que saber escuchar  con corazón sincero estas palabras de Jesús. Qué fáciles somos para el juicio y la condena, y no soportamos ni lo más mínimo que puedan decir los demás de nosotros.
Qué distintos actuaríamos si en verdad nos decidiéramos caminar los caminos del amor. Necesitamos comprensión, aceptación del otro, respeto a la persona, amor de verdad para ayudar con sinceridad y humildad y para saber en todo momento disculpar los errores del otro, un cariño grande y una ternura exquisita en nuestro corazón para ser siempre estimulo para los otros que ayuden siempre a superarse y a crecer.
Qué distinta seria nuestra convivencia si nos tomáramos en serio el evangelio de Jesús.

domingo, 24 de junio de 2018

La celebración del nacimiento de Juan el Bautista nos invita y compromete a que seamos testigos de luz en medio de un mundo envuelto por tantas sombras de mal


La celebración del nacimiento de Juan el Bautista nos invita y compromete a que seamos testigos de luz en medio de un mundo envuelto por tantas sombras de mal

Isaías 49, 1-6; Sal 138,; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino testigo de la luz’. Así nos presenta y define el evangelio de Juan la figura del Bautista. Era un testigo que venia a dar testimonio de la luz. Hoy, en estos días luminosos del equinoccio de verano en nuestro hemisferio norte, cuando son los días más largos y más llenos de luz, celebramos el nacimiento de Juan. ‘Vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan’.
‘Juan es su nombre’, proclamará Zacarías ante las dudas y sorpresa de vecinos y parientes porque Isabel, en quien se habían manifestado las maravillas del Señor, les decía que había de llamarse Juan en el momento de la circuncisión e imposición del nombre. Era la manifestación del consuelo de Dios para su pueblo que les anunciaba tiempos de misericordia y de perdón. La noticia de su nacimiento corrió de boca en boca por todas las montañas de Judea.
Su nacimiento está rodeado de las maravillas de Dios. Es el anuncio del ángel al sacerdote Zacarías cuando presentaba la ofrenda en el templo, diciéndole que su oración había sido escuchada. Es un hombre de fe, pero es tal el asombro de la visión angélica que no termina de creerse las palabras del ángel. Era el hijo que venia con el espíritu y el poder de Elías, el que venia para ser inicio de reconciliación e invitación a la penitencia desde la austeridad de vida que va a vivir.
La mano del Señor estaba con él y en él se iba a manifestar el espíritu del profeta del Altísimo que anunciaba que se acercaban los tiempos de la misericordia y del perdón. Así lo cantaría su padre Zacarías después de su nacimiento cuando de nuevo se le suelta la lengua para cantar las maravillas que hace el Señor que visita a su pueblo y derrama su misericordia sobre todos los pueblos. Allí estaba el que venia a preparar los caminos del Señor, preparando un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías Salvador esperado.
Hoy nosotros, con alegría, estamos celebrando su nacimiento. Esta fiesta está rodeada de muchas costumbres y tradiciones ancestrales, pero que manifiesta la alegría del pueblo de Dios en el nacimiento del Bautista a seis meses del nacimiento de Aquel para quien él venia a preparar sus caminos. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de Dios en sus entrañas nos recuerda el mismo ángel que Isabel estaba ya de seis meses. Es la concordancia de las fechas de nuestras fiestas cristianas.
No nos queremos quedar en costumbres o ritos ancestrales en una verdadera celebración del nacimiento de Juan como hoy queremos hacer, sino su nacimiento y su vida son anuncio profético que nos ayuden a encontrar nosotros esos caminos que en nuestra fe hemos de recorrer y que sean también un testimonio de luz en medio del mundo que hoy vivimos. No somos nosotros la luz, pero sí estamos llamados a ser testigos de la luz, a dar testimonio de la luz. Contemplamos la figura de Juan y hemos de dejarnos interpelar por la Palabra de Dios para llegar a descubrir como en este mundo tan lleno de sombras en que vivimos hemos de ser portadores de una luz, anuncio también de esperanza de salvación porque realmente otro mundo es posible. 
No podemos deprimirnos ni acobardarnos por las sombras que siguen envolviendo nuestro mundo. Son muchos los problemas de todo tipo que nos rodean; no terminar de encauzar los caminos de nuestro mundo por sendas de paz y de justicia; nos sentimos agobiados porque parece que cada día son mas fuertes las redes ambiciosas que nos rodean en tanta injusticia y en tanta corrupción, en tantas manipulaciones desde los distintos ámbitos de poder que llenan de soberbia y de prepotencia a quien tendrían la misión de dirigir nuestra sociedad , y en tanta falsedad, hipocresía y mentira con que tratan de engañarnos.
Enfrente indiferencia, carencia de ideales y de metas, desorientación, falta de verdaderos valores que sean como pilares sobre los que fundamentar nuestra sociedad; tantas cosas que nos llevan a una convivencia muchas veces imposible, a rencillas, resentimientos y envidias, a no poder vivir en paz y en armonía ni siquiera algunas veces con los que tenemos más cerca.
Y ahí, nosotros, los que nos decimos creyentes en Jesús tenemos que encender una luz de esperanza, hacer un anuncio de salvación, trabajar por construir un mundo que sea distinto y que sabemos que es posible realizarlo. Porque creemos en Jesús tenemos la certeza y la garantía de la fuerza de su espíritu para hacer ese mundo nuevo y mejor. Es nuestra tarea, es nuestra misión, ha de ser nuestro compromiso.
La celebración del nacimiento de Juan, el que venia a preparar los caminos del Señor a esto nos tiene que llevar. Recordemos lo que él les pedía a aquellos que venían a bautizarse en señal de penitencia y como signo de que querían preparar esos caminos del Señor. Invita a caminos de solidaridad, de justicia, de rectitud, de sinceridad en la vida, de obrar con verdadera responsabilidad. Es lo que hoy nosotros tenemos que escuchar y por donde tenemos que caminar. Y en eso tenemos que ser testigos, esa es la palabra que tenemos que decir y la sinceridad de vida que tenemos que proclamar para dar testimonio de esa luz nueva que nos viene en Jesús y nos trae la salvación.
Que florezca de nuevo la esperanza en nuestro corazón.