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jueves, 28 de junio de 2018

Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón



Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

No voy de arquitecto ni de ingeniero – ya mi amigo me diría que soy bastante malo y que de eso quizás no entiendo mucho – pero todos bien sabemos lo importante que es en toda edificación una buena cimentación. Si tenemos que hacer una buena construcción ya nos buscaremos no solo un buen constructor sino un buen arquitecto o un buen ingeniero que nos planifique todo muy bien, para no lamentar fallos posteriores.
Pero bien nos daremos cuenta que no hablo ahora de esas construcciones sino de la construcción de la propia vida en la que hemos de poner sólidos fundamentos, sólidos cimientos para que podamos lograr lo mejor de nosotros mismos en la vida. Ya nuestros padres y educadores se han preocupado de darnos buenos principios que nos hagan ir comprendiendo la vida en la medida en que hemos ido creciendo y madurando, pero nosotros mismos también hemos de sentir esa preocupación por ese cimiento de nuestra vida que nos haga alcanzar lo mejor.
Quizá nos fijamos demasiado en los demás, antes que fijarnos en nosotros mismos – aunque de eso ya hemos reflexionado más de una vez seguramente – pero nos damos cuenta de con cuanta superficialidad se corre por la vida. Hemos hecho de la vida una carrera y nos hemos apresurado tanto que no nos hemos preparado debidamente antes. Faltan principios, faltan valores, nos confundimos muchas veces y nos vamos tras lo que más relumbra en un determinado momento sin darnos cuenta que solo es un oropel, un oro falso que reluce. No le hemos sabido dar profundidad a la vida buscando los mejores cimientos, los mejores valores que nos fundamenten pero también nos hagan mirar bien alto para darle altos vuelos a nuestra existencia.
Necesaria esa profundidad en la vida en todos los aspectos; humanamente hemos de ir madurando y creciendo día a día en esos valores. Necesario profundizar en una espiritualidad honda, recia, para mantenernos firmes frente a tanto materialismo como nos invdade en la vida; buscamos solo satisfacciones prontas, del momento, nos apegamos a cosas materiales pensando que ahí tenemos la raíz de la felicidad, pero pronto nos damos cuenta de que estamos vacíos por dentro, de que nos falta esa profundidad para saber encontrar el mejor sentido de las cosas, de la vida, de lo que hacemos, pero sobre todo de lo que somos. Nos es muy necesario para sacar lo mejor de nosotros mismos.
Y esto atañe a lo que es nuestra vida cristiana. No la podemos llenar de ritualismos vacíos, de costumbres o tradiciones a las que no les demos el verdadero sentido y profundidad. Sí, muchas veces nos decimos cristianos, nos decimos que somos muy religiosos, pero nos falta hondura, nos falta verdaderos cimientos, y andamos de acá para allá buscando espiritualidades que nos vienen no sé de donde y sin embargo tenemos en nuestras manos el evangelio y no lo tocamos.
Qué desconocimiento tenemos muchos de lo que es el evangelio de Jesús; así no avanzamos de verdad en nuestra vida cristiana, y luego decimos que no nos dice nada la Iglesia, la religión, la vida cristiana. Pero no nos hemos preocupado de conocer el evangelio, de leerlo a fondo, de reflexionar profundamente en lo que Jesús nos enseña.
Hoy Jesús nos pone la imagen de la casa edificada sobre arena o de la casa edificada sobre roca; ya sabemos como puede terminar una u otra cuando vengan las dificultades, los temporales de la vida. Y nos quiere decir Jesús que busquemos el verdadero fundamento. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca… El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena...’
Pongamos un buen cimiento a nuestra vida, pongamos la firmeza de los valores del evangelio en lo hondo de nuestro corazón. Dejemos atrás de una vez por todas esas superficialidades que tanto daño nos hacen. En Jesús encontremos ese verdadero sentido para nuestra vivir.

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